Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
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4
Aprensiones y un poco de café
Si había alguien en la Tierra que en ese instante se sintiera más desgraciado que ella, probablemente Elsa se hubiera echado a reír o bien, adquirido una vez más esa expresión de frialdad hostil que durante los últimos días se había hecho más evidente que nunca en su delicado rostro.
"Como la mierda" era la forma en la que la muchacha había respondido aquel jueves al mediodía, cuando se encontró con Anna en el parque más cercano para dar un paseo y la colorada le había preguntado como marchaban las cosas en casa, repleta de curiosidad.
—Vamos Elsa, no digas esas cosas—repuso la chica, al tiempo que jugueteaba con los cordones que se desprendían de las orejeras de su gorro rosado—, no puede ser tan malo—sonrió con su natural optimismo.
Ambas caminaban ahora entre las calles cubiertas de nieve, rumbo a la vivienda de la blonda, esperando beber otra de las deliciosas tazas de chocolate caliente de su madre.
—¿Ah no?—la rubia se volvió hacia ella con el ceño fruncido—¡El muy idiota se la pasa fingiendo como si no me hubiera hecho todas esas amenazas horribles! Cuando nuestros padres se marchan de casa es un imbécil. Me insulta, insulta a mi gato—levantó una de sus finas manos para comenzar a enumerar con los dedos—, me arrebata el control de la televisión, pone su horrible música a todo volumen, ¡una vez aprovecho que salí a sacar la basura para cerrarme la puerta! Claro, como él nunca hace nada—Anna se asombró de ver como sus blancas mejillas se tornaban rojas de enojo—, ¡ya no lo soporto! ¡Lo odio! Y lo peor es que también se ha ganado a mamá—se quejó la afectada con un puchero.
—Bueno Elsa, tienes que admitir que tú tampoco has sido muy amable con él.
—¿Perdón? ¿No escuchaste todo lo que acabo de decir?—las pupilas cerúleas de la aludida se posaron en la pecosa con indignación—¡Tengo que hacer que se largue pronto, antes de que me vuelva loca!
—Elsa, Elsa, Elsa—su amiga negó con la cabeza en actitud de reproche—, estás tomando las cosas por el lado equivocado. No deberías enfocarte en hacer que se vaya.
—¡¿Y por qué no?!—inquirió ella peligrosamente.
—¡Por qué está buenísimo!—chilló Anna empuñando sus manos como solía hacer cada vez que se emocionaba y ocasionando que la platinada entornara los ojos—¿Qué no te das cuenta de la suerte que tienes? Lo que darían muchas por estar en tu lugar…
—¿De qué demonios estás hablando?
—Vamos Elsa, sabes bien a lo que me refiero—insistió la pelirroja—. Hans podrá caerte muy mal y todo lo que quieras, pero hasta tú tienes que reconocer que está como quiere. ¡El tipo es perfecto! Es una belleza de hombre y de retaguardia la verdad es que no está nada mal, si me entiendes…
—A veces eres tan vulgar—musitó la albina poniendo los ojos en blanco con disgusto.
—Lo único que le hace falta es quitarse esas ridículas patillas como del siglo XVIII que tiene y ¡bam! Es como un príncipe—prosiguió Anna con entusiasmo—, ya te lo digo amiga, ese sí que es un hombre. Es muy, muy sexy…
—¡Si tanto te gusta porque no vas y te casas con él!—le espetó la otra joven con desagrado, harta de oírlo nombrar.
¿Es qué el desgraciado tenía que gustarle a todo el mundo?
—Naaaah, si no lo digo por mí, está bueno pero no es para tanto—le aseguró la cobriza con un gesto despreocupado de la mano—. Más bien lo decía por ti, necesitas conseguirte un novio con urgencia, amiga.
—¡¿Qué?!—la mirada azul de Elsa volvió a fulminarla.
—Oh vamos Elsa, no me mires así—repuso la pelirroja con una sonrisa—, no me dirás que el asunto no te da un poquito de morbo. Viven en la misma casa y como ya te dije, Hans es muy guapo. Además ustedes no son hermanos de verdad así que no habría ningún problema…
—¡Pues para mí si es un problema! ¡No tocaría a ese infeliz ni aunque me pagaran por hacerlo!—declaró la rubia con molestia—¡Por mí te lo regalo, ya que tan emocionada estás con él!
—Y dale, ya te dije que no lo digo por mí, aunque la verdad es que si no fuera por Kristoff mira que ni me lo pensaba ¿eh? Ay, Kristoff—Anna suspiró—. Él es tan lindo, Elsa. Me encantan su voz y su cabello y su sonrisa…
La blonda volvió a rodar los ojos. Su amiga era tan cursi.
—¡Sus manos son tan grandes! Y tiene unos ojos tan bonitos y tan cálidos, que sientes que te hundes en ellos—la colorada continúo hablando con semblante de enamorada y después, se mordió el labio inferior—, ¡y también tiene un trasero que me encantaría…!
Elsa se desconectó del parloteo de su acompañante para sumirse una vez más en sus pensamientos, con gesto sombrío. Esa semana la convivencia en casa no había sido sencilla, por no decir imposible. Lo peor es que no encontraba el menor indicio que le permitiera investigar porque el intruso había llegado para invadir su vida.
Las falsas sonrisas que le dedicaba y sus ojos verdes que la miraban de manera amenazante apenas se encontraban a solas, la tenían al borde de los nervios.
Tenía que ocuparse de ese molesto inconveniente pronto. ¿Pero cómo?
¿Cómo?
Por el rabillo del ojo, vio como Anna hacia ademán de apretar algo con las manos mientras continuaba hablando. Ya estaban llegando a su casa, donde su maligno hermanastro seguro aguardaba ingeniando nuevas formas de molestarla.
No podía darle esa oportunidad. Algo estaba ocultando y cuanto antes lo descubriera, más fácil sería controlarlo.
—Tengo que averiguar de qué se trata—murmuró para si misma en tono calculador.
—¿Averiguar? ¿Averiguar qué?—preguntó Anna volviéndose hacia ella al escucharla—¿Vas a averiguar una manera en la que pueda saber cómo se siente el trasero de Kristoff?
—No idiota, voy a averiguar qué es lo que está ocultando ese maldito de Hans para que se largue de una vez por todas de mi casa—replicó la platinada.
—Oh, ¡bien! Tú sigue con eso y yo me las ingeniaré para acercarme sutilmente al trasero de Kristoff.
