La fuerza que necesitas construye hoy.

Hablaste con tus padres una vez más antes de que tomaran el vuelo de regreso a Chicago, con el único propósito de pedirle a tu madre que te facilitara el nombre, la dirección y el teléfono del hospital en el que se encuentra ingresada 'Lilibeth', datos que consideraste necesarios tener en caso de que Michelle tomara una decisión respecto a cuál sería el siguiente paso a dar en el largo sendero que se abre delante de ella ahora que sabe el paradero de la mujer que la abandonó catorce años atrás.

Ése fue todo el diálogo que permitiste fluyera entre ustedes, y el mismo fue mantenido por teléfono porque no te sentías preparado para mantener una conversación más larga, mucho menos para enfrentarlos cara a cara. Tenías demasiadas dudas, demasiadas inquietudes, demasiadas preocupaciones, demasiadas preguntas que carecían de respuesta, y un agujero en el medio del pecho imposible de llenar, antes ocupado por lo que estabas seguro (erróneamente, claro) sería siempre una confianza ciega, sólida e indestructible en las dos personas que te dieron la vida, te educaron, te criaron y ayudaron a formar al hombre que sos.

Hoy, una semana después, seguís sin poder librarte de todo aquello; aun lo cargás sobre los hombros.

Aun tenés las dudas.

Aun tenés las inquietudes.

Aun tenés las preocupaciones.

Aun tenés esas preguntas que carecen de respuesta.

Aun tenés un agujero en el pecho.

Aun tenés el nombre del hospital, la dirección y el número de teléfono garabateados en un trozo de papel arrancado de una de las libretas de tu hermana, la letra un rulo desprolijo y apenas legible.

Pero también tenés a Michelle, quien el lunes siguiente a ese fin de semana horrible se despertó temprano como siempre y, desatendiendo tu sugerencia de que se tomara el día libre, comenzó a prepararse para trabajar, poniendo mucho cuidado al elegir el sweater perfecto para que ni su cuello ni brazos rasguñados quedaran expuestos y pasando un largo rato concentrada frente al espejo cubriendo con base color natural las marcas dejadas en su rostro de muñequita de porcelana (es increíble lo que puede obrar un poco de maquillaje aplicado en las proporciones justas: si no hubieras sabido que estaban ahí, jamás habrías adivinado que esa carita angelical estaba surcada por lastimaduras auto infligidas).

Tenés a Michelle, quien a pesar de encontrarse entre la espada y la pared, herida emocionalmente, cargando un gran peso sobre los hombros, con el corazón y el alma estrujados y revueltos, luego de haber perdido el control y caído víctima de un ataque nervioso, encontró dentro de sí la tranquilidad para seguir adelante, la fuerza para continuar con su vida, la voluntad para evitar que se descarrilara. Durante toda la semana acudió al trabajo, se mostró brillante y eficiente como siempre, condujo a la unidad impecablemente como siempre, resolvió todos los problemas que se presentaron, se mantuvo estoica, firme, como una diosa de mármol, como una roca ante las embestidas del mar embravecido. Por dentro seguía procesando todo lo sucedido, por supuesto, pero halló en su profesión, en su vocación, en lo que la apasiona, un escape para evitar ser consumida por las dudas, las preguntas, las posibilidades, y el resto de las emociones que se batían a duelo dentro de ella

Tenés a Michelle, quien durante la última semana con la llegada de cada noche, al regresar al hogar que comparten (no importa realmente si es tu departamento o el suyo, porque mientras estén juntos siempre es un hogar), te mostró su costado más débil y sensible al dejar del otro lado de la puerta a la 'Agente Dessler' y convertirse simplemente en la mujer que es debajo de las capas de maquillaje, la seriedad, la responsabilidad y la vocación: tu princesita, pequeña y frágil, muy bajita cuando está descalza, muy menuda cuando viste tus ropas que le quedan gigantes, la que se siente refugiada cuando le das cobijo entre tus brazos, la que necesita de tus besos, la que disfruta escuchando los latidos de tu corazón y el sonido de tu respiración, la que puede contarte todo, la que precisa que la escuches, la que sonríe sólo para vos, la que se ríe de las payasadas que decís y hacés para alegrarla, la que no tiene que pretender porque la aceptás tal cual es, la que juega con Bonnie como una criatura, la que aun con todo lo que debe llevar sobre los hombros tiene la capacidad de arrancarte las sonrisas más amplias.

Fue una semana larga.

Fue una semana larguísima, para ser sinceros.

Fue una semana constituida de pretender desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde una normalidad que transcurría dentro de los altos muros de acero de la CTU, entre máquinas, computadoras, teléfonos, pantallas gigantes, llamadas de todas las oficinas del gobierno a lo largo del país, equipos de tácticas especiales siempre listos para salir al campo de batalla, órdenes que dar, y órdenes que cumplir… Esa normalidad ambos la precisaban. Michelle había estado en lo correcto al negarse a tu sugerencia de tomarse algunos días libres. Tiempo libres, horas vacías para pensar, silencio, todo eso hubiera sido inútil, no habría ayudado de nada. La normalidad a la que Michelle decidió empujarse a pesar de su dolor y su angustia y el llanto y el fin de semana terrible que habían pasado, la normalidad a la que decidió empujarte, era lo que a los dos les hacía falta para empezar a acomodar los pensamientos, a digerir lo sucedido, a acomodar las ideas.

Fue una semana constituida de pensamientos que se acomodan, acontecimientos que se digieren, ideas que se acomodan.

Fue una semana constituida de abrazos larguísimos y conversaciones sostenidas con la mirada aun más largas.

Fue una semana constituida de dejar las cosas ser, dejar las cosas fluir.

Fue una semana constituida de momentos de profundo entendimiento sin que hiciera falta musitar palabra alguna.

