A mi amiga Annaliz.
Con todo mi agradecimiento.
HERIDAS DE GUERRA
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.
Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.
Capítulo 4
Las estrategias
La noche no era la mejor aliada para los planes de olvido del guapo Feldwebel. Por el contrario, ahí, en la soledad de su alcoba, sus recuerdos lo traicionaban. Había aprendido a manejarlos, pero esta noche en particular se sentía muy diferente. No era aquélla angustia que se había convertido en su compañera. Su enorme sentimiento de soledad, que por lo regular lo comparaba a un abismo, esta noche no era tan infinito. Había algo en el ambiente que lo hacía sentir apacible, aún en el peligro de la misión que lo había traído a Poznan.
Anthony reposó su cabeza en la almohada y cerró sus ojos experimentando este nuevo sentimiento vigorizante hasta cierto punto. De pronto, su imaginación vagó hasta tenerlo en la proa del barco capitaneado por su padre, el mismo barco en que había partido unos años atrás y de quien no sabía nada hasta ahora. Anthony estaba rodeado de obscuridad, en un mar apacible. Miró en el cielo las innumerables estrellas tratando de guiarse como los marineros de antaño. Nombró las constelaciones y se sintió pequeño ante la inmensidad del cielo y océano rodeándolo, hasta allá, hasta donde sus ojos ya no lograban vislumbrar nada más que infinito.
El barco se movía y rompía el tranquilo oleaje. Anthony se descubrió en medio de un mar de aguas turbias cuyas olas lo llenaba de recuerdos, y los recuerdos de esta ocasión eran lejanos, infantiles, de años dormidos, o al menos eso era lo que él había deseado por mucho tiempo. Estas memorias llegaban una a una en cada ola, en cada golpe contra la proa con claras imágenes que luchaban por escapar de una prisión; aún no podía comprender por qué lo visitaban tan decididas en esta noche, de hecho, no comprendía mil cosas, no comprendía tampoco su necesidad por olvidarlos, no comprendía por qué tenía que deshacerse de ellos, no comprendía cómo es que había logrado encerrarlos. Había un sentimiento nómada en su interior, uno que siempre vagabundeada, uno que no le abandonaba sin importar cuánto esfuerzo pusiera en el intento; era una mezcla agridulce; era triste, pero al mismo tiempo era un sentimiento de felicidad ¿cómo es que no se había vuelto loco todavía? Ese vaivén se materializó en una lágrima que se desprendió lenta, casi imperceptible tras el nudo en la garganta del joven, depositó su salado sabor en la comisura de los labios que dibujaban una nostálgica sonrisa, una llena de melancolía. Era un sabor familiar para Anthony, lo había acompañado desde siempre, un sentimiento antiguo para él, antiguo como las memorias que se volcaban continuas, una tras otra en esas olas.
La vio aparecer corriendo, con su sonrisa enorme, con sus manos maltratadas, con su ligero aroma desagradable a establo que se perdía en la dulzura de sus ojos. La vio con su cabello suelto en el festival de mayo al que no había sido invitado, aquél en el que planeaba por fin darle la noticia que estaba vivo y de que ahora estaba listo para estar a su lado; que ya no era más un hombre inválido y que hoy si podría albergar la idea de hacerla su esposa… algún día. Sintió su corazón llenarse de frustración al verla de la mano del heredero del Duque de Grandchester, ¿qué podía hacer?; aquélla tarde su disfraz fue su mejor aliado, se escabulló entre los invitados y abandonó el San Pablo. Unos meses después había recapacitado, deseaba luchar por ella, deseaba una oportunidad, pero era demasiado tarde, ella se había marchado; volvió a Alemania y se encontró atrapado en unos días por el monstruo de la guerra antes de poder zarpar hacia América para buscarla.
