Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
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3
Que comience la guerra
El sonido distante del reproductor de la música en la sala de estar inundaba por completo el piso bajo de la casa. Con desgano, Elsa bajó las escaleras enfundada en unos vaqueros ajustados y su sudadera gris más grande y calientita. Su madre había salido a hacer algunas compras dejándola momentáneamente tranquila, ya que la noche anterior se había disgustado bastante al oír el alboroto en la cocina y descubrir la pequeña travesura que le había hecho a Hans con el chocolate caliente.
Lo peor es que una vez más, él había sacado provecho de la situación dejándola como la mala del cuento. Como lo detestaba.
Idun la había obligado a limpiar su estropicio, no sin antes darle un buen regaño. Después de que su amiga se hubiera marchado con algo de incomodidad, la rubia había subido a encerrarse en su habitación, todavía recordando la subrepticia sonrisa de suficiencia que le había dado el pelirrojo antes de desaparecer.
Esa había sido la señal que lo confirmaba todo. Una guerra silenciosa había sido declarada en esa casa. Y ninguno de los dos iba a ceder.
Una conocida melodía de Queen* la recibió cuando piso el último escalón. A su padrastro le gustaba mucho esa banda. Era un poco fastidioso ver como todos los días flirteaba con su madre, pero al menos tenía buen gusto en música.
El aludido apareció empujando la puerta que conducía al sótano, cargando algunas cajas entre sus brazos que dejó en el suelo junto a otras varias, bufando un poco por el esfuerzo. La chica pudo reconocer como asomaban de ellas varios adornos que le resultaban familiares. Vio incorporarse al hombre y sonreír apenas se dio cuenta de su presencia.
—Estoy sacando los adornos de Navidad, tu madre quiere comenzar a decorar la casa. Dice que ya estamos bastante retrasados con ello y la verdad es que tiene razón—explicó después de darle los buenos días, sin que Elsa hubiera preguntado nada—. Parece que ya no estaba tan enfadada por lo de ayer—agregó conciliadoramente, al tiempo que volvía a agacharse para tomar una maraña de luces navideñas—, en fin. ¿Te gustaría ayudarme?—inquirió con amabilidad.
La chica sabía que seguía esforzándose por convivir con ella, intentando cautelosamente penetrar a través de esa barrera que no tenía la menor intención de dejar caer.
Adgar era el esposo de su madre, pero no era su padre ni lo sería jamás.
No obstante no tenía otra cosa mejor que hacer, así que se acercó en silencio para inspeccionar también los adornos de las cajas. Había varios recuerdos valiosos de fiestas pasadas allí y no fuera a ser que se rompiera alguno.
Fueron pasando por sus manos varias esferas de colores violáceos y azules, y una enorme estrella con la que Idun y ella siempre decoraban la punta del árbol.
Estaba examinándola cuando volvió a escuchar la voz de su acompañante.
—Mi hijo no te agrada mucho, ¿cierto?
La pregunta la tomó por sorpresa. Se volvió a ver a Adgar con el ceño levemente fruncido. Él seguía en su labor de desenredar la serie de luces que había sacado, pero su rostro mostraba una expresión sumamente tranquila.
—Hans puede ser una persona un poco difícil—comentó con suavidad—. Pero no es un mal muchacho. A veces peca de llamar la atención; siempre ha sido así, con tantos hermanos…
La chica frunció los labios, preguntándose si acaso su padrastro estaría intentando excusar a su hijo. ¿Sería posible que supiera la clase de persona que era?
—Sé que no es fácil para ti aceptar un cambio como este, no deseo que te sientas incómoda—prosiguió el hombre—. Solo quiero que sepas que si Hans llegará a hacer o decir algo que te moleste, puedes decírmelo ¿sabes? Y hablaré con él.
Ella no respondió, sino que mantuvo sus ojos azules sobre la estrella que todavía sostenía en sus manos, disimulando su sorpresa. Esas palabras eran las que menos se habría se habría esperado de Adgar, pero el tono en su voz le indicaba que estaba siendo sincero.
Sin embargo y por más tentadora que resultara dicha oferta, algo le decía que no podía recurrir a él. Aquel era un asunto que se había iniciado entre el intruso y ella, y entre ellos se tenía que terminar. Elsa no era ninguna niñita que necesitara la ayuda de nadie para lidiar con sus problemas.
De manera que simplemente se limitó a asentir en silencio y siguió registrando las cajas.
Su padrastro no insistió en seguir hablando. Ya sabía muy bien que era una chica de pocas palabras y agradecía que no fuera de los que presionaban. En cambio, continúo sacando decoraciones a su lado con un semblante amable en su rostro.
La sutil risa que dejó escapar volvió a llamar su atención. Volteó y lo vio sosteniendo un pequeño muñeco de nieve de cerámica en su mano.
—No tenía idea de que tu madre guardara tantas cosas de la temporada—comentó—, esto es simpático.
—A mamá le gusta mucho la Navidad—respondió Elsa de manera neutral, tomando el muñeco entre sus manos y mirándolo de cerca sin poder evitar sentir un poco de nostalgia.
Era cierto que Idun se volvía loca con las fiestas; tanto, que guardaba y seguía comprando cuanta baratija pudiera para decorar la casa. Ese hombrecillo de nieve estaba presente en todas las Navidades desde que ella contaba con once años. Aun recordaba la vez que lo había escogido en el supermercado, mientras ayudaba a su despistada madre a comprar los ingredientes que faltaban para la cena a última hora.
Siempre habían pasado esas fechas solas, pero Elsa no recordaba una sola de ellas en que no tuviera un motivo para sonreír. Quizá aquella sería la primera, si no se las arreglaba para sobrevivir al maligno pelirrojo que había llegado para quedarse.
