HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 16

Heridos

Cole, había conseguido el segundo auto ya muy tarde como para iniciar el viaje, así que decidieron esperar a la siguiente mañana para partir.

Stear, tras haber revisado el estado de los autos, entró a la sala donde estaban todos reunidos al calor de la chimenea y habló con entusiasmo de una idea en especial, la calefacción para los autos.

-¿Stear, pero podrás hacerlo realmente? – era obvio que Jean no tuviese confianza en los méritos de Alistar Cornwell, pues no estaba familiarizado con tales habilidades.

-¡Por supuesto! – el conejillos de indias de inmediato le dio su voto de confianza con entusiasmo – Stear es capaz de crear todo lo inimaginable todavía, él es fuera de serie.

-Gracias Candy – el rubor se subió a las orejas de Stear – verás que te construiré un auto muy cálido. Pero esa no es toda la idea – entonces un desafiante brillo apareció en sus ojos y los miró a todos con seriedad antes de explicar su nuevo proyecto –: Antes de venir visité una innovadora fábrica de autos en Chicago; ahí tienen una nueva tecnología híbrida. Los autos en que viajaremos son Porsche que han estado al servicio del ejército. Los he analizado; por el estado en que se encuentran con suerte viajaremos a 50 km/hr, eso significa que el viaje, sin contratiempos, puede ser de veinte horas como mínimo; eso no nos conviene. Los autos del ejército se mueven en promedio a 70 km/hr. Los autos que el señor Ford ha puesto en el mercado alcanzan una velocidad de 80, con cinco pasajeros y claro, en condiciones óptimas – ahora el joven empezaba a hablar entusiasmado, era inevitable, siempre le sucedía cuando de mecánica se trataba, los ojos ya no estaban serios, eran brillantes, emocionados, casi ebúrneos.

Sus amigos estaban mareados, no entendían nada de energía híbrida.

-¡Stear! ¡Por favor! – de pronto Alistar pareció escuchar los regaños de Archie en la voz de Anthony.

-De acuerdo. Al grano: ¡Si instalo un segundo motor en el auto, pero esta vez, de energía híbrida, estoy seguro de que puedo lograr que alcance los 95 km/hr! Claro, tras poner a punto el motor actual de cada auto que está diseñado para los 70 km/hr.

Hubo un silencio total en la sala. Todos se miraron asombrados, estudiando un poco la bomba que Alistar había puesto sobre la mesa. El joven comprendió las reservas del grupo y decidió animarlos:

-No teman. Confíen en mí: ¡Serán dos motores impulsando las ruedas! Será un motor de gasolina y un motor generador eléctrico alimentado por baterías recargables. Puedo lograr que los dos motores combinen y reciclen energía.

La verdad es que el grupo no había comprendido los argumentos de Alistar Cornwell, pero se veía tan seguro de su propuesta, tan decidido, que por primera vez sopesaron la posibilidad de que la idea era buena y quizás deberían darle una oportunidad, estaba poniendo a su alcance la posibilidad de huir de una probable persecución. Sin embargo, ninguno del grupo se atrevía a darle la luz verde.

-Muy bien Stear. Siempre que no me tomes como conejillo de indias para probar la velocidad – Candice le advirtió divertida. Pero se contuvo cuando vio las miradas de los caballeros que aún no emitían palabra alguna.

La sonrisa en el rostro del inventor comenzaba a desaparecer. Nadie podía comprender hasta este momento el infierno que había pasado en el cielo, solo con su aeroplano. Esas imágenes que lo habían obligado a encerrarse en un mundo más rosa, un mundo de recuerdos, un mundo donde el olor a muerte no existía. Un mundo del que deseaba apartar a Candy; esto era por ella y solo por ella. La calefacción era para que estuviese cómoda y la velocidad era para poder escapar en caso de una persecución, todo era para protegerla, para salvaguardarla. La verdad de fondo de su interés, las terribles experiencias bélicas bombardearon la memoria de Stear y su cuerpo se tensó, su semblante cambió. Estaba herido, muy herido, su alma no sería la misma y no deseaba que eso le aconteciera a su querido conejillo de indias. Este plan, esta idea, era su aportación, su agradecimiento por venir por él. Él se aseguraría de que tuviera a su alcance todas las posibilidades de volver a casa.

