Nota de la autora:

Prometo administrar mejor mi tiempo para poder escribir más seguido y no volver a pasar casi dos meses sin finalizar un capítulo.

Ahora, sobre este capítulo en particular: no me gusta. Me costó muchísimo escribirlo, me llevó mucho tiempo, y me parece que el resultado es despareja, incoherente, inconsistente... No estoy conforme. No es lo que esperaba que fuera, y eso que éste es uno que he estado planeando escribir desde el principio. Pero salió lo que salió, y espero que a pesar del sinfín de errores que debe tener, les guste de todos modos.


No deshoja las margaritas

Por miedo a que todas

Le digan que sí.

Las sospechas comenzaron en la mañana de un miércoles que quedaría grabado a fuego en tu memoria, cual si los sucesos correspondientes a él hubieran sido tallados profundamente en tu cráneo con un cincel a medida que se iban desarrollando. ¿Cómo olvidar aquél 23 de enero en el que comenzó a dibujarse con exasperante lentitud, trazo a trazo, una tragedia? ¿Cómo olvidar aquél 23 de enero que marcó los albores del final de una historia que podría haber sido hermosa, pero que por decisión cruel del destino se diluyó gota a gota?


Despertaste de golpe; tus ojos se abrieron como los ventanales de una casa cuando el viento sopla, tu mirada un poco desenfocada quedó clavada en el cielo raso durante una fracción del segundo previo a que una oleada de náuseas subiera por tu garganta, obligándote a propulsar tu cuerpo fuera de la cama en dirección al baño.

Baldosas frías encontraron tus rodillas debajo de ellas cuando caíste débil y temblorosa junto al váter. La habitación en penumbras daba vueltas a tu alrededor; estabas mareada como si te hubieran obligado a montar en uno de los caballitos del carrusel durante horas. Vaciaste el contenido de tu estómago en dos arcadas, y luego te largaste a toser casi convulsamente, los músculos flojos, los huesos adoloridos como si te los hubieran triturado.

Hundiste la cabeza entre las manos, los párpados pesados cual el plomo, la frente empapada en sudor y tus bucles pegados a ella, la respiración agitada y ese desagradable sabor ácido en la boca. Llevabas varios días sin que otro de esos episodios tuviera lugar, por lo cual aquél te tomó completamente de sorpresa.

Aun temblorosa, como si tu anatomía hubiera estado moldeada en gelatina tibia, te las arreglaste para ponerte de pie y llegar al lavabo, donde te cepillaste los dientes usando sólo un poco de agua tibia; habías aprendido la lección la vez anterior: el olor a menta fuerte del dentífrico no hace sino provocarte náuseas otra vez, por lo cual decidiste dejar el tubo de pasta en su lugar, herméticamente cerrado.

Devolviste el cepillo de dientes a su lugar, pero no cerraste el grifo; permitiste que el agua corriera, que acallara tus pensamientos, que el sonido llenara el cuarto, que inundara tus oídos, que creara ecos de susurros imaginarios para silenciar a las voces que cuchicheaban en tu cerebro aun adormecido, ligeramente entumecido. Te quedaste de pie frente al espejo, pero evitando encontrarte con tu reflejo; seguramente lucías desaliñada, andrajosa casi, vestida con una remera demasiados talles más grande, un bóxer de él, el cabello despeinado en un rodete ya casi sin forma, la piel pálida... Pero no era tu aspecto la razón por la que no querías observar tu reflejo.

Él te encontró así minutos más tarde (u horas más tarde, o tal vez simplemente fueron segundos… ¿Quién sabe?: es fácil perder la noción del tiempo cuando uno está siendo carcomido por las dudas, por los pensamientos…, por las sospechas), de pie frente al lavabo, el grifo abierto y el agua corriendo, fluyendo como la sangre en tus venas, como las preguntas que cual arroyo en el mar desembocaban en tu mente.

No escuchaste la puerta abrirse, pero sí te sobresaltás cuando él enciende la luz, lo cual provoca que reacciones instintivamente entornando los ojos, que te ardían casi tanto como la garganta y el paladar.

"Chelle, bebé… ¿estás bien?" la pregunta fue susurrada con un grado de ternura y preocupación que caló directo hasta tus huesos, aflojándote aun más de lo que ya te encontrabas.

Estaba de pie bajo el rellano de la puerta, su cabello color negro azabache ligeramente revuelto, el torso al descubierto, descalzo. El cansancio acumulado parecía pesarle en la espalda y en los párpados a medio abrir, consecuencia de los últimos días de trabajo arduo e intenso. Y sin embargo, molido y todo, allí estaba, a las cinco de la madrugada, fuera de la cama, mirándote con dulzura, el instinto y la necesidad de cuidarte más fuertes que los reclamos de su anatomía a la que tanta falta le hacía reponer energías.

"Estoy bien, amor" respondiste en un murmullo, acomodándote un poco el cabello con los dedos tembloroso de una mano, mientras que con la otra te aferrabas fuertemente al borde del lavabo porque temías que tus músculos y huesos sucumbieran y te dejaran caer.

Te sentías un poco mejor, era cierto; siempre te sentís mejor luego de vomitar, aliviada, vacía, como si te quitaran de adentro algo que estaba comiéndote viva, destrozándote, despedazándote, intoxicándote segundo a segundo.

Te sentías mejor, pero no estabas bien: tiritabas, tu corazón latía desaforadamente, te faltaba el aire, tu pulso estaba acelerado y se acumulaba en tus sienes. Estabas nerviosa, tanto que tu estómago bien podría haber estado lleno de ácido corrosivo a juzgar por el ardor desagradable que se paseaba de arriba a abajo por tu esófago. Estabas nerviosa porque las sospechas estaban comenzando a gestarse allí mismo, en ese mismo momento, contra tu voluntad, volviéndose más y más corpóreas con cada segundo que se le escapa al reloj, como si tu intento de empujarlas, de hacerlas desaparecer, de disolverlas, la hiciera más fuertes, más corpóreas.

Estabas nerviosa, pero no querías hablar de eso con él. No querías preocuparlo, no querías transmitirle la angustia atorada en tu pecho, la angustia reprimida que se acumulaba allí donde tu corazón golpea contra tus costillas con cada latido, ahogándote, cerrándose dentro de vos como un puño invisible cuya única intención es asfixiar; no querías contagiarle una angustia cuyo origen ni siquiera vos tenías definido, una angustia que aun te costaba entender, una angustia que no lograbas descifrar, quizá porque medio a consciencia, medio inconscientemente, estabas eligiendo evitarlo por miedo a lo que pudieras encontrar yaciendo debajo de la arena. No querías cargarlo con un peso que por el momento te parecía correspondía fuera solamente tuyo, un peso que tenías tus reservas en compartir porque tus sentimientos respecto a él eran total, absolutamente ambiguos y no habías tenido aun oportunidad de analizarlos, medirlos, observarlos, separarlos.

Por eso decidiste mentirle.

Por eso decidiste darle la oportunidad de regresar a la cama, dormir un ratito más hasta que el radio despertador le martillara los oídos, descansar después de los días agotadores que venían teniendo en la CTU, descansar para poder combatir los días agotadores que ambos sabrían vendrían.

Por eso te armaste de todas las fuerzas que pudiste encontrar dando vueltas en tu sistema, avanzaste hacia él, besaste su mejilla con suavidad (su mejilla ligeramente rasposa, porque todavía no se había afeitado), y susurraste, rogando sonar convincente:

"Estoy bien, amor, solamente me duele un poco la cabeza, eso es todo. Es el cansancio"

Durante unos segundos tu mirada y su mirada se encontraron, y una clavada en la otra permanecieron mientras las manecillas del reloj se movían casi imperceptiblemente; lo sentiste penetrando en tu alma, calando hondo, leyendo entre líneas, encontrando respuestas a preguntas que no hacía falta fueran formuladas. Te sentiste desnuda durante esos segundos, expuesta y vulnerable, más en lo emocional de lo que alguna vez te sentiste en lo físico, sin ropas haciendo las veces de barreras de tela, completamente entregada a él, completamente fundida en él.

Sin decir una palabra, entrelazó sus dedos con los tuyos y te guió otra vez hacia la habitación después de presionar el interruptor de la luz para apagarla, dejando el cuarto de baño a oscuros, tan a oscuros como se encontraba tu mente en ese momento, confundida y plagada de pensamientos y sospechas que revoloteaban y se enredaban desafiándote a tratar de darles sentido.

Lo seguiste, compartiendo el silencio, permitiendo que te condujera de vuelta a la tibieza y seguridad de las sábanas revueltas, el perfume de los dos mezclados en las almohadas, la calidez de su piel contra tu piel y la tranquilidad de sus brazos rodeando tú figura. También en silencio, sin necesidad de utilizar el lenguaje 'normal', le agradeciste por no hacerte planteos o cuestionarte, por darte espacio para procesar lo que fuera que dentro tuyo estaba revolucionándose, por no ahogarte o atosigarte pidiéndote explicaciones que no estabas segura de poder darte siquiera a vos misma.

Dijiste una mentira piadosa (o, mejor expresado, contaste una media verdad, porque era cierto que estabas cansada y era cierto que te dolía la cabeza) y él decidió dejarlo pasar por alto.

Por eso lo amás tanto.

Porque te da el tiempo que necesitás.

Te da el espacio que necesitás.

Sabe que confiás en él más que en nadie, sabe que es tu fuente de refugio y consuelo, sabe que siempre vas a acudir a él, sabe que con él compartís todo, sabe que son uno la mitad del otro, por eso tiene la certeza, la seguridad de que cuando así lo sientas vas a acudir a él con el corazón abierto y la piel desdibujada, mostrándole tu alma, vertiendo sus contenidos delante suyo, lista para que te escuche y para escucharlo, lista para hablar y que te hable, no necesariamente utilizando el idioma que todos conocen, sino más bien usando aquél que entienden nada más ustedes dos.

Con las pulsaciones un poco más estables y los músculos apenas más relajados, volviste a acurrucarte a su lado, acunada contra su cuerpo, rogando en silencio sin ser consciente de que en tu mente esos ruegos se formaban sin necesidad de que vos hilaras palabras para construir frases, rogando que tus nervios se calmaran, rogando para poder conciliar el sueño otra vez y descansar hasta que el sonido del despertador rompiera con la quietud, rogando para que las dudas se callaran de una vez por todas y dejaran de cuchichear allí en el fondo de tu cabeza, rogando que las sospechas desaparecieran como por arte de magia.

Tus nervios no se calmaron, siguieron allí, meciéndose de un lado al otro en tu estómago, como un mar salvaje y revuelto que espera el momento oportuno para levantarse y cubrir la ciudad bajo sus olas descomunalmente gigantes.

No pudiste conciliar el sueño; apenas conseguiste adormecerte un poco, los párpados sin caer del todo, una migraña terrible echando raíces, tus pensamientos vagando de un lado a otro sin rumbo fijo, arrastrándose, lastimándote, lijándote las neuronas hasta hacerlas sangrar, hasta desgastarlas, hasta consumirlas. Aun tendida en la cama, aun a su lado, aun en posición fetal con sus brazos rodeándote, aun en el lugar más seguro del mundo, el cansancio no hizo sino multiplicarse, aumentar; los minutos que pasaste tumbada allí, con el cerebro funcionando a mil millas por hora, con tu cuerpo luchando por apagarse contra una fuerza aun mucho más grande y poderosa que insistía en mantenerte consciente para que las dudas y las sospechas pudieran seguir germinando a sus anchas, fueron una tortura terrible que te dejó física y emocionalmente exhausta, y el chillido del despertador rompiendo con una quietud que era sólo exterior fue bienvenido, porque cortó el círculo vicioso en el que habías caído.

Las dudas no se callaron; aumentaron el volumen, agregaron palabras, tomaron fuerza, se volvieron más corpóreas, se volvieron más filosas, se volvieron más agudas, se expandieron como la peste, dejaron caer sus semillas y sembraron lo que sabías desde un principio no querrías cosechar, pero tendrías que hacerlo de todos modos, porque lo que se siembre cosecharse siempre se debe.

Las sospechas no desaparecieron.

¿Cómo podrían desaparecer, si recién acaban de comenzar?

¿Cómo podría disiparse la niebla sin que antes te tocara atravesarla, perderte en ella, ahogarte en ella, sentir la desesperación, sentirla abrazándote y capturándote?

¿Cómo podría finalizar el capítulo cuando apenas un par de renglones habían sido escritos?

Otro capítulo difícil de protagonizar, eso era lo que continuaría al capítulo oscuro que estabas tratando de cerrar, que los dos estaban tratando de cerrar, y no había más opción que protagonizarlo, no había otra opción que no fuera prestar el cuerpo, prestar la carne, los huesos, el alma, la mente, el corazón, porque es tu vida, porque es tu historia, porque es lo que te tocó, porque es lo que el destino asigna, porque es lo que Dios permite.

El problema es que los capítulos están empezando a entremezclarse, las líneas están empezando a cruzarse, las dificultades y los obstáculos están empezando a chocarse, los escenarios están empezando a desdibujarse y la tinta de unos se está fusionando con la tinta de los otros.

Al parecer estaban condenados a que así fueran las cosas.

En medio del caos se enamoraron, en medio del caos se besaron por primera vez, y en medio del caos, evidentemente, seguiría transcurriendo este cuento de hadas.

Es un cuento de hadas caótico aquél del que les tocó ser protagonistas.

Pero no lo cambiarías por nada.

No le cambiarías una palabra.

No le cambiarías ni un segundo.

Porque lo estás viviendo con él.

Y eso es suficiente para vos.


A las seis y veinte de la mañana te encontrabas vomitando otra vez, tu estómago revuelto después de que cometieras la imprudencia de comer sólo para no preocuparlo a él; la taza de té a medio tomar y la tostada apenas mordisqueada no hicieron sino devolverte a dónde empezaste el día: arrodillada frente al váter, temblando, transpirando, agitada, mareada.

Y angustiada.

Estabas angustiada, y nerviosa, y tenías ganas de hacerte un ovillo en el suelo y largarte a llorar inconteniblemente, desesperadamente, sin motivo, sin sentido, sin razón, sin explicación, sólo porque sí.

Él estaba preocupado.

Preocupado porque estos episodios se han vuelto bastante asiduos.

Preocupado porque esa angustia consumiéndote por dentro podía verse reflejada en tus ojos.

Preocupado porque estabas sufriendo en silencio.

Preocupado porque en cada mirada que cruzaban podía leer un 'no estoy lista para hablar de esto todavía, necesito tiempo, necesito espacio, necesito la ausencia de palabras'.

