Nota de la autora: Estoy trabajando, por lo cual mi tiempo para escribir es más limitado, pero hago un esfuerzo por escribir un poco todos los días, y a veces hasta escribo en mi tiempo libre en el trabajo. Voy a seguir con esta historia aunque pasen treinta años, siga habiendo gente que la lea o no, pero quizá me cueste más porque ahora no dispongo de tanto tiempo.
Ciertas aclaraciones concernientes a este capítulo:
1) La falta de coherencia se debe a que a) soy un ser humano; b) los personajes también son seres humanos, y no hay ser humano coherente.
2) Creo que todos tenemos cierto grado de locura dentro nuestro y que hay ciertas circunstancias y situaciones que obran como disparadores y hacen que esa locura salga, aunque después la mayor parte del tiempo seamos normales, cuerdos, funcionales, etcétera. Ninguna persona - en mi opinión - está librada de que un brote de locura la ataque, ni siquiera una persona tan meticulosa, perfecta, racional, inteligente y centrada como Michelle Almeida (sí, debería haber escrito 'Dessler', pero escribí 'Almeida' en un apto inconsciente, y no lo voy a borrar).
3) Dejé que el diálogo hablara por los personajes, por eso van a encontrar párrafos enteros de diálogo puro. Creo que los dos caracteres están bien establecidos, y no se necesita explicar o justificar mucho lo que dicen, piensan y hacen. Los diálogos hablan por sí mismos, me parece, por eso los dejé en estado bruto.
4) Traté de que no hubiera incoherencias. Si las hay, sepan entender que casi pasó un mes entero desde que escribí el capítulo anterior, y aunque tengo buena memoria, tampoco soy una computadora.
5) Espero que les guste el capítulo. Ya mismo empiezo a escribir el 105.
Mientras me quede aire
Calor nunca te va a faltar
Lágrimas.
Empapando tus ojos.
Empapando tus mejillas.
Empapando su camisa.
Empapando las sábanas.
Empapando sus dedos.
Empapando tus dedos.
Acumulándose en tu pecho.
Subiendo por tu garganta.
El llanto te impide respirar.
El dolor te acuchilla.
Te falta el aire.
Las imágenes en tu retina se ven borrosas, nubladas.
La habitación da vueltas a tu alrededor.
El oxígeno no llega a tus pulmones.
Y el sonido de la lluvia se desdibuja, porque el único sonido que puede penetrar las paredes detrás de las cuales como un animal asustado te escondés (y tiene sentido, en realidad, porque, después de todo, los seres humanos son animales, y vos estabas aterrorizada) es el de su voz, pidiéndote que te calmes, pidiéndote que respires, quitándote de a poco del hoyo negro en el cual caíste cuando el mundo a tu alrededor sucumbió y se vino abajo.
"Respirá… Michelle, respirá… Tratá de respirar…"
Es una plegaria, casi. Lo repite como un rezo. Te pide que respires, que intentes respirar, porque de tus intentos él saca la fuerza que le hace falta para respirar por los dos; saber que estás tratando es lo que le da a él lo que necesita para poder respirar por los dos. Te lo prometió muchas veces, te lo promete cada vez que te mira a los ojos, está prometiéndolo en este preciso momento a través de sus acciones: cuando no puedas caminar, él va a caminar por vos, y cuando no puedas mantenerte en pie, él te va a sostener, y cuando ya no te quede sangre en las venas porque toda fue desparramada, él va a encontrar la manera de que tu corazón siga latiendo, y cuando el oxígeno no llegue a tus pulmones, él va a respirar por los dos, pero lo que le da a él la capacidad de pelear contra todos los molinos de viento que la vida va regando en el camino es saber que vos estás intentando, aunque te cueste, aunque te duela, aunque te desgarres, aunque ya no puedas más. Si vos podés intentar, él tiene la seguridad de poder lograr cualquier cosa.
Pero en este preciso momento sentís que no podés.
No podés respirar.
El llanto te lo impide.
El llanto acumulado durante las horas que pasaste sumergida dentro de vos, escondida en un coma emocional porque querías escaparte de la realidad, porque querías evitar un poco de todo ese dolor que estaba comiéndote viva, está saliendo, fluyendo incontrolablemente, y te está ahogando.
Te estás ahogando en tu propio llanto.
Te estás ahogando en el llanto que empapa tus manos.
Es también el llanto que empapa sus manos.
Te estás ahogando en el llanto que empapa su camisa.
Es también el llanto que está manchando las sábanas, las gruesas gotas tan similares a las que caen del cielo mojando la seda, dejando como rastro enorme, oscuras manchas, cada una de ellas una marca más en el mapa de los minutos que componen a esta madrugada.
"No puedo… No… No puedo…" es todo lo que sos capaz de decir en susurros entrecortados, al tiempo que hacés intentos desgarradores de tomar algo de aire.
Pero el aire no llega a tus pulmones.
Porque te estás ahogando.
Te estás ahogando en tu propio llanto.
Te aferrás a él.
Es lo único real.
Es lo único que necesitás.
Es lo único que puede salvarte.
Es lo único que vale la pena.
Es tu única constante.
Es lo único que siempre va a estar ahí, inamovible, inmensurable, imposible de destruir, sólido, listo para enfrentarse a todo y a todos, capaz de superar cualquier prueba.
"Respirá… Michelle, tratá de respirar…"
Él sigue repitiendo las mismas palabras.
No las repite automáticamente.
No suenan como fragmentos extraídos de un disco rayado que pasa siempre por el mismo lugar, reproduciendo una y otra vez lo mismo hasta que pierde por completo el sentido.
Son palabras que nacen desde el fondo de su corazón, palabras que fluyen de su alma, palabras cuyo significado aumenta con cada segundo que pasa, cada vez que las dice.
Te está rogando que respires.
Te está rogando que intentes respirar.
Y estás intentando.
Con todas tus fuerzas, estás intentando.
Con cada gramo de voluntad que te queda, estás intentando.
Pero no podés.
Porque el dolor es tremendo.
Y estás ahogándote en tu propio, incontrolable llanto.
Literalmente estás ahogándote en tu propio llanto.
Tu garganta se cierra.
Y entre sollozos empezás a toser.
Él te ayuda a incorporarte, sosteniéndote en sus brazos, esos brazos a los que vas a correr siempre que necesites sentirte segura y refugiada, esos brazos de los cuales no entendés aún por qué te escapaste horas atrás (¿horas atrás?: a juzgar por tu cansancio, tu estado mental, tu estado emocional y el dolor físico y la angustia desgarrándote, podrías haber jurado que años habían pasado, años transcurridos en un infierno, años transcurridos tratando de salir de un agujero negro, incapaz de ver la luz), esos brazos en los que deberías haber buscado ayuda en lugar de alejarte de ellos en mitad de tu arranque de locura.
El mundo a tu alrededor gira, las imágenes en tu retina se vuelven aun más borrosas, hasta convertirse en manchas oscuras.
El mareo te abruma.
Podrías caerte con tanta facilidad… Tan frágil estás…
Pero él no te deja caer.
Él te sostiene.
Te mantiene erguida.
Sigue pidiéndote que respires.
Pero vos no podés.
"No puedo…" es todo lo que lográs susurrar, poseída por otro ataque de tos que se mezcla con los sollozos desesperados y con el ruido de la tormenta allí afuera.
"Tranquila, Michelle… Respirá, tratá de respirar… Estoy acá con vos, tratá de respirar"
Está ahí con vos.
Él siempre va a estar ahí con vos.
Ese es motivo más que suficiente para deshacerte en esfuerzos por respirar.
Y lo estás haciendo.
Estás tratando de respirar.
Estás tratando con todas tus fuerzas.
Estás tratando con todo lo que sos.
Estás tratando aunque el dolor es de nuevo insoportable, tan insoportable que por momentos tu mente atormentada es invadida por ganas imperiosas de volver arrastrándote a la oscuridad de tu cerebro, esconderte ahí, detrás de tus ojos cerrados, dejar que tu cuerpo solamente exista, no despertar jamás.
Pero es por él que no lo hacés.
Es por él que no te sumís de nuevo en un coma emocional.
Siempre por él vas a elegir seguir.
Siempre por él vas a elegir continuar.
Siempre por él vas a elegir pelear.
Siempre por él vas a enfrentarte a todo.
Si él está con vos, podés lograr cualquier cosa, ¿cierto?
Absolutamente cualquier cosa.
Estabas asustada y cansada esa madrugada en el oscuro pasillo de la CTU, llorabas desconsoladamente y también te costaba respirar, te estaba costando muchísimo, y él te devolvió las fuerzas, él te mantuvo de pie, te mantuvo erguida, como está manteniéndote ahora, luchando por los dos, soportando todo por los dos, actuando estoicamente por los dos, todo el amor que te tiene manando de su ser y envolviéndote, tocándote por dentro, arrancándote de los brazos de la muerte.
Él está con vos.
Él siempre está con vos.
Está pidiéndote que respires.
Y aunque parezca que el oxígeno no alcanza, aunque parezca que tus pulmones vacíos nunca volverán a ser llenados, aunque el llanto te quiebre y te haga temblar y te resquebraje, aunque los sollozos te hagan convulsionar terriblemente, aunque la incertidumbre y el miedo estén cerrándose alrededor de vos con intención de estrangularte, si tratás, podés respirar.
Podés respirar por él.
"Michelle… Michelle, estoy acá con vos…"
Cualquier otro se habría marchado al descubrir lo rota que estás por dentro.
Cualquier otro se habría marchado al descubrir todas las situaciones complejas por las que tuviste que pasar en tus escasos veinticuatro años de vida, esas situaciones que te moldearon hasta convertirte en una persona que aparenta muchísima más edad debido a todo lo que tuvo que afrontar.
Cualquier otro se habría marchado al descubrir lo terriblemente frágil que sos.
Cualquier otro se habría marchado al descubrir la facilidad con la que llorás.
Cualquier otro se habría marchado al descubrir la honda necesidad de afecto que arrastrás desde el principio de tu existencia.
Cualquier otro se habría marchado al descubrir que estás en constante riesgo de romperte.
Cualquier otro se habría marchado al descubrir que la agente Michelle Dessler, la que salva vidas, la que es brillante, la que tiene una inteligencia superior al promedio, la que maneja computadoras y máquinas con un entendimiento impresionante, la que dirige una unidad entera, la que se sacrifica por los habitantes del país al que ama, difiere muchísimo de la mujer que se esconde detrás de esos muros de acero tan bien construidos, esa mujer pequeñita e indefensa que precisa amor y comprensión y que todo lo que desea es una familia, alguien que la cuide, alguien que la ame, alguien a quien cuidar, alguien a quien amar, alguien que la proteja de sí misma.
Cualquier otro se hubiera marchado al descubrir lo difícil que puede llegar a ser protegerte de vos misma.
Cualquier otro no sería capaz de aguantar todo esto.
Cualquier otro no se quedaría a pesar de todo.
Cualquier otro no te amaría tanto.
Cualquier otro no estaría tan loco como para amarte tanto.
Pero él sí.
Él está con vos.
Siempre va a estarlo.
Nunca va a abandonarte.
Pase lo que pase.
Tengas que enfrentar lo que sea que debas enfrentar.
Loca o no.
Sana o enferma.
Cuerda o no.
Con tu historia hecha de páginas manchadas y párrafos mezclados y confusos.
Con todos tus defectos.
Con todas tus virtudes.
Con todos tus desórdenes.
Con lo poco que podés ofrecer.
Él te elije a vos, siempre.
Él se queda con vos, siempre.
Y por él estás intentando respirar.
"Necesito que te calmes, necesito que respires" murmura en tu oído, rodeándote con sus brazos y manteniéndote cerca suyo para alejar el frío de tu cuerpo con su calor.
Él necesita que te calmes.
Él necesita que respires.
A él no podrías negarle nada.
Nada, absolutamente nada que te pida podrías negarle, jamás.
Así como él tampoco sería capaz de negarte cualquier cosa que le pidieras.
Entonces necesitás calmarte.
Necesitás respirar.
"Necesito que trates de respirar…" él sigue rogándote, su voz cargada de dulzura y preocupación, haciendo todo lo posible tranquilizarte, su boca pegada a tu oído, sus palabras llenándote por dentro, como una caricia al alma, como una brisa en mitad de la tempestad.
Él está con vos.
Estás en sus brazos.
Te está sosteniendo para que no caigas, literal y figurativamente.
Te está pidiendo que intentes respirar.
A él no podés negarle nada.
"Respirá conmigo, Michelle…" te ruega una y otra vez.
Inhalás con dificultad.
Exhalás.
Tosés.
Inhalás con dificultad otra vez.
Él inhala.
Vos inhalás.
Él exhala.
Vos exhalás.
Inhalás, exhalás.
Cada vez te cuesta menos.
Cada vez es menos difícil.
Cada vez tus pulmones se llenan más y más de aire.
Respiran juntos, los dos juntos.
Él sigue acariciando tu espalda.
Él sigue sosteniéndote.
Él sigue hablándote al oído.
Él sigue ayudándote.
"Despacito, respirá despacito…" te pide con ternura, secando las lágrimas que ruedan por tu rostro, acariciando tus mejillas con las yemas de sus dedos, apartando de tu cara los rulos que insisten en pegarse allí por la humedad del llanto en tu piel rojiza e irritada "¿Ves que podés?" te dice, a medida que tus patrones de respiración van regularizándose, volviéndose un poco más normales, menos erráticos, al igual que los latidos de tu corazón, antes alterados y discontinuos "Respirá despacito… Seguí respirando… Estoy acá con vos, no voy a dejarte sola…"
Tu mamá te dejó sola.
Él no va a dejarte sola.
Tu mamá te abandonó.
Él no te va a abandonar.
Todos te abandonan.
Todos en tu vida se van, por un motivo u otro, quieran o no, por voluntad propia o por razones de fuerza mayor.
Pero él siempre va a elegir quedarse.
Es improbable, imposible, impensable que él te abandone.
Y es por eso, por él, que tenés que respirar.
Aferrada a ese pensamiento, tratando de concentrarte en el sonido de su respiración mezclándose con el de la lluvia que sigue cayendo del cielo como las lágrimas de tus ojos, concentrándote en sus caricias en tu espalda y en el peso de su cuerpo contra el tuyo al anidarte contra su pecho en sus intentos de calmarte, focalizás todos tus pensamientos en imitar los movimientos de sus músculos al inhalar y exhalas, inhalando y exhalando cada vez que él lo hace.
Y el aire vuelve.
Y el dolor afloja un poco.
Y lentamente el mareo desaparece a medida que el oxígeno se mete en tu sangre.
Y tu cerebro comienza a funcionar con un poquito más de lucidez.
Y la habitación se vuelve más nítida en tu campo visual.
Y empezás a respirar mejor.
Él continúa arrullándote.
Su sola presencia es lo que te calma.
Saber que está ahí.
Saber que en tus brazos nada puede hacerte más daño.
Saber que él va a curarte.
Saber que nunca te va a dejar.
Saber que siempre va a encontrar la manera de salvarte de todo, hasta de vos misma.
Tenés que hablar con él, entonces, se te ocurre, a medida que tus neuronas comienzan a trabajar y de a poco tu cerebro va haciendo ciertas conexiones, y tus pensamientos se reacomodan y las ideas toman forma y se sostienen por si solas, no como antes, no como en el medio de la locura, donde todo pierde consistencia y se desvanece y nada aguanta y se hace agua o polvo o ceniza o simplemente desaparece antes de que puedas siquiera hacer el intento de agarrar esa idea entre tus dedos.
