HERIDAS DE GUERRA
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.
Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.
Capítulo 11
¡Tonto!
Cuando Ana vio la imponente figura que estaba en la puerta de la enfermería creyó que estaba soñando. Todo su cuerpo tembló y aquélla mujer valiente, que había permanecido erguida ante el estrés se desbordó tan pronto corrió hacia los brazos del recién llegado.
Se sintió arropada cuando todo el cuerpo del recién llegado le dio la bienvenida. Ana se aferró a su cintura, recargó su cabeza en el pecho de su alto esposo y todas las lágrimas que se había guardado salieron casi torrenciales.
El mundo había desaparecido alrededor de la pareja, ya todo estaba en su lugar; no había que pensar en lo que sucedería, estaban juntos y punto. No importaba nada más.
-¡Te tardaste! – le reclamó, sin dejar de aferrarse a él como quien se aferra a la vida.
-¡Ya sabes que me gusta hacerme esperar! – bromeó tiernamente con ella, mientras sus palabras sonaban cortadas ligeramente por un llanto causado por la indescriptible alegría de haberla encontrado viva.
Él no lo podía creer. Había visto mil cosas en su viaje de búsqueda y tenía que aceptar que en medio del terror que vivió, en su descubrimiento del hambre, en su desespero ante la muerte que lo rodeó, su fatiga y sed, llegó a albergar la idea de que aún con toda la fe y esperanza, debía ser realista y aceptar que la posibilidad de encontrar con vida a Ana y a Candy eran muy remotas, casi nulas.
Había sufrido en su desesperación; más se había mantenido firme. No era el momento para dejarse caer en la desesperanza.
Ante la creciente posibilidad de fin de una guerra, las condiciones de dos mujeres prisioneras que no habían sido capturadas en campo de batalla sino que habían sido secuestradas con toda ventaja, no eran nada favorables. Seguramente, por diplomacia, Guillermo II jamás aceptaría la responsabilidad. Y más de una vez tuvo que sufrir al pensar en la enorme posibilidad de no encontrarlas nunca o encontrarlas sin vida. El frío que lo había rodeado durante su travesía, era prácticamente nada comparado con el frío que había en su corazón al sentirse solo y desubicado.
Sin embargo, hoy ella estaba ahí, en sus brazos y el aristócrata la aferraba a él guardándola de todo temor. Refugiándola de todo peligro. Era capaz de arrebatarle la vida ahí mismo a quien quiera que intentara arrebatarla de sus brazos nuevamente.
-¡Terrence! Te extrañé, te extrañé mucho – confesó Ana entre su diáfana risa detrás de sus lágrimas.
-¡Ana! También te extrañé – el joven clavó sus húmedos zafiros en los llorosos ojos de su esposa, y sin pensarlo más, alcanzó los labios que se ofrecían a él en una caricia añorada.
En el pasillo se escucharon unos pasos que corrían, pero la pareja no lograba separarse; fue hasta que los pasos estuvieron cerca que Ana tomó a Terrence de la mano y lo escondió en el baño pequeño de la enfermería.
-¡No hagas ruido! ¿Hay alguien más contigo?
-¡Sí, mi guía está afuera del edificio, pero hay un tremendo lío en…! – el joven Duque no terminó de dar explicaciones, pues Ana cerró la puerta a prisa bruscamente; los pasos corriendo presuroso estaban por entrar a la enfermería.
Ana sintió desplomarse cuando vio la daga ensangrentada en la mano de Hans. Él se acercó a ella, estaba fuera de sí, con sus ojos desorbitados. La Duquesa tuvo miedo y retrocedió para protegerse.
Ahora lo único que la médico alcanzaba a escuchar era el sonido de los preparativos de la tropa. Pero ella solo sabía que estaban preparándose para partir. No había más detalles para ella, obviamente. Las horas en la enfermería la tenían agotada, aunque a decir verdad, no había tenido pacientes debido al movimiento que había comenzado desde muy temprano.
La noche estaba muy entrada, se suponía que Hans tenía que haberlas llevado a su celda hacía ya un par de horas, y verlo así, en ese estado ocasionó que un frío de miedo recorriera su espalda.
-¡Lo maté Ana! –dijo eufórico Hans. Había una felicidad difícil de describir pues el soldado, sonreía con algarabía, pero sus ojos estaban desorbitados, como si él mismo no aprobara lo que había hecho recientemente.
-¿De qué estás hablando Hans? – preguntó ella, también con la finalidad de que Terrence, escondido en el baño, pudiese saber que este soldado no la heriría; ella ya lo había comprendido y necesitaba que Terry lo supiera también, pues temía por la vida de Hans.
El joven soldado ni siquiera notó que la voz de Ana era nerviosa y que había algo que le preocupaba.
Si su esposo se enteraba que este joven frente a ella era aquél mismo que las había traído de Londres, seguramente querría matarlo con sus propias manos. Ana entonces levantó la voz para que Terry pudiese escuchar con claridad la conversación.
-¡Maté a Kiel! ¡Ahora podremos huir de él! – exclamó el soldado.
