HERIDAS DE GUERRA
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.
Esta historia es ficticia, no pretende, de ninguna manera, hacer que los hechos y personajes aquí descritos sean fieles a la realidad histórica y social durante tiempos de la Gran Guerra.
Capítulo 20
Sanar
"¿Qué era eso por lo que nosotros los soldados nos apuñalábamos unos a otros, nos estrangulábamos como perros rabiosos? ¿Qué es eso por lo que combatimos hasta la muerte sin tener nada personal los unos contra los otros? Al fin y al cabo éramos gente civilizada1".
Veterano alemán, Primera Guerra Mundial. BBC. I was there – The Great War Interviews.
Los Andrew habían abandonado Europa con mucha premura. Stear y Anthony no darían por terminada su odisea hasta llegar a Chicago y realmente tenían mucho interés en dejar ya todo atrás. El invierno estaba a la vuelta de la esquina y la demanda de viajes trasatlánticos era la constante durante la inmediata post guerra.
La tía abuela Elroy bordaba el emblema del clan en un elegante mantel en el cuarto de té. Pronto sería navidad y deseaba que la mesa estuviera impecable durante la cena. Estaba enterada de la llegada de Albert, Archie y sus amigas; aún se sentía enfadada porque nunca había comprendido el desmedido interés de su sobrino menor para atravesar el océano. Era medio día y el fuego en la chimenea daba calidez al cuerpo de la anciana.
-Archie, no permitiré que vayas – esa había sido la última ocasión en que la tía había usado su voz de mando, después de ello, sus fuerzas la habían abandonado casi por completo; quizás por el temor de perder a sus sobrinos sobrevivientes – recuerda que tu madre te suplicó que no fueras a Europa cuando vino el funeral de tu hermano.
-Tía abuela, ella se refería a que no fuera yo también a enlistarme. Esto es diferente, Candy está en problemas, queremos ayudar – le respondió con un beso en la mejilla el menor de los Cornwell antes de tomar a sus amigas y salir con ellas.
Esta tarde, después de algunas semanas de viaje, estaban de regreso y la anciana se sentía feliz. Su gesto duro no la acompañaba; saber que ellos estarían pronto en casa alegraba su alma solitaria. La puerta se abrió lentamente y la tía, sin levantar la vista, saludó al recién llegado.
-Archie, sé que eres tú, esta vez no me sorprenderás – advirtió aliviada.
-Tía abuela, eso no es justo, nunca he podido sorprenderte – protestó el recién llegado.
-Sólo tú eres capaz de intentarlo. Sólo tú eres capaz de no darte por vencido – esta vez la anciana hizo a un lado el bordado para mirar a su sobrino. Le pareció más guapo que la última vez que lo había visto y sonrió orgullosa, era, más bien, una sonrisa de satisfacción.
La mirada de miel de Archie se clavó en la dulzura pocas veces demostrada por la tía; se acercó y la besó tiernamente.
-¿Dónde está William? – los cansados ojos se posaron en la puerta, esperando ver aparecer a su sobrino, ese cabeza dura que le causaba tantas preocupaciones con sus arrebatos y parecía no querer entrar en razón.
-Aquí tía – el patriarca se acercó sonriendo de oreja a oreja y los ojos de la tía se iluminaron como el sol al medio día. William Albert Andrew era su sobrino favorito. Era hijo de su hermano y le recordaba a su padre William C. Andrew.
El patriarca no vestía esta vez como un trotamundos, sino con toda la clase y gallardía del poderoso clan escocés. Ella suspiró ante tan gallardo joven y le extendió los brazos para darle la bienvenida.
-¿Localizaste a Candy, William? ¡Qué vergüenza! ¡Qué atrevida! ¡Salir a la guerra en busca de Alistar! - los jóvenes suspiraron con paciencia; al final de cuentas, esa anciana conservaba su genio y su figura, como clama el refrán. Su semblante de pronto se había tornado algo duro.
-Sí tía, localicé a Candy – la gran sonrisa no abandonaba el rostro del patriarca. La anciana supo leer que había algo más; permaneció en silencio esperando pero su sobrino no encontraba cómo darle las buenas nuevas, ella lo animó:
-Por tu sonrisa veo que tuviste razón: Ella volvió sana.
-Así es tía. ¿Quieres saludarla? – la retó divertido, sabiendo de antemano que la dama se negaría.
-¡Por supuesto que no! Ahora todo Chicago sabe que ella es una Andrew…
-Tía – la interrumpió Albert mientras miraba a Archie, quien tampoco podía dejar de sonreír ante las disparatadas preocupaciones de la matriarca – tía, espera – la tomó de sus manos y clavó sus hermosos ojos azules en los cansados ojos de la tía –. Ella tenía razón – el tono en la voz del joven se tornó más grave y muy emocionado. La dama guardó silencio, sin comprender; aguardando lo que su sobrino tenía para decirle –. Tía, ella estaba en lo cierto. Al no encontrar el cuerpo de Stear había posibilidades de que estuviese vivo.
-William, sabes que yo también tuve esa esperanza. Sabes que hice todo lo posible por encontrarlo… sin embargo no ha sido posible localizarlo – ella desvió su mirada para esconder el dolor que le provocaba la muerte del primogénito de los Cornwell.
-Pero nos faltó ir a la guerra. Nos faltó mirar por nosotros mismos – Albert le habló con mucho cariño y delicadeza, mientras peinaba el cabello de la anciana. Vio cómo sus ojos se humedecían.
-¿Qué quieres decir?
-Que Candy fue a la guerra, fue buscar, fue a mirar… y encontró – Albert guardó silencio para empezar a comunicarse con los ojos solamente – ella encontró a Stear, lo cuidó y están de regreso en casa. Volvieron juntos.
-¿Pero cómo ha sido eso posible?
-Abuela, antes de continuar, por favor, dime cómo te sientes.
-¡Estoy bien, William! – la anciana prácticamente lo regañó –. Debes confiar más en mi. Estoy vieja, no enferma. Nunca vi el cuerpo de mi muchacho, a decir verdad, siempre guardé la esperanza de que apareciera contando alguna historia rara.
-¿Cómo dices? ¿Nunca lo diste por muerto? – había lágrimas de felicidad corriendo ya por el rostro de Albert y de la tía.