La albina se palmeó la frente con resignación al oír los pervertidos planes de la pelirroja. Su amiga nunca iba a cambiar.
Entraron a la casa.
Su madre se había quedado esa tarde para buscar unos papeles de la oficina y estaba de nuevo en la cocina preparando un poco de chocolate. Idun se volvió con una sonrisa cuando se acercaron.
—Estaba haciéndoles chocolate antes de tener que regresar al trabajo—anunció alegremente—. Hija, ¿quieres subirle una taza a Hans? Debe estar en su habitación.
—¿Qué no puede venir él por ella?—inquirió la chica con desagrado.
La expresión cálida de Idun se transformó en una igual de gélida que la suya, cosa que hizo que Anna desviara la mirada con incomodidad y que ella bufara con fastidio.
La castaña era una mujer muy dulce casi todo el tiempo pero cuando se molestaba, se volvía tan fría como Elsa. No en balde había heredado la mayor parte de sus gestos y el color de hielo de sus ojos.
A regañadientes tomó la taza que le extendía y se dirigió escaleras arriba.
—Y más te vale que no se repita lo del otro día, jovencita—la escuchó decir a sus espaldas.
Elsa llegó la puerta del odioso pelirrojo con desagrado, (la cual para el colmo estaba justo enfrente de la suya) y frunció el ceño al escuchar el eco de la música de heavy metal que resonaba desde el interior. Tocó con sus nudillos.
—¡Idiota! ¡Mamá te preparó algo!—dijo desde afuera sin recibir respuesta alguna.
Tocó un par de veces más con el mismo resultado y torció la boca. De seguro el muy imbécil se había quedado dormido de nuevo o algo.
Con toda intención entró haciendo el mayor ruido posible y esperando despertarlo. El reproductor de MP3 que estaba en la mesita de noche tocaba a todo volumen una canción de AC/DC*, pero la cama estaba vacía. Miró hacia la puerta que daba al baño de la habitación y el murmullo de la regadera le indicó que Hans debía estar bañándose.
"¡A estas horas!", pensó volviendo a rodar los ojos. Lo más probable era que el cretino se acabara de levantar.
Curiosa, echó un vistazo a su alrededor. La verdad era que había esperado encontrarse con un desastre pero el dormitorio estaba muy bien ordenado. Si bien no de manera tan pulcra y meticulosa como el suyo, se hallaba en un estado bastante decente. Todas las cosas del pelirrojo habían sido acomodadas en estanterías e incluso había tendido su cama. Lo único que estaba fuera de lugar era una sudadera colocada sobre una silla y los zapatos deportivos, que reposaban descuidadamente en la alfombra.
Las paredes mostraban algunos afiches de bandas de rock pesado y diseños escandalosos.
"Que mal gusto, por Dios", reflexionó, antes de tomar una fotografía que reposaba sobre la mesita de noche y contemplarla con atención.
La imagen mostraba a un bonito perro raza labrador de color amarillo, ya adulto y que miraba al frente con la lengua de fuera, como si estuviera sonriendo. Resultaba interesante que el muchacho tuviera una foto de dicho animal antes que alguna de su familia.
Volvió a dejarla en su lugar y se acercó hasta una repisa con algunos libros.
"Así que el taradito lee", se dijo con sarcasmo para sus adentros, preguntándose que clase de títulos podría tener alguien como él. "Seguro alguno que hable sobre como manipular a los demás o algún manual para arreglarse el cabello".
Su ceño se arrugó cuando encontró un par de tomos con cuentos de Poe, otros tantos de Stephen King y la saga completa de Juego de Tronos. Definitivamente no se esperaba eso. Eran prácticamente los mismos libros que le gustaban a ella.
—¿Qué estás haciendo aquí?—la seria pregunta que se oyó a sus espaldas la hizo sobresaltarse y voltear hacia atrás, como una niña descubierta a mitad de una travesura.
Estaba tan ensimismada y la música sonaba tan fuerte, que no se había dado cuenta de que el eco de la regadera había desaparecido, ni tampoco de la puerta del baño abriéndose.
Habría replicado cualquier excusa de no ser porque nada la tenía preparada para lo que vio en ese instante.
Hans se había puesto detrás de ella y lo único que lo cubría, era la toalla que llevaba alrededor de la cintura. Su cabello rojizo estaba oscuro y humedecido a causa de la ducha, y algunas gotas caían de él deslizándose por su cuello y resbalando por sus anchos hombros y hacia su pecho desnudo. El joven tenía un torso no trabajado en exceso, pero si lo bastante marcado como para resultar atractivo. Podía apreciar sus pectorales bien esculpidos, la zona torneada de su estómago y la breve línea de pelo rojizo que descendía por debajo de su ombligo e iba a perderse en el borde de la toalla.
Tragó saliva y sus mejillas enrojecieron con violencia.
—Te pregunté que haces aquí—la adolescente se obligó a alzar la vista para ponerla en ese par de ojos verdes que la observaban con severidad—, ¿estabas husmeando en mis cosas?
—Yo… uhm—Elsa jugueteó con su trenza de manera nerviosa, dándose cuenta de que se había quedado sin palabras.
Eso provocó que el mayor sonriera con suficiencia.
—¿Qué? No me irás a decir que es la primera vez que ves a un hombre así—preguntó con prepotencia—. Oh, espera, claro que sí. Después de todo nunca has tenido novio.
Elsa sintió que el calor de su rostro aumentaba.
—Y… ¡¿y eso a ti que te importa?!—estalló con vergüenza—¡Estúpido sinvergüenza!
—Demonios, eres tan patética—Hans se cruzó de brazos con petulancia—. Te gusta lo que ves, ¿no? Es lo normal.
—Vete al infierno—le espetó la chica, desviando su mirada y haciendo ademán de dirigirse hacia la salida, cuando el muchacho la tomó por el brazo.
—Aún no me has contestado que haces aquí—repitió él volviendo a su tono severo.
—Mamá me obligó a traerte una taza de chocolate, ya que eres el único inútil que duerme hasta pasado mediodía y no eres capaz de bajar a hacer nada por tu cuenta—Elsa se zafó bruscamente de su mano—, como no respondías entré. Eso es todo.
—¿Y eso explica por qué estás revisando mis cosas?
