HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 17

El frío de la muerte.

Alemania tenía deudas de guerra que no terminaría de saldar definitivamente antes del 2010. El sistema vigente era amenazado por la posible economía de guerra que entraría en vigor. Desgraciadamente, no había suficiente abastecimiento de los alimentos básicos porque la actividad agropecuaria tuvo un fuerte descenso; lo que Cole y Jean vieron en los rostros de quienes encontraban en las calles era hambre y mucha determinación para encontrar alimento a toda costa. Algunos les miraban con desconfianza, otros como depredadores, otros como presas posibles, otros más como su posibilidad de la noche para adueñarse de una cartera, de unas buenas botas o un buen abrigo.

Alistar había declinado la invitación de Cole. Mientras que Jean la había encontrado desafiante. No lo pensó dos veces antes de aceptar la idea. No sabía si en realidad quería estar con una mujer, pero lo decidiría una vez que tuviese que hacerlo; por lo pronto, le haría compañía a Cole.

Las prostitutas inundaron Picadilly mientras que el ruido y bullicio de los teatros se fue apoderando de las calles. La noche era aún más fría que la tarde, sin duda, los intereses seductores de Cole eran comprensibles; ¿quién deseaba pasar frío, después de todo?

-Estoy seguro de habrá una chica para ti – había prometido Cole. Y no estaba equivocado, los caballeros bajaron la guardia y se introdujeron en el mundo más bajo.

Para Cole no era un mundo ajeno, se movía en él con facilidad; tenía que hacerlo porque así se ganaba la vida: con sus contactos, en el mercado negro. Aunque, había tenido que convencer a Jean de hacerse pasar por mudo para que nadie reconociera su cuna francesa a través de su acento y muriera al instante.

-Un francés escabulléndose en la vida nocturna de los germanos. Creo que somos un par de idiotas – Jean solo había podido sonreír, aunque con nerviosismo, con un extraño presentimiento.

Un burdel disfrazado de bar abrió las puertas al par de desconocidos. No era extraño que llegaran forasteros a participar de la vida nocturna, así que Cole y Jean se confundieron entre ellos con facilidad. Cole y Jean se abrieron paso entre los tirones que algunos hacían a sus abrigos para extenderles la mano pidiendo unas monedas. El humo de cigarros era infaltable en el pianista que interpretaba una extraña canción de dolor.

Había una mesa pequeña y sucia en el fondo del lugar y hasta ahí los condujo una mesera que no dejaba de sonreír de manera sugestiva a los recién llegados. Unos minutos después la misma mesera puso sobre la mesa un par de tarros de cerveza y pasados unos minutos más Cole se divertía en uno de los cuartuchos con la mujer.

Jean esperó en la mesa con paciencia. De vez en cuando sonreía imaginando lo bien que la debería estar pasando su guía, se mantenía al margen del barullo, sin mezclarse, solo observando desde su mesa. En un momento dado, le pareció sospechosa la actitud de un hombre que descubrió girarse cuando su mirada estaba a punto de encontrase con la de él, pero las dudas se disiparon cuando un grupo de hombres llegaron a hacerle compañía y comenzaron a departir.

Esa fue una noche muy turbia; y por supuesto, no podía ser de otra manera.

Era la madrugada cuando abandonaron el lugar, Jean llevaba el alcohol en la cabeza y Cole prácticamente debía cargarlo. La calle estaba solitaria, las farolas no lograban alumbrar toda la calle porque algunas estaban en pésimas condiciones; solo una aquí y allá estaba encendida y su luz irradiando permitía contemplar la lluvia de pluma de gato que hacía unas horas había comenzado; pero la tal luz no era suficiente para garantizar la seguridad de la ciudad. La tarea de Cole era difícil, aunque el piloto no era muy alto y estaba delgado no hacía nada por sostenerse por sí mismo y eso dificultaba su andar. Después de tanto tiempo sin haber probado una sola gota de alcohol, era obvio que el piloto no hubiese tenido mucha resistencia.

