HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 13

El brezo

El oficial Kurzbach nuevamente estaba bajo la mirada vigilante de sus soldados. No había dormido; a estas alturas de la mañana él debía estar partiendo con su batallón para obedecer las órdenes recibidas. Tan pronto se aseguró que la enfermera estuviese segura y dormida, se apartó para regresar al patio y escuchar los acuerdos: Finalmente, los soldados no volverían a participar de las órdenes del ejército y esperarían por las noticias de las negociaciones en Kiel. Al menos ese era el acuerdo hasta el momento.

Muy temprano por la mañana, la noticia del armisticio Austro-Húngaro había llegado a sus oídos. Se llenaron de optimismo y resolvieron no perder de vista a sus oficiales. En realidad, tampoco los oficiales estaban muy resueltos a escapar; mucho menos, Kurzbach, que seguía dándole vueltas al asunto y preguntándose constantemente si realmente Rosa no tenía nada que ver con el acuerdo de los marineros de negarse a ser sacrificados tras su breve entrevista. En realidad no estaba convencido del asunto, lo mejor era ser discreto pues tampoco le convenía que sus superiores se enteraran que simpatizaba con los insurrectos. Eso era algo que debía guardar en la cámara más íntima y secreta dentro de sí. Probablemente Rosa lo había negado en último momento para no comprometerse, pero el oficial estaba seguro que aquél panfleto que Kiel le mostrara días atrás era el causante de la sublevación marinera.

Comprendía a la perfección el interés de sus subordinados para mantenerlo detenido y agradecía las consideraciones que hasta el momento habían tenido con él. De hecho, no le pesaba la idea de ser "usado" para presionar por la llegada de la paz, que aunque era inminente, parecía no tener prisa. Había tenido que actuar con disimulo ante la algarabía de la noticia del armisticio de esta mañana; seguramente pronto tendría noticias del final de este horrible conflicto que había cobrado la vida de más de 10 millones de personas. Era muy afortunado en seguir con vida.

Tenía frío, había dejado la gabardina cubriendo a su linda enfermera, así que volvió al uso de su capa que la noche anterior había prestado justo antes de acercase a Candice. El nuevo Feldwebel estaba sentado junto a él, tan agotado como su superior, esforzándose por mantenerse alerta.

Lentamente, con la salida del sol, el patio fue llenándose de soldados pasivos cuya única responsabilidad aceptada era la de mantener a los prisioneros de guerra bajo control.

El Overstabsfedwebel miró hacia la zona de la prisión. El magnífico edificio con 400 años de historia lucía imponente. Un escalofrío recorrió su espalda al pensar en su primo sufriendo en esas sucias celdas. Al levantar la vista, le pareció vislumbrar un haz de luz que provenía del techo del edificio. Prestó atención y descubrió que era un mensaje en clave morse.

-"No soy un caballo" – descifró el oficial y una sombra de preocupación apareció en su rostro.

Se movió inquieto, tratando de disimular.

-"Viniste" – murmuró solo para sí mientras que un escalofrío recorría su cuerpo.

En la aguja norte, dos guapos jóvenes se escondían. Habían aprovechado la escasa presencia de militares para escabullirse y llegar hasta el techo. Atrás había quedado aquél jovenzuelo que difícilmente podía trepar un árbol tratando de seguir el paso de una Candy entusiasmada que bailoteaba de rama en rama. Hoy, Alistar Cornwell era sumamente hábil trepando.

Para Terry Grandchester había sido una tarea sumamente sencilla; él era tan experto como cierta mona pecas que hoy usaba un uniforme de enfermera.

-No debiste seguirme – recriminó el piloto con preocupación.

-Era imposible no hacerlo. Ana me miró con mando; y cuando Ana manda, yo obedezco – se encogió de hombros como restándole importancia.

-Y entonces hemos retrasado su partida.

-No me habría ido sin Candy – respondió Terry sin pensar.

-Gracias – Alistar usó un tono de falso reproche.

