HERIDAS DE GUERRA
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.
Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.
Capítulo 14
4 de noviembre
Los días de noviembre en Poznan son fríos. Ese día, las nubes cubrían el cielo de la ciudad y la temperatura promedio era de 4°C hacia el medio día. Terrence y Alistar seguían escondidos, tratando de comprender a toda costa lo que ocurría en el patio del Ayuntamiento. El estómago de Alistar protestó; habían pasado ya varias horas desde la última vez que había comido. Terry lo miró asombrado por el estruendo; le sonrió con comprensión. Incluso él mismo se había olvidado de comer. Esa no era su prioridad, aunque su estómago no estuvo de acuerdo, lo descubrió cuando su estómago hizo eco del piloto.
-Creo que los cabritos mecánicos del reloj en esta torre hacen menos ruido nuestros estómagos – buscó una hogaza de pan que tenía en una bolsa ligera de piel que llevaba cruzada en su pecho, la cortó por la mitad y la compartió con el piloto –. Es un pan duro, pero seguramente de algo servirá – explicó mientras mantenía su mano extendida cortésmente.
-Gracias – a Stear le pareció la gloria el sabor en su boca.
A decir verdad, esa hogaza era mucho más blanda que cualquiera que hubiese probado en su tiempo en las mazmorras, era un manjar a su paladar. El joven se aseguró de que ni una sola morona quedara sin atender en sus labios; inclusive esas traviesas que trataron de escapar cayendo en su bufanda fueron devoradas.
Una ráfaga de viento heló los sentidos de ambos muchachos; era un viento impetuoso que se abrió paso por cada rincón del cuerpo de los dos jóvenes. Sus labios estaban morados, su aliento podía palparse cuando hablaban y sus dientes titiritaban involuntariamente de vez en cuando. Stear pensó de pronto en lo fácil que era no dejarse abatir por el frío cuando un amigo está contigo. Éste frío no llegaba al alma.
Una segunda ráfaga de viento irrumpió entonces con mayor fuerza que la anterior y ambos se protegieron acurrucándose en una esquina de la torre, fuera del alcance directo del frío.
Ninguno de ellos tenía idea de cuánto tiempo debían pasar ahí y estaban preocupados por el hambre, pero sobre todo: por el frío. El pan compartido apenas sirvió para calmar la ansiedad, más no fue suficiente para eliminar el hambre.
-Tenemos que hacer algo para robar comida – Terry jamás había estado tanto tiempo sin alimento, así que fue el turno de Stear de tener compasión por el aristócrata.
-Sí, debemos hacer algo para poder comer, pero no se me ocurre nada.
-De acuerdo. Supongo que al final, el hambre es el menor de nuestros problemas. Cuando la temperatura disminuya esta noche, se pondrá peor nuestra situación.
-Podemos bajar al ático de la torre para protegernos.
-Sí, creo que podríamos hacerlo, pero no estaríamos en el mejor ángulo para enterarnos de lo que sucede.
-No podemos quedarnos aquí a pasar la noche. Amaneceríamos enfermos. Si amanecemos vivos, claro.
-Es cierto – Terry fingió no darle mucha importancia, aunque sabía perfectamente que lo que Stear había dicho era solo la verdad. Podrían congelarse si no se protegían del frío nocturno.
Justo cuando guardaban silencio escucharon el sonido de un motor de automóvil que se acercaba. A Alistar se le iluminaron un poco los ojos ante el doble R que se abría paso hacia el Ayuntamiento. Era un Rolls Royce con el chasis blindado de un Silver Ghost, seguramente era uno de esos vehículos que habían sido robados a los aliados y que el ejército alemán ahora usaba para sus fines.
-Pobre auto – exclamó Alistar – si cayera en mis manos yo lograría que volviera a ser tan silencioso como un fantasma.
-Seguro que lo harías.
El par de jóvenes prestaron atención a los pasajeros.
Del automóvil descendieron dos hombres: Uno de ellos vestía como civil; era alto y un tanto regordete. El conductor era un militar, era fácil comprenderlo pues usaba el uniforme, pero no era un oficial.
El civil abrochó su abrigo y vistió su cabeza con un fedora, sus manos estaban enguantadas con austeridad; su acompañante le siguió como un can de casa cuando éste comenzó a caminar hacia la escalinata principal del edificio. De inmediato, algunos curiosos se acercaron a los recién llegados y solo dos, presuntamente algún líder de los soldados, lo siguieron al interior del Ayuntamiento.