Trataste de calmarlo – y de calmarte a vos misma, ¿a quién querrías engañar si lo negaras? – diciéndole que todo era causado por la ansiedad fruto de los sentimientos encontrados con los que venís lidiando desde que se ha abierto delante de vos una plétora de posibilidades respecto a cómo continuar con la relación interrumpida con tu madre ahora que sabés dónde está. En parte, es cierto, por supuesto, porque nada ha sido lo mismo desde aquél sábado más allá de tus esfuerzos por mantener cierta normalidad; sin embargo, vos sabés bien – creés que los dos saben – que estos episodios ya venían aconteciendo desde antes; comenzaron en los días previos al encuentro con sus padres, y si bien en ese entonces decidieron calificarlo como una forma de canalizar y expresar los nervios que te producía la perspectiva de hacer frente nuevamente a la parte de su familia que no acaba de aceptarte, en tu mente habían comenzado a gestarse sospechas demasiado reales, demasiado agudas, demasiado grandes que estaban conduciéndote – contra tu voluntad, por supuesto -, arrastrándote a creer que quizá la razón por la cual el estómago se te revuelve con tanta frecuencia y acabás mareada y vomitando es otra que poco tiene que ver con sus padres o con tu madre o con cualquier capítulo anterior de la historia de tu vida, sino con un capítulo nuevo, uno que recién está empezando a escribirse, en el medio de todo este caos.

Él se dejó caer a tu lado y te abrazó, con la misma dulzura y delicadeza que siempre encontrás cuando estás en sus brazos, sea cual sea la circunstancia, sea cual sea el lugar. A tu mente acudieron rápidos flashes en vívidos colores de aquella noche que pasó acurrucado a tu lado en el suelo del baño simplemente porque te habías quedado dormida sin darte cuenta y él no quería despertarte porque sabía lo mucho que te costaría volver a conciliar el sueño. No pudiste evitar la sonrisa en la que se curvaron tus labios, así como tampoco pudiste impedir que esa sonrisa se ensanchara un poquitito más porque él siempre está ahí, él siempre sabe qué decir, él siempre sabe qué hacer, él siempre sabe cómo actuar, él siempre sabe cómo ingeniárselas para que te sientas hermosa, perfecta, protegida.

Incluso arrodillada en el suelo de baldosas frías del baño, todavía en pijama, después de haber vaciado el escaso contenido de tu estómago, temblando como una hoja, él te hace sentir hermosa, perfecta, protegida.

En ese instante estuviste a punto de ceder, estuviste a punto de aflojar la lengua y permitir que esas sospechas incipientes, esas sospechas que estaban cercándote desde todos los costados, fueran expresadas en voz alta, puestas en palabras, dividida la carga para ser llevada por tus hombros y los suyos. Estuviste a punto de contarle… pero te contuviste, porque ¿cómo ibas a poner en frases algo que todavía no terminabas de entender, algo que no terminabas de analizar, algo que no terminabas de separar de entre todo el nudo de emociones y pensamientos que te apretaba la base del cerebro y te oprimía el pecho?

Por eso te quedaste callada.

Permanecieron los dos en silencio, con los ojos cerrados, durante algunos minutos, sus labios posando en tu frente, sus brazos dándote refugio, el sonido de su respiración ayudándote a regular tu propia respiración.

Luego llegó un argumento sobre el cual estuvieron debatiendo diez minutos (porque ustedes no discuten, no: simplemente se limitan a intercambiar opiniones, dado el raro caso de que la de uno difiera de la del otro): él quería que te tomaras el día libre, te quedaras en el departamento y aprovecharas para reponer energías, dormir, tomar mucho té y despejarte, desconectarte, dejar de cargar el peso del mundo durante un ratito..., mientras que vos mostrabas determinación absoluta a ir a la CTU, como si no te hubieras despertado a las cinco de la mañana para vaciar el contenido de tu estómago ni hubieras vuelto a hacer lo mismo veinte segundos después de comer un pedazo de tostada. Estabas segura de que para la mitad de la mañana – o incluso antes –a las náuseas se habrían ido y te sentirías muchísimo mejor, estabas segura de que podías aguantar un día de trabajo normal, común y corriente con todo lo que ello implica.

Estaba también el hecho de que no querías quedarte sola, en silencio, con tus pensamientos, con vos misma. Te daba bastante miedo, a decir verdad, porque entonces eso te daría la oportunidad de pensar, de reflexionar, de pesarlo todo en la balanza, de separarlo y estudiarlo y examinarlo y llegar a conclusiones. Si te quedabas sola, sin la presión del trabajo, sin distracciones, sin gente yendo y viniendo de un lado al otro, sin protocolos, sin pantallas gigantes llenas de información, sin teléfonos sonando ininterrumpidamente, sin la piel de la agente Dessler envolviendo a la pequeña, frágil Michelle, corrías el riesgo de que la ansiedad te ganara, corrías el riesgo de que las sospechas te tragaran viva, corrías el riesgo de que las dudas te absorbieran, corrías el riesgo de que tus dedos no pudieran contenerse y empezaran a deshojar margaritas.

No querías deshojar margaritas.

Tenías miedo de que todas te dijeran que sí.

No estabas lista para deshojar margaritas.

No estabas lista para que todas te dijeran que sí.

No estabas lista para permitir que la duda creciera, que echara raíces, que se apoderara de vos, que tomara el control, que se transformara en un susurro constante.

Y sabías que eso sería lo que sucedería si te quedabas sola, en silencio, con tus pensamientos, con las sospechas libres de ataduras y de restricciones y de distracciones, desparramándose, creciendo, extendiéndose, ampliándose, volviéndose más fuertes, más corpóreas, más filosas...

Necesitabas ir a trabajar, más allá de las náuseas, más allá de los mareos, más allá del cansancio, más allá de la fatiga, más allá de todo, porque de lo contrario, tu mente se convertiría en una pizarra en blanco sobre la cual no tendrías control alguno, una pizarra en blanco que no tardaría en ser llenada por toda clase de preguntas e interrogantes, deducciones y suposiciones, escenarios y casos hipotéticos.

Y no querías eso.

No querías verte empujada al borde del abismo, la ansiedad tan incontenible que tus dedos solos, sin que vos les dieras la orden, comenzarían a deshojar margaritas.

No querías deshojar margaritas, porque inconscientemente estabas segura de que todas te dirían que sí.

Cada pétalo te diría que sí.

Y no estabas lista para eso.

Precisabas ir a trabajar, precisabas llenarte de otros problemas y preocupaciones, precisabas el estrés y la presión que la CTU inflige en sus directivos, precisabas los teléfonos sonando todo el tiempo, precisabas las peleas y discusiones de Chloe y Elliot, precisabas a Chappelle y a la gente de Distrito respirando en sus nucas, precisabas bases de datos para actualizar, filtros que arreglar, protocolos que seguir, agentes secretos a los que proteger, equipos tácticos a los que dirigir. Precisabas que tu pasión - porque por tu trabajo sentís una pasión imposible de describir, porque amás lo que hacés y los motivos por los que lo hacés, porque es algo que te llena y te ha mantenido a flote durante mucho tiempo cuando no te quedaba nada más de lo que agarrarte para no hundirte - te distrajera, que te absorbiera, que te consumiera, porque la otra alternativa incluía ser distraída, absorbida y consumida por aquello que querías ignorar, aquello que querías empujar a un costado, bien lejos, empujar bien al fondo de tu mente, enterrar donde nadie pueda encontrarlo, esconder donde a nadie se le ocurra ir a buscarlo.

Sin embargo, el argumento lo ganó él.

Porque te puede de punta a punta, te puede entera, y no hay forma alguna de que le niegues algo si te mira con esos ojitos cargados de amor, ternura y preocupación. Él tampoco puede negarse a algo que vos le pidas, pero tu postura era diferente: testaruda, infantil, caprichosa, egoísta.

Sí, tu postura era egoísta, porque se basaba en tu miedo irracional - ¿o racional?... ¿Era irracional o racional tu miedo? ¿O tal vez era un poco de las dos cosas, una combinación de ambas, en distinta medida, en distinto nivel? - a quedarte en soledad, en silencio, con vos misma, con las sospechas que habían comenzado a gestarse esa madrugada mientras intentabas regular tu respiración y te aferrabas al lavabo de mármol, los nudillos blancos y las palpitaciones aceleradas, el estómago revuelto y los nervios en rebelión.

Él sólo quería cuidarte.

Él sólo estaba preocupándose por vos.

Él sólo quería asegurarse de que estuvieras bien.

Él sólo estaba invadido por el miedo a que te pasara algo malo, el miedo a que el estrés del trabajo y las presiones cotidianas afectaran más tu salud.

Él solamente quería verte bien.

Él solamente quería protegerte.

Y como tu amor es más fuerte que el miedo a ser comida cruda por las dudas y las sospechas, como tu amor por él derriba cualquier pared y trepa cualquier muro, como tu amor por él es el antídoto contra cualquier veneno, como tu amor por él te da fuerzas para aguantar cualquier cosa, como tu amor por él te impide ser egoísta bajo cualquier circunstancia, como tu amor por él te lleva a ignorar tus necesidades y considerar solamente las suyas (y en este caso sus necesidades - su necesidad de cuidarte, su siempre presente e imperiosa necesidad de cuidarte pase lo que pase - estaba mucho mejor justificada y mucho mejor sostenida que tu necesidad, que rayaba con la irracionalidad y la obsesión y la fobia), acabaste dando el brazo a torcer.

Solamente él puede doblar tu razón así.

Solamente él, con esos ojos llenos de preocupación y ternura, es capaz de llevarte a elegir rendirte y ceder y entregarte a una batalla con tu propia mente convertida en un jardín inmenso lleno de margaritas para deshojar.

Se marchó, aun preocupado, con la promesa de que harías reposo, tomarías líquido frecuentemente, tratarías de relajarte y lo llamarías ante el menor inconveniente. Él te prometió llamarte si tu presencia se volvía indispensable en la CTU o si surgían pistas importantes sobre algún protocolo activo; también prometió mantenerte informada mediante mensajes de la situación en la oficina. Sabías que cumplir tu parte del trato sería difícil, dado que 'descanso' y 'tranquilidad' no era precisamente lo que te esperaba una vez que la puerta se cerrara detrás de él y las sospechas germinadas comenzaran a devorarte sin piedad, pero estabas segura de que él cumpliría con su parte y tenías algo así como el consuelo de que vos harías un esfuerzo por cumplir con la tuya (incluso si hubieras apostado hasta aquello de lo que careces a que esos esfuerzos no serían fructíferos).

Posó sus labios en tu frente para darte un último beso, acunó tu rostro con sus manos para dejar una última caricia, y partió, poco antes de que el reloj dieran las siete, dejándote atrapada en un campo plantado de dudas y sospechas, con todas esas flores esperando a que comenzaras a arrancarles las hojas, preguntando una y otra vez '¿Lo estoy o no lo estoy?', y recibiendo siempre la temida respuesta: sí.


Te acurrucaste en la cama junto a Bonnie, las dos hechas un ovillo, tu rostro enterrado en la almohada de él porque necesitabas respirar tu perfume, tus dedos ocupados acariciando el suave y tibio pelaje del animalito, quizá porque temías – inconscientemente – que comenzaran a 'deshojar margaritas' si no los mantenías ocupados. Estabas tratando de mantener la cabeza en blanco, alejada de todo pensamiento, liviana y vacía; estabas tratando de que la pizarra no se llenara de manchas y signos de interrogación y preguntas e inquietudes y sospechas salpicadas por todas partes.

A tu lado, sobre la mesita de noche, yacía abierta la cajita de música que él te regaló, la música llenando el espacio, rompiendo con silencio; quizá la música mantendría alejadas, apagadas, a las voces que sabías en cualquier momento comenzarían a desperdigar en tus oídos, desde adentro, desde tu propio interior, susurros que no querés escuchar, que sabés que están ahí, revolviéndose, sembrándose.

Recordaste en ese momento una frase escuchada muchos años atrás, una frase que se impactó contra el pizarrón en tu cabeza que estabas tratando de mantener en blanco, convirtiéndose así en la primera de muchas manchas que irían apareciendo allí hasta empaparlo, hasta cubrirlo por completo: "La siembra es voluntaria; la cosecha es obligatoria".

La siembra es voluntaria.

La cosecha es obligatoria.

Cerraste los ojos, apretando los párpados con fuerza, intentando borrar de esa pizarra en tu mente cualquier rastro, de dejarla otra vez en blanco, pero no pudiste, porque las primeras salpicaduras estaban allí, las primeras manchas habían sido hechas, y estaban reproduciéndose, extendiéndose, nuevas manchas surgiendo de las ya existentes, la tinta desparramándose, las líneas esparciéndose…

No podías hacer nada para evitarlo.

La primera gota había caído, en la forma de una frase escuchada hacía mucho tiempo y recordada en aquél momento, y más gotas seguirían cayendo sin que pudieras hacer cosa alguna para evitarlo.

La siembra es voluntaria; la cosecha es obligatoria.

¿Habías dejado voluntariamente que se sembraran en tu cabeza esas sospechas? Sin ser consciente de eso, por supuesto, ¿habías permitido que fueran sembradas esas sospechas que ahora debías cosechar? Porque rápidamente habían dado sus frutos, y era tiempo de cosechar, por mucho que te negaras, por mucho que no quisieras. Era tiempo de recoger ese sinfín de margaritas que te producía terror la idea de deshojar porque temías que todas te dijeran lo mismo: .

Permaneciste acostada, respirando su perfume impregnado en la almohada sobre la cual las cabezas de ambos habían reposado toda la noche, queriendo intoxicarte con su esencia, absorberla hasta sentirla fluyendo en tu torrente sanguíneo, hasta que te mareara, hasta que te quedaras dormida, los pensamientos abrumadores entumecidos, algo parecido a la paz envolviéndote mientras la música te acunaba y el suave pelaje de Bonnie entibiaba tus dedos…

Te adormecías de tanto en tanto, pero enseguida las sospechas sacudían tu cerebro, le enviaban descargas eléctricas, y te devolvían al plano de la consciencia, el entumecimiento desapareciendo inmediatamente, tus nervios tensándose, tus músculos poniéndose tiesos, tu estómago contrayéndose. Pero vos, en un acto de testarudez, apretabas los párpados con más fuerza, inhalas su perfume con más intensidad, invertías cada partícula de tu ser en borrar esa pizarra en tu mente – ya enchastrada -, en ponerla otra vez en blanco, aunque sabías que sería imposible.

Cerca de las nueve de la mañana no lo soportaste más, y abandonaste tus fútiles intentos de conciliar un sueño que habías estado segura desde el principio jamás llegaría, pero que de todos modos habías insistido en buscar. Con Bonnie pisándote los talones, te dirigiste a la cocina para prepararte otra taza de té con la esperanza de que ésa no terminara dentro del váter cinco minutos después. Tomaste tu celular, que habías dejado sobre la mesita de noche opuesta a aquella en la que yacía abierta la cajita de música, junto al reloj que habías estado ojeando de tanto en tanto para comprobar que los minutos se arrastraban con una lentitud insoportablemente exasperante y se hacían sentir como eternidades contenidas en segundos, y te lo llevaste por si acaso, por si Tony llamaba con novedades de la CTU, o simplemente para escuchar el sonido de tu voz y acariciarte por dentro con el sonido de la suya.