Este antiguo sentimiento era ya parte de él. Era salado, como el sabor del mar que ahora contemplaba, como el sabor de esa lágrima que se había convertido en llanto y continuaba arribando hasta sus labios. Había experimentado ese llanto en aquélla colina mientras tocaba la gaita para ella, completamente contrario al éxtasis que le invadió cuando ella le declaró que le gustaba porque simplemente era él. La había amado, sin importar que estuviese despertando apenas a la vida… la amaba tanto como le era posible amar en aquél despertar casi infantil todavía. La había perdido, y lo peor no era ese sentimiento de pérdida, lo peor era ese sentimiento de amor inmenso hacia ella sabiéndola ajena. Esa era una tortura enorme.
Las olas traían hacia él sus dulces recuerdos, los que había escondido y metido bajo llave como una caja de Pandora, pero hoy parecían traicionarlo. Aunque hubo una novedad en esos recuerdos familiares. Una imagen diferente se formó en su visión nocturna. La última ola traía a Candice con su cabello suelto, mojado, son sus ojos tristes y consternados, envuelta en nieve y acercándose a él despacio, muy despacio, mientras él se traicionaba y le extendía los brazos para recibirla en un anhelado contacto que se convirtió en brisa, en viento helado después.
Anthony abrió los ojos para descubrir que las enormes ventanas se habían abierto de par en par nuevamente. No se levantó se inmediato a cerrarlas. Se secó las lágrimas que había derramado, miró sus brazos vacíos de ella y después su mirada se volcó al vacío. "Nunca más" se había prometido unas semanas antes y "Nunca más" era más que un propósito, era una promesa en esta noche. Aunque bueno, quizás mañana porque después del estado en que su visión lo había dejado, todo lo que deseaba era cerrar los ojos y hacerle el amor como nunca antes… como nunca antes se había atrevido a soñar. Si; el "nunca más" podía esperar hasta mañana, no esta noche.
Candice estaba preocupada por Ana. Hacía ya un par de días que no dejaba de vomitar. Su cara estaba demacrada y los círculos morados alrededor de sus ojos eran cada vez más profundos.
-¿Falta mucho para llegar Hans? – urgió la rubia. Viajaban en un auto mensajero que los había rescatado en aquélla cabaña. Era rápido y ligero, aunque prácticamente desarmado, afortunadamente, hacía una semana que estaban en territorio seguro.
-No Candice – respondió el interpelado aún buscando dentro de sí frialdad en su tono – pronto estaremos en Poznan y seguramente Ana recibirá atención.
-Eso espero – la rubia acarició la cabellera obscura de su amiga tratando de infundirle ánimo – ¿Escuchaste, Ana? Pronto llegaremos. Trata de descansar – le pidió en una súplica.
Hans viajaba en el asiento del copiloto nuevamente y no pudo evitar girar para ver el estado de Ana. Podía distinguir la angustia en el rostro de la chica rara por su amiga y podía distinguir también un sentimiento nuevo que le embargaba pese a todos sus esfuerzos por detenerlo.
Estaba preocupado por ellas, aunque ya había fraguado un plan para protegerlas. Les debía la vida y eso era más que suficiente para permanecer a su lado hasta el final.
Hans había crecido como hijo de un obrero, provenía de una familia de clase media baja, aunque en aquél tiempo en Alemania los problemas económicos antes de la guerra tenían a la mayoría de la población viviendo en pobreza.
Sus padres habían sido gente de campo obligados a migrar a Berlín en busca de empleo y así les había sorprendido el conflicto bélico.
Las órdenes de Hans eran claras: llegar a Poznan y permanecer como su guarda hasta que entregara su preciada carga en la prisión. Pero Hans haría todo lo posible por resguardarlas y permanecer con ellas tanto como le fuera posible y cuando ya no pudiera estar cerca, buscaría la manera de estar pendiente aunque tenía que aceptar que no era un oficial, tan solo un peón más en este tablero de ajedrez.