-Lo siento – Terry estaba rojo como un tomate – quise decir: "Sin ustedes…". Lo que sucede es que todo este tiempo sólo planeaba llevarme a Ana y a Candy y de pronto, ahora hay dos resucitados – el joven se dio cuenta de su segundo error cuando vio el rostro indignado del piloto y nuevamente su rostro enrojeció – a lo que me refiero…

-Ya Terry, no te preocupes – Alistar no pudo evitar sonreír ante el sonrojo de su amigo – creo que te defiendes más callado.

-¿Qué haremos, Stear? Es muy peligroso que estemos aquí.

-¡Claro que no! No es peligroso. Las agujas solo las usan en caso de defensa… ¿Ves alguna amenaza por aquí? Nadie vendrá, te lo aseguro.

-Entonces, ¿Tienes un plan, supongo?

-¿Un plan? Por supuesto que no. No tuve tiempo de pensar. En cuanto supe que Candy no estaba salí corriendo hacia ella – la devoción en las palabras del muchacho lo traicionó.

Terry percibió las emociones reprimidas por el piloto en su voz y sonrió con cierta nostalgia mientras lo miraba a los ojos, advirtiéndole en silencio que toda su actitud lo delataba. Se sintió un poco incómodo y no supo cómo reaccionar. Esta vez fue el turno de Alistar de percibir cómo los colores se le subían al rostro al saberse descubierto.

-¿Tienes alguna idea? – insistió el aristócrata, con cierta condescendencia.

-Creo que debemos esperar un poco más antes de actuar. Será mejor que descubramos los planes que tienen los soldados. Desde aquí veo que mi primo está tranquilo.

-No logro ver a Candy – la voz de Terrence sonaba preocupada.

-Quizás la apresaron.

-O quizás está en la enfermería.

-Sí, puede ser. Ha tenido mucho trabajo. Tienes razón, puede estar en la enfermería.

-¡Vamos por ella!

-¡No! ¡Ella no se irá sin Anthony! Creí que eso estaba claro.

-Es verdad.

El aristócrata estaba dispuesto a cumplir con la promesa que le había hecho a Albert. No llegaría de vuelta a Londres sin Candice. El valor de un hombre está en su palabra; si su palabra carece de valor, el hombre en sí mismo deja de ser.

Estaba dispuesto a hacer todo de su parte para cumplir con su palabra. Antes de salir, le había pedido a su guía que buscara un lugar más cómodo; le dejó dinero y salió corriendo tras Stear. Le había sido muy difícil apartarse de los dulces labios de su esposa. Ella ahora significaba su vida entera y el pequeño bebé que llevaba en su vientre era el regalo más anhelado por su corazón.

Terrence se había visto obligado a contraer matrimonio con Ana. Al principio la situación lo había rebasado en el estado depresivo en que se encontraba. Había solicitado, a regañadientes de su padre, el permiso para desposar a una plebeya con el fin de cumplir la palabra empeñada; tenía que aceptar que en aquél momento no le importaba tanto la promesa hecha a Susana Marlow tanto como la que le había hecho a su Candy. No supo exactamente qué fue lo que sintió cuando Su Majestad le negó el permiso: ¿alivio, pena, felicidad? ¡todo al mismo tiempo!

De inmediato se vio envuelto en un compromiso arreglado y en ese momento no le importó en lo más mínimo obedecer. Estaba seguro que Su Majestad podría autorizar su enlace con la hija de un conde, pero también estaba seguro que Candy no se permitiría una relación con él a costa de Susana, así que dio por terminada esa etapa de su vida. Él no había elegido a Candice en su tiempo, él había optado por cumplir con su deber. En su lógica, bajo esta resolución, un matrimonio impuesto por Su Majestad era parte de su deber; así que, ya que si no podía cumplir con su promesa a Susana, entonces cumpliría con el destino para el que había nacido: Heredar el ducado de Grandchester. Ya nada más importaba. Dejó las tablas tras la muerte de su padre y tomó su lugar en la Cámara de los Lores.

