HERIDAS DE GUERRA
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.
Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.
Capítulo 19
En el muelle
Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
(AVANTI -poesía. Almaforte)
Friedrich insistió en convencer a Anthony para esperar su baja del ejército. Estaba seguro de que si Alfred Kurzbach aparecía de nuevo, el ejército lo recibiría. Oficialmente, el Overstabsfeldwebel había sido secuestrado y estar al amparo del ejército le permitiría permanecer en Alemania sin problema alguno, sin embargo, Anthony deseaba volver a casa. Consideraba innecesaria la espera, prolongar su permanencia como miembro del ejército no estuvo en sus planes. Ya las casi cuatro semanas de convalecencia habían sido más de las que el grupo hubiese deseado para volver a casa.
Se quitó su uniforme y la cruz de hierro; le pidió a su hermano que fuera al pequeño pueblo de Lorena para llevarlo a su madre.
–Dile que hice lo mejor que pude al llevar su nombre – rogó mientras se abrazaba a él con la promesa firme de que volverían a verse. Las emociones estaban a flor de piel, pero los germanos no son muy expresivos y Anthony lo sabía.
-Estoy seguro que ella lo sabe, sabes que te ama – Friedrich bromeó usando un tono de celos, trató de que su tristeza pasara imperceptible.
-Volveré pronto – le advirtió.
-No te preocupes, todo estará tal como lo dejaste – Friedrich sabía que había cosas importantes para Anthony dentro de su habitación.
El oficial germano le dio a Anthony todo el dinero que llevaba consigo y le deseó buena suerte. No separó la vista de los ojos de quien sería su hermano para siempre mientras que las ruedas del tren comenzaban a girar. Verlo tan feliz y tan pleno realmente lo llenaba de gozo. Ya casi era invierno, el clima no era muy favorable para viajar.
Anthony apretaba la pequeña mano de Candy sin darse cuenta de la fuerza que imprimía hasta que la joven protestó.
-¿Sería tan amable, señor Kurzbach, de regresarme mi mano? – Candy revivió los gestos que Anthony le dirigió en aquélla ocasión en que cayó en sus brazos en el pasillo del Ayuntamiento.
-Mi Lady – arrastró el título con seducción – creí que usted ya comprendía que jamás le devolveré su mano –.
Ella se mordió el labio inferior, eso algo que hacía siempre que estaba nerviosa. Quizás sería bueno que dejara de hacerlo, sin embargo, no era consciente de ello, así que difícilmente podría controlarlo. El joven exhaló un suspiro contenido, pudo ver su aliento en el aire. La temperatura era demasiado fría. Acarició la mejilla sonrojada de la joven y la invitó a dirigirse hasta el compartimento del tren que esperaba por ellos.
-Quisiera quedarme un poco más aquí, Anthony – ella se acurrucó en el pecho del rubio; no había melodía más bella que el palpitar del fuerte corazón del joven.
-Adoro complacerte, pero me temo que esta vez debemos ser prudentes, no estamos recuperados completamente – su voz era de adoración total – ven, estaremos mejor dentro.
Las ruedas del tren sonaban estruendosas. La escena era un tanto deprimente. La guerra por fin había terminado, sin embargo, en los rostros de los pasajeros no había una felicidad plena. Todos tenían alguna angustia en su corazón, alguna escena que les estremeciera, una anécdota que los llenara de tristeza. La gran mayoría de los pasajeros del primer vagón estaban en silencio, a la expectativa. Viajaban de Berlín a Bruselas en un viaje que duraría poco más de doce horas.
La pareja abrió la puerta del camarote designado a Stear y Anthony, ahí encontraron a los duques de Grandchester charlando con Alistar. Ya había nacido mucha confianza entre los integrantes del grupo, así que Anna había aceptado la cortesía de Stear de recostarse en uno de los camastros. En esa charla había de todo: Temían a los puntos de revisión, les entusiasmaba el fin del conflicto, tenían sus reservas sobre la historia posterior, se preocupaban por la salud de Anthony y Candy. Aunque habían comprado boletos de tres camarotes el grupo prefería estar unido, era como una de esas decisiones que se toman como consecuencia lógica; no deseaban perderse de vista, sabían que estaban en terreno peligroso.
El grupo conservaba el fino guardarropa que Cole había comprado para ellos. Había un contraste muy fuerte entre esos viajeros y el promedio de los pasajeros en el tren.
Después de algunas horas de viaje, se anunció el Hohenzollernbrücke que por cierto, había sido inaugurado en 1911 por Guillermo II. El grupo quedó asombrado por la extraordinaria obra de ingeniería del puente pues tenía cuatro vías de ferrocarril, así como una carretera de dos carriles sobre el cual se levantan tres arcos de hierro monumentales. Se construyeron portales de estilo neo-romano enormes con grandes torres a ambos lados del puente, decorado con estatuas ecuestres de reyes y emperadores alemanes. Aunque el conflicto bélico hubiese terminado, el sentimiento nacionalista era bastante fuerte. Los germanos revisaron meticulosamente los papeles falsos de los pasajeros, pero todo estaba en perfecto orden y les permitieron continuar su viaje. Cole había hecho un gran trabajo sin duda; para su suerte, tan solo revisaron los pasaportes de Terry y Anthony y les hicieron unas cuantas preguntas.
De cierta forma, atravesar hacia el lado izquierdo del Rhin, les hizo respirar un tanto aliviados, aunque aún faltaban muchos kilómetros para llegar a Bruselas. La noche ya había caído y les era difícil mantenerse alerta.
Después de esta revisión, Terry decidió que era hora de que Anna descansara un poco; pese a que la duquesa de Grandchester se esforzaba por seguir el ritmo de la conversación, la verdad era que su embarazo le ocasionaba mucho sueño. Terry la levantó delicadamente y la condujo a su camarote, que quedaba justo al lado derecho del de Stear y Anthony.
-Te has quedado callado, Stear – el joven de pronto estaba perdido en sus pensamientos y Candy lo había notado. Tenía sus brazos cruzados, como intentando protegerse de un enemigo invisible, pero real, tan real como la vida.
-Me pregunto cómo encontraremos las cosas – sus palabras llamaron la atención de Candy y Anthony. Stear contempló la forma en que Anthony dibujaba pequeños círculos en la mano de Candy y suspiró ¿alguna vez él también podría disfrutar con Patty así como esta pareja frente a él?
