Nota de una autora muy, muy, muy exhausta y poco satisfecha con el resultado de este capítulo: Después de escribir esto, no me quedan fuerzas para nada hoy. Sé que debe ser, por mucho, lo peor que escribí, y es tan repetitivo y poco interesante y poco coherente que ni lo quiero releer, porque si lo hago, probablemente termine borrando tood. Espero poder mejorar con lo que sigue; voy a empezar a escribir mañana el capítulo 104, en un intento desesperado de lograr algo más o menos digno de ser leído. Ojalá en realidad este capítulo no sea tan terriblemente malo como yo pienso que es.


No existirán,

Ni existen,

Ni existieron.

Tu hermana te había obligado a prometer que conducirías con cuidado.

Cumpliste con tu palabra.

No excediste los límites de velocidad.

Te esforzaste por prestar extrema atención, ignorando tu cerebro comprimido, tu mente colapsada, tu corazón reventando contra tus costillas, tus nervios enervados, tus ganas de vomitar.

Respetaste todos los semáforos, te detuviste en cada luz roja. Nadie aguardaba en las intersecciones para cruzar de una acera a la otra, pero vos respetaste las leyes de tránsito y esperaste a que la luz se tornara verde de todos modos.

No, a las leyes de tránsito no. Respetaste la palabra dada a tu hermana, la promesa de conducir con cuidado, la promesa de no arriesgarte a sufrir un accidente que pudiera dejar tu auto abollado como una latita de gaseosa, y a vos con los huesos fracturados, una hemorragia interna… o peor, sin un latido que escuchar en tu cavidad torácica, con muerte cerebral, sin pulso en las muñecas, sin aire en los pulmones, una cáscara partida al medio, vacía.

Condujiste hasta la calle donde vive Martina en medio de uno de los peores temporales de los últimos tiempos, haciendo hasta lo imposible por mantenerte tan enfocado como posible.

Le habías dado a Martina tu palabra.

Vos nunca rompés tu palabra.

Vos nunca quebrás una promesa.

Prometiste pasar con Michelle cada 7 de Septiembre que te quede, y todos los días anteriores a ese, y todos los días posteriores también.

Vos nunca quebrás tus promesas.

Le entregaste a Michelle tu existencia, y lo que se regala no se quita.

Jamás serías capaz de quitarle algo a Michelle.

Jamás.

Por eso condujiste con cuidado.

La conversación telefónica sostenida entre Martina y vos se reprodujo una y otra vez en tus oídos, como un disco rayado que se traba siempre en la misma parte. Intentabas alejar las palabras que se agolpaban allí en tus sienes y se reproducían como una vieja canción que uno quiere olvidar pero que no puede arrancarse porque parece haber echado raíces sobre el cerebro. Tratabas de acallar los murmullos incesantes porque sabías que era importante que te mantuvieras concentrado si querías manejar con prudencia y llegar antes de que te explotaran el corazón o la cabeza, o ambos. Nada te hubiera servido tanto en ese momento como desarrollar la capacidad de poner la mente en blanco por completo a voluntad; tuviste que conformarte con exprimirte los sesos intentando no pensar en nada, no recordar nada, no sentir nada.

No pudiste aguantar mucho sentado detrás del volante, con los pies en los pedales, la vista fija en el camino, deshaciéndote en esfuerzos por concentrarte y evitar que los nervios te dejaran en carne viva: estando a diez bloques de distancia del edificio en el que vive tu hermana estacionaste el coche en el primer lugar libre que encontraste, tiraste el teléfono móvil en el asiento del acompañante, y apenas recordando activar la alarma y guardar las llaves en el bolsillo de tu abrigo, te largaste a correr bajo la lluvia empapándote hasta los huesos, el agua helada calando hasta lo más profundo de tu ser, tu corazón reventando contra tus costillas.

Corriste.

Corriste como nunca antes.

Corriste bajo la lluvia helada, rogando que pudiera lavarte las heridas provocadas por ese dolor insoportable que estaba clavándose en vos como astillas de vidrio.

Corriste desesperado, queriendo alejar las preocupaciones y la frustración y las dudas y los miedos y las preguntas sin respuestas y las respuestas sueltas que no servían de nada.

Corriste, toda esa adrenalina fluyendo pura por tus venas mezclada con tu sangre.

Corriste, deseando desquitarte con el mundo por haber hecho que cayera sobre vos, sobre ustedes dos, tanto sufrimiento, de golpe, inesperadamente, inexplicablemente, un sufrimiento que tiene sus raíces en algo que no acabás de comprender y que fue impulsado hacia la superficie pero todavía no llegás a entender bien cómo.

Corriste, la necesidad de sentir el frío erizando tu piel y la tormenta bañándote, recordándote que estás vivo, que la función continúa, que el juego no terminó, que no te derrotaron, que existís.

Corriste, tus emociones impulsándote.

Corriste, la necesidad física y emocional de llegar junto a Michelle y refugiarla en tus brazos y quitar cada gramo de angustia que tuviera dándote las fuerzas para seguir, para recorrer esas diez calles que bien podrían haber sido un millón de kilómetros en medio de un feroz temporal.

Corriste hasta alcanzar tu destino.

Michelle es siempre tu destino.

Siempre.

No existirá, ni existe, ni existió fuerza capaz de mantenerte alejado de ella.

Michelle, esté donde esté, se halle donde se halle, sin importar las circunstancias, sin importar lo que suceda, sin importar las consecuencias. Michelle es siempre tu destino.

Todo duele menos si sabés que vas a su encuentro.

Todo duele menos si sabés que, llegues a donde llegues, ella está ahí, porque todos los caminos que elijas emprender siempre, indefectiblemente, conducen a ella, a tu propósito en esta vida, a tu Universo resumido en un ser, a lo que le da sentido a cada bocanada de aire que le llega a tus pulmones.

El aire frío quemó tus pulmones cuando te detuviste frente al edificio de departamentos en el que vive tu hermana. Al frenar te volviste consciente de los signos que habías ignorado mientras corrías como poseso, dejando atrás un auto dentro del cual te sentías atrapado, como si te hubieran enterrado vivo, como si te hubieran encerrado en una cámara de tortura, como si te hubieran enjaulado cual animal salvaje: tus músculos adoloridos, la dificultad para respirar, el dolor punzante y agudo en el pecho que parecía crecer con cada segundo que se llevaba el reloj, un mareo ligero nublando tu visión, temblores incontrolables recorriéndote como descargas eléctricas.

Tiritando, con el pelo mojado pegándose en tu frente y en tus sienes, el corazón y el alma estrujados, te golpeó con todas sus fuerzas el hecho de que en menos de veinticuatro horas las circunstancias te habían empujado hasta llevarte a exceder los límites de lo que un ser humano puede soportar física y emocionalmente: regresar a tu casa y encontrar un caos inteligible, ver a Michelle llorando desesperada, con un ataque de nervios, alejándose de vos, incapaz de detenerla, sin comprender qué había sucedido, la discusión con tus padres que sólo sirvió para generar más confusión, buscar al amor de tu vida durante nueve largas horas por toda la ciudad con todas esas preguntas azotándote, todas esas dudas enervándote, el alivio momentáneo que te abrasó cuando tu hermana llamó para avisarte que había hallado a Michelle…

Todas esas emociones culminaban en aquél instante en el cual te diste cuenta de que estabas fusilado, física y emocionalmente derrotado, venido abajo, volteado, y que todavía quedaba delante de vos un largo, difícil tramo por recorrer, probablemente lleno de baches, pozos ciegos, hoyos profundos y una variedad interminable de obstáculos.

No tenías la menor idea respecto a con qué te encontrarías al cruzar el umbral de la puerta del departamento de tu hermana, y eso era aterrorizante, paralizante, tanto que te quedaste un minuto entero debajo de la lluvia torrencial, contemplando el edificio sin realmente verlo, tus ojos vueltos hacia adentro, analizando el caos que reinaba en tu interior, ese caos inentendible que había aparecido de repente, sin que lo esperaras, sin ningún signo de advertencia, cuando menos de veinticuatro horas atrás al regresar a tu hogar después de haberte ido cuarenta minutos y te tropezaste con un problema que no acabás de comprender.

En la discusión desesperada (y breve) que habías tenido con tus padres no habías logrado eliminar ninguno de los millones de interrogantes pesando en tus hombros junto con las preocupaciones, más bien todo lo contrario: solamente había servido para que se generaran más. Te sentías como si te hubieran tapado los ojos y hecho girar hasta que el mareo fuera tal que apenas tu cuerpo pudiera mantenerse erguido sobre los dos pies y con las rodillas firmes, y luego te habían empujado hacia el vacío esperando que supieras cómo arreglar todo esto solo. La realidad es que no sabías bien qué tenía que ser arreglado ni cómo, pero lo que sí sabías - porque lo sentías en carne propia, en cada hueso, en cada circulación, en cada gota de sangre en tus venas, en cada bocanada de aire que probaba – era que Michelle estaba sufriendo, que fuera cual fuera la verdadera historia detrás de todo este desastre a ella la había dejado destrozada, que detalles más, detalles menos, palabras más, palabras menos, ella tenía el alma y el corazón rotos más allá del punto de reparación, pero confiabas ciegamente, plenamente, con una fe inconmovible, en que el amor entre los dos pudiera obrar milagros y curar hasta lo incurable, reparar hasta aquello que otros darían por perdido porque las heridas son demasiado hondas o las grietas demasiado grandes.

También te aterrorizaba la versión de los hechos que pudieras encontrar detrás de esa puerta al cruzarla, porque aquella sería en la que creerías, por la que pondrías las manos en el fuego, porque vendría de Michelle, y de nada que pasara por sus labios y llegara a tus oídos serías capaz de dudar, nunca. Temías que esa versión, esa realidad, fuera tan fuerte, tan cruda, que como un puño de acero sólido diera un golpe certero a las bases de tu relación con tu madre y la hundiera, quebrara, destrozara. Temías que esa versión te abriera los ojos a algo que tu corazón no podría soportar, a un costado de tu madre demasiado oscuro, demasiado turbio, que cambiaría para siempre tu forma de verla y tu juicio sobre ella.

Bajo la lluvia, como un animal herido y abandonado, permaneciste temblando, suspendido en el tiempo, suspendido dentro de tus reflexiones y tus dudas y tus preguntas sin respuesta y el caos general en el que se había convertido tu existencia de repente, cuando la primera de una larga hilera de fichas de dominó había sido derribada, llevándose por delante todo lo que hubiera a su paso, derribando una a una el resto de las fichas, generando un desastre sin forma, un desastre para el que esperabas hallar explicación y solución, incluso si en ese momento lucía como un conjunto de piezas mezcladas imposibles de hacer encajar entre sí, incluso si el dolor estaba ahogándote y presionando sobre tus sienes y sobre tu pecho, impidiéndote respirar, impidiéndote pensar, nublándote, anulándote.

Te armaste de valor y avanzaste hacia el pórtico del imponente edificio por Michelle, sólo por ella. Porque necesitabas verla. Porque necesitabas abrazarla. Porque necesitabas limpiar sus lastimaduras. Porque necesitabas consolarla. Porque necesitabas recordarle que nunca la dejarías, que no está sola, que va a contar siempre con vos, que los dos son una misma cosa. Porque necesitabas empezar el largo proceso de curación. Porque necesitabas saber exactamente qué había sucedido (muy injusto podrá sonar, pero lamentablemente te inclinabas a pensar que lo que ella diría no coincidiría con lo que tu madre te había dicho cuando le exigiste explicaciones sobre lo que fuera que hubiera ocurrido). Pero principalmente porque ella te necesitaba.

Y jamás existieron fuerzas – humanas o sobrehumanas, naturales o sobrenaturales – capaces de mantener a un hombre enamorado alejado de la mujer que lo necesita profundamente, con cada onza de su cuerpo, con cada hueso, con cada latido de su corazón, con cada gota de sangre, con cada partícula de oxígeno, con cada gramo de dolor, con cada hilo de esperanza al que pueda aferrarse. No existirán tampoco en el futuro, porque si el amor siempre ha sido, desde los comienzos del Universo, el misterio más grande e imposible de desentrañar de la historia de la humanidad, no hay razón aparente por la cual esto debiera cambiar. No existirán, no existen ni existieron las fuerzas capaces de mantener a dos personas que se aman separadas en un momento de necesidad, y ustedes dos no van a ser quienes quiebren esta ley, no van a ser la excepción que haga la regla, por lo que todas esas circunstancias, todas esas dudas, todos esos miedos, todas esas preguntas, todo ese peso sobre tus hombros, todo eso que te había detenido durante un minuto entero delante del edificio, bajo la lluvia torrencial que caía sobre la ciudad de Los Angeles, se convirtieron en pequeños comparados con tus ganas de llegar a ella, abrazarla y quitarle todo la angustia.

Tenés un juego de llaves que Martina te dio luego de mudarse allí, pero no las llevás siempre encima, por lo que están guardadas en uno de los cajones del escritorio de tu estudio, en tu departamento, donde te sirven de absolutamente nada, por lo cual te viste obligado a tocar el timbre. Detrás de los vidrios polarizados que impiden ver el interior del edificio, probablemente estaba uno de los guardias de seguridad o conserjes nocturnos, observándote con curiosidad y recelo, preguntándose por qué un hombre adulto se hallaba empapado hasta los huesos luciendo como si acabara de correr diez cuadras bajo la tempestad, y de hecho lo estaba, pero en ese momento aquél pensamiento ni cruzó tu cabeza.

