HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 8

¿Y si…?

¿Y si te confieso que me muero por besar tus labios? ¿Y si por fin me atrevo a revelarte que te he amado a pesar del tiempo, del no tenerte, del tan solo imaginarte? ¿Y si callo tus protestas con mis besos y te llevo lejos, a tierras extrañas, donde no haya guerra, donde no haya muerte, donde solo exista mi firme deseo de protegerte, de adorarte, de tenerte?

¿Y si te robo? ¿Y si te beso… y si te beso… y si te beso? ¿Y si te tomo, y si me atrevo? ¿Y si te arranco de los brazos que hoy te tienen, de los brazos que te hicieron olvidarme, de los brazos que me han dejado tan vacío, tan solo, tan sin vida? ¿Y si tan solo por un momento me miras, me sonríes, me alivias? ¿Y si me devuelves mi corazón, mi alma misma? ¿Y si te lo quedas y proteges, aún más: Y si levantas un fuerte y enciendes esa hoguera? ¿Y si soplas con tu aliento las pavesas que se desprenden incandescentes de este recuerdo que me alienta y me tortura?

¿Y si te hago mía? ¿Y si te tomo aunque fuese por la fuerza? ¿Y si te cubro con mi cuerpo y te enseño que soy tu aliado, tu amigo, tu cómplice… el de siempre? ¿Y si de una vez por todas te desprendes de esos lazos que te atan y te sujetas a mi cuerpo, a mi desenfreno? ¿Y si te demuestro que si él te alcanza las estrellas, yo te alcanzo el universo?

¿Y si me amaras, y si me amaras?

La puerta se abrió bruscamente, detrás de la puerta: Kiel. Con ojos de fuego, con caminar amenazante, con la voz de trueno.

Alfred tuvo que disimular naturalidad, dejó la pluma con que había estado escribiendo en el tintero y dobló la hoja sin prisa, con la mirada fija en los destellos grises del recién llegado.

-¿Puedo ayudarte en algo, Kiel? ¿Cómo te fue en la reunión? ¿Hay alguna novedad del frente? ¿Tienes alguna instrucción para mí? – el tono del Feldwebel era seguro, mantuvo el contacto visual con el recién llegado, dándole tiempo para responder a sus preguntas.

De inmediato se puso de pie, caminó alrededor de su escritorio para sentarse en él, cerca de director de la prisión… dicen que al enemigo debes tenerlo lo más cerca posible.

-¡Maldita sea, Kursbach! – la voz de Kiel se escuchó hasta la enfermería y las dos damas que se encontraban organizando el material médico que Hans había traído un día antes brincaron asustadas.

Alfred sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo ¿Por cuál de todas sus últimas acciones tendría que dar explicaciones? No dijo nada. ¿Qué podía exclamar? ¿La lista de posibilidades? No. Esperó hábilmente, deseaba de Kiel le diera la pauta.

-¿¡Tiene ron, vodka, whisky, lo que sea!? – en las manos de Kiel había un buen puñado de papeles, todos hechos rollo, maltratados a propósito por el portador.

Alfred no dijo nada, se dirigió con seguridad a su pequeña vinatería y le ofreció lo único que tenía: Whisky.

El hombre frente a él estaba furioso, su rostro estaba desfigurado y sus manos temblaban mientras se llevaba la copa a sus labios. Bebió de un solo sorbo… este hombre debía estar completamente loco, al menos eso fue lo primero que Alfred pensó.

Kiel, tembloroso todavía, extrajo de la bolsa interna de su casaca una elegante cigarrera, deslizó un cigarrillo, quiso encenderlo, pero estaba tan fuera de sí, que todos los intentos que hizo por encender fuego fracasaron. Alfred le quitó el encendedor y le encendió el cigarrillo; lo miró paciente, después de dos bocanadas, por fin Kiel estaba listo para hablar.

-¿Ahora me dirá qué le sucede, Kiel? – Alfred también estaba más tranquilo, si Kiel tuviera algún reproche, no le habría pedido una bebida, ni tampoco habría permitido que le encendiera el cigarrillo.

-¡Esa mujer, Kursbach! ¡Esa maldita! ¡Una vez más: Si pudiera ya le habría cortado la cabeza! – señaló hacia el área de las celdas con los papeles en la mano.

-Supongo que se refiere a la Señora Luxemburgo…

-¿¡A quién si no!? –vociferó altanero.

-¿Qué puede haber hecho esa prisionera para tenerte en este estado?

