Pido disculpas de antemano. Dije que subiría el capítulo ayer por la noche, pero me cortaron la luz y es hasta ahora que he podido subirñlo. Ok no los canso más con mi palabrería y disfruten!


Ni glee ni sus personajes me pertenecen.


XI Parte

POR AQUELLOS DÍAS COMENZÓ MI PASIÓN. Recuerdo que sentí lo mismo que debe sentir una persona cuando ocupa por primera vez un cargo: dejaba de ser un infante, me había enamorado. He dicho que mi pasión comenzó en aquellos días; hubiera podido añadir que a la vez comenzaron mis tormentos y mis angustias.

Desde aquella noche Rachel se había ausentado tanto así que me sentía aniquilada. Mi cabeza no podía pensar en nada, todo se me caía de las manos; el día entero la pasaba pensando incesantemente y exclusivamente en ella. Pero en su presencia me parecía respirar más libremente.

Llegó poco antes de comenzar las clases en el instituto. Me sentía celosa y consciente de mi nulidad. Ponía hocico por todo como una loca y como una loca me había vuelto sumisa; y cada vez que pasaba por el umbral de su puerta, me sentía invadida por un temblor de íntima felicidad. Si ella se dio cuenta que me había enamorado de ella, bueno no tanto tal vez notó que me gustaba demasiado, pues a ella no le importó y yo tampoco intentaba ocultárselo.

Ella se complacía con mi pasión: la halagaba y me torturaba. Rachel era un ser tierno pero a la vez fuerte. En todo su ser potencialmente bello, había una deslumbrante mezcla de astucia e indiferencia, de artificio y sencillez, de quietud y vivacidad; y sobre todo cuanto hacia y decía, sobre todos sus movimientos, precedía un delicioso encanto, una fuerza personal y exuberante. Su rostro se transformaba incesantemente y sabía expresar a la vez el desprecio, la ponderación y la pasión.

Estos opuestos sentimientos pasaban rápidos y ligeros sobre sus labios y sus ojos, como las nubes en un día soleado y ventoso. ¡Es tan dulce ser la única causa. El único objeto ilimitado e irresponsable de la mayor alegría y del mayor dolor de los demás! – yo en manos de Rachel era tan moldeable como la cera. Sin contar con que no era la única enamorada.

Ni bien dio un paso en el instituto que ya todos fueron a parar a sus pies. Como metal que se pega al imán. Como chicle en el zapato. Todos estaban locos por ella y ella los tenía comiendo de sus manos.

Me rebullía la sangre en las venas cuando Kitty se aproximaba, astuta como una zorra, a ella, se apoyaba graciosamente en el respaldo de su silla y con una insinuante sonrisa comenzaba a susurrarle algo al oído, mientras ella cruzaba las manos sobre su pecho, la miraba con atención y sonreía también moviendo la cabeza.

Me comía la cabeza y me martillaba el alma. No podía reprenderle nada. Su belleza era innata. Sería egoísta de mi parte prohibirle mostrarse. La belleza fue creada para mostrarse y ser elogiada. Mas no podía con estos sentimientos. Los celos carcomían cada gramo de razón, y el corazón salía en busca del poder, por tomar el control. Lucha incesante. ¡Que me has hecho!

Pero de todo esto no me daba cuenta entonces, y no hubiese podido definir nada de cuanto fermentaba en mí; y si al estado de mi alma hubiera debido dar nombre, hubiera sido el de Rachel.

No obstante, ella se divertía conmigo y yo me exaltaba con verdaderos espasmos de amor; a veces me rechazaba y yo hacía de todo por no volver a aproximarme a ella y hasta llegaba a intentar no mirarla.

Recuerdo que durante unos días estuvo muy fría conmigo. Me volví sumamente tímida y refugiándome cobardemente por las vallas, la espiaba tratando de entretenerme con ella, escuchando su canto a diario, su risa cual melodía, sus pequeñas peleas con su hermano y luego su tierna reconciliación.

Una vez me dirigí valientemente hacia el jardín de la casa de Rachel, y la vi que, apoyándose en ambas manos, sentándose sobre la hierba del pradito. Ya arrepentida, quise alejarme, pero ella levantó la cabeza y me hizo una seña a que acercara y tomara asiento a su lado.

Yo me quedé como clavada en el suelo, sin entender, porqué su cambio repentino de humor y de todas sus actitudes que me confundían como no sabe cuanto.

Volvió a llamarme: me despabilé y salté alegre a sentarme a su lado. Pero me contuvo con una mirada, he ahí otra vez su extraña posición, y me señaló un sendero a dos pasos de distancia.

En mi extravío, sin saber lo que hacía me arrodille a la orilla del propio sendero. Estaba tan pálida y todos los rasgos de su cara anunciaban un dolor tan amargo y tan extremada fatiga, que mi corazón se contrajo e, involuntariamente, le pregunté:

-Perdona mi atrevimiento – aventé al silencio, recibiendo sobre mí su dura mirada - ¿Te sucede algo?.

Rachel alargó la mano, arrancó una hoja de hierba, jugueteo un poco con ella, arrojándola luego lejos de sí. Al fin me preguntó:

-¿Me quiere usted mucho? ¿Sí?...

Yo no respondía. ¿Qué hubiera podido responder?... Por esos días aun se discutía mi pesar. No entendía de mis sentimientos. Me contradecía cada cinco minutos.

-Sí – replicó ella sin dejar de mirarme de igual manera –: ¡Es así!... los mismo ojos… - añadió abstraída, cubriéndose el rostro con las manos. Contrariada me sentía, no entendía nada –. Todo es diferente ahora – murmuró –; yo podría vivir hasta el fin del mundo, pero esto no lo podría soportar. ¡Y pensar que de nadie puedo aconsejarme, sino de mi misma…

-¿Qué hay de sus amigos? Los que… viven de… donde viniste – si quiera recordaba de donde venía, ¿en qué ciudad vivía antes? Perfecto, ahora tenía que ponerme idiota.

-¿Qué puedo esperar del porvenir? – ignoró mis palabras – Me pesa tanto en el alma… ¡Dios mío, como me pesa!

-¿El qué?... – inquirí espantada.

Rachel volvió a no responderme, limitándose a encogerse de hombros. Yo seguía de rodillas, absorta al verla tan apenada. Cada palabra suya se me había clavado en el alma. En aquel momento no hubiese vacilado en sacrificar mi vida por no verla en aquel estado. La miraba ,y aunque no podía entender lo que de aquella manera la agobiaba. No acababa de convencerme de que se hallaba vencida por un dolor tan extremado e insoportable, que la hiciese permanecer como muerta sobre la hierba.

"A nuestro alrededor no se veía más que el azul cielo y el prado verde; murmuraba el viento entre las hojas de los árboles. No lejos, las palomas se arrullaban, las abejas pasaban zumbando entre la escasa hierba. Sobre nosotros el cielo era tan azul, tan hermoso, tan bello día, y yo me sentía triste…"


Que les pareció? Un cambio totalmente de la historia. Si ya se aun no se ve mucho pero pronto. Entenderán menos pero ya se las han de ir imaginando que es lo que sucede.

Ya tengo escrito el siguiente capítulo: Pero solo lo subiré si recibo entre 5 a 10 RW! Perfecto!

Nos vemos hasta luego. Besos