A mi amiga Annaliz.

Con todo mi agradecimiento.

HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 2

Ideas de libertad

-¿Baila usted, señor Kursbach? – A Anthony le pareció escuchar la pregunta en la lejanía, miró hacia su hermosa interlocutora y la encontró sonriendo coquetamente. En realidad no había escuchado la pregunta, sin embargo, el lenguaje corporal de la joven le gritaba por completo lo que debía ser la obvia respuesta.

-Por supuesto – respondió tratando de ser galante. Probablemente esta señorita era lo que él necesitaba para infiltrase en el alto mando militar. Le dedicó una media sonrisa, que no por eso dejaba de ser encantadora y le ofreció su brazo para conducirla al elegante salón de baile por un pasillo lleno de oficiales y mujeres que se volvían hacia ellos para saludarles rápidamente en su camino.

En algún momento se sintió fuera de sitio: Todas esas elegantes mujeres sonriendo hacia él y su pareja, con cierto entusiasmo, como, si al igual que en la época victoriana inglesa, una pieza de baile compartida se considerara el preámbulo a un compromiso. Los oficiales mirándoles curiosos, dándole un sello a aprobación a la pareja. Todo ello le causó un escalofrío fuerte. Jamás había pensado en la posibilidad de volver a enamorarse; él ya estaba enamorado. ¿Acaso las leyes de la física no dicen que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo?

Ahí estaba su respuesta: En el par de ojos verde profundo que se clavaban en su memoria como deliciosos entrometidos. Eran unos ojos a miles de kilómetros, a mucho tiempo de distancia; sin embargo, al pensar en ellos, la distancia y el tiempo se convertían en nada. Eran unos ojos intrépidos que se deslizaban por las bardas que había construido en los límites de su corazón, según él, para protegerse. Tenía que reconocer que en esta noche en especial, era imposible no apartarse de esas memorias escondidas; venían a él, y, ¿Para qué negarlo o esconderlo? ¡Esos ojos eran bienvenidos! Si tan solo pudiera tenerla en cuerpo y alma y poseerla, y demostrarle que se había equivocado en su elección, que debió haberlo elegido a él… si tan solo pudiera hacerla suya… si pudiera hacerla suya… seguro que ella jamás se apartaría de su lado.

Los pensamientos del Feldwebel se vieron interrumpidos por las notas musicales que raudas volaron hasta sus oídos. El mar bello, azul y verde, de sus miradas guardadas en su corazón en que su pensamiento estuvo vagando por segundos fue impulsado fuera de su cerebro por el viento musical que lo rodeó al entrar al salón de baile.

El vals no era precisamente su favorito. De hecho, por años había evitado bailarlo. Tenía que hacer un esfuerzo extra por mantener sus pies y cabeza en el lugar, que sus recuerdos no lo traicionaran nuevamente… pero ahí estaba… otra vez… por un breve instante… en un lejano salón, en tiempo felices, con una blanca mano y unas entusiasmadas esmeraldas brillando frente a él; con timidez, con inocencia, con adoración. Sí, eso era lo que aquéllos ojos transmitían… adoración, con sabor a infancia.

"Ojos verdes, cuánto tiempo te miré.

Ojos verdes, del color de la mañana.

Ojos verdes, no sé si te olvidaré…

Y nada…"

Esta era la primera vez que se atrevía a bailar esa pieza musical y el resultado lo estaba traicionando. Bailó por un breve instante ensimismado, mirando a su compañera como a aquélla chiquilla falsamente enterrada en sus memorias y se descubrió sonriendo encantador cuando su compañera le devolvió una sonrisa que no solo era coqueta sino que carecía de la inocencia añorada… había una invitación clara a la seducción, al deseo. ¿Pero qué estaba pensando cuando se atrevió a pensar que la pieza musical no tendría influencia alguna en él? ¿Cómo había siquiera permitido que su alma completa viajara? Tenía que aceptar que había sido un lindo viaje, pero también tenía que aceptar que se estaba lastimando. Que aquello no podría ser jamás, que ella era ajena, aunque él la considerara suya en sus más húmedos y eróticos momentos vividos en el interior de su alcoba.

