HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 12

Beatriz

El silencio era casi sepulcral en el refugio que inesperadamente había recibido a los prófugos. Era demasiado pequeño; Terry esperaba que fuera suficiente para Candy y Ana, sin embargo, tenía tres prófugos más, así que las camas designadas al descanso fueron, obviamente, cedidas a las damas.

Era la noche del 3 al 4 de Noviembre, el frío era intenso y la pobreza del lugar era extrema. El anfitrión tan solo tenía algunas velas para alumbrar el lugar, al mismo tiempo que contaba con que su calor pudiese al menos elevar un poco la temperatura.

En aquél momento el panorama anímico de los soldados germanos era de cansancio total, pero no solo la milicia estaba agotada, el pueblo ya no soportaba las 12 o más horas de jornadas de trabajo con el salario mínimo. Los esfuerzos de paz habían comenzado un mes atrás y, psicológicamente, el pueblo estaba tan solo esperando la declaración de armisticio tras los diferentes movimientos sociales y políticos que sacudían el país.

Creyendo, inocentemente, que las damas estaban descansando, agotadas de las emociones y los sollozos previos, los caballeros se reunieron alrededor de una mesa pequeña justo al centro del cuartucho; Cole extendió su mano para ofrecer cigarrillos a sus huéspedes, cosa que Terrence y Hans aceptaron agradecidos.

El humo de los cigarrillos y sus escarolas se elevó llenando el lugar de una sombría atmósfera con el aroma de tabaco. Stear ciertamente no fumaba, pero no tenía el ánimo para protestar, además, le debía la vida a Terry, así que podía soportarlo.

Terrence fue el primero en romper el silencio, trataba de que la información que cada uno de ellos poseyera pudiese armar el rompecabezas, y quizás, encontrar algún recóndito modo de liberar al zombie.

-Alemania está por perder esta guerra -resopló-, hace menos de una semana, a finales del mes pasado los generales quisieron atacar la Royal Navy pero los marineros alemanes comprendieron que era una misión suicida, comprendieron que lo único que sus generales deseaban era "salvar el honor de la flota germana" e impedir que Alemania afronte penosas condiciones de paz.

-Entonces… seguramente, la totalidad de los buques alemanes serían destruidos por los ingleses -replicó Alistar, mostrando interés por el tema.

-Así es – la voz de Terry, como todo buen actor, era educada; todos pudieron comprender por su tono que aún no terminaba y guardaron silencio para escucharlo –. La Kaiserliche Marine sería sacrificada y con ella, sus hombres, incluyendo sus oficiales, por supuesto. Al principio dos de los buques obedecieron la orden y zarparon rumbo a su destino, sin embargo, el resto de los marineros tomaron los demás buques y a sus oficiales para evitar ser obligados a tal sacrificio. Todo comenzó en Wilhelmshaven, concentración de la flota, y después el motín se propagó a los marineros destinados en tierra – Terrence notaba el asombro en sus compañeros, que se esforzaban por no perder detalle alguno de su narrativa, además, el actor hizo gala de su talento, atrayendo la atención y logrando con claridad que su relato fuera entendido a la perfección. Los jóvenes que lo escuchaban podían crear en sus mentes las escenas que el duque relataba –. La tercera escuadra al principio no se sublevó, así que fue usada para transportar a los marinos para ser sometidos a consejo de guerra, sin embargo con el tiempo, los marinos se solidaron por completo y liberaron a sus compañeros, tomando al mismo tiempo a sus oficiales. El movimiento debe haberse extendido ya a los ejércitos de tierra. Yo solo sé que existe una ciudad llamada Kiel y que seguramente a estas alturas está en manos de 40,000 marineros, soldados y trabajadores insurrectos.

-Yo escuché rumores de que el SPD designó a un tal Noske bajo el visto bueno del príncipe Baden como representante del nuevo gobierno para llegar a Kiel, supongo que debe estar llegando hoy mismo – declaró Cole con entusiasmo.

