HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 15

Siempre uno

En tiempos de guerra es muy complicado encontrar un lugar cómodo que pudiera satisfacer las demandas de la aristocracia inglesa, sobre todo en terreno enemigo. Sin embargo, Cole era muy eficaz y tenía suficientes conexiones. No muy lejos del primer refugio, había encontrado una elegante casa de estilo victoriano para permutar. Era una vieja casona, con suficientes habitaciones y muy limpia.

A partir de la primera guerra mundial, las mujeres tomaron un nuevo papel en la sociedad; los trabajos que antes eran solo para los hombres empezaron a ser realizados por las damas, incluso por los niños. Irene era muy joven, seguramente estaba por cumplir los treinta años, era madre de dos pequeños y trabajaba manejando una ambulancia. Su esposo era un militar de buena cuna, y hacía poco más de un mes que no sabía nada de él. El dinero había escaseado hace mucho tiempo, obligándola a trabajar para poder cuidar de sus hijos y sus suegros. Necesitaba dinero; así que de inmediato aceptó la propuesta de Cole para hospedar por una noche, quizás dos, a unos visitantes, sin hacer preguntas. El dinero que Cole había ofrecido a la dama era mucho más de lo que podría ganar en un mes, era una oferta imposible de rechazar.

Desde que llegaron al portal de la casona, las dos mujeres disfrutaron del aroma de pan recién horneado, había ya varios pequeños en el portal que también habían percibido el aroma y estaban ahí, disfrutándolo. Difícilmente podrían probarlo, pero el solo llenar sus sentidos del agradable olor, era suficiente para ese pequeño grupo de huérfanos.

-Anthony – susurró la enfermera en el oído de quien la conducía del brazo. Se sentía, triste, compenetrada con esos pequeños.

-Lo sé, Candy, no te preocupes – fue la cómplice respuesta del joven. La chica sabía que había comprendido: Regresaría a compartir el pan con los pequeños.

Terry buscó en su bolsa un poco de caramelos; no eran los mejores, estaban maltratados y sin forma, pero en cuanto los extendió, se vio rodeado de todos los pequeños que sonreían tomando con algarabía el regalo del joven. Anna se unió a la celebración, invadió la bolsa de su esposo y sacó un poco más de caramelos, todos lo que tenía, se aseguró que no quedara uno solo. Las sonrisas de los pequeños era suficiente pago para los Duques de Grandchester.

En la puerta estaba Irene de pie, Cole era quien estaba al frente del grupo pues era quien había hecho el trato con la anfitriona. Extendió un sobre con dinero mientras la saludaba. Los ojos de la mujer se humedecieron, pero mantuvo la serenidad e invitó a sus huéspedes a entrar a la casa; la chimenea estaba encendida y se percibía un ambiente cálido y seguro. De hecho, Irene los condujo directo al comedor, después se retiró a la cocina con el propósito de traer los platillos. Había preparado comida con el adelanto que Cole le había dejado. Era difícil conseguir comida; sin embargo, se había esmerado en la preparación de las viandas. Mientras tanto, en la mesa casi nadie decía palabra alguna; parecía como si estuviesen sopesando los hechos de la mañana.

Anna se sentía agotada, había pasado toda la mañana esperando en el auto confiando en que Terry y Stear lograrían traer a Candy de regreso, no tenía mucho ánimo para hablar, todo lo que deseaba era descansar un poco antes de emprender el viaje de regreso a Inglaterra.

Candy trataba de desenredar los nudos dentro de ella: Tenía un nudo en la cabeza, quería salir de Alemania y tenía miedo del viaje de regreso. Tenía un nudo en el estómago; notaba las miradas ardientes de Stear, ella también se preguntaba por qué había buscado a Alistar, por qué no se había quedado tranquila como el resto de la familia y por qué había sido capaz de vencer su miedo a la guerra para venir en su búsqueda. El nudo que más la asustaba era el nudo que tenía en su corazón: No sabía si de verdad deseaba saber la historia detrás de Anthony; temía que él, aunque fuese por un momento, la hubiese olvidado. No sabía si estaba lista para escuchar lo que él tuviera que decirle. Además: ¿Por qué no la había buscado? ¿Por qué no le había escrito? ¿Por qué la había abandonado en el silencio, sin motivo? Si él hubiese estado con ella siempre, si tan solo él nunca hubiese desaparecido… La joven estaba hecha un lío, ya no sabía si quería seguir pensando. Sentía una bola de nieve rodando hacia ella, aún no la alcanzaba y esperaba que nunca lo hiciera. Sintió estremecerse, tembló ligeramente. Stear y Anthony estaban sentados a su lado en la mesa, percibieron el estado de la chica y ambos tomaron sus manos en señal de consuelo. Ese simple, pequeño y delicado detalle ocasionó que la pobre muchacha se estremeciera aún más.

Terry parecía tener mucha prisa para preparar el viaje de regreso. Sabía que cada minuto en territorio enemigo era muy arriesgado. Necesitaba empezar a hacer los planes para partir lo más pronto posible. Sus ojos azules estaban alertas. En realidad estaba muy preocupado porque el grupo era mucho mayor de lo que él había planeado y eso significaba que tendrían que hacer un mayor esfuerzo.

- Hans, creo que lo mejor será que nos separemos – dijo sin reparo; necesitaba que el grupo fuese más pequeño. Sin detenerse a pensar lo que el joven soldado estuviese deseando. Además, tenía que aceptar que no le gustaba en lo más mínimo la forma en que miraba a la pecosa.