Tenés que hablar con él.
Hablar con él siempre te ayuda.
Ponerlo en palabras.
Ponerlo en palabras va a volver más real.
Ponerlo en palabras va a darle otro tono.
Ponerlo en palabras va a darle otro peso.
Ponerlo en palabras va a aumentar la angustia.
Eso clama una parte de tu ser, aquella parte que insiste en seguir llorando, en seguir rasguñándote hasta sangrar, en seguir dándote la cabeza contra la pared, figurativa y literalmente.
Pero hay otra parte más sensata.
Hay otra parte que entiende las cosas desde otro ángulo.
Es esa parte que te llevó a razonar que el amor que se tienen los dos es suficiente motivo para presentar batalla siempre, que es suficiente motivo para despertar siempre, que es suficiente motivo para luchar siempre, que es suficiente motivo para intentar respirar.
Esa parte sabe bien que es necesario hablar.
Tenés que hablar con él.
Tenés que descargarte.
Pero no debés descargarte lastimándote a vos misma.
No debés descargarte provocándote un daño físico que opaque al emocional.
Debés descargarte hablando con él.
La persona que siempre te entiende.
La persona que siempre te escucha.
La persona que nunca va a juzgarte.
La persona que siempre va a ayudarte.
La persona que nunca va a defraudarte.
Hablando con él vas a aligerar el peso de la carga que te toca llevar sobre los hombros.
Ya lo comprobaste muchas veces: compartir con él lo que sucede dentro tuyo, en tu alma – esa alma tan íntimamente ligada a la suya, esa alma que forma junto a la de él las dos mitades de un entero, de un todo, esa alma que le pertenece, esa alma que lleva grabado a fuego su nombre -, te hace bien, es la mejor medicina, es el mejor antídoto contra cualquier veneno.
Hablando con él vas a encontrar las fuerzas que te hacen falta.
Hablando con él vas a encontrar la claridad para ver.
Hablando con él vas a encontrar las respuestas a las preguntas que te atormentan.
Hablando con él vas a encontrar la manera de seguir, elijas el camino que elijas.
Hablando con él vas a ahuyentar los fantasmas del pasado que volvieron de repente para acecharte y torturarte.
Necesitás hablar con él.
Pero para eso precisás hallar las palabras.
Y una vez halladas las palabras necesitás hilarlas, darles forma, armar una oración.
Y luego viene la difícil parte en la que debés expulsar esa oración de tu boca, transformarla en un sonido, convertirla al lenguaje que hablan todos, ese lenguaje tan sencillo y tan básico si se lo compara con aquél único y complejo que crearon ustedes mirándose a los ojos y acariciándose.
Tosés una vez más.
Inhalás.
Exhalás.
Estás con él.
Estás a salvo.
Él está cuidándote.
Podés hacer esto.
Solamente tenés que concentrarte en los latidos de su corazón contra tu espalda.
Solamente tenés que concentrarte en sus brazos rodeándote.
Solamente tenés que concentrarte en el calor de su cuerpo.
"Tu mamá me... me dijo que..."
El recuerdo de la conversación mantenida con Ana horas atrás en la cocina del departamento de Tony te asalta de repente, como un flash cegador, impactándote, obligándote a cerrar los ojos con mucha fuerza por un momento, porque se siente como un golpe en la cabeza, como si te sacudieran entera de arriba abajo, como si te estrellaran contra una pared de ladrillos hasta hacerte perder el sentido.
Tenés que ponerlo en palabras.
Tenés que expresarlo en voz alta.
Él está ahí con vos.
Él te va a escuchar.
Él te va a entender.
No debés temer a nada.
Ya estás con él.
Estás en sus brazos, el sitio al que deberías haber acudido en primer lugar, el sitio al que habrías acudido en primer lugar si la locura no te hubiera dado vuelta la cabeza y convertido en un alma vagando desesperada, totalmente fuera de sí misma, desconectada de la realidad, desconectada de su personalidad, desconectada de cualquier emoción que no naciera de una oscuridad tremendamente profunda y ligada directamente a la angustia y al dolor y a la duda y al miedo y al recuerdo del abandono.
Estás con él.
Y si estás con él, eso es señal de que las cosas de alguna manera se encaminarán, de alguna manera caerán en el hueco exacto al que pertenecen, donde deben estar, donde corresponde que estén, lo sepas vos o no, lo sepa él o no, puedas siquiera imaginar cuál es el final adecuado para esta historia o no.
Tragás con dificultad.
Sentís el nudo en tu garganta.
Intentás nuevamente completar la frase:
"… que mi mamá..."
Pero no podés.
Un sollozo se te escapa, quebrándote, partiéndote al medio, doblando tu cuerpo delicado a la mitad.
Las lágrimas se acumulan en tus ojos y nublan tu visión, la habitación otra vez oculta por el llanto que cubre tu retina.
"Respirá, Michelle" él susurra en tu oído, dibujando círculos en tu espalda con sus manos tibias, abrazándote con fuerza, transmitiéndote demasiadas cosas a través de los gestos más sencillos, recordándote que sos capaz de mucho si te sostenés de su amor y de su devoción y de su necesidad de que vos estés bien y su necesidad de ser la cura de cada herida que lleves por dentro y por fuera.
"Me dijo que mi mamá está ingresada desde hace años en un psiquiátrico"
Largaste la frase de golpe.
Se sintió real.
Se sintió como un golpe, a decir verdad.
Se sintió como un impacto totalmente inesperado, incluso si sabrías que vendría, incluso si estabas esperándolo.
Inhalás.
Exhalás.
Respirar es más fácil cuando te concentrás en inhalar el aire que él exhala.
"También me dijo que está ciega" seguís "… y que... y que... Me dijo que ésta... esta mujer... mi mamá... Me dijo que ella dice que... que sus hijos la internaron ahí" lanzás otro sollozo, te estremecés en sus brazos, tu corazón pesado por la angustia late cada vez más fuerte, rebotando contra tus costillas.
Tenés tanto que decir.
Tenés tanto que explicar.
Tenés tantas dudas.
Tenés tantas preguntas que carecen de respuesta.
Tenés tanta ansiedad.
Tenés tanto miedo.
Y estás cansada.
Estás tan cansada.
Pero a esta madrugada lluviosa aún le quedan varias horas.
A lo que le seguirá a haber descubierto el paradero de tu madre le queda un largo tramo para ser recorrido, repleto de decisiones para tomar, caminos que elegir, obstáculos que pasar, mucho que afrontar.
Éste es el comienzo solamente.
"Tony, yo no... Ni Danny ni yo... Llevamos catorce años sin saber... Llevaba catorce años sin saber nada de ella" sollozás desesperada, casi tratando – ilógicamente, incoherentemente – de poner excusas en el medio para evitar reconocer otra vez que esta situación es real, que está sucediendo, que no es parte del guión de alguna película dramática, que es parte de las hojas donde se vuelva segundo a segundo tu historia.
"Lo sé, mi vida" él murmura dulcemente, presionando sus labios sobre tu sien hirviendo, estrechándote con fuerza, hablándote sin hablar, comunicando más con los latidos de su corazón que con esas cuatro palabras dichas en un idioma que muchos pueden entender, y por lo tanto no guarda el mismo significado profundo que aquél idioma propio de ustedes.
"Ella se... se fue cuando yo era una nena... Yo tenía diez años. Me dijo que iba a... a mejorarse... a rehabilitarse. Prometió volver pero... pero estaba mintiendo. Nunca volvió. Y desde ese día nunca... más supimos nada. Nada de nada" relatás entre hipidos y sollozos entrecortados el momento que marcó en tu existencia un antes y un después, el momento en el que pasaste a estar completamente huérfana, con tu abuela como único referente y refugio, el nido en el que tus padres deberían haberte cuidado y criado vacío, porque uno de ellos murió cuando eras una beba y el otro tomó la decisión de marcharse.
"Ya lo sé, amor" murmura él, acunándote en sus brazos.
"No sé cómo terminó en ese psiquiátrico y tampoco entiendo por qué piensa que fue así" tragás con dificultad "pero nosotros no la pusimos ahí, Tony"
"Ya lo sé, Michelle…"
"Tu mamá no está mintiendo" seguís haciendo un esfuerzo terrible por hablar, con el corazón estrujado de dolor en el pecho, tu cerebro adolorido latiendo ante la presión generada por tantos recuerdos y pensamientos mezclándose y asaltándote y atacándote desde todos ángulos, temblando incontrolablemente "Esa señora... Esa señora a la que ella llama Lilibeth... Es mi mamá"
Inhalás.
Exhalás.
El dolor es demasiado fuerte.
Tu garganta empieza a cerrarse otra vez.
Las lágrimas nublan tus ojos otra vez.
Esa mujer de la que te habló Ana Almeida es tu mamá.
Esa mujer internada en un instituto psiquiátrico, ciega, su cuerpo destrozado por el constante abuso de alcohol y drogas a lo largo de los años, es la misma persona de la cual tu padre se enamoró, la misma persona que te llevó en su vientre durante nueve meses, la misma persona de cuyas locuras fuiste testigo durante casi diez años, la misma persona que te abandonó cuando eras una criatura, la misma persona que te inspira sentimientos tan terriblemente encontrados que serías incapaz de separarlos, explicarlos, analizarlos, comprenderlos.
Lo sabés.
Estás segura.
No te quedan dudas respecto a eso.
Pero aquella certeza, entonces, la certeza de que 'Lilibeth' es en realidad Elizabeth Dessler, la certeza de que el destino entretejió una red de casualidades que llevaron a que te enteraras después de tanto tiempo dónde se encuentra y en qué estado (deplorable estado, agrega una voz punzante), es una certeza que abre delante de vos un abanico de otro tipo de dudas – todo tipo de dudas -, una plétora de posibilidades que te aterran.
Es una certeza que arrastra hasta la superficie sentimientos y emociones íntimos, reprimidos, escondidos, ignorados, subyugados, que llevabas enterrados bajo la piel; sentimientos y emociones que no creés estar lista para enfrentar, pero vas a tener que hacerlo de todos modos, porque el reloj de arena ha sido dado vuelta contra tu voluntad, y los granos están cayendo, y los segundos se te escapan, y si hay algo que no puede detenerse o frenarse es lo inevitable, lo que el destino decide, lo que Dios quiere sea escrito en los renglones de las páginas correspondientes a la historia de cada humano, y es obvio que al haber abierto este nuevo capítulo que se origina muchos otros atrás, Dios, el destino o quien sea que jala los hilos para mover a los humanos como si fueran marionetas, están dándote la indicación de que será imposible impedir que nuevos párrafos sigan agregándose.
Y vos necesitás recomponerte, juntar las fuerzas, prepararte para tomar el control de la pluma de alguna manera, incluso si en esta madrugada lluviosa, tiritando, con los nervios en el extremo de lo que pueden soportar, sollozando histéricamente, con toda la cara y los brazos rasguñados y sangre debajo de las uñas, aferrándote al amor de tu vida para poder respirar porque de otro modo la angustia te ahoga, pareciera que jamás serías capaz de recuperar control alguno.
"Tony, estoy segura de que es mi mamá" reprimís un sollozo, respirás hondo otra vez, exhalás "Le mostró la foto" murmurás, más para vos misma que para que él te escuché "Me habló de la foto"
Te habló de la foto.
La describió, incluso.
Habló de detalles demasiados específicos, detalles que solamente alguien que ha tenido contacto con tu madre podría saber, más allá de que algunos de ellos estaban retorcidos, cambiados, transformados, ajustados a la óptica de una mujer que sufre de diferentes trastornos psiquiátricos, bipolaridad y quién sabe cuántas otras cosas como consecuencia del desastre infligido en su psiquis por el alcohol y las drogas.
"¿Cuál foto?" la pregunta en forma de susurro se cae de sus labios, extrayéndote del mar de pensamientos en el que estás intentando nadar.
"Una foto mía... De mí y de mi papá" explicás "... Mi abuela la sacó cuando... cuando yo era una beba. Era su foto favorita de nosotros dos. Él me... Él me está sosteniendo en brazos, y yo estoy dormida, vestida con un enterito de tela rojo... Mi abuela la tenía enmarcada, sobre su mesita de noche... Mi mamá se la llevó... junto con todas las otras fotos... Junto con todos los otros recuerdos de mi papá. Tu mamá me... me describió esa foto. Por eso sé que esta mujer... Por eso sé que Lilibeth es mi mamá"
Su nombre completo es Elizabeth Christine Dessler.
Tu papá la llamaba Ellie cariñosamente.
Danny y vos la llamaban 'mamá'.
Cuando tu mamá estaba sobria y tomaba la medicación como correspondía y cuando correspondía, era buena y dulce, y te abrazaba, y te leía cuentos antes de que te fueras a dormir, y te daba besos en la cabeza, y te cantaba al oído. Pero esas ocasiones fueron las menos, y esos recuerdos son los más agridulces, mitad bendición, mitad tortura.
Llevás catorce años sin ver a tu mamá.
Catorce años extrañándola.
Catorce años necesitándola.
Catorce años debatiéndote en un sinfín de emociones.
Catorce años intentando perdonar y comprender.
Catorce largos años sin ella.
Y de repente reaparece así.
Y de repente vuelve a entrar en tu vida.
Y de repente todo esto resurge.
Y te enterás que está ciega, enferma, en un psiquiátrico, alucinando, y que la llaman Lilibeth.
"Yo no la puse en ese psiquiátrico..." murmurás, la voz de Ana Almeida sonando en tu cabeza, las palabras entremezcladas pero su significado claro: esa mujer afirma que se halla en un hospital porque sus hijos decidieron que allí estaría mejor y que era necesario para su salud tenerla constantemente vigilada y atendida por médicos y enfermeros.
Danny y vos no decidieron nada de eso.
Todo eso es mentira.
Danny y vos llevan catorce años sin verla.
Vos fuiste abandonada por tu mamá.
Vos no la internaste a ella en un hospital.
Ella se marchó de tu vida.
Ella fue la que actuó egoístamente.
Ella fue la que dejó detrás de sí todos esos diarios repletos de pedazos oscuros de su historia que vos leíste en un intento por entender y perdonar, esa historia que conocés de memoria y que durante todo este tiempo te ayudó a comprender a tu madre y lo que sucedía en su cabeza, en esa mente tan distinta a la de los demás, esa mente corrompida, rota, destrozada, habitada por fantasmas, torturada, enferma.
Los pensamientos y emociones se arremolinan dentro de vos.
Miles de recuerdos te atacan de repente.
Te sentís abrumada otra vez.
Te sentís aterrorizada otra vez.
El dolor es demasiado grande.
El peso sobre tus hombros te está hundiendo.
La angustia es insoportable.
En un acto reflejo te arañás la cara, tus uñas abriéndose paso sobre los tajos manchados con sangre ya seca, aquellos que te hiciste durante esas largas nueve horas vagando por la ciudad, yendo de un punto a otro, consumida por la locura.
Sentís la sangre fresca manchar tus dedos.
Escuchás su voz llamando tu nombre desesperadamente, rogándote que te detengas.
"Michelle..."
Sentís sus manos fuertes cerrándose alrededor de tus muñecas para impedir que sigas haciéndote daño.