-Eso quiere decir, que entonces Anthony no fue detenido para matarlo, sino en solidaridad con el movimiento, para poder negociar – de pronto la mirada de Alistar era un poco más brillante. Su espalda se irguió ligeramente, fue como si le hubiesen quitado una lápida de la espalda.

El segundo piloto del LaFayette había guardado silencio, su nombre era Jean, y, aunque su inglés no era muy fluído, trataba de seguir la historia.

-¿Crees que haya algo que podamos hacer por el Feldwebel?

-Creo que deberíamos buscar la forma de rescatarlo – dijo decidido Alistar –. No debimos permitirle que se apartara de nosotros – el piloto se sentía sumamente arrepentido, aunque el panorama fuese optimista, él no quería dejar un hilo suelto –.

-Vamos Stear, no hace falta que te explique por qué era necesario que tu primo hiciera lo que hizo; fue por ellas – Terry lo obligó a recordar a las jóvenes que según ellos, dormían.

-La guerra está por terminar, desde el verano el frente occidental es más favorable a los aliados. La contraofensiva de Francia e Inglaterra se ha reforzado con los ejércitos norteamericanos; están perdiendo sus líneas y el control de sus territorios – el anfitrión, que era alemán, era de la idea de que deberían esperar – Alemania está dividida: La monarquía, los oficiales del ejército, los sindicatos socialistas y comunistas; todos deben ponerse de acuerdo y presentar un frente unido ante quienes ganen la guerra. Pienso que debemos esperar un poco antes de actuar.

-¡Esperar! ¿Esperar, dijiste? ¿y mientras mi hermano está en una mazmorra con frío, hambre y sed? – protestó el inventor con los ojos ardientes y su cuerpo excitado por el enojo.

-¡Stear! – Terry levantó la voz –. No voy a exponer a Ana, tampoco voy a exponer a Candy; además, ¿acaso consideras a tu hermano un debilucho? ¡tú estuviste por meses bajo esas condiciones, crees que él no puede soportar unos cuántos días mientras obtenemos más información?

-Sé que es difícil, pero debes tratar de pensar con la cabeza fría – aconsejó Jean mientras le ofrecía un cigarrillo; el piloto aceptó y por primera vez degustó el sabor del tabaco. Exhaló el humo y después miró hacia la pecosa que descansaba, por ella, solo por ella debía esforzarse por tranquilizarse.

Candice había llegado a la prisión de Poznan amparada aún por el manto nocturno, debían ser las tres de la mañana, eso le daba a la joven la confianza de que nadie la buscaría al menos en un par de horas, aunque confiaba en que el cansancio de los caballeros los traicionara y despertaran muy tarde esa mañana, de ser así, podía contar con tres o cuatro horas.

-Por favor, que no se despierten antes – tenía miedo, y mucho, pero necesitaba hacerlo a un lado y concentrarse. Aún le quemaba el aliento de Anthony sobre su cara, su piel se erizaba ante el recuerdo y su mente viajaba desbordándose en sueños que jamás se había atrevido.

-Concéntrate, Candice – se obligó – por favor, que lo hayan dejado en su cuarto – oró al cielo.

La joven se reguardó tras el muro del ayuntamiento, con devoción total apretó en sus manos el crucifijo que colgaba de su cuello, cerró sus ojos, debía ser honesta, en un momento las fuerzas le abandonaron y el peso total de su cuerpo se apoyó en la pared. Revivió aquél momento, aquél bello recuerdo: "La soledad no nos vencerá" había exclamado Anthony en aquélla cabalgata.

-¡Tonto! – dijo por segunda vez hecha una maraña de sentimientos – si te dejo solo, entonces nos habrá vencido. Debes estar loco de atar si crees que me alejaré de ti.

La chica se torturaba preguntándose cómo había sido capaz de abofetearlo, su mano aún le dolía y suponía que el joven tampoco debería estarla pasando nada bien.

Suspiró hondo, tomó valor y salió de la penumbra.