Anna se sintió aliviada. Se había esforzado por no delatar a su amigo delante de su esposo y no le agradaba guardarle secretos. Tarde o temprano Terry se enteraría que Hans era su captor y Anna temía su reacción. Candy miró a su amiga y se inmediato comprendió sus pensamientos. Ambas chicas miraron a Hans y le animaron a aceptar la separación.

- Pero yo puedo servirles de guía – dijo con determinación – por favor, si me quedo en Alemania seguramente me van fusilar.

- Los soldados no saben lo que pasó con Kiel. Ellos se lo atribuyen a los espartaquistas para rescatar a Rosa – informó Anthony –. Estoy seguro de que puedes estar tranquilo – la verdad es que a Anthony tampoco le agradaba las miradas furtivas hacia Candice; clavó sus pedazos de cielo en el soldado y en ese momento se convirtieron en fugo puro, abrasador. Definitivamente, lo quería lejos de Candy. Su voz no daba lugar a la duda: Hans debía separarse del grupo.

Hans dedicó una mirada recelosa a su antiguo oficial. Estaba celoso de él. Notaba lo que había entre él y Candy; todos pudieron descubrir los sentimientos del soldado por el rubio.

- Yo también puedo ser un guía – dijo Anthony sin desviar la mirada del soldado, con sus ojos fijos, penetrando de tal forma que el soldado se sintió expuesto y vulnerable.

-¡Pero yo conozco el camino! – exclamó imprudentemente, en un esfuerzo por no separarse de Candy - ¡Fui yo quien las trajo de Londres, yo ya he recorrido ese camino!

No bien había terminado de hablar el soldado, cuando Terrence Graham Duque de Grandchester ya estaba tomándolo de la solapa. Toda su sangre azul se tornó al más puro carmesí. Las voces de Anna y Candy interfiriendo por su amigo no fueron suficientes para que el aristócrata pudiese calmarse.

-¡Juré que te mataría! – amenazó con sus ojos coléricos. Su furia era tal, que la vena yugular en su cuello se veía palpitar. Ninguno hubiese querido estar en el lugar de Hans.

Hans era bastante alto, sin embargo, la fuerza invadió al joven Duque y lo levantó en el aire con ambas manos. Tenía ganas de acabarlo ahí mismo ¿Cómo se había atrevido este soldaducho a meterse con él, con su familia? ¿Cómo es que se había atrevido a amenazar la seguridad de su esposa, la mujer que era todo en su vida? ¿Creía acaso que podía meterse con él y después sentarse a la misma mesa y departir alegremente?

Terrence lanzó por los aires a Hans de tal forma que cayó al piso como un pesado saco de papas.

-¡Yo solo obedecí órdenes! – se justificó mientras se incorporaba para ponerse a la defensiva. No permitiría que Candy lo viese derrotado, como un trapo viejo.

Terrence tradujo la actitud de Hans como un claro desafío y la poca cordura que podría haber reservado lo abandonó, desapareció por completo y se le fue encima.

Las voces de las chicas no se detenían abogando por el soldado, sin embargo, Terry no podía escucharlas por el estado en que se encontraba. ¡Su esposa, su hijo, su amiga! ¡Éste hombre se había metido con lo que él más amaba en la vida! ¡Él iba a cumplir con su palabra y acabaría de inmediato con semejante alimaña!

Terry sintió un par de brazos fuertes que lo detenían desde atrás. Eran los brazos del ex oficial germano. Anthony era tan alto como Albert, sus días como militar lo tenían en buena forma, era fuerte y muy atlético.

-Ya es suficiente Terry – contrario a Terrence, Anthony estaba agradecido, hasta cierta forma, de que Hans hubiese traído a Candy de regreso a su vida. No lo justificaba, pero no estaba furioso con el soldado.

Anna se abalanzó hacia su esposo. No fue necesario palabra alguna. Bastó la mirada de la chica para que la furia de Terry diera una tregua al soldado.

-Ellas pueden decirte, Hans no ha hecho sino protegerlas desde el día que tuvo que obedecer la orden de traerlas – explicó Anthony –. Me consta que se ha esforzado porque ellas estén bien. No es su culpa, así es el ejército, debes obedecer, te guste o no – la respiración de Anthony era agitada, notó que Terry había encontrado algo de tranquilidad en el abrazo de su esposa y fue liberándolo lentamente.

-Hans – Candy se arrodilló para examinar el joven que finalmente yacía en el suelo, sumamente lastimado. Los puños de Terry lo habían castigado notoriamente.

-Él tiene razón, Candy – se sentía avergonzado –, me lo merezco. Yo no debí traerlas nunca. Por favor, perdóname.

La joven enfermera simplemente tomó las manos del soldado y le sonrió con dulzura. Estaba asustada; la escena de los golpes que Terry le había propinado al soldado había sido el detonante de las lágrimas de la muchacha. No solo lloraba por Hans y la tristeza que se asomaba por sus profundos ojos. Ella lloraba por el estrés que toda esta situación le estaba ocasionando.

El joven se levantó con dignidad mientras que Anthony levantaba a Candy y la recibía en sus brazos. Hans contempló la escena: Miró a sus amigas protegidas, ya no había más nada que hacer entre ellos. Recogió la boina que había caído al suelo en la trifulca y con un gesto, sin decir nada más, abandonó la casa.