En una fracción de segundo, todas las posibilidades vinieron a la mente de Ana y Terry.
Terrence había estado muy atento a la conversación, pegando su oído a la puerta y ahora concluía que este soldado deseaba la libertad de las prisioneras.
-¿Dónde está Candy? ¿Dónde está Candy? – insistió Hans, mientras llevaba la daga a un pequeño lavabo para limpiarla y limpiar sus manos también.
El agua del grifo corría abundantemente, como si con el agua, la sangre pudiese borrarse de las manos de Hans.
-No lo sé. Creí que estaba contigo – respondió Ana confundida, con su mirada fija en la exagerada limpieza que Hans buscaba. Definitivamente, el muchacho estaba fuera de sí. Ana jamás pensó que Hans fuese capaz de matar a sangre fría.
-No he visto a Candy desde que el Señor Kurzbach la trajo esta mañana lastimada de su tobillo.
-Pues estuvo aquí toda la tarde, se fue hace ya varios minutos.
-¡Mujeres! – exclamó Hans todavía preso de la euforia – ¡seguramente se ha entretenido al ver los preparativos de la tropa de Kurzbach! Sucede que tuve que pensar rápido, adiviné que Kiel escaparía de los espartaquistas que le amenazaron esta mañana y así fue que decidí adelantarme en la trifulca.
-¿Por cierto, tú sabes qué es lo que está sucediendo?
-Sí – la sonrisa no desaparecía del rostro de Hans. Ana se estaba preocupando por su estado mental, pero el joven soldado finalmente se sentó en ese viejo sillón.
Con lujo de detalles explicó a Ana los rumores que él había escuchado y después de terminar de relatar los datos certeros, dio más información:
-Creo que la tropa de Kurzbach está dividida. Escuché rumores de que hay quienes quieren apresarlo, también; como al resto de los oficiales – el soldado hizo una pausa y miró a Ana, en el mismo estado eufórico –. ¿Sabes Ana? El movimiento de sublevación es mucho más grande de lo que Kurzbach se imagina. Ya hay muchísimos oficiales tomados prisioneros, no solo por la Marine, sino que muchos soldados se han unido a la causa de los marineros.
Hubo un pequeño silencio en la enfermería. Ana trataba de procesar toda la información que había escuchado. Entonces, la puerta del baño se abrió y Hans pudo reconocer la figura del Duque de Grandchester. Sintió miedo. Pavor, más bien.
-¿Qué hace aquí? – Hans llevó su mano hacia su arma y Ana se interpuso entre los dos hombres.
-Vino a buscarnos Hans – gritó Ana –. ¡Por favor, dime que puedes comprenderlo!
Terry no había dicho palabra alguna, primero observó al casi desquiciado soldado frente a él. Lo escudriñó lentamente, tratando de adivinar si podía o no confiar en él.
-Ana, creo que debes convencer a tu amigo de que tome algún sedante, aunque sea muy poco; su estado es realmente preocupante y así no puede ayudar de mucho – el Duque de Grandchester no apartó su mirada del soldado frente a él. Desconfiaba totalmente y no permitiría que lastimara a su esposa.
-Sí – la joven se acercó a su botiquín y sabiendo de la premura con la que debían actuar, vació con manos temblorosas los enceres hasta que encontró lo que buscaba. Puso unas gotas en un vaso con agua y se lo ofreció a Hans.
Él la miró con desconfianza al principio.
-No Ana. Debo estar alerta para ayudarlas. Ya deberíamos estar escapando, no tardan en encontrar el cuerpo de Kiel y entonces todo el caos que ya hay en el patio será peor.
-Precisamente por eso. Te necesitamos – ella sonrió dulcemente invitándolo a tomar ese vaso –. Por favor Hans, toma este sedante, es solo el suficiente para que dejes de estar tan nervioso, no eliminará tu sentido de alerta – cuando vio que su estrategia no era suficiente, decidió cambiar a un tono de súplica -: Hazlo por Candy, ella te necesita y no podemos seguir perdiendo tiempo.
Al sonido del nombre dulce de la chica rara, Hans accedió.
-No sé por qué no me sorprende que lo haga por Candy -, resopló el aristócrata ¿había ironía en su voz, o había sido la imaginación de Hans y Ana?
-¡Vayámonos ya! ¡Debemos buscar a Candy! –Terrence tomó a su esposa de la mano; pero ella se detuvo en seco.
-¡Terrence! ¡El primo de Candy está en esta prisión, ella no querrá abandonarlo! – exclamó acertadamente Ana.
-¿El primo de Candy? ¿El primo de Candy? – repitió estúpidamente, preso del asombro, mientras procesaba la noticia. Terry estaba sorprendido, esta sí que era una buena sorpresa, pero no sabía qué hacer. No tenía el tiempo para hacer un rescate doble, pronto su guía abandonaría el lugar si no salía en el tiempo que habían pactado.
Terry tuvo que pensar muy rápido. Debían buscar a la pecosa todavía, y luego ir al rescate de Alistar. No podrían hacer ambas cosas, no habría tiempo. Y si además, agregaba la trifulca que Hans describía en la tropa de Kurzbach, el escape se complicada en cuanto a tiempo.
