HERIDAS DE GUERRA

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.

Capítulo 18

Cese al fuego

Fue durante la cacería del clan en Escocia en una tarde de verano, en un campo de brezos con color rosa púrpura. El sol estaba frente a ellos, podía sentir su piel tibia. La había separado traviesamente del resto de la familia y ahora cabalgaban juntos sobre D´Artagnan, así la prefería, cerca, muy cerca; percibiendo el perfume de su pelo cosquilleando en su nariz, respirando sobre su cuello, mordisqueando sus oídos, musitando palabras seductoras y lo mejor de todo: sintiendo la suave piel de la chica erizarse con sus atrevimientos.

Se sentía feliz, pleno, casi en éxtasis.

Era un chico alegre, sentía gozo, todo en la vida estaba en su lugar. Llevaba la yegua de Candy por la rienda y la hizo cabalgar al lado de ellos. Sí: mil veces prefería cabalgar con ella.

Sus fuertes brazos la rodeaban mientras sujetaba las riendas de ambos caballos, podía guiarlos con facilidad, era un jinete fuerte, joven, varonil. Ella no podía estar más enamorada, confiaba en él, en sus destrezas; no había un lugar más seguro que el pecho de Anthony, ni había tampoco una melodía más seductora que el latir de su corazón invadiendo los sentidos de la joven.

Sintieron el viento jugueteando en sus rostros energizando sus sentidos, vigorizando sus cuerpos por el limpio oxígeno que respiraban. El lienzo de los colores del atardecer comenzaba a mostrarse en tonos naranjas y violáceos.

Llevó al galope a los equinos, ella reía franca y abiertamente, su sonido era musical, lo excitaba. Ella era la persona idónea para compartir su felicidad. Encajaba perfecto en sus sueños. Era casi el final del verano, los brezos habían crecido mucho este año, la alfombra compuesta de arbustos debía tener una altura de 50 centímetros. No había espacio entre los arbustos, en el horizonte solo se percibía una alfombra y nada más.

Llegaron a una colina y Anthony se bajó para después ayudar a su chica a bajar del caballo. D´Artagnan era un equino muy alto, justo para su jinete, la joven se sintió agradecida de los brazos dispuestos para ella. Nada como reflejarse en sus ojos que hoy eran un cielo apacible y brillante. Anthony sujetó las riendas de los caballos en la rama de un árbol y sin preámbulo alguno levantó el rostro de la chica para que lo mirara nuevamente, esas esmeraldas eran su vida misma.

Deseaba que ella lo viera aproximarse, como un depredador que quiere acabar con su presa. Habían iniciado en paseo sin deseo de participar en la cacería, así que este año, el zorro más grande podría sentirse tranquilo: Anthony Brown había sido cazado.

Tenerla tan cerca, sintiendo la tibieza de su cuerpo lo había llevado a encender su deseo por esa mujer. La besó apasionado, sin decir nada, sus manos hablaban, sus besos decían, no… sus besos gritaban, clamaban su necesidad de ella.

Ella no se sintió incómoda sino agradecida. Anthony la conocía muy bien. Seguramente había adivinado el intenso deseo que tenía de sentirse amada, deseada, de ser seducida, de ser arrebatada a la gloria misma. Llevó sus manos hasta el cuello de quien la clamaba para sí, sintió sus labios apoderarse de los de ella y los recibió casi con júbilo. Ella abrió su boca para que él pudiera explorarla cuanto quisiera. Lo adoraba, él podía hacer con ella lo que deseara.

Por su parte, Anthony disfrutaba de la confianza que ella depositaba en él. Se sentía privilegiado de que las suaves manos que se posaban en su cuerpo como mariposas fueran precisamente las manos de quien lo enloquecía. Adoraba todo de ella, adoraba a la niña traviesa, a la enfermera profesional, a la hermana sacrificada, a la amiga incondicional y aún más: A la mujer seductora que le había permitido conocer. Desde pequeño imaginaba que esta jovencita era sumamente apasionada y él ya lo había comprobado, pero no sabía si esta vez se permitirían hacer caso omiso de los límites. Se preguntaba si Beatriz lo conduciría esta vez a la Cuenca de la Cándida Rosa; Alighieri no había estado tan errado, una mujer puede llevarte a ver a Dios.

