Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
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6
Una tregua silenciosa
—La puerta es el amooooooor—Anna cantaba alegremente mientras se dirigía rumbo a casa de su amiga.
Hacía unos veinte minutos que había recibido una llamada de Elsa, en la que solo había escuchado a la rubia decirle con voz cortante que fuera a su casa. De inmediato. La colorada había estado a punto de preguntar el porque cuando la otra muchacha había colgado, por lo que no le había quedado más remedio que ponerse su abrigo rosado y salir de casa.
Aquello debía tratarse de algo importante como para que la albina le hubiera llamado de esa manera. Y algo le decía que probablemente estaba relacionado con cierto pelirrojo.
—La puerta es el amooooooor—canturreó fuertemente, dando una vuelta en un poste de luz antes de proseguir en medio de saltos.
El elegante tejado del hogar de Elsa se hizo visible y ella se aproximó sin dejar de cantar.
—Por tiiii, por miiiií, turururu—tocó el timbre y esperó, bailoteando en el porche de la residencia y tarareando por lo bajo—. Qué extraño—murmuró después de un par de minutos en los que nadie salió.
Volvió a tocar con el mismo resultado y entonces se quedó pensativa. Sabía que la madre y el padrastro de la blonda se encontraban trabajando, por lo que ella tendría que estar en casa. ¿Si no para qué la habría llamado? A menos que algo le hubiera pasado…
Alarmada, la chica corrió para rodear la casa y entró en el jardín trasero. Una vez allí, se dirigió a la puerta de la cocina. Normalmente no la cerraban con llave durante el día, a menos que la vivienda se quedara sola. Esperaba que esa vez no hubieran hecho una excepción.
Anna suspiró de alivio cuando el pomo giró bajo su mano y la entrada se abrió. El interior se veía desierto.
—¿Elsa?—preguntó entrando—¡Elsa, soy yo!
Sigilosamente avanzó fuera de la cocina, asomándose a las demás habitaciones de la planta baja. No había absolutamente nadie.
Presurosa, subió las escaleras.
—¿Elsa?—inquirió de nuevo, esta vez ya algo preocupada.
Un sonido sordo salió de la habitación de la mencionada y la pelirroja se asomó. Adentro, Marshmallow se encontraba frente a un enorme baúl de madera blanca, el cual rascaba con sus patitas delanteras. Algo estaba golpeando desde dentro. El gato se volvió para mirarla.
—Hey amiguito, ¿qué haces allí?—Anna se acercó a él y algo volvió a hacer ruidos dentro del baúl—¿Elsa?
La voz amortiguada de su mejor amiga resonó desde adentro.
—¡Ya voy, Elsa! ¡Tranquila!—exclamó, abalanzándose para abrir el seguro del arca y levantar la tapa.
Apenas lo hubo hecho, la joven de piel nívea se incorporó de golpe, arrastrándose hacia afuera y empujándola en el acto. Lo hizo con tal fuerza que el baúl; en donde guardaba algunas sábanas y ropa de cama, se volcó desparramando todo su contenido.
Elsa emitió un chillido desesperado.
—¡¿Dónde estabas?! ¡Te llamé hace un buen rato!—aulló, mientras Anna parpadeaba confundida—¡¿Por qué tardaste tanto?!
—Oh… bueno, pues es que iba saliendo de mi casa cuando me di cuenta de que había olvidado mi gorro para la nieve, así que regresé y mamá me dio un buen regaño. Además, en el camino me encontré con Hiro, que quería enseñarme su nuevo robot para peleas, je je je, ese niño sí que inventa cosas. Y no creerás lo que puede…
Repentinamente, Elsa, que todavía continuaba en el suelo, se derrumbó por completo en él y emitió otro alarido, tal como si estuviera llorando.
—¡Elsa! ¡¿Qué te ocurre?!—la pecosa se arrodilló junto a ella—Tranquila…
—¡Allí adentro es muy incómodo! ¡Me duele la espalda!—se quejó la platinada—¡Y tú estabas mirando un tonto robot!
—Pero, ¿tú qué hacías allí dentro?—preguntó Anna—¿Quién te metió allí?
—¡¿Y tú quién crees?!—la rubia alzó la cara bruscamente. Su cabello aperlado era un desastre y estaba en todas direcciones, formando una trenza deshecha—¡Esa bestia con la que vivo me encerró allí!
—¿Hans?
Elsa volvió a poner la cara contra el piso, empuñando sus manos y dando golpecitos a la vez que berreaba, en una actitud que habría sido más propia de ella que de la indiferente "reina del hielo".
—¡Sí! ¡Me dejó allí y se fue el muy maldito! ¡Si no fuera porque tenía mi teléfono en el bolsillo habría esperado toda la tarde! ¡Sola! ¡Adolorida! ¡Ya no lo soporto!—chilló—¡Lo odio, Anna! ¡Lo odio! ¡Quiero que se vaya de aquí! ¡Lo odio, lo odio, lo odio, lo odio, lo odio…!
La platinada daba un golpecito en el suelo con cada una de sus palabras, ante los ojos pasmados de la otra chica, quien pronto comprendió que debía hacer algo para parar aquella crisis histérica.
—Shhhh, shhhh, shhhh—Anna hizo que su amiga se incorporara y la rodeó con sus brazos—. Tranquila Elsa, relájate. Vamos a cantar—sugirió, como si estuviera hablando con una niña de tres años—. Y si hacemos un muñecoooooo…
—¡No!—la rubia hizo un puchero.
—¡Vamos, sí te la sabes! Canta conmigo—Anna comenzó a mecerla—, y si hacemos un muñecoooo… ¡anda! ¿Qué es lo que sigue?
Elsa torció la boca.
—Ven, vamos a jugar—recitó a regañadientes.
—¡Eso es!
—¡Basta! ¡Me harté!—esta vez, la muchacha se desprendió de su agarre y se puso de pie con una mirada peligrosa en sus ojos—¡Estoy cansada de que ese idiota me pisoteé! ¿Qué se cree el muy imbécil? ¿Qué puede llegar aquí y hacer lo que se le dé la gana? ¡Pues no! ¡Solo hay una forma de lidiar con matones… zarrapastrosos… y trepadores como él!
—¿Elsa? ¿De qué estás hablando?