Quienes estaban en el patio terminando los preparativos para partir empezaron a cuchichear tratando de adivinar quién era ese extraño visitante. Los dos intrusos en la torre eran totalmente incapaces de adivinar quién era y por qué venía acompañado de un soldado. No era algo usual. Seguramente algo había sucedido, algo grande, algo que tenía que ver con la sublevación del ejército.
- Stear, esto no se ve bien. Debemos sacar a Candy lo más pronto posible.
- Y a Anthony, Terry. No lo olvides – Alistar movió la cabeza un poco divertido; esta vez captó que Terrence bromeaba.
- Ah, sí claro: Y al zombie. ¿Cómo olvidarlo? – el aristócrata hizo un gesto de fastidio.
- ¿Qué podemos hacer? No tenemos armas.
- En eso te equivocas – Terry le mostró su arma a Stear con aires de autosuficiencia.
- ¿Y cuándo pensabas decírmelo? – los ojos de Stear brillaron con esperanza.
- ¡Cuando tuvieras un plan!
- Habría sido más sencillo idear un plan sabiendo que tenemos un arma! – reclamó el piloto.
- No te molestes, Stear…
- ¡¿Cómo no molestarme?
- Entonces, mejor no te muestro el cuchillo que tengo en mis botas – Terry acomodó la pierna de su pantalón que ya había comenzado a subir para mostrar el cuchillo.
- ¿Qué? ¿Tienes también un cuchillo?
- ¿No pensarías que iba a salvar a las dos mujeres más importantes de mi vida sin estar armado hasta los dientes? No me he separado de estas armas ni un solo momento desde que abandoné Londres.
- Debiste decírmelo.
- Shhh… silencio… -de pronto los ojos azul zafiro del aristócrata brillaron como un niño al descubrir un pastel sobre la mesa – ¡Tengo un plan! – sonrió con triunfo – es un poco loco, pero creo que puede funcionar. Podríamos estar de vuelta a casa hoy mismo.
- Es lo que más quiero, abrazar a Candy y llevarla a casa.
- Y a Anthony, Stear. No lo olvides – le recordó divertido de tener que corregirle ahora él.
- Sí, por supuesto: Y a mi primo – los colores se le subieron al rostro avergonzado.
- Yo creo que todo está bien, excepto eso de abrazar a Candy, me parece que exageraste – Terry vio que la sonrisa de Stear se desvanecía lentamente y tuvo compasión por él –. Está bien, te permitiré que la abraces, pero solo un poco – cerró su sentencia con una sonrisa para adornar su broma – le prometí a Albert que la llevaría sana y salva a Londres y eso incluye, su corazón.
- Tienes razón, quizás no es el mejor momento para mis pensamientos, pero no puedo evitarlo – es excusó – mejor volvamos a lo nuestro: Explícame tu plan.
- Alistar, todos los momentos son apropiados para amar – después de esas palabras Terry cambió de tema y explicó rápidamente su "brillante, flamante, original y de paso muy atrevida idea" -así la había descrito él mismo-.
Stear sonrió con confianza después de escuchar el plan de su ex condiscípulo.
- Ahora entiendo por qué Candy y tú se entendieron tan bien. Ambos están más que locos. Pero creo que puede funcionar.
Justo en ese momento, dentro del Ayuntamiento, se llevaba a cabo una muy improvisada reunión. Estaban ahí los dos hombres recién llegados. El civil se presentó como un representante del SPD y explicó los hechos del día como resultado del levantamiento de Kiel:
Con la idea de controlar la sublevación, el emperador envió a Noske, un diputado del SPD. Anterior a su llegada se habían organizado consejos de trabajadores y soldados que al escucharlo convinieron en que sería bueno aliarse al recién llegado. Sería un "ganar-ganar" pues se apoyarían mutuamente; por esa razón Noske fue nombrado "gobernador" de Weimar.
La estrategia estaba muy clara: Las ideas del pueblo, una buena parte representadas por el SPD y el ejército estaban uniendo sus fuerzas en pos del nacimiento de una República. El SPD se había dividido, ahora también estaba el USPD pero estaban llegando a acuerdos para ambos estar representados en la nueva república.
Lo único que éste hombre ignoraba era que, por otro lado, líderes de la clase obrera, también estaban trabajando al margen de los esfuerzos de los políticos y el ejército. De ello ya se enterarían en su momento.
