Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


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2

Empezando a convivir


La mañana del sábado amaneció anunciando un gélido día, que afortunadamente no era notorio dentro de las acogedoras paredes de casa. Tarareando una vieja canción, Idun continúo revolviendo los huevos que había colocado en la sartén, todavía envuelta en su salto de cama y con los castaños cabellos recogidos en un moño descuidado.

Lo primero en lo que había pensado al levantarse ese día, había sido en preparar un buen desayuno para su invitado y su hija, a quien el día anterior había notado más seria que de costumbre. Se notaba que no le había agradado para nada su sorpresa.

Elsa era una niña muy reservada y a veces eso le preocupaba un poco. Tener a alguien más joven en casa definitivamente sería bueno para ella, aunque no estuviera tan contenta con la idea. Estaba segura de que solo era cuestión de tiempo para que la rubia y el simpático pelirrojo se convirtieran en grandes amigos.

El sonido de pasos a su espalda la alertó y se dio la vuelta justo a tiempo para ver como su hijastro entraba a la cocina, desperezándose y usando una desgastada camiseta gris y unos pantalones holgados.

La castaña le sonrió con dulzura.

—Buenos días, Hans—lo saludó de buen humor—. ¿Qué tal dormiste?

—De maravilla, gracias—él le devolvió el gesto y se acercó mirando la sartén con interés—. ¿Y mi padre?

—Ha salido muy temprano, tiene un asunto que arreglar en la oficina. Ese hombre no se levanta tarde ni siquiera los fines de semana—comentó risueña—. Volverá a la hora del almuerzo.

—A papá nunca se le ha dificultado madrugar. Lamentablemente no heredé eso de él.

—Bueno, no es algo fácil. En esta casa los únicos que son capaces de levantarse a buena hora sin ayuda de un despertador, son Adgar y mi hija—comentó la mujer divertida—. De hecho, es algo extraño que Elsa no se haya levantado aun. Le habrá dado por dormir un poco más dado que son vacaciones, supongo… por cierto—sus ojos azules adquirieron un semblante apenado—, lamento mucho la manera en que te recibió. Ella es bastante tímida.

Suspiró.

—Apuesto a que ayer se la pasó toda la tarde encerrada en su habitación en lugar de hablar contigo. No sabes cuanto lo siento.

—De hecho hablamos un poco.

—¿En serio?—Idun lo miró sorprendida—¿Y de qué hablaron?

El pelirrojo sonrió de lado, despeinando su ya de por sí desordenada cabellera con los dedos.

—Ya sabes, cosas sin importancia. Todavía no me conoce bien.

—Honestamente Hans, ¿qué piensas de mi hija?—preguntó la castaña, desviando su atención hacia el desayuno pero obviamente insegura de la respuesta—Sé que ella puede ser un poco fría. No quisiera que te haga disgustar por eso.

—¿Bromeas? Es un encanto—dijo el cobrizo con aparente sinceridad—¿Tiene novio?

—¿Elsa? No; la verdad es que no se le da muy bien socializar—contestó su madrastra negando brevemente con la cabeza—. Es una lástima, con lo guapa que es. Mi hija no tiene remedio.

—Debe tener a un montón de chicos detrás de ella—replicó Hans de buena gana—. Eso huele muy bien. ¿Necesitas ayuda con algo?

Idun se sonrió una vez más. Cada vez le caía mejor ese muchacho.

—¿Puedes tostar un poco de pan? Voy a empezar a servir los platos.

Pusieron la mesa charlando amenamente y soltando algunas risas de vez en cuando. La conversación fue interrumpida por una serie de pequeños pasos y enseguida, vieron como una muchacha rubia irrumpía en la cocina con un pijama azul celeste de copos de nieve y cara de sueño.

Elsa soltó un bostezo y observó con frialdad la escena frente a sí, acomodándose su desarreglada trenza.

—Hoy se te pegaron las sábanas, hija—dijo Idun sonriéndole y sirviéndole un poco de huevos revueltos en su plato—. ¿Qué pasó?

—No pude dormir bien anoche—la joven miró de reojo al pelirrojo, con expresión glacial—. Tuve un mal sueño.

—Lamento escuchar eso—expresó su madre—. Ven, siéntate a desayunar.

La adolescente tomó asiento y comenzó a picotear su comida. Una mirada esmeralda justo al otro lado de la mesa la obligó a voltear y acto seguido, miró como Hans le sonreía cálidamente. Ella entornó sus ojos.

—Buenos días, Elsa—la saludó gentilmente—. ¿Quieres chocolate? Tu madre me dijo que te gusta—le alcanzó una taza—. Déjame servirte un poco.

Impávida, la chica observó como vertía el apetitoso líquido en el pequeño tazón azul y se lo acercaba de la manera más afable, todo él encanto y sonrisas. Elsa lo miró por un momento, con sus pupilas tan frías como el hielo y después decidió ignorarlo, atenta a su plato.

—¿Y qué fue lo que soñaste?—la voz de su progenitora que tomaba asiento junto a ella atrajo su atención—La verdad es que si te ves un poco cansada.

—Soñé que una rata se metía a la casa—de nueva cuenta observó al joven cobrizo de soslayo—. Una muy grande y asquerosa.