Anthony recuperó su aplomo; debía controlar la situación. Estaba bailando con otra mujer y esa era realidad. Bailaba, aunque el fin no era la diversión y eso solo su hermano lo sabía; solo su hermano había captado el involuntario viaje del Feldwebel y movía su cabeza en forma negativa. Le sonreía, aunque su sonrisa carecía de entusiasmo. Su sonrisa era más bien una condolencia.

La joven habló entonces de trivialidades: Los vestidos de las señoritas, la lista de invitados, el volumen de la música. Él trataba a toda costa de sonreír y de seguir el hilo de la conversación. Tenía que admitir que su pareja tenía clase; seguramente habría estudiado en alguna universidad prestigiosa y por eso, él no lograba comprender cómo es que no se aventuraba a una conversación más interesante; como la guerra, por ejemplo, ya que era lo que se respiraba en ese momento.

¿Era la chica, o era él? ¿Quién podría decirlo? Pese a todas las miradas de aceptación y hasta entusiasmo entre quienes rodeaban el salón de baile, Anthony no lograba encontrar su sitio en ese mar de gente extraña para él. Lo único que le era familiar era su hermano, y por las miradas que intercambiaron, se dio cuenta que debía mostrarse más interesado.

El rubio oficial desvió entonces la mirada. Aquél vals único, al menos para él, recién nacía una vez más de los instrumentos musicales, evocando con mayor fuerza recuerdos que se atropellaban en su corazón, desbocados, con fuerza… mucha fuerza; convocando momentos atesorados, invaluables que viajaban cruzando el Atlántico y metiéndose en cada fibra de su ser.

Era un vals que no deseaba compartir con ninguna otra mujer; no había sido placentero; no importaba que aquél recuerdo se desvaneciera. Se recordó cómo es que había decidido jamás bailarlo de nuevo, y se hizo esa promesa nuevamente: No volver a torturarse con tan traicioneras notas. Su cuerpo estaba ligeramente tenso. Era un muy buen bailarín; al menos eso lo salvó de pisar los pies de la dama a causa de su distracción.

Su mirada entonces, afortunadamente, lo llevó de regreso hacia la figura de su hermano, que discretamente, le hacía una señal para que se acercara. Esa fue la perfecta razón para que se decidiera a abandonar cortésmente a la señorita que no paraba de hablar.

-Será un placer bailar nuevamente con usted – le había dicho sugestiva, mientras que el Feldwebel se inclinaba a besar su mano y sonreía.

Friedrich, se había apartado del salón, se encaminaba hacia el jardín trasero, mientras encendía un cigarrillo. Anthony caminó detrás de él, evadiendo en su andar, las quimeras que se acercaban con la intención de acapararlo.

-¿Qué es lo que sucede Friedrich? – Anthony se acomodó su casaca y suspiró exasperado; había intentado sin éxito ayudar a su hermano a dejar ese vicio. Solo movió su cabeza negativamente y se resignó al aliento que prevalecería en la conversación. La lluvia había cesado y el jardín olía a tierra mojada, a pino.

Los caballeros se quedaron en la terraza, sin bajar los escalones hacia el jardín.

-¿Has sabido algo de Rosa? – inquirió atropelladamente Friedrich; el moreno Feldwebel se había acercado a la base de un pilar y había recargado su peso en él. Se esforzó por modular su volumen para mantener esa conversación como privada, y es que algunas señoritas habían salido a la terraza, curiosas de los guapos Feldwebels.

-No. Lo mismo que todos: Que fue sentenciada a dos años y medio de prisión. Me parece que está en Poznan – había un aire de preocupación entre los muchachos.

-Es lo mismo que me dijo mamá – Friedrich tiró su cigarrillo para después pisarlo al mismo tiempo que lanzaba la última bocanada de humo hacia el cielo nocturno. Su mirada era de total preocupación, caminó un par de pasos mirando hacia el jardín y llevó sus manos a los bolsillos de su pantalón; con sus ojos mirando hacia la profundidad del bosque más allá del jardín. Su rostro, siempre divertido, se había tornado serio de pronto.