Fue una semana constituida de rutina, esa rutina en la que cayeron juntos y que no cambiarían por nada del mundo: despertar abrazados, hacer el amor todavía medio dormidos por el simple placer de besarse y acariciarse antes que cualquier otra cosa, prepararse para ir a trabajar, pasar doce horas seguidas en la Unidad sin detenerse un segundo, regresar a ese hogar que construyeron entre los dos, pasar las horas que quedan hasta la medianoche mimándose.

Esa normalidad los ayudó a los dos.

Fue una semana larga, una semana llena de obligaciones y tareas y responsabilidades, llena también de ese amor que corre por sus venas y hace latir sus corazones e inunda sus almas con una calidez incomparable con cualquier otra cosa que un ser humano pueda sentir.

Fue una semana más, en medio de la cual se hallaron desperdigados flashes del sábado y domingo anterior – lejanas se sentían esas casi cuarenta y ocho horas tortuosas, lejanas como si hubieran ocurrido en otra vida, o como si hubieran formado parte del guión de una película vista mucho tiempo atrás y cuyos detalles apenas pueden ser recordados con claridad -, palabras desordenadas susurradas por una voz interior, pensamientos desprolijos, pensamientos más prolijos, pensamientos con más forma, pensamientos con menos forma, reflexiones de todo tipo, ideas de todo tipo en relación a los pasos a dar a partir de ahora.

Es a Michelle a quien le toca decidir si quiere ver a su madre o no, si quiere hablar con ella o no, si quiere saber más o no, si quiere darle lugar en su vida catorce años después de haber sido abandonada o no. En lo que ella decida vas a acompañarla, por supuesto, sea esto lo que sea, pase lo que pase, porque no imaginarías tu existencia siendo algo distinto a lo que es: una existencia dedicada enteramente a la mujer a la que adorás con locura y a la que no cambiarías por nada o por nadie.

Y eso incluye a tu familia.

Durante esta semana ajetreada transcurrida en un marco pintado con los colores de la normalidad – un marco no muy diferente al de cualquier semana del año, común y corriente como la que más -, no hablaste con tus padres. Tu madre llamó varias veces, pero en cada ocasión optaste por pulsar el botón de 'ignorar', y de igual manera proseguiste cada vez que tu padre hizo el intento desde su teléfono móvil; te enviaron correos electrónicos y mensajes de texto que ni siquiera abriste, mucho menos contestaste. Ignoraste todos sus intentos por comunicarse con vos, porque no deseabas hablar con ellos, porque no estabas preparado para saber.

Vos estabas eligiendo no comunicarte con ellos.

Vos estabas eligiendo no saber más.

Vos estabas eligiendo no aclarar las cosas.

Vos estabas eligiendo no hacer más preguntas.

Vos estabas eligiendo quedarte con las dudas.

Vos estabas eligiendo la ignorancia, esa que dicen es una bendición.

Y Michelle te acompañó en cada decisión, sin cuestionar nada, sin indagar nada, brindándote solamente su apoyo y su amor incondicionales, prestándote sus ojos orientales para que te miraras en ellos y te encontraras si en algún momento te sentías perdido, prestándote sus brazos para que te acunaras entre ellos y buscaras allí abrigo si en algún momento te entraba el frío,

Te acompañó (te acompaña) como vos la acompañás a ella.

Te acompañó (te acompaña) como vos siempre vas a acompañarla a ella.

Por el momento esto es todo lo que podés hacer.

Por el momento es todo lo que ella puede hacer.

Por el momento es todo lo que los dos pueden hacer.

Vos no estás listo para tomar ninguna decisión a largo plazo, por eso te quedás suspendido en la normalidad, lidiando puertas adentro con tus emociones cuando te parece que te hallás en el estado indicado para hacerlo sin que traguen o te sumerjan en un agujero negro.

Le dijiste a Michelle que podían hacer las cosas de a poco, a medida que el peso con el que cargan se los permitiera, priorizando el bienestar de sus mentes y sus almas antes que cualquier josa, juntos, midiendo todo, mesurando todo, analizando todo, sin presiones, evitando ahogarse, evitando morir enterrados bajo los escombros. Vas a seguir el consejo que le diste, vas a tomar tus propias palabras y a utilizarlas vos mismo.

Y así pasó una semana desde ese sábado en el que el suelo tembló, la tierra se rajó, las bases se rompieron, las paredes se vinieron abajo.

Así pasó una semana.

Y siete días después ustedes dos siguen vivos.

Y siete días después ustedes dos siguen respirando.

Y siete días después ustedes dos siguen adorándose como en el primer instante (más, en realidad; con cada segundo que se le escapa al reloj, ustedes dos se adoran un poco más).

Y siete días después siguen marchando hacia adelante, sin haber decidido aún qué harán, cómo, cuándo, por qué.

Y siete días después la cruz que cargás es la misma, y las dudas son las mismas, y las preocupaciones son las mismas, porque el tiempo no arrastra todo aquello, no nos los quita, no nos libra mágicamente de ello, no nos arranca las manchas pegadas al alma que sólo con mucho esfuerzo podrán ser borradas.

Pero la tenés a ella.

Y con eso te basta para estar seguro de que, suceda lo que suceda, venga lo que venga, elijas lo que elijas, decida ella lo que decida, pase lo que pase, todo va a estar bien.

Mientras la tengas a ella, el resto realmente no hace mucho peso.

Mientras la tengas a ella, no te importa nada más.

Y los días pueden pasar, y la normalidad en el medio del caos interno hace bien, porque están juntos, porque se entienden con sólo mirarse, porque se explican las cosas a través de los gestos y las caricias, porque se comunican en un idioma único, porque se apoyan uno en el otro, porque se sostienen cuando tiemblan los cimientos, porque se mantienen unidos cuando todo lo demás se deshace, porque su amor sólo crece y se vuelve más poderoso cuando todo lo demás se desmorona.