—Me acerqué a ver tus libros, ¿y qué? ¿Qué querías? Me sorprendió ver que alguien como tú tuviera alguno de más de veinte páginas y sin dibujos para niños—respondió la jovencita despectivamente y esta vez, a pesar de su persistente sonrojo, fue ella quien sonrió con presunción—. Ni siquiera deben ser tuyos, seguro se los guardas a alguien o los tienes de decoración.
—Ah, vaya, sabes usar el sarcasmo—Hans esbozó otra sonrisita cínica y enredó su dedo índice en uno de los mechones rubios que se desprendían de su trenza, dándole un tirón doloroso—. ¡No vuelvas a entrar a mi habitación! ¿Entendiste?
—¡Y tú no vuelvas a tocarme!—chilló Elsa apartándole la palma de un fuerte manotazo y frotándose la zona adolorida al tiempo que se dirigía airada a la puerta.
—¡Estúpida!
—¡Imbécil!—cerró de un portazo y bajó los escalones a pisotones.
Anna estaba en la cocina saboreando una taza humeante de chocolate y mirando su teléfono.
—Tu mamá se fue, dijo que tenía que hacer muchas cosas en su trabajo—informó y luego se asombró al ver su semblante—, ¡uh, estás toda roja! ¿Discutieron otra vez?
La albina sopló con fuerza por encima de la taza que le había dejado Idun en la barra y murmuró unos cuantos insultos y maldiciones en contra del pelirrojo.
—Sip, parece que sí—dijo Anna con una sonrisa—. ¡Alégrate Els! Olaf acaba de enviarme un mensaje diciendo que nos veamos en The Lucky Cat, ¡creo que Kristoff va a ir!—añadió emocionada.
—No sé si estoy de ánimos para salir.
—Oh, vamos amargadita—la colorada le paso un brazo por los hombros—. Mejor estar fuera que quedarte aquí para estar peleando, ¿no?
La rubia decidió que tenía razón. Ambas terminaron de tomar sus bebidas mientras la pecosa se ponía a parlotear de nuevo, mencionando todas las cosas que quería pedir apenas llegaran al café. Anna siempre parecía tener un apetito voraz a pesar de su tamaño.
Acababan de terminar con sus tazas cuando el molesto nuevo inquilino de la casa hizo acto de aparición, llevando la suya en la mano.
—¡Hola Hans!—lo saludó la cobriza mientras la rubia resoplaba.
—Hola Anna—el aludido dejo su taza vacía en el lavaplatos—, ¿qué haces por aquí, aparte de soportar a esta?—señaló a Elsa con la cabeza y ella lo asesinó con los ojos.
—Oh, bueno, estábamos por salir a ver a unos amigos—respondió Anna, tratando de aligerar la tensión que se sentía entre los hermanastros en ese momento—. ¿Quieres venir con nosotras? ¡Es aquí cerca, en el café que está a la vuelta! Seguro que les caes bien a todos.
Espantada con su proposición, Elsa negó con la cabeza y le dirigió a su amiga una mirada entre suplicante y molesta; demasiado tarde pues ya la oferta estaba hecha y la colorada no se había molestado ni en voltear a verla para ver si aquello le parecía.
Hans por otra parte, no se perdió ni un ápice de su reacción y reflexionó por un momento.
Quedarse en casa escuchando música o leyendo era mucho mejor plan para él que acompañar a dos mocosas a quien sabía donde, y en especial con el frío que hacía.
Pero ver el rostro desesperado de Elsa le hacía sentir tanta satisfacción, que solo por tener la oportunidad de molestarla y avergonzarla aún más se animó a aceptar. En esos días había descubierto que adoraba enfadar y hacer miserable a la blonda. Se había vuelto casi como un deporte.
Además convenía ir conociendo mejor los alrededores.
—Está bien, iré con ustedes—dijo, amando el modo en que los ojos de hielo de Elsa se clavaron en él con incredulidad y como su expresión se volvía desesperada.
Definitivamente le había echado a perder la salida. Le encantaba saberlo.
—¡Excelente! ¡Vamos!—Anna se levantó de un salto de la silla donde estaba sentada y salió de la cocina.
El pelirrojo le dedicó una mirada maliciosa a Elsa y le siguió los pasos.
—¿Por qué? ¿Por qué esto me tiene que pasar a mí?—murmuró la muchacha, llevando las tazas al lavaplatos y arrastrando los pies.
Definitivamente se acordaría de darle unos buenos coscorrones a su mejor amiga después.
El trayecto hacia The Lucky Cat era corto, pero la nieve de las aceras hacía un poco complicado el ir a pie. Anna se mantuvo todo el camino hablando alegremente de tonterías, mientras el pelirrojo y la rubia se dedicaban a escucharla en silencio y a fulminarse con los ojos entre ellos.
Los tres entraron y seguida de los otros dos, Anna se dirigió a una mesa pegada al ventanal y cerca de la barra donde un chico con gafas estaba sentado.
—Hey, por un momento creí que habían cambiado de opinión. Con toda la nieve que hay afuera—apuntó el pelinegro con una sonrisa.
—Perdona la demora Olaf, ¿llevas mucho tiempo esperando?—preguntó la pecosa.
—Solo unos cuantos minutos—los ojos negros del mencionado se posaron en su inesperado acompañante—. Oh, ya sé quien debes ser tú. Pelirrojo, alto, Elsa ha estado quejándose de ti toda la semana—afirmó sin vergüenza.
—Por lo visto a Elsa le encanta hablar de mí—dijo el joven con ironía y enseguida tendió su mano—. Hans Westergaard.
—Oye, a mí no me parece que sea una persona maligna y manipuladora como dijiste—le dijo Olaf a Elsa, en tanto estrechaba la mano del colorado.
—Oh, cállate—musitó ella de mal humor, ocupando un asiento junto a la ventana y cruzándose de brazos.
Un muchacho con gorra se acercó desde la barra para hablarles.
—Hola chicos—saludó al tiempo que sacaba una pequeña libreta de uno de sus bolsillos—, enseguida les tomo la orden. ¿Quién es el nuevo?—inquirió con curiosidad, mientras miraba de reojo al ojiverde.
—Él es Hans, ¡es el nuevo hermano de Elsa!—lo presentó Anna de modo simpático.
—¡No somos hermanos!—exclamó la platinada de mal modo.
—Ah sí, Elsa me habló de ti el otro día—comentó el asiático—. Me llamo Tadashi.
—¡Yo no hablo de él!—volvió a protestar la albina de mal talante.
