HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 10

En el aire

Ya la enfermera se estaba acostumbrado el extremo frío invernal de Polonia. Su descanso diario había sido programado ese día por la mañana. Encontrar a Stear ensanchaba su alma, la llenaba de alegría, sin embargo, no podía quitar de su cabeza la trágica muerte de Anthony. Lo veía volar, en éxtasis total sobre su corcel blanco, sonriéndole emocionado, y de pronto lo veía caer y golpearse duramente. ¿Por qué esas horribles escenas que Terrence se había esforzado por ayudarla a arrojarlas de su corazón volvían una y otra vez, y penetraban en su memoria sin invitación previa? El frío que la rodeaba estaba penetrando hasta la fibra más íntima de la joven, y sin poder evitarlo, tembló. Tembló de dolor y soledad. Aunque hacía frío, el día estaba soleado, con nubes que parecen algodones… siempre había pensado que él la contemplaba desde alguna de ellas e imaginaba que le regalaba los rayos del sol, y la acariciaba con el delicado soplo del viento.

Sin embargo, hoy, irremediablemente, se recordaba como un mudo testigo, petrificado ante el cuerpo del joven que amaba… como una adolescente entendía que se amaba.

En este descanso Candy no había coincidido con Stear, así que decidió tomar un poco de alimento espiritual. Sus madres le habían enseñado que Dios le escucharía y le concedería siempre que sus deseos fuesen justos, ¿y qué más justo podía pedir la enfermera, que la guerra por fin terminara y, pudiesen volver a casa ella y sus amigos?

A Candice no le sorprendió encontrar al guapo oficial en la pequeña capilla del Ayuntamiento. Era apenas un recinto en donde podían retirarse a orar y meditar quienes así lo desearan. No era la primera vez que iba a la capilla y tampoco era la primera vez que miraba al singular Feldwebel con su cabeza inclinada, con sus ojos cerrados, aislándose del mundo bélico del que era parte. Era como un ángel lleno de luz, con su mirada serena, aunque podía notar que había grilletes que lo encadenaban a un dolor infinito que ella no lograba comprender. Un dolor que tenía grabado en su frente, en sus ojos, en su boca… de pronto sintió el deseo casi imperante de saber qué estaba ocurriendo con ese hombre y poder ayudar; aliviar al menos un poco y borrar esa sombra que siempre le acompañaba.

Él estaba sumamente concentrado en su meditación pues parecía no darse cuenta de que no estaba solo. La enfermera trató de respetar el espacio y permaneció lo más alejada de la varonil presencia.

La capilla tenía hermosos vitrales que permitían el paso de los rayos del sol que esta mañana había tenido a bien alegrar el día. Los tales rayos solares aterrizaban traviesos en el rostro del joven llenándolo de luz, resplandeciendo, dándole un aire casi divino, al menos ante esa chica. Frente a tal visión la chica se sintió sorprendida, jamás había notado que fuera tan joven. Con su uniforme sobrio y su rostro serio, parecía que tenía los años de la tierra, pero con su rostro sereno, ella podía descubrir que seguramente era tan joven como Hans: En sus primeros 20´s.

Aún con la serenidad en su rostro, la joven percibía que había algo que le estaba preocupando en especial esa mañana, pero eso no era raro: La vida de un Feldwebwel pende de un hilo; él lo sabía y ella lo sabía.

Candy no pudo evitar posar sus ojos en el perfecto perfil del hombre. Usualmente, siempre que interactuaba con él, prefería no mirarlo a los ojos, pues cada vez que se armaba de valor para levantar la vista, sentía que se ruborizaba.

Era extraño… ella sentía la necesidad de estar cerca de ese hombre. Era muy guapo, alto, de espesas y largas pestañas, de cuerpo atlético y piel lozana, aunque sus manos estaban maltratadas; a Candy le recordaba a Albert cada vez que lo sorprendía sonriendo, por supuesto, siempre antes de que se transformara en un témpano. ¿Era normal querer comprender más adentro del alma de ese hombre? ¿Era normal querer llevar su entendimiento más allá? Lo sentía perdido. Se compenetró con él, pues ella también se sentía perdida, había estado mirando hacia atrás en el tiempo, y era muy extraño… no comprendía… aunque una y otra vez se preguntara por qué volvía a esos recuerdos. Más que nunca sentía a Anthony cerca de ella ¿acaso había llegado el tiempo de reunirse con él? Extrañamente no tenía miedo, la idea le causaba incluso, cierto consuelo.

Sus ojos estaban posados, prácticamente sin pestañear en la silueta del Feldwebel ¿Qué podría pensar ese hombre después de su estúpida actuación al mostrarle su moneda? Habían pasado ya dos días desde aquél incidente y la pecosa enfermera no lograba quitarse de la cabeza la dulce mirada que tan solo por un instante el guerrero había permitido escaparse para posarse en ella y solo en ella. Y mucho menos podía olvidar la sensación de abrazar aquél raro y reconfortante sentimiento cuando su mirada permaneció en esa fracción de segundo dentro de los intensos ojos azul cielo.