Las manos de la pareja se confundían, los labios estaban sellados en uno solo, sus lenguas bailoteaban en una danza seductora y apasionada. Se arrancaron gemidos de placer mutuo. Disfrutaban de sus encuentros, de sus mutuas exploraciones, de su entrega. Anthony sonrió con seducción, le costaba mucho esfuerzo detener sus besos. Se quitó el broche con que sostenía su tartán y lo extendió a modo de sábana sobre la alfombra de flores. Volvió al encuentro de los seductores labios que le sonreían y continuó besándolos, apoderándose de ellos y permitiendo al mismo tiempo que ella poseyera su boca con minucioso escrutinio. Eso era el cielo mismo.

Las manos del joven highlander se posaron atrevidas en la cadera de la chica para atraerla hacia él; quería fundirse con ella, quería reclamarla como suya. Ella continuó permitiendo los atrevimientos masculinos y curvó su espalda echando su cabeza hacia atrás como una invitación para atender su cuello. Anthony miró embelesado esa blanca torre y de inmediato la invadió con besos meticulosos y delicados, quería que ella disfrutase, que gozara de la pasión que había reservado para ella y solo para ella por tantos años. Ambos se pertenecían en cuerpo y alma.

Ella deslizó por el cuello la bolsa del atuendo de Anthony y sonrió traviesa.

-Tu atuendo es muy seductor – dijo mientras se mordía el labio inferior y sonreía traviesa mientras tiraba delicadamente en el pasto la tal bolsa.

-¿Eso crees? – respondió juguetón mientras mordisqueaba el lóbulo de la oreja y le arrancaba un muevo gemido.

-Ajá – fue la única respuesta que pudo dar entre un ligero temblor de su cuerpo, sus emociones estaban a flor de piel.

-¿Y por qué lo dices? – continuó jugando deslizando sus besos por el cuello.

-¿Es verdad que no usas nada bajo del kilt? – preguntó entre risillas. Estaba sonrojada, pero quería satisfacer su curiosidad.

-¡Candy! – el joven fingió escandalizarse obligándola a cambiar de actitud.

-Bueno, eso fue lo que escuché – ahora el tono era tímido – ¿me dirás la verdad? ¿no usas nada bajo el kilt? – la curiosidad e inocencia en los ojos de la joven desarmó a Anthony.

-Por supuesto: Calcetines y zapatos – respondió en tono de juego.

La chica se dio cuenta de que la tradicional respuesta varonil a tal pregunta era el escape perfecto de su novio. Él la atrajo con mayor demanda, sus manos y sus besos fueron impetuosos, hambrientos, posesivos.

-Podrías satisfacer tu necesidad por ti misma en el momento que quieras – la retó entre besos.

Ella respondió al deseo que Anthony despertaba en ella y se ciñó al cuerpo masculino; se esforzó porque él percibiera la tibieza de sus senos cerca de su pecho, le ofreció su cadera para que siguiera acariciando sus suaves curvas, se apoderó de su cuello humedeciéndolo con una alfombra de besos. Él estaba perdido, lo sabía, podría perder la cordura en cualquier momento.

La tomó de la cintura sin dejar de besarla y la condujo para que ambos se hincaran en el fino tartán. Ya no había vuelta atrás, ella sería suya. Su respiración, como preludio de la entrega se agitó, sus pupilas se dilataron; ella era tan hermosa, los suaves rayos del sol aterrizaban en su cabello convirtiendo sus rizos en una fiesta de rubios y cobrizos.