Si tu hermana dijo algo a través del portero eléctrico antes de abrir la puerta automáticamente, no lo escuchaste. Si el encargado de seguridad te dijo algo cuando pasaste a su lado rumbo al ascensor, tampoco lo escuchaste; a decir verdad, ni siquiera notaste al hombre vestido con uniforme, mucho menos te percataste de la forma en que te miró, con una mezcla de intriga y preocupación (después de todo, tu aspecto general – empapado, con las ropas pegadas al cuerpo – y el gesto de terrible, tremenda angustia y desesperación en tu rostro llamaban mucho la atención). Estabas enajenado, aislado del mundo, sumergido en tu propio mundo, agazapado en la negrura que te envolvía por dentro.

Las puertas del elevador se cerraron automáticamente, y te hallaste atrapado en ese espacio que de pronto lucía mucho más pequeño de lo que en realidad era, como si estuviera achicándose a propósito, con el fin de aplastarte entre sus paredes. En esos segundos que duró el recorrido te sentiste sofocado. Tu mirada estaba desenfocada, tu corazón latía más rápido que nunca otra vez, el peso del mundo parecía encontrarse allí, en ese ascensor, amenazando con hacerlo caer.

No cayó, por supuesto.

No cayó, porque hay pesos que siente solamente uno.

No cayó, porque hay pesos que sólo un par de hombros debe cargar.

No cayó, llegó a destino, y cuando las puertas se abrieron de par en par revelando el pasillo, te precipitaste a salir.

El silencio casi ensordecedor que llenó tus oídos duró apenas unos segundos, y pasarían bastantes minutos cargados de tensión, angustia y ansiedad hasta poder recuperar algo de él.

No hizo falta que anunciaras tu presencia golpeando con los nudillos sobre la pulida superficie color oscuro, tampoco que tocaras el timbre; tu hermana seguramente había estado escuchando con una atención que probablemente rayaba la histeria y la obsesión, percatándose de cada ruido, atenta al menor cambio en el aire, el oído aguzado para distinguir cualquier sonido que se asemejara al de pisadas en el corredor, por eso enseguida abrió la puerta, haciéndose a un lado para dejarte entrar.

El piso en el que vive Martina es mucho más grande que el tuyo, es mucho más amplio, está mucho mejor ubicado, y probablemente el alquiler cueste el doble. Tu hermana - habituada a alcanzar la perfección en cualquier actividad que emprenda, sea de la índole que sea – lo decoró con exquisito gusto, según sus propias palabras: 'como siempre soñó que sería el primer sitio donde viviera al independizarse'. Siempre que la visitás admirás la manera en la que sabe plasmar su personalidad, se forma de ser, su carácter, todas sus locuras, todos sus intereses, su costado burgués y su costado bohemio mezclados, su intelectualidad, su genialidad excepcional, todo aquello que la convierte en lo que es, en un mismo sitio, entre unas cuantas paredes: es impresionante como cada rincón, cada pequeña cosa, parece transmitir la misma vibra que tu hermana, como si los objetos que poseen se empaparan de ella, de su esencia.

Aquella ocasión, sin embargo, no era una que ameritara que te detuvieras en pequeñeces; estabas tan alterado que todo a tu alrededor era un borrón gigantesco, una mancha de colores sin forma ni sentido, una mezcla indistinguible. Estabas mareado, muy mareado; la habitación daba vueltas a tu alrededor. Tiritabas de frío, empapado hasta los huesos como estabas, las ropas que llevabas puestas se pegaban a tu piel, que tenía un color mortecino, como amarillento, y la piel se te pegaba a los huesos; parecías un cadáver, un muerto caminando entre los vivos, frío como aquellos que son puestos a reposar dos metros bajo tierra, con la mirada cargada de emociones diversas que se revolvían refulgiendo con un brillo opaco.

Estabas destrozado, porque ella estaba destrozada.

Estabas como muerto en vida, porque ella estaba como muerta en vida.

Tu aspecto, tu mente, tu alma, tu corazón, tu piel, tus huesos, tu anatomía entera, todo tu ser, cada célula y cada átomo, todo ello era reflejo perfecto del estado en el que ella se encontraba, porque los dos son lo mismo, porque tus emociones y las suyas son como un espejo: siempre iguales, siempre idénticas, siempre fieles, jamás diferentes, jamás algo distinto, jamás ella va a estar mal sin que vos lo estés como consecuencias, jamás vos vas a estar mal sin que ella se quiebre en mil pedazos como resultado de lo que te aqueje.

"Anthony…"

Cuando tu hermana llamó tu nombre algo se encendió en tu cerebro, y poco a poco fuiste enfocándote en tiempo y espacio hasta lograr diseminar oscuridad y luz, formas y figuras y el contorno de las cosas. A través de tus ojos nublados por las lágrimas derramadas y por las gotas de lluvia que seguía cayendo del cabello húmedo pagado a tu frente y a tus sienes, comenzaste a absorber la escena.

Martina podría haber sido descripta utilizando todos los adjetivos opuestos a los que se hubieran usado para describirte a vos. Su compostura estaba intacta, al igual que su maquillaje prolijamente aplicado para resaltar sus facciones, sus rasgos suaves y delicados más sobresalientes. La ropa que llevaba puesta, a diferencia de la tuya, tenía el aspecto de haber sido recién sacada del ropero, planchada, impecable, sin una arruga; hasta el atuendo más sencillo queda espectacular y hasta casi intimidante cuando tu hermana lo usa, y ese pantalón color tostado claro y sweater de hilo fino haciendo juego sobre la camisa blanca no eran excepción alguna. No estaba calzada con tacos, pero a pesar de la diferencia de estatura entre ambos, seguía pareciéndote que se alzaba sobre vos como un águila real, las alas abiertas listas para envolver tu anatomía encorvada, destrozada y herida para proteger tus restos mientras todavía caen las piedras.

Tu hermana tiene mucho carácter y una personalidad fuerte, y si bien no es dura como el acero y hay ciertas cosas que la sensibilizan, fue bendecida con la capacidad de mantener la cabeza fría y la sangre a temperatura ambiente cuando las piedras caen, con los pensamientos claros y el razonamiento fresco, el cerebro funcionando como una máquina, a toda velocidad y con todos los engranajes bien engrasados, sin fallas, eficiente como siempre. Martina es la clase de persona que se vuelve aun más brillante en medio del más terrible, estresante, inexplicable caos. Y fue una suerte que ella estuviera ahí, lista para animarse a echarle las manos al volante de un tren que estaba fuera de control, descarrilándose, a punto de impactarse contra una pared de ladrillos, porque vos te hallabas en tal estado que te hubiera resultado imposible atravesar esa oscuridad sin tu hermana sirviendo de guía, incluso si no fuiste precisamente fácil de guiar, incluso si tu temperamento hirviendo te llevó a dificultar las cosas no sólo para ella, sino también para vos.

Vas a agradecerle siempre a tu hermana el apoyo que te dio esa noche, la brutalidad (necesaria) para abrirte los ojos y forzarte a focalizar, a ver lo que tenía que ser visto. Siempre vas a agradecerle por haberte dicho las verdades que tenías que escuchar en el momento preciso en el que debías escucharla, sin edulcorar nada, sin pintar con acuarelas sobre el negro para hacerlo parecer menos oscuro, sin mentirte ni desmerecer tu inteligencia, sin querer venderte promesas falsas, sin querer llenar los espacios con palabras vacías para tranquilizarte. Siempre vas a agradecerle la presión que ejerció sobre vos para abrirte el cráneo y hacerte entender todo lo que en tu confusión, dolor, amargura y miedo te eludía.

Esa gratitud aparecería después, porque en el medio del desastre, con las piedras cayendo sobre tu cabeza, el mundo desmoronándose a tu alrededor, tu cuerpo fallando, tu corazón errando cada latido, tus nervios comiéndote, la ansiedad torturándote, la confusión tiñendo la escena hasta volver las imágenes ante vos borrosas e indescifrables, no serías capaz de darte cuenta que tu hermana deseaba más que nada ayudarte, ayudarte para que pudieras ayudar a Michelle, para que pudieras ordenar las piezas del rompecabezas y darle sentido a ese asunto tan enredado.

Un solo pensamiento ocupaba tu cabeza, un solo deseo tenía tu corazón, una única cosa precisaba tu alma. Estabas consumido, abatido, derrotado, con los brazos caídos, cansados, físicamente y emocionalmente exhausto, el pecho anidando un corazón estrujado, cada hueso y cada fibra adoloridos, empapado hasta la médula, estresado, con la angustia en forma de puñal clavada en el centro de tu ser, y sin embargo nada de eso te importaba, porque aun consumido te quedaban restos por ser consumidos por una obsesión que te dominaba a tal punto que el resto del Universo parecía haberse desdibujado, una nube de tinta borroneada manchando las páginas de la historia de tu vida, mientras que vos, el protagonista, intentabas abrirte paso por entre el desastre para hallar a la otra mitad de ese cuento de hadas que en las últimas horas se había convertido en una pesadilla, no en su totalidad, pero sí en ese pasaje que te tocaba, les tocaba, transitar.

Querías ver a Michelle.

Necesitabas ver a Michelle.

Lo necesitabas imperiosamente.

Lo necesitabas más que al oxígeno del que se alimentan tus pulmones.

Lo necesitabas tanto que corrías el riesgo de acabar desmoronándote si no podías hacerlo pronto.

Lo necesitabas tanto que te dolía el cuerpo.

Te dolía el cuerpo después de haber pasado nueve horas lejos de ella.

Nueve horas sin Michelle te habían dejado reducido a nada, puras cenizas.

Nueve horas sin Michelle y perdido en el caos, sufriendo por ella y como ella, te habían dejado así.

Nueve horas sin Michelle y perdido en el caos, sufriendo por ella y como ella (porque lo que le duele a ella te duele a vos, es inevitable), habían desembocado en esa obsesión que te llevaba a ignorar todo lo demás, incluso tu propio físico hecho pedazos, incluso a tus hombros encorvados por cargar con el peso del mundo, incluso tu ira y tu enojo y tu bronca y tu culpa y todas esas emociones y todos esos sentimientos que mezclados daban como resultado un dolor punzante en el pecho y en la boca del estómago: querías ver a Michelle, simplemente eso, eso era todo lo que anhelabas, eso era todo lo que te importaba, y no te desacelerarías hasta poder hacerlo, hasta poder abrazarla, y acariciarla, y escuchar el sonido de su respiración, y oír los latidos de su corazón, y sentir su piel bajo las yemas de tus dedos, y asegurarte de que era real, que no era un sueño, un fragmento de tu imaginación, una ocurrencia hermosa para sacarte de la realidad esfumada para devolverte al agujero negro en el que estabas sumergido antes de conocerla.

Martina estaba hablando. Decía algo, qué no sabías. No estabas escuchándola, no estabas prestando atención. Subían las palabras por su garganta y fluía el sonido de su boca, pero impactaba contra el muro invisible, duro e impenetrable como el acero que se había levantado entre ella y vos, ese muro detrás del cual estabas escondido, agazapado, absorbido por tu obsesión, que te tensaba los músculos y hacía bullir tu sangre. El zumbido en tus oídos era tal, tan estruendoso, lo mismo repitiéndose en tu mente, una y otra vez, como un disco rayado, como una canción grabada en un casete que se traba…

Quiero ver a Michelle.

No me importa nada más.

No me importa lo que me digan.

No me importa absolutamente nada.

Simplemente quiero ver a Michelle.

Necesito ver a Michelle.

Necesito estar con Michelle.

Necesito a Michelle.

Quiero verla.

Quiero abrazarla.

Quiero estar con ella.

No pude encontrarla.

Pero quizá pueda salvarla…

Quizá no sea demasiado tarde.

Para el amor nunca es demasiado tarde.

No tiene reglas el amor.

No tiene obstáculos.

Para el amor nada es imposible.

No hay herida que nuestro amor no pueda sanar.

No existen los límites para el amor.

Nunca existieron los límites para el amor.

No existirán límites para el amor. Jamás.

Tengo que ver a Michelle.

Esas últimas tres palabras se escaparon de tu boca sin que te dieras cuenta, sin que registraras que tu cerebro había enviado a tu lengua la orden de soltarlas. Y escuchar tu propia voz, ronca y llena de emoción y embebida en obsesión, rompió con el silencio, derribó el muro invisible duro como el acero detrás del cual parecías haber quedado, empujándote de vuelta al plano real, en el que tu hermana estaba allí hablando (vaya uno a saber qué, nunca te vas a enterar qué te decía porque no oíste ni media sílaba) y la lluvia caía azotando la ciudad con violencia como las piedras arrojadas por el destino parecían caer sobre sus cabezas. De repente los colores, las formas, los ruidos, las imágenes, todo estaba volviéndose dolorosamente intenso, corpóreo, claro, firme. Estabas allí, eso estaba sucediendo, eso no era una pesadilla, era real, y necesitabas ver a Michelle. Tenías que ver a Michelle.

"Tengo que ver a Michelle"

Esa frase interrumpió lo que fuera que Martina estaba tratando de hacerte entender (porque con Martina es así: ella siempre está intentando hacer que otros entiendan su punto de vista, opinión o enfoque de una situación).

"Anthony…"

No dejaste que dijera más que tu nombre, en ese tono que te recordó tanto al que una madre utilizaría con su niño pequeño para tratar de ayudarlo a entender que lo que está pidiendo es ilógico, un capricho, algo que no se le puede conceder. Al menos así sonaron para vos esas siete letras combinadas, como si estuvieran a punto de ser inmediatamente seguidas por un 'pero', por un freno, una barrera, una pared de ladrillos.

No permitirías que nada te detuviera.

Porque a un amor tan grande no puede detenérselo.

