Hinata miraba el agujero del techo, donde solía estar el apartamento del señor Jiraiya.
Pero era algo temporal. El seguro arreglaría la tienda y su casa. Y todo volvería a la normalidad. Tenía que ser positiva.
No había podido salvar casi nada de su apartamento. Los bomberos contuvieron el incendio antes de que llegase a la cocina, pero el calor derritió todo lo que era de plástico. Además, el techo, los muebles y los electrodomésticos estaban completamente negros.
Incluso la ropa dentro del armario apestaba a humo.
Ino, Naruto y ella guardaron lo que pudieron en varias bolsas y Motoko las llevó a la tintorería. A pesar de que Ino se había ofrecido a prestarle ropa, Hinata prefirió llevar la camiseta y los pantalones cortos de Naruto. Se sentía cómoda, casi contenta. Como una niña emocionada por llevar la chaqueta de cuero de su novio. Pero era absurdo; ya no estaban en el instituto, no tenía una chaqueta de cuero y no era la novia de Naruto.
Tras ella, Naruto bajaba cargado con una caja de cartón. Como hacía un calor infernal, se había quitado la camisa y, sin poder evitarlo, Hinata admiró sus fuertes brazos. Los mismos que la acogieron por la noche, dándole seguridad.
A pesar de lo que ocurrió en el callejón, no hubo nada sexual en aquel abrazo. Había sido tan asexuado que incluso se preguntó si lo otro sería cosa de su imaginación.
Motoko volvió de la tintorería en ese momento. Llevaba una coletita y zapatillas de deporte. No se parecía nada a las otras mujeres de su padre. En absoluto. Aunque intentaba evitarlo, a Hinata le caía bien.
-Gracias por echar una mano. Te lo agradezco de verdad.
-He hablado con tu padre, por cierto. Llegará esta noche. Dice que seguramente no aceptarás su ayuda, pero que de todas formas puedes contar con él para lo que quieras.
-La compañía aseguradora me dará un cheque el lunes, así que no creo que vaya a necesitarlo. Pero dale las gracias de mi parte.
-De todas formas, si necesitas cualquier cosa... Y no sólo dinero.
Hinata hubiera deseado creerlo. Su padre sólo la había ayudado con dinero y sólo porque el juez le obligaba a pasarle una pensión alimenticia.
-¿Vienes a casa de Naru a tomar una pizza? Lo menos que puedo hacer por ti es darte de cenar.
-¿He oído algo sobre comida? -preguntó Ino, con una caja en la mano- Los cajones de la cocina están vacíos.
-Gracias, Ino. Dame, yo la llevaré al jeep.
Ino vaciló, mirando a Motoko de reojo.
-Espera, es que quería hablar un momento contigo...
Motoko pilló la indirecta.
-Yo llevaré la caja al jeep.
-¿Qué pasa? -preguntó Hinata cuando la no¬via de su padre desapareció.
-He encontrado esto en el cajón de la cocina.
Hinata desdobló el papel y empezó a leer:
-Regla número uno: sinceridad. Regla número dos: sólo haremos el amor cuando esté ovulando...
-Lo he traído por si lo necesitas -dijo Ino, burlona- Parece importante.
-Hay una explicación perfectamente... lógica -farfulló Hinata.
-Ya, ya. ¿Qué crees, que no sospechaba algo? No sois precisamente silenciosos.
-¿Qué quieres decir?
-La tarde que subiste a echarte una siestecita... vi a Naruto pasar por delante de la tienda y me pareció un poco raro. Pero diez minutos después empecé a oír... ruidos.
Hinata se mordió los labios.
- ¿Ruidos?
-Tu dormitorio está justo encima de la trastienda, cariño. Y las voces viajan a través del conducto de ventilación. Chica, no sé, te oí gritar su nombre.
-Ay, por favor...
-Hinata, creo que te oyeron la mitad de los vecinos -dijo Ino, tan tranquila.
-Qué vergüenza.
-Naruto debe de ser tremendo en la cama. Si yo tuviera a alguien que me hiciera gritar así no necesitaría juguetes...
-¡Por favor! -gritó Hinata, tapándose la cara- No puedo creer que estemos hablando de esto.
