HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 5

Detalles

La pequeña ventana con barrotes de la torre norte del ayuntamiento estaba demasiado alta, aún para el desafortunado piloto. Lo único bueno era que estaba orientada hacia el oriente, y Stear podía vislumbrar de vez en cuando los tonos naranjas y amarillos de algún amanecer. Aquélla ventana era solo un recuadro, sin embargo, era suficiente para que el prisionero reviviera el espectáculo en su memoria.

También hacia el oriente estaba un acceso al complejo ayuntamiento; era pequeña, casi insignificante… era la entrada por la que los prisioneros llegaban. Stear se había apropiado de un pequeño espejo que conservaba como un tesoro y en algunas ocasiones, cuando se sentía de ánimo, y por supuesto, estaba nublado, extendía su brazo hacia la ventana con el espejo en la mano, para mirar el reflejo de las personas que pasaban taciturnas, cabizbajas; aunque de vez en cuando, la risa de algún infante aliviaba su alma. Las paredes de su celda, adivinaba, debían ser muy gruesas, pues difícilmente percibía ruido del exterior.

Esta mañana estaba particularmente helada. Había nevado durante la noche y Stear no tenía cobija alguna para protegerse del frío, lo único que poseía era su desgastado, viejo y sucio uniforme. Estaba refugiado en la esquina de siempre: la más alejada de la puerta, en la que podía esconderse… o protegerse, tal vez.

No había ni siquiera un camastro para pasar la noche. Su celda era tan solo cuatro paredes… muy pequeña… sin mueble alguno: Cuatro paredes y nada más.

El olor era desagradable. Había pasado ahí ya varios meses; está por demás explicar que pese a lo rápido que el sentido del olfato deja de percibir los más penetrantes aromas una vez que se ha acostumbrado a ellos, para el primogénito de una familia de abolengo, era imposible pasar desapercibido el de sus propios desechos.

Sin embargo, estaba decidido a sobrevivir. Sabía que la adversidad podría hacer con él dos cosas: Podría ocasionar que se perdiera para siempre, negar su realidad para no sufrir o podría hacerlo más fuerte, invencible.

-¡Stear! Déjame ayudarle – la infantil voz de Archie tocó sus recuerdos. Era una súplica ingenua y al mismo bondadosa.

-¡De ninguna manera Archie!

-¡Pero Stear…!

-Si ayudas al polluelo a romper el cascarón, nunca tendrá la fuerza que necesita para sobrevivir. Créeme: Vencer esta adversidad lo está haciendo fuerte, lo prepara.

Alistar Cornwell hacía un esfuerzo más allá de todo para mantener su cordura mientras fingía estar loco. Había contado cada bloque en las paredes que lo rodeaban, había dibujado un nuevo invento en cada bloque, había cantado todas las canciones que conocía; en ocasiones sus dedos se movían y sus labios resoplaban mientras él imitaba tocar una gaita y su cerebro reproducía la melodía que interpretaba en profundo silencio, pues la notas solo vivían dentro de él. Había aprendido que si dormía pensaba un poco menos y sí… también, debía reconocer que había tenido lapsos en que ya no sabía si vivía en la realidad o en un sueño.

Se había puesto alerta. Comprendía que su mente empezaba a protestar por la falta de comunicación. Quizás pronto se volvería loco si no encontraba la manera de salir de ese mundo silencioso que se había creado para protegerse.

Stear, a pesar de su fortaleza psicológica, a pesar de ser un hombre de mente clara y sana, empezaba a ser presa del aislamiento al que había sido sometido. Cada día buscaba algo diferente en qué pensar: Un invento, un libro leído hace tiempo que viniera a su memoria, un recuerdo… sobre todo, los recuerdo donde ella era la protagonista. Esos eran sus predilectos, eran los más concurridos, eran sus favoritos. "El mejor escape", decía.

Ahí, en ese rincón lúgubre, húmedo, frío, insalubre, Stear se acomodó un poco entusiasmado. Tenía el pelo muy largo, sucio y enmarañado, ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había tomado un baño; quizás un par de días antes de que fuera capturado… ¿Quién puede saberlo? ¿A quién le importa, además? Su barba también era larga, y también estaba sucia, con un largo bigote escondiendo sus labios. Su único deporte ahora era la cacería de piojos que practicaba día. No era tan divertido como la cacería del zorro, pero el menos lo entretenía.

Recargó su espalda en la gruesa pared y abrazó sus rodillas, descansó su cabeza sobre sus brazos y evocó el último recuerdo que tenía de ella. Era el recuerdo que conservaba más vivo, más inmaculado, lo prefería así… y así lo había mantenido, sin alteración alguna, original de la a a la z.