El shock, el pánico, la angustia, los recuerdos, el miedo… Es demasiado para que un cuerpo lo aguante. Es demasiado para que un alma lo aguante. Es demasiado para que te mantengas cuerda, cuando la locura está latente dentro de vos, fluyendo en tu sangre, presente en tus genes.
Tu mamá tenía la costumbre de provocarse dolor físico para nublar al emocional, para descartarlo, para alejarlo, para reemplazarlo; era su mecanismo de defensa para no caer hundida en los pozos oscuros y fríos construidos en su mente, cavados en todas partes por sus múltiples enfermedades. Para ella cortarse, rasguñarse, darse la cabeza contra la pared, ahogarse en llanto, eran conductos hacia un alivio que no alcanzaba de ninguna otra forma, un alivio que sólo encontraba destruyéndose de a poco, pedacito a pedacito, gota a gota, segundo a segundo, día a día, en cuotas, en cámara lenta.
Quizá vos heredaste esa predisposición a hallar alivio emocional a través del sufrimiento físico.
Quizá vos heredaste esos rasgos de su tan amplia, compleja locura.
Quizá vos heredaste varios rasgos de su locura, rasgos que se van mostrando de tanto en tanto, que van asomando lentamente, que pueden salir en cualquier momento con ferocidad, que pueden devorarte a vos o a cualquier a tu alrededor cuando menos lo esperes, rasgos que sin que te percates te consuman hasta reducirte a nada.
Como le pasó a tu mamá.
La locura la redujo a nada.
Algunos dicen que la locura es hereditaria.
Sentir alivio infligiéndose dolor era – y probablemente siga siendo – algo muy característico de tu mamá.
Quizá lo heredaste.
Es probable que lo hayas heredado.
Es probable que esté en tus genes.
Por eso reaccionaste irracionalmente horas atrás cuando tu mundo se derrumbó y te quedaste parada en medio de las ruinas.
Por eso te lastimaste hasta hacerte sangrar, hasta que tus uñas quedaron manchadas, hasta que arañazos de todo tipo surcaban tu carita de muñeca de porcelana y la piel aterciopelada de tus brazos.
Encontraste una vía de escape a la situación hiriéndote físicamente.
Encontraste la manera de canalizar la desesperación que te ahogaba hiriéndose físicamente.
Tal vez así estés programada.
Tal vez así estés configurada.
A veces los humanos se parecen demasiado a las máquinas…
Aunque en realidad no son máquinas.
Porque Dios no es una máquina.
Entonces por ende ustedes, los humanos, tampoco lo son.
Pero es fácil pensar comparándolo todo con aquello que entendés y conocés en profundidad.
Es fácil creer que quizá así estás programada, que quizá así estás configurada.
No sería extraño.
Después de todo, así está programada, así está configurada tu mamá.
Siempre lo estuvo.
Loca.
Siempre se lastimó a sí misma.
Nunca conoció otra cosa.
Siempre se hizo daño a propósito.
Siempre estuvo al filo de la navaja.
Siempre convivió con fantasmas.
Quizá está en tus genes.
Quizá esa locura la heredaste.
Quizá fluye por tus venas.
Quizá se encuentra en microscópicas partículas en la sangre fresca que está manando de las heridas que estás provocándote en la cara y en los brazos mientras llorás desesperadamente, porque llegado un punto si no llorás explotás, llegado un punto llorando canalizás todo, llegado un punto si no llorás tu corazón va a volverse tan pesado en tu pecho que va a obstruir todas las vías respiratorias y vas a quedarte sin aire.
Tony intenta impedir que te lastimes.
Sabés que lo hace por tu bien.
Sabés que odia verte sufrir.
Sabés que sufre profundamente cuando vos sufrís.
Sabés que lo que está desgarrándote también está desgarrándolo a él.
Sabés que está desangrándose como vos, lentamente, penosamente.
Sabés que sólo quiere cuidarte.
Sabés que sólo quiere calmarte.
Sabés que sólo quiere hacerte bien.
Y hay una parte de vos que desea dejar de rasguñarse como si estuvieras tratando de arrancarte la piel, de quitar el alma de tu cuerpo, de quitarte el cuerpo, de liberarte de ese conjunto de huesos y órganos que forman al ser humano que sos, de desprenderte de lo que te convierte en una persona capaz de sentir un dolor tan agudo y tan agonizante como éste, como el dolor emocional con el que venís conviviendo desde que fuiste capaz de entender que tu padre había muerto, que tu madre era una alcohólica y drogadicta bipolar y depresiva, y que tu abuela hacía lo que podía para cuidar de vos.
Hay una parte de vos que desea dejarse caer en los brazos del hombre que te ama – el hombre al que amás – y permitir que te acune, permitir que te acurruque contra su pecho, permitir que los latidos de su corazón obren la canción de cuna perfecta repitiéndote lo mucho que te adora y cómo su mundo entero se reduce a tu existencia. Hay una parte de vos que desea detenerse antes de que sea demasiado tarde, antes de que la locura te trague entrega en su oscura boca de lobo.
Pero no podés detenerte.
La angustia, el miedo, la incertidumbre, la duda… Es todo tan insoportable que no podés aguantar un minuto más sintiendo aquello vibrando dentro tuyo, creciendo, reproduciéndose, ramificándose como un cáncer, invadiéndote, tomándote por completo. Necesitás sentir otra cosa, algo más, algo distinto, otra especie de dolor, algo que lo ponga a un lado, algo que le quite peso.
Por eso te rasguñás los brazos y la cara hasta sangrar.
Porque la locura, esa locura que probablemente heredaste de tu madre y que ha sido siempre parte de vos pero sale sólo de tanto en tanto a la superficie, la locura ya te ha convertido en su prisionera, y no hay modo alguno de que te escapes de entre sus garras que tan fuertemente agarrada te tienen.
Por eso escuchás desde muy lejos su voz llamándote, pidiéndote que te calmes.
Por eso tu cuerpo se entumece a su tacto, sus manos aferrándote, intentando evitar que sigas cavando profundo en tu propia piel, como si tuvieras la idea de que el veneno que te intoxica va a irse si te desangrás.
Y sin embargo, el amor es tan grande, tan puro, tan profundo, tan imposible de vencer, tan inmensurable, que puede abrirse paso entre una locura tan terrible y salir victorioso de todos modos.
Porque su voz llega a tu alma.
Su voz te remueve por dentro.
Su voz diluye la locura.
Su voz te devuelve la cordura.
Aunque cuesta que haga efecto – cuesta tanto que él se asusta -, su voz es la medicina perfecta, la cura exacta, y consigue que te detengas.
Su voz es lo que te salva.
Su voz llamando tu nombre, suplicando, pronunciando cada sílaba con una ternura que es prácticamente palpable, alejando los fantasmas, recordándote que en sus brazos siempre vas a tener refugio.
Caes entonces refugiada en sus brazos.
Llorás desconsoladamente.
En cada sollozo se te va un pedazo del alma.
En cada sollozo se te escapa un pedazo de todo lo que creías ser, o todo lo que siempre quisiste creer ser.
En cada sollozo resuena un fragmento de tu memoria, una imagen, una escena, una palabra, una voz, una mirada.
Enterrás la cara en las manos.
La sangre y las lágrimas se mezclan.
Tus palmas quedan empapadas.
Estás cansada.
Estás asustada.
Pero él está ahí con vos.
Y no va a permitir que la locura te consuma.
No va a permitir que te pierdas dentro de vos misma.
Su amor te va a curar.
Estás segura.
Pero esa certeza no evita que te ataquen los síntomas.
"Michelle, por favor, necesitás calmarte, mi vida..." susurra él en tu oído repetidas veces, acunándote como a una criatura, meciéndote de atrás hacia adelante levemente para tranquilizarte.
Querés hablar pero te cuesta.
Tragás con dificultad.
Inhalás.
Exhalás.
Es fácil respirar si te concentrás en su respiración.
"Tengo tanto... Tanto dolor dentro de mí... Es insoportable, Tony..." buscás excusarte, justificarte.
A tu mamá también siempre buscaste excusarla, justificarla.
Para los actos de tu mamá siempre buscaste excusas y justificaciones.
Te volviste una experta en excusarla y justificarla.
Te volviste una experta en encontrarle a todo lo que hizo o dejó de hacer un motivo más o menos entendible.
Te volviste una experta en leer entre líneas, agregando palabras donde faltaban, inventando renglones enteros en tu cabeza para explicar lo inexplicable.
No querías odiar a tu mamá.
No querías despreciarla.
Querías entenderla.
Querías tenerle compasión.
Querías perdonarla.
Querías concederle el beneficio de la duda, creer que hizo cuanto pudo y hasta donde pudo, y que cuando ya se le agotaron las fuerzas y se quedó vacía decidió alejarse para no destruirte, para hacerte un bien, para darte una oportunidad, una vida distinta a la que habías tenido a este ese entonces, con una madre alcohólica y depresiva que algunos días te abrazaba y se sentaba a tu lado mientras dibujabas mariposas, y otros te golpeaba sin motivo alguno, te gritaba, te despreciaba o se preguntaba en voz alta por qué la muerte le había quitado a su esposo cuando podría haberse llevado a su hija.
"Ya lo sé, amor, sé que duele" los susurros dulces de Tony en tu oído te distraen de tus atormentados, enredados pensamientos.
"No sé cómo" sollozás de repente, te convulsionás, temblás, inhalás, exhalás, volvés a hablar otra vez, todo en un segundo, sin control alguno de tu cuerpo, sin control alguno de tus nervios "... Cómo explicarlo... No sé..."
"No hace falta que me expliques nada, Michelle" él te consuela, secando la sangre y las lágrimas de tu rostro con sus propios dedos, transmitiéndote un poco de alivio con sus caricias, recordándote que a la angustia puede ganarle el contacto físico y espiritual con la persona que por uno sería capaz de sacrificarlo todo y entregar la vida, la persona que sin dudarlo dos veces dejaría absolutamente todo lo que posee e incluso hasta lo que no posee con tal de ahorrar una onza de sufrimiento a aquél ser que da sentido a su mundo "Michelle, tranquila… Respirá" repite, meciéndote como a una criatura pequeña e indefensa "Muy bien, respirá…" te anima, besando tus sienes hirviendo, secando las lágrimas que continúan fluyendo de tus ojos, porque algo dentro de vos se ha roto, y las emociones no dejan de manar por esa rajadura en forma de un llanto que pareciera jamás cesará.
"Mi mamá está ciega, internada en un hospital en Chicago…, después de haber pasado años abusando de las drogas y del alcohol… probablemente dejando que abusaran de ella para conseguirlos" murmurás con amargura, masticando las palabras en la boca como si fueran veneno en estado sólido, sintiendo un sabor metálico parecido al de la sangre mojando tu lengua.
"Michelle, no hay forma de saber cómo fue que tu mamá acabó internada en ese hospicio…"
Sus intenciones son buenas, por supuesto; él simplemente quiere calmarte, quiere ayudarte a que veas las cosas desde otra perspectiva, detrás de otro cristal. Y lo apreciás, apreciás que esté tratando de tranquilizarte, pero las cosas son como son, y en este momento no hay forma alguna de que te convenzan de lo contrario.
Necesitás expulsar todo el veneno.
Quitártelo.
Escupirlo.
Entonces lo masticás con las palabras que estás a punto de decir, y en forma de frases lo quitás de tu ya destrozado organismo.
"Tony, no trates de edulcorar esto: no hay que ser realmente un genio para deducir cómo fue que mi mamá terminó donde terminó" contestás, chasqueando la lengua casi violentamente para dar énfasis a lo que acabás de soltar.
"Michelle…"
Su voz está cargada de preocupación y ternura y ese amor que te derrite y que puede curarte y que puede salvarte y que tiene la fórmula secreta para quitarte hasta el dolor más tremendo si le das tiempo y dejás que actúe.
Pero vos no necesitás que te hablen.
No necesitás escuchar.
Necesitás que te escuchen.
Necesitás hablar.
"¿Por qué eligió una vida así, Tony?"
Pregunta retórica, por supuesto.
Dudás exista una respuesta, realmente.
Vos por lo menos no la tenés.
Estás segura de que él tampoco la tiene.
Ni siquiera tu mamá debe ser dueña de esa respuesta.
Es una de esas preguntas que se formulan aun sabiendo que jamás serán contestadas.
Pero necesitás formularla.
Necesitás expresarlo en voz alta.
Necesitás que alguien más te escuche.
Necesitás descargarte.
Después de catorce largos años, de verdad necesitás descargarte.
Porque el veneno está matándote.
Porque el dolor es demasiado intenso.
Porque aun retóricas, esas preguntas nunca las hiciste, y precisás lanzarlas al Universo de alguna forma, que caigan en los oídos de alguien, que tomen el cuerpo de tu voz.
"¿Por qué volvió a elegir el infierno del que mi papá la había sacado?"
Reprimís un sollozo.
Queda atravesado en la mitad de tu garganta.
Te lo tragás, no te queda otra opción.
Algo tiembla en tu pecho; probablemente es ese sollozo reprimido yendo directo a tu corazón, estrellándose contra él, impactando, sacudiéndolo, resquebrajándolo un poquito más.
Otro sollozo ahogado, uno de muchos.
¿Qué le hace un rasguño más a tu mal?
Él respira rítmicamente para que vos lo sigas, para que lo imites.
Te concentrás en el sonido de su respiración.
Afuera la tormenta sigue, y en tu cabeza también diluvia, pero vos te concentrás en su respiración.
Es eso lo que te da las fuerzas para respirar.
Inhalás.
Exhalás.
Hablás.
"Mi papá los rescató a ella y a mi hermano cuando estaban en su peor momento, viviendo en las calles y dependiendo de la caridad de los demás, sin un pedazo de pan para comer, durmiendo en refugios o en los pórticos de los edificios, sin nadie que se preocupara realmente por ellos…"
Es el relato extraído de las páginas de los diarios que tu madre dejó tras ella, apilados desprolijamente en cajas, juntando polvo.
Es el relato – desordenado, confuso, complejo, extraño – a través del cual pudiste conocerla, comprenderla, entenderla, ver las cosas con sus ojos, ver las cosas desde la perspectiva de una mujer que sufrió demasiado, que tuvo que pasar por demasiado, que estuvo muy cerca de la muerte muchas veces, que convivió con fantasmas desde el comienzo de su vida, que permaneció al filo de la navaja durante mucho tiempo.
Es el relato tal cual ella lo narró en esos renglones.
Es el relato tal cual ella lo volcó de su puño y letra.
Es el relato a partir del cual construiste la imagen de tu mamá que te acompañó luego de que te abandonara.
Es el relato a partir del cual creaste la imagen de la mujer que te trajo a este mundo para luego abandonarte a tu suerte en él.
No estás haciendo más que repetir ese relato que conocés de memoria, ese relato que tantas veces te hizo llorar, ese relato que te marcó profundamente, ese relato que es fiel testimonio de un infierno que no podrías imaginarte aunque trataras, ese relato que es la prueba de la existencia tortuosa de un alma manchada.
Sin un detalle de más.
Sin un detalle de menos.
Mi papá le dio a mi mamá la oportunidad de tener una vida decente… Mi papá se casó con ella, adoptó a Danny, le dio un apellido, un padre, les dio un hogar a los dos, le dio a ella un motivo para querer recuperarse y todos los medios necesarios para que pudiera rehabilitarse"
Tu papá la salvó.
Tu papá fue un ángel puesto en su camino.
Tu papá quitó del destino de tu mamá una muerte prematura segura.
Tu papá impidió que la Parca cortara el hilo antes de tiempo.