Continuó mirándolo, en la soledad y privacidad de la capilla; los labios del joven se movían aunque ella era incapaz de escuchar lo que decía. Entre sus manos tenía un rosario, bastante femenino por cierto, pues las perlas eran para manos pequeñas, sin embargo, el Feldwebel lo aferraba hacia él y lo tomaba con amor entre las suyas. Candice se sintió hipnotizada. No había manera de que se concentrarse en orar teniendo tan cerca ese extraño hombre. Sin embargo hizo un esfuerzo y cerró los ojos para empezar a orar. Cuando estaba en la mitad del primer "Padre Nuestro" abrió los ojos y de reojo miró hacia el militar, que seguía concentrado en su plegaria. La chica hizo un segundo esfuerzo y continuó su oración… en cuanto la terminó hizo lo mismo, pero esta vez descubrió que el Feldwebel la estaba contemplando, casi con la misma intensidad que ella lo miraba. Ambos se sintieron descubiertos y volvieron a lo suyo… o por lo menos… intentaron hacerlo.

La realidad era que Anthony Brown oraba para pedir la fuerza que requería para enfrentar a esa joven justo a su lado, pero también pedía para que su corazón fuera ablandado y ella fuera capaz de comprenderlo. Tenerla ahí, tan cerca, le pareció que podría ser el mejor momento, además, se sentía en un lugar seguro…

-Sin embargo no quiero interrumpirla – se dijo -.

-¡Bah! Esos son solo pretextos.

-Pero parece que tiene mucha necesidad de orar.

-¿Y tú no tienes necesidad de ella?

-De acuerdo…

Mientras la joven oraba, Anthony se acercó con cautela y se sentó cerca, muy cerca de ella, para permitirle terminar la serie de Ave Marías que hacía. Notó que no llevaba el rosario que su madre le había regalado y, que para contar, usaba sus dedos. Sonrió con ternura ante el hecho, disfrutó de ver cómo sus labios se movían, lo cautivó el leve movimiento de sus gestos… Después, cuando llegó al Padre Nuestro, Anthony se sintió aún más emocionado pues la muchacha empezó a orar como si Dios estuviera justo ahí; sin que ella lo notara siquiera, empezó a murmurar la oración. Ya no estaba en total silencio, y Anthony cerró los ojos con reverencia, para ser partícipe de esta plegaria, respetando la oración de la mujer que consideraba la única de su vida. Al parecer ese Padre Nuestro había sido el último de su rosario pues de inmediato la joven empezó a orar de manera más íntima y personal. Él quiso levantarse ante el hecho, pero estaba ahí por una razón y debía esperar, además, podría distraerla si se levantaba y él no deseaba distraerla de tan sagrado momento.

Las palabras de la chica hicieron que se estremeciera, ella hablaba con Dios como habla cualquiera con su compañero, sus palabras la dirigía de tal manera que Anthony tuvo que abrir los ojos para ver si realmente Él estaba ahí y es que, en esa oración, en cada palabra, él no podía dudar que un Ser Supremo la estaba escuchando, podía sentir Su presencia, una experiencia muy nueva para él.

Las lágrimas ante la sensación de estar en presencia de su Padre Celestial de tal manera, empezaron a rodar humildes sobre el rostro del militar; escuchó cada palabra, cada súplica, cada ruego. La muchacha no había olvidado a nadie en su oración… había hecho peticiones particulares por cada ser amado: Que Annie necesitaba fuerza, que Archie requería sabiduría para cuidar de la tía, que sus mamis necesitaban dinero para sus pequeños, que Patty necesitaba cordura para no volver a hacer lo que había intentado… que Stear debía ser prudente, que Albert tenía que apoyar a Terry así que necesitaba paciencia -:"Mucha paciencia por favor, ya sabes cómo es ese malcriado; si Albert se distrae, un día de estos va a aparecer por aquí"-. Rogó porque Terry no fuera arrebatado, porque Ana y su bebé estuvieran sanos… porque Susana fuera fuerte ante su pérdida.

Después hizo una pausa y suspiró. Definitivamente se había olvidado del militar. Ella estaba hablando con su Padre Celestial: "Y por favor, hazle saber a Anthony, ya que lo tienes a tu lado, que siempre pienso en él. Que no se preocupe por mí. Que estoy bien y que las cosas son justo como él dijo: El hombre muere pero vive en el corazón de quien lo ama. Dile que yo lo amo, y por eso vive en mí".