Vio sus esmeraldas determinadas a entregarse y él no iba a decepcionarla. Llevó sus manos decididas a los botones de la camisa de la joven y descubrió lentamente los montes firmes y bellos amurallados tras un femenino corsé. Le pareció mucho más tentadora que Matahari. La seducción de esa mujer era juego de niños comparada con la de Candice, su Candy.

Ella le sonrió e hizo lo mismo con la camisa masculina. Él sintió sus manos arrebatarlo al éxtasis. La atrajo para percibir que sus pechos percibieran su mutua desnudez y sonrió…

-Anthony – la voz de Candy era diáfana y llegaba a sus oídos seductora, apasionada.

Anthony percibió un dolor en su entrepierna, las manifestaciones de las arrebatadoras sensaciones que ella le provocaba; por su parte, Candy sintió su máxima intimidad humedecerse, palpitar; sintió la urgente necesidad de acercarse más a él, de cerrar toda distancia. Acercó su cadera ansiosa, deseosa de unirse a la cadera masculina, a la firmeza de la excitación de Anthony.

Él la tomó en sus brazos con delicadeza para recostarla en el tartán y posarse delicadamente sobre el cuerpo que ya temblaba en sus brazos. Ella lo miró sin pardear, sin perderse una sola de las miradas que se la comían; aún no la había desnudado, pero ella se sentía desnuda y, eso le gustaba… él podía incluso, también desnudarle el alma.

-Candy – él apenas podía hablar, sentía un repentino dolor en un costado.

-Anthony – la joven vio en su sueño una daga incrustada en su hombro, de pronto la escena romántica se tornaba en una pesadilla. Con el nombre del rubio en sus labios, en un débil murmullo, abrió sus ojos.

-Candy – él también miró la daga, se asustó, adivinó su sufrimiento y repitió su nombre – Candy – tocó su propia herida y todo lo recordó – Candy – repitió una vez más alterado.

Ella se sintió algo decepcionada al descubrir que todo había sido un sueño, sus ojos estaban pesados; a su lado, en la misma cama, descansaba Anthony. Apenas pudo repetir su nombre.

-Anthony -.

-Candy – lo escuchó murmurar, pero él no podía abrir los ojos.

Escuchó una voz a medio tono, el tono era valiente, de coraje, pero con cierta vibración de reserva al fondo. Era una voz desconocida, pero amable.

-Estoy segura de que él responderá a su llamado, gracias.

La muchacha dirigió su vista con dificultad hacia la fuente de la voz; de pronto su confianza se tornó en miedo. Junto a su cama estaban un par de soldados germanos, uno de ellos también tenía una cruz de hierro en su uniforme.

Comenzó a ponerse nerviosa y dio signos de alteración.

-Candy – era Anna que le sostenía la mano buscando reconfortarla.

-No temas Candy – Stear le habló con mucho cariño y continuó –: Este es el hermano de Anthony.

El joven señalado le dirigió una sonrisa que la chica apenas pudo distinguir, estaba débil y su visión no era la mejor.

-El Feldwebel Kurzbach trajo al doctor de su regimiento para que los atendiera. Terry se arriesgó para traerlo.

-Gracias, Terry – el joven aristócrata ni siquiera podía decir palabra alguna. Tras haber traído al médico había caído en un estado pocas veces visto en él. No era capaz de hablar, el miedo de perder a la pecosa en brazos de la muerte había sobrepujado toda expectativa de temor.

-Señorita Andrew, por favor, no deje de hablar con mi hermano – le suplicó Friedrich. Sus ojos no podían mentir, estaba realmente preocupado por Anthony.

-Friedrich, por favor, no le exijas más a la señorita, ella también necesita descansar – era una voz incómoda, pero profesional, era la voz del médico. Una voz amable y suave. Candy imaginó a un anciano, pero se sorprendió al encontrar a un joven, quizás un poco mayor que Anthony.