-Pienso que todo saldrá bien, seguro que la tía abuela se llevará una gran sorpresa – Anthony guardaba un cariño especial por su tía y, aunque habían tenido muchas diferencias, estaba muy agradecido con ella por los cuidados que le había dado siempre.
-Sí. Será algo bello volver a verla – los ojos de Stear eran cálidos, sus emociones se apoderaban de él.
-El tío no sabe nada de nosotros ¿crees que haya regresado a América?
-No lo creo. Seguramente la Cámara de los Lores estará muy ocupada con los tratados de paz y el tío debe estar presente – Stear siempre analizaba las situaciones por completo, pero quiso saber la opinión de Candy. Ella lo conocía mejor que nadie - ¿Qué piensas, Candy, encontraremos al tío William en Londres?
-Sí – fue la sencilla respuesta de la rubia.
-¿Así nada más?
-Stear, Albert envió a Terry con esta tarea; no se moverá de Londres hasta tener noticias suyas. Terry no ha podido comunicarse con él, así que a mí me parece que Albert nos está esperando en Londres.
-¿Tú qué piensas, Antohny? – la chica le sonrió con seguridad.
-Estoy de acuerdo. El tío está esperando noticias de Terry y de Candy, así que no se ha movido de Londres.
-¿Tienes mucho deseo de ver a Albert, verdad, Stear?
El piloto se encogió de hombros y cambió su posición en el camastro en que estaba sentado sin responder a la pregunta de la joven. Ella frunció el ceño con preocupación, con su mirada se excusó con Anthony por liberar su mano y fue hasta donde el primogénito de los Cornwell. A la enfermera entonces le pareció descubrir a aquél prisionero de guerra dentro de su primo y se le partió el corazón.
-¿Qué es lo que te sucede, Alistar? – ella lo abrazó con ternura y percibió un ligero temblor bajo el contacto.
-Pienso en cómo será nuestra vida después de esta experiencia – la voz del piloto se quebró de pronto, le fue difícil hablar, pero se esforzó por conservar su brío –. Primero pienso en que estoy muerto, que no existo, que mi vida no es mi vida. Luego pienso en Archie, en su sufrimiento al saberme muerto y en cuánto anhelo volver a verlo. Y también pienso en Patty, no sé qué encontraré: ¡Estoy muerto, Candy! ¡Quizás ella ya me olvidó! Quizás está comprometida, o peor aún, quizás ya sea una mujer casada. ¿Y qué hay de la tía? ¿Nos plantaremos simplemente frente a ella? ¿Y si le ocasionamos tal sorpresa que le hacemos daño?
Durante otra época de su vida, si Alistar hubiese tenido que enfrentarse a un acontecimiento como el reencuentro que tenía frente a él quizás habría preferido darle la vuelta. Pero tras haber sido moldeado por la Gran Guerra estaba hecho de otra pasta; una más fuerte, más maleable. Estaba herido, sí, pero esas heridas lo hacían más y más fuerte. Sus primos lo habían encontrado destrozado, pero resistiéndose a quebrarse.
Candy miró a Anthony discretamente, sin atreverse a enfrentar abiertamente las interrogantes de Stear. Anthony probablemente se había hecho las mismas preguntas, a su manera, pero no se atrevía a externarlas, quería mostrarse fuerte en todo momento; sin embargo, los ojos de Candice le suplicaban ayuda. No sabía que responderle a Stear. El joven rubio tampoco tenía todo muy claro, así que se acercó y envolvió en su abrazo a Candy y a Stear.
-Yo tampoco sé qué encontraremos. Yo tampoco sé aún cómo nos presentaremos ante la tía abuela, pero esto sí sé: No hay mejor lugar que el hogar y ahí es donde pertenezco, ahí es donde quiero estar. He llevado mi hogar en mi corazón, si puedo volver, lo haré.
Stear se había guardado muchas lágrimas. Había tratado de ser fuerte. Sin embargo, en ese momento, tan íntimo y tan familiar, se permitió mostrar su debilidad, su miedo. Agradeció infinitamente al cielo por no estar más solo. Los brazos de sus primos, cálidos y amorosos, eliminaron por completo la frialdad del recuerdo de su celda. El aroma del perfume de Candy entró como un bálsamo de Balac en el alma misma de Alistar, reconfortándolo por completo.
-Alistar, Candy: No será fácil, pero lo lograremos – fue como una promesa que Anthony se atrevía a hacerles – todo esto se quedará atrás; volvemos a casa. Disfrutemos el viaje.
Los primos estuvieron abrazados por un momento, no supieron cuánto, pero fue un abrazo que los reconfortó. Anthony liberó poco a Candy y Stear y luego se sentó frente a ellos; Candy por su parte, continuó abrazando a Alistar. El joven Cornwell lloraba en silencio; ella percibía como su cuerpo se convulsionaba de vez en cuando sin darse permiso a dar rienda suelta a lo que sentía. El camarote estaba obscuro, pero ya se habían acostumbrado a la obscuridad y no les molestaba. Para el piloto era muy pero muy consoladora la presencia de los seres que amaba en medio de la penumbra tan familiar para él.
-Descansa, Stear –, la enfermera recostó a su primo en su camastro y lo cubrió con una manta. Después de un tiempo el piloto se quedó dormido.
Anthony estaba preocupado. Extendió su mano a Candy y la sacó del camarote tratando de hacer el menor ruido posible. La llevó a la puerta de su camarote, al lado izquierdo del que habían abandonado y se detuvo en la puerta, esperando que ella entrara. No había dicho palabra alguna y ella tampoco. Ambos se concentraban en meditar.
-Nunca me di cuenta de las graves heridas de Alistar – se recriminó; estaba emocionado, temblaba prácticamente. Su voz era, por primera vez, una voz de miedo.
-Anthony … - ella levantó la mano para acariciar su cabello. Al encontrar los ojos de cielo se quedó inmóvil, mordisqueándose el labio inferior.
-¿Cómo pude no pensar en su mutismo, en su confusión, en su angustia? Es como si ahora que estamos libres, se estuviera dando la oportunidad de sanar sus heridas.
-Anthony, al principio de la guerra nació el término "Shell Shock". Creo que Stear necesitará mucha ayuda. No vimos sus heridas porque él no quiso – ella trató de dar una explicación coherente – él tuvo que ser fuerte por nosotros y lo hizo. Creo que ahora nosotros debemos ser fuertes para él. Se está dando permiso de ser débil y eso me parece que es bueno. Debe deshacerse de todas esas malas emociones que lo torturaron en su encierro.