-¡Vamos Terry! ¿Ya olvidaste lo que hizo con el aeroplano de tu padre? – Candy se tomó el atrevimiento de aferrar los brazos de Terry en sus manos. Lo obligó a mirarla, pero Terry aún estaba sopesando la propuesta y no respondió.

-¡Anthony! – Candy lo miró con desafío –. Todos confiamos en ti en aquél rodeo. Todos te apoyamos y, aunque jamás habías participado en uno, te animamos a hacerlo. Tú sabes muy bien que somos muy capaces de hacer cosas nuevas y diferentes.

-Lo que Alistar propone es una gran idea – Anna, que era muy culta, curiosa e inteligente había leído sobre lo que Alistar comentaba –. Mi hermano compró uno de esos autos que Stear comenta. Es una edición limitada, dijo él, pero también dijo que eran los autos del futuro, me retó a leer los estándares y su funcionamiento – la mirada de Anna se humedeció y al mismo tiempo una sonrisa triste, como la fuerza de un relámpago adornó su rostro y miró al joven inventor –: Alistar, contrario a los caballeros – Anna miró con desafío a Terry y a Anthony, incluso con cierto desdén, como si los estuviese regañando sin palabras, ellos se encogieron de hombros –, yo he comprendido cada palabra de lo que has propuesto, estoy segura de que tus cálculos son correctos, incluso, me atrevo a pensar en los 100 km/hr; mi única pregunta, y perdóname por hacerla: ¿Tienes la habilidad para crearlo? La idea en teoría es maravillosa, pero me preocupa la fase técnica, y no me malinterpretes, no te conozco bien, no quisiera quedarme a medio camino con autos descompuestos. Tú eres muy inteligente, sabes que sería mejor viajar en autos que corren a 50 sin contratiempos, a intentar correr a 95 en autos que fallarán.

-¡Claro que puede hacerlo! – Candy dijo sin vacilar-. Él tiene las habilidades mecánicas más agudas que jamás encontrarás, Anna. ¿Verdad, Terry?

-Sí Anna – después de un pequeño silencio y tras la desafiante mirada de Candy se animó a hablar –. Alistar es el mejor mecánico que he conocido. Me consta. Hizo volar un viejo aeroplano que tuve en el hangar en Escocia y al que nadie había podido arreglar… - el aristócrata no pudo evitar suspirar por aquélla experiencia, miró a Candy y continuó –: Si Candy le da una segunda oportunidad, entonces yo también.

-¡Gracias, Terry! – Anna lo abrazó con adoración y él la recibió agradecido. Los brazos de Anna lo reconfortaban de un sentimiento, de una herida que aunque cicatrizaba, continuaba ahí. Al menos ya casi nunca dolía, pero esta experiencia le revelaba que debía seguir aferrándose a su familia para que sanara por completo.

-¿Anthony, tú qué dices? – Candy se acercó al rubio y él le sonrió. Parecía que veía a aquélla jovencita que solo había besado un par de veces en Lakewood; en aquél momento fueron besos en sus mejillas y de pronto se sintió él también aquél chico atrevido que simplemente la abrazaba sin motivos aparentes y la besaba. La atrajo con la misma dulzura, sin detenerse a pensar que no estaban solos, le sonrió con calidez, la giró para poner la espalda de la joven en su pecho, rodeó con uno sus brazos el cuello de Candy y con el otro brazo rodeó su cintura, recargó su mentón en un hombro, jugueteando con sus rizos y después la besó en la mejilla y también en su oreja. El cálido y húmedo aliento de Anthony penetró por el oído de la chica, la lengua del muchacho le causó un delicado cosquilleo; todo aquello la turbó de tal manera que cada poro de su piel se erizó.