—No, más bien se queja—repuso Olaf, volviendo a ganarse con ello una mirada fulminante del par de ojos azules.
Hans sonrió de lado con perversa satisfacción al ver lo enojada que se estaba poniendo su hermanastra y lo fácil que sus amigos le hacían pasar un mal rato. Hasta parecía que se habían puesto de acuerdo con él.
Todos comenzaron a pedir lo que querían y Tadashi fue tomando nota.
—¿Tú no quieres nada, Elsa? ¿Estás segura?—preguntó, después de que los demás hubieran hablado.
—No—murmuró ella mirando por la ventana.
—Bien, denme un momento—el joven volvió la cabeza hacia el otro extremo de la barra—. ¡Hiro, ve a atender la mesa seis!—le ordenó a un chico que se encontraba sentado allí, con los ojos puestos en lo que parecía ser una historieta.
—Estoy ocupado, hermano—dijo el niño con insolencia, sin atinar a alzar la mirada.
—Y yo estoy esperando a que dejes esa cosa desde hace media hora—replicó el mayor frunciendo el ceño—. ¡No me hagas ir hasta allí, cabeza de chorlito!
Hiro rodó los ojos y sin más opción, enrolló la revista y se la metió en un bolsillo antes de ir a hacer lo que le ordenaban.
—Lo siento, estamos faltos de personal hoy—explicó volteando a verles de nuevo, mientras iba a sacando algunos postres del mostrador—. Mi tía tuvo que salir al centro y Tiana no vino a trabajar. Debe arreglar unos papeles de su intercambio.
—Oh, que mal, con lo bien que me cae—se lamentó Anna—. ¿Tan pronto tiene que regresar a Estados Unidos?
—De hecho, parece ser que podrá quedarse a estudiar aquí un poco más. Por eso el apuro—Tadashi salió de la barra para colocar los alimentos sobre la mesa.
—¡Oh, entonces me alegro!—repuso la pelirroja y clavó su tenedor en su trozo de pastel de fresas con crema para llevarse un bocado enorme a los labios.
—¡Anna, no comas así o te vas a atragantar!—la regañó la blonda a su lado, en tanto Olaf se burlaba de los infantiles modales de su amiga y Hans solo la veía con una ceja arqueada.
—Ahora les traigo sus bebidas.
La siguiente media hora transcurrió de modo razonablemente agradable. El cobrizo se dedicó a responder varias de las preguntas que le hacían Anna y Olaf, curiosos por saber que había en él que enfadara tanto a su amiga. Hasta Tadashi se había quedado inclinado sobre la barra para escuchar al muchacho, que aunque parecía algo sarcástico, estaba demostrando ser una persona de lo más agradable. De vez en cuando miraba de reojo a la albina, que no había dicho una sola palabra en todo el rato.
Por dentro, Elsa estaba que estallaba. No sabía como demonios hacía Hans para contar cada una de sus puñeteras mentiras, pero ya no le quedaban dudas de que al bastardo se le daban bastante bien. Ahora no solo se había ganado a su mamá sino también a sus amigos. Eso le hacía sentirse tan traicionada.
Lo odiaba.
Miro de soslayo el pequeño brownie de chocolate que Tadashi le había insistido que tomara y al que apenas había tocado. Escuchó como todos volvían a reír con algo que contaba el colorado y tuvo ganas de clavarle en el cuello el tenedor que tenía cerca.
La campanilla de la entrada volvió a sonar anunciando la entrada de un nuevo cliente.
—¡Kristoff, viniste!—exclamó Anna con alegría al distinguir la figura familiar del rubio acercándose hasta ellos—Y trajiste compañía—añadió transformando su enorme sonrisa en una forzada, al ver a la castaña que iba con él.
—¡Hola a todos! ¡Qué frío que hace, ¿verdad?! Me muero por un capuchino caliente—saludó Rapunzel, tomando asiento en la mesa con su amigo—. Tú invitas, ¿verdad Kristoff?
—¿Tengo otra opción?—replicó el rubio enarcando una ceja.
—Nop.
Anna refunfuñó por lo bajo.
—Tráenos un capuchino y un café negro—le dijo el blondo a Tadashi.
—¡Y tarta de avellanas!—agregó la trigueña.
—Demonios Punzie, tú quieres verme quebrado—protestó Kristoff.
—No te quejes grandote, la próxima semana invito yo. ¡Están por pagarme mi primer sueldo en la tienda de tatuajes!—aseguró ella dándole palmaditas en el hombro.
Frente a ellos, Anna siguió contemplando la escena con un repentino tic en el ojo.
—¿Y quién es el apuesto amigo que los acompaña el día de hoy?—inquirió la morena mirando con interés a Hans.
—Dios, que zorra—Elsa escuchó que Anna susurraba por lo bajo.
Olaf se hizo cargo de las presentaciones entre el aludido y los recién llegados.
—¡Así que ahora son hermanastros!—exclamó Rapunzel observando al pelirrojo y a la rubia mientras juntaba sus manos, sin percatarse de la mirada amenazante que esta última le brindaba—¡Qué lindo! ¡Yo siempre quise tener un hermano! Pero mis padres solo me llevaron a la tienda de mascotas a comprar un camaleón. ¿A alguien le gustaría ver fotos de él, por cierto?—añadió, sacando su teléfono.
—Y a todo esto, no nos has contado que es lo que estudias Hans—comentó Anna, con la obvia intención de ignorar a la castaña, (obvia para todos menos para ella).
—Administración de empresas—respondió el cobrizo con tono amable—. Solo hice el primer semestre en Drammen, así que voy a hacer el resto de la carrera aquí.
—¿Y por qué decidiste trasladarte hasta acá tan repentinamente?—preguntó Kristoff de forma inesperada—Es raro cambiarse de ciudad y de escuela así como así, ¿no? A menos que tuvieras alguna emergencia…
El ojiverde se encogió de hombros.
—En realidad echaba de menos a papá, no lo veo mucho desde el divorcio y me aburría bastante en Drammen—respondió tranquilamente—. Me apetecía un cambio de aires, eso es todo.
"Cambio de aires, mi culo", pensó Elsa silenciosamente.
—Hum—Kristoff se limitó a murmurar ante la respuesta y tomó otro sorbo de su café.