La joven que Su Majestad eligió para él lo intrigó desde el primer momento. Era singular. Diferente a todo lo que hubiese conocido. Ana no estaba siempre tras de él, como Susana; ni tampoco tenía amores perdidos, como Candy.

Ana le hacía sentir que no lo necesitaba y eso era nuevo para él. Esa joven además era una médico caritativa que había enfrentado los prejuicios de la época; no se había conformado con prepararse para ser una esposa de trofeo de algún aristócrata, ella había ido en contra de su propio padre y se había matriculado en la universidad.

Sus primeras citas, afortunadamente, habían sido con chaperona, así que el joven no tenía que esforzarse por no enamorarse. Lo nuevo de esta relación era que, extrañamente, el silencio de sus citas no lo incomodaba, de hecho, estaba agradecido de que la señorita no quisiera tender sus redes de seducción para atraparlo. Sin embargo, pese a sus momentos de silencio, la joven era fácil de comprender porque era sincera en sus gestos. Era de pocas palabras, cosa que Terry agradecía profundamente, pero cuando su boca se abría, era para decir algo gentil o inteligente.

Cuando por fin llegó el momento de desposarla, el aristócrata estaba convencido de que Ana podría ser una compañía "soportable", además, debía aceptar que era sumamente hermosa. Había descubierto a varios jóvenes mirándola en algunas reuniones, también sabía que ella los notaba y disfrutaba de la sutileza con que evadía las insinuaciones de quienes se acercaban a ella. No, ella no era la inocencia andando; ella sabía que las malas intenciones existían, y sabía enfrentarse a ellas con clase. Eso era algo que el joven se sorprendió disfrutando.

Los primeros días de casados fueron para Terry una sorpresa. Pareciera que ella no se muriera por entregarse a él. Era un caos: En ocasiones la sorprendía mirándolo con un cierto brillo extraño, sin embargo jamás hizo un solo movimiento para seducirlo más allá de la gentileza muy propia de ella. Ana era más bien independiente y siempre tenía su mente ocupada. La guerra les había impedido tener una luna de miel, por lo que la joven se amparó en su trabajo en el hospital y él se resguardó en sus compromisos diplomáticos.

La primera vez que puso atención a sus sentimientos por su esposa fue una noche en que ella no regresó del trabajo. Todo su hogar estaba obscuro y en la calle se escuchaban los lamentos de un bombardeo más a la vieja Londres. En ese instante su corazón volcó; había regresado tan pronto pudo con una intensa necesidad de saberla bien y a salvo. Al no encontrarla resguardada en su lujoso chalet a las afueras de la ciudad percibió que el miedo se apoderaba de él, que su vida se acababa, se sorprendió del pavor de saberse solo nuevamente, pero no, ella no podía desaparecer también de su vida. Como pudo se dirigió al hospital en que trabajaba; sentía que sus pies no eran lo suficientemente rápidos y que el cochero tampoco era tan hábil, aunque el pobre hombre apuraba a los equinos con el látigo para que prácticamente volaran, evadiendo los destrozos en las calles afectadas.

El hospital era una locura. No podía distinguir quién era quién porque todo mundo reaccionada con prisa a la primera emergencia fuese cual fuese. Enfermeras iban y venían corriendo, algunos pacientes llegaban por su propio pie y otros eran ayudados incluso por desconocidos, había niños perdidos buscando a sus padres y padres buscando a sus hijos, había llanto y lamento; la tragedia era la carta de presentación de esa amarga noche. Entonces, en medio de tal vorágine la vio: Ana estaba en las escaleras principales del hospital rodeada de madres desesperadas con sus hijos en brazos. Ella estaba tratando de atenderlas tan eficazmente como le era posible; Terry vio la fuerza en su mirada, cualquier mujer habría perdido los estribos en esos momentos, pero ella se mantenía entera dando instrucciones a las madres y a las enfermeras.