Cuando Anthony terminó de besarla, todos los que los rodeaban estaban sonrojados, pero Candy estaba en el éxtasis total, con una sonrisa enamorada y muy satisfecha, había tenido que sujetarse a los brazos que la rodeaban porque sus rodillas estuvieron a punto de derretirse. Alistar sabía de los arrumacos de la parejita, así que él fue el único que no se sorprendió. Incluso sonrió… Anthony no cambiaba; decidió esperar para que a su primo se le bajara el calor de la cabeza, tuvo que carraspear para sacarlo de la hoguera.

-No soy un caballo – le dijo a Alistar mientras aprisionaba a la joven en sus brazos y sostenía la mirada a su primo – estoy seguro de que harás esos ajustes y que llevaremos ventaja sobre cualquier auto.

Alistar le regresó una sonrisa de complicidad; su primo había hilvanado su plan y su preocupación por Candy. Anthony sabía ya que todo el esfuerzo que Stear hacía era por la rubia. De hecho, todo lo que Alistar había hecho desde que la conoció, en el tiempo que pasaron juntos, había sido solo por ella y ésta, no era la excepción.

Era la tarde del siete de noviembre. El auto se desplazaba con ligereza, afortunadamente las nevadas habían dado una tregua y la nieve era poca, los caminos eran transitables aunque, los paisajes se habían pintado de blanco. Los pinos se elevaban hacia el cielo, como tratando de alcanzarlo, de despojarse del ambiente bélico terrenal en pos de algo más celestial que les reconfortara. Un segundo auto debía ir más adelante, habían salido con media hora de diferencia para no llamar demasiado la atención. Afuera del auto estaba muy frío, pero cierto piloto, un genio en la mecánica y física, había hecho los arreglos para que ambos autos tuviesen un sistema de calefacción muy envidiable para la época.

-Stear, eres un genio – la admiración de Candice era suficiente para hacer sentir al primogénito como si caminara sobre rosas. No necesitaba más.

-Gracias Candy – respondió con nerviosismo.

-¿Puede hacerte una sugerencia? – el tono de la pregunta era más bien de broma. Desde el asiento del piloto, Stear adivinó que Candy tenía su característico gesto de enseñar la lengua.

-¡Por supuesto, la que quieras! – se animó a responder, esperando la cortés queja la joven, que inevitablemente siempre acompañaba el final de sus inventos.

-¡Cuando vendas tu idea y hagas tu propia fortuna, asegúrate antes de que los autos tengan asientos más cómodos y unos buenos resortes, creo que ayer que te ayudaba lo llamaste sistema de suspensión! – la chica se masajeó –según ella, con disimulo–, el trasero.

-A 90 km/hr el auto es más inestable… -Anthony encontró una forma amable de ilustrar lo que Candy estaba comentando –. Aquí atrás me parece como si estuviese llevando a Candy a galope sobre D´Artagnan solo que sin la silla de montar.

Stear encontró una buena broma y a propósito pasó sobre una piedra en el camino, haciendo que Candy y Anthony brincaran en el asiento trasero; sus primos se golpearon la cabeza ligeramente en el capote del auto.

-¡Auch! – se quejaron al unísono. Mientras que Alistar no podía dejar de reír.

-Lo siento Candy – Stear se sonrojó y sonrió mordiéndose su labio.

-No te preocupes – respondió Anthony a su primo –. De hecho, me ha traído recuerdos hermosos – le susurró a Candy al oído.

Por primera vez, se atrevió no solo a besar, sino a mordisquear al el cuello de la joven. Ella, sin experiencia alguna, lanzó un pequeño gemido que sonrojó a los caballeros. Los autos aún no tenían retrovisores así que los rubios podían hacer prácticamente lo que desearan en el asiento trasero del Porsche.

-¡Anthony! – lo retó - ¿Qué le haces a Candy?