No existe fuerza capaz de poner barreras a un amor tan inmenso, a una obsesión tan inmensurable.

No existirán, ni existen, ni existieron.

Ningún 'pero' iba a hacer las veces de freno.

Ningún 'pero' te detendría.

"Necesito ver a Michelle" repetiste, cada vez más dolorosamente consciente de tu desesperación, tu paciencia escurriéndose peligrosamente, tus nervios alterándose aun más "Martina, necesito verla. Por favor" rogaste, sin darte cuenta que tus ojos se habían llenado de lágrimas espesas, tu visión nublándose otra vez detrás de la cortina de agua formada por el llanto que apareció allí como consecuencia del estallido del nudo que tenías formado en la garganta, donde había estado acumulándose en el último par de minutos.

Martina desistió de explicarte lo que fuera que había estado queriendo hacer que entendieras, porque es lo suficientemente inteligente para darse cuenta cuando una batalla está perdida desde el comienzo, y a tu amor no hay lógica ni razonamiento que pueda ganarla, detenerlo o demorarlo, por lo cual acabó asumiendo que cualquier clase de conversación que deseara mantener con vos tendría que esperar hasta después de que hubieras visto a Michelle con tus propios ojos, después de que hubieras tocado si piel con tus propias manos, después de que tu corazón hubiera sentido al suyo latiendo cerca, fuerte a pesar de todo, aun palpitando a pesar de las heridas, haciéndose escuchar a pesar de la lluvia torrencial y las piedras cayendo del cielo.

"Está durmiendo en mi habitación" musitó.

Durmiendo. Esa palabra por poco provocó que una risa amarga subiera por tu garganta y escapara por entre tus labios. Durmiendo. Michelle no estaba durmiendo. Lo que Michelle tuvo no puede ser catalogado de la misma manera que un día difícil en el trabajo o un poco de angustia originada en arranques de nostalgia y melancolía como para resolver que está durmiendo porque necesita descansar y reponerse y despejarse para estar más relajada al despertar y poder seguir adelante esperando que lo que venga en sucesión sea mejor que lo que se deja atrás en el pasado inmediato. Michelle no está simplemente durmiendo, no. Y eso vos lo sabés porque la conocés.

Conocés a Michelle como a nadie, mejor que nadie, más que nadie, profundamente; conocés su alma de memoria, tan de memoria como su cuerpo o incluso más, palmo a palmo, detalle a detalle, pliegue por pliegue, mejor de lo que te conocés a vos mismo, mejor de lo que alguna vez cualquier otro ser humano va a llegar a conocer a una criatura tan terriblemente compleja como lo es ella.

Michelle no estaba durmiendo.

Cuando a Michelle la sobrepasan las emociones, cuando el dolor es tan grande que agrieta su interior, cuando el dolor no la deja respirar, cuando se siente tan presionada que piensa no va a volver a levantarse porque el peso que carga va a impedírselo, cuando no encuentra una forma lógica de resolver los problemas, cuando no puede hallar explicaciones en ningún sitio, cuando siente que pierde el control, cuando el mundo empieza a girar tan rápido que se marea y no tiene de dónde agarrarse, cae en un coma profunda, un coma emocional, cerrándose, alejándose, distanciándose, yéndose a un plano que existe sólo en su subconsciente y al que no puede llegar la realidad que la lastima, un plano donde nada malo puede tocarla, donde se vuelve inmune, donde el cuerpo no es mutilado por cada segundo de desesperación, donde no hay pérdida ni abandono, donde la muerte no se lleva a los que ama, donde el miedo no la afecta, donde los recuerdos no la persiguen, donde puede refugiarse y esconderse hasta el momento en el que decida que puede enfrentar las cosas ella sola.

Michelle no estaba durmiendo.

Michelle estaba sufriendo en silencio.

Michelle estaba escondida dentro suyo por miedo a que siguieran lastimándola.

Michelle estaba tratando de protegerse, protegerse como vos deberías haberla protegido, como vos le prometiste que siempre la protegerías para que nunca nada pudiera hacerle daño otra vez.

Michelle estaba transitando los procesos de un típico estado de shock.

Michelle estaba profundamente herida, desangrándose en silencio.

Michelle no estaba simplemente durmiendo.

Y obviamente tu hermana lo sabía.

Tu hermana no es precisamente estúpida, más bien todo lo contrario.

Tu hermana es un genio, literalmente, en el amplio sentido de la palabra.

Tu hermana ve cosas que otros no ven.

Tu hermana entiende cosas que otros no entienden.

Tu hermana comprende con rapidez lo que otros tardan años en captar o les resulta directamente incomprensible.

Tu hermana ve más allá de todo.

Tu hermana a veces pareciera puede perforar a las personas con la mirada, penetrando en sus mentes, en sus almas.

Tu hermana sabía por qué Michelle se había quedado dormida, por qué había caído inmersa en ese coma emocional, por qué se había sumergido dentro de sí misma. Martina entendía sobre ese mecanismo de autodefensa al que Michelle había recurrido para protegerse de una realidad filosa que la miraba amenazante con deseos de destrozarla, con deseos de seguir haciéndole mal, de revolver el cuchillo en las heridas y causarle un dolor terrible.

Tu hermana también sabía que Michelle y vos son los dos pedazos de una misma pieza, las dos mitades perfectas de un entero, que los dos están íntimamente conectados, de una manera que jamás podría ser explicada por la ciencia o en palabras o con hechos concretos; pero esa conexión existe, es real, tan poderosa como el amor que se profesan el uno por el otro desde antes de conocerse incluso, desde antes de nacer, desde que el mundo es mundo, desde que el Universo fue creado, y es esa conexión la que causa que lo que le duele a uno destroce también al otro.

Por eso Martina puso especial cuidado en prepararte para lo que estabas a punto de ver cuando te condujera a su cuarto: porque sabía cómo te afectaría, sabía que el dolor que estabas sintiendo en ese momento se intensificaría hasta transformarse en una agonía insoportable, sabía que sería un golpe fuertísimo para tu pobre corazón, sabía que se te partiría el alma al medio.

Sin embargo, no había preparación que bastara, realmente, no había preparación suficiente para armarte, para crear una armadura que te protegiera del golpe emocional con el que estabas a punto de ser embestido.

Nadie puede preparar a un ser humano para esas cosas, por mucho empeño que se ponga, por mucho tacto que se tenga.

Nadie puede preparar a un ser humano para ver su mundo entero derrumbado, hecho añicos, apenas respirando.

Nadie puede preparar a un hombre enamorado para hallar a la mujer que adora hundida en un pozo profundo cavado por su propia desesperante angustia.

Martina abrió la puerta del cuarto con cuidado, tratando de hacer el menor ruido posible. Apretando un botón, tu hermana graduó las luces con el mando a distancia que controla el sistema de iluminación de todo su departamento, de forma tal que se encendieron apenas, lo suficiente para perforar un poco la negrura absoluta que se cernía sobre la habitación y permitirte ver una escena que te redujo a cenizas, martillando sobre los pedazos de tu alma y tu corazón ya heridos hasta convertirlos en pequeñas astillas imposibles de recolectar, imposibles de volver a unir para arreglarlos.

Michelle yacía recostada en el centro de la cama, hecha un ovillo, en posición fetal, las rodillas pegadas al pecho, los brazos alrededor de su cuerpo como si inconscientemente aun en su sueño profundo estuviera tratando de protegerse del terrible frío emocional que congela a los seres cuando el dolor es demasiado grande y arrasa destruyendo todo como un mar helado cuyas olas se llevan todo por delante dejando un desastre detrás de sí.

Tan frágil y débil lucía, como una muñequita de porcelana. ¿Cuántas veces esa debilidad y esa fragilidad acunaste en tus brazos, envolviéndola con ternura extrema, cuidándola como al tesoro más valioso sobre la faz de la Tierra, observándola con adoración pura, susurrando palabras cargadas de amor en sus oídos, acariciándola hasta estremecer las yemas de tus dedos, acunándola hasta hacerla caer en un sueño tranquilo y sereno? Y ahora esa fragilidad y esa debilidad se habían potenciado, potenciado a tal punto que la única manera de describir el cuadro era diciendo que Michelle estaba destruida, destrozada, rota en mil pedazos.

Rota, rota en mil pedazos, sus restos reposando sobre esa cama, acurrucada como una criatura que se esconde de algo a lo que tiene miedo, una criatura que se esconde de sus pesadillas, de los fantasmas y demonios que la persiguen en su cabeza y que piensa pueden volverse reales y llegar a ella para aprisionarla entre sus garras, lastimándola, haciéndola sangrar.

Tu muñequita de porcelana, tu Universo entero, la razón de tu existencia, lo único que te importa, el motivo por el cual tu corazón late, aquella por la que vale la pena el dolor que a veces causa respirar, hecha añicos, astillada, destrozada por dentro al punto tal que toda esa angustia, toda esa desesperación parecía estar reflejándose en sus facciones, esas facciones orientales exóticas, tan hermosas…

Te quedaste de pie bajo el marco de la puerta durante diez segundos que se hicieron eternos, largos, pesados, densos. Tenías un nudo en la garganta que amenazaba con estallar en cualquier momento, liberando el llanto que se acumulaba en tu pecho y que de a poco se manifestaba en forma de las lágrimas que silenciosas no dejaban de caer por tus mejillas, manchándolas. Temblabas de pies a cabeza, incontrolablemente, tu visión estaba nublada, todo daba vueltas a tu alrededor, tus tripas estaban revueltas…

Pero de alguna manera te las ingeniaste para llegar junto a la cama (no recordás cómo, ni siquiera recordás haberte empezado a mover), y allí te dejaste caer, finalmente, dejaste que tus rodillas como de gelatina cedieran de una buena vez por todas y todo tu peso cayó en el suelo, junto al lecho en el que ella reposaba.

Rendido, así caíste.

Estabas rendido.

Estabas cansada, tan cansado…

Estabas tan destrozado…

Todo dolía tanto…

Respirar costaba tanto…

Pensar costaba tanto…

Hasta te costaba existir…

No aguantabas más.

Esas nueve horas habían sido de las peores de tu vida.

A esas nueve horas habías sobrevivido prácticamente de milagro, sosteniéndote en la certeza de que Michelle te necesitaría más que a nadie y que debías aguantar por ella.

Esas nueve horas te habían dejado exhausto física y emocionalmente.

Esas nueve horas habían sido una verdadera tortura.

Y aun no acaba este círculo.

Aun no se rompía.

Seguía girando, como un carrusel fuera de control.

Y no sabías cómo romperlo.

Y no sabías si iba a romperse.

Y no sabías cómo quebrarte y salir.

Porque estabas quebrado.

Porque ella estaba quebrada.

Ella estaba quebrada, delante de vos, hecha un ovillo en esa cama, en posición fetal, con sus brazos débiles y frágiles cerrados alrededor de un cuerpo igual de débil y frágil… Ese cuerpo débil y frágil que guardaba el alma a la que la tuya está conectada, el alma de cuyo bienestar depende tu alma, el alma cuyo sufrimiento tú alma siente con la misma intensidad, ese cuerpo débil y frágil mostraba los signos del caos que reinaba en su interior, en su mente, en su corazón.

No pudiste evitar el sollozo que se te escapó; subió por tu garganta sin permiso y se coló por entre tus labios, perforando el sonido de la tormenta que entrecortaba el silencio que caía sobre el cuarto como un manto negro, cubriéndolo todo.

El dolor estaba despedazándote.

El dolor era como una sucesión de cuchilladas, una detrás de la otra.

El dolor era tan grande que se te fue el oxígeno del cuerpo.

Verla a Michelle así era, definitivamente, peor que la muerte.

Hubieras preferido que te crucificaran.

Hubieras preferido que te torturaran.

Hubieras preferido desangrarte gota a gota.

Hubieras preferido que te arrancaran la piel de a tiras.

Hubieras preferido cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, todo, excepto verla así.

Esa carita hermosa como esculpida en mármol, dulce y delicada, con esos rasgos exóticos y esas facciones únicas, estaba surcada cruzada por rasguños de toda longitud y profundidad, rasguños que contaban una historia, una historia de terror, la historia de cómo Michelle había estado esas nueve horas sola, sufriendo, batallando contra sus demonios internos, angustiada, los fantasmas atormentándola, el pasado cerniéndose sobre ella, haciéndola su prisionera... La historia de una desesperación tan grande, tan terrible, tan inmensurable, que la había llevado a perder el control, a permitir que sus nervios la dominaran, y a expresar todas esas emociones que se acumulaban en su pecho y hacían peso sobre sus hombros dañándose a ella misma, provocándose dolor físico para mitigar el dolor de su corazón y su alma.

Esos rasguños cuyo significado era tan grande y tan triste cubrían esa frente en la que tantas veces tus labios depositaron besos, esas mejillas naturalmente sonrosadas cuyo color siempre te recuerda al de las manzanas rojas cuando se aproxima el otoño, la zona justo debajo de sus párpados…

"Michelle…" murmuraste su nombre como quien dice una plegaria, un millón de sentimientos encontrados y rebuscados embebiendo las letras que forman tu mundo entero, aquello que le da sentido a tu existencia sobre esta Tierra y a cada día que pasás sobre ella.

Murmuraste su nombre creyendo que tu voz llamándola con todo ese amor y toda esa dulzura y devoción empapándola sería suficiente para que despertara, para que la pesadilla alrededor de ustedes se desdibujara, para que esos rasguños desaparecieran y fueran reemplazados por su piel siempre tan perfecta, esa piel de terciopelo que conocés de memoria, esa piel en la que podés leer lo que ella te quiere decir sin palabras como si estuviera gravado en ella, escrito en braille.