Stear tomó de la mesa un poco de pan y corrió tras el soldado; lo alcanzó justo en el portal. Sabía que él tampoco había probado bocado, pero comprendía la reacción de Terry. Quizás él habría hecho lo mismo en su lugar.

- Hans – extendió el pan con amabilidad.

- Gracias – Hans aceptó la pieza de pan, estaba envuelta en una sencilla servilleta que Stear había tomado de la mesa.

- Que tengas suerte – había sinceridad en las palabras de Stear.

- ¿Usted cuidará de ella, verdad sargento? – Stear se sintió compenetrado con él y le respondió con una media sonrisa.

- Por ella no te preocupes, ella estará muy bien – le aseguró.

-¿Es cierto lo que dicen, eso de que usted y el Overstabsfeldwebel son primos?

-Más que eso… somos hermanos – Hans descubrió un dejo de orgullo en las palabras de Stear. Supo entonces, que aunque este par estuviesen enamorados de la misma mujer, todo estaría bien entre ellos.

-Si ella lo elije a él – el soldado hizo una pausa, no estaba seguro de cómo preguntar – ¿Cómo hará para seguir viviendo? Cuando usted la mira parece que le entrega su alma.

Stear se sorprendió con la audaz pregunta, sin embargo, notó que el interés era más bien personal. Hans necesitaba un consejo, quería saber cómo continuar viviendo.

-La felicidad no puede dártela nadie. La felicidad está dentro de ti. Si ella es feliz, tú aprenderás a ser feliz. Yo soy feliz, tengo muchos motivos para serlo.

-Es usted admirable sargento. En solo unos días me ha enseñado más que cualquiera, sin siquiera proponérselo – los hombres de bandos enemigos estrecharon sus manos en franca despedida. Quizás en otras circunstancias habrían incluso sido amigos.

Hans comenzó a caminar sin prisa; se encogió de hombros, levantó la solapa de su abrigo, intentado resguardarse del viento helado que soplaba en su cara mientras que Alistar volvía dentro de la casa.

Candy estaba en el recibidor esperando por verlo aparecer de nuevo. Se sentía preocupada por Hans y sentía cierto alivio de que al menos Stear le hubiese ofrecido un poco de pan; estaba segura de que el joven no tenía dinero para moverse, eso sin prestar atención en que aún vestía como militar.

-Candy – para el sargento no fue una sorpresa descubrir la preocupación en el rostro de Candy.

-Gracias Stear – respondió ella. Siempre había admirado la rápida respuesta de Alistar. Siempre sabía qué hacer en el momento justo.

-No te preocupes, Candy; él estará bien – le aseguró rogando al cielo de que sus palabras fuesen ciertas.

-Ujum – fue la única respuesta de la chica que ya se estaba refugiando en un abrazo del sargento. Todos sus nudos la estaban traicionando.

Stear se sintió en el cielo. Estaba seguro que había un lugar especial para él en el corazón de Candy. La abrazó extasiado. No fue un abrazo romántico, sino un abrazo protector, un abrazo de refugio. La sintió temblar y descifró de inmediato el estado de la chica.

-No tengas miedo, Candy – levantó el rostro de la chica para mirarla a los ojos – todo estará bien.

Ella no respondió, solo se refugió aún más en el abrazo de Alistar.

-Volveremos a casa. ¡Le daremos a la tía abuela la sorpresa más maravillosa de su vida! ¡Ya quiero ver su cara cuando me vea aparecer! – dijo haciéndose el importante - ¡Bueno… y también cuando vea aparecer a su sobrino favorito: Anthony! – expresó con falsa indignación.

-¡Stear! – Una sonrisa apareció en el rostro de la chica, detrás de sus lágrimas.

-¡Ahí está! - Stear sonrió delicadamente, una hoguera se prendió al contacto de la joven –, tu sonrisa ilumina mi mundo – susurró en su oído, logrando que la chica se estremeciera.

Esta era la primera vez que abiertamente el joven inventor confesaba un poco de lo que sentía por ella. Hasta ahora solo sus miradas se habían atrevido a decirle lo mucho que la adoraba, pero nunca sus palabras se habían escapado de su boca.

Candy, se sintió sorprendida. No supo cómo actuar, cómo responder. Hizo un esfuerzo por separarse de él con delicadeza pero él la detuvo. No deseaba separarse de su abrazo. Se sintió egoísta por pensar en sí mismo solamente. Ella se había refugiado a él por miedo y él había aprovechado la ocasión. Quiso reparar su error.

-Candy, estaremos bien; no tengas miedo – su voz sonó segura, vibrante –. Se separó de ella con ternura y le ofreció su brazo para conducirla al comedor. Ella agradeció el gesto y aceptó su caballerosidad.

El sargento la condujo justo a la misma silla en que había estado sentada, y le dirigió una mirada traviesa a su primo. Anthony, extrañamente se sintió mejor con la sonrisa de su primo; ya no era aquélla mirada de celos que le había dirigido apenas unas horas atrás. Estaba seguro de que podía confiar en que se enfrentarían limpiamente y, a decir verdad, también estaba seguro de que podría conquistar el corazón de Candice White nuevamente.

Irene ya había traído las viandas a la mesa. Había escuchado el alboroto de la pelea de Terry, pero el trato era: Sin preguntas. Se dedicó a servir la mesa y después se retiró.

-Después de ésta guerra nada será igual para las mujeres – observó Jean con casi veneración.

- ¿Tú también lo has pensado? – reflexionó Stear.

