A mi amiga Annaliz.
Con todo mi agradecimiento.
HERIDAS DE GUERRA
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarasshi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.
Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.
Capítulo 3
Ángel
Ella estaba cansada, agotaba más bien. El viaje, si bien no había sido el mejor de su vida, había sido particular. Los hombres que les escoltaban se habían comportado considerados hasta cierto punto. Siempre tratando a sus prisioneras como lo que eran, unas damas; aunque también siempre bajo el influjo de la constante amenaza fomentando el temor por la vida de la otra. Una extraña mezcla, un encuentro de vientos gélidos y otros cálidos.
En realidad a ninguna de las dos mujeres les importaba demasiado el trato que recibían; de hecho, había pequeños lapsos en que su alma y corazón estaban realmente lejos de sus cuerpos.
Ana había guardado silencio, mientras que Candice de vez en cuando se había esforzado por averiguar los motivos de su bien planeado secuestro. El auto se movía con lentitud. El rostro de Ana estaba constantemente mirando hacia la nada, incapaz de comprender la reacción de su esposo al saberla perdida. Imploraba en silencio al cielo porque no hiciera nada que lo pusiera en peligro, imploraba porque fuera inteligente y se mantuviera seguro; eso era casi imposible, ella lo sabía, ella comprendía que él no se detendrá ante nada ni nadie para llevarla de regreso a casa ¿Cómo esperar que no hiciera nada estúpido por ella? Se le erizó la piel al evocar todos los esfuerzos de su esposo por mantenerla segura.
Estaba absorta en sus plegarias y difícilmente logró entender lo que Candy le decía casi al oído.
-Ana, quizás podríamos escapar. Aún estamos en territorio de los aliados – incitó Candice. Tenía que aceptar que se sentía aterrorizada ante la idea de caminar sola entre la nieve, sin embargo, sabía que si había alguna posibilidad de escapar, tenía que ser usada de inmediato, pese a que hasta donde su vista alcanzaba lo único que era capaz de vislumbrar era nieve y más nieve.
-No lo haré Candy, no voy a escapar – fueron las únicas palabras de Ana, cuya vista continuaba en el horizonte, clavada en algún punto que solo ella comprendía. Al menos Candy sabía que conservaba su aplomo. Muchas de sus preguntas habían quedado sin responder; al principio Candy imaginaba que su compañera estaba en estado de shock, sin embargo, algunas señales le ayudaban a entender que Ana era la causa principal de su inesperado viaje.
Candy por un momento abandonó su idea. Quizás era lo mejor. ¿Después de todo, a dónde podrían ir? ¿Cómo encontrar el camino? Lo único delante de ella era nieve, además su ropa no era la más adecuada para una larga caminata. ¿Pero qué importaba eso? Si Ana no escapaba, ella no la dejaría sola. Trató de concentrarse en tiempos más bellos; el aroma a pino de las montañas por un momento logró transportarla a su querida y lejana Lakewood. De pronto se vio corriendo con sus hermanitos del orfanato, peleando con Jimmy en la nieve y descansando en su entrañable Padre Árbol.
-Señorita Pony, Hermana María – suspiró con nostalgia, rogando porque estuvieran bajo el cobijo de su hermano Tom-. No pude despedirme… ¿Habrán recibido ya mi última carta? ¿Qué sucederá ahora? Seguro se preocuparán cuando no reciban respuesta.
Las chicas sabían que no estaban viajando solas pues un feo modelo T las seguía constantemente. Ellas viajaban con solo un chofer y el joven que las había tomado del hospital como copiloto, e ignoraban quién viajaba en el automóvil tras de ellos pues ni siquiera en los ratos de descanso les había sido posible ver a los pasajeros.
El automóvil se movía rodeando las líneas enemigas. Verdún había sido presa de constantes ataques y el camino por el que ahora transitaban los alejaba cada vez más de las patrullas aliadas. Todo lo que las jóvenes habían logrado investigar era que estaban por alcanzar el territorio de contorno por Bélgica, que era totalmente territorio del ejército alemán; usado principalmente durante las rápidas marchas a París.