Día tras día, la fuerza que necesitan van construyéndola de a poco, como construyen todo lo demás, como construyen ese mundo propio en el que pueden vivir lejos de cualquier otro mal, donde pueden ser ustedes, sin pretender, tan débiles y frágiles como son dos seres humanos con tantos defectos como virtudes (o más defectos que virtudes, quizá, porque el ser humano está destinado a la imperfección), sin esconderse, sin ocultarse, inhalando y exhalando ese amor tan puro que los recorre de punta a punta y que les da la capacidad de seguir luchando contra molinos de viento, de ganarle a la locura, de ganarle al dolor, de ganarle a todo, ese amor que convierte a cada día – incluso a los peores, incluso a los más tristes, incluso a los más grises, incluso a aquellos en los que la mente no les deja ver que la tormenta ha pasado, que la noche se ha ido, que ya ha amanecido, que ya brilla el sol – en una experiencia de la cual siempre algo puede rescatarse, aunque sea una sonrisa, una caricia, un beso, un estremecimiento del alma al estar los dos cerca, mirándose a los ojos, encontrándose en cada suspiro.

La fuerza que necesitan la construyen entre los dos, se la dan el uno al otro, la hallan permaneciendo juntos, escudados detrás de un amor demasiado gigante como para pesar más que una duda, una preocupación, una decisión tomada o por tomar.

Por eso pudiste seguir adelante en esta última semana.

Por eso seguís sonriendo.

Por eso seguís respirando.

Por eso seguís existiendo.

Por eso seguís adelante.

Por eso confiás en que las cosas caerán en su debido lugar a su debido tiempo.

Por eso no temés a lo que el futuro te depare en las páginas que vienen en los capítulos que Dios ya escribió hace mucho, mucho tiempo, pero a los que ustedes todavía no llegaron, porque en la Tierra los minutos corren distinto, porque para los humanos la vida es una larga línea llena de sorpresas y obstáculos preparados, diseñados y pensados de antemano, los cuales deben ir siendo descubiertos poco a poco, sin previo aviso; esa es la gracia de estar vivo, esa es la gracia de existir, y a veces duele terriblemente.

Pero no duele tanto si podés vivirlo con tu otra mitad.

Porque la vida de a dos es más fácil.

Y ese amor que sentís te hace invencible.

Y ese amor que sentís impide que le temas al futuro.

Depare lo que depare…

Vaya a traerte lo que vaya a traerte…

Crezcan las dudas, o la ansiedad, o las preocupaciones, o la desesperación…

Te alejes de tu familia, o vuelvas a acercarte…

Se recupere la confianza, o siga agrandándose el abismo entre los que amás tanto y llevan tu misma sangre corriendo en las venas y están hechos de la misma carne de la que está hecho tu cuerpo…

Se curen las heridas infligidas a tu alma o queden marcas para siempre…

Se encuentre una respuesta convincente a tus preguntas, o una respuesta que te parta al medio, o no se encuentre respuesta alguna…

Vos la tenés a ella.

Por sobre todas las cosas la tenés a ella.

Y eso es todo lo que debe importarte.

Porque ella es toda la fuerza que necesitás.


Despertás con el peso de su cuerpo desnudo desparramado proporcionalmente sobre el tuyo, su cabeza descansando justo en aquél punto de tu pecho en el que pueden escucharse y sentirse con claridad y precisión los latidos de tu corazón. El calor que se genera entre tu piel y su piel, el colchón de plumas blando como deben serlo las nubes moldeando perfectamente el contorno de tu anatomía, la sensación que te provoca acariciar con las yemas de tus dedos las palabras gravadas en su espalda, te invitan a quedarte allí por el resto de la mañana.

La respiración pesada y relajada de Michelle es la canción de cuna perfecta: te tranquiliza, te desacelera, te envuelve. Podrías escucharla durante horas y jamás te cansarías. Podrías abrazarla a ella durante horas, y jamás te asaltaría el deseo de estar en cualquier otro sitio o haciendo cualquier otra cosa.

Inhalás el perfume de su pelo, dejás que te llene, que entre en tu torrente sanguíneo, que alimente tu corazón, que inunde tus pulmones; podrías vivir sin oxígeno, encontrarías la forma, pero jamás podrías vivir sin ella, sin esa esencia tan única, tan incomparable, tan… de ella. Es adictivo, te ha convertido en un organismo totalmente dependiente, es casi tóxico, y al mismo tiempo es también una necesidad vital. Por eso te gusta tanto despertar temprano en las mañanas, cuando ella duerme aun profundamente como el ángel que es: precisás satisfacer esas terribles, punzantes ganas de embeberte en ella, llenarte de ella.

Permanecés tumbado en la cama durante un largo rato, liviano y tranquilo, todo el peso que cargás en los hombros cuando te ponés de pie y salís a enfrentar al mundo real abandonado en un rincón, porque durante los minutos que permanecés de cara al techo, acariciando su espalda, abrigándote con el calor que generan sus cuerpos desnudos uno pegado al otro, alimentándote de su perfume, nada puede hacerte daño, no hay carga bajo la cual te hundas, no hay rodillas temblorosas que se esfuerzan por seguir adelante paso a paso sin ceder ante las presiones: son simplemente ustedes dos, envueltos en las sábanas revueltas, limitándose a existir en el mismo espacio, al mismo tiempo, el resto del Universo desdibujado y reducido a poco más que nada.

Cerca de las diez abandonás ese estado de pura, absoluta, inigualable bendición con el objetivo de ir a preparar el desayuno. Durante la semana no pudiste esmerarte mucho; con los horarios apretados entre los cuales estuvieron atrapados y todo el ajetreo en la CTU, apenas sí pudiste hacer un par de tostadas y huevos revueltos para acompañar el café.