-¡Claro que no! Soy como su madre; una madre sabe cuándo sus hijos están bien o no. Yo siempre supe que este muchacho loco estaba en algún lado – la tía recibió el pañuelo que Archie gentilmente le acercaba y secó sus lágrimas –. Vamos, cariño, trae aquí a tu hermano que ni se imagina el castigo que he pensado para él.
Archie sonrió delicadamente y fue a abrir la puerta. Stear y Candy entraron a la salita de té y la abuela de inmediato extendió los brazos al primogénito de los Cornwell.
-Alistar Cornwell Andrew – fue lo único que pudo decir antes de perderse en la multitud de sentimientos que se arremolinaban dentro de ella.
La tía era la figura materna que conocían. Así: Estricta, fuerte y valiente, pero cariñosa y bondadosa también con los suyos, sobre todo con los sobrinos que había criado como hijos.
-Tía abuela, lo siento – una vez más la voz de Alistar salió solo para disculparse y entonces, como si el joven hubiese tenido una varita mágica, la tía se tornó en un ser fuerte, inmutable y rígido:
-Nunca. Jamás, Alistar Cornwell, debes disculparse por haber escuchado el llamado de las armas para defender lo que has considerado una causa justa y noble. ¿No recuerdas ya haber leído que la nobleza de nuestro clan es debido a los hombres, que fueron capaces de luchar por la libertad de nuestra gente, de nuestro pueblo, de nuestra religión, incluso? Alistar, por tus venas corre la sangre de grandes guerreros que dieron su vida por la de los demás. No me sorprendió tu partida. Por favor, que no vuelva a escuchar que te disculpas por ser un hombre de nobles decisiones, por ser valiente y por atreverte a luchar.
-Tía abuela – el joven la miró agradecido; la tía había leído prácticamente sus pensamientos y sin requerir explicaciones adivinaba su lucha interna.
-Acércate, Candice – la dama dirigió una dura mirada a la joven enfermera y ella obedeció con cierto recelo.
-Buenas tardes, tía abuela, me da gusto volver a verla – Candy hizo una graciosa reverencia, cabizbaja, con palabras trémulas.
-Gracias por traer a Alistar. Espero que a partir de ahora puedas ocupar tu lugar en la familia – sentenció la matriarca sin otro gesto de cariño. Eso era suficiente para ella por el momento.
Candy iba a protestar, pero Albert le rogó mudamente que aceptara el ofrecimiento. La chica solo atinó a responder con otra reverencia.
-Alistar, quiero conocer su historia – la matriarca, como dictaban "las buenas costumbres" dio a su sobrino -por ser el varón- la oportunidad de narrar la historia, sin permitir que Candy hiciera comentario alguno. Ella estaba tan nerviosa que no protestó. No quería sobresaltar a la anciana.
Stear narró apasionadamente cada uno de los hechos que rodearon su desaparición. Su accidente, su captura, sus años de cautiverio, su esfuerzo por evitar ser torturado, hasta la aparición del Feldwebel Alfred Kursbach y de Candy en la prisión de Poznan. Cuando hubo terminado su narración la tía quedó en completo silencio.
-¿Y este señor, Kursbach, por qué les ayudó a escapar? – inquirió curiosa.
-Tía, fue una gran sorpresa, pero este oficial es miembro de nuestra familia.
-Eso no puede ser verdad. Muchas familias nobles inglesas y escocesas están emparentadas con la aristocracia alemana, pero no nuestro clan – la tía abuela estaba haciendo un esfuerzo, buscando en su memoria alguna rama en el árbol genealógico Andrew que pudiese haberse extendido a Alemania –. Por más que lo intento, no logro recordar nexo alguno…
-Tía abuela – Albert se arrodilló para ponerse a la altura de su tía. Estaba serio. Tomó nuevamente las arrugadas manos entre las de él, tragó saliva y la miró directamente a sus ojos, rogando al cielo por la fortaleza necesaria para la dama – tía, hay otro Andrew cuyo cuerpo nunca vimos.
La tía no separó los ojos de los de Albert, pero retiró sus manos de inmediato del dulce contacto, como si tuviesen fuego.
-No juegues conmigo, William – le advirtió. El único Andrew a quien podía referirse su sobrino era Anthony, su sobrino, tan similar a su abuelo, tan capaz de desafiarla y de poner en tela de juicio sus instrucciones y al mismo tiempo, tan dulce y tan sensible.
-Tía, no estoy jugando contigo, sabes que jamás me atrevería a una broma tan delicada.
Albert dio tiempo para que la tía abuela pudiera sopesar la noticia que estaba recibiendo. Todos en la sala de té guardaron silencio. La tía pudo leer en el lenguaje corporal de los presentes que lo que estaba escuchando era verdad. Recargó su cuerpo por completo en el respaldo de la silla y cerró sus ojos.
-¿Estás bien, tía? – Albert se acercó más a ella con la preocupación a flor de piel.
-¡Candy! – Stear rogó para que la joven pudiera tomar el pulso de la anciana.
-¡Déjenme en paz y traigan a Anthony! – ordenó convertida en una mujer fuerte, con muchos años menos – ¡Anthony! – ella ya no quería escuchar más, no quería saber de historias, no quiso discutir sobre posibilidades, su corazón dio un brinco y siguió dando voces sin saber de dónde obtenía la fuerza – Anthony – repitió una y otra vez hasta que la figura alta y gallarda de su sobrino se posó en la puerta.
Entonces, guardó silencio. Fue un silencio casi sepulcral. Vio a un joven fuerte y muy guapo quedarse con los pies clavados al piso, sin poder moverse. La tía creyó ver transfigurado a su padre en la silueta de su nieto. Ella ahora no quería explicaciones, no quería conocer la historia, tan solo quería tomarlo en sus brazos.
-Anthony – la voz la abandonó, se quebró. Había dulzura extrema en su mirada.
-Tía abuela – el joven finalmente encontró dentro de sí la fuerza para moverse y se acercó aceleradamente para caer arrodillado a los pies de la matriarca. Se abrazó a ella y la dama lo recibió en su regazo –. Anthony, mi Anthony – ella no podía dejar de acariciar la rubia cabellera; podía sentir que su falda se humedecía por las lágrimas de su sobrino. Miró hacia su derredor y descubrió que el resto de sus sobrinos estaba también muy conmovido.