-¿Qué piensas, esa chica, Patty… crees que ya se haya casado? – estaba preocupado por su primo. Esperaba poder tener toda la ayuda posible.
-Todo puede pasar. Ella ha estado siempre bajo el dominio de sus padres; si sus padres la han comprometido, ella ha obedecido – Candy vio cierta desesperanza en los ojos de Anthony – pero… puedo asegurarte que ella estaba muy enamorada de Stear. No creo que ya lo haya olvidado.
-Soy tan afortunado de haberte recuperado. Sé que no viniste por mí al infierno, pero me has llevado al cielo, mi Beatriz – Anthony levantó el rostro de la joven para fundirse con ella en una mirada, quería besarla ahí mismo, pero estaban en el pasillo del tren, eso no era muy bien visto, así que se contuvo.
Ella vio el fuego en la mirada de Anthony. De pronto se sintió más femenina que nunca. El deseo de ser uno con ese hombre que la arropaba apareció de pronto en una ardiente sensación que entró por sus manos, se extendió a su cabeza, se sintió mareada, deseando que esos brazos la tomaran ahí mismo. Su cuerpo parecía tener vida propia y se acercó al varonil cuerpo de Anthony con urgencia. Él reconoció el fuego también en los ojos de la chica y se sintió vulnerable, necesitaba de toda su cordura; la mala noticia era que al parecer la cordura lo había abandonado, había huido desde hace algunos momentos fuera del alcance de la pareja.
Él la tomó por la cintura y comenzó a besarla con tal demanda que ni siquiera se reconoció. La necesitaba más que nunca y, al parecer, ella también lo necesitaba. La puso de espalda a la puerta sin dejar de besarla y con destreza encontró la cerradura; decidido, introdujo a la chica a su camarote sin separar sus labios, sin permitirse dejar de saborear de ese ósculo hambriento que abría el camino de la pasión más pura jamás experimentada.
Él llevó su mano hasta la nuca de la chica para profundizar su beso, para evitar que ella se separara siquiera un poco; la joven correspondió envolviendo la cintura de Anthony con sus manos, abriendo sus labios para él, poniéndose de puntitas para alcanzar la gloria de los labios masculinos. Él la sostuvo de su cintura con firmeza, percibiendo la pasión que crecía en sus jóvenes cuerpos, no podría detenerse, consideraba que quizás debía hacerlo, pero este beso, delicioso encuentro, lo perturbaba a tal grado que era incapaz de dominarse.
Un involuntario y placentero gemido se escapó de la chica, ocasionando que el deseo de Anthony prácticamente explotara. Adoraba saber que ella disfrutaba de su encuentro, se sentía completo con ella temblando en sus brazos. Desabrochó el primer botón del abrigo femenino y cubrió su cuello de delicados y apasionados besos mientras continuaba ciñendo su cintura con firmeza; la sintió estremecerse. Volvió sus labios al rostro de la joven y lo cubrió delicadamente de suaves besos mientras ella se ofrecía apasionadamente en el encuentro.
-Candy – le habló al oído – me estás enloqueciendo, esto es peligroso – le advirtió.
Ella no respondió, sintió el rubor en sus mejillas, como suaves nubes rosas; a Anthony le pareció hermosa.
El joven aprovechó el momento y mordisqueó el lóbulo de la oreja de Candy. Le mostró cuán apasionado era. Aunque un suave dolor en su entrepierna era el preámbulo seguro de la hoguera que sentía que empezaba a consumirlo.
Se alejó de ella para no ofenderla, pero ella se asió más a su cintura y le ofreció nuevamente sus labios. Cuando notó la reacción masculina que era solo por ella se sintió femenina, halagada. Ahora ella comenzó con el nuevo encuentro; volvió a ponerse de puntitas, levantó sus brazos para atrapar el cuello de Anthony, él inclinó su rostro para aceptar los besos que ella le prodigaba, tratando con todas sus fuerzas, de controlar la excitación que ella le provocaba con tal atrevimiento. ¿Acaso no era consciente de que pisaba un terreno inexplorado? ¿En verdad no percibía que podría escaparse de sus manos?
-Anthony - ¡cielos! Su nombre en los labios de Candy lo arrojaban al más puro desenfreno. Sonó tan apasionada, tan seductora.
Él continuó besando a la joven, tratando con todas sus fuerzas de no pensar en la natural reacción de su cuerpo de buscar la cadera femenina y acercarla a él. Sin embargo, ella no tenía experiencia alguna y le era complicado controlarse. Anthony percibió la necesidad de la joven de acercar su cadera a la de él. Reconoció sus sensuales movimientos sobre su pelvis, distinguió la urgencia de sus besos, la agitación de su respiración, la indiscreción de sus caricias. ¡Por todos los cielos, esta joven lo tenía en sus manos, como siempre!
-Candy – su voz era ronca, emocionada – debemos detenernos – advirtió, aunque no sonó muy convencido.
-No puedo – confesó entre sus besos.
Lentamente él disminuyó el encuentro. Sus besos fueron más pausados, trató de controlar su respiración, se esforzó por crear un espacio entre ellos. Ella comprendió el mensaje y se esforzó por mantener la cordura. Cuando por fin el delicioso y sensual encuentro agonizaba ella se escondió en su pecho, como siempre, como ya era natural en ellos.
Él le dio tiempo para controlarse sin decir nada, en completo silencio, acariciando su cabello, meditando en la pasión dentro de esa chica. La adoraba, cada vez lo conquistaba más; ella era dulce y era fuego al mismo tiempo.
El silencio se prolongó más de lo normal y Anthony adivinó la lucha interna que Candy debería estar sosteniendo. Sus principios seguramente la estaban retando y quizás ella se sentía avergonzada.
-Candy – le dijo al oído – te amo. Te deseo. Esto que sentimos no es malo; pero creo que no es nuestro tiempo.
-Anthony – ella asintió agradecida. Eran otros tiempos, otros paradigmas, otros modelos.
-Estoy seguro de que querrás entregarte a un hombre por primera vez después de haberse jurado amor ante un altar, ¿cierto? – el chico quitó suavemente unos mechones del rostro de Candy.
Ella no respondió, pero sintió los colores subirse a su cabeza. Nunca había mantenido una conversación de esa naturaleza y no entendía cómo Anthony era tan osado que se atrevía a hablar tan abiertamente de tal cosa. De pronto se sintió avergonzada de sí misma.
