-Hinata, Naruto acaba de llegar -la llamó Ino- ¿Estás lista?

Llevándose una mano al vientre, Hinata guardó los recibos del día y cerró la caja.
-En seguida salgo.

Naruto asomó entonces la cabeza en la trastienda.

-¿Necesitas algo?

Ella se secó el sudor de la frente.

-No, estaré lista enseguida.

-¿Te encuentras bien? Estás muy pálida.

-Cosas de mujeres. Pero no me pasa nada grave.

Naruto asintió. No era la primera vez que la veía doblada por el dolor y tampoco sería la última.

-Si no te encuentras bien, quédate en casa. No tienes que venir al bar esta noche.

-Se me pasará enseguida. Dile a Ino que ahora salgo.

Hinata tomó un frasco de aspirinas del cajón, esperando que se le pasara el dolor. Pero cada regla era un recordatorio de que se quedaba sin tiempo. Sólo podría aguantar un par de meses más antes de tener que someterse a la operación.

-Hinata, ha venido alguien a verte -dijo Ino entonces, asomando de nuevo la cabeza.

-¿Le has dicho que hemos cerrado?

-Sí, pero dice que es personal.

-¿Quién es?

-No lo sé. Un hombre... con su hija, creo.

Un hombre con su... no, no podía ser. Hinata cerró los ojos. «Por favor no, aquella noche no», rezó en silencio.
Pero cuando salió de la trastienda vio que, por supuesto, era él. Siempre aparecía cuando menos ganas tenía de verlo. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un año, un año y medio?
Alto y guapo, parecía tener muchos menos de cincuenta y dos años y la única pista de su verdadera edad eran las sienes plateadas. La mujer que iba colgada de su brazo llevaba un vestido rojo que podría describirse como «ligeramente provocativo». Y seguramente se colgaba de su brazo por miedo a romperse un tobillo con esos tacones de doce centímetros.

-Hola, Hinata -la saludó él, mirando alrededor con gesto de desprecio.

Hinata intentó que el rechazo no la molestase, pero no podía evitarlo. Dentro de ella seguía viviendo la niña que siempre intentaba agradarlo.

-Hola, Hiashi.

-Quiero presentarte a Motoko.

-Encantada de conocerte por fin, Hinata. He oído hablar mucho de ti.
«Seguro que sí», pensó ella, estrechando su mano. Sabía que a Hiashi le gustaban jóvenes, pero aquello era obsceno. Motoko no podía tener más de veinte años.

-No sé si te acuerdas de mi amigo Naruto y de mi socia, Ino Yamanaka. Ino, te presento a Hiashi Hyuuga, mi padre.
Hiashi los saludó con un movimiento de cabeza.

-Bueno, ¿cuándo es el gran día?
Motoko miró a Hiashi, sorprendida.

-¿Se lo has dicho?
Hinata señaló el diamante que la joven llevaba en el dedo.

-No me ha dicho nada, pero eso me ha dado una pista. ¿Por qué matrimonio vas, Hiashi, el quinto o el sexto?
Él apretó los dientes.

-Sabes perfectamente que Anny fue mi cuarta mujer, de modo que Motoko será la quinta.

-Nunca se sabe -sonrió Hinata- Pensé que a lo mejor te habías casado con otra sin avisarme.

-Hishi y yo queríamos invitarte a cenar para celebrar nuestro compromiso -dijo Motoko.

-¿Ah, sí? ¿De quién ha sido la idea?
Motoko miró a su prometido, nerviosa.

-Pues... de los dos.
Mentía fatal, la pobre. Hinata sabía que su padre no se habría ofrecido voluntariamente ni bajo tortura, pero no había razón para ser grosera con ella.

-Lo siento, pero esta noche tengo planes. Gracias por la invitación.

-Vendrás a la boda, ¿verdad?
Ella nunca había ido a «las bodas» de su padre... desde la segunda, cuando su madre la mandó a la iglesia con un vestido viejo y sus zapatos más gastados. Quería que todos los invitados vieran que Hiashi Hyuuga no se preocupaba por su hija, sin pensar en lo mortificada que se sentiría ella.

-Tu padre no te quiere -solía decirle- Sólo se quiere a sí mismo.

Pero a Hinata no se le escapaba que el armario de su madre estaba lleno de vestidos de diseño. Y que cuando ella necesitaba dinero para ropa o para las actividades del colegio, el pozo siempre estaba seco.

-Nos casamos el dieciocho de agosto -siguió diciendo Motoko- Tienes que venir.

-No creo que pueda...

-Significaría mucho para nosotros -insistió la joven- Por favor, Hinata.

La pena que le daba la chica superó al sentido común. La pobre parecía tan agradable...

-Muy bien, iré.

-¡Qué bien! -exclamó Motoko. Su padre, sin embargo, permanecía serio- Te enviaremos una invitación.

-Tenemos que irnos -dijo Hiashi entonces- Hemos reservado mesa para las nueve y media.

