Nota de la autora: Me olvidé la coherencia, la cohesión y el sentido, y no los puedo encontrar. La voluntad para revisar, editar y corregir... ésa tampoco la encuentro. Así que me disculpo por adelantado si este capítulo es una confusión tremenda y no tiene sentido y resultó ser una pérdida de tiempo y espacio. Salió así de mis dedos. Espero que les guste, a pesar de que - aunque no lo releí - yo tengo la sensación de que va a pasar a la historia como uno de esos capítulos que es preferible olvidar alguna vez me senté a escribir.

Prometo mejorar la calidad pronto. Lo prometo. Por el momento, lamentablemente, esto es lo que hay. Espero que entre toda esta maraña de cosas algo les guste, algo resalte, algo sea rescatado, algo sirva. Me conformo con eso.


Fue al final del día,

Al principio de una nueva y brillante mañana,

Deus ex machina.

Tu cerebro vuelve a encenderse a la una de la madrugada, como si fuera una máquina que debió ser apagada para que se enfriara por dentro luego de alcanzar una temperatura peligrosamente alta, como si fuera una computadora. Entendés de computadoras, las comprendés con exactitud y precisión, mejor de lo que alguna vez llegarás a comprenderte a vos misma, mejor de lo que alguna vez llegarás a conocerte en profundidad; a veces desearías que los seres humanos y sus problemas fueran como los de las máquinas con las que trabajás todos los días.

Las primeras palabras coherentes que toman forma en tu cabeza y son susurradas en tus oídos por esa voz en la que se expresan tus pensamientos vienen en forma de una frase hecha que es, extrañamente, Deus ex machina, la expresión latina que significa 'Dios surgido de una máquina'. Quizá porque entre latido y latido en el segundo previo a la entrada en escena de la coherencia lo que tu corazón deseó fue ser otro engranaje entre los muchos engranajes de una máquina, y si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza tomando barro para moldearlo y soplando vida en él, entonces sería natural pensar que Dios tendría que haber sido él mismo una máquina para que el hombre como especie surgiera de ella y fuera a su imagen y semejanza, siendo por ende también una máquina.

Estás volviendo de a poco, saliendo del estado en el que solés caer luego de golpes fuertes, cuando la tristeza te agobia, cuando te sobrepasan los problemas, cuando las emociones queman y te comen viva con sus dientes de fuego, cuando sentís que la tierra se abre bajo tus pies y su boca oscura quiere tragarte. Exhausta física y mentalmente, el agotamiento que habías acumulado durante nueve largas horas te hizo sucumbir en cuanto Martina te ayudó a meterte en el asiento trasero de su coche, por sus labios saliendo palabras que no registraste en un tono de voz que pretendía infundir una tranquilidad que no te llegaría, pues para esa altura estabas totalmente bloqueada, colapsada, entumecida, apenas consciente de que estabas consciente, y caíste en un sueño profundo, como en un coma, un coma inducido por el dolor y la angustia y la desesperación y la incertidumbre y un millón de complejas sensaciones. Tu cuerpo para defenderse se distanció de la realidad y se encerró tu mente en sí misma, en una negrura apacible y calma y serena, donde nada dolía, donde todo era silencio, donde simplemente existías y respirabas y tus órganos funcionaban coordinados como marionetas, como si fueras una máquina sin sentimientos, una máquina que se activa apretando un botón y se pone en descanso apretando otro.

Y estás volviendo de a poco, volviendo de a poco de ese estado, de ese aletargamiento, de ese capullo en el que te encerraste al cerrar los ojos y permitirte caer en tu propio vacío, acunada en la nada, escapando de la realidad a un plano donde no existe ni el blanco ni el negro ni existen los grises ni hay palabras ni recuerdos ni madres ni muertos ni frases ni verdades ni mentiras ni pasados ni nada, nada de nada. Estás volviendo porque en ese limbo creado como mecanismo de defensa propia después de haber pasado horas girando en la autodestrucción no podés quedarte refugiada para siempre; estás volviendo como sucedió en las anteriores ocasiones en las que dormir profundamente, caer en un coma, fue el escape perfecto a un océano de dolor que embravecido y salvaje estaba llenando tus pulmones, quitándote el aire, ahogándote.

Yacés con los párpados pegado, tan pesados que parecen de plomo, tan pesados que incluso si quisieras levantarlos no podrías, sin saber que en algún sitio algún reloj marca que son casi las cuatro de la madrugada, con tu mente invadida de reflexiones filosóficas sobre humanos de carne y hueso y Dioses que soplan vida a su creación y Dioses que podrían haber sido una máquina y humanos que por ende lo habrían sido también porque esa máquina los habría creado a su imagen y semejanza.

De a poco tus otros sentidos se van despabilando, retornando, curiosamente, en el orden inverso al que se pierden cuando el alma se desprende del cuerpo y se cierne sobre él la muerte; el dolor que sentiste durante esas nueve horas sólo puede ser descripto como agonizante, y cada agonía que te ha tocado soportar siempre ha sido seguida de una pequeña muerte emocional, una pequeña muerte emocional de la cual siempre saliste obligada por el instinto de supervivencia que por voluntad propia o deseos de levantarte otra vez del punto en el que hubieras caído bajo y tocado fondo y conocido el final del pozo ciego cavado en tu miseria con la ayuda de tu angustia desesperante.