No podía evitar lo que estaba sintiendo, y este era uno de esos momentos en que se daba por vencido y se entregaba a lo que su corazón clamaba, aunque había decidido enmudecer por siempre al respecto. Solo Ana era quien tenía la sagacidad de sospechar; sus miradas lo delataban, su lenguaje corporal casi gritaba, aunque Candy fuera incapaz de darse cuenta. Ana lo miraba con tristeza, no podía ni imaginar la lucha en el interior de Hans, aunque, sinceramente le preocupaba muy poco; ella tenía una batalla más grande por la que debía preocuparse: su esposo y el pequeño bebé que sabía empezaba a crecer en su vientre. El bebé que por el momento era mejor guardar en secreto. El bebé que había detenido su huída, el que no podía arriesgar en la nieve. Ana tocó su vientre con discreción y sonrió a su amiga.
Anthony estaba al borde de la desesperación. Aún no había logrado ver a Stear, pero al menos estaba seguro de que su nombre aparecía entre los prisioneros. Estaba sentado tras un sobrio escritorio de una vieja y obscura oficina. Desde este lugar debía recibir instrucciones, pero el frente ruso no era prioritario para el Káiser; así que no tenía mucho trabajo. Debía aceptar que Friedrich había hecho una jugada inteligente al proponerlo como líder frente a las líneas rusas y dejar el flanco de occidente. Los prisioneros de Poznan eran realmente valiosos para occidente, pues esta ciudad era el punto más lejano del territorio bajo dominio alemán.
Afortunadamente las instalaciones militares y la prisión compartían un mismo edificio en el centro de la ciudad: El Ayuntamiento. Y mucho más a su favor era el hecho de que él tenía más influencia sobre el Canciller que el director de la prisión.
La información que había compartido con él la hija del Canciller era en verdad valiosa, y aún no había podido compartirla con Rosa. De hecho, no encontraba la forma de acercarse a ella. ¿Qué debía hacer? ¿Debía ser cuidadoso o debía ser directo? En realidad, debía balancear meticulosamente entre ambas posibilidades.
La tarde anterior, inmediato a su llegada había intentado visitar a la prisionera, sin embargo, no tenía pretexto alguno y no deseaba aún que se le vinculara con ella. Pero le habían dicho que el director de la prisión, un tal Kiel, era un hombre vanidoso que constantemente se vanagloriaba con la valiosa prisionera ante cualquiera. Tan solo por reconocimiento.
Anthony sonrió ante el hecho. Ahora tenía un nuevo plan. Se levantó de un salto y abandonó la lúgubre oficina. Sus pasos eran acelerados y firmes, sus ojos estaban fijos en un solo punto al final del pasillo que aún con su acelerado paso, parecía no tener fin. Tenía el corazón acelerado y aún tenía el temple para buscar en su interior sus mejores frases de adulación sin sonar a lamebotas.
En un flash que duró menos de un segundo, se vio diciendo a la tía abuela cuán buena y linda era para salirse con la suya.
En tan solo unos segundo más, un cabo lo anunciaba ante el director de la prisión y en otros segundos, Anthony estaba frente al susodicho director.
-Me habían dicho que teníamos un nuevo Feldwebel – dijo en tono de camaradería el director de la prisión mientras encendía un cigarrillo y luego le ofrecía la cigarrera a Kursbach.
Alfred Kursbach rechazó con clase la invitación y como respuesta, Kiel se dirigió a su austera mesita de vinos y sirvió una copa de ron. Alfred la aceptó, tenía que ser cordial.
-Dígame, Alfred, ¿Ha encontrado cómoda su habitación? No hay mucho movimiento en estos tiempos. Ya sabes, al Káiser tan solo le importa derrotar a sus primos y está dejando el flanco oriental a un lado.
-He encontrado una habitación muy cómoda – expresó Alfred, mientras levantaba su copa ante Kiel.
-Si necesita algo más…
-Seguro estaré bien. Yo también he escuchado mucho sobre esta prisión.
