HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 9

La redención del infierno

Candice estaba haciendo torundas de algodón y alcohol sentada ante una vieja mesa. Sus dedos se movían con ligereza, pero también con cierta rudeza. Ya había llenado un par de frascos de vidrio, sin embargo, parecía no ser suficiente para la enfermera.

Arrancaba sin delicadeza alguna el algodón que necesitaba de una paca, hacía la torunda y prácticamente la aventaba al frasco, sin siquiera prestar atención a la colección que ya tenía elaborada, suficiente para una semana.

En la mente de la rubia pasaba un torbellino de recuerdos, miraba a Anthony, deslumbrante como siempre, cuidando de ella, abrazado a ella, sonriendo por y para ella. Después recordaba el aliento cálido y sensual de Alistar, se preguntaba una y otra vez qué era lo que sucedía con ella cuando esos ojos negros se posaban seductores sobre su cuerpo; la corriente eléctrica del varonil aliento en sus oídos la estremecía. Revivía entonces el fuego que sintió en su cuello y la fuente de ojos azules que descubrió luego, se estremeció también entonces; se sintió femenina, se sintió halagada. Después su mente la llevaba del otro lado del Atlántico, a esa horrorosa escena de su amiga, intentando quitarse la vida porque Stear ya no existía.

¿Cómo podría? ¿Cómo era ella capaz de siquiera mirar a Stear? Se estaba convirtiendo en algo que ella nunca quiso ser. Era desleal lo que estaba sintiendo. Patty era su amiga, tenían una promesa… "un alma pura, reconoce otra alma pura" le había dicho su amiga. ¿Cómo se atrevía a temblar ante Stear?

Ana la contemplaba en silencio, si bien no conocía la historia de Candy, podía darse cuenta de que la joven estaba sufriendo. No tenía idea de qué podría decirle.

Ana tenía sus propios problemas. En realidad no tenían mucho tiempo en Poznan pero a ella le parecía una eternidad. Extrañaba a Terry, extrañaba sentirse segura, extrañaba saberse parte de algo importante: Su familia. En ocasiones soñaba despierta, deseando que Terry entrara por esa horrible puerta y le extendiera la mano para llevarla a casa. ¿Cuándo? ¿Cuándo ella volvería a reflejarse en esos zafiros profundos y penetrantes?

Ambas escucharon el llegar del corcel… la noche estaba en silencio. La rubia cerró los ojos y prestó atención en el sonido de los pasos que presurosos se acercaban al edificio… era ese hombre, era ese Feldwebel; Candy nuevamente buscó su moneda y la apretó en silencio.

-Anthony – suspiró mientras un par de lágrimas resbalaban por sus mejillas y sus manos.

-Es hora de cerrar la enfermería – Hans llegó para dirigirlas a su celda. Y las prisioneras se pusieron de pie sin emitir palabra alguna.

El silencio incomodaba al soldado. La chica rara siempre estaba hablando, siempre tenía una frase, una broma, una sonrisa, pero esta noche estaba tan ausente, tan lejana. Sintió oprimirse su pecho y deseó poder verla optimista.

-Es estúpido decirlo, pero su celda será cómoda – comentó el soldado, con sus ojos encendidos –. El señor Kurzbach ha hecho muchos cambios – añadió mientras les mostraba la celda que les había sido asignada.

La puerta estaba cerrada. El pasillo por el que habían caminado no era tan frío, ni tan húmedo ni mucho menos tan obscuro como el que condujo a Candice a las mazmorras tan solo un día antes. El soldado abrió la puerta y les mostró un lugar limpio. No dejaba de ser una celda, pero había un par de camas, una mesa y un par de sillas. También tenía una pequeña ventana, por supuesto, con sus respectivos barrotes, pero daba a la calle principal y no estaba tan alta como la que Alistar había tenido en su mazmorra, las damas podían asomarse y contemplar la diaria algarabía si así lo decidían.

Ana entró con paso lento a su celda, hasta ahora, había estado en la enfermería, y verse entre esas cuatro paredes le parecía totalmente una pesadilla, ojalá pudiera despertarse en la cacofonía del hospital en Londres, o mejor aún, en los brazos de su esposo. Tocó delicadamente su vientre y se mantuvo firme. Sabía perfectamente que el bebé dentro de ella percibía su estado de ánimo y se esforzaba por mantenerse serena. Se sentó en la cama más próxima y se dejó caer sin decir palabra alguna. Era una de esas mágicas ocasiones en que no necesitaba más, solamente pensar en él, en Terry, para estar segura que él también estaba pensando en ella.

A varios kilómetros de distancia, en la vieja Londres, Terry empezaba a desesperarse. Ella le hacía falta. Susana recibía dinero, tan solo porque el viejo administrador de los Grandchester era muy eficiente, de otro modo, la joven habría quedado en el olvido y abandono.

En lo único que Terrence estaba concentrado era en el reloj. Ya casi llegaba la hora de la cita. Alguien le había enviado una nota y, aún sin estar seguro de la confiabilidad de la fuente, él estaba dispuesto a jugarse el todo por el todo pese a que Albert le insistiera por ser cauto.

-No puedo Albert – le había dicho decidido –; si hay una mínima esperanza, debo tomarla.

-Iré contigo.

De nada valieron las protestas o los argumentos del Duque de Grandchester. Para cada argumento, su amigo tenía una clara y sin duda buena respuesta: "Candy está con ella, tengo derecho a estar ahí".

La pareja de amigos abandonó la mansión Grandchester. Confiando en sus instintos, Albert había traído del banco dinero de diferentes nacionalidades. De altas denominaciones para que el volumen fuera menos; pero eso sí: Mucho, mucho dinero. Terrence portaba el anillo con el sello de su familia escondido en una pequeña bolsa y amarrado en los mechones de su pelo: Así como podría abrirles puertas el tal sello, podría llevarlos directo, si no a la muerte, quizás sí también a una prisión.