- ¡Por supuesto! Basta con mirar a la Duquesa de Grandchester, a la señorita Andrew o a la señora Irene. Las mujeres han tenido un importante papel en esta guerra; han ido a las fábricas y han demostrado hacer el trabajo igual o en algunos casos mejor que los hombres.

-Sí, ellas van a las fábricas y producen las armas, los uniformes o preparan los insumos. Algunas, sobre todo las enfermeras, han estado en las trincheras y han muerto velando por los enfermos y heridos – Anthony no mentía, había visto morir a muchas enfermeras cumpliendo con su deber.

-Ellas también están trabajando los campos y luego van a casa para cuidar de sus familias. Todas las ambulancias con las que me he topado son conducidas por mujeres – puntualizó Cole.

-Eso me alegra. Nunca he estado de acuerdo en que ellas no sean tomadas en cuenta. Pareciera que hasta hoy son solo máquinas para generar bebés, sin derecho a heredar, a decidir sobre sus propiedades, sin derecho a votar, con salarios muy por debajo del de los hombres, sin derecho a opinar. Consideradas mucho menos que los hombres – Terry suspiró – creo que hay muchas cosas qué hacer en la Cámara de los Lores a favor de las mujeres.

Anna alcanzó la mano de su esposo y le sonrió con dulzura y admiración.

-Soy muy afortunada de tenerte en mi vida. Tú siempre has tomado en cuenta mi opinión y me has dejado trabajar sin importar lo que digan de que la esposa del Duque de Grandchester sea una mujer que trabaja – ella se atrevió a besar sus labios – y además, me permites que te demuestre cuánto te amo cada vez que yo quiera.

-Precisamente todo eso fue lo que me conquistó – Terry devolvió el beso a su esposa y la arropó con infinita ternura –. Yo soy el afortunado por el privilegio de tener una de estas mujeres que están cambiando la historia.

Anthony se sintió contagiado por la pareja. Él también estaba enamorado de una de estas mujeres maravillosas y vanguardistas. Por debajo de la mesa acarició la rodilla de Candice y ella sintió que todos los colores se le subieron al rostro, sin embargo fue una sensación más que agradable la varonil mano ejecutando la atrevida caricia. El la miró con seducción y supo que continuaba ganando terreno en el corazón la mujer que adoraba; el sonrojo en esas mejillas no podía mentir.

Al terminar de comer decidieron planear su viaje. Candy y Anna se retiraron a descansar. Candice había estado cabeceando en la mesa, no había dormido durante la noche, su cerebro no era capaz de pensar con coherencia.

Según Cole, el grupo era demasiado grande. La máxima velocidad por un automóvil era de 80 km/hr en condiciones óptimas, sin embargo, con el clima de noviembre, no podían esperar que el auto fuera más allá de 60 km/hr en carreteras nevadas.

-Debemos viajar en dos autos. Con más de cinco pasajeros el auto haría un gran esfuerzo y no podemos arriesgar su eficiencia – se notaba preocupación en su voz, pero también parecía estar optimista con la red de personas que los sacarían del territorio alemán.

-Me parece bien – para Terry era claro que el presupuesto era la principal preocupación de Cole, era un hombre de negocios.

Terrence fue sincero, sabía que debía tener mucho tacto para no ofender con sus palabras, aún estaba bajo el influjo del enojo, así que respiró profundo.

-Siento que es mi obligación comentarte, Cole, que el presupuesto que traigo es solo para el traslado de tres personas, así que quiero pedirte que confíes en nosotros, te pagaremos en cuanto estemos en Inglaterra – lo miró a los ojos, sonando seguro y determinado – te garantizo que puedes confiar en mi palabra – terminó.

-Por supuesto; te pagaremos, Cole – dijeron los Andrew haciendo una seña para incluir a Jean en el grupo referido – tienes también nuestra palabra.

-Gracias – Jean se sintió muy afortunado – yo no les pagaré – sonrió en tono de advertencia y logró arrancarles una sonrisa dentro de la formalidad y el temor de sus planes.

-De acuerdo, voy a confiar en ustedes –.

Ciertamente, la red que Cole estaba pensando en contactar era una cuya célula principal estaba en Bruselas.

-Traer al Duque de Grandchester fue mucho más sencillo que volver con un grupo más grande, que además tiene dos mujeres y una de ellas está embarazada – miró a los presentes tratando de sonar amable –. He pensado que podemos acudir a la ayuda de Miss Cavell, una enfermera que, con la ayuda del Príncipe ha tejido una red para ayudar a los soldados ingleses, franceses y americanos a cruzar de territorio bajo el poder alemán a la Holanda neutral. Ellos consiguen las identificaciones falsas y los esconden hasta que tengan la oportunidad de cruzar. Estoy seguro de que ella podrá ayudarnos; si logramos llegar a Bruselas, la Duquesa y la señorita Andrew estarán más seguras y cómodas, además, es la ruta más cercana y rápida a Inglaterra.

Anthony estaba serio. Había escuchado informalmente un poco sobre la célula que Cole mencionaba, pero eran solo rumores. Estaba de acuerdo en la opción, solo había un pequeño problema: Los 1036 kilómetros que separan Poznan de Bruselas por carretera.

-Debemos ir a Berlín, no hay otro camino – exclamó Terry también preocupado.

-Tenemos que ser muy discretos, debemos pasar desapercibidos – advirtió Stear. Estaba midiendo los peligros, sabía que más que nunca tendría que ser optimista para infundirle confianza a Candy.