Fue hasta entonces que se sintió aliviado, se sintió orgulloso de esa mujer que se engrandecía ante la desgracia. La contempló extasiado sin atreverse a interrumpirla, sin atreverse a profanar ese sagrado momento en que ella se erguía como la esperanza de tantas personas. Ella entonces sintió su penetrante mirada y dirigió sus ojos justo hacia su gallardo esposo; no podía seguir actuando ante su escrutinio. Terry notó cómo los hombros de la joven se relajaban y un suspiro contenido abandonaba su cuerpo. Sostuvieron sus miradas de alivio y de fortaleza al mismo tiempo. Terry le sonrió y ella devolvió su gesto; se acercó a ella cauteloso, la tomó en sus brazos y ella correspondió agradecida por el gesto, estaba también aliviada de verlo.

Los aristócratas no abandonarían el hospital, ambos lo supieron de inmediato.

-¿Qué puedo hacer? – Terry empezó a despojarse de su capa y la puso cuidadosamente sobre una pequeña pelirroja de rizos graciosamente desordenados que estaba con fiebre en una jardinera muy cerca de ellos. Después se dobló los puños de su camisa sin dejar de admirar a su esposa, esperando por sus instrucciones.

Ella lo contempló ensimismada. No se había equivocado: Terry era un hombre bueno.

-¡Dentro! – le dijo –; Dentro están los peores pacientes, no tenemos suficientes hombres fuertes para moverlos. Sin duda serás de más ayuda.

Terry sonrió, antes de entrar al infierno de esa noche en el hospital, se acercó gentilmente a su esposa y le regaló un delicado beso en los labios. Fue hasta ese momento, que ambos comprendieron que su matrimonio había comenzado.

El aristócrata inglés se vio obligado a abandonar sus más caros recuerdos cuando su compañero se movió intranquilo. De pronto el patio se convirtió en un hervidero de soldados y notaron como un grupo tomaba del brazo a sus oficiales.

-Partiremos de inmediato a Willhemshaven, nos uniremos a la sublevación, es injusto que solo unos cuantos estén dando la cara por los intereses de todos nosotros – los oficiales no pusieron resistencia, se levantaron resignados y cooperaron con todas las indicaciones.

La nueva idea era sencilla: Harían creer a sus superiores que obedecerían las órdenes, pero al llegar, se sumarían a los esfuerzos por terminar la guerra.

Terry y Stear no podían entender el movimiento que empezó a presentarse en el patio ni tampoco habían podido escuchar los planes desde su escondite, pero algo no andaba bien para los oficiales y ellos lo sabían.

Bajo la mirada siempre vigilante de un escolta, permitieron a los oficiales que se prepararan para partir. Alfred Kurzbach fue conducido hasta su dormitorio para cumplir con el protocolo del uniforme adecuado, querían cubrir cada detalle; esperaban que su sublevación fuera una sorpresa. El oficial caminó hacia su pequeño y austero guardarropa, su uniforme lucía impecable e imponente al mismo tiempo.

Estaba entre la espada y la pared. Entre salvar a una joven y contribuir para salvar muchas vidas más; algunas de esas vidas habían confiado en él al estar en el campo de batalla.

Se contempló frente al espejo una vez que terminó con su rutina. Lucía gallardo, sin duda, pero sus ojos tenían una sombra de preocupación que endurecían sus facciones. Obviamente no podía dejar de pensar en la enfermera que se quedaría en Poznan. Mil ideas vinieron a su cabeza: Quizás Stear pudiera ayudarla a escapar, o quizás Rosa… pero no… Rosa ni siquiera conocía los nombres de los presos que el oficial deseaba liberar y ayudar.

Comprendió entonces, que no tenía oportunidad, por un momento todas sus esperanzas se vinieron abajo. Tampoco podía salir corriendo y llevarse a la joven, aunque lo deseaba con todas sus fuerzas; sentía que era su deber contribuir al cese al fuego de una vez por todas y detener las muertes, el hambre y la fatiga, aunque su vida pendiera de un hilo. Estaba dispuesto a apoyar el plan de sus soldados. Su única esperanza era que Alistar pudiera cumplir su promesa y llevar Candy sana y salva a casa.