El frío era intenso, a pesar de ello, la rubia enfermera empezaba a parlotear. Tras dos días de viaje siempre hacia el este, el frío se intensificó y la charla de la joven se apagó lentamente. Su rostro se veía cansado, sin embargo, el rostro de Ana denotaba un estado que iba mucho más allá. La bella médico no podía esconder su agotamiento total. Tenía grandes bolsas alrededor de sus ojos a falta de sueño. Candice había insistido en convencerla de que durmiera un poco y no era que Ana no quisiera dormir, la respuesta era tan simple como que su estado de estrés se lo impedía. Los pocos intentos que hacía por dormir eran inútiles y así había pasado ya más de 72 horas, con lapsos pequeños de sueño interrumpidos y con la mira únicamente en nieve y solo nieve. Ni siquiera se percataba que todo su cuerpo estaba temblando de frío.
Cada revolución de las llantas era considerado un triunfo para los viajeros. Su éxodo se estaba haciendo cada vez más peligroso. Las luces del auto se volvían inútiles ante la creciente nevada, las ventanas cerradas no eran suficientes para mantener el frío fuera del auto.
Conforme los automóviles se movían el frío era cada vez más cruel, la temperatura parecía no dar tregua; por el contrario, una fuerte tormenta invernal tomó forma hasta que era prácticamente imposible seguir avanzando pues ahora las luces de los autos no eran capaces de mostrar un camino cada vez más inexistente.
-Tenemos que movernos más rápido– urgió el hombre al chofer que se esforzaba por no quedarse varados en plena tormenta. Era difícil no descubrir el miedo en el mensaje.
-No puedo Hans, moriremos congelados – espetó desesperado.
Candice miró hacia Ana, que parecía no inmutarse ante la noticia. Ella había desafiado muchas adversidades, pero ninguna como la que hoy entraba hasta su médula con miedo. La enfermera no había pensado en la probabilidad de morir… ni se imaginaba siquiera cómo podría terminar… quizás en alguna mazmorra, o quizás atendiendo algún hospital… o quizás heridas en el frente de batalla.
Su mente la traicionó y le envió imágenes llenas de sangre, sufrimiento y temor. Había curado heridos provenientes del frente, pero nunca se imaginó sirviendo a heridos precisamente durante la acción.
Sacudió su cabeza.
No. No era para eso que había sido extraída de un hospital aliado. Debía haber algo más. ¿Por qué?
De pronto se sintió interesada y volvió a su intento de averiguar qué había tras de ese viaje inesperado. Esta jornada estaba muy fuera de lo normal.
Empezó a charlar, pues, con los hombres… o al menos eso fue lo que intentó. En realidad ambos estaban concentrados en el cada vez más difícil camino frente a ellos. Aunque trataban de disimularlo, estaban nerviosos.
La tormenta tomó más fuerza con cada segundo. A pesar de tan solo ser las cinco de la tarde estaba completamente obscuro; un manto blanco brillaba escasamente con la muy tenue luz de luna que de pronto lograba filtrarse entre los furiosos copos de nieve cayendo inmisericordes.
Pese a su tremendo parloteo, y pese a no recibir respuesta alguna de los hombres en el auto, Candy empezaba a abrirse brecha en la simpatía de los soldados que le habían secuestrado obedeciendo órdenes superiores. Incluso se había atrevido a darles un tremendo sermón cuando los vio fumar un cigarrillo en algunos de sus descansos recientes.
Un estruendo se escuchó de alguna parte de la montaña cercana erizando la piel de los tripulantes de ambos autos. Hans entrecerró sus ojos buscando en la obscuridad el motivo y de pronto sus ojos se abrieron como plato.
-¡Pronto! ¡Salgan del auto! – gritó firmemente mientras miraba una avalancha avanzar rápidamente hacia ellos.
Ana reaccionó al instante tomando la mano de Candy y jalándola hacia la puerta contraria, la más lejana a la mortal avalancha. Sus manos estaban firmes y sus instintos se alertaron; sus ojos buscaron de inmediato un terreno alto y hasta ahí se esforzó por dirigir sus pasos.
-¡Candy! - escucharon las jóvenes en la desesperación de su escape. Ambas voltearon solo para descubrir que la violenta nieve se estaba volviendo peligrosa para sus captores en el instante mismo que súbitamente se detenía envolviéndoles en un mortal abrazo.