Todo el terreno estaba pues, siendo planificado para que pronto se diera la orden de cese al fuego. Las condiciones del nacimiento de una nueva república se fraguaban con paso firme y entusiasta. Todo era tan solo cuestión de días: Un pueblo que ya no deseaba trabajar largas jornadas con poco salario, con sed, enfermos, con olor a muerte en sus familias; un ejército que se negaba a ser sacrificado, muriendo ante un poderoso enemigo, con más de un mes esperando el cese al fuego, con la nostalgia de su hogar; una clase política con el sueño de dejar atrás el imperio para dar paso a una república. La mesa estaba puesta; los líderes esperaban que la transición fuese pacífica.
-Lo que estamos pidiendo es que se unan a este movimiento, que formen parte de la alianza, que apoyen a su pueblo, que defiendan a su gente, que no levanten las armas contra nosotros, sus hermanos. Exigiremos a Guillermo que abdique. ¿Están con nosotros?
Los militares habían sido tomados por sorpresa, recién habían acordado apoyar a los marinos y a los sublevados de Antona; sin embargo… lo que este nombre proponía era una revolución total contra la monarquía, no solo contra el fin de la guerra. Se miraron seriamente unos a otros. Eran pocos los hombres reunidos; el recién llegado descubrió el titubeo y decidió alentar su resolución:
- Ya ciudades como Hannover, Brunswick, Fráncfort y Múnich se han unido al movimiento revolucionario en contra del imperio. ¿Estamos juntos en esto? ¿Están con nosotros?
El silencio se alargó más de lo que el visitante hubiese deseado. Los hombres se miraron desconcertados unos a otros. De pronto, las ideas de libertad e igualdad golpeaban sus cabezas con entusiasmo, pero no se atrevían a aceptarlo.
-Estamos juntos – exclamó Kurzbach. Se adelantó al centro de la reunión e irguió su figura. Era como aquél David ante Goliat; miró al resto de sus hombres directamente a los ojos, con suma determinación, en franco desafío-: ¿Acaso suponen que podemos permanecer seguros, sin arriesgarnos, mientras que otros se exponen por nosotros? Que sea nuestro honor el que no nos permita permanecer indiferentes al dolor de nuestros hermanos. Hasta hace unas horas estaban todos ustedes dispuestos a pelear por la paz ¿Acaso creen que la paz vendrá a un pueblo que es obligado a obedecer y a callar? ¿Vamos a permanecer sólo como espectadores, cuando ante nosotros nuestro pueblo es reprimido? ¿A quién serviremos?
-¡Serviremos al pueblo! ¡Serviremos a nuestra gente! ¡No mataremos a nuestros hermanos! – fue la respuesta del nuevo Feldwebel.
En el rostro de cada hombre apareció una luz de esperanza. Eran hombres nuevos, tenían un noble objetivo. Asentaron con su cabeza en señal de acuerdo, con una leve sonrisa en sus rostros y un fuego que no se extinguiría en sus cuerpos hasta que la nueva república fuese proclamada.
-Entonces, ustedes cuidarán del pueblo de Poznan. Ustedes velarán porque sus voces no sean acalladas en cualquier manifestación del pueblo.
-Así será – respondió el Overstabsfeldwebel; ya no era necesario que se le devolviera a Alfred Kurzbach su autoridad. Sus soldados comprendieron que él había estado investido con honestidad y valor desde siempre y que podían confiar en él. Estaban dispuestos a seguirlo, a ser leales.
Ahora era oficial: El batallón de Kurzbach era un traidor al imperio, como tantos otros. Lo único que el Overstabsfeldwebel rogaba al cielo era que su hermano no pagara por su abierta rebeldía. Friedrich Kurzbach era parte del 4° Regimiento de Tiradores de Naumburgo, que se consideraba leal al imperio, era un hombre de confianza.
Tras transmitir las nuevas al batallón el hombre civil se las arregló para entregar una carta al oficial Kurzbach en su propia mano.
- Me pidieron que le entregara esto – le dijo con discreción, cuidándose de no ser visto – esta mañana hice un alto antes de venir al Ayuntamiento y una señora que usted conoce me pidió que la entregara personalmente.
El oficial tomó la misiva y la guardó en el mismo bolsillo de su gabardina donde el brezo había estado refugiado por años; tras agradecerle con la mirada y despedirse se dirigió a su cuarto. Era obvio que ya no estaría más en vigilancia por su tropa; ahora todos estaban metidos en el mismo lío.