Te levantás con tanto cuidado como el que es posible, calculando cada movimiento con meticulosa rigurosidad para evitar despertarla. Desperdigadas por el suelo, a un costado de la cama, exactamente como las dejaron la madrugada anterior, siguen las ropas que se quitaron el uno al otro. No podés evitar la sonrisa en la que se despliegan tus labios al recordar fragmentos de las horas enterrado en sus brazos. Cada vez es más lindo, cada vez es más intenso, y cada vez te das más y más cuenta de lo diferente que es el sexo cuando se lo combina con amor, lo increíblemente maravilloso que es fundirse por completo con otro ser, con otra alma.

Con ese pensamiento abandonás la habitación, después de haberte puesto un par de bóxers que encontraste en el cajón del placar donde guardás tus cosas (pasás demasiado tiempo en su departamento, casi tanto como el que ella pasa en el tuyo, por lo cual es natural que en ambos sitios se encuentren iguales cantidades de pertenencias tuyas o de ella según corresponda; eso se corregirá, por supuesto, después del 2 de marzo, cuando se muden a la hermosa casita a la que convertirán en un hogar, y convivan los dos oficialmente bajo el mismo techo) y una camiseta negra con el logo de Queen estampado, la cual forma parte de las prendas viejas y usadas que solamente vestís 'puertas adentro'.

Si exactamente un año atrás te hubieran dicho que en trescientos sesenta y cinco días estarías perdidamente enamorado de una mujer que se asemeja a un ángel creado a tu medida, comprometido para casarte, ansioso por comenzar a formar tu propia familia, fuera del agujero negro en el que te habías hundido luego de lo sucedido con Nina, feliz, con un futuro brillante delante de vos (en lo personal y en lo profesional también, no hay que subestimar ese plano aunque ya no sea el más importante ni el eje sobre el que gira tu mundo), no habrías creído ni una palabra, ni una. Si hubieran vaticinado en tu futuro mañanas de sábado con los pies descalzos sobre el frío suelo de baldosas de la cocina de un departamento que no es el tuyo, despreocupado, sólo en tus bóxers y una camiseta vieja de una de tus bandas favoritas, preparando mezcla para panqueques y exprimiendo naranjas para jugo mientras la cafetera zumba al compás, los habrías tratado de locos.

Pero no cambiarías esto por nada en el mundo.

Por absolutamente nada.

Sos más feliz de lo que alguna vez lo fuiste en treinta y cuatro años, tanto que hasta todos los tragos amargos tienen algo dulce, tanto que cualquier cruz se vuelve más liviana para cargar, tanto que los obstáculos se vuelven más fáciles de superar.

Despertarte con ella en tus brazos, ir de puntillas de pie hasta la cocina para prepararle el desayuno, estar impregnado de su perfume, tener la cabeza despeinada porque sus dedos estuvieron toda la noche revolviendo tu cabello, cocinar panqueques para mimarla, todas esas cosas te hacen inmensamente feliz, y jamás elegirías ninguna otra por sobre ellas.

En eso estás pensando, con una sonrisa cruzando tu rostro y tu corazón latiendo contento ante la perspectiva de pasar el sábado con ella, cuando sentís los brazos de un cuerpo al que conocés demasiado bien (de memoria y en extenso detalle, a decir verdad) rodeándote desde atrás, atrayéndote con dulzura hasta que tu espalda ancha queda anidada contra su pecho, su figura delicada en contraste con la tuya, sus manos entrelazadas sobre tu estómago y su cabeza reposando justo en el sitio exacto en el que puede escucharse el rebote de tu corazón.

"Buen día" susurra, poniéndose en puntas de pie para poder alcanzar su oído, permitiendo que sus labios desparramen algunos besos allí, derritiéndote por dentro como el hielo se derrite expuesto a los rayos del sol.

"Buen día" murmurás, girando el cuello lo suficiente para poder rozar la punta de tu nariz contra la punta de su nariz "Estoy preparando panqueques" anunciás, sonriendo de oreja a oreja simplemente porque ella está ahí, abrazándote, con sus rulos salvajes e indomables enmarcando su carita de ángel, sus brillantes ojitos orientales, cubierta apenas por una de tus camisas (más precisamente la que llevabas puesta la noche anterior) y un par de bóxers también tuyos, hermosa y sencilla y transmitiéndote tanto amor que no podrías medirlo o ponerlo en palabras.

"¿No te cansás de tener que cocinar siempre?" pregunta sin soltarte, acomodando su cabeza en el huequito entre tu hombro y tu cuello, haciéndote cosquillas con su respiración.

"Si cocino para vos, no" contestás, tu sonrisa ensanchándose.

"Qué bueno, porque me encantan los panqueques que preparás"

Durante un rato permanecen en silencio; estar con ella en silencio es una de las cosas más lindas, porque aun cuando no salen palabras de sus bocas, ustedes siguen comunicándose.

Luego de algunos minutos, cuando ya sobre el plato de losa azul se halla apilada una considerable cantidad de panqueques, hablás en voz alta otra vez:

"¿Qué te parece si después de desayunar vamos a pasear un poco?"

"Me gustaría mucho" es su respuesta, acompañada por un leve roce de labios sobre tu nuca.

"Podríamos ir al cine" sugerís, al tiempo que se dirigen a la mesa, donde ella empieza a servir el café en las tazas mientras vos embadurnás los panqueques con la cantidad justa de dulce de leche, miel y jarabe.

Y estás absorto en ese ritual, ese ritual tan sencillo y tan cotidiano y en apariencia tan simple y tan insignificante, ese ritual que se repite con tanta asiduidad, absorto en lo feliz que te hace, en como tu corazón se acelera y tus labios son jalados hacia arriba por una fuerza inexplicable e invisible que forma sonrisas enormes que no desaparecen con nada y que entibian tu cuerpo entero, ese ritual que no cambiarías por nada en el mundo, absorto quizá demasiado, porque cuando las siguientes palabras encerradas entre dos signos de interrogación salen de su boca, te impactan como si te hubieran tomado por los hombros y sacudido violentamente:

"Después, ¿me acompañarías a la peluquería?"