El resto de la plática transcurrió de modo tan ameno como hasta hacía poco. Hans se había convertido en el centro de atención, divirtiendo a todos con más historias y anécdotas que a saber si le habrían sucedido de verdad. El caso era que todos reían o le hacían más preguntas. Inclusive Tadashi, que de vez en cuando se ausentaba de la barra para atender a otros clientes, volvía siempre para oírlo con una sonrisa amable. El único que no se había unido al alboroto era Kristoff, quien tan solo observaba al cobrizo con una expresión indescifrable al tiempo que terminaba su café. Elsa por otro lado no podía estar más fastidiada y permanecía tan silenciosa, que era como si no estuviera allí.
—Bueno, lamento cortar la conversación aquí pero ya se ha hecho muy tarde y le prometí a papá que hoy le ayudaría a ordenar el garaje—dijo Hans después de mirar su teléfono.
La rubia enarcó una de sus finas cejas preguntándose porque diría aquello. Él apenas y movía un dedo en casa.
—Awww, que mal—dijo Rapunzel con desánimo—. ¡Tenemos que salir todos juntos de nuevo!
—Cuenta con ello—dijo el colorado, sonriendo y dejando unos billetes sobre la mesa—. La pase muy bien, fue un gusto conocerlos a todos. Elsa, ¿le digo a tu madre que llegarás tarde?
"Púdrete", quiso decirle la mencionada pero solo lo vio con tedio.
—Bueno, ya veré que le digo—repuso Hans sonriéndole con falsedad—. Nos vemos después.
Todos se despidieron de él con animosidad. Kristoff solo hizo un gesto con la cabeza.
—Cuídate—le dijo Tadashi al verlo desaparecer tras la puerta despidiéndose con la mano—. Bueno… parece buen tipo—comentó mirando a Elsa con duda, quien solo se enfurruñó más.
—¡Sí, es muy agradable! Un poco arrogante pero bueno, cuenta buenas historias—concordó Anna jovialmente—. Aunque alguien debería decirle algo de sus patillas.
—¡Es muy guapo!—exclamó Rapunzel a su vez—¡Que suerte tienes, Elsa! Vivir con un chico así.
—No sé porque te quejas tanto de él, a mi me pareció muy buena persona—le confesó Olaf.
La platinada se sintió a punto de explotar. Estaba a punto de despegar sus labios y habría dicho cualquier barbaridad, de no ser por el comentario que Kristoff soltó en ese momento.
—Pues a mí no me cayó nada bien.
Todos se volvieron a verlo con sorpresa.
—Hay algo que no me gusta en ese tipo—contestó el muchacho a la pregunta que nadie le había formulado, pero en la que cada uno sin dudas estaba pensando—, no sé porque, no sé de lo que se trata, pero es así. Y ya les digo, no me fío de él. Hay algo muy extraño en ese sujeto.
—¡Exactamente!—Elsa golpeó la mesa con su puño—¡Eso es justo lo que he tratado de decirles todo este tiempo!
—¿Se fijaron en cuanto sonreía? En serio, ¿quién hace eso?—dijo Kristoff alzando una ceja—Se comportaba como un jodido muñeco de plástico.
—¡Un muñeco de plástico barato!—afirmó la albina.
—Oye, yo sonrío muy a menudo porque soy feliz—atajó Anna arrugando su ceño.
—Pero tú eres tú Anna y eres muy espontánea con la gente—insistió Kristoff haciéndola sonrojar un poco—. En cambio él… no sé, a mi me pareció que hablaba como si estuviera repitiendo las líneas de un guion escrito y bien ensayado. Créanme, sé muy bien de estas cosas y nunca me equivocó. Ese tal Hans esconde algo.
Elsa creyó que sino fuera por Anna, sería capaz de levantarse de la silla y correr a abrazar al blondo por mostrar tanto sentido común. Descubrir que había alguien más que era inmune al misterioso encanto que el pelirrojo tenía sobre las personas era reconfortante.
—Paranoicoooo—canturreó Rapunzel a su lado.
—¡Por supuesto que lo esconde! Es un falso y un hipócrita—se quejó Elsa—, pero claro, nadie me cree. Aquí se mostró como el muchacho perfecto pero para que lo sepan, en casa me trata con la punta del pie.
—¿Por qué no dijiste eso hace un momento?—le preguntó Olaf.
—¡Porque todos estaban tan encantados con él que no iban a hacerme caso!
—Estás muy alterada, Elsa—Tadashi le puso una mano en el hombro—. ¿Por qué no te comes tu brownie?
—¡No!—la adolescente se desprendió de su agarre con un puchero.
Le dolía sobretodo que él, un joven tan inteligente y perspicaz, se hubiera dejado engañar por su horrible hermanastro.
—Pues a mi nadie me saca de la cabeza que no es persona de confiar, desde el primer momento en que lo vi me dio mala espina—continúo Kristoff y luego se volvió hacia ella—. Elsa, yo que tú tendría mucho cuidado con él. Está viviendo en tu casa y nunca sabrás que es lo que estará tramando a menos que estés alerta. Ya sabes lo que dicen: uno jamás termina de conocer a la gente.
—¡No inventes, Kristoff! Estás hablando como si fueras policía o algo por el estilo—se burló Rapunzel.
—Es algo que sabe todo el mundo, nunca confíes en los extraños. Se lo enseñan a todos de chicos—contraatacó él seriamente.
—Hans no es ningún extraño, es su familia por el amor de Dios—repuso la castaña—. Lo que pasa es que eres un amargado.
—Mira Punz, mejor no hables que todavía recuerdo aquella vez que tuve que ir a sacarte de esa sucia taberna de motociclistas—la regañó el rubio—, y da gracias que sabía donde estabas o quien sabe que te habría pasado.
—Oh, eso solo fue una vez—la morena removió con timidez lo que quedaba de su ración de tarta de avellanas—. Además todos en El Patito Modosito son muy buena gente.
Kristoff rodó los ojos.
—¿Qué clase de taberna de motociclistas se llama así?—le susurró Olaf a Anna, quien encogió los hombros.
—Como sea, mejor no bajes la guardia con ese sujeto Elsa. Te lo digo como tu amigo que soy—le dijo Kristoff.
—¿Tú crees que en serio puede estar tramando algo?—inquirió ella con expectación.
—Por supuesto, tiene una vibra muy rara—concordó él—. Las personas más peligrosas suelen ser de las que menos se sospecha.
—Claro, es justo como en esa película que vi, con ese pequeño niño de porquería que engañaba a todo el mundo.