-Pero estoy segura que solo ella puede darle aliento; él está loco por ella, haría cualquier cosa por ella, incluso vencer a misma muerte, estoy seguro.

-Señorita – el galeno se giró hacia la jovencita – me han dicho que es usted enfermera, así que supongo que usted sabrá ser prudente.

Anna entonces llevó la mano de Candy para unirla con la mano de Anthony –. Así sabrá de seguro que estás con él – comentó con una franca sonrisa, solidarizada con su amiga.

-Debo decirle que la Duquesa de Grandchester es una gran médico. Hemos trabajado juntos y nunca había colaborado con alguien tan diestro – el médico le dedicó una seductora sonrisa a Anna ocasionando que la joven se sonrojara hasta las orejas. Fue hasta entonces que Terrence salió de su letargo. El médico sabía perfectamente cómo aliviar los pesares de cada paciente, incluso los de un hombre fuerte, aparentemente sano, como Terry Grandchester.

Candice no podía decir palabra alguna, pero Anna adivinó que querría saberlo todo:

-Has dormido toda la noche, Candy. Tu herida se ve muy bien, creemos que con los antibióticos pronto te recuperarás; eres una chica muy valiente – la joven acarició el cabello de la enfermera con dulzura – ¿Recuerdas esa capacitación de aquél médico argentino? Agote, es su apellido. ¿Recuerdas de su urgencia para que los países beligerantes conociéramos sobre su técnica de transfusión sanguínea?

Candy solo afirmó con sus ojos.

-El doctor y yo convencimos a Alistar para que donara sangre para Anthony, parece que también estará bien. Ha estado con fiebre, pero afortunadamente está respondiendo a los antibióticos que trajeron estos caballeros. Tuvieron mucha suerte, sus heridas no fueron peligrosas.

-De hecho, nuestra mayor preocupación fue Stear, que casi se nos desmaya al ver su sangre en una botella – Terry hizo una sonrisa de medio lado.

-Terry – protestó Stear avergonzado, ocasionando una sonrisa en la joven rubia.

Anna apretó la unión de las manos de sus pacientes –. Sujétalo tan fuerte como puedas – le dijo.

-Friedrich, ahora que la señorita ha despertado, debemos irnos – le recordó el galeno al Feldwebel.

-No voy a abandonar a mi hermano. Por favor, te alcanzaré más tarde – suplicó Friedrich.

-De acuerdo. Estoy seguro de que ya hice lo que podía por Alfred y también estoy seguro de que la Duquesa de Grandchester puede atender ella sola a nuestro paciente. Espero que Alfred se recupere pronto; dile cuando despierte que me debe una botella de buen whisky; y dile que espero que algún día cumpla con su invitación de una tarde en el hipódromo – sonrió tras besar caballerosamente la mano de su colega, antes de abandonar el lugar.

-¿Podemos hablarte, Friedrich? – Terrence extendió su brazo señalando la pieza principal de la casa, para que el oficial lo siguiera.

Había un aire ceremonioso, Terrence no sabía hasta qué punto podía confiar en ese hombre. Ahora estaba con la cabeza fría y no sabía qué tan acertado había sido su impulso de ir a buscar su ayuda. El joven germano percibió esa desconfianza y decidió que debía ser él quien comenzara a tejer los finos lazos.

-Me alegra mucho que Alfred haya logrado liberarlo – Friedrich comenzó a describir a los caballeros todo lo que él y su hermano habían fraguado para lograr que el Feldwebel fuese trasladado a Poznan. Estaba sentado cómodamente en un sillón, Terrence podía leer su lenguaje corporal, sabía que hablaba con verdad.

-Así que fue usted quien se enteró de mi cautiverio – los ojos de Alistar estaban agradecidos y contrariados al mismo tiempo. No podía comprender el haber encontrado un aliado entre sus enemigos.

