Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
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7
Sorpresas navideñas
El sonido familiar que anunciaba las video llamadas hizo eco en toda la sala de estar. Bufando, Hans oprimió un botón para aceptar la improvisada conferencia, que sabía que tarde o temprano iba a recibir. Había bajado con la computadora portátil para tomarse algo caliente y estar un rato frente a la chimenea, pero aquello daba completamente al traste con todos sus planes de pasar un momento tranquilo.
Solo esperaba que no se demorara demasiado.
En Skype, la pantalla negra se transformó en el fiel reflejo de un dormitorio que conocía bastante bien, pues era uno de los de la casa de su madre. Frente a él, un muchacho pelirrojo y muy parecido a él le sonrió con cierta socarronería.
—Dichosos los ojos, Hans—lo saludó con voz alegre—, hasta que por fin te dejas ver, hermanito.
—Lars—replicó el aludido de manera seca.
Ahí estaba el único de sus hermanos que se dignaba a querer saber algo de él. Lars le llevaba solo un año y no era tan malo como los demás. Claro estaba que también le hacía bromas pesadas la mayor parte del tiempo, (o solía hacerlo, cuando todavía vivían juntos), pero prefería por mucho soportarlo a él que a los otros.
Desde su mudanza a Oslo, también había sido el único que le había enviado unos cuantos correos electrónicos para preguntarle como estaba. Mismos que no se había molestado en responder.
—Hombre, llevo días tratando de comunicarme contigo—le dijo el mayor—, ¿has visto mis mails? Seguro que los has visto y no quisiste responder, so tonto. Como te gusta llamar la atención, ¿eh, Hansy?
—¿Pasó algo?—inquirió el joven con seriedad, ignorando el estúpido mote—¿Por qué tanto apuro en encontrarme?
—¿Y por qué va a ser, mierdecilla?—repuso Lars como si estuvieran hablando de algo obvio—¡No hemos sabido absolutamente nada de ti desde que te mudaste con papá! Ni una llamada, ni una jodida postal, ¡nada! Mamá está muy sentida contigo.
—Deja de decir estupideces, como si a alguien de allí le importara como estoy—le dijo Hans—. Y con mamá hablo todos los días. No me jodas.
—Le envías mensajes de texto, querrás decir y eso cuando ella te insiste. ¿En serio no puedes tomar el teléfono y hablarle cinco minutos como la gente decente?
—¿No puede hacerlo ella? Después de todo, es a quien le interesa hablar conmigo.
—No tienes remedio, hermanito. Mamá es tan orgullosa como tú, así que dudo que lo haga sino hasta que pierda la paciencia. Creí que al menos podrías hacerle el favor de decirle como estás; ella nunca estuvo de acuerdo con que te mudaras.
—¿Necesitas algo, Lars? ¿O sólo me hablaste para esto? Esta conversación me está cansando.
—Ya, ya, no te pongas así—vio como su hermano ponía los ojos en blanco—. Ya sé que no me crees, pero yo sí quiero saber como estás. Olvídate de los otros un momento. Sabes bien como son. Solo por eso entiendo que te mudaras.
Hans colocó su mejor expresión de indiferencia. Era la primera cosa coherente que escuchaba decir al muchacho desde que habían empezado a hablar.
—Entonces dime, ¿qué tal te va en Oslo? ¿Te sientes a gusto con papá?—le preguntó Lars—¿Qué tal es su esposa? ¿Te trata bien?
—Es muy amable, un encanto de mujer—respondió sin expresar ninguna emoción en especial—, de hecho me trata mejor que papá—agregó en voz más baja, cerciorándose de que el otro no lo pudiera entender.
—Hace días vi una fotografía suya en el Facebook de papá, se nota que es muy guapa—dijo Lars—. Mamá también la vio. Dice que está sorprendida de que alguien tan joven como ella se haya fijado en él, pero ya sabes como es—añadió con burla.
—Tan irónica como siempre.
—Bueno, se parece a ti—Lars esbozo una sonrisa de lado, muy similar a las que él solía poner—, ¿y qué tal es su hija? Ya sabes que papá a veces la menciona pero no dice demasiado. ¿Te das cuenta? Ahora tú eres el hermano mayor, Hansy, quien lo diría ¿no?
El mencionado gruñó ante el comentario tan socarrón de su congénere.
—¿Qué? No me dirás que es algo malo, ¿o acaso no te llevas bien con ella?
—Casi nunca hablamos—le contestó bruscamente.
—¿Por qué no? ¿Tan reservada es?—Lars se percató del cambio en la expresión del menor y decidió insistir, seguro de que allí había algo. Se moría de la curiosidad—Anda, cuéntame de ella. ¿Es bonita?
—Ya, idiota.
—¿Es ella?—su hermano se fijó en uno de los retratos que estaban en la mesita al lado del sofá y lo señaló—A ver, enséñame. Mierda, nunca quieres decirme nada. Vamos, acércalo—de mala gana, el pelirrojo tomó la fotografía y la expuso frente a la computadora.
La imagen había sido tomada recientemente, tenía entendido que pocos días después de haber comprado la casa y hecho la mudanza pertinente. En ella, Idun se mostraba radiante de felicidad y estaba sentada junto a los rosales del jardín trasero. A su lado estaba Elsa, quien solo mostraba una leve sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
Lars se quedó viendo el retrato con una cara de admiración que no se molestó en disimular.