—¡Ya lo decidí!—la aludida clavó sus ojos en la cobriza con determinación—Anna, ¡enséñame a pelear!
—¿Eh?—los ojos verdosos de Anna adquirieron un semblante de confusión.
—¡Quiero partirle la cara a ese idiota en cuanto regresé!—exclamó Elsa—¡Voy a dejarlo tan adolorido, que la próxima vez se lo pensará mejor antes de hacer algo como esto! ¡Anna, tienes que ayudarme!—la blonda tomó las manos de su amiga entre las suyas—¡Enséñame a ser una chica ruda como tú! ¡Enséñame a pelear!
—¡Elsa, no puedes hacer eso!
—¿Y por qué no?—Elsa frunció el ceño—¿No me vas a venir ahora con que eso no es lo correcto?
—Naaaah—Anna hizo un ademán con la mano para restarle importancia—. Pero es que eres muy debilucha, no podrías pegarle ni a una mosca aunque lo intentaras.
—¡¿Cómo qué no?!
—Pues no—la colorada jugueteó con sus trenzas—. Mira Elsa, tengo que ser honesta contigo. Eres una princesita y no podrías vencer ni siquiera a tu gato. No quiero que te enfades conmigo si te enseño a pelear y te rompes una uña o algo así. Mejor déjalo.
La rubia bufó ofendida. ¿Cómo era posible que su mejor amiga le dijese esas cosas? Ella no era la jovencita delicada que todos creían. Si quería, también podría repartir un par de palizas y especialmente con cierto pelirrojo de mierda.
—¡No seas cobarde! ¡Enséñame!
—Muy bien—Anna se incorporó también y se colocó frente a ella—. Pon atención, Elsa. Esto es muy sencillo, cierra tu mano en un puño—la albina obedeció y Anna extendió su mano derecha con la palma hacia afuera—. Ahora pégame aquí todo lo fuerte que puedas.
—¿Estás segura?—inquirió la blonda con inseguridad.
—Sí, sí, ¿quieres aprender a pelear, no? Separa tus piernas para darte más impulso—Elsa abrió un poco sus piernas—, ahora mueve el torso hacia adelante… ¡y golpea!
La muchacha emitió una exclamación y estampó el puño con todas las fuerzas contra la mano de Anna…
—¡Auch!—Elsa soltó un pequeño alarido y deshizo su puño para sacudirlo con dolor—¡Ay! ¡Eso duele! ¡Demonios!
Quizá si era la jovencita delicada que todos creían después de todo.
—¿Ves? Te lo dije.
—¡Pero tengo que darle una lección a ese idiota!
—Pues no podrás.
—¡Entonces golpéalo tú!—la albina volvió a tomarle las manos a Anna—Encárgate de él. Quiero que sufra, ¡que sufra!
—Oh Elsa, eso no puede ser…
—¡¿Por qué no?! ¡Eres mi amiga! ¡Tienes que defenderme!
—Pero… a mí Hans me cae bien—la pecosa se llevó una mano a la nuca con nerviosismo cuando esos ojos azules la fulminaron con la mirada—, además, ¿en serio quieres que le dé una paliza? Sería un delito arruinar ese rostro… y ese cuerpo tan suculento…
—¡No puedo creer que digas eso después de lo que me hizo!
—¡Hey, solo digo la verdad! Vamos Elsa, él no es tan malo. Digo, sí se mete contigo, pero no te ha lastimado ¿verdad? No seas violenta tú, je je je je je…
La risita de la pelirroja se fue apagando conforme veía la expresión gélida de Elsa. Hubo silencio.
—Te pago para que lo hagas.
—¡Elsa!—Anna la observó sorprendida. ¿Dónde estaba la chica razonable a la que conocía desde siempre?—Eso está mal, muy muy mal… ¿cuánto me pagarías?
La aludida se encogió de hombros. Anna pareció pensarlo unos segundos y luego sacudió la cabeza.
—¡No! No, no, no, escucha Elsa, tienes que arreglar tus problemas con Hans—le dijo, adoptando el inusual papel de la más sensata de las dos—. Hacer que lo golpeen no es una buena solución…
—A mí me parece una buena solución…
—… ¿por qué no tratas de hablar con él? Se reúnen, se toman algo y hablan de sus cosas amenamente—Anna adquirió una expresión soñadora—, y tal vez se den cuenta de que tienen cosas en común y se hagan amigos…
—O, simplemente consigo un bate y lo golpeó en la entrepierna para asegurarme de que no pueda tener crías.
—… y una vez que sean amigos, se acercarán más y más hasta sostener una clandestina y sexy relación bajo el mismo techo—Anna soltó un chillido emocionado—, ¡sería tan emocionante! ¡Dos guapos hermanastros que transforman su acalorada relación en el más puro amor! ¡Ay, pero qué cosas!
Elsa le dio un zape que hizo que su cabeza colorada se moviera hacia adelante.
—¡Ayyyyyy!
—¡Eso no va a pasar! Ahora deja de decir tonterías y vamos por chocolate. Tanto estar encerrada en ese baúl me dio hambre—dijo Elsa con tono autoritario.
Acto seguido se arregló un poco con las manos su despeinada trenza y salió de su habitación murmurando cosas.
—Estúpido Hans, estúpido, estúpido…
Anna soltó un pesado suspiro y se volvió hacia Marshmallow, que ahora descansaba sobre una de las almohadas de la cama.
—¿Sabes? No sé porque tengo el presentimiento de que esos dos van a terminar enredándose.
El minino maulló como si estuviera en desacuerdo.
—¡Ya verás que sí!—exclamó ella, antes de ir tan campante detrás de la platinada.
El incidente del baúl ciertamente no fue el único que atormento a la pobre rubia por aquellos días. Llevaba ya más de dos semanas conviviendo con Hans y era más obvio que nunca, que él simplemente no desistiría en su intento de hacerle la vida miserable. No era como si ella no se defendiera o no tratara de hacer lo mismo, pero honestamente, el malvado pelirrojo le llevaba mucha ventaja en aquello.
Y es que Elsa no era precisamente muy buena haciendo sufrir a la gente (al menos no a propósito); una especialidad en la que su hermanastro parecía un experto. Ella siempre había sido una chica pacífica que procuraba no meterse con nadie.
Pero aquella situación lentamente la estaba superando. El último ataque de su némesis había sido tan sutil como agudo.