-¡Me ha puesto en ridículo! ¡He quedado como el más inepto de los servidores del Káiser! – Kiel se acercó a la chimenea y arrojó los papeles al fuego, pero un par de esos papeles se salvaron de las llamas, quedando a los pies del Feldwebel.

Alfred actuó como si no le diera importancia a los papeles, pero había alcanzado a leer que se trataba de los panfletos publicados por el la Liga Espartaquista.

-¡No sé cómo lo hace! ¡No sé cómo lo logra! ¡Estoy seguro que ella es Junius! ¡Y no solo yo! ¡El canciller lo sabe, los generales lo saben, el Káiser lo sabe! ¡Y saben que soy yo quien la vigila! – la voz de Kiel estaba incontrolable. Sus gritos seguían escuchándose por todo el pasillo.

-Si me dice qué fue lo que hizo esta vez, seguramente podré comprender su enojo – Kursbach deseaba ganarse su confianza, encontraría muchas novedades y esta situación podría darle alguna ventaja si era capaz de darle un buen consejo.

Fue el mismo Kiel quien se agachó para tomar uno de los panfletos y extenderlo al Feldwebel.

-¡Entérese usted mismo!

Por fin Alfred tuvo la oportunidad de leer los famosos panfletos. Fingió sorpresa e indignación, como si él no estuviese enterado de la noticia que el Espartaco revelaba a los obreros.

…"Todas estas cosas poseen una fuerza negativa, y lo que queda de ellas son los retazos y harapos de las ilusiones perdidas. Pero es en verdad un gran aporte a la causa del proletariado que de la primera fase de la revolución no queden sino retazos y harapos, porque nada hay más dañino que una ilusión, a la vez que nada sirve tanto a la causa revolucionaria como la verdad desnuda*".

Tras estas palabras, Junius, pseudónimo de Rosa de Luxemburgo, llamaba a los soldados y obreros a revelarse. A sublevarse, a negarse a ser sacrificados. No revelaba todavía los planes de los generales, ese era un último golpe que planeaba dar poco antes de la fecha señalada, para no poner sobre aviso a los ejecutantes del plan.

Kursbach se sorprendió de la rapidez con que la Liga Espartaquista estaba actuando. Ya por toda Polonia y Alemania había miles de estos panfletos distribuidos. Aunque había una enorme desventaja con la que Kursbach no había contado: Los espartaquistas eran pocos todavía. A pesar de que ya se contaban por miles, los miembros del SPD empezaban a desear desligarse de Rosa, por ambiciones de poder personales.

-¡Ella cree que va a ganar! ¡No cuenta con que el SPD está por retirarle su apoyo!

Alfred sintió que todo el piso se movía, seguía sentado sobre el escritorio y se aferró a él con fuerza. Si Rosa no era capaz de tener todo el control político, probablemente no podría cumplir con su promesa. Los planes estaban dando un giro de 180 grados. Alfred tenía que hacer sus propias indagaciones, ¿debía seguir contando con la ayuda de la Liga Espartaquista?

El Feldwebel recuperó la compostura e inició sus indagaciones.

-¿Ah sí? ¿Lo ve? ¡No tiene de qué preocuparte! – celebró falsamente –. Esa mujer no puede hacer nada.

-Espere a que sus antiguos "amigos" le den la espalda. El SPD acaba de negarse a convocar a un Congreso Nacional, precisamente por temor a darle poder a los espartaquistas.

Era suficiente. Alfred tenía lo que necesitaba. Era un hecho: Tenía que tener un plan B.

-¿Y la reunión a la que le convocaron fue por Rosa y sus espartaquistas?

-No exactamente –, Kiel encendió un segundo cigarrillo –. ¿Sabe?, Tenía razón Señor Kursbach, las cosas no andan bien, el canciller está preocupado por los prisioneros de guerra, nos reunió para darnos las mismas advertencias que usted mencionó.

Para Kursbach esa era una buena noticia. Seguramente Kiel tomaría de buena gana los cambios de los que se enteraría en breve. Sintió alivio; sin esa preocupación, podría utilizar su mente en pensar en una segunda opción para asegurar la vida de Stear y Candy.

Cierto es que durante la Gran Guerra los prisioneros tenían el 75% más de posibilidad de sobrevivir que los soldados en el campo de batalla, sin embargo, Kiel había mencionado que para evitar ser denunciado por los pilotos, bien podría deshacerse de ellos. Esa sola idea le helaba los huesos. Eso no sería posible.