Hans rio por lo bajo.

—Que mal, hija—Idun frunció el ceño—. Eso te pasa por ver esas películas de terror.

—¿Sabes lo que hacía mi madre cuando mis hermanos y yo teníamos pesadillas? Ocultaba todas las películas violentas para que no las pudiéramos ver—comentó el colorado juguetonamente—, los mayores siempre las dejaban por ahí y a los más chicos nos gustaba mirarlas a escondidas. En especial la de ese payaso que vivía en las alcantarillas*—agregó con sorna—. Un día, mamá se cansó y amenazó con encerrarnos a todos en el baño para esperar a que él nos llevara. No volvimos a tocarlas durante un año entero.

Mientras su madre dejaba escapar otra risa, Elsa se contuvo de rodar los ojos ante tamaña estupidez. Como se notaba que a su nuevo hermanastro se le daba bastante bien eso de ser un idiota.

El resto del rato transcurrió con él e Idun conversando, sin que ella interviniera más que con un asentimiento de cabeza ocasional cuando la castaña le hablaba.

—¿Saben qué estaba pensando? Sería bueno que hoy si saliéramos todos a almorzar en familia—dijo la mujer tras tomar unos cuantos sorbos de su café—, hay un bonito lugar en el centro…

—Yo quedé de verme con los chicos en el centro comercial—irrumpió Elsa serenamente—. Anna quiere ir a la pista de patinaje.

—Oh—la expresión de Idun se tornó seria por un minuto—, bueno, entonces lleva a Hans contigo. Así podrá ir conociendo mejor la ciudad.

—Mamá, seguramente él tiene mejores cosas que hacer que estar con nosotros—repuso la rubia algo fastidiada—, en serio.

—No seas pesada, señorita. No irás a pensar que se quedará en casa todo el día mientras tú te vas por ahí—la mujer tomó su plato y su taza vacíos y los llevó hasta el lavavajillas—. Solo no vayan a regresar muy tarde, ¿quieren?

Hans le sonrió ampliamente para luego ver como subía rumbo a su habitación, para darse una ducha y arreglarse. Apenas hubo desaparecido, su expresión alegre se desvaneció para ser reemplazada por una de lo más gélida. En silencio, se dedicó a mirar su celular y a tomar los últimos sorbos de su café, ignorando olímpicamente a su blonda acompañante.

La chica poso sus ojos azules en él con desagrado. Ya se daba cuenta de cual era su juego y toda esa escena del desayuno feliz frente a su madre se lo había confirmado.

El sujeto era un hipócrita.

Pero que ni pensara que con eso le iba a bastar para ganarse a su única familia. Tarde o temprano tendría que cometer un error. Nadie podía fingir tan bien todo el tiempo, ¿o sí?

El pelirrojo notó la insistente mirada de Elsa por el rabillo del ojo y dejó su taza en la mesa con un golpe seco.

—¿Soy o me parezco?—inquirió irónicamente y ella ni siquiera parpadeó—¿Qué tanto estás mirándome, sabandija? ¿Acaso te gusto?

—Me preguntaba que clase de imbécil se dejaba crecer las patillas de esa manera—respondió la adolescente con descaro—. La última vez que vi algo así fue en mi libro de Historia—añadió con la clara intención de provocarlo.

Ese era su nuevo plan. Se había pasado gran parte de la noche pensando en como solucionar su inesperado problema. Por supuesto, no sería tan patética como para ir a llorarle a su madre pues ella misma se bastaba para salir de todos sus inconvenientes sin ayuda de nadie. Además de que dudaba que le creyera, pues le gustara o no, su recién declarado rival ya la tenía en el bolsillo y no convenía que fuera su palabra contra la de él.

De modo que si Hans se empecinaba en hacer las cosas difíciles, tendría que contraatacar con lo mejor que tenía. Elsa también podía ser desagradable. Lo hartaría tanto, que él mismo terminaría yéndose por su propio pie. Y ya verían quien podía más de los dos.

Lejos de mostrarse furioso por su comentario, el cobrizo se limitó a sonreír de esa manera torcida y siniestra que ya había presenciado a solas.

Eso no le gustó para nada.

—Así que la fierecilla tiene garras—murmuró burlonamente—, me preguntaba si harías algo más que tratar de congelarme con la mirada o berrear como una mocosa. En fin, así las cosas—volvió a beber de su taza para dejarla completamente vacía e hizo ademán de levantarse también—. Recoge todo esto—ordenó desagradablemente.

—Recoge tú tus trastes, no soy tu criada—le espetó ella, llevando su plato y su taza al lavavajillas como su madre.

—Que poco servicial eres, sabandija. En eso no te pareces nada a tu madre—replicó Hans, decidiendo ignorar su comentario y haciendo que la chica arrugara la frente.

—Vete a la mierda.

—¿Idun sabe que hablas así?—insistió él burlonamente.

La jovencita le clavó sus pupilas, frías como el hielo, con el más absoluto menosprecio.

—Mantente alejado de mi madre—le advirtió con frialdad, antes de desaparecer también en la misma dirección que su progenitora.