Las calles de Londres lucían vacías. Por supuesto, estaban en guerra. Habían sido bombardeados ya muchas veces y algunos lugares emblemáticos a penas se reconocían. Estaba lloviendo, las gotas eran muy delgadas, pero el viento era fuerte y frío y el agua se depositaba en el rostro de los caballeros como delicadas agujas. Sus botas chapoteaban libremente en la Oxford Street.

-Me pregunto si hicimos bien en venir caminando – se quejó Terry – deberíamos cuidarnos Albert, de nada servirá nuestro esfuerzo si enfermamos.

-Hicimos bien Terry, no debíamos venir en los autos si pensamos desaparecer – Albert le habló como si la situación no fuera para tanto; era un trotamundos y deseaba que Terry sintiera confianza en su empresa – pero tienes razón, debemos cuidarnos… ¿Te imaginas? ¿Llegar allá y pedirles a Candy y Ana que nos cuiden?

-¡Valientes caballeros! – sonrieron con tristeza y esperaron con paciencia en la esquina señalada

A la hora señalada, un par de hombres aparecieron en un lujoso auto. Fueron al grano, sin tapujos.

-Están en Poznan – informaron y los dos amigos se miraron horrorizados.

-Polonia – susurró meditabundo William Albert. Hubiera querido que su pequeña estuviese en alguna ciudad más cercana. Imaginarla tan lejos, tan sola y tan vulnerable solo ocasionaba que deseara que los kilómetros entre ellos desaparecieran por arte de magia.

¡Era invierno! ¡Nieve por todos lados! ¡Un viaje al menos de dos días en las mejores condiciones! Pero si a ello le agregaban que éstas no eran las mejores condiciones, eran incapaces de determinar el tiempo necesario para alcanzarlas.

-A Poznan iremos – Albert estaba decidido. Sabía que era la primera vez que Terry viajaría en tales condiciones. Era el hijo de un Duque y, si bien se había escapado de casa en varias ocasiones, siempre lo había hecho con clase.

Esperaba ver en Terry duda, sin embargo sus ojos eran fuertes, penetrantes. Sentía un llamado claro y:

-¡Sí! ¡Entonces a Poznan! – confirmó con determinación. Su espalda erguida y sus ojos clavados en algún punto del horizonte.

-No. Ningún "Iremos", solo puede viajar uno de ustedes. Mis hombres lo irán trasladando con seguridad–. Albert y Terry miraron con desconfianza al hombre -. Ellos saben lo que tienen que hacer. Llegará a Poznan quien ustedes decidan, pero apresúrense, no tenemos mucho tiempo.

-De acuerdo.

La respuesta era obvia: Candy era hija de Albert, pero Ana era esposa de Terry, no había nada qué pensar. Los dos hombres entregaron una buena cantidad de dinero y Albert vio partir a su amigo. Se quedó nervioso, pero confiaba en la templanza del Duque de Grandchester, había madurado y sabía que por su esposa, haría lo que fuera. No la perdería por nada, ya había tenido muchas pérdidas en su vida y no permitiría que la historia se repitiera.

Unas horas más tarde, Terry viajaba en una pequeña embarcación cruzando el Canal de la Mancha.

Pareciera como si la prisión de Poznan no tuviera demasiadas preocupaciones. El director se había retirado a descansar; estaba, hasta cierto punto, satisfecho y tranquilo con los cambios que se habían aplicado. Al menos los prisioneros ya no podrían quejarse si la tal Comisión de los Países Centrales se presentaba un día de estos, como les había advertido el Canciller.

Estaba seguro de que los espartaquistas estarían perdiendo fuerza y de que Rosa tendría su merecido. Odiaba el hecho de haber quedado en ridículo ante sus iguales. No había podido dar explicación alguna de cómo era que esos panfletos seguían proliferando por toda Alemania y Polonia y, como consecuencia, había tenido una audiencia privada con el Canciller en el que le advertía que pusiera mayor atención a la vigilancia de esta peligrosa dama.

-Últimamente las damas solo me dan problemas – espetó agotado –. Aunque parece ser que esa enfermerita… esa la Duquesa, bien podría ayudarme a quitarme el estrés.

El hombre sonrió con concupiscencia. Era estúpido siquiera pensar en acercarse a la Duquesa, era una prisionera de los generales, y él tenía que cuidar de ella.

Se quitó las botas y se dispuso a descansar, había tenido un largo día y tan pronto puso su cabeza en la almohada empezaron los escandalosos ronquidos.

De las grandes desventajas de esa prisión era el eco. Nadie podía caminar con discreción pues las paredes devolvían el sonido enviándolo casi a cada rincón del área.

Alistar escuchó los pasos acercarse, eran pasos presurosos y firmes, bien plantados. A medida que se acercaban, el piloto apretaba sus puños. A diferencia de las damas, los pilotos seguían separados, pero ahora tenían dignidad, pues estaban en celdas similares a las de Rosa, muy lejos de las mazmorras.

Si lo sospechaba o no… no importaba. La ropa de Stear había sido también adquirida por el Feldwebel pues estas prisiones no tenían todavía ropa que ofrecer a sus prisioneros. El piloto estaba abrigado, limpio, y cómodo.

Los rumores eran que el nuevo Feldwebel había tenido mucho que ver en el giro de la prisión. Muchos prisioneros, víctimas del humor negro decían que los rusos podían seguir muriendo, si así el Feldwebel continuaba entre ellos.

Nadie sospechaba todavía del movimiento que estaba a la puerta. Quizás el Feldwebel jamás volvería a dar una orden en el frente de batalla. Su batallón estaba instalado también en el ayuntamiento y hasta ahora, las únicas órdenes obedecidas eran las de ayudar a limpiar la prisión y mantener el orden de la ciudad de Poznan.