A esas horas, el muy holgazán todavía continuaba durmiendo.
—Bueno, se ve que es muy especial para ti—la chica no se había dado cuenta de la ligera sonrisa que había aflorado en sus labios, por lo que se apresuró a borrarla.
—Es bastante infantil—replicó fríamente, dejando el muñeco en un anaquel cercano—. Colgaré las medias en la sala de estar—añadió, tomando unas calcetas de colores brillantes que asomaban de entre las esferas y alejándose en dirección a la mencionada estancia.
Al menos decorar la casa la mantendría distraída de todo aquello que se relacionara con su molesto hermanastro.
Después de acabar con las medias, se dedicó a poner algunos adornos en la mesa de centro mientras que Adgar montaba el árbol en una esquina. Lo único que llenaba el silencio era la voz distante de Freddie Mercury desde el reproductor de música, pero en cierta manera era agradable.
Cuando el árbol navideño por fin hubo tomado forma, (una tarea un poco laboriosa debido a sus casi dos metros de altura), Hans hizo acto de aparición con una expresión que delataba flojera. Llevaba unos desgastados pantalones de mezclilla y el pelo bastante desordenado y aun así, de alguna manera se las arreglaba para parecer un maldito modelo de comercial.
Lo detestaba.
—Hasta que despiertas—le dijo Adgar—. Creo que nunca voy a entender esa manía que tienes por quedarte a dormir hasta mediodía, hijo.
El aludido se encogió de hombros y se quedó mirando las decoraciones que Elsa terminaba de acomodar encima de la chimenea sin mucho interés.
—Estamos adornando la casa. Me alegra que ya estés de pie, porque falta bastante.
—Aburrido—masculló Hans, usando un tono de voz igual de perezoso que el que sugería su cara.
—Anda, ven acá y ayuda un poco—le instó su padre, al tiempo que tomaba la serie de luces que había estado desenredando al principio—. Ayúdale a Elsa a decorar el árbol mientras me ocupo de poner estas afuera.
Antes de que alguno de los muchachos pudiera replicar algo, el hombre ya había salido para adornar la fachada, no sin antes tomar su gruesa parca de invierno del armario junto a la puerta.
Dos pares de ojos verdes y azules se cruzaron en medio de la estancia, fulminándose entre sí.
Sin más opción, Elsa tomó una caja con las esferas y se paró junto al árbol, todavía sintiendo encima suyo la mirada aguda del pelirrojo.
—¿Vas a quedarte allí parado? ¿O piensas ayudar?—murmuró de mala manera, centrándose en comenzar a adornar las ramas que estaban a su alcance—Si no vas a mover un dedo al menos lárgate. No hace falta que te quedes allí mirándome.
—Oh—Hans volvió a dibujar esa sonrisa malévola que tanto comenzaba a odiar y se aproximó un poco hacia ella—, ¿acaso te pongo nerviosa?
La rubia sintió un estremecimiento al sentir el aliento cálido del joven rozándole la mejilla, pues se había colocado a su lado para hablarle. Rápidamente dio un paso para alejarse y lo observó de modo asesino.
—Lo único que me provocas es fastidio—le espetó Elsa—, y otra cosa, te quiero por lo menos a un metro de mí.
—Vaya que tenía razón tu amiguita al decir que eras una neurótica. Esa enana sí que sabía de lo que estaba hablando—repuso Hans, sorprendentemente tomando un par de esferas y colocándolas en las ramas más altas.
—Se llama Anna, ¡y no es ninguna enana!—exclamó la blonda a la defensiva.
—Sí vas a ponerte así cada vez que hablemos, comenzaré a pensar que de verdad estás desquiciada—apuntó el cobrizo con otra mueca burlona.
—No tengo ninguna intención de hablar contigo—Elsa levantó su respingada nariz con orgullo—, más de lo necesario.
—Así que tú también has decidido guardar las apariencias—comentó Hans con astucia—. Inteligente. Empezaba a creer que esa cabecita tuya estaba hueca.
—La única cabeza hueca aquí es la tuya—respondió la albina con fiereza—, y ni creas que lo hago porque te tengo miedo. ¡Ya encontraré la manera de demostrar lo que realmente eres!
—Y según tú—ignorando su orden anterior, el muchacho volvió a acercarse, esta vez para estar de frente a ella y amedrentarla con su altura—, ¿qué es lo que soy?
Elsa se colocó las manos en las caderas y lo miró alzando la cabeza todo lo que podía, con tal de sostenerle la mirada y demostrarle que no la intimidaba en lo absoluto.
—Un falso idiota que solo ha venido para invadir mi casa y mentirle a todo el mundo—contestó—. Has logrado convencer a mamá pero ni pienses que va a ser así todo el tiempo. Tarde o temprano se dará cuenta de la clase de persona que eres y yo voy a encargarme de eso.
—Oh, por favor Elsa—el colorado negó con la cabeza y sonrió de lado, como si la situación, lejos de infundirle preocupación, le causara gracia—, no empecemos con esto. Necesitas madurar urgentemente.
—¿De qué estás hablando?—largó la aludida cruzándose de brazos.
—Esto, lo que estás haciendo—Hans imitó su acción y la observó condescendientemente—. ¿Crees que nadie se da cuenta de lo que ocurre aquí?
La adolescente arqueó una ceja.
—Eres la típica niñita de mamá que está demasiado aferrada a ella como para dejarla respirar—continúo él—. Odias que tenga a alguien más en su vida. Odias tener que compartir su atención o el simple hecho de que tenga pareja, demostrando que no toda su vida gira alrededor de ti. Y ahora tienes miedo de que yo empeore las cosas, ¿no? Es patético.
