HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 7

Peregrinos

Cuando Ana despertó, al siguiente día, trató de ubicar sus pensamientos. Quiso medir el tiempo, quiso comprender cuántos días había estado en aquélla incómoda cama. Se sentía mejor. Notó algunos frascos con remedios y entonces recordó los cuidados que la enfermera había tenido para ella.

Se movió despacio, sabiendo todavía que su cuerpo estaba recuperándose. De pronto tenía muchas preguntas; lo último que recordaba con claridad era el sacrificio que Candice estaba dispuesta a hacer por ella, sin embargo, tenía algunos flashes de sus cuidados.

La descubrió descansando, en ese incómodo sillón, no quiso despertarla, pero la rubia abrió los ojos.

-Buen día – saludó optimista y Ana se preguntó qué podía tener de bueno, sin embargo respondió con la misma cortesía.

Los pasos por el pasillo de unas fuertes botas interrumpieron su naciente conversación. Frente a ellas estaba el Feldwebel Alfred Kursbach, con su mirada fría enfocada en el infinito, pero nunca en ellas, mucho menos en las esmeraldas curiosas y juguetonas que se atrevían a brillar en medio de esa miseria.

-Traje ropa limpia – fueron las únicas palabras de Alfred mientras depositaba un pequeño paquete forrado de papel con una austera cinta alrededor cerca de Candice.

Cuando el soldado se acercó a la enfermera tembló ligeramente y escondió aún más su mirada de ella.

-Gracias – respondió Candy sin reserva levantándose para tomar en sus manos el paquete.

La enfermería era muy pequeña y no pudo evitar rosar con su cuerpo el cuerpo del Feldwebel. Ambos sintieron una corriente invisible, ella se detuvo en seco y se atrevió a buscar los ojos del recién llegado, pero Alfred se mantuvo impávido, tratando de no sucumbir a la fuerza que le gritaba que le revelara su secreto.

Ella se sintió confundida. Supo que debía concentrarse en la ropa limpia que había traído para ellas. Hasta ahora, la joven imaginaba que ese paquete era ropa asignada a los prisioneros.

Ana, por su parte, siempre suspicaz, guardaba cada una de las reacciones del Feldwebel. Lo miró detenidamente: Era alto, atlético, guapo, de hecho, extremadamente guapo, con una deliciosa combinación de seriedad y nerviosismo, sus fríos ojos se llenaban de calidez cuando por fracciones de segundos se depositaban en Candy y su voz vacilaba ligeramente cuando se dirigía a ella.

Ella estaba mucho más confundida que Candice pues era capaz de ver los diferentes matices, mientras que para la rubia, siempre distraída, pasaban desapercibidas.

Ana miró el paquete ahora en las manos de Candice y también agradeció el detalle.

Era como si recién lo hubiese comprado, no parecía un papel de la prisión, sino de una tienda. Poznan se había mantenido lejos de los encuentros bélicos y su población se esforzaba por llevar una vida, tan normal como le era posible.

-En un momento Hans traerá equipo médico – les informó -. Kiel no está – añadió escondiendo su nerviosismo – le he pedido que les permita ejercer su profesión a favor de nuestros presos.

-¡Oh, fabuloso! ¿Entonces eso significa que ya no iré a las mazmorras? – los ojos de Candice brillaron emocionados e inocentes cuando se acercó irreverente a él. Se plantó frente al Feldwebel con entusiasmo; había algo en él que le impedía sentir temor, conservaba los extraños sentimientos que el breve e involuntario contacto con él le había provocado.

Ana, por su parte, aceptó mudamente. Estaba perdida, asimilando todo lo que escuchaba y veía.

Esta vez, Alfred había reparado en el pequeño detalle de, que si hablaba de medicina, era a Ana a quien debía dirigirse; eso quitó un peso de sus hombros pues ella no lo ponía nervioso. Dirigiéndose a Ana era capaz de mantenerse frío.

-Hay un par de prisioneros que deseo que sean atendidos de inmediato – la voz de Alfred era como una orden, como si se dirigiera a sus subordinados en el campo de batalla.

-¡La doctora aún no está en condiciones! – Candy interfirió por Ana.

-Seguro que usted, Mi lady – arrastró el título delante de Candy, sentía los celos apoderarse de él-; será capaz de atender a esos prisioneros -.