En esta ocasión no es el instinto de supervivencia lo que te arranca de la nulidad en la que te escondiste, vuelta para adentro, queriendo protegerte de lo que es real y lastima y duele y causa heridas tan profundas que el sangrado es imposible de detener, y las emociones se te escapan como agua por el cuenco de las manos porque algo ha sido roto dentro tuyo y no hay manera de repararlo y se escapa tu alma por entre las grietas sin que puedas evitarlo, dejando atrás la cáscara, vacía e inútil y putrefacta. Es algo más, algo más fuerte, más importante, lo único que podría arrancarte de entre las garras de una depresión terrible y darte la voluntad para levantar la cabeza y abrir los ojos y ponerte de pie y caminar y encontrar la manera de regresar tu alma al lugar que le corresponde y sanar y volver a estar completa.

Te percatás del colchón mullido sobre el que estás recostada, de la almohada de plumas sobre la cual descansa tu cabeza… Te percatás de que ésta no es tu cama, donde los dos pueden pasar horas y horas enredados en las sábanas de seda, perdidos uno en el otro, como si el tiempo no corriera y el Universo estuviera reducido a ustedes dos, explorándose piel con piel. Sin embargo, reconocés inmediatamente la piel que abriga tu piel, sus brazos envolviéndote en gesto posesivo y protector, estrechándote contra su cuerpo, dándote calor, resguardándote, haciendo las veces de escudo de carne y hueso para tu carne y tus huesos. Él está con vos, abrazándote como si el mundo pudiera acabarse en cualquier momento… Vos sos su mundo, y él está siendo consumido por la imperiosa necesidad de salvarte de lo que sea que amenace con hacerte trizas; vos sos su mundo y él es consciente de lo frágil que te hallás, de lo fácil que sería acabar de romperte, y precisa asegurarse de que no vas a seguir desmoronándote, de que no vas a seguir haciéndote daño.

Luego tu sistema auditivo se activa, como si alguien hubiera encendido la radio, o conectado una antena, o subido el volumen. La lluvia empapa tus oídos al azotar con fuerza sobre la acera y los techos, el diluvio habiendo incrementado su potencia a tal punto que prácticamente caen piedras de los cielos negros como el carbón. La tormenta feroz en su apogeo parece hallarse lejos de encontrarse con la calma. Y una parte de vos agradece ese temporal ruidoso y salvaje y ensordecedor, porque acalla tus pensamientos, porque esos huecos que tenés por todos lados y a los que fácilmente podría entrar el veneno de la angustia son llenados por el sonido de la lluvia furiosa y enojada.

Lo siguiente que notás es el gusto a sangre en tu boca. Amargo. Metálico. Habías estado mordiéndote los labios, desesperada por reemplazar el dolor emocional con un poco de dolor físico, incluso si sólo en pequeñas dosis, suministrándolo levemente. Y el sabor a sangre sigue inundando tu boca y tu lengua, y se siente como veneno, y te preguntás si alguna vez vas a encontrar, a tiempo y antes de que sea demasiado tarde, el antídoto que te salve y que te devuelve la capacidad de reconocer la dulzura.

Su perfume y el de la tormenta mezclados tiñen el oxígeno del que se alimentan tus pulmones mecánicamente; la sangre que corre por tus venas está, entonces, llena de él, de él y de la lluvia, pero por sobre todas las cosas, de él. La sangre que fluye dentro de vos es la que irriga tu cerebro y permite que siga dando órdenes a tu organismo para que todo continúe funcionando como corresponde, entonces estás funcionando gracias a él, porque el aire que oxigena tu sangre está impregnado de su perfume.

Por último tus ojos se abren, tus párpados pesados como el plomo, esos que tenías la sensación nunca más volverían a levantarse, esos que te protegen de ver la realidad, de encontrarte obligada a ponerte frente a frente con un mundo lleno de circunstancias a las que querés escaparles, con un guión manchado de lágrimas y sangre y mentiras y promesas y casualidades y miles de otras cosas y en el que te ves obligada a participar porque sos un personaje más que debe interactuar escena a escena con los otros según a Dios le parezca propicio y conveniente para el desarrollo de la historia. Tus ojos se abren cuando escuchás esa voz que podría rescatarte de cualquier cosa, salvarte de cualquier mal, recuperar tu alma de entre las putrefactas aguas del inframundo incluso, esa voz que pertenece al hombre que se enfrentaría a cualquier cosa por tu amor, el hombre que se abriría las venas y se desangraría si entregando hasta la última gota que compone su ser le aseguraran que nunca más volverías a sufrir, que nunca más te harían daño. Tus ojos se abren cuando sus palabras te acarician, quizá dichas porque se dio cuenta de que estás despierta, quizá dichas porque precisa expresar todo lo que lleva dentro, acumulándose en su pecho, agolpándose con cada latido de su corazón, ese corazón que podés sentir palpitando fuerte y cargado de ansiedad y de un amor inmensurable contra tu espalda, porque te tiene completamente atrapada en sus brazos, presionada con firmeza contra sí mismo, como si temiera que fueras a desaparecer, o como si pensara que esto es una fantasía de la que lo van a sacar y que vos te vas a diluir con ella.

"Va a estar todo bien, princesa" susurra, acunándote como a una criatura, como suele hacer cuando quiere transmitirte confort y tranquilidad, cuando quiere disolver tus miedos y darte la seguridad de que mejores cosas los esperan en el futuro, cuando puedan sortear los obstáculos que aparecieron en ese tramo puntual del camino.

