HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 6

La última ola.

"Anthony, quien vive en mi mente,

Quien viene a mí con su cabello rubio flotando en el viento.

¡Oh, Anthony!

¿Por qué no me hablas hoy?"

(Kyoko Mizuki).

Alfred no tuvo mucho tiempo para reponerse del escalofrío que recorrió su cuerpo en cuanto escuchó tal título. "La Duquesa de Grandchester" había dicho Kiel; no había duda, él había escuchado bien.

Sintió que su corazón se saldría de su pecho. Un agobiante calor se apoderó de él entrando por sus pies y explotando en su cabeza, por cada uno de sus cabellos. Percibió cómo los poros de su piel, sin excepción, se erizaron al instante, tuvo la necesidad de tragar saliva, pero su boca estaba seca.

Abrió sus ojos como platos, sorprendido. Aún sin poder asimilar lo que estaba sucediendo. Escondió su asombro mirando hacia el piso, en un intento por recuperar la cordura, por mantenerse frío, pero ¿cómo hacerlo si la joven que había mantenido cautiva en sus pensamientos de pronto, sin aviso previo, se apoderaba de ellos, y no solo eso… se apoderaba de la poca cordura que aún le quedaba?

Él pensaba en Candice dormida en una tibia cama, frente a una chimenea, o quizás, tomando el té acompañando a la reina. Jamás imaginó, al venir a Poznan, que su intención por ayudar a su primo, se tornaría de esta manera tan absurda, tan sin sentido.

En fracciones de segundos, muchos pensamientos vinieron a la cabeza de Alfred Kursbach:

Acompañados de un sentimiento de júbilo, de éxtasis; ¡Volvería a verla en solo unos instantes! ¡En poco tiempo estaría frente a ella y podría reflejarse una vez más en esas verdes pupilas que adoraba! ¿Pero qué haría ella? ¿Lo reconocería? ¿Lo descubriría ante Kiel? ¿Y si verla ponía su misión en peligro? Eso no era posible, ella lo creía muerto, además, era imposible que lo reconociera con ese uniforme. Ya habían pasado varios años. Hoy eran adultos, no aquéllos chiquillos que soñaban con una vida juntos.

-¡No, no, no! ¡Estás mal Anthony! ¡Recuerda que ella es ajena! ¡No tienes derecho a sentir emoción por estar cerca de ella!

-¡Cierto! – se reprochó en esa fracción de segundo mientras otro pensamiento lo abordaba sin pedir permiso.

-¡Pero qué importa que ella sea de otro! ¡Tampoco estás pensando en llevártela a la cama!

Los colores se le vinieron entonces al rostro, se había descubierto a sí mismo evocando sus más eróticos y secretos sueños; afortunadamente, una siguiente idea abordó el tren de pensamientos que se arremolinaban dentro de él:

-¡Está prisionera! ¡Está en peligro!

-En eso deberías enfocarte – se respondió sorprendido mientras sin pensarlo dos veces caminaba nervioso tras Kiel ya por el pasillo que conducía a la entrada de prisioneros.

A lo lejos escuchó una voz, algo que no comprendía. Sus pies entonces se detuvieron aunque su corazón corría desesperado, deseando que el pasillo sucumbiera por fin en la distancia y él poder encontrarse con aquélla mujer que hoy era capaz de provocar en él esas reacciones.

-¡Señor Kursbach! – la seca voz provenía del director de la prisión que de golpe se había detenido y había volteado hacia él, su lenguaje corporal reclamaba una respuesta del Feldwebel.

En ese instante supo que debía sobreponerse a los efectos de la noticia y prestar atención a lo que Kiel trataba de decirle. Posó sus ojos en los del susodicho, deseando con todas sus fuerzas adivinar lo que el hombre le había dicho y él no había escuchado.

-¿Entonces, conoce o no de medicina?

El Feldwebel, en esa fracción de segundos que se perdió en sus pensamientos, se salió de la realidad que le rodeaba. No se había enterado que Hans había indicado que su entrega estaba enferma, que necesitaba ayuda médica.

Cuando el Kiel vio avanzar a Alfred Kursbach tras él, supuso que el recién llegado conocía de medicina y que se consideraba apto para ayudar.

-¿De medicina? Solo un poco – respondió confundido. La verdad es que lo único que sabía de medicina era que las enfermeras son lindas y que los médicos, por lo regular usan una bata blanca. Pero eso no le preocupaba en lo más mínimo, notaba que su cuerpo estaba helado, estaba sudando a pesar del frío intenso, su corazón latía más aprisa que de costumbre y se aceleraba a medida que reconocía que estaba cerca de Candy.

Aún no pasaba su asombro. Se preguntaba si estaba en uno de sus sueños. ¿Cómo había llegado ella ahí? ¡Candy! ¡Candy! Lo único que deseaba era tomarla en sus brazos, llevarla a su habitación, cerrar con mil candados y protegerla de Kiel.

De pronto se mirada se tornó dura hacia Kiel que ya le había dado la espalda y continuaba avanzando con urgencia hacia la entrada de prisioneros.

-No tenemos personal suficiente – se excusó con Alfred, como si a estas alturas, el Feldwebel estuviera pensando en eso.

Anthony seguía caminando en una nube; luchando con todas sus fuerzas por mantener la sangre fría. No serviría de nada si perdía el control.

Finalmente, el intenso frío de la tarde lo hizo volver en sí. Habían llegado el patio oriente, en donde un auto estaba estacionado. El viento aterrizó en su rostro y despejó un poco sus pensamientos.

