¿Sexo?
Naruto caminaba hacia el parque en asombrado silencio. ¿Ino pensaba que él sería perfecto para un revolcón? A él no le iban las relaciones formales, pero un revolcón, así, en frío...

-Ya te lo advertí -suspiró ella al ver su cara-. Pero como te has puesto tan pesado...

De nuevo, se había dejado llevar por la curiosidad, pero algún día aprendería a no meter las narices donde no debía, pensó. ¿Cuántas veces, de niño, su curiosa naturaleza provocó que su padre le pegara con el cinturón?
Cuando llegaron al parque, fueron caminando automáticamente hasta el roble que había al lado de la fuente. Bajo un palio de hojas y ramas, él extendió la manta y dejó en el suelo la nevera portátil. Después, se quitó la camisa, hizo una pelota con ella y apoyó la cabeza.
Hinata se sentó a su lado, apartándose el largo pelo azabache de la cara.

-¿No vas a decir nada?

-Es que no sé qué decir.

Hinata arrugó el ceño y él levantó los ojos al cielo. No quería herir sus sentimientos... pero, ¿Ino?
-Ino es muy agradable y sé que sois muy buenas amigas, pero... no es mi tipo.

-¿Ino? -repitió ella. Entonces soltó una carcajada.
Hinata tenía una risa musical y a él le encantaba hacerla reír, le gustaba verla feliz. Aunque estaría bien saber de qué demonios se estaba riendo.
-¿Te importaría compartir la broma?

-¿Crees que Ino quiere acostarse contigo?

-¿No es eso?
Hinata volvió a soltar una carcajada.
-No te preocupes, Naruto. Ino no quiere acostarse contigo. Hablaba hipotéticamente.

-Ah, bueno. Pues supongo... que me siento halagado.
Lo que realmente quería saber y nunca se atrevería a preguntar era qué pensaba ella. Y por qué habían estado hablando de ese tema. ¿Hinata habría pensado alguna vez en él como hombre y no como amigo?
No. Imposible. Mejor decirse que era imposible que albergar absurdas esperanzas. Naruto había aprendido a no esperar algo que nunca iba a ocurrir. Especialmente «eso».
Él no estaba destinado a casarse y tener hijos. Si lo hiciera, lo lamentaría siempre. Aunque si las cosas fueran diferentes...
Pero las cosas no eran diferentes. Nunca lo serían y de vez en cuando tenía que recordarse eso a sí mismo.
Naruto abrió la nevera portátil y sacó dos sándwiches, una ensalada de patata y dos refrescos.
-¿De atún o de pollo?

-No deberías ir por ahí medio desnudo -dijo Hinata, tomando el sándwich de pollo- Todas las chicas del parque te están mirando.
Naruto miró alrededor y notó que varios pares de ojos femeninos estaban clavados en él. Pero cuando se volvió hacia Hinata comprobó que ella estaba muy ocupada quitando la cebolla de su sándwich.
Sonriendo, tiró de la manga de su blusa, preguntándose cómo no se derretía con aquel ca¬or. Por razones que nunca entendería, Hinata siempre escondía sus voluptuosas curvas bajo metros de tela.
-Me pondré algo si tú te quitas algo.

-Eres muy gracioso.

-Lo digo en serio. Tienes un cuerpo muy bonito. ¿Por qué vas siempre tan tapada?

-Créeme, si tú tuvieras el cuerpo que yo tengo también irías tapado.

-A muchos hombres les gustan las mujeres voluptuosas.
«¿A ti te gustan las mujeres voluptuosas?» le habría gustado preguntar. Pero no lo hizo. Para empezar, porque sabía que le gustaban altas, peli-rosas, flacas y sin cerebro, la antítesis de ella misma, que era bajita, inteligente, peli-azabache y llena de curvas. Y segundo, porque daba igual. Naruto era su mejor amigo, su colega. Él no la miraba como a una mujer.

-A lo mejor a mí no me gustan los hombres a los que les gustan las mujeres con curvas.
Sabía exactamente a qué clase de hombre le gustaban las mujeres como ella: la clase de hombre que sólo busca sexo. La clase de hombre que su madre solía llevar a casa. La clase de hombre que, cuando se cansaba de su madre, se volvía hacia ella. Una adolescente. Aunque ninguno la había tocado nunca, sus miradas eran suficientes como para que se sintiera sucia.
Quizá su madre podía vivir así, pero ella no; ella nunca sería ese tipo de mujer.
Al otro lado del parque oyó las risas de los niños y se obligó a sí misma a no mirar. Ella no podría acostarse con un extraño. Tendría que aceptarlo y ahorrar lo suficiente para someterse al proceso de fecundación artificial o para adoptar un niño. Hasta entonces no habría niños en su vida. Y si no podía pagarlo o el proceso de fecundación no funcionaba, tendría que aceptar que no iba a ser madre. Así de sencillo.
La posibilidad era como un cuchillo en su corazón y, por un momento, estuvo segura de que se le estaba rompiendo.