Estoy rota y destrozada y hecha pedazos y sangrando profundamente porque mi alma fue arañada hasta el cansancio, y no aguanto más, y me duele hasta el dolor, y casi me pierdo en la agonía, y estoy llena de marcas que no van a irse más, y las cicatrices van a durar para siempre, y mi vida es un desastre, y el control se me escapó, y toqué fondo a tal punto que llegué a desear ser una máquina en lugar de un ser humano, y no soporto ni mi carne ni mis huesos ni mi piel, y sin embargo vos estás acá conmigo, cumpliendo con todas tus promesas, abrazándome, consolándome, asegurándome que todo va a estar bien, protegiéndome de mí misma cuando me he vuelto mi peor enemiga.

Los pensamientos que se arremolinan en tu cabeza van tomando más contextura, una forma definida, van tomando color, empiezan a pesarte sobre los hombros y se asientan en tu pecho y te cuesta respirar y tu corazón comienza a latir erráticamente de nuevo. Y vas regresando a la realidad, como si te hubieran lanzado por un túnel y supieras que al final vas a encontrarte con algo que no querés enfrentar pero que no hay forma alguna de que lo frenes, porque es inevitable, porque no te queda otra opción.

Regresar a la realidad, salir de un coma emocional en el que caíste para protegerte de los filos de las circunstancias que te toca atravesar, duele. Duele en el alma. En el corazón. En la carne. Duele demasiado. Esa pequeña muerte emocional de la que uno se recupera de a poco para después acabar saliendo del todo de golpe y a los golpes (porque estos no pueden describirse de otro modo que como golpes, golpes de esos que te dejan marcas que duran eternamente y de las cuales es difícil reponerse) trae secuelas, es inevitable que las traiga. Volver de una muerte emocional es mucho más complicado que volver de una muerte clínica, mucho más complejo, mucho peor. Una muerte emocional es inexplicable y solamente el que la ha pasado puede entenderla; todos los demás no, todos los demás miran desde afuera y no comprenden, y no hay manera de hacerlos comprender, porque nunca les tocó cargar con ese peso, porque nunca se encerraron dentro de sí mismos abrigados por la negrura del propio yo para refugiarse de la realidad, porque nunca cayeron en un limbo creado a propósito para refugiarse de la verdadera angustia, porque nunca tuvieron que volver a nacer en el medio del dolor y hechos trizas y con todos los huesos destrozados y el alma hecha jirones y los rasguños todavía frescos y la sangre envenenada y el sabor amargo en la boca.

Como desearía uno en esos momentos ser una máquina, un conjunto de partes y piezas y fragmentos y circuitos conectados funcionando automáticamente, sin preocupaciones, sin miedos, sin promesas rotas, sin corazón, sin alma, sin sentimientos, sin emociones, sin traiciones, sin padres que mueren prematuramente, sin madres que decepcionan cuando se van y reaparecen de repente y por casualidad de la manera menos pensada, sin obstáculos, sin complicaciones, sin muertes emocionales, sin comas profundos inventados por la propia mente para evadirse, máquinas hechas a imagen y semejanza de un Dios máquina.

Pero luego sentís las manos de Tony frotando tu espalda para darte calor, y al respirar tus pulmones se llenan de ese perfume único y exquisito al que nada se le compara, y el latido de tu corazón rebotando contra su pecho parece estar susurrando palabras de amor elegidas especialmente para vos, y los murmullos que caen en tus oídos con esa voz que puede calmar hasta la peor de las tempestades… Ese amor eterno e inmenso e incomparable e imposible de describir que emana de él es inspirado por vos, por tus ojos orientales y tus bucles desordenados y tus sonrisas y tu inteligencia y tus miradas cargadas de ternura y tus besos y tus caricias. Él te ama a vos, te ama tanto que está ahora a tu lado cuidándote, esperando a que despiertes, dispuesto a atajarte cada vez que caigas, cumpliendo todas las promesas que te hizo, demostrándote segundo a segundo que sos lo más importante sobre la Tierra para él… Y es cierto que todo lo que hoy te lastima y hiere y parte al medio y raja en dos no existiría si fueras una máquina en lugar de un ser humano, pero tampoco existiría un amor tan grande, tan profundo, tan magnífico, tan maravillosa, capaz de mover montañas y mezclar la lluvia con el fuego, un amor de cuento de hadas dispuesto a luchar hasta las últimas consecuencias para que el final sea feliz, un amor que podría conquistar la muerte, un amor que vale más que todo el oro y las piedras preciosas, un amor con la capacidad de curar cualquier mal, un amor como el que siempre soñaste pero nunca pensaste Dios te permitiría conocer.

Si fueras una máquina, no sentirías esta pena que te devora de a grandes bocados, es cierto, y muchas lágrimas te ahorrarías, pero tampoco sentirías este amor que sacude la tierra bajo tus pies y estremece tu alma y hace que valga la pena estar vivo y tener huesos y carne y piel y cinco sentidos y un corazón y un alma frágiles que corren el riesgo de romperse si se les arrojan piedras como las que caen del cielo esta madrugada, como las que te tiraron a vos con la intención de quebrarte. Y este amor es el motivo por el cual naciste, este amor es el motivo por el que resistirías a todo, este amor es lo que llena tus venas, lo que le da electricidad a tu sistema cardiovascular para seguir emitiendo latidos, este amor es lo que da sentido a respirar, este amo es el antídoto para todos los venenos, este amor te hace tanto bien que todo lo malo vale la pena si la recompensa es saber que pertenecés a alguien que daría la vida por vos en un segundo sin pensarlo dos veces.