-Muchas madres están llorando porque la guerra les ha arrebatado a sus hijos, pero a mí me los devolvió.
Anthony, Stear y Candy narraron varios hechos más a la matriarca. Anthony tuvo ahora oportunidad de narrar su propia historia, su accidente, su larga espera por una visita en el hospital, su recuperación, la guerra; aunque no quiso ser muy descriptivo con su participación en el conflicto bélico pues no se sentía muy orgulloso de las vidas que había tenido que arrebatar en el campo de batalla.
-Anthony, tenías que hacerlo, así es la guerra – la anciana trató de darle el mismo consuelo que dio a Alistar, sin embargo, se dio cuenta que no había tenido tanto éxito con Anthony. Los tristes ojos de su sobrino solamente se encendían cuando miraban a Candy. Ella se sintió agradecida con la enfermera y tomó la determinación de apoyarlos para que su relación prosperara. Estaba segura que para el poderoso clan escocés sería muy difícil aceptar esa relación; ya había empezado a tener quejas de la relación de Archie con Annie, pero estaba dispuesta a usar su influencia en el clan para ayudar a sus nietos.
Después de varios minutos, la tía abuela pidió que la dejaran sola con William pues había algunos asuntos que debían tratar. Albert respiró resignado y se puso cómodo en una silla cerca de la matriarca y su mesita de té.
-William, supongo que ya te habrás dado cuenta de las heridas que trajeron de la guerra.
-¿Heridas? No, tía. Ellos están bien, no fueron heridos.
-No son heridas superficiales. No son heridas palpables. Son heridas de su corazón.
-Bueno, tía, sí – Albert aceptó que la guerra había cambiado a los tres jóvenes – supongo que todo el que está en un campo de batalla, regresa herido.
-Stear está inseguro. No reconoce su lugar, tiene miedo. El miedo es su peor enemigo y es muy difícil de vencer. No lo pierdas de vista, puede tornarse taciturno.
-Sí tía. Trataré de buscar ayuda para él.
-Anthony se siente avergonzado. Creo que le preocupa lo que la familia puede pensar de él por lo que tuvo que hacer para sobrevivir. Tenemos que encontrar la forma de hacerle sentir amado y sobre todo, muy respetado. Creo que querrá mantener su historia en secreto. Eso indica la lucha interna que está lidiando, espero que Candy pueda ayudarlo. De hecho, se enfrentarán al rechazo del clan hacia su compromiso, quizás eso le ayude a olvidarse un poco de la guerra para concentrarse en Candy.
-No me había dado cuenta, los he visto tan fuertes, tan valientes.
-No tenían opción, debieron serlo; sin embargo, ya los viste: en cuanto me vieron se derrumbaron.
-Por eso no quisieron dejar pasar más tiempo para volver.
-Así es: Necesitaban terminar con todo y solo lo hicieron hasta que se sintieron seguros en casa.
-¿Y qué piensas de Candy?
-Ella está bien, William. Las mujeres somos más fuertes de lo que ustedes creen. Ella será de gran ayuda para Stear y Anthony. Habla con Archie para que apoye mucho a Stear.
-Estoy seguro de que Patty también estará feliz de ayudar a Stear.
-Patty… - la anciana hizo una pausa – debes advertirle que no será fácil. Habrá días que Stear estará agresivo, incluso.
-¿Stear, agresivo? Me cuesta imaginarlo – confesó – ¿Cómo es que sabes tanto?
- Un joven médico francés, ha estado frecuentando esta casa en busca de Candice. Viene siempre acompañado por un colega, un tal doctor Myers3. El doctor Myers es un reconocido investigador con una charla muy amena, ellos han tenido la cortesía de hacerme compañía. Conversaron conmigo acerca de los síntomas del shell shock: confusión, amnesia, cefalea, nerviosismo, pesadillas, temblores, sensibilidad extrema al ruido, parálisis, mutismo. También leí una entrevista en el periódico en la que un soldado alemán confesaba lo mal que se sintió al matar con su bayoneta a un soldado francés; explicó que tuvo ganas de vomitar, que le temblaron las piernas, que se sintió avergonzado, que habría preferido estrechar su mano y ser su amigo. Eso mismo vi en los ojos de Anthony. También le llaman Síndrome del corazón del soldado y Stear y Anthony tienen enormes corazones, estoy muy preocupada por ellos. Esperemos que su fuerza sea suficiente para superarlo pronto.
-¿Tía, por qué te informaste tanto sobre las enfermedades de los soldados?
La tía abuela ya no respondió, pero era obvio que se había preocupado por Candy. Albert sonrió agradecido.
-Porque no tenía nada más qué hacer y estaba aburrida – dijo con frialdad – además, este par de jóvenes médicos son sumamente agradables. Sinceramente, creí que Michel sería un buen partido para Candice, sin embargo, me parece que Anthony no estará de acuerdo.
-Gracias, tía. Es una bendición tener una mujer tan inteligente como tú cuidando de nosotros – Albert se acercó cariñosamente y depositó un suave beso en la frente de la anciana. Estaba dispuesto a abandonar la sala de té, pero la tía no había terminado.
-William, el doctor Myers dijo que los oficiales presentan enfermedades neurasténicas porque su sistema nervioso está agotado, su cuerpo está fatigado, porque no durmieron bien y porque se sometieron a mucho estrés. Aunque veas bien a Anthony, no dejes de prestarle atención.
-Lo haré tía – el joven se quedó meditando por un momento – quizás sería bueno advertirles a mis sobrinos sobre lo que me has dicho. Me sentiría extraño observándolos sin ponerlos sobre aviso. Creo que son muy maduros y sabrán que es por su bienestar.
-No lo sé. No quisiera preocuparlos.
-No creo que sea algo que ellos no puedan soportar. Además, ya no están solos en esto. La actitud de Alistar para aislarse de todo mientras estuvo en cautiverio es muy preocupante. Es uno de esos síntomas que mencionaste: Mutismo.