Hans se adelantó y abrió la portezuela, nervioso y preocupado.

-¡Pero qué es esto! – Espetó con enojo Kiel – ¿Por qué has traído dos mujeres?

-Ellas estaban juntas – explicó con rapidez mientras se apresuraba a tomar a Ana en brazos. Sabía que tenía que ser convincente -. Si solo hubiera traído a la Duquesa de Grandchester, su amiga habría alertado al hospital de inmediato. No habría tenido tiempo para alejarme. Escuché cuando el doctor de guardia las envió a descansar y les advirtió que no las quería ver en 36 horas. Así que pensé que 36 horas me daría la ventaja suficiente para salir de Londres.

El semblante de Kiel entonces cambió por completo y se dirigió con aire suficiente a Alfred. Ya Hans tenía el desvanecido cuerpo de Ana en sus brazos y se disponía a entrar a la prisión.

-¿Lo ve Kursbach? Solo la gente más eficiente está a mi servicio – se regordeó una vez más sonriendo triunfante.

Alfred Kursbach no respondió esta vez al comentario. Sus sentidos estaban alertas, esperando por ver salir a Candy del auto; solo esperó dos segundos antes de saber que algo andaba mal… se agachó y vio el cuerpo cansado y enfermo de Candice. Ella no estaba inconsciente, pero se le veía bastante mal. El virus que había provocado la fiebre en Ana se había transmitido a Candy, por supuesto.

Ella tenía sus ojos abiertos, pero estaba cansada, presa de fiebre. Su cuerpo padecía mucho dolor y no le respondía; era como el de una muñeca de trapo. Su cabeza estaba descansando en el asiento.

Anthony la miró y se sintió miserable. Encontrarla así… tan débil, tan enferma, tan cansada y al mismo tiempo tan decidida a no dejarse vencer. Su palidez era fuera de todo lo que él había visto; no estaba sonrojada como él siempre la soñaba. Sus rizos dorados y largos estaban sucios, desaliñados, grasosos. Estaba delgada y no desprendía el aroma agradable que él hubiera deseado percibir.

Hubiera querido abrazarla ahí mismo, en ese mismo instante, consolarla, decirle que ahí estaría él y que cuidaría de ella.

Posó su rodilla en el asiento trasero para apoyarse y atraerla hacia sus brazos. Cuando la tuvo tan cerca fue para él como un milagro, como si hoy hubiese nacido nuevamente; se sintió completo de nuevo. El velo de negación que había tejido todos esos años desapareció, en ese momento, solo existía ella en su mundo y el dulce calor del cuerpo femenino prácticamente desvanecido.

Cuando ella sintió los brazos que la acogían, levantó la mirada y le sonrió débilmente. Candy acercó su cuerpo cansado al pecho del Feldwebel y se dejó llevar por él. Ya él la había sacado del auto y ahora cuidaba que la capa de enfermera que portaba la abrigara un poco más.

Kiel no prestó atención al lenguaje corporal del Feldwebel. Le pareció bueno que él hubiera venido para ayudar, pues de otro modo, habría sido él quien llevara en brazos a esa chica enferma y flaca.

Anthony era presa de muchas emociones. Sabía que debía mantener la cordura, estaba temblando, pero tenía la esperanza de que Kiel, en su éxtasis de triunfo ni siquiera lo notara. Había una lágrima que amenazaba con aventurarse a delatarlo, pero entonces, el Feldwebel, se tornó hacia la prisión dándole le espalda al Kiel.

-Lo sigo – le indicó tan frío como le fue posible. Prefería que Kiel se adelantara para evitar que lo mirara, pues no estaba seguro de poder disimular tan bien las emociones que experimentaba.

En realidad a Kiel no le importaba. No había prestado a tención a nada. Anthony caminó con su carga delicada en sus brazos y, en la privacidad del pasillo atrajo a Candice hacia él, buscando refugiarse en ella… o refugiarla a ella en él… lo que fuera. Ahora, aquél deseo de que el pasillo fuera más corto se convertía en lo contrario: Anthony deseaba que fuera tan largo como el pasillo que conectaba la torre sur con el salón de baile de la mansión de las rosas… deseaba poder llevar a Candy en sus brazos por más tiempo.

Ella entonces abrió sus ojos y levantó su mirada para reencontrarse con esos ojos pedazos de cielo, que la miraban con profunda tristeza, preocupación y ternura.

-Anthony – le dijo a media voz, apenas audible. Ella no tenía fuerza alguna para hablar, sin embargo, había hecho un esfuerzo por llamarlo; y entonces, la sangre del militar hirvió como hacía tiempo no lo hacía. Trató de conservarse sereno, y desvió su mirada hacia el frente.

-Parece que está muy enferma – dijo con indiferencia el director de la prisión sin detenerse – ya delira.

-Eso parece – respondió Alfred con su marcado y perfecto acento alemán. Solamente así podría mantenerse frío. Solo interpretando un papel podría encontrar la concentración requerida para una misión de rescate que hoy más que nunca lo reclamaba.

-¡Anthony! ¿Por qué no me hablas hoy? – insistió la enfermera. Su voz casi no se percibía, no era aquélla voz entusiasta y sonora que el joven recordaba. Era una voz ausente, perdida y débil, muy débil.

El Feldwebel no podía responder a sus preguntas. Como única reacción, acercó más el cuerpo de Candy hacia él sintiendo el corazón de la joven latir cerca del suyo. Se llenó de calidez… de aquélla calidez añorada.