-Encantada de conocerte -dijo Motoko, estrechando de nuevo su mano- Espero que volvamos a vernos pronto.

-Cuídate, Hinata -murmuró su padre, incómodo.

-Encantada de conoceros, Ino y Naruto -se despidió la alegre Motoko, antes de cerrar la puerta.

-Rayos, qué momento más tenso -suspiró Ino.

-Muy tenso -asintió Naruto- En una escala del uno al diez, yo diría que ha sido un once.

-Tu padre es guapísimo, por cierto.

Hinata tomó su bolso y sacó las llaves.

-Y él lo sabe.

-¿De verdad piensas ir a la boda? -preguntó su socia.

-La verdad es que siento un poco de curiosidad.

Salieron los tres a la calle y Hinata se volvió para cerrar la puerta de la tienda.

-Tu familia es tan escandalosa... Te envidio. Yo tengo una familia católica aburridísima.

Se dirigían los tres hacia el bar y, como cada viernes por la noche, las calles estaban llenas de gente.

-Pues te aseguro que tener una familia como la mía no es nada divertido -suspiró Hinata.

Naruto asintió, en silencio. Habiendo crecido en una familia disfuncional como la suya, nadie tenía que explicarle el concepto.
Cuando llegaron al bar, el camarero los llevó a su mesa, frente al escenario.

-Nos vemos después de la actuación -dijo Naruto, antes de desaparecer, seguido, como siem¬pre por una corte de admiradoras.

Distraída por la visita de su padre, Hinata apenas se había fijado en él. Aunque, bajo las Inos del bar, estaba guapísimo. Bueno, era guapísimo. Y había muchas cosas que aumentaban su atractivo: el pelo, que siempre llevaba un poco despeinado, la nariz ligeramente torcida... una herida de guerra debida a las palizas de su padre. Y, sobre todo, su sonrisa. Naruto sonreía como un niño alocado.
Cuando se volvió, sonriéndole de esa forma, a Hinata le dio un vuelco el corazón.
Y Ino, que estaba atenta a todo, le dio un codazo.

-¿Qué?

-Naruto está guapo esta noche, ¿eh?

Hinata se puso colorada.
-Sí, no está mal.

-¿Necesitas un pañuelo?

-¿Por qué?

-Porque se te está cayendo la baba.

Hinata no se molestó en negarlo porque su amiga la conocía mejor que nadie. Afortunadamente, una camarera apareció en ese momento para preguntarles qué querían tomar.
Unos minutos después, Naruto subió al escenario para presentar a la banda y Hinata se dejó envolver por la deliciosa música de jazz. Mientras tocaba, él la miró a los ojos y tuvo la sensación irracional, absurda, de que eran las dos únicas personas allí. Que sólo estaba tocando para ella. Nunca lo había oído tocar tan apasionadamente.
La actuación duró cuarenta minutos y cuando terminó, Hinata se sentía rara, nerviosa, sin saber qué hacer. Los aplausos la devolvieron a la realidad. La música había emocionado a todo el público. Aunque Naruto sólo la miraba a ella...
Después de dar las gracias, él se abrió paso entre un montón de admiradoras y, cuando terminó de firmar autógrafos, se dirigió a la mesa. Hinata se levantó para felicitarlo, pero una Peli-rosa alta que estaba sentada detrás de ella le dio un empujón y se pegó a Naruto como una sanguijuela para decirle algo al oído. Él soltó una carcajada y guardó en el bolsillo la tarjeta que la peli-rosa acababa de darle. Entonces Hinata se dio cuenta de que no la había estado mirando a ella...

No, había estado mirando a la rubia.

Qué corte.
¿Era tonta o qué? ¿Por qué había empezado a creer que Naruto podía mirarla como algo más que una amiga? ¿Cómo se le había ocurrido que podría ser el padre de su hijo?
Aunque hubiese querido negarlo, algo había ocurrido entre ellos aquel día. Algo había cambiado y era imposible volver atrás. Y no sabía cómo arreglarlo.

-Lo siento -se disculpó Naruto, sentándose a su lado- Cada día se ponen más agresivas.

-Pobrecito -bromeó Ino.

Conteniendo lágrimas de humillación, Hinata tomó su bolso y se levantó.

-Tengo que irme a casa.

-¿Tan pronto? -preguntó Naruto. Esperaba que se quedase un rato para ver si la conexión que habían experimentado mientras tocaba era real o no- ¿No puedes quedarte un poco más?

-Estoy agotada.

-¿Te importa si yo me quedo? -preguntó Ino- ¿O quieres que te acompañe a casa?

-No, quédate.

-Yo te acompañaré -dijo Naruto, levantándose.

-No tienes por qué hacerlo.

-Ya, pero no quiero que vuelvas sola a casa.

-Que lo pases bien -sonrió Ino. Por su tono, sabía exactamente lo que Naruto estaba pensando. Lo que llevaba todo el día pensando.