Murmuraste su nombre creyendo por un momento, ilusamente por supuesto, que el amor fluyendo por tus venas y alimentando a tu corazón en cada latido bastaría para solucionar mágicamente lo que cualquiera al que le quedara un poco de razón (no era tu caso, demás está aclararlo) se daría cuenta no puede ser reparado en un abrir y cerrar de ojos (¿algo en la vida puede ser reparado en un abrir y cerrar de ojos?).

Murmuraste su nombre creyendo que si te aferrabas a ese sonido dulce en medio de la tormenta, en medio del caos, en medio del descontrol, el miedo, la angustia, la bronca, la impotencia, no te tragarían vivo.

"Michelle…"

Repetiste su nombre una y otra vez.

Repetiste su nombre una y otra vez, pero ella no despertó.

Quizá porque los murmullos eran tan débiles que ningún otro ser humano podría oírlos.

Quizá porque estaba profundamente sumida en un coma emocional del que tendría que salir sola en su debido momento, y del que nadie podría sacarla.

A pesar de las lágrimas que abnegaban tus ojos, notaste que sus brazos también estaban surcados por rasguños igual de largos y profundos que aquellos que tenía en la cara.

Empezaste a sollozar casi incontrolablemente, el dolor en el pecho expandiéndose por el resto de tu anatomía, tus rodillas temblando contra el suelo, la habitación dando vueltas a tu alrededor como si te hubieran obligado a subirte a un carrusel endemoniado.

Tragando con dificultad (podrías haber jurado que el nudo en la garganta se había vuelto más sólido que nunca), acariciaste las heridas auto infligidas con las yemas de tus dedos, apenas rozándolas porque temías causarle más daño del que ella ya se había provocado en su ataque de nervios, pero al mismo tiempo tenías la secreta esperanza de que tus caricias podrían sanar esas heridas de algún modo, porque estabas firmemente convencido de que el amor sería la fórmula secreta, la receta exacta para curarla, para cuidarla, para volver a reconstruir las piezas rotas, porque un amor como el de ustedes tiene que poder contra todo sin excepción, porque dudás exista, haya existido o vaya a existir fuerza capaz de evitar que un amor tan grande como el que ustedes dos se profesan sane cualquier mal.

No podías creer que aquello era real, que estaba sucediendo, que no era una fantasía macabra creada por tu cabeza para torturarte, una realidad alterna de la que saldrías pronto para encontrarte con que aun era la madrugada del viernes y Michelle dormía tranquila, sin rasguños ni rastros de lágrimas en su cara, protegida en el calor de tus brazos, tu alma y su alma intactas, tu corazón y su corazón enteros.

Y las suaves caricias de tus dedos no cerraban sus heridas.

Y las suaves caricias de tus dedos no hacían desaparecer esos rasguños que en su cuerpo se manifestaban como muestra visible de los que cruzaban de palmo a palmo su interior.

Y eso te frustraba.

Y eso te ponía nervioso.

Y eso aumentaba la intensidad de tus sollozos.

Y te dolía hasta el dolor.

Y la desesperación era enorme.

Y la desolación crecía con cada segundo.

Y cada segundo era pesado como el plomo.

Y cada segundo tenía una duración que se asemejaba a la de una eternidad.

"Tony…" la voz de tu hermana llamándote otra vez por aquella versión recortada de tu nombre que raramente se le oía usar te llevó de vuelta a una realidad un poco más concreta que esa en la que todo era negro como la noche y te ahogabas en tu propio llanto convulso.

Sentiste su mano posándose sobre tu hombro.

No era un gesto de apoyo.

No era un gesto de consuelo.

Tu hermana posee esa capacidad impresionante de transmitir con su solo ser, con su sola presencia, y en ese momento con aquella mano posada firmemente en tu hombro estaba diciéndote que era ya hora de que abandonaras tu posición arrodillado en el suelo, sollozando desconsolado; estaba diciéndote que ya habías tenido tu momento para comprobar que Michelle estaba allí, rota como una muñeca de porcelana a la que han pisoteado hasta sólo quedaron las astillas, pero aun respirando, su corazón aun latiendo; estaba diciéndote que ya habías tenido tu momento para descargarte, para dejar salir esas emociones acumuladas durante las últimas nueve horas, para desquitarte, para aflojar un poco y permitir que el llanto guardado en tu pecho saliera.

Esa mano posada con firmeza, ejerciendo presión sobre tu hombro adolorido y cansado, estaba diciéndote que tenías que ser menos egoísta, levantarte, calmarte, buscar la manera de acomodar tu cerebro para que volviera a funcionar más o menos bien, y empezar a reconstruir lo roto, empezar a entender lo que hasta ese momento no era más que un manchón hecho de palabras todas juntas, amontonadas, imposibles de leer, porque solamente de esa manera ibas a poder solucionar algo.

Sí, estabas siendo egoísta.

Tu egoísmo se veía manifestado en el hecho de que, en lugar de estar haciendo hasta lo imposible por lograr que las piezas del rompecabezas encajaran, estabas descargando tus emociones, sacándotelas de encima, vaciándote un poco de tan inmensa angustia, buscando un poco de consuelo y tranquilidad acariciando esa piel lastimada pero aun tibia y suave como el terciopelo, escuchando su respiración por sobre los sonidos estremecedores del diluvio, dándole a tu corazón el gusto de comunicarse con el de ella en pulsaciones que cargaban más significado que muchas de las supuestamente más grandes frases de amor escritas por los más grandes autores universales.

Tu hermana te ayudó a ponerte de pie.

Temblabas de pies a cabeza, como una hoja que cayó en otoño y se encuentra de repente desprotegida frente al viento cruel del invierno.

Te sobrevinieron un mareo terrible que hizo que la habitación entera girara a tu alrededor y una oleada de náuseas que quemó tu esófago como si te hubiera crecido un dragón en el estómago y éste hubiera empezado a escupir fuego hacia arriba.

"Vamos, Anthony" tu hermana murmuró, tomándote del brazo con intención de guiarte fuera del cuarto "Michelle está descansando" susurró, percibiendo que te mostraba reacio a dejarla sola "Vamos, Anthony" repitió.

Te dejaste conducir como una criatura después de una pesadilla.

Tu hermana volvió a apagar las luces, dejando la pieza sumida en absoluta oscuridad. Se te fue todo el aire de los pulmones y tu sangre corrió más espesa; sentías que estabas dejándola sola, abandonada, como el resto de las personas importantes en su vida habían hecho en un punto u otro, por un motivo u otro.

Michelle duerme cuando está angustiada te recordaste. Necesita descansar. Va a despertar cuando esté lista para enfrentarse a esto una voz susurraba en tu cabeza. Yo necesito encontrar una manera de entender todo esto para ayudarla, para curarla.

Cuando quisiste darte cuenta de dónde estabas, te hallabas de nuevo en medio de la amplia sala de estar, tu hermana aun tomándote del brazo, aunque esta vez con su tacto buscaba calmarte.

"¿Dónde la encontraste?" te salió el interrogante de la boca, sin que te dieras cuenta, sin que lo procesaras antes de que las palabras se precipitaran.

¿Dónde buscó Martina que a vos no se te ocurrió?

¿Dónde fue Martina que vos no fuiste?

¿Qué pensó Martina que vos no pensaste?

¿Qué hizo ella que vos no hiciste?

¿Qué fue lo diferente que ella agregó a la ecuación para obtener el resultado correcto?

Necesitabas saber.

Necesitabas saberlo con urgencia.

Nueve horas buscándola…

Nueve horas desesperado…

Nueve horas en la confusión…

Nueve horas llorando…

Nueve horas con el corazón en la boca…

Precisabas respuestas.

Respuestas para hacer que las piezas encajen.

Pero tu hermana no estaba dispuesta a contestar.

"Vamos a sentarnos…" dijo, haciendo el intento de llevarte hacia la cocina.

Tus músculos se tensaron automáticamente y te pusiste a la defensiva, como un animal acorralado, porque estabas herido, porque estabas cansado, porque estabas preocupado.

"¿Dónde la encontraste, Martina?" repetiste, ya un poco más alterado, las emociones aflorando otra vez, los nervios de nuevo enviando descargas eléctricas.

Tu hermana suspiró.

El suspiro resonó en toda la habitación, tapando incluso el ruido de los truenos en el apogeo de la tormenta.

Suspiró y mirándote a los ojos, con una voz que casi podría describirse como neutra, dijo:

"Su coche estaba estacionado en la puerta del cementerio"

Tu reacción de sorpresa y desconcierto fue automática:

"¿El cementerio?"

Las palabras repetidas por vos, saliendo de tu boca, sonaban raras, absurdas… ¿Qué estaba haciendo Michelle en el cementerio? No tenía sentido… Al menos no uno que vos pudieras ver.

"Sentémonos, Tony. Por favor" Martina te pidió otra vez, insistiendo para que la acompañaras a la cocina.

Te negaste a ir. Estabas encaprichado con que te dieran toda la información junta, de un tirón, de golpe, sin anestesia; no querías que tratara de sedarte con un vaso de leche tibia como sea hace con un nene chiquito que tiene problemas para dormir.

"Necesito explicaciones, Martina…" dijiste entre dientes apretados, cerrando las manos en puños y clavándote las uñas en la carne, sintiendo casi satisfacción al recibir una punzada de dolor que se explayó por todo tu brazo.

"Y yo voy a dártelas, Anthony" te aseguró, sosteniéndote la mirada y comunicándote sin hacer uso de lenguaje hablado alguno que era preciso que la escucharas, que la dejaras manejar esto, porque ella era la que tenía la cabeza fría, ella era la que podía lidiar con situaciones como ésta, ella era la que estaba con todos sus censores y radares prendidos, y vos eras el manojo de nervios que había pasado nueve horas yendo de una punta de la ciudad a la otra para luego correr diez calles bajo una lluvia torrencial, vos eras el que acababa de colapsar de rodillas junto a su cama, vos eras el que acababa de sollozar hasta destrozarse la garganta, vos eras el que estaba emocionalmente hecho pedazos, vos eras el que tenía el alma y el corazón hechos jirones, vos eras el que no estaba en posición de discutir sino en posición de ser guiado.

El problema es que a veces la gente como vos es terca, necia, testaruda, y no permiten que aquellos que de verdad desean ayudarlos los conduzcan por el medio del desastre, porque piensan que pueden solos, porque quieren arreglar ellos todo en la oscuridad en lugar de permitir que otros arrojen luz sobre las tinieblas.

Tu hermana estaba diciéndote eso con la mirada: ella estaba ahí para evitar que cometieras estupideces, para pensar por vos, para que te desahogaras y desquitaras, para mostrarte por dónde ir, para evitar que te llevaras una columna puesta por no estar prestando atención al sendero.

Te sentaste a la mesa de la cocina. A Martina le encanta cocinar, por eso tiene los mejores equipos, los mejores artefactos, los mejores accesorios. La cocina es un lugar de relajación y distracción, un espacio al que considera demasiado propio, casi tanto como su estudio o como su biblioteca, y al igual que el resto del departamento tiene pequeñas cosas, pequeños detalles que convierten a ése en un sitio absoluta e indiscutiblemente suyo.

En una de las dos puertas del enorme refrigerador hay, sostenida por un imán rojo en forma de corazón, una única fotografía de ella con Kiefer. Cuando tus ojos cansados y nublados de lágrimas dieron con ella, notaste la ausencia de tu cuñado.

"Kiefer está en su casa" Martina te dio la respuesta a la pregunta que no tuviste tiempo de formular, como si hubiera podido leer tu mente "Yo lo mandé para su casa" aclaró "Él me ofreció quedarse, pero realmente no vi la necesidad"

Llenó la pava con agua, la puso al fuego, de la alacena sacó dos tazas y dos platitos de porcelana blanca, escuchaste el tintineo de la vajilla mientras buscaba dos cucharitas…Estaba preparando té.

No querías tomar té.

Tu malestar, tus problemas, todo este desastre… Nada de eso se solucionaría con una taza de té, como si lo que te aquejaba fuera un virus estomacal o un resfrío.

"Kiefer no tenía por qué presenciar nada de todo esto" dijo, al tiempo que se sentó a tu lado mientras esperaba a que el agua hirviera "Es una situación tuya y de Michelle, no debería haber más terceros involucrados que los estrictamente admisibles…"

"Gracias, Martina" mascullaste, pasándote el dorso de la mano por los ojos para enjuagarte las lágrimas, volviendo a tragar con dificultad.

"No tenés nada que agradecerme. Somos hermanos. Sos una de las personas más importantes en mi vida, Anthony. Siempre que pueda voy a ayudarte" prometió.

"¿Cómo…?" te costaba formar las palabras, ni hablar de formar una frase "¿Quién te… quién te avisó que yo estaba buscando a Michelle?"

"Papá me llamó prácticamente con un ataque de nervios para preguntarme si habías venido para acá" comenzó "Acabó contándome más o menos lo que había sucedido, pero hay muchos cabos sueltos..., piezas que no encajan donde deberían..."

Vos te sentías igual: había demasiados cabos sueltos, demasiadas piezas que no encajaban donde deberían.

"En ese momento lo único que me importaba era encontrarte a vos o a Michelle antes de que a alguno de los dos le pasara algo, entonces no hice más preguntas"

Por poco se te escapa una risa amarga, que quedó atascada en medio de tu garganta y tuviste que tragártela: tu hermana, la abogada, la que todo lo cuestiona, la que siempre tiene listos los signos de interrogación para meter dichos complicados entre ellos, la que jamás deja que la duda le carcoma el cerebro, la que tiene que saberlo todo, la que no puede con su curiosidad, la que interroga a cualquiera en cualquier circunstancia y por cualquier motivo, callándose, no haciendo preguntas… Algo inédito, realmente, se te ocurrió con ironía.