Tu reacción no se hace esperar:

"¿A la peluquería?" preguntás casi incrédulo, mirándola y sonando casi como si te hubiera sugerido una locura, algo horrible o desopilante o imposible o ridículo.

Acompañarías a Michelle a cualquier lado sin pensarlo dos veces, sin dudarlo; la acompañarías al mismísimo infierno si hiciera falta, hasta sus profundidades más recónditas y oscuras, hasta el más siniestro de los abismos, e irías feliz, porque es tu destino, porque le pertenecés a ella, porque no podrías imaginar otro final para tu existencia que no sea a su lado, porque preferirías cualquier cosa a perderla.

Pero no entendés por qué quiere ir a la peluquería. Mejor dicho, la manera correcta de expresarlo sería la siguiente: vos sabés para qué van las personas a la peluquería, y no entendés por qué Michelle querría ir a una. Las mujeres que van a la peluquería, lo hacen con la intención de cortarse o teñirse el cabello, y no se te ocurre razón alguna por la cual Michelle – tu perfecta Michelle – necesitaría alterar esos rulos hermosos que tanto te enloquecen. Por eso reaccionaste así, como si te hubieran echado un balde de agua fría a la cara. Y quizá haya sido una reacción exagerada (por supuesto que fue una reacción exagerada), pero sinceramente no pudiste evitarla, quizá porque aunque la amarías de cualquier forma, la amás tal cual es y no entendés por qué algo tendría que cambiar.

"Estaba pensando en cortarme el pelo" se explaya, y enseguida continua explicándose, probablemente porque puede leer tu mente, escuchar las palabras que no estás diciendo, interpretar el silencio y tus gestos, porque te conoce mejor que nadie y comprende absolutamente todo lo que pasa por tu cabeza mejor que nadie "Sólo quiero cortármelo un poco… Cambiar un poco. No voy a deshacerme de los rulos, amor, te lo prometo"

No podés evitar el chasquido que da tu lengua, así como tampoco podés evitar la sonrisa dulce que se pinta en tus labios, reemplazando así el gesto anterior, mezcla de curiosidad, incredulidad y sorpresa.

Qué cosa extraña el amor, que te hace reaccionar así, tan inexplicablemente, ante algo en apariencia tan pequeño e inverosímil como puede ser que tu novia (futura esposa, madre de tus hijos, tu universo, tu mundo, tu todo) tenga ganas de ir a la peluquería.

Qué cosa extraña es el amor, que te hace pensar y analizar todo una y mil veces en lo que tarda en extinguirse una fracción de segundo.

Qué cosa extraña es el amor, que te convierte en intérprete de lenguajes desconocidos, lenguajes como el de sus ojos, su voz, su mirada, su cuerpo.

Ya entendés a qué se debió tu reacción.

Ya entendés por qué fue como un sacudón que ella propusiera que la acompañaras a la peluquería.

El corte de cabello es un cambio externo que, en realidad, espeja un cambio interior.

Cambios interiores son de esperarse en este momento, es de esperar que ella – inconscientemente quizá, o tal vez a consciencia – decida expresar de alguna manera, mostrar de alguna manera todo el proceso que está teniendo lugar en su corazón, en su alma.

Es parte de canalizar todo lo que pasó.

Es parte de ir moldeando elecciones futuras.

Es parte de sacar al exterior un poco de todo lo que va ocurriendo puertas adentro, en esos lugares recónditos a los que muy pocos tienen acceso.

Y tal vez sea estúpido pasar lo que queda del desayuno examinando el asunto con tanta precisión y tan meticulosamente, porque es, después de todo, un corte de cabello (no será ni el primero ni el último), y para vos ella es hermosa de cualquier manera y jamás existirá sobre la Tierra criatura más perfecta, pero querés asegurarte de que esta no sea una acción nacida de una necesidad compulsiva e insana, una necesidad de mutilarse, de deformarse, de castigarse… Querés asegurarte de que sea un cambio para bien, un cambio que va a hacerla feliz, un cambio que va a ayudarla a mejorar, un cambio que signifique un paso dado hacia adelante y no dos hacia atrás…

Sí, el amor es algo extraño: te hace tratar a la idea de un corte de cabello como a un asunto de seguridad nacional con prioridad uno.

Así de loco te tiene ella.

"Amo cada pedacito de vos, princesa, buclecitos de ángel o no" le aclarás, inclinándote lo suficiente para poder besar la punta de su nariz "Solamente quiero saber por qué de repente…" comenzás a armar la oración, pero ella te interrumpe, completándola, como si supiera exactamente qué duda tenés.

"¿Por qué de repente necesito un cambio?"

Asentís despacio con la cabeza, tus ojos fundidos en los suyos, leyendo entre líneas, escuchando mucho más que lo dicho con palabras, sintiendo físicamente la honestidad con la que ella habla, una honestidad cruda y pura en todos los sentidos, porque a vos puede confesarte cualquier cosa, con vos puede compartir absolutamente cualquier cosa, con vos puede desmenuzar un tema como éste – en apariencia tan tonto, porque, a decir verdad, ¿qué puede haber de interesante en un corte de cabello? – como si se tratara de un enigma complejo que deben descifrar.

"Porque cuando me miro en el espejo por momentos tengo la impresión de estar viendo una foto de mi mamá. Es como un fantasma que me persigue todo el tiempo, pero sólo me percato de su presencia cuando me choco de frente contra mi reflejo. Excepto cuando me miro en tus ojos… o en el espejo que me regalaste"

Lo que dice tiene sentido, muchísimo sentido.