-Espero que buenos comentarios – sonrió de medio lado mientras exhalaba una bocanada de humo y examinaba a Alfred de pies a cabeza.
-Por supuesto. Su eficiencia en esta prisión es famosa – Anthony notó complacido que el pecho de Kiel se levantaba ligeramente y decidió continuar – se dice que solo los más importantes prisioneros vienen a este lugar porque usted es un ser de mucha confianza.
-Nada más cierto que eso – Kiel apagó su cigarrillo mientras miraba a Alfred a los ojos-. Usted también debe de gozar de mucha confianza ante el canciller – esta vez la sonrisa de Kiel tenía cierto grado de picardía y Anthony de inmediato descifró el mensaje. Era increíble cómo los chismes corrían más rápido incluso que sus aeronaves.
-Me precio de la amistad del Canciller, eso es todo – explicó con indiferencia –; más eso es nada comparado a la confianza que el Káiser ha depositado en usted. Supe que Rosa de Luxemburgo está bajo su custodia.
Anthony jamás se explicó cómo fue capaz de ser tan frío al referirse a la vieja amiga de su madre. La conocía, sabía que era una mujer sumamente apasionada por su pueblo.
-¡Esa mujer! – Respondió con desprecio Kiel –. Es una prisionera muy lista. No he podido comprobar que es ella quien escribe esos panfletos para animar a los obreros a que se nieguen a seguir peleando, es una traidora, si por mí fuera hace tiempo que le habría mandado a cortar la cabeza – espetó mientras ahora servía una segunda copa para él-. Ya he desaparecido a muchos de sus aliados, pero ella es una pieza que debe ser tratada de un modo especial.
Alfred sonrió con autodominio, de medio lado, tratando de ser más frío aún que Kiel.
-¿Y por qué no lo has hecho?
Kiel estaba en una nube, quizás recuperando en su memoria los cobardes asesinatos que había mencionado. Pero era muy listo y dio la respuesta adecuada tras abandonar sus falsas victorias. En su pequeña guerra, dentro de su cabeza-:
-¿No te das cuenta? ¡Si lo hago el pueblo se iría contra el Káiser! ¡Seguro que no tardaría más allá de un día… el Káiser me mataría para reivindicarse con la clase obrera!
-Entonces busca la manera de comprobar tus sospechas.
-¿Crees que no lo he hecho ya? – Era un tono frustrado el del jefe de la prisión.
Alfred levantó la ceja, como invitándolo a que compartiera con él sus ideas.
-He puesto gente de mi confianza tras su puerta, la he dejado sin comer, la he aislado por completo… - de pronto se moderó en sus quejas, tampoco deseaba verse como un tonto ante un desconocido Feldwebel que gozaba de la confianza del Canciller.
Anthony notó que su interlocutor ahora se ponía de mal humor y eso era algo que no le convenía a la conversación y a sus fines.
-Pues sí que es todo un personaje – sonrió ligeramente, con falsa indiferencia – quizás si la visito pueda contribuir con alguna idea al verla.
Para sorpresa de Alfred, el director de la prisión se mostró entusiasmado. Esperaba encontrar resistencia, pero esto era mucho mejor.
-¿Le gustaría visitarla? – Exclamó sin poder ocultar el optimismo. Sin esperar respuesta tomó unas llaves viejas y pesadas del cajón superior de su escritorio –. Por este lado – le dijo como si fuera a mostrarle un trofeo; pero fueron interrumpidos, la puerta se abrió de súbito.
Frente a ellos estaba un soldado rubio, con claras huellas de haber viajado, estaba cansado y a simple vista se notaba que estaba haciendo un esfuerzo sobre humano para mantenerse de pie.
-¡Hans! ¡Por fin has llegado! – Kiel sonrió aún con mayor aire de triunfo. Ya no podía esperar a regodearse delante de este Feldwebel.