Hans dejó escapar una risa despectiva sin sorprenderle en absoluto el comportamiento de la muchacha. Se notaba a leguas que estaba muy celosa por su madre. Era bueno saber eso, se dijo, pues ya lo tomaría en cuenta si se le ocurría ponerle las cosas difíciles y podía apostar a que así sería.

Desde el primer instante en que la había visto, supo que su pequeña hermanastra sería un problema que más le valía tener bajo control.

El que su padre se hubiera casado de nuevo no le importaba demasiado, hacía mucho tiempo que había superado la etapa del divorcio. Además, no le apetecía para nada estar en su casa de nuevo. Su madre lo quería pero no era una mujer paciente y en cierto punto lo entendía, después de haber lidiado con trece hijos.

Cuatro de sus hermanos aun vivían con ella y la verdad era que no los soportaba; desventajas de ser el menor en una familia numerosa.

Por ello le agradaba un poco el cambio que estaba viviendo. Por primera vez, no tendría que pasarse las vacaciones soportando los pesados comentarios y bromas de sus hermanos mayores, con quienes no se llevaba bien. Sería un invierno largo y tranquilo en tanto pudiera mantener a esa mocosa bajo control.

Se creía mucho para su corta edad y alguien tenía que bajarle los humos. Habría sido más fácil si fuera tan afable como su madre, pero por lo visto era una personita difícil y eso lo intuyó desde el momento en que se habían presentado.

Poseía el porte de una pequeña reina y se movía con la gracia de una bailarina. Lo primero que había llamado su atención al mirarla entrar a la sala de estar el día anterior, había sido la palidez de su piel y el largo cabello de un rubio platinado, sujetado en una trenza desarreglada. Sus grandes ojos azules y sus delicados rasgos la hacían parecer una hermosa muñeca de porcelana; o al menos esa era la impresión que daba hasta que fruncía el ceño.

Que equivocado había estado al creer que podría manipularla como a los demás.

Elsa era una chica muy bonita pero tenía un carácter de mierda y sobretodo, una astucia muy inusual para una jovencita, que contrastaba con lo inofensivo de su apariencia y parecía actuar como un repelente natural hacia él.

Ya había tenido que soportar bastante de la misma mala actitud por parte de sus hermanos durante sus dieciocho años de vida, así que las cosas cambiarían en ese lugar.

A pesar de que sabía que no sería fácil, con la muchachita dudando de sus intenciones.

Con sus preciosas pupilas cerúleas observándolo con desdén y viendo a través de la fachada que tan cuidadosamente se había encargado de construir. Con el semblante en su rostro de muñeca que le decía sin palabras, que no se dejaría encandilar por sus palabras como su madre ni las chicas a las que solía impresionar con palabras falsas.

¿Quién demonios se creía? No tenía idea, pero una parte suya estaba dispuesta a averiguarlo para establecer que quien mandaba allí era él.

Serían unas vacaciones de lo más interesantes.


El centro comercial había sido decorado con todo tipo de adornos invernales y de Navidad. Ya se acercaban las fiestas decembrinas y dentro de poco, las tiendas se verían repletas de personas para hacer las compras pertinentes, algo que a Elsa sinceramente le causaba repelús. No era fan de las multitudes y ya se veía evitando a toda costa regresar con su madre, que para colmo era de las que dejaban todo a última hora y siempre insistía en que la acompañara.

De cualquier manera en ese momento no estaba para preocuparse, sino para olvidarse por un buen rato de sus inquietudes en el hielo. O al menos eso intentaría.

Disgustada, miró de reojo a su acompañante, que no le había dirigido la palabra en todo el trayecto desde la casa. El molesto pelirrojo caminaba a su lado rumbo a la entrada del sitio. Había terminado de aparcar en el estacionamiento y su expresión para con ella no podía ser más transparente.

La odiaba y ella lo odiaba a él.

Y pensar que solo llevaban un día de conocerse. Tendrían que arreglárselas para evitarse lo más posible sino querían terminar estrangulándose el uno al otro, ya que hasta el momento, parecía haber una especie de repulsión innata entre ambos.

La distancia desde su hogar al centro comercial no era demasiada y a la rubia no le disgustaba nunca caminar, especialmente entre la nieve. Pero antes de salir, Idun la había pillado e insistido en que llevara a su "flamante" hermanastro con ella, afirmando que no les haría daño convivir un poco más.

Hans por su parte se había limitado a sonreír con esa falsedad que lo caracterizaba, incluso abriéndole la puerta de su convertible para que se sentara y partir juntos. La rubia se había sentido literalmente como si entrara en la boca del lobo.

Había sido un alivio que en cuanto el vehículo se había puesto en marcha, él hubiera encendido la radio. El sonido de la música había evitado cualquier tipo de conversación.

Arqueó la ceja cuando esos ojos verdes se posaron en ella con la más pura expresión de hastío. Era increíble como el sujeto podía pasar de parecer el muchacho más feliz del mundo a tener un gesto de estar pisando mierda.

—No vas a pegarte a mí como un estorbo todo el día, ¿o sí?—inquirió ella—Mamá puede decir lo que quiera, pero yo no tengo la obligación de soportarte.