Anthony no pudo soportar tal despliegue. Se sintió atribulado y se levantó lentamente, tratando de no hacer ruido. Pero no salió de la capilla. Se sentó en el mismo lugar que había ocupado. Ya no podía seguir orando. Estaba emocionado, contemplando esa joven que una vez más le demostraba que era buena. Sus emociones eran demasiadas, temía no tener la cordura para hablar con ella en este momento. Escucharla pedir por él, aun creyéndolo muerto, fue un sentimiento incapaz de describir, era ajeno a todo lo que él jamás hubiera sentido, sobrepasaba todo lo benigno que hubiese conocido.

Desde ese momento solo se dedicó a esperar porque la joven terminara. Se llenó sus ojos de ella pero también su espíritu se sentía pleno, no solo por la presencia de la mujer que había amado siempre; sino porque ella le acababa de guiar en una experiencia espiritual desconocida. Se sentía más cerca de Dios también.

Candy terminó su oración y se sonrojó al recordar que no estaba sola. Miró tímidamente hacia el Feldwebel y por primera vez el muchacho le dedicó una sonrisa. Devolver la sonrisa fue lo más natural para la chica. Sintió una extraña sensación que la envolvía, volvió a sentir atracción por ese hombre, como si su lugar fuera sentada ahí, cerca de él.

Anthony se acercó y esta vez ella no pudo apartar su mirada de los ojos azules que le había robado al cielo. Desde que Anthony se levantó ella posó sus ojos en los varoniles faros que se acercaban. En el rostro del Feldwebel había paz, mucha paz y Candy podía reconocer la pureza de su alma pese al disfraz de témpano que usaba todos los días.

-Mi Lady – comenzó el militar.

Ella, obviamente no estaba acostumbrada el título. Además, tampoco entendía por qué un germano la llamaba por un título de nobleza inglesa.

No pudo responder al saludo, se sentía sorprendida por la necesidad tremenda de abrazarse a ese hombre. Además, hoy poseía un rostro dulce y en sus ojos se reflejaba una luz que le era familiar.

-¿Mi Lady? – Insistió Anthony – ¿Puedo sentarme?

La pobre joven estaba tan absorta en la galanura de ese hombre que era incapaz de emitir palabra alguna.

-No pude evitar notar que estaba orando – le dijo. De inmediato se retó a sí mismo: ¿Puedo ser más tonto, para hablarle?

Ella, estaba en peor estado, seguía sin poder hablar, pero sin rechazarle.

-Me preguntaba si usted aceptaría este rosario – Anthony le ofreció el rosario que tenía y ella, extendió la mano conmovida y sorprendida por el hermoso detalle.

La forma en que él se refería a ella era dulce. Le era tan familiar ese sentimiento.

Lo observó maravillada: Estaba magníficamente elaborado.

Era un trabajo que ya para entonces a la joven le pareció antiguo. Era un rosario isabelino, de filigrana de plata bañado en oro y cuentas facetadas de granates, tenía tres cruces de oro de unos cinco centímetros cada una. Cuando lo tuvo en sus manos le pareció mucho más que un trabajo exquisito, se sintió unida a esa joya; no pudo evitar sostenerlo y admirarlo por unos minutos. La cruz principal reposaba sobre un nido de rosetones artesanalmente labrado y las dos cruces secundarias reposaban sobre una letra A cada una, igualmente elaboradas.

Candy trató de ser amable al rechazar tan maravilloso regalo:

-Es precioso. Y Dios sabe que lo necesito, Señor Kurzbach – observó tímidamente; hasta cierto punto, emocionada por el inesperado detalle –, sin embargo, seguramente la dama que se lo dio para que lo protegiera se sentirá decepcionada si usted lo regala.

-Ese no es problema alguno, Mi Lady – el joven suspiró –. Este rosario era de mi madre – explicó emocionado todavía por el momento espiritual al que Candy lo había conducido –. Yo no soy casado, no tengo descendencia… como están las cosas probablemente nunca tenga una familia –, el joven Andrew tuvo que aceptar que estaba llegando al chantaje, pero él realmente deseaba compartir esa joya con Candice y quizás si acudía a esos ojos piadosos podría convencerla.

-¡Vamos! ¡No diga eso Señor Kurzbach! ¡Usted es muy buen mozo…! – Candy se ruborizó hasta las orejas y escondió su rostro.

-¿De verdad? ¿Eso cree usted? – Anthony, por un momento permitió que aquél adolescente de Lakewood se sintiera más que emocionado. Y un rayo de luz iluminó su faz. Había hablado sin pensar y también se ruborizó.

-Creo que usted no debería hablar de no tener hijos – Candy trató de guardar la compostura, aunque el brillo de los emocionados ojos del Feldwebel la estaban poniendo nerviosa, esos ojos… esos ojos… ¡No era justo! ¡Ella no podía permitirse que alguien le gustara solo porque le recordaba a alguien más!

Recordaba cuán celoso se había sentido Anthony de su Príncipe de la Colina y no permitiría que la historia se repitiera, además, cuando todo terminara ella volvería a América, con su familia.