—¿Disculpa? ¡Yo quiero que mamá sea feliz!—repuso Elsa alterada por sus palabras—¡Y eso incluye alejarla de personas como tú! Al menos tu padre no es un hipócrita o también le habría advertido que no se casara.
—Pero aun así no lo soportas—apuntó Hans—. A veces te mencionaba cuando hablábamos. Decía que eras muy tímida y reservada… papá siempre suele ver los defectos de las personas por el lado amable—dijo afiladamente—. Ahora que te conozco me doy cuenta a lo que se refería. Tú no eres tímida, Elsa—agregó con sorna—, tú lo que eres es una maldita malcriada. Ya va siendo hora de que superes la etapa de "mamá se buscó a otro tipo y me dejo de lado". No te queda hacer ese tipo de berrinche.
—¡Y que sabes tú! ¡No nos conoces en absoluto!—exclamó ella—¡No sabes nada acerca de mi madre o de mí!
—Oh Elsa, sé lo suficiente, créeme. Estos dos días han sido bastante—replicó él—. Soy muy buen observador.
La muchacha solo deseo poder borrar esa sonrisa torcida de su apuesto rostro.
—Como sea, las cosas realmente no tienen porque ser tan difíciles entre nosotros—siseó Hans empezando a caminar alrededor de ella, como si fuera un león rondando a una pequeña presa. O al menos esa fue la sensación que la platinada no pudo evitar tener—, en serio, solo tienes que cooperar un poco. No quiero tener que gastar mis energías contigo. Incluso estoy dispuesto a olvidar tu chistecito de ayer—le aseguró, deteniéndose al lado de la chimenea—, lo único que tienes que hacer es ser una chica buena, ya sabes. No darme problemas y yo no te los daré a ti. Ya viste que no te conviene ponerte en mi contra—alzó las comisuras de sus labios con arrogancia—, ¿qué dices? ¿Vas a comportarte?
—¿Comportarme?—la aludida parpadeó un par de veces ante su propuesta y luego frunció el ceño—Lo único que voy a hacer es esforzarme más por demostrar que eres un mentiroso y con suerte te estarás largando de aquí antes de fin de año.
—Muy bien—el pelirrojo tomó distraídamente el muñeco de nieve que había colocado sobre la repisa, con aire distraído—, es una lástima que tengas esa actitud. Una parte de mí realmente piensa que hasta podríamos llevarnos bien si intentáramos.
Bruscamente tiró la figurilla al suelo, con tanta fuerza que Elsa se sobresaltó. El semblante de su hermanastro seguía estando totalmente tranquilo.
—Pero por otro lado, ¿qué cosa podría tener en común con una maldita mocosa como tú?—repuso él indolentemente—Algunas personas solo aprenden a la mala.
La jovencita se quedó mirando anonadada los trozos desperdigados en el suelo, de lo que hasta hacía poco era otro de sus recuerdos más preciados de la infancia. Sintió su labio inferior temblar y como se le calentaba la sangre. Alzó la mirada hacia Hans que ahora la observaba con una expresión helada en sus ojos y apretó los dientes.
Y entonces se dio cuenta de que aquello no había sido al azar. No se trataba de un arrebato con el que pretendiera asustarla simplemente, ni del estúpido muñeco de nieve que se pasaba meses arrumbado en el sótano pero que de repente le traía tantas memorias.
El muchacho realmente estaba al pendiente de todo lo que sucedía en ese lugar y ahora, estaba segura de que de alguna manera había escuchado la conversación con su padre. Por eso las amenazas. Por eso esa absurda y cobarde manera de demostrarle cuan dispuesto estaba a meterse con ella si no cesaba de estar en su contra.
Y lo peor es que había logrado tocarle los nervios. En contra de su voluntad, Elsa sintió como sus ojos se humedecían ligeramente por el enfado y aquel estropicio.
Antes de que pudiera estallar frente a él, la puerta principal se abrió dejando paso a Adgar.
—¿Qué pasó? Escuché un ruido—inquirió con el ceño fruncido, entrando en la estancia.
El rostro de su hijo se transformó por completo. Los ojos verdes, que tan amenazadores se mostraban hacía segundos, se mostraban sumamente apenados y su rostro pasó a reflejar desconcierto.
—¡Yo, lo siento!—exclamó, viendo el desastre que había ocasionado con falsa alarma—¡Lo siento mucho! Estaba adornando el árbol cuando me moví hacia atrás y tiré eso sin querer… no te preocupes, Elsa. Prometo que lo repondré—añadió simulando sentirse avergonzado.
La adolescente se quedó perpleja e indignada ante la facilidad con la que podía cambiar de semblante en segundos. Sus mejillas estaban rojas por el enojo y sus pupilas más brillantes que nunca por las lágrimas que amenazaban con salir.
—¡Eres un idiota!—chilló sin poder contenerse y detestó la manera en la que Hans fingió sorprenderse ante su reacción.
Ella sabía bien que no lo sentía en realidad.
Como un bólido, salió de la sala de estar y tomó su abrigo del armario junto a la puerta antes de salir bruscamente.
—¡Elsa!—alcanzó a escuchar el grito de su padrastro detrás de ella, pero eso no fue suficiente como para detenerla o calmarla.
Molesta, camino con dificultad por la acera cubierta de nieve, sus botas hundiéndose un poco a cada paso. Se limpió un par de traicioneras lágrimas que corrieron por sus mejillas sin importarle la gélida brisa que agitaba sus cabellos. Lo más frustrante era saber que no valía la pena llorar; odiaba hacerlo y que la vieran.