-¿Hoy no bailarás conmigo? – Anthony no sabía qué hacer. Las cosas que ella decía eran recuerdos que él había encerrado y hoy Candy, tan solo con girar una llave que solo le pertenecía a ella los dejaba escapar.

Anthony comprendía que ella también evocaba el recuerdo del pasillo de la torre sur al salón de baile. Aquélla ocasión él la había tomado en sus brazos y había bailado con ella. Pero hoy no podía balancearla, hoy solo debía resguardarla, protegerla y devolverla sana y salva a su esposo.

-¡Su esposo! – Anthony sintió que su estómago se revolvía. Se sintió mareado. Esa era la realidad de la que él había estado huyendo y que hoy se presentaba delante de él como una realidad cruda y fría.

El cuerpo de Candy era una carga deliciosa que dejaba en su boca un sabor amargo. La tenía en brazos pero no era suya. Habían pasado muchos años desde la última vez de ese cálido contacto; lo había pensado tantas veces y hoy, al hacerlo realidad era incapaz de disfrutarlo.

Se sentía angustiado, por la salud de la joven. Rogaba con toda su alma al cielo que olvidara esos delirios cuando sanara, que no los pusiera en peligro.

Finalmente el pasillo llegó a su destino. El Feldwebel no sabía si estar triste o agradecido por separarse de la carga que llevaba en sus brazos. Miró la descuidada enfermería de la prisión. Era un cuartucho sucio, con solamente una cama y un sillón incómodo en un rincón. Hans había depositado a Ana en la cama y Anthony se dirigió al sillón, como si no le pesara dejar ahí a Candy.

Aunque Anthony sintió pena por tener que separarse de Candy, por tener que dejarla en esas condiciones. No había ventana alguna y el aire era húmedo y pesado. Hubiera deseado llevarla a su cama aunque él tuviera que pasar toda la noche dormido en el piso.

-Iré a verificar la celda – Kiel actuó sin reparo. No estaba preocupado por la salud de las prisioneras, todo lo que quería era que todo estuviera "en su lugar" y, para él, las prisioneras debían estar bien resguardadas en unas buenas celdas –. Venga conmigo, le indicó a Alfred, le llevaré con Rosa.

Alfred buscó frialdad dentro de sí. Y cuando encontró la fuerza para retirarse de Candy, la suave mano de ella lo detuvo.

-Anthony, no te vayas – le rogó. Sus esmeraldas se abrieron enormes y vivas, por un momento el joven tuvo miedo de que la chica estuviera consciente y lo hubiese reconocido – préstame tus alas para volar contigo.

El Feldwebel se soltó del agarre de la joven y tuvo que usar todo su aplomo para no derrumbarse. Ella se veía tan delicada, tan expuesta. Tuvo miedo de dejarla, pero de inmediato vio la postura de Hans, descubrió la sincera preocupación en el rostro del soldado y supo que ella estaría bien.

Con la personalidad altanera que había estado fingiendo, como pudo se liberó del contacto de Candy y se dispuso a seguir a Kiel, sin mirar nuevamente a Hans, aunque de inmediato percibió que una parte de él ya no era de él; se había quedado ahí con ella, por eso, al tenerla en sus brazos se había sentido nuevamente completo.

Caminó tras de Kiel, tan solo un par de pasos. Con sus largas piernas había logrado alcanzarlo fácilmente. No lograba apartar de su cabeza la sensación de tener a esa chica en sus brazos y, sin poder evitarlo, una ligera sonrisa apareció en su rostro, de pronto se sentía revitalizado. Una cosa era totalmente cierta: Candy aún lo recordaba. Aún guardaba en su memoria un lugar para él. No sabía si en su corazón seguía aquél mismo lugar; no sabía si lo había borrado para amar por completo a su esposo, o si había dejado ese pedacito exclusivo solo para él; pero saber que ella lo recordaba lo llenó de gozo. Y esa sonrisa pequeña de pronto le llenó el rostro de luz, afortunadamente Kiel era incapaz de notar el solaz en el alma del Feldwebel.

Alfred Kursbach debía mantenerse sereno. No tenía tiempo para detenerse. Había hecho planes que lo llevaran a ver a Rosa esa misma tarde, tenía esa oportunidad y debía aprovecharla.

Sabía que debía desconectarse de las sensaciones recién experimentadas, sabía que debía recuperarse. Quizás sí: Quizás la mejor forma de tomar las riendas era precisamente tomar la oportunidad frente a él. Alfred Kursbach respiró profundo. Sus ojos azules que hace unos momentos habían sido un cielo apacible al mirar a Candy, ahora eran un mar con movimiento, vivaces, expectantes, enfocados en una sola cosa: Mantener el control de la situación.

Hasta ahora, el Feldwebel no había estado en el área de celdas. Un celador lo condujo hasta Rosa, pues Kiel se había quedado discutiendo con el jefe de turno, quien tenía mil argumentos para que la Duquesa de Grandchester no estuviera junto a Rosa de Luxemburgo. Anthony no comprendía muy bien cada detalle, sin embargo, estaba seguro de que si quería hablar con privacidad con Rosa tenía que apresurarse; quizás esta sería la única oportunidad que tuviera de charlar con ella.