Te pusiste a tararear mientras aguardabas a que el agua hirviera. La melodía que se escapaba por entre tus labios era aquella de la cajita de música a la que amás tanto como a todo lo que él te da, como a todo lo que él le otorga significado profundo empapándolo con su amor y su ternura. Esa melodía te ayuda a relajarte, y en el último tiempo, prácticamente desde que la escuchaste por primera vez, te sorprendés a vos misma tarareándola sin percatarte de que empezaste a hacerlo cada vez que estás preocupada, nerviosa o sentís que te estás parando demasiado cerca del borde del precipicio; es una reacción automática, y te alivia, y te proporciona calma, y te da una serenidad que no encontrarías de otro modo, y es como una pequeña fórmula secreta que sólo vos conocés mantenerte erguida y en pie cuando te es imposible correr a sus brazos y refugiarte en ellos.

Estabas nervios.

Estabas preocupada.

Estabas demasiado cerca del borde del precipicio.

Y tenías tu mente vuelto un campo de margaritas que temías deshojar.

Minutos después, tus ojos se hallaban enfocados en el agua tiñéndose de marrón oscuro y el saquito de té hinchándose dentro de la taza (una simple, común y corriente, de cerámica blanca, sin ninguna historia detrás, porque Tony se había llevado la suya de Chicago Club a la CTU, como todas las mañanas), y vos rogabas que tu mente divagara lejos, que algún otro pensamiento la ocupara… Era sadomasoquista, casi, desear que otra preocupación apareciera para pasar por encima de todas esas margaritas y aplastarlas, romperlas, destrozarlas, matarlas, arrancarlas de raíz, pisotearlas, dejarlas reducidas a nada, a polvo, a cenizas. Cualquier cosa era bienvenida si te libraba de confrontar tus sospechas, pero, curiosamente, aun teniendo problemas más graves sobre los cuales reflexionar para hallar una solución, apenas si lograban aparecerse delante de tus ojos como destellos intermitentes, pues el que te aquejaba esa mañana era mucho más fuerte y absolutamente resistente, y no quería abandonar la posición ocupada estrujándote el alma, tensando tus músculos, exprimiendo tus nervios.

Por con nada lograbas distraerte de las sorpresas que estaban comenzando a convertirse en una obsesión aguda, punzante y filosa que apenas dejaba espacio en tu mente para otro pensamiento que no fuera aquél tortuoso y repetitivo al que aparentemente estabas condenada a ceder: un millar de margaritas habían sido plantadas, cada pétalo simbolizaba una única pregunta cuyo peso era tan grande que estabas empezando a sentirte físicamente hundida, cada pétalo aguardaba a ser deshojado, y vos tus dedos temblorosos los contorsionabas en una expresión externa de una controversia interna, porque temías empezar a 'deshojar' esas margaritas, porque temías que esa pregunta repetida hasta al hartazgo que pesaba una tonelada te condujera a un irrefutable 'sí' casi tan o más pesado.

Cuando volviste a probar otro sorbo, el té ya se había enfriado. Dando un respingo, vertiste los restos helados en el fregadero, lavaste y secaste la taza, y regresaste a la habitación – teléfono móvil en mano – donde te tumbaste en la cama otra vez, la cara enterrada en la almohada, tus pulmones alimentándose de su perfume, la cajita de música nuevamente reproduciendo su melodía, pero el caos en tu interior aun más salvaje, aun más revuelto.

Así habrías pasado el resto del día si no hubieras recibido una llamada cerca de las once de la mañana, una llamada que definitivamente no estabas esperando pero que te proporciono la excusa para – irracionalmente, quizá, o tal vez con más racionalidad de la que uno supondría – desviar tus preocupaciones, tus nervios y tu ansiedad hacia otra fuente.

Al principio, cuando viste su nombre en el identificador, tu estómago se contrajo de nervios y el nudo en tu garganta se ajustó más porque, obviamente, la primera idea que acudió a tu cabeza fue que estaba llamando porque los problemas lo tapaban otra vez, porque tenía la soga al cuello otra vez, porque se había hundido hasta el fondo de una botella de vino otra vez.

Sin embargo, contestaste. Porque es tu hermano, y lo amás, y los hermanos deben estar siempre los unos para los otros en todo momento, y serías incapaz de reusarte a atender un llamado suyo, incluso existiendo la posibilidad – porque con Danny siempre existen esas posibilidades – de que las noticias que aguardan del otro lado de la línea no sean exactamente buenas, más bien el conducto hacia un problema o una situación desagradable u otro episodio dramático.

Pero a su vez, inconscientemente (o tal vez no tanto), tomaste a aquél llamado como a la excusa que estabas buscando, la excusa que estabas necesitando para olvidarte por un rato de ese millón de margaritas que estaban esperando a que las deshojaras, cada pétalo representando la misma pregunta, cada pétalo unido a una misma respuesta que temías escuchar.

"Hola, Danny" saludaste.

"Hermanita, ¿cómo estás?"

Sonaba sobrio; eso te tranquilizó. No arrastraba las palabras ni tenía la voz pastosa, signo claro de que no había estado bebiendo otra vez.

Inhalaste, exhalaste, y permitiste que tu cuerpo – que llevaba horas tenso – se relajara por algunos segundos, contenta ante la perspectiva de una conversación telefónica normal con tu hermano, una conversación que te distrajera un poco del terrible caos que reinaba en tu cabeza y que estaba llenando el pizarrón que tenías dentro de manchas y salpicaduras y desparramando dudas y sospechas en forma de imágenes y figuras que no llegabas a descifrar pero que conducían todas al mismo campo de margaritas para deshojar.

El ser humano es un animal tan curioso, tan terriblemente curioso. Porque en parte tenías razón: la conversación con tu hermano te distraería; de hecho, aquella conversación haría mucho más que distraerte, porque sería (¿y no era eso exactamente lo que querías?) el comienzo de un problema que te permitiría alejarte por un rato de las sospechas que te torturaban, las sospechas gestadas temprano esa mañana mientras luchabas por recuperar la capacidad de respirar con normalidad, aferrada al lavabo del baño, con tus nudillos blancos y el cuarto girando a tu alrededor, las rodillas flojas y los nervios retorcidos.

Con ese llamado, tu hermano se estaba ofreciendo – sin saberlo, claro – como chivo expiatorio. El chivo expiatorio perfecto, a decir verdad, porque una conversación simple por celular acabaría llevando a una visita que se transformaría luego en una especie de batalla campal, en una discusión fuerte y seria, salpicada con lágrimas, enojo, angustia y bronca.

Sus motivos para comunicarse con vos era simples: quería arreglar una fecha para verte, quizá encontrarse un mediodía, o un sábado por la tarde, para conversar, para pasar un rato juntos. Sos toda la familia que tiene, a decir verdad, porque su ex esposa está empecinada en impedir por todos los medios posibles que tenga contacto alguno con sus tres hijos, así que eso significa que todo lo que le queda, todo aquello a lo que puede aferrarse, todo de lo que debe agarrarse para no hundirse otra vez y acabar en el punto exacto donde comenzó o aun peor, sos vos. Sos todo lo que le queda, quizá sos simplemente todo lo que alguna vez tuvo, lo único constante, lo único que no se borra, lo único que no desaparece, lo único que no se va, lo único que siempre permanece, lo único que aguanta aunque él empuje o aunque él se equivoque o aunque él fastidie las cosas.

Es natural que de tanto en tanto extienda la mano buscándote en medio del caos, en medio de la mezcla indefinida de luz y oscuridad que es su vida en este momento.

Y justo decidió hacerlo en el instante justo, en el momento justo, cuando vos más necesitabas algo que te distrajera, algo que desviara tu cabeza.

Sin saberlo, y sin que vos realmente lo sospecharas así, él estaba ofreciéndose como cordero para el sacrificio, obrando como chivo expiatorio, sirviéndote en bandeja de plata y adornado con un moñito el motivo ideal para que aquél miércoles teñido de preocupaciones cambiara de color y te hicieras mala sangre por otra cosa, por algo distinto a esas sospechas que estaban comiéndote la cabeza, por algo distinto a esas margaritas que ansiosas aguardaban a que las deshojaras porque morían de ganas de gritar que la respuesta a tu pregunta era 'sí'.

Cuando le comentaste que no habías ido a trabajar porque te sentías un poco mal (no entraste mucho en detalles; realmente no lo considerabas necesario, y además tampoco querías llenarte la boca hablando de un tema que llevaba horas mortificándote, torturándote, desmenuzando tus nervios y jugando a estrujarte el estómago) propuso pasar por tu departamento un poco después del mediodía para prepararte el almuerzo porque – de acuerdo con sus palabras – no le gusta que dependas de la comida para calentar en el microondas que venden en los supermercados debido a tu falta de dotes culinarias (te mordiste los labios y reprimiste la sonrisa que trató de cruzar tu rostro: hace meses – casi cinco, para ser exactos – que tu alimentación cambió por completo, precisamente desde el día en el que Tony y vos se convirtieron en mucho más que jefe y empleada, en mucho más que dos compañeros de trabajo que de tanto en tanto comparten una taza de café mientras conversan sobre cine o música. Pero claro, eso tu hermano no lo sabe; ¿cómo podría saberlo, si vos jamás mencionaste una palabra al respecto?). Aceptaste la propuesta porque necesitabas distraerte, porque tenías el cerebro embotado, porque precisabas escaparte de las sospechas que como hiedra estaban enredándose alrededor tuyo hasta hacer imposible que respiraras o que hilaras pensamientos con coherencia, porque tenías miedo de empezar a deshojar margaritas si no encontrabas algo con lo que acallar las voces que se acumulaban en tus tímpanos con sus murmullos.

Lo que tenías en mente era hablar con tu hermano sobre sus asuntos, sobre sus problemas, sobre los fantasmas que lo persiguen a él, sobre sus intentos por luchar contra el alcoholismo, por levantarse y mantenerse de pie otra vez, por reconstruirse, por volver a empezar, por mantenerse a flote. Lo que tenías en mente era escucharlo, prestarle un hombro para llorar (literal o figurativamente, lo que hiciera falta), regalarle unas horas de tu atención para aniquilar la soledad que él siente…

Eso tenías vos en mente.

Y estabas tan contenta de que Dios te hubiera arrojado en el aparente momento oportuno la excusa oportuna para poner fin a la tortura a la que estaban sometiéndote las sospechas, que no te percataste en lo absoluto de que quizá el tópico de conversación no sería, como siempre, los acontecimientos en la vida de tu hermano… si no los acontecimientos en tu vida, todo aquello que viene sucediendo desde hace casi cinco meses y de lo cual jamás le mencionaste una palabra, todo aquello sobre lo que deberías contarle pronto porque vas a casarte en menos de tres meses, todo aquello que deberías haber compartido con él del mismo modo que Tony lo compartió con su familia, más allá de las dudas que tengas sobre lo que va a pensar, más allá de lo que pueda opinar, más allá de lo que te pueda decir, más allá de lo que pueda pensar, más allá de la reacción que pueda generarse en él.

Una partecita tuya era consciente – siempre lo fue, en realidad, básicamente desde el principio – de que tarde o temprano tendrías que hablar con tu hermano sobre Tony, sobre tus planes de casarte con él, sobre todos los sueños y proyectos que querés ver hacerse realidad en tu futuro, sobre aquél amor inmenso que invade el aire que respirás y llena cada gota de sangre en tus venas y alimenta tu alma y le da a tu corazón las fuerzas para latir. Otra partecita estaba demasiado ocupada lidiando con otras cosas como para prestar la debida atención a un tema que deseaba posponer tanto como fuera posible, tanto como las circunstancias lo permitieran.

Y esa mañana de miércoles pensabas seguir posponiéndolo. No tenías intención alguna de hablarle a tu hermano sobre Tony cuando te visitara para compartir el almuerzo juntos; pensabas dejarlo hablar de él, de su angustia, de sus problemas, de sus esfuerzos, de su historia, de los renglones que lleva escritos desde la última vez que se vieron, de los hijos a los que extraña tanto, de la ex esposa a la que engañó y que ahora lo está obligando a pagar las consecuencias con una crueldad infectada en veneno que nunca pensaste Haylie pudiera albergar en su corazón, de su lucha por mantenerse a flote, de sus preocupaciones…

No te pusiste a deshojar las margaritas plantadas por la sospecha porque temías que todas te dijeran que sí (tenías la certeza de que todas te dirían que ), y hasta tuviste la 'suerte' de que te cayera una distracción disfrazada de almuerzo con tu hermano mayor.

Pero lejos estabas de imaginarte que por no deshojar margaritas, por no enfrentarte al miedo de que todas te dijeran que sí, terminarías dándote la cabeza contra la pared un largo rato, estrellándote contra un muro gigantesco de ladrillos, lastimándote hasta que el alma te sangrara, con un peso aun mayor sobre los hombros, con el cielo teñido de un gris aun más intenso.


Te metés en la ducha y te quedás un largo rato acurrucada debajo del chorro de agua hirviendo que cae sobre tu cuerpo como una cascada cuyo único propósito es el de lavar los pensamientos, las dudas, las preguntas sin respuestas, las posibles respuestas a preguntas que uno no tiene el valor suficiente para meter entre signos de interrogación y expresar en voz alta, las sospechas…

Estás física y mentalmente agotada, y aun no llega la mitad del día. Y a un no han pasado ni la mitad de las cosas que van a pasar en este miércoles y que se van a depositar sobre tus hombros para que las cargues.

Cerrás los ojos con fuerza y rogás poder sentirte menos pesada, más liberada, al menos por unos instantes. Quisieras que el agua dejara tu mente en blanco, que diluyera las manchas y los rayones y las líneas y los garabatos, que te permitiera estar limpia otra vez, libre de dudas, libre de sospechas, libre de preguntas, libre de cuestionamientos…

Pero nada de eso sucede.

Seguís igual de preocupada, igual de congestionada, igual de angustiada, igual de temerosa, igual de ansiosa, igual de nerviosa, con el estómago igual de revuelto, con ese nudo desagradable en la garganta, con la piel erizada, con suposiciones e hipótesis y teorías y posibles escenarios futuros danzando en tu cabeza, con el peso del mundo doblándote al caer sobre tu frágil y desgastada anatomía.

Seguís sin animarte a deshojar las margaritas, porque temés que todas te digan que sí.

Allí se encuentra el problema, allí radica el quid de la cuestión: tu mente está llena, está plagada, porque las dudas y las sospechas se han plantado allí como margaritas. Es hora de cosechar lo que sembraste, pero tenés miedo. Podrías vaciar tu cabeza, podrías limpiarla, pero eso implicaría tomar todas esas margaritas, y tomarlas implicarías permitir que tus dedos empezaran a deshojar, y con cada hoja te harías una pregunta – siempre la misma pregunta – y al final de cada pregunta hallarías la misma respuesta.

Y tenés miedo a hacerte esas preguntas, tenés miedo a deshojar margaritas, tenés miedo porque estás segura de que todas te dirían que sí.