-¿Yo? Nada, nada – el oficial se sintió descubierto, era algo que le divertía – solo estaba sobando el golpe en su cabeza ¿Cierto, Candy?

-Ajá – fue lo único que Candy atinó a responder. Aún seguía en las nubes.

Se refugió en el pecho de Anthony totalmente ajena a todo; tenía sentimientos encontrados, le habían dicho que todo deseo sensual era casi diabólico, pero ella no comprendía por qué algo que venía del amor que sentía por Anthony podía ser llamado malo. Ella se sentía feliz, plena y protegida en los brazos que la rodeaban, quería aferrarse a ellos todo el tiempo; no sabía fingir sus sentimientos y además, se sentía tan bien demostrarle a Anthony cuánto lo amaba, y recibir de él las atenciones que le propinaba que le era imposible llamarlo perversión.

Levantó la vista y se encontró con los ojos que la contemplaban con seducción. Bastaba una mirada de sus ojos de cielo para sentirse única y especial. Él no la estaba pasando mejor que ella, quería comérsela a besos, la tenía tan cerca, podía sentir el latir de su corazón bajo las manos que posaba en el pecho de la chica, en el dulce, suave y firme pecho que lo hipnotizaba. Anthony pudo adivinar la excitación en los ojos de la joven; además podía sentir su propia excitación. Con ganas de mandarlo todo al carajo y besarla como si no fuese a haber un mañana. El cielo y las esmeraldas se unieron para declararse cuánto se deseaban, cuánto se amaban, cuánto se habían extrañado y necesitado. Anthony no lo soportó más y besó los labios de Candy, lentamente, sin prisa, mientras que sus varoniles manos la aprisionaron en un abrazo posesivo, como si quisiera fundirse con ella en ese beso. Ella correspondió como su instinto le dictaba, era el despertar de algo nuevo y desconocido que la reclamaba, era un sentimiento viejo que se tornaba en algo nuevo, en algo único que la mareaba. Él, por su parte, deseaba tener cordura, y se decía a sí mismo que se detendría en el siguiente segundo; pero sería en el siguiente, no ahora. En este momento quería más de ella, la amaba, ella era su perfecto complemento. Estar con ella era sentirse vivo. Percibió cómo la respiración de la joven se aceleraba, sintió cómo ella le reclamaba más y él deseaba complacerla. Su respiración se aceleró también, sus manos tuvieron vida propia y acariciaron con veneración el cuerpo de la chica, reconociendo sus suaves curvas. Bailoteó con su lengua dentro de la boca de Candy, masajeó sus labios con delicadeza y percibió cómo ella se esforzaba por brindarle las mismas atenciones, la amó más por eso, prácticamente lo enloqueció.

Sintió un ligero dolor en su entrepierna que lo hizo volver a la realidad. No estaban en el cielo; afortunadamente, Jean, que viajaba en el asiento del copiloto dormía y Alistar era un caballero que esta vez guardó silencio. Anthony nuca fue bueno tampoco para guardarse sus impulsos, siempre había buscado también cualquier contacto físico con ella, desde muy jóvenes. No había encontrado la manera de hacer que su cordura fue mayor a su locura por ella.

Disminuyó el beso y las caricias con toda la fuerza de auto control de la fue capaz. Ella fue reconociendo en la disminución gradual de la pasión que debía también volver a la realidad, se sonrojó cuando por fin sus labios estuvieron separados, cosa que les fue muy difícil lograr y finalmente, él la refugió en su abrazo, ella colocó su mejilla en el pecho de Anthony y se deleitó con el fuerte palpitar de su corazón. Una vez más deseó que pudieran ser viento, y volar a alguna parte.

-Candy, te amo – le susurró Anthony al oído mientras la atraía con mayor fuerza y firmeza hacia él. Como respuesta, ella buscó sus manos y entrelazó las suyas.

Hubo un suspiro de la pareja, se quedaron por un minuto en silencio, con sus pensamientos, con sus memorias, con sus sueños.