¿Pero qué estaba pensando? Este hombre tan solo estaba siendo amable con ella y ella ya había prácticamente pensado en la posibilidad de algo más que eso.

-¡Algo anda mal dentro de ti Candy! ¡Algo está muy mal!

-¿Está usted bien, Mi Lady?

-¿Sabe Señor Kurzbach? Yo suelo rezar con un rosario mucho más modesto, que también me regaló mi madre y también me lo dio para protegerme – no entendía por qué de pronto se sentía tan bien con este hombre que hoy no era un témpano de hielo, al grado de compartir con él algo tan íntimo.

-¿Y por qué no lo porta hoy? – preguntó curioso, sin darse cuenta que su cuerpo, se había acercado un poco más a la mujer, y que ello le producía una deliciosa sensación de nerviosismo.

-Mi amiga está embarazada, ella lo necesita más que yo… estoy segura que mi madre no se molestará cuando le confiese que lo presté por un momento – la sonrisa sincera de Candy era contagiosa y Anthony tuvo muchas ganas de abrazarla fuerte.

-Usted debe tener una madre muy bondadosa – Anthony hizo el comentario sabiendo que pisaba un terreno muy sensible, pero quería medir hasta qué grado Candy, su Candy, empezaba a confiar en él.

-Ujum… - el rostro de la joven se iluminó – en realidad tengo dos mamás, crecí en un orfanato: La señorita Pony y la Hermana María; ellas me criaron. ¡Y tengo muchos hermanos!

-El Duque de Grandchester es muy afortunado – había fuego en los ojos de Anthony. No supo esconder los celos que le producía saber que ella era mujer de otro hombre…

-¿El Duque de Grandchester? – Candice no sabía mentir; el comentario de Anthony la había tomado totalmente fuera de lugar, y a decir verdad, de pronto había una pequeña herida cada vez que pensaba en Terry.

Fue imposible que Anthony no notara que algo andaba mal. Era demasiado inteligente y ella era demasiado transparente. ¿Acaso ya no estaba enamorada de su esposo? ¿Qué no la había visto coqueteando con su primo?

Anthony se había hecho un lío con las reacciones y actitudes de Candy.

No. No era su imaginación: Sabía que ella se ponía nerviosa cuando él estaba cerca. Y escucharla decir su nombre, hace apenas unos minutos, lo tenía sumamente emocionado.

Pero tenía que analizar lo que estaba sucediendo. Anthony no se sintió capaz de confesar todavía lo que debía.

-Le diré algo Mi Lady – dijo en un tono seductor –: Creo que mi madre y la suya son muy similares. Acepte este rosario para que cuide de usted mientras puede recuperar el suyo – Anthony no esperó una respuesta; con delicadeza rodeó el cuello de la joven con la exquisita joya.

Los ojos del Feldwebel eran fuego puro, además de la ternura característica de su naturaleza. Anthony se había convertido en un hombre sensual y no pudo esconder el deseo que esa mujer encendía en él. Con suma lentitud levantó el cabello de la mujer, separando pequeños mechones para que el tiempo invertido en la casi erótica tarea se extendiera. Ella se quedó muy quieta, incapaz de responder a la caricia, al delicado sentimiento que produjo en su cuerpo el contacto de los dedos del Feldwebel. Era además, incapaz de dejar de mirarlo a los ojos.

Ambos sintieron que al contacto su piel quemaba. Los dedos de Anthony rosaron el cuello delicadamente, pero fue suficiente para que ella temblara y los poros de sus brazos se erizaran, un ligero calor viajó por su espalda y se quedó petrificada mirando el fuego que la atraía.

-Y ahí está – dijo el Feldwebel, contemplando el rosario alrededor del cuello amado – seguramente usted estará protegida.

-¿Pero y usted…?

-Yo tengo una ventaja Mi Lady – dijo con tristeza – mis padres han muerto, seguro que ellos me cuidan cada día.

-Señor Kurzbach – fue todo lo que pudo salir de la emocionada voz de la enfermera.

Anthony ya no podía más. Si se quedaba ahí, seguro la tomaría en sus brazos y la besaría hasta que ella no pudiera respirar, hasta beberse su aliento totalmente, hasta fundirse con ella sin importarle nada, absolutamente nada más.

-Debo irme – fue todo lo que se atrevió a decir. Se levantó lentamente y caminó hacia la salida de la capilla con su corazón latiendo a mil por hora, sintiendo el par de esmeraldas sobre su espalda… deseando tomarla de la mano y llevarla muy lejos, como lo había manifestado en la carta que jamás le mostraría.

-No es un témpano – concluyó Candy mientras lo miraba salir – solo es una víctima más de esta estúpida guerra, como Stear, como Ana… como yo.

Anthony salió de la capilla con una sonrisa plantada en su rostro. Stear caminaba hacia el patio y lo miró salir. Se acercó a él con la intención de investigar, pero con su cuerpo, el Feldwebel le pidió que fuera prudente y no se acercara.