—¡Es preciosa!—exclamó—¿Y ella vive con ustedes? Qué suerte, hermanito—Hans torció la boca—. Mírala, parece un pequeño ángel.
—¿Estás de joda?—le espetó el colorado—¡Es un demonio! ¡Es una maldita bruja!
—Ah, con que por ahí va el asunto—Lars sonrió maliciosamente; su plan había surtido efecto—, ya decía yo que algo te estaba molestando, hermanito. No por nada tenías esa cara de haber pisado mierda o algo por el estilo. Bueno, esa la tienes siempre pero ya sabes lo que quiero decir.
—Vete al carajo.
—Y cuál es el problema con… ¿Elsa, se llama? Ese es su nombre, ¿no? Le queda bien, es bonito. Como ella.
—En serio estás mal de la cabeza.
—¿Qué pasa? ¿Acaso tiene mal carácter o algo? Porque con esa carita, no se puede creer…
—¿Por qué todos se dejan llevar por su carita de mustia?—se preguntó Hans con exasperación—Es nefasta. Punto.
—Si no te conociera hermanito, te creería eso sin rechistar. Pero como da la casualidad de que lo hago bastante bien y de que si hay alguien que sepa como ser nefasto, ese eres tú—rió y el aludido apretó los dientes—, no lo voy a hacer. De hecho, estoy seguro de que no te has comportado precisamente como un príncipe azul con la querida hijastra de papá.
—Piensa lo que quieras, idiota. No sé ni porque estoy hablando contigo.
—Tranquilo Hansy, alguien tiene que decirte las cosas como son de vez en cuando. Si sigues con ese carácter, ninguna chica se te va a acercar cuando comiencen las clases.
—¿Eso me lo dice alguien que no ha tenido citas en un año?—apuntó él con sarcasmo.
—¿Quién te dice que no las he tenido? Soy más discreto de lo que piensas, hermanito—Lars guiñó un ojo—. Pero no quieras desviar el tema. No es de mí de quien estamos hablando, sino de ti y de nuestra encantadora hermana menor.
—Esa mocosa no es nada mío, que te quede claro.
—Ya me imagino como te comportas con ella, te has desquitado de años de traumas ocasionados por nuestros hermanos mayores y le has dejado en claro quién es el que manda ahí, ¿eh, Hansy?
El muchacho esbozó una sonrisa torcida y satisfecha.
—Le he hecho la vida imposible a esa pequeña sabandija.
—¡Pues que estúpido eres!—la mueca de Hans se desvaneció de golpe—No puedes tratar así a una chica, en especial si es tan bonita como ella. En serio tonto, a veces pienso que mamá te dejó caer de pequeño o algo así—Lars negó con la cabeza—, por eso nunca tendrás novia.
—¡Tú y ella pueden irse a la maldita mierda!—Hans sintió que una vena le palpitaba en la sien, esa condenada video llamada estaba empezando a cansarlo.
¿Por qué su hermano tenía que ser tan inepto?
—En vez de ser tan desagradable deberías, no sé… tratar de ser amable con ella. Porque si tienes suerte igual y un día de estos pueden tener algo, si sabes a lo que me refiero—el joven movió sugestivamente las cejas.
—¡Esa es la cosa más estúpida que se te ha ocurrido nunca! ¡¿Cómo crees que voy a meterme con ella?!
—Vamos, vamos hermanito, ¿no me digas que no te da morbo?—Lars parecía divertido ante su escandalizado enojo—Tienes a una chica preciosa viviendo en la misma casa que tú y la ves a todas horas… es mucha tentación.
—Tentación es la que tengo de regresar allá solo para darte una patada en el culo, desubicado.
—Bueno, no se puede hablar contigo. Allá tú si no aprovechas la oportunidad—su hermano pareció reflexionar—. Pero ya que es así, quizá yo también me dé una vuelta por lo de papá para conocer a Elsa y darle la bienvenida a nuestra familia como es debido. Oh, eso estaría muy bien…
—Ni se te ocurra venir, idiota—le dijo Hans bruscamente, alarmado ante tal posibilidad. Esa casa se había convertido en su nuevo territorio y no podía permitir que ninguno de sus congéneres lo arruinara, ni siquiera Lars—. En serio, no lo hagas. Además no le vas a interesar, te va a mandar a la mierda de inmediato.
—Eso tú no lo sabes, hermanito. Tal vez termine gustándole más que tú, je je je je…
—No seas asqueroso, tiene dieciséis años.
—Hablas como si fuera un criminal sexual o algo así, ¡qué pésimo concepto tienes de mí! Y de todos modos ya está en edad de merecer, ¿qué no?
—En serio Lars, ni se te ocurra acercarte por aquí—le repitió, adquiriendo un semblante amenazador—, y deja en paz a Elsa. ¡No necesito que vengas a crear problemas en esta casa!
—Ya, ya, ya entendí, tú la viste primero—lo vio rodar los ojos de nuevo.
—¡Eso no es lo que quise decir!