Durante la fiesta de cumpleaños de su madre, Hans se había aparecido llevando un enorme arreglo de flores para la castaña en sus manos, que había opacado por completo a su delicado ramo de rosas blancas. Su regalo, para colmo, también había sido más espléndido.
Elsa sabía bien que su mamá no era una mujer superficial ni materialista, por lo que su elección de un buen libro había sido cariñosamente recibida por ella.
No obstante, había bullido de rabia en cuanto el colorado le había entregado justo después de su obsequio una bonita pulsera de oro blanco. Ni siquiera entendía de donde había obtenido dinero para comprar eso o porque se había molestado.
Y todo eso lo hacía solo para molestarla, ya lo sabía.
Desanimada, Elsa siguió jugando distraídamente con las especias que se hallaban acomodadas en la isla de la cocina.
Delante de ella, Idun revisaba algunas de las gavetas e iba anotando cosas en una lista.
—Me hacen falta varios ingredientes para preparar la cena de Navidad, ¡y Nochebuena ya es pasado mañana!—dijo con algo de apuro.
Elsa ya sabía lo que eso significaba: compras de última hora. Así era su madre.
—Tendrás que ir a conseguirlos por mí, hija. Me temo que hoy estaré muy ocupada como para ir las dos juntas.
La muchacha parpadeó.
—¿Eso significa que tendré que ir al supermercado yo sola?—preguntó con desgana—¿Hasta allá?
El supermercado quedaba lejos de casa.
—Puedes decirle a Hans que te lleve—los ojos azules de la chica se abrieron con horror al escuchar la sugerencia.
Prefería mil veces ir caminando a estar un momento a solas con él.
Pero para su mala suerte y como si lo hubieran invocado, el mencionado entró en ese momento desde el jardín trasero, adonde había salido para limpiar las canaletas del tejado, como le había ordenado su padre.
—Cariño, ¿podrías acompañar a Elsa a comprar algunas cosas?—le pidió su madrastra de manera dulce.
El joven pareció paralizado por un segundo y después, casi de forma automática, sonrió amablemente.
—Por supuesto—respondió.
Elsa estuvo segura de que había alguien que la odiaba, en algún lugar del universo.
—Buscas todo lo de la lista—le dijo su madre, entregándole el papel en el que escribía hace momentos—, no se te vaya a olvidar nada, ¿eh?
La adolescente se quedó mirando el listado, sin querer moverse de su sitio.
—Anda, pequeña—Hans alargó una mano y le removió suavemente el pelo, algo que la hizo tensarse de inmediato.
"Bastardo manipulador".
La rubia saltó del taburete y lo siguió hasta la entrada, casi arrastrando los pies. Una vez que estuvieron afuera y de frente al paisaje nevado que cubría el vecindario, el muchacho le dio un empujón.
—¡Ay!—Elsa lo miró enojada—¡¿Y eso por qué?!
—Porque sí—dijo Hans—, súbete al auto y cállate. Cuanto antes estemos de vuelta mejor.
Sin esperar a que le respondiera, él fue hasta el jeep de su padre, ya que su convertible estaba guardado en el garaje (con el frío que estaba haciendo y toda la nieve que había, no quería ni sacarlo a la calle) y se deslizó en el asiento del conductor.
Como si no hubiera tenido ya suficiente con limpiar las canaletas del tejado; su papá realmente se ponía insoportable con las tareas del hogar.
Y ahora tener que ser el chófer de esa mocosa.
Pero como a menudo se decía a sí mismo, había que mantener las apariencias y si tenía que soportar un rato a la chiquilla, tendría que aguantar.
Elsa subió al asiento del acompañante y rápidamente le lanzó una bola de nieve que había recogido al rostro, haciéndolo soltar un alarido de sorpresa y frío. Como odiaba la nieve desde aquel día en que ella lo había atacado igual.
—¡Eres una idiota!
—¡Estúpido!
Ambos empezaron a empujarse a tal grado que en vez de estar sentados, terminaron casi tumbados sobre los asientos delanteros. Elsa lo espoleaba con todas sus fuerzas y él hacía un esfuerzo por contenerla.
—¡Bueno ya, ya!—exclamó molesto, soltándola para incorporarse en su lugar y dejando que ella hiciera lo mismo—¡Vamos por esas cosas de una maldita vez para que me dejes tranquilo!
—¡Bien!—la adolescente se puso el cinturón de seguridad con violencia—¡Eres un imbécil!
—¡Y tú una cretina niñita de mamá!
Elsa le hizo un gesto grosero con la mano y después se volvió hasta la ventana. El vehículo se puso en marcha y durante todo el trayecto, el sonido de la radio fue lo único que les hizo compañía.
Unos veinte minutos después llegaban al centro comercial que, como era de esperarse, se encontraba algo abarrotado por la cercanía de las fechas navideñas.
En cuanto hubieron descendido del jeep, Elsa se acercó hasta una hilera de carritos perfectamente apilados entre sí para separar uno. Trató dos, tres veces de apartarlo sin ningún éxito.
—A un lado—Hans la empujó y de un solo tirón consiguió sacar el que había agarrado.
La platinada arqueó una ceja.
—¿Siempre tienes que ser tan brusco?
—¿Siempre tienes que ser una idiota?
—¡Estoy harta de que te metas conmigo! ¿Por qué no puedes dejarme en paz?
—Porque eres una idiota—el colorado se agachó junto a ella para alzarla rápidamente en brazos y depositarla adentro del carrito, haciendo caso omiso de sus quejas—, ahora en marcha, que quiero regresar pronto.
Elsa se incorporó en cuanto su hermanastro comenzó a empujar el carrito, aferrándose al borde.
—¡Bájame, estúpido! ¡Todos miran!—la adolescente observó entre molesta y abochornada a su alrededor, donde varias personas los veían con curiosidad.
No podía creer que la hubiera puesto allí. ¿Qué se pensaba ese idiota? ¿Qué tenía tres años?
Creyó ver un par de sonrisitas burlonas entre el resto de los compradores que pasaban y más allá, a una anciana enternecida que se volvía hacia su esposo señalándolos discretamente. "Nosotros éramos iguales a ellos de jóvenes, ¿te acuerdas?", le pareció escuchar que murmuraba la octogenaria.