-Perdóname, Candy.

-¿Por qué? – ella no entendía nada.

-Por no habértelo dicho antes. Tú fuiste más valiente, me lo confesaste y me hiciste sentir el hombre más afortunado del mundo. Debí también decírtelo.

-Me lo dijiste – ella entrelazó sus dedos mientras levantaba la cabeza para mirarlo nuevamente – me lo dijiste en cada momento; con tus abrazos, con tu apoyo, con tu confianza, con tu protección, con tu preocupación, hasta el momento incluso, en cada dulce Candy que florece me dices que me amas.

Él no sabía cómo acercarla más, la tenía completamente ceñida pero ya no le era suficiente.

-Pero quería que lo escucharas, estaba esperando una ocasión especial; solo no tuve tiempo para hacerlo – el joven se estremeció, de pronto sintió un dulce beso posarse en sus labios, sin intención de transformarse en pasión sino en el más puro consuelo.

-También te amo, Anthony.

-No quiero que vuelva a pasarme lo mismo: No quiero morir sin decirte que te amo.

-No digas eso.

-Mira dónde estamos, Candy. Debo decirlo, debo decirte que te amo y si de verdad es nuestro destino estar separados, será sólo físicamente, porque estaré siempre contigo.

-Basta Anthony – ella puso su dedo índice sobre los labios de Anthony.

Candy no podía percibir que los campos de batallas eran los peores escenarios. Los sobrevivientes debían enfrentarse a una segunda batalla, más cruel, más inhumana: La de sus propias mentes. Anthony también tenía sus propias heridas de guerra. Él era quien ordenaba en la batalla cuerpo a cuerpo, quien seguía las estrategias, el último que se retiraba cuando la batalla había terminado… había herido a muchos hombres y matado a otros cuantos, sus heridas podían palparse quizás por siempre. Se preguntaba si aquél chico dulce de Lakewood podría romper el témpano que su corazón había construido para encerrar esas memorias.

-Anthony, estamos a unos kilómetros de Berlín – Alistar solo hasta entonces se atrevió a abrir la boca, había respetado el silencio.

-Muy bien, déjame el volante – habló tan seguro como le fue posible, sabía que era entonces cuando comenzaba el verdadero peligro.

El auto se detuvo y los lugares se cambiaron. Ahora Stear y Jean estaban en el asiento trasero. El piloto se sintió aliviado; al menos podría descansar de las intensas demostraciones de amor entre Candy y Anthony. El auto continuo su ruta de oriente a poniente, pero cuando fueron capaces de vislumbrar la ciudad de Berlín, Anthony viró por un camino rural para entrar a la ciudad por el norte. Sólo alguien familiarizado con esos terrenos podría haber encontrado tal camino, era muy solitario, pero habían decidido partir muy temprano esa mañana, y con los arreglos del automóvil, los 272 kilómetros entre Poznan y Berlín fueron recorridos en poco más de tres horas, no había sido necesario llevar el auto a los 100 km/hr.

Siguieron el río Spree hasta entrar a la ciudad.

El espectáculo era conmovedor. Anthony les había advertido sobre la cantidad de pandillas de jóvenes que proliferaban en la ciudad a causa de la orfandad, pero Candy jamás se imaginó que pudiese llegar a ese extremo. La prostitución era parte del cuadro; muchas mujeres habían tenido que acudir a la profesión más vieja en busca de alimento para ellas y para sus familias. Las enfermedades venéreas estaban a la orden del día incluso entre las amas de casa pues algunas habían buscado satisfacer sus necesidades sexuales fuera de las paredes de su hogar, porque finalmente su lecho estaba vacío; además esta generación padecía muchas enfermedades a causa de la debilidad de sus cuerpos por la escasez de alimentos, los alemanes no habían estado tan débiles desde la hambruna de 1846. Esa generación creció muy por debajo de la media histórica de su pueblo. Pero eso sí: la vida nocturna de Berlín era tan ajetreada que era visitada por muchos foráneos. Conseguir alimentos y combustible era cosa difícil.