Cuando salía del bar vio a la productora que insistía en que firmase un contrato con él y que, en ese momento, le hizo un gesto de «llámame».
Naruto le había dicho que prefería producir su disco con una productora independiente, pero ella no dejaba de insistir. No era la primera vez que le pasaba, pero estaba dispuesto a no renunciar a los derechos de propiedad intelectual. Era su música y la grabaría como quisiera.
Aunque se ganaba la vida como músico de estudio y disfrutaba de su trabajo, escribir canciones era su verdadera pasión.

El aire de la noche era pesado y agobiante, pero la temperatura había bajado un poco y una ligera brisa lo hacía soportable.
Naruto se acercó a Hinata y le pasó un brazo por los hombros. Lo habían hecho muchas veces, pero aquella noche era diferente. Aquella noche respiraba el aroma de su pelo, sentía el ocasional roce de sus caderas...
Hinata, sin embargo, no parecía notar nada. Iba mirando hacia delante, pensativa.

-¿Qué te ha parecido la actuación?

-Me ha gustado mucho. Eran canciones nuevas, ¿verdad?

Naruto asintió con la cabeza, decepcionado. De modo que no había sentido nada; seguramente ni siquiera lo estaba mirando a él; estaría mirando al vacío, pensando en sus cosas. Y él había creído...
Se prometió a sí mismo que lo de aquella tarde en el parque no cambiaría nada entre ellos, pero no podía dejar de pensar en el asunto. No podía dejar de hacerse la pregunta: ¿podría traer un hijo al mundo y después abandonarlo?
Aunque no lo abandonaría. Como amigo de Hinata, siempre estaría a su lado y sería parte de su vida. Aunque lo suficientemente lejos como para no hacerle daño. Sería como tener una familia, sin tenerla.
Podría llevarlo al zoo, al circo, enseñarle a jugar al fútbol... si era un niño. El nunca tendría que saber la verdad. Al menos, hasta que fuese mayor. Incluso entonces sería mejor que no supiera quién era su padre. ¿Qué niño querría saber que tenía un abuelo alcohólico y agresivo y un tío que estaba en la cárcel? Sería una carga terrible para él.
Además, podría meter dinero en una cuenta para pagar la universidad y, por supuesto, si Hinata necesitaba ayuda económica o alguien que cuidase del niño, él estaría ahí siempre. Podría enseñarle música... Si alguien se hubiera tomado la molestia de educarlo, de darse cuenta de su potencial, ¿quién sabe dónde habría llegado? Y el niño de Hinata tendría lo mejor.
Cuanto más lo pensaba, más le gustaba la idea.
Pero intentó olvidarlo, intentó no hacer caso a la vocecita que le decía: «hazlo». Después de todo, se lo debía a Hinata por tantos años de amistad.
Pero no era capaz. Además, ¿aceptaría Hinata? ¿Lo consideraría aceptable como padre de su hijo?

-Estaba pensando... -empezó a decir ella entonces- ¿Te apetece ir a la boda conmigo? Me hará falta un poco de apoyo moral.

-Como tú quieras.

Cuando llegaron a su casa, Hinata sacó las llaves del bolso.

-Gracias por acompañarme. ¿Quieres subir?

Naruto se metió las manos en los bolsillos del pantalón. Aquélla era su oportunidad.

-Sí, claro. Además, quería hablar contigo.

-Muy bien.

Cuando llegaron a su piso, la puerta del apartamento de al lado se abrió un poco y Naruto vio... un ojo.

-Soy yo, señor Jiraiya.

-La mano.

Obedientemente, Hinata alargó la mano y el hombre le puso en ella un rayador de queso.

-La otra... Ah, bien. De acuerdo.

Cuando el señor Jiraiya pareció convencerse de que todo era normal, guardó el rayador de queso.

-Hay que tener cuidado. Lo he visto en las noticias. Pueden cambiar de forma y parecer humanos.

-¿Otra vez ha estado viendo Expediente X, señor Jiraiya?

-No, lo he visto en las noticias de las once. Hay que tener la puerta cerrada con llave -insistió el hombre, antes de cerrar- No se puede confiar en nadie -lo oyeron decir desde el pasillo.

-Ese tío está para que lo encierren -dijo Naruto.

-Es inofensivo. Además, su hija paga el alquiler todos los meses y, mientras viva a mi lado, no tengo que instalar una alarma -sonrió Hinata, dejándose caer en el sofá- ¿De qué querías que hablásemos?

Naruto respiró profundamente para darse valor.

-De lo que ha pasado hoy, en el parque.

El corazón de Hinata empezó a latir, acelerado.

-Yo también he estado pensando en eso.

-Pues yo no he podido pensar en otra cosa.

-Ni yo.

-¿Me he vuelto loco o algo ha cambiado entre nosotros?

Ella no quería que las cosas cambiaran, pero no podía negar que había algo diferente. De modo que asintió con la cabeza.

-En ese caso, creo que Ino tiene razón. Yo debería ser el padre de tu hijo.