Se encontraba en su cuarto meditando en cada una de las noticias que el visitante había traído. Estaba sentado a la orilla de su cama, mirando con curiosidad la carta que tenía en su poder. Parecía haber sido escrita con prisa, el papel estaba maltratado y la letra no podría ser menos pulcra.
La misiva carecía de firma, pero para el inteligente militar fue fácil entender quién era la distinguida remitente que se abría paso para lograr contactarlo.
Era una carta de Rosa, de eso no cabía duda, quien le agradecía el trato que había recibido y su apoyo a la causa; quizás no quiso ser más explícita por seguridad; sin embargo, Alfred Kurzbach comprendió a qué se refería la amiga de su madre.
Entonces sí: Definitivamente, aquél panfleto y la organización para evitar el ataque a la Royal Navy tenían mucho que ver con la charla que tuvo con Rosa en su obscura y fría celda poco tiempo después de llegar a Poznan. Eran las últimas líneas las que retumbaban continuamente en su cerebro:
"Conozco su historia, a mí no me engaña, su madre ha sido mi amiga por mucho tiempo y estoy segura de saber todo sobre usted. Debo decirle que usted ha hecho más por mi pueblo de lo que le correspondía, ahora es nuestro turno".
Esas palabras se introdujeron hasta la médula. Se preguntaba una y otra vez si la dama lo alentaba a volver a su origen. ¿Era eso lo que quiso decirle? ¿Toda esa revolución… hasta dónde le pertenecía?
De pronto, tuvo una visión: Era otro tiempo, era otro país, eran otras montañas, era otra familia. Sus raíces lo llamaban. Sintió una imperante necesidad de volver a contemplar el rosedal, de sentarse en el portal de las rosas, de disfrutar de los cuidados exigentes de su tía abuela aunque ya se hubiese convertido en un adulto, de mirarse en las cristalinas aguas del portal de Archie y de divertirse con los ingeniosos inventos de Stear. Pero sobre todas las cosas, deseó con toda su alma, realizar su sueño de toda la vida de compartir lo que era y lo que tenía con cierta pecosa que hoy por hoy se había convertido en una hermosa joven, capaz de volver loco a cualquiera. Ella había sido capaz de buscar a Stear aún en la guerra.
- ¡Stear! – de pronto se sintió culpable. Su primo estaba escondido en una torre. Seguramente pasaba hambre y frío por su causa. Él no tenía derecho a esa flama que ardía en la chimenea si su hermano estaba pasando frío a causa de él.
Se levantó de un salto, se aseguró de que en la bolsa de su gabardina estuviesen sus documentos -eso era parte de su rutina - y apagó el fuego antes de salir y dirigirse al patio por el pasillo principal.
- Anthony – el suave murmullo de la voz de Candy en su espalda lo puso nervioso. Había sido muy arriesgado llamarlo por su nombre, tenía que advertírselo. Ella había salido con prisa de la enfermería al escucharlo pasar. Necesitaba saber qué era lo que acontecía; por qué de pronto escuchaba que el viaje se había cancelado.
El oficial se detuvo en seco, se giró hacia ella con seriedad, iba a hacerle una fuerte advertencia, pero cuando la vio quedó desarmado.
La joven estaba vistiendo la gabardina que él había puesto sobre su cuerpo dormido esa madrugada. Las largas mangas impedían que sus manos pudieran verse, pero eso parecía que a ella le agradaba porque tenía los puños de la gabardina sostenidos con sus manos desde el interior de las mangas, de tal manera que no permitía que el aire frío entrara y tocara sus manos.
Al joven oficial le pareció una escena graciosa. Su mirada se dulcificó al instante y se ruborizó pensando en también esconderse con ella debajo de esa gabardina.
-Candy – la tomó del brazo vigilando que nadie los observara.
Tenían suerte, un soldado que caminaba frente a él justo había doblado en el pasillo y ahora estaban solos. Anthony tomó a Candy y con ligereza caminó de regreso a su cuarto; cerró la puerta tras ellos y sin esperar la tomó de la cintura y la ciñó a él con el más puro deseo de fundir sus almas. Ya no se puso a pensar si era demasiado pronto, todo lo que deseaba era descubrir a la mujer con quien había soñado continuamente. Para su sorpresa, ella se esforzó por corresponder. Sus pequeñas manos encontraron finalmente la forma de salir de tan largas mangas y acariciaron el rostro tan amado y añorado. Estaban cálidas, para Anthony esa fue una caricia que llegó más allá de su piel. Su beso se profundizó, ella hizo un esfuerzo como si quisiera fundirse al cuerpo que la protegía; él sonrió al descubrirla sonrojada y poco a poco disminuyó el entusiasmo de su encuentro.