—Solo te digo una cosa, Hansy. Voy a perderte el poco respeto que te tengo si echas a perder esto con esa actitud de porquería. Tienes suerte de que esté tan ocupado como para hacerles una visita de todos modos—repuso Lars—, ¡y comunícate más seguido, mierdecilla! Habla con mamá. Tengo que irme pero nos hablamos pronto. Feliz Navidad.
—Feliz Navidad, hermano—le contestó, cansinamente.
La video llamada termino y recién entonces, Hans se permitió soltar un largo suspiro. En el fondo quería mucho a Lars, (lo que era bastante decir en comparación a lo que sentía por el resto de sus hermanos), pero la mayoría del tiempo sí que sabía comportarse como un idiota.
Involuntariamente, un sonrojo acudió a sus mejillas al recordar todas las estupideces que le había dicho respecto de su asunto con Elsa. Desde la noche antepasada en que habían pactado su flamante tregua, no habían vuelto a pelear como de costumbre.
Por suerte la chiquilla estaba apegándose al trato. ¿Cómo se le ocurría al inútil de su hermano que podría pensar en tener algo con ella? Era simplemente absurdo.
Absurdo.
"Es mucha tentación", las palabras de Lars resonaron en su mente sin quererlo…
El colorado sacudió su cabeza enérgicamente y cerró de golpe su portátil. Definitivamente necesitaba distraerse.
Elsa escuchó el alegre villancico que tarareaba su madre, cuyas finas manos se ocupaban de embadurnar el enorme pavo dispuesto sobre el mesón con un poco de mantequilla. Siempre que estaba a punto de ser Navidad, la mujer se ponía muy feliz y en esa ocasión, realmente agradecía que el incidente del supermercado no le hubiera impedido volver a mostrar su habitual buen humor.
Hans y ella llevaban desde el día de ayer sin pelear o mirarse de mala manera siquiera, y eso era todo un logro, tomando en cuenta el carácter de ambos y lo mucho que se detestaban.
Aunque no quisiera admitirlo más que para sus adentros, era un alivio tener por fin un momento de paz en casa, incluso si él seguía allí.
Y hablando del diablo en persona, el colorado paso frente la puerta de la cocina en ese instante. Idun le dirigió una sonrisa que fue correspondida y la rubia frunció sus labios disimuladamente. Cada vez le gustaba menos la cercanía entre el joven y su madre.
—¿Tu padre te ha echado del sótano, cielo?—le preguntó la castaña.
Hacía un rato que el pelirrojo, aburrido, había bajado hasta el mencionado lugar para ver que era lo que estaba haciendo su esposo.
—Iba a ayudarle a envolver los obsequios, pero quiere mantenerlo todo en secreto. Le gusta dar sorpresas.
—Mejor así, esta va a ser la primera Navidad que pasemos en familia. Queremos que todo salga perfecto—Idun miró de soslayo a su hija, que estaba entretenida en pelar y cortar algunas patatas—, ¿por qué no nos ayudas un poco con la cena? A menos que prefieras irte a tu habitación…
—No, no, está bien. No tengo nada que hacer—dijo Hans, ocultando el hecho de que justamente, planeaba encerrarse en su dormitorio para no salir en todo el día.
Únicamente había acudido a ayudar a su padre con la intención de congraciarse con él, para que olvidara de una vez por todas el incidente del supermercado. Todavía estaba un poco molesto con el muchacho, aunque se veía que quería confiar en la inusitada paz que volvía a sentirse en casa, por lo cual había declinado su asistencia con amabilidad.
—Estupendo. Voy a meter esto en el horno y mientras, tú puedes ayudarle a Elsa con la ensalada—la trigueña le volvió a sonreír al tiempo que volvía a su tarea de barnizar el pavo y volvía a tararear su canción navideña.
El cobrizo por su parte, se limitó a tomar asiento enfrente de la adolescente sobre la isla de la cocina para empezar a cortar vegetales. Ni siquiera se miraron. Por varios minutos, lo único que se escuchó fue la suave entonación de su madrastra, antes de que finalmente colocara la bandeja en la que estaba ocupada en el fogón y saliera de la estancia dejándolos solos.
Ahora eso iba a ser incómodo, se dijo Hans a si mismo.
Para su sorpresa, vio como la blonda levantaba la cabeza y rodaba los ojos. A continuación se bajó del taburete donde estaba sentada y tomó un pequeño cronómetro de una de las estanterías para programar un tiempo en él, dejándolo sobre el horno.
Ella se volvió a verlo, sintiendo su mirada inquisitiva.
—A mamá siempre se le olvida tomar el tiempo al cocinar estas cosas—explicó con indiferencia—, la última vez se le quemó el pavo y tuvo que pedir comida china. Es muy despistada.
—Sí, se nota—dijo Hans sonriendo de lado.
—¿Eso qué quiere decir?—preguntó Elsa a la defensiva.
—Nada, pequeña paranoica—esta vez fue él quien puso los ojos en blanco—, ya cálmate. No tienes que ponerte tan alerta por todo.
—Pues contigo una nunca sabe.
—Y ahí vamos de nuevo, ¿qué te dije acerca de hablarnos así? ¿Tenemos una tregua o no?—espetó Hans molesto.
La platinada entrecerró los ojos y volvió a sentarse en su lugar, observándolo con sigilo antes de regresar a cortar papas.