Entonces el piloto, en ese código ya ampliamente mencionado, le preguntó por su estado y como respuesta, la sonrisa de su hermano se hizo más amplia.

-Está feliz – el sargento tenía aquéllos mismos sentimientos encontrados de su adolescencia. Amaba a Candy, amaba a Anthony… y se preguntaba qué era lo que ella sentía hacia él.

Adivinó que dentro de la capilla debía estar su adorado conejillo de indias, o más bien: Su inspiración. Caminó decidido hacia la capilla y saludó con un gesto amable al guardia posado en la entrada y luego con el mismo gesto, saludó al guardia posado en el interior del recinto.

Reverentemente caminó hacia la joven que buscaba y ella sintió su mirada sobre sí, cuando se giró para contemplarlo, Alistar vio la joya en el cuello de la chica y sintió una punzada en su pecho. La gesta por el amor de Candice ya había empezado, o quizás solo se había reanudado. Se sorprendió al ver el rosario de la tía Rosemarie.

-¡Stear! – Candy se acercó a saludarlo un tanto decepcionada porque su hora de descanso estaba por terminar.

-¡Candy! – el piloto reconoció que aún estaba en la gesta, pues la sonrisa que la joven le había dedicado no había sido cualquier cortesía. Había entusiasmo y mucho amor envuelto en ese saludo.

La pareja permaneció en silencio, con una delicada sonrisa. Stear tuvo el impulso de quitar unos mechones que enmarcaban su rostro para ponerlos tras las orejas de Candy y la sintió estremecerse.

El piloto sonrió complacido.

-Veo que tienes protección – exclamó señalando la joya alrededor del cuello de Candy.

-Es prestado – explicó apenada –. El Señor Kurzbach insistió que lo aceptara, al menos mientras recupero el mío.

Alistar Cornwell extendió su mano y tomó entre sus dedos una de las cruces secundarias. ¿Cómo era posible que Candy fuese tan despistada como para no notar que esa letra "A" estilizada era la misma que aparecía en el emblema de los Andrew? – la miró cariñosamente y luego liberó la joya; la había reconocido.

La tía abuela había insistido durante el funeral de la tía Rosemarie que pusieran el rosario en sus manos inertes, sin embargo, el tío Vincent Brown había declarado en el deseo de Rosemarie de que su rosario fuera usado por la esposa de su hijo.

-Seguramente ella cree que esta letra es por "Alfred" – concluyó asombrado todavía por la falta de suspicacia de la joven.

-Stear…

-Dime Candy – el piloto se había concentrado tanto en sus memorias que no había escuchado a la rubia frente a él.

-Te preguntaba cómo te has sentido.

-Bien Candy. He estado bien. Hiciste muy buena labor – añadió en tono un tanto pícaro y la chica se ruborizó hasta las orejas.

-Debo irme Stear – su voz temblaba nerviosa, pero hizo un esfuerzo por sonreír – ya voy tarde.

La joven salió de la capilla y caminó presurosa hacia la enfermería. Se quejaba de no haberse dado cuenta de la hora, seguramente Ana estaría muy molesta con ella por haberle quitado tiempo de su descanso. Subió las escaleras a toda prisa, prácticamente corriendo hasta que aterrizó de golpe en unos brazos fuertes que la sostuvieron con fuerza y al mismo tiempo delicadeza antes de que llegara al piso.

El pasillo estaba vacío, nadie había por testigo.

Candy estaba aferrada a los brazos del Feldwebel.

Él la sostenía con firmeza por la cintura con una mano, como si la hubiese tomado en el aire y ella enterraba las uñas en ambos brazos del joven rubio. Se quedaron así, tan solo por un instante. Ella levantó su mirada; al principio apenada por el incidente, sin embargo, cuando su mirada se cruzó con los cielos encendidos del Feldwebel la joven fue incapaz de moverse. Por alguna extraña razón ese sentimiento de nerviosismo empezaba a serle más familiar todavía. Anthony era incapaz de soltarla, quería que el momento se prolongara. La tenía tan cerca, justo como solía abrazarla en los tiempos de Lakewood. Añoraba ese contacto tan íntimo que ambos habían desarrollado y hoy, la tenía en sus brazos, y sabía que había emoción en el cuerpo femenino pues lo sentía temblar ligeramente; además, esa mirada no mentía, la joven en sus brazos estaba disfrutando de ese contacto.

-¡Diablos! Si tan solo pudiera mantenerla así por siempre.

No percibió que su rostro estaba más cerca de lo normal del rostro de la joven y tampoco percibió que ella no hacía el menor esfuerzo por alejarse, sino que permanecía ahí, en un mundo raro.

El delicioso momento tenía que terminar y Alfred Kurzbach recuperó la cordura.

-¿Se ha hecho usted daño, Mi Lady? – murmuró. No había sido su intención sonar seductor, por el contrario, quería ser natural, pero le había sido imposible evitar que su voz sonara ronca y emocionada.