-Hace frío aquí – se quejó la enfermera, aún emocionada por el beso, mirando hacia el piso un tanto apenada por haber reaccionado de esa forma con Anthony.
-Ahora nos vamos – le musitó al oído – solo déjame disfrutar de este momento un poco más.
Ella reconoció la natural pose de sus cuerpos desde que se conocieron. Él siempre ha sido tan alto que ella puede refugiar su rostro en el pecho varonil con facilidad y escuchar su fuerte corazón.
-Candy – había amor y ternura en sus palabras – ¿Sigues la regla básica de tener siempre contigo tus documentos?
-Por supuesto – ella desabrochó con rapidez la gabardina para buscar en el bolsillo de su vestido una fina alforja de piel con el símbolo de los Andrew grabado – aquí los tengo.
-Perfecto – el oficial se enterneció. ¿Por qué tan linda joven estaba en donde menos pertenecía, por qué ella estaba en el infierno? Acarició el rostro de la chica.
Los ojos de la muchacha brillaron emocionados. Ella no sabía esconder o disimular lo que sentía. Anthony pensó que era la mujer más transparente que hubiese conocido jamás.
- ¿Tienes dinero, Candy? – le preguntó con seriedad.
- ¡Claro que no!
- Lo siento, tienes razón – el oficial buscó en su propia alforja y dio a la joven todo el dinero que tenía consigo.
- No Anthony, no puedo…
- Sssshhh… - el joven colocó su dedo índice sobre los labios de la enfermera.
- Uno nunca sabe, lleva este dinero contigo.
- Sí, gracias – la joven no era orgullosa, aceptaba la ayuda realmente agradecida.
- Ahora tengo algo importante que debo hacer – la besó de nuevo antes de pedirle que saliera ella primero. Él saldría tras ella en unos instantes.
Cuando la joven abandonó la habitación, Anthony buscó entre sus pertenencias el dinero que tenía. No había tiempo para contarlo, así que tomó todo lo que había allí y lo guardó en el bolsillo de su casaca antes de vestir la gabardina ligera y salir; tenía que asegurarse de que su primo estuviese bien.
Su pensamiento, como de costumbre, no se apartó de esa rubia que adoraba. Si su papel como guerrero llegaba a su fin, comenzaría su rol para defender lo que más amaba. El joven sintió la fuerza y el entusiasmo renacer dentro de sí. Por ella, por estar con ella, por ser uno con ella valía la pena todo. Paseó delicadamente su lengua por su labio inferior, recuperando el sabor de los besos que Candy le regalaba mientras temblaba en sus brazos.
Llegó al patio y miró con disimulo hacia arriba tratando de tener alguna señal de los hombres en la torre. Había unos pocos rayos de sol que se atrevían a desafiar a las nubes para abrirse camino. No pasó mucho tiempo para que empezara a leer un mensaje en la clásica clave morse, tan dominada por su primo.
-"Tenemos plan. Acércate a mí. Confía".
Anthony aún estaba tratando de descifrar lo que ese mensaje significaba cuando Stear y Terry ya bajaban las escaleras tan a prisa como les era posible, pero con precaución. Alistar tenía razón: Nadie estaba custodiando la torre, era algo que no interesaba por el momento. Las paredes húmedas y gruesas evitaron que el eco de los pasos presurosos y al mismo tiempo sutiles no fueran escuchados por nadie. El corazón de ambos jóvenes latía de prisa, tenían todo planeado, lo habían ensayado varias veces, esperando el momento en que pudieran darle instrucciones a Anthony. Su única esperanza era que el rubio hubiese recibido el mensaje.
Por su parte, Anthony, tras solo saber que debía acercarse, caminó lentamente hacia la entrada principal del Ayuntamiento; tenía la intención de escabullirse hasta la torre, necesitaba saber más. No comprendía muy bien lo que significaba ese mensaje. Debía hablar con su primo a como diera lugar. No quería levantar sospechas, así que de vez en vez se detuvo a saludar a alguno de sus hombres de confianza. No había muchos soldados en el patio, pero sí algunos pocos que conversaban intercambiando las recientes noticias que habían escuchado.