Caminó despacio, justo al centro del camino, dejándose ver por cualquiera que estuviese de guardia en el ayuntamiento; al fin de cuentas, eso era precisamente lo que deseaba: ser capturada. Había ensayado todo un monólogo para salirse con la suya; la hermana María le había enseñado que jamás debía mentir, pero por Anthony ella desobedecería una ley menor para obedecer una ley mayor.

-Como Adán – se dijo sonriendo con cierta picardía – no seré la primera ni la última – se justificó.

-¡Señorita! – una voz varonil a su espalda provocó en ella emociones extremas de temor, sin embargo, se esforzó por conservar la compostura.

El obscuro vestido de la noche la cobijó evitando que los guardas notaran su palidez y nerviosismo.

-¡La encontramos! -gritaron los soldados mientras la sostenían por el brazo y la guiaban hacia el patio principal atrás del ayuntamiento.

Candice esperaba que toda actividad hubiese sido suspendida y que los soldados estuviesen descansando, sin embargo, encontró un patio de intensa actividad; no era ya con los preparativos para la partida sino con una especie de junta improvisada, donde quizás podría distinguirse a algún líder igualmente improvisado. La joven temía; estaba confundida, no había hecho un plan, tan solo había seguido sus instintos.

El soldado que había tomado el mando era un hombre de baja estatura y de negro cabello, con mucha facilidad para la palabra, envolvía a quien lo escuchara con su retórica con suma facilidad. Su fuerza estaba, ciertamente, en la palabra.

-Encontramos a la enfermera americana – explicaron los recién llegados sin dejar de tomarla por el brazo.

El hombre al mando le dirigió una intensa mirada durante segundos que parecieron minutos ¿o quizás fueron horas?; Candy fue y vino del horror sintiendo que sus extremidades la traicionaban. Conservó el aplomo y mantuvo la mirada del hombre que la escudriñaba. En realidad, parecía no importarle mucho la presencia de la enfermera.

-Me alegra que Hans no le haya hecho daño – aclaró con inesperada cortesía. En los ojos del militar se reflejaba el cansancio y el estrés del día de toma de decisiones.

-¿Qué hago con ella? – preguntó uno de ellos.

-Llévela a su enfermería; aún tiene mucho trabajo – ordenó casi rayando en la indiferencia. Era notable que el hombre tenía asuntos más importantes en qué pensar que en la enfermera americana, pues según ellos, había sido usada como escudo por un desertor.

Ellos ni por un segundo habían culpado a Hans de la muerte del jefe de la prisión, todos estaban de acuerdo en que la liga espartaquista era la responsable del delito. Y también atribuían a la tal liga, la liberación de la joven médico.

Candice respiró aliviada, se felicitó por haber vuelto. Estaba preocupada por Alistar, pero sabía que lo entendería y esperaba que el joven pudiese volver sano y salvo al lado de su familia, con Terry y Ana.

El grupo de soldados estaba dividido y la discusión era acalorada; ya toda la tarde y el transcurso de la noche no se habían puesto de acuerdo sobre cómo usarían la presencia de los dos oficiales que tenían detenidos.

Un grupo minoritario estaba abogando por Alfred Kurzbach, interfiriendo ante el resto de sus compañeros para que el oficial no fuese enviado a las mazmorras. La verdad era que el oficial contaba con la simpatía de casi todos sus soldados.

Lo único que los soldados deseaban ya, era ir a casa. Por un mes habían estado escuchando de los diferentes movimientos para lograr la paz; psicológicamente ya tenían un pie en su hogar y se negaban a obedecer cualquier orden en pos de la continuidad del conflicto bélico. La sublevación de los marinos les dio el valor. Escucharon que el batallón que llegó de Antona a Kiel, con la misma orden de apaciguar el movimiento de los marinos, al final se habían rebelado y se habían unido al movimiento.