-Candy – le sonrió adivinando sus últimos pensamientos – confía en mí. Perdona que te hable así, pero te amo y es necesario que sepas que también te deseo, me enloqueces, no puedo dejar de mirarte – el joven acompañó sus palabras con suaves caricias sobre las formas de Candy, cuidando de no excitarla nuevamente y de no excitarse él mismo –. Sólo quiero hacerte feliz y sé que toda tu vida has tenido un deseo, te ayudaré a cumplirlo.
Ya con tres semanas de haberse dado el cese al fuego, el ejército alemán había sido obligado a retroceder. Del lado izquierdo del Rhin empezaba a notarse la presencia de los aliados y el grupo respiró aliviado. Cuando llegaron a Bruselas, ya solo aliados estaban en las estaciones y el grupo mostró sus identificaciones reales. El Duque de Grandchester fue tratado con preferencia y aconsejado para viajar al norte, a Holanda, que se había mantenido neutral y por lo tanto, no tenía tanto tráfico. Ir al sur, a Francia, quizás podría ser más rápido, porque Francia está muy cerca, sin embargo, estaba llena de soldados aliados que iban y venían en actividades de la post guerra. Aún los tratados de paz no habían sido firmados, así que había muchas cosas qué hacer. Seguramente, abandonar tierras continentales sería más sencillo si zarpaban de un puerto pacífico. Róterdam fue entonces el destino elegido. El viaje a través del Mar del Norte sería un poco más largo, pero sería más seguro encontrar un lugar en la Marina Mercante Holandesa que en cualquier barco de los puertos franceses. La distancia entre Róterdam y Bruselas es de solo 151 kms; así que los viajeros decidieron que podían sacrificar la distancia corta a cambio de un lugar seguro para llegar a Londres. Se apresuraron, pues, a tomar el siguiente tren a Róterdam.
-Me parece que tomamos la mejor decisión – Terry se sentía confiado por la ruta que eligieron.
El aristócrata abrazó a su esposa durante el viaje; ella se mantenía fuerte y serena. El viaje le era pesado, sin embargo, sabía que no podían detenerse. Afortunadamente había descansado en toda la noche en el tren de Berlín a Bruselas. Lo mejor que pudieron conseguir en este nuevo tren, por la premura de la compra, fue una serie de asientos que estaban juntos. Los cinco jóvenes en realidad ya no tenían muchos ánimos de charlar, se sentían agotados, pero el estar unidos les daba seguridad. Se miraban mutuamente tratando de adivinar los pensamientos del otro, comunicándose sin hablar.
Anna se concentraba en descansar; lo hacía por su bebé. Estaba preocupada, pero confiaba en que todo estuviera bien. La presencia de Terry la reconfortaba.
Terry se aferraba a su familia. Se preocupaba por ambos, por Anna y por su bebé. No era un tonto, estaba consciente de que tanto ajetreo no era lo mejor para ambos. Rogaba a Dios, casi sin cesar, que cuidara de los seres que más amaba.
Stear había estado más tranquilo. Las lágrimas nocturnas le habían permitido eliminar un poco del dolor guardado. Estaba seguro de que con esfuerzo, podría volver a ser feliz. Había dejado su inocencia en el campo de batalla y en aquélla sucia mazmorra, ahora era un hombre nuevo que comprendía las más bajas pasiones de los seres humanos, pero se aseguraba de que esas manchas no lo alcanzaran a él. "La perla brota del molusco herido, y Venus nace de la amarga espuma"* había escuchado declamar a Terry en un español casi perfecto. Le había dicho que era una poesía de un tal Díaz Mirón, un mexicano político y poeta que su padre había conocido en Nueva York. Al llegar a tierra buscaría más sobre su obra. Por lo pronto, él deseaba ser la perla que naciera de la herida.
Candy empezaba a asimilar los giros de su vida. Había tratado de renunciar al apellido Andrew, pero con Anthony de regreso, regresaba también aquélla vieja promesa que Anthony había escrito en una carta "Haré lo posible por mejorar a los Andrew"; le había dicho, y ella quería estar ahí para apoyarlo. En realidad, después de conocerlos, la joven no estaba segura de que hubiera mucho para mejorar, a todos los tenía en el mejor concepto.
Anthony, por su parte, guardaba toda la experiencia en su corazón. Había sido cincelado de tal manera que a cada golpe brotaba lo mejor de él. Cada cincelada había sido dolorosa, pero no cabía duda de que había estado en el momento justo, con la fuerza requerida, en el lugar adecuado y las veces necesarias. El Gran Creador había puesto mucha atención al esculpirlo. Rogaba que todos esos defectos que también le había dejado le permitieran hacerse más fuerte. Ya no se sentía solo. Lo había estado por muchos años, pero ahora Candice estaba a su lado; ella tampoco volvería a experimentar soledad, él cuidaría de ella por siempre.
Aunque el viaje fue relativamente corto, Candice se había permitido dormitar un poco apoyada en el pecho de Anthony, él la abrazaba sobrecogedoramente, satisfecho de verla dormir sintiéndose segura en sus brazos.
Lentamente las ruedas del tren disminuyeron la velocidad y se anunció la ciudad de Róterdam. La campana del anuncio despertó Candice quien se sonrojó al encontrarse de inmediato con los ojos de Anthony que la contemplaban divertido.
-¿Dormí mucho? – preguntó tratando de espabilarse.
-No. Solamente todo el camino – se burló su novio con no poco sarcasmo mientras con cariño peinaba su cabello, esperando para que los pasajeros salieran. Él prefería evitar el tumulto y ser de los últimos que abandonaran el tren.
-Vamos ya, parejita – Stear les dedicó su primera sonrisa del día; había estado muy serio – será mejor que no perdamos más el tiempo, aún tenemos que buscar un barco y seguro que la demanda será mucha.
Anthony tomó a Candy de la mano, sin detenerse a pensar si aquello estaba o no bien visto, no deseaba liberarla por ningún motivo.
Tomaron un coche que los llevó a Waalhaven. Éste era un puerto que había empezado a construirse en 1906 y era hasta la fecha el más grande de Europa. Aquí se facturaban mercancías de carbón, hierro y grano. Era casi imposible que encontraran un barco de pasajeros. De pronto los jóvenes se sintieron decepcionados, quizás hubiese sido mejor ir a Francia para tomar un barco militar a Southampton o hasta atravesar nadando el Canal de la Mancha. Al menos ese fue el sarcástico pensamiento de Terry.