-Debe estar preocupada – asumió Anthony, intrigado, al mismo tiempo, por la actitud de su hermano.

-Por supuesto. Rosa es su amiga – Friedrich hizo una breve pausa, probablemente evocando la figura de aquélla mujer idealista que varias veces había visitado su casa en tiempos pacíficos-. Sabes que mamá y papá, a pesar de su abolengo, jamás han estado de acuerdo con esta guerra. Sabes que comulgan con las ideas del SPD.

-Lo sé –Anthony asintió con resignación mientras se encogía de hombros con cierta preocupación por la familia que le había dado amparo–; sin embrago, también sé que el SPD, en su sentido nacionalista, hizo un pacto con el gobierno de apoyar la guerra. Los obreros se comprometieron a evitar huelgas y trabajar fuerte con el gobierno. No hay nada que pueda hacerse al respecto, Friedrich.

-Anthony – Friedrich cerró distancia para hablar aún más bajo, siempre cauteloso de sus palabras; mientras hablaba a su oído sonreía por lo bajo con alguna de las jóvenes que los miraban curiosas en un intento por disimular el sentido verdadero de su conversación – la guerra está prácticamente perdida, el pueblo está cansado, hambriento, decepcionado. Sinceramente, no me parece que la clase obrera soporte por mucho tiempo más.

El rubio frunció el entrecejo y miró a su hermano con curiosidad. Sus ojos azules parecían escudriñar hasta el más mínimo detalle. Conocía muy bien a Friedrich, le amaba, era su hermano aunque no llevaran la misma sangre y con él iría el infierno si era necesario.

-¿A qué viene todo esto? – En realidad Anthony nunca se había puesto a pensar seriamente en los ideales del Sozialdemokratische Partei Deutschlands, quienes se habían opuesto a la guerra, sin embargo, una vez declarada, brindaron su incondicional apoyo al gobierno; probablemente no lo había pensado con seriedad porque no era alemán, aunque portara una casaca.

-¡Quiero ayudar a Rosa! – soltó Friedrich en voz baja y sin mayor preámbulo, mirando hacia el bosque, escondiendo así, sus emociones de las señoritas indiscretas que se negaban a abandonar la terraza con el pretexto de estar tomando aire fresco.

-¿Te has vuelto loco? – Anthony tuvo miedo. Friedrich le recordaba mucho a Archie en cuanto a su carácter: Arrebatado, decidido, en ocasiones, sin medir las consecuencias de sus actos.

-¡Por supuesto que no! ¡Me duele el hambre de mi pueblo! Una República sería la solución –era obvio que Friedrich estaba haciendo un esfuerzo por que la pasión de sus palabras no llegara a sus facciones, y mucho menos, a los oídos intrusos que los rodeaban.

Anthony les dirigió una mirada coqueta a las señoritas para darles un tema de qué hablar y le funcionó, pues tras semejante despliegue, las señoritas sonrieron emocionadas y comenzaron a cuchichear entre ellas adueñándose cada una del gesto del guapo Feldwebel.

-¡Me sonrió! – exclamó una primera joven.

-¡Por supuesto que no! – respondió otra.

-¡Cállense todas, esa sonrisa fue para mí! – murmuró una tercera.

Anthony solo suspiró y se encogió de hombros, de pronto Elisa apareció en su memoria y prefirió sacudirla. Ello no le causó mayor esfuerzo. Decidió concentrarse en lo que su hermano había revelado.

Esta era la primera vez que Anthony descubría que los ojos de Friedrich se encendían. Nunca, razón alguna, había sido suficiente para escuchar la pasión que utilizó aquélla noche. Anthony sería incapaz de quitarle su derecho a luchar por lo que considerara justo. Muchos miembros del SPD empezaban a exasperarse con el tratado que habían firmado. Una de sus líderes estaba encarcelada y verdaderamente el pueblo alemán padecía.

Friedrich entonces miró con seriedad a su hermano. Había algo importante, aún más importante que debía decirle.