—Piénsalo, es hijo de padres divorciados, último de una familia numerosa, carente de atención por algunas cosas que nos contó—Kristoff fue enumerando sus frases como si fueran algo obvio—, no es por generalizar pero las personas así suelen cargar con sus traumas. Tú me entiendes.
—¡Sabía que ese imbécil tenía problemas! ¿Qué estará ocultando el muy maldito?
—Muy bien, mi café se ha convertido oficialmente en un centro de investigación criminal—habló Tadashi irónicamente—. En serio muchachos, no tienen vergüenza.
—Ustedes dos deberían juntarse para escribir novelas policíacas o algo así—añadió Rapunzel.
—Si van a dejarse engañar por ese papanatas no es mi problema, pero sepan que voy a descubrir que es lo que está ocultando detrás de su carita de niño perfecto—dijo la rubia—. Kristoff tiene razón, ¡podría estar conviviendo con un sociópata! ¿Qué tal si quema mi casa?
—O si trata de matar a tu gato—dijo el blondo—. Hay gente enferma.
—¡¿Qué tal si trata de matar a mi gato?!
—Elsa, tienes que dejar de ver tantas películas de terror y te lo digo en serio amiga—habló Anna pasándole un brazo por los hombros y dándole un pequeño apretón—. Y tú mejor deja de mirar el canal de detectives, Kristoff. ¿Has probado con el canal de música?
—Todos esos programas tienen una base verídica—le dijo el aludido.
—Muy interesante la plática, pero yo también me tengo que ir chicos—Olaf apuró lo último que quedaba de su cortado y puso un puñado de monedas sobre la mesa—. Espero verlos después.
—Yo igual, es bastante tarde—Kristoff le echó un vistazo a su reloj y luego imitó al pelinegro—. ¿Quieres que te lleve a tu casa, Anna?
La chica parpadeó por un breve segundo antes de levantarse intempestivamente de su silla.
—¡Sí!—exclamó con felicidad—Digo, sí, claro, ¿por qué no? Vamos.
Ambos pagaron lo que les correspondía y después salieron detrás de Olaf, la pelirroja agarrada del brazo del joven.
—Hacen bonita pareja—dijo Rapunzel sonriendo—. Anna es tan pequeñita y Kristoff tan grande. ¡Se ven tan adorables que deberían salir!
Elsa reprimió una risa sarcástica, pensando si la castaña opinaría lo mismo de saber todas las cosas que su amiga decía de ella. Anna era muy infantil cuando se dejaba llevar por los celos.
—Vamos Elsa, te acompañaré a casa—anunció la morena alegremente—. Acuérdate que vivo muy cerca de ti y no es bueno que vayamos solas.
Ella se encogió de hombros y se levantó de su asiento.
—Cuídense, muchachas—las despidió Tadashi.
El frío viento del exterior las recibió apenas pusieron un pie fuera del acogedor café y emprendieron el camino. Justo cuando pensaba que iba a ser un trayecto silencioso, Elsa no tardó en escuchar como su acompañante hablaba en silencio.
—No deberías mortificarte tanto por todo este asunto de tu hermanastro—le dijo Rapunzel—. Las cosas no pueden ser tan malas como parecen.
La platinada alzó una de sus delicadas cejas, diciéndose que era muy fácil para ella hablar de esa forma.
—Sí, ya sé, que puedo saber yo ¿no?—prosiguió la trigueña leyéndole el pensamiento y arrebujándose más en su chaqueta color lila—Bueno, yo nunca sabré lo que es esto de las familias compuestas, mis padres están bien. Pero si sé que uno siempre tiene malentendidos con la familia lo quiera o no. Es algo normal. Mira yo tengo una tía, tía Gothel. Es una vieja bruja obsesionada con su apariencia…
Elsa frunció los labios presintiendo que esa conversación (o monólogo, más bien), no iba a llevarlas a ningún lado. Esa muchacha se ponía a divagar tanto como Anna.
—Se ha hecho tantas cirugías estéticas que no sé de donde saca para vivir a estas alturas. En serio, está tan loca que incluso le dio una especie de obsesión con mi cabello, ¿te acuerdas cuando lo llevaba largo? Siempre se ponía a tocármelo. Muy tétrico, de veras. Por eso me lo corté y hay que ver como se puso, vieja demente—Rapunzel se llevó el índice a la barbilla, pensativa—. ¿Qué te estaba diciendo?
Elsa arrugó el entrecejo. Esa chica era peor que Anna.
—Meh, no importa, el caso es que no deberías preocuparte. Kristoff se pone muy intenso con estas cosas. Deberías ver el bar en el que me recogió, ¡es de lo más amigable! Y la gente siempre está cantando. Un día debería llevarte conmigo. ¡Es más, deberíamos ir todos juntos!
—Mmm…
—¡Nos divertiríamos tanto! Eso sí, debemos conseguir identificaciones falsas para todos, sobretodo para Anna y para ti. Yo conozco a alguien…
—Aquí es mi casa—la cortó Elsa, algo aliviada de llegar hasta su vivienda—. Gracias por acompañarme.
—¡Oh, de nada!
—Nos vemos luego. Gracias—repuso la platinada sin saber muy bien porque le agradecía, ya que solo había hecho comentarios al aire.
Aun así, agitó la mano en señal de despedida y espero a que Rapunzel prosiguiera con su camino para entrar a su hogar.
—Elsa, que bueno que llegas—la voz de su padrastro la detuvo antes de subir a su habitación y lo vio sentado en la sala de estar.
Con reticencia, se acercó a él esperando que no tuviera mucho que decirle. Trataba de evitarlo tanto como le era posible, ¿por qué él no podía hacer lo mismo? ¿Tanto quería quedar bien con su madre?
Adgar le sonrió y le mostró lo que tenía en sus manos. Era el muñeco de nieve de porcelana.
—Mira, está como nuevo—dijo amablemente—. Solo hacía falta pegamento y un poco de pintura.
Algo sorprendida, Elsa tomó el adorno para examinarlo de cerca. Todavía se notaban las fisuras del accidente pero fuera de eso, la verdad era que había quedado bastante bien. Incluso se había tomado la molestia de abrillantarlo con algo de barniz.
Una sensación de alivio mezclada con tristeza se apoderó de ella.
—Uhm, gracias—dijo Elsa con seriedad—. Pero no tenías que molestarte. Es solo un muñeco después de todo, no era importante—replicó devolviéndoselo.