-¡Hans! – la reacción de las jóvenes fue inmediata. Casi no se detuvieron a pensar en el peligro que era buscar a estos hombres bajo la suave nieve.
Corrieron precipitadas llamando al único hombre cuyo nombre conocían.
-¡Hans! –gritaron a coro mientras sus blancas y suaves manos se convertían en pequeñas palas que desesperadamente intentaban buscar alguna señal de vida. Las botas de viaje no eran precisamente las más adecuadas para la improvisada tarea de rescate; ellas percibían que los dedos de sus pies se enfriaban; afortunadamente, sus manos estaban muy ocupadas moviéndose.
En unos segundos que a las jóvenes les parecieron horas, escucharon un lastimero gemido. No. No era Hans quien respondía al llamado de las voces femeninas, era el joven chofer del segundo auto que se movía con dificultad. Las muchachas se esforzaron por quitar la nieve sobre su cuerpo. El joven había logrado abandonar el auto, incluso había corrido un par de metros antes de que la nieve cayera sobre su cuerpo.
Con un poco de esfuerzo llevaron al joven a la pequeña colina cercana que habían elegido como previo refugio y volvieron apresuradas en busca de algún otro sobreviviente.
-Ustedes deben estar completamente locas – logró decir el joven con dificultad – nunca tendrán otra oportunidad para escapar mejor que esta.
Las chicas se miraron confundidas. Él tenía razón: Ahora mismo era una oportunidad, probablemente irrepetible de escapar a su inminente destino. El miel y verde de sus miradas sin embargo estaba decidido, valoraban mucho más la vida de quienes ahora consideraban sus pacientes, además, habían hecho un juramento y no lo romperían. Sabían que no tenían opción, había heridos que las necesitaban y ellas tenían que corresponder.
En aquél código corporal, las muchachas corrieron decididas hacia el montículo final de nieve y después de diez minutos más habían encontrado la forma de reunir a Hans y al chofer del auto en que viajaban con el primer joven. Sin embargo, la tarea se había convertido en algo sumamente desalentador. En el último rescate Ana había estado a punto de quedar atrapada entre la nieve y el auto en un repentino acomodamiento. Descubrieron que cualquier próximo esfuerzo sería inútil pues el segundo auto no estaba donde ellas calculaban y los otros dos tripulantes que buscaban no habían tenido oportunidad de abandonarlo.
-Seguramente fue arrastrado por la avalancha – explicó Hans. Será mejor que no regresen, las urgió.
-Pero – una protesta casi inaudible se escapó de los labios de Candy. Su mirada clavada en el punto en donde apenas la nieve dibujaba la silueta del auto escondido bajo la misma; su corazón estaba acelerado, su respiración era agitada y todo su cuerpo estaba lleno de adrenalina.
Ana tomó el mando y le dio una orden a Candy. Finalmente, aún ella era su superior y Candy tenía que obedecer.
-Debes quedarte aquí a salvo Candy. No tienes autorización para regresar a ese lugar-. Fue clara y directa. Miró fijamente las esmeraldas confundidas; Ana sabía muy bien cómo la joven frente a ella se olvidaba por completo de todo cuando alguien necesitaba de su ayuda. Temía que tomara peligrosas decisiones.
La enfermera comprendió que Ana tenía razón, ya no había nada qué hacer, además había estado a punto de perderla y sabía que no le permitiría trabajar sola, sabía que si ella corría hacia la nieve, Ana iría detrás de ella y no se perdonaría si algo grave le ocurriera. Bajó su mirada y aceptó resignada la orden mientras una pequeña lágrima abandonaba sus verdes esmeraldas.
Hans no podía creer que este par de jóvenes secuestradas hubiesen sido capaces de arriesgar su vida por ellos.
-Debemos caminar – apresuró-. Si permanecemos aquí nos congelaremos pronto.
Fue hasta entonces que Ana y Candy reaccionaron… fue hasta entonces que comprendieron que en realidad aún no habían terminado con su responsabilidad: Tenían que asegurar que sus pacientes tuviesen un lugar cálido a fin de protegerlos de la muy probable hipotermia.