En realidad, tenía muchas preguntas sobre esa despedida.

Gustaba de revivir esa memoria. La disfrutaba. Lo había mantenido cuerdo. Tenía vida, así que tenía esperanza, podía volver a verla; algún día… algún día… cuando la guerra terminara; o quizás… cuando le brotaran alas.

Aquélla lejana mañana se levantó muy temprano. Más temprano que de costumbre; de hecho, tan solo había dormido un par de horas, había estado trabajando casi toda la noche en la caja musical de Candy; sin embargo, estaba tan entusiasmado con entregarla que sus sentidos seguían alerta. La adrenalina llenaba su cuerpo y la noche de desvelo ni siquiera era importante.

Ella le había comentado que tomaría el primer tren de la mañana. Era raro imaginar a esa pequeña dormilona levantándose tan temprano. No podía evitar sentir un poco de celos; ella debía amar mucho a Terry.

Stear, en su celda, prefirió hacer a un lado ese pensamiento. Había muchos detalles de aquélla mañana que lo llevaban de un lado a otro, como para detenerse precisamente en los celos.

Recordó entonces que se arregló con esmero y tomó en sus manos su obra, su regalo. La contempló ensimismado. Era una obra de arte. La había planeado por días. Era todo lo que deseaba para ella: más que un regalo, un recuerdo. Un pedazo de él. Le urgía que ella la tuviera en sus manos. Podía imaginar su sonrisa. ¡Quizás lo abrazaría esta vez! Stear se sonrojó con el pensamiento deseando, que así fuera, que al menos un instante, por un glorioso y sagrado instante, ella estuviera en sus brazos. Aunque después se liberara. Por ese instante, tan solo por ese instante, él sería un hombre pleno.

Miró la hora y frunció el ceño. ¡No es posible! ¡Apenas tenía tiempo!

-Debiste haberte levantado más temprano – se retó mientras encendía su auto.

La ciudad aún dormía, las calles estaban vacías. Él quería darle la sorpresa de llegar al departamento y llevarla a la estación, mas ahora debía acelerar al máximo para alcanzar el tren.

Apretó los dientes y miró el camino concentrado. ¡Ella se iría en ese tren y probablemente no volvería a verla!

Su corazón latía con fuerza.

-¡Candy! ¡Candy!-, se repetía-. ¡Que no se haya ido! ¡Que no se haya ido todavía!

Giró en una esquina sin precaución. El joven del periódico le dijo unas cuantas palabrotas pues estuvo a punto de ser atropellado y sus diarios cayeron desordenados, pero el guapo inventor no se detuvo; a su regreso le daría unas monedas o le compraría todos los diarios si fuera necesario. Ahora solo ella importaba. Su plegaria era la misma: "¡Candy! ¡Que su tren aún no haya partido!"

La estación de Chicago ya era de las más famosas del país por su arquitectura. Era cómoda. Con estacionamiento. Con amplios andenes y enormes tragaluces. Stear bajó de su auto de un solo salto y corrió, con su tesoro en las manos.

¿Tendría su regalo la capacidad de lograr lo que él más deseaba? ¿Podría, una caja, una música, un diseño, en los tiempos de tristeza, recordarle a esa chica atolondrada que había alguien para quien era importante, alguien que la pensaba, que la cuidaba en silencio, que incluso… la amaba?

-¡Pero qué has pensado Stear! – Se retó nuevamente. Tú estás enamorado de Patty.

-¿Y entonces por qué corro a un andén, hacia un tren, buscando a una mujer que probablemente esté haciendo un viaje del que no piensa volver? ¿Por qué la busco? ¿Por qué desespero?

Su corazón latía más aprisa que de costumbre. Había corrido, estaba agitado, por supuesto, pero no era solo eso, eran sus secretos: sus deseos y sentimientos reprimidos en el tiempo, que de alguna manera se negaban a seguir presos. ¿Podría ocultarle a ella lo que había en sus pensamientos?

Se irguió con desesperación al llegar al andén indicado. Sus ojos fueron y vinieron de un lado a otro respondiendo a la urgencia. Estaba tenso, triste, entusiasmado ¡todo al mismo tiempo!

-¡No debo! ¡No debo! – se repetía -. ¿Y si no vuelvo? ¿Me llevaré a la tumba mi secreto? ¿Qué caso tiene decirle? Tan solo la apenaría porque no puede corresponderme. Será mejor que las cosas sigan como hasta el momento.