El rubor que había aparecido en las blancas mejillas de Elsa se incrementó.
—Hans, en serio, bájame de aquí. Esto es vergonzoso—volvió a decir, esta vez de un modo más suplicante.
—Tú eres vergonzosa.
—¡Por favor!—el carrito se detuvo.
—Muy bien, bájate—dijo Hans con seriedad.
La chica obedeció, saliendo del carrito de manera algo torpe. Lo que más le dolía era haberle rogado, ¡ella nunca hacía eso con nadie! Pero era eso o pasar más vergüenza y ese bestia se las iba a pagar. De eso ya se encargaría.
—Vamos a buscar las cosas que quiere tu madre para largarnos de aquí—le dijo el pelirrojo—, ¿qué es lo primero?
Elsa le envió una mirada asesina antes de sacar el papel de su bolsillo.
—Nueces—leyó con frialdad.
Ambos dieron la vuelta en un pasillo, hasta llegar a la sección de frutos secos. En silencio, la blonda tomó una bolsa cercana y comenzó a llenarla con algunas nueces. Él apartó la vista, distraído. Como le gustaría estar en casa jugando en la PlayStation o escuchando música. Afuera hacía un frío de los mil demonios como para andar con compras de último momento.
Cuando regresara se prepararía un buen sándwich y estaría el resto de la tarde jugando una partida de Bioshock*. Eso sí que sería delicioso…
Un fuerte golpe en la cara lo sacó de su ensoñación, arrancándole un alarido. Alguien le había arrojado algo. Hans se llevó una mano hasta la zona adolorida y miró hacia el piso, encontrándose con una nuez.
—¡¿Qué mierda?! ¡¿Por qué hiciste eso?!—se volvió hacia Elsa furioso.
—¡Porque sí!–exclamó ella, imitando su contestación de hacía un rato con una mano en la cintura—Y ahora muévete, que todavía hay cosas por conseguir—arrojó las nueces al carrito.
—Idiota, ¡esa nuez casi me da en el ojo!
—No.
—¡Sí! ¡Eso me dolió, mocosa! ¡Me diste cerca del ojo!
—No—Elsa tomó otra nuez y volvió a arrojársela, haciéndolo chillar de nuevo—. Ahora esa sí pasó cerca de tu ojo.
—¡¿Qué mierda te pasa?!—bramó el cobrizo—¡Estás loca!
—Deja de gritar.
—¡Loca! ¡Estás mal de la cabeza!
—Hans, cállate.
—¡Eso me dolió, tonta! ¡Me dejaste marca! ¡Necesito un maldito espejo! ¡¿Dónde…?!
Alguien carraspeó junto a ellos y entonces se volvieron para descubrir a una jovencita que portaba la camiseta con el logo del supermercado. Sus ojos claros los observaban con cierta reprensión. El cabello, de un rojo aún más intenso que el de Hans y sumamente alborotado, apenas y estaba contenido en un descuidado moño del que se escapaban varios mechones rizados.
—¿Hay algún problema aquí?—inquirió la recién llegada.
—Ah… yo te conozco—musitó Elsa, mirándola con más atención—. ¿Mérida?
Recordaba a la muchacha de su clases de historia y biología, casi siempre sentada hasta atrás y sin prestar atención. También la había visto jugar fútbol con el equipo femenil de la escuela de una manera por demás ruda.
—Ajá—confirmó ella—, y tú eres la princesita que siempre termina los exámenes antes que todos en la clase de Weselton.
La platinada se ruborizó. Bonito momento era ese para ser expuesta delante de su odioso hermanastro.
—N-No sabía que trabajaras aquí—se apresuró a decir, intentando desviar el tema.
—Sí, este es el empleo que mi injusta madre me obligó a tomar para ser "una señorita más responsable"—respondió Mérida con marcado sarcasmo—. A nadie le pagan lo suficiente como para estar en este lugar.
—Oh… que mal—murmuró Elsa, sin saber que decir.
Esa chica la intimidaba un poco.
—Como sea, ¿qué le pasa a tu novio?—preguntó la pelirroja mirando a Hans con desagrado—Sus gritos se oyen hasta el otro lado de la tienda.
—¡Él no es mi novio!—soltó Elsa con indignación.
—¡No somos novios!—añadió el aludido con enojo.
—¡Ni siquiera nos soportamos, pero ahora tenemos que vivir en la misma casa por culpa de nuestros padres!
—¡Es un maldito infierno!
—¡Jamás estaríamos juntos por decisión propia!
—¡Esta cretina y yo nos odiamos!
—¡Nos odiamos!
Mérida se quedó de pie frente a ambos, impávida. "Que par de anormales", pensó para sus adentros. Desde el momento en el que había divisado a esos dos supo que iban a dar problemas. En circunstancias normales eso no le habría importado, pero la habían puesto a cargo de esos pasillos. Y tenía el presentimiento de que la parejita de muñequitos de plástico que tenía frente a sí, era un enorme peligro en sus territorios.
—Oigan, no me importa si se detestan o si quieren matarse o lo que sea—dijo con seriedad—, solo encuentren lo que están buscando, paguen y hagan sus escenitas fuera de aquí. Están molestando a los clientes.
—Oye, no nos puedes hablar así—dijo Hans amenazadoramente—, tú no tienes idea de quien es mi padre…
—¡Cállate, Hans!—lo cortó la rubia, antes de volverse hacia la empleada—Escucha, mi hermanastro tiene problemas, ¿entiendes? No está bien de la cabeza—se llevó el dedo índice a la sien—, se pone nervioso y neurótico. Tiene un trastorno en el cerebro que no lo deja pensar con claridad, por eso siempre se pone a gritar como un desquiciado en lugares públicos. Pero ya lo estamos tratando.
—¡El trastorno lo tienes tú, mocosa de mierda!—el colorado le dio un empujón que Elsa no tardo en devolverle.
En menos de un par de segundos habían vuelto a las andadas. Mérida entornó sus ojos azules.
—Ustedes no me agradan—dijo volviendo a llamar su atención—. Ninguno de los dos. Voy a estarlos vigilando.
—Sí, sí, sí, ¡consíguete un cepillo, entrometida!—le espetó Hans, haciendo que la colorada lo asesinara con la mirada antes de marcharse. Obviamente de no haber estado dentro del establecimiento le habría dado un buen par de golpes—Que inepta—dijo, volviendo a tomar el carrito.