Tu papá cambió el rumbo, el curso de las cosas, con su amor profundo y desinteresado, con sus esperanzas, con sus sueños, con sus ideales, con sus actos, granito de arena a granito de arena, día a día, palabra a palabra, gesto a gesto.
"Mi papá hizo todo, todo por ella, la amaba con locura y probablemente más que a su propia vida, más allá de todo límite…"
Tu papá hubiera elegido mil veces a tu mamá antes que a su propia vida.
Tu papá habría muerto feliz salvándola.
Tu papá habría sacrificado todo por ella.
Tu papá habría derramado voluntariamente hasta la última gota de sangre en sus venas por ella.
Tu papá la amaba a ella como Tony te ama a vos.
La misma profundidad.
La misma intensidad.
La misma adoración.
La misma devoción.
La misma locura inexplicable.
"… Como nos amamos nosotros" susurrás, pasándote una mano por el rostro, sintiendo en tu palma los tajos provocados por tus propias uñas, sabiendo muy bien que te habrías causado un daño aun mayor si Tony no te hubiera detenido, si su voz no te hubiera arrancado de la oscuridad, si su voz no te hubiera devuelto la cordura "La amaba como nos amamos nosotros dos"
"Lo sé, Michelle" él murmura en tu oído, abrazándote con fuerza, anidándote contra su pecho "Sé que se amaban como nos amamos nosotros dos"
"Yo nací de ese amor" seguís, volcando de repente todo lo que llevas años acumulando dentro de vos y cargando sobre tus hombros "Yo nací de ese amor que se suponía tendría que haber sido más fuerte que la muerte"
Tu amor por Tony es más fuerte que la muerte.
El amor que Tony siente por vos es más fuerte que la muerte.
Nadie puede negar eso.
Nadie puede contradecirte.
Lo es.
Lo sabés.
Nunca lo dudarías.
Ni la muerte podría separarlos a ustedes dos.
Pero el amor de tus padres, aunque se suponía tendría que haberlo sido, no lo fue.
"Pero no lo fue" decís en voz alta, quizá más para vos misma que para él "porque en cuanto mi papá estuvo enterrado dos metros bajo tierra ella tiró todos sus esfuerzos como si jamás hubieran importado, como si jamás hubieran significado nada, y se fue directo a buscar consuelo en el fondo de una botella, en lugar de cuidar de mí, en lugar de ocuparse de lo que quedaba del amor que mi papá le tenía"
Tu mamá no honró la memoria de tu papá.
Es hora de que lo aceptes, es hora de que lo reconozcas, es hora de que lo digas en voz alta, por mucho que duela, por mucho que hayas pasado tantos años queriendo entenderla y pretendiendo hacerlo.
Hay cosas que no se explican.
Hay cosas que no se justifican.
Tu mamá no honró la memoria de tu papá.
Tu mamá permitió que ese amor tan profundo, tan inmenso, tan único, tan increíble, fuera vencido por la muerte.
Tu mamá enterró ese amor el día que tu papá fue llevado a descansar en su morada final, con el césped creciendo sobre él, de cara a un cielo que sus ojos jamás volverían a ver porque la luz se había extinguido para irse a otro sitio, porque las cuencas estaban vacías.
Tu mamá enterró ese amor, se lo entregó a la muerte, y se quedó con las cenizas, con los restos, con los recuerdos manchados de gris, con la depresión, con la ansiedad, con la nostalgia, con la melancolía, con el dolor, con el duelo.
Se quedó con todas las emociones que nacen luego de que alguien se pierde, con todas menos con el amor en estado puro.
Se quedó con los fantasmas.
Se quedó con la obsesión.
Pero a ese amor increíble, ese amor mágico, ese amor que la había salvado, ese amor que marcó un antes y un después en su camino… A ese amor lo entregó a la muerte.
"Le faltaba él para ser feliz, le faltaba la razón por la cual ella había cambiado, pero podría haberse aferrado a mí, podría haberme usado de ancla a mí, a su hija, a la hija del hombre al que amaba, la hija del hombre que la salvó del destino que de todos modos terminó tocándole enfrentar porque después de haberme hecho sufrir durante casi diez años se fue, me abandonó, y acabó de vuelta en las calles, con las drogas y el alcohol y su enfermedad a cuestas, arrastrándola hasta donde está ahora, ciega y loca en un psiquiátrico, alucinando que sus hijos van a visitarla, los hijos a los que egoístamente les dio la espalda"
Soltás las palabras de golpe.
Dejás que surjan.
Dejás que fluyan.
Tenés que sacarte todo ese veneno.
Tenés que descargarte.
Ya no aguantás más.
Es un reclamo lo que estás haciendo.
Es el reclamo que te gustaría hacerle a ella.
Es el reclamo que siempre tuviste atravesado en mitad del alma.
Es el reclamo que jamás te animaste a hacer.
Es el reclamo que jamás verbalizaste por miedo a ser injusta, por miedo a no entender, porque querías comprenderla, porque querías ser compasiva, porque querías justificarla.
Es el reclamo de una criatura indefensa que fue abandonada.
Es el reclamo de una criatura indefensa que fue engañada con promesas que jamás fueron hechas con intención alguna de que se cumplieran.
Es el reclamo que no sabés si te animarías a hacerle a ella, cara a cara, frente a frente, a escasos centímetros la una de la otra, un corazón latiendo cerca del otro, porque no estás segura tampoco de si te animarías a enfrentarte a ella, a verla otra vez, a tener a aquél fantasma que lleva años acompañándote físicamente, allí, vivo, respirando, roto y destrozado, sí, en pedazos tal vez, pero allí, compartiendo tu mismo espacio, respirando tu mismo aire.
"Ella no supo cómo vivir sin mi papá, pero debería haberse esforzado y aprender a vivir con el legado que él dejó en lugar de simplemente entregarse a sus adicciones"
Es el reclamo que pesa en tu corazón desde hace años.
Es el reclamo que pesa en tu corazón desde que tenés memoria.
Es el reclamo que se vuelve más y más pesado con cada día que pasa, te des cuenta o no, decidas ignorarlo o no, quieras ignorarlo o no.
Tu mamá se entregó a la muerte cuando tu papá falleció.
Era una muerte más ella.
Una muerta en vida.
Un peligro para los demás.
Un peligro para sí misma.
Consumida por el dolor.
Consumida por la locura.
Presa de sus fantasmas.
Todo aquello de lo que tu papá la rescató en el peor momento, cuando estaba al borde del abismo, cuando caminaba por la cornisa sabiendo que existía el riesgo de caer en todo instante y en cualquier instante, cuando la luz parecía haberse extinguido por completo y la oscuridad la envolvía hasta asfixiarla, todo aquello que estaba contaminándola, destruyéndola, fue a lo que tu mamá se entregó cuando la muerte se llevó a tu padre bajo sus alas.
Buscó consuelo en los mismos demonios de los que él la había alejado.
Buscó consuelo en los mismos vicios que él le había quitado.
Buscó consuelo en cosas que le hicieron mal.
Quizá inconscientemente (o tal vez no tan inconscientemente) buscaba eliminarse, consumirse, desaparecer, morir.
En realidad, si uno lo piensa, ella ya estaba muerta.
Había decidido morir en vida en el preciso segundo en el que se enteró que su gran amor había partido.
Se había entregado en bandeja de plata a sus peores enemigos, tentándolos para que la destrozaran, sin pelear contra ninguno de ellos, dispuesta a dejar que hicieran con sus restos lo que les viniera en gana.
Aquél había sido un acto terriblemente egoísta.
Tu papá estaba muerto, sí.
El dolor era terrible, sí.
La angustia era insoportable, sí.
El duelo llevaría trabajo, mucho trabajo, es cierto.
Pero fue injusto y egoísta que ella no hiciera el esfuerzo.
Fue injusto y egoísta que ella optara por dejar de intentar, que optara por abandonar todo, por abandonarse a sí misma, por buscar refugio en lo nocivo, por permitir que los demonios y la locura regresaran para separarla de una realidad que lastimaba con cada segundo que se llevaba el reloj.
Fue injusto y egoísta que sólo le importara su dolor, su angustia y su duelo, y que no se detuviera un segundo a pensar en la criatura pequeña e indefensa que había quedado a su cargo, la criatura nacida del amor entre ella y el hombre al que extrañaría y necesitaría cada día de su vida irremediable y desgarradoramente, la criatura que él había amado porque era sangre de su sangre y carne de su sangre, la criatura que había dejado como su legado: su hija, la hija de los dos, esa beba que precisaría todo el amor y la compresión de su madre, esa beba que jamás recordaría a su papá y tendría que conocerlo a través de fotografías, anécdotas y relatos, esa beba a la que ella debería haberse aferrado para seguir adelante, esa beba por la que debería haber seguido tomando su medicación, esa beba por la que debería haber hecho todo lo posible para mantenerse sobria.
Fue injusto y egoísta, y llevás años tratando de justificarlo, llevás años tratando de excusarlo, llevás años tratando de entenderlo, llevás años tratando de buscarle explicaciones lógicas que la exoneren, pero ya no podés más, ya no aguantás más, y los reclamos que desde muy pequeña tenés atravesados en la garganta de repente quieren salir todos juntos, de repente quieren ser expresados, de repente querés desintoxicarte de ellos.
"Mi papá no hubiera querido esto" seguís, sollozando "; no hubiera querido que ella me descuidara y torturara durante casi diez años para después abandonarme dándome mentiras como consuelo, prometiéndome cosas que obviamente nunca tuvo intención de cumplir. Mi papá le enseñó que había otras maneras de vivir, que no estaba condenada ni a las drogas ni al alcoholismo ni a la prostitución, que podía cambiar, que para su enfermedad había tratamiento, medicamentos… Mi papá le dio todo eso, le dio todo eso y ella salió del agujero negro en el que estuvo hundida durante tanto tiempo, pero en cuanto se nubló el cielo volvió a meterse porque no supo cómo enfrentar la tormenta"
Para tu madre fue más fácil regresar a un mal conocido que enfrentarse a un mal por conocer.
Fue más fácil elegir el sufrimiento, por supuesto, pero en su actitud egoísta poco le importó a lo que estaba condenándote a vos al tomar ese camino.
Pensó solamente en su dolor.
Pensó solamente en su angustia.
Pensó solamente en su desgarro emocional.
Pensó que al haber perdido su compás, su norte, su estabilidad, su soporte, su apoyo, tenía derecho a regresar al agujero negro del que Kyo la había rescatado cuando ya no quedaban esperanzas; pensó que tenía derecho a ignorar todo lo demás y buscar, a su manera, el consuelo que necesitaba, llenando el vacío con alucinaciones, fantasmas, locura, alcohol y el filo de una navaja sobre su piel.
No se detuvo a pensar en el esfuerzo que tu padre había hecho para darle una vida mejor.
No se detuvo a pensar en que él habría deseado que ella siguiera adelante, que mantuviera la cabeza en alto, que no volviera a hundirse, que hiciera algo bueno gracias a la oportunidad que él le había dado de conocer una vida diferente.
No se detuvo a pensar en que él hubiera preferido que ella honrara su memoria construyendo un futuro similar al que ellos habían planeado, en lugar de aferrarse a los recuerdos de forma enfermiza y compulsiva, naufragando en un mar de lágrimas y sangre, hundiéndose hasta tocar fondo, incapaz de levantarse, incapaz de construir nada, tapada por las ruinas, enterrada en los escombros, tan enterrada entre ellos como él lo estaba dos metros bajo tierra.
Simplemente eligió lo que a ella en ese momento le resultó el camino más fácil.
Simplemente eligió volver a lo único que había conocido antes de conocerlo a él: el alcoholismo, la depresión, el trastorno bipolar, el alcohol, las drogas, el sufrimiento, los demonios, los fantasmas, las cadenas que la ataban a un pasado siniestro.
Simplemente eligió dejar de tratar.
Nunca se le ocurrió que el hombre por el que lloraba habría deseado que ella siguiera intentando, como él le había enseñado, que hiciera honor a su memoria tratando de continuar, manteniendo la promesa de no volver a probar una gota de alcohol, de no volver a cortarse para reemplazar el dolor emocional con dolor físico, de no volver a dejar de tomar la medicación, de no renunciar a la terapia.
Ella simplemente actuó con egoísmo.
Y no le importó nada.
No le importaron sus hijos.
No le importó su suegra.
No le importó el marido al que había tenido que llevar prematuramente a la sepultura.
No le importó las marcas, las heridas profundas que dejaría en vos.
No le importó defraudarlo a él, o defraudarte a vos.
Nada la importó, nada que no fuera su propia angustia, comiéndola desde adentro, aniquilándola, consumiéndola, reduciéndola a lo que es hoy: una mujer enferma, que vive de alucinaciones, ciega, con los órganos probablemente destrozados, sus trastornos mentales potenciados porque no siguió recibiendo ayuda a través de los tratamientos correspondientes, las ruinas debajo de las cuales quedó enterrada cuando su marido murió aun cubriéndola, impidiendo que respire, impidiendo que llegue la luz del sol, con una hija a la que dejó de ver catorce años atrás luego de otros diez complicados y más agrios que dulces, una hija llena de planteos y preguntas y dudas y reclamos, una hija que pasó demasiado tiempo ignorando las espinas clavadas en su alma para justificarla, excusarla, entenderla, comprenderla, perdonarla, aceptarla, y seguir amándola a pesar del resentimiento, la bronca, el dolor, la ira, la necesidad de una madre que le abrace y ayude y escuche, y todas las emociones que el abandono despierta en una criatura, esa criatura a la que ella egoístamente dejó, mucho antes de partir, en realidad, porque el abandonó comenzó el día en que tu padre falleció y ella fue directo al alcohol para buscar consuelo y dejó de tomar las pastillas para permitirse el escape a un mundo creado de fantasías en el cual su esposo seguía a su lado.
"¿Y sabés qué pienso?" estás siendo retórica, por supuesto, y las palabras vienen acompañadas del llanto acumulado que tratás de contener, el llanto que pesa en tu pecho, el llanto que inunda tus ojos y quema tu garganta ": pienso que debería haber tratado. Pienso que si hubiera puesto las mismas ganas que ponía para emborracharse en mejorar por mi hermano y por mí, eventualmente habría salido de la depresión y habría podido seguir con su vida a pesar de haber quedado viuda. Pero no lo hizo. No lo hizo porque es profundamente egoísta, es la persona más egoísta que conozco"
Empezás a temblar, casi violentamente.
Temblás y sollozás.
Temblás y sollozás violentamente.
Las lágrimas nublan tu visión otra vez.
El mareo te abruma otra vez.
Las ganas de arrancarte la piel a tiras para escapar esta angustia te llenan otra vez.
Pero él impide que sigas haciéndote daño.
Él impide que sigas haciéndote más daño del que ya te hiciste, más daño del que ya te hicieron.
Te abraza con una fuerza que solamente puede salir de un amor inmensamente profundo.
Te abraza contra su cuerpo y te da abrigo para que dejes de tiritar.
Es como si su alma estuviera abrazando tu alma.
Es como si sus manos estuvieran acariciando no sólo tu piel, sino también tu corazón herido.
Susurra en tus oídos palabras que no entendés, porque ningún idioma de los conocidos tiene realmente sentido en este momento, pero su voz, ese sonido que reconocerías en cualquier parte, te reconforta y te tranquiliza, porque es su corazón hablándole a tu corazón, en ese lenguaje que nadie más entiende, ese lenguaje que es único y propio y diferente a cualquier otro.