La dulce sonrisa de quien consideraba la Duquesa de Grandchester lo desarmaba, Alfred prefería construir una muralla entre él y la enfermera.

Alfred Kursbach no podía más. Su primer deseo ante el portal de las rosas había sido de consuelo, y comprendía que no había cambiado nada. Todo lo que él deseaba hacer era hacerla sonreír, porque resplandecía, brillaba y sí: Le parecía mucho más bella cuando sonreía.

-Cuando Hans venga, pídale que le lleve con los prisioneros en las mazmorras – ordenó mientras le daba la espalda, tenía que salir de ahí antes de que sus sentimientos lo delataran – y asegúrese de trenzar y proteger su pelo, hay una epidemia de piojos en esos presos.

-¡Qué tipo tan raro! – exclamó Candice cuando Alfred abandonó el lugar.

-¡Sí! ¡Es un tipo muy raro!

-Me recuerda a alguien – se sinceró la enfermera –. No puedo describirlo, pero cuando está cerca es como si… - Candy sacudió su idea, era una estupidez –. ¿Sabes qué, Ana? ¡Olvídalo! Tanto estrés me está volviendo loca.

La enfermera le dio la espalda a Ana.

-Anthony – fue su único pensamiento mientras suspiraba y se llenaba de brío para cumplir la orden que había recibido.

En el paquete había más que "ropa limpia", el Feldwebel había comprado para las damas la mejor ropa que había encontrado. Las prisioneras se ruborizaron cuando descubrieron hermosos corsés y bombachas de algodón; esa fue una sorpresa para Ana ¿por qué un oficial enemigo se había tomado la molestia de traer más que un par de vestidos limpios y sencillos? ¿Acaso no era suficiente con buscar algunos trapos limpios en la prisión y traerlos para ellas? Pero Candice no reparaba en esto.

La enfermera se aseó al instante; la enfermería tenía un baño, el agua estaba fría, pero eso a Candy no le molestaba. En el paquete también había jabón y no lo pensó dos veces antes de asearse. Ana sabía que aún tenía que mejorar antes de poder cumplir como médico. Estaba muy preocupada por el giro que su vida estaba dando, ¿Sabría su esposo dónde encontrarla? ¿Habrá sido Terry capaz de seguir su pista?

-Terry – recordar a su esposo le recordó también que tenía una plática pendiente con Candice. La vio salir del baño, con su pelo mojado, con su ropa limpia… estaba completamente renovada.

-Me siento mucho mejor – exclamó la joven mientras se dedicaba a peinar su cabello.

-Entonces… Candy… -titubeó Ana – ¿Dónde conociste al Duque de Grandchester? – la doctora sentía la natural necesidad de proteger a su esposo de cualquier otra mujer y sentía, que si lo llamaba por su título delante de la enfermera, ponía una barrera entre ellos.

-¿A Terry? – Se sintió tonta al responder con una pregunta, pero no estaba lista para hablar con alguien acerca de él. Era un tema que ella siempre evitaba, incluso, estando sola.

-Sí. Al Duque de Grandchester – insistió Ana.

-En el colegio – fue la única respuesta.

-¿En el San Pablo?

-Sí – Candy sonrió a Ana –. Vamos Ana. Eso fue hace mucho tiempo.

-¿Y no me contarás su historia? – tuvo que ser directa.

-¿Terry no te ha dicho nada?

Ana se sintió extraña. No comprendía que hubiese una parte de la vida de Terry que ella no conociera. La única respuesta fue inclinar la cabeza.

-Ana, si estás esperando un hijo de Terry debe ser porque él te ama; eso es lo único que debe importarte.