Lejos de decepcionarse por su respuesta, el hombre ensanchó su sonrisa.
—Bueno, habría sido una lástima que se perdiera—Adgar se levantó y posó la figura sobre la chimenea—. Vamos a ponerlo aquí donde lo habías colocado. Allí luce bien.
Elsa sintió algo cálido al ver el restaurado objeto casi como si no le hubiera ocurrido nada.
—Hans me ayudó a arreglarlo, ¿sabes?
La adolescente comprendió de pronto porque se había ido primero. Seguramente su padre lo habría obligado a asistirle en aquello, ya que sabía que no tenía el menor remordimiento por nada.
—Ya te dije que puede ser un muchacho difícil—dijo Adgar tranquilamente—, pero no te preocupes. Haré que mejore.
La blonda no dijo nada más. Solo encogió los hombros y se retiró de la estancia.
Aquella tarde tras volver de su improvisada visita a ese pequeño pero decente café, Hans había tenido una plática muy seria con su padre. Ya le había advertido que en cuanto volviera de la oficina se sentarían juntos a arreglar su desastre del día anterior, por lo que no se sorprendió de recibir un mensaje ordenándole que regresara a casa.
Al llegar lo había encontrado sentado en el espacio del sótano donde él y su esposa guardaban las cosas de bricolaje, con la figurilla de porcelana que había roto en las manos.
Por mera obligación lo había ayudado a pegar todas las piezas de aquel estúpido muñeco de nieve, que luego habían pintado y barnizado hasta dejarlo prácticamente igual que antes. Adgar se había mostrado muy satisfecho con el resultado, alegrándose al imaginar el gusto que le iba a dar a su hijastra, algo que a él no le importaba en lo más mínimo.
"Por mí esa mocosa se puede ir al demonio", se había sentido tentado de decir, adivinando que la muy orgullosa apenas y le prestaría atención al adorno.
Y así había sido, según lo que le había comentado su padre después de la cena, cuando con velada burla le había preguntado a solas como le había ido con dicho asunto. Sin embargo no era eso lo que en ese instante le impedía conciliar el sueño.
Si no las cosas de las que habían hablado, (o más bien lo que Adgar le había estado diciendo), mientras reparaban el ridículo muñeco.
El discurso de siempre. Hablarle de su comportamiento, mencionarle a sus hermanos (ese montón de buenos para nada), recordarle todo lo que ya sabía y quedarse con la idea de que, de alguna manera, esas cosas lo hacían ser un buen padre con su pobre hijo descarriado. Ya se sabía toda esa mierda.
Entonces ¿por qué no podía dejarlo pasar?
Era culpa del maldito accidente. Una vez más, aquel episodio no le dejaría dormir. Y todo era gracias a los amorosos consejos de papi.
En pijama, se dirigió a la cocina sorprendiéndose de encontrar la luz encendida.
Al parecer no era el único al que le costaba dormir. Elsa estaba sentada frente a la elegante isla de granito con un enorme vaso de leche frente a ella. Llevaba su habitual pijama de copos de nieve y por encima, un jersey que le quedaba algo grande para protegerse del frío. La prenda tenía diseños invernales por todos lados. Su cabello caía en graciosas ondas encima de sus hombros y espalda enmarcándole el rostro.
Era una estampa adorable.
Tuvo que reprimir el impulso de abofetearse a si mismo por pensar semejante cosa. La rubia fijo su mirada en él con hostilidad.
—¿La niñita no puede dormir?—inquirió socarronamente, disfrutando de la manera en la que la adolescente rodaba los ojos y volteaba la cabeza con intenciones de ignorarlo.
No iba a permitir eso. Ya le había cogido demasiado gusto a molestarla como para marcharse o limitarse a estar en silencio.
—Fue muy entretenida la reunión de hoy—dijo, al tiempo que abría el frigorífico y sacaba la mitad de un emparedado que había dejado a mediodía—. Tus amigos son muy… interesantes—soltó una risa descarada por lo bajo.
Las mejillas de Elsa enrojecieron de enojo ante el comentario para deleite suyo. La vio tomar un sorbo de leche, apretando el vaso con fuerza.
—Yo diría que les caí muy bien, ¿no te parece?—comentó Hans sentándose a su lado y comenzando a morder el emparedado, sin borrar la expresión presumida de su rostro—Suelo tener ese efecto en las personas. Es una especie de… encanto natural—volvió a sonreír apreciando por el rabillo del ojo como la blonda fruncía más el ceño.
Definitivamente adoraba hacerla rabiar. Su carita de muñeca adquiría una expresión bastante graciosa cuando arrugaba el entrecejo y sus pómulos se ruborizaban.
—Eso es lo que sucede cuando eres un buen actor—prosiguió temerariamente—, puedes echarte a todo el mundo al bolsillo. Tu madre, tus amigos—mencionó—, ¿sabes? No esperaba demasiado de este lugar, pero ahora parece que me la voy a pasar bastante bien, ¿eh?
La platinada resopló y por fin se volvió a mirarlo con el semblante molesto.
—Te sientes orgulloso de tus mentiras—espetó—, ¿qué tan enfermo puedes estar para jactarte de como engañas a la gente? Eres nefasto.
—Ahora hablas como una niña celosa—Hans la miró con desdén—. Patético.
—¿Patético? ¡Yo no soy quien necesita engañar a la gente para agradarle!
—Ni aunque lo intentaras daría resultado, sabandija. Presiento que tus amiguitos más que sentir agrado por ti, te padecen—dijo el pelirrojo de manera casual—. Presumo que no debes ser muy popular en tu escuela.
—Y yo presumo que tú nunca dejarás de ser un estúpido—Elsa no pudo contener más las ganas de responderle como era debido—. Y para que lo sepas, ¡no engañaste a todos!
—Lo presentía, el rubio ese no dejaba de mirarme como si fuera un maldito policía o algo por el estilo—el colorado se encogió de hombros—. Gran cosa.
—Así es. Él no es ningún estúpido.
—¿Y los demás sí?
Elsa volvió a torcer la boca, deseando poder borrar esa sonrisa prepotente del rostro del ojiverde. Odiaba la facilidad con la que lograba exasperarla.
—Ya todo el mundo se dará cuenta de la clase de tipo que eres.
—Sigue repitiendo lo mismo, mocosa. Tal vez así te sientas un poco menos patética.