Anthony conocía el puerto, lo había visitado con su padre en varias ocasiones. El joven entrecerró los ojos tratando de recordar dónde localizar a los contactos de su padre. Se detuvo en el centro del paseo y miró en todas direcciones, buscando en su memoria la información que necesitaba.
-¡Heijplaat! – sonrió triunfante mientras tomaba nuevamente a Candice de la mano –. Merezco un beso – le dijo al oído.
-¡Anthony! – se escandalizó la rubia, arrancando una risa sonora de Anthony. Por un momento pensó la joven que él se atrevería a besarla en público.
-Tranquila, Candy, lo apuntaré en mi libreta – le dijo seductor mientras comenzaba a caminar hacia el este, rumbo a la finca para trabajadores de los astilleros.
No habían caminado ni 10 minutos cuando llegaron al lugar que buscaban. Anthony averiguó que sí había un barco de pasajeros en Waalhaven, y que por cierto, estaba programado para zarpar en tan solo una hora más. Si lo alcanzaban, podrían estar en Londres al anochecer. Sus corazones latieron a prisa. No sabían si encontrarían un pasaje, pero tenían que intentarlo.
Stear corrió presuroso para encontrar el barco. Sería sencillo diferenciar un barco de pasajeros de uno de mercante; corrió tan rápido como sus largas piernas se lo permitieron. No tenía la intención de abordar solo, pero quería localizar la nave para que las chicas no tuvieran que ir de un lado a otro, sobre todo Anna, a quien había visto que hacía un esfuerzo tremendo por llevar el ritmo del grupo.
Alistar finalmente localizó el barco, después de haber corrido poco menos de veinte minutos. Su piel se erizó, sus ojos se abrieron sin disimulo y una sonrisa que casi se convirtió en carcajada se escapó de su boca. De inmediato dio media vuelta para volver sobre sus pasos y encontrar al grupo de nuevo a fin de dirigirlos al lugar exacto. No tardó en encontrarse con Anthony y Candy, que esperaban pacientemente a que Terry y Anna los alcanzaran.
-¡Anthony! ¡Anthony! Lo encontré – Stear no podía ocultar el entusiasmo que le provocaba – está por zarpar, pero creo que podemos alcanzarlo.
-Pero no hemos comprado los boletos – se sintió un poco decepcionado – al parecer estamos tarde.
-¡No, Anthony! Anda ve… yo acompañaré a Candy – Stear le dio a su primo la información del muelle exacto donde estaba el barco.
Anthony se apresuró para hacer las diligencias de abordaje. Las conocía a la perfección. Sabía que debía ir a las oficinas de la línea, pero primero debía identificar la nave para darle al vendedor los datos exactos del barco que deseaban abordar.
-¿Viste mucha gente, Stear? – preguntó Terry interesado, tratando de adivinar si conseguirían o no boletos.
-Sí Terry, vi mucha gente – aún el joven no podía borrar su gesto casi triunfal.
-¿No estás preocupado? Podríamos no encontrar boletos – el aristócrata llegó a pensar que Alistar se estaba perdiendo de la realidad, que ya no comprendía lo importante que era zarpar.
-No. No estoy preocupado. Viajaremos. En menos de una hora estaremos en el Mar del Norte.
Los jóvenes caminaron al paso de Anna hasta el muelle que Stear les indicó. Candy localizó de inmediato a Anthony. Lo vio mirando hacia el barco; sus ojos estaban fijos y aunque trataba de permanecer imperturbable, por sus mejillas corrían un par de indiscretas lágrimas. Estaba acompañado de un hombre regordete con uniforme e insignias de capitán.
La chica miró en la misma dirección que Anthony y comprendió la escena cuando leyó el nombre del barco: Rosemarie USA.
-Te lo dije Terry – Stear estaba feliz por su primo – viajaremos. No necesitamos boletos. Este barco es de Anthony.
Terry no comprendía muy bien, pero no era el momento de hacer preguntas. Más adelante conocería toda la historia, estaba seguro. El grupo se acercó a Anthony y el capitán a su lado les saludó cortésmente.
-Rosemarie ha estado en el puerto desde 1912. Tu padre pagó el resguardo solo por tres meses cuando fue requerido para viajar en el Titanic – el viejo capitán trató de ocultar un pequeño nudo en su garganta mientras exhalaba el humo de su pipa –. Todos queríamos estar en ese primer viaje y tu padre fue invitado. Estaba seguro de que tú sabías; hemos escuchado que fue muy valiente y que ayudó a salvar la vida de muchas mujeres y niños.
-No. No lo sabía. Papá no acostumbraba a decirme a dónde o cuándo viajaba y yo estaba acostumbrado a verlo ir y venir sin preguntar – Anthony tenía sentimientos encontrados. Se sentía tranquilo y orgulloso de saber el final de su padre, pero al mismo tiempo, se sentía muy triste –. Tengo una fuerte deuda con usted – Anthony hizo un esfuerzo por mantenerse ecuánime.
-Ni lo digas, muchacho, tu padre era mi amigo. Desde que la guerra inició estuvo varado, jamás nos estorbó – sonrió con melancolía –. Por más de dos años estuve esperando que vinieras a reclamarlo, luego la guerra estalló y bueno, ya sabes… el Mar del Norte no era precisamente seguro para la navegación. Desde que se dio el cese al fuego Rosemarie ha estado yendo y viniendo de Londres a Róterdam. Nos ha ayudado a activar un poco la economía. Es fuerte para su tipo, es rápido, viaja a 14 nudos.
Anthony suspiró hondo sin dejar de contemplar el barco. Sin dejar de leer una y otra vez el nombre de su madre en el casco frente a él.
-Le diré algo capitán: Firmaré los documentos necesarios para que Rosemarie sea de usted – el hombre abrió los ojos como plato, no podía creer lo que escuchaba. Él no tenía un barco propio, trabajaba para una compañía naviera.
-¡Anthony! No puedo aceptarlo.
-Claro que puede – lo animó agradecido – estoy seguro que mi padre se sentirá feliz. Usted lo ha cuidado.
-Gracias, hijo. Vincent estaría muy orgulloso de ti – el capitán ya no supo qué más decir. Finalmente, esa nave que tanto había cuidado y que tanto amaba, sería de él.