En esas dificultades los encontró un grupo de hombres amparados entre las sombras. Uno de ellos, el líder a simple vista, cubría la mitad de su rostro con el cuello alzado de su gabardina; seguramente la habría robado a algún desventurado pues era bastantes tallas más grande de lo necesario. Tenía en sus ojos el preludio fúnebre indeseado; esto era divertido para el hombre: Sobrevivir a la guerra y encontrar la muerte justo cuando está por terminar.

Cole contempló al grupo, clavó sus ojos en el líder y por su espalda un frío se apoderó de él. Era el frío que anuncia la muerte, la tumba; él lo supo en ese instante, pero Jean estaba demasiado ebrio para reconocerlo.

-Hans – murmuró Cole entre dientes.

Cole y Jean no volvieron en toda la noche. Quizás si Anthony, Stear y Terrence se hubiesen enterado que dos desconocidos habían amanecido muertos afuera de un bar de quinta el grupo se habría preocupado y habría estado alerta, pero esos desconocidos solo fueron dos cifras más de la larga lista de asaltos incrementados a causa de la falta de alimentos. O por lo menos así fue como se declaró semejante crimen. Algunos testigos dijeron que fueron varios quienes participaron, pero que uno en especial les había prometido comida para sus familias y combustible para calentar sus hogares antes del atraco. El crimen sería recordado por mucho tiempo, había sido con saña, casi sádico.

-Uno de nosotros debe recoger los documentos – la hora había llegado. Terry ya no podría esperar más; sonaba preocupado, pero decidido.

-¿Qué pudo haberles sucedido? ¿Acaso nadie pensará primero en ellos y después en los documentos? – Candice se sentía temerosa, sin embargo había descargado un reproche.

-¡Por supuesto que estamos preocupados! ¡Pero debemos ser realistas! Las calles de Berlín no son seguras y los lugares que Cole insistió en visitar son los más peligrosos de la ciudad – Candy ya no podía recordar cuándo había sido la última vez que Terry le había hablado en ese tono, pero lo reconocía: Había mucha preocupación disfrazada de enojo.

-Candy, Terry tiene razón. Hasta ahora Cole no nos ha dado motivos para pensar que pudiera abandonarnos; algo grave debió sucederles – había una sombra de tristeza en los ojos de Stear que la miraban profundamente – Jean era mi amigo, y por supuesto que me preocupa no saber nada de él pero ya no podemos seguir esperando. Terry tiene razón.

-Vayamos por los documentos – Anthony estaba de acuerdo con la decisión, era lo mejor.

-No – Terry tenía un plan –. Debo ir yo; estoy seguro que el hombre ya me identifica. Stear irá conmigo. Será mejor que cuides de Anna y Candy, ellas deben permanecer seguras.

Anthony analizó en un segundo el plan de Terry y supo que era lo mejor. Lo ideal era que las chicas no se expusieran y no podían quedarse solas.

Terrence besó a Anna con ternura, tenía miedo, había un presentimiento que le alteraba pero trataba de mantener la compostura. Le sonrió con adoración, era tan difícil apartarse de sus brazos. A Anna le parecía que en ocasiones su esposo era un poco infantil porque sus ojos se iluminaban como los de un chiquillo, sobre todo, cuando se dirigían hacia ella.

Después de un segundo beso logró apartarse de ella:

-Me respondes con tu vida, Zombie – le advirtió a Anthony antes de marcharse.

Stear se despidió también con una mueca que jamás logró convertirse en sonrisa y salió del lugar tras el aristócrata.

Anna se acercó a la puerta para deleitarse con la gallarda figura de su esposo mientras se alejaba. La ropa que habían conseguido le hacía justicia, lucía muy guapo y muy imponente. Se recargó en la puerta abierta de la casucha hasta que ya no pudo contemplarlo más, suspiró con preocupación elevando una plegaria para que pudiese volver sin contratiempos.

-Anna, será mejor que cierres la puerta, verás que todo estará bien. Te vas a resfriar – le advirtió Candy.

-Sí – fue la única respuesta antes de comenzar a cerrar la puerta lentamente. Se sentía muy triste, ausente, siempre se le complicaba despedirse de Terry.