Una segunda gabardina, más sencilla que la de la noche anterior lo esperaba en el perchero; la usaba muy poco porque no era muy abrigadora. El joven oficial buscó, como era su costumbre, dentro de cada bolsillo por algún objeto olvidado, dinero, monedas, etc. Encontró un pequeño manual de bolsillo impreso por el ejército alemán que le fue entregado al inicio de su servicio; la regla era que debía portarlo siempre, sin embargo Kurzbach incluso lo había olvidado. En la media luz de su cuarto lo abrió con curiosidad. De entre sus páginas amarillentas cayó una rama de brezo con ligereza al piso, él la contempló ensimismado, sin atreverse a tocarla siquiera, se agachó aún sin querer profanar la delicada y vieja rama. ¿Cuántos años había sido guardada de libro en libro hasta llegar a su última morada?

Alfred Kurzbach cerró sus ojos y revivió aquélla nostálgica escena. Había llegado esa mañana a Escocia, al origen de su familia. Estaba triste, pues recién había descubierto que la joven que le robaba el sueño ya había abandonado su recuerdo y se refugiaba feliz en los brazos del hijo del Duque de Grandchester durante aquél festival de mayo. Vio sus ojos brillantes y coquetos, analizó el rubor en sus mejillas y supo que ya no había más espacio para él en ese corazón tan profundamente anhelado. No soportó la escena y abandonó aquélla colina donde la pareja bailaba al compás de las notas de su vals con el corazón roto; la pareja ni siquiera se dio por enterada de la presencia extraña que los observaba.

Él deseaba despedirse de su vida como parte de un clan noble, de sus raíces, de su madre, de su Escocia. Vistió su tartán, tomó su gaita y se dirigió al campo. Los brezos crecían caprichosamente en esa época de primavera y aquélla colina se vistió de tonos violetas, azules y rosas.

Quizá fue la vida, quizá fue destino; el joven no presenció el triste desenlace de aquélla escena que ahora lo torturaba. Probablemente, si hubiese sido testigo de la violencia con que su pecosa fue arrojada al césped tras haberlo recordado, la historia hubiese sido distinta. Las lágrimas brotaron en aquél adiós; el único consuelo de su alma era el brillo descubierto en los ojos de Candy mientras bailaba. Por supuesto, él no sabía que los ojos de la joven brillaban al abrazar el dulce recuerdo de su Anthony en un vals que les pertenecía desde tiempos de Lakewood y mucho menos sabía que a causa de ello, esos mismos ojos terminaron bañados en lágrimas.

El joven, entre el lienzo de brezos, recordó la romántica historia que une a las novias escocesas con el arbusto: Se dice que una princesa cuyo nombre era Malvina estaba profundamente enamorada de un joven guerrero llamado Oscar, quien fue enviado al frente de varias batallas. Muy poco tiempo tras su partida, la princesa recibió la funesta noticia de que su amor había muerto cumpliendo con su deber. Lo único que logró consolarla un poco fue un ramillete de brezos color púrpura que Óscar le había obsequiado antes de partir para que ella siempre recordara su inmenso amor. Malvina lloraba mucho, lloró hasta que sus lágrimas empaparon el brezo ocasionando que se tornara a un color blanco. La joven enamorada declaró entonces que el brezo blanco traería siempre muy buena suerte para quienes contrajeran matrimonio; es por eso que las novias escocesas llevan consigo una ramita de brezo en su atuendo.

Finalmente, de vuelta sus pensamientos en su habitación, se atrevió a tomar el brezo. Lo hizo con suma delicadeza, cuidando de no romperlo. Lo colocó de vuelta a las páginas de donde había salido y se levantó con un nudo en su garganta.

-¡Déjeme verlo! – escuchó una voz femenina del otro lado de la puerta.

-No insista señorita, no me obligue a encerrarla – le advirtió una voz autoritaria.

-Pero el Overstabsfedwebel debe ser revisado antes de partir – insistió sin dejarse amedrentar.