Podés resquebrajarte si estás con él.
Podés desmoronarte.
Podés caer hecha pedazos.
Podés quedar hecha añicos en el suelo, rota como una muñeca de porcelana.
Podés permitirte sucumbir a las ganas de llorar hasta desgarrarte la garganta.
Él está ahí para cuidarte.
Él está ahí para protegerte.
Él está ahí para secar tus lágrimas con las yemas de sus dedos.
Él está ahí para acunarte contra su pecho.
"Le importó más su propia angustia que sus hijos, y tampoco le importó mucho que su marido hubiera dedicado los últimos años de su vida a cuidarla y a rescatarla de ese túnel oscuro y sin fin en el que llevaba más de la mitad de su existencia vagando, dando tumbos…"
Seguís hablando a pesar del nudo en tu garganta.
Seguís hablando a pesar del llanto.
Seguís hablando a pesar del dolor emocional.
Seguís hablando a pesar del dolor físico.
Seguís hablando a pesar del desgarro en tu alma.
"Michelle" otra vez él susurra tu nombre como una plegaria "… Michelle, tranquila… Por favor, tenés que calmarme"
Pero vos no podés calmarte.
Es muy tarde para calmarte.
No hay vuelta atrás.
Algo ha sido roto dentro de vos.
Y por esas ranuras están saliendo emociones que durante mucho tiempo mantuviste ocultas, debajo de la piel, escondidas en un cajón que jamás visitabas, en una esquina oscura y abandonada, evitando pensar en ellas, evitando analizarlas.
No podés detenerlas.
No podés parar.
No podés frenar el llanto que no deja de fluir.
No podés luchar contra el instinto de supervivencia que te pide a gritos quites el veneno corriendo por tus venas, infectando tus heridas.
No podés luchar contra la necesidad de hablar finalmente, de expresar en voz alta lo que estuviste tragándote, de quitarte la daga de la espalda, de expulsar lo que tenés atragantando en el medio del cuello y no te deja respirar.
"¡No me pidas que me calme!"
El estallido te estremece.
Y también lo estremece a él.
Pero su reacción no es la de apartarse de vos.
Simplemente te abraza más fuerte.
Simplemente posa sus labios otra vez sobre tus sienes hirviendo.
Simplemente te dice sin usar vocablo conocido alguno que no va a dejarte, que sigue ahí con vos, que entiende que necesites descargarte, que entiende que necesites desquitarte, y que está dispuesto a recibir todos los golpes que hagan falta.
"¡No me pidas que me calme!"
Esta vez suena como un ruego, un ruego nacido desde lo más profundo de tu ser, un ruego entrecortado por el llanto que no afloja.
"¡No puedo calmarme! ¿Vos podrías?" no esperás que te responda, por supuesto; es otra pregunta retórica "De estar en mi lugar, ¿vos podrías calmarte? No, no podrías" sentenciás "así que por favor no pidas de mí algo que si estuvieran revertidos los roles vos no podrías hacer. No puedo calmarme. No puedo calmarme cuando tengo esta angustia adentro carcomiéndome. No puedo calmarme cuando siento que el mundo entero se está desmoronando a mí alrededor. Tenés que entenderme, Tony" suplicás "… por favor, tenés que entenderme: tengo el corazón revuelto y una mezcla de emociones que me están matando. No pasa un segundo sin que no me plantee si odio a mi mamá, si la amo, si la extraño, si la necesito, si quiero volver a verla, si desearía no cruzármela jamás, si estoy aliviada, si estoy enfurecida, si quiero ayudarla o pienso que no se lo merece, si la detesto por haber manchado la memoria de mi papá al regresar al agujero del que él la sacó con tanto esfuerzo, si la compadezco, si en el fondo la comprendo, si saber dónde está cierra un capítulo horrible o si está abriendo otro que podría ser mucho peor que todos los anteriores. ¿Y sabés qué es lo peor?, ¿sabés qué es lo que me hace tanto mal?: todas esas cosas, las estoy sintiendo todas juntas"
Una pequeña pausa.
Un segundo durante el cual sólo la lluvia se escucha caer.
Un segundo de presunta calma antes de que la tormenta ocurriendo dentro de esa habitación se intensificara.
Un segundo, una pausa, y luego la confesión que durante mucho tiempo temiste hacer, la confesión que podrías hacerle a él y sólo a él, una confesión que te aterra hasta lo inexplicable e incomprensible, una confesión que se siente como cuchilladas limpias con cada sílaba que se cuela por entre tus labios resecos e irritados:
"Siento que soy una mala persona, Tony"
"Michelle" suspira él "... Michelle, ¿por qué habrías de decir eso, mi vida?" pregunta con ternura, acariciando tu cabeza y abrazándote con más fuerza.
"Porque es lo que siento" murmurás, cerrando los ojos y permitiendo a una tanda de lágrimas frescas rodar por tus mejillas "Porque es la verdad" admitís con amargura.
"Michelle, no sos una mala persona" susurra en tu oído "¿Por qué pensás eso, angelito?"
Tratás de armar las frases, pero al principio te cuesta.
Te trabás.
Tropezás con tu propia lengua.
"Porque siento... Pienso que... Pienso en lo diferente que habría sido todo..."
Inhalás.
Exhalás.
Es fácil respirar si te concentrás en el sonido de su respiración.
Es fácil inhalar cuando sabés que es el aire que él exhala.
Y luego te largás a hablar.
Porque a él podés contarle cualquier cosa.
Con él podés hablar de cualquier cosa.
Podés hablarle sin miedo.
Podés hablarle sin vergüenza.
Podés hablarle sin temer lo que vaya a pensar.
Podés hablarle sin temer a que te juzgue.
Podés desnudar tu alma delante de él, podés mostrarle tu corazón herido, podés demostrarle todas tus marcas, confiando en que de alguna manera va a tratar de curarlas.
Podés hablar con él como jamás has podido hablar con cualquier otra persona.
Porque él te entiende.
Él es tu alma gemela.
Con él estás íntimamente conectada.
Él es tu otra mitad.
"A veces pienso en lo diferente que habría sido todo si ese día hubiera fallecido mi mamá en lugar de mi papá, si hubiera sido ella la víctima del paro cardíaco. A veces... a veces hasta siento que... que hubiera preferido que muriera ella..., porque mi papá habría cuidado de mi, él me quería... Él no me habría abandonado, él no me habría hecho sufrir tanto. Y pienso que... pienso que podríamos haber sido tan felices..., él, mi abuela y yo..."
Volvés a quebrarte.
Empezás a sollozar otra vez.
Inhalás.
Exhalás.
Inhalás.
Exhalás.
Pero duele.
Duele muchísimo.
"Eso me hace una muy mala persona, Tony. Desear que mi mamá hubiera muerto en lugar de mi papá porque pienso que con él hubiera tenido una mejor vida... me convierte en una muy mala persona"
"Princesa, no digas eso..."
Él trata de consolarte.
Pero vos no se lo permitís.
"Es la verdad" mascullás amargamente.
"No sos una mala persona, angelito" él te asegura "No sos una mala persona..." repite en tu oído una y otra vez.
"Pero me siento así. Y es horrible" admitís "Sumado a toda esta angustia, sentir esta culpa es horrible... Porque es mi mamá, y se supone que tengo que amarla, y lo hago, te juro que a pesar de todo lo amo... Y la necesito, Tony. No te das una idea de cómo la necesito, de cuánta falta me hizo y cuánta falta me sigue haciendo... La amo y la necesito, pero al mismo tiempo la odio, y al mismo tiempo quisiera entenderla, y por momentos te juro que siento que lo hago, por momentos te juro que me compadezco de ella y la comprendo, pero después me invade ese veneno que corre por todas partes y que me hace pensar en cuán diferente habría sido mi vida si mi papá hubiera seguido en ella, si mi mamá fuera la persona enterrada dos metros bajo tierra... Mi papá me hubiera cuidado, se hubiera ocupado de mí, me hubiera querido, me hubiera educado... Mi infancia habría sido distinta en tantas cosas... Tal vez hubiera sido más normal, más feliz... Tony, todo lo que yo quería cuando era chica era ser feliz... Tal vez eso hubiera sido posible si mi mamá hubiera muerto en lugar de mi papá, y eso es algo que no puedo dejar de plantearme, algo que no puedo dejar de pensar..."
"No seríamos humanos si no tuviéramos la costumbre de analizarlo todo y preguntarnos qué resultados habríamos obtenido de haber cambiado una o alguna de las variables" murmura, en un intento de cambiar tu punto de vista sobre tus sentimientos y emociones.
"Pero… lastima" te quejás, sollozando "… Lastima mucho…"
"Ya lo sé, Michelle. Te juro que lo sé. Pero no debés pensar que sos una mala persona, mi amor, porque no es así. Sos una de las personas más dulces y honestas que conozco; tenés un corazón gigante y una predisposición a ayudar a todo aquél que lo necesita que son admirables. Sos tan hermosa por dentro como lo sos por fuera, Michelle, o incluso tal vez más, porque las cosas más lindas están siempre dentro, aunque el corazón esté lastimado y duela"
Él te lo dice y le creés.
No hay nada que él pueda decir que vos no creas inmediatamente, automáticamente.
Él siente en su corazón todo lo que está susurrando en tu oído mientras te acuna en sus brazos.
No está mintiéndote.
No está tratando de conformarte.
No está tratando de reconfortarte con frases vacías.
No.
Él cree que sos hermosa por dentro y por fuera.
El cree que sos una de las personas más dulces y honestas.
Él cree que sos un ángel.
Él cree que aunque tu corazón esté lastimado y duela, sigue siendo una joya preciosa, única, inigualable, incomparable, una joya que él debe cuidar y proteger.
Pero hay una parte de tu ser que no está segura de merecer que un hombre como él te digas esas cosas.
¿Sos realmente una buena persona?
Con tu trabajo, tu dedicación, tu inteligencia y tu esfuerzo ayudás a salvar vidas, prevenir catástrofes, resguardás a ciudadanos inocentes, es verdad. Lo hacés porque es tu vocación, lo hacés porque te llena, lo hacés porque sos patriota, lo hacés porque amás a tu país, lo hacés porque no podrías imaginarte haciendo ninguna otra cosa. Y es algo remarcable, es cierto, pero… ¿te convierte eso en una buena persona? ¿Te convierte eso en una buena persona si por momentos te asalta la idea de que todo habría sido diferente si hubieras sido criada por tu padre y hubieras llevado el título de 'huérfana de madre'?
No tenés malos sentimientos. No sos envidiosa. No sos resentida. No sos mentirosa. No sos hipócrita. No le deseás el mal a nadie. No sos injusta. ¿Pero esas cualidades son suficientes para calificar como buena persona si a veces te encontrás imaginando qué y cómo habría cambiado de haber el destino predispuesto las cosas de manera distinta, de haber esa lápida llevado el nombre de Elizabeth en lugar del nombre de Kyo?
No sos una mala persona, pero tampoco estás segura de ser una buena. Tampoco estás segura de ser merecedora de mucho de lo que tenés. Tampoco estás segura de ser ejemplo de nada.
Sos una persona confundida.
Sos una persona entre conflictos.
Sos una persona herida.
Sos una persona que carga un gran peso sobre sus hombros.
Sos una persona que ha sufrido demasiado.
Sos una persona que ha llorado demasiado.
Sos una persona que ha tenido que pasar por mucho.
Sos una persona que ahora se encuentra delante de un sendero que se bifurca.
Sos una persona cuyo mundo de repente ha sido dado vuelta, sin previo aviso, violentamente.
"No sé qué hacer, Tony" confésas "… Estoy… Estoy tan confundida… Siento tantas cosas, y no sé por dónde empezar a analizarlas… No sé qué debería sentir y qué no, no sé qué es correcto sentir y qué no lo es… No sé… No sé, Tony…"
Hay tanto que no sabés.
Tenés tantas dudas.
Tenés tantas preguntas que carecen de respuesta.
Tenés tanto dolor.
Tenés tantos miedos.
Tenés el físico exhausto.
"Estoy tan cansada, y tan asustada…" sollozás.
Y otra vez empezás a rasguñarte.
Porque la angustia es demasiado grande y no la soportás.
Porque las dudas son demasiadas y están acribillándote.
Porque tu corazón late tan fuerte que temés se salga de tu pecho.
Porque necesitás algo que te distraiga de las emociones enredadas que viven dentro tuyo.
Empezás a rasguñarte porque, en el fondo, sos como tu mamá.
Sos muy parecida a tu mamá.
En muchas cosas.
En muchos sentidos.
En muchos aspectos.
Y eso también te da miedo.
Te da miedo lo que haber nacido de una mujer con trastorno bipolar y adicción al alcohol, a las drogas y a la automutilación pueda significar.
Te da miedo llevar parte de sus genes.
Te da miedo ser carne de su carne, sangre de su sangre.
Te da miedo que la locura sea hereditaria.
Te da miedo haber absorbido ciertos hábitos que ella tenía.
Te da miedo estar imitándola en algunas cosas, inconscientemente, involuntariamente.
Te da miedo acabar convirtiéndote en ella.
Te da miedo, mucho miedo.
Y no podés evitarlo.
No podés evitar el miedo, así como tampoco podés evitar actos compulsivos como éste en momentos en los que el sentido parece escurrirse.
"Michelle, no vas a solucionar nada lastimándote…"
Él te está rogando que te detengas.
Una vez más.
Él te está rogando que dejes de herirte.
Una vez más.
Él está secando tus lágrimas.
Una vez más.
Él está limpiando tus heridas con tus pulgares.
Una vez más.
Él nunca va a dejarte.
Él nunca va a abandonarte.
Él siempre va a estar a tu lado.
Él siempre va a cuidarte.
No importa cuántas veces caigas, él te va a levantar.
No importa cuántas veces te rindas, él te va a dar motivos para seguir adelante.
No importa cuántas veces pelees contra los molinos de viento, él siempre va a enfrentarse a ellos por vos.
No importa cuántas veces repitas los mismos errores, él jamás va a apartarse de tu lado.
No importa cuántas veces tropieces con la misma piedra, él siempre va a tenderte su mano.
No importa cuántas veces te dobles bajo el peso de los problemas, él va a compartir la carga.
No importa cuántas veces te falle el cuerpo, él siempre va a respirar por los dos.
"Tony, estoy tan cansada… Estoy tan cansada de todo…" confesás, abrazándolo con fuerza, aferrándote a él, tratando de concentrarte en los latidos de su corazón, tratando de inhalar aunque de repente otra vez es como si te faltara el aire.
Inhalás.
Exhalás.
Estás cansada.
Inahlás.
Exhalás.
Estás asustada.
Inhalás.
Exhalás.
Te concentrás en el sonido de su respiración, te concentrás en el sonido de sus palpitaciones.
"Te entiendo, mi vida. Te entiendo" te dice al oído, acunándote despacio y rítmicamente, anidándote contra su pecho, estrujándote con fuerza, diciéndote con el lenguaje de su cuerpo que no va a abandonarte y que estás a salvo, a salvo de todo, aunque afuera la tormenta ruja, aunque las nubes negras se hayan acumulado y hagan creer que nunca más volverá a alzarse el sol por sobre la ciudad, por sobre sus vidas, aunque en las páginas de tu historia todo se lea confuso y esté manchado de tinta "Pero no podés lastimarte así… No podés seguir lastimándote así, Michelle…" te ruega, te suplica.