-Así es. Alfred y yo decidimos que podríamos confiarle a Rosa los planes de los que nos enteramos; pensamos en usarlos para su liberación – miró al piloto – pero jamás nos imaginamos que ese secreto compartido traería como consecuencia la sublevación de la marina – una mueca de triunfo se asomó en la faz del oficial. Se levantó del sillón y caminó lentamente hasta la austera chimenea para calentar sus manos; sus botas resonaron en el piso de madera, Alistar sintió que su piel se erizaba por completo –. Nunca estuve de acuerdo con este movimiento. Y debo confesar que cuando me enteré del plan de atacar la Royal Navy me sentí indignado y quizás manipulé a Alfred para contactar a Rosa. Confié en él. Siempre ha sido muy decidido y prudente; sabía que él sabría manejar la situación.

-Hoy hemos adquirido documentos para abandonar su territorio. Deberíamos viajar mañana mismo, pero es obvio que no podemos dejar a Anthony y Candy. ¿Tú qué piensas? – el Duque de Grandchester lanzó la pregunta sin más ni más.

Friedrich guardó silencio mientras miraba las flamas que bailaban frente a él. Realmente estaba contrariado con la pregunta. Suspiró profundo antes de volverse hacia Terry y hablar en tono pausado, incierto más bien. Terrence notó cómo los ojos del oficial germano se entrecerraban ligeramente por el ceño fruncido.

-Ayer por la tarde escuché que al canciller decir que si el emperador no abdica la revolución será inevitable, así que estamos en manos de Guillermo. Usted sabe mejor que nadie cómo se comporta la aristocracia – era obvio que Friedrich sentía un cierto rechazo por el Duque de Grandchester, era como si lo culpara de la tristeza de su hermano. Lo miró de arriba abajo, tenía que reconocer que al final de cuentas, le debía mucho a ese hombre frente a él; suspiró nuevamente antes de seguir hablando –. Pienso que usted debería sacar a su familia de aquí lo más pronto posible – dijo con firmeza, asegurándose de mirar al aristócrata a los ojos –. Habrá muchos cambios políticos. Berlín arderá, como ardió Troya – sonrió ligeramente – bueno, quizás esté exagerando un poco, trataremos de que nuestro movimiento sea sin derramamiento de sangre, aunque estamos dispuestos a llegar a las últimas consecuencias.

-¿Entonces…? – Terry dudó de haber comprendido el consejo de este militar. Su corazón estaba partido por la mitad.

-Si tiene la oportunidad de llegar hasta Miss Cavell, porque supongo que ella está detrás de todo esto, entonces, hágalo. Mañana habrá mucho movimiento en las calles, aproveche esa confusión y saque a la Duquesa de aquí. Estoy seguro de que mi hermano comprenderá, además, no lo dejará solo. Aquí tiene muchos amigos, ya lo ha visto usted – señaló la puerta para hacer referencia al galeno que recién se había retirado.

-Pero ambos están convalecientes, no podría dejarlos así – meditó.

-Yo tampoco puedo – la voz de Anna se escuchó. Ella había dejado solos a sus pacientes y recién llegaba a la pieza.

-Anna, pero tú… - protestó Terry.

-Candy no dudó en sacrificarse para protegerme. Yo no la voy a abandonar, además, tengo un juramento que cumplir. Ellos son mis pacientes, no pienso abandonarlos – remarcó.

-¿Friedrich, si decidimos quedarnos, puedes ayudarnos? – Stear se había mantenido en silencio pero vio la determinación en la Duquesa y la duda en su esposo.

-Stear – le habló con confianza, finalmente su hermano siempre se refería así cuando hablaba de él –. Mi regimiento y yo estaremos en peligro; ni siquiera puedo garantizar mi seguridad. Esta tarde nos comprometimos con el SPD y su movimiento; en cuanto los imperialistas se enteren estaremos en la boca del lobo. El partido ha convocado manifestaciones masivas para mañana – explicó –. Esa es la razón por la que no quiero separarme de Alfred, no sé si volveré a verlo y quiero que él sepa que permanecí a su lado hasta que mi deber me lo permitió. Me iré en cuanto amanezca.