Dentro de Ana había un nuevo sentimiento. Se había casado con Terrence luego de que Su Majestad le negara el permiso para casarse con una actriz y a su vez, le había pedido que desposara a Ana. En aquél momento Terry estaba fuera de sí, y no le había dado importancia a la negación y petición real; Ana conoció a Terry en completa depresión. Cierto es que se habían casado sin estar enamorados, pero hoy por hoy, Ana sabía, estaba segura, que su esposo la amaba y ella lo amaba a él. Ella había sido parte importante de su recuperación, lo había cuidado, había sido paciente, lo había consolado de heridas que no conocía y él había correspondido abriendo lentamente su corazón. Ana había descubierto un hombre leal y honorable, un poco altanero, sabía que su naturaleza era rebelde, aunque cuando lo conoció no tenía la fuerza para protestar ante nada. Él se compenetró con la soledad de su ahora esposa, con su determinación para no darse por vencida y poco a poco ese bálsamo lo fue liberando de su pasado, de su pérdida. Hoy la familia del Duque de Grandchester era una de las más sólidas y fuertes de la nobleza inglesa.

-¿Entonces no compartirás conmigo su historia?

Candy negó con una sonrisa, eligiendo, al mismo tiempo, lo que podría compartir con su amiga.

-Terry y yo nos enamoramos en el colegio, éramos muy jóvenes – insistió – es una historia que no pudo ser. Eso es todo, Ana. Deja las cosas así.

-¡Pero estuvieron comprometidos!

-Ana – insistió la enfermera – deja las cosas como están – era la primera vez que Ana no veía una sonrisa en el hablar de Candy, descubrió cierto dolor en su voz, supo que la estaba lastimando.

-Está bien, Candy… -ella comprendió que debía haber algo muy doloroso en la historia, algo por lo que Terry y Candy preferían guardar silencio y ella respetó esa decisión.

Las amigas fueron interrumpidas por Hans que entraba con un par de cabos cargando algunos paquetes.

Unos minutos más, la enfermera caminaba guiada por Hans por un pasillo lúgubre. Hans llevaba en sus manos una charola con material de trabajo para Candy. La estaba dirigiendo a una torre. Desde que puso un pie dentro de la torre, la enfermera percibió un desagradable olor, se llevó su mano a la nariz para disminuir el aroma pestilente y continuó silenciosa tras Hans. Estaba callada, temía que al abrir la boca, las partículas del aroma se depositaran en su boca, aunque el olor era tan penetrante que ahora ya lo percibía en su garganta. Las paredes eran muy gruesas y húmedas, podía ver el musgo creciendo en las piedras, eran las diez de la mañana, sin embargo, los pasillos estaban obscuros, alumbrados por algunas antorchas depositadas estratégicamente en las paredes del pasillo.

Llegaron a una primera celda, Hans abrió la puerta con llave y Candy sintió el deseo de vomitar, de desmayarse. Se sintió indignada ante el trato que ese prisionero de guerra recibía. ¡No era un delincuente! ¡Era un guerrero! ¡Un hombre, no un animal!

-No puedo trabajar aquí – se quejó Candice –. Ayúdame a llevarlo a la enfermería.

-¡Pero no tengo autorización para eso!

-Haz lo que ella te ha pedido – la voz del Alfred Kursbach los sorprendió, ninguno de los dos había notado su presencia tras de ellos.

De inmediato Hans se inclinó para levantar al hombre que apenas podía ponerse de pie.

-No lo lleves a la enfermería – ordenó el Feldwebel – llévalo a mi oficina -.

Hans abrió los ojos como plato, como si no hubiera entendido la orden, así que decidió verificar.

-¿A su oficina, Señor?

-¡Eso dije! ¡A mi oficina!

Hans y Candy abandonaron la horrible celda. La rubia no lograba poner sus ideas en orden, ese hombre, tan frío, tan distante, tan poderoso… actuando como si tuviera corazón. Miró a Hans y comprendió que él estaba tan confundido como ella: Tampoco comprendía la forma de actuar de este recién llegado, estaba consciente de que las compras de equipo médico, tan escaso en esa época, había corrido todo por su cuenta pues el ejército no tenía el presupuesto que él había invertido; Hans estaba acostumbrado a las injusticias de Kiel, y de pronto conocía a una chica rara que era capaz de arriesgar la vida por sus captores y luego, a un ser frío, como un témpano, capaz de derretir con calor.