Tuvo que ser muy sagaz, concentrarse, analizar bajo la presión que tenía encima. Trató de responder ante la situación de la mejor manera. Su esposa lo miraba a la espera de la decisión; ella estaba segura de que Terrence encontraría una solución precisa.
Terry se llevó las manos a su melena y presionó sus sienes; estaba muy cansado, debía hacer un esfuerzo más allá de todo.
De pronto ideó un plan: Quizás, solo quizás, la trifulca favorecía su escape pues todo el mundo estaba ocupado con Kurzbach como centro de atención.
-Ana…
-¡No Terry! – adivinó su esposa –. No pienso separarme de ti.
-Pero por favor Ana, debes salir de la prisión, yo buscaré al inventor.
-¿Al inventor? – preguntó la joven.
-¡A Stear, Ana! ¡Yo buscaré a Stear!
-¡Y yo iré contigo! – Había decisión en los ojos de la médico–. Terry, si he de morir, quiero que sea a tu lado. No quiero morir lejos de ti – se aferró al brazo del aristócrata ocasionando un brillo casi inigualable en los zafiros que la contemplaban con admiración.
-Ni yo quiero morir lejos de ti – el aristócrata se acercó para besar a su esposa fugazmente –. ¿Sabes dónde está Stear?
-Sí. Sí lo sé.
-¡Apresurémonos, tenemos poco tiempo! – advirtió Hans –. Será difícil escapar en medio del caos si los soldados allá en el patio hacen uso de sus armas. Aún están discutiendo lo que harán con Kurzbach y él no lo sabe. Se la ha pasado en su oficina recibiendo órdenes y haciendo planes.
-Nosotros iremos por Stear – decidió rápidamente Terry –. He dejado una cuerda en el ala Este del techo del edificio, la verás fácilmente; así no tendrás que escapar en medio del caos que hay en ese patio una vez que localices a Candy.
-¿Rappel? ¿Usted quiere que le pida a Candy que se deslice por una cuerda? – los ojos de incredulidad de Hans lo único que causaron fue una ligera risa en el aristócrata.
-Por supuesto, si no puedes, dile que te ayude – indicó divertido, pero a prisa, sabiendo que el tiempo no estaba a su favor.
-¿Quizás quiso usted decir que yo le ayude a ella?
-Sí claro – rio con ironía Terry – eso es justo quise de decir –.
Ya la pareja estaba en el pasillo y Hans no supo si había o no comprendido lo que el Duque de Grandchester había dicho. Seguía preocupado por el hecho de hacer que Candy se deslizara por una cuerda
–¿Cómo le pediré a una dama que haga semejante locura?
-¿Terry, crees que Candy pueda deslizarse por una cuerda? – preguntó Ana preocupada porque le enfermera lograra escapar.
-Ana: Candy es el eslabón perdido que buscaba Darwin: Es una mona pecas – la apresuró. Le aliviaba poder ver a su esposa sonreír, aún en el centro de una guerra que ya no estaba en lugares distantes, sino en el patio del edificio del que intentaban escapar.
Para sorpresa de la pareja, nadie había en los pasillos cuidando el área de las celdas.
-Seguramente los guardas deben estar uniéndose a los soldados – concluyó Terry.
-No lo sé, me parece que el jefe de turno esta vez es Hans, seguramente aprovechó bien la situación para ayudarnos a escapar.
-¡Ana! ¡Si él es el jefe de turno, entonces él tiene las llaves de las celdas!
-¡Maldición, Terrence, tienes razón!
-¿Qué dijiste, Ana? ¿Acaso escuché que la Duquesa de Grandchester ha maldecido? – se mofó ligeramente al mismo tiempo que la tomaba de la mano para emprender el camino de regreso.
-¿Qué haremos Terry? ¿Cómo encontraremos a Hans?
-Iremos a la oficina del Director de la Prisión, ahí debe haber una copia de cada llave.
La pareja caminó de prisa por los pasillos que seguían desiertos. Lo único que escuchaban eran todas esas voces en el patio donde se había reunido la unidad militar para sus preparativos.
Abrieron la puerta de la oficina de Kiel y buscaron presurosos.
-En los cajones Ana, ahí debe haber algo – la instruyó Terry mientras que él se dirigía a los estantes.
-Ya busqué en los cajones, no hay nada aquí – dijo presurosa la Duquesa con los nervios a flor de piel.
-¡Tras de la puerta! ¡En la vinatera! ¡Donde sea, pero busca algo, Ana!
Terrence ya había prácticamente volcado el librero y ahora buscaba en un pequeño estante…
-¡Las tengo, Ana! ¿Cuál será?
-¡No lo sé Terrence, no lo sé!
Una voz los interrumpió entonces. La pareja había hecho tanto ruido que llamaron la atención del alto Overstabsfeldwebel. Cuando ambos se volcaron hacia el recién llegado se quedaron de una pieza.