-Entonces, no tenemos otra opción: Debemos viajar en autos separados con cierto tiempo de diferencia. Yo conduciré uno de los autos y Cole conducirá el otro. Nosotros conocemos bien estos caminos – Anthony no podía evitar temer por la vida de Candy, la valoraba tanto o más que la suya – debemos partir por la mañana para llegar a Berlín. En realidad la ruta a Berlín no está muy vigilada, ni tampoco lo está el camino a Bruselas. Es la ciudad de Bruselas la que me preocupa.

-Espero poder encontrar un auto más para mañana temprano – exclamó cole preocupado.

-Muy bien. De lo contrario, tendremos que partir en dos días – Terry en realidad no era de la idea de permanecer más en territorio alemán, pero sabía que debían ser prudentes y preparar el viaje con todas las ventajas posibles y, si era necesario esperar, entonces lo harían.

Todos se retiraron a las diferentes habitaciones. La casa era suficientemente grande para albergar a tantos invitados, aunque claro, Irene, sus hijos y sus suegros compartieron una sola habitación esa noche.

Terry se introdujo entre las cobijas de la cama buscando la calidez del cuerpo de su esposa. Eran incapaces de dormir cómodos; la instrucción era estar listos para partir en cualquier momento si era necesario. El joven inglés buscó la cintura de su esposa y encontró el vientre un poco abultado, se llenó de sentimientos desconocidos, la amó, la veneró, la adoró. Ese pequeño creciendo dentro de la mujer tan amada jamás sufriría ni un ápice de desamor. Hizo un pacto silencioso mientras atraía a su mujer hacia él. Ella despertó y le regaló la más hermosa sonrisa, estaba obscuro, pero Terry sabía que ella sonreía, y se sintió bendecido de saber que era por él y solo por él. Al final olvidaron las estrictas instrucciones de Cole y se rindieron a su amor. Terry le hizo el amor como nunca antes; ella estaba ahí, ahora todo estaba bien.

A la mañana siguiente, 5 de noviembre, Anthony se despertó mientras aún estaba obscuro, debían de ser las cuatro de la mañana, esa era la costumbre en el ejército; aunque no había dormido la noche anterior, tenía el hábito de despertar antes del amanecer. Le había pedido a Cole la noche anterior que consiguiera algo de ropa para él, era muy importante que dejara de usar su uniforme militar; así que esperaba que esta mañana pudiera cambiar su atuendo. Se miró al espejo; en su uniforme siempre había portado la Cruz de Hierro que le fuera otorgada en el segundo año de la Gran Guerra, la contempló confuso, no sabía qué hacer con ella, no estaba seguro de querer conservarla. Había sido su obligación portarla diariamente en su uniforme, estaba acostumbrado al galardón. Frunció el cejo y decidió dejar la decisión para más tarde.

Un tímido golpe en la puerta llamó su atención. Se acercó a abrirla, detrás de la puerta estaba la visión más encantadora que hubiese imaginado: Candy tenía una almohada en la mano, como una chiquilla que ha tenido pesadillas y busca cobijo; el joven no pudo menos que sonreír ante la imagen lleno de ternura.

-¿Qué haces aquí, Candy? – preguntó divertido y halagado al mismo tiempo.

-No puedo dormir. Estoy cansada, pero tengo mucho miedo de quedarme dormida – fue la respuesta.

-Debes estar bromeando, anoche pasé a darte las buenas noches y roncabas como si te hubieses tragado un sapo – mintió, esperando por la reacción.

-Anthony – el sonrojo no se hizo esperar, la pobre muchacha no sabía dónde esconder su rostro.

-Ven aquí – la tomó de la mano con suma ternura y la cobijó en la cama mientras él se mantenía sentado a su lado, contemplándola extasiado. Al muchacho le pareció la escena más tierna jamás vista. Era un claro contraste con las horrorosas imágenes que su mente tenía almacenadas de batallas.

Ella lo miró, él siempre había sido deslumbrante ante sus ojos, y aún entre la poca luz de las pavesas agonizantes del fuego que le daban un tono cobrizo a su rubio cabello, el brillo de los ojos del joven en su gallardo atuendo militar levantaba sus varoniles facciones… más deslumbrante que nunca. La intrusa nocturna notó que la Cruz de Hierro del uniforme pendía de unos cuántos hilos, como si Anthony hubiese querido arrancarla.

-¿Por qué has querido desprenderla? – la chica paseó sus manos por la insignia.

-No lo sé. Me pregunto qué es lo que siente Stear cada vez que la mira, me pregunto qué es lo que tú opinas. En el sentido estricto de la palabra, fuimos enemigos. Esta insignia la gané por mis "actos heroicos" – arrastró la última frase con cierta ironía.

-Luces gallardo – la voz de la joven tembló, por un momento, solo por un momento, se asomó una mujer nueva, una mujer que la chica conocía poco todavía – se mordió el labio inferior con inocencia, un tanto ruborizada por su atrevimiento.

-¿De verdad te lo parece? – La vanidad de Anthony no pudo resistirse al encanto de Candy. Ese halago lo hizo sentirse como si fuese el dueño del mundo.

Hubo un silencio entre la pareja. Ella tenía una tímida sonrisa adornando su rostro, y él tenía una mirada seductora, como un conquistador. Ella no se atrevió a continuar con el juego de coquetería, desvió ruborizada su mirada y preguntó:

-¿Quieres contarme cómo la obtuviste?