Y no sabés si estás lista en este momento de tu vida, a menos de dos meses del día de tu casamiento, cuando Tony y vos recién están empezando una relación que va a ser eterna, con la mitad de su familia levantada en contra de ustedes, con tu reciente descubrimiento sobre el paradero de tu mamá, con tu desesperación por aferrarte a la normalidad y a los planes ideados por los dos para el futuro que van a construir juntos como pilares para sostenerte mientras tratás de decidir qué es lo que vas a hacer, con tantos caminos bifurcándose delante de vos en lo que se refiere a la mujer que te abandonó y que ahora está internada en un psiquiátrico y que reapareció en las páginas de tu historia forzosamente cuando menos lo esperabas, para empezar a deshojar margaritas y que todas te digan que sí.

Te quedás durante un largo rato debajo del chorro de agua hirviendo, no porque esté haciéndote bien, sino porque tampoco te hace menos mal del que hay allí afuera: es lo mismo, sencillamente lo mismo, con la diferencia de que dentro de la ducha al menos tenés la falsa satisfacción de engañarte pensando que estás escondiéndote, resguardada, a salvo…

Qué ilusa.

O, mejor expresado: qué inocente.

O no, mejor aún: qué tonta que sos.

Con todo lo que ves a diario, con todas las veces que tuviste a la muerte a centímetros de la nariz, con todos aquellos a los que viste ser llevados a la sepultura de golpe luego de una tragedia, con toda la maldad que ves de tan cerca, con toda la crueldad que casi podés saborear en la lengua cuando presencias lo que los hombres son capaces de hacerse los unos a los otros para defender causas o para ganar dinero, con todas las familias que viste destruidas, con todos los sueños que viste destrozarse contra el suelo quedando reducidos a poco más que astillas inservibles, es una estupidez intentar engañarse, intentar convencerse de que hay sitios en los que uno puede esconderse, sitios donde los problemas desaparecen, se disuelven, dejan de pesar, dejan de provocar sufrimiento.

Sin embargo, aun sabiendo todo aquello, aun sabiendo que el agua no ahogaría las margaritas plantadas en tu cabeza, aun sabiendo que el agua no diluiría las dudas, aun sabiendo que todo seguía igual, aun sabiendo que todo seguiría igual al salir, aun sabiendo que tendrías que hacerle frente a las sombras que te acechaban en algún momento, te quedás refugiada bajo el chorro de la ducha hasta que girar el grifo y abandonar el cuarto de baño es estrictamente necesario porque la llegada de Danny es inminente.

Evitás mirarte al espejo mientras te secás con una toalla, y tratás de hacer esto lo más rápido posible, desesperada por cubrirte con ropas otra vez; temés encontrarte con tu reflejo desnudo, temés empezar a notar cambios, temés empezar a alucinar cambios, temés empezar a ver cosas distintas, temés percatarte de pronto de que tus pechos están más hinchados o que tu vientre está un poco abultado, temés que la imagen que te devuelva haga que se caigan algunos pétalos sin necesidad de que vos te pongas a deshojar flores, contestando así – por acto reflejo, contra tu voluntad - preguntas para las que no querés escuchar respuesta.

Elegís una camiseta de manga larga, fina, delicada, como lo es gran parte de tu guardarropa. Es sencilla, nada demasiado elaborado, de esas que usabas antes cuando te quedabas todo el fin de semana acurrucada en una punta del sillón, escuchando música, leyendo o mirando episodios en DVD de "Lois y Clark: Las Nuevas Aventuras de Superman" para combatir una soledad demasiado grande, demasiado honda, demasiado inmensa, para combatir las ganas de tomar el teléfono y marcar su número para escuchar el sonido de su voz por diez segundos. Ahora tus fines de semana no están salpicados de actividades solitarias para distraerte de la angustia y cambiaste las camisetas y pantalones de franela por ropa suya que te queda enorme pero que amás porque está impregnada de su perfume, pero dado que tu hermano nada sabe de la existencia de Tony en tu vida, no creés conveniente abrirle la puerta vistiendo un par de bóxers y una remera tres talles más grande con el logo de alguna banda de rock.

Con satisfacción sonreís al abotonar el pantalón de jean sin problemas. ¡Cómo si eso fuera garantía de algo! ¿Acaso vas a tomar aquello como arma para ir en contra de tus sospechas? ¿Acaso es aquello una espada con la que podés ir cortando los tallos de las margaritas, matándolas, haciendo una masacre de flores que van a ser arrancadas de raíz, cortadas, asesinadas antes de que dedo alguno pueda deshojarla, antes de que a sus pétalos se le hagan preguntas? ¿Acaso, infantilmente, creés que tus sospechas pueden derribarse como una casita construida con naipes simplemente porque pudiste abotonarte el jean sin inconvenientes?

Suspirás, sacudías la cabeza, rogás que todos esos pensamientos que están arremolinándose desaparezcan, que te dejen en paz, que dejen de torturarte. Desearías estar en la CTU, con la mente ocupada, las manos ocupadas, los ojos ocupados, cada neurona de tu cerebro funcionando a un billón de kilómetros por segundo, las pantallas gigantes y las computadoras y las estadísticas y los informes y el caos en general rodeándote, absorbiéndote, penetrándote. La semana anterior te ayudó muchísimo concentrarte en el trabajo, aferrarte a la normalidad, para despejarte la cabeza, para tratar de acomodar tus ideas, para tratar de ordenar las cosas antes de tomar una decisión, para evitar caer de nuevo en ese hoyo negro del que Tony tuvo que sacarte (él es el único que puede rescatarte cuando la negrura te consume).

Al menos en el trabajo podrías estar con él… Cerca de él, bajo el mismo techo, entre las mismas paredes, viéndolo ser, observándolo desenvolverse en su papel de director de la Unidad, escuchando su voz, discutiendo con él, debatiendo con él, tomando decisiones con él…

Ser la Michelle frágil, pequeña, dulce, llena de astillas, llena de heridas, llena de cortes, llena de problemas, llena de dudas, llena de sospechas, la Michelle que tiene huesos que se quiebran, y piel que se resquebraja, y un corazón que ha sido varias veces apuñalado, y un alma que ha sido varias veces desmenuzada, ser la Michelle humana, la que puede caer hecha añicos, la que se asemeja tanto a una muñeca de porcelana, la que parece una princesita oriental que podría fácilmente hacerse pedazos contra el suelo, cuando Tony no está físicamente a tu lado para enjuagar las lágrimas con sus dedos, para atajarte si caes, para estabilizar los latidos de tu corazón si tus pulsaciones se vuelven erráticas, para escucharte, para acompañarte, para decirte todo con una mirada, para explicarte todo con un silencio en el que no caben palabras, para darte la paciencia necesaria, para acariciar tus dedos antes de que te los lastimes en tu apuro por contenerte y no empezar a deshojar las margaritas que han tomado posesión de tu cabeza, para mostrarte con dulzura que esa pizarra que desearías siguiera en blanco pero que está salpicada de manchas y líneas y rayones y raspones puede ser limpiada, es muy difícil, y te hace preferir poder ocultarte detrás de los trajecitos y los peinados prolijos que dejan a tus rulos más o menos domados y sin mucha vida, te hace preferir ocultarte detrás de la imagen de la agente Dessler, de la segunda al mando de la CTU, de aquella que puede encarar a terroristas y disparar armas y sabe defenderse de ataques físicos, a diferencia de la Michelle a la que le cuesta bastante defenderse de los ataques emocionales.

Te secás el pelo con una toalla, apenas; más bien lo escurrís. Los rulos no tardan en formarse otra vez, los bucles perfectos en los que a él le encanta enterrar los dedos, los bucles que él dice espera ver en la cabecita de los bebés que tengan…

Sacudís la cabeza como quien trata de espantar una mosca molesta, sólo que lo que vos estás tratando de espantar son las sospechas, los pensamientos que echan raíces y se agarran de tu cerebro y se expanden y se extienden y empiezan a presionar, a lastimar, a cortar con su filo, a marearte, a confundirte, a jugar con tus nervios, a estrujar tu estómago cual si fuera una hoja de papel inservible…

Necesitás despejarte.

Ordenar te despeja.

Limpiar te despeja.

Te tranquiliza.

Te distrae.

Te automatiza.

Te acomoda la cabeza.

Te devuelve la sensación de control.

Así que te ponés a ordenar el departamento: cada cosa en su lugar, cada lugar con la cosa que le corresponde, todo en su respectivo sitio, todo pulcro y prolijo, todo donde debe encajar, todo donde se supone está destinado a ser.

Luego regresás a la cocina. Al escuchar tus pasos acercándose, Bonnie salta del sillón, donde había estado descasando hecha un ovillo, y se pega a tus talones, siguiéndote por todas partes mientras te distraes limpiando sobre lo limpio, pasando un paño con desinfectante sobre la ya de por sí inmaculada mesada de mármol, la mesa, las manijas de la alacena… Limpiar te relaja, puede contra tu estrés, o al menos generalmente así es cómo funciona. No querés llamar a Tony porque no deseás interrumpirlo si está ocupado, en una reunión o con demasiadas cosas que atender; suponés que debe ser un día tranquilo y sin nada fuera de lo normal porque no te han llamado a vos para hacerte preguntas o consultas o para avisarte de una urgencia, pero aun así entendés bien que un día 'tranquilo' en la CTU es de todos modos ajetreado, difícil y caótico. Por eso tratás de licuar tu mente limpiando, de atontar tus sentidos con el fuerte olor a antiséptico, de borrar la pizarra enchastrada que hay montada en tu mente frotando y puliendo toda superficie que pueda frotarse y pulir.

Media hora después estás por ir a atacar la heladera con otro paño húmedo (amás limpiar la heladera; no sabés por qué, pero es una de las cosas que más te relajan cuando no tenés la posibilidad de buscar confort en los brazos de Tony, en el sonido de su respiración, en el calor envolvente de su cuerpo), cuando el timbre suena, anunciándote la llegada de la visita que va a cambiar el curso de este idea que comenzó con sospechas torturándote, con una cosecha de margaritas para levantar y deshojar, con un montón de dudas, con nervios, con palabras no dichas que explican más que las dichas, y que va a terminar tomando un giro que no se te ocurrió antes, que no se te ocurrió ahora, y que francamente no se te hubiera ocurrido, porque te pensabas cuidadosa, porque simplemente no contabas con ello.


Lo primero que te impacta al ver a Danny es que luce muchísimo mejor que la última vez que se encontraron. Está más flaco, es cierto, pero no es la clase de delgadez que se observa en una persona enferma, deprimida o hecha ruinas; más bien es signo de que está alimentándose mejor y bebiendo mucho menos. Tiene buen color en la cara, y las bolsas y manchas moradas que te acostumbraste a ver alrededor de sus ojos casi han desaparecido. Está bien afeitado, sus ropas lucen limpias y arregladas; dista de tener el aspecto de alguien que pasa sus días ahogándose en alcohol, medio inconsciente, mitad dormido, mitad desmayado, tratando de diluir las penas emborrachándose.

Pero no es sólo su apariencia lo distinto, hay algo más… Algo que no podrías describir bien, algo que en realidad no es tangible. Algo que brilla en su mirada… Hay brillo en su mirada, otra vez; ese brillo que se había extinguido tiempo atrás, cuando las aguas se habían vuelto turbias, luego de que Carrie lo apartara de su familia, jugara con él, y lo abandonara, después de haberlo conducido a perder a su esposa, a sus hijos, llevándolo a una depresión profunda que desembocó en un intento de suicidio.

Respirás aliviada al verlo así… con un poco de vida otra vez. Como si la sangre estuviera corriendo realmente en sus venas, como si su corazón estuviera latiendo otra vez, como si el aire estuviera llenando sus pulmones y alimentando sus sistemas otra vez… Antes parecía un cadáver, un conjunto de huesos recubiertos por piel que se movía de manera autómata, guiado principalmente por la necesidad de satisfacer su adicción por el alcohol, guiado principalmente por el frustrante, también adictivo, autodestructivo, horrible, miserable acto de hundirse en su propio caos.

Ahora parece más humano.

Y por un instante, las sospechas y las dudas y las preocupaciones y todos esos pensamientos enredados y anudados parecen evaporarse, desaparecen, dejan de presionarte por unos segundos, te conceden la libertad de sentirte liviana y ligera para poder disfrutar, al menos durante algunos minutos, de la satisfacción de ver que todos los esfuerzos hechos para rescatar a tu hermano del pozo oscuro en el que había caído han empezado a dar sus frutos, a provocar algunos cambios.

"Danny, me da mucha alegría verte" decís, el sentimiento empapando tus palabras y haciendo brillar tus ojos, que hasta ese entonces en este miércoles han estado nublados porque tu mente ha estado llena de cosas desde que te despertaste cuando rayaba el alba y tuviste que arrastrarte hasta el cuarto de baño.

Danny corresponde a tu abrazo con calidez, algo que no es costumbre en él. Es una calidez franca, es honesta, es verdadera. No está abrazándote con desesperación, como lo ha hecho muchas veces, tratando de encontrar tierra firme, tratando de aferrarse a algo, rogando por ayuda, rogando por perdón, rogando por comprensión. Es un abrazo sincero entre hermanos, y no podría alegrarte más poder compartir algo así con él.

No todo en mi vida está desencajado no podés evitar pensar. Tengo a Tony, tengo planes con él, tengo un futuro con él, tengo sueños con él, tengo mi profesión, y ahora tengo a mi hermano, que está recuperándose, que está comportándose como siempre quise que se comportara, que de a poco está ofreciéndome la relación de hermanos que siempre deseé pudiéramos tener.

Sonreís. Sonreís con ganas. Es una sonrisa que borra un poco parte de todo el drama con el que Tony y vos vienen lidiando desde que su madre te contó dónde está esa mujer que se hace llamar Lilibeth, esa mujer que te dio la vida para luego abandonarse y escapar perseguida por sus fantasmas y por el mundo de terror construido en su corrompida cabeza.

"¿Por qué faltaste al trabajo?" te pide que le expliques mejor, examinándote cuidadosamente, con atención, buscando signo alguno de que te hayas hecho algún daño o de que estés enferma.

"Danny, estoy bien" lo tranquilizás "Falté al trabajo porque hoy amanecí un poco alicaída, pero ya me siento mejor. Fue simplemente eso, no hay nada de qué preocuparse" le asegurás, sonriendo.

Pero él no sonreí, y su semblante preocupado no se relaja.

"Estás muy pálida, Michelle…" comenta, señalando con un gesto de la cabeza tu rostro, que está del color del yeso mal mezclado.

"Danny, estoy bien, en serio" reafirmás "Lo prometo"

Volvés a sonreír.

Esta vez sus labios espejan la sonrisa.

Es extraño verlo sonreír.

No es algo malo, pero sí algo que se siente un poco… fuera de lugar.

Es diferente.

No estás acostumbrada a ello.

Pero podrías acostumbrarte.

Deseás acostumbrarte.

Porque querés que tu hermano esté mejor.

Querés que tu hermano recupere las riendas de su vida.

Querés verlo así: más completo, más humano.

Se lo decís, y eso acentúa un poco más su sonrisa.