"Ese mal hábito compulsivo también se lo debo a mi mamá: de ella aprendí que a veces hay dolores internos que se alivian solamente castigando al cuerpo…" murmurás amargamente, agarrándote con fuerza de su camisa manchada de lágrimas para no sucumbir a la necesidad de enterrar las uñas en tu piel hasta hacerte sangrar la cara y los brazos.
"Michelle, vos no tenés nada por lo que castigarte" él te asegura "… Amor, tenés que entender eso… No son las heridas físicas las que van a mitigar a las emocionales. Torturándote así solamente vas a hundirte más y más… Michelle, no quiero que te hundas…"
Yo tampoco quiero hundirme.
No quiero hundirme como mi mamá.
Quiero hacer todo lo contrario a lo que ella hizo.
Yo lucharía contra absolutamente todo por vos.
Yo haría absolutamente cualquier cosa por vos.
No quiero hundirme.
Tengo demasiado por lo que vivir.
Tengo demasiadas cosas buenas.
Tengo demasiados planes.
Tengo demasiadas ideas para el futuro.
Tengo demasiados proyectos.
Te tengo a vos.
No puedo hundirme porque te tengo a vos.
No podría hundirme aunque quisiera, porque vos jamás me dejarías.
"No quiero que toques fondo… No lo soportaría, Michelle… No soportaría verte destrozada… No soporto verte destrozada…"
Por él tenés que luchar, siempre.
Por él tenés que enfrentarte a todo, siempre.
Porque lo que te lastima a vos, le hace daño a él, en el mismo grado, al mismo nivel, con la misma intensidad.
"Ya es demasiado tarde para tratar de prevenirlo, Tony" murmurás "… Lo hecho, hecho está. Tengo rajaduras por dentro prácticamente desde que nací… Son pocas las cosas que conozco, Tony: el dolor, el abandono, la muerte y la locura están en un extremo…, y tu amor está en el otro. Mi pasado está en un extremo, mi futuro con vos en el otro, y en el medio dividiendo ambas etapas el segundo exacto en el que nos besamos en ese pasillo oscuro. Me salvás la vida todos los días cuando me decís que me amás, cuando volvés a elegirme, cuando me hablás de formar una familia, cuando planeás todo lo que vamos a construir, cuando me mirás como si el universo entero se redujera a mí, cada vez que hacemos el amor… Sos capaz de curar todas mis heridas y no hay dolor que no me puedas quitar, pero hay pedazos de mí que están tan rotos, hay pedazos de mí que están tan destrozados, que para repararlos y darles forma otra vez va a hacer falta mucho, mucho tiempo, demasiada paciencia, demasiada…"
Es la verdad.
No vas a edulcorar la situación.
No vas a pintarla de rosa.
Son las cosas tal cual son.
Es la cruda verdad.
Es la cruda realidad.
Él está dispuesto a todo por vos, y lo sabés.
Lo sabés porque vos estás dispuesta a todo por él.
Ese tiempo y esa paciencia que se requieren para que su amor cure tus heridas, él va a dártelos.
Él te daría cualquier cosa que le pidieras.
Él no te negaría nada.
Él te entregaría cada gota de sangre en sus venas.
Él te entregaría todo el oxígeno de sus pulmones.
Él te entregaría cada gramo de su fuerza.
Todo su tiempo y paciencia son tuyos.
Todo lo que él tiene para ofrecer es tuyo.
"Michelle, todo lo que haga falta, te juro que yo lo tengo. Y si no lo tengo, entonces estoy dispuesto a sacrificarme para conseguirlo, sea como sea. No hay en tu alma o en tu corazón o en el mapa de tu vida o en las hojas de tu historia, cosa alguna que nuestro amor no pueda combatir. No hay herida imposible de curar, Michelle, vos misma lo dijiste, los dos nos dijimos el uno al otro que juntos habíamos aprendido eso. Para un amor así no hay obstáculos imposibles de superar, mi vida, y los dos lo sabemos…"
¿Qué hiciste para merecer un amor tan perfecto?
¿Qué hiciste para merecer un amor tan grande?
¿Qué hiciste para merecer alguien dispuesto a curar cada una de tus heridas?
Los dos se aman tanto que jamás podrían concebir la vida separados.
Tu mamá y tu papá se amaban de la misma manera, con la misma intensidad.
Tu mamá no pudo concebir la vida sin él.
Por eso se rindió.
Por eso dejó de tratar.
Por eso acabó así.
La entendés.
Por momentos podrías jurar que la entendés.
Vos tampoco podrías vivir sin Tony.
Vos también enloquecerías sin Tony.
Pero eso no quita que lo que hizo no haya sido injusto.
Eso no quita que abandonarte no haya sido injusto.
Eso no quita que sus acciones no hayan insultado la memoria de tu padre y sus esfuerzos por darle una segunda oportunidad cuando cualquier otro la habría dado por perdida, cuando cualquier otro no se habría fijado en ella ni interesado.
"Pero va a ser difícil, Tony. Mi historia es difícil. Mi alma despedazada es difícil. Mi corazón astillado es difícil. Mi estado de confusión es difícil. Mi pasado signado por el abandono es difícil"
Él sabe que es difícil.
Pero elige quedarse.
Vos sabés que él siempre va a elegir quedarse.
Y sin embargo te ves en la necesidad de remarcar, enlistar, resaltar todo aquello contra lo que va a costar luchar para hacer aun más valioso su sacrificio, su voluntad, su determinación a quedarse a tu lado en los momentos buenos y en los manos, en la salud y en la enfermedad, con o sin tempestades, en la pobreza y la riqueza, pase lo que pase, día tras día, hasta el último segundo y durante toda la eternidad, porque un amor así de grande, una mor que lo puede todo, un amor que lo cura todo, un amor que espera todo, un amor que a nada le teme, un amor por el cual cualquier sacrificio sería hecho, un amor así es más fuerte que la muerte, un amor así se ríe en la cara de la muerte, un amor así continúa incluso luego de que el alma abandona el cuerpo y pasa a lo que sea que venga después.
"Michelle… Nada, absolutamente nada es difícil para un amor como el nuestro. Nada"
Sus palabras son la réplica exacta de tus pensamientos y sentimientos.
Porque los dos están conectados.
Porque los dos son una sola alma.
Porque los dos son las mitades que forman una misma pieza.
Porque los dos nacieron para estar juntos.
Así lo quiso Dios.
Así lo quiso el destino.
Así lo permitió el Universo.
"Todo puede superarse, todas las barreras pueden ser cruzadas, para todas las preguntas puede encontrarse una respuesta" él te asegura.
Y vos confiás en sus palabras.
Porque no hay palabra alguna que caiga de su boca que vos no creás fervientemente.
Porque es imposible que dudes de las cosas que él te dice.
Con él podés hablar.
Con él podés expresarte.
Delante de él podés desnudar tu alma.
Delante de él podés abrir tu corazón de par en par y exponer su contenido.
"Tony, hoy… perdí el sentido por completo, salí corriendo desesperada, di vueltas por la ciudad durante nueve horas yendo de un punto a otro, lloré hasta prácticamente deshidratarme, me descargué lastimándome a mi misma hasta abrirme la piel y sangrar…"
Esas nueve horas fueron un infierno.
Cada segundo se sintió como una eternidad.
Cada minuto fue terrible.
Y el recuerdo está gravado a fuego en tu mente, como si lo hubieran tallado en tu cráneo, y te da miedo, y te causa escalofríos, y te desconocés cuando ves pasar delante de tu retina como flashes enceguecedores las escenas acontecidas en ese lapso de tiempo que transcurrió desde que huiste del departamento de Tony hasta que, por algún motivo que todavía no entendés, Martina y Kiefer te encontraron con el coche estacionado en las puertas del cementerio y te obligaron a irte con ellos.
Estuviste capturada por fantasmas y demonios similares a los que deben perseguir a tu mamá.
Estuviste consumida por la locura.
Casi tan consumida como debe estarlo ella, o como alguna vez lo habrá estado.
"Perdí por completo el control de mis emociones, perdí por completo el control sobre mi misma porque la angustia nubló mi juicio, la angustia me dejó reducida a nada. Enloquecí, Tony, el dolor que me rajó por dentro al enterarme que la mujer que me trajo al mundo, me descuidó durante casi diez años y me abandonó sin mirar atrás está internada en un psiquiátrico, ciega, con su cuerpo deteriorado por los abusos constante de alcohol y drogas, probablemente viviendo gran parte del tiempo en un delirio producto de su imaginación en el que los dos hijos que nunca le importaron se preocupan por ella de la manera en la que ella debería haberse preocupado por nosotros, fue tan grande, tan inexplicable, tan indescriptible, que enloquecí. Mi mamá a veces hacía lo mismo: algún recuerdo, alguna palabra, algo, desencadenaba la locura, le agarraban ataques, desaparecía por horas, a veces hasta durante días enteros, y cuando volvía estaba toda rasguñada y cortada, como si ella misma se hubiera estado mutilando para combatir sus propias inentendibles y complejas emociones. Mi abuela y yo teníamos que sufrir todo eso: la espera, la preocupación, la angustia, y luego la desesperación al verla destrozada y no poder hacer nada para asegurarnos de que no sucediera otra vez…"
Es lo mismos que vos le hiciste a él.
El gatillo fue apretado, la locura desencadenada, y vos reaccionaste, te atacaste, tus nervios te controlaron, se te nubló el juicio, y actuaste irracionalmente, alejándote de todo lo que te hace bien, huyendo como un animal asustado, arremetiendo contra vos misma para infligirte heridas, permitiendo que tu costado más primitivo te dominara y dictara tus acciones.
Lo abandonaste a él.
Lo dejaste solo sin una explicación.
Te escapaste de sus brazos, de tu hogar, sin ninguna explicación.
Lo dejaste desesperado.
Lo dejaste destrozado.
Lo dejaste sintiéndote impotente.
Lo dejaste con la preocupación apuñalándolo repetidas veces, con cada uno de los latidos de su corazón, cada vez que se atrevía a respirar.
Lo dejaste sufriendo la espera.
Fue la locura lo que te llevó a eso.
Fue la locura lo que te llevó a hacerle eso.
La locura también llevaba a tu mamá a hacer ese tipo de cosas…
"Michelle… Michelle, sé a dónde estás yendo con todo esto, y te juro que…"
Él trata de interrumpirte, pero vos se lo impedís.
Hay mucho que necesitás decirle.
Hay tanto que necesitás decirle…
"Necesito hablar" implorás "Necesito que me dejes hablar. Necesito exponer todos mis miedos, sacármelos de encima, extirparlos como se hace con un tumor maligno, arrancármelos de alguna manera. Huyendo no funcionó; llorando no funcionó; lastimándome no funcionó. Hablar con vos es lo único que va a funcionar… puede y tiene que funcionar, porque él único que posee la capacidad para salvarme de mí misma sos vos…, el único que puede tranquilizarme sos vos, Tony. Y estoy tan asustada… Tengo miedo… Tengo miedo de no ser una buena persona por todo esto que estoy sintiendo, toda esta confusión, toda esta mezcla de cosas… Tengo miedo de… de que la locura sea… hereditaria"
" ¿De qué estás hablando, Michelle? ¿Por qué decís eso?" te pregunta, su voz teñida de ternura pero también de preocupación, las sílabas abandonando su boca suaves como una caricia, una caricia que llega a tu alma y la estremece.
"Por cómo reaccioné estoy diciendo esto. Me asusta… me asusta la forma en la que reaccioné. Tony, ¿no entendés? Salí corriendo, literalmente, me escapé, me alejé de la persona que más me ama y a la que más amo, me alejé de la única persona que podía ayudarme, permití que la situación me tragara entera, que me absorbiera, y terminé todo el día dando vueltas con el coche, llorando como una histérica, con el cerebro embotado y una angustia paralizante, prácticamente arrancándome la piel a tiras en un intento por sentir algo más que ese dolor emocional que me oprimía el pecho y me impedía respirar"
Inhalás.
Exhalás.
Es fácil respirar si te concentrás en su respiración.
Él respira por los dos.
Él aire que él exhala, vos lo inhalás.
Y así es fácil respirar.
A pesar de la pelota de emociones, dudas, preguntas y angustia que tenés en el centro del pecho.
A pesar de la carga sobre tus hombros.
A pesar de todo.
Seguís respirando gracias a él.
Seguís teniendo fuerzas para hablar gracias a él.
"Ese tipo de reacciones… Mi mamá tenía ese tipo de reacciones. Mi mamá, la que más de una vez trató de suicidarse, la que ahogaba las penas en botellas de alcohol, la que hablaba con los personajes producto de sus alucinaciones, la que una vez me pegó con un cucharón porque derramé gelatina en el suelo, la que más de una vez me dio la cabeza contra la pared en un ataque de ira sin que yo entendiera qué había hecho mal, la que me ilusionaba prometiéndome cambiar pero jamás cumplió nada de eso, la madre a la que siempre traté de comprender y justificar, terminó internada en un psiquiátrico, ciega, consumida, marchita como una flor de la que nunca nadie cuidó, a pesar de todos los esfuerzos que mi papá hizo en vida para protegerla de sí misma, para evitar que se arruinara la existencia y acabara donde está ahora, sola y enferma y sin una gota de coherencia porque lo único que le queda en las venas es el rastro de todo el alcohol y las drogas que usó para tratar de mitigar un dolor imposible de aguantar y de acallar esas voces que tendría que haber alejado tomando la medicación, como correspondía, en lugar de dejar que siguieran hablándole porque de esa forma en sus raptos de locura podía seguir escuchando y viendo a mi papá."
Ella prefirió vivir en un mundo ficticio en lugar de regresar al mundo real, ese mundo donde la ausencia dolía y lastimaba, ese mundo donde la ausencia era desgarradora y terrible.
Ella prefirió convivir con el fantasma de tu padre que su mente enferma había creado, antes que convivir con vos, con su hija, con su beba, esa beba que tanto la necesitaba, esa beba por la que tendría que haberse esforzado para combatir a sus demonios.
Ella prefirió vivir dentro de un mundo construido con retazos de una realidad mejor, salpicado de sangre, adicción, drogas, alcohol, antes que vivir en el mundo en el que estaban tu hermano, tu abuela y vos.
Ella eligió la locura.
Porque realmente no conocía otra cosa.
Sólo conocía a la locura, y al amor que tu padre le había dado.
Eso era todo.
Cuando él murió, recayó en la locura.
Escogió a la locura.
Quizá porque es cierto eso de que más vale infierno conocido que infierno por conocer.
Y tal vez para tu mamá, la vida sin su esposo, así tal cual es, sin fantasmas que la distrajeran, sin demonios que la hablaran al oído, sin alucinaciones, sin el alcohol y el dolor físico para adormecerla, hubiera sido un infierno peor.
Quizá tu mamá, egoístamente, eligió el más leve de los dos males.
Eligió lo anterior a la vida con tu padre en lugar de mirar hacia adelante y explotar qué podía llegar a suceder.
Eligió a la locura.
¿Y qué pasa si heredaste esa locura?
¿Qué pasa si está en tus genes?
¿Qué pasa si también corre por tu sangre?
¿Qué pasa si en cualquier momento podría activarse, como sucedió hoy?
¿Qué pasa si tenés que transcurrir por el resto de tu existencia con ese miedo palpable a acabar convirtiéndote en lo que tu madre es ahora, no porque lo elijas, sino porque la mente humana es tan intrigante, tan rara, tan imposible de entender, tan inmensa para explorar, que sin explicación alguna toma la decisión por vos?