Estos rumores para Stear eran un rompecabezas. Prefería no escuchar nada del tal Kurzbach, él deseaba asomarse y descubrir a otro hombre. Tenía que enfrentarlo.

Alfred tenía el presentimiento de que pronto la carga que llevaba a la espalda se dividiría. Sabía que debía dar mil explicaciones, trató de estar sereno, la cabalgata le había ayudado, sin embargo, conocía a su primo y lo sabía un hombre de fuertes convicciones. Esta sería una larga noche.

A medida que los pasos se acercaban por el pasillo Stear hacía un recuento de todas la preguntas que haría y de todos los reproches. ¿Cómo empezaría? ¿Qué sucedería? Sus dientes estaban apretados y se puso de pie para estar a la altura de quien estaba seguro, abriría esa puerta.

La puerta se abrió con el mismo terrible sonido de antiguo, un escalofrío recorrió la espalda del sargento. Miró con detenimiento al militar germano frente a él: Fuerte, poderoso, imponente, y al mismo tiempo apacible, como un cordero que va al matadero.

La noche estaba muy entrada, no había luz de luna, estaba nublado allá afuera y la luz de la vela bailoteaba casi tímida sobre la mesa. Los hombres que han sido como hermanos se inspeccionaron. Anthony quería encontrar a ese chico maduro y feliz que había dejado al apartarse con Candy durante la cacería y Stear deseaba reconocer a quien vivía con justicia.

El piloto se sentía mareado por tantas imágenes que venían a su mente. Sentía odiar a ese hombre que no perdía su temple y que le sostenía la mirada casi sin pestañear.

-Así que… viniste – Stear fue el primero en hablar.

Era un dialogo antiguo. Un reto infantil que les lanzaba a Anthony y Archie cuando quería mostrarles sus novedosos inventos: "Nos vemos en el establo y quien no vaya será un caballo"… siempre que Anthony aparecía, así lo recibía su primo… "Así que viniste…"

-¡No soy un caballo! – respondió en ese dialogo aprendido e intercambiado por años.

Ya no había dudas, ya no había preguntas de introducción. Su infantil dialogo lo había revelado. La sangre del piloto se subió a la cabeza y aquello que tanto había temido se pronto se presentaba ante sus ojos y lo arrebataba como un huracán hacia una maraña de sentimientos potencializados en cuestión de segundos. Sintió frío, sintió calor, sintió enojo y felicidad. De alguna manera tenía que canalizar todas esas extrañas sensaciones. Stear caminó de un lado a otro de su celda; él no había cabalgado. Toda la tarde se había estado torturando con la idea que invadía su cabeza. La sentía caliente, le daba vueltas, sentía presión sobre sus sienes; apenas pudo procesar lo que todo eso significaba.

No sabía dónde depositar sus manos, las llevaba a su cabeza, a su cintura, las extendía hacia el cielo, hacia su primo… hacia la nada. Tenía la necesidad de alcanzarlo, de rechazarlo, de abrazarlo, de golpearlo…

De pronto se detenía bruscamente mirándolo fijamente, como deseando decirle algo, gritarle algún reproche, pero justo cuando las palabras alcanzaban su garganta, el piloto se detenía y solo negaba, se quedaba mudo.

Sin embargo, sus ojos eran como fuego puro, se estaba tragando el enojo; su cuerpo temblaba preso de las emociones negativas dirigidas a ese ser extraño que amparado en la obscuridad de la noche irrumpía en su celda, como un ladrón… y lo peor: Irrumpía en su vida, seguramente para arrebatarle lo que él consideraba de mayor valor. Pero no. Esta vez no estaba dispuesto a ceder. Aunque sus ojos se habían convertido en dos afiladas espadas que Anthony no podía ver bien en la media luz, sí podía percibirlas, y le cortaban, penetraban hasta el corazón del Feldwebel, provocando en su interior un dolor que había enterrado tiempo atrás.

Todo el cuerpo del Feldwebel se puso en alerta. Conocía a su hermano, o mejor dicho, al que había sido su hermano; confiaba en su buen juicio, sin embargo, ¿era este hombre frente a él el mismo hermano de antaño? Lo había visto coqueteando con una mujer casada; eso, su hermano jamás lo habría hecho… ¿cómo saber hasta dónde sería capaz de llegar este sargento? Apretó sus puños, dispuesto a la porfía y lo vio desplazarse de un lado a otro. Estaría listo, estaría esperando por cualquier reacción.

Los ojos hablan aún en la obscuridad, las miradas penetran hasta el alma como espada si es lo que desean. Anthony podía ver que el cuerpo de su primo le gritaba, le reprochaba… él conocía poco de su historia, o de la historia que su familia había tejido. No podía defenderse, no podía decirle nada. Sabía que aparecía delante de su hermano como un fantasma, como quien clama desde el polvo una vida que no acaba. Recordaba su propio sentimiento al enterarse que su familia lo consideraba muerto, no hacía mucho tiempo de eso… y si se esforzaba un poco, podía revivir el mismo dolor en los ojos de su hermano. Sabía que se sentía traicionado, burlado, humillado… él mismo lo había experimentado.

El cuerpo alto y fuerte de Anthony Brown también estaba tenso, también estaba temblando. El rubio era víctima de las emociones que su primo le transmitía, las emociones que él consideraba enterradas en algún lugar recóndito dentro de sí.

Y además… por si eso fuera poco, vestía un uniforme enemigo. No un soldado cualquiera, un oficial, un Feldwebel: El que daba las órdenes en el campo de batalla. El considerado más valiente entre su ejército, el que abandonaba el campo cuando todo su batallón estaba seguro.

Stear y Anthony. Anthony y Stear. Primos, hermanos, amigos, cómplices… convertidos en dos completos desconocidos, enemigos y rivales. La vida no había tenido piedad con ellos.