Qué bueno que Dios no haya sido una máquina, creando por ende máquinas, porque a Adán lo hizo a su imagen y semejanza. Qué bueno poder sentir así, tan intensamente, con tanta crudeza, cosas tan complejas que la ciencia nunca va a poder estudiarlas o clasificarlas o darles nombre por muchos intentos que hagan. Porque por cada gramo de dolor que te consume con violencia y te desgarra y hace sentir como si el fin del mundo se acercara y te lleva a caer en un coma provocado a propósito para evadirte y te mata emocionalmente, por cada gramo de dolor hay mil besos, mil abrazos, mil noches románticas, mil miradas, mil silencios compartidos, mil secretos, mil estrellas brillando para vos, mil caricias, mil promesas, mil sueños.

"Te prometo que nunca más van a lastimarte" él sigue susurrando "No voy a dejar que vuelvan a hacerte mal"

Y vos le creés.

Le creés, por supuesto que le creés.

¿Cómo no creerle al hombre por el cual pondrías las manos en el fuego sin miedo a quemarte, y con la certeza de que si eventualmente las llamas te devoraran habría valido la pena de todos modos? ¿Cómo no creerle al hombre que te ama y al que amás con locura? ¿Cómo no creerle al hombre que sabés daría la vida por vos en un segundo, el hombre por el que entregarías absolutamente todo lo que poseés e incluso más sin pensarlo dos veces?

A él le creés lo que sea. Si él te dice que el dolor va a irse, le creés, por mucho que estés muriendo de angustia, por muy terrible que sea la pena que sentís clavada en el pecho y te impide respirar, por mucho peor que resucitar sea si se lo compara con la muerte emocional misma. Si él te promete que no vas a volver a sufrir así jamás, vos le creés, sin atisbo de duda, con cada gota de sangre en tus venas y con cada latido de tu pobre corazón. A él siempre vas a creerle, porque jamás te mentiría, porque preferiría morirse antes que mentirte a vos.

Y la fe que tenés en él es suficiente, suficiente para que quieras hacer el terrible esfuerzo de abrir los ojos y de regresar del todo a la realidad, a la realidad y a todo lo que ello significa, recibiendo el impacto de lo que pasó y de todo lo que va a pasar ahora y de todo lo que vas a tener que enfrentar y de todo lo que trajo consigo enterarte de lo que sucedió con tu mamá después de que se alejara de ustedes catorce años atrás, después de que fuera forzada de nuevo en la trama, casi caprichosamente, cuando menos esperabas semejante golpe.

Tu cerebro va despertando, se activa otra vez como una máquina a la que habían desenchufado pero a la que ahora han vuelto a conectar, y los pensamientos comienzan a producirse y reproducirse, a generarse y regenerarse, con una rapidez increíble. Y todos esos pensamientos con cada segundo que pasa van volviéndose más corpóreos, más filosos, más agudos, la mayoría de ellos acunados entre signos de interrogación gigantescos que los aprietan y los abrazan y los sofocan, las palabras que una voz casi acosadora susurra en los confines de tu mente deseosa de saber pero tan impaciente que no da tiempo a que te pongas a encontrar respuestas, respuestas que en realidad no podrías encontrar porque ni las tenés ni sabrías exactamente dónde buscarlas, respuestas que en realidad no podrías encontrar porque todos estos interrogantes se forman en menos de un minuto, un minuto que se siente largo y eterno e infernal, el minuto previo a que tus párpados se levanten.

Abrís los ojos impulsada por la fe que tenés en Tony, y en sus palabras, y en sus promesas, y en el amor inmenso que podés sentir a pesar del dolor, ese amor más grande y más fuerte que cualquier otra emoción o mezcla de sensaciones que puedan estar atacándote ahora. Abrís los ojos y permitís que la realidad te envuelva de lleno, aprisionándote en sus garras, porque Tony está ahí. No sabés dónde se encuentran, no sabés cómo llegaron aquí, no sabés qué pasó en el medio, ni cómo se enteró él de lo sucedido ni de boca de quién, ni si se enteró de todo y si la versión que le llegó es correcta o completa o acertada o siquiera se parece un poco a lo que tuvo lugar en la cocina de su departamento, ni si él está ahí sin saber absolutamente nada, tragándose las dudas y las preguntas sin respuesta y simplemente esperando a que despiertes, para cuidarte, para hacer que te sientas mejor, para sanar cualquier herida.

Lo primero de lo que te percatás es que la habitación en la que te encontrás es una en la que nunca antes habías estado, un dormitorio, para ser más precisos, tenuemente iluminado por dos lámparas regulables ubicadas a los costados de la cama de dos plazas y media sobre la que ustedes yacen recostados, acurrucados en el centro del colchón. Pero el proceso de registro que ha comenzado tu cerebro es inmediatamente interrumpido cuando tus ojos negros, oscuros como la noche cerrada, brillantes de las lágrimas que ya han empezado a formarse allí sin que puedas hacer algo para evitarlo, se topan con los de él, que te miran intensamente, observándote, perforándote, como si pudieran llegar a tu alma y leerla, como si pudieran ver todas las heridas que llevás dentro, como si pudieran descifrar todos esos misterios ininteligibles que ningún otro ser podría comprender porque no te conoce ni de memoria ni tan profundamente.

Y esa mirada intensa y cargada de amor, ternura, preocupación y mil cosas más hace que, por un segundo, te olvides de todo, de absolutamente todo, aunque sea por una fracción del tiempo que se le escapa al reloj. Solamente existen esos dos ojos y todo lo que transmiten, las palabras que sin necesidad de ser expresadas en voz alta de todos modos llegan a tus oídos, las frases que vibran y acarician tu piel, lo que esa mirada comunica y promete y pregunta y contesta, porque el idioma en el que ustedes dos se comprenden el uno al otro es tan complejo que lo que equivale a un centenar de párrafos para un novelista ustedes pueden resumirlo en lo que tardan las manecillas en moverse apenas medio milímetro.