-¿Anthony, has escuchado a dónde llevan a los prisioneros que traen de Verdún? – trató de ser precavido, como si eligiera muy bien las palabras usadas.

-Sí, por supuesto: También los llevan a Poznan. Aunque no son muchos, según he escuchado. Aquélla batalla parece no tener fin, muchos han muerto de ambos lados – él alguna vez había sido enviado a Verdún. Y en muchas ocasiones se había enfrentado a los horrores de la guerra. Como Feldwebel, tenía que estar al frente de sus hombres en el campo de batalla; era él quien los guiaba y ejecutaba los planes de batalla de sus superiores en el campo.

-Debemos buscar la manera de ir a Poznan. ¡Tenemos que acercarnos! – el tono usado por Friedrich confundió a Anthony; no sabía si había sido preocupación o entusiasmo.

-¡No sé qué podríamos hacer! ¡No creo que sea necesario! Rosa tiene muchos amigos; de hecho, según sé, ella participa en los panfletos ilegales de Espartaco. Creo que si realmente deseamos ayudar, sería más eficaz acercarnos al Canciller para averiguar los planes que tienen para Rosa.

-Sí. Tienes razón, quizás Rosa no necesite ayuda; al menos por el momento – Firedrich no estaba resignado; solamente comprendía que por ese lado quizás debía dejar la fiesta en paz.

Hacía frío. La lluvia no cesaba, aunque sí cesaron los relámpagos y truenos. El aliento de los caballeros podía notarse en el ambiente por la baja temperatura. Anthony estaba por quitarse la boina de su uniforme, había dada por terminada la conversación y deseaba volver a la calidez del salón de baile.

-¡Espera Alfred! – Friedrich levantó la voz. Anthony supo que ese tono solo lo habría usado porque había algo importante qué agregar. Sin saber por qué, una corriente eléctrica atravesó su cuerpo y sintió después frío, mucho frío.

-Tú tienes que ir a Poznan – declaró Friedrich. Se había acercado mucho a su hermano. Su voz había sido decidida. Sus ojos estaban clavados en los ojos azules que lo miraban confundidos. Prácticamente, Friedrich había clavado el dedo índice en su pecho y Anthony se sentía en una mezcla extraña de haber sido advertido, o de haber recibido una orden.

-Ya hablamos de eso Friedrich – resopló el rubio, resignándose a dar mayores explicaciones pero fue interrumpido bruscamente.

-No, no, no. No me has entendido – con urgencia Friedrich se acercó aún más a su hermano nuevamente; continuaba con su vista clavada en los ojos de su amigo, buscando dentro de sí el valor necesario para dar la nueva.

-¿Qué es lo que no he entendido? – urgió Anthony.

-Escuché que entre los prisioneros hay un piloto de la Escuadrilla Lafayette llamado Alistar Cornwell ¿No es ese el nombre de tu primo? Parece que su avión se vino abajo y cayó en territorio alemán – soltó sin tapujos.

-No – Anthony negó rotundamente. Su primo estaba seguro en su habitación, inventando cualquier cosa para después decepcionarse porque falló. Anthony sabía que los Cornwell habían abandonado el Colegio San Pablo poco después que Candice.

-Sí Anthony. Recuerda que el SPD estuvo controlando gran parte de la clase obrera europea antes de la guerra y mis amigos me han dicho que es un Andrew; conocen el apellido de tu familia. Algunos incluso trabajaron en sus empresas.

-No Friedrich – la etapa de la negación parecía no abandonar a Anthony – Stear es un pacifista. Un poco loco, pero jamás tomaría un arma para matar a otro ser humano.

-¿Y tú? – había reto en la mirada del Feldwebel. En cambio, en la mirada de Anthony había una profunda confusión -. ¿Quieres que te describa? –continuó-. "Anthony Brown es un pacifista. Un poco loco, pero jamás tomaría un arma para matar a otro ser humano" –repitió sin desviar la mirada de su amigo. Notó que Anthony estaba aguantando la respiración.

Que Alistar estuviese en prisión solo significaba una cosa: Que difícilmente volvería a casa si Alemania no se convertía en República.