Una bota fuerte, del uniforme del ejército se interpuso en el camino de la puerta: Evitó que se cerrara por completo. Era la figura alta y decidida de Hans. Era diferente, había algo en su mirada que lo convertía en un desconocido. Estaba fuera de sí, desquiciado. Con ojos desorbitados y vacíos.

La joven galena no tuvo tiempo de decir nada, ni siquiera una pequeña exclamación. Tan pronto como reconoció al recién llegado, sintió el frío de una daga en su cuello. La hoja era fina y sólida, tuvo miedo de hacer cualquier movimiento. Su tez se puso pálida, sus brazos se volvieron plomo, no le respondían. Sus ojos suplicaban por auxilio pero su voz estaba ausente, había huido a algún rincón de su mente y ella no era capaz de hacer la conexión para expresarla. Sintió que las fuerzas de sus piernas también la abandonaban, temió por su hijo, sobre todo por su hijo.

-No dudaré en atravesar su cuello – advirtió Hans a los dos únicos testigos de tan cobarde escena.

El hombre, alto y fuerte, con entrenamiento militar sometió a la Duquesa de Grandchester con suma facilidad. De su bolsillo sacó un sucio pañuelo y lo arrojó a Anthony.

-Amordaza a Candy – ordenó con firmeza.

Anthony titubeó, estaba preocupado. Vaya tarea la que le habían encomendado.

-De acuerdo, lo haré, solo tranquilízate, Hans – Anthony se disculpó con Candy por lo que debía hacer, pero ella comprendía la situación.

-Haremos lo que digas, Hans – dijo antes de ser amordazada – pero no la lastimes.

-Candy, Candy – se mofó – siempre pensando en otros antes que en ti. ¿No te das cuenta que todo esto es por ti? Ya verás todas las cosas bellas que te mostraré cuando seas mía – una mirada lasciva se paseó por las curvas de la chica, ella se sintió desnuda ante el escrutinio de la sucia mirada de Hans.

La chica no supo que responder. La tomó por sorpresa y Hans aprovechó para reiterar su orden.

-Amordázala –.

Mientras Anthony amordazaba a Candy, Hans le lanzó unas vendas y obligó al rubio para que amarrara a Candy de sus manos.

Anna se había mantenido entera, valiente y fuerte, pero justo en ese momento un gemido salió de su garganta como protesta al filo de la daga.

Dentro de su locura, Hans no quería lastimar a Anna, se frustró y caminó con ella como escudo hasta encerrarla en el ujier; estaba mal, no pensaba con coherencia, mucho menos con inteligencia. Era torpe en sus decisiones.

-He venido por Candy, tú puedes quedarte aquí – se burló.

Mientras encerraba a la Duquesa, Anthony tomó la oportunidad para cambiar los papeles.

Se acercó a él una vez que Anna estuvo a salvo y lo tomó por la espalda, sus manos fuertes se posaron en los hombros de Hans con determinación y entonces lo separó del cerrojo que apenas había cerrado con nerviosismo, con sus manos temblorosas. Pero no sería tan fácil, Hans había sido el hombre de confianza de Kiel y para tener esa posición debió haber tenido cierto entrenamiento exigente.

-Cole y Jean no pudieron conmigo – se vanaglorió en tono de advertencia con una sonrisa descarada.

Anthony sintió que la sangre hervía dentro de él y lo golpeó repetidamente tan fuerte como pudo. Un puño tras otros se clavó en el estómago del indeseable visitante hasta que lo hubo derribado. La daga cayó al piso dejando a Hans a merced de la furia de Anthony. El oficial continuó castigando tal atrevimiento. Lo golpeó con tal poder que en un momento, el cuerpo cansado y aturdido de Hans cayó al piso y aún en tal estado, Anthony no dejó de golpearlo.

Hans se colocó en posición fetal, Anthony estaba furioso; el cuerpo de Hans dio cuenta de la fuerza de las piernas del oficial militar, en cada contacto se desplazaba un poco y Anthony lo castigó tantas veces que lo acercó lo suficiente a la daga como para que Hans la tomara nuevamente y la ocultara; Anthony lo pateaba con tal rapidez que Hans no lo soportó más y comenzó a suplicar misericordia mientras se protegía con una mano el estómago y con la otra la cabeza.