Esa mirada te desarma, te consume, cierra tus heridas y las vuelve a abrir, te deja sin respiración, te da esperanza, te hace pensar que hay una luz en el medio de toda esta oscuridad, te devuelve el aire, te renueva las fuerzas, te sana, te calma, te tranquiliza. Esa mirada es aquello de lo que debés sostenerte, a lo que debés aferrarte, a lo que debés agarrarte para no caer en ese pozo sin fondo, para no perderte dentro de vos misma, para no ahogarte en tu propio llanto, para volver a empezar, o, mejor dicho, para retomar las cosas donde quedaron, para terminar de resolver todo aquello que continúa sin haber sido resuelto, para hacer encajar las piezas, para poner todo en su lugar, para combatir caos con orden.

Esa mirada que habla en su propio idioma acalla a la tormenta que allí afuera azota las calles y transforma el silencio no en un cuchillo que se clava dentro de vos y se revuelve incontrolablemente para causar dolor, sino en sinónimo de paz y calma, incluso si sólo por unos minutos, incluso si el silencio está destinado a ser roto luego por un sollozo que se gesta en tu pecho y sube por tu garganta sin que lo puedas contener, escapándose de vos contra tu voluntad.

Llena tus oídos aquél sollozo desgarrador, y al tiempo que empapa el aire como el agua que cae del cielo la ciudad, ves esos dos ojos que permanecen hundidos en los tuyos ser cruzados por la tristeza, la preocupación, la desesperación, todas esas emociones profundas que se sienten bien adentro, en el alma, en el corazón, y que más crudas son y más afectan cuanto más inmenso e incomparable es el amor que las inspira.

"Michelle…" escuchás tu nombre caer de sus labios casi como una plegaria, como un mantra, una súplica. Hay tanto escondido en ese tono de voz, tanto embebido en esas letras que se deslizan con tanta facilidad por entre sus labios porque son las que forman su palabra favorita, aquella que resume el sentido de su existencia, su mundo, sus fuerzas, su todo.

Sus manos inmediatamente enmarcan tu rostro, sus pulgares comienzan a barrer las lágrimas que fluyen libremente y manchan tus mejillas sonrojadas, las lágrimas que recorren el camino previamente andado por esas otras que ahora están resecas en tu piel. Su tacto te recuerda que no estás sola, que él siempre va a permanecer a tu lado para protegerte de todo y cuidarte, para levantarte cada vez que caigas, para escuchar tus gritos desesperados cuando tengas miedo, para prometerte que las cosas van a solucionarse de alguna manera. Pero a la vez su tacto te recuerda que esto es real, que esta pesadilla está sucediendo en esta dimensión, que esto no es un sueño o una fantasía fabricada por tu cabeza, que esto está pasando, que este capítulo de tu vida tan lleno de manchas y angustia está siendo escrito, y que renglón a renglón vas derrumbándote, renglón a renglón te van derribando, porque a la protagonista le toca sufrir de tanto en tanto, y este sufrimiento que te cayó a vos en suerte es demasiado intenso.

Te bulle la cabeza, te zumban los oídos, la sangre hierve en tus venas, tu corazón late descontrolado. Porque no sos una máquina. Porque sos un ser humano. Porque sos de carne y hueso. Porque Dios hizo a esta especie a su imagen y semejanza, y evidentemente Dios puede ser muchas cosas, pero una máquina no es.

Tu cabeza bulle y hay un zumbido molesto en tus oídos que crece segundo a segundo y te hierve la sangre en las venas y tu corazón se ha lanzado a correr como si estuviera escapándole a la muerte, porque ese es el precio, esos son los síntomas, eso es lo que pasa cuando regresás de un coma emocional, cuando volvés a la superficie, cuando decidís abrir los ojos y salir de la cálida negrura creada por la propia mente en un intento de autopreservarse, cuando decidís regresar al plano en el que está desarrollándose una trama que en tu historia forzaron de golpe e inesperadamente, a raíz de casualidades y malos entendidos y confusiones y palabras dichas en el momento equivocado y de la manera equivocada y reacciones inesperadas y almas que se rompen en mil pedazos y angustia que quiebra al cuerpo en dos.

Pero, a pesar de todo y con todo, cuando él te mira con esos ojos llenos de un amor imposible de describir, de un amor que encierra tantos significados, de un amor que nada puede superar, de un amor capaz de vencer hasta a la muerte (física o emocional, a cualquiera de las dos), de un amor que jamás conocerá fin porque está destinado a ser eterno, cuando él te acaricia con esa mezcla de ternura y preocupación siendo transmitida a través de las yemas de sus dedos, cuando él te acaricia como si fueras la criatura más frágil y delicada que existe sobre la Tierra, cuando él te acaricia como si valieras más que todo el oro y todas las piedras preciosas, cuando él te acaricia como si estuviera tratando de sanarte con sus manos, cuando él te acaricia como si estuviera tratando de absorber el dolor que te está matando para que a vos ya no te haga daño, cuando él te acaricia como si estuviera dispuesto a sacrificarse por vos, comprendés que cualquier mal que venga a vos en esta vida jamás va a poder mesurarse en comparación a la locura con la que él te adora, la locura que lo llevaría a entregar cada gota de sangre en sus venas para llenar las tuyas, a entregarte todo el oxígeno de sus pulmones para alimentar a los tuyos, de darte sus ojos para que veas cuando ya los tuyos no sirvan, de darte sus piernas para que te mantengas erguida cuando las tuyas flaqueen, de darte sus latidos para que tu cuerpo siga funcionando cuando tu corazón esté cansado y ya no pueda más.