"Estoy tratando de mejorar, Michelle" jura, suspirando "De verdad estoy esforzándome tanto como puedo"

"Lo sé, Danny"

Sabés que está tratando.

Sabés que hace lo que puede, cuando puede, como puede…

Lo poco que puede hacer, cuando lo puede hacer, como lo puede hacer, al menos lo hace, y aparentemente está dando algo de frutos, aparentemente está dando algunos resultados, y eso te alivia, y eso te distrae un rato de tus otros problemas, y eso acalla un ratito a las sospechas, y eso hace que no te duelan los dedos ansiosos por empezar a deshojar las margaritas que tenés sembradas en la cabeza.

La voz de tu hermano rompe con tus pensamientos y reflexiones, su tono empapado de sorpresa.

Bonnie acaba de llegar, contenta, moviendo la cola, desparramando felicidad y dulzura como siempre, curiosa por saber quién es ese extraño que ha entrado en tu departamento y que se encuentra allí de pie junto a vos. Lo olfatea, le da vueltas alrededor, trata de acercarse, y tú hermano, asombradísimo y tomado totalmente desprevenido por el animalito, te mira en busca de explicaciones:

"Michelle, ¡no sabía que tenías una mascota!" exclama.

Tampoco sabés que estoy comprometida para casarme dentro de dos meses una vocecita punzante acota en tu cabeza.

Lo que decís es, sin embargo, diferente, y más apropiado:

"Se llama Bonnie" la levantás en brazo, y la cachorrita se calma al sentir el calor de tu cuerpo y los latidos de tu corazón el anidarse en tu pecho, tan pequeña e indefensa como es, tan ávida de mimos y cariño como pocos animales lo son "En realidad se llama Bones" explicás, chasqueando la lengua "pero sólo la llamo así cuando se porta mal"

Tuviste que morderte la lengua y los labios para evitar decir 'la llamamos así'; no querés que tu hermano se enterara de esa forma de la existencia de Tony en tu vida, de la relación que mantenés con él, de los planes que están gestando para el futuro. Sos totalmente consciente de que vas a tener que hablarle sobre él, de que vas a tener que presentárselo, de que marzo se está viniendo encima con una rapidez asombrosa, de que con cada detalle que arreglan y ajustan se acercan más al día de contraer matrimonio y que Danny – sangre de tu sangre, misma carne, mismos huesos – tiene derecho a que lo hagas partícipe de todo esto, a que compartas con él todo esto. Pero preferís esperar. Sabés también que no vas a poder esperar para siempre, que en algún momento va a colmarse el vaso y ya no van a poder seguir acumulándose las gotas, que más temprano que tarde vas a tener que desplegar delante de él hoja a hoja esta historia – o partes de ella, las más básicas, las más importantes, las fundamentales -, pero por el momento no querés verte obligada a enfrentarte a las preguntas y los planteos que va a hacerte, a sus cuestionamientos, a lo que imaginás va a tener para decir, a las explicaciones que va a pedir, a las objeciones que seguramente va a tener, a los comentarios que pueden llegar a escapársele, a los pensamientos que pueden llegar a cruzar su cabeza… Porque sabés que no va a reaccionar bien, porque los cambios que notás ahora no son tan profundos como para darte la garantía de que no va a pegar el grito en el cielo cuando sepa que vas a casarte con un hombre diez años mayor que además es tu jefe, porque estás segura de que no es lo suficientemente tolerante como para tomarse las cosas tranquilo, porque conocés a Danny y sabés que tiene la tendencia a estallar ante cualquier cosa.

Es mejor esperar te repetís siempre que aparece la cuestión flotando en tu cabeza.

¿Esperar a qué? te responde siempre en forma de pregunta una vocecita molesta y chillona.

Ni vos sabés qué esperás.

Porque no hay momento perfecto ni segundo oportuno ni minuto indicado ni instante idílico, y por esperar un día más, un día menos, un mes más, un mes menos, las personas no van a reaccionar de manera diferente, las personas no van a tomarse lo mismo de un modo distinto a aquél que podemos anticipar porque las conocemos, porque hemos visto dentro de ellas, porque estamos familiarizados con sus caracteres y con sus formas, porque podemos leerlas como a un libro abierto de par en par que invita a zambullirse en sus hojas y enterrar las narices y empaparse de conocimientos.

Seguís esperando, sin embargo, cuando se trata de contarle a tu hermano sobre tu relación con Tony. Seguís postergando lo que ya va convirtiéndose en impostergable, porque la fecha del día en el que van a unirse para siempre legalmente y ante Dios va acercándose con cada movimiento de las manecillas del reloj. Seguís esperando aunque ya se te viene encima el asunto, pero vos lo postergás, porque siempre algo te distrae, porque ya tenés demasiado, porque ya cargás con demasiado, porque Danny carga con demasiado, porque de repente tu mamá aparece de nuevo en las páginas de tu historia, porque la familia de Tony se ha convertido en una bola de nieve que corre detrás de ustedes y amenaza con aplastarlos y no les queda otra que acelerar el paso para no morir sepultados, entonces ésta se vuelve una preocupación secundaria, algo menor, algo que puede resolverse más tarde, algo que no es tan grave, algo con lo que vas a poder lidiar si se lo compara a todo lo otro con lo que tenés que lidiar.

Seguís esperando sencillamente porque podés, porque nada evita que lo hagas, porque nada te apresura, porque nada te presiona, porque el reloj todavía está dándote margen, porque siempre aparece otro obstáculo en el camino y te entretenés con eso, porque tu hermano no hace preguntas sobre tu vida privada y no te pone en la posición de tener que dar respuestas…

Pero al destino le gusta jugar con las personas, sacudirles el suelo, quebrarles los cimientos, torcer los renglones, arrancarles la pluma con la que tratan de escribir – como pueden, como les sale – la historia de sus vidas y empezar a hacer estragos, enchastrando renglones, cambiando finales, dando vuelta el curso, agregando y quitando, metiendo escenas que no estaban planeadas, modificando el guión sobre la marcha.

Mientras los dos entran a la cocina, conversando sobre Bonnie, que sigue contenta en tus brazos restregando su hocico contra tu mejilla, no te imaginás que estás por vivir uno de esos instantes en los que de repente las cosas se salen de control, el curso de la situación no es el que era al principio, las palabras que se meten en el diálogo no son las planeadas, las preguntas que no se han hecho todavía aparecen de sorpresa acurrucadas entre enormes, imponentes, intimidantes signos de interrogación, las respuestas que pensaste no te tocaba dar aun son exigidas con urgencia, y cualquier estructura que tuvieras construida o cualquier plano que tuvieras dibujado quedan reducidos a nada, a un garabato, a algo inservible, porque a la vida se le ocurrió meterse en el medio y empezar a modelar como si tu existencia fuera un pedazo de plastilina con el que jugar.

Estás a minutos de despreocuparte totalmente por las margaritas que te crecieron en la cabeza y que temés deshojar porque van a decirte todas que sí; estás a minutos de que las sospechas que vienen dando vueltas en tu mente y torturándote desde esta madrugada queden relegadas a un segundo plano sin que tengas que empujarlas con todas tus fuerzas para que te dejen en paz; estás a minutos de encontrarte con otro problema, con otro obstáculo, con otra dificultad, con algo que sabías llegaría a su debido tiempo, pero que te conformabas postergando porque en tu opinión el tiempo aun no era el debido, por más que los días estuvieran transcurriendo demasiado rápido.

Vos no lo sabés, claro. Pensás que van a hablar de él, de su vida, de tus sobrinos (de lo poco que sabe de ellos), de Haylie… De cualquier cosa menos de aquello por lo que van a terminar discutiendo.

"Traje comida liviana" te dice, dejando sobre la mesa de la cocina la bolsa que trajo consigo "porque si tenés algún virus en el estómago, no quiero ser responsable de que empeore. Sé que no te gusta faltar al trabajo, y que odiás estar enferma"

"Gracias" le sonreís. Y no sólo estás agradeciéndole por la comida o por ser considerado: estás agradeciéndole por haber notado cosas sobre vos, por haberse fijado en detalles, por darte una prueba de que te presta atención y te conoce y sabe cómo sos y te entiende como los hermanos se entienden los unos a los otros; durante toda tu vida, tu relación con Danny fue complicada, al igual que el resto de tus relaciones familiares, y aunque nunca lo quisiste menos por ello, aunque nunca mermó tu cariño por él, algunas veces llegaste a pensar que de verdad te consideraba un estorbo, o un error, o una molestia, que no te sentía su hermana, que no le importabas. Sin embargo, ahora te das cuenta que a Danny – que también ha tenido una vida difícil, mucho más difícil que la tuya, y que también debe lidiar con lo suyo, y que también lleva una carga pesada sobre los hombros – quizá le faltaba madurez, quizá le faltaba crecer, quizá le faltaba darse otros golpes que le acomodaran la cabeza, y por eso ahora ve las cosas de otro modo, por eso ahora actúa de otro modo, por eso ahora te considera su hermana y sabe apreciar toda la ayuda que le brindaste y lo mucho que lo querés y lo mucho que te preocupes por él y lo mucho que deseás que esté bien.

Tu hermano se ofrece a ayudarte a poner la mesa mientras vos te encargás de colocar las distintas ensaladas que trajo en dos fuentes.

"Sé que no suelo visitarte mucho y que no soy quién para juzgar, pero el contenido del refrigerador se ve mejor que la última vez" comenta Danny, haciendo referencia al hecho de que ahora en los estantes y en los contenedores hay bastante más cantidad de frutas, verduras y alimentos varios que antes, cuando apenas podían encontrarse dos o tres pavadas distribuidas por ahí. La explicación es sencilla: vos no sabés cocinar, pero Tony sí sabe, por lo cual ahora que ya no dependés del menú de los restaurantes con entrega a domicilio de la zona, sino que basta con que tu refrigerador y alacenas estén bien provistos para que puedas disfrutar de las comidas especiales que él te prepara (para vos siempre son especiales, así no se trate de más que un plato de arroz con huevos cocidos).

"Estoy tratando de cambiar algunos hábitos" te limitás a contestar, mientras de espaldas a él pasás un trapo húmedo sobre la mesa (¿alguna vez lograrás deshacerte de la costumbre de tener que estar limpiando todo, aunque ya esté limpio y reluciente?).

No replica nada; o quizá iba a replicar algo, y las palabras se le quedaron atravesadas en la garganta, a medio masticar en la boca, mustias en la punta de la lengua antes de poder convertirse en sonido. Es un sonido extraño el que nace como resultado de ese malogrado intento de expresarse en un lenguaje hecho de vocales, consonantes, verbos, adjetivos y sustantivos, algo así como un ruidito extraño en expresión de sorpresa, la clase que se escucha cuando alguien descubre algo que lo asombra, o se topa de repente con algo que no estaba esperando, algo que lo toma totalmente desprevenido…

No te das la vuelta.

Permanecés allí, con el puño cerrado alrededor del trapo húmedo aferrándolo, quieta, congelada, como una estatua de mármol, el corazón palpitando de repente dolorosamente rápido, la respiración contenida, los sentidos alerta, una alarma silenciosa haciendo estragos en tu interior.

Y entonces llega, lo que a él le sale decir en este momento, un puñado de palabras encerradas entre signos de interrogación, apretujadas así como se pudo:

"Michelle, ¿qué es esto?"

Casi podés adivinar qué es eso; un segundo te lleva voltearte para ver el pedazo de cartulina rojo que tu hermano está sosteniendo entre sus dedos índice y pulgar, pero incluso antes de hacerlo ya tenés una muy acertada idea de qué es aquello que encontró en la alacena - probablemente entre los platos - para estar reaccionando de esta manera, con la voz impregnada de curiosidad, sorpresa, y otra emoción indefinida que podría clasificarse como aquello que sienten los hermanos mayores al darse cuenta que sus hermanas menores ya no lo son tanto, algo que nunca antes habías visto o notado en Danny debido a que tu relación con él sólo se estrechó en este último tiempo en el que debió afrontar tantas dificultades y permitió que te acercaras a él para darle apoyo.

Es un corazón recortado en cartulina color roja, no mucho más grande que la palma de tu mano. En su interior, con una letra no tan prolija como la tuya pero que se nota ha sido trabajada con especial cuidado, se encuentra escrito un puñado de palabras en fibra negra: "Te amo para siempre". Y debajo la misma caligrafía firmando aquella declaración de amor que jamás te cansarías de leer, de escuchar, de sentir, de oír, usando cuatro letras que resumen por completo la razón, sentido y significado de tu existencia, el motivo por el cual sonreír es tan fácil y las cargas que te toque en suerte llevar no pesan tanto, esas cuatro letras que tienen para vos más importancia que cualquier otra cosa en el mundo, esas dos sílabas que forman el nombre de la persona por la que sacrificarías todo sin pensarlo dos veces: Tony.

Él siempre te deja mensajes ocultos por todo el departamento, en los lugares más insólitos e inesperados para que los encuentres de repente, sin previo aviso, un día cualquiera, en el momento menos pensado: en la alacena, entre los platos, para que los descubras cuando pones la mesa; en el compartimiento en el que guardás los escasos cosméticos que poseés, para que los veas cuando estás a punto de maquillarte antes de ir al trabajo; en el botiquín del baño, para que los encuentres un día que te dispones a tomar una aspirina porque te duele la cabeza. Te encanta hallar esos mensajes, y luego de releer las mismas palabras o frases miles de veces, hasta sentirlas debajo de la piel, sonriendo como una tonta, absolutamente enamorada del hombre que se tomó el trabajo de escribirlas, los guardás en una cajita que ya está por rebalsar.

Cuando tu hermano se ofreció a poner la mesa, nunca se te ocurrió que entre la vajilla encontraría una de esas notas. Jamás.

Mirás el pedazo de cartulina en forma de corazón y a tu hermano alternativamente, una, dos, tres, cuatro veces. No sabés qué decir. Es otra de esas situaciones en las que sentís que todo es raro, que esa escena no está siendo vivida por vos, que este pedazo de historia le pertenece a alguien más, que sos una mera espectadora, observando desde lejos como a otro le toca estar metido bajo una piel similar a la tuya pero que no es la tuya.

Por unos segundos todo lo que escuchás es el zumbido de tu corazón en los oídos y el ruido que hace aquél músculo al latir contra tu pecho desaforadamente, como si estuviera intentando treparse por su garganta y escaparse por tu boca, o reventar la piel y salir disparado para afuera.

Luego escuchás la voz de tu hermano, que te saca como de un entumecimiento cerebral:

"Michelle, ¿hay algo que no me estás diciendo?"

Es una pregunta… rara. Si tuvieras que describirla, no sabrías cómo. Es decir: es una pregunta, eso está claro. Lo que no sabrías cómo describir son los sentimientos detrás de ella, el tono de voz, la manera en la que fue formulada. La expresión de tu hermano sigue siendo una mezcla de asombro, incertidumbre, y hasta casi incredulidad, pero en su voz no hallaste nada de eso. La que te hizo recién es una pregunta… simplemente una pregunta, laxa, lisa, llana, simple, sin dobleces, sin reversos, no esconde nada.