-¿Estás seguro de lo que me estás diciendo? – remarcó, tratando de ser discreto, pero sintiendo la sangre hervir dentro de sí. Había muchas preguntas sobre el estado de su primo. Temía por él. De pronto su sangre percibió un llamado; tenía que reconocer que su loco primo también tenía un sentido fuerte de patriotismo y además, amaba a su familia. Estados Unidos tarde o temprano entraría a la guerra y Stear había decidido ser el chivo expiatorio que encendiera las brasas del patriotismo en América junto con otros voluntarios que habían sido aceptados en la tal Cuadrilla Lafayette.

-Lo estoy – le aseguró Friedrich.

-Entonces iré a Poznan. Ayudaré a Rosa y así ayudaré a Stear.

La atmósfera en Londres era caótica. Las familias habían sido mermadas casi sin excepción. Muchos de los jóvenes que habían partido a la guerra durante los primeros meses bélicos habían sufrido serias heridas, otros estaban perdidos en batalla y solo algunos habían sobrevivido en las trincheras. En los hospitales, el servicio médico requería cada vez más de voluntarios piadosos y trabajadores.

Finalmente, la vieja había sido alcanzada por los bombarderos alemanes. Se había mantenido segura, resguardada por su maravillosa y extensa Royal Navy; sin embargo, varios submarinos alemanes habían mermado su fuerza en gran medida y ahora los bombarderos podían llegar hasta el mismísimo corazón del Reino Unido.

Ana, una joven médico se encontraba esa tarde de guardia. De piel blanca y cabello castaño, con grandes ojos miel que a la luz del sol se tornaban de un amarillo dorado, enmarcados por tremendas ojeras; sin embargo se esforzaba porque las frenéticas últimas 36 horas no hicieran mella en su ánimo. Por un momento se recargó en la puerta de la sala de emergencias y cerró los ojos, haciendo un esfuerzo casi sobre humano para no quedarse dormida. Su uniforme estaba sucio, su cabello un tanto despeinado y sus pies fatigados, sin embargo ella ni siquiera había pensado en la posibilidad de volver a casa.

-Ana – una voz conocida la hizo reaccionar – era una voz también muy cansada, que reflejaba el esfuerzo que su portadora hacía por mantenerse de pie en ese mar de trabajo.

Cada vez llegaban más ambulancias con jóvenes masacrados y las dos mujeres habían hecho muy buen equipo.

-Candy – respondió apenada. Sin embargo, Ana confiaba en esa enfermera y no abrió los ojos; continuó dándose un respiro.

-Ana, deberías descansar un poco – Candy se acercó a su amiga y la sostuvo; realmente se veía muy cansada –. Te he dicho que puedes usar mi cama, si no quieres ir a casa. Al menos deberías tomar un par de horas para dormir y tratar de reponerte – la cálida sonrisa de la enfermera no desaparecía nunca, ni siquiera en época de guerra. Aunque su rostro dibujaba la línea curva de sus labios, sus ojos estaban también acompañados por ojeras y por una piel más pálida que de costumbre. Su cabello estaba grasoso y su cofia que debía ser de un blanco inmaculado, estaba salpicada de unas pequeñas gotas de sangre.

-No puedo Candy, aquí me necesitan – insistió Ana.

-Precisamente por eso, deberías cuidarte, eres muy testaruda – le retó con cariño.

-¡Mira quién habla! Tenemos las mismas horas sin dormir – Ana quitó dulcemente un rizo travieso que caía sobre el rostro de Candy – también estás rendida.

Las jóvenes eran muy buenas amigas. Candice White recién había llegado de América y Ana ya tenía cierta experiencia sirviendo como voluntaria. Ambas tenían un fuerte motivo para estar ahí, más allá que el altruismo. Ambas compartían un interés: Encontrar a alguien muy amado.

Lo mejor era estar cerca de quienes venían del frente de guerra, ¿quién sabe? Quizás un día de estos, alguna de ellas pudiera tener la noticia que estaba esperando y si tenían que dejarlo todo en su propia trinchera, lo harían.