-El soldado ha viajado mucho – explicó el hombre que ante los ojos de Alfred empezaba a ser desagradable – trae consigo una preciosa prisionera-. Una sonora carcajada se dejó escuchar en el lugar y Alfred sintió su piel erizarse por alguna extraña razón, tenía miedo.
El soldado frente a él entonces apretó los puños. Sus ojos estaban angustiados y el Feldwebel notó que hacía un esfuerzo por mantenerse claro de mente.
Alfred arqueó la ceja, sin decidir aún si en realidad quería conocer las razones de la felicidad de Kiel.
-¡Oh Señor Kursbach! ¡Esta será una prisión de cinco estrellas! ¡Me temo que no puedo acompañarlo a visitar a Rosa de Luxemburgo! – Arrastró el nombre ceremoniosamente -. ¡Pero seguramente Hans lo guiará! - Hans se angustió de pronto, no deseaba apartarse de su prisionera; solo Alfred se percató del cambio en la actitud del agotado soldado frente a él, pero Kiel no hacía otra cosa más que sonreír, triunfante; en su sentir, todo el mundo se inclinaría hacia él cuando diera el reporte de la misión.
-¿Puedo saber que está sucediendo? – Anthony sonrió, como compartiendo la alegría de Kiel. Este era el momento que Kiel esperaba; ya no podía esperar más.
-¡Por supuesto! ¡Debo darle la bienvenida que se merece a nuestra nueva inquilina! ¡Usted sabe! ¡Es bueno ser hospitalario! – por alguna razón, la angustia en la mirada del soldado frente a él, era poca comparada a la angustia que experimentaba ahora el Feldwebel y no lograba comprender por qué.
Esa sonrisa en Kiel empezaba a ser odiosa.
-¡Por supuesto! ¡La hospitalidad ante todo para su nueva prisionera! – Exclamó levantando su copa en un brindis ante Kiel y ambos hombres bebieron.
-¡Vaya donde Rosa de Luxemburgo! ¡Yo no debo hacer esperar más a la Duquesa de Grandchester! – Ahora agregó una por demás falsa reverencia al ceremonioso tono de su voz. El hombre desagradable estaba tan extasiado disfrutando su momento que no percibió la palidez en el rostro de Alfred Kursbach.
El lado sur del palacio de Westminster posee una de las más maravillosas fachadas góticas, con sus agujas elevándose altas y majestuosas, como intentando alcanzar el cielo. Terrence recién había estado en una sesión del parlamento, había llenado sus ojos de los vitrales y de los frescos, de la decoración de la sala. No tenía cabeza para pensar demasiado en las acaloradas discusiones que a él le parecía nunca llegaban a nada.
En lo único que estaba de acuerdo era cuando algunos nobles se referían a Guillermo II como un primo totalmente demente, quien se había empeñado por hacer de su flota, una más poderosa que la Royal Navy Inglesa; había estado hundiendo barcos ingleses y se empeñaba en seguir construyendo grandes buques, solo aferrado a su idea de que su poder naviero superara el de los ingleses.
Terry, no había dicho palabra alguna durante la sesión, tan pronto terminó, abandonó la Sala de los Lores y se dirigió al patio sur. Estaba haciendo un esfuerzo enorme por no derribarse. Estados Unidos se había involucrado en el conflicto bélico y los alemanes empezaban a perder fuerza en territorios que habían dominado prácticamente desde el inicio de la guerra.
Trataba de no volverse loco. Tenía demasiadas responsabilidades sobre su espalda. Le preocupaba Susana, que de vez en cuando mostraba todavía señales de depresión; pero ella estaba muy lejos, al otro lado del atlántico y no había nada que pudiera hacer por ella; no por el momento. Nada más allá que escribirle de vez en cuando y enviarle dinero. Se sentía agradecido con ella y se esforzaba porque ella lo supiera.