Por eso decidís contestar con la verdad.

Es un milisegundo lo que te lleva tomar la decisión de contestar con la verdad.

Porque, después de todo, más temprano que tarde este momento llegaría.

Porque, después de todo, no se te ocurre mentira o excusa alguna que formularle.

Porque, después de todo, la evidencia que tiene en la mano no se puede esconder o refutar o disfrazar.

Porque, después de todo, estás 'acorralada', entre la espada y la pared, al borde del precipicio.

Porque, después de todo, es tu hermano, y lo amás, y es tu familia, y se merece que le cuentes cómo son las cosas, se merece que compartas con él esto tan importante, se merece la oportunidad de saber, sea cual sea su reacción, vaya a decir lo que sea que vaya a decir, se lo tome como se lo tome, opine lo que opine. Si te ama, va a estar feliz por vos; si te ama, va a entender; si te ama, se va a alegrar. Y si no, ya entenderá. Y si no, ya llegará el momento en el que comprenda. Y si no, ya habrá manera de demostrarle lo contrario a lo que sea que vaya a pensar y hacerlo cambiar de parecer.

"Vení, Danny, sentémonos" le pedís, tomándolo por el codo para guiarlo hacia una de las sillas, la intención de compartir el almuerzo completamente olvidada ante la nueva luz arrojada sobre la situación.

Sigue pareciéndote una escena extraña, casi surrealista; hasta te sentís un poco intrusa, te atreverías a decir, como si no te correspondiera estar ahí, como si estuvieras ocupando un lugar que no es el tuyo, o espiando un momento íntimo y privado de alguien más, una conversación importante entre dos personas que no te compete escuchar, que no deberías estar escuchando. Casi podrías decirse que te sentís como si estuvieras contemplándolo todo oculta detrás de una puerta, con el oído pegado a la pared y cuidándote de no hacer ruido alguno para no develar tu indeseada presencia.

Pero no sos ajena a esta escena. Es tuya, te pertenece. Sos parte de ella. Sos la protagonista, a decir verdad. Esta conversación entre Danny y vos es parte del guión, y la realidad es que no la estás observando desde afuera, no sos una curiosa escuchando detrás de la puerta, no sos una espectadora. Sos parte de esto. Sos parte de este diálogo que está a punto de entretejerse entre tu hermano y vos, con palabras que tenés en la punta de la lengua, con palabras que él tiene corriendo por la sangre y brotando y queriendo escapársele de los labios. Sos parte de este pedazo de historia que está escribiéndose al boleo, como se puede, de improviso, porque no tenías planeado esto, así como mucho de lo que te ha ocurrido en la vida para bien o para mal (especialmente en estos últimos meses) no lo tenías planeado.

Es mejor dejar que todo fluya.

Las condiciones ya están dadas, la verdad ya está descubierta a medias, ya tenés la espada colgando sobre tu cabeza, ya sentís la espalda presionando contra la pared… No te queda otra opción que elegir un camino, y el camino correcto es el de sincerarse.

No puede ser tan malo, ¿verdad?

Lo que tu hermano vaya a pensar no debería afectarte, lo que vaya a opinar no cambia nada, porque Tony y vos se aman, y van a ser felices juntos, y nada va a separarlos, y es imposible que la relación que ustedes tienen se quiebre, y lo que el resto tenga para decir no tiene valor. Pero de todos modos le debés estar charla, le debés contarle sobre los cambios en tu vida y tus planes y tus proyectos y el futuro que estás trazando con el amor de tu vida y todo lo que tenés pensado para los años venideros, porque él es tu familia, porque es tu hermano, porque querés que se sienta parte de tu vida, porque querés ser parte de su vida también, porque se supone que los hermanos comparten este tipo de cosas.

Vos estás a punto de hacer tu parte, algo que tal vez deberías haber hecho mucho antes (o tal vez era preciso que sucediera ahora y de esta manera, ¿quién puede saber?), y esperás que él haga la suya y reaccione apoyándote y alegrándose por tu felicidad, no porque lo que él tenga para decir pueda influenciar en tus decisiones, en tus proyectos o en tus planes, sino porque te gustaría que tu hermano se pusiera contento por vos.

Mientras reflexionás todas estas cosas, él sigue sentado en la silla contigua a la tuya, mirándote con una mezcla de confusión, curiosidad y sorpresa, el ceño fruncido, el corazón de cartulina medio estrujado en su mano, las preguntas que no nacen de su boca escritas en sus ojos en un idioma bastante ilegible y desprolijo.

Está esperando a que arranques.

A que sueltes lo que sea que tenés que soltar.

A que expliques.

A que le cuentes.

A que armes el rompecabezas con cuyas piezas él se ha encontrado de pronto, todas mezcladas y sin saber cómo armarlas, pero con lo suficiente como para entender más o menos qué imagen se va a formar una vez que comiencen a encastrarse unas con otras.

"Hay algo muy importante que debo decirte, Danny..."

En cuanto las palabras salen de tu boca y las escuchás (tu voz te suena ajena también, como si estuviera saliendo de otro cuerpo, como si estuviera trepando por otras cuerda vocales) te das cuenta de lo ridículas que suenan. Es evidente que tenés algo importante que decirle, ¿no? Después de todo, acaba de encontrar una nota de amor en la alacena de su hermana, aquella a la que cree soltera y absolutamente dedicada a su trabajo y a nada más; es obvio que tenés cosas que explicar, y es obvio que son importantes.

"Sí, me doy cuenta" atina a decir, señalando con un gesto de la cabeza la cartulina roja en forma de corazón que sigue, inconscientemente, estrujando entre sus manos.

Inhalás.

Exhalás.

Todavía sentís el corazón reventando contra tus costillas.

Todavía sentís la sangre corriendo rápido en las venas.

Y tenés el cerebro usurpado de repente por esta conversación que no pensabas iba a encajar en mitad de este miércoles tan raro, y de repente ya no te atormentan las sospechas, y de repente te olvidaste de esa plantación de margaritas para deshojar.

"Es una muy buena noticia" cada palabra que decís te parece más estúpida que la anterior, pero realmente esto no se trata de rendirle cuentas a nadie: simplemente vas a contarle sobre Tony, sobre tus planes de casarte, y sobre los proyectos que tenés para tu futuro. No estás buscando su aprobación o aceptación, aunque te encantaría tenerlas, y lo que tu hermano acabe opinando no tiene influencia directa sobre ninguna de tus decisiones "Es algo que me hace inmensamente feliz, más feliz que cualquier otra cosa, y me gustaría compartirlo con vos, porque es lo mejor que me pasó en la vida... Pero necesito que me escuches, y que me prometas que no te vas a enojar conmigo por no habértelo contado hasta ahora"

"Te escucho" masculla, y te da la impresión de que parte de él está masticando la contestación que le hubiera gustado darte en lugar de esa, lo cual intentás ignorar porque, de tomarlo, no podría ser como buen augurio.

Y empezás a hablar.

Empezás a hablar de los últimos meses.

Empezás a hablar de cómo lo conociste, de cómo te enamoraste inmediatamente, de cómo quedaste cautivada con sus ojos segundos después de conocerlo, de cómo quedaste hipnotizada por el sonido de su voz, de cómo quedaste absolutamente por todo lo que él es y todo lo que hace y todo en lo que él cree, de cómo un sentimiento que al principio distinguiste como admiración acabó revelándose como algo tan inmenso que no cabe ni en palabras ni dentro de tu propio ser ni en tu intelecto ni en tus capacidades de comprensión.

Empezás a hablar de cómo fuiste entrando en contacto con tus sentimientos, aceptando que te habías enamorado perdidamente de un hombre diez años mayor.

Empezás a hablar de cómo fuiste acercándote a él de a poco, sorteando los obstáculos, derribando las barreras, esquivando las piedras, enfrentando las dificultades, rompiendo los cristales que envolvían su corazón, aflojando sus defensas, hasta convencerlo de que no ibas a hacerle daño, de que podía confiar en vos, de que tu intención no era lastimarlo, de que vos no resultarías como las otras mujeres en su vida, de que lo último que deseabas era lastimarlo o inyectarle otra dosis letal de veneno en el alma.

Empezás a hablar de ese día que recordás como si hubiera sucedido ayer, ese día cuyas imágenes están frescas en tu memoria y que a veces te visitan en sueños o te asaltan en forma de recuerdos demasiado vívidos; el día en el que casi quedás sepultada bajo los escombros de la CTU cuando fueron atacados con esa bomba; el día en el que viste a tantos compañeros heridos de gravedad, y a muchos otros muertos entre la cal y el polvo y el cemento y los ladrillos, tirados en el suelo, los ojos abiertos como las ventanas de una casa abandonada, el espíritu escapándoseles, el tiempo corriendo en sentido contrario, las agujas del reloj arrastrándolos a la muerte con cada pequeño movimiento; el día en el que un hombre muy sabio a las puertas de su fin te dijo que debías buscar algo que te hiciera feliz y te arriesgaras por ello, impulsándote a empezar a desenredar todos esos nudos que había entre Tony y vos, a abrir todas esas puertas, a borrar todos los signos de interrogación y convertir las preguntas en afirmaciones…

Empezás a hablar de esa madrugada en la que asustada, llorando, temblando, nerviosa, temiendo por tu vida y por la de todos los demás, al borde del inicio de una guerra mundial, en mitad de un pasillo mal iluminado, con la oscuridad consumiéndote, la respiración entrecortada y el corazón tratando de escaparse de tu pecho con cada pulsación acelerada…

Empezás a hablar de lo que sucedió después de ese día, después de esas veinticuatro horas que marcaron un antes y un después, que trazaron una línea divisoria, esas veinticuatro horas que separan una etapa y otra de tu vida. No das muchos detalles, no ahondás demasiado, pero le contás sobre la relación que fueron construyendo, la relación que están construyendo día a día, los planes, sueños y proyectos que tienen…

Empezás a hablar de cómo la abogada brillante que lo ayudó a salir de ese asunto en el que él se vio envuelto unos meses atrás cuando trató de evitar una pelea en un bar es tu cuñada.

Empezás a hablar de cómo te hace más feliz que cualquier otra persona sobre la faz de la Tierra, de lo enamorada que estás, de lo segura y protegida que sentís, del amor inmenso que brota dentro tuyo todos los días y va creciendo y esparciéndose y abrazándote por dentro, de lo mucho que lo adorás, de cómo te cuida, de lo loco de amor que está por vos, de la perspectiva distinta que tenés ahora en lo que respecta a un millón de cosas, de todo aquello que aprendiste en tan escaso tiempo y que supera a cualquier otra enseñanza que hayas recibido en veinticuatro años, de lo mucho que te cambió haberte enamorado…

Empezás a hablar de cómo Tony es lo mejor que te pasó en la vida, de cómo él se transformó en tu vida, en tu Universo, en tu razón de ser y existir, tu motivo para despertar todas las mañanas, tu esperanza, absolutamente todo aquello que te sostiene, lo que te mantiene en pie, lo que te da las fuerzas, lo que te atrapa cada vez que caes, lo que te da la seguridad de que podés lograr cualquier cosa que te propongas, lo que te respalda, lo que te da la certeza de que nunca vas a estar sola, de que nunca más vas a volver a sufrir el abandono, de que nunca más van a dejarte, de que siempre va a estar protegiéndote, de que cada vez que alguien te hiera él va a defenderte y a sanarte…

Empezás a hablar de la propuesta de matrimonio que te hizo la noche de Navidad, de la casa que compró para los dos, de cómo contás los días que faltan para el 2 de Marzo, de lo entusiasmada que estás por mudarte con él y empezar a hacer de esa casa un hogar, de lo mucho que te ilusiona convertirte en su esposa y estar unida a él para siempre…

Y luego el silencio cae sobre la cocina.

Y rebota contra las paredes.

Y te llena.

Y te abrasa por dentro como fuego.

Y repiquetea en tus oídos.

Y los segundos que permanecen sumergidos en él se tornan una eternidad.

Hasta que tu hermano habla, y su voz alcanza tus oídos, y te arranca de aquél trance en el que parecés haber caído después de haber terminado de volcar delante de él los sentimientos en tu corazón y en tu alma, después de haberle contado la historia de amor de la que sos protagonista y que se ha convertido en lo más puro y hermoso que ha habido en toda tu existencia (se ha convertido en tu existencia).

Y lo que te dice es, por supuesto, lo que desde el principio supusiste te diría cuando le hablaras sobre Tony, lo que siempre imaginaste te diría al enterarse de tu relación con un hombre diez años mayor que es, además, tú superior inmediato:

"Me parece una locura, Michelle... Todo esto me parece una locura"

Directo.

Tajante.

Cortante.

Sus palabras te penetran como una cuchilla.

Y duele.

Porque si bien tu parte más racional, tu parte pensante, estaba segura de que Danny no te abrazaría y felicitaría, la parte soñadora, la parte que se alimenta de esperanza, la parte que se conecta directamente con el corazón, esa parte inocente que día a día tratás de resguardar a pesar de todo lo que ves y escuchás en tu trabajo, deseaba que algo inesperado sucediera, que contra todas las probabilidades tu hermano tuviera una reacción opuesta a la que cualquiera se hubiera atrevido vaticinar.

"Entiendo que es una noticia chocante de escuchar, especialmente porque mantuve mi relación en privado durante tantos meses, pero…"

Te interrumpe:

"Es una locura... Es una locura" sigue repitiendo "Estás cometiendo el mismo error que yo, Michelle, ¿no te das cuenta?"

"¿De qué estás hablando?"

¿Por qué está diciéndote que deberías darte cuenta de que estás cometiendo el mismo error que él? ¿Por qué está comparando tu relación con Tony – de la que sabe apenas lo que vos acabás de contarle – con su matrimonio con Haylie? No podrías pensar en dos relaciones una más distinta de la otra; no se te ocurre qué pueden tener en común esas dos historias, en lo absoluto, ni por qué tu hermano está diciéndote que deberías ver que estás por incurrir en las mismas equivocaciones que él cometió.

"Haylee y yo también nos casamos demasiado pronto, y mirá cómo terminaron las cosas para nosotros..."