"Tengo miedo de… tengo miedo de haber heredado esa locura"
Tu confesión es seguida por el silencio.
El silencio es en realidad interrumpido por la tormenta que azota a la ciudad.
Pero los dos no escuchan la lluvia.
Sólo escuchan el uno la respiración del otro.
Sólo se concentran el uno en inhalar el aire que exhala el otro.
Los dos respiran porque el otro está respirando.
Vos respirás convencida de que es él el que está ayudándote a respirar, que él respira por los dos.
Pero en realidad él respira para que vos respires.
Por ende, vos también estás respirando por los dos.
Y así se quedan en silencio.
Inhalando.
Exhalando.
Inhalando.
Exhalando.
Y de repente te das cuenta de que no sentiste la necesidad de lastimarte, de despertar dolor físico, y que estás bien en donde estás ahora mismo, en sus brazos, anidada contra su pecho, aferrándote a él, escuchando los latidos de su corazón.
Pero luego rompés el silencio cuando nuevamente las palabras se escapan en forma de un susurro apenas audible por entre tus labios:
"¿Es hereditaria la locura?"
No es una pregunta para la que esperes él tenga una respuesta.
Por eso inmediatamente vos misma contestás al interrogante formulado.
"No lo sé, Tony, no lo sé" cerrás los ojos, más lágrimas caen, dibujan un camino por tus mejillas, y luego mueren al estrellarse contra las sábanas debajo de ustedes "Eso es lo que me asusta muchísimo… Saber su paradero, saber qué fue de ella… abre delante de mí una serie de caminos a tomar a partir de ahora, ahora que sé dónde está… y no sé cuál elegir. Sé cuál debería elegir, pero no sé cuál quiero elegir, y tengo miedo de que mi decisión me defina como hija, como persona…, como ser humano. Mi mamá salió de mi vida como si nada, y como si nada y por capricho del destino vuelve a entrar de golpe, de repente, cuando menos lo esperaba, para desestabilizar todo, para darme vuelta el tablero y dejarme con el Universo que construí patas para arriba. Cuando me abandonó hace catorce años yo no tuve más opción que seguir adelante sin ella, a veces creyendo que regresaría, la mayor parte del tiempo con la certeza de que no iba a cumplir ninguna de sus promesas, justificándola, tratando de entenderla, compadeciéndola, a veces hasta incluso cayendo tan bajo como para tenerle lástima… Ahora por la fuerza mi mamá resurge en las páginas de mi historia…, pero esta vez tengo opciones. Me da terror tener opciones, Tony. ¿Si elijo ir a verla? ¿Si decido ir a verla? ¿Quién puede garantizarme que no voy a reaccionar como hoy? ¿Quién puede garantizarme que no voy a perder el control al verla? ¿Quién puede garantizarme que no voy a salir corriendo, llorando desesperada, desaparecer por horas, arañarme la piel hasta hacerme sangrar y abrirme tajos en la cara y en los brazos? ¿Quién puede garantizarme que no voy a sentir un dolor tan grande al ver a la mujer que me abandonó que nunca vas voy a poder volver a respirar sin sentir los rastros de esa angustia en el pecho? ¿Quién puede garantizarme que… que…?"
Dejás de hablar.
Por un segundo dejás de respirar.
Y te entregás al llanto otra vez.
Y llorás.
Llorás porque es preferible a explotar.
Es tu forma de explotar.
Es tu forma de canalizar todo lo que llevás dentro.
Llorás en sus brazos.
Llorás porque tenés miedo.
Llorás por todo lo que dijiste, porque todo lo que dijiste lo sentís, porque todo lo que dijiste es verdad.
Llorás porque temés a la locura.
Llorás porque temés a los posibles disparadores.
Llorás porque temés a la decisión que vayas a tomar, sea ésta cual sea, y temés también a las consecuencias que vaya a traer esa decisión, porque algo de lo que estás totalmente segura es que esa decisión va a traer consecuencias, y con esas consecuencias vas a tener que lidiar, sin que tengas otra alternativa u otro escape.
"¿Cómo puedo…?"
Inhalás.
Exhalás.
Es más fácil si prestás atención a su respiración.
Inhalás.
Exhalás.
Él está ahí con vos.
Él no va a abandonarte.
"¿Cómo puedo estar segura de que esto… de que mi mamá no va a arruinar mi vida si… si dejo que entre otra vez en ella… incluso si sólo por… por… por unos minutos… incluso yendo solamente a verla un… un día…? ¿Cómo puedo estar segura de que no va a arrastrarme en su locura, Tony? ¿Cómo puedo estar… segura de que no tengo la predisposición genética a ser arrastrada dentro de esos agujeros negros de los que es difícil salir? ¿Cómo puedo estar… segura de que… de que decidiendo hacer lo que sé que es… lo que sé que es correcto no voy a estar firmando mi propia sentencia a muerte, cavando mi propia tumba…, construyendo mi propio ataúd? Sé… sé que soy una mala persona por pensarlo, pero… todo lo que mi mamá toca… muere, se marchita…"
Todo lo que ella toca muere, se marchita.
Duele pensarlo.
Duele creerlo.
Pero es verdad.
"Ella misma lo escribió en las páginas de sus diarios…"
Lo leíste de su puño y letra, las palabras desprolijas y enruladas brillando sobre el papel amarillento.
Es esa frase la que muchas veces te ha ayudado a tratar de excusar y justificar a tu mamá, escondiéndote detrás de la creencia de que quizá, tal vez, decidió irse no en un acto egoísta, sino con la intención de salvarte antes de que te marchitaras vos también, como todo lo que alguna vez llamó suyo, todo lo que alguna vez poseyó, todo lo que alguna vez tocó.
"Tony, yo no quiero hundirme. Tony, no quiero ahogarme… Tengo tanto miedo de lo que pueda pasar de ahora en adelante, estoy tan aterrorizada… Estoy tan cansada, Tony… Tan cansada…"
Pero salí del coma emocional por vos.
No me quedé escondida dentro de la negrura en mi cabeza por vos.
Desperté por vos.
Todo lo que hago, lo hago por vos.
Sigo respirando por vos, porque vos estás respirando por los dos, y porque sé que necesitás que respire.
Y voy a seguir despertando cada día y levantándome por vos, y gracias a vos.
"No sé si estos miedos son racionales o no, no sé si quiero saber si me hacen más o menos cuerda, o más o menos loca, pero los tengo, los tengo y me están destrozando…"
Pero nuestro amor puede curarme.
Nuestro amor puede ahuyentarlos.
Por favor, necesito que me prometas que vas a ahuyentarlos.
Necesito que me guíes.
Necesito que me lleves por la oscuridad.
"No sé qué hacer. Y tengo terror, tengo terror a lo que va a venir, sea lo que sea: si elijo ignorarla como ella me ignoró a mí, abandonarla como ella me abandonó a mí, voy a tener que cargar para siempre con la culpa, y voy a odiarme a mí misma hasta el día en que me muera, voy a odiarme por ser tan egoísta como lo fue ella, por ser una mala hija, una mala persona…, la clase de persona que no se merece a un hombre como vos, la clase de persona que no es merecedora de un amor tan grande y tan puro y tan incondicional como el que vos me das…"
Porque si hay algo que sabés a ciencia cierta y que jamás cuestionarías, si hay algo por lo que pondrías ya mismo las manos en el fuego, ese algo es que él – sucediera lo que sucediera, hiciera lo que hiciera, tuviera que cargar con lo que tuviera que cargar, llevara las marcas que llevara – nunca se plantearía la posibilidad de darle la espalda a su madre. Él se quedaría con ella, él la socorrería, él actuaría como un buen hijo, sin tener que pensarlo dos veces, sin siquiera considerar ninguna otra opción, porque para él no habría otra opción, para él no habría caminos bifurcados, para él habría un solo camino y lo tomaría sin hesitar.
Las circunstancias son distintas, sí, sus historias de vida son diferentes, sus madres son diferentes, los dos pasaron por dificultades y han tenido que sobrevivir a tribulaciones, pero no se asemejan unas con las otras, pero estás segura de que de estar él bajo tu piel, de estar él en tus zapatos, no dudaría en elegir ir corriendo al lado de su mamá.
"Pero si elijo… si elijo hacer lo que sé que debo, si tomo la decisión con la que sé podría vivir moralmente…, quizá lo que me queda de camino se retuerza hasta convertirse en un nudo imposible de desarmar, quizá el dolor termine matándome lentamente, como si me inyectaran veneno en las venas…"
Otra vez te cuesta respirar.
Estás dejando de hablar con sentido.
Estás empezando a perder la coherencia.
Estás empezando a verte rodeada otra vez de pensamientos confusos y oscuros, mezclados, que son como manchas, borrones gigantes opacando tu cordura, quitándote la estabilidad.
Empezás a sollozar otra vez.
Te aferrás a él otra vez.
Tratás de respirar con él.
Te concentrás en los latidos de su corazón, que te dicen que te ama.
Te concentrás en el calor de su cuerpo.
Te concentrás en las palabras empapadas de honestidad que dulcemente comienza a susurrar en tu oído.
"Michelle…, hay tantas cosas que quiero decirte, amor…"
Tu nombre cayendo de sus labios es el sonido más hermoso del mundo.
Nunca te gusta tu nombre tanto como cuando sale de su boca.
"No sé por dónde empezar, princesa"
Querés decirle que vos la mayor parte del tiempo tampoco sabés por dónde empezar.
Querés decirle que simplemente tiene que abrir el corazón y dejar todo salir.
Querés decirle que simplemente tiene que permitir que las palabras fluyan.
Pero no podés, porque estás ahogándote en llanto.
Sólo podés escuchar.
Escuchar y esperar a que sus palabras te salven.
Sus palabras siempre te salvan.
Su amor siempre te salva.
"No sé cómo poner en palabras todo lo que siento en el corazón, todo lo que siento en el alma y que me gustaría ayudarte a entender… No me alcanzan las palabras y a la vez también siento que si las tuviera, sobrarían"
A vos también te pasa eso con él.
Las palabras no alcanzan.
Un diccionario entero no alcanza.
Una enciclopedia entera no alcanza.
El amor que sentís es imposible de describir.
Es imposible de explicar.
Es imposible de entender.
Es imposible de comparar.
Y al mismo tiempo, por ese preciso motivo, porque las palabras de este idioma no te alcanzan, no son suficientes, no llegan a cubrir todo lo que tenés para expresar, es que de repente pareciera que las palabras sobran, que no hacen falta, que están demás, porque todo eso imposible de describir, imposible de explicar, imposible de entender, imposible de comparar, puede ser descripto, explicado, entendido y comparado a través de gestos y miradas que forman parte de un lenguaje propio, un lenguaje único, un lenguaje creado entre los dos que nadie más puede descifrar, ese lenguaje en el que se comunican todo el tiempo, incluso cuando caen presas del silencio y todo lo que rompe con la calma es el sonido de la tormenta allí afuera.
"No hay una decisión correcta, Michelle" lo oís suspirar "Esto no es un examen, mi amor: no hay respuestas acertadas o desacertadas. Sé que te sentís presionada, Michelle, te juro que lo sé, pero tampoco estás obligada a elegir ahora mismo, esta madrugada, qué es lo que vas a hacer o cómo vas a hacerlo o cuándo"
El nudo en la garganta comienza a aflojarse.
El llanto acumulado en tu pecho sale con más facilidad.
Te concentrás en escucharlo.
Inahlás.
Exhalás.
Te concentrás en sus patrones de respiración.
Es más fácil respirar si respirás con él.
"En este momento te resulta imposible concebirlo, mi amor, ya lo sé, porque a mí también me cuesta, pero tenés que creerme cuando te digo que va a llegar un instante de calma en el que puedas revisar lo que hay dentro de tu cabeza y dentro de tu corazón, pesarlo, medirlo, analizarlo, procesarlo, todo lo que necesites, y luego decidir cuál es el siguiente paso"
Y si él te dice que va a llegar ese instante, si él te dice que en determinado momento va a llegar la calma, si él te dice que vas a poder revisar lo que hay dentro de tu cabeza y de tu corazón, que vas a poder mesurarlo, que vas a poder analizarlo y procesarlo y tamizarlo todas las veces que te haga falta antes de decidir cuál paso debe ser dado y en qué dirección, entonces le creés.
Porque es imposible no creer en cada cosa que él dice.
Porque sabés bien que jamás te mentiría.
Porque sabés bien que moriría antes de mentirte.
"Y en lo que elijas, Michelle, yo te voy a apoyar. Sea cual sea la circunstancia, yo estoy de tu lado, siempre, pase lo que pase. Lo que el futuro te depara a vos, Michelle, lo depara para mí también, no te olvides nunca de eso. Sé que tenés miedo, sé que estás cansada, pero no estás sola. Hasta el día en que me muera, princesa, voy a cuidarte de todo lo que pueda hacerte mal, y mientras me quede aire en los pulmones y sangre corriendo en las venas, nunca va a faltarte nada, nunca vas a estar sola. Nunca más vas a estar sola, Michelle, nunca más vas a tener que cargar vos sola con todo el peso, nunca más vas a tener que soportar vos sola cada golpe del destino, nunca más vas a tener que llorar acurrucada en la oscuridad"
Y vos le creés.
Y con cada segundo que pasa respirar cuesta menos.
Y con cada segundo que pasa el nudo en tu garganta se afloja.
Y con cada segundo que pasa te sentís menos pesada.
Y con cada segundo que pasa los sollozos van volviéndose más espaciados y esporádicos, menos compulsivos y convulsivos.
"Esas heridas infligidas por las circunstancias que tuviste que atravesar desde que eras una criaturita indefensa siguen ahí, lo sé, pero cada vez van a doler menos, Michelle. No hay nada que el amor no pueda curar, no importa el tiempo que pase, no importa cuánto esfuerzo haga falta, y te juro que si hay algo que sé con tanta seguridad como que el sol va a volver a brillar en el cielo una vez que acabe la tormenta, es que nuestro amor tiene el poder de curar todo"
Él puede curar esas heridas que llevás dentro desde hace años.
Su amor puede curar esas heridas que llevás dentro desde hace años.
Desde la primera hasta la última.
No importa el tiempo que pase.
No importa cuán paciente deba ser.
No importa cuánto tenga que luchar.
Él va a cuidarte.
Él va a curarte.
Nunca más vas a volver a estar sola.
Nunca más vas a tener que secar tus propias lágrimas.
Nunca más vas a volver a encontrarte abandonada y sin rumbo.
Él te está haciendo esa promesa, y vos le creés.
Mientras le quede aire, va a seguir amándote.
Mientras le quede aire, va a seguir a tu lado.
"Mientras me quede aire, mi vida, te juro que a vos no va a faltarte nada, absolutamente nada; mientras me quede aire voy a cuidarte, y a protegerte, y vamos a afrontar juntos todo lo que al destino se le ocurra arrojar"
Respirar es cada vez más fácil.
Siempre es todo más fácil si estás acurrucada en sus brazos.
"Sos una personita muy especial, Michelle; sos única, tenés una luz y una calidez únicas. Jamás, princesa, se te ocurra pensar lo contrario, porque sos un angelito. Tu alma es la más dulce y la más pura que conozco, y a veces no sé qué hice para merecer que esté tan íntimamente conectada con mi alma, no sé qué hice para merecer que sea su otra mitad, pero estoy feliz de que Dios lo haya escrito así. Michelle, Dios escribe derecho sobre renglones torcidos, y nunca comete errores, por lo cual la cruz que nos toca llevar no es más pesada de lo que podemos cargar"
Podés cargar cualquier cruz si él te ayuda.