Ino soltó una carcajada.
-No tienes por qué sentir vergüenza. Somos humanos, ¿no? Todo el mundo lo hace, tonta. Además, llevo seis años esperando que pasara esto. Y no pienses que no vas a tener que darme detalles. O sea, lo quiero con pelos y señales.
Hinata se apoyó en la pared, suspirando, Ino era su mejor amiga al fin y al cabo. Y sabía que lo que le contase no saldría de allí. De modo que le dio una versión abreviada.
-Y ahora estás viviendo con él... ¿tú sabes lo bien que lo puedes pasar?
-Como has leído el papelito, sabrás que la regla número tres dice que sólo podemos hacerlo cuando esté ovulando.
-Pues cámbiala.
-No puedo. Esto es lo que habíamos acordado y ya está.
-Muy bien, no hagáis el amor. Pero podéis hacer otras cosas, igualmente divertidas.
-No puede ser, Ino. Ése no es el trato.
-El trato es lo que vosotros dos queráis que sea. Muy bien, no haréis el amor, pero podéis besaros, acariciaros... en fin, ya sabes.
Quizá tenía razón, pensó Hinata. Al fin y al cabo, en las reglas decía «hacer el amor».
-¿Y qué pasará cuando quedes embarazada? -preguntó Ino- ¿Entonces todo volverá a ser como antes? ¿Seguiréis siendo amigos?
-Ése es el plan. No vas a contárselo a nadie, ¿verdad?
-Mis labios están sellados.
-Muy bien. ¿Quieres venir a tomar una pizza en casa de Naruto?
-Claro. No me lo perdería por nada del mundo.
Cuando salían de la tienda, Hinata miró alrededor. No podía creer que iba a tener que empezar de cero, como seis años atrás. Quizá era la vida, diciéndole que tenía que vivir de otra forma, empezar otra vez.
Los meses siguientes serían largos y probablemente frustrantes. Y cuando tuviese el niño, su vida cambiaría de nuevo. Mientras tanto, ¿tan malo sería pasarlo bien con Naruto?
Naruto se apoyó en el respaldo del sofá y colocó los pies sobre la mesa, bostezando. Tanto subir y bajar escaleras en el piso de Hinata lo había dejado exhausto, pero no quería acostarse antes que ella. Vivir juntos, aunque fuera temporalmente, era algo a lo que tendría que acostumbrarse. Él era solitario por naturaleza. Incluso cuando iba de gira, nunca compartía habitación con sus compañeros.
Pero con Hinata era diferente, claro. Eran amigos. Incluso podría acostumbrarse a vivir con ella... si el sexo, o la falta de él, no lo volvieran loco.
La puerta del baño se abrió y Hinata apareció envuelta en una nube de vapor. Al menos alguien podía darse una ducha caliente. Él, desde luego, no.
-Ahora me siento mucho mejor.
Llevaba una camiseta suya y... y nada más. Cielos. Naruto tuvo que apartar la mirada. Estaba muy bien que se sintiera tan cómoda como para ir en braguitas por su casa, pero a él podía darle un infarto. Con esas piernas tan suaves, esos pies pequeñitos con las uñas pintadas de rosa... ¿qué quería, matarlo?
¿Qué clase de braguita llevaría? ¿Un tanga?
Naruto colocó un cojín sobre su entrepierna, intentando sonreír. Acababa de darse una ducha fría, pero seguramente tendría que volver a ducharse.
-¿Quieres que veamos una película o algo? -sonrió Hinata, sentándose a su lado.
«O algo», pensó Naruto.
-La verdad es que estoy muy cansado. Mejor me voy a la cama.
-Sólo son las diez y media -dijo ella, poniendo una mano en su pierna.
Él miró esa mano, hipnotizado. ¿Qué estaba haciendo? Hinata levantó entonces una rodilla y Naruto pudo ver algo oscuro... ¿unas braguitas negras? Sí, eran unas braguitas negras de encaje. Definitivamente, quería matarlo
Hinata se estiró entonces y, al hacerlo, Naruto vio cómo sus pezones se marcaban bajo la camiseta. Era una prenda tan gastada que no sólo se marcaban, sino que podía ver la aureola oscura...