El joven oficial pensaba en todos los acontecimientos cuando sus ojos se abrieron asombrados; en un instante su corazón se detuvo con temor, por el rabillo de su ojo alcanzó a ver a su primo, alto, imponente, seguro, saliendo por una ventana lateral del Ayuntamiento, prácticamente con cierto descaro. La ventana estaba muy cerca de Anthony, a tan solo unos pasos.
Pero, desgraciadamente, él no fue el único en percibir la presencia del piloto. Una voz de alerta empezó a escucharse; al mismo tiempo, la figura de Terry Grandchester apareció siguiendo al piloto. Ambos muchachos se detuvieron en seco, mirando a su alrededor, había miedo en sus ojos, algunos de los soldados los rodearon apuntando con sus armas y Anthony corrió hacia ellos.
El lenguaje corporal del oficial era de clara defensa, ¿Pero cómo se le había ocurrido a este par de locos mostrarse tan descaradamente? ¿Acaso querían que los llevaran al Pregierz, que por cierto, estaba a tan solo unos pasos? En un segundo recordó la inscripción que coronaba tal estructura octagonal y tragó saliva: "el Derecho de la Espada". Si no hacía algo pronto, antes que cualquiera de los soldados, ese par estaría amarrado a la tal picota en los siguientes minutos.
Entre la cacofonía de las voces de los soldados y su sorpresa de ver al piloto supuestamente prófugo, el oficial no percibió cuánto había cerrado su distancia. De pronto, sintió el brazo fuerte y firme de su primo que lo sometía por el cuello y colocaba un cuchillo que amenazaba con cortar su yugular mientras que el aristócrata, con su pistola, prevenía cualquier intento de sublevarlos.
- ¡La enfermera! – gritó Terrence en un perfecto alemán.
Los soldados entonces se detuvieron en seco. No se atrevieron a acercarse por temor a la amenaza frente a ellos. Mantuvieron sus pistolas apuntando a los hombres, pero sin atreverse a herirlos o a acercarse más.
- ¡Pronto! ¡La enfermera! – repitió el aristócrata.
Stear se sorprendió cuando un hilo de sangre llegó hasta sus dedos. Él no habría querido lastimar a su primo, de hecho, estaba siendo muy cuidadoso. Miró a Anthony con pesar pero éste le devolvió una mirada de complicidad.
El oficial se movió con cuidado, tratando de no herirse seriamente. Tenía que hacer algo para que fuera más realista la escena. Otro hilo de sangre brotó entonces.
- ¡No estamos jugando, lo mataremos si no traen a la enfermera ahora mismo! ¡Bajen sus armas!
Los soldados se mantuvieron apuntando a su objetivo, en silencio, esperando la orden, curiosamente, de su Overstbasfedwebel, pero él no estaba en la mejor posición para dar órdenes.
- ¡Tranquilos! – exclamó el nuevo Feldwebel, temiendo por la vida de Kurzbach –. Ella estará aquí en un momento. No lo lastimen – después se dirigió a los soldados y exclamó -: ¡Bajen sus armas!
Anthony ya no movió nuevamente su cabeza. Se mantuvo sumiso ante el fuerte abrazo de Alistar.
Cuando Candice llegó hasta el patio conducida por un soldado Terry no dio tiempo para que la balanza se inclinara en favor de los soldados, ya la estaba esperando cerca de la escalinata por la que debía llegar al patio, siempre vigilante, sin bajar la guardia. Tan pronto la vio, la jaló por el brazo.
- ¡Quédate con nosotros! – le ordenó.
La pobre joven se puso pálida, su cuerpo se heló y tembló de miedo. No entendía la escena. Sentía temor. Eso fue bueno porque aportó realismo a la estampa. Terry entonces la colocó tras de él para protegerla.
- ¡Nos llevaremos a su oficial! ¡No traten de seguirnos! ¡Si lo hacen no dudaremos en matarlo!
Cada uno de los hombres entonces se paralizó. Habían tenido a su oficial prácticamente bajo su autoridad, pero la verdad era que lo estimaban.
- Ordena que nos cedan el paso y no nos sigan – instruyó con firmeza.
Anthony y Alistar seguían representando su papel de presa y captor, mientras que Candy comenzaba a comprender y se esforzaba por no perder ningún detalle. Se sentía nerviosa.