Te quedás en silencio por unos segundos. Es cierto: muchos podrían decir, con razón, que Tony y vos están apresurándose al casarse antes de que su relación cumpla los seis meses. Sabés que no es lo más común, sabés que son pocos los casos en los que dos personas contraen matrimonio cinco meses después de haber iniciado una relación, sabés que muchos podrían cuestionar el paso que ambos están dispuestos a dar, sabés que muchos mirarían con curiosidad y hasta casi desaprobación los planes que tienen, sabés que muchos les aconsejarían esperar más, pero realmente no te importa. Estás segura de esto, más segura que de cualquier otra cosa, completamente convencida, porque tu historia de amor con él va a ser eterna, porque va a durar para siempre, porque él es el amor de tu vida y vos sos lo más importante en su mundo (vos sos su mundo), porque los dos se adoran con locura y darían la vida el uno por el otro, porque están unidos desde antes de nacer, porque el destino así lo decidió, porque está escrito en las estrellas que ustedes dos deben compartir cada minuto que les reste sobre la Tierra antes de compartir toda la eternidad. Para otros podrá parecer una locura casarse tan rápido, pero para ustedes no, porque tienen en claro lo que sienten, porque todo este amor inmenso e indescriptible e inexplicable los consume, porque jamás se harían daño el uno al otro, porque nada podría separarlos, porque no hay fuerza humana o sobrenatural que pueda apartarlos al uno del otro, porque esperar sería una pérdida de tiempo cuando todo lo que quieren es mostrarle al mundo que se pertenecen y comenzar a construir la vida con la que sueñan, a concretar los proyectos que estuvieron trazando, a hacer realidad los sueños que acarician todas las noches.

"Mi relación con Tony es..." comenzás a hablar, pero nuevamente tu hermano te interrumpe.

"¿Distinta?" ofrece, completando él la oración que de tu boca había comenzado a brotar hasta que su voz interceptó a la tuya.

"Sí" afirmás, segura, convencida, casi desafiante, con el corazón latiendo fuertemente contra el pecho, la sangre hirviendo en las venas, el rojo tiñendo tus mejillas.

Sí, tu relación con Tony es distinta, completamente distinta a la de Danny con Haylie. Estás segurísima de eso.

"Michelle, es distinta, pero lamento decirte que está condenada al fracaso de todos modos" él insiste.

Y eso te enoja.

Te enoja muchísimo.

Entendés que encuentre chocante que durante los últimos cinco meses estuviste ocultándole cambios tan importantes en tu vida, entendés que tenga ciertos prejuicios porque Tony es diez años mayor que vos, entendés que se muestre hosco y dudosos como de costumbre porque Danny se comporta así con todas las personas que no conoce, entendés que cuestione tu decisión de casarte en Marzo, pero no entendés por qué habría de dictar esa sentencia, por qué habría de darse el lujo de decir con tanta seguridad y con tanta autoridad (autoridad que se está otorgando él mismo) que tu historia de amor está condenada al fracaso, soberbiamente, casi caprichosamente.

"¿Por qué habría de estarlo?" es, obviamente, una pregunta retórica, porque los motivos que él pueda ofrecerte sobre por qué piensa que tu matrimonio va a acabar en fracaso no te interesan, no van a cambiar tu manera de pensar, no van a alterar tus planes, no van a convencerte de lo contrario.

Él, de todos modos, te responde:

"Porque sos demasiado joven, Michelle; porque él es diez años mayor que vos, y es tu jefe, y vos su subordinada" no te sorprende que te dé estas razones, por supuesto "¿Cómo creés que va a ser visto por el resto de los empleados? ¿Pensás que las malas lenguas no van a decir nada de vos?" tampoco te sorprenden las preguntas retóricas que arroja; eran de esperar. Pero lo siguiente que te dice, lo dice casi enfurecido, enojado, poniéndose en la posición de autoridad, casi retándote como una padre a una hija, reprendiéndote: "Vas a quedar como una trepadora, eso es lo que todos van a pensar de vos, eso es lo que todos van a decir de vos: que sos una trepadora que engatusó al jefe para escalar puestos..."

Reaccionás.

No podés seguir escuchándolo.

No se lo podés permitir.

No se lo vas a permitir.

Te hiere, te lastima, escuchar eso de la boca de tu propio hermano.

"¿Eso pensás vos de mí?" exigís saber "¿Pensás que soy una trepadora que engatusó a su jefe para escalar puestos?" lo enfrentás.

Que lo piensen las chismosas de la CTU cuando se enteren, si así quieren, porque a vos no va a importarte. Que lo piensen los que no tienen nada mejor que hacer que andar metiéndose en los asuntos ajenos, y tampoco va a importarte. Que lo piensen los cargos superiores si así les viene en gana, y vos tampoco vas a darle demasiada importancia. Porque sabés que no es así, sabés que es mentira, sabés que tu amor por él es puro, sabés que los dos se adoran con locura, sabés que las malas lenguas siempre van a hablar y que no puede evitarse eso, sabés que es imposible detener a aquellos que quieren enterrarlo a uno en basura, sabés que sólo vale lo que siente tu corazón y lo que siente el de él, sabés que la única opinión con peso es la de él y que sólo te interesa cómo te vean sus ojos. Pero que lo piense tu propio hermano duele, duele muchísimo, y te ofende, y te enoja, y es hiriente.

"No, Michelle, por supuesto que no" chasquea la lengua con desesperación, aparentemente también herido y ofendido de que te hayas atrevido a sugerir aquello "Pienso que sos joven, y estás confundida, sola y angustiada, y eso te convirtió en un blanco fácil para que un hombre mayor te maneje y manipule como a un títere sin voluntad"

Así que piensa que sos una muñequita vulnerable, un títere con hilos listo para manejar, un pedazo de arcilla fácil de moldear, alguien a quien se puede controlar fácilmente aprovechando que la soledad la consume, una jovencita confundida que no sabe lo que quiere y que se siente perdida en el plano emocional. Un blanco fácil para un hombre que quiere aprovecharse, eso piensa él que sos. En su versión de esta historia (que en realidad es tu historia, que te pertenece sólo a vos, que sólo vos sabés cómo es en realidad porque sos vos quien la vive), te toca jugar el papel de la pobrecita, de la engañada, de la ilusionada, de la engatusada, y toda la culpa es del hombre al que amás pero que 'no te ama' y 'sólo te está usando'.

No vas a permitir que piense eso.

No vas a permitir que diga eso.

No vas a permitir que insinúe eso.

Puede opinar que sos joven, puede opinar que es una decisión apresurada, puede opinar que vas a ser blanco de la crítica y de las habladurías de los demás, puede opinar que estás apurándote, puede opinar que tendrías que esperar un poco más para casarte, puede opinar que una relación íntima con tu jefe acabaría siendo contraproducente para la carrera a la que amás con pasión, pero no le vas a permitir que opine que Tony te está usando, que está aprovechándose de vos, que está sacando ventaja, que está usándote, que está con vos solamente porque vio la posibilidad de divertirse un rato con una chica 'solitaria' y 'confundida'. A la que 'maneja y manipula como a un títere según su voluntad'.

"No estoy confundida ni nada que se le asemeje" dejás en claro, tajante y con la voz firme "Estoy enamorada. Y Tony no está aprovechándose de mí en ningún sentido, ni sacando ventajas de nuestra diferencia de edad. Estamos juntos porque nos amamos…"

Pero tu hermano no es fácil de convencer, y cada vez suena más y más exasperado.

"Michelle, estás ilusionada como una criatura de quince años" suspira cansado "… Odio tener que decirte esto, pero el tiempo y la experiencia acaban mostrándote que las ilusiones no duran, no sirven de nada" otro suspiro, sigue hablando antes de que puedas interrumpirlo "… No quiero que te pase lo mismo que a mí, Michelle. No quiero que te des la cabeza contra la pared, que te lleves una columna puesta…"

"Los únicos que se llevan columnas puestas son los que van por la vida mirando hacia atrás, siempre pendientes del pasado, sin fijarse en lo que tienen delante; por eso se estrellan contra todo, por eso acaban chocándose contra las paredes" retrucás, tan tajante y segura como antes, sin que te tiemble la voz, con el pulso acelerado y el corazón galopando, y todo ese amor que estás defendiendo hirviendo en tus venas, mezclándose con tu sangre, infectando el oxígeno que inhalás y exhalás, alimentando tu cuerpo, levantándose dentro de vos "Yo ya no quiero arrastras las cadenas que me atan al pasado. No quiero dejar que el pasado defina mi presente y marque lo que va a ser mi futuro. Merezco ser feliz, como lo merece cualquiera con un alma impregnada al cuerpo y un corazón al que todavía le quedan latidos para dar, y Tony me hace feliz. Tony me hace más feliz que cualquier otra persona sobre la faz de la Tierra; me hace más feliz que cualquier otra cosa. La edad para nosotros no es más que un número, es algo circunstancial: él nació diez años antes, yo nací diez años después – como quieras expresarlo – pero estamos seguros de que nacimos el uno para el otro, y en algún punto del camino nos tocó encontrarnos después de tanto buscarnos, y nada nos va a separar. Sucedió así, en estas circunstancias, y él tiene treinta y cuatro años y yo veinticuatro, y es mi jefe, y de otra raza, y fue criado de otra manera, y su infancia fue diferente, y su historia familiar es diferente, pero a ninguno de los dos nos importa. La gente tiene derecho a pensar lo que les venga en gana, y hacer lo que les venga en gana. Y si les viene en gana hablar de mí, sea a mis espaldas o mirándome a los ojos, si les viene en gana decir que soy una trepadora, que estoy usando a Tony para escalar posiciones, que voy a usarlo como impulso para avanzar en mi carrera, que lo digan, que se llenen la boca con esos comentarios. Él sabe la verdad, yo sé la verdad, y los dos nos amamos, y eso es todo lo que necesito, con eso me basta. Y sé que a él tampoco va a importarles que anden diciendo por ahí que se está aprovechando de que soy más joven, más inexperta, más inocente, o usando su poder como mi jefe para atraparme entre sus dedos y obligarme a tener sexo con él a cambio de beneficios"

Cuando todas esas palabras terminan de salir a borbotones de tu boca, te sentís ligera por primera vez desde hace varios minutos, más liviana. Acabás de sincerarte, acabás de exponer todo, acabás de hablar de cosas demasiado íntimas y demasiado importantes para vos, acabás de darle a tu hermano todas las pruebas que deberían bastarle para tener la seguridad de que estás segura de lo que estás haciendo y de que creés firmemente en lo mucho que Tony te ama y en lo mucho que vos lo amás a él. Te sentís liviana por primera vez en el día, sin sospechas acechándote, sin las náuseas subiendo y bajando y quemándote la garganta, sin los nervios alterados, sin todo ese campo de margaritas llamándote burlón e invitándote a deshojarlas y a hacerles a todas una misma pregunta para recibir siempre un 'sí' rotundo como respuesta. Y aunque todavía tu corazón late enloquecido, aunque sentís el pulso acelerado, aunque te palpitan las sienes, aunque te hierve la sangre y corre tan rápido dentro de tus venas que hasta te hace daño, estás extrañamente tranquila desde que te despertaste esta mañana y en la penumbra del cuarto de baño empezó lo que sería un día extraño y complicado.

"Tony y yo nos amamos profundamente" continuás, más calmada, el tono de voz más bajo "Tenemos planes, tenemos proyectos, tenemos sueños; estamos empezando a construir una vida juntos…"

Tu hermano te corta en seco de repente:

"Michelle, sos demasiado joven para estar diciendo todas estas incoherencias… Sos demasiado joven para saber lo que querés… Ni siquiera yo, pisando casi los cuarenta años, sé bien lo que quiero… Nunca lo supe y no estoy segura de llegar a saberlo algún día…"

Es tu turno de interrumpirlo:

"Ése sos vos, Danny, no yo. Mi historia no tiene por qué emular a la tuya. Sé muy bien lo que quiero, tengo en claro qué es aquello que me hace más feliz que cualquier otra cosa, y también sé que la vida es demasiado corta, se pasa demasiado rápido, y puede sernos arrebatada en un segundo, por lo cual no hay tiempo que perder" el recuerdo de Mason aparece vivo ante tus ojos, como si estuvieras viendo fotografías coloridas, como si pudieras sentirlo cerca de vos, como si lo tuvieras frente a frente otra vez, como si acabaras de abandonar su oficina después de que él te dijera esas palabras que te impulsaron, esas palabras que te animaron a buscar aquello que te hace feliz, esas palabras que marcaron un antes y un después, esas palabras que jamás vas a olvidar, esas palabras que te ayudaron a ver que el resto siempre es ruido de fondo "Amo a Tony, y él me ama a mí, y sé que soy joven, pero eso no significa que no tenga la seguridad de que casarme con él y formar una familia juntos es lo que más deseo"

Otro instante de silencio cae entre los dos, pero tan de repente como ha aparecido se evapora, se disuelve, se diluye, desaparece, y nuevamente la voz de Danny, en un tono que podrías ser descripto casi como triunfante, es todo lo que escuchás:

"Ya entiendo de qué se trata todo esto…" anuncia, como si acabara de descubrir la pólvora, como si una venda hubiera sido repentinamente quitada de sus ojos, como si hubiera encontrado la pieza faltante de un enigma muy complicado ": tenés miedo" anuncia "Tu trabajo te obliga a ver cosas que ningún ser humano debería ver; todos los días te enfrentás a cosas que nadie debería enfrentar, porque no hay alma ni cuerpo capaz de aguantar tanto todo el tiempo. Tu trabajo te lleva a encarar la muerte de múltiples formas, y después de lo que sucedió ese día… tenés miedo" repite "Tenés miedo de que todo acabe de repente. Tenés miedo de que un atentado nos mate a todos, de que ocurra una tragedia, o de que un día despiertes sin sospechar que va a ser el último, como le pasó a tu papá, como le pasó a todos esos otros agentes que murieron en la explosión a la que vos sobreviviste. Tenés miedo de que te quiten la posibilidad de vivir cuando ni siquiera llevás transitado la mitad del camino. Por eso estás actuando impulsivamente, por eso estás comportándote de esta manera y tomando estas decisiones, cometiendo errores, haciendo locuras… Michelle, no quiero que te suceda lo mismo que a mí, no quiero que te des cuenta un día que tu vida entera consiste de un larguísimo, incorregible error; no quiero que acabes sepultada bajo una montaña de equivocaciones"

"Hace menos de seis meses tuve a la muerte a centímetros de mí más de una vez en un lapso de veinticuatro horas" le decís, calmada, tranquila, casi serena "El edificio donde trabajo explotó, y casi quedo sepultada entre los escombros. Vi a compañeros míos quedar sepultados bajo los escombros; muchos de ellos acabaron en bolsas para cadáveres, y a otros les quedaron secuelas permanentes y su existencia como la conocían cambió por completo y nunca más va a volver a ser lo mismo. Yo sobreviví. No sé por qué les tocó a ellos y a mí no, no sé por qué Dios me bendijo a mí y a ellos no, pero sigo viva, sigo sana, me despierto todos los días, a mi corazón todavía le quedan latidos. Es cierto: muchas situaciones chocantes me sacudieron de tal forma que los ojos se me abrieron de golpe, y ahora es mucho lo que veo bajo otra luz y desde otra perspectiva, es mucho lo que cambió dentro de mí, y es mucho lo que entiendo que antes no llegaba a comprender del todo" hacés una pausa antes de seguir hablando "Pero mi amor por Tony existía desde antes, y también desde antes existía su amor por mí. Existe desde la primera vez que nos miramos a los ojos, y hasta me atrevería a decir que probablemente existe desde que el mundo es mundo. Lo que sucedió simplemente nos dio el empuje que necesitábamos para vencer nuestros miedos y nuestros prejuicios, para animarnos a arriesgarlo todo para estar juntos y para escribir la historia de amor que escribimos todos los días con cada uno de nuestros actos. La explosión, la bomba plantada para ser detonada en la ciudad, la guerra en la que este país estuvo por entrar, todo eso a mí me ayudó a ver la vida desde otra perspectiva y a animarme a confesarle mis sentimientos al hombre al que amo"

Hacés una pequeña pausa para que las palabras lo embeban, para que se metan debajo de su piel, para que las comprenda, para que su cerebro las absorba, para que toquen su corazón, para que él pueda mirarte a los ojos y darse cuenta de que estás hablándole con honestidad cruda, y luego seguís, tomándolo de las manos y perforándolo con la mirada, invitándolo a tratar de ver tu alma expuesta:

"Danny, te necesito conmigo" le decís "Te necesito de mi lado. Sos mi hermano mayor, Danny. Sé que nuestra relación ha sido de todo menos sencilla y convencional, pero te amo, y te necesito. Del mismo modo en que vos me necesitás a mí de tu lado con cada paso importante que das, así te necesito ahora"

Es la verdad, lo necesitás. Es tu hermano, es tu familia, es sangre de tu sangre, y lo necesitás. Es una de las cosas en las que, casi sin percatarte de ello, has estado meditando desde que te enteraste dónde está tu mamá y en qué condiciones se encuentra. Danny es tu hermano, es toda la familia a la que podés recurrir, y querés compartir esto con él, querés que esté contento por vos, querés que se alegre por vos, querés que te apoye, querés que te respalde, querés que sea parte de la nueva familia que estás construyendo junto a Tony, querés que sea parte de esta nueva vida, querés que siga siendo un personaje importante en tu historia, incluso más importante que antes. Querés ser su hermana en lo bueno y en lo malo, y querés que él sea tu hermano en lo bueno y en lo malo.