Sin embargo ahora tenía que comprender, que cuánto más tiempo pasaba, menos posibilidades tenía de salir de esto con vida. Sin la fuerza de los espartaquistas con la que estaba contando, Alfred estaba en serias dificultades y no solo él… también ella… o quizás si buscaba un camino diplomático… ¿Pero qué estaba pensando? ¿Acaso no había sido ella traída en secreto por los generales? ¿Cuál diplomacia? Alfred apretó los puños sin prestar atención a las últimas frases sin sentido de Kiel. Ya su mente estaba trabajando en un terreno muy diferente a Rosa y sus aliados.

-¿Y si le hago saber a mi tío? – Alfred sacudió la cabeza… esa era una idea descabellada. ¿Cuál sería el texto? "¿Tío te escribo desde el más allá… bueno… desde el más allá de las fuerzas aliadas?" – sonrió con ironía. Era bueno saber que aún le quedaba un poco de humor para bromear. Aunque… pensándolo bien… quizás buscar al poderoso patriarca de los Andrew no era tan descabellado. ¿Qué no dicen que con dinero baila el perro?

Tenía que pensar seriamente, tenía que meditar y sopesar todas sus posibilidades, cualquier paso en falso podría ser fatal para Candy y Stear; ya ni pensar en lo que él enfrentaría si le descubrían: Había mentido a la milicia y además sus hechos, lo estaban convirtiendo en un traidor.

Traidor… jamás le había gustado esa palabra. Aunque definitivamente, prefería ser leal a su familia sobre todas las cosas. Permitir que Candice padeciera, era, además, ser desleal consigo mismo.

-¿Y usted Kursbach? ¿Qué novedades hay por aquí? – Kiel miró con detenimiento a Alfred, ya había sacado toda su frustración. Tenía a Rosa en sus manos, según él, y pronto, esos panfletos serían historia.

El Feldwebel siguió actuando con sangre fría. Había aprendido muy bien a esconder sus emociones. Ya no era aquél chiquillo que se había enfrascado a golpes con un vaquero, podía controlarse. Guardó unos segundos de silencio, tan solo los necesarios para concentrarse en dar un informe detallado de las cosas que había hecho. Si Kiel se iba a enterar, prefería ser él quien le informara.

-Está bien Kursbach – respondió no muy convencido el director de la prisión-, entiendo todo lo que hizo, ¿Pero encima, agregar permitirles estar en el patio? ¿No se le hace que se ha sobrepasado?

La realidad era que Kiel era un hombre demasiado indeciso. Usualmente seguía las órdenes y era así como había logrado ser de confianza para dirigir una prisión, sin embargo, le faltaba iniciativa; en su afán de agradarle a todo el mundo el hombre simplemente hacía lo que le indicaban. Este Feldwebel, tenía que aceptar, lo había puesto sobre aviso y mintió en la reciente reunión sobre la forma en que estaba manejando la prisión de Poznan. Le estaba dando el beneficio de la duda. Como sorpresa para Alfred, la pregunta de Kiel no sonaba a reproche, sino a una sincera consulta.

-¿Qué le preocupa Kiel?

-La Comisión de los Países Centrales… la que mencionó… ha estado muy cerca, principalmente en Rusia.

-¿No cree que es una mayor razón para permitir a los presos un poco de esparcimiento? – Kursbach estaba seguro de que eso era lo mejor. Además, Poznan era la única prisión en la que los presos no salían al patio. Todos los prisioneros de guerra de los que sabía, solían pasar tiempo juntos, comer, charlar; solo Poznan era la excepción.

-No sé si pueda controlarlos. Tengo todo un batallón de infantería francés. Son cerca de 230 hombres, además de otros prisioneros que han traído de aquí y allá. Usted sabe que no tengo personal.

Después de casi un par de horas, Kiel abandonaba la oficina del Feldwebel. Habían acordado un horario para los presos: Todos podrían salir de sus celdas, excepto esa mujer, engendro del demonio, según Kiel. Además, el director de la prisión se mostró complacido con la enfermería; estaba también seguro de que Kursbach había tenido que desembolsar dinero propio, ¿aunque a él qué le importaba lo que el Feldwebel hiciera con su dinero, mientras le conviniera, mientras le hiciera quedar bien ante el Káiser y sobre todo, ante la Comisión de los Países Centrales? El hombre se llevó la mano al cuello y lo masajeó ligeramente: Todo, excepto morir ahorcado.