Alfred permaneció en el centro de la obscura mazmorra. Miró la miseria que le rodeaba y se sintió indignado. Un terrible calor lo llenó de cólera, imaginarse el estado que le habían descrito había sido poco; aquello era una escena terrible. El hombre que Hans había levantado del suelo ni siquiera podía mover sus músculos. Revivió sus paseos por castillos medievales en Reino Unido y recordó que las torres ya desde entonces, tenían sistemas de drenaje que permitían deshacerse de los desechos hacia canaletas externas… ¿Cómo es que más de 500 años después, esta torre no tenía ni siquiera ese sistema? Esto era demasiado, pronto debía enfrentarse a su primo y no quería perder la cordura. Anthony se sentó en la misma posición en que había encontrado al preso, solo así sería capaz de comprender un poco cualquier cosa que encontrara al cruzar la puerta de la celda de su primo. Recargó su espalda en la pared húmeda y sintió el frío penetrar hasta la médula de sus huesos, contempló los desechos humanos y trató de acostumbrarse al desagradable olor, ahí, en esa soledad y sintiendo toda la frustración del mundo deseó tener el poder de arrancarlo de ese asqueroso lugar y llevarlo a un taller, donde sabía que su primo sería feliz; no pudo evitar que las lágrimas lo traicionaran, estaba solo y sabía que debía deshacerse de todo sentimiento que pudiera delatarlo. Su rostro estaba colérico, si hubiese tenido un espejo, habría descubierto que estaba rojo, las lágrimas continuaban traicionándolo y él las dejó salir hasta que ya no hubo más. Tuvo que pasar mucho tiempo, antes de que Anthony volviese a tener control de la situación. Se levantó cansado y antes de salir del lugar, golpeó la pared con enojo, se hizo daño, sin embargo, era la única forma de terminar de deshacerse de todo lo que sentía.

En cuanto salió de la celda buscó un cabo y le dio órdenes de limpiar el lugar.

Lo primero que la enfermera hizo fue llenar la tina de baño del Feldwebel…

-¡Pero Candice! ¡El Feldwebel te prestó su oficina, no te dio permiso de usar su baño, mucho menos su tina!

-No te preocupes Hans – Candy estaba animada, tenía jabón, y agua caliente en esa tina. Estaba tan entusiasmada con darle a ese pobre hombre la atención que necesitaba que no puso atención a su uniforme, mucho menos a su insignia.

-¡Cómo no quieres que me preocupe Candy, si yo…! – Hans se mordió la lengua, estuvo a punto de retarla, estuvo a punto de declararle sus sentimientos y no se sentía preparado para eso. Él era su captor, ella jamás podría darle una oportunidad. En este momento, por primera vez, Hans sintió la enorme necesidad de reparar el daño que había ocasionado.

-Tienes razón Hans, no lo había pensado – exclamó la rubia –. Déjame sola con mi paciente y cuando haya terminado con él te llamo, no quiero meterte en más problemas.

Hans no dijo nada más. Ayudó a Candy a meter al prisionero en la tina y salió de la oficina del Feldwebel. Era mejor dejarla sola, no porque tuviese miedo a ser reprendido, sino porque tenía miedo de no controlarse ante lo que sentía por ella, ya no podía negarlo.

Candy se concentró totalmente en el maltrecho prisionero. Cortó su cabello completamente, rasuró su barba y bigote y curó sus heridas en la quietud que la rodeaba. El prisionero no podía creer lo que estaba viviendo, no podía comunicarse con ella más allá de un "Merci" que ella contestaba con un sencillo "Bienvenu".

Alfred entró a su oficina y sus oídos de inmediato reconocieron el ruido proveniente del cuarto de baño. Sonrió satisfecho. Candy no había cambiado nada: Si ella tuviera los medios, estaba seguro que vestiría al prisionero como un príncipe para tratar de compensar su sufrimiento.

-Es tan profesional – pensó al escucharla hablarle tiernamente a su paciente –, no solo está curando las heridas de su cuerpo. Intenta curar las heridas de su alma. No pudo elegir mejor profesión –abandonó el lugar sin hacer ruido. Era el momento de enfrentar a su primo.

Los claros timbres de que estoy ufano

han de salir de la calumnia ilesos.

Hay plumajes que cruzan el pantano

y no se manchan... ¡Mi plumaje es de esos!

(Salvador Díaz Mirón, -A Gloria-. Fragmento)

Stear contempló al hombre frente a él como en un sueño. Portaba el uniforme de un alto oficial de la milicia germana, pero sus ojos no eran de fuego; eran, más bien, cálidos.