-¿Hinata? ¿Qué te pasa, estás llorando?

Naruto alargó la mano para tocar su cara y, avergonzada, ella se secó las lágrimas con la mano.

-Lo siento. Lo decía de broma. No quería herir tus sentimientos.

-No has sido tú. Es que... hoy tengo muchas cosas en la cabeza. Ya sabes, lo de los niños.

Él se dio un golpe en la frente.
-El especialista en fertilidad. Se me había olvidado. ¿Qué te ha dicho?

-No parece que vaya a pasar pronto -murmuró Hinata, dejando caer las lágrimas- Pero da igual, no te preocupes.

Naruto había aprendido tras años de experiencia que soledad era lo último que Hinata deseaba en un momento como aquél. Tenía la mala costumbre de darle mil vueltas a las cosas hasta que acababa deprimiéndose.

-Ven aquí.
Ella lo miró, sus ojos perlados llenos de pena.

-Estoy bien, de verdad.

-No, no estás bien. Sé lo que significa para ti tener un hijo -dijo Naruto, acariciando su pelo. Hinata lloraba, dejando que las lágrimas rodasen por su rostro y cayeran sobre su torso, hasta la cinturilla del pantalón. La sensación era casi... erótica.
¿Erótica? Naruto se sintió como un gusano. Su amiga necesitaba consuelo, un hombro sobre el que llorar. Tener pensamientos impuros tenía una excusa en el instituto cuando se le salían las hormonas por las orejas... y a ella empezaban a crecerle los pechos. Desde entonces, había conseguido contener sus impulsos. Casi siempre, al menos. Aunque, de vez en cuando, se permitía alguna fantasía, por ejemplo imaginar lo que escondía debajo de la ropa. Hinata era propietaria de una tienda de lencería, de modo que debía llevar ropa interior muy sexy. La imaginaba con algo de encaje rojo. O mejor, negro.
La repentina excitación que provocó esa imagen lo dejó sin aliento. No era el momento de pensar en encaje negro... Pero nunca había notado lo suave que era su pelo o cuánto le gustaba tenerla apretada contra su pecho.
Nunca había tenido tan cerca la curva de sus pechos...
Un momento. No iba a pensar en sus pechos.
Aunque eran difíciles de ignorar aplastados como estaban contra su torso. Y se dio cuenta entonces de que había bajado las manos, de que estaba acariciándola como no debía acariciarla...
Ella eligió ese momento para apartarse y sacar un pañuelo del bolsillo. Afortunadamente.

-Lo siento mucho -dijo, sonándose la nariz- Supongo que me hacía falta un desahogo.

-Desahógate todo lo que quieras. Para eso estoy aquí.

-Vaya, te he mojado -murmuró Hinata, secándolo con el pañuelo. Pero cuando llegó a la cinturilla del pantalón, Naruto dio un respingo.

Ella lo miró, sorprendida, como si acabara de darse cuenta de lo que había hecho.

-Perdona.

Se quedaron los dos en silencio, incómodos. Hasta que Hinata rompió a llorar de nuevo.
A Naruto se le rompía el corazón de verla así. Si alguien merecía ser feliz, ésa era su amiga...
Abandonando todo pensamiento inapropiado, Naruto la estrechó entre sus brazos.

-Lo siento, cariño. ¿Puedo hacer algo por ti?

«Podrías acostarte conmigo». Hinata se preguntó cuál sería su reacción si se lo pedía. ¿Se quedaría sorprendido, intrigado? ¿Le daría un ataque de risa histérica?
Probablemente lo último. Pero no tenía sentido especular porque no iba a pasar. Nunca tendría valor para preguntarle. No tendría valor para soportar el rechazo.

-El problema es que no tengo suficiente dinero ahorrado -dijo, apoyando la cara en su hombro- He pensado hipotecar la tienda, pero si quiero tener un niño no puedo poner en peligro mi seguridad económica.