Y de repente te parece que el peso sobre tus hombros se ha vuelto más ligero.
De repente ya no tenés tanto miedo a hundirte.
De repente ya no temés tanto a quebrarte.
"Vas a poder con esto, mi vida. Vamos a poder con esto. Es cuestión de ir de a poco, paso a paso; yo voy a estar ahí con vos, dándote fuerzas para caminar, curándote las heridas, escuchándote, secando tus lágrimas, abrazándote, princesa. Mientras me quede aire, puedo respirar por los dos. Lo que va a venir a continuación no va a ser fácil, decidas lo que decidas, pero te prometo angelito que esta tormenta va a pasar, y cuando menos lo pienses va a salir el sol, y todo este dolor va a desaparecer, y las lastimaduras van a cicatrizar. Porque no hay cosa alguna que el amor no pueda, Michelle. ¿Me creés cuando te digo eso?, ¿me creés cuando te prometo que nuestro amor puede contra absolutamente todo? ¿Me creés cuando te digo que te amo como sos, que amo cada cosa de vos, que amo absolutamente todo lo que te convierte en esta personita hermosa por dentro y por fuera sin la cual vivir no tendría sentido? Si dentro de vos existe la locura, entonces princesa amo a esa locura con la misma intensidad con la que te amo a vos, y eso nunca va a cambiar. Jamás te dejaría, Michelle, por nada en el mundo, por nadie. No hay fuerza, humana o sobrehumana, que pueda separarme de vos"
¿Qué hiciste para merecer un hombre así?
¿Qué hiciste para merecer alguien que te dice estas cosas?
¿Qué hiciste para merecer alguien que te acompaña en cada circunstancia, fiel a vos en todo sentido, incondicionalmente?
¿Qué hiciste para merecer alguien dispuesto a pasar por cualquier calvario junto a vos?
¿Qué hiciste para merecer un amor tan grande?
¿Qué hiciste para merecer un amor tan perfecto?
¿Qué hiciste para merecer un hombre que ama hasta tu locura, que ama hasta tus defectos, con la misma intensidad con la que ama todo el resto de tu ser?
¿Qué hiciste para merecer un hombre dispuesto a curarte de todas tus heridas?
¿Qué hiciste para merecer un hombre dispuesto a cargar con vos la cruz que te toca llevar?
Y como si pudiera leer tu mente, como si supiera lo que estás pensando, como si algo dentro suyo le dictara las preguntas para las que necesitás respuesta, él sigue hablándote al oído:
"Haberte conocido fue una bendición. Estar con vos es una bendición. En mi vida, vos sos una bendición, la más grande y la más importante de todas. Michelle, antes de encontrarte a vos, estaba perdido, estaba hundido, estaba sumido a nada, era solamente los restos de una persona que tampoco me agradaba demasiado, porque era arrogante, egoísta, prepotente y soberbio. Vos me salvaste. Vos sos un milagro, sos mi milagro. Un segundo amándote vale más que cualquier otra porción de tiempo, incluso si ese segundo está destinado a que mis dedos sequen tus lágrimas, o a que mis brazos te acunen y te den refugio cuando estás cansada y asustada. Michelle, yo no merezco esto: merezco mucho menos. No merezco a una persona tan buena y tan pura como vos, no merezco que me ames más que a tu propia vida, no merezco que me admires, no merezco que elijas despertar todos los días a mi lado, no merezco ser el centro de tu Universo, no merezco nada de lo que tengo, Michelle, pero por algún motivo Dios quiere que lo tenga. Por algún motivo Dios nos hizo el uno para el otro, por algún motivo estamos juntos, y quizá ése motivo sea afrontar circunstancias como ésta. La vida de a dos es más fácil, ¿te acordás? Nada es imposible si confiamos en nuestro amor; nuestro amor puede contra cualquier cosa, puede salvarnos de absolutamente cualquier cosa. Necesitarte, amarte, cuidarte, todo eso le da sentido a mi existencia, todo eso le da sentido a respirar, y te juro Michelle que me hacés más falta que el oxígeno, princesa. Podría vivir sin aire, te juro que estoy seguro de que encontraría la manera, pero no podría vivir sin vos. No me arrepiento de amarte así, no me arrepiento de querer construir mi futuro con vos, no me arrepiento de lo que Dios eligió para mí, porque si una sola página de mi historia fuera distinta, quizá no estaría hoy acá, y te aseguro que éste es el sitio donde quiero estar. Siempre quiero estar donde vos estés, sea el lugar que sea, sea la circunstancia que sea, y eso nunca va a cambiar"
Te aferrás a sus palabras con todas tus fuerzas, con las mismas fuerzas con las que estás aferrándote a él.
Permanecés en sus brazos, quieta, inhalando el aire que él exhala, abrigada por el calor de su cuerpo, concentrada en su perfume mezclado con el de la lluvia.
Repasás lo que te dijo una y otra vez, lo guardás en tu corazón, lo gravás en tu alma, tallándolo como con un cincel, frase por frase, para no olvidártelo nunca, porque son palabras como esas las que puedan devolverte la cordura cuando pendés de un hilo, las que pueden devolverte las ganas cuando no te quedan fuerzas, las que pueden darte el empujón necesario para continuar cuando te sentís estancada, las que pueden darte la voluntad de seguir aunque te pese el cuerpo y no puedas moverte. Son palabras como esas las que vas a necesitar cuando llegue el momento de mesurar tus emociones, separarlas, pesarlas, medirlas, examinarlas, etiquetarlas, y luego tomar una decisión respecto a qué es lo que debés hacer.
Te relajás en sus brazos, un poco más aliviada no sólo por todas las cosas hermosas que él te dijo – cosas que sabés nacen desde el fondo de su corazón, cosas que sabés siente intensamente en los huesos y en la piel – sino porque también hizo que vieras a través de las lágrimas y la congoja que nadie estaba apresurándote para que eligieras una manera de proceder en este mismo instante, en esta madrugada lluviosa, cuando tu mente y tu físico siguen frágiles y están cansados, cuando los efectos del shock aun no han desaparecido, cuando tus nervios están hirviendo y no hay sitio en tu alma que no se encuentre terriblemente adolorido. Estás más aliviada porque te prometió estar a tu lado decidas lo que decidas, acompañarte en lo que sea que vayas a hacer, escucharte, apoyarte, aconsejarte, guiarte, estar ahí presente en todo lo que necesites, cuidándote siempre, protegiéndote siempre.
Te relajás en sus brazos y poco a poco sentís cómo regresa la calma, cómo tus hombros ya no se sienten tan cargados, cómo respirar cuesta cada vez menos, cómo tu corazón comienza a latir a un ritmo normal (siguiendo el ritmo del suyo, porque los dos laten sincronizados, uno respondiendo a los susurros de amor que le dice el otro, manteniendo todo el tiempo una conversación que jamás acabará).
El silencio se mantiene hasta que sentís otra vez la necesidad de hablar.
Pero en esta ocasión estás tranquila.
En esta ocasión el nudo en tu garganta no amenaza con hacerte vomitar.
En esta ocasión podés hilar las palabras y formar frases con sentido sin necesidad de que los impulsos y los nervios te den el coraje para sacar lo que llevás dentro.
Con la cabeza aun enterrada en su pecho, abrazándolo, necesitando tocarlo a él para sentir el calor de la piel debajo de la camisa en lugar de lastimarte rasguñándote, respondiste a la pregunta que podías escuchar retumbando dentro de su cabeza con la misma claridad que habría tenido de haberla verbalizado, de haberle dado forma con su voz, de haberla hecho en voz alta para que alcanzara tus oídos.
"Fui al cementerio porque necesitaba sentirme cerca de mi papá y de mi abuela. Ellos dos fueron los únicos que se esforzaron por darme un hogar... hasta que te conocí a vos. Siempre quise creer... Quiero creer que mi mamá también se esforzó, a su manera, y que dentro de sus carencias y limitaciones hizo lo que pudo y como pudo, y que es cierto que no podría haber hecho algo mejor, y que no se fue en un acto egoísta, sino convencida de estar haciendo todo lo contrario..., convencida de estar dándome la oportunidad de tener un hogar mejor, una vida mejor, aunque eso significara que tenía que abandonarme..."
Una pausa.
El silencio otra vez entre ustedes, mientras sus manos acarician tu espalda reconfortantemente y sus labios se posan sobre tu cabeza, y sus brazos te rodean con fuerza, anidándote, dándote un sitio al que llamar hogar, dándote la sensación de estar protegida.
Te percatás de que ya no llueve.
La tormenta se detuvo, y al parecer no va a regresar.
No sabés con certeza qué hora es, pero si tus cálculos no te fallan, debe estar cercano el alba.
Está llegando el amanecer.
Después de una tormenta, siempre llega la luz del sol, irremediablemente.
La noche siempre es seguida del amanecer, y eso nadie lo puede evitar.
Pasado un largo rato, cuando los párpados empiezan a pesarte otra vez y tu respiración parece estar volviéndose pesada, encontrás tu voz y murmurás:
"La lluvia está yéndose…"
A lo que él responde en un susurro, besando tu cabeza:
"La lluvia se fue hace mucho tiempo, Michelle"
¿La lluvia se fue hace mucho tiempo?
¿No era el ruido de la tormenta el que resonaba alrededor de ustedes cuando caían sumergidos en el silencio?
"¿De verdad?" preguntás, luchando por abrir los ojos pero encontrando que tus párpados de repente parecen cargados por el plomo.
"Dejó de llover justo cuando amanecía, Michelle" él dice, susurrando esta vez también, mientras te acuna en sus brazos para que te quedes dormida después de la conversación difícil e intensa que acaban de mantener, después de que vaciaras delante de él los contenidos de tu alma y de tu corazón y te abrieras de par en par mostrándole todas tus heridas y tus marcas y expresando tus miedos y dudas.
"¿No está amaneciendo recién ahora?" preguntás confundida, deseando abrir los ojos pero incapaz de hacer que te obedezcan, pues parecen tener voluntad propia.
"Dejó de llover poco después de que despertaras, mi vida. Dejó de llover mientras estabas llorando en mis brazos, diciéndome que agradecías que Dios no fuera una máquina, porque entonces los seres humanos hubiéramos sido creados como máquinas" susurra.
"Tony" buscás para las pocas fuerzas que te quedan antes de que tu cuerpo exhausto se rinda otra vez, antes de que las caricias en tu espalda surtan efecto y caigas presa del calmante natural que es el contacto de su piel con tu piel "¿qué hora es?" preguntás.
"Son casi las diez de la mañana, Michelle. Estuviste hablando y llorando durante casi tres horas"
Ya es de día.
El amanecer ya llegó.
El amanecer llegó mucho tiempo atrás.
Si no sintieras la cabeza y el físico y los párpados tan pesados, harías el intento de levantarte para comprobarlo, aunque la realidad es que no hace mucha falta, porque creés en cualquier cosa que él afirme.
El amanecer llegó hace largo rato.
El amanecer llegó cuando llorabas histérica, cuando sollozabas sin control, cuando nada tenía sentido y la coherencia parecía haberse extinguido.
Pero en tu locura no pudiste verlo.
En tu locura te perdiste del amanecer.
En tu locura perdiste la noción del tiempo y el espacio.
Todo el tiempo, mientras hablaban, mientras llorabas, mientras te rasguñabas para calmar el dolor emocional con dosis de dolor físico, mientras intentabas respirar, mientras él se esforzaba por calmarte, mientras exponías delante suyo todo lo que durante años escondiste debajo de tu piel y que se vio obligado a aflorar a la superficie con lo que sucedió menos de veinticuatro horas atrás, todo el tiempo creíste que estaban en medio de una madrugada lluviosa, cuando lo cierto era que la tormenta ya había cesado, el cielo había esclarecido, las nubes negras se habían marchado, y otra vez brillaba el sol, en el principio de una nueva y brillante mañana.
Pero la locura te impidió verlo.
La locura te impidió apreciarlo.
La locura hizo que la lluvia siguiera sonando en tu cabeza y la oscuridad siguiera rodeándote.
No querés que la locura te impida ver cada amanecer.
No querés que la locura te impida apreciar la luz del sol.
No querés que la locura te torture con los sonidos de la tormenta.
Y no tiene por qué ser así.
Todos los seres humanos tienen dentro de ellos un poco de locura.
Es parte de la vida.
Es parte de sentir.
Es parte de no ser una máquina.
Es parte de estar vivo.
Él ama esa locura.
La ama tanto como a todo lo demás que te convierte a vos en la persona que sos.
Él está dispuesto a convivir con esa locura cada vez que aparezca.
Él está dispuesto a cuidarte y a protegerte.
Él está dispuesto a quedarse a tu lado.
Él está dispuesto a ayudarte a encontrar la luz del sol cada vez que las situaciones te hagan creer que es de noche, que la oscuridad es imposible de perforar, que el cielo está teñido de gris.
Él está dispuesto a lograr que cada nueva mañana sea brillante y esté llena del calor de la luz del sol.
Y con la locura pueden lidiar juntos.
Con tu pasado pueden lidiar juntos.
Con lo que elijas podrán lidiar juntos.
Con las consecuencias que eso traiga podrán lidiar juntos.
Si te aferrás a él, nunca más vas a pensar que es de noche, nunca más va a pensar que se está cayendo el cielo, nunca más a perder de vista que el alba ha pasado, que la mañana ha llegado, que el sol brilla allí afuera, que el día ha comenzado, a pesar de que en las hojas de tu historia la tinta esté borroneada, los renglones estén torcidos, y parezca estar todo empapado por la oscuridad.
"Te amo, Tony"
Esas tres palabras son lo último que susurrás antes de quedarte dormida en sus brazos.
Te quedás dormida porque estás cansada y necesitás reponer fuerzas.
Te quedás dormida porque estás físicamente exhausta.
Te quedás dormida porque tu cuerpo necesita un descanso.
Te quedás dormida porque estás agotada.
No es un coma emocional en lo que estás cayendo.
Simplemente necesitás recobrar las energías para poder salir adelante.
Porque el sol está allí afuera brillando y la tormenta ha pasado, y querés despertar dentro de algunas horas para poder disfrutarlo con él, para poder ir hacia el futuro con él, para poder seguir haciendo planes y construyendo un hogar con él.
Y lo que vendrá, elijas lo que elijas, va a traer consecuencias, y va a ser difícil, sí, pero ya no le tenés tanto miedo.
Porque él está con vos.
Porque su amor puede curar todas las heridas.
Porque él va a acompañarte.
Porque él va a ayudarte cada vez que te agarren ataques de locura.
Porque él va a encargarse de que nunca más pienses que sigue siendo de noche, que sigue lloviendo, que no ha salido el sol.
Porque mientras él pueda, va a seguir respirando por los dos.
Porque mientras a él le quede aire, calor a vos nunca te va a faltar.
Y ese es el último pensamiento que cruza tu mente exhausta antes de caer en un sueño profundo en el cual no es la negrura lo que te envuelve, si no una cálida, reconfortante luz blanca.
Y tu respiración es suave y acompasada e imita a la de él.
Porque respirar es mucho más fácil cuando respirás con él, cuando inhalás el aire que él exhala.