-No. No quiero – dijo con seriedad.

-¿Mataste a muchos aliados?

-¿Me crees capaz?

-Bueno, eres un Feldwebel. Peleaste en el campo de batalla. Diste las órdenes. Dirigiste a tu gente.

-No Candy, no maté muchos aliados – se quitó un peso de encima – la insignia me la dieron por salvar a mi batallón

-¡Cuéntame! – insistió.

-Quizás algún día, cuando ya no tenga miedo.

-¿Sentiste miedo?

-Aún siento miedo.

-Eres valiente.

-Valiente… ¿te confieso que también tengo miedo y me llamas valiente?

-Solo es valiente quien enfrenta su temor. ¿Me contarás?

-Algún día. Cuando se callen esos gritos, cuando esas bombas dejen de rezumbar en mi cabeza.

La joven cayó en la cuenta de que no conocía casi nada de este nuevo Anthony. No sabía por qué era un Kurzbach y no un Brown. No sabía por qué estaba en el lado enemigo. No sabía exactamente quién era y qué hacía. Lo miró con curiosidad y se puso cómoda en la almohada.

-Anthony, quiero escuchar tu historia – se atrevió a decirle. Había un casi imperceptible nerviosismo, de hecho, la petición era más una súplica. La joven hablaba en voz baja, sin atreverse a levantar la voz, temía que de hacerlo, la magia que la rodeaba desaparecería.

-Creo que debes descansar, tienes unas ojeras enormes enmarcando tus ojos – Anthony llevó su mano al rostro de la joven y acarició el contorno de la verde mirada con suma adoración.

-Pero yo quiero saber todo sobre ti. ¿Dónde estuviste, por qué me dejaste, por qué no me buscaste? – sin que se lo propusiera, un tono de reproche acompañó cada palabra, cuando se dio cuenta, se sintió descubierta. Quiso esconder su mirada, un tanto apenada, pero la mano cariñosa de Anthony no se lo permitió. Tomó la barbilla de la chica y la obligó a mirarlo directo a los ojos.

-¿De verdad quieres hablarlo, ahora?

-Ajá – trató de acompañar su expresión con una sonrisa, pero estaba tan nerviosa que apenas se dibujó una mueca en su cara.

El joven se arrodilló para hablarle prácticamente al oído y contarle los detalles de su historia mientras que jugueteaba con su cabello. De vez en cuando la chica lo interrumpía para hacerle alguna pregunta y él respondía con sinceridad. Anthony había sujetado las manos de la joven entre las de él, tenía muchas emociones dentro de sí, jamás imaginó que enfrentar a Candy sería tan difícil. La dificultad no radicaba en la historia, sino en el cúmulo de sentimientos que le invadían y de vez en cuando lo traicionaban. Las lágrimas completas del mar era lo que él comparaba con sus emociones. Afortunadamente, sus ojos se mantuvieron secos durante el relato, a pesar del sufrimiento por el deseo de llorar.

-Cuando te vi en aquélla ocasión en el San Pablo, en los brazos de Terry, sonriendo como si él fuera la única persona sobre la tierra, sentí muchos celos. Supe entonces que me habías olvidado – la voz del joven se quebró ligeramente y un par de lágrimas se asomaron en sus ojos, traicionando la entereza que se esforzaba por mantener. Hizo una pausa y besó las blancas manos de Candy –. Me di la media vuelta y me fui. No era capaz de enfrentarte. Te veías tan feliz. ¡En mi deseo por recuperarte me imaginaba que tan pronto apareciera en tu vida, correrías a mis brazos, como en antaño! Pero ya otros brazos te sujetaban.

-Entonces – la chica buscó dentro de sus memorias y revivió aquél momento – ¿Entonces no te quedaste hasta el momento en que él me arrojó al césped?

-¿Qué dices, Candy, cómo se atrevió?

-Bueno – Candy trató de justificar la reacción del jovencito –, mientras bailábamos… - hizo una pausa, estaba nerviosa, después lo miró con sus húmedos ojos y continuó –: Anthony, era nuestro vals, me fue imposible no pensar en ti, no recordarte, no revivir el aroma de las rosas; pensé en tus ojos mirándome, en tu sonrisa… y se lo confesé – la última frase apenas fue audible.

-¿Qué tú hiciste qué? – de pronto Anthony sonó divertido, el arrebato de enojo por imaginarse a Candy tirada en el suelo desapareció ante el fuerte halago que la chica le estaba confesando.

-Yo le confesé que estaba pensando en ti y él reaccionó… me parece que se enojó.

-Cualquiera se habría enojado Candy – Anthony acarició las mejillas sin poder evitar esa sonrisa seductora que de pronto se asomaba en su faz.

-No pensé en nada… solo pensé en ti – dijo con timidez.

-Entonces, esa sonrisa que vi en tu rostro, era para mí – de pronto el pecho de Anthony se llenó de gozo, su Candy no lo había olvidado nunca.

El rubor en Candy fue la afirmación a su pregunta. El joven olvidó las consecuencias de no haberse quedado un poco más tiempo. Hoy ella estaba a su lado y ese era su mejor regalo. Besó las manos de la joven y reclinó su cabeza en la unión de sus manos, así permaneció por algún momento. Después levantó la vista y unió su frente a la frente de Candy, su nariz hacía también contacto con la de ella, sus labios estaban a tal distancia que un beso habría sido el lógico desenlace.