No era ninguna niñita y mucho menos una sentimental, pero ese intruso en casa había averiguado como llevarla a sus límites.
Sus pies dieron con un inmenso banco de nieve en el suelo que casi le hizo tropezar, por lo que se arrebujó más en su abrigo y se encaminó hacia la esquina, mascullando entre dientes.
—Estúpida nieve—murmuró por lo bajo, ingresando por la primera puerta que vio—. Estúpido Hans.
Miró a su alrededor con seriedad, dándose cuenta recién de hasta donde la habían llevado sus pasos. Era una pequeña cafetería de estilo oriental a la que le encantaba ir con Anna, un sitio algo pequeño pero muy acogedor y que en ese momento, estaba vacío a excepción por un par de personas.
Detrás de la barra, un muchacho alto y de cabello negro notó su llegada y le sonrió.
—¡Hola Elsa!—saludó, llamando su atención y haciéndola enrojecer—Que gusto verte, ¿te puedo ayudar en algo?
—Yo… eh… uhm—musitó de manera nerviosa, jugando con la punta de su trenza—, eh, ¿chocolate?
El chico rió de buena gana.
—Claro, pregunta obvia—repuso, al tiempo que ella se acercaba con timidez para sentarse—. Enseguida te lo doy.
Aún ruborizada, Elsa miró con atención como el moreno se daba la vuelta y tomaba un vaso para colocarlo en la máquina de chocolate caliente, apreciando en silencio lo ancho de su espalda y el cabello negro de su nuca, semi-cubierto por una sencilla gorra.
Ahí estaba la razón principal de sus visitas a la cafetería. El ambiente era muy agradable y la comida mejor, pero sin duda el guapo joven de ascendencia asiática que atendía con frecuencia el lugar era la parte más emocionante de cada reunión allí. Tadashi Hamada era un chico muy amable y agradable, que había llamado su atención por primera vez al verlo inmerso en la lectura de un complicado tomo de física.
El tipo era un auténtico genio y su inteligencia como un imán al que era difícil resistirse. Era solo un año mayor y no estudiaba en su escuela, (lo cual era una verdadera lástima), sino en el Instituto Tecnológico que se ubicaba al otro lado de la ciudad y solía trabajar en ese pequeño local, propiedad de su tía, a medio tiempo. Elsa juraba para sus adentros que solo verlo a él era suficiente como para que se le olvidaran todos sus problemas.
Claro que eso nunca lo admitiría ante nadie y mucho menos ante Anna, pues conociéndola, no pararía de darle lata con el tema. Aunque ya intuía que algo sospechaba.
Con bastante rapidez, Tadashi terminó de llenar el vaso con la bebida caliente y colocó encima una generosa cantidad de crema batida y chispas de chocolate, antes de depositarlo frente a ella con cuidado.
—Tal y como te gusta—anunció, sonriendo de nuevo.
—Muchas gracias—dijo ella devolviéndole el gesto como apocamiento y esperando que confundiera el intenso color de sus pómulos con un síntoma del frío.
—No hay de que—repuso él, apoyando sus codos del otro lado de la barra para conversar—, ¿sabes? No te agradecí la otra vez por haber ayudado a mi hermano con sus exámenes. Estoy seguro de que el pobre se habría sentido perdido sin ti.
—Oh, no fue nada, en serio—le aseguró la blonda, probando con gusto la crema encima de su chocolate—. Hiro es muy inteligente. Solo necesita concentrarse un poco más.
—Lo sé, se aburre con mucha facilidad. Esa enorme cabeza suya necesita un buen empujón a veces.
Elsa volvió a sonreír al darse cuenta del afecto que expresaba el muchacho hacia su hermano menor, otra de las cosas que admiraba de él, teniendo en cuenta que todo el mundo sabía que solo tenían a su tía para hacerse cargo de ambos.
Hiro, como el más joven de los dos, solía meterse en más problemas que él pero con tan solo catorce años ya prometía bastante. El niño era un prodigio en física y matemáticas, aunque se aburría mucho con historia y literatura, haciendo que bajaran sus notas. Debido a que él si estudiaba en su colegio, la habían asignado como su tutora varios meses atrás para echarle una mano. El chiquillo ansiaba mejorar sus calificaciones para obtener una beca en la misma institución que su hermano.
Era de esa forma como lo había conocido.
—Le he dicho que si sigue así, podrá trasladarse al instituto antes de lo que se imagina. Está muy emocionado.
—Estoy segura de que lo va a lograr—afirmó Elsa con sinceridad.
—Yo también. Tiene una muy buena maestra—mencionó Tadashi observándola con gentileza.
—Se hace lo que se puede—repuso la jovencita encogiéndose de hombros.
El muchacho le sonrió una vez más y luego comenzó a acomodar distraídamente las servilletas que estaban encima de la barra.
—Pero bueno, veo que no te encuentras muy bien—dijo con suavidad, obviamente habiéndose dado cuenta de su estado de ánimo verdadero—, entraste un poco alterada. Dime, ¿te pasa algo?
Elsa desvió la mirada incómoda.
—Perdona, no quiero ser entrometido—le aseguró Tadashi—, solo que si hay algo en lo que te pueda ayudar…
La albina negó con la cabeza, poniéndose a jugar con la pajilla que decoraba su vaso.
—No es nada… es solo que—suspiró, sintiendo la fuerte necesidad de desahogarse en ese momento—, ¿cómo tomarías el hecho de que tu tía volviera a casarse con alguien?
El pelinegro lo reflexionó por un momento.