Allá, en una esquina del patio, son su capa cubriendo su cuerpo, con una taza de café humeante todavía, estaba la silueta callada y alerta de Alfred Kurzbach. Estaba sentado sobre esa banca de helado cemento un poco cerca de una hoguera que hacía las veces de estufa para el café. Lo rodeaban un grupo de sus simpatizantes, que se negaban a entregarlo al resto de quienes habían sido hasta unas horas antes, sus hombres.

El joven sintió que la tierra se abría a sus pies para tragarlo. No tuvo miedo de estar entre sus hombres, tampoco de la posibilidad de ser enviado a las mazmorras, sin embargo, cuando vio a la joven rubia frente a ese grupo de soldados quiso tomarla de la mano y arrancarla de inmediato de todo peligro.

Su cuerpo se tensó. La conocía muy bien. La chica había engañado a todos en el patio, excepto a él. El oficial era capaz de descubrir el más mínimo gesto de tribulación en la joven; a fuerza de recordarla conocía cada movimiento, cada expresión y sabía por supuesto, que lo único que esa joven de verde mirada estaba deseando era un abrazo… aunque ella no lo sabía, por supuesto; seguramente ella creía que lo que deseaba era volver a abofetearlo, pero él sabía que un abrazo era el deseo verdadero de su corazón.

Candy sintió que su piel se quemaba, reconoció la sensación de la ardiente mirada; recorrió el patio lentamente, tratando de no ser tan obvia y entonces sus ojos encontraron el cielo en la obscuridad. Miró fijamente a ese hombre, sintió que se estremecía bajo su escrutinio, se quedó paralizada y, ruborizada.

-Venga conmigo – su escolta la sacó bruscamente de su letargo.

-Me preguntaba si podrían obsequiarme una taza de café – sonrió inocentemente al interpelado – tengo frío y estoy nerviosa, pasé un momento difícil, seguramente un poco de café me vendrá bien.

El guapo oficial pareció adivinar los pensamientos de la joven y se había adelantado bajo la mirada indiscreta de los pocos soldados que se dieron cuenta de la acción.

-Te lo dije – advirtió alguno de ellos a su mejor amigo – el Overstabsfeldwebel está enamorado de la americana –. Como única respuesta su amigo se encogió de hombros y continuó prestando atención a los comentarios que iban y venían de uno a otro lado del patio.

No había manera de que la enfermera y el Overstabsfeldwebel se escaparan nuevamente; justo en este momento estaban bajo la vigilancia de los soldados. La figura del Overstabsfeldwebel era magnífica e imponente; sus subalternos lo conocían como una figura seria y de plena confianza. Realmente estos dos personajes no eran la preocupación principal de los soldados.

El oficial se paró frente a la enfermera con el rostro serio y preocupado. Usaba una hermosa y abrigadora gabardina perfectamente cerrada, en sus manos enguantadas soportaba una taza de café que él mismo había preparado. La extendió hacia ella con gallardía.

-Mi Lady – tuvo que esforzarse por no olvidarse del acento alemán en el inglés que intercambiaba con la joven que lo miraba con una mezcla de desaire y entrega al mismo tiempo –.

Candice fue incapaz de emitir sonido alguno. Tomó la taza en sus manos y la llevó a sus labios. Saboreó el pequeño sorbo sin atreverse a mirar más allá de la taza misma.

El caballero se colocó al lado de la chica; ya la escolta dela joven la había abandonado desde que el Overstabsfeldwebel se acercó a ella.

-No sé si calificarte de tonta, de valiente o de testaruda, Candy – le dijo tratando de que sus labios no se moviesen, con seriedad absoluta, con la vista clavada en la discusión que escuchaba, aparentando no perderse ni un ápice de cada palabra.

El terciopelo de la voz varonil al pronunciar su nombre debilitó la muralla que la joven estaba construyendo entre ambos.

-¿No piensas dirigirme la palabra, Beatriz? – jugueteó un poco el oficial cuando notó que la chica lo estaba castigando con el silencio.