Candy llevaba en sus manos algunas vendas y unos medicamentos para el dolor.

-El señor Kurzbach está bien, no necesita de sus cuidados.

-¿Y cuándo asistió usted a la escuela de medicina? – respondió sin medir sus palabras.

El hombre en la puerta se encendió colérico ante tal arrebato; estaba a punto de retirar a la enfermera con violencia de la puerta cuando uno de sus iguales intervino:

-Deja que haga su trabajo. La señorita ha estado atendiéndonos con gentileza; tú también te beneficiaste de sus cuidados. No veo por qué Kurzbach no puede tener ese beneficio. Además, tiene razón: el viaje es largo y debemos asegurarnos que llegue en las mejores condiciones, ¿no te parece? Déjala pasar y aléjate; hasta los presos en cárceles tienen derecho a conversar y te recuerdo que el Overstabsfedwebel no está preso.

El oficial sonrió desde dentro; esta chica siempre encontraba la manera de salirse con la suya. Estaba emocionado de poder despedirse de ella, aunque sabía que sería muy doloroso. Quizás ésta fuera la última vez que la viera.

Se permitió contemplarla por un largo rato en silencio. Estaba ataviada sencillamente, con sus ojeras aun enmarcando su rostro, su cabello recogido en una coleta alta, con algunos rizos que se negaban a ser atrapados enmarcando su cara. Llevaba en sus manos una pequeña charola y lo miraba cautivada. Ella se había quedado parada cerca de la puerta una vez que se cerró tras de sí y él no era capaz de cerrar toda distancia con ella, aún tenía el manual de bolsillo en sus manos con el brezo dentro.

-Debo cambiar el vendaje – fue lo primero que atinó a decir.

-Por supuesto – en realidad no estaba de humor para hacer alguna broma seductora, nada se le ocurrió.

La joven caminó hacia una pequeña mesa de noche para colocar la charola mientras que el oficial comenzaba a desnudar su torso.

Ninguno de los dos deseaba hablar, ninguno deseaba pensar en despedirse. Esta vez ella tuvo especial cuidado de que la vista frente a ella no la sonrojara; pero el oficial notó su esfuerzo y sonrió.

Ella trabajó en completo silencio, sus manos se movieron profesionales hasta el final del proceso. Evitaron las miradas, evitaron el contacto, evitaron sincerarse.

-¿Eso es todo? – preguntó el oficial cuando ella comenzó a recoger sus pocas herramientas de trabajo.

De inmediato ella lo miró desconcertada, quería decirle tantas cosas: Quería ir con él, quería encontrar la manera de no dejarlo solo, pero no sabía cómo, nada se le ocurría. Tampoco encontraba las palabras, ninguna: Ni sinceras ni mentiras. Nada salía de su garganta.

Un nudo en la garganta traicionó al oficial, afuera empezaba a llover y un viento helado entró sin invitación por el enorme ventanal; los jóvenes sintieron frío más allá de sus huesos.

-Llévame contigo – por fin se escuchó una súplica femenina. Ella se arrojó a los brazos necios de quien se negaba a cobijarla.

-No puedo. De hecho, aunque pudiera hacerlo, no me atrevería a exponerte – le explicó mientras con todas sus fuerzas trataba de separar a la joven.

-Por favor…

-Volveré por ti. Debes confiar en mí – por fin se atrevió a resguardarla y la acercó con firmeza hacia él.

-¡No! ¡Por favor, llévame contigo! ¡No quiero volver a perderte!

Esas puras, sencillas y sinceras palabras llegaron hasta lo más profundo del alma misma del oficial. Todo él se regocijó por completo y la ciñó hacia él con mayor fuerza, cobijando su cabeza en el cuello de la joven que ya temblaba en sus brazos.

-No me perderás jamás, estaré contigo siempre – el joven comprendió lo peligroso y vulnerable de su promesa, así que agregó – vivo o muerto, estaré contigo siempre.

-No me separes de ti. No quiero – protestó con vehemencia.