-No – dijo ella en un susurro, casi imperceptible, incluso para el Feldwebel -.

-Entonces – sonrió – ¿Sería tan amable de devolverme mis brazos, desenterrando lentamente sus uñas? – dijo, fingiendo un dolor intenso.

-¡Lo siento! ¡Lo siento! – se disculpó la rubia esforzándose por mantenerse de pie y dejar de recargar su peso en el varonil cuerpo que la cobijaba y en el que se sentía muy cómoda, por cierto.

-No se preocupe, solo hágalo lentamente – el militar siguió exagerando el dolor que le producía las uñas de la joven y ella comprendió el juego. No pudo hacer más que sonreír.

Cuando Anthony se sintió liberado, movió sus brazos para él también liberar la cintura de la chica, sin embargo, los largos rizos se habían enredado en una de las mancuernillas de la casaca del militar.

-Señor Kurzbach – fue el turno de Candy - ¿Sería tan amable de devolverme mi cabello? Pero por favor, hágalo lentamente – citó.

-Por supuesto – murmuró Anthony – no hay otra forma en que quisiera liberarte Candy… sino lenta, muy lentamente.

-Lo siento, no escuché.

-Nada, no he dicho nada.

La joven, al sentirse liberada por completo, quiso iniciar su caminar hacia la enfermería, mas su tobillo tenía un esguince. Las mariposas que revoloteaban en su estómago no le permitieron darse cuenta que había un dolor intenso en su tobillo y al hacer lo suyo para caminar, el dolor se intensificó, una queja salió de su boca y antes de que se diera cuenta ya estaba otra vez en los brazos de Alfred Kurzbach. Él la había levantado para llevarla a la enfermería.

-Me pregunto, Mi Lady – dijo ceremonioso – cómo es que ha logrado usted vivir casi veinte años – bromeó, como quien bromea con su niña favorita, mientras recorría el pasillo hacia la enfermería. Candy se había aferrado a su cuello y sentía que las mariposas se habían extendido por todo su cuerpo - ¿siempre ha tenido quien la salve?

-Sí. Tengo un ángel de la guarda – respondió sincera hundiendo su mirada en los ojos de Alfred… esos ojos que ya no podía dejar de mirar cada vez que le era posible.

Esos ojos que tampoco podían dejar de mirarla. Esos ojos que en ocasiones le permitían volar en el cielo y otras, nadar en el mar. Anthony acercó más el cuerpo femenino hacia su pecho; esa es la técnica de cargar objetos pesados para que la columna esté a salvo, y él aprovecharía la técnica solo que no estaba listo para temblar de pies a cabeza cuando sintió el rostro de la chica recargarse sobre su hombro, confiando totalmente en él.

A regañadientes el Feldwebel dejó el cuerpo de Candy sobre la cama de la enfermería mientras que una preocupada Ana se acercaba para revisarla.

-No es nada Ana – dijo Candy.

Fue todo lo que el Feldwebel escuchó pues su lucha interna, recordar que era una mujer casada lo agobiaba. Sentía que se había fallado a sí mismo. No comprendía muy bien cómo era que Alistar, teniendo la misma educación que él parecía verse muy cómodo flirteando con Candy. Anthony, ahora que sus brazos estaban tan vacíos, había caído de una nube y no le gustaba cómo se sentía.

Abandonó la enfermería sin mencionar palabra alguna. Tenía que alejarse de ella; tenía que estar solo un momento. Sabía que tenía que hablarle, decirle quién era, sin embargo, aún no había decidido si le confesaría su amor callado.

Ella era su perfecto complemento. Cuando la tuvo en sus brazos fue volver a tener aquélla parte de él que había perdido. Su tristeza ya no existía y la amargura profunda en su corazón se aliviaba. Ella era lo que necesitaba para recuperar su esencia, para recuperarse a sí mismo. ¿Y ella? ¿Qué pasaba con ella?

¿Sería mejor alejarse de ella? ¿Quizás solo confesarle lo que había vivido, pero permanecer en Alemania cuando todo acabara? ¿O volver a Lakewood, a cuidar de la tumba de su madre, a revivir su legado en el jardín?

Anthony caminó lento por el pasillo, algo inusual en él. Su primo lo estaba esperando al final del pasillo y se acercó solo un momento.

-¿Ya le dijiste? – no había advertencia, sino preocupación. Estaba pensando en Candy, en lo que ella pudiera estar sufriendo o pensando.

-No – dijo manteniendo sus ojos en los de su primo, que aunque era su rival, era su amigo.

-Solo te queda un día – le recordó – yo no puedo ocultarle nada – la pose de Alistar era de total convicción. Anthony no dudó ni por un momento de que estaba hablando en serio.