-¡Ya basta! ¡Por favor! – esa voz era apenas audible, Anthony no podía controlarse. Este hombre había amenazado lo que él más amaba.

Como única respuesta, solamente venían más y más golpes hacia el soldado. Anthony se había transfigurado. Candy ya no tenía frente a ella a su ángel de luz sino a un ángel realmente justiciero, vengador más bien.

-¡Lo siento! ¡Jamás le haría daño! – de alguna parte del cuerpo de Hans surgió un hilo de voz.

Por un momento el oficial se detuvo, estaba agitado por el esfuerzo, su cejo estaba fruncido y su corazón bombeaba sangre con rapidez, su rapidez era agitada y todo su cuerpo gritaba la más firme determinación de acabar con cualquiera que pudiese en peligro la vida de Candy. Miró el estado deplorable en que se encontraba su enemigo y se sintió satisfecho; quería sacar la basura lo más pronto posible, ya no soportaba tenerlo frente a él. ¿Por qué, a pesar de las señales, no fue capaz de vislumbrar la verdadera cara de Hans? Solo alguien desquiciado era capaz de asesinar a sangre fría ¿Cómo es que no se dio cuenta de eso?

Anthony continuaba de pie frente a él. Como un gladiador romano indignado por tan débil contrincante. Su respiración comenzaba a regularse, estaba despeinado, sus ojos que habían sido fuego abrasador se tranquilizaron, sus puños que estaban cerrados disminuyeron su presión y sus hombros se relajaron ligeramente; aún conservaba su alerta por si debía continuar con la pelea; pero los gemidos de súplica de Hans fueron ganando terreno, se abrieron paso entre la tribulación.

Sin perder su postura erguida lo miró con desdén y lo levantó como un trapo viejo dispuesto a regresarlo a la calle. Anthony lo tomó de la solapa sin desviar su mirada nuevamente amenazante de ese hombre. Estaban muy cerca, él podía percibir su aliento. Seguramente habría estado bebiendo, consiguiendo alcohol en el mercado negro, planeando su golpe, buscando valor para hacer semejante bajeza. Caminó unos pasos mientras lo empujaba; no se sorprendió de encontrar resistencia en Hans, pero no le dio demasiada importancia, con unos empujones más lograría sacarlo de la casa.

De pronto sintió una daga cortar su brazo, Hans se las había arreglado para volver a la pelea. Había fingido su arrepentimiento y ahora lo hería a traición. No tuvo otro remedio que liberarlo y ponerse en guardia una vez más, con su brazo lastimado. Esta vez el soldado se le vino encima, se sintió poderoso e intentó castigar a su oponente. Anthony atacó, estaba dispuesto a morir por la seguridad de Candy y Anna.

Sin que lo percibieran, Candy había logrado ponerse de pie. Intentó detener la pelea pero con su boca amordazada era imposible gritar; cuando vio la oportunidad, se interpuso entre Hans y Anthony y la daga que apuntaba el soldado una vez más, encontró refugio en la espalda alta de la chica. Candy cayó en los brazos de Anthony; él la recibió con dulzura, su comportamiento cambió en un instante; se olvidó de Hans, solo podía pensar en ella. Anthony estaba de pie frente a Hans, con el cuerpo de Candy recargado en su pecho. Hans aprovechó la oportunidad para tomar el arma que guardaba y disparar al Overstabsfeldwebel.

La antesala de la muerte es fría. El clima helado se posó en la piel; en cada uno de sus poros. Su transpiración era gélida. La noche, más negra que nunca. Estaba obscuro, con una negrura fuera de lo común: penetrante, casi palpable.

Anthony reunió toda su fuerza para evitar que Candy cayera al piso, se esforzó en mantener sus brazos firmes para que ella se deslizara con lentitud hasta el piso, sin golpearse. Después se llevó una de sus manos a su costado herido y la contempló preocupado; estaba llena de sangre. Era de un rojo exquisito. Esta no era la primera herida de bala que tenía, aún estaba erguido, quizás la herida no era tan grave. Hans se acercó y lo golpeó con fuerza justo en el oído, provocando que su sistema de equilibrio fallara y el oficial cayera. No temía a la muerte, pero temía por ella, ese fue su último pensamiento antes de desvanecerse: Ella.