-Ya te lo dije: El hombre mueres, pero vive en el cora…

-¡Basta! – fue interrumpido con determinación. Las lágrimas de la joven la traicionaban, trataba de conservarse entera, pero no podía –. No trates de darme un consuelo que no se encuentra en esas palabras. De nada sirvieron todo este tiempo.

Anthony la miró sorprendido, ella jamás había sido tan abierta con él, hasta ese momento.

-No quiero que vuelvas a decirme que vivirás en mi corazón, no quiero que me mientas diciendo que todo estará bien, no quiero que me animes a seguir viviendo con el corazón partido – ¿había acaso recriminación en sus palabras? –. Nunca pude olvidarte, no logré sobreponerme, lo intenté, quise ser feliz para honrarte, pero no pude hacerlo, siempre hubo un vacío dentro de mi alma; un vacío de ti, de tus ojos, de tu sonrisa, de tus palabras – la chica había hablado con vehemencia, no había medido sus declaraciones, estaba emocionada, temblaba aunque estuviese resguardada en los brazos protectores que había añorado por siempre.

-Candy – él estaba asombrado ante la audacia de la chica, pero sobre todo: ante la sinceridad de cada palabra, de cada mirada.

-Por favor, no me mientas, no me digas que sabré ser fuerte. Estoy cansada de ser fuerte. Todos quieren ver a una mujer autosuficiente, todos insisten en que soy y valiente… pero tú conoces mis miedos, mis debilidades; contigo me siento protegida. No tengo que resolver yo sola mis problemas, siempre estás ahí para apoyarme. No me atrevo a volver sin ti.

-No puedo Candy, no puedo – él ya no lo soportó más y permitió que su voz se quebrara –. Estoy seguro de que tú harías lo mismo. Estoy seguro de que si estuvieras en mi lugar, también permitirías ser el chivo expiatorio si con eso colaboras para que se detenga esta estúpida guerra.

-Anthony – fue hasta ese momento que el entendimiento de la joven fue abierto y le dirigió una mirada de adoración completa.

-No me mires así, pecosa – el oficial limpió dulcemente las lágrimas que corrían por las mejillas de la enfermera –. No soy un súper héroe… tan solo soy un hombre cualquiera, como muchos. No soy el único que está dispuesto a llegar a las últimas consecuencias para que la paz sea un hecho. Además, estaré bien, te lo prometo, no pasará nada, confía en mí. Nos veremos de nuevo.

-Si no pasará nada, entonces llévame contigo. Diré que necesitas servicio médico, tendrán que llevarme, no pueden dejarme atrás – exclamó con entusiasmo, con miedo, atropellando las palabras.

-Por supuesto que no, Candy – le sonrió con dulzura –, tú sólo preocúpate por volver a casa, te encontraré, lo prometo.

-"Vivo o muerto" – citó la joven.

Los ojos azules del oficial se nublaron y desvió la mirada.

-"Vivo o muerto" – respondió.

-¡No Anthony! ¡No! – ella se aferró a su cuerpo.

-Escúchame Candy. Debes salir de aquí – la conversación tomó un giro inesperado para la joven – Stear regresó por nosotros, me parece que no está solo. No se expongan más y aléjense de territorio alemán. Estoy seguro que se aproxima una revolución. No olvides mis palabras, deben salir lo más pronto posible, hoy mismo sería lo ideal. Espérame en Londres, en la casa Grandchester, si no llego al finalizar este mes, vuelve a casa.

-Anthony – la chica sabía que el oficial tenía razón, no podía dejar de cumplir con su deber, pero era tan difícil dejarlo ir.

-Estoy seguro que en cuanto Stear descubra los planes de mi tropa hará lo posible para sacarte de aquí durante el momento de mayor movimiento, debes prepararte. Prométeme, por favor Candy, prométeme que partirás con Alistar y Terrence.

-Lo prometo – su voz sonó apagada como nunca antes.

-Entonces, ¿estás lista?

Silencio. No hubo respuesta.

-¿Candy, estás lista? – ¡diablos!