-Es una fortuna que el doctor Myers esté en Chicago.
ooOoo ooOoo
Tan pronto despuntó el alba a la siguiente mañana, William Albert Andrew subió a la limusina que lo conduciría al consorcio. George estaba sereno al volante. Había amado mucho a esta familia y el regocijo que sentía por tan buenas nuevas lo tenía con muy buen semblante. Sin embargo, este semblante se ensombreció cuando el joven patriarca lo puso al tanto de los pormenores de la supuesta muerte de Anthony, hasta donde él podía explicar, por supuesto.
-George, necesito al señor Leagan en mi oficina, por favor, hazle saber de la urgencia de mi llamado- para Albert era difícil imaginar que el caballero hubiese estado inmiscuido de mala fe en la supuesta muerte de Anthony.
-Por supuesto- el hombre trató de concentrarse en conducir, aunque a partir de ese momento, estuvo esforzándose por revivir los hechos de aquél fatídico día tal como los recordaba. Una y otra vez llegaba al mismo punto: Distraído por las atenciones que requerían Candy y la señora Elroy, tan solo se aseguró de que el servicio fúnebre fuera organizado, pero no se envolvió directamente en los preparativos; los preparativos los había hecho el señor Leagan. Él había recibido instrucciones del señor Leagan para cuidar de las damas y las había seguido al pie de la letra.
Al llegar al edificio Albert suspiró sintiendo todo el peso del mundo sobre sus hombros. Ciertamente, George no envidiaba para nada la difícil tarea que el joven tenía por delante. Aún era muy temprano y solo el guardia de seguridad fue testigo de su llegada. Saludó con cortesía mientras les habría la enorme puerta sorprendido de ver al presidente del consorcio. Albert y George caminaron por un elegante recibidor, cuyo piso parecía un espejo; sus pasos decididos y fuertes encontraron eco en la soledad del edificio.
George se detuvo ante el elevador para presionar los botones, la puerta se abrió y cedió el paso a su joven jefe.
-Te veré en la oficina, prefiero usar las escaleras- Albert le dio el maletín y se desprendió del pesado abrigo invernal. Sabía que un poco de ejercicio le ayudaría a aclarar su mente.
Mientras subía las escaleras que parecían no tener fin Albert trataba de permanecer sereno. El atlético cuerpo escondido bajo un traje sobrio y elegante empezaba a recibir los beneficios del esfuerzo físico. Los músculos, tensos al principio, estaban mucho más relajados; la seriedad de su mirada se había tornado a un mejor semblante cuando finalmente las escaleras sucumbieron tras quince pisos de ascenso continuo. Escucharía lo que el señor Leagan tuviese que decir, le concedería el derecho de la duda. Cuando George lo vio entrar a su oficina supo que tenía la situación bajo control. George había estado preocupado porque sabía que Albert era arrebatado, pero ahora podía ver que podía confiar en que tomaría la mejor decisión, fuera la que fuera.
Un par de horas más tarde Albert escuchó un llamado firme en su puerta.
-Adelante, señor Leagan- la puerta se abrió para dar paso a un acaballero elegante, de mirar triste y ausente que le saludó con sinceridad.
-William- extendió su mano en actitud casi paternal.
Para Albert fue una dura tarea explicar cada detalle al caballero.
El señor Leagan posó el peso de su cuerpo por completo en el respaldo de la silla en la que estaba sentado; sintió que se mareaba y no podía articular palabra alguna. Aflojó su corbata y tragó saliva; su boca estaba seca.
-¿Anthony, vivo?- era lo único capaz de repetir continuamente.
-Necesito saber qué es lo que sucedió ese día. Todos queremos comprender por qué se dio a Anthony por muerto.
-William… ¿Dónde está Anthony? ¡Por favor, William, quiero verlo! – el señor Leagan aún no comprendía el señalamiento que este interrogatorio conllevaba. Pero al ver la seriedad en el rostro de Albert, detuvo su entusiasmo, de pronto todo se aclaró ante sus ojos - ¿No estarás pensando que lo hice pasar por muerto? ¿Qué habría ganado yo con eso? ¡Yo también amaba a Anthony! Y también sufrí su muerte – había sinceridad en las palabras del caballero. Albert estaba seguro.
-Quiero saber qué fue lo que ocurrió – Albert lo miró a los ojos, sin parpadear; ahora prácticamente exigiendo una explicación.
-No lo sé: Vine a Chicago con Sarah siguiendo a Vincent Brown; como comprenderás, fue imposible convencer a Elisa de que se quedara en Lakewood – hizo una pausa para controlar el nudo en su garganta – ella estaba enamorada de tu sobrino – sonrió melancólicamente – todo fue muy rápido. Estuvimos esperando hablar con Vincent toda la mañana, pero él no se apartaba de su hijo, actuaba muy raro, como si estuviera fuera de este mundo; la última vez que lo vi le pedía sollozando a Rosemarie que no se llevara a su hijo. En ese momento supe que Anthony estaba muy grave; fue atendido intensivamente y no nos permitieron el acceso, solo a su padre – los ojos del señor Leagan revelaban que estaba reviviendo los hechos tal como los recordaba –. Entonces fue cuando vi a George entrar apresurado y pálido por el pasillo principal del hospital, me acerqué de prisa a él y me puso al tanto de lo que acontecía en Lakewood, yo mismo le pedí que regresara a atender a la tía abuela y a Candy porque era una dura tarea para Stear y Archie; además, estaban los invitados a la cacería, muchos habían viajado para el evento y seguramente necesitaban atenciones. Le dije que yo ayudaría a Vincent, y que lo contactaría en cuanto tuviera noticias. Lo vi subirse a toda prisa al auto; nuestra conversación no debió durar más de quince o veinte minutos. Regresé a la sala de espera y encontré a Sarah y a Elisa llorando desconsoladas. Sarah fue quien me dijo que Anthony había fallecido y me explicó que Vincent estaba fuera de sí, que habían tenido que sedarlo, me rogó que me hiciera cargo del funeral. Dijo que ella se encargaría de los procedimientos y que cuidaría de Vincent. Me pidió que me llevara a Elisa; mi hija estaba muy triste, en shock, solo lloraba, no podía hablar si quiera. La tomé en mis brazos prácticamente y volví a Lakewood para preparar el funeral y esperar a que llegara el cuerpo de tu sobrino, que Sarah y Vincent enviarían. El ataúd llegó cerrado a Lakewood, dijeron que el cuerpo estaba muy mal y nos impidieron abrirlo.