-Comprendo – Alistar agachó la mirada con cierta decepción.

El hombre tenía razón, sus compromisos con su pueblo eran primero, incluso antes de sus compromisos con su familia. El mismo Stear había abandonado a la suya por cumplir con lo que consideró su deber.

Stear cerro sus ojos, no tenía nada más qué decir. Sólo se preguntaba cómo estaría Patricia y cómo tomaría su regreso. Era la primera vez que pensaba en ella después de varios meses. Se quedó meditando al respecto hasta que la voz de Friedrich lo rescató.

-Lo que puedo hacer es darles dinero… - dijo en un tono amable, tratando de no ofender a nadie.

-Pero no necesitamos dinero. Si conseguimos resguardarnos en un lugar seguro y, si es posible, cómodo, podríamos subsistir en Berlín por unos días.

-Ese no es problema, Alfred posee una casa en Berlín, seguramente no quiso usarla para evitar exponerlos, pero me parece que estaremos tan ocupados en los próximos días que un oficial secuestrado no será prioridad del ejército. Si los vecinos los ven llegar conmigo no sospecharán nada. Pero yo no puedo comprometerme a visitarlos; como ya les expliqué, ni siquiera puedo garantizar mi seguridad.

Anna dio su autorización para trasladar a sus pacientes y esa misma noche, sin perder más tiempo, Friedrich condujo al grupo a la cómoda mansión de Anthony, a las afueras de Berlín. Como era de esperarse, un jardín daba la bienvenida, era muy grande y muy bello, aún podían apreciarse las últimas rosas de invierno. La mansión estaba justo al centro del terreno.

Friedrich les mostró el almacén lleno. Había carnes secas, vinos y frutas deshidratadas.

-No son los lujos a los que están acostumbrados, pero creo que estarán bien por unos días.

Les mostró la recámara principal y, pese a que había más recámaras cómodas, decidieron que Anthony y Candy continuaran juntos, además, para Anna era más sencillo vigilarlos. La joven se sentó sobre un baúl cerrado, de preciosa caoba, que hacía las veces de sillón, justo al pie de la cama.

-Anna, deberías descansar – Terry se agachó y besó los labios de su esposa.

-Sí – en realidad estaba agotada, no era capaz de decir más.

-Por favor, vigílalos.

-No, ustedes vayan juntos, yo los vigilaré – Terry miró con agradecimiento a Stear, quien recién entraba a la alcoba –. No me mires así, ellos son mi familia. No es necesario agradecer.

-Yo te haré compañía mientras espero la hora de irme – Friedrich se puso cómodo en el diván, cerca de la chimenea.

-Están tranquilos. Seguro pasarán buena noche. ¿Cómo te sientes, descansaste muy poco después de tu donación? No olvides que no estás en las mejores condiciones, recién empiezas a ganar peso, haz hecho un gran sacrificio por Anthony – Anna examinó rápidamente el pulso del piloto.

-Estoy bien, gracias Anna – Stear decidió sentarse cerca del fuego también, en una incómoda silla, pero era suficiente, no pensaba dormir, quería estar pendiente de sus primos.

-Entonces, esta hermosa mujer se irá conmigo – Terry cargó a su esposa en sus brazos en un arranque, ella se refugió en el hombro del aristócrata.

-Terry – le dijo al oído.

-Dime

-Tengo miedo, siento que me voy a desvanecer, ayúdame a cumplir con mi responsabilidad.

-Anna, eres testaruda; si mañana la pareja durmiente sigue descansando, tú harás lo mismo.