El cobrizo volvió a esbozar una sonrisa arrogante.

—Por supuesto que no, tengo mejores cosas que hacer que ser el niñero de una mocosa—le espetó Hans con suficiencia.

—¿Cómo cuáles?—resopló la platinada de vuelta, manteniendo sus ojos fríos como el hielo en los suyos, de manera retadora.

—Eso no es de tu incumbencia—ambos se detuvieron al pie de unas escaleras eléctricas, mirándose con el más absoluto desdén—. Ahora piérdete. Nos vemos a las dos en este mismo lugar para volver. Si no estás aquí a esa hora, puedes irte caminando porque ni pienses que te voy a esperar.

—Puedes largarte tú solo, regresaré con mis amigos—Elsa lo fulminó con sus pupilas—. Hasta ir a pie es preferible a compartir el mismo espacio que tú.

—Oh, en ese caso está bien—Hans extendió una mano hacia el gorro de lana azul que llevaba puesto y bruscamente tiró de él hacia abajo, provocando que le tapara los ojos—. Ándate tú sola entonces.

—¡Eres un idiota!—gritó la rubia apresurándose a acomodar la prenda en su lugar, solo para verlo ya de espaldas y alejándose.

La chica apretó los dientes y se dirigió a las escaleras refunfuñando. En serio, ¿cómo iba a soportar convivir con un cretino como ese? Ni siquiera podía creer su mala suerte, llevaban un día de conocerse y ya quería matarlo. Jamás le había pasado con nadie.

Molesta, se encaminó hacia la enorme pista de patinaje en el segundo piso, donde pagó la respectiva entrada y buscó con la mirada a sus amigos.

Un largo rato patinando le ayudaría a desestresarse como debía.

En una de las mesas que se encontraban al lado del lugar, distinguió la llamativa cabellera rojiza de su mejor amiga y el pelo negro y alborotado de su amigo. Anna agitó la mano apenas verla acercarse.

—¡Elsa, estábamos esperándote! ¿Por qué esa cara tan larga?—preguntó mientras tomaba asiento junto a ellos.

—No quiero hablar de eso—respondió la aludida fríamente.

—Oh, apuesto a que es por lo de tu nuevo hermano, ¿no?—comentó Olaf—Antes de que llegaras, Anna estaba contándomelo todo.

—Primero que nada, ese tipo no es mi hermano—dijo Elsa—, tan solo es un extraño que ha llegado para invadir mi casa y mi tranquilidad. Y es una horrible y lamentable persona.

—¿En serio? ¡Yo tengo mucha curiosidad por conocerlo!—exclamó la pelirroja.

—Pues yo no quiero saber de él en lo más mínimo, así que vamos a patinar—atajó la albina autoritariamente—, me muero por darle a esa pista de hielo el trato que se merece.

—¡Lo que ordene, Su Majestad!—dijo Anna efusivamente y ella no pudo sino rodar los ojos ante el sobrenombre.

Los tres se dispusieron a ir a rentar unos pares de patines para colocárselos. Entre el incesante parloteo de Anna y los comentarios de Olaf, empezaba a sentir como su mal humor se disipaba a pasos agigantados. Ella podía ser callada por naturaleza, pero definitivamente le encantaba escuchar a sus amigos.

—… ¡y entonces le dije que la próxima vez que se atreviera a hacer eso, le patearía el trasero tan fuerte que no podría sentarse en una semana!—relataba Anna, formando dos pequeños puños en sus manos. Su mirada se suavizó cuando reconoció a un muchacho alto y rubio dirigiéndose hacia la pista, ya con patines puestos—¡Hola Kristoff!

El intempestivo saludo provocó que sus amigos se sobresaltaran e hizo que el aludido volteara rápidamente, obviamente experimentando la misma reacción.

—Hola Anna—saludó el blondo, componiendo su expresión de sorpresa en una amable sonrisa—, Elsa, Olaf. ¿Qué hay, chicos?

La rubia y el azabache lo saludaron brevemente antes de que la colorada se pusiera a hablar de nuevo, esta vez con un pequeño sonrojo en sus mejillas.

—No mucho, venimos a patinar, tú sabes, para empezar bien las vacaciones. ¿Tú vienes a patinar también? Oh claro, es obvio, sino porque traerías patines, ¿no? No sabía que vendrías el día de hoy, je je je… —Anna pronunció las palabras atropelladamente y luego soltó una risita nerviosa, que no se detuvo sino hasta que su amiga le dio un codazo en las costillas.

—Pues sí, normalmente los chicos del equipo de hockey me acompañan pero esta vez no quisieron venir, odian entrenar en vacaciones—repuso el joven.

—¡Oh sí, es muy importante mantenerse en forma!—la pelirroja de nuevo formó un puño con actitud decidida—¡Por eso nosotros siempre venimos aquí! ¿No es así, Elsa?

—No en realidad—comentó la mencionada.

—Bueno, no, sino tal vez ya habría mejorado al ir rápido en patines, ¡soy pésima!—aceptó la cobriza.

—Yo podría ayudarte con eso, es fácil si tienes a alguien que te enseñe—dijo Kristoff.