Candice yacía herida también a su lado. Ella estaba lúcida, respirando con dificultad, desesperada por no poder gritar, tenía que llamarlo, debía hacer que permaneciera a su lado. Sentía la muerte rondando cerca de ella, sentía el frío apoderarse de su cuerpo, cada vez más fuerte, cada vez más implacable. Lo miró caer, con sus ojos mostrándole el cielo, como si quisiera guardarse para sí una última fotografía de la rubia de ojos verdes.

Ella apretó su mordaza. Sufría en cuerpo y alma literalmente. Le era imposible pronunciar palabra alguna, aunque por dentro estaba gritando desesperada.

-Anthony – murmuró dentro de sí mientras alcanzaba la mano del oficial y cerraba sus ojos.

Anna estaba desolada dentro de su diminuta y obscura cárcel. No tenía idea de si el celador continuaba en casa. Ya habían pasado mucho tiempo desde que no escuchaba nada. No se atrevía a gritar tampoco pues temía que Hans siguiera ahí. No quería enfadarlo.

La joven lloraba en silencio. Jamás se había sentido tan sola, tan abandonada. Cuando era pequeña solía jugar al escondite con su padre; ella siempre elegía su closet, era su lugar secreto, aunque su padre siempre la encontraba. Sin embargo, imaginar que su padre abriría esa puerta no era el consuelo suficiente para el temeroso corazón. Estaba en el suelo, abrazando sus piernas, con su rostro escondido entre sus rodillas, sollozando porque ni siquiera se atrevía a hacer cualquier ruido, por pequeño e insignificante que pareciese. Esta vez estar dentro del clóset la asustaba mucho. Estaba fría, temblando, deseando que todo fuese una pesadilla.

Cuando Terry y Stear regresaron no comprendieron la escena que tenían frente a sus ojos: Anthony en un charco de sangre boca abajo y Candy a su lado, con sus manos unidas. Candy con una daga en su espalda alta, cerca del hombro derecho.

-¡Candy! – Terry se arrodilló; su corazón de destrozó en mil pedacitos, no estaba listo para que Candy no estuviera en su vida. Creyó que era arrebatado por un torbellino; para su sorpresa, la joven abrió los ojos pesadamente. De inmediato Terry se dio a la tarea de quitar la mordaza de la rubia. Quería saberlo todo, quería interrogarla, pero no estaba seguro si sería prudente.

-Estoy bien Terry – le aseguró con la voz débil –. Mi corazón late a buen ritmo y la daga en mi hombro está impidiendo que pierda sangre, mi presión está un poco baja.

La pecosa sorprendió a Terrence. Ahora era una enfermera de guerra tratando de ser fría, se estaba auto diagnosticando y deseaba mantenerse entera.

-¿Anthony? – Terry preguntó a Stear. Estaba muy preocupado, si Anthony no sobrevivía, quizás la pecosa no querría seguir luchando.

-Está vivo, tiene signos vitales muy débiles – Alistar se estaba quitando la camisa para evitar que su primo continuara perdiendo sangre, se sentía muy consternado, todo estaba tomando un giro demasiado inesperado.

-Anthony está muy mal, pero es fuerte, sus signos no han descendido a prisa, el pulso en su mano se ha mantenido constante. He contado cada una de sus pulsaciones por minuto.

-¿Anna? – Terry empezó a levantar la voz, no se atrevía a dejar a Candy en el piso pero de pronto un miedo inimaginable se apoderó de él.

-Ella está bien – Candy señaló con sus ojos hacia la puerta detrás de la cual estaría la médico.

Candy notó cómo los hombros de Terry se relajaron. Había temido por su esposa, pero trató de mantenerlo en secreto para no poner más peso sobre la atribulada joven.

En unos segundos Anna estaba atendiendo a Candy y Anthony.