—Pues con esas reacciones, a mí me parece que quien está alerta eres tú—comentó con tranquilidad, al tiempo que retiraba la piel de una patata—. Admítelo Hans, ninguno de los dos confía en el otro. Todo este tiempo solo he estado esperando a que hagas o digas algo malo de nuevo. Y estoy tratando de llevar las cosas en paz, en serio.
—Pues eso está muy mal—el colorado frunció el ceño, ¿cómo se suponía que fueran a estar en paz si esa mocosa no bajaba un poco la guardia?—. Ni que fuera a apuñalarte por la espalda. Para que lo sepas, yo cumplo mis tratos.
Elsa le dirigió una mirada sarcástica.
—De verdad. Mira, hagamos una cosa—le dijo, comenzando a elucubrar una situación en su mente, de forma calculadora—, para que me des un pequeño voto de confianza. Pregúntame algo, lo que quieras, debes tener curiosidad. Después de todo, yo ya sé un par de cosas sobre ti—agregó burlonamente, recordando todo lo que le había contado Idun—, así que puedes saber una o dos sobre mí, si eso te hace sentir mejor.
Aquello sería interesante. Ver si podía influir un poquito en la complicada cabecita de su hermanastra. Tal vez le dijera un par de verdades, tal vez no. A ver hasta donde podía manipularla.
La chica pareció considerarlo unos segundos.
—¿Por qué estás aquí?—preguntó de forma directa.
—No corras tan rápido, niña—Hans se puso serio de repente—, eso no te importa y no te lo pienso decir. Intenta de nuevo.
La rubia enarcó una ceja. En realidad tenía serias dudas de que él fuera a responderle con sinceridad cualquier cosa que le preguntara, de hecho casi podía apostar a que no; tanta amabilidad era extraña en su hermanastro. Pero nunca se sabía, igual y sacaba algo que le pudiera servir de todo aquello.
—¿Cómo es que a tu madre no le importó que te mudaras lejos de ella? La mía se lo pensaría bastante antes de dejarme ir tan lejos de casa, aunque fuera mayor de edad.
—A mamá no le gustó demasiado la idea, pero ¿qué iba a hacer? ¿Encerrarme bajo llave?—la voz del joven sonó irónica—Además, finalmente tiene demasiado de que preocuparse con otros cuatro hijos bajo su techo y los demás en otros lugares. Al final no iba a insistir conmigo.
—¿Entonces en serio tienes doce hermanos?—Elsa ahora lo miraba con sorpresa.
Hans solo se limitó a asentir con la cabeza, con cara de pocos amigos. No le gustaba hablar de este tema.
—Eso es… raro—murmuró la adolescente, alzando una de las comisuras de sus labios con cierta socarronería—, ósea, ¿quién tiene tal cantidad de hijos ahora? Eso es como del siglo pasado. ¿Tus padres querían tener tantos?
—Sí, querían—respondió el pelirrojo cortantemente—, ¿hay algún problema con eso?
—No lo sé, ¿lo hay?—Elsa alzo ambas cejas en un gesto curioso—Porque pareces muy incómodo con el tema.
—No estoy incómodo—se apresuró a decir Hans componiendo un semblante tranquilo, aunque ella tuviera razón—, es que no acostumbro hablar mucho de mis hermanos.
—¿Por qué no?
—Porque… no—bufó—. No somos muy apegados, por la diferencia de edades. Es algo complicado ser el menor de una familia.
—Dímelo a mí—ironizó ella haciendo que fuera él quien ahora levantara una ceja—. Bueno, eso explica muchas cosas.
—¿Cómo que "eso explica muchas cosas"? ¿Qué mierda quieres decir con eso?—Hans la miró amenazantemente.
—Por la manera en que me tratas, siempre pensé que tenías muchos conflictos sin resolver. Lo que tiene sentido, puesto que eres el menor de tu familia. Y ya que te pones bastante sensible con el tema…
—Yo no me pongo sensible—dijo ofendido.
—… imagino que no llevas buena relación con tus hermanos. Ya todo tiene sentido—Elsa esbozó una sonrisita satisfecha—, por eso eres como eres. ¿Qué era lo que te hacían? ¿Bromas pesadas? ¿Se aprovechaban de ti? ¿O es algo más grave?
—Bueno, ¿qué mierda te crees? ¿Ahora resulta que eres una jodida psicóloga?—ahora estaba muy molesto—¡No sé ni porque te estoy diciendo estas cosas!
—Tú dijiste que podía preguntar…
—¡Sí y ahora lo retiro! Solo aprovechas lo que digo para imaginarte cosas—soltó Hans con enfado—. Para que lo sepas, ellos no me hacían nada, solamente no somos apegados. El hecho de que compartas la misma sangre con alguien no quiere decir que tengan que ser los mejores amigos, ni mucho menos.
—Desde luego.
—¡Por supuesto que así es! No es como si los hermanos a fuerza tuvieran que ser unidos entre ellos, eso es una falsedad.
—Nadie dice lo contrario.
Eso había sido una mala idea, ¡ni siquiera le estaba mintiendo! Acababa de caer en la cuenta de que le había respondido con la verdad (hasta donde era posible) cada cosa que le había preguntado, sin detenerse a inventar nada por alguna extraña razón. Y eso no le gustaba.