Albert guardó silencio. Trató de armar cada detalle que el señor Leagan había narrado. Pasaron tantas cosas de manera tan presurosa.
-¿Y no te pareció raro que Vincent no estuviera en el funeral de su hijo?
-Por supuesto – exclamó al borde de la desesperación – le hice el mismo comentario a Sarah, pero ella me dijo que Vincent seguía en el hospital, sedado. A la mañana siguiente, al despertar, encontré una nota de Sarah diciendo que se había llevado al auto a Chicago porque deseaba ver cómo había amanecido Vincent y cuando volvió esa tarde, me dijo que ya no lo había encontrado, que había abandonado el hospital y que nadie supo nada ya de él. Que liquidó la cuenta del hospital y desapareció.
-Sin embargo, Vincent estuvo en Chicago solo con su hijo. Esperando el apoyo y confort de la familia; pero nadie apareció porque estábamos muy tristes y ocupados llorando la muerte de Anthony y cuidando de la tía y Candy.
El señor Leagan agachó la cabeza, estuvo mirando el piso sin atreverse a decir nada más. Un silencio sepulcral se respiró en la oficina y se prolongó más de lo debido; hasta que William se acusó a sí mismo por no haber investigado más.
-No William, tú eras muy joven aún; yo fui engañado y no me di cuenta – aceptó avergonzado.
-¡Pero tenía a George!
-George hizo bien su trabajo. Estuvo pendiente de la tía y de Candy, así como de las relaciones de la familia, despidió a los invitados, se encargó de la prensa y, supongo que también estuvo contigo.
-Yo debí salir de la obscuridad en ese momento, debí encargarme de la tía y Candy y permitir que George estuviera pendiente de Vincent.
-William… -había una difícil pregunta, algo incómoda. La voz del señor Leagan tembló ligeramente - ¿Crees que Sarah haya planeado todo? – tenía miedo de la respuesta.
El joven patriarca respiró profundo mientras meditaba y buscaba la respuesta correcta. Vio a ese hombre viudo destrozado por un posible engaño y tuvo compasión de él.
-No lo sé, señor Leagan. Quizás alguien le dio la información equivocada.
-¿De verdad lo crees?
-Es posible – Albert se encogió de hombros. Esa era la respuesta correcta para el señor Leagan; aunque no estaba seguro de que fuese la verdad. Vincent Brown y Sarah Leagan ahora estaban muertos, nadie podría ya saber lo que realmente había ocurrido.
El señor Leagan meditó sobre la situación y suspiró profundamente. Albert siempre se preguntó si aquélla ocasión realmente este hombre se habría convencido de la posibilidad de que su esposa hubiese sido víctima de la confusión. Nunca se atrevió a preguntarle.
oOo oOo oOo
Los meses pasaron entre días buenos y días malos. Para los primos Andrew fue todo un desafío ir dejando atrás las horrendas imágenes que vivieron, sin embargo, con la ayuda de su familia y de sus amigos lo superaron hasta cierto grado.
Las cosas fueron más difíciles de superar para Alistar. Pero era muy inteligente, se había puesto en manos del doctor Myers y su recuperación avanzaba, aunque lentamente.
En el taller de la mansión de Chicago, Alistar se concentraba en el nuevo motor híbrido que deseaba para su propio auto. Se preguntaba el destino final de aquéllos autos en Berlín y esperaba poder hacer los mismos cambios en el auto que él mismo había manufacturado. La puerta enorme de madera se abrió muy despacio, Alistar levantó la vista y encontró la tímida figura de Patty; ella lo miraba con curiosidad, estaba sonrojada y no se atrevía a dar un paso más. Estar a solas con su novio podría ser motivo del desprestigio total para ella y para su familia.
-Patty – Stear abandonó su tarea y se acercó a ella con entusiasmo – ven aquí, quiero mostrarte lo que estoy haciendo – la tomó de la mano con naturalidad para guiarla, pero la joven no fue capaz de moverse.
-Stear – su trémula y temblorosa voz fue suficiente para que el piloto interpretara los temores de su novia – yo… no debería.
-Vamos Patty – la invitó desenfadado – tan solo quiero mostrarte esta novedad. He vuelto a visitar la Woods Motor3; ellos tienen un motor híbrido que me sirvió de inspiración para unos autos maravillosos que sirvieron en nuestro trayecto de vuelta a casa. ¡Oh, Patty! – los negros ojos de Stear brillaron emocionados – debiste verme manejando a 100 km/hr.
-Stear, eso no es posible, los autos más veloces van a la mitad de esa velocidad – la joven le sonrió con ternura, creyendo que su adorado piloto podría estar perdiendo la razón.
-¡Claro que es posible, querida! – el piloto estaba tan emocionado que no se dio cuenta de la forma cariñosa en que había llamado a su novia por primera vez.
-¿Cómo dijiste? – ella sintió que el suave sonrojo que tenía al principio se había tornado a un rojo carmesí en todo su cuerpo.
-Te estoy explicando que con una combinación de energía…
-No, Alistar – le interrumpió, sin desviar su mirada – ¿cómo me llamaste?
Fue entonces que el muchacho hizo una pausa en su monólogo de mecánica para buscar la respuesta que su novia demandaba. Se quedó de una pieza cuando su memoria se lo recordó.
Hubo un silencio completo entre ellos. Unos suaves rayos de sol se colaron entre las maderas de la pared del taller y aterrizaron delicadamente sobre la piel de la chica, para Alistar no había visión más bella que esa joven temblando emocionada con tan solo la profundidad de sus miradas.
-"Querida" – repitió. Cerrando toda distancia entre él y su novia.
Ella no supo cómo responder, más allá de la percepción de la temperatura elevándose por todo su cuerpo, ocasionando un singular sonrojo que explotaba irremediablemente.
Alistar finalmente la tomó de sus brazos, presionándolos con dulzura, sin desviar sus ojos de los de ella, que lo tenían atrapado en cuerpo y alma.
-"Querida" – repitió con voz enronquecida atrayéndola hacia él – "querida" – le dijo al oído, encendiendo el fuego dentro de la chica – "querida" – condujo sus labios suavemente al cuello sin atreverse a besarla – "querida" – buscó sus labios y rompió toda distancia, masajeándolos tiernamente.