-Mis amigos y yo viajaremos. Zarparemos de inmediato y al volver, Rosemarie será de usted. Con la única condición de que nunca le cambie el nombre con el que ha sido registrado.
-Así será – el capitán levantó la voz. Ya su tripulación lo estaba esperando. Miró entonces al primer oficial –. El señor Brown, el propietario de Rosemarie estará a bordo con sus amigos, asígnales los mejores camarotes – el oficial hizo el saludo correspondiente y de inmediato comenzó a dar órdenes.
Unos marineros llegaron con el grupo para llevar el equipaje y conducirlos a sus camarotes. No era un barco grande como lo había sido el Lusitania, pero sí era lujoso, aunque no tanto como el Titanic, pero era muy cómodo y muy limpio. Los camarotes principales eran amplios. Anthony fue asignado al camarote de su padre. Ahí había una pequeña fotografía colgando de la pared; era una fotografía de sus padres, el joven la descolgó y la guardó para él. Anthony prefirió cederle tal camarote a los duques de Grandchester para que Anna estuviera más cómoda aunque el viaje no fuese muy largo.
Hacia el anochecer, el Rosemarie estaba llegando a Inglaterra. Los viajeros estaban en la cubierta del barco, como si les urgiera pisar tierra firme.
-Señor Brown – el primer oficial lo saludó con formalidad – el capitán quiere verlo.
Condujo a Anthony hasta el cuarto del mando, donde lo esperaba el capitán.
-Hijo – le dijo con confianza – no podremos navegar por el Támesis para entrar a Londres. El Rosemarie tendrá que bordear la costa para llegar a Southampton.
-Pero el Rosemarie ha estado yendo y viniendo, usted me lo dijo – el joven se sintió frustrado, ya su mente le indicaba que esta noche dormiría en una buena cama.
-Londres fue fuertemente bombardeada, uno de sus puentes no soportó más y cayó. Es imposible. Esta tarde se cerró a la navegación.
Anthony, aunque era impulsivo también era muy inteligente; sabía que no tenían opción.
-Entonces, vayamos a Southampton – dio una palmada en el hombro del capitán y salió del cuarto de mando en busca del grupo para informarles que el viaje duraría el doble de lo planeado.
Stear lo vio caminar hacia ellos; conocía esa mirada de decepción; más bien, con cierto enfado. Los demás estaban a la expectativa.
-Creo que debimos ir al sur en Bruselas y llegar a Calais – las palabras de Anthony estaban cargadas de pesadez; descubrió la intriga en los rostros de sus interlocutores – tendremos que rodear e ir a Southampton.
-No digas eso, Anthony – esta era la primera palabra amable que Terry le dirigía – gracias a que fuimos al norte descubriste lo que sucedió con tu padre – el tono del joven se quebró delicadamente, la figura paterna era un tema delicado para el aristócrata.
-Claro, Anthony, estamos bien. Unas cuantas horas más de viaje después de lo que hemos pasado no es nada. Además, Rosemarie es un barco muy hermoso, es acogedor y elegante al mismo tiempo – Anna se había unido a su esposo. El highlander le agradaba. Ahora, sin sus poses de oficial germano les había mostrado un hombre con una extraña combinación de fuerza y dulzura.
-¿Anthony, estás seguro de deshacerte del Rosemarie? – Candy apretó la mano del joven y lo miró directo a los ojos.
-¿Tú lo quieres, Candy? – él la miró confundido. Quizás debió consultarlo con ella antes de ofrecerlo al amigo de su padre.
-¡Oh, no! – Ella se sintió halagada y se puso de puntitas para besarlo delicadamente –. Pero es un recuerdo de tus padres.
-No necesito de un barco para recordar a mis padres, además, el Rosemarie no es el único de la flota de mi padre – explicó Anthony, quien fue de inmediato recompensado con una sonrisa deslumbrante de Candy.
Todos miraron hacia tierras continentales, perdiendo sus pensamientos en el horizonte obscuro. Solo la estrella del norte era testigo de la esperanza del pequeño grupo. Ya era de madrugada cuando por fin el capitán les anunció que estaban por llegar a su destino. Un festejo se abrió paso en el grupo; empezaron a abrazarse y a regocijarse en el fin de su odisea.
Candice se apartó del grupo para estar a solas, necesitaba un poco de tiempo consigo misma. Recargó su peso en el barandal mirando hacia la estela del barco que era reflejada por la luz de luna. No pudo evitar que unas lágrimas recorrieran sus mejillas.
-Candy – era una voz muy apacible.
-Terry – ella no apartó la mirada de la estela. Disimuladamente se limpió las lágrimas, inocentemente creyó que había engañado a Terry.
El aristócrata la miró inseguro. No sabía que decirle, al menos no sabía hablarle con palabras.
Extraña conversación: Sentían que tenían mucho que decirse y al mismo tiempo nada.
-Candy yo… -Terrence titubeó, ella le sonreía con cierta nostalgia.
-¿Anna está bien?
-Sí. Ella está bien – la ilusión se reflejó de inmediato en su rostro, los zafiros brillaron como nunca antes –. Le pedí a Anthony que cuidara de ella un momento. También le pedí que me permitiera hablar contigo – se excusó como si estuviera haciendo algo indebido. Hubo un silencio un poco incómodo después de ello.
-Me alegra mucho que seas tan feliz, Terry – expresó con sinceridad.
-¿Y tú? ¿Eres feliz? – preguntó – ¡diablos! – se reprochó de inmediato, como si pudiera dudarlo.
-Ajá – una brillante faz acompañó su afirmación –. Muy feliz.
-Sólo eso quería saber – el aristócrata estaba nervioso –, parece que hemos cumplido con nuestra promesa, ¿No es cierto, Candy? – Terrence miró hacia Anthony y Anna, que conversaban aún en la cubierta, esperando las instrucciones de desembarque.
-¡Sí! – la joven vio a Anthony guiñarle el ojo y se ruborizó. Terry rio de medio lado tras seguir el recorrido de la mirada de la rubia.
-Es un buen tipo, Candy – ella se sorprendió – creo que te mereces a alguien como él: Santa Candy y San Anthony – expresó en tono de burla, con fingido desdén.
-¡Terry, eres un bruto!
-¡No te enojes, Candy, se te ven más las pecas! – se burló y al mismo tiempo, se tomó el atrevimiento de abrazar a su amiga; se puso serio y le habló al oído –. Solo quería que supieras que estoy feliz de saberte feliz y que siempre tendrás un lugar especial en mi corazón. No hay forma de olvidarte, solo que mi corazón es de mi esposa.