—Ya me cansé de esto, así que cállate y vamos a terminar aquí de una buena vez—dijo Hans de mal talante.
—Eh, vamos, no te pongas así—la albina seguía sin borrar esa estúpida sonrisita de sus labios—. Voy a pensar que el tema de verdad te afecta, si no es así ¿cuál es el problema?
—¡Tú eres el problema!
—Bueno ya, tranquilo. Si no quieres hablar de tus hermanos, cambiaremos el tema entonces.
Elsa estaba muy satisfecha, ¿quién diría que el principito pudiera perder los papeles de la nada? Al parecer había descubierto una muy interesante debilidad en su psique, pero por el momento no convenía enfadarlo. Ya averiguaría sobre eso más adelante.
—¿Tienes novia?
Hans sonrió con presunción ante la pregunta.
—¿Y eso por qué te interesa? ¿Qué? ¿Acaso te gusto?
—Como te gusta darte importancia ¿eh? La verdad es que me da intriga saber si existe alguien que te soporte en ese aspecto, porque con esa forma de ser tuya—Elsa le hizo un gesto despectivo con sus grandes orbes azules—… claro que siempre existe la posibilidad de que se interesen en ti por tu dinero o ese auto que tienes. Hay chicas muy listas.
—Disculpa, ¿ya me has visto?—el colorado se señaló a su mismo con las palmas, presuntuosamente—Aunque no tuviera un maldito centavo, las mujeres morirían por estar conmigo. Soy perfecto.
—Dios, que engreído—la platinada rió sin poder evitarlo; en su vida había conocido a alguien que fuera tan vano y ridículo como su hermanastro—¿Eso significa que sí?
—No, no me interesa tener novia, aunque podría conseguir una en el momento que me diera la gana. Tener una relación es una pérdida de tiempo, solo vives pendiente de la otra persona y te vuelves un mandilón que está todo el tiempo detrás de sus faldas. Eso no es para mí.
—¿No será más bien que ninguna chica te hace caso?
—¿No te mordiste la lengua, señorita solitaria?
—A mí tampoco me interesa tener novio, aunque no me doy esos aires de grandeza que te das tú. Simplemente estoy bien así.
—Lo que tú digas, tontita.
—¿Quién es el perro que vi el otro día al entrar en tu habitación? El de la fotografía junto a tu cama—la expresión del cobrizo se suavizó—, es muy bonito.
—Era Sitron, mi mascota. Papá me lo regaló a los seis años. Hace un año murió.
—Lo siento—la jovencita borró su sonrisa.
Era bastante triste perder a una mascota, al menos ella sabía que nunca le gustaría experimentar eso con la suya.
—Sí, fue una lástima. Era bastante mejor que esa bola de pelos que tienes.
—Marshmallow no es una bola de pelos—dijo Elsa con enfado.
—Sí lo es, lo único que sabe hacer es soltar pelo por allí y dormir todo el día. Por eso los gatos son estúpidos.
—No lo son, son bastante más inteligentes que un perro y astutos.
—¿Puedes enseñarle trucos a un gato? No, porque son idiotas.
—Son independientes, no les interesa aprender trucos para darle gusto a nadie, ellos hacen que te ganes su cariño, no al revés. Por eso es que solo pocas personas los entendemos—Elsa alzó su nariz con arrogancia—, ¿sabes? Es bastante fácil escoger a un perro como mascota, eso es lo que hace todo el mundo. Pero se necesita ser bastante refinado y especial para tener la compañía de un gato.
—¡Ay, por favor! ¡Ahora resulta que tener a esa bola de pelos te da estatus! Eso es lo más estúpido que he oído—Hans sonrió con sarcasmo—. Prefiero por mucho a un perro que a ese gato gordo y horrible.
Un pedazo de patata le dio en la cabeza.
—¡Tú eres horrible!—Elsa se había puesto de pie sobre el travesaño del taburete para atacarlo, en una actitud de lo más infantil.
Ambos se quedaron mirándose por un momento y luego, de la nada, soltaron una risa. Fue como un acto reflejo, inevitable y repentino. ¿En qué momento habían pasado de retarse a tener una estúpida discusión sobre los perros y los gatos?
Se observaron reír y después, al darse cuenta de lo que ocurría, se pusieron serios. Elsa volvió a sentarse y bajaron la vista hacia sus respectivas tareas, sorprendidos y algo abochornados por lo que había pasado. A final de cuentas, ellos se odiaban, se suponía que no debían estarse riendo juntos como dos niños.
Eso había sido de lo más extraño. Y ahora, el ambiente se había puesto muy incómodo.
No volvieron a hablar en todo el rato.
Somnoliento, Hans bajó las escaleras hasta la sala de estar, todavía enfundado en su pijama. Era plena mañana de Navidad y podía escuchar las alegres voces de su padre y su madrastra desde la mencionada estancia. Al parecer estaban más pletóricos que nunca con las fiestas.
La noche anterior, todos se habían sentado a la mesa que Idun había decorado con esmero y en la que resaltaban una bonita vajilla de porcelana y un precioso centro de mesa con adornos plateados y dorados. La cena había sido excelente, pero entre su hermanastra y él todavía reinaba esa tensa incomodidad que impedía que se miraran a los ojos después de lo sucedido por la tarde.