Sabés que Michelle heredó sus bucles – esos bucles que amás tanto – de su madre.

La mujer que la abandonó.

La mujer que desapareció.

La mujer que se fue sin dejar rastros.

La mujer que fue forzada de vuelta en su historia sin previo aviso, en circunstancias para nada deseables, en medio del caos, en una situación más propia de una telenovela que de la realidad.

La mujer que se encuentra internada en un instituto psiquiátrico, padeciendo diferentes trastornos mentales, ciega, destrozada por fuera casi tanto como por dentro.

La mujer a la que ella no sabe si quiere volver a ver.

La mujer a la que ella no sabe si puede volver a ver.

Con esa mujer se encuentra inevitablemente cuando se enfrenta a un espejo, tal vez porque con todo lo que ha sucedido en los últimos siete días las similitudes entre ambas se han vuelto más notables, más fuertes, más llamativas… Tal vez porque ese miedo del que te habló, el miedo a haber heredado la predisposición a la locura, se vuelve más intenso a medida que va encontrando otros rasgos que la conectan con Elizabeth, como el larguísimo, indomable cabello enrulado, ese que enmarca su carita de ángel, ese en el que te encanta enredar los dedos, ese que amás acariciar cuando están tumbados en la cama, ese que ella quiere cambiar para escaparle a los recuerdos que se encienden cuando se encuentra con su reflejo.

Entendés lo que le pasa, entendés que necesite ese cambio, entendés el origen de esos sentimientos que para ella tienen peso y son importantes (y, por ende, son importantes para vos, tienen peso también para vos, porque lo que ella siente lo sentís vos también, porque están los dos conectados como pocos seres humanos pueden decir estar unidos), y te parece un planteo lógico si se tienen en cuenta todas las cosas que sucedieron en la última semana, todo lo que fue removido en su alma, todo lo que fue rescatado de entre las profundidades de su subconsciente.

Adorás sus rulos, es cierto, y te parece que combinan perfectamente con sus ojos orientales igual de exóticos; la mezcla de Europa y Asia de sus facciones y su cabello es sencillamente perfecta, es única, y te fascinó desde el primer segundo, pero lo que realmente amás es lo que se esconde en su interior, esos recovecos íntimos que solamente vos conocés; lo que realmente amás es su dulzura, su delicadeza, su dedicación, su fragilidad, lo apasionada que es con las cosas que la motivan, su pureza… El aspecto, lo que está en el exterior, realmente no te importa mucho, y sabés que vas a seguir encontrándola desgarradoramente hermosa luzca de una forma o de otra.

Si parte de procesar ese mar de emociones en el que viene nadando intentando no ahogarse es realizar ciertos cambios que para cualquiera parecerían sencillos, hasta tontos, pero que para ella son importantes, entonces vas a apoyarla, a respaldarla, incluso si cualquier persona a la que le preguntaras te miraría con el ceño fruncido y te cuestionaría sobre tu orden de prioridades al adjudicarle tanto valor, como si se tratara de una decisión definitoria o de definición de carácter. De uno sale la fuerza del otro, y a veces actos en apariencia tan sencillos no lo son en realidad; si ella necesita que la acompañes a la peluquería porque lo interpreta como un paso dado hacia la recuperación del equilibrio después de que quitaran de golpe la mayoría de las bases sobre las que había estado caminando y construyendo durante los últimos años, entonces vas a hacerlo.

No hay sitio al que no la acompañarías.

Irías con ella a cualquier sitio.

Harías con ella cualquier cosa.

"Rubia, morena o pelirroja, con o sin rulos, para mí siempre vas a ser la cosita más hermosa" susurrás, mordiendo despacio sus labios e iniciando así una sesión de besos apasionados que los lleva a olvidar inmediatamente el desayuno, al que apenas le prestaron atención.

"Vos sos hermoso" susurra, su boca contra tu boca, sus manos acariciando tu torso una y tu cuello la otra, provocando toda clase de reacciones, estremeciéndote.

Es impresionante la facilidad que tiene para reducirte a nada con sus caricias, con sus besos, con la presión que hace su cuerpo contra el tuyo.

Es impresionante cómo encajan uno en el otro, como si estuvieran hechos a medida, como si hubieran sido pensados desde el comienzo para acabar perteneciéndose el uno al otro, física y espiritualmente.

Te dejás llevar por el sonido de su respiración agitada, sus gemidos ahogados por tu lengua, sus suspiros que quedan atorados en mitad de su garganta, sus dedos que rozan la piel debajo de la camiseta que llevás puesta.

Te dejás llevar, consumido por la necesidad de expresar lo que en palabras no se puede decir, lo que no se puede poner en frases, todo aquello para lo que se necesita ese idioma especial que crearon entre los dos, porque en ningún otro hay forma de siquiera empezar a resumirlo.

Te dejás llevar, y cuando por unos segundos volvés a tomar consciencia del espacio físico en el que se encuentran, las paredes cerrándose a su alrededor son las de su habitación, la escasa ropa que llevan puesta está cayendo otra vez en el suelo mezclándose con aquella de la que se despojaron la noche anterior, otra vez están enredados en las sábanas ya revueltas, otra vez están fundiéndose hasta convertirse en un solo cuerpo.

No te cansás nunca de hacer el amor con ella; siempre tenés ganas, siempre querés más. Es un deseo insaciable. Es la droga más maravillosa a la que podrías haberte vuelto adicto, la combinación de sus dos cuerpos encontrados, sus manos acariciando tu espalda, su anatomía arqueándose, estremeciéndose, convulsionando bajo tu boca y alrededor de tu anatomía, su respiración entrecortada y su voz susurrando tu nombre.