Retiró la daga con mucho cuidando, lo hizo con cierta confianza, estaba clavada en el hombro y afortunadamente no había tocado el pulmón, se aseguró de que la hemorragia se detuviera con la ayuda de vendas, pero sabía que eso no sería suficiente.

El estado de Anthony era más crítico, pero no por la herida de la bala, sino por la cantidad de sangre que había perdido.

-No puedo ayudarlos más, no tengo el equipo, ni las herramientas, no tengo los medios – ella bajó los ojos hacia el piso, como si estuviese avergonzada.

-Anna, no es tu culpa, buscaremos la manera – su esposo la tomó en sus brazos y le permitió llorar un poco.

-¿Qué necesitas? – Alistar estaba dispuesto a arriesgarse.

-Antibiótico, pero es muy difícil de encontrar, solo el ejército tiene acceso.

-¿Antibiótico? – repitió el piloto, como si al repetirlo pudiese tener el libro acceso.

-Stear – Candy estaba muy débil ya.

-No hables por favor, te prometo que conseguiremos el antibiótico.

-Sí… Stear.

-Por favor, ya no hables.

-Stear…

-Ya, descansa – el piloto no lo soportó más, estaba a punto de quebrarse pero ella no se lo permitió.

-Su hermano… - dijo débilmente, y por primera vez captó la atención de su primo – hoy llegaría a la ciudad…

-¡Cierto! Su regimiento debe estar ya en Berlín – la mirada del piloto brilló con esperanza. Incluso una leve sonrisa adornó su rostro.

-Iré yo, Alistar – Terrence ya estaba prácticamente en la puerta –. Asegúrense.

-¡Pero Terry! – protestó Stear - ¡Son mis primos, yo debería hacerlo!

-Pero yo tengo práctica en escabullirme – le sonrió, aunque fue una sonrisa triste.

La gallarda y determinada figura de Terrence Grandchester se detuvo frente al edificio del SPD. Se había desplazado con rapidez al Ayuntamiento, donde el cuarto regimiento de tiradores se había acuartelado desde esta mañana, según sus indagaciones. Entonces vio salir una pequeña delegación, con actitud seria; los siguió por instinto y los vio entrar al edificio que ahora mismo tenía frente a él.

Sacó un cigarrillo y lo encendió para disimular. Tomó una actitud despreocupada haciendo gala de sus dotes actorales, por algo había sido el actor más aclamado de Brodway. Estaba seguro que había escuchado que uno de los hombres que conformaban la delegación era Friedrich Kurzbach. Sí, no podía haberse equivocado, cuando el auto abandonó el cuartel, el soldado vigilante que tomó los datos de los pasajeros leyó su nombre en voz alta: Friedrich Kurzbach. Terry no podía creer su suerte. Detuvo un taxi y le pidió que lo siguiera, obviamente, había tenido que darle una buena propina.

La delegación estaba pidiendo explicaciones de sus órdenes. Baden, siempre fiel al imperio los había hecho venir para apaciguar las posibles rebeliones programadas para ese día: 8 de noviembre. Sin embargo, en esta reunión con el SPD, los tiradores fueron convencidos de apoyar la causa de rebelión. Los delegados del regimiento de tiradores abandonaron el lugar con la firme convicción de no disparar contra sus hermanos.

Un niño, a quien Terry había contratado esperaba impaciente por la salida de los delegados; tan pronto los vio preguntó con inocencia por Friedrich Kurzbach. En cuanto identificó al oficial puso en sus manos una pequeña hoja de papel cuidadosamente doblada y corrió apretando la moneda que le llevaría a su madre, sin mayor explicación, sólo una sonrisa única en su rostro.

Friedrich leyó la nota con disimulo, había escuchado que su hermano había sido secuestrado por un piloto francés en Poznan, eso se le había hecho divertido hasta cierto punto. ¿Debería confiar en lo que esta nota decía? No podía irse sin averiguarlo.

-Los veré en el Ayuntamiento – dijo sin más explicaciones mientras se dirigía con paso firme hacia el hombre elegante que fumaba del otro lado de la calle.

Malinalli, 25 septiembre 2016.