Ana de inmediato se refugió tras la figura de su esposo, y él la cubrió con su cuerpo. Terry tenía todos los juegos de llaves en sus manos, no sabía qué podría decirle a este oficial recién llegado. Pero había algo en su figura que le recordaba a alguien, ¿a quién le recordaba? Lo miró detalladamente, con valor, pero cuidando de no desafiarlo.
-¿Terrence Grandchester? – el aristócrata no dijo palabra alguna. Ese oficial frente a él era imponente. Se le veía solo un par de años mayor que él, sin embargo, la fuerza de su mirada era algo que no podía negar.
Anthony de inmediato sacó sus propias conclusiones:
-Yo les mostraré – extendió las manos para pedirle a Terry las llaves y de inmediato éste se las regresó, pero sin dejar de proteger el cuerpo de Ana.
-El Señor Kurzbach ha sido amable con nosotras Terrence, no tengas miedo, confía en él.
-Supongo que buscan la llave de las celdas de los pilotos, siendo usted tan amigo de la familia Andrew.
Anthony había hablado ahora en un inglés perfecto. Sin el acento alemán que siempre agregaba.
-¿Dónde está La Duquesa de Grandchester? – el oficial germano había fruncido el ceño - ¿Por qué ella no está con ustedes?
-¡Aquí está justo frente a usted! – exclamó Terry mientras abrazaba cariñosamente a su esposa.
Ana obvió la confusión de Kurzbach y explicó atropelladamente lo que Candy había hecho para protegerla.
-¿Entonces… Mi Lady Candice White Andrew no es su esposa? – de pronto Anthony sentía que había vuelto a la vida y no pudo evitar que una sonrisa apareciera e iluminara su rostro. Esa joven sería suya.
-¿Candy es una Lady? – subrayó sorprendida Ana.
-Sí. Ella es la Condesa de Saint Rose – le aclaró su esposo, después el aristócrata miró hacia el germano –: Y no. Ya le explicó mi esposa las razones por las que Candy se hizo pasar por ella – respondió mientras lo examinaba minuciosamente de pies a cabeza. Insistía en que había algo en ese hombre que le era familiar.
Anthony había ido hasta esta oficina albergando la idea de sacrificarse, de permitir que sus hombres lo tomaran con tal de dejar el paso libre para el escape de sus primos, pues ya uno de sus hombres de confianza le había advertido no solo sobre los planes de su tropa, sino sobre haber encontrado el cuerpo sin vida de Kiel.
-¡Bueno, no me han dicho dónde está Candy! – ahora había casi desesperación en esa voz. Ana se sorprendió pues ese inglés perfecto le recordaba el acento de los Highlanders, sus vecinos: Escocia. Pero sobre todo, porque había demasiada confianza en la forma en que el militar se refería a su amiga, de quien ahora descubría que sabía muy poco.
-Hans fue a buscarla, nos reuniremos con ellos fuera del ayuntamiento, con mi guía – explicó secamente el aristócrata.
-Entiendo – Anthony salió de la oficina del Director de la Prisión a toda prisa, mientras que Terrence y Ana le seguían. Comprendían que se dirigían a liberar a los pilotos de la Cuadrilla Lafayette.
-No tenemos mucho tiempo – Terry quería que su guía prácticamente volara para poder salir de ese edificio lo antes posible.
El pasillo les pareció un largo laberinto, aunque en realidad les había tomado tan solo unos segundos llegar hasta las celdas que buscaban.
Alistar había estado alerta. Tenía un extraño presentimiento y todo ese movimiento que podía ver desde su ventana no le gustaba nada. En cuanto vio la puerta abrirse se puso de pie de un solo salto.
Los tres visitantes inesperados entraron presurosos.
-No tenemos tiempo de explicaciones Stear – Terry había tomado el control – ¡Debemos huir, vamos, muévete!
-¿Huir? – el piloto se estaba poniendo una chaqueta, no se había desprendido de sus botas en todo el día por ese extraño presentimiento. Miró sorprendido a Terry, pero sobre todo, clavó sus ojos en su primo. Era todo muy presuroso, pero de rápidas reacciones, la guerra ya lo tenía más que preparado para responder rápidamente a las situaciones más extrañas.
Miró a los tres e hizo la obvia pregunta:
-¿Candy?
-Te explicaremos en el camino – exclamó Anthony mientras salía para liberar al siguiente piloto.
Ya el rubio estaba callado. Era muy poco lo que podía decir. Había elaborado un plan y tan solo estaba concentrado en lo que debía hacer para distraer a su tropa y permitir el escape. Tenía que aceptar que el hecho de que el Duque de Grandchester estuviera ahí, le había aligerado la carga; pues estando en la prisión con los demás oficiales, sería nada lo que podría hacer; y, si además se descubría que había sido él quien advirtiera sobre los planes de ataque a la Royal Navy, seguramente lo procesarían por traición.
Anthony los condujo por pasillos que los llevaron más presurosos y sin peligro hasta la cuerda que Terry había usado para escabullirse en el ayuntamiento. Se sentía nervioso, esperaba que Candy estuviera a salvo con Hans.