Su voz interrumpe tus pensamientos:

"Me preocupo por vos, Michelle. Aunque no lo demuestre tan abiertamente, a pesar de mis constantes equivocaciones, me importás, y me preocupo por vos"

"Lo sé" decís, y sentís algo especial y difícil de explicar recorriéndote por dentro al escuchar que tu hermano, aquél con el que has tenido siempre una relación extraña y difícil, te dice que le importás y que se preocupa por vos, y ahora podés afirmar con total sinceridad que lo sabés "Por eso necesito que me entiendas: Tony me hace feliz, muy feliz. Estoy perdidamente enamorada de él, y él siente lo mismo por mí. No hay cosa sobre la faz de la Tierra de la que esté más segura: me ama tanto como yo a él, y nuestra relación es algo inquebrantable. Danny, tenés que creerme cuando te digo que no hay de qué preocuparse: no voy a salir lastimada de esta relación. Confiá en mí. Aprecio que te preocupes, de verdad, me llega al corazón que te importe tanto, pero voy a casarme con el hombre al que amo, y él me ama, incondicionalmente y más allá de todo" suspirás "Si supieras en detalle la cantidad de cosas que tuvimos que afrontar juntos en estos meses, la cantidad de obstáculos con los que nos encontramos" volvés a suspirar "… Si todavía sigue conmigo, si me pidió que me case con él, si compró una casa para que ahí construyamos nuestras vidas y formemos una familia, si todas las mañanas cuando me despierto está al lado mío, es porque me ama. Está enfrentado con la mitad de su familia debido a mí, y creeme, los ama, los ama muchísimo, son muy importantes para él, y sin embargo está dispuesto a seguir enfrentándoseles todas las veces que sean necesarias porque ellos no aceptan que quiera casarse con una mujer que no es de su mismo origen. ¿Te parece a vos algo que haría un hombre que no está enamorado, que solamente quiere sexo, que solamente tiene la intención de usarme para sacarse las ganas y desecharme cuando se haya aburrido?"

"Michelle" tu hermano suspira cansado, chasquea la lengua en señal de exasperación, estruja un poco más el pedazo de cartulina que continúa arrugado en su puño, y luego vuelve a exhalar, aparentemente dándose por vencido. Retoma y arranca otra vez "… Michelle…, me va a costar un poco estar de tu lado, porque sigo teniendo mis dudas y mis… prejuicios" confiesa, y el hecho de que esté admitiéndolo te parece una prueba de lo mucho que Danny ha madurado, de lo mucho que ha cambiado "pero voy a hacer el… el intento de apoyarte y de estar de tu lado… si es que tenés tanta seguridad de que esto es lo que querés y de que este hombre no va a lastimarte"

No lo notás verdaderamente muy convencido, pero está haciendo un esfuerzo enorme, y es más de lo que te hubieras atrevido a imaginar, por lo cual te sentís contentísima y no podés evitar sonreír de oreja a oreja.

"Significa mucho para mí, Danny. Muchísimas gracias" besás una de sus mejillas cariñosamente "No vas a arrepentirte, y con el tiempo vas a darte cuenta de que Tony es el hombre perfecto para mí y que me ama con locura como yo a él"

Te devuelve la sonrisa débilmente, aunque quizá un poquitito más convencido que antes.

"Vas a ver que el tiempo va a darme la razón, Danny" le prometés, sin dejar de sonreír.

Deshojarías absolutamente todas y cada una de las margaritas existentes en este mundo si la pregunta en la punta de tu lengua fuera '¿Seremos Tony y yo felices para siempre?' y amarías escuchar a cada pétalo contestar con un 'sí'.


Tu hermano y vos almorzaron en silencio, aunque no era un silencio incómodo. No te hizo ninguna pregunta sobre Tony, y vos tampoco le hiciste preguntas a él sobre Haylie o sobre tus sobrinos, permitiéndole elegir si deseaba hablar o no. Varias veces sentiste empujando desde adentro las ganas de hablarle sobre lo que descubriste sobre tu madre, pero las hiciste a un lado rápidamente, echándolas, quitándotelas de encima, porque no era algo en lo que quisieras pensar, y era un tema demasiado delicado para tratarlo impulsivamente. Te limitaste a compartir el silencio, roto apenas de tanto en tanto por comentarios menores y sin importancia.

Cuando Danny se disponía a irse, lo abrazaste y él te abrazó también. Le pediste disculpas por haber aguardado tanto para contarle lo de Tony, y también te disculpaste por la forma en la que acabó enterándose de todo. Él simplemente te rogó que te cuidaras y volvió a repetirte que estaba tratando de ser un buen hermano mayor, algo en lo que pensaba había estado fallando en los últimos años pero que deseaba lograr ahora para retribuirte todos los esfuerzos que siempre hiciste con él independientemente de los que él hubiera o no hecho por vos.

Luego te quedaste sola, con la cabeza dada vuelta, un tanto confundida, con millones de cosas en las que pensar, todavía sin poder creer que aquella conversación entre los dos había tenido lugar, todavía sin poder creer que habías participado de esa escena inesperada que se había presentado de repente cuando menos suponías sucedería.

Estabas física y emocionalmente exhausta, y las sospechas estaban comenzando a aparecer otra vez; habías estado distraída de ellas por un largo rato, pero eso no significa que se hubieran ido. El campo de margaritas para deshojar seguía allí, las dudas seguían allí, acechando, esperando, filosas, terribles, agudas, punzantes, insistentes.

Y vos estabas exhausta.

Física y emocionalmente exhausta después de un miércoles completamente diferente a lo que hubieras vaticinado al comienzo de la semana.

Y las margaritas están empezando a agitarse otra vez, llamándote para que las recojas y las deshojes y para que a cada pétalo le hagas la misma pregunta que está asfixiándote desde esta mañana, persiguiéndote, torturándote, carcomiéndote, y así poder responderte eso que más temés escuchar: 'sí'.

Con una mezcla de pensamientos sobre tu hermano, sobre tus sospechas, sobre la conversación sostenida con Danny, sobre las margaritas, con un nudo tremendo en el cerebro y una mezcla de sensaciones que van de un extremo a otro y que están todas mezcladas dentro tuyo tratando de tomar la primera posición al mismo tiempo y peleándose las unas con las otras por el control total de tu estado emocional, te dejás caer en la cama. Bonnie enseguida se las ingenia para subir y hacerse un ovillo a tu lado, y así permanecés, con la cara enterrada en la almohada de Tony, intoxicándote con su perfume, mientras la cachorrita se acurruca cerca de vos y se echa a dormir.

Y sin darte cuenta, clavándote las uñas en las palmas de las manos para evitar que tus dedos empiecen a deshojar margaritas, vos también te quedás dormida, acunada por las sospechas, con los retazos de la conversación mantenida con tu hermano flotando en el aire, con las dudas cantándote al oído, con el alivio de haber convencido a Danny de estar de tu lado calmándote un poco, con miles de preguntas acosándote desde distintas direcciones, confundida en extremos, aliviada por un lado, preocupada por el otro…

Te quedás dormida.

Qué miércoles tan extraño está resultando ser éste.


Es casi catártico.

No, mejor dicho: escatártico.

Estar recostada a su lado, en sus brazos, escuchando los acompasados latidos de su corazón repiqueteando contra su pecho, sobre el cual reposan tu cabeza y todos tus pensamientos enredados, enmarañados, retorcidos y convertidos en un campo de margaritas para deshojar a la espera de una respuesta que no te interesa escuchar aun porque temés que se confirmen tus sospechas y sea un rotundo , es relajante, te hace bien. Que él te escuche te hace bien, saber que tus palabras están cayendo en sus oídos, que está procesándolas, absorbiéndolas, diluyéndolas, asimilándolas, entendiéndolas, prestándote una atención desmesurada que tiene reservada sólo para vos, tratando de desmenuzar cada sílaba para ver más allá del significado del lenguaje mundano, para entender lo que te sucede, lo que sentís, lo que estás tratando de procesar, aquello que necesitás compartir, ese peso que necesitás dividir para que entre los dos sea más fácil cargarlo (porque la vida de a dos es más fácil).

Seguías durmiendo cuando él llegó por la noche, molido después de un largo día de trabajo. Te despertaste cuando se recostó a tu lado y te envolvió en sus brazos, y aunque te dijo que ignoraras su presencia y siguieras descansando, hiciste un esfuerzo por abrir los ojos y despabilarte, porque querías hablar con él sobre la conversación que habías tenido ese día con tu hermano. Las palabras comenzaron a fluir con soltura, como siempre que hablás con él:

"En parte siento como si me hubiera sacado un peso de encima" reflexionás una vez concluido el relato, las palabras mezclándose serenas con el silencio apenas roto por sus respiraciones, sincronizadas las dos a un mismo ritmo, relajadas.

"De a poco vas a ir quitándote todos los pesos de encima, amor" susurra él en tu oído, posando sus labios con delicadeza en forma de un beso que te recorre por dentro con una calidez casi mágica y reconfortante después de este miércoles raro que has tenido "Pero debemos ir de a poco y ser pacientes"

"Lo sé" suspirás, acomodándote en sus brazos y acurrucándote contra él, contenta de poder sentir su calor, contenta de poder escuchar su corazón llamando tu nombre.

Y en ese momento se te ocurre que quizá no está hablando solamente de Danny y de su reacción y de sus dudas y sus prejuicios y de tu promesa de ayudarlo a aceptar a Tony luego de demostrarle que los dos se aman y que pertenecen el uno al otro; se te ocurre que quizá no está hablando solamente de su familia, de la que sigue distanciado, la cual sigue sin aceptarte, la cual sigue convencida de que él debería estar con alguien de su misma raza, con alguien educado como lo educaron a él, con alguien que comparta sus mismas costumbres; se te ocurre que quizá no está hablando solamente de la decisión que debés tomar respecto a lo que vas a hacer con la información que contás sobre lo que sucedió con tu madre, su paradero, su situación, su condición de salud.

Se te ocurre que él sabe de esas margaritas que crecieron en tu cabeza.

Se te ocurre que él sabe de las dudas que germinaron hoy y que han estado enloqueciéndote.

Se te ocurre que él sabe de las preguntas que andan sueltas dentro tuyo pidiéndote a gritos que las encuentres una respuesta.

Se te ocurre que él sabe todo eso porque también ha tenido que combatir sospechas y luchar con dudas y ver un millar de margaritas esperando a ser deshojadas, todas ellas queriendo contestar al mismo interrogante con un 'sí'.

Se te ocurre que él ya ha deshojado esas margaritas.

Se te ocurre que a él todas ya le han dicho que sí.

Se te ocurre que él va a esperar pacientemente a que vos tengas las fuerzas y el valor necesario para hacer lo mismo, para permitir a tus dedos arrancar pétalo a pétalo, y escuchar lo que temés te digan.

Volvés a quedarte dormida en sus brazos, con otra razón para sumar a las miles que ya tenías sobre por qué lo adorás tanto.

Él ya deshojó las margaritas plantadas en su cabeza, a él ya le dijeron todas que sí, pero no va a apresurarte, no va a incomodarte, no va a hablarte del tema, no va a ponerte contra la espada y la pared, no va a sacarlo a colación. Va a esperar pacientemente a que llegue el momento indicado de que te quites el peso de encima, así como había esperado hasta ahora a que llegara el marco justo para que tu hermano descubriera sobre tu relación con él y sobre los planes que tienen para el futuro. Va a esperar pacientemente sin pedirte nada a cambio, sin incomodarte, sin tirar indirectas, sin apurar las cosas, permitiendo que se sucedan de manera natural para vos, permitiendo que las dejes tomar el curso que deban tomar, dándote tiempo para que estés lista.

No deshojás las margaritas por miedo a que todas te digan que sí.

Y él lo sabe.

Pero va a esperar pacientemente a que llegue el instante irremediable en el que, por decisión propia o por las fuerzas del destino, tengas que hacerlo.

Va a esperar pacientemente a que, una vez caídos todos los pétalos, vos te acerques a él para hablar del significado de ese 'sí' que ahora, en este momento, tanto temés escuchar.


Las sospechas comenzaron en la mañana de un miércoles que quedaría grabado a fuego en tu memoria, cual si los sucesos correspondientes a él hubieran sido tallados profundamente en tu cráneo con un cincel a medida que se iban desarrollando. ¿Cómo olvidar aquél 23 de enero en el que comenzó a dibujarse con exasperante lentitud, trazo a trazo, una tragedia? ¿Cómo olvidar aquél 23 de enero que marcó los albores del final de una historia que podría haber sido hermosa, pero que por decisión cruel del destino se diluyó gota a gota?

Y ese miércoles por la noche al quedarte dormida, todas las margaritas en tu cabeza seguían sin haber sido deshojadas, mientras que aquellas en la cabeza de él lo habían sido todas, y su mente no era más que un terreno regado de pétalos, todos ellos perfumados con una sola respuesta, la temida por vos: 'sí'.

Confirmás esto cuando al despertar a la mañana siguiente a las seis menos veinte con unas náuseas terribles, notás su mano reposando sobre tu abdomen.

Él sabe lo que vos no te animás a confirmar.

Él sabe lo que vos temés descubrir.

Y esa certeza, la certeza de que él sabe, vuelve aun más fuerte tu temor.