Anthony se dejó caer con pesadez en su incómodo sillón. Solo bebía en reuniones sociales y nunca más allá de una copa, pero en este momento sintió el profundo deseo de acabarse él solo la botella de whisky que había dejado al alcance de Kiel. Sobre su escritorio aún reposaba la hoja que había estado escribiendo cuando Kiel entró sin llamar a su oficina. La leyó de nuevo, lentamente mientras un nudo se formaba en su garganta… solo un nudo. Estaba luchando, como ya se le estaba haciendo costumbre, por dominar sus emociones. No lloraría. Cerró sus ojos y vio a la mujer rubia, de hermosos ojos verdes, que se paseaba por los pasillos de un lado a otro, siempre con una sonrisa para algún paciente; era una prisionera, sin embargo, ella parecía ser libre. Ella no había permitido que las rejas la acabaran.

-¿Y si mejor tú me prestas tus alas para volar? – murmuró al viento.

En la enfermería siempre estaba Hans. A raíz de la decisión de permitir que las prisioneras ejercieran la medicina, se le había ordenado que nunca las dejara solas. Era algo así como su guarda personal y el muchacho había aceptado gustoso. Cuando estuvo a solas, después de recibir la orden, pudo incluso bailar de felicidad.

Candy estaba tan extasiada con el reencuentro con Alistar, que no podía ver más allá de su nariz. Ella estaba radiante y eso a Hans le complacía. Ana había festejado con su amiga la felicidad del reencuentro se habían animado para mantener la esperanza de salir bien libradas.

-Algo anda mal, Candy – la seriedad en el rostro de Ana había pasado desapercibida para la enfermera.

Ana se había arriesgado. Siendo de cuna noble hablaba muchos idiomas y había logrado comprender los gritos de Kiel. Se había escurrido en el pasillo con la idea de escuchar mejor lo que los hombres hablaban y, aunque no había escuchado cada palabra, había podido armar la conversación. Se escondió cuando Kiel abandonó la oficina del Feldwebel… pero tenía el ligero presentimiento de, que a pesar de que había sido una charla de trabajo, algo le preocupaba al guapo militar. La Duquesa buscaba dentro de sí el natural rechazo que debía sentir por este hombre, pero no lo encontraba. Le era imposible sentirse amenazada por ese hombre frío y ausente.

-¿Qué quieres decir? – Ana no respondió directamente, se dirigió a Hans-: ¡Tú debes saber algo! ¿Qué está sucediendo?

-Yo no sé nada. No sé de qué hablas – Hans notó que la Duquesa no estaba conforme con esa respuesta.

Pese al título de nobleza que Ana portaba, ella les había pedido que no lo usaran y se consideraban amigos; Hans haría cualquier cosa por ellas, se sentía muy mal al haber obedecido órdenes pero ellas siempre le reconfortaban diciéndole que no había tenido opción.

-Hans, algo debes saber… dinos cualquier cosa, lo que sea – le urgió Candy, que al ver la expresión en el rostro de Ana, sabía que no estaba hablando a la ligera.

-Pues… no sé qué decirles: Se rumora que la guerra está por terminar, que Alemania quedará en serias desventajas. Hay tres fuerzas que se están disputando la mayoría en el Congreso – Hans había repetido de golpe todo lo que se le vino a la cabeza.

-¡Eso! – la suspicacia de Ana lo detuvo –. Eso debe ser: La fuerza política, cualquiera que tenga el poder, querrá usar a los prisioneros para obtener ventajas en los tratados.

-No podemos hacer nada… excepto estar alertas – Candy tenía razón.

Hans suspiró. No tenía ni la menor idea de qué podría pasar con sus amigas. Sus ojos se encendieron decididos, pasara lo que pasara, haría lo posible porque ellas estuvieran bien.

-¿No es hora de tu descanso, Candy? – observó Hans, con el fin de aligerar la atmósfera.

-¡Qué distraída soy! – sonrió emocionada. Por fin le permitirían tomar un poco de aire fresco – ¿Ana, estás segura que puedes quedarte sola?

-Por supuesto Candy, estoy mucho mejor – la joven médico empezó a escudriñar la lista de pendientes que esa mañana había preparado para visitar a los enfermos que le habían reportado en sus celdas.

-De acuerdo – Candy se quitó el delantal emocionada, alisó su vestido y verificó su cabello en un pequeño y viejo espejo.

-Pareces emocionada por ver al sargento – bromeó Ana.

-Ya te dije que es mi primo – respondió sonrojada.

-Sí. Ya me lo dijiste – había exasperación en la voz de la Duquesa – y también me dijiste mil veces que está comprometido con una de tus dos mejores amigas.

-Ajá… - fue la escueta respuesta de la enfermera.