Por suerte los mayores no habían insistido. Adgar había dado las gracias antes de que empezaran a comer y luego se había puesto a charlar animadamente con su esposa, en una conversación en la que de vez en cuando intervenía él.
Elsa no había pronunciado una palabra mientras se encontraban allí.
Más tarde su madre había insistido en cantar villancicos, algo que el muchacho no había hecho con demasiado entusiasmo, (nunca le había emocionado la música navideña). La castaña había convencido con mucho esfuerzo a su hija para que les cantara una canción, pues según ella, a la blonda eso le encantaba de las navidades desde que era niña. Con mucha vergüenza había terminado por darle gusto, más para que la dejara tranquila que porque quisiera.
Elsa tenía una linda voz. Le había sorprendido encontrarse pensando eso mientras la escuchaba.
Fuera como fuera, todavía no se atrevían a hablarse o verse entre ellos, ni siquiera para molestarse. Como si hubieran hecho algo malo. Cuando la familia entera se había sentado a mirar una cursi película navideña, (como si la noche no pudiera ponerse más cliché), cada uno se había sentado lo más lejos posible del otro. Elsa en un extremo del sofá en donde sus padres se hallaban acurrucados y Hans en un sillón distinto.
Solo esperaba que esa mañana las cosas volvieran a la normalidad, después de abrir los regalos. Ya iba siendo hora de regresar por lo menos a matarse con las miradas, aunque la dichosa tregua siguiera en pie.
Entró en la sala de estar y le dio los buenos días a todos, siendo respondido de buen humor por su padre.
—Feliz Navidad, cariño—Idun se acercó hasta él y lo envolvió en un abrazo, que él le devolvió sorprendido. La mujer estaba envuelta en su bata de dormir, al igual que su esposo y tenía un agradable aroma a lilas, muy parecido al de su hija—. Estábamos esperándote para abrir los obsequios.
Lo soltó y fue a sentarse junto a Elsa, quien estaba cerca del árbol con semblante pensativo. Tenía su rubio cabello suelto y un camisón invernal.
—Anda, hija. Empieza a repartirlos—la animó su madre, tras lo cual la adolescente pareció salir de sus pensamientos y entonces se arrodilló frente al árbol para empezar a tomar los paquetes envueltos en papel de fantasía.
Los siguientes minutos transcurrieron en medio de felicitaciones y exclamaciones de sorpresa. Por suerte, a su padre le había encantado el reloj de oro que había escogido unos cuantos días atrás en el centro comercial. Supo que la molestia por lo del supermercado había pasado por completo cuando lo abrazo sinceramente.
Y de paso, también había elegido algo para su mujer.
—Que precioso—Idun levantó la vista del salto de cama de seda que acababa de desenvolver—, muchas gracias, cielo.
—No es nada—respondió Hans con una tenue sonrisa.
Desde el suelo, Elsa entornó sus ojos. Ella por su parte, había desenvuelto también casi todos sus regalos, todos ellos de parte de la trigueña. Un par de vestidos nuevos, un frasco de su perfume favorito, un teléfono móvil y la novela que quería. La vio retirar la vista de su hijastro para señalar uno de los pequeños obsequios que todavía quedaban al pie del árbol.
—Ese es tuyo, hija—le dijo con emoción contenida—. Adgar lo eligió especialmente para ti.
Las níveas manos de la jovencita tomaron el paquetito cubierto de papel metálico azul para descubrir una caja forrada con terciopelo, en cuyo interior había un brazalete de oro blanco con un dije en forma de cisne.
—Vaya—musitó sorprendida—, gracias—le dijo a su padrastro, quien le sonrió bondadosamente.
—Espero que lo disfrutes. Imagine que te gustaría.
Y no se había equivocado. La joya era hermosa y muy elegante pero discreta, justo como le agradaban a ella, que no solía adornarse demasiado para salir de casa. No obstante, retiró su mirada del hombre algo turbada.
No fuera a pensar que con regalitos iba a ser suficiente para que se tuvieran confianza.
—Abre mi regalo, Elsa—Hans llamó su atención de inmediato, ocultando el enfado interno que sentía al ver como su padre seguía esforzándose por darle gusto a la mocosa—, estoy seguro de que te va a encantar.
Ella lo miró con frialdad por un segundo, para luego tomar la cajita que le señalaba, sin saber que esperar.
El papel que la envolvía era de color verde esmeralda y si su vista no la engañaba, no estaba allí la noche anterior, luego de que su padrastro hubiera dejado ya todos los obsequios envueltos. El muchacho debía haber bajado después para colocarlo.
Sin mucho entusiasmo lo desenvolvió. Entonces sus mejillas enrojecieron abruptamente al sacar el contenido.
—¡Oh, Elsa!—su madre miró el presente con una enorme sorpresa—¡Qué lindo bikini! Ya era hora de que tuvieras uno, nunca te habías animado—se volvió hacia el colorado, toda ella radiante—, ¿cómo sabías que le hacía falta?
—Adiviné, a todas las chicas les gustan—Hans sonrió malévolamente y volteó a verla de nuevo—. Así podrás ir a broncearte un poco y dejarás de estar tan pálida. Igual y hasta un chico se te acerca.