Hacía tiempo que no se había detenido a pensar en ella, pues lo que más le preocupaba era la desaparición de Ana. No había señales de ella en ningún lado. Ya habían pasado tres semanas y ninguno de sus contactos sabía su paradero real; sin embargo, después de un arranque de desesperación había optado por la mejor opción: Mantenerse frío, hasta que pudiera descargar todo el estrés que le provocaba la ausencia de su esposa. Hoy ella le necesitaba y él debía estar para ella, aún en la distancia, él podía saber que ella estaba en algún lado, la percibía, y sabía que la encontraría.
Estaba acostumbrado a ser el blanco de miradas fortuitas, todas diferentes. Los hombres solían mirarlo con cierta envidia; su padre había sido un gran líder, sin embargo, el arrebato de este joven era nuevo en la Cámara y en distintas ocasiones su don de gente e ideas firmes había echado abajo algunas propuestas que solo convenían a la nobleza inglesa. Siempre estaba legislando a favor del pueblo y por eso se había ganado la simpatía inglesa.
Las mujeres suspiraban por el guapo Duque y lo hacían protagonista de sus cuentos de hadas. Todas las muchachas casaderas de la corte y las plebeyas se habían atrevido a soñar no con el príncipe… sino con el "Duque Azul"
El afecto de la Reina era casi maternal, de hecho, solía bromear con él diciéndole que se habría casado con él si no le hubiera roto el corazón con Ana, a lo que el Duque de Grandchester respondía que esa era una verdadera lástima, que había perdido al amor de su vida al dejarla ir. La Reina se complacía con las bromas inocentes del joven Duque y cariñosamente posaba su mano sobre el brazo masculino; esa era la máxima muestra de cariño que Su Majestad podía permitirse, pero Terry sabía que con esa caricia, él recibía más cariño maternal que el que hasta la fecha había conocido.
Caminó sin darle importancia a las miradas de siempre que se depositaban en él con distintos sentimientos. Era claro que no era un príncipe, no era el heredero del trono, sin embargo, tenía el lugar número 55 para tal responsabilidad y el mismísimo Rey Jorge solía repetir que si todos los ingleses fuesen como el Duque de Grandchester, la Gran Guerra habría terminado en menos de un par de semanas con su pueblo como vencedor. El amor del pueblo y del monarca hacia Terry se traducía en la envidia de algunos Lores.
-¡Sir Grandchester! – una voz familiar, una agradable voz que siempre le había infundido aliento, que le había sostenido en épocas difíciles y que hoy… a pesar de ser un hombre hecho y derecho, aún le infundía un sentimiento profundo de seguridad.
-¡Sir Andrew! – respondió esforzándose por sonreír.
-Esta vez saliste sin mí – le reprochó falsamente. En su voz estaba implícito el mensaje de que, de hecho, comprendía su comportamiento.
-Lo siento Albert, sabes que no me gusta estar ahí. Me siento encerrado – respondió desganado. Su cuerpo era erguido, muy flexible y sano. Continuaba con su encantadora mirada, sin embargo, obviamente, hoy estaban sus ojos más ausentes que nunca.
-No te preocupes…
-¡Albert! – en la voz de Terry apareció aquél chico arrebatado y su amigo comprendió que estaba pasando por un momento difícil; uno de esos horribles instantes, que, aunque se requiere que seas fuerte, tu cuerpo protesta y simplemente se debilita e implora.
-¡Vamos! Te llevaré a casa-. Albert y Terrence caminaron parsimoniosos, casi sin hablar, hasta que el chofer estuvo frente a ellos y subieron al auto. Tras el auto de William Albert, el chofer de los Grandchester.
-Aún no puedo creer que Ana y Candy estén juntas – dijo sin preocuparse por dejar expuesta su debilidad. Finalmente, ese hombre a su lado era como su hermano y lo había conocido en todas sus facetas, aún en las peores.
-Sí. Entiendo. Yo le sigo dando vueltas al asunto.