-Mi nombre es Candice, señor – reclamó celosa, sin regalarle una mirada levantó orgullosa su nariz y miró también hacia la improvisada asamblea que por cierto, empezaba a aturdirla.

-¿No eres Beatriz, entonces? – insistió el Overstabsfeldwebel. Notó el temblor en la voz de la joven, notó los celos en su postura y se sintió complacido. Una leve sonrisa apareció en su rostro.

-Ya le dije que mi nombre es Candice – insistió – Candice White Andrew – remarcó.

-No. Tú eres Beatriz. Mi Beatriz; y has venido para guiarme al cielo.

Fue hasta entonces que la joven reconoció al amor platónico de Alighieri en la alegoría de las palabras de Anthony. La chica miró al joven tratando aún de esconder sus emociones.

-¿Y qué pasa si lo guío al infierno? – retó la joven. La verdad es que temblaba y no pudo disimularlo.

-¿Al infierno, tú? No Candy Beatriz – rio por lo bajo – lo tuyo es el cielo y solo el cielo.

La joven guardó silencio, eran demasiadas emociones y estaban rodeados de mucha gente en el estrés total, solo ese oficial, parecía pasarla bien. Con osadía total, con voz seductora, dejó las poses de disimulo y se tornó hacia ella. Su mirada era tan intensa que quemaba no solo el rostro de la chica, también su cuello, sus manos, sus senos, sus pies… todo su cuerpo. Se sentía desnuda, una desnudez que la embriagaba, que disfrutaba, se olvidó de todo en el atrevido escrutinio de la mirada femenina.

-" Beatriz, guíame hacia el paraíso, ya que Virgilio ya cumplió su misión. Nuestro amor no es terrenal, porque este sentimiento es tan inmenso que no lo supera el amor de Dios por la humanidad." – Citó el joven enamorado, atrevido y sutil al mismo tiempo.

-No sabía de tu gusto por la lectura – sin percibirlo, la rubia había roto la barrera del "usted" para tutearlo; a Anthony le pareció reconocer la pasión pura en tales palabras.

-Tuve mucho tiempo para leer – respondió. Su seducción se transformó en un gesto de dureza, inevitablemente recordó las horas que pasó en esa silla de ruedas, cuando su único refugio era la extensa biblioteca de los Kurzbach.

-Y entonces elegiste a Alighieri – la joven se apresuró a traerlo de nuevo a la charla.

-En realidad, no elegí a Dante Alighieri – el oficial suspiró –; más bien, elegí quedarme con Beatriz – volvió la vista hacia la rubia y le dirigió una mirada de fuego puro –. Ella es como tú; lo que siento por ti es lo que Dante sintió por ella: "Lleva en sus ojos al amor sin duda la que embellece todo lo que mira; y tal respeto su presencia inspira, que el corazón le tiembla al que saluda". También he leído la Vida Nueva – sonrió incrementando su pasión, mientras seguía quemando su piel con su mirada y al mismo tiempo calmando ese fuego con su aliento.

Pareciera que ese juego de no querer ser descubiertos, en lugar de mitigar su necesidad, la incrementaba.

Anthony hizo un esfuerzo casi sobre humano para no continuar. Un dolor leve en el costado lo obligó a abandonar su viaje por la literatura renacentista italiana y sin pensarlo llevó su mano hasta la fuente de dolor. Quiso disimularlo cuando se dio cuenta de su error, pero era demasiado tarde.

-Señor Kurzbach – el Feldwebel recién nombrado se acercó hasta él con cierta urgencia – debería permitir que la señorita revise ese golpe, yo estaré alerta escuchando todo lo que aquí se diga.

-¿Golpe? – la naturaleza de Candice White salió a la luz, quiso acercarse y tocarlo por instinto.

-¡No es nada! – exclamó el oficial, siempre con su acento alemán fingido. Cambió de personalidad al instante; Candy comprendió que tenía su papel muy bien ensayado. Por primera vez se preguntó la historia detrás de Anthony; su deslumbrante Anthony.