—¡¿De verdad?! ¡Oh sí, vamos!—en un segundo, la pecosa se colgó de su brazo y juntos entraron a la pista.

Elsa y Olaf intercambiaron miradas socarronas y los siguieron. Su amiga nunca dejaría de ser tan efusiva.

Apenas sus patines hicieron contacto con el hielo de la pista, la platinada se sintió mucho mejor y comenzó a moverse como pez en el agua. De verdad amaba la sensación de deslizarse y olvidarse de todo. Allí, no había ninguna clase de problemas ni estúpidos hermanastros que la molestaran.

Dio un giro en el aire y aterrizo limpiamente, escuchando las ovaciones de Olaf que se puso a patinar a su lado.

—Cada vez que te veo sobre el hielo me dejas boquiabierto, Elsa—le dijo él—. Eres una profesional.

—Gracias—respondió ella, sonriendo de buena gana por primera vez en todo lo que iba del día.

—Deberías volver a entrar en una competencia.

Elsa se encogió de hombros.

—No sé, hace mucho que no me concentro en las competencias.

—Pues deberías, créeme, aun tienes el toque—el chico desvío sus ojos negros hacia el otro extremo de la pista, en donde Anna se esforzaba por seguir el paso de Kristoff.

El rubio la había agarrado de la mano y al parecer trataba de enseñarle como dar una vuelta rápidamente. Ella estaba más roja que nunca pero con una sonrisa que le iluminaba el rostro. En todo el rato no habían parado de escucharla hablar a lo lejos y a él soltando una risa de vez en cuando ante sus ocurrencias.

—Míralos—dijo Olaf—, realmente hacen buena pareja.

—Sí—admitió Elsa—, se ven muy bien juntos.

No pudo evitar sonreír de lado al contemplar a su amiga. Anna era una chica muy ingenua, pero en el fondo se alegraba de que le gustara alguien como el rubio. Aunque fuera un año más grande y pareciera un tipo serio a simple vista, se notaba que era muy buena persona, además de tranquilo y maduro. El complemento ideal para la alocada pelirroja.

—¿Y tú? ¿Cuándo te conseguirás un novio, Els?—inquirió el pelinegro juguetonamente—Ya va siendo hora de que también le abras la puerta al romance.

—No digas tonterías, Olaf. Sabes que no me gustan esas cosas—replicó ella arrugando un poco el ceño.

—Vamos, a todas las chicas les gustan. Nunca te he conocido a nadie especial.

—Ni lo harás, paso de esas cosas—la joven se cruzó de brazos—. Además, lo mismo podría decir de ti. Pero yo no te molesto con el tema.

—Oh vamos, no te pongas así. Dame un abrazo—Elsa no pudo reprimir una sonrisa al sentirse rodeada por los brazos de su amigo—, creo que lo necesitas, has tenido una mañana difícil. ¿Tan malo es el hijo de tu padrastro?

—No me lo menciones, no voy a hablar de ese tema.

—Está bien, Anna te sacará la información y luego me la contará a mí.

Elsa suspiró sabiendo que tenía razón. Sus acompañantes no tardaron en unirse a ellos, todavía tomados de la mano sin percatarse.

—¡Vamos a comer algo!—pidió la colorada—¡Me muero de hambre! ¡Quiero una hamburguesa!

—Patinas muy bien, Elsa—le dijo Kristoff conforme se marchaban de la pista—, nunca te había visto hacerlo.

—Gracias—dijo ella como timidez.

—¿Entrenas en algún sitio? Tu técnica es muy buena.

—Solía patinar cuando era pequeña, nada importante—se excusó la rubia.

—¿Bromeas? ¡Nadie patina como Elsa! ¡Si quisiera, ella podría ganar una medalla de oro!—intervino Anna entusiasmadamente.

—No lo dudo—dijo el blondo sonriéndole.

—¡Elsa es la mejor! ¡Tendrías que ver todos los trofeos que tiene en casa!—continúo la chica con efusividad.

Anna continúo liderando la conversación en tanto caminaban por el amplio pasillo del centro comercial.

—¡Hey!—una voz resonó cerca de ellos y al voltear, divisaron a una chica de cabello corto y castaño con las puntas sumamente alborotadas, caminando en su dirección animadamente.

La joven llegó enfrente suyo y sin decir una palabra, colocó su pesado bolso en el suelo y alzo su suéter blanco de lana para enseñar un punto sobre su cadera, en donde se distinguía el colorido dibujo de un camaleón.

—¡Miren el tatuaje que me hice ayer!—anunció con orgullo—Los chicos me dejaron usar el equipo para hacer esta preciosidad, ¡yo sola lo dibujé! ¿No es lo más genial que han visto?

—¿Por qué un camaleón?—preguntó Olaf, al mismo tiempo que él y Anna observaban la imagen con curiosidad, y Elsa la miraba con una ceja arqueada.

—¡Es mi mascota!

El rubio desvió sus ojos ambarinos con incomodidad.

—Punzie, bájate la blusa. Se te ve todo—le dijo adoptando una expresión embarazosa, a quien era su compañera de clases.

—Esa es la idea, grandote. ¡Quiero que todos admiren esta obra de arte!