Anthony tenía el ceño fruncido, eran demasiadas las decisiones que debía tomar y, ciertamente, esta no era la mejor forma de tomarlas, tan precipitadas, tan inesperadas. Estaba seguro de que debía darle a Rosa las noticias que portaba, pero se había propuesto analizarla primero, saber si podía confiar en ella, y ahora, de pronto, se veía presionado para hacerlo sin tapujos.

La llave del cerrojo de la celda hizo un ruido extraño que ocasionó que un escalofrío recorriera al Feldwebel. El celador abrió la puerta sin importarle si la dama dentro estaba o no dispuesta, entró con Alfred Kursbach tras de él, le sonrió con suficiencia y abandonó la celda.

La celda de Rosa era mucho mejor que la de Alistar. Tenía un par de camas, una pequeña mesa entre las camas, una vela gruesa sobre la mesa y una desgastada e incómoda silla. Había un baño al final del pasillo, al que Rosa tenía acceso tres veces por día.

Alfred irguió si postura ante la presa. Ella permaneció sentada, analizándolo de pies a cabeza. Estaba incómoda ante el intruso y molesta por haber sido interrumpida en sus meditaciones. El Feldwebel permitió que la dama lo examinara, sus ojos se posaron en los de ella escudriñando la figura que ahora se acercaba a él con curiosidad.

Era una dama de 46 años, que había estado presa los últimos tres o cuatro años: "Si ellos esperan que asesinemos a los franceses o a cualquier otro hermano extranjero, digámosles: No, bajo ninguna circunstancia'". Esa había sido la frase famosa que la había llevado a juicio y en este momento preciso celebraba y exaltaba la revolución rusa.

-Me parece que lo he visto antes – contrario a lo que esperaba, la dama en cuestión sonrió al recién llegado con calidez. Había cambiado por completo su actitud de defensiva.

-Sí. Usted solía visitar la casa Kursbach, en Lorena – explicó.

-Uhmmm… - la mujer continuó examinando el alto y esbelto joven frente a ella – ¿Es parte de la familia?

-Así es – Anthony no se atrevía a mantener el contacto visual por mucho tiempo con Rosa. Esa mujer era fuerte a pesar de que su cuerpo estaba débil. Comprendió que las barras no doman al espíritu cuando este permanece firme e inmutable ante sus principios.

-¿Y qué es lo está haciendo aquí, Señor Kursbach? – la dama subrayó el apellido. Ahora era ella quien analizaba si podía confiar en este guapo Feldwebel. Su uniforme revelaba el nombre y el alto rango del oficial frente a él. Aunque a Rosa le era difícil imaginar esos ojos apacibles dando órdenes en plena batalla, la responsabilidad principal de un Feldwebel.

-Tengo información importante para su causa – dijo ya sin tapujos – el pequeño fuego de la vela bailoteaba, afuera, la tarde empezaba a tornarse obscuridad y por lo tanto, la pequeña luz empezaba a ser incapaz de mantener la celda completamente iluminada.

-¿Información? ¿Un Feldwebel quiere compartir información conmigo y mi causa? – obviamente no sería fácil convencer a las suspicaz mujer y Alfred no tenía intenciones de ser completamente sincero con la líder demócrata.

-Tal como usted lo ha mencionado – había seriedad en el rostro masculino. Estaba decidido e concentrarse en la conversación y a obtener lo que necesitaba.

-¿Y por qué cree usted que su información puede interesarme? – indagó curiosa, aún sin mostrarse totalmente abierta.

-Porque a usted le disgusta la injusticia contra el pueblo.

-¿Debo suponer que pedirá algo a cambio, no es así?

-Totalmente – esta vez la mirada de Anthony abandonó el punto en la pared que había elegido para dirigirse firmemente hacia la dama.

Ella sostuvo el contacto con fuerza, pese al claroscuro de la celda, la mujer se sentía sumamente cómoda ante este joven vivaz. Podía reconocer la sinceridad en sus pocas palabras.

-¿De qué se trata?

El Feldwebel recordó que no tenía mucho tiempo, así que fue al grano. Irguió aún más su cuerpo y habló con claridad, pausado, para que su mensaje fuese claro y directo.

-Usted debe saber que desde que los norteamericanos se unieron a la guerra hemos estado perdiendo territorios. Los aliados están avanzando con rapidez por tierra y la flota inglesa continua siendo fuerte.

Rosa lo miró sin poder hilar la noticia. Toda esa información la conocía, no era nueva para ella. Lo miró curiosa, invitándolo a continuar.

-Los generales Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff han casi aceptado que no podremos resistir más tiempo a los aliados. Me enteré que el 5 de octubre, tan solo un día antes de yo abandonar Berlín, el káiser Guillermo II aceptó una modificación del gobierno y designó como canciller al príncipe Max von Baden con el fin de sondear un acuerdo de paz.

Rosa lo escuchaba atenta; hasta ahora, toda la información, no le daba ninguna ventaja al Feldwebel, para algún fin específico. Debía aceptar que se sentía extrañamente cómoda con este joven y que le inspiraba confianza. ¿A dónde la conduciría la información que, supuestamente era importante? Todo lo que este hombre había dicho favorecía el cese al fuego, algo por lo que ella y sus aliados habían estado luchando.

Anthony comprendió que debía continuar. Ahora casi llegaba al punto de su negociación. Trató de seguir concentrado, aunque era imposible hacer a un lado su miedo a ser interrumpido por Kiel y su preocupación por saber a dónde había asignado a Candy.