La enfermera miró a la galena con curiosidad. Sus ojos, aunque sumamente cansados, lograron expresar el interés al formular la pregunta:

-¿Has sabido algo de tu hermano, Ana? – susurró Candice.

-No Candy. Aún no tengo noticias – Ana continuó recargada en la puerta y resopló con resignación. Ya han pasado casi dos años y mi esperanza lentamente se va desvaneciendo.

-No digas eso Ana – trató de animarla. Ana gozaba de esa chispa que nacía de las esmeraldas de su amiga –. Verás que pronto llegará alguien que sabrá de él – Ana sonrió con agradecimiento. Había algo en su corazón. La joven reconocía la presencia de su hermano, así había sido desde que estaban en el vientre. Ella aún podía sentirlo vivo y movería cielo y tierra, para encontrarlo. Incluso estaba dispuesta a escabullirse entre el enemigo.

-¿Y tú, Candy? ¿Tienes noticias de tu primo? – Candy tomó del brazo a la joven y la acercó hasta la estación de enfermeras donde le invitó a sentarse –. No – hasta entonces respondió a la pregunta –; no he sabido nada de Stear – en ese momento su tono fue de tristeza. Sus ojos cansados se cerraron y una pequeña lágrima rodó por su mejilla pálida.

Las dos amigas se abrazaron y poco después volvieron a su trabajo, sin embargo, el médico de turno se negó a permitir que continuaran trabajando y las sentenció a descansar.

-No las quiero de regreso antes de 36 hrs – les advirtió, aunque las conocía y sabía que no le obedecerían cuando las vio dirigirse al cuarto de Candy –. Ellas volverán pronto – se dijo -, si quisieran obedecerme, seguramente Ana habría ido a descansar a casa-. El galeno sonrió agradecido por el servicio de esas dos eficaces mujeres; aunque debía reconocer que había triunfo en su hazaña pues había insistido en el descanso de esas mujeres varias veces ya y finalmente lo había logrado.

Era un día de verano, Stear había sido declarado perdido en combate tan solo un mes atrás y el conejillo de indias del valiente joven se armó de valor para ir en su búsqueda. Ella no se quedaría conforme con la vaga información recibida por la familia.

Y ahí estaba Candice White en la vieja Londres. A tan solo dos semanas de haber llegado como voluntaria ya tenía la experiencia de una vida de entrega y sacrificio.

-Debo ir a París – pensó –. Stear estaba allí. Tengo que encontrar la manera de llegar a Francia.

Un ligero viento encontró el camino hasta la enfermera que ya se preparaba para entrar al pabellón de urgencias; aún así se permitió disfrutar la caricia por un momento y aspiró profundamente para llenar sus pulmones… había rosas sembradas en el jardín del hospital y el aroma se posó en la nariz jugueteando, hurgando más bien, en las memorias de la rubia – Anthony – murmuró antes de abrir la puerta del pabellón; ¿cuándo había sido la última vez que había recordado aquél nombre? Ella no podía saberlo exactamente. Pero sin duda ya habían pasado muchos años.

Hizo a un lado el tierno y dulce recuerdo; tenía que ser fuerte, debía ser sagaz, tenía que encontrar a su primo.

Ana por su parte, estaba mirando su reflejo en el espejo del baño. Era un espejo viejo, maltratado, cuya capa de aluminio se podía apreciar por el frente en algunas zonas… esa capa defectuosa devolvía una imagen desgastada, sin embargo, no lograba opacar la belleza de la mirada de la joven médico. Posó su mano sobre su frente, examinando su rostro. Ella era bella, lo sabía, sin embargo, el arduo trabajo impedía que su rostro resplandeciera, como ella hubiese querido. Finalmente, era época de guerra, ¿dónde podría alguien encontrar un rostro resplandeciente a estas alturas?

Hacía tiempo que no había vuelto a casa. Ya habían pasado casi tres días, si esta noche tampoco iba a casa, seguramente él se preocuparía por ella. Y se preocuparía mucho.