Cualquier historia, por más oscura y dramática y terrible y triste que sea, vale la pena ser vivida si podés ir navegando en ese mar de tinta, en esas hojas embarradas, página por página, con alguien como él a tu lado, cuidándote y priorizándote.

Cualquier dolor vale la pena soportar, absolutamente cualquier dolor, por más increíblemente cruel que su magnitud parezca, por más indescriptible que sea, cualquier dolor es afrontable si con la misma intensidad con la que es sentido en la carne, en el alma, en los huesos, en el corazón y en la piel pueden sentirse las propiedades curativas de ese amor que te llena como nunca pensaste algo podría llenarte, dándole sentido hasta aquello que uno podría pensar tiene una carencia total de él se lo mire por donde se lo mire, se lo analice como se lo analice.

Por eso te aflojás por un segundo y te permitís regresar completa y totalmente a la realidad, y no camina ni medio milímetro la aguja del reloj antes de que te largues a sollozar con todas tus fuerzas, con todo lo que tenés, desesperadamente, incontrolablemente, sin poder contenerte, como las criaturas al nacer. Porque, después de todo, vos estás naciendo otra vez, ¿no es cierto? De la muerte emocional resurgís gracias a ese amor tan incomparable con cualquier otra cosa que él te transmite al darte refugio en sus brazos, leer en las profundidades de tus ojos al dejar que los suyos se fundan en ellos, y es como volver a nacer; resucitar es a veces peor que el deceso mismo, pero a pesar de las lágrimas que no paran de brotar y siguen acumulándose y se amontonan en tu pecho y lo oprimen y te impiden respirar y te ahogan y provocan alaridos desgarradores que perforan el aire e interrumpen el ruido de la tormenta, es un proceso por el que estás dispuesta a pasar, porque sabés que el hombre que te ama está a tu lado, que va a ayudarte, que la soledad nunca va a volver a atraparte entre sus garras, que ninguna herida va a quedar para siempre abierta y sangrando hasta que se te vacíen y resequen las venas, porque sabés que la adoración que te profesa es muchísimo más poderosa que cualquier onza de dolor que se te pueda provocar, porque sabés que con él podés escribir los mejores capítulos de la historia de tu vida y que no hay posibilidades de que el final sea malo si terminan juntos.

Los sollozos te quiebran, te deshacen, te resquebrajan, te parten, y te desmoronás, y tu mente gira en espiral perdiendo el control, y se te escapa la cordura como agua por entre los dedos, y no hay coherencia que te valga como arma, y te olvidaste cómo hablar, y no conocés otro idioma que no sea el del llanto, y no podés razonar, y el dolor está tratando de salir de tu cuerpo por todos los medios posibles, y hay algo dentro tuyo que ha sido roto y por entre sus grietas está manando toda esta angustia que no se puede contener, y los sollozos invaden el cuarto y rebotan contra las paredes y suenan más fuertes que el diluvio que castiga a la ciudad de Los Angeles esta madrugada, y el peso del mundo parece haberse posado sobre tus hombros, y dentro tuyo todo es caos y confusión, y no hay forma de que pare este mar de lágrimas que sigue fluyendo cada vez más bravo y salvaje.

Sollozás, sollozás porque sos humana, un ser hecho a imagen y semejanza de Dios, diseñado para sentir con toda la crudeza e intensidad posibles.

Sollozás porque no sos una máquina, no sos una máquina porque Dios no es una tampoco.

Sollozás porque tenés alma, y es esa alma la que te separa junto al resto de la especie de los animales, es esa alma lo que te convierte en única e irrepetible, es esa alma lo que da sentido a tu existencia en esta Tierra, es esa alma la que comparte su mitad con el alma que habita el cuerpo de Tony, es esa alma la que da vida y esencia al capullo que la cobija durante su paso por este planeta, es esa alma la que debés cuidar porque es eterna, es esa alma la que puede ser herida tan fácilmente, es esa alma la que puede quedar llena de marcas y rasguños y múltiples recuerdos de las puñaladas que el destino te va asestando con esos golpes bajos y sorpresivos que se le ocurren porque piensa que agregándolos a cada historia las vuelve mejores.

Sollozás porque tenés un corazón que late, un corazón frágil que como todas las cosas débiles y delicadas siempre está en riesgo de ser roto, un corazón que puede ser rasguñado, un corazón que como todo músculo siempre corre el riesgo de reventar. Un corazón que sigue sobreviviendo por amor, un corazón que sigue hablando porque tiene la necesidad de susurrar su nombre y murmurar que lo amás, que lo adorás, que darías la vida por él, que nunca vas a dejar de agradecerle a Dios por haberlo puesto en tu camino, que nunca vas a dejar de sentirte la criatura más afortunada por haberlo conocido y por ser suya. Tenés un corazón, un corazón que de tanto en tanto necesita expresarse así, con sollozos desgarradores que quiebran las paredes y rajan la Tierra y hacen daño a los oídos, especialmente a los oídos del hombre que está abrazándote, tratando de calmarte, y que siente el dolor que vos sentís en carne propia, con la misma intensidad, porque los dos son las piezas de un mismo entero, los dos son uno aunque habiten cuerpos separados.