—¿Terminaste ya de hacer el ridículo?—inquirió Elsa afiladamente.
El joven le dirigió otra mirada fulminante y entonces se dirigieron hacia los siguientes pasillos del supermercado. Fueron echando en el carrito todas las cosas que marcaba la lista; leche, latas de frutas, una docena de huevos, pimienta, pan… la muchacha se puso de puntitas para alcanzar un bote de crema batida, contenta de que aquello fuera lo último del listado.
En cuanto estuviera en casa se prepararía una enorme taza de chocolate caliente y se pondría a ver una película acurrucada con Marshmallow. Ya podía saborear esa dulce bebida de los dioses…
El sonido familiar de un envase de crema vaciándose y la sensación de algo blando en su cabello la sobresaltaron. Se quedó perpleja cuando, al llevar una mano a su cabeza, la encontró repleta de natilla. Al volverse encontró a Hans sosteniendo una lata abierta en su mano.
—Eso es por lo de las nueces, idiota.
—¡Eres un imbécil!
El muchacho volvió a oprimir la lata que tenía en la mano, haciendo que otro chorro de crema saliera disparado justo en su cara.
—¡Basta!—gritó Elsa dándole un empujón y quitándose la nata de los ojos.
El tarado estaba yendo demasiado lejos. Pero volvió a disparar y no tuvo más remedio que seguir su ejemplo y tomar otro bote para contraatacar, agitándolo furiosamente.
—¡No te atrevas, tonta!
Haciendo caso omiso de su advertencia, la adolescente atacó con todo lo que tenía, manchando su rostro y su camisa con una generosa cantidad de crema batida que se escurrió hasta el suelo.
—¡Pequeña bruja!
—¡Estúpido!
El pasillo del supermercado se volvió un campo de batalla en el que los dos se disparaban con sus respectivas latas, siempre tratando de eludir al otro. El suelo se había puesto sucio y resbaloso.
—¡Esta me la pagas, chiquilla de mierda!—espetó el pelirrojo, después de resbalar levemente e ir a parar contra uno de los anaqueles, tirando varias cosas al suelo.
Algunas personas ya miraban en su dirección, unas alarmadas y otras curiosas o riendo.
—No, ¡tú me la pagas a mí! ¡Me tienes harta!—más disparos de natilla.
A esas alturas, ambos estaban medio cubiertos con la crema dulce, dando una impresión de lo más ridícula. Mérida apareció al final del pasillo y los miró amenazantemente. Pero tal parecía que los hermanastros se habían olvidado de todo lo que los rodeaba, porque estaban enfocados en darse batalla el uno al otro.
—¡Basta, idiotas! ¡Dejen eso!—rugió la colorada, aproximándose hasta ambos con las manos cerradas en puños.
Los aludidos tiraron las latas ya vacías el suelo y la rubia arremetió a empujones contra el mayor, haciéndolo retroceder hasta una pila de botellas de soda que se tambaleó peligrosamente con su cercanía. Mérida abrió los ojos con horror. Ella misma las había apilado y esa no había sido una tarea sencilla.
—¡Paren o llamo a seguridad! ¡Estúpidos!
Ninguno la escuchó. Hans tomó a la blonda por las muñecas y hubo un forcejeo que finalmente, provocó que los refrescos apilados cayeran con un sonoro estruendo. Algunos de los que estaban en la cima se abrieron al impactar contra el suelo, derramándose estrepitosamente. Resbalaron y cayeron, la muchacha encima de él, pero luego el pelirrojo rodó y estuvieron de lado, sin parar en el forcejeo.
Varios clientes se congregaron en torno a ellos, sorprendidos y sin faltar quien sostuviera en alto su teléfono para grabar tan bochornosa escena.
Estaban metidos en un enorme problema. Sin embargo, Elsa no se dio cuenta de la magnitud de este sino hasta que un par de agentes de seguridad les obligó a levantarse, deteniendo la serie de patadas que le estaba propinando a su hermanastro, aún en el piso.
Entonces, se sintió empalidecer y tragó saliva. Todo a su alrededor era un desastre.
Con la cabeza gacha y sentada en las sillas que se encontraban justo afuera de las oficinas administrativas del supermercado, escuchó a su padrastro hablar con el gerente del establecimiento y tratando aparentar toda la frialdad que podía ante el airado hombre. A su lado, Hans no hacía absolutamente ningún sonido.
Sintió ganas de llorar. Jamás se había metido en un lío como aquel. Demonios, ella ni siquiera era de las que se metían en líos.
Y ahora allí estaba, siendo tratada como una delincuente juvenil, con la ropa y el pelo sucios de nata y la sensación pegajosa de la soda en la que habían resbalado en sus manos, sus jeans y una de sus mejillas.
La visión de unos pies apareciendo frente a ella le hicieron levantar la vista y encontrarse con la cara de Mérida, cuyos ojos destellaban por la furia contenida.
—Acaban de ganarse a una enemiga muy poderosa—siseó, con tal animadversión que Elsa se sintió temblar.
Bien sabía lo buena que era esa chica a la hora de repartir palizas y si se la encontraba en las vacaciones, seguramente no saldría bien librada de ello. Y si no, estaba segura de que a la colorada no le importaría esperar hasta el reinicio de clases.
—Les juro que si los vuelvo a ver fuera de aquí, haré que se retuerzan de dolor—la escuchó decir, confirmando sus negras suposiciones—, ¿entendieron?
—Dios, estoy temblando de miedo—se mofó Hans, devolviéndole la mirada a la pelirroja con la misma ferocidad—, ¿qué harás? ¿Vas a atacar con ese nido de pájaros que tienes en la cabeza?—rió, cínicamente.
Elsa tuvo ganas de decirle que se callara, ofendida al ver que podía reír en un momento como ese. ¡Estaban en problemas, por el amor de Dios!
Pero claro, solo él podía mofarse de la situación y de la desquiciada que los estaba amenazando. Era hombre y le seguía llevando una cabeza de altura a esa furiosa bravucona, por más ruda que esta fuera. Probablemente la única a la que apalearían sería a ella.
Era tan injusto.
—Oh idiota, voy a golpearte tanto y tan duro—dijo Mérida con una voz extrañamente calmada; algo que en su persona era sumamente aterrador—, solo espera. Y tú—se dirigió a la platinada—, ya me vas a conocer también, princesita.