-Ante la derrota, los altos jefes de la marina, liderados por el almirante Reinhard Scheer, intentan lanzar una operación desesperada con el fin de estabilizar la balanza en favor de Alemania o al menos ofreciera mejores condiciones de paz-, ahora la había atrapado, el Feldwebel descubrió un pequeño brillo en los ojos de Rosa. Ella se acercó a él y Alfred comprendió que lo que la dama deseaba era que pudiera baja el volumen de su voz. Sintió confianza y continuó-:

-Con el fin de "salvar el honor de la flota alemana" y mejorar los acuerdos de paz, los jefes máximos de la Kaiserliche Marine trazaron un audaz plan de ataque contra la Royal Navy en los puertos del Canal de la Mancha.

-¡Pero si dice usted que la han aceptado que hemos perdido la guerra! ¡Cómo es que están planeando un ataque!

-El plan es extremadamente arriesgado. Ellos saben que ponen en serio peligro de destrucción total a nuestros buques.

-¡Es un plan suicida! – la mujer no necesitó mucho tiempo para llegar a esa conclusión -. ¡Están pensando en sacrificar nuestros marinos con tal de mermar la Royal Navy!

Alfred respiró profundo. Sentía, hasta cierto punto, alivio por no haber tenido que explicar los planes bélicos. No tenía tiempo para ello.

-Es correcto – fue la única respuesta del Feldwebel.

-Guillermo y su estúpido sentimiento de envidia por la flota marítima inglesa.

-La fecha señalada de ejecución del plan es el 24 de octubre.

-¡Tan solo faltan dos semanas! – la sangre hervía por el cuerpo femenino. Se sentía enojada y muy frustrada por estar detrás de esas paredes. En un momento toda su energía se volcó en enojo. Aunque estaban murmurando, Alfred podía notar que ella gritaba con su cuerpo, se había llenado de ira.

Después de unos segundos, la mujer recobró la compostura, controló su respiración y, finalmente, volcó sus ojos decididos hacia el militar frente a ella.

-¿Y usted? ¿Qué obtiene a traerme esta información? – preguntó aún presa del enojo, sin embargo, controlando sus impulsos.

-Muchos marinos están en peligro de muerte – explicó sin titubear.

-Lo sé – ella lo apresuró, como presintiendo que su tiempo se agotaba.

-Cuando todo esto termine y usted y su gente tengan el control, deseo, que a cambio de la vida de esos marinos que usted podrá salvar, me dé la de tres prisioneros que están aquí mismo.

Ella lo miró confundida.

-¿Tres prisioneros? ¿Acaso desea terminar con la vida de esos prisioneros? ¿Se trata de una venganza personal? ¿Cómo sabe usted que nosotros tendremos el control? – eran demasiadas preguntas, pero Rosa estaba acostumbrada a indagar hasta quedar satisfecha.

-No pienso acabar con los prisioneros – Alfred se mantuvo firme. Su voz era clara y segura.

-¿Entonces?

-He compartido información importante con usted, porque es mi deseo salvar esas tres vidas – espetó sin mayor explicación-. Estoy seguro de que, con el ejemplo de la revolución rusa, tan solo bastará un llamado de usted para que haya una sublevación definitiva que termine con este conflicto.

-¿Se da cuenta que si descubren que fue usted quien compartió esta información conmigo, su vida peligra?

-Lo sé. Por eso solo le pido la vida de esos tres prisioneros. Es muy probable que yo muera antes de que ustedes tengan el control – Anthony tragó saliva. En realidad nunca se había puesto a pensar seriamente en que podría morir por traición, era una posibilidad que había sopesado, pero hasta este momento empezaba a tomar fuerza.

-¿Por qué esos prisioneros son importantes para usted? – la curiosidad femenina no abandonaba a la lideresa.

-Es un asunto muy privado. ¿Me garantiza usted la vida de esos tres prisioneros? ¿Los ayudará a volver a casa? – esta última pregunta fue prácticamente un ruego y Rosa lo descifró de inmediato.

-Al menos necesito saber los nombres de esos prisioneros.

-Cuando llegue el momento – Alfred fue firme. No daría los nombres todavía, debía ser discreto.

-Le diré algo Señor Kursbach, si lo que usted me ha dicho es cierto, entonces ha traído la llave para mi propia liberación. En unos cuántos días yo estaré fuera de aquí y podremos reconstruir todo lo que hemos perdido –. Era cierto, de hecho, así había sido planeado –. Si el pueblo logra tener el poder, entonces, cuando yo abandone esta prisión, sus amigos y usted, vendrán conmigo.

Rosa terminó de hablar en el momento justo. Alfred escuchó que la puerta se abría tras de él y solo tuvo tiempo de hacer una afirmación casi imperceptible.

-Señor Kursbach debe salir. Se terminó la hora de visitas – la voz del celador tras de él sonó con ironía, en tono de burla hacia la dama que estaba dentro de la celda.

Alfred regresó a su actuación fría y abandonó la celda sonriendo también irónicamente al celador, como si estuviese compartiendo su ironía.

Rosa se quedó ahí, de pie en medio de su celda. Las noticias que este Feldwebel había traído consigo impedirían el sacrificio de vidas humanas y marcarían, probablemente el fin del conflicto bélico, un fin completamente diferente al que habían planeado los altos oficiales germanos.

Como era de esperarse, esa noche Anthony no pudo dormir. Había demasiadas emociones dentro de él. A instancia suya, Kiel había permitido que las damas pasaran la noche en la enfermería, sin embargo había sido determinante: A la mañana siguiente estarían en las celdas. Tenía preparada para la Duquesa de Grandchester una celda como la del piloto de la Cuadrilla Lafayette y eso lo complacía enormemente. Mucho más que su primera idea de colocar a la Duquesa en la misma celda de Rosa de Luxemburgo.