- Lo has dicho tantas veces que es como si quisieras convencerte de que no debes olvidarlo. Lo que no eres capaz de repetir mil veces es que tú fuiste la única persona de quien se despidió, que creó un regalo exquisito para ti y que tú fuiste capaz de atravesar el océano y meterte en el infierno solo por encontrarlo.

-¡Ana! – esta vez la sorpresa en la voz de Candy era como un ruego para pedirle que no continuara.

-¡Cielos, Candice White Andrew! ¡No me extraña que…! – Ana se mordió la lengua… después de respirar profundo decidió cambiar el tono de su voz-: No pierdas a este hombre Candice.

La enfermera no dijo más y abandonó la enfermería en silencio. Hans no estaba obligado a acompañarla al patio, ahí había vigilancia especial. Las órdenes del soldado eran que permaneciera vigilándolas mientras estuvieran en la enfermería. Ana vio la mirada triste de Hans y hasta entonces reparó en lo que había hecho.

-Lo siento Hans – como respuesta vio la sorpresa en el joven alto –. Sé lo que sientes por Candy, pero eso no puede ser y pienso que tú también lo sabes.

-Sí. Lo sé – respondió con tristeza.

-Creo que ella lo ama, pero no se ha dado cuenta.

-¿Y él? ¿Crees que también la ame?

-¡Vamos Hans! ¿No te diste cuenta como la miraba ayer? ¿No notaste cuán difícil les fue alejarse uno del otro? ¿No viste la mirada de adoración, casi veneración, que el sargento tenía para ella?

-Creí que eran mis celos.

-No. No fueron tus celos – una idea fugaz pasó por la mente de Ana –: Quizás ese amor sea bueno para nosotras, seguro que el sargento hará cualquier cosa por mantener a Candy viva.

-¡Pero si ni siquiera pudo protegerse a sí mismo!

-¡Te equivocas, el sargento es un sobreviviente, como pocos!

El patio de los prisioneros era pequeño. No había absolutamente nada que pudiera servir de esparcimiento. Solo una gruesa banda de cemento que servía como banca y que rodeaba la pared exterior del ayuntamiento. Algunos prisioneros se habían sentado por un momento, los grupos eran pequeños y los tiempos que les habían concedido eran escasos, así que charlaban y departían con quietud.

Candy se detuvo en el umbral de la puerta. Lucía un cálido abrigo verde… como sus ojos… así lo había elegido el Feldwebel cuando lo compró para ella. No usaba cofia, el símbolo que distinguía a una enfermera, sino una delicada y fina boina, también verde.

Los prisioneros la miraron y se quedaron sorprendidos por su presencia en aquél lugar. Habían escuchado de las nuevas prisioneras y del nuevo servicio médico, sin embargo, muchos de ellos era la primera vez que miraban a la enfermera. Ciertamente la joven jamás ganaría un concurso de belleza, sin embargo era bonita y había en su semblante algo que atraía, algo que nadie sabía explicar que era.

Ella levantó los brazos y aspiró el aire. De pronto, sintió una fuerte y penetrante mirada sobre ella, su cuello le quemaba, por su espalda viajaba un escalofrío que no le molestaba, giró sobre sus pasos y encontró una cálida y sonriente expresión en el Feldwebel Kursbach, o quizás fue solo su imaginación, pues tan pronto Candy le sonrió, el Feldwebel desvió la mirada con indiferencia sin responder a la cortesía de la rubia.

-¡Lo dicho, es un tipo muy raro!

-¡Candy! – Alistar se había acercado a ella, estaba sonriendo nervioso, toda la noche había estado recordando las suaves manos posándose como mariposas sobre todo su cuerpo.

Había sido imposible para el sargento no dar rienda suelta a sus deseos. Él no sabía del enredo tan laborioso todavía, para él, Candice White Andrew era una mujer disponible, y él estaba ahí. ¿Qué más podía pedir?

-¡Stear! – la joven se arrojó a sus brazos y él la recibió encantado.

Stear colocó su rostro escondido en los suaves rizos y la atrajo hacia sí con firmeza.

-¡No pueden tocarse! – un guardia separó con rudeza al piloto, quien estuvo a punto de írsele encima, pero el Feldwebel intervino, a pesar de tener su corazón triste y a pesar de estar lleno de celos.

-¡Ellos son familia! – los ojos del Feldwebel estaban apagados–. No puedes culparlos – indicó al guardia y de inmediato se dirigió al piloto –: No pueden tener contacto físico – les advirtió con un aire frío, aunque un poco más condescendiente. Fingiendo un acento alemán en el inglés que usaba al hablar con ellos.