-Perdóname, Candy. Nunca quise separarme de ti, te esperé cada día, a cada momento. Pensar que atravesarías la puerta de mi cuarto en el hospital era el motivo para despertar cada mañana antes de partir a mi destino – sus palabras acariciaron los labios de Candy; ella se bebió su aliento mientras que limpiaba las traicioneras lágrimas que ya recorrían las mejillas del joven.

Anthony sintió la caricia divina de la chica que amaba, se miró en sus ojos esmeraldas y deseó alcanzar los labios rosas que se abrían ingenuos deseando la caricia de sus besos.

No pudo resistir la invitación e invadió decidido la boca de la joven, sus labios acariciaron los de Candy casi con veneración, las lágrimas de ambos se confundieron en la unión de sus labios; Anthony tomó de los hombros a la muchacha y la acercó a él decidido a mostrarle en ese beso la ferviente necesidad de ella. Ella aceptó el beso y se entregó a la delicada caricia, el cielo era poco, comparado con el deleite de los besos de Anthony, tembló en los brazos que la sostenían y por instinto se acercó a él. Él continuó besándola al punto de que su cuerpo reaccionó con la natural excitación, fue hasta entonces que la cordura se apoderó de él y fue disminuyendo la mágica caricia. Ella era apasionada, él la había descubierto; él era apasionado y si ambos eran fuego podrían arder, pero este no era ni el lugar ni el momento. El joven fue disminuyendo su beso hasta que ambos estuvieron saciados, en éxtasis, sonrojados, satisfechos, con la respiración acelerada, con sus corazones latiendo en el mismo compás, con su deseo a flor de piel. No pudieron separar sus rostros, nuevamente sus frentes quedaron unidas, bebiendo el deseo recién descubierto durante su encuentro. Deseando más, deteniéndose al mismo tiempo.

-Será mejor que te lleve a tu cuarto, pronto despertarán todos.

-No quiero estar sola – ella alcanzó a detenerlo cuando él estaba de pie dispuesto a salir de la habitación.

-Pero Candy… – en realidad él no deseaba separarse de ella. No encontró ninguna palabra que favoreciese su salida de ese cuarto.

-No me importa lo que piensen.

-Pero a mí sí me importa lo que digan de ti.

-Anthony, déjame estar a tu lado, abrázame – prácticamente le suplicó.

Candy se había arrodillado en la cama mientras tomaba la mano de Anthony, sostuvo su mirada sonrojada pero decidida a no volver a separarse de él.

-¿Segura que no te importa… qué hay de Stear? – Anthony se odió por un instante. ¿Por qué tenía que recordarle a la joven precisamente ahora a Alistar Cornwell?

-¿Stear? – Candy se puso nerviosa y soltó la mano de Anthony, un tanto avergonzada. No sabía que responder.

-He visto como se miran… - no tenía opción: Ya había sacado el tema a la luz, no podía echarse para atrás ahora.

La vio agachar su mirada, notó un cierto temblor en su cuerpo y decidió que debía continuar. No había oposición en ella. Tenía libre acceso.

-¿No será que estás confundida y que gustas de mí porque te despierto un sentimiento olvidado de tu infancia? ¿Qué pasará con mi primo?

-No es un sentimiento olvidado. Jamás lo ha sido – aclaró –. No he podido establecer la razón por la que he venido a buscarle. Lo único que entiendo es que bastó con escucharte llamarme para que mi corazón brincara. "Anthony es Anthony…" – le recordó –. Y tú eres Anthony. Todo desaparece porque tú eres Anthony. Tú me gustas porque eres Anthony –. Las pupilas de la joven bailaban emocionadas, estaba sujetando a Anthony nuevamente con firmeza, pero esta vez era de sus brazos, toda ella le gritaba al chico que no había más nadie que él.

- ¿Y qué ha pasado con tu "Príncipe"? – por un instante Anthony se transfiguró en aquél jovencito celoso de Lakewood que exigía una explicación por los sentimientos de Candy por un desconocido. Un joven que no estaba dispuesto a compartir ni siquiera un poco a la jovencita que adoraba; aunque ese alguien fuese también un Andrew.

Los ojos de Candy se iluminaron como si hubiese robado a las estrellas todas juntas, su brillo. El rubio se sintió celoso y un nudo se formó en su estómago.

-¡Él siempre ha estado cuidándome! ¿Recuerdas a quien me salvó de la caída en la cascada? Es Albert. El hermano de tu madre.

-Así que finalmente lo descubriste – le era muy difícil esconder sus celos. Cerró sus ojos aparentando la misma indiferencia que unos años atrás en la misma conversación.

-Tú lo sabías.

-Lo sospeché. Tú siempre me confundiste con él. El único Andrew con quien podrías confundirme era el tío Beth. De hecho, recuerdo habértelo comentado durante la cacería: El chico que siempre estaba con mi madre.

-Sí, lo recuerdo.

-Creí que debías saberlo.

La joven se abrazó al cuerpo de Anthony.

-No me preocupa saber quién es el Príncipe. "Porque yo te amo…" -repitió derribando cualquier barrera que los celos de Anthony hubiesen levantado entre ellos.

El muchacho quiso mandar al diablo cualquier buena costumbre. Era sumamente apasionado. "¡Si ella va a perder todas sus virtudes, que las pierda conmigo!" recordó. Sonrió de medio lado, y la tomó en sus brazos, cuidando de que la cobija siguiera arropándola. Mientras la tomaba en brazos meditó en todos los sentimientos que esta joven despertaba: él podía ser apasionado y arrebatado o maduro y tierno. Ella simplemente lo hacía actuar de forma impredecible.