Alfred no había podido ver a Stear, tan solo había escuchado de las malas condiciones en que el piloto se encontraba y pensar a Candy en las mismas condiciones le encendía la sangre.

Todo él estaba a la expectativa, tenía que encontrar el pretexto perfecto para volver a ver a Candy, saber cómo había pasado la noche.

Candy despertó tarde. Su cabeza le dolía y su cuerpo estaba muy débil. Tenía la sensación de haber estado en el cielo. Como si hubiese muerto, visitado a los ángeles y regresado al mundo terrenal. Se sentía decepcionada, había tenido un sueño apacible… se había visto rodeada de rosas, de su agradable perfume, de sus vistosos colores y en el centro, su ángel, el joven que con su sonrisa y mirada sincera la cobijaba continuamente dando alivio a sus penas.

Pero esta vez no lo había soñado como un adolescente, en este último sueño, Candice había estado en brazos de un hombre, pero ella sabía que era el mismo ángel.

No tenía tiempo para ponerse a meditar en todo aquello. Aún tenía fiebre, pero estaba recuperándose. Miró hacia la cama y vio a Ana que aún dormía. Tomó fuerza y caminó preocupada hacia ella. Con delicadeza posó su mano sobre la frente de la doctora y percibió que en ella no había alivio alguno todavía.

-La Duquesa irá a las mazmorras con los pilotos – una voz decidida en el pasillo se acercaba. Candy podía escuchar las botas y el andar veloz del portador de la voz.

-Pero señor, la Duquesa está muy enferma – esa era la voz de Hans. En un instante Candy recorrió el lugar y comprendió que habían llegado ya el final de su viaje. No percibió que Ana estaba despertando también y que había escuchado la amenaza del Director de la Prisión.

-Entonces… ¿cuál de las dos es la Duquesa de Grandchester? –los hombres entraron a la enfermería. Candy tuvo miedo al ver al hombre mal encarado, Ana alcanzó la mano de la rubia para comunicarse con ella, aún no comprendía muy bien lo que estaba sucediendo.

La enfermera apretó la mano de Ana mientras miraba fijamente hacia Kiel. Hans, tras el director de la prisión, las contemplaba consternado. El jefe de turno había convencido a Kiel de que las recién llegadas tuvieran el mismo trato que el piloto de Lafayette y Hans no había podido hacer nada por hacerlo cambiar de opinión.

-No voy a repetir la pregunta… -expresó Kiel, decido a separar a sus nuevas prisioneras.

-Yo – el semblante de Candice se tornó decidido. Tenía el mismo miedo que la embargó cuando la señora Legan le anunció que iría a México, sin embargo, sabía que debía ser fuerte. Lo había aprendido de aquélla experiencia.

El hombre la miró de pies a cabeza. Es cierto que esa mujer era bonita, sin embargo, no le parecía que tuviera la clase de la nobleza inglesa.

Ana la miró sorprendida. Todo estaba sucediendo demasiado rápido para reaccionar.

Fue entonces que el Feldwebel hizo su aparición. Lo primero que hizo fue mirar hacia la rubia enfermera, notó el miedo en sus ojos, quiso abrazarla ahí mismo; se veía tan triste, tan asustada. La última imagen que tenía de ella era sobre aquél hermoso corcel, en la cacería; se veía tan hermosa aquélla tarde, con el sol aterrizando en su pelo, con su voz entusiasmada, emocionada, sorprendida con el dominio que él mostraba… después todo se puso más brillante que nunca, antes de caer en una profunda obscuridad. Estaba pasmado; sin embargo, debía mantenerse frío. Buscó dentro de sí el tono más indiferente que encontró y se dirigió al director de la prisión sin volver a mirar a la enfermera.

-Kiel – lo llamó -. Necesito hablar con usted.

El hombre hizo un gesto de fastidio, indicándole que estaba ocupado.

-¡Es importante! – insistió Alfred mirándolo fijamente a los ojos, indicando que no aceptaría un no por respuesta. Finalmente, Alfred Kursbach era su superior y este hombre debía obedecerle.

Kiel abandonó la pequeña enfermería con enojo y se dirigió a su oficina.

-Candy – Ana se esforzó por hablar, quiso incorporarse, pero su cuerpo aún estaba muy débil.

-¡Ana! ¡No digas nada! – le sonrió.

-¡¿Cómo me pides que no diga nada?! ¡Acabo de escuchar que eres la Duquesa de Grandchester!

-Sí. Bueno. Es una larga historia – la enfermera le sonrió con inocencia – no te preocupes Ana, es un mal entendido, creo que me están confundiendo. Siento mucho que por mi culpa estemos en este lío.

-¿Por tu culpa? – la joven no comprendía una sola palabra de su amiga.

-Ellos nos trajeron porque creen que yo soy la Duquesa de Grandchester. Creo que no saben que no me casé con Terry – terminó con una pícara sonrisa, evitando el dolor que el recuerdo de su fatal rompimiento le provocaba.

-¿Terry? ¿Tú conoces a Terrence Grandchester? – preguntó incrédula; estaba muy débil, pero estaba descubriendo cosas que no se imaginó jamás.

-Ajá – aceptó aun sonriendo, tratando de restarle importancia al hecho – pero ha pasado mucho tiempo desde mi compromiso con él. No sabes cuánto siento este lío.