Stear se retiró del Feldwebel de inmediato, los guardias no sospecharon nada raro o indebido, pues el Feldwebel charlaba de vez en cuando con todos en el Ayuntamiento: Prisioneros, servicio médico, guardas, su pelotón, incluso con el director de la prisión, quien por cierto, se acercaba nervioso hacia el Feldwebel.

-Kurzbach – le llamó con autoridad. Hacía unos días que su actitud prepotente se había disminuido por el giro que los acontecimientos bélicos estaban dando.

El Director de la Prisión caminó indicándole que lo siguiera, con cierta urgencia y entraron juntos a la oficina de Kiel.

Esta vez el hombre no fue directo a su vinatera ni encendió cigarro alguno. Se quitó con urgencia la casaca, como si le urgiera relajarse… y se desabrochó los dos botones superiores de su camisa. Se dejó caer en su escritorio que protestó con un chillido. Alfred lo miró confundido, lo había visto sintiéndose el dueño de la situación, pero esta actitud era totalmente distinta, como un herbívoro ante un carnívoro a punto de devorarlo.

-Unos espartaquistas han estado tras de mí, pensaba que tal vez podría usted prestarme un par de soldados para que salgan conmigo cada vez que tenga que hacer diligencias – no era una orden, era casi un ruego y Alfred Kurzbach frunció el ceño.

-¿Qué es lo que ha hecho, Kiel? – Anthony sabía que ese hombre tenía una muy mala reputación entre el grupo mencionado. De hecho, ya hasta él habían llegado los rumores de abuso de poder, de muertes sin explicar de activistas de este grupo.

-Nada – negó secamente sin atreverse a contemplar los ojos autoritarios que pedían explicaciones.

Un sonido urgente tocó la puerta y se abrió sin esperar respuesta. Era Hans, con un telegrama dirigido al Feldwebel en calidad de urgente. El telegrama ni siquiera tenía una hora de haberse emitido, eso, para Hans era señal clara de que rebasaba la barrera del etiquetado de tiempo.

Lo entregó y esperó instrucciones.

Cuando Anthony leyó el telegrama sus ojos se abrieron como plato y le pidió a Hans que buscara al podoficir de su tropa.

-Dile que la cocinera puede esperar, que lo quiero en este minuto frente a mí.

-¿Qué es lo que sucede Kurzbach? – por el rostro preocupado de Kurzbach, el director de la prisión adivinó que cualquiera que fuera la noticia, no sería para nada agradable para él tampoco.

-La Kaiserliche Marine se ha sublevado contra Guillermo II.

-¡No puede ser! ¡Debe ser un error! – dijo nervioso el hombre levantándose de un salto de su sillón.

-¡Ningún error Kiel! – por primera vez la voz de Kurzbach se levantó y se escuchó por los pasillos. En ese Alemán tan perfecto que lo hacía lucir casi despiadado.

Alfred se dio cuenta de que estaba perdiendo la cabeza. Y no la perdía por las órdenes recibidas, sino porque sabía que tenía que partir y dejar a Candy y Alistar desprotegidos. Sintió miedo, mucho miedo. ¿Rosa tendría algo que ver? De ser así había llegado el momento de revelarle los nombres de los prisioneros que debía salvar. Él esperaba estar en Poznan cuando el momento de la liberación llegara, pero de pronto estaba recibiendo órdenes de detener una sublevación que, posiblemente él mismo había provocado.

-Muchos de los oficiales fueron tomados por los marinos y el movimiento se ha extendido a los interiores.

-¿Muchos oficiales? – Expresó nervioso Kiel – ¿A qué se refiere con muchos?

-¡No lo sé! – Kurzbach recuperó la compostura. Ahora estaba hablando con autoridad. Con voz de mando. De líder.

-Este telegrama es, además, mi nombramiento como Overstabsfeldwebel y me piden que vaya hasta Willhemshaven para detener la sublevación.

-¿Overstabsfeldwebel? ¡Pero esos son tres grados más de los que posee!

Ambos hombres se contemplaron. Alfred lo había comprendido desde que leyó el telegrama, sin embargo, Kiel a penas lo digería: ¡Eso significa que son más que muchos los oficiales que han sido tomados por los marinos!

En ese momento el subordinado de Kurzbach entró e hizo el saludo tradicional militar.

-Acaba de ser ascendido a Feldwebel – dijo fríamente. Aún no podía asimilar todas las órdenes recibidas. El recién llegado se sorprendió con la noticia. Pero Alfred fue directo al punto. Cuando el hombre salió de la oficina llevaba una sola orden que cumplir: Preparar la partida del batallón para antes del medio día de mañana.

Desde ese momento el patio del Ayuntamiento se convirtió en un asombroso patio de maniobras de partida en perfecto orden. Los hombres iban y venían de un lado a otro, cada uno sabía lo que debía hacer y cuando hacerlo.

Dentro de la prisión Alfred Kurzbach se aseguraba de tener la información que necesitaba. Ya Rosa le había confesado que desconocía lo que había originado la sublevación. No estaba segura de que los panfletos espartaquistas hubieran causado tal impacto. Sus amigos no habían tenido contacto con ella.