-A mí sí me importa lo que digan de ti – confesó –. Voy a cuidarte siempre –, con voz aterciopelada le habló en el oído mientras abandonaba la habitación y conducía su valiosa carga hacia la sala de la casa.

La recostó en el sofá y él se sentó para permitir que ella colocara su cabeza en su regazo. Acarició su cabello y su rostro con ternura. Era un mueble Luis XVI muy grande, permitía que la joven estuviera cómoda entre los mullidos cojines.

-Esta pieza está fría – advirtió un tanto preocupado – la chimenea no se encendió en toda la noche.

-Eso no importa – ella se acurrucó. Había una mezcla de inocencia y seducción en su gesto – tu calidez es más que suficiente.

Anthony se conmovió por el gesto y besó la frente de la chica. Después recargó su espalda para ponerse cómodo. Acarició por un tiempo los rizos que cayeron desordenados en una cascada sobre su regazo y notó cómo el sueño se apoderó de ella.

Al contemplarla, lentamente, lo invadió el deseo de hacerla suya. De convertirla en su todo, en su mundo, en su alma. Recordó su intención de transformarla en cortesana si ella así lo deseaba y de pronto se sintió culpable: Ella era su Beatriz, era la virtud hecha mujer. Si Alighieri la hubiese conocido, la guía del poeta por el cielo de la Divina Comedia habría tenido pecas.

-Y me llevarás al paraíso – susurró mientras cerraba los ojos. El sueño de Candy se había transmitido a Anthony; pero ya ninguno de los dos tenía miedo.

La pareja por fin pudo dormir profundamente. Hacía varios días que su sueño no era tan apacible. Durmieron sintiéndose seguros, sintiéndose en su hogar; descansaron mejor que nunca.

Stear se despertó un poco tarde, y Terry, bueno, para el aristócrata fue más difícil que nunca abandonar el lecho que había compartido con su esposa. Sin embargo, tenían que averiguar lo que Cole tendría que decir con respecto al viaje.

Casualmente se encontraron en el pasillo de las habitaciones, se saludaron y caminaron hacia la pieza principal. Estaban en las escaleras cuando descubrieron la escena de los rubios descansando plácidamente en el sofá. Aún dormían, pareciera como si nunca fuesen a cansarse de dormir. Ambos tenían una sonrisa cálida en sus labios y sus manos entrelazadas.

-Parece que este par no tiene suficiente uno del otro – Terrence sabía los sentimientos de Stear, pero consideraba que lo mejor era hablar con claridad.

La escena no daba lugar a dudas: No había absolutamente nada que reprochar. Anthony y Candy daban una escena tierna, no era un espectáculo erótico ni mucho menos apasionado. Stear quiso buscar dentro de sí algo que le hiciera rechazar tal escena, pero la verdad, era que, de alguna manera, se sentía feliz por Anthony y Candy.

-Será mejor no hacer ruido. Ambos han estado muy estresados y con pocas horas de sueño; merecen descansar – Stear regresó a su cuarto y trajo consigo una cobija que puso sobre Anthony con mucho cuidado, esforzándose por no despertarlo.

-Tu primo es un caballero – observó Terry al notar que solo Candy había estado cobijada.

-¡Oh! Te aseguro que no encontrarás mejores caballeros que quienes han sido educados por Elroy Andrew –.

La memoria de Stear le regaló recuerdos de la dura educación recibida y un escalofrío le recorrió la espalda. Decidió bloquear esas memorias.

-¿Seguirás luchando por ella? -Terry se sintió aliviado de no tener que enfrentarse a ese joven Brown Andrew por el amor de una mujer. Más que nunca agradeció por Anna y por haber encontrado la plenitud a su lado. Definitivamente no envidiaba el lugar de Stear. Sintió compasión por él.

-No hay lugar, no hay manera – pareciera que el piloto estaba resignado – simplemente han sido siempre así. Son solo ellos. Tienen una complicidad extraña. En cuanto están juntos serán siempre como uno solo – Stear miró a la pareja – ¿puedes verlo? – señaló la unión de sus manos: Anthony tenía atrapadas las pequeñas manos de Candy, como si la protegiese.

Terrence no pudo evitar recordar la imagen de Candy cayendo por las escaleras aquélla noche en el San Pablo mientras la escuchaba gritar el nombre de Anthony. Y más aún, las lágrimas recorriendo sus mejillas mientras deliraba por él.

-Creo que tienes razón, Stear. Siempre ha sido Anthony.

Notas:

Nota 1: Miss Edith Cavell fue una heroica enfermera inglesa que formó parte de una red muy bien establecida que ayudó a pasar muchos soldados aliados hacia Holanda desde Bruselas. La red fue descubierta y ella fue condenada a ser fusilada en 1915. Para la fecha de escenario de este fic la heroína ya había sido ejecutada; sin embargo, como un pequeño homenaje me he permitido incrustarla en esta historia.

Nota 2: Prefiero la versión del manga de aquélla escena de celos sobre el príncipe en el jardín de Lakewood porque en el manga ella le dice "Yo te amo, Anthony". Pero también me gusta el "Anthony es Anthony" del anime; por eso hice alusión a ambas frases.

Malinalli, 19 septiembre 2016.