-Terry… - fue un suave y dulce murmullo. Suficiente para que el aristócrata comprendiera que el sentimiento era recíproco.
-Entonces, Mi Lady – el actor exageró el título - ¿Me permite que la escolte donde su novio, prometido o lo que sea? – Terry le ofreció su brazo con caballerosidad.
-Gracias, Sir Grandchester – respondió ceremoniosa aceptando la cortesía.
-¡No Candy! ¡Tú no me llames así!
-De acuerdo, Mocoso malcriado.
-Mucho mejor, señorita Tarzán Pecoso – ambos sonrieron divertidos pero de pronto Candy se detuvo en seco.
-Terry… - bajó la mirada, como si no se atreviera a preguntar. El aristócrata adivinó su preocupación. La compasión era el rasgo característico que definía a la pecosa y Terrence Graham Grandchester lo sabía.
-Susana está bien, Candy. No te preocupes por ella – los hombros de la joven se relajaron. Comprendió que Terry no deseaba que continuara preguntando –. Ella estará bien siempre, me he encargado de todo. Tranquila – Terrence la abrazó mientras caminaban, como reconfortándola.
-Me alegro – fue la única respuesta.
La pareja se reunió con Anthony y Anna; Anthony recibió a Candy en un cálido abrazo y depositó un beso en sus labios. Terry hizo lo mismo con su esposa.
-¡Southampton! – la vibrante voz de Alistar los llenó a todos de energía. El piloto tenía mucha prisa por pisar suelo inglés. Descansarían en Londres y después se embarcarían a América.
Una luz de bengala iluminó el puerto cuando el Rosemarie tocó el muelle. Un grupo de jóvenes corría siguiendo el freno de la embarcación.
-¡Sorpresa! – exclamaron Terry y Anna en total algarabía, dirigiendo la vista hacia Albert, Archie, Annie y Patty que gritaban una y otra vez un "Bienvenida, Candy".
-¿Cómo lo hiciste, Terry? – Stear era el más emocionado.
-Bueno, ser amigo del dueño del barco tiene sus privilegios – exclamó juguetón –. Desde que zarpamos le pedí al marconista que enviara un marconigrama con carácter urgente a Sir William Albert Andrew. De vez en cuando es bueno tener un título de nobleza – se encogió de hombros –. Supongo que le fue sencillo adivinar que llegaríamos a Southampton.
El grupo en el muelle, a pesar de ser de madrugada, corría como si fuera un paseo matinal, con enormes sonrisas y grandes festejos. Aún no hilaban el nombre de la embarcación con su familia.
-Anthony, no me tomé el atrevimiento de hablarle de ti y de Stear – aclaró Terrence – ese privilegio no me corresponde.
-Gracias, Terry – Anthony tomó a su hermano con entusiasmo.
Ambos hicieron a un lado sus bufandas para descubrir sus rostros y se quitaron sus boinas para agitarlas con sus manos y saludar a su familia llamándolos a todos con gritos emocionados.
-¡Archie! – gritaron Anthony y Stear. Sus corazones latían presurosos. Las lágrimas corrieron desvergonzadas cuando se atrevieron a repetir el mismo llamado – ¡Archie!
En el muelle, el joven de ojos de miel apretó la mano de Annie. No comprendía absolutamente nada. ¿Acaso su mente le estaba haciendo una jugarreta? Se detuvo, sus pies no eran capaces de dar un paso más. Aquél par de hombres lo llamaban con la misma familiaridad que sus hermanos muertos, debía estarse volviendo loco.
-¡Archie! – la voz de su gatita lo sacó del letargo. Dirigió la vista hacia la embarcación nuevamente y la vio ahí, tomada de la mano del rubio que insistía en llamarlo y rodeada del brazo de… de… de… ¡Stear!
-¡Archie! – las voces de los tres viajeros se unieron y esta vez ya no hubo duda.
El muchacho por fin encontró la fuerza para moverse. Sus piernas corrieron raudas y veloces por el muelle tratando de alcanzar al trío que lo saludaba desde el barco. Atrás dejó a Albert que no podía creer lo que acontecía y a Patty que era incapaz de darle alcance. Annie, definitivamente se había quedado petrificada, contemplando la escena varios metros atrás.
El corazón del menor de los Cornwell se había embarcado en una frenética carrera, sus ojos de miel eran un torrente de lágrimas, sus dientes estaban apretados, no quería cansarse, no quería dejar de correr, ¡Por favor! ¡Que el barco se detenga de una vez!
-¡Annie! – Candy llamó entusiasmada a su hermana, quería abrazarla fuerte, quería decirle que era la mujer más feliz del mundo.
-Patty… -tan solo un murmullo se escapaba de los labios del piloto – la veía correr tan emocionada como su hermano mientras que el Rosemarie finalmente se detenía por completo.
Desde donde estaba no podía ver si la chica portaba o no un anillo, ojalá que aún estuviera disponible porque era la visión más bella y sensual que el piloto jamás hubiese contemplado. Le conmovió el esfuerzo de la chica por alcanzar a Archie, le conmovió la franca mirada, sus hermosos ojos que no se habían desviado ni un solo segundo de él.
-¡Qué diablos! ¿Quién quiere esperar por instrucciones de desembarque? – en cuanto la rampa se desplegó, el joven piloto corrió hacia la chica que le esperaba. Si portaba o no anillo eso ya no le importaba.
-¡Stear! – exclamó Patty.
La chica corrió hacia el gallardo piloto y él se abrazó a ella como quien se aferra a la vida misma.
-¡Perdóname Patty! ¡Perdóname! – le suplicó.
Ella respondió con sus pequeños puños apretados golpeando el pecho del primogénito, sin atreverse a decir palabra alguna, mientras que sus emociones la traicionaban ocasionando que todo su cuerpo temblara en los brazos de Alistar. Él le permitió golpearlo hasta que se cansó. No dejó de abrazarla, ni siquiera disminuyó la fuerza de su abrazo; la atrajo hacia él con urgencia pura, casi con desesperación. Se sentía culpable del dolor que le había causado, pero también se sentía culpable por haber mirado a otra mujer.
Archie no sabía a quién abrazar primero, se moría por abrazar a su hermano, pero comprendía que Patty le hubiese quitado ese momento.