Terry comprendía el temor de su esposa. Él mismo tenía mucho miedo. Todos los hechos eran justificación suficiente para temer, pero trataba de ser valiente y de que su esposa lo viera seguro. Cuando él entró al territorio enemigo Cole había sido un guía muy eficaz; se movieron raudos y veloces. Nadie los notó. Pero ahora, el grupo era más grande, ya no tenían el guía, y además, dos de ellos estaban heridos. Terry sintió el peso del mundo sobre sus hombros. Deseó con todas sus fuerzas que Albert hubiese venido con él; seguramente él sabría exactamente qué hacer… ¡Rayos! Ahora recordaba a su padre diciéndole una y mil veces que debía madurar. Ciertamente, se estaba esforzando por ser el hombre cabal que su padre deseaba, pero se sentía nuevo en esto.

-Anna, te prometo que volveremos a casa y veremos a nuestro hijo cabalgar feliz.

Ella ya no respondió, estaba sumida en algo en especial. Siguió disfrutando del cálido contacto Terry, de su respiración sobre ella. Afortunadamente el fuego ya estaba encendido en su recámara y Terry depositó a su esposa sobre la cama, se acostó junto a ella, la atrajo hacia él con la intención de dormir abrazados.

-¿Me amas Terry, verdad? – la joven tomó valor por un momento. ¿Había reproche en sus palabras, había miedo o eran celos? Al inglés se le erizó la piel, la voz de su esposa había temblado ligeramente, era claro que le había sido difícil lanzar tal cuestionamiento.

-Te amo más que a mi vida – su voz estaba conmovida, se escapó de su garganta con cierto tono ronco.

-Pero tuviste una enorme disyuntiva al tener que dejar aquí a Candy. Vi tu sufrimiento en tus ojos.

-Anna…

-No digas nada Terry Grandchester; desde que te conozco he sabido que hay algo dentro de ti de lo que no te gusta hablar; ella tampoco quiere hablar y sus ojos se entristecen ligeramente cuando le pregunto; aunque sonríe, es una sonrisa ausente, no logra disimular del todo una especie de vacío. Creí que tu mirada sombría tenía que ver con la presión de aceptar el ducado o quizás por tu mala relación con tu padre… nunca imaginé que…

-Shhhh – Terry la giró hacia él para mirarla a los ojos; no sabía qué decirle.

-El amor no deja de ser. No es mi intención hacerte una escena de celos. Sé cuán valiosa soy y también sé cuán valiosa es ella… yo solo quiero saber que me amas.

-Te amo más que a nada, más que a nadie en el mundo – la aseguró con su penetrante mirada azul zafiro.

-Eso es todo lo que necesitaba escucharte decir – la joven besó delicadamente sus labios y esa noche durmió con una sonrisa en su rostro; lejos de la guerra, lejos del peligro, lejos del temor, protegida por su esposo.

A la mañana siguiente, 9 de noviembre, Friedrich abandonó la casa antes de la primera luz del día. Se despidió emotivamente de su hermano y una vez más, le suplicó a Candy que cuidara de él, aunque la pecosa no dio signos de haberlo escuchado.

Sin embargo, para antes del medio día ya había despertado. La herida era muy molesta y le estaba prohibido moverse, aunque, de hecho, ella misma no podía hacerlo.

-Candy, aún no logro comprender cómo te mantuviste alerta cuidando del pulso de Anthony – había cierto dejo de admiración en Anna.

-Yo tampoco lo sé – miró al hombre que descansaba al lado de ella y se sonrojó ligeramente. Haber dormido a su lado, con los sueños que la perseguían la ponían nerviosa.

-¿Qué piensas de él?

-Que es fuerte. Muy fuerte. Debe despertar de un momento a otro. Asegúrate de que no se mueva demasiado.

-Lo haré. Pobre, Anthony, debe estar sufriendo mucho.

-La fiebre ya cedió, estará bien – le aseguró.

-Gracias, Anna.

-Candy, debo descansar un poco. Perdóname.

-Ni lo digas, Anna. Ve.