-Quizás esta vez sí cumpla su amenaza de encerrarme en mi cuarto hasta que haya dormido una noche entera – Ana sonrió con delicadeza. El rostro del hombre de su vida, tan varonil, directo sobre su rostro, lograba que ella se olvidara de todo, incluso de la guerra y solo pensara en que él la tomara en sus brazos, casi de inmediato.

Poco se sabía en el hospital sobre la vida privada de la eficiente médico. Ella había insistido en mantener su linaje y a su familia al margen de sus actividades, pero en esta época, era fácil de entender, era cuestión de ser discreto para proteger a los tuyos.

Al menos, hasta el momento, su esposo le había apoyado totalmente; él estaba de acuerdo con ella: Había que ser discretos a fin de mantenerse a salvo. Ella lo había conquistado con sus pequeños actos de servicio, le había ayudado a salir de una fuerte depresión y de un vicio terrible, él había encontrado en ella la ayuda ideal para recuperar su personalidad.

Él era rebelde, ella iba siempre de acuerdo a las reglas. Él guardaba sus sentimientos, ella los expresaba sin mesura. Él insistía en aislarse, ella era una mujer llena de amigos. Él había sufrido, ella había sido feliz… había muchas diferencias entre ambos, sin embargo, esas diferencias eran precisamente las fuentes de la fortaleza de su relación.

Ana se sintió culpable al recordar que había ocultado su identidad incluso de aquélla linda enfermera que en un par de semanas se había convertido en su amiga.

Suspiró con delicadeza, debía encontrar la manera de confesarle a Candice White su lugar en la aristocracia inglesa; Ana era parte de una familia antigua y de noble estirpe. Su hermano desaparecido era el heredero del pequeño ducado escocés de Wallace, su padre había muerto recientemente, así que si su hermano continuaba desaparecido, pronto el ducado tendría que ser cedido a alguna otra familia aristócrata. Ese no era mayor problema para la joven, lo primordial, era encontrar a su hermano, su compañero, su amigo… Ana se miró una vez más al roído espejo mientras trataba de llenarse de bríos, irguió su figura escondiendo las lágrimas que estaban a punto de rodar por sus mejillas pálidas abandonando las moradas sombras de sus ojos, se alisó su uniforme y esbozó una triste y melancólica sonrisa.

Sus pensamientos fueron interrumpidos ante la apertura inesperada de la puerta principal, alguien estaba a punto de invadir su privacidad, iba a quejarse cuando levantó la vista y reconoció la figura de la joven enfermera que apenas había visto entrar en el pabellón de urgencias.

-Candy – le saludó con jovialidad, pero la rubia no respondió.

Estaba pálida, más pálida que de costumbre, sin embardo, Ana no se percató de su nerviosismo y su temor sino hasta unos segundos después, cuando su piel se puso de gallina ante la imagen del terror en los ojos verdes que la miraban fijamente.

-Ana – Candy abrió los ojos azorada; lo último que hubiese esperado, era encontrar a su amiga en el baño. El llamado no había sido con la jovialidad de siempre, de hecho, observadora como era, Ana había notado que la voz de ese saludo temblaba ligeramente.

-¿Qué es lo que te sucede Candy?

La enfermera ya no pudo responder. Una figura alta y rubia entró detrás de la recién llegada. Era un hombre de rostro duro, cuyos ojos iban de un lado al otro, analizando a toda prisa las condiciones que lo rodeaban.

-Será mejor que no griten – instruyó con un marcado acento alemán – si alguna de ustedes intenta llamar la atención no dudaré en eliminar a la otra – amenazó sin permitir que las chicas dudaran de que era capaz de hacerlo. Miró directamente a Ana; sus ojos tenían la mirada de un cazador que ha acorralado a su presa. Ana sintió que su piel se erizaba en cada uno de sus poros, estremeciéndola por completo. Sin embargo sostuvo la mirada al hombre que la amenazaba; le habían educado para permanecer erguida, con dignidad, había sido educada como una noble y nadie le arrebataría su origen y lo que ello conlleva.

Una y otra vez se repitió que había nacido siendo noble y que siendo noble moriría.

Malinalli; Mar 2014.