Anthony se mantuvo siempre quieto, solo mirando a su primo. Intentando compenetrarse con él. Deseando con todas sus fuerzas que de una vez por todas Alistar escupiera todo su dolor. Que diera el primer golpe. Así podría empezar a sanar.

El primogénito de los Cornwell se paseaba como un león enjaulado todavía, parecía no poder poner en orden todas sus ideas. Finalmente, se sentó en la cama y se tomó de las manos, agachando su cabeza, mirando sus zapatos, incapaz de volver a levantarse.

Anthony, también estaba cansado. Había pasado más de media hora en completo silencio. Nada habían dicho más allá de aquél infantil dialogo, sin embargo, sus fuerzas lo habían abandonado.

Ambos hombres se sentían como si hubiesen estado en una gesta medieval y hubiesen sido mortalmente heridos por el enemigo.

Anthony se sentó junto a su hermano. Fijó su mirada en la flama de esa vela que se agotaba, pero ya sus ojos se estaban acostumbrando a la obscuridad. Para Stear era más sencillo: Estaba acostumbrado a la obscuridad completa.

Stear deseaba que así como la vela se estaba extinguiendo, pronto se extinguiera el dolor causado por ese hombre a su lado.

Ninguno de los dos podía emitir palabra alguna, sabían que debían comenzar en algún lado… pero no encontraban el punto de partida.- Anthony por fin pensó en el fatal día en que fue separado de su familia, tras ese "mortal" accidente… quizás por ahí debía empezar… de los tres siempre había sido el de la iniciativa. Conocía a Alistar, sabía que él jamás lo enfrentaría hasta que él se abriera, así era el mayor de los Cornwell, siempre prudente, siempre estoico.

-Si en esta celda hubiese estado Archie, seguro que ya me habría dado un buen puñetazo – al parecer ese silencio no había sido tan mudo. La voz de Anthony era de añoranza. Extrañaba a Archie también y reconocía la diferencia entre los dos hermanos.

Se habían hablado sin palabras por varios minutos. Sus lenguajes corporales no fueron de ataque ni de defensa. Solo eran dos hermanos poniendo las cartas sobre la mesa: Stear supo que Anthony no era peligroso para él, y Anthony reconoció que Alistar sentía dolor pero no odio.

-Archie – el nombre de su hermano menor erizó la piel del sargento. Hacía un tiempo que rechazaba recordarlo para evitar sufrir. Una leve y triste sonrisa se dibujó apenas en su rostro. Los hombres ahora lograban comunicarse a media voz, con cautela.

-Vine hasta aquí confiando en que tú no te me echarías encima como un león – confesó.

-¿Ah sí? ¿Y por qué piensas eso? ¿Crees que no podría darte un par de buenos golpes? – respondió como un reto, indignado, quizás. Finalmente, era lo único que podía expresar.

-Podrías golpearme hasta cansarte y darías una buena pelea, pero no es tu naturaleza. Tú eres el balance, tú eres el que piensa, tú eres el analítico, el que no da un paso en falso – la voz de Anthony sonó emocionada en esa obscuridad, Stear ya casi no podía ver sus ojos, pero adivinaba que brillaban mientras murmuraba.

-¿Y crees que no podría perder la cabeza?

-¿Tú? ¿Alistar Cornwell Andrew, perder la cabeza? No. Definitivamente no.

-¿Sabes que estoy enojado, verdad?

-Ajá – Anthony hizo una pausa –. Sé que cuando te enojas te separas de la causa. Sé que te separas para no ser imprudente. Sé que jamás te dejas llevas por la ira.

-Quisiera golpearte – confesó… pero su tono no era de amenaza.

-Así no. Tendríamos muchos problemas – concilió el Feldwebel.

-Por eso me detengo. Habría querido derrumbarte a golpes cuando entraste.

-Habría querido que pudieras hacerlo. Créeme, te habría devuelto cada golpe. ¿Por qué no lo hiciste? – pese a la confesión de la amenaza, no había reto. Faltaba esa pasión que acompaña un duelo.

-Por la misma razón que tú, seguramente –. El Sargento se encogió de hombros tras llegar a la obvia conclusión. Finalmente se atrevió a mirar hacia Anthony y este lo miró; aún ahí, en esa ya completa obscuridad que impedía mirar sus pupilas, los dos comprendieron lo que había en los ojos del otro:

-Candy… - suspiraron al mismo tiempo mientras sonrían tristemente.

-Si te hubiese recibido a golpes, ahora estaría de nuevo en esa mazmorra y no podría cuidar de ella.

-¿Comprendes lo que te he dicho? Tú siempre piensas antes de actuar – puntualizó el Feldwebel –. A mí tampoco me conviene que vuelvas a las mazmorras, quiero saber que ella estará protegida si yo… - su hermano lo interrumpió, quería por fin soltar lo que tenía en su corazón, no prestó atención al mensaje entre líneas de su hermano.

-¡Y habría querido poder gritarte que eres un traidor! – Este no era un tono cordial. Ante el patriotismo ilimitado del sargento, su hermano, ahí sentado, era desleal.

-¿Un traidor? – Anthony tensó su semblante. Esa palabra no le gustaba en lo más mínimo.

-¿Dije algo que lo molestara, Señor Kurzbach? – el arrastre del nombre usado por su primo fue peor que un golpe para Anthony.

-Dijiste lo que piensas, eso es todo. Pero vas muy rápido, ¿no te parece? – las palabras de Anthony, estaban cargadas de tristeza; de frustración.

-¿Rápido? La verdad es dura para los que mienten.

-La verdad tiene muchas caras. La verdad tiene muchas versiones.

-La verdad es la verdad, eso es todo – respondió Stear terminantemente.