La muchacha se sintió ruborizar aún más, si es que eso era posible. Por dentro estaba furiosa, indignada, avergonzada… ¡¿cómo creía que se iba a poner eso?! Ese bikini era condenadamente pequeño y no le gustaba para nada. Se lo había dado para molestarla, estaba segura.
—Tendremos que hacer un viaje a la playa para que lo estrenes, hija. ¡Muero por vértelo puesto!
Eso definitivamente no iba a pasar, se dijo ella mentalmente, haciendo a un lado las dos piezas de color azul cobalto. Prefería asarse de calor antes que usar algo así.
—Yo también tengo un regalo para ti—le dijo a Hans, todavía con sus mejillas coloradas pero con una expresión fiera en sus pupilas.
Esta vez fue el turno de él de sorprenderse, al tomar la caja alargada que le extendía. Unos días atrás, su madre la había obligado a buscar un obsequio para su hermanastro. Como agradecía no haberse arrepentido de su evidente elección para fastidiarlo y gracias a la ingenuidad de Idun, esta tampoco la había cuestionado en el momento.
Expectante, vio como el cobrizo borraba esa odiosa sonrisa del rostro y abría el paquete con la misma desconfianza que Elsa había mostrado minutos atrás. Miró como fruncía el ceño al ver la maquinilla para rasurar eléctrica que había escogido.
—Es para que te afeites—le dijo—y también, podrías aprovechar para quitarte esas patillas. Son muy anticuadas, ¿no crees? A lo mejor así puedes conseguir novia—la chica esbozó una sonrisita llena de cinismo—, porque ya sabes, a nosotras no nos gusta el pelo en ese lugar, o bueno, creo que en realidad no lo sabías. ¡Feliz Navidad, hermanito!
Hans apretó los dientes y alzó las comisuras de su boca de manera forzada. ¡Esa pequeña pulga de porquería! ¿Cómo se atrevía a decirle semejante cosa? ¡A meterse con sus patillas! Todo en él era perfecto.
—¿Ven cómo pueden llevarse bien? Ya se están preocupando el uno por el otro—Idun abrazó a la platinada cariñosamente—, así me gusta. Que estén en paz.
—Vamos a desayunar, querida. Deja que los chicos disfruten un poco de sus regalos mientras preparamos todo—le dijo Adgar, levantándose de su asiento.
A diferencia de su esposa él no lucía tan feliz. Seguramente había captado bien lo que en realidad sucedía allí. Sin embargo, se abstuvo de decir nada mientras tomaba a la sonriente castaña de la mano y la llevaba en dirección a la cocina.
Apenas hubieron salido, los dos jóvenes se fulminaron con la mirada.
—¿Una jodida maquinilla para rasurar? ¿Es en serio?—le espetó el pelirrojo.
—Mamá quería que te diera algo, si por mí fuera, ni me hubiera molestado en buscarte nada—Elsa se puso de pie con la barbilla en alto—. Y mejor ni te quejes, porque si la necesitas. ¡Esas patillas son estúpidas!
—Vuelve a repetir eso y me voy a olvidar de la tregua que tenemos para encerrarte de nuevo en ese maldito baúl—masculló su hermanastro entre dientes.
Por dentro, ella tembló de solo pensarse encerrada una vez más en el baúl, aunque su semblante siguió impasible. Iba a tener que deshacerse de esa arca y guardar su ropa de cama en otro sitio.
—Ay como sea, de todas maneras no esperaba que la usaras—Elsa recogió sus cosas y se empezó a marchar con elegancia—. ¡Y ni pienses que me voy a poner esta cosa!—añadió, tomando el bikini entre su pulgar y su índice y agitándolo en el aire con irritación.
—Da igual, de todos modos dudo que lo llenes—replicó Hans con descaro y ella abrió la boca ofendida.
¡El muy imbécil! Airada, subió a su habitación.
—¡Feliz Navidad, Elsa!—la mencionada no tuvo tiempo de reaccionar cuando su mejor amiga prácticamente se abalanzó sobre ella para darle un abrazo, que ella le devolvió de manera atropellada.
Anna apretaba bastante fuerte para ser tan pequeñita.
—Gra-gracias A-Anna—respondió sin aliento—, Dios, estás apretándome.
—¡Oh, lo siento!—la pelirroja la soltó sin dejar de sonreír.
Elsa había acudido a The Lucky Cat para encontrarse con ella y con Olaf, con quien hasta hace rato se hallaba sentada en una de las mesas tomando sendos vasos de chocolate caliente. La colorada, impuntual como siempre, acababa de irrumpir en el lugar bastante contenta.
—¡Feliz Navidad a ti también, Olaf!—le deseó al azabache, agachándose para abrazarlo también en su silla.
—Feliz Navidad, Anna—le dijo él divertido y aceptando su abrazo con gusto—. Qué bueno verte.
—¡Lo mismo digo!—la pelirroja se sentó con ellos y puso su bolso en la mesa—De hecho, les traje un pequeño obsequio, ¡lo hice especialmente para ustedes!
—Oh Anna, no debiste—le dijo la rubia con una leve sonrisa.