Sollozás porque tenés un cerebro que piensa y que a veces es consumido por esos pensamientos y que a veces trabaja y bulle demasiado y a veces se sobrecaliente y sobrecarga y no hay manera de evitar que quede aplastado bajo su propio peso y sea víctima de sus propias ideas. Sollozás porque tenés carne que duele, porque tenés un pasado que arrastrar, porque tenés un presente que pasar, porque tenés un futuro al que tenés que llegar y al que podés acceder transitando un camino al que durante la trama se le van poniendo obstáculos y tramas para que superes.

Sollozás porque no estás hecha de acero, porque no sos un conjunto de cables y piezas y parte y engranajes. Estás hecha de huesos que se rompen y quiebran y doblan y que forman un esqueleto que no siempre puede mantenerse en pie, erguido, fuerte, derecho. Estás hecha de vértebras y nervios y músculos y múltiples tejidos y órganos que son tan frágiles y débiles y delicados como tu alma, que corren el riesgo de ser destrozado, que con sus reacciones manifiestan sentimientos y emociones, que pueden ser fácilmente destruidos. Sos un ser humano, por esos sollozás. Sollozás porque sos un ser humano, un ser humano ideado y diseñado por Dios basándose en su imagen y semejanza, un ser humano que como el resto surgió del barro que Él tomó y moldeó hasta darle forma y al que luego le sopló vida. Sos un ser humano, por eso sollozás.

Sollozás porque tenés sangre en las venas, no funcionás con aceite como el motor de un auto. Y esa sangre mana libremente cuando tu cuerpo es herido, cuando la piel es cortada. Sollozás con la misma facilidad y fuerza con la que sangrás, porque no sos una máquina, porque sos un ser humano. Un ser humano que puede deshidratarse, ahogarse en llanto, envenenarse con sus propias lágrimas, o morir desangrado si nadie le cura las heridas, si nadie repara el daño causado, o morir desangrado si en un intento de bloquear la pena emocional comienza a causarse daño a sí mismo, desesperado por mitigar de alguna forma una angustia que no conoce descripción porque va más allá de lo que puede ponerse en palabras.

Sollozás, sollozás desesperadamente, sollozás sin control, pérdida, desorientada, con los ojos fuertemente cerrados porque como a todo ser que acaba de nacer la luz te resulta molesta, sollozás como las criaturas recién sacadas del vientre de la madre mientras añorás profundamente un abrazo de la tuya, sollozás con la cabeza congestionada porque no entran más pensamientos ni dudas ni reflexiones y no hay nada allí dentro que esté definido porque es un manchón gigantesco y caótico y parece un enjambre de lana enredado y plagado de nudos.

Y él entiende.

Él entiende hasta tus sollozos.

Él te comprende como nunca antes pensaste otra persona podría llegar a hacerlo, con toda tu locura, con todo tu dolor, con todo tu pasado, con toda tu historia, en lo simple y en lo complejo, en las cosas más grandes y en las más pequeñas, en las más relevantes y en las más absurdas, en las más normales y en las más raras.

Él entiende perfectamente tus sollozos, como si cada uno de ellos fuera una palabra, una frase, una oración en un idioma desconocido, recientemente descubierto, que sólo él puede interpretar.

Él entiende tus sollozos y no hace nada por interrumpirlos, porque sabe que necesitás descargarte, porque sabe que necesitás seguir llorando, porque sabe que sufriste una muerte emocional, que caíste en un coma para evadirte, y que ahora estás regresando, y que resucitar es una experiencia terrible.

Él simplemente te envuelve en sus brazos, en ese cálido refugio, el lugar más seguro del mundo para vos, donde querés pasar los últimos minutos de tu vida, donde querés probar oxígeno por última vez, donde querés morir. Él te envuelve en sus brazos y te estrecha con fuerza, protegiéndote, sirviendo de escudo, apartándote de cualquier mal que pueda llegar, en un acto reflejo desarrollado después de la traumática experiencia de verte sufrir así.

Él simplemente te habla al oído, despacio, dulcemente; no llegás a comprender qué es lo que está diciendo, no llegás a descifrar las palabras, pero no importa. Sus murmullos te calman, te relajan, es el tono y la ternura que lo empapa lo que hace las veces de bálsamo. El intelecto no juega parte alguna en esto: lo que importa es que ustedes dos se comunican a través de la piel, a través de las caricias, a través de los latidos de sus corazones, a través del ruido que hace la sangre al correr por sus venas, sin necesidad del lenguaje común y corriente; el mensaje te alcanza igual, y te hace bien, y eso es todo lo que importa.

¿Cómo el ser humano puede ser otra cosa que todo lo opuesto a una máquina, si hay hombres que aman tan profundamente, con tanta locura, con tanta adoración, tan desmedidamente, que son capaces de sostener a la mujer que hace girar sus mundos mientras llora sin control, prometiéndoles a través del tacto que no van a dejarlas jamás, protegiéndolas, haciendo que incluso en la oscuridad más absoluta sepan que la luz sigue brillando a lo lejos, que hay una salida de ese túnel, que el pozo sí tiene fondo y que van a poder escalar hacia arriba para resurgir, que el sol va a seguir brillando, que existe una solución y que van a encontrarla, que no están solas, que son amadas, y que en medio de la peor de todas las guerras están a salvo porque ellos van a sacrificarse si es necesario para evitar que les hagan mal?