Ella sintió que sus rodillas se doblaban, era una suerte estar en los varoniles brazos de Stear Cornwell. Sintió la humedad de los labios del joven posarse aun dudosos en los de ella; la vida misma era una explosión para la chica. Delicadamente abrió sus labios con la clara invitación para ser invadida por tan seductor hombre, él aceptó el desafío y la besó sin reservas, con suma delicadeza al principio, guiándola por sensaciones recién descubiertas; de hecho, no deseaba seducirla, solo deseaba mostrarle cuánto la amaba, cuán importante era para él. Ella, en estos meses se había convertido en su mejor amiga, en su dulce apoyo, en el despertar de deseos que había considerado no volvería a experimentar, sin embargo, Patricia, con su inocente seducción, había acaparado todos sus sueños y pensamientos.
Ella era quien temblaba en sus brazos en estos momentos, quien estaba confiando en él. Sintieron ambos que tocaron el cielo, y después se abrió paso el preámbulo del más puro deseo de sus jóvenes cuerpos. Patricia no podía detenerse, sus labios exigían más; sus manos hurgaban curiosas por el cuerpo de su novio y permitieron a la vez que él explorara cuanto deseara de ella. La pasión se fue incrementando hasta casi llegar al punto sin retorno.
-Stear… - entre los cálidos besos, su pecho agitado, el sudor de su piel, la joven encontró un poco de cordura.
-Patty – susurró en el oído, tratando de controlarse.
-Debemos detenernos – era una voz casi de súplica.
-Patty – el joven continuó besando los labios de la joven y ella correspondió; se sintió perdida, mareada. Los labios de Alistar jugueteaban, su lengua bailoteada dentro de su boca, sus manos recorrían sin pudor las curvas de la chica, ocasionando en ella explosiones recurrentes; su sangre hervía, su respiración era agitada ¿Qué era todo aquello que recién descubría? ¿Quizás era el cielo? Se bebió el cálido aliento de su novio, gozó con sus seducciones, se perdió en lo que su joven cuerpo experimentaba: Esa nueva humedad que percibía en su más pura intimidad.
-Stear –, la voz de Patricia sonó deliciosamente excitada, dispuesta. Quizás esto fue lo que sacudió al primogénito de los Cornwell.
Delicadamente Alistar disminuyó el encuentro. Cuando Patricia notó las intenciones de su novio se detuvo de golpe. Ella no tenía experiencia alguna, solo había dentro de ella una voz que de pronto le gritaba que debía detenerse de inmediato y así lo hizo.
-Patty – el joven notó la lucha interna de su novia y la envolvió en sus brazos – te amo, Patty – se atrevió a confesar.
-Stear – había lágrimas de arrepentimiento en Patty. No sabía qué hacer con ellas. Jamás nadie le había explicado cómo actuar en estas situaciones. No deseaba decepcionar a Stear.
Alistar notó los temores de la chica y decidió ayudarla.
-Patty, eres la mujer más valiosa y maravillosa del mundo para mí.
-¿No estás decepcionado por mi comportamiento?
-No, Patty – una leve sonrisa adornó el rostro de Stear mientras depositaba un casto beso en las manos de Patty –. Me has dado un momento maravilloso. Te adoro.
Ella solo atinó a abrazarlo fuertemente, percibiendo cómo la temperatura de su sangre volvía a la normalidad.
-Dame tiempo, Patty – suplicó.
-No entiendo.
-Patty, no puedo comprometerme contigo todavía.
-¿Qué dices? – de pronto, la temperatura se elevó nuevamente, pero ahora fue por miedo, quizás también algo de enojo.
-Mereces que yo esté sano, mereces estar con un hombre completo, no un hombre mutilado en el alma, que lleve pesadillas a nuestra casa.
-A mí eso no me importa.
-Pero a mí sí.
-Podemos superarlo juntos.
-Lo estamos superando juntos, Patty.
-¿Entonces? – la chica no pudo esconder su decepción.
-Te prometo que pondré toda mi energía en mi recuperación. No quiero que seas mi enfermera, quiero que seas mi esposa, mi amiga, mi compañera.
-No es justo, yo puedo…
-Sé que puedes, pero no quiero.
-Stear…
-Dame un poco más de tiempo Patty, solo un poco más.
-Confío en ti. Lo estás haciendo muy bien. Lo hiciste muy bien en esa celda. Te protegiste para no sufrir; sé que encontrarás pronto la forma de dejar todo atrás – ella se puso de puntitas para alcanzar los labios de Alistar.
-Gracias, Patty.
-"Querida" – lo corrigió sonrojada.
-"Querida" – la llamó mientras la cobijaba nuevamente entre sus brazos.
Anthony, por su parte, se había liberado del estrés y estaba durmiendo mucho mejor. La tía les había pedido pasar algunos días en Lakewood, aunque le había prohibido, como si fuese un niño, trabajar en el jardín; no quería que se levantara de madrugada.
Ellos hablaban largamente, la tía pasaba horas narrando historias familiares a sus sobrinos, era increíble como las anécdotas que antes parecían aburridas a los chiquillos, ahora, como adultos, les parecían muy singulares y disfrutaban de conocer a sus antepasados. Los padres de Stear y Archie no habían podido viajar para visitar a sus hijos; la tía los había reprendido duramente en el teléfono y después se había encargado de que sus sobrinos no sintieran su ausencia; afortunadamente, los señores Cornwell se habían comprometido a visitar América este verano. Por lo pronto, ya la primavera estaba llegando. El señor Withman había estado trabajando en el jardín y su esfuerzo estaba rindiendo sus frutos: Las dulce Candy embellecieron la mansión y su aroma revitalizó los sentidos de los habitantes de la mansión de las rosas.
Esa mañana en especial, Anthony decidió dar un paseo matutino. Se había estado debatiendo en las ideas que tenía para finalmente pedirle a Candy que aceptara ser su esposa. El pobre joven estaba cada día más nervioso, estaba seguro de que deseaba pasar el resto de su vida con ella, quería compartir con ella su felicidad y deseaba que todo en su propuesta fuese perfecto.
Había traído el anillo de su madre en el bolsillo de su pantalón ya por varios días, pero cualquier idea le parecía que podía ser mejorada.