Tenía que levantarse del sofá, tenía que escapar de allí. Pero si apartaba el cojín, Hinata se daría cuenta de su estado. Podría marcharse sin soltar el cojín... ya, claro, como que ella no se daría cuenta.
-Estás muy callado -dijo Hinata entonces, pasando la mano por su pierna, de arriba abajo, de abajo arriba...
Quizá deberían imponer ciertas reglas para la convivencia. Por ejemplo, nada de tocarse. Y no llevar bragas de encaje negro.
-No, es que... estoy concentrado.
-¿En qué?
Seguía tocando su pierna y Naruto no sabía qué hacer. Una de dos, podía tomar esa mano y meterla dentro de su pantalón... pero eso sería muy grosero. O podía ser sincero con ella y decirle que le estaba poniendo nervioso.
-Hinata, yo diría que lo mejor es que no sigas tocándome.
-¿Estás excitado? -preguntó ella.
-Perdona, no es culpa tuya. Bueno, técnicamente sí es culpa tuya. ¿Qué puedo decir? Soy un hombre.
-Déjame ver.
-¿Quieres verlo? Pero...
Antes de que pudiera detenerla, Hinata apartó el cojín.
-Uf, ya veo que sí.
Esperaba que la molestase su falta de control, pero no parecía ser así. Todo lo contrario, estaba sonriendo.
-Me sorprende que un simple roce en la pierna pueda hacer este efecto.
-¿Quieres decir que lo hacías a propósito?
-¿Sabes una cosa, Naruto? Para ser un chico tan inteligente, a veces eres tonto.
Hinata se inclinó entonces para besar su estómago y toda la sangre se deslizó hasta su entrepierna. Tenía el pelo mojado y su piel estaba tan caliente...
-¿Qué haces? Tenemos unas reglas, Hinata.
-Ninguna regla dice que no pueda besarte.
-No, pero sí dicen que no podemos hacer el amor cuando no estés ovulando.
-¿Y quién ha dicho que yo quiera hacer el amor?
Si no quería hacer el amor, ¿qué quería hacer?, se preguntó Naruto, intentando seguir pensando con la cabeza.
-¿Qué te pasa, estás confuso?
¿Confuso? Era como si Hinata hablase otro idioma. Se supone que ella no debía seducirlo.
-Un poco. Estoy un poco confuso.
-Entonces, deja que te lo explique. Después de esta noche, tienes que guardar abstinencia, ¿verdad? -preguntó, sonriendo. Naruto asintió con la cabeza- Muy bien. Tienes una noche. ¿Prefieres hacerlo tú solo o que yo participe?
Naruto tragó saliva.
-Si tú participas es más divertido, pero...
-Quiero que te sientas bien y no hay ninguna regla en la que diga que no puedo hacer eso. No tenemos que hacer el amor.
-¿Y esto no será confuso para ti?
-Si no fuera una persona centrada, no habría sobrevivido después de lo que me ha pasado hoy. La vida es demasiado corta como para preocuparse tanto. Pronto estaré embarazada, además. ¿Por qué no vamos a disfrutar un poco mientras tanto?
Era difícil discutir la lógica de esa afirmación. Pero, claro, cuando Hinata le bajó los pantalones cualquier afirmación le habría parecido lógica. La camiseta y las braguitas se reunieron en el suelo con sus pantalones. Los pechos de Hinata, grandes, suaves, se aplastaron contra sus muslos.
Parecía saber lo que quería y cualquier hombre sensato cerraría el pico y disfrutaría del asunto.
Un golpe en la puerta hizo que los dos se incorporasen, sobresaltados.
-Son casi las once. ¿Quién puede ser?
-No lo sé.
-¿Esperabas a alguien?
-No -contestó Naruto, poniéndose los pantalones- Pero te juro que si no vienen a decirme que he ganado un millón de dólares, no abro la puerta.
Hinata miraba alrededor, frenética.
-¿Dónde están mis bragas?
Naruto la dejó de rodillas, buscando desesperadamente bajo el sofá. Y cuando miró por la mirilla y vio a la persona que había al otro lado de la puerta dejó escapar un gemido de angustia.