Ya por varios días los marinos habían estado haciendo los preparativos para atacar a la Royal Navy en el canal de la mancha. Estos marineros de las grandes bases navales alemanas simpatizaban con las doctrinas socialista y anarquista, además tenían muy reciente el ejemplo ruso de la Revolución de octubre de 1917. Los rusos les habían demostrado que un motín armado podía determinar serias consecuencias políticas.

Los marinos comprendieron entonces que los sondeos de paz del Káiser era una señal de que se acercaba el final de la guerra así que se opusieron totalmente a una operación suicida a todas luces solamente para salvar el honor de sus oficiales. Ellos veían esta nueva orden como un intento innecesario de alargar la guerra, lo que acarrearía como consecuencia reducir las posibilidades de acuerdos de paz.

Hasta este punto, todo lo que Alfred sabía era que la tripulación de dos grandes buques había desobedecido hacerse a la mar y había arrestado a sus oficiales. Pero ahí no había terminado todo, pues estos marineros ya tenían bajo su poder varios buques más y varios oficiales más arrestados. Y otros marineros que estaban destinados a tierra ya se habían unido a la sublevación y se negaron a embarcar en las unidades listas para la ofensiva.

La tarde vino, después cayó la noche y los soldados del batallón continuaban trabajando. Trabajarían toda la noche, mientras que Alfred Kurzbach esperaba instrucciones detalladas de sus superiores.

-¿Así que los marinos se han sublevado? – eran los rumores del batallón de Kurzbach.

Y un soldado a otro explicaba la situación:

-Parece que la tercera escuadra no se sublevó y llevaron en sus buques más de mil marineros para ser sometidos a consejos de guerra.

-¿Pero cómo pueden hacer eso? ¿Acaso no se sublevaron a favor de todos los marinos?

Los comentarios respecto a los hechos en la marina empezaron a propagarse entre los soldados que se preparaban para apagar la sublevación. Todos tenían diversas opiniones. Algunos querían obedecer por ser fieles a Kurzbach a quien varios le debían la vida, sin embargo, otros comprendían perfectamente el levantamiento de los marinos y empezaron a sentirse como piezas no importantes para su gobierno, piezas desechables, vidas sacrificadas por lograr objetivos honorables perdidos.

Kurzbach, por su parte, se debatía en el ser leal a sus convicciones y el ser leal al ejército. Comprendía muy bien a los marineros y le pesaba tener que ir a ayudar a apagar los hechos de los que cada vez recibía mayor información.

Afuera, en el patio, los soldados empezaron a ser lentos al obedecer las órdenes de su nuevo Feldwebel.

-¿Cómo van sus preparativos para partir Kurzbach? – la voz de Kiel sonaba nerviosa, impaciente más bien. Estaba sudando y Kurzbach hizo un movimiento negativo.

Todo se le había venido encima: Debía partir, debía abandonar a Candy y a Alistar, debía hacer algo que no deseaba, y aún más: Este repulsivo hombre frente a él le preocupaba. Estaba escondiendo secretos que al parecer saldrían pronto a la luz, pera esa era la última, la más pequeña de sus preocupaciones.

-Lo siento Kiel, pero no puedo protegerte. Mis hombres y yo partiremos en unas 16 horas.

-Entiendo – Kiel salió presuroso de la oficina de Kurzbach. Había ocasionado la muerte de varios espartaquistas. El gobierno se estaba tambaleando y él se sentía totalmente desprotegido.

Con aquélla agonía que acompaña una muerte anunciada, el hombre se apresuró en su oficina a tomar algunos objetos de valor. El poco dinero que poseía y su arma.

Salió protegido por la obscuridad, abandonando el Ayuntamiento. No había dado ni siquiera diez pasos fuera de la puerta principal cuando sintió frío, mucho frío… una daga había atravesado su garganta.

Malinalli, para la Guerra Florida. 30 Abril 2014

NOTITAS: Ha sido un honor compartir este campo de batalla con tantísimas niñas lindas y talentosas. Aunque no me fue posible terminar esta historia, ya estoy en la recta final. Si hubiese tenido una semana más seguro la habría terminado.

Quiero dar las gracias también por darle oportunidad a esta historia, quiero darles las gracias por su apoyo, pese a que, como les decía, mi vida me hay llevado lejos del Candy Mundo. Fue fabuloso saber de ustedes nuevamente, saber que siguen aquí divirtiéndose y pasándola súper. Extrañé a muchas amiguitas que no vi por esos lares. Pero es bueno saber que el Foro Rosa es la casita de todas y podemos venir siempre que deseemos.

Mi adorado gomoso, mi petimetre favorito será el próximo protagonista de mi próxima historia. Se lo debo… y ya me ve con ojos de "A ver a qué hora Malinalli"