Se retiró, dirigiéndose donde el gerente, seguramente para confirmar todo el alboroto que habían causado.
La rubia soltó un pesado suspiro y se inclinó hacia adelante, con la cabeza entre las manos.
Fue la risa de Hans resonando nuevamente la que le hizo incorporarse y mirarlo con profundo odio.
—¡¿Esto te parece gracioso?! ¡Estamos en problemas, imbécil!
—Deja de ser tan melodramática—repuso él con hastío—. Lo más que harán es prohibirnos la entrada a este supermercado de segunda. Gran cosa.
—¡Esa chica nos amenazó!
El joven se encogió de hombros, indolentemente.
—¡¿Es qué nunca te tomas nada en serio?!
—No tanto—dijo Hans—, si lo hiciera, sería una persona patética y desquiciada como tú.
—¡Eres un…!
La puerta de la gerencia abriéndose detuvo la exclamación de la chica, que se volvió automáticamente para mirar como Adgar salía con un semblante áspero en su rostro. Contra su voluntad, se volvió a sentir intimidada. Ella no conocía el lado severo de ese hombre, al menos no de una manera directa.
—Andando—replicó él, mirándolos de modo serio antes de encaminarse hasta la salida.
Sin decir una palabra, ellos le siguieron y los tres avanzaron hasta el jeep estacionado frente al supermercado silenciosamente. Elsa subió al asiento trasero con la mirada baja, sin atreverse a mirar hacia adelante. Se sentía terriblemente mal por lo ocurrido.
No fue sino hasta que el vehículo se puso en marcha y hubieron abandonado el establecimiento, que las duras palabras de su padrastro se hicieron escuchar.
—Peleando como dos niños y rompiendo cosas en plena tienda, menuda manera de comportarse—espetó—. Está de más decir que no pueden volver a poner un pie en ese establecimiento. Y en especial después de este incidente tan vergonzoso.
La muchacha se encogió y se miró las manos en el regazo.
—¿Se puede saber en qué demonios estaban pensando al hacer tal tontería? ¿En qué pensaban?
Hubo un tenso silencio.
—No puedo creer que se comporten como si fueran niños pequeños—prosiguió Adgar con dureza—, esto es justo sobre lo que les advertí el otro día. No quiero problemas. Y tú—se volvió hacia su hijo con severidad—, especialmente a ti, te he advertido que no ocasiones más inconvenientes. ¡A veces pienso que nunca vas a madurar!
—Corta ya la regañina, papá—le soltó Hans—. Estás haciendo un escándalo por nada.
—¡Te parece poco lo que acaba de pasar! ¡No me hace la menor gracia tener que enterarme a cada momento de problemas como este, que estoy seguro que tú empezaste!
—¡Siempre me tienes que culpar a mí por todo lo que sucede!
—¡Te conozco bien! ¡Sé la manera en la que sueles hacer las cosas! ¡Tendrías que haber actuado como la persona madura que se supone que eres!
Lo que siguió a estas duras palabras fue una ronda de reclamos entre padre e hijo, que solo provocaron que la chica se removiera con incomodidad desde su asiento.
Nunca había visto a su padrastro tan molesto y debía admitir que era intimidante.
Ahora comprendía de donde había heredado Hans ese carácter.
No quería ni imaginarse lo que le diría su madre a ella en cuanto supiera del asunto. Cuando el vehículo dobló una esquina para entrar en la calle en la que vivían, sintió una sacudida desagradable en el estómago.
En el asiento delantero, la discusión proseguía entre sus acompañantes, haciéndola sentir diminuta y fuera de lugar.
—Estoy cansado de esta situación—terminó por decir Adgar, contemplando con rigor a su hijo después de haber estacionado el jeep—. Cuando accedí a que vinieras, creí que realmente podría confiar en ti. Eres el mayor después de todo, pero veo que me equivoqué—miró hacia el asiento trasero—. Pensé que tú también eras más inteligente, Elsa.
La aludida se quedó perpleja por un par de segundos y luego adquirió una expresión feroz.
—¡Yo no tengo porque escucharte!—exclamó furiosa—¡No eres mi padre!
Antes de que el hombre pudiera replicarle nada, la blonda salió de la camioneta cerrando la puerta de un portazo y corriendo hasta la casa.
Sabía que le esperaba un buen regaño de parte de su madre, pero prefería lidiar con ella que con su padrastro.
Emitiendo un hondo suspiro, Elsa continúo fregando los platos. Sus pupilas azules estaban fijas en el cielo oscurecido a través de la ventana de la cocina, pero su mente estaba en otro lugar. Más concretamente, en el momento en que los ojos decepcionados de su madre se habían fijado en ella tras encararla por lo ocurrido aquella tarde.
Idun no le había gritado, ni reclamado por su incidente en el supermercado. Pero la muchacha casi habría preferido que lo hiciera.
Nada le dolía más que ver esa mirada de tristeza en esos ojos idénticos a los suyos.
—Creí que habías entendido lo importante que es nuestra familia ahora—le había dicho, desde el umbral de la puerta de su habitación—. Pero tú jamás te adaptarás, ¿no, Elsa? Ni siquiera por mí.
Acto seguido había desaparecido, dejándola con una horrible sensación de remordimiento. Esa noche, la cena había estado muy tensa.
La platinada apretó sus dientes, mientras fregaba con fuerza el vaso que tenía en las manos. Aquella noche le tocaba lavar los platos y de hecho, agradecía la tarea para tener las manos ocupadas. De no contar con aquello, probablemente estaría en su habitación, arremetiendo contra la almohada o contra su osito de felpa.
Imaginando que era la persona a la que realmente sentía ganas de golpear con todas sus fuerzas.
Su ceño se frunció cuando acudió a su mente un par de intensos ojos verdes.
¿Por qué demonios tenía que entrar en su vida alguien tan detestable como Hans Westergaard? Había podido tolerar a su padre, había soportado la boda y la mudanza del pequeño piso donde había habitado toda la vida con su madre hasta esa casa enorme, así como todos los cambios que habían sobrevenido después.
Pero a él, jamás. Estaba segura de que no sobreviviría a ese sujeto.