Él oficial le extendió la mano, pero Stear no extendió la suya. Desconfiaba totalmente de cualquier hombre que portara ese uniforme. Sus negros ojos estaban clavados con reproche, a la defensiva, en los azules que le miraban apacibles.

Él estaba en combate, su aeroplano fue alcanzado por el fuego enemigo que dañó su motor, sin embargo, se las había arreglado para aterrizar planeando, lo había logrado. Una vez en tierra, aún sin poder creer su suerte, se regocijó por estar vivo. De inmediato reconoció que estaba en territorio enemigo y supo que debía rendirse. Abandonó su aeroplano, mostró sus armas, como marcaba el código de guerra y, sin embargo, un piloto germano había disparado hacia él, sin tomar en cuenta que se estaba entregando como prisionero de guerra. La velocidad del aeroplano enemigo fue su aliada, pues una vez que pasó volando sobre él, le dio el tiempo suficiente para buscar refugio, pocos minutos después fue capturado, pero no en estado de rendición. Fue llevado a esa horrible prisión, había sido torturado, pero él había fingido muy bien.., ¿Había actuado tan bien que finalmente se había vuelto loco? ¡Tenía que ser así! De otra manera… ¿Qué hacía Anthony, su primo muerto, delante de él, vistiendo un uniforme enemigo?

Alfred Kursbach no había logrado su objetivo. Entrar a la celda de su primo fue más fuerte de lo que jamás pensó. Su primo, su hermano más bien, reducido totalmente. Su ingenioso y estoico hermano, convertido en un harapo.

Stear, incapaz de regresar de su silencio, no pudo emitir sonido alguno. Tampoco dejaba de mirar con desconfianza a ese oficial. La vida era tan absurda.

Los ojos del oficial eran cálidos, decididos, fuertes, como los que él recordaba de Anthony. ¡Pero él no podía ser Anthony! ¡Anthony ha muerto! Stear se llevó sus manos a su cabeza, a sus oídos, callando las voces de juegos infantiles que venían a su memoria; cerró los ojos con fuerza, para no mirar tampoco las imágenes de años felices con sus hermanos: Archie y Anthony. Su hermano… sí… para Stear, Anthony era su hermano mayor, el de las decisiones rápidas, el del carácter rebelde capaz de enfrentarse a los prejuicios de la tía abuela, el hermano servicial dispuesto a ayudar a un vaquero, el audaz capaz de domar un caballo, el romántico con la determinación de conquistar a la niña de sus sueños, el hombre sensible y decidido a mantener el recuerdo de su madre trabajando en un jardín solo por ella, el justiciero que los convenció de ir donde Neal Legan y obligarlo a decir una verdad que expiaba a Candy del exilio…

Este hombre no era su amado hermano. Su mente le estaba jugando una mala pasada. ¿Por qué debía ser condescendiente con él?

Alfred se inclinó con la idea de ayudarle, tal como Hans había ayudado al otro prisionero, pero Stear, a pesar de estar sentado, recargado en la pared, se alejó de ese hombre.

-Señor Kursbach, he terminado con mi primer paciente – la voz de la renovada enfermera inundó los sentidos de los dos hombres que se contemplaban todavía.

Fue como el canto de un ángel. El piloto miró estupefacto la delicada figura femenina frente a él. No había dicho palabra alguna en varios meses y se sentía frustrado por no poder gritarle a esa joven que lo contemplaba con mirada lastimera. Ella percibió un sentimiento electrizante que la atraía hacia su nuevo paciente, la mirada de este hombre era intensa, y a la vez, extraviada.

Él deseaba decir su nombre.

Ella no llevaba uniforme germano, estaba ataviada de forma sencilla, como él la recordaba, su sonrisa estaba intacta. No sabía que estaba haciendo ahí; era un sueño quizás, pero él no quería despertar. Tal vez Anthony había venido para llevarlo con él, y por eso ella aparecía ante sus ojos, porque ella era la única persona de quien deseaba despedirse antes de partir. Quizás, por fin había llegado el momento de liberarse del sufrimiento.

-Hans, por favor, ayúdame a llevarlo.

El rubio quiso hacerlo por sí mismo, pero su mente le indicó que sería demasiado peligroso si insistía. Ya lo había intentado y su primo lo había rechazado. Era mejor dejarlo tranquilo. Además, de hacerlo, levantaría sospechas.