"Pero ahora tengo muchas preguntas que necesitan respuesta" siguió, mirándote a los ojos "Y estoy segura de que vos también debés tenerlas. Quizá los espacios en blanco que a mi me falta llenar puedas completarlos vos, y viceversa…"

"Tenía tanto miedo, Martina" confesaste, ahogando otro sollozo repentino "Tengo tanto miedo y estoy tan confundido... Me siento como si estuviera tratando de caminar sobre arenas movedizas, y con cada paso que doy sólo me hundo más y más" no sabías bien si esa era la manera adecuada de poner lo que te estaba pasando en palabras, pero era lo único que se te ocurría "... No sé bien lo que pasó, no sé qué hacer..." admitiste, las lágrimas otra vez bañando tu rostro, tu cuerpo entero temblando.

"Calmáte, Anthony" te dijo con firmeza "Lo primero que debés hacer es calmarte. Tranquilizate. Te necesito tranquilo y con la cabeza fría. Michelle está a salvo, está bien…"

Por supuesto que no estaba bien. Era una locura decir que Michelle estaba bien. ¿Cómo iba a estarlo? ¿Cómo hubiera sido posible que lo estuviera? Había salido corriendo desesperada de tu departamento, fuera de sí, desencajada, completamente sumergida en alguna terrible pesadilla desarrollándose a ojos abiertos dentro de su mente, absorbiéndola, asfixiándola. Se había escapado, como si la muerte misma hubiera estado pisándole los talones y extendiendo sus brazos putrefactos para atraparla entre ellos. Ninguna persona que llora desconsoladamente como ella lo había estado, con la cara bañada en lágrimas, temblando sin control, murmurando incoherencias, poseída por una angustia demasiado profunda para ser correctamente descripta. Una persona que desaparece durante nueve horas no está bien; una persona que acaba estacionando su coche en la puerta de un cementerio y dice ahogada en llanto las cosas que Michelle dijo no está bien; una persona que se hace tanto daño físico, arañándose la cara hasta dejar marcas profundas de rasguños y mordiéndose los labios hasta hacérselos sangrar, no está bien.

Era una locura, una completa locura decir que Michelle estaba bien. Michelle estaba destrozada. Rota. Hecha pedazos. La mujer a la que viste un rato atrás, durmiendo hecha un ovillo, con los brazos alrededor de su torso como tratando subconscientemente de protegerse de algo o de alguien, se asemejaba demasiado a una criatura indefensa letalmente herida, y esa era una imagen que jamás se borraría de tu mente, por mucho que intentaras quitártela, pues había quedado grabada a fuego en tu retina: Michelle pálida, como muerta en vida, su respiración agitada y pesada como si cada gota de oxígeno le costara una gota de sangre, tantas similitudes con una muñeca de porcelana hecha añicos contra el suelo, hecha trizas, las astillas brillando listas para cortar a cualquiera que deseara acercarse para tratar de juntarlas y recomponer las piezas, para cortar a cualquiera que tuviera la intención de arreglar a esa muñeca despedazada.

No, Michelle no estaba bien. Estaba herida. Estaba lastimada. Estaba sufriendo. Su corazón estaba lleno de agujeros, agujeros que debías llenar, baches que debías reparar para poder sanarla. Pero estabas perdido, estabas confundido, estabas asustado, y no sabías cómo, no sabías exactamente el por qué de todo este desastre en el que habían caído súbitamente cuando ambos pensaban que todo venía saliendo dentro de todo mucho mejor de lo esperado. Todo lo que sabías era que de todas las palabras que podrían usarse para describir el estado de Michelle en esos momentos – tanto físico como emocional – 'bien' definitivamente no era una de ellas, más bien hubiera sido ideal elegirla para encabezar la lista de antónimos para todos los otros adjetivos que habrían encajado perfectamente con su cuadro.

No existe, ni existió, ni va a existir fuerza alguna – humana o sobrehumana, natural o sobrenatural – que pueda convencer a un hombre enamorado de lo contrario a lo que su alma le dice con cada vibración, a lo que siente en sus huesos, en la sangre que corre por sus venas.

Y el tuyo no iba a ser el primer caso.

Y el tuyo no se transformaría en la excepción que hace a la regla.

Porque cuando se trata de un amor tan enorme, tan terrible, tan grande, tan inmensurable, las reglas se esfuman, no las hay tales, desaparecen, pierden peso, pierden sentido, se vuelven polvo, se vuelven nada, son cenizas, se las lleva el viento.

Para el amor no existen reglas.

Cuando el amor es verdadero no requiere reglas. Las aborrece. Las rechaza. No las entiende. No las escucha. No las ve, porque directamente no están ahí, no hay nada que ver, pues no existen. Cuando el amor es verdadero las reglas no existen. Ni existieron ni van a existir, no para esa clase de amores por los que se mata y por los que se muere.

Entonces, para tu amor no existen reglas. No pueden existir reglas para un amor como el de ustedes dos, iría contra todas las leyes naturales, iría contra todas las leyes del Universo, ese Universo creado por el mismo Dios que con sus propios dedos dio forma a tu alma y a su alma hasta convertir a ambas en los pedazos que encastrados forman una misma pieza, un todo.

Dios decidió que para el amor verdadero las reglas no existen.

No existirán, no existen ni existieron.

Y si así lo decidió Dios, entonces así está bien.

¿Quién sos vos entonces para decidir o decir lo contrario?

¿Quién sos vos entonces para pensar lo contrario?

¿Quién sos vos entonces para actuar de manera contraria?

¿Quién sos vos para no escuchar lo que te grita el instinto?

"No, no está bien" murmuraste, con los dientes apretados, la sangre hirviendo en tus venas, tu presión disparada hacia el techo, las manos cerradas en puños con las uñas clavándose en tus palmas, toda una madeja de emociones enredadas latiendo en tu pecho donde debería haber estado palpitando un corazón sano y fuerte llamando el nombre de la persona a la que amás; en su lugar, de haber estado despierta y podido escuchar, la única que comprende el lenguaje que tu corazón habla y puede descifrar lo que dice, habría oído gemidos lastimeros, un llanto incesante, como los quejidos de un animal que después de haber sido ferozmente atacado está tratando de lamerse las heridas.

"Va a estar bien"

La contestación que te dio tu hermana no sonó como una promesa, no. No era un intento suyo para tranquilizarte, para confortarte, como cuando se le dice a un niño algo para calmarlo y hacer que deje de llorar o abandone un capricho. Lo que tu hermana te dio en respuesta fue una afirmación, una afirmación rotunda y cargada de peso, una afirmación en la que creía rotundamente con todo su ser, con toda su inteligencia, sabiduría y lógica. Martina estaba segura de que Michelle se pondría bien, de que el dolor pasaría, de que las marcas profundas se borrarían, de que las cicatrices con el tiempo se harían menos y menos visible (las cicatrices jamás desaparecen, eso es obvio, pero puede aprenderse a vivir con ellas, tanto que llegado un punto se mimetizan con la piel).

Y toda esa seguridad empapaba su voz, dándole fuerza.

"Si vos la ayudás, va a estar bien" insistió, mirándote con intensidad, diciéndote con los ojos muchas cosas que no cabían realmente en palabras, cosas que las palabras sencillamente no pueden explicar o transmitir.

Michelle necesitaba tu ayuda.

Y vos necesitabas ayudarla.

Los dos se necesitaban profundamente.

Tenías que dejar de ser tan egoísta.

Tenías que apartar tus emociones de un empujón, correrlas, ignorarlas, hacerlas a un lado, lo que fuera con tal de poder despejarte y prepararte para cuidar de Michelle, para mantenerte de pie por ella, para seguir respirando por ella, para seguir pensando por ella, para protegerla como realmente se merecía, de lo que fuera que estuviera pasando, de lo que fuera que hubiera pasado.

"Anthony, es imposible hallar una respuesta si la pregunta no tiene sentido, y en este momento arrojar un poco de sentido es lo que más nos hace falta"

La voz de Martina te llegaba monótona y de lejos, como si se encontraran cada uno en distintos extremos de un tubo larguísimo.

Hasta que en medio de lo que fuera que estaba diciendo, lograste captar otra frase que alteró tus nervios y te hizo explotar:

"No hay acertijo que se resuelva con las pistas mezcladas..."

"¡Esto no es un acertijo! ¡No es un juego!" le recordaste, enojado, con el corazón latiendo en tu pecho fuera de control y rebotando contra tus costillas, los oídos zumbándote y tus sienes a punto de reventar.

"No dije que lo fuera" tu hermana se defendió sin levantar la voz ni perder los estribos "Al menos no un juego. Pero no podés negar que todo este asunto es una pelota de lana gigantesca llena de nudos. Mamá dice una cosa, papá otra, lo poco que Michelle me dijo carece de coherencia. No vas a poder contarme tu versión de los hechos si no te calmás un poco…"

"No soy un testigo en uno de tus casos para que me subas al estrado y me sometas a un interrogatorio sobre 'mi versión de los hechos'…" le contestaste cortante, tajante, con los dientes apretados y los músculos tensos.

Estabas demasiado nervioso…

Estabas demasiado sensible…

Estabas demasiado preocupado…

Por algún lado tenías que explotar.

Llorar desconsoladamente ya no servía, al parecer, como vía de escape, como descarga.

Estabas tomándotela contra tu hermana sin motivos ni fundamentos, ofendiéndote por la menor cosa, tomando a mal todos sus comentarios, despreciando su ayuda, adoptando la postura de un nene histérico, testarudo y caprichoso que a todo le encuentra un 'pero' y no para de cuestionar hasta el más ínfimo de los detalles. Estabas mordiendo la mano que ofrecía limpiar tus heridas y darte las armas para que pudieras levantarte de nuevo y solucionar todo ese embrollo.

Una parte de vos sabía que estabas equivocándote, que estabas siendo injusto, pero las emociones descontroladas y a flor de piel eran más fuertes que cualquier gota de lógica de la que dispusieras en ese momento, esa noche lluviosa, en esa cocina.

"Anthony, no ganás nada alterándote…" Martina te advirtió, agregando a su tono un dejo de firmeza leve pero no por eso menos perceptible.

"¿Cómo podés pretender que no me altere si la mujer que amo tuvo un ataque de nervios, salió corriendo ignorando todos mis intentos por calmarla, estuvo desaparecida nueve horas, y yo todavía no sé exactamente por qué?" estallaste, largando todas las palabras de golpe, todas juntas, sin pensar antes de decirlas, dándole permiso a tu corazón destrozado y acongojado para manejar tu lengua.

Tu hermana no tuvo la menor hesitación en frenarte el carro.

Directamente embistió con todo.

Porque así es ella: sabe siempre qué decir, cómo decirlo, cuándo decirlo y a quién decírselo.

Vos necesitabas que te pararan en seco.

Tu hermana no dudó en pararte en seco:

"Si no bajás un cambio y seguís desquitando tu impotencia y tu bronca conmigo, probablemente te cueste el doble encastrar todas las piezas como corresponde para entender bien qué fue lo que pasó. Hay que comprender las cosas para poder resolverlas, hay que saber de dónde sale la raíz para poder cortarla"

Se sintió como un cachetazo, de esos fuertes que resuenan en el silencio y cuyo eco regresa para seguir golpeando incluso con más fuerza, con más furia.

Los muros de acero que habías levantado en segundos, en segundos cayeron, se desplomaron, se esfumaron, se deshicieron, quedaron reducidos a nada, y ahí estabas vos, de nuevo débil, de nuevo vulnerable, de nuevo temblando como una criatura, sollozando, herido, desesperado, con miedo.

Porque saber que Michelle sufría no sólo te causaba dolor a vos, sino que te producía un temor como nunca antes habías sentido, ni en tu trabajo ni en tu vida personal, jamás.

Haber visto a Michelle así, toda rasguñada, con la cara y los brazos marcados por las lastimaduras que ella misma se había infligido, con su propias manos, había despertado en vos un miedo peor que el que te había acompañado durante las nueve largas horas que pasaste sin saber dónde estaba, removiendo cielo y tierra buscándola.

Te quebraste.

Otra vez.

Todavía no estabas roto del todo, al parecer.

Todavía te quedaba resto para quebrarte.

"Ya no aguanto más" estabas llorando otra vez "… este dolor que siento en el pecho desde que la vi con la cara bañada en lágrimas y temblando" flashes del momento en el que había salido corriendo de tu departamento pasaron delante de tus ojos, y tuviste que cerrarlos para tratar de hacer desaparecer las imágenes que se proyectaban como fotografías en la pantalla de cine que tenés en la cabeza "Ya no aguanto más todas estas dudas acuchillándome el cerebro. No aguanto más no saber exactamente qué fue lo que mamá le dijo y cuánto de eso es verdad. Y estoy seguro de que todo lo que se me ocurre es más terrible y más tortuoso que la realidad, pero al mismo tiempo me da terror la posibilidad de que sea muchísimo peor que lo que se me pueda cruzar a mí por la cabeza en un momento de pánico y desesperación"

Confesar en voz alta uno de tus temores más grandes en ese momento no te produjo alivio, ni aligeró el peso que cargabas sobre los hombros.

Lo empeoró.

Empeoró todo.

Lo hizo más real.

Lo volvió aun más posible.

Ponerlo en palabras, que otra persona lo escuchara, que vos mismo te escucharas diciéndolo, lo llevó del plano abstracto al concreto.

Te daba terror la mera posibilidad de revolver todo esto y descubrir que todas las ideas que se te habían aparecido en ese momento en el que los seres humanos tienden a pensar siempre lo peor y a crear escenarios de tragedia griega en comparación podrían acabar resultando mucho mejores que la realidad.