Los dos autos que entraban a la ciudad tan solo fueron respetados porque Anthony se había atrevido a portar de nuevo su uniforme militar. En cuanto miraban al Overstabsfeldwebel los civiles ni siquiera intentaban planear el robo del combustible y mucho menos, asaltarlos. Candy incluso insistió en coser la Cruz de Hierro para que quedara perfecta nuevamente.

Stear y Jean se compenetraron con el hambre que descubrieron en los ojos curiosos que los miraban pasar. Anthony tuvo mucho cuidado de actuar con naturalidad. Se habían reunido en las riveras del Spreed con el auto de Cole, Terry y Anna. Pero a partir de este punto Cole se separó del grupo y Jean se unió a Terry y Anna.

Anna también hablaba Alemán con fluidez, habían decidido que fuese ella quien condujera el auto detrás de Anthony para darle mayor credibilidad, ya que eran las mujeres las que hacían las veces de chofer. Anthony los condujo hasta el destino que Cole le había indicado, el lugar donde se verían con los contactos de la célula de Miss Cavell: El popular Kaffee Winzer, que era frecuentado por la clase alta de Berlín. Afortunadamente, en esta época, la clase alta era escasa y el café estaba casi vacío.

Cole había adquirido la mejor ropa a la que tuvo alcance para su comitiva. Lo último que deseaban era dar una imagen de forajidos. Del par de autos bajaron dos parejas enamoradas, lo cual no fue nada difícil de aparentar, acompañados con dos hombres de porte elegante y con clase.

Todos en el café miraron a los recién llegados. Las chicas que los acompañaban eran muy afortunadas al ir de la mano de hombres tan guapos. Terry, como buen actor, era capaz de imitar a la perfección el acento alemán, Anna había pasado muchas vacaciones en Berlín durante su infancia y juventud así que también imitaba el acento y Anthony definitivamente no tenía problema alguno. Entraron con seguridad al café, como si hacerlo fuese lo más natural de su vida y se sentaron en unas mesas justo al centro del lugar para no levantar sospechas.

Algunos minutos después Cole entró, tan elegante como sus predecesores, miró con detenimiento el lugar, su mirada recorrió cada rostro, fingió indiferencia por el grupo de la mesa central, hasta que sus ojos se cruzaron con los de cierto caballero acompañado también por una dama en una mesa del rincón. Terry lo reconoció de inmediato, era el mismo hombre que había hecho los arreglos de sus papeles falsos cuando viajaba hacia Poznan.

-Son muchos, Cole – se quejó el hombre.

-Habías dicho que eran solo dos mujeres más cuando te dimos los papeles del hombre.

-Cambio de planes – Cole encendió un cigarrillo y lo miró con suficiencia.

-Será más difícil, lo sabes.

-Lo sabemos, pero pagaremos muy bien.

-Sabes que Miss Cavell no lo hace por dinero. Ella es una dama altruista. Jamás ha cobrado por lo que hacemos.

-Lo sé, no te molestes, pero sin duda, el dinero le vendrá muy bien para ayudar a más aliados. Tómalo como una donación a la causa –. Dile que una de ellas está embarazada, que es médico y dile que la otra también es enfermera. Seguro que ella querrá ayudarlas.

-Seguro. De hecho, desde que me pediste los documentos están listos – el hombre sacó con disimulo un par de pasaportes y Cole los escondió en su abrigo sin mirarlos – pero los de los otros tres…

-No. Tres, no: Sólo dos.

-Yo veo tres.

-Uno de ellos tiene documentos – Cole le miró desafiante, diciendo con sus ojos que no hiciera más preguntas.

-Entonces serán solo dos más, para dos caballeros.

-Así es – Cole exhaló humo del cigarrillo antes de preguntar - ¿hay un lugar listo para hospedarnos?

-Sí, pero estarán muy incómodos.