El estado de la celda de Alistar Cornwell era mucho peor que la celda anterior. Candice incluso descubrió un nido de ratas. Meditó en el terrible estado en que había encontrado a ese hombre, trató de revivir los momentos que había pasado en ese estado, salió de su realidad enojada, tan enojada que no se dio cuenta que las lágrimas la estaban traicionando, seguía llorando pensando en la estúpida guerra que hasta el momento había cobrado casi 10 millones de vidas, sin contar los casi 8 millones de desaparecidos y 20 millones heridos. Las guerras sacan lo peor de los hombres, en general.

-No llores por favor pecosa – Candice no prestó atención a la dulce voz que trataba de reconfortarla, olvidando que ponía en peligro sus planes.

Ella seguía en shock, sin comprender todavía qué razones pueden ser tan poderosas como para permitir que un hermano mate a otro que ni siquiera conoce.

Alfred abandonó la celda enojado consigo mismo, su debilidad pudo haber echado todo a perder. Había sentido nuevamente el deseo de consolarla, y eso era un lujo que no podía darse.

Fue hasta que Candice se vio sola, al regresar de su peregrinar, que su mente recuperó el código de la voz que le había hablado.

¡Era su voz! ¿Lo había imaginado? Sí. Seguramente.

-¡Anthony! – suspiró en el pasillo, caminando justo detrás del Feldwebel, ocasionando que la piel del oficial se erizara deliciosamente. Esta enfermera le estaba haciendo perder la cordura nuevamente.

Ya no era una niña. El oficial había pasado las últimas dos noches en su cama, recorriendo en su memoria las suaves curvas de la joven que había soñado durante años. Ahora no tenía que imaginarla, ahora sabía perfectamente sus medidas, conocía sus curvas a fuerza de verlas, según él, discretamente; sabía el largo de su pelo, recorría con su mente sus labios inocentemente sensuales, había guardado su risa sincera para sus momentos de soledad y… soñaba con que ella fuera suya. Cierto, era ajena, y cuando ese pequeño obstáculo llegaba hasta su consciencia, se reprochaba sus eróticos deseos y era incapaz de darle rienda suelta a su imaginación.

Sin embargo, escuchar su nombre, envuelto en un suspiro, de ella, lo llenaba de mil sensaciones. ¿Y si se la robaba? ¿Y si se la arrebataba al Duque de Grandchester?

Sacudió sus pensamientos. Ella había sido educada por mujeres de principios. Sería incapaz de darle una oportunidad a otro hombre siendo una mujer casada. Además, tenía cosas en qué pensar más importantes por el momento: ¿Qué haría Candy? ¿Cómo tomaría el hecho de que debajo de esa barba, ese bigote y ese pelo, estaba uno de los seres que más amaba? Probablemente tendría que ayudarla de alguna manera, ¿pero cómo?

-¡Ana! – pensó.

Hans se sintió más tranquilo cuando vio que el Feldwebel no había reaccionado negativamente ante los cuidados de Candice al anterior piloto.

En cuanto llegaron a la oficina, se encargó de llenar la tina con agua caliente, muy caliente, pues sabía que a la enfermera le llevaría un tiempo limpiar a su paciente antes de bañarlo; el Feldwebel había permanecido en las celdas, supervisando las actividades de limpieza y parecía no darle importancia a lo que Candice estuviera haciendo. Dejó el baño limpio para que la enfermera pudiera usarlo antes de salir a buscar más agua para volver a llenar la tina, pues Candice le había indicado que deseaba bañar a su paciente dos veces.

Hans había sentado a Alistar en el escritorio y el piloto contemplaba a la rubia sin perder uno solo de sus movimientos. Si estaba soñando, él prefería seguir dormido. Ojalá que nadie lo molestara, que nadie hiciera ruido, él estaba con ella, ella estaba con él…

Candice se acercó con su sonrisa acostumbrada. Lentamente fue quitando las prendas de vestir del hombre frente a él, tal como lo había hecho con su anterior paciente. Primero su vieja y roída bufanda. Su mirada estaba concentrada en su trabajo, estaba seria, tratando con cuidado al hombre frente a ella.