—¿Saben tus padres que te hiciste eso?—Kristoff frunció el ceño y señaló el dibujo con su dedo.

—¡Dios, no! ¡Me matarían! No soy tan estúpida.

—Cuando conseguiste empleo en ese sitio de tatuajes creí que trabajarías de verdad, no que perderías el tiempo—replicó el rubio.

—Vamos Kristoff, yo sé que te encanta mi tatuaje, es muy sexy—objetó la castaña alegremente—, ¡admite que es sexy! ¡Puedes tocarlo si quieres!

—¿Y eso qué? ¡Yo también podría hacerme un tatuaje!—terció Anna de repente, obviamente enfadada por la irrupción de la chica—. Bueno, si mis padres me dejaran—añadió en voz más baja.

—Nah, no eres tan extrema—dijo la trigueña, accediendo por fin a colocarse bien su suéter.

—¡Sí, sí lo soy!—discutió Anna frunciendo el ceño.

—¿Podemos ir a almorzar de una vez por todas?—preguntó Elsa, anticipándose a una discusión por la actitud celosa de su amiga.

—¿Van a almorzar? ¡Yo voy con ustedes!—la castaña recogió su bolso del suelo.

—¿Qué no tienes que trabajar?—inquirió Anna, no conforme con la idea.

—Nop, por hoy he terminado, ¡vamos!—su inesperada acompañante agarró a Kristoff por una de las mangas de su chaqueta y lo arrastró hacia el área de comida, haciendo que los demás los siguieran.

La colorada frunció los labios y camino con un semblante sombrío en su rostro.


—¡Esa Rapunzel es una zorra!—Elsa escuchó como la pecosa se quejaba por quinta vez de la mencionada mientras emprendían el camino hacia su casa—Más obvia no puede ser, ¿viste que miradas le daba a Kristoff?

—No, no las vi—respondió ella sinceramente, alzando una de sus finas cejas—. Ellos solo son amigos.

—¡Por favor! ¡A leguas se nota que le gusta!—exclamó Anna con indignación—Tres palabras, Elsa: zorra del mal.

—Estás celosa—comentó la albina con una sonrisita socarrona.

—Bueno, ¿y qué si lo estoy? ¡No es justo!—la cobriza se cruzó de brazos y pateó un poco de nieve—¡Me cae mal! Solo porque se dibujó una rana en el cuerpo no quiere decir que sea genial.

—Era un camaleón.

—Rana, camaleón, son lo mismo, ¡aburrido al máximo!—objetó Anna—¡Yo también podría tatuarme algo estúpido y hacerme un corte ridículo como el de ella! ¡Pero no lo hago porque respeto demasiado a mi cabello!

—Tanto, que te decoloraste ese mechón cuando intentabas probar ese tinte de procedencia dudosa—se burló Elsa, señalando la pequeña mata blanquecina que se distinguía en una de sus trenzas.

—¡Cielos Elsa, ¿de qué lado estás?! ¡Cuando estoy quejándome de otra chica tú tienes que decir que es una zorra también, no burlarte de mí! ¡El mundo es súper injusto!—Anna se detuvo en su perorata cuando llegaron al domicilio de la platinada.

Sus grandes ojos verdosos se posaron en el convertible rojo que se distinguía en el garaje.

—¡Cielo santo! ¡Qué auto!—se aproximó hacia el vehículo olvidando por completo su mal humor y observándolo con atención—¡Está divino!

—Es solo un auto—repuso Elsa con fastidio, dirigiéndose a abrir la puerta.

—¡Este no es solo un auto! ¡Es el mejor auto que has visto en la vida!—la muchacha paso una mano por el frente del vehículo mientras silbaba con apreciación—Quien conduzca esto sin duda tiene que tener estilo.

—Vamos ya, Anna—le habló la platinada—. Le diré a mamá que haga chocolate caliente.

La aludida se despegó del carro ante la mención de chocolate y ambas entraron a la casa.

Un delicioso olor a galletas recién hechas las recibió desde la cocina, de donde Idun salió con un delantal violeta manchado de harina, una taza de café y un pequeño plato con el mencionado postre.

—Hola niñas—las saludó con una sonrisa—, ¿se divirtieron patinando?

—Claro, mamá.

—Qué bueno que llegaste, Hans mencionó que querías quedarte un rato más con tus amigos—dijo Idun—. El pobre, se quedó algo preocupado porque regresaras tú sola. Sino fuera porque le insististe te habría esperado.

—Hum… sí—respondió la platinada seriamente, sin sorprenderse por la mentira.

Ese bastardo sabía cuidarse muy bien las espaldas.

—Huelo galletas—canturreó Anna alegremente.

—Están en la cocina, sírvanse. Dejé chocolate caliente en la estufa. Iré a llevarle esto a Adgar—mencionó la mujer amablemente, antes de desaparecer rumbo al estudio de su marido.

Ambas entraron en la cocina, donde una bandeja caliente con galletas de chispas de chocolate descansaba en una encimera.

—Así que tu hermanastro le mintió a tu mamá, ¡él ni siquiera estuvo contigo!—comentó Anna, tomando unas cuantas galletas—Salió mentirosito, ¿eh?