-Supongo que aquí nos separamos – exclamó. Anthony estaba triste, estaba cargado de sentimientos. Sabía que lo más probable, con el movimiento que se le había descrito, era que su propia tropa lo tomara prisionero y debía aceptar que tenía miedo. Aún no podía discernir si el no despedirse de la pecosa llorona del portal de las rosas era lo mejor.
-¡Por supuesto que no! ¡Tú vienes con nosotros! – Stear no se permitiría abandonar a su primo.
Nunca más. Ya una vez había padecido casi hasta la muerte por su pérdida y no permitiría que la historia se repitiese. Por su cuerpo pasó una corriente eléctrica. Ese hombre frente a él era su hermano y jamás lo abandonaría. Se plantó con firmeza frente a él, lo obligó a mirarlo a los ojos. Su expresión era de completo desafío.
-Si tú te quedas, yo me quedo – le recordó.
-¿Qué está pasando aquí? – preguntó el aristócrata –. Se había imaginado que algo acontecía, pero entre la prisa y la adrenalina de la escena no podía acomodar sus ideas. Sus ojos mostraban confusión, pero también exigían respuestas, estaba erguido, como un gladiador, estaba listo para cualquier cosa que viniera como respuesta, o casi para cualquier respuesta…
-Terry, este mi primo, Anthony Brown Andrew – Stear titubeó un poco al sacar a luz el secreto del Overstabsfeldwebel.
-¿Tú primo? – El Duque de Grandchester fue muy precavido al escuchar semejante revelación –. Candy me dijo que había muerto. No sé lo que piensas al mentirme de ese modo.
-No podemos explicarte ahora cosas que ni nosotros comprendemos – explicó tras el comentario de Terry y se volvió a su hermano –. No daré un paso fuera de este edificio si no vienes conmigo.
-No puedo Stear, si huyo con ustedes nos perseguirán y si me quedo, ustedes tendrán el camino libre.
-El zombie tiene razón – dijo Terry – si va con nosotros estaremos en serio peligro.
No había mucho que explicarle al sargento. Sabía que ambos hombres tenían razón.
-Entonces me quedo contigo – respondió con firmeza, clavando sus ojos negros en los ojos de su hermano –. Terry, encárgate de que Candy llegue sana y salva a casa.
-Sí claro, como si no la conocieran. Ella no se irá sin ustedes. Es tan Andrew como tú o como él… o como Albert o como el elegante –. El Duque de Grandchester estaba en una encrucijada, no sabía que debía hacer –. Me convencerá de conseguir un refugio y permanecer en Poznan.
-Pues tú debes arreglártelas, porque tu esposa está embarazada – Alistar le pidió una disculpa a la Duquesa con su mirada por su indiscreción, sabía que esa noticia le correspondía darla a ella, pero era la única forma de lograr que el Duque de Grandchester deseara abandonar Poznan esa misma noche y seguramente no permitiría que Candy lo convenciera de lo contrario.
En el patio ya los soldados habían llegado a un acuerdo: Mantendrían a sus oficiales prisioneros. Tenían que tomarlos para estar en las mismas condiciones de negociación que el resto del ejército.
-Stear, tú me prometiste que la llevarías a casa, solo en ti puedo confiar – casi era una súplica la voz de Anthony.
Terry ya no lo pensó dos veces, estaba deslizándose en la cuerda, tratando de guiar a su esposa; rogando al cielo que Ana no cayera, esta era su pequeña familia y él no soportaría si algo les pasaba a ella y al bebé.
Cuando llegó al piso, tomó a su esposa en brazos y la puso al lado de él, jaló la cuerda en una señal, mirando hacia arriba para esperar al otro piloto de la cuadrilla, entonces su guía se apresuró hacia él desde la penumbra de una esquina. Le dijo algo que los hombres arriba de él no escucharon por supuesto, pero Terrence se puso pálido.
-Hans y Candy están en peligro. Unos guardias los vieron salir y los están persiguiendo – gritó nervioso a los hombres que estaban en el techo viéndolos partir –. Parece que saben que Hans mató al Director de la Prisión.
Había cierto miedo en la voz del Duque de Grandchester, empezaba a exasperarse por ese par que no lograban ponerse de acuerdo una situación de pánico.
-Si Candy está con Hans la acusarán. Dirán que fue su cómplice para escapar de la prisión – reaccionó el militar y de inmediato comenzó a deslizarse por la cuerda, seguido de su hermano.
La sangre de los Andrew hervía de temor. No habían considerado que la compañía de Hans era peligrosa para Candy, tan solo habían considerado en que el soldado cuidaría de ella para protegerla.
-¡Diablos! – Terry se sentía frustrado, él había aceptado la idea de que Hans estuviera con Candy sin detenerse a pensar en la tan vulnerable posición que la colocaba.
-¡No tenías opción, Terrence! – le dijo su esposa.
El aristócrata vociferó quién sabe qué maldiciones por su descuido y esperó a que los Andrew estuvieran en el suelo.
Ambos militares con entrenamiento, dejaron de deslizarse en una distancia considerable y brincaron para estar más pronto en tierra firme.
-Tenemos que encontrarla – dijo Anthony – si Hans se defiende podrían matar a ambos.