-¡Nunca me habías dicho que hubieses estado comprometida con el Duque de Grandchester! – el tono de Ana, aunque débil, denotaba cierto reproche. Candy comprendió que se sentía triste por no gozar de la plena confianza de la joven.

-No hubo oportunidad. Además, hace tiempo de eso – Candy bajó la mirada. Si bien estaba tratando de salir adelante, aún había una herida cicatrizando a ese respecto-. Hace tiempo que Terry y yo rompimos; escuché que ese hombre le decía a Hans que la Duquesa debía ir a las mazmorras… debo ir ahí, por mi culpa estamos en esto.

-¡No! ¡No es así! – dijo Hans nervioso –. Yo no me confundí. ¡Yo traje a la Duquesa de Grandchester! – dijo señalando a Ana.

-¿Tú eres la Duquesa de Grandchester? – exclamó Candy sorprendida. No entendía absolutamente nada. Para ella, la duquesa de Grandchester debía tener un apellido asociado a la farándula. Sintió un ligero nudo en el estómago ante la noticia.

-¡Sí! ¡Yo soy! – respondió sin más explicaciones; ella era discreta, no diría nada más.

-¿¡Entonces, el hijo que estás esperando…!? – Candy tuvo sentimientos encontrados. Siempre se había sentido feliz ante la llegada de un bebé, pero este era un bebé que en algún momento ella deseó darle a Terry.

-¡Te has dado cuenta!

-¡Por supuesto! ¡Soy enfermera!

-¡Candy! ¡Acabas de mentirle al jefe de la prisión! – exclamó Hans nervioso. Él comprendía mucho menos la conversación de las amigas frente a él.

-¡Sí! – Ella hizo un esfuerzo por seguir sonriendo, como si eso no tuviera la menor importancia –: Ana. No puedes ir en tu estado a las mazmorras. Tienes que proteger a tu bebé, por favor Hans, no digas nada.

-¡Pero Candy! – esta fue la primera vez que Hans permitió que sus sentimientos salieran por sus ojos. La miró sorprendido; sabía que esta chica rara era capaz de amar y servir, pero este sacrificio de su parte, era algo que sobrepujaba cualquier otro amor que él hubiese conocido.

-¡De ninguna manera, Candy! – Exclamó Ana. Quiso ponerse de pie, pero no tenía la fuerza todavía.

-¿Lo ves? ¿Así quieres tomar tu papel? Pondrás en peligro a tu bebé si dejas que te lleven a ese lugar. ¿Qué cuentas entregaré a ese mocoso malcriado si permito que te lleven a las mazmorras… a ti y a tu hijo? – subrayó.

-Supe del estado de los pilotos de Lafayette ¡¿Qué estaba pensando, Kiel?! Los prisioneros de guerra tienen derechos; ¿Sabe lo que sucederá si los países centrales envían aquí su comisión?

-¡Nunca lo han hecho! ¡No tienen por qué hacerlo ahora! – respondió con indiferencia. Aunque sabía que este hombre tenía razón.

-¿Es que olvidó los acuerdos de La Haya? ¡No me diga! – En los ojos del Feldwebel había enojo, un enojo que iba más allá de la simple desobediencia o el abuso de poder que tenía frente a él.

Alfred se acercó con pose amenazante, como un felino, sin embargo, trató de sonar conciliador. Su actitud confundió por completo al Director de la Prisión.

-Por supuesto que no los he olvidado, pero no comprendo por qué tener consideraciones con el enemigo – el tono que Kiel usaba ahora era completamente a la defensiva-. Nunca nadie viene a Poznan – insistió sin mayores argumentos.

-Kiel, no creo que esté al margen de las noticias. Estamos a punto de perder esta guerra – Ahora Alfred cerró toda distancia con su interlocutor, acercó su rostro amenazante al de Kiel y le explicó como si estuviera hablando con un niño de cinco años –: Lo primero que harán los países centrales será visitar a los prisioneros de guerra y juzgarnos a ti y a mí por crímenes – el enojo en Alfred Kursbach estaba llegando al límite.

Hubo un silencio profundo como respuesta. Kiel nunca había pensado – en realidad el hombre no pensaba mucho – más allá de los enemigos demócratas, los amigos de Rosa.

-¡Ahora desea hacer lo mismo con la Duquesa de Grandchester! – Alfred no quería ser obvio. Necesitaba convencer a Kiel de que estaban en el mismo equipo.

-¡Seguro que el Káiser se sentirá satisfecho!

-¿Está jugando, Kiel? ¿No se ha puesto a pensar que pueden estar incluso emparentados? ¡El Káiser es nieto de la Reina Victoria! ¡La Duquesa que ha traído prisionera está casada con el más alto noble inglés! ¡Para tener esa posición debes estar emparentado con los monarcas!

Hubo, entonces miedo en los ojos de Kiel y un terrible escalofrío recorrió el cuerpo del rubio frente a él.

-¿Está el Káiser enterado de que Lady Grandchester está aquí? – Alfred ya no podía más, estaba a punto de tomar al hombre por la solapa y darle su merecido ahí mismo.

Solo hubo un profundo y enorme silencio. Pero Alfred se llenó de bríos ante el mudo descubrimiento. Ahora era él quien haría el próximo movimiento. Estaba a punto de hacer su jugada cuando Kiel se animó a decir.