-Cuando lo detuvieron había demasiada confusión entre los soldados. La gente de confianza del señor Kurzbach armamos una trifulca para evitar que lo aislaran; desgraciadamente no pudimos evitar que algunos lo hirieran y golpearan.

-Permítame revisarlo, señor Kurzbach – la chica arrastró el título del hombre.

Anthony no había mentido, el tal golpe no era nada. Él podía moverse fácilmente, lo acababa de demostrar, de hecho, ni siquiera lo recordaba hasta ese justo momento.

-De acuerdo – el oficial encontró el perfecto pretexto para estar a solas con la mujer que adoraba. Había muchas cosas de las que debían hablar.

El ayuntamiento de Poznan es un edificio gótico con influencia renacentista de tres pisos, adornan su fachada tres hermosas torres coronadas por una enorme y muy elaborada aguja que se eleva al cielo al centro del techo. Fue diseñado por el arquitecto Giovanni Battista di Quadro. El oficial y la enfermera dieron media vuelta tras despedirse con la mirada del nuevo Feldwebel.

-¿Qué te parece, Beatriz? Si quisiera olvidarte, el renacimiento italiano me lo impide – le susurró al oído mientras señalaba con su mirada la maestría de los acabados de las columnas y los pasillos, lúgubres en ese momento, pero majestuosos.

Con alevosía, Anthony se quejó y ella de inmediato le ofreció su brazo. Caminaron unidos hasta que llegaron a la enfermería. Nadie había en los pasillos, los guardias estaban vigilando el patio y las puertas pero el interior del edificio no era custodiado pues nadie quería perderse de participar de los acuerdos que tomaban.

El joven estaba divertido, tenía una sonrisa en sus labios, una sonrisa de ensueño, ajena al conflicto bélico.

-¿El señor Kurzbach sonríe? – dijo ella con ironía mientras que observaba cómo el joven se sentaba en la alta camilla y empezaba a despojarse de su gabardina sin problema alguno.

-¡Vamos Candy, aquí no tienes que ser tan ceremoniosa! – la joven agradeció que la llamara por su nombre. Se sentía halagada de que la comparara con Beatriz, pero ella no era Beatriz, ella era Candice White.

-¡¿Y cómo debo llamarte?! – exclamó con inocente voz de reto.

-No lo sé – el chico ahora empezó a desabrochar su camisa sin perder de vista el sonrojo de la graciosa enfermera que hasta ahora no había preparado absolutamente nada para revisarlo, estaba absorta en la belleza del pecho del oficial frente a él.

Por varios segundos guardaron silencio. Candy estaba de pie frente a él: Despeinada, cansada, con unas ojeras enmarcando sus ojos verdes. Ya debían ser cerca de las cuatro de la mañana. Anthony pensó que nunca la había más hermosa; esta mirada era nueva, esta era la mirada de una mujer.

-¡Ajum! ¿Entonces, vas a continuar mirándome o vas atender mi golpe, finalmente? – Anthony tuvo que interrumpir los pensamientos de la chica, ella se sonrojó y desvió su mirada, alargando sus pasos hacia el botiquín.

-Lo siento Anthony – respondió sabiéndose descubierta.

Ella volvió con un par de vendas y una pomada. Revisó a su paciente meticulosamente, presionó ambos costados. Primero el derecho y no encontró nada; después el izquierdo, presionó con suavidad con sus dedos y al primer contacto el joven se quejó.

-¿Sabes qué fue lo que te golpeó? – ella estaba hecha un lío. No terminaba de comprender lo que sucedía. Él era el joven que adoraba en sus sueños, quien había sido elevado al más alto grado celestial y de pronto, había abandonado su sepulcro para aparecer ante ella tan deslumbrante como siempre y tan deliciosamente terrenal.

Quería hablar con él. La torpeza de sus movimientos así lo demostraban. Él sabía que tenían muchas cosas qué aclarar, pero este no era el momento ni el lugar.

-Candy – susurró solo para ella. Incluso él mismo apenas pudo escucharse.