-¡Ana…! – Terry miró a su esposa y otra vez ella adivinó su pensamiento.
-¡Sí Terrence, lo entiendo, anda, ve! – la Duquesa dio un fugaz beso a su esposo.
-¡Volveré, Ana! ¡Te lo prometo! – respondió con un beso más fiero y apasionado –. Debes ir con Cole, recuerdo perfecto cómo llegar a su refugio.
Acordaron que para dar mayor protección a la Duquesa, el compañero piloto de Lafayette iría con ella y con Cole, mientras que los tres hombres corrían en busca de la pecosa enfermera.
Terry llevaba un arma, y Anthony también estaba armado, tan solo Alistar no portaba ninguna arma, pero eso no lo detuvo.
Los tres hombres estaban sumamente preocupados, decidieron no separarse para protegerse uno al otro y decidieron que una vez que la encontraran huirían todos juntos pues a estas alturas, ya el ayuntamiento era un caos total de búsqueda por los oficiales.
-Si te detienen prisionero te matarán por haber huido o quizás te acusen por la muerte de Kiel o por la información que compartiste con los espartaquistas. Te matarán de cualquier forma. Ya estás fuera del ayuntamiento, ahora irás con nosotros – Stear no había permitido que su primo, a quien siempre había seguido, hiciera otra protesta.
Le habló fuerte, decidido y claro. Anthony no volvería a ese ayuntamiento. Él lo llevaría de vuelta a la tía abuela, así tuviera que arrastrarlo.
Amparados en el manto nocturno, los tres caballeros iniciaron su búsqueda una vez que se aseguraron que Ana era conducida a un lugar seguro.
No muy lejos de ahí, se escuchaba el correr de varios pasos. Ellos acercaron sus cuerpos tanto como les fue posible a la enorme barda del Ayuntamiento, buscando que los cubriese con su sombra. Vieron pasar un par de soldados y escucharon decir que el nuevo Feldwebel ya había sido hecho prisionero. Anthony sintió que había traicionado absolutamente todo. Pero estaba consciente de que su primo tenía razón.
Los caballeros se alejaron lo suficiente de las patrullas que los soldados habían organizado y comenzaron su búsqueda cuando se sintieron en confianza.
-Candy – gritó cada uno, esperando un tiempo para poder escuchar la respuesta posible.
Los segundos pasaron y después se volvieron minutos. Había que ser precavidos para sondear los patrullajes. Sabían que buscaban al más alto oficial de Poznan y la sangre de los tres hervía por el peligro.
Terrence tenía mil preguntas en su interior, sin embargo comprendía que no era el momento para hacerlas. Seguramente la pecosa se habría puesto muy feliz al reencontrarse con Anthony, y eso, por alguna razón extraña, quizás por ese instinto tan primitivo y al mismo tiempo tan arraigado entre los machos de una especie, le provocaba una cierta incomodidad con el hombre que recién le habían presentado.
Era extraña esa sensación. Le parecía que el militar frente a él no era aquél flaco y débil que se había imaginado alguna vez, y, al mismo tiempo que lo rechazaba, sentía la misma afinidad que tenía por su amigo Albert.
-Candy – nuevamente la llamaron, cada uno a su turno, con su propio tono, con la misma familiaridad de siempre.
No muy lejos de ellos, la rubia se quedó paralizada ante las voces que la llamaban.
-Te lo dije Candy, vendrían a buscarnos – Hans estaba escondido tras una fuente y ella estaba con él.
-Sí – logró responder en total ausencia. Esas voces la habían transportado; sintió un escalofrío recorrer su cuerpo y prestó atención a los distintos llamados.
-¡Candy! – cuando escuchó la voz de Stear tuvo el instinto único de salir corriendo hacia él.
-¡Candy! – la voz de Terry le producía un sentimiento muy raro. Habría querido también abrazarle, pero no sabía si eso hubiese sido correcto.
Hans ya le había advertido de la presencia del Duque de Grandchester, pero ella no contaba con el gusanito que se movería dentro de ella al volver a escuchar su nombre salir de los labios del aristócrata y a decir verdad, ella podía escuchar emoción en la voz que la llamaba, aunque para quienes le acompañaban, eso era prácticamente imperceptible.
-¡Candy! – esa voz… esa voz… ese llamado. Esa era la voz que la tenía totalmente petrificada. Tuvo que afinar muy bien sus oídos y prestar muchísima atención para convencerse de que la voz y el sentimiento que la estaba invadiendo no era lo que ella estaba imaginando.
Nuevamente los caballeros le llamaron. Su llamado era prácticamente incesante, cada uno con sus propias diferentes emociones.
Terry no podía esperar para verla. Aún la recordaba y estaba preocupado por la pecosa que había sido capaz de proteger a su familia. ¿Dónde estás Candy? Pensó el aristócrata, tratando de pensar como ella, pero en ese lugar no se le ocurría ningún posible escondite del gusto de la señorita pecas que había conocido en su época de colegial.