-La verdad… ¿cuál verdad quieres primero?

-No he decidido si quiero escucharte – el sargento trataba de mostrar indiferencia, como si la vida de su primo no le interesara en lo más mínimo.

-¿Entonces? ¿Por qué me pediste que viniera?

-¡Touché! – Stear miró hacia la ventana y se levantó lentamente, se asomó hacia la calle y añadió –. Siempre has sido observador. Siempre puedes debatir. Tienes razón: Quiero escucharte.

Era admirable, como, en el ojo del huracán de sus emociones, ambos hombres hubieran logrado hablar, antes de enfrascarse en una gesta que seguramente no traería nada bueno para ninguno de los dos.

-Primero quiero que me expliques por qué estoy muerto – desconcierto era lo que la voz de Anthony denotaba –; quiero que me expliques por qué mi familia me dio la espalda cuando más los necesitaba y simplemente se deshicieron de mí, diciendo ante la sociedad que había perecido. ¿Es que el poderoso clan Andrew no estaba preparado para tener un miembro inválido?

-¿Qué locuras estás diciendo Anthony? – Stear frunció el ceño y su voz tembló. La enorme muralla que el sargento había construido de pronto se debilitó. Como si hubiese sido sacudida por un temblor.

Los dos hombres nuevamente guardaron silencio. Anthony permaneció recordando el doloroso descubrimiento que su padre hizo durante un viaje a Chicago. Aquélla noticia había sido un vector en la vida del joven: tenía dirección, magnitud y sentido. Y cada directriz, lo empujaba hacia arriba y adelante.

-Yo no he dicho ninguna locura. Mi padre quiso viajar conmigo para buscar a los mejores médicos pero no pude despedirme; dijeron que Candy y la tía no podían visitarme y que tú y Archie entrarían por la puerta en cualquier momento, sin embargo, esperé hasta que ya no le fue posible a mi padre y salimos del hospital.

-No sé de qué estás hablando – no había nada que él pudiera decir además de eso.

Stear hizo memoria de los hechos de aquél día. Y así se los narró a su primo:

-La tía abuela sufrió un colapso en cuanto supo de tu accidente – explicó con cierta nostalgia–, siempre fuiste su consentido, se asustó realmente. La idea de perderte la tuvo en cama por días. Si la estuviste esperando en el hospital, he ahí la razón por la que no fue a verte.

El silencio de Anthony era para Stear la clara señal de que debía continuar con su relato.

-A Candy, Archie y yo la encontramos desmayada sobre tu cuerpo. El tío Legan nos ordenó llevarla a descansar. Así estuvo un par de días en cama… recuerdo que no hubo fuerza alguna que lograra que Archie tomara un descanso; se pasó en vela todo el tiempo escuchando los delirios de Candy– Stear estaba reviviendo el par de tardes más dolorosas de su vida. El rompecabezas en la mente de Alistar era muy claro. Anthony podía imaginar cada detalle a medida que su primo continuaba con su narración-. La mansión era un lío: el tío abuelo no se había presentado a la cacería, George se encargó de despedir a los invitados; a Archie y a mí nos pidieron que cuidáramos de la tía abuela y Candy mientras los Legan dijeron que se encargarían de cuidar de ti. Dos días después, poco antes de que Candy despertara Archie y yo recibimos la noticia de tu muerte. Y eso es todo lo que sé.

Que asistimos a tu funeral, que Candy no salió de su habitación por días, que vivimos nuestro luto, que seguimos viviendo y que nunca olvidamos a nuestro hermano muerto.

Hubo un silencio sepulcral por algunos pocos minutos. El hombre rubio trataba de encontrarle sentido a la historia de su primo, pero nada de ello concordaba con lo que él había vivido.

-Yo, simplemente no era yo – comenzó Anthony. El nudo en su garganta le obligaba a hacer pequeñas pausas. Estaba reviviendo los detalles dolorosos de su trance –. Era muy joven para manejar la oposición que se me vino encima, en una fracción de segundo: En un momento estaba dispuesto a declararle mi amor a Candy formalmente y en el siguiente estaba en el cuarto de un hospital, con mi cuerpo sin movimiento – cerró los ojos y se vio en aquélla cama –. Tú sabes lo que es el infierno… al menos una parte – corrigió: Creer que estas en el infierno es tener mil ideas en tu cerebro, desear hablar y que tus labios no te obedezcan. Es desear que tu cabeza se mueva hacia la ventana para mirar el cielo y que tu cabeza permanezca quieta. El infierno es querer mover tu mano, tu brazo… ¡ordenarle, presionarle, decirle que ya es tiempo! Y que sin embargo permanezca en el mismo lugar. Sientes el fuego del dolor que te quema, que te abraza en el enojo de no sentir tus piernas. De pronto una enfermera entra y te dice que debe asearte… entonces descubres que ese olor desagradable son tus propios desechos, que estás sucio, sin dignidad porque alguien más debe ayudarte con tu higiene personal.

Y luego… al paso del tiempo, los escuchas decir que tu espalda está llena de llagas, que casi no tienes masa muscular, que te estás debilitando cada día.

Anthony estaba controlando sus emociones. Es verdad que su voz era cortada, pero no se derrumbaría; le había costado mucho trabajo levantarse.

-No conozco ni la mitad del infierno – concluyó Stear prudentemente – y pensé que en verdad lo conocía.

-Como te decía… todo eso… fue tan solo creer que estabas en el infierno. No es así: Esa es tan solo la antesala del infierno – Anthony rio por lo bajo. Se hizo hacia atrás en la cama de tal forma que su espalda quedó recargada en la fría pared de la celda –. El verdadero infierno vino después… mucho después; antes, aún había experiencias que tener.

Dobló sus largas piernas y recargó sus brazos en ellas.