Stear no respondió. Lo miró profundamente a los ojos y Anthony sostuvo su mirada, contrario a lo que hacía siempre con la joven enfermera. Era como si con los ojos le gritara lo que estaba sucediendo, como si a través de sus miradas pudiera explicarle a su primo el calvario que estaba fingiendo. Como si sus ojos de cielo buscaran a su hermano y le rogaba que comprendiera, que buscara, como siempre hacía, las respuestas a las preguntas que seguramente rondaban por su mente.

Alistar estaba confundido. Las imágenes y las voces infantiles regresaban a su mente como flashes, como luciérnagas brillantes revoloteando burlándose de sus más caros recuerdos.

Anthony le gritaba con su cuerpo, con sus ojos, quería confiar en él, pero este no era ni el lugar ni el momento.

Miró atribulado hacia la joven que guardaba silencio, contemplando aquéllos hombres, como si también quisiera comprender la multitud de sentimientos que se abarrotaban dentro de ella.

No podía sentir rechazo hacia el témpano parado frente a ella. Se atrevió a disminuir la distancia con el militar. Sus ojos brillaban emocionados, aquél ángel se había transfigurado en este hombre frente a ella, con ojos azules, con pelo rubio, con la misma altura de Albert, un poco más alto que Stear. Ese hombre estaba emocionado, estaba casi a flor de piel y la miraba sin desviarse siquiera un poco. Era una mirada profunda, era una mirada de antaño, era una mirada antiquísima y al mismo tiempo recientísima. Era la mirada de ese numen que jamás había olvidado.

¿Y si le arrebataba la boina y le ponía una tejana?

¿Y si le quitaba la casaca y lo cubría con camisa vaquera?

¿Y si le quitaba el frío y lo ponía junto al fuego inextinguible que había dejado en su ausencia?

¿Y si…?

Candice se llevó la mano a su cuello buscando entre su ropa la delicada cadena que Albert le había regalado. La encontró después de unos instantes, sus ojos estaban clavados en los cielos apacibles que se habían atrevido a escaparse por un momento, presos por completo de todos sus deseos. La chica descubrió su cadena ante el guapísimo Feldwebel, en la cadena: ¡Una moneda, un recuerdo! En las verdes esmeraldas: Súplica, confusión… miedo.

El Feldwebel sintió el deseo de atraerla hacia él, justo como su primo había hecho; como aquélla tarde en su regreso de su fracasado viaje a México… tan solo le había extendido los brazos y ella, sin reparo, se había a arrojado a ellos. Por instinto llevó sus manos al bolsillo y encontró su reloj, al final de la cadena de su reloj… una moneda, un sentimiento, un deseo.

Fue incapaz de mostrarlo. Estaba demasiado emocionado, tenía que recuperar el control… la vida de los tres dependía de ello. Sus ojos de cielo se tornaron mar abierto embravecido, apretó su reloj en su mano, todavía en el bolsillo y sin mirar al sargento entró al edificio con largos pasos firmes, pausados, tratando de no llamar más la atención… llevándose consigo su deseo, su pasión, su sueño… sus celos.

-¿Stear…? - Candy estaba casi muda, buscando desesperada un refugio. Había muchas preguntas en su semblante. Seguía presionando, sin darse cuenta, la valiosa moneda… valiosa para ella… valiosa para su ángel. Su voz estaba quebrada, casi no podía hablar.

Stear mantenía su vista en el corredor por donde el Feldwebel había desaparecido al darles la espalda y adentrarse en el edificio.

-Lo sé Candy. Lo sé – murmuró mientras que, desobedeciendo la orden, abrazaba a la joven junto a él.

La tomó de la mano y la guio por el patio. Su mano ya no era suave, estaba maltratada por tanto trabajo, tenía signos de continuo contacto con químicos. Recordó que no debía tocarla y a regañadientes la liberó. Aún no podían explicarse lo que ambos habían sentido, y eran incapaces de confesar totalmente sus sospechas. Negaban toda posibilidad de que lo que pasaba por su mente fuese cierto.

Stear y Candy caminaron sin prisa, cada uno sumido en sus propios pensamientos. El sargento tenía una duda que lo había mantenido con vida, lo recordó, sin embargo, lo archivó nuevamente… lo dejaría para más tarde.

-¿Y dime Candy, cómo llegaste aquí? – la única intención del joven era lograr que Candy se sintiera mejor, que hiciera a un lado el sentimiento que la había embargado.

Candice se distrajo un poco mientras narraba a su primo la historia de confusiones entretejidas circunstancialmente. Pero en lo único que Stear podía pensar era en que cada vez que Candy se refería al Duque de Grandchester, faltaba ese brillo que recordaba en ella cuando abordó aquél tren.