Fuertes golpes en la puerta principal se escucharon entonces.

Stear se asomó con discreción.

-¡Es Friedrich! – Alistar se apresuró a abrir la puerta.

-Vine para advertirles que por ninguna razón salgan de casa. Hay grandes manifestaciones en las calles. Todas en contra de la guerra y del imperio. Baden no está nada contento. Esta mañana mi regimiento se negó abiertamente a lanzar granadas contra los manifestantes. El imperio ya nos toma por traidores.

-Tan pronto podamos debemos abandonar la ciudad. Buscaremos a Miss Cavell…

-Imposible – Friedrich cambió el tono de su voz a uno de total preocupación – Miss Cavell fue detenida esta mañana por el imperio, se dice que ha sido condenada a ser ejecutada. Los países centrales han protestado pero parece que eso no le importa al imperio; la han acusado de traición.

Hubo un silencio casi sepulcral en el grupo. No la conocían, pero le debían mucho. Era una dama digna de admiración.

-Nadie puede ayudarla – Friedrich agachó su rostro con indignación.

Ya nadie dijo más. Todos estuvieron de acuerdo en que no tenían nada qué hacer fuera de las paredes de esa casa.

-Debo irme, me estoy arriesgando demasiado, ahora soy un traidor y no puedo andar solo por Berlín, soy un blanco fácil – había mucha preocupación en la apresurada voz de Friedrich.

-Por supuesto – Terry empezó a sentir empatía por ese hombre prácticamente desconocido.

-¡Oh! Seguramente les interesará saber que Hans fue encontrado muerto esta mañana. Parece ser que hizo alarde del asalto a Cole y de la gran cantidad de dinero de la que se había apoderado – hizo una mueca a modo de sonrisa – no duró mucho en las calles después de eso.

Friedrich no había sido muy explícito, pero esa tarde en Berlín hubo varios enfrentamientos. Los obreros llevaban pancartas pidiendo al ejército que no dispararan y a su vez, el ejército exponía en sus pancartas leyendas como "No dispararemos a nuestros hermanos". Ese mañana, en el frente de guerra, un batallón por primera vez rehusó obedecer. A través de telegramas provenientes de Berlín habían pedido que el emperador abdicara y ese mismo día el emperador marchó al exilio, pero las manifestaciones ya habían comenzado. A pesar de que los políticos estaban enviando a casa a los manifestantes estos no se dispersaron. Los dirigentes de los obreros no confiaban en la clase política así que las manifestaciones se tornaron violentas.

Los políticos, de manera atropellada proclamaron la república el día 10 de noviembre y el armisticio se declaró el día 11. Con el cese al fuego se terminaron las hostilidades de la Primera Guerra Mundial.

Por la noche Anthony abrió los ojos con pesadez. Enfocó la vista y descubrió unas hermosas esmeraldas que lo contemplaban enamoradas. No lograba comprender cómo, pero la mujer de su vida estaba acostada a su lado, en su cama.

-Entonces, no fue un sueño – pensó emocionado – ella ha estado conmigo.

-Anthony – Candy apretó la mano con la que lo sujetaba y sonrió con cierto triunfo – se terminó la guerra, iremos a casa. Ya se ha proclamado el cese el fuego.

El joven no podía hablar, se sentía débil, pero se esforzó por esbozar una sonrisa y correspondió también apretando la mano de la hermosa chica que había soñado en sus brazos, temblando, tan apasionada, tan mujer.

-Lo primero que haré en cuanto pueda levantarme será demostrarte cuánto te deseo… - le prometió en su fuero interno – te demostraré todo lo que he guardado para ti.

La pareja siguió contemplándose mutuamente hasta que Anna interrumpió el idilio con una charola de comida y una hermosa sonrisa; el fin de la guerra la había puesto de muy buen humor… el fin de la guerra y la apasionada mañana que había pasado con su esposo, por supuesto.

Malinalli. 06 octubre, 2016.