-El infierno verdadero se acerca… solo se acerca… en la soledad que te envuelve. Cuando todo lo que te hizo sentir vivo se desvanece. Cuando los seres que amas desaparecen; cuando esperas que alguien entre con una carta y que la lea para ti, aunque no puedas responderla. Cuando pasan las semanas y los meses y descubres que esas cartas no llegarán jamás… y quieres llorar, pero no puedes. Encierras tu dolor y te lo tragas. Cuando al paso de los años ya no esperas más misivas y tu corazón se llena de amargura, de rencor, de dolor. Cuando un mal día tu padre entra a tu cuarto y entonces descubre que ya ni siquiera con él te comunicas. Que estás encerrado en un mundo en donde todo lo que hay es aspereza y eso sí: La firme convicción de que si pudieras, tú mismo terminarías con todo… contigo…

No hubo ningún comentario de Alistar. Era incapaz de vislumbrar un poco… tan solo un poco de lo que su primo le estaba describiendo. Para él, Anthony era un hombre fuerte, dueño de sí mismo, capaz de vencer cualquier adversidad que se presentara y de pronto, imaginarlo rendido, decidido únicamente a terminar con todo… eso no podía comprenderlo.

-Y ahora sí… entonces ese infierno llega: El infierno es cuando te has perdido a ti mismo. El infierno no fue perder a tu familia, a tu novia, o el movimiento de tu cuerpo. El infierno es cuando te miras al espejo y no te reconoces. Cuando prefieres seguir dormido para que el día sea más corto. Cuando despertar al vacío de tu alma no te apetece. Cuando prefieres mil veces que nadie entre por la puerta y te arrebate la soledad que es tu más íntima compañera. Cuando ya no suplicas a Dios que te ayude, que te salve, que te dé una señal de que existe. Cuando te has enojado con ese Ser que antes creíste Todopoderoso… ese Ser que consideraste milagroso y a quien suplicaste con gritos silenciosos que te tomara, que te recordara, que te llevara en sus brazos, o que terminara ese martirio que dolía más… mucho más que la falta de movilidad de tu cuerpo. Al que le has preguntado muchas veces por qué te ha hecho esto, al que le has reclamado tu desgracia y guarda silencio… no te escucha, no te responde… te ha abandonado. O por lo menos eso es lo que tú has pensado.

-Anthony… - Stear estaba haciendo un esfuerzo por no hacer más difícil el incómodo momento que su primo debía estar pasando al desnudarse ante él.

-Y luego… cuando ya has llegado a ese abismo de amargura y te das cuenta que ya no puedes odiar más tu vida, descubres que la única salida es hacia arriba – hizo una pausa; a Stear le pareció reconocer frustración en la voz de Anthony-. Es lógico… ¿no lo crees? Te has rodeado de amargura. No puedes ir hacia ningún otro lado: Solo hacia arriba. Has tocado fondo. Ya no puedes odiar más, ya no puedes seguir teniéndote lástima, ahora, todo lo que añoras, lo que quieres, lo que deseas es volver a sentirte vivo –los recuerdos lo estaban agotando, le costaba hablar, a pesar de que su voz era apenas audible; suspiró, recordando el peso del mundo sobre sus hombros-. Cuesta mucho reconocerlo; debes aceptar con humildad que has llegado a ese estado solo porque tú te lo has permitido. Debes ser muy valiente para aprender que toda esa amargura está dentro de tí porque tú le has abierto la puerta; entonces tu corazón se quebranta y tu espíritu siente pesar. La única forma de salir del infierno es desde dentro. Nadie puede abrirte la puerta estando afuera. Solo tú tienes la llave de ese encierro. Así pasé poco más de tres años: En un estado de total dependencia, en total enojo, sintiendo lástima de mí mismo, deseando acabar con el sufrimiento, enojado con Dios y con todos. Fue hasta que decidí que deseaba sanar que empecé a trabajar seriamente… muchas veces quise abandonar mi propósito, pero entonces conocí a los Kurzbach, quienes me cuidaron como a un hijo, me alentaron, ayudaron a mi padre con mi carga… ¡Me llevaron a China para ser atendido! Y luego, cuando mi padre no volvió de su último viaje, no dudaron en ofrecerme una casa y continuar apoyándome con mi recuperación.

-Pero el tío… ¿por qué nunca nos escribió a Archie o a mí? – ya Stear era un manojo de sentimientos, sin embargo, aún no habían llegado a la parte que ambos sabían debían tocar.

Sí. Ahora ambos sabían que la noche sería muy, muy larga.

-No lo sé. Supongo que se sintió molesto porque no me escribieran – Anthony se encogió de hombros – a estas alturas pienso que nunca lo sabremos. Partió en su barco unos días después de descubrir que mi familia me consideraba muerto.

-Estuviste solo, te enfrentaste solo a todo eso… - había remordimiento en Alistar. Habían prometido que siempre se cuidarían; él sabía cumplir sus promesas, sentía que había fallado

Anthony adivinó sus pensamientos. Lo conocía muy bien, se levantó de la cama y lo alcanzó en la ventana. Por primera vez se atrevió a tomar suavemente el brazo de su primo.

-Fueron las circunstancias, Stear – le reconfortó -. Me recuperé tras mucho esfuerzo y determinación. Siempre con la mira en volver con mi familia: Mi abuela, mis hermanos, mi tío… mi… -Anthony se detuvo y suspiró profundo; había tristeza en su hablar, pero continuó cambiando ligeramente su tono a uno más optimista, según él -: Busqué a Candy en el San Pablo. La encontré al lado de su ahora esposo; di la media vuelta; me acobardé, la vi tan feliz… -hizo una pausa, sabía que su primo probablemente no comprendería. El tono de su voz era una mezcla de aclaración y desconcierto-: ¿Sabes tú lo que es un golpe emocional cuando tu autoestima aún no está del todo bien? Es casi la muerte – él mismo se respondió-. Después de unos meses volví a buscarla pero ya no estaba en Londres y ustedes tampoco. Regresé a Alemania por mis identificaciones, los testamentos de mis padres… documentos importantes, pero la guerra estalló. Los Kurzbach habían proclamado siempre que yo era su hijo… no pude negarme cuando fui reclutado… lo hice para protegerlos.