-Estoy seguro que tras ese paso – el chofer señaló un paso entre dos cercanas colinas – está la cabaña de comunicaciones. Si logramos alcanzarla, podremos pasar ahí la noche.
Caminaron entre la nieve con paso cauto. El primer joven que rescataron, cuyo nombre era Arnold no tenía lesión alguna, así que colaboró para ayudar a su contraparte del auto en que viajaban Candy y Ana, mientras que Candy se esforzaba por ayudar a Hans, cuyo pie se había lastimado ligeramente. Ana insistió en que era capaz de caminar por sí misma, aunque Candy sabía muy bien que se guardaba el dolor de su pierna que había quedado atrapada por el auto en el instante de aquél brusco movimiento de la nieve.
-¿Candy, por qué no huyeron? – susurró Hans mientras Candy sostenía su brazo. Como única respuesta, ella solo se encogió de hombros mientras sus ojos sonreían a ese joven en sus primeros veintes que aún no lograba descifrar la sonrisa de la enfermera. Sí. Ella era feliz, pero había algo que no lograba iluminarla por completo… había una gran ausencia.
Esta joven empezaba a meterse en lugares que Hans no debería permitir, por el bien de ella y por su propio bien. Cerró los ojos y suspiró profundo determinado a llegar lo más rápido posible a su resguardo para evitar el contacto físico con la pequeña extraña, como decidió llamarla; porque en realidad sí: se repetía a sí mismo que esa chica era extraña desde cualquier ángulo que la mirara.
Sonrió por un momento, pero después tensó sus músculos y apresuró su paso hasta donde le fue posible.
Durante el desarrollo de la Gran Guerra para nadie era un secreto que gran parte del pueblo alemán estaba en desacuerdo con la participación de su gente y que a estas alturas, estaban cansados y pequeñas células con ideales pacifistas comenzaban a tomar fuerza. Candy se preguntaba cuál era la posición de su captor al respecto.
La chica, en sus reflexiones, se atrevió a levantar la mirada y se encontró con unos ojos grises que la escudriñaban atentos a cualquier movimiento. Le sonrió ligeramente pero sintió congelarse cuando en lugar de sonrisa encontró una mueca fría que se turbaba y se desviaba hacia el horizonte mientras los labios se movían escondiendo emociones para exclamar "¡Ahí está la cabaña de comunicaciones!"
Alfred Kursbach estaba instalándose en su cuarto. Sus maletas yacían aún cerradas a poca distancia de la puerta. Como militar, inspeccionó con sus hermosos y apagados ojos azules cada rincón de la habitación asegurándose de que era un sitio seguro, aunque no tenía por qué temer, pues el cuarto le había sido asignado. Permaneció gallardo y erguido, penetrando su mirada en cada sombra, en cada rincón. Caminó resuelto hacia el gran ventanal y lo abrió de par en par permitiendo a sus pulmones llenarse del frío viento vespertino. Dio un paso hacia el austero balcón cuya vista ponía frente a él un denso bosque; el olor a pino acompañó al viento y Anthony cerró sus ojos en busca de concentración. Solo así, en el silencio de su habitación, en la soledad de la penumbra, podía ser Anthony.
No había mucho tiempo que perder, pero tampoco debía precipitarse. Había indagado el estado de los miembros del Lafayette y se había enterado que uno de ellos había muerto hacía tan solo un par de días. Ni siquiera lo habían sometido a sus prácticas de tortura pues el estado del piloto empeoraba cada día y era cuestión de tiempo que la muerte lo alcanzara.
Su primo había tenido suerte al salir vivo de aquél tremendo aterrizaje. Había escuchado rumores de que había aterrizado planeando pues el motor de su avión había sido dañado seriamente, sin embargo, el diestro piloto no logró maniobrar lo suficiente para alejarse del territorio enemigo. Hasta ahí había terminado su suerte, pues fue capturado de inmediato y enviado como prisionero de guerra a cámaras donde sí había sido torturado con el fin de aprender más sobre las prácticas y planes de las cuadrillas francesas; sin embargo nada habían obtenido de él hasta el momento, pues el piloto se negaba a hablar, a emitir incluso el más pequeño sonido. Había quienes decían que era mudo y que sus oídos seguramente estaban lastimados por el estruendoso combate aéreo. Otros habían incluso argumentado que el piloto se había vuelto loco; que la falta de lucidez le impedía darse cuenta de su realidad pues su mirada estaba constantemente ausente.