Rosas, estrellas, árboles, caballos, música de gaitas… todo lo confundía. Anthony deseaba que fuese perfecto. Un paseo por el bosque podría aclarar su mente. Aún estaba obscuro; el espectáculo del amanecer era de sus favoritos, quizás, si se apresuraba, podría llegar a tiempo a su colina favorita para disfrutar de los matices matutinos a la salida del sol.
El joven tenía razón: Llegó a tiempo a la colina. Bajó de un salto de su corcel, le dijo unas cariñosas palabras mientras lo amarraba a la rama de un árbol. Después se despojó de su ligera capa de primavera para ponerla sobre el pasto.
-Anthony – Candy admiraba la silueta del jinete en su ajustado traje de montar. Cada músculo estaba en su perfecta forma. No pudo evitar sonrojarse por los atrevidos pensamientos que la asaltaron de inmediato.
No dudó en hacerse notar y de inmediato comenzó a descender de la rama del árbol que había elegido para también contemplar el amanecer. Ella usaba un delicado vestido de algodón; no había cabalgado, había preferido caminar.
-¡Candy! – los ojos de Anthony se iluminaron como el sol a medio día – ¿Qué hace una dormilona de pie tan temprano? – preguntó juguetón mientras la recibía en sus brazos.
-En realidad no he podido dormir en toda la noche.
-¿Por qué? – preguntó preocupado.
-No lo sé… - ella se acurrucó en su lugar favorito: El pecho de su novio, entre sus brazos.
-¿Estás preocupada?
-No – respondió – a mí también me es difícil separarme del estrés. Supongo que me acostumbré a estar alerta.
-Sí – él la miró con ternura infinita – Eso debe ser.
No me gusta dormir sola, lo sabes – explicó, aunque de inmediato se arrepintió, consideró que no debió haberlo dicho y se sonrojó.
-Bueno – el tono de la voz era de juguetona seducción – puedes venir a buscarme en mi recámara siempre que quieras – la invitó mientras le robaba un beso.
-¡Anthony! – se escandalizó.
-¡JaJaJa! – no sería la primera vez que irrumpes en mi recámara con tu almohada, ¿o ya lo olvidaste? – le habló mordisqueando su oído delicadamente.
-No. Claro que no – respondió casi sin voz, alterada por las atenciones de Anthony –; esa noche me ayudaste a dormir como hacía tiempo no lo había hecho.
-Tú también me ayudaste a dormir, me sentí seguro y completo teniéndote en mis brazos – le declaró con vehemencia.
Ya el cielo se pintaba de los colores del día naciente. Las nubes eran suaves algodones de tonos naranjas, rosas y violetas. Algunos rayos en el horizonte nacían elevándose al cenit con la aparición del astro rey. Los labios de la pareja estaban muy cercanos, sin atreverse a convertirse en besos, ellos podían beberse su aliento y envolverse en sus ardientes miradas y deseos.
-Deberíamos dormir juntos cada noche – las suaves e inocentes palabras de Candy habían sido lanzadas sin que ella se hubiese detenido a pensarlo. Una vez que abandonaron sus labios, quiso regresarlas, pero era demasiado tarde. Se sonrojó hasta las orejas.
Ninguna palabra secundó el entusiasmo de la joven. La mirada de Anthony se tornó apasionada y ardiente. El silencio se prolongó más de lo normal sin que ninguno de los dos fuera capaz de romperlo; sus miradas eran una sola.
-Anthony, lo siento… - ella interpretó erróneamente el silencio.
-Shhh… - él iba a callarla con su dedo, pero prefirió besarla.
Esta vez no hubo suavidad en su contacto; era un beso hambriento, casi fiero. La sangre del joven estaba ardiendo de amor y deseo puro por la chica que temblaba entre sus brazos, la que siempre había amado. Los sentimientos vivos desde antaño, se volcaron en la pareja con la vívida necesidad de apoderarse de ellos. De pronto, sus manos varoniles abrieron sus dedos en los constados de la joven, como deseando abracar la mayor parte de ella, la atrajo hacia sí con firmeza, mostrándole la desmedida excitación de su cuerpo. Ella percibió la dureza del joven en su vientre, se sintió mareada, complacida; aunque todo era nuevo, era extrañamente familiar, ese había sido el deseo reprimido desde siempre. Colgó sus brazos en su cuello y le permitió hurgar en su boca. Sintió la lengua masculina recorrer su boca, su rostro, sus oídos, su cuello… él la guió para colocarla delicadamente sobre su capa y la contempló extasiado, era una hermosa ninfa de ojos verdes yaciendo plácidamente sobre el cálido césped. No resistió la tentación de continuar con sus atenciones besando su cuello, se recostó ligeramente al lado de ella y despejó la nívea torre de esos rizos traviesos que se travesaban en su camino. Su lengua, cálida y húmeda, se paseó seductora sin tapujos disfrutando de la bienvenida que los pequeños gemidos placenteros de Candy prodigaban. La besó despacio, sin prisa, acariciando al mismo tiempo los brazos femeninos que se erizaban al menor contacto de las manos masculinas. Su lengua fue yendo al sur con dulzura, hasta toparse con los suaves y firmes montes que lo enloquecían y que tantas veces había soñado con estrujarlos desnudos en sus manos. Debían estar coronados por un botón rosa y duro, lo adivinaba, lo intuía. Ya habían decidido hace algún tiempo que no pasarían la línea, pero era tan difícil. Él la amaba, ella lo amaba; él la deseaba, ello lo deseaba ¿por qué tenían que esperar más para hacerla suya en cuerpo y alma? Se levantó ligeramente para contemplarla una vez más, los colores del amanecer se posaban en su cuerpo, sus rizos estaban desordenados, habían atrapado entre ellos una que otra hoja seca, ella se miraba tan deliciosamente bella…
-Me vuelves loco – musitó en su oído – ¿Oh, Candy, por qué tuve que prometerte que no te haría mía hasta que fueras mi esposa? – era deseo; mucho deseo lo que los atormentaba y bendecía al mismo tiempo.