-Anthony – la chica levantó la mirada de su envidiable tarea. Los ojos del oficial eran fuego puro, un fuego que le consumía hasta las entrañas.

-Adoro mi nombre en tus labios – confesó con suavidad. Las manos de la joven temblaron – Dios sabe que he esperado pacientemente para escucharte decir mi nombre. He soñado que me llamas todo el tiempo, pero necesito que evites hacerlo, al menos por el momento.

Ella sintió una leve punzada en el pecho. ¿Cuántas veces había incluso gritado ese nombre en sus sueños? Se sintió rechazada y frustrada.

-¿Entonces, cómo debo llamarlo? – esgrimió.

Él acarició su mentón. Después se arriesgó a tomar su mano y a pedirle en silencio que dejara de auscultar su cuerpo y se acercara. Estaba serio y no se atrevía a decir nada, no encontraba qué pudiera consolarla.

-¿Cómo debo llamarlo? – insistió; la luz de sus ojos estaba apagada, triste; inocentemente había colocado sus manos sobre el pecho desnudo del Anthony y le miraba casi con súplica.

-"Mi amor, mi cielo, mi vida, mi dueño…" escoge lo que prefieras, o todos… - susurró en su oído. Su voz era divertida y ardiente al mismo tiempo. Con ambas manos la sujetó hacia él por la cintura y escondió su cabeza en sus rizos sueltos y alborotados.

Ella comprendió que él tenía muchas cosas que debía decirle, sin embrago por ahora, le diría solo lo que necesitara saber. Ella debía recordar cómo hablaban en silencio, porque solo en el silencio se encontrarían por el momento.

-¿Estás dispuesta a esperar? – preguntó Anthony con miedo. Sin separarse un centímetro del embrujo del cuerpo que se estremecía entre sus brazos.

Ella afirmó con su cabeza; no quería levantar la mirada ni quería formular palabra alguna, tenía miedo que Anthony descubriera sus lágrimas. Era imposible que el joven no lo notara.

-¿Te he dicho alguna vez que eres más bonita cuándo ríes que cuando lloras? – susurró ciñendo aún más sus cuerpos.

Candy volvió a afirmar con su cabeza, hundiéndose en su pecho.

-Candy, Candy, Candy – su voz era de preocupación - ¿por qué dejaste que te encontraran? – Anthony acarició la espalda de la chica.

-No me encontraron. Yo volví por mi propio pie – confesó.

Anthony se conmovió hasta el alma misma por el sacrificio de la joven. La miró tan profundo como pudo; quería robarle un beso, pero había tantas cosas por aclarar primero.

-Eres buena Candy – le dijo envolviéndose en un deja vú infantil – ven aquí.

La joven se sentó al lado del oficial y no tardó en quedarse en dormida bajo la protección de su abrazo seguro y añorado.

Los hombres despertaron, cerca de las ocho de la mañana, con la agitada voz de su anfitrión que abruptamente abría la puerta y exclamaba sin pudor alguno, era la mañana del cuatro de noviembre de 1918:

-¡El imperio austro húngaro ha solicitado el armisticio! – se percibía a simple vista que el hombre había apresurado su paso de investigación por la ciudad y que al enterarse de la noticia, en lo primero que había pensado era en volver hasta donde se encontraban los prófugos.

La primera reacción fue de algarabía, los hombres, que sin darse cuenta se habían quedado dormidos recargando su peso sobre la mesilla, festejaron somnolientos las nuevas, sin ser capaces aún de colocar en su lugar las piezas del rompecabezas.

-Rosa de Luxemburgo escapó anoche en la trifulca de la cárcel, nadie sabe cómo fue; hay quienes piensan que fue su partido quien la liberó, creo que las cosas se pondrán color de hormiga en Alemania – agregó el recién llegado con nerviosismo – sucede que el SPD se está dividiendo. Yo creo que fueron los espartaquistas quienes liberaron a la señora.