De hecho, este último argumento había estado tomando fuerza los últimos días. El joven piloto debía estar loco. Cada vez daba más muestras de demencia. Lo habían dejado en paz las últimas dos semanas, no había nada que pudieran hacer con él. Su mente estaba dañada ¿Para qué torturarlo más?
Sin embargo, Anthony tenía la esperanza de que su primo estuviese bien. Recordaba cómo siempre era el último en ser encontrado en sus juegos infantiles, y cómo se escabullía a su mundo durante las horas de concentración que le exigía el desarrollo de sus nuevas ideas. Stear era capaz de guardar silencios casi infinitos cuando una idea se arremolinaba en su interior. Era un ser inteligente, de mucha fuerza mental, no podía haber sucumbido ante la tortura ¿o sí? Anthony apretó los dientes y los puños. Debía ser muy inteligente, debía tener la sangre muy fría para no dar la menor sospecha.
Estaba sumamente preocupado, no comprendía qué estaba pensando su primo para venir al infierno mismo mientras que, según él, vivía en la mejor versión de cielo que pudiera imaginarse. Stear había estado al lado de un ángel verdadero, en suma paz, gozando de la sonrisa que él más añoraba… ¿Qué había estado pensando al cambiar el cielo por el infierno? Esa sería una pregunta que le haría en el futuro, cuando todo hubiese terminado. Ahora no era el momento, aunque, su curiosidad le impidió dejar de pensar en ello durante casi toda la noche. ¿Habría él hecho lo mismo que su primo? ¿Habría abandonado a ese ángel? Sí… si la supiese en peligro, si tuviese que defenderla, si hubiera que protegerla. Un extraño presentimiento se apoderó de él.
-¿Será acaso que…? Ni siquiera se atrevió a terminar.
-No. Ya han pasado muchos años.
-Pero recuerda que él…
-No. Eso era un sentimiento de infancia…
-Sin embargo, quizás…
-¡Quizás vino al perderla!
Anthony tragó saliva. Hacía tiempo que comparaba sus recuerdos familiares a un tesoro pirata… lo había escondido, había paleado sobre tal tesoro, nadie tenía el mapa para recuperarlo y de pronto, esta última semana todos esos recuerdos salían con una voz fuerte y firme. Más vivos que nunca. Podía ir al fin del mundo, podía construir murallas, llenarse de parapetos, pero todo era inútil; los lazos familiares quebrantaban con facilidad tiempo y distancia. Su familia era parte de él y donde quiera que él estuviera, siempre sería un Andrew aunque tuviera que esconderlo.
Durante su viaje, mientras su chofer se abría paso entre la nieve, Anthony se concentraba en generar su estrategia para ayudar a su primo. Ya no tenía que buscarlo. Su nueva amiga había indagado aquí y allá sin darse cuenta de la valiosa información que estaba compartiendo con el Feldwebel. Alistar Cornwell estaba en Poznan, la misma prisión en la que Rosa estaba consignada. Quizás eso era bueno, quizás Rosa y sus aliados podrían ayudar a Stear. Quizás tendría que empezar a sopesar la idea de unirse a la resistencia obrera oficialmente.
Sus ideas pacifistas empezaban a encontrar una brecha. Ya se había ganado la confianza de la hija del Canciller y tenía información que seguramente le sería de mucho valor para rescatar a su atolondrado primo.
-Resiste Stear – murmuró al viento helado; se quedó ahí, de pie, como aquéllos gladiadores que debían rendir honor al emperador que disfrutaría el espectáculo de su muerte. Sabía del peligro en el que se estaba metiendo, estaba consciente de que podía morir en su misión si era descubierto.
Sus ojos azules brillaron con determinación; airoso y gallardo cerró las enormes ventanas para comenzar a dar marcha a su plan. No debía perder más tiempo.
Malinalli para la Guerra Florida. Marzo, 2014.