Es una madrugada que carece de sentido, de coherencia, de razón. Es una madrugada que acontece en el medio de un diluvio, en una habitación desconocida a la que no sabés cómo llegaste, en circunstancias terriblemente dolorosas, luego de una muerte emocional que te dejó destrozada, luego de un día largo y difícil. El hombre al que adorás y con el que vas a pasar el resto de tu existencia y lo que sea que se llame eternidad está con vos; no sabés cómo, no sabés quién le avisó, no sabés cuánto conoce exactamente sobre lo que sucedió, pero él está ahí, amándote con la misma locura e intensidad con la que te prometió que siempre lo haría, sin hacer preguntas ni pedir explicaciones ni expresar las miles de dudas que debe tener ni pretender que hables ni intentando acallar los sollozos que entiende debés dejar salir porque toda esa angustia de alguna manera debe ser canalizada.

La madrugada va llegando a su final, desdibujándose, dando lugar al principio de una mañana que será brillante una vez que el temporal pase, las nubes negras desaparezcan, el cielo se aclare y surja el arcoíris que sigue a cada tormenta. Y vos estás tumbada en aquella cama, sollozando desesperadamente, sin control, sin sentido, con la cabeza abarrotada de pensamientos, con el cuerpo adolorido y cansado, destrozada, después de haber vuelto a nacer, después de haber elegido regresar de ese coma en el que habías caído, de esa muerte emocional, y él está a tu lado.

El único pensamiento con forma que tuvo origen en tu mente antes de que la realidad te impactara y te largaras a llorar hasta desgarrarte la garganta mientras él te base los párpados húmedos y te acuna como a un bebé y murmura en tu oído y frota sus manos sobre tu espalda, fue aquél sobre Dios y el humano creado a su imagen y semejanza y las máquinas y los sentimientos y el dolor y el amor.

Puede que sea cierto, entonces, que a las deducciones más brillantes se llega en los momentos de mayor desorden personal, físico y emocional, los momentos de mayor locura, porque si hay algo que aprendiste en esta madrugada de dolor intenso, mientras sollozás en sus brazos sumergida en una confusión terrible, mientras llueve ferozmente en Los Angeles sin que nadie sospeche que pronto de golpe el cielo se aclarará y dará comienzo a un nuevo día, es que es una bendición haber sido creado a imagen y semejanza de un Dios que no es una máquina, porque sentir dolor vale la pena, realmente vale la pena, si en medidas incluso mucho más grandes puede sentirse un amor como el que ustedes dos se profesan, el amor que te dio las ganas y las fuerzas y la voluntad de resucitar y regresar a la realidad en lugar de quedarte acobijada en la negrura creada por tu propia mente para protegerte de los renglones que sigan a esta historia que se complica con cada palabra que es escrita.

Es en una madrugada lluviosa que poco a poco estaba abriendo paso a un nuevo día, desgarrada de dolor y en un estado indescriptible, confundida y angustiada, desangrándote, con el cuerpo y el alma vencidos, aferrándote a tu otra mitad para no caer en un pozo oscuro, intentando respirar, con el corazón hecho trizas, con el pasado pesándote como nunca antes, que recibís otra de las lecciones que la vida da a través de golpes sorpresivos, inesperados y bajos como estos: vale la pena soportar el dolor que uno está obligado a afrontar por simplemente ser un humano más, hecho a imagen y semejanza de Dios, porque no ser máquinas es lo que les permite experimentar sensaciones tan fuertes y mágicas como ese amor inmensurable capaz de vencer hasta la muerte emocional, que es mucho más cruel, mucho peor y mucho más grave que la muerte física.

Son reflexiones como esas las que muestran la sabiduría de Dios al haber hecho al hombre a su imagen y semejanza en lugar de haber diseñado máquinas.

Son reflexiones como esas las que deberían bastar para que los seres humanos agradecieran poder sentir, sea dolor o amor, o una mezcla de ambas cosas, porque vivir y no tener la capacidad de experimentar emociones realmente no valdría la pena.

Algo aprendés en medio del peor caos al que te hayas enfrentado a nivel personal: tenés mucha suerte de que Dios no sea una máquina, incluso en madrugadas como hoy, incluso en capítulos de tu historia como éste.


Fue al final del día, al principio de una nueva y brillante mañana, luego de que el diluvio cesara, los truenos se apagaran, la lluvia dejara de caer y el cielo comenzara a esclarecerse, fue cerca de las siete de la mañana que el último sollozo subió por tu garganta, y recuperaste un poco la cordura, y tus sentidos dejaron de estar tan saturados y alterados, y tu cerebro comenzó a funcionar con un poco más de normalidad, y pudiste abrir los ojos otra vez a pesar de tus pestañas empapadas, y pudiste encontrar tu voz y empezar a hablar.

Y lo primero que le dijiste a Tony antes de iniciar lo que sería una conversación confusa y larga fue que estabas agradecida a pesar de todo, agradecida por él, agradecida por su amor, agradecida de que Dios no fuera una máquina. Y eso último otro no lo hubiera comprendido, a otro tendrías que habérselo explicado, otro te habría tomado por loca, otro habría pensado que estabas delirando, divagando, con la mente demasiado nublada por el dolor. Pero él te entendió, él comprendió, él te dijo que también agradecía no haber sido creado a imagen y semejanza de una máquina.

Y luego de esa muestra de un entendimiento que se halla solamente en almas gemelas se lanzaron a hablar.

Fue al principio de una nueva y brillante mañana que mantuvieron una de las conversaciones más difíciles que les tocaría hilar, usando palabras, gestos, caricias, abrazos, y hasta golpes y rasguños, y hasta gritos entre los susurros.


Segunda nota: Cada día me gusta menos lo que escribo, pero cada día escribir me gusta más.