Entonces, sus ojos negros; profundos como la noche, tristes como un blue e inteligentes la localizaron. Stear se quedó de una pieza y aquéllos sentimientos de celos por saberla capaz de levantarse temprano por Terry se arremolinaron en él al verla tan guapa, tan soberbia… en ese rojo tan suyo, tan vivaz… ¿En serio no se da cuenta que el rojo es pasión? ¿Qué le pasa a esta chica? ¿Acaso quiere que Terry pierda la cabeza? ¡No! ¡Que no se atreva! ¡Porque si me entero…!

-¿Pero qué te pasa Alistar Cornwell? ¿Desconfías de ella? – Stear sonrió pesadamente. La vio dirigirse al tren. La disfrutó de pies a cabeza. Ella era tan linda, tan bella. ¡¿Qué importaba que se hubiese arreglado para encontrarse con otro, si ahora, en este momento, era él quien estaba ahí, a tan solo unos pasos y podía llenar sus ojos, su alma misma, de ella?! ¡Al diablo con Grandchester! ¡Hoy puedo olvidarme de ser un caballero!

Se armó de valor y corrió hacia ella, tenía que detenerla.

-¡Candy, Candy! – la llamó entusiasmado.

-Stear – respondió ella sorprendida, aunque él adivinó que se sentía complacida.

-¡Llegué, pensé que no te vería! – confesó sin pensar. De inmediato. Mostrando inocentemente su por demás interés en ella.

-¡Stear! ¿¡Viniste a despedirme!? ¡Te dije que no hacía falta tan temprano! – era cierto. Él le había pedido que le permitiera acompañarla, pero ella se había negado ¿Cómo explicarle a Candy? ¿Cómo ayudarla a comprender que todo lo que él deseaba, era el placer de estar cerca de ella un poco más? Tan solo un poco más…

-Sí, pero no soportaba la idea de que te encontraras tan sola – explicó de tajo. Y era verdad, jamás Alistar Cornwell había gustado de saberla sola, vulnerable, sin importar cuán fuerte fuera, él siempre había deseado cuidar de ella.

Desde aquél primer encuentro, ese había sido su objetivo… Que ella no se sintiera sola jamás. Tuvo un Deja Vú: "No estoy paseando, me han dejado sola" había dicho ella. En aquél determinante instante, todo había comenzado; "…te llevaré a casa" le respondió. La verdad era que tampoco soportaba la idea de él sentirse tan solo.

Hoy Terry se la arrebataba. Ya no tenía esperanza. Si ya no había esperanza… él había tomado una decisión: Darle sentido a su vida. Esa idea había estado rondando su cabeza desde hacía días, pero solo hasta que estuvo seguro que Candice White estaría bien, se había decidido a hacerlo. Él era su paladín y en secreto… siempre se había contado como el primero ¿Acaso no había sido su idea? ¡Eso le daba el derecho de llamarse el primero de los tres! Y la cuidó, cumplió su promesa, hasta que comprendió que ahora era alguien más quien cuidaría de ella…

-¡Pero pronto volveré, Stear! – replicó Candy. Con una sonrisa de incertidumbre. Stear la había sorprendido. Este era un detalle fuera de lo común.

Dieron unos pasos, el semblante de Stear cambió. Había tristeza en el primogénito de los Cornwell, su cuerpo estaba tenso, unas ojeras enormes estaban alrededor de sus ojos, trataba de fingir, pero ella lo conocía muy bien.

-¿Pero qué te pasa? Estás tan distinto hoy – subrayó ella.

-¡No! ¡Nada, Candy! –mintió. Había decidido guardarse su secreto -. Dale saludos a Terry – agregó.

-Muchas gracias, te traeré un regalo.

-¡Qué bien! - aceptó. Y nuevamente se quedó callado. Quería decirle tantas cosas. Se moría por confesarle lo que realmente había en su corazón guardado para ella, solo para ella. Este era el momento… total… cuando ella regresara él… él estaría muy lejos. Pero tan solo agregó -: ¿Tienes frío? ¡Es mejor que subas al tren! – pero ella se negó con una sonrisa.

-Estoy bien, aunque ya es casi la hora de partir.

La pareja se miró a los ojos. Guardaron silencio. Había algo en Stear, había algo en Candy. Había algo en el ambiente, algo que flotaba. El semblante de Stear nuevamente se tornó serio.

-Candy… - rompió el silencio con nerviosismo.

-Stear… - había dicho ella al mismo tiempo, trémula, insegura, a media voz.

-¿Qué pasa Candy? – indagó, prestándole atención. Sin poder evitar aceptar que había un sentimiento extraño entre ellos.