Las pupilas de la chica estaban dilatadas, era incapaz de dejar de mirarlo, pero también era incapaz de decir palabra alguna. Su respiración era agitada, invitando seductoramente a su novio para que continuaran con su encuentro. Ella levantó sus brazos para atrapar el cuello de Anthony una vez más y atraerlo a sus labios, él correspondió el beso con la misma pasión que ella exigía; recorrió el cuerpo de la joven tratando aún de tener acceso solo en aquéllas zonas que no consideraba íntimas, ¡pero cielos, era tan difícil controlarse! Quería desnudarla, hacerla suya, recorrer sus piernas largas y torneadas con sus manos, sus muslos, sus senos… todo…
De pronto interrumpió el encuentro. Ya no podía esperar más.
Se desprendió del contacto y le sonrió juguetón, sin decir nada, la tomó de las manos y le ayudó a levantarse. La besó en los labios presuroso y se arrodilló de inmediato.
-Sé mi esposa, Candy; sé mi esposa por favor. Acaba con este martirio y déjame ser tu compañero. Quiero hacerte el amor – le dijo sincero y apasionado, ella abrió los ojos sorprendida, incluso un tanto divertida y él continuó nervioso – quiero hacerte el amor al comenzar el día, quiero hacerte mía cada noche, quiero entregarte mi cuerpo y mi alma. Quiero hacerte el amor al caer la tarde. Quiero mostrarte que hay mil formas de hacer el amor. Te haré el amor al mirarte, al abrazarte, al hablarte. Te haré el amor después de haberte amado. Quiero dormir contigo. Quiero tener la paz que disfruto al abrazarte. Quiero amarte de todas las formas en que puede amarse. Sé mi esposa, Candy, por favor, déjame estar a tu lado para siempre. Entonces… ¿Candice White Andrew, acabarás con este suplicio? Duerme conmigo cada noche.
Ella se quedó sin palabras, le había divertido su sinceridad al declararle su deseo de hacerla suya, la simple y hasta tosca confesión de querer dormir con ella cada noche. Estaba sonrojada y muy feliz de escucharlo. Se miraron sonriendo.
-¿Me pregunto, señor Kursbach – arrastró divertida el título imitando el tono que él había usado con ella en el Ayuntamiento de Poznan – cómo es que ha logrado sobrevivir todos estos años sin mí? – la joven se arrodilló y lo besó apasionadamente.
-Sólo sobreviví porque tenía la esperanza de poder un día robarte al Duque de Grandchester – confesó entre besos – y no estoy bromeando; habría sido capaz de arrancarte de sus brazos para hacerte mía y solo mía.
-Me alegro de que no fuera necesario. ¿En qué nos quedamos? – ella continuó besándolo apasionadamente, con fuego, con mucho deseo.
-¿Eso es un "Sí", verdad, Mi Lady? ¿Te casarás conmigo, Candy? – continuó preguntando entre la humedad de sus besos.
-No hay nada que deseé más en el mundo que ser tu esposa, Anthony. Me casaré contigo…
El joven la recostó sobre su capa nuevamente y le sonrió con seducción.
-Entonces… ahora sí: "¿En qué nos quedamos?" – repitió con la firme determinación de pasar una de las mejores mañanas con la mujer de su vida en sus brazos. El sol naciente fue el único testigo de la pasión que esa pareja se demostró mutuamente. Se amarían por siempre.
FIN
Malinalli, 06 noviembre 2016. Torreón, Coa, Mex.
Glosario:
alemán, Primera Guerra Mundial. BBC. I was there – The Great War Interviews.
doctor Samuel S. Myers fue un famoso psicólogo inglés que trabajó mucho con los soldados durante la Primera Guerra Mundial; desde 1915. Fue co-fundador de la Sociedad Psicológica Británica. Fue el primero en usar el término "Shell Shock" con la intención de salvar a los soldados de la ejecución pues esta enfermedad era confundida con cobardía.
3. La Woods Motor Vehicle Company de Chicago lanza al mercado en 1917 el Woods Dual Power, el primer híbrido puro con frenada regenerativa, que ofrecía lo mejor de los mundos de la gasolina (L4 12 CV) y la electricidad. El motor de gasolina se usaba tanto como para impulsar como para recargar las baterías. Fue muy avanzado para su época.
Agradecimientos: Ha sido una maravillosa experiencia escribir esta historia. Cuando coqueteaba conmigo yo imaginaba ya que sería algo difícil, un desafío totalmente. Tuve que leer muchísimo, tuve que empaparme de la guerra sin permitir que mis personajes estuvieran en el campo de batalla, sino creando un mundo romántico en el centro de la miseria. Era algo loco, pero Anthony lo merece. No habría sido posible sin su apoyo, el de ustedes, los lectores que me hacen saber que están detrás de sus pantallas dándole una oportunidad a mis letras, así que gracias, espero ser cuidadosa y no se me escape nadie:
Majo, Flor, Patoche12, Lala, Arly, Lu de Andrew, KTPfanfic, Chiquita Andrew, Val rod, Lala-Oro, Leri, arleniferreyrapacaya, Sandra83, Caroliday, WarriorQueenFC, Stormaw, Meiling55, Agirard, MIMICAT, Rocaquicas, Angdl, kellyelin, Ale, Miriam, Yoliki, Flakitamtz, Josie, Anita, bessy2312, vialsi, sayuri1707, Pecasnep: De verdad, estoy eternamente agradecida por su apoyo y su soporte, por haberse dado unos minutos para enviarme una retroalimentación. Ustedes me ayudaron mucho.
También agradezco a todos los lectores anónimos; sé que están ahí porque mis graficas de lectura me lo revela y de verdad, también agradezco su tiempo porque saberles leyendo también fue un gran empuje para continuar.
Ann, querida gemelita astral, he terminado, espero que te guste esta locura. No sé si es como la concebimos hace cuatro años, pero aquí está.
Mimicat: Gracias por la portada, ya sabes que te adoro, soy tu fan. Yo no sé qué haría sin tus consejos y tu cariño.
Stormaw: Lo mejor que me trajo esta historia fue tu amistad, gracias por estar ahí para animarme. Gracias por siempre.
Meling55: Nena, eres la gran ausente, espero que pronto pueda saber de ti y que puedas disfrutar de esta locura, la esperaste por años… gracias por eso.
Kellyelin: You are the first person who has to use a translator in order to read my story. Thank you very much for that. I really appreciate about it.