—¿En serio no puedes encontrar otra manera de dirigirte a mí que no sea hostigándome o amenazándome?—la jovencita se bajó del taburete en que estaba sentada y lo observó desafiante—No has dejado de fastidiarme desde que llegaste aquí. ¿Tanto miedo tienes de que descubra lo que estás escondiendo?
Hans levantó una de sus cejas rojizas reflexionando por primera vez en sus palabras. Lo cierto es que había descubierto un extraño y malsano placer en atormentar a la muchacha; aunque no era la primera vez que pasaba por encima de alguien de esa manera. Sin embargo, con Elsa la sensación era como un estímulo que lo hacía sentirse astuto y poderoso.
Por otra parte no podía negar que en efecto la veía como una amenaza. De otra forma no se tomaría tantas molestias en fastidiarla. Claro que no podía permitir que ella fuera consciente de eso.
—Te equivocas, Elsa. Yo no estoy escondiendo nada—replico con suavidad, imitando sus acciones y poniéndose de pie también—. Veo que no acabas de comprender como son las cosas. Es la ley de la vida. El más grande pasa sobre el más pequeño, el fuerte se aprovecha del débil. Es una cuestión natural.
—¿Tus hermanos se comportaban de la misma manera contigo?
Hans parpadeó. Esa pregunta no se la esperaba.
—Jamás había escuchado hablar a alguien así acerca del hecho de pisotear a los demás—dijo la blonda con serenidad—, ¿sabes qué es lo que pienso, Hans? Pienso que eres un pobre y lamentable tipo que ha sido dejado de lado por su familia, y ahora quiere desquitarse conmigo para sentirse alguien, lo cual es cobarde y patético.
Esta vez fueron las mejillas del aludido las que se enrojecieron tenuemente, permitiendo apreciar mejor las pecas que cubrían la parte alta de sus mejillas y de su nariz.
—¿Es por eso que decidiste venir aquí? Es eso, ¿no?—aventuró Elsa, animada por el sutil cambio que había apreciado en esas apuestas facciones—Por eso todo ese discursito del fuerte y el débil, ¿eh? En serio eres un idiota.
—Tú no sabes una mierda sobre mí—le espetó el pelirrojo—y si te dije esas cosas es para que te vayas ubicando.
—Ubicada estoy, aunque no se puede decir lo mismo de ti—Elsa lo recorrió con la mirada de abajo a arriba, con marcado desdén—. Creo que empiezo a comprender porque esa enferma manía de mentir que tienes. Tu familia te dejó bastante perturbado, ¿eh Hans? Menudo trauma debes cargar.
Tuvo que apretar los dientes para no soltar una exclamación cuando la mano del joven la aferró del brazo.
—Cuida tus palabras, mocosa o ya verás la que te espera.
—No me toques—siseó Elsa tirando de su brazo para zafarse de él y devolviéndole la mirada con firmeza—. Vaya que te pones alterado con el tema. Lo tomaré en cuenta la próxima vez que quieras poner tu cara de niño bueno frente a mamá o cualquier otro.
El colorado volvió a poner su mejor sonrisa de suficiencia.
—Ponme a prueba—le dijo inclinándose para hablar a pocos centímetros de su níveo rostro—, y veremos quien le da una lección a quien.
—Bueno, yo no tengo nada que ocultar—aventuró la muchacha—, en todo caso creo que eres tú quien tiene más que perder de los dos. Esto solo es cuestión de tiempo. Y yo puedo ser muy paciente.
Hans observó internamente frustrado como le dirigía una última mirada altanera antes de voltearse bruscamente, moviendo su cabello y dejándole sentir el repentino olor a flores de su champú, para coger el vaso de leche a medio tomar y colocarlo junto a su plato.
—Puedes beberte esto, creo que lo vas a necesitar más que yo—se atrevió a decirle Elsa, retirándose del lugar con su respingada nariz en alto y ese odioso porte de reina al que no terminaba de acostumbrarse.
La muy descarada. ¿Cómo se atrevía a decirle todas esas cosas? No sabía con quien se estaba metiendo, fue lo único que se dijo a si mismo al volver su vista al emparedado con desgana.
De pronto se le había quitado el hambre.
*AC/DC: Para quienes no la conozcan, la mejor banda de hard rock del mundo. Y si no la han escuchado, pues no sé que están esperando. D:
Nota de autor:
¡Holis! Feliz viernes, criaturas. :)
La tía Frozen ha vuelto con otro emocionante capítulo lleno de odio y acción entre esas dos personitas que tanto amamos y compañía. Hans se empeña en seguir siendo un pelirrojo del mal que embauca a todo el mundo pero como pueden ver, nuestro preciado copo de nieve ya le puso algunos puntos sobre las ies y ahora él ya siente la amenaza. No se deja de nadie la niña. e.e
Por ahí ha dejado de ser la única que sospecha de las negras intenciones del coloradito, ya que a Kristoff no le cayó en gracia para nada. Ese par de rubitos paranoicos son un desmadre cuando se juntan.
¿Y qué les pareció ese tenso momento sexy con el pelirrojo saliendo de la ducha? ¡Quien fuera Elsa para ver semejante espectáculo! En fin, que hubo un poco de todo.
Habría querido subir esto antes pero en fin... fue una semana pesada. Espero que les haya alegrado el viernes, porque no hay nada como los viernes para disfrutar de las actualizaciones. :D
Guest C: Otra nueva iniciada en el lado oscuro del Helsa, es un placer convertir a más personitas a este ship. xD Gracias por comentar, no tengo una frecuencia específica para actualizar porque luego el tiempo no me deja, pero estoy tratando de subir algo nuevo cada semana para este fic.
Guest 1: ¡Gracias! Espero que hayas disfrutado de esta actualización. :3
Guest 2: Ya sé, este par se pasa con sus peleas de preescolar pero así los amamos. LOL
Ari: ¿Qué tal, pilluela? Sí mis queridos Helsa tuvieran alguna especialidad esa definitivamente sería de la "Peleas sin sentido", así que sí, podría decirse que tienes razón en lo que dices. xD Y por fin tuvimos el primer momento de debilidad de Elsa, o bueno no sé si se le pueda considerar así al hecho de ponerse nerviosa por ver al hermoso pelirrojo recién salido de la ducha... pero algo es algo, jajaja. La pobre pequeña. Gracias por tus buenas vibras, por tu entusiasmo y por todo. ;)
Pasen un gran fin de semana, ya saben, se me portan mal. :P