Te daba terror porque no querías perder a tu mamá.

Te daba terror porque sabías que, entre tu mamá y Michelle, elegirías a Michelle siempre, pero que tuvieras certeza de cuál sería tu decisión llegado el caso no significaba que doliera menos extirpar de tu vida a la mujer que te trajo al mundo, amó y crió porque su conducta, su manera de pensar, su obrar, no hacían más que infectar con veneno las páginas de tu historia que están siendo escritas ahora.

"Anthony, por eso mismo es necesario que te calmes y que reconstruyamos los hechos" Martina te dijo con voz suave, tomando tu mano entre las suyas por encima de la mesa "Este rompecabezas no vamos a armarlo en media hora" te advirtió "Tené paciencia y vayamos de a poco, porque si no vamos a llevarnos una columna puesta"

El silbido del agua hirviendo dio por finalizada esa discusión.

Sin decir nada, tu hermana se levantó para apagar la hornalla.

Vos te quedaste allí sentado, con la vista clavada en un punto fijo, mirando hacia adentro, observando tu propio caos.

Saliste de tu ensimismamiento cuando Martina volvió a dirigirse a vos:

"¿Querés que le eche un chorro de whisky?" preguntó, al tiempo que depositaba delante de vos una humeante taza de té en hebras.

Cerraste las manos alrededor de la porcelana fina, intentando inútilmente ahuyentar un frío desgarrador que poco tenía que ver con las diez cuadras que habías corrido bajo la tormenta; era tu alma la que sufría de frío.

El té estaba hirviendo, y la porcelana por ende también lo estaba, pero el frío no se fue. El frío permaneció calando hasta tus huesos, dificultando tu respiración, ahogándote como si una mano hubiera crecido en tu pecho y estuviera estrangulándote desde adentro.

Rechazaste con un leve y apenas perceptible gesto de la cabeza el ofrecimiento de tu hermana de ponerle unas gotas de alcohol al té (era una trampa, por supuesto, y lo sabías. Si hubieras dicho que sí, te habría dado un sermón de media hora sobre lo absurdo, ridículo, infantil e inmaduro que es buscar consuelo en el alcohol), y te lo bebiste rápidamente de a grandes sorbos a pesar de que quemaba tu lengua (tanto que dudabas no fuera a cubrirse de ampollas) y abrasaba tu garganta al bajar por ella. El ardor era bienvenido, por supuesto, incluso inconscientemente (o quizá no tan inconscientemente) buscado, deseado; el ardor era casi placentero, porque precisabas poder sentir algo más que el dolor emocional despellejándote en carne viva, algo más que la angustia, la impotencia, la desolación, el miedo, la culpa.

La culpa.

La culpa era terrible.

Dios mío, la culpa era tan, tan terrible.

Era peor que cualquiera de las torturas, más insoportable que cualquiera de los castigos físicos que a un ser humano pudiera ocurrírsele para infligir dolor agonizante sobre otro.

Agonizante, así era la culpa.

Agonizante.

Y estaba devorándote despiadadamente, envenenándote con sus colmillos infectados con cada mordisco cargado de saña que te propinaba.

La culpa era tremenda.

La culpa era prácticamente peor que la muerte.

La culpa era prácticamente peor que una crucifixión.

Y no exagerabas.

Por supuesto que no exagerabas.

Te sentías culpable.

Muy culpable.

Culpable porque no habías cumplido con tu promesa de protegerla.

Culpable porque ella había acabado hecha pedazos, lo cual habías jurado nunca volvería a suceder mientras vos vivieras para hacer hasta lo imposible por evitarlo.

Culpable porque la habían lastimado, y saber que habías resultado incapaz de prevenirlo para vos era lo mismo que haber sido el causante directo de sus profundas heridas.

Culpable porque la situación entera se había ido de tus manos sin que siquiera te dieras cuenta de que el control estaba escurriéndose como agua por entre los dedos.

Culpable porque a pesar de las horas que pasaste yendo de un punto de la ciudad a otro, desesperado, fuera de sí, rezando una y otra vez, no habías podido encontrarla vos mismo y había terminado siendo hallada por tu hermana.

Culpable porque fueron nueve las horas que estuvo sola, tan desesperada como vos o más, con el corazón y el alma destrozados, desangrándose emocionalmente, confundida, con el puñal aun clavado en el pecho, sin consuelo, haciéndose daño a sí misma, autodestruyéndose.

Culpable porque a la cajita de cristal en la que la guardás como a la joya valiosa, inigualable e incomparable que es, le tiraron piedras, vulnerable y expuesta a piedrazos había quedado, y al romperse el cristal las pequeñísimas astillas habían saltado por todas partes, filosas, lastimándola al provocar cortes profundos en su alma, cortes materializados en los rasguños que sus propias uñas dejaron en su rostro de muñequita, en sus brazos, en sus manos.

Culpable porque fue tu madre la que con sus palabras desató este infierno, este caos. Y por mucho que se esfuerce en fingir lo contrario con cada onza de voluntad que posee, ella no se siente culpable. Te lo dice el instinto: ella no se siente culpable. Y alguien debe sentir esa culpa que tendría que carcomerla a ella, y ese alguien que se ve obligado a cargar con el peso del mundo y con la cruz que le correspondería llevar a otro sos vos, su hijo, carne de su carne y sangre de su sangre, el único hijo que le queda sobre esta Tierra, entero y respirando, el único que no descansa en restos dos metros bajo tierra, en un cementerio, con una placa de mármol con su nombre y fechas gravadas como todo reconocimiento tangible a su existencia.

Culpable porque no vaticinaste que todo esto ocurriría.

Culpable por tantas.

Tantas, tantas cosas...

Y si aun no te habías hundido bajo el peso de la culpa, si aun no habías caído despedazado a la espera de que el destino decidiera qué hacer con tus míseros restos, era porque tu corazón sabía con cada una de sus fibras que Michelle te necesitaría más que nunca y como a nadie, que cada respiro tuyo le daría a ella el aire que sus pulmones precisaban y que por eso debías seguir respirando aunque costara, que de vos ella se sostendría y que debías permanecer fuerte para mantenerte en pie vos y mantenerla en pie a ella.

Tragaste con dificultad, y por unos instantes te concentraste en el sonido de la lluvia sobre la acera, los tejados y los techos de los coches. Literalmente estaban cayendo piedras allí afuera, y al trazar mentalmente un paralelo entre el clima que esa noche le tocaba a la ciudad y el clima que estaba reinando en tu vida desde hacía nueve horas, te asaltó la certeza de que al barco medio hundido en el que estabas tratando de navegar en mitad de un diluvio todavía le quedaba un largo trecho por recorrer, y transitarlo hasta llegar al puerto, hasta poder pisar tierra firme y esperar a que los cielos se despejen, los nubarrones se desdibujen y salga el sol otra vez antes de empezar a reconstruir sobre los destrozos, no sería nada fácil.

"¿Más té?" la voz de Martina te distrajo de tus reflexiones.

No esperó a que respondieras, y te sirvió más igual. Así es tu hermana: entiende lo que otros quieren o necesitan sin que haga falta que ellos así lo expresen. Vos en ese momento necesitabas quemar tu garganta con el té hirviendo, calentarte las manos con la loza, recordar que tu carne y tus huesos seguían allí, capaces de sentir algo más que el dolor emocional, recordar que sos un ser humano que todavía puede sentir otra cosa que no sea una angustia inigualable.

Tu hermana te entendía.

Tu hermana te comprendía.

Tu hermana estaba ahí para ayudarte, a pesar de todo.

Tenías que ser menos egoísta, tenías que poner todas tus emociones a un lado por mucho que costara, tenías que hacer el esfuerzo de permitir que tu hermana te ayudara, que te guiara.

"Gracias por el té, Martina" mascullaste.

"No hay de qué" respondió, sirviéndose ella otra taza.

"Por favor, necesito saber cómo fue que encontraste a Michelle"

"Se me ocurrió ir al cementerio más cercano porque parecía el sitio más lógico" Martina explicó con voz pausada y serena, como quien está relatando los sucesos de una película, o algo que le pasó a un amigo, o una situación ocurrida hace mucho tiempo y dejada en el pasado, donde ya no puede lastimar, donde ya se volvió gris y vieja y se secó y no tiene poder ni peso porque está marchita.

Tu hermana tiene, entre muchas otras, esa maravillosa capacidad de transmitir calma cuando es necesario, y en ese momento un poco de calma - lo reconocieras o no, pelearas contra ello o no - te hacía mucha falta. Apreciabas enormemente que no estuviera dándole un tono dramático al relato ni cargándolo de gravedad; ya era suficientemente malo lo que tu imaginación podía hacer agarrándose de las palabras que ella decía, conjurando delante tuyo escenas oscuras, casi siniestras, en las que se combinaban la lluvia torrencial, Michelle con la cara rasguñada y las uñas ensangrentadas, temblando sin control, sollozando con desesperación, herida y confusa, con el cementerio como tétrico telón de fondo.

"A lo largo de su vida Michelle sufrió tres grandes pérdidas" continuó con un suspiro, luego enumeró ": su padre, su madre y su abuela. El primero y la última no tuvieron opción: la muerte es así, cuando decide cobrarse las cuentas que tiene con uno lo hace, y no hay poder capaz de detenerla. A todos nos llega el momento, es inevitable: nacemos con la certeza de que vamos a morir, y contra eso no hay quien pueda" otro suspiro subió por su garganta "Pero su madre" se detuvo de repente y te miró, como pidiéndote permiso silenciosamente para hablar mal de la mujer que acunó en su vientre y trajo al mundo a la persona que hoy es indiscutiblemente lo más importante que tenés, lo que más amás "... Su madre sí tuvo opciones, aparentemente" dijo finalmente, ese 'aparentemente' agregado al final con el obvio objeto de darle el beneficio de la duda por pura cortesía como se hace con todos los criminales, aunque se sepa de su culpabilidad "pero de todos modos eligió abandonarla. No la juzgo" se apresuró "pero creo que de todos los caminos que podría haber tomado, escogió el más egoísta, el más fácil" volvió a hacer otra pausa "Y Michelle debe pensar lo mismo, Anthony" siguió, la seguridad impregnando su tono de voz, aunque continuaba siendo tan sereno como antes "Michelle debe sentir que su madre la abandonó porque no supo cómo lidiar con el pasado, con sus demonios, con la depresión, con lo que fuera que la atormentaba" concluyó en resumen ", y en lugar de buscar la manera de hacerle frente a sus problemas por ella, por su hija, acabó marchándose porque era, en conclusión, mucho más sencillo, y probablemente para ella haya sido menos doloroso" suspiró de nuevo "Dos personas a las que amaba la abandonaron porque la muerte tocó la puerta y vino a llevárselas, pero la otra la abrió y cruzó el umbral por voluntad propia"

Las palabras se gravaron en tu cráneo, se metieron debajo de tu piel, se embebieron en tu alma, empapándote. Tenía razón…, tenía tanta razón, muchísima razón. Otra de las cualidades de tu hermana, por supuesto, otra de las extraordinarias características que la convierten a ella en una persona extraordinaria: puede sacar radiografías a las personas, mirar dentro de ellas, descubrir cosas que se esconden y que son difíciles de encontrar, entender lo incomprensible, desatar los nudos más apretados, analizar la mente de un ser humano basándose en los hechos más pequeños, cavando y cavando hasta llegar a las raíces más profundas. Su lógica era absolutamente correcta, prolija, perfecta, fácil de seguir incluso en el deplorable estado en el que vos te encontrabas.

Y dolía.

Esa verdad, incluso contada en un tono sereno, incluso escuchada saliendo de la boca de tu hermana, que tanto esfuerzo estaba haciendo por usar el mayor tacto posible a la hora de explicártelo, dolía de todos modos.

Dolía, dolía muchísimo.

Ese sufrimiento terrible que Michelle arrastra consigo prácticamente desde que nació, esa angustia que todas las grandes pérdidas traen como consecuencia, plasmado en palabras, racionalizado, expuesto de esa manera, se sentía como una puñalada en el centro del alma.

Tu hermana no estaba haciéndolo a propósito, por supuesto que no. Tu hermana solamente quería ayudar.

Pero a veces la ayuda lastima.

A veces los que quieren ayudarnos, en el proceso nos lastiman.

Quien te quiere de verdad te hará llorar.

Esas palabras solía decirlas tu madre; de hecho, no sería equívoco enlistar a aquella como a una de sus principales frases de cabecera.

Las recordaste en ese instante en el que sentías que se te cerraba la garganta, se te agrietaba la piel, se te nublaba la vista, lo recordaste en ese instante en el que tu corazón estaba estrujado de pena, tu alma se deshacía en temblores y te costaba respirar porque la angustia parecía haber tomado la forma de una mano invisible que se cerraba sobre tu garganta, asfixiándote.

Las recordaste en ese instante y el dolor se intensificó.

El dolor se intensificó porque recordar a tu mamá en esa circunstancia, en el marco en el que estaban sucediendo las cosas, más que un alivio, más que un consuelo, resultaba una tortura.

Trataste de empujar todos esos sentimientos a un costado, haciendo un esfuerzo terrible, tanto emocional como físico. Necesitabas concentrarte, necesitabas escuchar el resto de lo que tu hermana tenía para decir, aun sabiendo que las heridas ni sanarían ni se pondrían mejor, que sólo se volverían más profundas. Si deseabas ayudar a Michelle, primero precisabas que tu hermana te ayudara a vos, que te ayudara a comprender, a sacudirte las ideas hasta dejarlas más o menos prolijas y ordenadas.