Después, la joven quitó lentamente la chaqueta.

-Espero que sea usted un hombre valiente – le dijo – hace un poco de frío, pero debo revisarlo.

Stear la contemplaba en completo silencio. Su mente no encontraba la forma de ordenar a sus labios que emitieran palabra alguna. Estaba sumamente emocionado, el sueño empezaba a ponerse interesante. Sonrió débilmente mientras empezaba a rendirse a los encantos de la dulce joven que lo desnudaba lentamente.

Usaba algo que en algún momento debió haber sido una especie de casaca bajo su chamarra de aviador, la enfermera estaba nuevamente tan concentrada, que ni siquiera se esforzó por buscar el nombre del hombre, plasmado en su chamarra, de hecho, la chamarra estaba demasiado sucia, era casi imposible leer cualquier cosa que estuviese bordada. Lentamente, con sumo cuidado, empezó a desabrochar los botones de la casaca. Delicadamente, la enfermera deslizó las mangas de la casaca por cada uno de los brazos y los examinó: No. No había ni un solo rasguño. La piel de su paciente era blanca, con largos vellos en sus brazos y en su pecho. Candy comenzó a deslizar sus dedos por el vello del pecho, buscando alguna herida, había sido advertida de los piojos, así que le explicó de debía rasurarlo.

Stear no hacía el menor movimiento, no negaba, no afirmaba, tan solo contemplaba a la enfermera tratando de descubrir desesperadamente si era un sueño o una realidad. Eso sí: Se aseguraba de sonreírle.

-Le felicito – expresó Candy – parece ser que decidió conservarse sano – la joven estaba descubriendo que la masa muscular de este paciente era mucho mejor que la del anterior –. Seguramente usted consumió todos sus alimentos – esa fue una buena decisión.

Tenía razón, a pesar de la falta de hambre, a pesar de la pésima alimentación, Stear trataba de comer lo poco que le llegaba a su celda, acababa su ración diaria, estaba decidido a sobrevivir. Obviamente estaba muy por debajo de su peso, sin embargo, no era un costal de huesos solamente.

Candice entonces, quitó el pantalón y revisó las piernas. La piel estaba intacta, pero las uñas de sus dedos, aunque sanas, estaban largas y sucias. Sus pies tenían hongos, pero nada que un buen ungüento no pudiese eliminar, además, los hongos en los pies, con los calcetines húmedos, las lluvias constantes, las trincheras… era un problema común; la enfermera tenía suficiente ungüento.

Candice encontró un poco de renuencia cuando tuvo que quitar los calzones largos y de algodón. Fue la primera reacción que Stear mostró de defensa, pero ella fue muy clara.

-Debo hacerlo, ¿acaso quiere usted que las chicas huyan por no haberle retirado todos los parásitos?

Stear había mantenido su pose defensiva por unos instantes, pero después, la mirada de súplica de Candy lo convenció y permitió que ella continuara con su labor.

Este sueño era demasiado real. Pero igual, no quería despertar, estaba ahí, con ella y, como no era del todo consciente de su estado deprimente, empezó a convertir su experiencia en un sueño erótico. La joven no supo cómo reaccionar ante la erección del hombre frente a ella, pero trató de compenetrarse con él. No tenía por qué temerle. Se sentía cómoda con su paciente. Era extraño, pero ella se sentía muy cómoda con él.

-Creo que he terminado – dijo con alivio después de haber examinado casi cada centímetro del hombre –. Vamos a darle un baño.

La chica comprendió que este paciente, si bien no tenía heridas físicas, sus heridas psicológicas eran mucho más graves que las de su anterior paciente, pues aquél había logrado comunicarse con ella, pero este hombre, no era capaz de salir de su mundo silencioso.

Stear entonces se puso de pie. Él no necesitaba ayuda para caminar. Se dejó guiar por la enfermera.

Cuando estuvo frente a la tina de baño, sus ojos no podían creer lo que miraba: El agua aún humeaba un poco, percibía el olor de jabón, y estaba la enfermera más hermosa a su lado, ¿Había algo llamado paraíso? ¡Sí! ¡Él había llegado ahí!