Cuanto echaba de menos que las cosas fueran como antes, cuando solo estaban su madre y ella. Sin intrusos, ni molestos hermanastros que la incomodaran.
—Creo que ya está lo bastante limpio—Elsa se sobresaltó al escuchar la voz grave que interrumpió sus pensamientos y volvió la cabeza hacia un lado.
Unos orbes esmeraldas le devolvieron la mirada desde la entrada de la cocina.
Molesta, alzó su respingada nariz con arrogancia y volvió a su labor como si no hubiera escuchado nada, solo para dase cuenta de que en efecto, llevaba unos cinco minutos lavando el mismo vaso. Bufó y lo colocó bruscamente en el escurridor para proseguir con uno de los platos que yacían en la pila ante si.
—Sí, ahora vas a tratar de ignorarme—Hans se acercó hasta su lado con despreocupación—. Imagine que eso sería lo primero que harías. Se está volviendo fácil anticipar tus reacciones.
—¿Qué quieres?—le espetó la rubia sin voltearlo a ver—¿Qué? ¿No te ha bastado con el problema en el que me metiste hoy?
—El problema en el que nos metimos, querrás decir—corrigió él—, quiero decir, no fui solo yo quien hizo todo ese desastre en el supermercado—le dijo con sarcasmo.
—Da igual, sólo lárgate—replicó la adolescente—, no quiero pelear contigo. No vas a meterme en más problemas.
—¿Quién dice que vengo a pelear?
Hans tomó uno de los trastes que se encontraban sobre el escurridor y una toalla cercana para comenzar a secarlos, haciendo que la blonda lo mirara de reojo, recelosa.
—¿Sabes, Elsa? No me gustó para nada la mierda que ocurrió el día de hoy. No me gustó que mi padre me riñera con todas esas estupideces, que en realidad me importan un carajo pero a las no tengo más remedio que obedecer. Nada de lo que pasó puede volver a repetirse.
—Oh, ¿en serio? Y yo que pensaba invitarte a volver a ese supermercado para ser de nuevo el centro de atención—repuso ella con ironía, observándolo de manera furiosa.
¡Por supuesto que no podía repetirse! ¿Acaso la creía estúpida como para ir por ahí, poniéndose en ridículo de esa forma? Aunque la verdad era que su hermanastro sacaba lo peor de ella y la hacía perder los papeles.
Eso era condenadamente peligroso.
—Mira, no voy a perder el tiempo contigo—le advirtió Hans, al tiempo que iba guardando los trastes secos en las gavetas—, tú me odias y yo te odio a ti. No hay nada que podamos hacer para remediar eso. Demonios, creo que nos detestamos desde el primer momento en que nos vimos las caras. Hay gente que simplemente no puede estar en el mismo lugar.
—Exactamente—concordó Elsa con frialdad. Aquella era la única cosa en la que podían estar de acuerdo.
—Pero mientras tengamos que vivir en la misma casa, estamos jodidos—prosiguió el pelirrojo bruscamente—. Nuestros padres esperan que nos llevemos bien. Y aunque ya me quedó claro que eso es imposible—la miró con desaire—, no soporto que mi padre esté encima de mí todo el tiempo y no hablo solo de sus estúpidos sermones. Para él, yo soy quien siempre tiene la culpa de todo.
—Me pregunto porque será—soltó la muchacha con un tonito sarcástico.
—No te hagas la mustia—le dijo Hans a modo de advertencia—, eso es tu culpa. Por alguna razón que no comprendo, le agradas a mi padre—la chica alzó una de sus delicadas cejas—. Oh sí, te ha cogido cariño ¿sabes? Para él eres intocable. No sé que demonios le pasa por la cabeza. Tal vez es esa actitud de mosquita muerta que tienes o el hecho de que siempre quiso una niña—los ojos azules lo fulminaron con su expresión—, no sé, no me interesa. Igual es patético.
Elsa arrugó el entrecejo, extrañada. ¿Acaso el joven estaba celoso?
—A mí tampoco me interesa. Yo no quiero acercarme a él.
—Bien, me parece perfecto. El problema es que ahora nuestros padres no nos van a quitar los ojos de encima, esperando a que nos matemos o algo así. Y ese es un tipo de atención que no nos conviene tener.
—Dirás que no te conviene tener a ti—refutó Elsa—, yo no tengo nada que esconder.
—Claro, se me olvidaba que eres la señorita perfecta—apuntó el cobrizo con sorna—. Pero, ¿te has parado a pensar en cómo se sentirá Idun si llega hasta el fondo de todo esto? Quiero decir, ya está tan decepcionada por lo de hoy…
—¡Deja de meterte con mi madre!—involuntariamente, Hans se tensó cuando al ver explotar a la muchachita—¿Por qué siempre tienes que estar aprovechándote de la situación? ¡¿Por qué siempre tienes que arruinarlo todo?! ¡Desde que llegaste todo va mal aquí!—rabiosa, se volvió de nuevo a la pila de platos para murmurar—Ojala no hubieras venido nunca.
Hubo una nueva pausa que le indicó que había ido demasiado lejos al mencionar aquello. Una cosa eran los insultos que intercambiaban día con día y una muy distinta, expresar algo como lo que acababa de decir en voz alta. Incluso aunque se tratara de Hans.
De repente no se atrevía a mirar a esos ojos verdes.
—Pues estoy aquí—la voz del joven era fría y no dejaba trascender ninguna emoción—y no hay nada que puedas hacer al respecto. Por eso he pensado que lo mejor que puedes… que podemos hacer, es tratar de disimular mejor ante nuestros padres. Hacer una especie de tregua.
—¿A qué te refieres?—Elsa lo observó con extremada desconfianza.
—Lo que escuchaste; estoy cansado de tener problemas con mi padre y seguro que tú también te sientes igual respecto a tu madre. Piensa en ello como una especie de descanso. Tú y yo nunca nos llevaremos bien, pero no tenemos porque joder las cosas a tal grado que nos traten como los malos del cuento aquí.
—¿Y qué dijiste? Esta ya cayó en mi trampa—apuntó la muchacha con sarcasmo—. ¡Tú eres el malo del cuento, Hans! ¡Tú! ¿Por qué tendría que hacer una tregua contigo? ¡Eres un monstruo! En todo caso, prefiero que nos castiguen a los dos por igual que tener que soportar un segundo más tus mentiras, ¡bastardo manipulador!