-Y es así como dos hermanos son enemigos en una guerra.

-"Y es así como dos hermanos se encuentran en una guerra." Eso suena mejor – sonrió tristemente.

Stear lo miró sorprendido.

Era verdad que Anthony siempre había sido un joven excepcional, pero el hombre que estaba parado frente a él no era solo su hermano de siempre. Era su hermano convertido en un hombre, cincelado lentamente a través de la adversidad, habiéndose hecho fuerte tras reconocer sus errores, había conocido el infierno y no se había convertido en un demonio.

-Stear… - realmente te admiro. Confesó Anthony y ello distrajo sorpresivamente al sargento.

-¿Eres tú quién ha bajado al infierno y ha vuelto y dices que me admiras?

-Eres tú quien pudo descender al infierno. Hundirse, odiar, enojarse, dejarse vencer, perderse… como yo lo hice. Estuve en tu celda. Me senté en el piso, recargué mi espalda en esas frías paredes, noté la inmundicia; tenías todos los motivos para perderte a ti mismo. Sin embargo, decidiste que no lo harías. Que sobrevivirías. Que en medio de la inmundicia conservarías tu esencia. Te protegiste. Solo tú sabes en qué o quién te refugiaste – en realidad el rubio tenía una idea de cuán listo había sido su primo -; tampoco tuviste cartas y ni siquiera las esperaste, sabes que tu familia te considera muerto y con todo fuiste capaz de cruzar el pantano sin mancharte.

-Anthony… – Stear estaba sin palabras. En realidad el sargento nunca había tenido ni siquiera la intención de evaluarse, él solo quería sobrevivir.

Habían pasado muchas horas, ya la vela era historia. Pero esos hombres seguían ahí, juntos, como si no quisieran que la noche terminara. Por solo este momento eran hermanos. ¿Qué podría traerles la luz del día? Cuándo amaneciera, porque así la vida lo había proclamado, serían enemigos nuevamente solo por tener uniformes diferentes.

Guardaron silencio. Las cosas habían salido bien. Stear se sentó en la vieja silla con sus ojos clavados hacia el cielo nublado. Anthony, se sentó frente a él, sobre la mesa, cuidando de cubrir la vista de su hermano hacia afuera.

-Sé que es muy tarde ya – Stear clareó su garganta, lo que diría sería importante.

-Lo sé – Anthony arqueó la ceja; sabía lo que vendría y estaba preparado para ello.

-Candy… - dijeron los dos al mismo tiempo. La voz del sargento había sido una voz de reto, la voz del Feldwebel una voz resignada.

-¡La amo! – volvieron a decir al unísono, pero en el mismo tono cada uno.

-¿Me vas a dejar el camino libre? – preguntó el sargento.

-¿Camino libre? He visto cómo te mira. Yo no tengo oportunidad contigo. He sido malo. Ella merece a alguien mejor.

De pronto hubo un tremendo y tenso silencio y a Stear le pareció que el hermano que estaba ahí, con él, no era Anthony sino Archie. Sonrió con discreción cuándo notó la transformación: La teoría es cierta, los hermanos toman matices uno del otro.

-¿Pero ese Grandchester? ¡Es un malcriado! – los puños de Anthony se cerraron con enojo. Stear notó que estaba lleno de celos –. Yo no sé qué estaban pensando ustedes cuando permitieron que Grandchester se ganara el corazón de Candy -.

-Candice White Andrew, Duquesa de Grandchester, condesa de Saint Rose – sonrió divertido Stear, aunque escondiendo la algarabía.

-¿Condesa de Saint Rose? ¿Candice porta el título de mi madre? – Anthony no sabía si sentirse complacido o ultrajado.

-Por supuesto, es la hija de Sir William Albert Andrew y al no estar tú…

-Entiendo – respondió tajante.

-¿Te molesta?

Anthony no respondió la pregunta de Alistar. Y Alistar, tan listo como era respondió su propia pregunta:

-Preferirías que portara el título por ser tu esposa, ¿cierto?

-¡Alistar Cornwell! – se escandalizó Anthony. Era cierto que la deseaba, que pensaba en ella como mujer, pero la tía abuela había hecho un buen trabajo con su educación, sabía que ni si quiera debía atreverse a desear a la mujer de otro. Se permitía poseerla, pero eso era en su intimidad, jamás lo confesaría ante su primo.

-¿De verdad nunca te has puesto a pensar lo que deberá ser poseer a la mujer que amas y que ella te ame y se sienta complacida por estar contigo y solo contigo? – Stear también había sido educado en buenas costumbres, no se atrevió a mencionar el nombre de Candy, pero ambos sabían que estaban hablando de ella.

-No deberíamos hablar de esto, es una mujer casada.

Stear amaba a Candice y deseaba luchar por ella, pero deseaba luchar sin ventajas. Era de la idea de que Anthony y él debían estar en la misma situación. Suspiró profundo, no aceptaría esa ventaja.

-Te diré algo Anthony – Stear fue muy claro – te daré tres días para que hables con Candy. Yo siempre he sido honesto con ella y no me siento leal con este secreto.

-Pero si ella se entera, podría ser peligroso – después de dudarlo un poco Anthony explicó brevemente las razones por las que había venido a Poznan, lo que incluía el grave peligro que estaba corriendo.

-¡¿Y dices que eres malo?! ¡Viniste por mí! ¡Estás arriesgando tu vida por mí! ¡Ni siquiera Candy estaba en Poznan, solo lo hiciste por mí! – de pronto el sargento sintió remordimiento por haber deseado golpear a su primo.