Es la forma más hermosa que tienen de comunicarse, la más cruda, la más pura, la más perfecta. Todo lo que vibra dentro de los dos, todos los secretos escritos en sus almas, todas las emociones que corren por sus venas cada vez que sus corazones laten desaforados uno contra el otro como en este instante en el que el Universo entero está desdibujado, pueden expresarlo sin necesidad de tener que estar buscando, pensando, midiendo o reflexionando: simplemente permiten que todo salga, que fluya, que surja tal cual es, desde los más hondo, sin restricciones, sin barreras. En momentos como éste, no está desnuda sólo la carne, sino también el alma: sus dos almas se encuentran, se hablan en su propio idioma, se muestran las marcas infligidas por el paso del tiempo y por cada circunstancia afrontada, se entregan y entrelazan y funden hasta convertirse en una sola, hasta comprenderse íntimamente, hasta conocerse de memoria. Y entendés cada cosa que siente, cada cosa que le pasa, cada cosa que piensa, cada cosa que se esconde en su interior, cada cosa que le hace bien, cada cosa que le hace mal, cada lágrima, cada sonrisa. Está todo escrito allí, en sus ojos, mientras hacen el amor como si no existiera el mundo, como si estuvieran los dos flotando en la nada, en el infinito.

Es mucho más que placer físico lo que se extiende de punta a punta, haciéndote cosquillas y dándote descargas eléctricas. Es imposible de explicar, no hallarías jamás la manera correcta de describir exactamente cómo, pero lo ves todo allí, en su mirada, en el segundo previo a que todo acabe, en el segundo previo a experimentar esa pequeña muerte que te deja con el cerebro en blanco y los músculos flojos durante minutos en los que podrías jurar acariciás el cielo con las manos: la ves a ella tal cual es, pequeña y frágil y hermosa como un ángel, delicada y fácil de romper si no tenés cuidado, mitad mujer y mitad criatura, perfecta aun con todas sus imperfecciones, rota muchas veces por los golpes que le han tocado pero aun luchando, aun viva, aun respirando, aun amando, aun tratando de estar mejor, aun con fuerzas.

Jadeando, tus labios ligeramente entreabiertos rozando la piel de su pecho, tus brazos aun rodeándola, todavía enterrado en ella, con el corazón latiendo salvajemente en tu garganta, los párpados pesados cubriendo tus ojos, la euforia febril quemándote desde adentro hacia afuera, permanecés recostado sobre ella, escuchando y sintiendo cada pulsación de su anatomía, embebido en la exquisita sensación que te producen sus temblores y vibraciones involuntarios contra tu cuerpo, se te ocurre entonces que no deberías preocuparte mucho por las formas que ella elija para lidiar con todo lo que viene sucediendo, las formas que elija para manifestar lo que le pasa, para manifestar sus miedos o defenderse de ellos, para diferenciarse de su madre, para buscar cuál es la decisión correcta, el camino a tomar, porque una persona que puede amar así, una persona que puede sentir así, una persona que puede conectarse así con otro ser, una persona que puede bajar el cielo a la tierra con cada beso y cada caricia, una persona que puede entregarse tan intensamente, está viva, está sana, está fuerte, está decidida a seguir adelante cueste lo que cueste.

Sonreís contra su piel empapada, saboreando ese gusto único que no vas a probar en ninguna otra piel porque está compuesto de la combinación perfecta de ustedes dos.

Ella va a estar bien.

Pase lo que pase, siga esto como siga, ella va a estar bien.

Los dos van a estar bien.

Porque son uno la fuerza del otro.

Porque son uno el sostén del otro.

Y con un amor así de increíble pueden afrontar cualquier cosa.

¿Quiere cambiar su aspecto como parte de la revolución emocional que la tiene de rehén?: que lo haga. Que haga lo que sienta que es necesario para comenzar a curarse, para cerrar las heridas, para borrar las manchas de tinta sobre las hojas de la historia de su vida, para reescribir los renglones que no le gustan, para manejar el timón de modo tal que las cosas tomen el rumbo que ella desea. ¿Precisa diferenciarse en algo a su madre porque la consume el miedo de haber heredado además de su cabello su locura?: que lo haga si ella siente que es para bien, que lo haga si ella lo considera parte de revelarse contra los fantasmas que la acosan, que invaden sus recuerdos y torturan su memoria, que le hablan al oído en cuanto baja la guardia, que la persiguen constantemente desde hace siete días.

Vos la vas a apoyar.

Vos vas a estar ahí acompañándola.

Vos vas a estar ahí dándole fuerza.

En cada detalle.

En cada decisión.

En cada paso.

Por más mínimo e insignificante que parezca.

Por más simple que parezca.

Por más tonto que parezca.

Por mucho que cualquiera pudiera pensar que el amor te hace reaccionar, analizar, reflexionar y racionalizar todo exageradamente, desproporcionadamente.

¿Necesita que le des fuerzas para ir y cambiar su aspecto porque no puede pensar en qué es lo que va a hacer si cada vez que se topa con un espejo el pasado se entremezcla con el presente, le nubla la mirada, la llena de miedos y dudas, la exprime hasta extraerle recuerdos dolorosas, le embote los sentidos? Vos vas a dárselas.

Vos sos su fuerza y ella es la tuya.

Siempre.

"Tony…"

Su voz te distrae de los pensamientos que se arremolinan en tu cabeza. Su voz, dulce y tranquila, empapada del placer que acaba de experimentar, apenas un susurro tierno destinado a alcanzar solamente tus oídos, su voz te estremece y te eriza la piel, y no podés evitar que tu espalda se arquee un poco al escuchar esa voz dándole forma a tu nombre, llamándote con una devoción y una pasión que ninguna mujer jamás puso a las sílabas que lo componen.

"¿Mmmh?" es todo lo que sale por entre tus labios, porque seguís aun con el sistema colapsado, recuperándote del éxtasis.