Tenías que hacer encajar las piezas de ese rompecabezas, costara lo que costara.

"Sigo sin" tragaste con dificultad, el nudo en la garganta más tenso que nunca "... sin entender por qué Michelle acabó en el..."

"¿En el cementerio?" tu hermana te ayudó a completar la frase, llenando aquél espacio que vos habías dejado en blanco porque la angustia te impedía modular.

Asentiste con la cabeza levemente, y luego buscaste las fuerzas para explayarte un poco:

"Sigo sin entender cómo se te ocurrió ir hasta allá"

Por un instante creíste que tu hermana revolearía los ojos, o que se encogería de hombros quitándole importancia al tema, o que chasquearía la lengua en señal de exasperación ante tu falta de capacidades para abarcar las dimensiones de su lógica. Pero no hizo ninguna de esas cosas. Simplemente cerró con aun más fuerza sus delicadas manos alrededor de la taza de té humeante que estaba bebiendo, suspiró de nuevo, y siguió hablando con ese tono sereno que se mezclaba con el sonido de la lluvia.

"En medio del dolor y la desesperación y la locura, Michelle necesitaba recordarse a sí misma que en su vida signada por el abandono de aquellos que se suponía estarían ahí siempre para cuidarla y protegerla, su padre y su abuela no la dejaron sola porque así lo quisieron ellos, sino porque así lo decidió la muerte. Michelle fue al cementerio porque es ahí donde debajo de esas placas y estatuas de mármol descansan los restos mortales de aquellos que se fueron antes que nosotros. El cementerio representa a la muerte, la misma muerte que le quitó a su papá cuando era una beba y años después a su abuela cuando todavía era una criatura tratando de empezar a ser mujer. Se me ocurrió que Michelle podría haberse dirigido allí para sentirse un poco más cerca de quienes hubieran dado cualquier cosa con tal de poder pasar un segundo más a su lado"

Antes de que pudieras darte cuenta, antes de que pudieras detenerlas, las lágrimas ya se habían acumulado en tus ojos (¿cuántas más podrían quedarte por derramar después de todo lo que habías llorado en las últimas horas?) y fluían libremente, como si tu hermana con su análisis tan sensato, tan profundo, tan correcto, hubiera abierto un grifo imposible de cerrar ahora, un grifo por el cual estaban saliendo tus emociones en forma de llanto silencioso, dejando en tu cara manchas que dibujaban el recorrido que hacían por tus mejillas hasta morir en la comisura de tus labios, cayendo al vacío para estrellarse luego sobre tu regazo.

Si pudieras, sin dudarlo ni un segundo te sacrificarías y te ofrecerías a sentir todo ese dolor, a cargar todo ese peso que a Michelle le toca llevar desde que siendo muy chiquita tuvo que enfrentarse no sólo a la historia de cómo su padre había muerto prematuramente cuando ella tenía apenas meses de edad, incapaz de recordarlo o de guardar memoria alguna de su escaso tiempo con él, sino también a una madre alcohólica, depresiva, bipolar, que luego la abandonó prometiéndole regresar cuando bien sabía que ese no sería el caso.

Si te dieran a elegir, antes de lo que tarda el corazón en emitir un latido aceptarías cambiar lugares con ella, tener vos el alma herida de esa manera, tener vos la infancia llena de problemas, el miedo al abandono, la constante sensación de que la gente es arrancada de tu vida cuando menos lo esperás, la constante sensación de que los que no son arrancados por el destino deciden irse ellos solos sin medir las consecuencias de sus actos.

"Por eso se me ocurrió ir al cementerio" concluyó "Pensé que… Michelle podría haber ido ahí"

"Gracias, Martina" susurraste.

Pero un 'gracias' te parecía poco.

Un 'gracias' era poco para expresar lo que sentías.

Un 'gracias' era una palabra demasiado sencilla para decirle a la persona que había sido lo suficientemente brillante en medio de la oscuridad para con su lógica perfecta arrojar luz sobre la negrura y hallar al amor de tu vida antes de que fuera demasiado tarde, antes de que siguiera lastimándose, antes de que siguiera causándose un mal físico para mitigar la pena en su corazón y en su alma.

"Gracias, Martina" repetiste "No sé cómo agradecerte…"

"Tony, no tenés que agradecerme nada" te aseguró "Cuando papá llamó me asusté mucho" admitió "Después llamó Fiona, preocupadísima también… Papá también la había llamado a ella" asentiste con la cabeza; Fiona había estado gran parte de las últimas horas tratando de comunicarse con vos, llamándote a tu celular, pero así como habías ignorado todas las otras llamadas también lo habías hecho con las suyas "Papá me dijo" Martina continuó con tiento, hablando despacio y pausado, como tanteando el camino por las dudas, para no pisar ninguna mina "… me dijo que mamá y Michelle tuvieron una conversación… sobre la familia de Michelle, y que a mamá el tema se le fue de las manos a tal punto que terminó ocasionando un desastre y Michelle se fue de tu departamento llorando desesperada justo cuando ustedes llegaban"

Hizo una pausa.

Te pasaste las manos por la cara y respiraste hondo, tratando de no caer de vuelta en un pozo ciego, tratando de no largarte a llorar otra vez, tratando de empujar tus sentimientos a un costado, haciendo hasta lo imposible por evitar las imágenes de Michelle acurrucada en la cama, con las piernas y los brazos llenos de rasguños, débil y frágil, que insistían con aparecer en tu retina como fotografías mal veladas, borrosas y extrañas.

Tu hermana sabía más, obviamente.

Pero estaba dándote la información con cuentagotas, esperando a ver tu reacción, porque temía decirte de golpe y sin anestesia algo que no supieras.

"Estaban hablando sobre la madre de Michelle" siguió.

"Ya lo sé. Ya lo sé, Martina" le aseguraste con vehemencia "Lo sé. Por eso tiene sentido tu teoría de que… de que Michelle acabó yendo al cementerio porque necesitaba sentirse cerca de su papá y de su abuela…, de las dos personas que no la abandonaron voluntariamente, las dos personas que… que le quitó la muerte y que" tragaste con dificultad, luego decidiste utilizar las mismas palabras que antes había empleado tu hermana un rato antes "… las dos personas que hubieran dado absolutamente todo con tal de tener un segundo más al lado de ella"

Como lo daría yo. Yo siempre daría absolutamente todo por Michelle. Yo siempre elegiría a Michelle antes que a cualquier otra cosa, antes que a cualquier otro ser humano, por mucho que los ame, por mucho que me importen. Nadie me importa tanto como Michelle. A nadie amo tanto como a Michelle. Es la única por la que me sacrificaría en cuerpo, en alma y en mente sin pensarlo dos veces. Es la única por la que hasta tendría el descaro de hacerle frente a la muerte.

Martina interrumpió tus pensamientos:

"Aparentemente…"

Pero vos la interrumpiste a ella antes de que pudiera seguir.

Quizá porque tenías un presentimiento de qué estaba a punto de decirte.

Quizá porque necesitabas decirlo vos, escuchar tu propia voz diciendo las palabras, para poder procesarlo, para poder empezar a considerarlo una realidad, algo que sucedió, algo con cuyas consecuencias vas a tener que lidiar, algo que causó estragos a los que vas a tener que enfrentarte.

"Aparentemente mamá conoce a la madre de Michelle"

Como sacado de un cuento, ¿no?

Como sacado de una ficción perversa.

Como sacado del guión de una película dramática.

Como sacado de las páginas de una novela de misterio.

Pero es la realidad.

Es la realidad que les tocó.

Es el marco en el que cayó en suerte tu historia.

Por muy extraño que parezca.

Por muy imposible de creer que resulte.

Por mucho que se asemeje más al ingrediente principal de la trama de una telenovela que a cualquier situación que podría hallarse en la vida cotidiana.

Es la realidad que les tocó a los dos.

A ella.

A vos.

No te queda otra que aceptarlo, por mucho que cueste, por mucho que duela, por mucho que te entren ganas terribles de gritar para expresar toda tu furia porque al destino se le ocurrió mover así las fichas, predisponer así a los personajes, armar una escena casi siniestra que a ningún otro autor se le habría ocurrido.

Según lo que tu madre te contó después de que se 'destapara la olla', después de que empezara lo que sería un infierno que ardería por nueve horas (y seguía ardiendo, porque todavía permanecías sumergido en las tinieblas), después de que tu mundo se viniera abajo, después de que se abriera la tierra delante de tus pies y amenazara con tragarte entero, por una de esas casualidades inexplicables e inimaginables, su camino y el de la mamá de Michelle se cruzaron, y - también por una casualidad enorme – descubrió sin querer, sin darse cuenta de dónde estaba metiéndose, sin siquiera cruzar su cabeza la posibilidad de cómo dos historias se entrelazarían hasta convertirse en una misma, descubrió que esa mujer con la que había estado trabando amistad durante los últimos meses era la que había dado vida a la chica que se transformó en tu mundo entero, aquella en contra de la cual tu madre tenía tantos argumentos de tantos tipos en su idea (errónea, por supuesto, de eso no te cabe ni la menor duda) de que no es la persona correcta para que vos formes una familia con ella.

"Mamá salió con una historia como de telenovela" chasqueaste la lengua, en señal de qué no podría haberse sabido en concreto, porque eran varias las emociones debatiéndose dentro de vos: estabas consternado, estabas cansado, estabas confundido, estabas exasperado, estabas irritable "... No estoy seguro de haber entendido bien todo" confesaste "porque en ese momento estaba demasiado nervioso y lo único que me importaba era encontrar a Michelle" exhalaste, inhalaste, luego retomaste el curso del relato lo mejor que pudiste "Aparentemente la madre de Michelle está internada en Chicago, en el ala psiquiátrica de un hospicio" volviste a tomar aire, necesitando sentir los pulmones llenos, y cerraste los puños instintivamente hasta clavarte las uñas en las palmas, intentando procesar toda esa información, recordar con cuidado cada detalle que pudiste agarrar en el medio de la locura, rogando que tu cerebro fuera capaz de comprender esos fragmentos que parecían sacados de una pesadilla, de una fantasía horrible y retorcida.

"Anthony..." tu hermana extendió su mano con delicadeza para tocar tu brazo, y con una mirada cargada de significado te transmitió más de lo que hubiera transmitido con palabras: no servía que te hicieras daño, no servía que te lastimaras, no servía que te castigaras, no servía que te destruyeras, porque Michelle te necesitaba tan entero como fuera posible.

Aflojaste las manos, dejaste caer los brazos a un costado, tus músculos perdieron un poco de la tensión que los tenía rígidos como el acero, y permitiste que otra tanda de lágrimas acumuladas afloraran, aunque en esa ocasión caían simplemente, sin que los sollozos se formaran en tu garganta y te sacudieran con violencia como antes, cuando estabas arrodillado junto a Michelle, repasando con las yemas de tus dedos las marcas que ella misma se había hecho al rasguñarse.

No querías que ella al despertar viera tus manos lastimadas porque no habías sabido cómo lidiar con los nervios, el miedo y la presión al momento de tratar de armar el rompecabezas, al momento de hacer que las piezas encajaran.

Inhalando y exhalando nuevamente, te pasaste una mano por la cara, y permitiste a tu frente hirviendo descansar acunada en la palma, el codo apoyado sobre tu rodilla.

Tu hermana decidió ayudarte, retomando el relato donde vos lo habías dejado, completándolo con la información de la que ella disponía, que era similar a la que vos habías logrado retener cuando habías hablado (más bien discutido) con tus padres:

"Mamá es voluntaria en ese hospital" asentiste con la cabeza "Así conoció a la madre de Michelle"

"Mamá dice que esa señora…, dice que se llama Lilibeth" estabas tratando con todas tus fuerzas de recordar cada cosa dicha por tus padres horas atrás, esforzándote por revolver los contenidos de tu memoria para desenterrar esos fragmentos borrosos que parecían parte de una pesadilla, de una fantasía retorcida creada mucho tiempo atrás en lugar de una escena real ocurrida meras horas antes "El nombre de la madre de Michelle es Elizabeth…"

"Muchas personas se cambian el nombre" Martina intervino, despojándote rápidamente de la flojísima arma con la que inconscientemente habías hecho el intento de resguardarte de tener que seguir hundiéndote en la verdad "Probablemente esta mujer haya hecho eso" se encogió de hombros "El nombre de esa señora no viene al caso, Anthony" tenía razón, por supuesto, y se la diste asintiendo con la cabeza levemente.

"Mamá también dijo…" volviste a tomar aire.

No sabías por dónde empezar.

No sabías cómo expresarte.

No sabías qué palabras poner en tu boca ni cómo ponerlas, mucho menos cómo transformarlas en sonido.

No sabías cómo hacerte entender.

Estabas perdido.

Te dolía tanto el cuerpo.

Te dolía tanto el alma.

"Mamá me dijo que esta señora, la señora a la que estuvo visitando en el hospital durante los últimos meses" la madre de Michelle, agregó una vocecita en tu cabeza "le habló de sus hijos"

"A mi me dijo lo mismo"

"Michelle lleva catorce años sin ver a su mamá" suspiraste, sintiendo en carne propia la angustia con la que la mujer a la que amás vive todos los días desde que era una criaturita indefensa.

"Sin embargo, según nuestra madre esta señora dice que está ahí por decisión de sus dos hijos, y que la visitan con asiduidad" Martina señaló, sacándote las palabras de la boca prácticamente.