Como única respuesta la joven afirmó escondiendo nuevamente su rostro en el pecho varonil, él percibía que su camisa estaba muy húmeda y valoraba esas perlas saladas y sinceras que se llevaría tan cerca de su corazón. Sin poder resistirlo un minuto más, levantó gentilmente el rostro de la chica ¿podría él atreverse a besarla? ¿sería capaz de por fin probar la dulzura de esos labios que lo habían atormentado y bendecido al mismo tiempo?

-"Beatriz, llévame al paraíso" – musitó antes de atreverse a unir sus labios a los de ella.

No. No fue un beso apasionado, no fue un beso hambriento o sediento. Fue un contacto casto, casi virginal. Fue la promesa de haber sido uno durante mucho tiempo y por fin haberse reencontrado. Y sí: Por unos instantes, ambos estuvieron en el paraíso, por un único y sagrado instante abandonaron el infierno que les rodeaba y se elevaron a esa esfera donde solo ellos existían.

El joven terminó el beso y lentamente se retiró de ella. La observó por un momento y no pudo dejar de sonreír ante la casi cómica imagen de una chica sonrojada, con los ojos cerrado, conservando la pose de sus labios ante el beso.

-Candy – susurró su nombre con ternura.

-¿Uhm? – escuchó como única respuesta.

-Creo que debo besarte más seguido – le dijo en otro murmullo al oído con una pequeña risa que obligó a la chica a salir de su ensueño.

La joven abrió los ojos abochornada, en ese casto beso había sentido que las murallas construidas al derredor de su corazón eran derribadas por la ternura y la dulzura de un varonil y fuerte hombre que hoy por hoy volvía a su vida más deslumbrante que nunca antes. Como nunca nadie.

-No olvides el Waterhouse que te regalé – la instruyó – has estado conmigo en esa fotografía, no dejes que se pierda.

-No lo haré.

-Me alegra que uses el rosario – clavó su mirada en la joya que colgaba del cuello de Candy.

-¡Oh! Será mejor que lo uses tú – ella estaba a punto de quitárselo pero él se lo impidió.

-No Candy, créeme, estaré bien. No olvides que siendo un oficial podré desplazarme con facilidad en Alemania. Será mejor que lo portes tú – había súplica en su voz.

-No quiero separarme de ti, no quiero salir de esta habitación – confesó tímidamente.

-¡Oh! ¡Tengo algo más para ti!

-No, por favor, ya no…

-Es algo sencillo, abre tu mano.

En la blanca mano de la chica estaba depositada la vieja, frágil y sencilla rama de brezo. Ella la contempló confundida, no entendía el detalle, pero era un regalo de Anthony, así que lo atesoraría.

-Es de buena suerte – susurró. No pudo evitar ceñirla nuevamente hacia él.

-La conservaré conmigo.

-Hazlo – le dijo, mientras depositaba nuevamente un suave beso en los labios de la joven.

La había tomado por sorpresa.

-¿Estas lista? – preguntó de nuevo.

-No.

Esta vez fue ella: Se puso de puntitas, rodeó su cuello con sus brazos y besó esos labios varoniles; él se sorprendió al percibir la urgencia con que ella acercaba su cuerpo. No pudo menos que ceñirla con dulzura; sus manos estaban en su cintura y respondió a la demanda de ese beso. Era más largo que los anteriores, pero se notaba la inexperiencia de la joven, así que decidió aventurarse y masajeó los labios con ternura, la sintió corresponder y esa fue la gloria misma. Su Beatriz lo había conducido al paraíso, para ser exactos: a la cuenca de la Cándida Rosa, porque al joven le pareció que podría contemplar a Dios. Aliguieri se habría muerto de envidia.

El beso terminó delicadamente. Ella estaba deliciosamente sonrojada. Él sintió que la amaba más que nunca, de hecho, la adoraba, la idolatraba.

-Ahora sí estoy lista – atinó a decir.

-Entonces, te veré pronto.

-Confío en ti. Es mejor que cumplas tu promesa.

Malinalli, Agosto 2016.