—¿Ni siquiera por tu madre?—la adolescente entornó sus ojos—Vamos Elsa, no eres tan tonta. No vas a echarlo a perder más, ahora que la buena mujer anda tan ilusionada con su nuevo hogar—la risa irónica del cobrizo resonó en la estancia—, ya casi es Navidad y los milagros todavía pueden ocurrir. Podemos hacer toda una puesta en escena y comportarnos como el par de hermanitos de mierda que nunca seremos, solo para que mamá y papá no sientan que todos sus esfuerzos por recomponer sus familias rotas no han sido en vano. Tú sabes que el chistecito de hoy no les sentó nada bien, así que ¿por qué no hacerles ese favor?
—Tú solo quieres fingir esa mentira para que tu padre no sea duro contigo, porque no te gusta tener que vértelas con él.
—Puede ser, a nadie le gustan las cosas difíciles—el joven se encogió de hombros—. De cualquier manera, sabes que tengo razón. O no me dirás que no te importa que tu madre esté tan decepcionada de ti. ¿No quieres hacerla feliz?
Elsa le sostuvo la mirada de manera desafiante, pero al mismo tiempo, no pudo evitar entristecerse ante el recuerdo de Idun mirándola de modo pesimista y dejándole en claro su decepción.
Ella podía soportar muchas cosas, excepto fallarle a su madre o hacerla infeliz. Le importaba más que nadie en el mundo.
—Sabes que eso no cambiaría nada—le dijo, en un afán por seguir resistiéndose—. Igual voy a averiguar lo que estás ocultando, porque sé que estás ocultando algo.
—Jamás se me paso por la cabeza convencerte de lo contrario—Hans sonrió con petulante ironía.
—Esto no significa que vayamos a ser amigos, ni mucho menos—prosiguió la rubia con fiereza—, ni siquiera aliados. Nada.
—Claro que no, niñita—coincidió el colorado—, tú y yo nunca vamos a caber en el mismo espacio. Solamente vamos a descansar el uno del otro por un tiempo, hasta que las cosas se calmen. Quiero prestarle mi atención a algo más importante que tus berrinchitos.
—Y yo quiero tener al menos un solo día sin que me estés fastidiando a cada rato—espetó Elsa—. Así que si vamos a hacer esto, más te vale que no te metas conmigo.
—No me meteré contigo si tú no te metes conmigo. Esto será como debió ser desde un principio. Nos ignoraremos y en frente de nuestros padres, vamos a actuar como la jodida familia perfecta que tanto se mueren por tener. Al menos hasta que se les pase el enojo con nosotros.
La chica suspiró resignada. No sabía por cuanto tiempo lograrían sostener aquel absurdo acuerdo, ni siquiera sabía si iba a funcionar. Solo sabía que estaba cansada y que aquello era apenas el comienzo de su convivencia.
Necesitaba un respiro y lo necesitaba de verdad.
Además le convenía que su hermanastro se tranquilizara un poco para poder dar la estocada final, cuando descubriera que estaba escondiendo.
—¿Entonces qué?—inquirió Hans—¿Tregua?
Escéptica, le vio extender una mano grande y elegante en dirección hacia ella.
—Tregua—murmuró, estrechando su palma después de unos segundos de dubitación.
Los dedos largos del pelirrojo apretaron su pequeña mano con firmeza y ambos sintieron una leve descarga eléctrica que prefirieron ignorar.
—Que inteligente decisión.
Elsa le dirigió una expresión llena de frialdad. Que ni se pensara el principito que aquello era suficiente como para hacerla bajar la guardia. No confiaba en él, pero aceptaba que más les valía tranquilizar a sus padres.
Mientras tanto, ya seguiría viendo la forma de desenmascararlo ante todo el mundo.
—Ya puedes soltarme la mano.
Hans dejó de sostenerle la mirada a esos ojos azules de manera tensa y desvió los suyos hacia su palma, que aún sostenía la de ella. Muy serio, la soltó y luego esbozó otra de sus cínicas sonrisas.
—Pues parece que ahora vamos a entendernos mejor, hermanita—siseó burlonamente.
La blonda imitó su gesto con los labios. Aquello era el final de una batalla, pero no de la guerra.
*Bioshock: Un videojuego. La verdad no tengo idea de que trata, (no soy gamer xD) pero una de mis amigas lo juega mucho. Y también lo mencioné en la viñeta de los 30 días.
Nota de autor:
It's Helsa Friday, bitches! e.e
Hola, hola, ¿cómo estamos por aquí? ¿Con ganas de mucho Iceburns o qué? La tía Frozen ha vuelto con más conflicto entre la pareja que todos amamos y esta vez, la armaron en grande. No solo se pusieron en ridículo en el supermercado, sino que también se ganaron una enemiga poderosa. Mérida es una chica muy ruda con quien no se debe joder, señores. D:
Por otra parte, nuestros pequeños hermanastros decidieron hacer una tregua para darse un descanso el uno del otro, porque aceptémoslo, los dos se dan mucha guerra y están exhaustos. ¿Ustedes creen que funcione? ¿O no resistirán la tentación de pelearse de nuevo? :P
El próximo capítulo vendrá con un poco de sorpresas navideñas, (sí, ya sé que hace rato fueron las fiestas, pero ¿qué le vamos a hacer? Soy lenta escribiendo).
Anonymous reviews:
Ari: Creo que cualquiera se pondría nerviosa al ver a Hans en paños menores, pero no me negarás que no sería algo suculento. *o* Y sí, claro que él se pondría igual si viera a Elsa de la misma forma; probablemente trataría de disimularlo diciendo algo estúpido y solo empeoraría las cosas, provocando que ella lo golpeara. xD Ay mis queridos niños, como los quiero. En fin, gracias por seguir mostrando tu apoyo por estos lares. ;D
Ana Victoria: Quien sabe que pasó con la página la otra vez, que no dejaba ver ningún comentario, lo bueno es que se arregló. Y pues ya ves como es la gente, hay quienes tienen una careta dependiendo de la persona con quien hablen. Tienes razón, Hans es una persona muy vulnerable, bastante inseguro de si mismo. Pero yo sé que nuestra querida rubia le ayudará a superar todos sus problemas. ;) Eso si no se matan antes, jajaja.
¡Pasen un genial fin de semana! :D