-¡Fueron los generales von Hindenburg y Ludendorff! ¡Ellos me dieron la orden! ¡Fueron ellos para complementar un plan que traen entre manos!

Alfred sabía que ante la orden de los generales no había nada que un Feldwebel pudiera hacer. De inmediato armó el rompecabezas y comprendió la presencia de Candy en Poznan.

-¡Escúcheme! ¡Y escúcheme bien Kiel! No querrá la enemistad del Káiser -. Alfred decidió poner distancia entre ese hombre y él, si seguía tan cerca, seguramente podría darle un buen puñetazo -. No debemos arriesgarnos ante Guillermo; si no está enterado del plan de los generales, vamos a tener problemas. Cierto es que fui enviado para defender el frente con Rusia, pero ellos ahora tienen su propia revolución, se mueren de hambre o se matan entre sí… no hay mucho qué hacer ahí. La mira del Káiser está en occidente, así que tengo mucho tiempo para vigilarlo.

Kiel sabía que él hablaba con la verdad. Estaba consciente de la superioridad de Alfred Kursbach en la milicia. Sabía que debía obedecerlo.

-Es bien sabido que ha acudido a la desnutrición, a los castigos y al acoso psicológico con los presos. ¡Incluso en la guerra hay códigos Kiel, y usted los ha roto todos! – Alfred no podía contenerse, su voz empezaba a delatar su enojo y eso era algo que él no deseaba: La enemistad con Kiel podría traerle problemas. Una vez más hizo un esfuerzo por controlarse, pero continuó -: Incluso les ha negado su derecho a la correspondencia. Una vez más Kiel: Si los países centrales lo descubren, habrá muchos problemas.

-¡Está bien Kursbach! Le daré un mejor trato a la tal Lady.

-¡No es suficiente! ¡Debe mejorar las condiciones de esos pilotos de quienes tanto he escuchado en una sola noche que he pasado aquí! – los cielos apacibles de Alfred eran historia, uno de los celadores se había vanagloriado de las condiciones en que su primo se encontraba y solo recordarlo, el Feldwebel sentía hervir su sangre.

-¡Esos pilotos pronto morirán, tal como murió ya uno de ellos! ¡Uno de está mal herido desde que llegaron! ¡El otro no vive en la realidad! ¡Está completamente loco! –, se mofó – ¡Ni siquiera se da cuenta de que es prisionero! ¡No habla!

-¿Y has atendido ya al piloto mal herido? – el Feldwebel prefirió hacer caso omiso a la terrible referencia del primo que tanto amaba.

-¡Claro que no! ¡No tengo servicio médico! ¡Y sinceramente no tengo interés en enviarlo a algún hospital! – Kiel empezaba a sentirse en su zona de confort al estar hablando de sus prisioneros. Tuvo la osadía de encender un cigarrillo, sentarse tras su escritorio y cruzar sus piernas, totalmente relajado, como si él tuviera la situación bajo control.

En un momento de silencio Kiel soltó un aro de humo mirando fijamente al Feldwebel. Alfred estaba tenso todavía; había ganado terreno, pero aún no era suficiente tenía que continuar siendo cauto.

-Kiel, escuché que las prisioneras son médico y enfermera, podría usarlas, darles un trato más digno y así el Káiser no estaría tan molesto con usted al enterarse.

-El Káiser no tiene por qué enojarse conmigo, yo solo obedezco órdenes – se encogió de hombros.

Alfred sintió que estaba discutiendo con alguien sin cerebro. Decidió ser claro y tomar lo que necesitaba; ya se había arriesgado mucho, como para dejar las cosas a mitad de camino.

-Dejará que ellas cuiden del piloto herido y al piloto que está fuera de sí… verá la manera de que limpie su celda y la celda de su compañero. No puede tenerlo por más tiempo en esas condiciones, créame, es peligroso lo que está haciendo con ellos. Debe permitirles asearse, Kiel; es un derecho básico.

-No comprendo su interés en los prisioneros.

-¡No son los prisioneros los que me preocupan! ¿No lo comprende? – Exclamó fríamente mientras se dirigía a un estante con libros y tomaba en sus manos un código pequeño, pulcramente encuadernado "Convención de la Haya sobre los términos legales y las costumbres de guerra, Octubre de 1907"; por su estado se dio cuenta de que nunca era leído. Alfred se sintió frustrado, molesto e indignado ante tal situación, pero igual continuó–: Estoy preocupado por usted y por mí. No tengo deseos de enfrentar crímenes de guerra.

Alfred hojeó el libro pequeño, hasta que encontró lo que buscaba y lo extendió hacia Kiel, invitándolo a leer:

Capítulo II. Consagrado a los prisioneros de guerra: «Los prisioneros de guerra están en poder del gobierno enemigo, pero no de los individuos o de los cuerpos que los han capturado. Deben ser tratados con humanidad. Todo lo que les pertenezca personalmente, excepto las armas, los caballos y los papeles militares, sigue siendo de su propiedad»

Kiel terminó de leer solo el primer párrafo y devolvió el libro al Feldwebel que lo miraba con reto en su mirada.

-Está bien Kursbach, supongo que tiene razón – Kiel abandonó con pazos largos su oficina. No se sentía feliz de tener que obedecer las órdenes de este recién llegado, pero era listo, y aceptaba que por el momento Kursbach tenía la sartén por el mango.

Kursbach por su parte comprendía su última visión. La última ola lo había alcanzado y él se sentía completamente extraño al respecto.

Malinalli, para la Guerra Florida 2014.