Stear sumergió primero un pie lentamente y sonrió, disfrutando el contacto del agua, después se animó y metió su otro pie para sentarse lentamente, permitiendo que el agua cubriera su cuerpo.

-Voy a continuar con su rostro – le previno Candice, mientras le mostraba la navaja de rasurar nuevamente.

Stear posó su cabeza sobre el borde de la tina y cerró sus ojos, permitiendo que Candice comenzara con su nueva labor.

Ella llevó la navaja al área del bigote primero, y comenzó a guardar en una bolsa todo lo que iba cortando para evitar que los piojos se extendieran en el lugar, tal como había hecho al rasurar el cuerpo. Candice continuaba seria, concentrada, sin permitirse fallar, cualquier pequeño daño que le hiciera a este hombre, podría ocasionarle reacciones inesperadas. Siguió eliminando el bigote, y su rostro comenzó a ponerse más serio, casi impaciente. Sus manos comenzaron a temblar, pero ella hizo uso de todo su aplomo para terminar su labor. Cuando todo el bigote hubo sido eliminado, casi no podía esperar para rasurar la barba, la larga barba que continuaba cubriendo una buena parte de su rostro. La navaja iba de arriba abajo, de un lado a otro, despacio, sin prisa, aunque ella deseaba tener todo un set de navajas para no perder tiempo limpiándola antes de volver a usarla. Stear entonces abrió los ojos, fue como si percibiera el estado de la joven. La contempló sin pestañear, confiando en el trabajo que ella realizaba, pero con una mirada llena de nostalgia. Candy, a cada centímetro que eliminaba, se emocionaba, se entristecía, se alegraba… ahora guardaba silencio, ahora era ella la que se unía a la dificultad de expresarse, las lágrimas empezaban a derramarse nuevamente a medida que descubría el rostro del hombre que la miraba desde su mundo. Ella, de vez en cuando lo miraba a los ojos y le sonreía, todavía incapaz de dejarse llevar por la emoción. Continuó eliminando la barba con delicadeza, con amor, con devoción. Hasta que finalmente tuvo frente a sí el rostro masculino totalmente descubierto. Para ese momento, la chica ya era presa de todo tipo de sentimientos. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, su espíritu se sentía atribulado por su primo, pero al mismo tiempo estaba feliz por haberlo encontrado vivo.

Sentía deseos de protegerlo, sentía deseos de abrazarlo, de impedir que lo arrancaran de sus brazos para devolverlo a ese horrible lugar en que lo había encontrado.

No. Él no volvería ahí. Primero tendrían que matarla si era necesario. Se olvidó que aún no había cortado el pelo y que aún tenía piojos, lo abrazó, sin saber qué decir, cobijó su cabeza en su pecho y lloró con él. Él se abrazó a ella, se sentía muy bien estar en sus brazos. Era la primera vez que la abrazaba y no quería separarse de ella. Este era prácticamente el desenlace de su peregrinar psicológico.

Entonces, Alistar, lloró. Después de meses, su cerebro por fin encontró la ruta para enviar una sola palabra a sus labios.

-Candy – le escuchó decir la rubia.

Stear y Candy estaban tan envueltos uno en el otro que ni siquiera notaron que un tercer Andrew también estaba llorando emocionado detrás de la puerta; este tercer aún Andrew aún era un peregrino y no estaba seguro si podría volver a casa.

Malinalli, para la Guerra Florida, 21 Abril 2014.

NOTITAS: Mil gracias por continuar conmigo en esta aventura. Siento mucho solo venir y poner mi historia, no saben cómo me puede no encontrar el tiempo para darme una vuelta por sus post´s. Pensé que en vacaciones podría ponerme al corriente, pero no… la verdad es que con las niñas en casa el trabajo se hace el doble Ahí les encargo que me presenten un millonario cuarentón para que ya no esté tan solita… :P :P :P

Quería comentarles que me confundo mucho en la forma de llamar a Anthony; no sé si lo han notado, pero trato de llamarlo Alfred Kursbach cuando está en su papel de Feldwebel y lo llamo Anthony tan solo cuando tiene esos momentos privados en que puede ser quien realmente es.

Pues quise escribir este capítulo y subirlo pronto porque el tiempo se nos viene encima. No está editado… así salió… si hay algún error, por favor, discúlpenme.

Gracias de nuevo!