-¡Archie! – una voz que penetró su alma, como si clamara desde la tumba le erizó la piel. Era una voz profunda –. Tienes otro hermano que también desea abrazarte – el rubio se acercó a él con timidez.
El chico de ojos de miel no dijo nada. Se acercó en silencio completo. Miró a este joven que parecía que en sus ojos se reflejaba la experiencia del mundo con cierta reserva. Empezó desde sus pies, hasta llegar a sus ojos… entonces, él le invitó a abrazarlo y el más joven de los paladines se aferró a él.
-¡Anthony! – apenas fue capaz de decir – Anthony, Anthony, Anthony – repitió, sin poder decir o pensar algo más que no fuese el nombre de su primo.
Candy los contempló sin ser capaz de arruinar el encuentro. Sus lágrimas eran de gozo total.
Cuando el momento hubo pasado, Candy se unió al abrazo y después sintieron los brazos de Stear rodeándolos a todos. Estuvieron así por unos segundos tan solo. Los fuertes y largos brazos del patriarca se unieron a sus sobrinos. No sabía qué era lo que había acontecido, no entendía cómo es que había enviado a Terry por una Andrew y él había triplicado su misión. Pero sin duda, estaría en deuda con Terrence por el resto de su vida.
Annie y Patty mientras tanto abrazaron efusivamente al Duque de Grandchester en un arranque emocional. Al principio Terry se sorprendió, nunca nadie había sido efusivo con él y no supo cómo actuar.
-Creí que me temían – exclamó feliz de volver a verles.
Las señoritas se miraron una a la otra, después rieron abiertamente y volvieron a abrazar a su excondiscípulo.
-Gracias por traerlos de regreso, Terry. Eres un héroe – dijeron divertidas.
-En realidad fue trabajo de equipo, pero no retiren eso de que soy un héroe – como todo actor, adoraba su lado exhibicionista.
-Ejem – Anna tuvo que toser para introducirse al grupo – ¿No me presentarás a tan graciosas señoritas?
-Ellas son Annie y Patty. Annie es hermana de Candy – dijo un tanto sonrojado por las atenciones femeninas frente a su esposa –. Annie, Patty, ella es Anna, mi esposa.
-¡Oh! – De inmediato las dos jovencitas inclinaron sus cabezas avergonzadas, miraron al suelo. Habrían deseado ser avestruces y esconder sus cabezas bajo la tierra –. Lo sentimos Mi Lady – una graciosa reverencia, acompañó las palabras de las chicas.
-Nos dejamos llevar por la emoción – expresó Patricia casi sin voz. Annie ni siquiera pudo hablar. Las palabras estaban llenas de emoción y la Duquesa de Grandchester les dedicó una franca sonrisa.
-No se preocupen; los amigos de Terry son mis amigos. Llámenme Anna – la joven dedicó a su esposo furtivas y cómplices miradas; el aristócrata se sintió aliviado.
Nuevamente las jovencitas se miraron mutuamente y sonrieron en franca complicidad.
-¡Gracias! – se le fueron al cuello a su nueva amiga olvidándose de todo protocolo. Terry estaba muy divertido con la escena.
Archie se acercó a Terry un poco dubitativo. Aún su rostro estaba un tanto desfigurado por las emociones y aun así su imagen no estaba del todo estropeada. Pero se llenó de valor. Sin decir palabra alguna, miró al Duque de Grandchester, estaba más delgado de lo que lo recordaba, su mirada estaba cansada y su cabello un tanto descuidado. Terry supo que no era el momento para uno de sus sarcasmos, así que guardó silencio, dándole tiempo a Archie. El menor de los Cornwell le extendió la mano, con sus ojos fijos en los del aristócrata; por su postura, Terry adivinó que Archie estaba haciendo mucho esfuerzo con este gesto. Miró la mano extendida por un lapso que a Archie le pareció una eternidad y después correspondió al saludo.
En realidad Archie no terminaba de asimilar lo que le estaba aconteciendo. Sus tres mejores amigos estaban de regreso en su vida, ya no estaría solo nunca más. Era el mismo júbilo que habían experimentado Anthony, Stear y Candy unas semanas atrás, cuando se encontraron. Habían estado solos por varios años, pero ya nunca volvería a pasar.
-Cornwell – dijo con acento ácido el aristócrata mientras apretaba el saludo.
-Grandchester – respondió arrastrando la voz – Gracias.
-¡¿Ustedes dos, guardarán sus espadas?! – les retó Candice al ver la actitud de Terry y Archie.
-¡Eso nunca! – Exclamó Terry con voz ácida.
-¡Terrence! – su esposa le llamó la atención.
-No perderé a mi mejor rival. Con nadie peleo mejor que con Archivald Cornwell – insistió sin desviar su mirada de la de Archie –. Relájate Archie. Mañana nuestros floretes volverán a encontrarse –, el menor de los Cornwell aceptó en silencio el poco convincente reto.
-Este par no tiene remedio – musitó Annie al punto del desmayo. Decidió colgarse del brazo de Archie y llevarlo de regreso con Stear. Era el único capaz de controlarlo.
Albert se negaba a soltar a Candy y a Anthony. Los vio tomados de la mano; se sentía feliz por ellos, aunque un nudo en el estómago le impedía la felicidad plena. Tenían mucho de qué hablar, pero por el momento, lo único que deseaba el patriarca era abrazarlos fuerte y asegurarse de que jamás volvería a perderlos.
-¿Así que un oficial germano? – indagó con interés.
-Lo siento tío. Tuve que hacerlo, para sobrevivir – se excusó.
-No te disculpes. Fue lo mejor que pudo pasarnos.
-No entiendo.
-Seguramente no te has puesto a pensar qué habría sucedido con Stear y Candy si tú no hubieses sido un alto oficial germano.
-Nunca lo había visto así.
-Anthony, quiero saberlo todo – aquello era un milagro.
-Sí, tío. Te diré cada detalle de mi historia, así tú traerás tu historia y juntos encontraremos la verdad de lo que ocurrió.
-La tía se pondrá feliz de verte, Anthony.
-Quiero verla, es lo que más deseo.
-Archie, Annie y Patty viajaron en cuando se declaró el cese al fuego, querían estar aquí. Tenían la esperanza de que Candy volvería – explicó – pero la tía ya no puede viajar. Tendrás que viajar para verla.
-Lo haré.
Malinalli, 17 octubre 2016.
*A Gloria. Poesía. Salvador Díaz Mirón.