-¡Eres mi hermano! ¡Siempre nos protegimos! Cuando mi padre me dijo que me consideraban muerto comprendí la falta de correspondencia y dejé de sentir rencor.

-Hablarás con Candy de cualquier forma –dictó firme sentencia-. Si no le dices lo que has pasado, ella sufrirá. Estoy seguro de que con el paso del tiempo te perdonará si se lo ocultas, porque es buena; pero sufrirá muchísimo, se sentirá herida y engañada. Candy ya ha sufrido mucho, no querrá perderte a ti dos veces y eso es lo que pasará si no te sinceras con ella.

-¿Tú quieres que hable con ella? ¡Pensé que estabas decidido a arrebatársela a Granschester!

-Arrebatarla de Terry – le pareció divertido y sonrió, no pudo evitarlo.

Se sentó en la cama y su primo lo siguió. Como si supieran el próximo movimiento, los dos se recostaron uniendo sus manos bajo la nuca, cerraron los ojos…

-¡Stear! ¡No la conviertas en una…! – ya no era cordial ese llamado, estaba suplicando y Alistar lo notó; pensó que quizás por ahí podría haber un escape de todos esos sentimientos que ahora tenía arremolinados en su interior.

-Piensa lo que estás diciendo Anthony, es de Candy de quien estamos hablando.

-¡La vi coquetear contigo! – tembló.

-¿La viste? – No pudo evitar sentirse emocionado – ¿Verdad que no es mi imaginación? – Alistar estaba tan emocionado y empezaba a sentirse en confianza con su hermano. Tanto que no reparó en que era también un hombre que amaba a Candy –. ¿Verdad que cuando me mira los ojos le brillan?

-¡También le brillan cuando me mira! –observó enamorado.

-¡Pero cuando la miro, ella siempre encuentra mis ojos, aunque esté de espalda!

-Y cuando está cerca de mí se pone nerviosa…

-Se acerca a mí si necesita apoyo…

-Me busca cuando quiere aprobación. Me coquetea, busca mis ojos ¡y la he escuchado decir mi nombre cuando cree que nadie la escucha!

-Pero es solo porque cree que estás muerto. Cree que eres su ángel que siempre la cuida – aclaró –; pero cuando dice mi nombre es porque sabe que puede contar conmigo, que estaré ahí cuando me llame.

-¡Tiene nuestra moneda colgando de su cuello! – Anthony sacó de su bolsa el reloj y le mostró su moneda al sargento. Empezaban a sonreír como niños, su tono empezaba a sonar infantil.

-Pero lleva mi caja musical en su bolsillo cada día… y es porque le recuerda a mí.

-¡Estás comprometido! ¡Y con una de sus mejores amigas!

-¡Touché! ¡Otra vez touché! – Stear hizo un gesto de frustración.

-Si la tía nos escuchara peleando por una mujer casada seguro nos encerraría en la torre sur de Lakewood antes de deshonrar a su familia.

Sonrieron con tristeza después de un largo silencio. Así… recordando ambos las noches que tirados en el césped del jardín de las rosas y mirando su cielo estrellado.

-Habla con Candy, Anthony. Antes de que lo haga yo – le advirtió.

-Stear… si yo muero… prométeme que la llevarás a casa – rogó, con sus ojos cerrados, emulando el suave y delicado olor a rosas de la mansión que había heredado de su madre.

-Volveremos los tres, o no volverá ninguno – dijo Alistar decidido.

-No Stear, debes prometerme…

-No puedo prometerlo aunque quisiera - lo interrumpió su primo, quien había dominado tan bien la técnica de transportarse en su imaginación que casi podía sentir el olor a nieve de las montañas que rodeaban la mansión de las rosas.

-Claro que puedes, promételo.

-No habrá fuerza que haga que Candy nos abandone a ninguno de los dos. Salimos o nos quedamos los tres – insistió el sargento.

-No Stear. No.

-Puedo llevarme a Candy a la fuerza si tú quieres, pero solo lograré que me odie.

-Pero vivirá.

-Y entonces yo moriré… y ella morirá. Ninguno de los dos se perdonará jamás haberte abandonado.

-Pero si muero no habrá razón para quedarse… la llevarás a casa.

-Si mueres… nosotros morimos contigo. Punto.

-¡Alistar!

-¡Está bien Anthony! ¡Hablarás con Candy! ¡Y si ella es capaz de aceptar tu estúpido plan, entonces, te prometo que nada le pasará, la devolveré a casa! – como siempre, pensó Stear exasperado.

El sargento sabía que si bien había sido difícil para Anthony convencerlo, cuando se enfrentara a Candice, esta charla sería un juego de niños: Nada, absolutamente nada la haría volver a casa sin Anthony. Había venido al infierno por Stear… en el infierno encontraría a Anthony…

-Hablaré con ella – dijo no muy convencido el Feldwebel.

-Has olvidado mucho de ella.

-No, Stear, sé que será difícil. Sé que Candy no querrá irse, por eso te estoy pidiendo que te la lleves.

-¡Estamos perdiendo el tiempo! Seguramente, cuando hables con ella esta charla será muy diferente.

-¿Por qué lo dices?

-Anthony… solo te diré algo: Esta vez no me voy a hacer a un lado tan fácilmente.

-Lo sé. Lo vi en tus ojos esta tarde. Pero yo no tengo intención de cortejar a una mujer casada aunque me muera de deseo por ella.

-Ya te lo dije, estamos perdiendo el tiempo con respecto a Candy. Hay algo que debes saber, pero debe ser ella quien te lo diga.

-Buscaré el momento – respondió intrigado.

-Hazlo pronto, nunca se sabe lo que pueda pasar en tiempos de guerra.