—Si ella es feliz y la persona vale la pena, supongo que no pondría ninguna objeción—le respondió, con su habitual tono razonable.
—¿Y si esa persona llevara a tu casa a alguien a quien no soportas?
—¿Tu padrastro llevo a alguien más a tu casa?—inquirió Tadashi con sorpresa.
—Uno de sus hijos—la chica arrugó el ceño y se mordió el labio inferior—. Es… es una pesadilla.
—Así que ahora tú también tienes un hermano—afirmó Tadashi y ella frunció la boca al escuchar esa última palabra—. No puede ser tan malo.
—Lo es—replicó ella de forma sombría—, el tipo me odia. Y el sentimiento es mutuo.
—¿Has intentado ser amable con él?
—Yo—Elsa bufó al pensar en la respuesta—… no lo recibí precisamente con los brazos abiertos si es a eso a lo que te refieres. Pero luego quise serlo y él simplemente se comportó como un idiota—se cruzó de brazos sobre la barra, enfurruñada—, ya hasta se ha ganado a mamá.
—Bueno Elsa, esas cosas son un problema de dos. A lo mejor a él le fastidia tanto este cambio como a ti—repuso el moreno—. Si quieres mi consejo, deberías intentar ver las cosas desde otra perspectiva. Un ángulo diferente siempre ayuda… es algo que nos suelen repetir en el instituto.
La platinada estuvo tentada de decirle que no había ningún ángulo o perspectiva que valiera con alguien como Hans Westergaard, más se contuvo al mirar como sus ojos castaños la veían con afabilidad, sintiendo que el ardor en sus mejillas incrementaba levemente.
Últimamente se encontraba a si misma sin saber que decir o hacer cuando hablaba con el joven. Y odiaba eso.
Afortunadamente la puerta de la cafetería volvió a abrirse sus espaldas, siendo empujada con algo de fuerza por una chica delgada de cabello negro y corto, en el que se destacaban un par de mechones teñidos de púrpura. Llevaba una chaqueta de cuero y un par de ruedas ligeras y muy curiosas bajo el brazo, que parecían una especie de escudo.
—¡Nerd, quiero una taza de café negro!—demandó, sentándose junto a la platinada y dejando sus cosas sin mucha delicadeza en el suelo.
—¿Sigues probando tus ruedas de suspensión electromagnética, GoGo?—pregunto el aludido, dándose vuelta una vez más para servir un café.
—Nunca hay suficiente velocidad con estas cosas—replicó la muchacha, desabrochándose el casco que llevaba en la cabeza y colocándolo en la barra—. Casi me caigo al intentar hacer una curva, todavía me duele la muñeca—añadió, moviendo la parte mencionada en pequeños círculos.
—Un día de estos vas a terminar en el hospital con una pierna rota o algo—le dijo Tadashi en tono socarrón—y yo estaré ahí para decirte, te lo dije—le acercó la humeante taza que acababa de servir.
—Tonterías—la pelinegra sopló sobre su taza—, funcionarán mejor cuando me ponga a quemar el asfalto en casa de Fred. Ese lugar sí que es bueno para correr. Todavía no puedo creer la mansión en la que vive el tipo, cualquiera diría que habita debajo de un puente.
—Mientras no te olvides el casco de nuevo.
—Sí, papá—mencionó la morena poniendo los ojos en blanco y tomando su café.
—A GoGo le encanta la velocidad—explicó Tadashi volviéndose hacia Elsa, quien había observado todo ese intercambio de palabras con curiosidad—. Estas cosas de aquí—añadió señalando las ruedas—son invento suyo. Es parte de lo que hacemos en el instituto.
—Oh—comentó la blonda, sin saber bien que decir—, pues… debe ser emocionante.
—Puedes apostar el culo a que sí, rubita—intervino la otra chica—. Oye nerd, pásame una rosquilla o algo. Me muero de hambre.
—Un día deberías venir a una de las exposiciones, Elsa—continúo el muchacho, sacando una rosquilla glaseada de debajo del mostrador y extendiéndosela a GoGo, quien no tardo en tomarla para propinarle un buen mordisco—. De nada—dijo, mirando con el ceño fruncido a su amiga—. Te gustará, a Hiro le encanta asistir—añadió afablemente.
—Me gustaría mucho—respondió la platinada, sintiendo como se ruborizaba levemente de nuevo.
—La próxima es en un par de semanas.
Los ojos de la albina se apagaron de repente.
—Oh, un par de semanas. No creo que pueda ir—dijo, realmente apenada—, mamá cumple años y seguro estará planeando algo. Ahora que está casada de nuevo y todo eso…
—Tú te lo pierdes, Barbie—dijo Gogo encogiéndose de hombros con indiferencia y ganándose un leve empujón de su amigo ante el sobrenombre.
—Bueno, ya será en otra ocasión—repuso Tadashi con una sonrisa.
—Sí—Elsa apuró lo último que quedaba de su vaso de chocolate y se fijó en un reloj de pared, dándose cuenta de la hora.
Era probable que su madre hubiera vuelto de casa y tomando en cuenta el problema en que se había metido con ella el día anterior, no le haría mucha gracia que estuviera fuera.
—Me tengo que ir—anunció, bajándose del taburete en el que estaba sentada y rebuscando en los bolsillos de su abrigo, rogando por no haber sacado su cartera de ellos aun—, ¿cuánto te debo?
El chico negó con la cabeza.
—Va por cuenta de la casa, es lo menos que puedo hacer después de toda la ayuda que le has prestado a mi hermano.
—Muchas gracias—Elsa le sonrió ampliamente—. Nos vemos luego.