- ¡Déjenlos pasar! – se escuchó una voz de mando.
Los soldados entonces comenzaron a abrirles el paso. Terry y Stear caminaron cuidadosos. Terry protegiendo a Candice y Alistar "amenazando" continuamente la vida del oficial germano.
El cuarteto se dirigió hacia el sur-oriente, hasta llegar a la plaza del mercado viejo, a unos cuántos pasos del Ayuntamiento. Mientras caminaban, Terry vigilaba su retaguardia, mirando incesantemente hacia atrás para asegurarse que nadie los siguiera. Estaban dispuestos a alcanzar la fuente de Apolo cuando el claxon de un auto muy cerca de ellos llamó su atención.
- ¡Terry! – el aristócrata reconoció de inmediato la voz de Ana. Ella estaba estacionada justo al inicio de la plaza, resguardada por los viejos edificios del siglo XVII.
Terrence estaba seguro de que no los habían seguido. El cuarteto se dirigió de prisa al auto. Ana se movió con ligereza hacia el asiento del copiloto, Terry se puso al volante. En el asiento trasero, Candy se sentó entre sus primos.
- ¡Ana! ¿Pero qué estás haciendo aquí? – reclamó Terrence. En realidad no sabía si sentir alivio por tenerla cerca, o sentir enojo por su insensatez.
- No lo sé, pensé que me necesitarías, le quité las llaves a Cole y vine sin saber lo que tenía qué hacer. ¡Llevo horas esperando por ustedes, vaya que son lentos!
- ¿Dónde está Cole? ¿Cómo es que te ha dejado sola?
- Dijo que debía buscar un lugar más cómodo, que tú se lo habías mandado.
- ¿Pueden dejar de discutir y arrancar de una vez? – Stear se conservaba frío, aunque estaba haciendo un gran esfuerzo, pues percibía la adrenalina revolotear en todo su cuerpo.
- ¡¿No te dijeron que no te metas en discusiones de esposos?! – Terry acercó a Ana por el cuello y la besó apasionadamente antes de poner en marcha el auto nuevamente.
Candice era incapaz de hablar, estaba en shock, todo había sido demasiado rápido.
Anthony respiraba agitado, su corazón latía a mil por hora, estaba cubriendo sus leves heridas con un pañuelo. Aún se debatía en sus opciones. Sentía que estaba huyendo de sus deberes, pero, cuando la mano suave de Candice le quitó su pañuelo ensangrentado para examinar la herida y colocar ella misma su pañuelo limpio supo que había hecho lo correcto. Esa revolución no era suya. Y el cese al fuego era un hecho que estaba a la vuelta de la esquina. Se perdió en la penetrante mirada verde que lo contemplaba enamorada, tomó a la chica en sus brazos y sin pensarlo la atrajo hacia su pecho.
Sintió su respiración tranquilizarse con el contacto. Ella cerró sus ojos y él besó su cabello.
Anthony sintió los ojos de su primo sobre él. Supo de inmediato que no era una mirada de cortesía, su primo estaba celoso, y mucho. Le devolvió la mirada. También había incertidumbre en los negros ojos del piloto. Stear sin duda estaba feliz y agradecido con Anthony, a su vez, en realidad Anthony también estaba agradecido con Stear por haberlos liberado; sin embargo, Stear seguía enamorado de Candy, nada había cambiado. Si Anthony miraba fijamente, descubriría que había un profundo dolor en los ojos negros, tan profundo que parecía infinito.
Anthony, sin retirar a Candy de su protección, alcanzó el hombro de su primo y le musitó un sincero "gracias".
La joven entonces miró al piloto y le sonrió con calidez. Fue incapaz de hablar, había reconocido la vorágine de sentimientos dentro del mayor de los Cornwell, así que volvió a refugiarse en el guapo oficial que la protegía del frío. Sin abandonar la calidez del pecho de Anthony, tomó la mano de Alistar y la apretó; era su forma de agradecer. Stear percibió su corazón latir a mil por hora mientras depositaba un suave y delicado beso en la blanca mano de Candy con la mirada clavada en los azules irises de Anthony. Este era un claro desafío y Anthony lo sabía.
La tarde ya empezaba a caer, los días eran cortos. Del cielo cayó la lluvia mientras comenzaba el concierto de los truenos. El auto se perdió en dirección al Lago Malta entre el frío de una población que comenzaba a respirar aires de paz y libertad.