"Michelle no sabía nada sobre el paradero de su madre hasta hoy" suspiraste, te pasaste una mano por la cara varias veces, intentando despejarte un poco, porque te perseguía la sensación de que estabas por hundirte otra vez si no corrías de alguna manera la niebla que amenazaba con rodear tus pensamientos "Te lo juro, Martina: Michelle no sabía absolutamente nada de su madre hasta el día de hoy"

"Ya lo sé, Anthony. Lo que me gustaría saber es cuál de las dos partes miente en esta historia"

Respiraste hondo.

Lo que tu hermana decía tenía sentido.

Lo que tu hermana decía era lo que vos pensabas.

Lo que tu hermana decía era exactamente aquello que llevaba horas y horas dando vueltas en tu cabeza, torturándote.

Tu madre había insistido vehementemente con lo mismo: esa señora, Lilibeth, hablaba de sus dos hijos, Danny y Michelle, constantemente; le había mostrado fotos de ellos, le había contado que ellos la habían ingresado a un hospital cuando las cosas se habían salido de control y la droga y el alcohol estaban a punto de matarla, y que la visitaban cada vez que podían. Le había hablado de su marido, quien había fallecido once meses después de que ella diera luz a su bebé. Le había mostrado fotos, y tu madre había reconocido en ellas a Michelle, había atado todos los cabos, había entrelazado cada cosa dicha, y había llegado a la conclusión de que por cuestiones del destino que escapan a toda comprensión humana la vida había decidido que se tropezara de esa forma con su consuegra, pasando meses hasta el momento en el que descubrió que esa señora ciega a la que hacía compañía estaba unida a ella por algo más que una amistad. Había sacado luego la conclusión de que vos habías evitado adrede contarle sobre la situación de la madre de Michelle porque pensabas que ella no comprendería, y había decidido aprovechar el momento a solas con tu futura esposa para hablarle sobre esa extraña coincidencia, sobre esa vuelta del destino, y asegurarle que la entendía, que sí comprendía, y que tener a una madre internada en un psiquiátrico debido a sus desequilibrios mentales y su adicción al alcohol y a las drogas no era motivo por el cual avergonzarse, sino que más bien debía sentirse orgullosa de haber tenido las fuerzas para obrar como corresponde a una hija y encargarse de que su madre recibiera la ayuda necesaria.

Esa es la versión de Ana Almeida, la versión de la mujer que te acunó en su vientre nueve meses, la versión de la mujer que te trajo al mundo, la versión de la mujer que te dio seis hermanos maravillosos, la versión de la mujer que te educó, la versión de la mujer que te enseñó muchísimo, la versión de la mujer que te formó, la versión de la mujer que te desilusionó profundamente al oponerse a tu relación con Michelle por el simple hecho de que ella no es latina, la versión de la mujer que – sin quererlo, supuestamente, sin saber lo que hacía, contando con información errónea – había llevado a Michelle a descubrir, después de catorce largos años, dónde estaba su madre.

La versión de Lilibeth, la señora ingresada en el hospital psiquiátrico… Esa versión no la conocés. No la escuchaste. De las dos campanadas, solamente contás con una, con la de tu madre, pero lo que ella dice no coincide con lo que sabés es la verdad porque a Michelle le creerías por sobre todas las cosas y todas las personas: Michelle lleva catorce años sin ver a su madre, desconocía su paradero hasta el mediodía de ese horrible sábado, nunca la visitó ni en Chicago ni en ningún otro sitio, ella jamás gestionó su internación en un psiquiátrico.

Que tu madre y la madre de Michelle se conocen, de eso no tenés dudas: tu mamá cuenta con información demasiado rica, demasiado profunda, que vos jamás le proporcionaste, información sobre la familia de Michelle y sobre ciertas situaciones y hechos que sólo podría haber averiguado hablando con quienes forman parte de esa historia, porque vos jamás el contaste nada, y estabas seguro, seguro al punto de hasta animarte a poner las manos en el fuego, de que Martina tampoco había abierto la boca.

Todo eso conducía a dos opciones, dos únicas opciones, dos senderos que se abren, que se bifurcan: o la madre de Michelle en su delirio, en su locura, está convencida de que se encuentra internada porque sus hijos la llevaron a un hospital en Chicago y alucina con visitas que nunca suceden y piensa que ellos siguen en su vida aunque catorce años atrás los dejó prometiendo volver pero sin intención de cumplirlo, y le habla a todo el mundo como si Michelle y Danny fueran parte de su realidad…, o la que distorsionó las cosas, la que inventó un trasfondo que en realidad no existe, es tu mamá.

Tragaste con dificultad, cerraste los ojos con fuerza…

"Anthony…" tu hermana llamó tu nombre.

"Mamá conoce a la madre de Michelle" dijiste, despacio "Yo creo que la conoce. La información con la que cuenta… no la obtuvo de mí. La mujer que visita en el hospital tiene que ser la madre de Michelle, estoy seguro de que mamá no miente en eso"

"Yo también estoy segura de que esa mujer…, Lilibeth…, es la madre de Michelle" Martina reconoció.

"De lo que no estoy seguro es de…" te costaba ponerlo en palabras, estaba costándote muchísimo.

"No estás seguro de que esté diciendo la verdad cuando jura ignorar que Michelle desconocía dónde estaba su mamá" Martina te ayudó expresando lo que a vos te resultaba imposible poner en frases.

"No sé qué creer, Martina" confesaste.

"Al final resultó que los datos de los que disponemos los dos son bastante similares… Y al parecer estamos llegando a la misma conclusión"

"Pero duele" dijiste entre dientes apretados, tus ojos abnegados de lágrimas otra vez "Me duele muchísimo creer que mamá sería capaz de deformar la verdad hasta convertirla en un arma para lastimar a Michelle. Me duele muchísimo pensar que, si sabía que Michelle llevaba años sin verse con su madre después de que la abandonara cuando era una nena, inventara todo este cuento para que se enterara 'por accidente'…"

"Papá dice que mamá jamás le comentó nada a él, que él se enteró de esto al mismo tiempo que vos…"

"Sí, lo sé" asentiste con la cabeza, enjuagando las lágrimas en tus ojos con el dorso de tu mano "Estaba tan anonadado y confundido como yo, no parecía entender mucho qué estaba pasando…"

"Me dijo que al parecer mamá eligió no contarle nada porque ni vos ni Michelle habían hablado del tema…"

"Martina, es contradictorio" dijiste, exhalando con fuerza "Supongamos que mamá esté diciendo la verdad, supongamos que esta mujer, esta señora, Lilibeth" la madre de Michelle, la señora ciega e internada en un instituto psiquiátrico es la madre de Michelle, una voz punzante te recordó "está bajo la delirante impresión de que sus hijos la visitan en el hospital y mamá optó por no hablarle a papá sobre esta casualidad" esta extraña, increíble, terrible, enorme, prácticamente imposible casualidad que parece haber tenido lugar "porque no se había enterado precisamente de mi boca…, ¿por qué habría entonces de ir y contarle a Michelle que descubrió que su madre está ingresada en un hospicio, gravemente enferma después de años de abusar del alcohol y las drogas?"

"No lo sé, Anthony, y yo me pregunto lo mismo" tu hermana te contestó con sinceridad "La explicación que mamá da no cuaja mucho, pero cuando hablé con ella y con papá estaban ambos tan alterados y yo estaba tan preocupada que te juro no se me ocurrió interrogarla para tratar de sacarle la verdad"

Tratar de sacarle la verdad, resonó esa frase en tu cabeza, rebotando contra las paredes de tu cráneo, haciéndolo doler aun más de lo que ya dolía. El significado subyacente estaba bastante claro: tu hermana ya estaba dando por sentado que tu mamá mentía, ya estaba asumiendo de entrada que habría que sacarle la verdad, hacerla confesar como a una criminal, obligarla a sincerarse…

Te dolía darte cuenta de eso.

Te dolía tanto.

Te dolía darte cuenta de eso, pero más dolía estar de acuerdo con ella, más dolía la incapacidad de indignarte con ella por siquiera sugerirlo, por siquiera insinuarlo, porque a vos las piezas del rompecabezas – aunque pocas y débiles, aunque faltaban demasiadas – te estaban mostrando una imagen en la cual tu mamá evidentemente mentía, porque sus explicaciones eran rebuscadas y extrañas y contradictorias, porque si de verdad hubieran sucedido las cosas como ella dice que sucedieron, habría ido a hablar con vos primero antes de sacar el tema delante de Michelle.

Exhalaste, inhalaste, volviste a exhalar, inhalaste otra vez.

"Anthony… Esto es un desastre" Martina suspiró "Es decir" chasqueó la lengua ": los dos estamos cansados, en este preciso momento el asunto está sumido en un caos terrible, y no creo que podamos arrojar mucha más luz, realmente, porque es obvio que ni vos ni yo sabemos más el uno que el otro, y todo lo que vamos a obtener si seguimos así son conjeturas cada vez más rebuscadas. Lo más importante es que Michelle está bien" volvió a suspirar "Va a estar bien, Anthony" te aseguró, tomando tu mano otra vez, sujetándola con firmeza para darte apoyo "Lo que Michelle va a necesitar al despertar es a vos; creo que deberías estar ahí cuando abra los ojos, para calmarla, para hablar con ella, y para ver qué fue exactamente lo que mamá le dijo. El resto, todo lo demás, podemos ir solucionándolo mañana, cuando se acabe la tormenta y salga el sol. Literal y figurativamente" agregó.

Tenía razón, por supuesto, y vos no ibas a discutir con ella, no después de las terribles últimas horas en las que habías tenido la cabeza prisionera de un infierno, congestionada y aprisionada, con tus pensamientos y tus emociones enloqueciéndote y lastimándote, con toda esa angustia acumulada en el pecho, quemándote.

Necesitabas estar con Michelle, incluso si todo lo que harías sería recostarte a su lado, abrazarla y quedarte velando su sueño, escuchando su respiración, contando uno a uno los latidos de ese corazón profundamente herido que aun seguía funcionando, probablemente porque todo el amor que transmitía con cada palpitación estaba manteniéndolo con vida, fuerte, peleando. Necesitabas acurrucarte junto a ella y susurrar en su oído que todo saldría bien, que ella estaría bien, que las cosas se acomodarían en su lugar, y que para todo esto encontrarían alguna salida, alguna solución, incluso si por el momento la negrura era tan inmensa que parecía ninguna partícula de luz podría perforarla lo suficiente para acabar con ella.

El resto del rompecabezas podrías armarlo al día siguiente.

Harían falta muchas otras piezas, piezas que podrías conseguir una vez que la calma se asentara sobre vos y te otorgara la paciencia y las fuerzas para hablar con tus padres – con tu madre, especialmente – y tratar de ver qué es verdad, qué es mentira, qué es un invento, qué fue trastocado, qué es cierto en esa historia que parecía sacada del guión de una telenovela.

Primero debías ocuparte de Michelle. Primero tenías que curarla a ella, ayudarla a ella, sanarla a ella.

Luego podrías ocuparte del resto, poco a poco, costara lo que costara, así tuvieras que dejar en eso hasta la última gota de sangre corriendo por tus venas, así tuvieras que sacrificarte una y mil veces hasta encontrar la manera de corregir esto.

"En caso de que necesites algo, yo voy a estar leyendo en el sofá" Martina anunció, poniéndose de pie y comenzando a llevar al fregadero las tazas, los platitos y las cucharitas.

"Gracias por todo, Martina" murmuraste, la sinceridad empapando tu voz, tu corazón latiendo con fuerza, el amor hacia tu hermana mucho más firme que en cualquier momento de los últimos casi veinte años.

"No tenés nada que agradecerme, Anthony" te sonrió "Todo va a estar bien, vas a ver" te prometió.

Te retiraste de la cocina en silencio, tus pasos ahogados por la mullida alfombra debajo de tus pies y por los sonidos de la lluvia, que parecía estar poniéndose cada vez más y más salvaje.

Entraste a la habitación de tu hermana y, sin encender las luces, te acercaste a la cama. Podías escuchar la respiración de Michelle, tan clara como si se encontraran en el más absoluto de los silencios, tan clara como si afuera el temporal se hubiera apagado, como si el mundo hubiera dejado de existir y solamente quedaran ustedes dos. Podías escuchar, lo habrías jurado allí mismo corriendo el riesgo de que te tomaran por loco, los latidos de su corazón llamando tu nombre, pidiéndote que te acercaras, que te quedaras con ella, que la cuidaras, que esperaras a que despertara, que con tu presencia le dieras motivos para despertar, para salir de ese coma emocional, para resurgir en la superficie.

Te acurrucaste a su lado; el colchón se hundió bajo tu peso. La tomaste en tus brazos, la anidaste contra tu pecho, respiraste su perfume, acariciaste sus brazos y su rostro sintiendo los rasguños y lastimaduras bajo las sensibles yemas de tus dedos. Te largaste a llorar, te tragaste los sollozos, te aferraste a la mujer a la que adorás, le hablaste al oído, permitiste que el Universo se desdibujara a tu alrededor, te diste la oportunidad de descansar y recobrar fuerzas antes de que la segunda parte de la batalla se iniciara, antes de que el Universo volviera con todas sus fuerzas y los obligara a enfrentar el día de mañana, una vez que el sol se elevara en el cielo y secara los restos de la lluvia.

Esas últimas horas infernales habían servido de prueba y no habías tenido que sufrirlas en vano, lo sabías, a pesar de que el dolor, la angustia y la desesperación habían sido insoportables y te habían dejado reducido a nada prácticamente.

Eran una prueba más, otra prueba más.

Eran prueba de que un amor así de grande no puede ser detenido, un amor así de grande le da a uno la fe en que todo puede solucionarse, en que no hay herida imposible de curar.

Para este amor no existirán impedimentos.

Ni existen.

Ni existieron.