-¿Estabas pensando en venir a Londres, antes de saber de la desaparición de Candy?
-No. Sinceramente no – Albert dirigió sus ojos al cielo antes de continuar –: Mi padre sabía que yo odiaría esto de los Lores, por ello heredó su título a mi hermana. Cuando ella murió el título pasó a Anthony… y bueno… ya sabes la historia.
-Lo sé – fue la simple y aún ausente respuesta de Terry.
-Imagino que no sabes dónde detener tus pensamientos – Terry se sorprendió de cuán bien le conocía su amigo, dirigió una mirada hacia él y encontró una total afinidad en los cielos ojos de su amigo.
-Te imaginas bien. Pienso que el que estén juntas es para mí una ventaja. Juntas deben ser invencibles-. De pronto los ojos de Terrence se encendieron y su voz empezó a hablar más apresuradamente, presa de desesperación y continuó-: En ocasiones eso me da tranquilidad, pero de inmediato me lleno de nerviosismo. Me pregunto qué pasaría si una o la otra sucumbiera, y luego mi mente me recuerda que son fuertes y valientes, pero de inmediato las imagino sufriendo y quisiera tener frente a mí a su verdugo; me lleno de enojo deseando romperle la cara; sin embargo, después tengo compasión del verdugo y me lo imagino enamorado de la una o de la otra, cayendo irremediablemente bajo sus encantos… o lo que es peor: ¡Enamorado de las dos! ¡Pobre hombre! ¡Sin poder decidir! ¡Qué difícil! -. Una lastimera sonrisa se dibujó en los labios de Terry.
Albert estaba mareado. Terry lo había llevado de un lado a otro. De verdad si su mente estaba provocando tales pensamientos con la prisa en que Terry los había descrito, entonces era presa de una tremenda inestabilidad emocional.
Cuando Terry guardó silencio, su amigo notó un nudo en la garganta que impedía continuar su conversación. Descubrió un ligero temblor en sus manos y descubrió su terrible esfuerzo por detener las lágrimas que sus brillosos ojos delataban.
-¡Sí! ¡Seguro que el verdugo estará sufriendo! – añadió intentando ser jovial; intentando que su amigo se sintiera mejor. ¿Te imaginas a Candy regañándolo si le gusta fumar y levantando su nariz indignada por tal osadía? – Albert imitó la pose de Candy y logró sacarle una sonrisa a su amigo.
-¿Has sabido algo más, Terry?
-Sí, Albert, pero no es suficiente -. Terry bajó su mirada, como si estuviera traicionando a su amigo, al no poder darle noticias importantes.
-No te sientas mal, Terry. Has avanzado mucho. Todo lo que sabemos es por ti.
El auto se detuvo. Pronto Albert y Terry estaban en la estancia, el fuego estaba ya encendido. Un mayordomo se acercó y llenó dos copas de whisky, sabía perfectamente de los gustos del señor y su amigo.
Terry le estuvo dando vueltas a un asunto en su cabeza. Se le veía cansado. Sus ojos de zafiro experimentaban mil sensaciones. Albert guardó silencio, esperando porque llegara el momento en que Terry se sincerara con él.
El silencio se prolongó más de lo normal, pero no era un silencio incómodo. Los amigos entendían que esos silencios no los separaban.
Los días y las noches eran muy largos para Terry. Aunque su cuerpo y mente estaban cansados, su porte no lo abandonaba. Había fuerza en su mirada. Estaba determinado. Se dirigió a abrir las enormes cortinas rojas del ventanal, abrió las ventanas y se sentó irreverentemente en el balcón.
Ya la copa de whisky en su mano estaba vacía cuando Terry empezó a charlar levantando un poco la voz para que Albert le escuchara desde dentro:
-¿Qué piensas, Albert? ¿Estás de acuerdo con que se acerca el fin de la guerra?