-¡Oh! ¡Nada! – respondió la rubia sin estar segura de lo que decía; aunque después tomó valor y se sinceró. Lo miró a los ojos al agregar -: Pensaba que es la primera vez que podemos hablar a solas.

-Tienes razón – meditó. Él se acercó delicadamente. Se olvidó que había un límite permitido en esa época. Su voz era ronca, emocionada, solo para ella. Era una frase a medias, una frase que impedía ser terminada. Ahora podía sentir un nudo en la garganta. ¡Si tan solo pudiera detenerla! ¡Llevarla lejos! ¡Guardarla para él! ¡Solo para él!

Se había acercado demasiado ahora; podría abrazarla ahí mismo y pedirle, suplicarle que se quedara, que le diera una oportunidad, confesarle que ella era su inspiración, su mundo, aún más: su vida misma.

Las esmeraldas de Candy lo contemplaron emocionada. No entendía lo que estaba sintiendo. ¡Él no le había dicho nada! ¡Y ella iba camino a New York! Estaba aturdida. La colonia de Stear, su mirada, su compañía, su cuidado… se sentía abrumada, complacida. Se sentía confundida. Se sentía femenina, deseada; de pronto no deseaba irse. Se sentía tan cómoda al lado de Stear. Él no separó sus ojos profundos de las esmeraldas que contemplaba confundidas, sin saber de dónde se sintió más fuerte, más viril, más feliz… ¿Una esperanza? ¿Será posible?

-Stear yo – los sentidos del joven se encendieron. Aguantó la respiración ante la sincera y tímida voz femenina. ¡Ella lo había percibido! ¡Él lo podía percibir! ¡Ahí no había solo dos amigos! En esa plataforma de tren había algo más. Ella lo iba a confesar… estaba seguro. Fue entonces, que sucedió la interrupción. La peor de su vida. Aún peor que aquél fuego cruzado que casi interrumpe su existencia.

El silbato del tren. El horrible, desastroso, ruidoso y no deseado silbato del tren.

Ambos miraron desilusionados hacia el silbato. Se quedaron fríos.

-Partimos – fue la palabra que salió de los sensuales labios que él se moría por besar.

El nudo en su garganta le impidió responder palabra alguna. Su semblante era triste. Con esa palabra, ya no había nada más que agregar. Lo educaron como a un caballero. Ella había decidido y él debía respetar esa decisión. Sintió que ahora era a él a quien mandaban al diablo.

Asintió, como autorizando la distancia que los separaría de ahora en adelante. El silencio se prolongó, se volvió incómodo…

-Bueno, me voy. Adiós Stear – dijo ella mientras subía al tren. Eso lo hizo volver en sí y de su alma compungida salió una sola palabra-:

-¡Candy! – había desesperación y súplica en el tono.

-¡¿Qué!? – respondió ella, volviéndose de inmediato. Como si estuviera esperando tan solo su llamado, como si ella también buscase una razón para quedarse.

-Esto es un regalo – explicó mientras extendía su mano con su delicada creación hacia la joven – un invento especial.

-¡Ah! – ella la tomó complacida, agradecida -. ¿Qué es?

-¡Es la caja de la felicidad! – se esforzó por sonreír.

-¿Felicidad? – Candy abrió la caja y una delicada melodía se escapó de la misma - ¡Una caja de música! ¡Qué belleza! ¡Gracias!

-Cada vez que abras la caja y escuches la música, te sentirás más feliz.

-¡Gracias Stear!

-Tienes que sentirte feliz, Candy – expresó como si fuera una súplica. Él no estaría allí más para ella y quería que ella solo tuviera un propósito: la felicidad plena. Esa era su mayor preocupación.

-Pero Stear, hablas como si no nos volviéramos a ver.

Él la miró profundamente. No podía apartarse de esos ojos verdes que siempre lo acompañaban. No podía separarse de ella, no quería. Las ruedas del tren entonces comenzaron a girar lentamente, llevándose con él a la joven que adoraba en silencio. Sus pies comenzaron a moverse hacia ella, sin dejar de mirarla; como si deseara fundir su mirada con la de él, llevársela para siempre.

-¡Adiós Stear! – ella se despidió con una sonrisa.

¡No! ¡El ya no podía guardarlo! ¡Sintió su sangre arder por vez primera! ¡Ella la encendía!

-¡Candy! – dijo con marcada desesperación mientras continuaba yendo tras ella.