Alistar sentía su corazón muy apesadumbrado: Sería injusto haberse encontrado solo para perderla definitivamente. ¡No! Ya se lo había dicho a su primo: De Poznan salían vivos los tres o no salía vivo ninguno. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo ante la posibilidad de morir tras haber resistido tanto. Al menos moriré rodeado de amigos – se dijo y continuó llamando a su conejillo de indias.
-¡Candy! – no, no podía ser. Esa tercera voz atravesaba cada fibra de la enfermera. Todos sus músculos estaban tensos, su corazón se aceleró a mil por hora y su respiración de agitó terriblemente. Tuvo un Deja Vú… le parecía escuchar la misma desesperación de aquélla búsqueda cuando tomó el bote y cayó de la cascada. Era no solo la misma desesperación, era la misma frustración por no encontrarla, era la misma intensidad del deseo de localizarla, era el mismo amor e interés por ella.
Esa voz logró ponerla en un estado de shock que no deseaba, pero que se apoderaba de ella, de cada sentido, de cada fibra, de cada músculo y lo peor de todo: De todo el deseo por correr en pos de esa voz y al mismo tiempo huir de ella. Tenía miedo y alivio al mismo tiempo. Se sentía feliz y enojada, muy enojada. Se sentía completa e incompleta. Se sentía hecha un lío, como si un viento la hubiese atrapado de pronto y la hubiese colocado en el vórtice violento de un huracán.
Los tres caballeros la llamaron nuevamente y Hans salió de entre las sombras para hacerles señas. Ellos se acercaron corriendo, el tiempo era oro y tenían que abandonar Poznan de inmediato.
Cuando los tres estuvieron cerca de Hans, la joven salió de detrás de la fuente. Alistar adivinó su estado emocional.
-Anthony – murmuró – ¿hablaste con ella?
-No pude, no tuve la oportunidad, cuando iba a hacerlo empezó todo este movimiento – le respondió sin moverse. Sin poder separar sus ojos de los de Candy.
Esos ojos le atraían, estaban tristes, confundidos y en todo lo que él podía pensar era en abrazarla fuerte y no permitir que nada volviera a arrebatársela. La vida había sido muy cruel con ellos, y hoy tenían la oportunidad de estar juntos. Anthony no podía, simplemente, dejar de mirarla.
-¡Oh, oh! – exclamó Terry reconociendo en la pecosa todas las emociones dentro de ella. Las leyó en sus ojos, en sus manos, en su cuerpo y se adelantó para tratar de tranquilizarla –. Si yo fuera tú, zombie, creo que temblaría. La señorita pecas está enojada – murmuró antes de iniciar su encuentro con Candy.
El aristócrata le sonrió de medio lado, y se interpuso entre ella y Anthony. La joven enfermera apenas tuvo tiempo y energía para mirarlo, sin embargo, Terry la saludó.
-¡Candy! – ella salió ligeramente de su trance y respondió su saludo, pero ausente en gran medida – ¿Por qué me miras así, pequeña pecosa? ¿Acaso me vas a declarar tu amor? – flirteó con ella esperando que eliminara su enojo en él y no en el joven rubio a su espalda, pues sabía que si lo hacía, sería un enojo que se desbordaría y quizás la sobrepasaría. Conocía cuán apasionada era –. Lo siento Candy, pero soy un hombre casado – el aristócrata le enseñó su anillo con una sonrisa de medio lado. ¿Qué más podía hacer? Quizás si la abrazaba ella podría sentirse reconfortada, pero no se atrevió, ya no eran unos muchachos y un abrazo entre ellos podría mal interpretarse, aunque tuviese fines muy diferentes a la seducción.
La chica avanzó lentamente hacia el rubio que la miraba con la dulzura de siempre. Era una mirada pura y limpia. Le hablaba con sus ojos, le pedía… ¡No! Le suplicaba que lo escuchara. Le extendió los brazos, esperando, inocentemente que ella corriera a ellos; sabía que le había reconocido, pues esa mirada era con familiaridad, aunque estaba enojada, ya no estaba la barrera de la mirada que le dedicaba al Señor Kurzbach, sino la simple y sencilla mirada que era solo para Anthony; aquél amor que había perdido y que adoraba.
El joven tenía un nudo en su garganta, no podía hablar. Se sentía temblar de la emoción tan solo de imaginar que probablemente pronto la tendría en sus brazos.
-Candy – le habló tiernamente, sus ojos acuosos estaban muy emocionados.
Si aquél Deja Vú la había transportado o no al terrible desenlace, la muchacha esta vez le hizo pagar a Anthony Brown la terrible bofetada recibida. De pronto sus ojos se encendieron iracundos y la mano femenina usualmente caritativa aterrizó con fuerza en la mejilla de Anthony, acompañada del mismo "¡Tonto!" que ella había escuchado cuando él la abofeteó.
-Candy… - Anthony la miró con tristeza. Ella lo rechazaba y ni siquiera le había regalado un abrazo.
-¡Candy! – Alistar la abrazó y ella cayó en sus brazos, llorando, dejando que sus emociones salieran.