El joven le devolvió la mueca y GoGo le hizo un asentimiento con la cabeza, antes de volver a concentrarse en su rosquilla.
Y aunque ella realmente no quería volver a casa, reanudó el camino.
Malhumorado, Hans termino de colocar los pedazos del destrozado adorno navideño en el recogedor y los traspasó a un pedazo de periódico que su padre había dejado cerca. El susodicho se encontraba sentado en uno de los sillones, observando que cumpliera con la tarea sin decir una palabra pero manteniendo una expresión seria en el rostro.
Había olvidado lo perceptivo que era el hombre ante sus mentiras. La próxima vez, tendría que pensar mejor en lo que hacía cuando él estuviera cerca.
Al menos le había hecho pasar un mal rato a la mocosa.
—¿Había necesidad de hacer algo tan desagradable?—la severa pregunta de Adgar rompió el silencio.
El muchacho se tensó imperceptiblemente pero con todo, trató de mantener un semblante tranquilo.
—Ya te lo dije, fue un accidente—repitió con fingida inocencia—. No me di cuenta cuando…
—No fue un accidente y lo sabes bien—replicó su padre—. Te conozco demasiado bien como para saber cuando estás mintiendo. Hans. No quiero tener problemas contigo aquí. Ni que se los ocasiones a nadie.
—Lo dices por Elsa—comentó el colorado con ironía—, estás desesperado porque te acepte. Pero ella nunca hará tal cosa. Odia que estés con su madre tanto como el que yo me encuentre aquí—dijo atrevidamente, volviéndose hacia su progenitor con una mirada aguda—. Esa niña necesita madurar, no entiende que…
—Quien necesita madurar eres tú—lo interrumpió Adgar con calma, levantándose de su asiento para dar unos cuantos pasos en su dirección—. No necesito recordarte la razón por la que estás aquí. Alejarte de tus hermanos nunca había sido una prioridad para mí, pero después de lo que sucedió hace meses, no he tenido más alternativa. No quiero que tengas problemas en este lugar.
—Lo que no quieres es que arruine a tu nueva y perfecta familia—masculló el joven con desdén—. Si tanto te molesta tenerme aquí, habría bastado con alquilar cualquier sitio para que no te estorbara aquí.
—No es eso lo que quise decir—los expresivos ojos del hombre mostraron consternación.
"Es ni más ni menos lo que quisiste decir. Te importa más esa chiquilla que tu propio hijo", estuvo tentado a decirle Hans, sintiendo como un conocido sentimiento se abría paso en su pecho. Ese que solía hacerse presente a menudo cuando estaba con sus hermanos y que lo hacía sentirse como la persona más innecesaria en cualquier lugar.
Sin embargo, no demostraría cuan afectado se sentía por ello. No necesitaba la aprobación de su padre, ni la de ninguna otra persona. Estaba en ese lugar para aprovecharse de la situación tanto como le fuera posible, no para mendigar atención.
Antes de que ninguno pudiera replicar algo, su pausa fue interrumpida por el silencio familiar de la puerta abriéndose.
Idun entró todavía con su abrigo cubierto por pequeñas virutas de nieve y sosteniendo varias bolsas en sus manos, que se apresuró a dejar en la entrada de la sala de estar. Una sonrisa se formó en sus labios.
—¡Qué bonito que ha quedado todo! Ya iba siendo hora de decorar la casa—dijo, apreciando el árbol navideño y los otros adornos que se lucían en la estancia—, la fachada se ve preciosa con las luces. Y afortunadamente, todavía no había demasiada gente en la tienda como para comprar con tranquilidad—hablaba de manera alegre mientras se paseaba en la habitación para apreciar mejor las medias colgadas y demás decoraciones, sin percatarse de la seriedad que mostraban su marido y su hijastro—, oh—musitó apagando su sonrisa al ver el trozo de papel periódico en una mesita, con los restos del muñeco de nieve—, no puede ser, esto le encantaba a Elsa. Se va a poner tan mal cuando lo vea—comentó con desánimo, analizando los trozos de cerámica.
—Me temo que Hans tuvo un pequeño accidente mientras estaban decorando—le mencionó su esposo con suavidad—. No te preocupes, lo arreglaré para ella.
—Sí—Idun volvió a recuperar su habitual regocijo y le sonrío al muchacho—. Iré a guardar los víveres en la despensa. Quiero preparar la comida favorita de Elsa; desde ayer ha estado más seria que de costumbre…
Adgar la siguió para ayudarle a recoger las bolsas que había traído, mientras la escuchaba hablar sobre el estado de ánimo de la muchacha y las cosas que había visto en los escaparates de camino a casa. Le dirigió una última mirada a su hijo y desapareció rumbo a la cocina.
El pelirrojo se metió las manos a los bolsillos y luego, decidió salir. De repente le fastidiaba la idea de quedarse en casa después de esa pequeña conversación.
Se enfundó en su chaqueta más gruesa y se dirigió al jardín. Quizá caminaría sin rumbo, ya que no se encontraba de humor. La sola mención de sus hermanos lo ponía de malas. Había dejado la casa de su madre precisamente para alejarse de ese montón de basuras, que más que sentir como si fueran de su propia familia, se le antojaban como una piedra en el zapato.
¿Qué más daba lo que había sucedido antes? No había sido todo su culpa. Su padre aparentaba ser el hombre más comprensivo del mundo pero al parecer, ni él estaba dispuesto a olvidar sus errores.
En lugar de ello, estaba más pendiente de mantener esa fastidiosa apariencia de perfección y buen rollo que deseaba para su nueva pequeña familia.
"Que farsa", se dijo para sus adentros.