La tarde estaba nublada, era invierno y los días eran muy cortos. Hacía mucho frío, pero los prisioneros no deseaban desperdiciar esos momentos que les habían concedido.

Llegaron a la barda que delimitaba el patio, era lo más alejado que podían estar del resto de los prisioneros. Stear nunca supo explicarse si su siguiente reacción fue planeada, fue el escape de un deseo reprimido o simplemente actuó porque se sentía naturalmente cómodo al lado de Candice: Dejó que ella se posara de espaldas a la pared, con sus manos cruzadas a su espalda y él se acercó totalmente, muchísimo más que en cualquier otra ocasión, posó sus dos brazos en la pared, respirando el aliento de la enfermera, la miró fijamente, buscando en sus verdes pupilas alguna señal de lo que había notado unos meses atrás. No daría un paso atrás, no era su costumbre…

-¿Y qué estabas haciendo en Londres, Candy? – su voz era ronca, era diáfana, como el arrullo de un arroyo.

Ella sintió un suave calor que la fue invadiendo, lento y delicioso. Era incapaz de desviar su mirada de los ojos de Alistar.

-Stear, yo… - titubeó.

¡Y ahí estaba! ¡Esa era la misma mirada que Alistar Cornwell recordaba! No había más nada alrededor, solo esa química palpable que sobrepujaba cualquier otro sentimiento. Esta vez no habría un silbato que la interrumpiera. Alistar se preparó, sus pupilas se dilataron delicadamente en esos instantes que al sargento le parecieron una eternidad.

-¿Tú Candy…? ¿Qué estabas haciendo en medio de una guerra? – le preguntó al oído, ocasionando que su aliento erizara la piel de la enfermera-. Recuerdo que cuando pidieron voluntarias en tu escuela dijiste que tuviste miedo, que te paralizaste. ¿Qué pudo ser tan fuerte como para que vencieras el miedo? ¿Qué Candy, qué? – le animó a seguir, a medio tono, con una delicada sonrisa, percibiendo un cosquilleo maravilloso que por fin cobraba vida.

Nunca el sargento había dado vida a esas sensaciones, solo las imaginaba, soñaba, inventaba… pero hoy, todo lo que hubiese imaginado sobre lo que podría sentir era nada: Sus manos querían alcanzar el pelo rubio, deseaba estirarlo y liberarlo, quería jugar con sus rizos, olerlos; deseaba acariciar sus mejillas que con el frío parecían dos lindas manzanas… quería reconocer el sabor de esa torre nívea y diáfana que tenía por cuello, estaba respirando emocionado, esperando la respuesta de la joven.

-Yo… yo… - ella parecía reconocer las emociones en Stear; se sentía mareada, pero era un mareo delicado y delicioso, no quería dejar de sentir esas emociones que el cálido aliento del sargento le provocaban –. Yo vine a buscarte – confesó –. Yo no quise creer que hubieses muerto, yo no quise creer que no existieras, que no volvería a verte; yo necesitaba estar segura. Necesitaba buscarte.

Stear tragó saliva. No se había preparado para la cascada de revelaciones que estaba escuchando. No se separó de ella ni un ápice; se quedó ahí, bebiéndose las verdades que escuchaba, bebiéndose el aliento femenino, sumergido en las esmeraldas que lo miraban emocionadas.

-Candy… - sus labios estaban muy cerca de los de la joven, un poco más y le habría robado un beso. Ella cerró los ojos esperando el húmedo contacto y él se sintió complacido; pero antes, él tenía algo que debía aclarar… antes de hacer otro movimiento, Alistar tenía una charla pendiente con cierto Feldwebel.

Lo único que pudo hacer fue arriesgarse a tomar a esa chica entre sus brazos. La tomó de la cintura y permitió que ella refugiara su cabeza en su pecho. Sintió su corazón hincharse… los latidos de ella eran tan suaves, los de él tan fuertes.

-Creo que será mejor que entremos. El guardia no deja de mirarnos – le explicó también al oído. Su tiempo de descanso había acabado.

Ella se separó, sus ojos brillaban humedecidos; hizo una muda aceptación tratando de sonreír al guapo sargento.

Ambos caminaron en silencio, separados por la distancia acostumbrada de su época, pero más unidos que nunca antes. Miraron hacia la pequeña escalera que llevaba a la puerta hacia las celdas y encontraron al Feldwebel ahí, como un celador, con la mirada fija en ellos.