-No importa. De hecho, yo iré a visitar a cierta amiga esta noche, no necesitaré hospedaje – Cole se atrevió a sonreír con picardía y recibió la misma respuesta – quizás ese par de caballeros incluso también quiera conocer a alguna amiga.

-Llegaron temprano, tendré los documentos mañana, antes del anochecer -puntualizó como si no hubiese escuchado los planes de Cole. No le interesaban en lo más mínimo.

-¿Estás seguro? – Cole estaba asombrado de la organización de la célula.

-Sí, las cosas se están poniendo peligrosas, no podemos esperar más. Ayer el SPD pidió a Guillermo que abdicara.

-¿Y qué piensas?

El hombre negó con la cabeza mientras miraba el cenicero en el centro.

-Las cosas no están bien para Guillermo. Hizo una encuesta en el frente para saber quiénes están dispuestos a seguir obedeciendo órdenes y se dice que al menos treinta y nueve de sus comandantes se negaron a seguir obedeciendo. Treinta y nueve es casi la totalidad. Ya todos suplican porque la guerra se termine. Guillermo no imaginaba que su popularidad hubiese disminuido tanto – el hombre miró con seriedad a Cole –. Ustedes tienen dos opciones: O se largan de Alemania ya mismo, o permanecen hasta el armisticio.

-Viajaremos a Bruselas para encontrarnos con Miss Cavell.

-Sí. Mañana no hay salidas a Bruselas en el tren de nuestra gente, pero el día nueve, seguro puedo acomodarlos.

-Hemos traído un par de buenos autos – Cole estaba entusiasmado con la idea de volver a manejar el auto, él sí había corrido el auto a 100 km/hr sólo por el placer de hacerlo y aún podía sentir la adrenalina recorriendo su cuerpo.

-No conseguirán combustible suficiente – el hombre se aseguró que su voz fuera apenas perceptible – ni siquiera en el mercado negro. Nadie te lo venderá. El poco combustible que tenemos lo maneja el ejército. Viajarán en tren, ahí tenemos gente. Irán más cómodos y seguros porque solo es una revisión y también tenemos gente en ese punto. Con tu generosa donación puedo conseguirte buenos boletos. Además, no te confíes, el camino que recorriste desde Poznan seguramente lo encontraste sin vigilancia; te aseguro que los 764 kilómetros a Bruselas son todo lo contrario; están completamente vigilados, es la ruta de escape por excelencia.

-Entonces te dejaremos los autos.

-No es necesario.

-Créeme, son fuera de serie. Alcanzan los 100 km/hr – presumió como si él los hubiese diseñado.

-No quieras tomarme el pelo, Cole.

-Nunca – la seriedad de la respuesta sorprendió al hombre. Una aceptación muda se percibió en su gesto.

En la mesa del centro del café Anthony leía un diario fingiendo indiferencia, una noticia en especial erizó su piel. Sus emociones estaban al máximo, hizo un gran esfuerzo por mantener la compostura: Al siguiente día llegaría a la ciudad el Cuarto Regimiento de Tiradores de Naumburgo; había sido convocado por Baden para apaciguar las supuestas próximas manifestaciones obreras y sociales en contra del imperio. Estaba tan absorto, pensando en la posibilidad de abrazar a Friedrich y despedirse antes de salir del país que no percibió la mirada de un hombre celoso que lo contemplaba desde la acera de enfrente a través de un gran ventanal.

Hans tenía un extraño brillo en sus ojos, ya se había atrevido a matar a sangre fría solo por ella, ¿Por qué no hacerlo otra vez? Él había dado por terminado aquél asunto y había viajado a Berlín, pero la casualidad hoy lo ponía frente a ella nuevamente, quizás esa era una señal. Si la vida se empeñaba en que sus caminos se cruzaran, quizás era por algo. Quizás sí: Ella estaba destinada para él, pero primero tenía que quitar de en medio a cierto oficial. Acarició su arma y sonrió decidido: ella no se separaría de él, la vida lo había dictado así.