No veía la hora de que comenzaran las clases en la universidad para mantenerse al margen de toda esa mierda.
Se quedó de pie en el centro del jardín con la mirada sombría, sumido en sus pensamientos. Por más que le jodiera el asunto, tenía que esforzarse por seguirle el juego a su viejo y fingir, transformarse de nuevo en el chico perfecto y mantener las apariencias para tenerlo todo bajo control. Era la única manera de empezar nuevamente y tener al mundo de su parte.
O a la mayoría del mundo.
Un impacto frío y doloroso en un costado de su cabeza lo sacó de sus pensamientos, haciéndole perder el equilibrio y caer al suelo. Con rabia, se llevó la mano hacia el lugar donde le habían golpeado y observó la bola de nieve deshecha junto a él.
A pocos metros de distancia, Elsa lo miraba con suma frialdad.
—Eso es por lo de hace un rato, idiota—sus pálidas manos volvían a darle forma a otro montoncito de nevasca que rápidamente fue a parar de nuevo a su rostro, enviando un escalofrío por su espina dorsal—. Y eso, porque eres un odioso hipócrita.
Tenía buena puntería para tratarse de una joven tan delicada.
—¡Mocosa!—exclamó Hans con furia, levantándose del suelo con rapidez y dispuesto a darle una lección.
Su contrincante previó sus movimientos y retrocedió sin despegar sus gélidos ojos de él, lista para el contraataque. El cobrizo recogió una bola de nieve de tamaño considerable y la lanzó en su dirección, maldiciendo al ver como la chica la esquivaba ágilmente.
—Das tanto asco lanzando como cuando te pones a mentir—le espetó Elsa, con la obvia intención de provocarlo.
—¿Bolas de nieve? ¿En serio? Solo a ti se te ocurre desahogarte con algo tan estúpido—replicó Hans mordazmente.
Por toda respuesta, la platinada volvió a arrojarle otra bola nevada (tenía que concederle que era rápida y precisa en aquello), que le dio de lleno en la mejilla pese a sus intentos de esquivarla.
Enojado, Hans hizo ademán de perseguirla y ella se dio la vuelta para correr hacia la entrada de la casa, con tan mala suerte que no lo consiguió. Tras un par de zancadas ya la había cogido por una de las mangas del abrigo, con la suficiente fuerza como para tumbarla sobre la nieve. No la lastimó, pero sí se inclinó sobre ella para mantenerla inmovilizada manteniendo un agarre férreo sobre sus hombros.
—Escúchame bien sabandija, ya me estás tocando las bolas con tu actitud. Si no te calmas te voy a mandar a la mierda—dijo él con los dientes apretados, sin elevar la voz pero manteniendo un tono amenazante.
No les convenía armar un escándalo y a saber si habría vecinos mirando por las ventanas. Mejor que creyeran que aquel era el juego inofensivo de dos muchachos.
Elsa levantó una mano y le abofeteó el rostro, provocándole más indignación que dolor.
—¡Porque no te atreves con alguien de tu tamaño, imbécil!—sorprendentemente no estaba gritando o lloriqueando como haría cualquier chiquilla en su lugar.
Pero es que él ya había comprendido que la platinada no era ninguna chiquilla. Era un demonio disfrazado de muchachita que iba a joder todos sus planes, si no la ponía pronto en su lugar.
—¡¿Vas a calmarte de una buena vez?!—inquirió Hans con exasperación, sosteniendo sus pequeñas manos con las suyas—. No quieres hacerme perder la paciencia.
Para su sorpresa ella sonrió de lado. La misma mueca astuta que él solía poner cada vez que maquinaba alguna mentira o mostraba su lado amenazador.
—Oh, pero te equivocas Hans, eso es justo lo que quiero hacer—dijo la albina—. No puedes fingir todo el tiempo, ser un mentiroso es muy agotador. No eres tan buen chico como todos creen, ni amable, ni correcto y mucho menos buena persona, ¿no? Estás tan desesperado porque nadie note como eres en realidad. Debes de ser una verdadera basura en el interior como para aparentar tanto.
Los ojos esmeraldas la fulminaron con la mirada.
—Ahora que lo pienso, estoy preguntándome porque estás aquí realmente—prosiguió Elsa—, algo me dice que hay una razón que nos estás ocultando. Es muy extraño que simplemente decidieras aparecer como si nada.
—Eso no te importa una mierda—le espetó el pelirrojo.
—Sí que me importa y lo voy a averiguar—una pequeña señal de alarma se encendió en la cabeza del mayor—, a ver qué cosas esconde el principito perfecto. No sé, quizá tu padre me diga algo—supuso—, esta tan ansioso por tener mi aprobación, que no me sorprendería que me lo contara solo para comportarse como el padrastro ideal o alguna basura por el estilo.
—¿Tú te crees que papá es estúpido? Puede que trate de ser amable contigo pero no te contará nada.
—Ah, osea que sí estás ocultando algo.
Hans volvió a maldecir internamente.
—De cualquier manera pierdes el tiempo—se apresuró a decir—, él no es tan abierto como tu madre, a quien si le encanta hablar de su tímida y reservada hijita—añadió, adoptando su sonrisa torcida y cierto tono de burla que hizo centellear las pupilas de zafiro de la adolescente.
—Eso es porque por lo menos yo me muestro ante los demás sin fingir, hipócrita.
—Ni aunque fingieras serías una persona mínimamente interesante, idiota.
—No me importa si tu padre no me cuenta nada, yo averiguaré por mi cuenta lo que sea que estés escondiendo—Elsa lo encaró con decisión—. Voy a hacer que te largues de aquí así sea lo último que haga, eso te lo prometo.