-¡Por todos los cielos, no hay tiempo para esto, tenemos que irnos! – Terry les recordó que estaban en grave peligro –. Ya después habrá todas las explicaciones del mundo pero ahora debemos irnos.
Anthony había guardado silencio.
-Créeme, no me gustaría estar en tu lugar, yo sé que esa mano pega fuerte – le dijo en tono de burla el aristócrata a Anthony –, pero tienes que tomar el mando, tú conoces Poznan, debes guiarnos.
-¡Se están acercando! – Exclamó Hans asustado –, no podremos escabullirnos, somos demasiados.
-Me quieren a mí – fue la resolución de Anthony. En sus ojos brillaba la determinación de salvar a los seres que amaba –. Stear, me prometiste que la llevarías a casa – le recordó una vez más mientras le dirigía a Candy una triste mirada. No estaba enojado con ella, pero se estaba despidiendo y no era de la forma que hubiera querido hacerlo.
-¡Anthony, no! – gritó el piloto cuando vio a su hermano caminar hacia donde se escuchaban los pasos de la patrulla que se acercaba.
-¡Hans! Tú sé el guía – le ordenó al soldado. Y fue hasta entonces que la pecosa comprendió los planes de Anthony.
-¡Anthony! – la chica se liberó de los brazos de Alistar y corrió hacia el oficial.
Él se detuvo a la voz de la joven. Finalmente ella se había arrojado a sus brazos y le sonreía aunque sus lágrimas corrieran desvergonzadas por sus mejillas.
-No vayas Anthony, no lo hagas – le suplicó. Candy se aferró a él tratando de reunirlo con el grupo, que ya había corrido hacia ellos.
-Candy, es necesario, si no me entrego, nos perseguirán y no sabemos lo que pueda ocurrir, es mejor que huyan si el Duque de Grandchester tiene los contactos que pueden sacarlos de aquí.
-¡No Anthony! ¡No! ¡Yo me quedaré aquí contigo! – los caballeros estaban conmovidos ante los sentimientos de la joven por Anthony. Era como si hubiesen vuelto más fuertes, más vivos y más maduros que nunca.
-¡Stear! ¡Por favor! – le suplicó Anthony – ¡Llévatela! – con todas sus fuerzas, Anthony trató de deshacer el amarre de los brazos de Candy en su cintura.
-¡No te atrevas a tocarme Stear! – le ordenó la rubia.
-Te lo dije Anthony: O nos vamos los tres, o nos quedamos los tres – el piloto solo estaba usando a Candy de pretexto pues tampoco deseaba abandonar a su hermano.
-Ya no hay tiempo – Hans había estado pendiente de los pasos que se acercaban.
-¡Con un demonio Candy, por una vez en tu vida escucha a los demás! ¡Siempre quieres resolver el mundo sin ponerte a pensar si los demás están o no interesados! – tras las duras palabras de Terry, siguió un forcejeo con la enfermera.
El Duque de Grandchester estaba seguro que el único capaz de llevarle la contraria a Candy era él, así que se armó de valor y la liberó con fuerza de la cintura de Anthony.
-¡No Terry, no! – Exigió la rubia - ¡No lo hagas!
El Duque de Grandchester tomó a la joven como si fuera un costal, y miró con determinación al oficial germano. Él no pondría en peligro ni a su familia, ni a Candy; era el único capaz de mantener la sangre fría y tomar decisiones en el calor de la situación.
-¡Por favor Terry, bájame! ¡Te odiaré toda la vida si me alejas de Anthony!
-¡Ódiame todo lo que desees! Prefiero saberte viva y odiándome que saberte muerta y odiándome a mí mismo por no hacer lo que estoy haciendo.
-¡Anthony! –gritó la rubia al verlo dirigirse hacia la cuadrilla de soldados que se acercaba en patrullaje.
Ya el grupo estaba amparado por la noche, no muy lejos de él y todos pudieron mirar perfectamente cómo el oficial era tomado prisionero por su propia gente. Terry tuvo que tomar a la rubia y cubrir su boca para evitar que los descubrieran, estaba seguro de que la joven se lo reprocharía, pero también estaba seguro de que eso era lo mejor.
Sufrió mucho cuando ella se dejó caer de rodillas sin fuerza para luchar, entonces, él también se arrodilló y de inmediato la rubia se acogió en su regazo, para sorpresa del aristócrata, quien respondió acariciando su cabello y le prometió que todo estaría bien.
Terry miró a Alistar rogándole por su ayuda, no se sentía muy cómodo recibiendo en sus brazos a su amiga y Stear de inmediato se arrodilló al lado de sus amigos y levantó a Candy en sus brazos mientras seguían a Terry y a Hans hacia el refugio de Cole en completo silencio, con un nudo en la garganta, con el corazón partido… abatidos totalmente.
Malinalli, para la Guerra Florida. 5 Mayo 2014
NOTITAS: ¡Ya casi! ¡Ya casi terminamos!
Gracias a todas por seguir conmigo en esta aventura. Son geniales. Dejaré mi despedida personal hacia cada una en el último capítulo, pues con este tiempo que nos dieron, segura estoy que terminaré mi historia.
¡Besos, las quiero!