-Si pudiera, te dejaría el dinero -suspiró Naruto- Pero producir el CD me está costando todo lo que tengo.

-No te preocupes, ya se solucionará.

Hinata sentía la caricia de su pelo en la cara, olía su colonia y los caramelos que comía por cajas desde que dejó de fumar. ¿Era su imaginación o aquel día no dejaban de tocarse? O quizá siempre se habían tocado tanto y aquel día le parecía diferente. No sólo diferente... agradable.
Demasiado agradable.

-Lo que me da rabia es que si juntáramos nuestro dinero podríamos hacer una de las dos cosas sin problema... aunque no las dos.

-Y yo podría quedarme embarazada si encontrase a un hombre... -Hinata se dio cuenta de su error antes de terminar la frase, pero era demasiado tarde.

-¿Un hombre?

Ella se miró entonces la muñeca.

-Huy, mira qué tarde es.

Naruto notó, divertido, que no llevaba reloj.

-¿Dónde vas?

-Tengo que volver a la tienda. Ino seguramente me necesita.

Mientras Naruto la observaba guardar el sándwich en la nevera, casi sin tocar, todo empezó a cobrar sentido.

-Cuando entré en la tienda, ¿de qué estabais hablando Ino y tú?

-Ya sabes. De sexo -dijo ella, sin mirarlo.

-¿Y por qué hablabais de eso?

-Por nada -contestó Hinata, intentando levantarse. Pero Naruto se lo impidió.

-Has vuelto a ponerte colorada. ¿Estabas hablando de quedarte embarazada?

Ella asintió, mordiéndose los labios.
El corazón de Naruto empezó a latir acelerado.

-¿Eso era a lo que Ino se refería cuando dijo que yo era perfecto?

No lo podía creer cuando vio que Hinata asentía con la cabeza. ¿Dejarla embarazada? Ino pensaba que era perfecto, ¿pero qué pensaba ella? ¿Qué pensaba él?
Había una evidente ventaja en la situación... acostarse con Hinata. Eso sólo sería suficiente. Sin embargo, Naruto había decidido tiempo atrás que no tendría hijos porque sería un padre horrible y un marido peor. Pero Hinata no estaba buscando un marido, se recordó a sí mismo. Sólo quería un hijo.
¿Su hijo?

-Lo sé -rió ella, nerviosa- Le dije a Ino que era una tontería. ¿Tú y yo teniendo un niño? Qué bobada.

-Sí, ya -asintió él, confuso y desilusionado. O Hinata pensaba que no era suficientemente bueno como para ser el padre de su hijo o la idea de hacer el amor con él le resultaba repulsiva.
Fuera cual fuera la razón, seguramente era lo mejor. Al fin y al cabo, era una idea absurda.

-¿Nos vamos? -preguntó ella entonces, nerviosa.

-Sí, claro -contestó Naruto, poniéndose la camisa.
Volvieron a la tienda en silencio, cuando llegaron, Hinata se volvió, cortada.

-Esto no va a cambiar nuestra relación, ¿verdad? Ya sabes, lo del niño...
Naruto no pensaba tomarlo como algo personal. Y tampoco podía culparla por pensar que él no sería un buen padre. Después de todo, Hinata lo conocía mejor que nadie.

-¿Sabes cuántas mujeres se me han acercado después de un concierto para pedirme un hijo? -intentó bromear- Estoy acostumbrado.

-Entonces, ¿no ha pasado nada?

-Nada.

Hinata iba a abrir la puerta del jeep, pero se volvió de nuevo.

-Porque sería muy raro. Ya sabes, tú y yo... juntos.

-Sí. Muy raro.

-No digo malo, sólo extraño. Lo cambiaría todo.

-Desde luego que sí -suspiró él. Posiblemente para mejor.
O no. Pero no era eso lo que le preocupaba. Lo importante era que sin Hinata no tendría a nadie. Y no estaba preparado para poner en peligro su amistad.

-¿Tocas esta noche?

-A las nueve y media. Si quieres, vendré a buscarte. Me queda de camino. Y esta noche vamos a tocar canciones nuevas.

-Muy bien.

-¿Eso es un sí?

-Es un sí -sonrió Hinata, saliendo del jeep. Se volvió de nuevo, como si fuera a decir algo, pero sacudió la cabeza y cerró la puerta.
Naruto oyó sonar las campanitas de la tienda, sin poder evitar la sensación de que, a pesar de todo, algo había cambiado entre ellos.

Definitivamente.