El colorado la tomó por las solapas del abrigo y se inclinó más hacia ella, amenazadoramente.
—Inténtalo y ya veremos quién de los dos puede más.
Aquello acababa de confirmar la guerra que en silencio, había sido declarada desde el primer instante en que el intruso había mostrado su rostro real por primera vez. Era oficial: ambos se esforzarían por arruinar la vida del otro.
—¡Quítate de encima de mí!—chilló Elsa solo para ser castigada con el impacto de un montón de nieve sobre su rostro.
Furiosa, se las arregló para hacer lo mismo y alzó una de sus piernas para empujarlo con la rodilla. Pronto los dos estuvieron rodando sobre la nevisca, tratando de atacarse con tanto frío como pudieran; un trabajo difícil para la joven considerando la diferencia de tamaños y el hecho de que él siguiera agarrándola de los antebrazos, pero al menos tenía a su favor que ella sí podía usar todas sus fuerzas.
Hastiado, Hans estaba a punto de inmovilizarla de nuevo cuando el sonido de la puerta lo hizo contenerse.
Idun salió al umbral y los descubrió tendidos sobre el suelo, sus ropas y abrigos bastante llenos de nieve y el cuerpo del pelirrojo ligeramente encima del de su hija. Parpadeó un par de veces, confundida.
—¿Qué están haciendo?—preguntó y ellos la miraron paralizados—Oh, ya veo—esbozó una ingenua sonrisa—, ¿estaban teniendo una pelea de nieve?
Elsa la observó anonadada y luego escuchó reír al cobrizo, con insólito buen humor.
—Sí, algo así—Hans se puso de pie y se sacudió toda la nevisca de su chaqueta—, lo siento, sé que no deberíamos jugar así. Es solo que Elsa comenzó a arrojar bolas de nieve y cuando menos nos dimos cuenta, ya estábamos en el piso como dos niños—sin preguntar, tomó la mano de la aludida y tiró de ella para levantarla con facilidad—. Tienes que enseñarme a lanzar así, ¿eh? Juro que jamás había visto a nadie hacerlo tan rápido—agregó, guiñándole un ojo a la blonda y haciéndola experimentar el más sincero repudio hacia él.
—Tengan más cuidado la próxima vez, podrían lastimarse—dijo la mujer, observando con simpatía como el muchacho sacudía los restos de nieve de los hombros y el cabello de la adolescente—. Me alegra ver que ya se estén llevando mejor, ¿por qué no entran? Estoy preparando el almuerzo. Voy a hacer tu comida favorita Elsa, ¡espaguetis a la carbonara!—la castaña volvió al interior de su hogar sonriente, esperando que la siguieran.
Apenas su madre se hubo dado la vuelta, la albina aprovecho para empujar a su hermanastro, ansiosa porque le quitara las manos de encima. Hans la volvió a tomar por el cuello del abrigo.
—Otro chistecito como el de las bolas de nieve—le advirtió por lo bajo—y estás muerta.
Elsa lo miró con desdén y le mostró su dedo medio.
*Queen: Banda británica de rock cuyo cantante era Freddie Mercury, asumo que todos habrán oído hablar de ella. Si alguien me dice que no tiene la menor idea, recibirá una bofetadita de mi parte. :3 *Va sacando un guante de su bolsillo*.
Nota de autor:
¡Los ánimos Helsa han subido al máximo! :O
¿Qué les pareció el capítulo de hoy? Ojalá hubiera podido subirlo antes pero para serles sincera, tuve una semana difícil. Acabo de mudarme y en esta zona hay problemas de instalación de Internet, algo que me preocupó muchísimo porque de eso depende mi trabajo. En un momento dado incluso lloré por el estrés. :( Afortunadamente tenemos una solución provisional pero ansío con todas mis fuerzas que se resuelva ese inconveniente; me ayudarían mucho enviándome sus buenas vibras. Han sido días muy pesados.
Pero pasando a cosas más alegres, vamos a paso lento pero seguro con este par que nos encanta. Y aquí ya no hubo personaje sorpresa, sino dos. El bonito de Tadashi y la ruda de GoGo. xD Ella es toda una badass, cuando fui a ver Grandes Héroes fue la que más me gustó. ¿Ustedes que piensan?
Por otra parte, Hans sigue haciendo de las suyas y ha sacado a relucir cada vez más su peor cara con copo de nieve, además de dejar entrever por allí cierto secreto oscuro que no quiere que se sepa. ¿De qué se tratará? ¿Logrará Elsa averiguarlo? ¿O acabarán matándose entre ellos antes? e.e
Ari: ¿A quién no le encanta cuando Hans y Elsa discuten? xD Son como dos niños, jajajaja. Veré como voy incluyendo esos momentos de debilidad que tanto nos gustan, pequeña. ¡Gracias por comentar! ;D
Mal-efica: Gracias a ti por animarte a comentar, saber sus opiniones me anima mucha a seguir. Tengo muchas cosas planeadas así que espero que sigas disfrutando tanto como hasta ahora. :)
Nancy CatJazz: Ese sexy pero maligno pelirrojo. e.e Siempre tiene trucos bajo la manga para sacar lo peor de Elsa. Estoy de acuerdo contigo, lo más lindo del Helsa es ver como discuten pero al mismo tiempo, como no pueden negar que sienten una enorme atracción por el otro. Hans se hace el duro pero todos sabemos que por dentro, es más blando que un rol de canela así que ya veremos sí puede resistirse por mucho tiempo a los encantos de copo de nieve, jujuju.
¡Les deseo una gran semana!