"Cambié de opinión" murmura, acariciando tu espalda ancha y musculosa con sus manos, permitiendo que las yemas de sus dedos escriban en un idioma que entienden solamente tu piel y su piel, escribiendo frases enteras que aceleran tus latidos y te derriten.

"¿Sobre qué?" lográs musitar, adormecido por sus caricias.

"No quiero cortarme el pelo"

Sorprendido, hacés uso de toda la fuerza física de la que dispones después de haber dejado en amarla a ella hasta la última gota, y te incorporás apenas, los codos sobre el colchón para sostenerte erguido lo suficiente para que tu mirada y su mirada se encuentren, y con los ojos transmitís todo lo que querés preguntar, todo lo que querés decir, sin que haga falta que formes oración alguna.

"Cambié de opinión" repite, sus dedos ahora acariciando tu frente, repasando despacio tus facciones, examinando con cuidado los pliegues de tu rostro.

Y lo siguiente que nace de esos labios que minutos atrás estaban llevándote al delirio con sus besos basta para que nuevamente quede probado que un amor como el de ustedes supera todo lo conocido, todo lo escrito, todo lo estudiado, todo lo investigado, todo lo inventado; un amor como el de ustedes es único, es irrepetible, es imposible de hallar, es algo creado especialmente para ustedes, algo que les tocó en bendición por motivos desconocidos e incomprensibles, porque Dios así lo quiso, porque el destino así lo permitió:

"Si tengo en mí la capacidad de sentir tanto amor, de amar así, con esta locura, tan apasionadamente, tan desmedidamente; si puedo conectar mi alma a otra alma así, tan íntimamente, si puedo tocar el cielo con las manos cada vez que estoy fundida con vos, si puedo sentir esta pasión consumiéndome, eso significa que estoy viva, que estoy entera a pesar de todo, que mi corazón late, que respiro. A pesar de todo, sigo acá, Tony, con vos, amándote cada día más, con más locura, más intensamente, más desmedidamente. No necesito quitar una parte de mí que ha sido mía desde siempre para diferenciarme de mi mamá, porque gracias a vos me di cuenta de que hay otra cosa que me diferencia de ella, algo mucho más importante y significativo que mi pelo: ella se volcó a sentir el dolor en toda su intensidad, pero yo, cuando se trata de sentir intensamente, prefiero sentir un amor como el que tenemos nosotros dos, más allá de todo lo malo, más allá de todos los problemas, más allá de todas las circunstancias y dificultades y dudas y preguntas sin respuesta, más allá de todos los cielos grises y noches de tormenta. A partir de ahora, cuando me mire en el espejo, voy a ignorar los rasgos físicos que heredé de ella, y voy a concentrarme en el amor que brilla en mi mirada, ese amor que vos despertás en mí, ese amor que me hace única y me salva de todo, ese amor que es solamente mío y por eso me convierte en una persona distinta a cualquier otra, en una persona especial, porque nadie más es dueña de tu amor, nadie más es dueña de la mitad de tu alma, ninguna otra es dueña de tu eternidad, y eso es lo que me convierte en diferente a cualquier otra mujer que haya caminado sobre la Tierra. Tu amor es lo que me diferencia de cualquiera, incluso hasta de mi madre, haya heredado de ella lo que Dios haya permitido que heredara"

Cuando acaba de hablar, los dos tienen los ojos cargados de lágrimas.

Y como hay cosas que en palabras no se pueden decir, como hay cosas que son demasiado complejas para caber en un lenguaje, como hay cosas que no se pueden explicar o describir o poner en oraciones estructuradas, como hay cosas que tienen que sentirse con el cuerpo y el corazón y el alma y la piel y los huesos y la carne, no dicen nada más, y permiten que el cuarto sea envuelto por el silencio roto apenas por los gemidos y susurros entrecortados que se escapan por entre los labios de ambos mientras eligen, nuevamente, volcar todo lo que son en sentir el amor tan intensamente como es posible para un ser humano, o incluso más de lo que es posible para un ser humano.

Cuando volvés a caer exhausto en sus brazos otra vez, adormecido, sedado por los efectos del placer, te concentrás en escuchar los latidos de su corazón, fuertes y precisos a pesar de todo, a pesar de cada herida, a pesar de cada golpe, a pesar de cada situación afrontada, a pesar de las dudas, a pesar de la locura, a pesar de su fragilidad, a pesar de las sorpresas, a pesar de los manchones de tinta sobre las hojas, a pesar de los renglones torcidos.

Te quedás dormido con la seguridad de que su corazón siempre va a latir con fuerza, porque lo que le da la capacidad de continuar es la capacidad que tiene para sentir tanto amor, incluso cuando el suelo tiembla, incluso cuando las paredes se caen, incluso cuando la tierra se hunde, incluso cuando las luces bajan, incluso cuando el cielo se tiñe de gris y la lluvia cae y es imposible distinguir la luz del sol y ver que la tormenta en realidad acabó.

Tu amor es lo que la hace distinta, la hace más fuerte, la hace especial, la hace única e irrepetible, la hace diferente a todas, incluso a su madre, haya heredado de ella lo que sea que Dios haya decidido debía heredar, sea su cabello salvaje e indomable, o tal vez - existe la posibilidad - su predisposición a la locura. Tu amor la salva, tu amor es más fuerte que todo eso, tu amor es más potente, tu amor es más importante, tu amor es más grande.

Es su intensidad para sentir el amor lo que la mantiene viva, lo que la mantiene luchando, lo que la mantiene fuerte, y es el amor que existe entre ustedes dos lo que permite que ese mecanismo se ponga en marcha, ese amor que nadie más tiene, ese amor que es solo de ella, ese amor que es tan suyo como lo es la mitad de tu alma y cada segundo de tu eternidad.

Es un círculo imposible de romper.

Y puede ser tan especial como peligroso.