-¡¿Qué pasa, Stear?! – respondió Candy, sorprendida. La magia del momento no había pasado del todo. En sus ojos había asombro, había descubierto algo nuevo, un fuego maravilloso en la negra profundidad que la contemplaba. El tren, sin embargo, continuaba avanzando…

-¡Candy! – Su grito fue más fuerte. Stear apresuró sus pasos sintiendo que la vida se le escapaba. Tratando de aferrarse a estos instantes que él sabía, serían los últimos en que se sentiría tan pleno.

La velocidad del tren fue exponencial. En unos segundos ya casi estaba a toda marcha y ella tuvo que gritar:

-¡Hasta pronto, Stear!

-¡Candy! – este último fue un llamado desesperado, una súplica. El deseo de expresar un secreto guardado que quema, que da vida, pero que hiere al mismo tiempo.

-¡Stear!

-¡Adiós, Candy! ¡Adiós, Candy!– fue el desesperado escape mientras corría hacia ella -. ¡Adiós Candy! – gritó con más fuerza que nunca mientras incrementaba su velocidad esforzándose por prolongar el momento de tenerla frente a él, solo para él, un momento moribundo, pero suyo, solo suyo. Corrió por la plataforma en ese intento cada vez más a prisa… un poco más de tiempo… solo un poco más de tiempo para estar cerca de ella.

Pero ella se aleja; en ese tren, se aleja de él sin siquiera saber con certeza que tras el tren hay un hombre que si corre desesperado, no es por una simple despedida, sino porque se aferra a lo que parece su último instante de felicidad.

La plataforma del andén había terminado. Ya no podía seguir corriendo tras el tren. Levantó su mano en una última despedida y cuando ya estuvo fuera de su alcance, lo invadió un infinito vacío, una terrible tristeza. Ella se había ido. Quizás pronto volvería.

Él pronto se marcharía también. ¿Pero volvería? El nudo en su garganta no lo abandonaba. Contempló ese tren que se alejaba con su tesoro más preciado y murmuró al viento con vacío dentro de sí, incluso ya casi sin habla-: "Adiós, Candy. Adiós".

Stear no dejaba de darle vueltas al asunto. Tras revivir su más caro recuerdo, se hizo la pregunta obligatoria, la misma que se hacía cada vez que meditaba al respecto.

-¿Qué quería decirme Candy cuando fue interrumpida?

Suspiró delicadamente.

-¿Qué había en esos ojos verdes? – Alistar se recargó aún más pesadamente en la pared fría y miró hacia la ventana.

No había prestado atención a las voces que venían de afuera, de la calle. Estaba tan ensimismado en sus pensamientos y tiernos recuerdos que no prestaba atención a lo que sucedía, una actitud muy poco frecuente en él pues siempre aprovechaba esas ocasiones para ocupar su mente.

Las voces siguieron creciendo pero ya en el patio oriente; también empezó a notar que dentro de la prisión, en los pasillos fuera de su celda, algunos guardias corrían de un lado a otro en busca del jefe de turno.

Trató de hacer caso omiso: Él estaba sumergido en un dulce recuerdo, en algo que lo llenaba, que lo hacía sentir bien en medio de tanta inmundicia.

Volvió a pensar en el rojo de su atuendo, en el verde de sus ojos como la hierba, en el blanco de su piel como la nieve, en el rosa de sus mejillas…

-¡No! ¡Dile que con Rosa no! – un grito vino del pasillo. Un grito que infundiría miedo, sin embargo, Alistar interpretó como un grito nervioso.

-Diablos – pensó – ¡¿Qué puede ser tan importante?!

De pronto su corazón dio un brinco fuera de lo común. Él lo interpretó como enojo. Alguien, con ese estruendo, lo había sacado de su meditación, de sus recuerdos, donde estaba con aquella chica linda a quien visitaba en sueños.

-¡Dijo que se apresure! ¡Que cerca de Rosa es la instrucción y que no aceptará protestas!

-¿Dónde está? – indagó el jefe de turno ante el cabo fuera de la celda del piloto.

-Aún en el auto…

-¡¿Un auto?! – Stear sintió curiosidad y se levantó con su pequeño espejo en la mano, quería saber qué era todo ese ajetreo.

-Él está yendo hacia allá para recibir…

Stear sacó de su bolsillo el pequeño espejo una vez que estuvo cerca de la alta ventana.

-¡A quién le importa! ¡Yo prefiero seguir pensando en ella! – se giró determinado a recargarse nuevamente en la pared y a tratar de aislarse de los ruidos que la separaban de él. Esta tarde, la chica de sus sueños sería solo de él y para él. Cerró sus ojos asilándose de todos, pero acompañado de unos ojos verdes que lo hicieron sentir cálido.

Malinalli, para la Guerra Florida 2014