-Creo que no debemos esperar más, debemos salir de territorio germano – dijo convencido Terry, con tono preocupado por la hermosa carga que debía escoltar.

-¡Sí! – era obvio que no tenían otra opción, así que Jean secundó la decisión del duque de Grandchester.

Fue hasta entonces que la joven duquesa abrió los ojos en el cuartucho, su cama estaba colocada de tal forma que podía mirar a los hombres que discutían los planes. Somnolienta buscó el abrigo que tan generosamente Anthony le había regalado; era abrigador, de calidad, digno de una duquesa, sintió remordimiento por el sacrifico del Highlander – como había comenzado a llamarle, en clara herencia del uso de motes de su esposo – y también sintió pena por el dolor de su amiga.

Había dormido con sus zapatos puestos, así la había instruido Alistar con graciosa urgencia – si debemos correr, estará más que lista – le había dicho mientras le guiñaba un ojo para reconfortarla. La duquesa, pues, se levantó con una punzada en el pecho, buscó con su mirada, sin saludar aún, nadie percibía que la joven estaba ya de pie, cada uno de ellos estaba aportando ideas sobre el trayecto, el horario, la comida, el dinero, la seguridad…

-¿Dónde está Candy? – preguntó con un hilo de voz, tuvo un terrible presentimiento; nadie le había escuchado todavía así que tuvo que reunir todo su autocontrol y subir el volumen-: ¿Dónde está Candice? – repitió.

Los jóvenes entonces miraron hacia la dama, los pies de Terry temblaron, debía dividirse, partirse en dos, ¡rayos! Debió haberlo adivinado, debió saberlo.

Alistar abrió los ojos como plato, no dijo nada, siguió sus instintos, tomó su abrigo y con pasos decididos y presurosos abrió la puerta. Todos sabían la lógica en su cabeza, no fue necesario preguntar lo que pensaba hacer.

-Si no regresamos esta noche, será mejor que emprendan al viaje – fue la única instrucción del inventor.

Candy despertó muy tarde esa mañana. No tenía frío. Se espabiló despacio sin comprender aún todos los hechos de la madrugada, se sentía muy extraña. Lentamente hizo a un lado la gabardina del oficial que la había mantenido calientita durante la noche; poco a poco fue analizando el derredor. Se sonrojó ante su decepción de no despertar al lado de Anthony. También estaba usando su abrigo bajo la gabardina.

-Anthony – suspiró mientras disfrutaba del aroma de la gabardina. Aún conservaba vagamente el aroma de alguna colonia que, seguramente el oficial había usado hace mucho tiempo por última vez.

También tenía sus zapatos puestos, así que se levantó de un salto, tratando de averiguar la hora exacta. Sus ojos escudriñaron curiosos el entorno, sus oídos prestaron atención al más mínimo ruido. Escuchaba pocos murmullos en el patio, de los infortunados soldados que habían tenido que permanecer despiertos toda la noche.

Candy estaba preocupada. Por supuesto que su primer pensamiento era para Anthony, sin embargo, también estaba preocupada por Stear, por Terry, Ana y Hans.

Caminó despacio por la enfermería tratando de encontrar una señal de Anthony. Sus ojos se posaron en un pequeño y viejo estante, justo al lado del lavabo. En el estante había una roída estampa del tamaño de una fotografía. Candy jamás había visto esa pintura. Ella ajustó su vista para poder leer una pequeña nota al pie: "Dante y Beatriz, por Waterhouse".

La enfermera pasó unos minutos mirando la fotografía de la famosa pintura. Observó cada detalle: la serena dignidad de la mujer que le dedicaba una mirada llena de amor a un hombre arrodillado frente a ella, su vestido blanco, las flores en sus manos, la vehemencia del hombre que la miraba. La chica giró la fotografía para leer una nota escrita con perfecta y elegante caligrafía: "También me gusta la pintura de Boticelli, pero esta es mi favorita porque él se postra ante ella. Beatriz, guíame al paraíso..."

Malinalli, 8 julio 2016.