—Ese tipo es un hipócrita—masculló Elsa en tanto sacaba un par de tazas de uno de los gabinetes—, no sabe hacer otra cosa que fingir. Y ahora ha engatusado a mamá, ¡pero que ni crea que se saldrá con la suya!

—¿Qué dijiste?—masculló Anna, llenándose la boca con las apetitosas galletas.

—¡Anna, usa un plato!—exclamó la rubia como si estuviera regañando a una niña pequeña.

—¿Quién lo necesita?

Elsa suspiró y negó con la cabeza ante los nulos modales de la pelirroja, sacando dos pequeños platos y depositándolos en la isla de la cocina con las tazas antes de continuar quejándose.

—En serio lo odio—masculló indignada mientras vertía chocolate caliente en los recipientes que había dejado—. No es más que un lobo disfrazado de cordero, se nota que se le da bien engañar a la gente.

—Estás tomándote esto bastante a pecho—observó su amiga a la vez que comenzaba a soplar encima de su taza.

—¡Tú no lo conoces! Ese tipo es un monstruo, va a hacer de mi vida un infierno—Elsa dejó con un golpe seco la tetera con el chocolate sobre la mesa, adquiriendo sus ojos una expresión sombría—. ¡No sabes las cosas que me dijo! ¡Es un mentiroso y manipulador! ¡No ha hecho más fingir desde que llegó! ¡Es un… es un…!

—Vaya, parece que hay alguien que se divierte hablando de mí—la voz grave que resonó a sus espaldas hizo que la platinada se tensara de repente—. No sabía que te gustaba tanto hablar a las espaldas de otros, Elsa. Bastante irónico para alguien que piensa que soy mentiroso y manipulador.

Hans hizo acto de aparición en la estancia, entrando con la misma sonrisa arrogante que parecía haber decidido mostrar solo ante ella. Las pupilas azules lo fulminaron con la mirada.

—Eso es lo que eres, no tengo ningún problema en decírtelo a la cara—espetó la chica—. Eres mentiroso y manipulador. Y odio que estés aquí—añadió al ver como el aludido ensanchaba aún más su odiosa mueca.

—Es una lástima, por un momento creí que empezaríamos a llevarnos bien. Pero veo que vas a seguir comportándote como una estúpida mocosa malcriada.

—Tú y yo nunca nos llevaremos bien, y menos después de lo que hiciste ayer con mi bola de nieve.

—Veo que mueves los labios pero todo lo que escucho son los lloriqueos de mierda de una niñita—se burló Hans, tomando con descaro la taza de chocolate que había servido para ella y llevándosela a los labios.

—¡Eso es mío, idiota!

—¡Oblígame a dejarlo, sabandija!

Frente a ellos. Anna observó la escena con la boca ligeramente abierta y los ojos abiertos de par en par, visiblemente sorprendida. Y vaya que era así porque juraría que había muy pocas cosas que hicieran a su mejor amiga estallar de esa manera, lo que indicaba que en definitiva, el muchacho de cabellos cobrizos con el que estaba discutiendo era alguien fuera de lo normal.

—Así que tú eres el nuevo hermano de Elsa—los ojos verdes del mencionado dejaron de observar con desdén a la albina para posarse en la pelirroja, como si recién reparara en su presencia.

—¡Él no es mi hermano!—exclamó ella con indignación.

—Wow, Elsa había mencionado que eras muy molesto pero no dijo que eras guapo—la mirada de la pecosa recorrió con apreciación al joven de arriba a abajo, todo ello sin el menor descaro.

Hans volvió a sonreír con engreimiento, obviamente satisfecho con el comentario.

—¡Soy Anna! ¡Su mejor amiga!—exclamó la colorada de manera entusiasta—Pero tú puedes llamarme Anna… oh espera, eso es justo lo que acabo de decir. Bueno, olvida todo eso. ¡Mucho gusto!

—Hans Westergaard—respondió él extendiendo su mano sin abandonar su gesto presumido, misma que fue estrechada efusivamente por la chica—, el gusto es mío.

—¡Y vaya gusto!—agregó Anna risueña.

—¡No le des la mano!—protestó Elsa con indignación.

—Al menos hay alguien aquí que sí puede hablar civilizadamente—comentó él con toda la intención de molestar, logrando que las mejillas níveas de la blonda se encendieran con mayor enojo.

—Elsa es un poquitín neurótica a veces, pero con un poquito de chocolate se le pasa—dijo Anna de manera casual.

—¡Yo no soy neurótica!

—En ese caso—Hans volvió a colocar la taza cerca de la ojiazul—, aquí tienes de vuelta, pequeña desequilibrada.

—¡El único desequilibrado aquí eres tú! ¡Psicópata!

—¿Es tuyo el convertible que está afuera?—inquirió Anna ignorando los arranques de su amiga—¡Porque me parece genial!

—Es mío—confirmó el pelirrojo con vanidad—. Si quieres, un día de estos te lo presto para que des una vuelta.

—¡Oh, eso sería tan fantástico!—Anna juntó ambas manos y dio un par de saltitos en su lugar con emoción—¿No crees que sería fantástico, Elsa?

—¡No!—largó la muchacha—¡Tú ni siquiera sabes conducir! ¡Y tú—señaló a Hans con el índice—, sal de mi vista!