-Sí. Eso creo – respondió sin entender hacia dónde iba la conversación. Recargó su espalda en el sillón mientras colocaba su copa sin terminar en el escritorio. Esperaba porque su amigo continuara hablando.
-Mis informantes comentan que los alemanes se han dado cuenta de que el fin es inminente – suspiró manteniendo su vista en el vacío – ya no quieren continuar.
-¿Crees que eso tenga que ver con la desaparición de Ana y Candy?
-Sí – fue su escueta respuesta.
Albert permaneció atento, esperando por mayor información. Su postura ahora era erguida. Permaneció así por un momento, hasta que decidió hacerle compañía a su amigo. Se quitó el saco antes de salir al balcón, desamarró el cordel del cuello de su camisa y se sentó también en el balcón, con una pierna a cada lado del barandal. No recordaba cuándo había sido la última vez que mantuviera una conversación seria con su amigo.
-¿Entonces? – agregó el rubio, atreviéndose a apresurar de una vez por todas los pensamientos que asaltaban a Terry.
-Mi voto es el más alto en la Cámara de los Lores – explicó e hizo una pausa, dando tiempo a su amigo para ligar sus ideas.
-Lo sé… - Albert miró hacia el horizonte, intentando comprender. El silencio que había acompañado la conversación volvió a hacerse presente, él estuvo dándole vueltas y de pronto hizo una señal de afirmación, adivinando lo que su amigo estaba a punto de decir. Los ojos de los caballeros se encontraron y ambos estuvieron seguros de que habían comprendido el punto –: los alemanes saben que no podrán resistir por más tiempo y quieren inclinar la balanza hacia ellos. No querrán que Alemania enfrente penosas condiciones de paz.
Terry se levantó desganado y extrajo de la bolsa de su pantalón un papel cuidadosamente doblado. Lo extendió a su amigo confiándole prácticamente su vida.
Albert lo recibió curioso y lo leyó. Mientras sus ojos viajaban de un lado a otro de la misiva, su faz se endurecía. Era un mensaje corto y rápido, Albert lo leyó en segundos, pero cuando terminó su sangre hervía.
-¿Ahora lo entiendes, Albert?
-Sí, Terry, fue bueno que mantuvieras en secreto la desaparición de tu esposa – el rubio entrecerró los ojos, ya su pose se había tornado a una de completa alerta.
-No puedo decir nada.
-Lo que no entiendo es por qué se llevaron a Candy. Yo soy de los más modestos Lores Temporales.
Terry se encogió de hombros mientras suspiraba. Él tampoco comprendía cómo es que nunca se había enterado que Candy y Ana trabajaban juntas; aún más, no tenía idea de que fuesen amigas. De hecho, ni siquiera sabía que Candice estaba en Londres; él la imaginaba feliz y próspera en América, al abrigo de su padre adoptivo.
-Solo nos queda esperar los informes de mis contactos en Berlín.
-Terry, quizás sea mejor que no te expongas. Permite que me encargue. La más mínima sospecha sobre ti, puede ponerlas en peligro.
-Me pides demasiado, Albert – protestó sinceramente.
-Inténtalo – insistió –; déjame ser el contacto.
-Lo pensaré – Terry dio por terminado el asunto, no se percataba de que el papel que sostenía en la mano estaba siendo arrugado con exagerada fuerza. Su temple no lo abandonaba.
-Te buscaré, te encontraré – prometió a su esposa.
William Albert Andrew había venido de América a pesar de la terrible guerra y de la tropa alemana que advertía que atacarían a toda embarcación con bandera inglesa. No había tenido otro camino, tenía que buscar a Candy y tan pronto recibió el telegrama de su amigo hizo los arreglos para viajar al viejo mundo. Una vez instalado en Londres, no tuvo otro remedio que tomar su lugar en la Cámara de Lores. La misiva recién leída era determinante: Debían continuar guardando en secreto la desaparición de Ana y Candy.
Malinalli, para la Guerra Florida. Abril 2014.