Cuando la pareja pasó junto al militar Candice bajó su mirada confundida. Por instinto se acercó más al sargento y él mantuvo el leve contacto. Stear levantó la mirada con seriedad hacia los ojos azules que les miraban con tristeza. Ella no percibió la comunicación entre ambos hombres. Era un código… una de esas costumbres que solo los hermanos desarrollan; en ocasiones, sin proponérselo.

-Parece que las antiguas costumbres de la corte inglesa no se han terminado. He aquí una Duquesa coqueteando con un plebeyo – había sido el mordaz comentario de Kiel cuando los vio alejarse al tiempo que tras de él caminaba el nuevo grupo que estaría en el patio.

-Supe que son familia – los justificó Alfred Kursbach secamente.

-Sí, por supuesto – en la respuesta, había ironía pura.

Anthony entró a su habitación totalmente perdido. No entendía. Su mente no lograba a comprender cómo su hermano, su DECENTE hermano era capaz de hablarle de amores a una mujer casada.

¿Y ella? ¿Qué estaba pensando? ¿Dónde estaban todos esos valores por los que la había amado?

En su habitación no había botellas de Whisky y él tenía la completa necesidad de un desahogo. Abrió las ventanas, se desabotonó la casaca, pero no era suficiente, su pecho estaba oprimido, sentía que sus pulmones no alcanzaban a expandirse por completo.

Sin pensarlo dos veces, abandonó su habitación rumbo a las caballerizas. No dio explicaciones a nadie. Él mismo ensilló su corcel negro azabache; un pura sangre, fuerte y decidido.

Tan pronto estuvo en la montura, Anthony apresuró a la bestia para que relinchara y después emprendieron la carrera. Cerca del ayuntamiento había un pequeño bosque, Anthony cabalgó a todo galope. El caballo percibía la desesperación de su jinete, estaba asustado, y corría tan veloz como sus patas se lo permitieron.

-¡Si ella va a perder todas sus virtudes que las pierda conmigo! – pensaba –. Si ella va a olvidarse que es una mujer casada, que lo olvide en mi cama. Si ella ha decidido permitirse aventuras, que me deje ser su guía. Si ella quiere olvidarse de las buenas costumbres, yo la vuelvo loca y la llevo de quimera a cortesana. Si ella quiere jugar, yo juego con ella… que juegue conmigo.

Anthony estaba celoso. Siempre había sabido que Stear y Archie estaban locos por ella, pero eran otros tiempos, eran formas de amar muy diferentes.

Aquéllos habían sido amores de risas, de juegos, de inocencias, lo que él había visto en los ojos de Alistar era la pasión pura y decidida de un hombre por una mujer. Lo que él había encontrado en los ojos de Candy era… era… él no sabía que había en los ojos de esa joven.

-¡Duquesa de Grandchester! ¡Pensé que jamás ella permitiría que las costumbres referidas por Kiel la alcanzaran! ¡Mi primo! ¡Mi hermano!

Las olas de sus visiones se habían convertido en tempestad. El Feldwebel les reprochaba su comportamiento, pero de pronto, los justificaba.

-¿Pero qué puedo decir yo? ¿Estoy enojado por la pérdida de las buenas costumbres o porque ella ha decidido olvidarlas con alguien más? ¿Cómo puedo estar enojado con Stear? ¿Acaso no ha estado él siempre a su lado? ¿Acaso no ha cuidado de ella, la ha protegido y aún más: La ha amado?

Lentamente la velocidad, el viento, el frío, el desahogo, empezaban a surtir efecto… Anthony detuvo la carrera del corcel y lo animó a seguir a paso lento. Tenía que ordenar sus pensamientos. Tenía que colocar cada pieza en el lugar correcto.

Recordó la mirada de su primo: Era la misma que le dirigía cuando había creado algo nuevo y deseaba mostrárselo en secreto ¿Cómo había sido tan estúpido? Seguramente lo estaría esperando, y, como estaban las cosas, Anthony sabía que el tiempo era oro.

En la ya obscuridad del bosque, el jinete recorrió el camino del regreso. Entró a la ciudad en total sigilo. Las cosas se estaban complicando para él; sincerarse con su primo, esa era la idea que ocupaba su cabeza. Si algo le pasaba a él, quizás Alistar pudiese devolver a Candy a casa… quizás… si antes no se la robaba, pues la mirada que compartía con esa joven no era precisamente de amor filial.

Anthony suspiró profundo. Esta sería una larga noche, debía asegurarse de que Kiel no se enterara de la visita nocturna que efectuaría a las celdas.

Malinalli, para Guerra Florida. 23 Abril 2014.