—¿Siempre es así de estirada?—preguntó el colorado a Anna, arqueando una ceja.

—Solo cuando tenemos exámenes o está con el período—respondió ella inocentemente.

—¡Anna!—chilló la platinada con vergüenza.

—¡Ya verás que cuando la conozcas tanto como yo, te parecerá la mejor personita del mundo!—aseguró Anna sonriendo ampliamente.

—Pues yo no lo creo—repuso Hans recargándose con un codo en el mesón que tenía al lado y esbozando una sonrisa irónica—, pero me alegra comprobar que no todos aquí son unos idiotas como ella.

—¡Sigo al lado tuyo, inepto! ¡No hables como si no estuviera aquí!—siseó la rubia asesinándolo con la mirada.

—¿Sigues hablando? Toma tu taza de chocolate y cállate, sabandija trastornada—replicó Hans volviéndose a verla con el mismo desagrado.

—No lo quiero después de que tú lo tocaste—Elsa tomó la bebida todavía caliente—, ¡puedes quedártelo tú!

Acto seguido arrojó su contenido justo al pecho del colorado, empapando su camisa y haciendo que soltara un alarido al sentir el contacto quemante del líquido contra su piel. Ante esto, Elsa esbozó una sonrisa malévola.

—¡¿Qué carajo te pasa!—preguntó Hans enfurecido—¡¿Te has vuelto loca o qué demonios?!

—¡Es lo que te mereces por ser un hipócrita!

—¡¿Tienes idea de cuánto me costó esta camisa, idiota?!

—Oh por favor, nada que no puedas volver a malgastar usando la tarjeta de crédito de papi—apuntó Elsa con socarronería—, ¿no es así, Hans?

—¡Bruja!

—¡Patán!

—¡Desquiciada!

—¡Estúpido!

Boquiabierta, Anna se quedó estática observando un nuevo despliegue de reclamos que no parecía ir a parar nunca. En aquel momento, pensó que jamás en su vida había visto a dos personas que discutieran con tanto ahínco. Los ojos de su amiga, tan fríos y calmados siempre, despedían auténticas chispas de resentimiento hacia el pelirrojo que tenía enfrente, el cual no se quedaba atrás.

Estaban tan enfrascados en la pelea que se habían olvidado de nuevo de ella. Y por algún motivo, eso más que molestarle en cierta manera le parecía interesante.

Vio a Hans darle un empujón a Elsa y como ella se lo devolvía con más ahínco, y entonces tuvo la seguridad de una cosa. La blonda no bromeaba en sus comentarios hacia él. Esos dos iban a tener una convivencia de lo más complicada.

Y fuera cual fuera el resultado, ella no se lo quería perder por nada del mundo.


* Eso de Stephen King. ¿A quién no asustaba ese payaso cuando era niño? Sé que pensaron en él, no digan que no. xD


Nota de autor:

¡Segundo capítulo y nuestros pajaritos se detestan más que nunca! xD Lo que me he divertido poniéndolos a discutir; como ven, en esta entrega pudimos ver un poquio más de la perspectiva de Hans aunque todavía queda muchísimo por conocer de él. Les prometo ahondar en su punto de vista más adelante.

También vimos la primera aparición de un personaje ajeno al universo Frozen. Nunca antes antes había incluido a Rapunzel de esta forma en alguna de mis historias, algo con lo que de verdad me divertí mucho y más al poner a Anna en su contra, ¿qué les pareció su incursión? :3 Habrá otro personaje más en el capítulo siguiente, ¡adivinen de quien se trata!

Mientras lo hacen, ¡voy a responder anónimos!

Nancy Jazz: Muchas gracias por tus palabras, ¡qué bueno que te gustará tanto Pasión de Invierno! Fue todo un éxito. xD Y la verdad que la ortografía y redacción son importantes para mí; así una solo escriba fics absurdos, jajaja.

Ari: ¡Gracias por acompañarme en esta nueva aventura! Significa mucho para mí, pequeña. Y sí, trataré de que haya más momentos de debilidad para Elsa. :3

Guest: Sip, Hans es un verdadero tonto y más, pero así lo amamos. xD Yo también detestaba (y detesto) los deportes cuando iba a clases, jajaja.

Carol: Así es, las aventuras Helsa no se terminan. ;) Hans es bastante malévolo pero admitamos que eso nos encanta de él y puedes apostar a que si le va a hacer la vida de cuadritos a nuestro querido copo de nieve, ¡pero ella no se va a dejar! e.e Lo bueno de que esto sea un Modern AU, es que Elsa no va a ser tan recatada como en Pasión de Invierno y se las va a devolver todas con más ganas. :D No es paranoia divertida, ¡es que solo ella es capaz de ver la verdadera identidad del pelirrojo, jajaja! Así que sí habrá traversuras por su parte y respecto a quien de los dos cae primero, ya lo iremos averiguando, jojojo.

¡Estoy muy contenta por la recepción que ha tenido este nuevo fic! La verdad no me esperaba tantos comentarios, jejeje. Les prometo que habrá más momentos memorables Helsa.

Pasen un gran día. ;)