—Tonterías, ustedes son mis mejores amigos—repuso ella sacando de su bolso dos paquetitos cuidadosamente envueltos con papel celofán transparente y atados con listoncitos rojos. En el interior de cada uno podían apreciarse unas cuantas galletas de jengibre con formas navideñas—, ¡espero que les gusten! Mamá me ayudó a hornearlas.
—¿Esta vez no incendiaste la cocina?—preguntó Olaf con diversión, mientras aceptaba su paquete y empezaba a abrirlo.
—¡Claro que no! ¿Por qué crees que mi mamá se ofreció a ayudarme?—repuso la pecosa, tomando el chocolate que previamente habían ordenado para ella.
Elsa abrió sus galletas con algo de recelo y tomó una en forma de copo de nieve para llevársela a la boca, dubitativa. Quería mucho a su amiga, pero ella no destacaba especialmente por ser una buena cocinera. Sus ojos verdosos vieron con expectación como mordía la galleta y la masticaba.
—Mmm… está muy rica, Anna—la albina sonrió después de tragar—. En serio. Has mejorado bastante.
—Tiene razón, esta vez no saben a quemado—coincidió Olaf después de haberse zampado una con la forma de un muñeco de nieve—, te felicito, Anna.
—¿De veras lo creen?—la pecosa los miró ilusionada—Porque… también hice unas para Kristoff—nerviosa, jugó con una de sus trenzas—, y en serio, en serio me encantaría que a él le gustaran. Lo menos que quiero es enfermarlo del estómago.
—Estoy segura de que le van a encantar—le dijo la platinada, vaciando sus galletas en un platito para disfrutarlas con su chocolate.
—Sí y de paso a ver si ya capta la indirecta de que le gustas. Más obvia no puedes ser—añadió el pelinegro siguiendo el ejemplo de Elsa.
—¡¿En serio soy tan obvia?!—la chica se ruborizo completamente.
—Ay Anna, prácticamente todos sabemos que te gusta menos él. Tienes suerte de que sea tan despistado.
Anna emitió un chillido extraño y ocultó la cara entre sus manos, haciendo reír a sus amigos. Se veía muy abochornada.
—No te pongas así, Anna. No tienes nada de lo que avergonzarte—trató de reconfortarla su amiga.
—¡¿Cómo qué no?! ¡Estoy apenadísima! ¿Y si en realidad si se dio cuenta y solo le parezco una loca?
—Kristoff jamás pensaría eso de ti—Elsa le tomó uno de sus hombros con suavidad y la escuchó chillar de nuevo—, si te hace sentir mejor… no vas a creer lo que me sucedió antier. Fue la cosa más vergonzosa por la que he tenido que pasar—le dijo, recordando su incidente en el supermercado.
Hablar con sus amigos le ayudaría a desahogarse y de paso, distraería a la cobriza.
—¿Hablas de tu pelea en el supermercado con Hans?—inquirió Anna, todavía ocultándose tras sus palmas.
—Sí… ¡espera, ¿cómo sabes?!—le preguntó alarmada.
—Eh… Elsa—Olaf atrajo su atención y en menos de un minuto, él buscó algo en su teléfono y se lo extendió para mostrárselo.
La pantalla mostraba un vídeo de Youtube que ya contaba con un buen número de visitas y se titulaba, Idiotas en el supermercado causan destrucción LOL. Con horror, la blonda se miró a si misma con su hermanastro durante aquel fatídico día, tirando cosas a su alrededor y tumbando todas esas botellas de soda. ¿Así de ridículos se habían visto? Se sintió peor cuando una pelirroja muy conocida y de cabello rizado apareció en escena, gritándoles de todo.
—No… no me jodas—musitó la joven por lo bajo.
Aquello no podía estar sucediendo.
—Je je je, si regresas hasta el minuto 1:23 se puede ver como pateas a Hans una y otra vez y él hace un sonido extraño—Anna oprimió un punto en la pantalla con su dedo y rió estúpidamente, olvidándose de su propio bochorno—, ¡ja! ¡Alguien debería hacer un remix con eso!
—¡¿Pero quién demonios subió esta cosa?!—Elsa gritó escandalizada, atrayendo la atención de varios clientes alrededor.
—Debió ser alguien que estaba aquel día—Olaf le quitó el teléfono para mirarlo—. La verdad es que es muy gracioso—comentó riendo.
—No, no, no, no, esto no está bien, no, ¡no!—la rubia se llevó las manos a la cabeza y negó como loca—¡Mi vida está arruinada!
—Cálmate Elsa, peores cosas han subido a la web—le dijo su amigo—. Además deberías leer los comentarios, ¡a la gente le encantó!
—Mátame por favor—la platinada se dirigió a su amiga.
—Vamos Elsa, Olaf tiene razón, no es tan malo.
Una conocida castaña ingresó en ese momento a la cafetería, dando saltitos y cargando un bolso. Llevaba enroscada en la mano una pequeña correa que iba a perderse en el interior de este último.
—¡Hola muchachos!—los saludó Rapunzel al llegar hasta su mesa—¡Feliz Navidad! Qué bueno que están aquí, venía por un café para llevar pero ya que los encontré, ¡me quedo!—se sentó campechanamente junto a Anna, quien la observó con los ojos entrecerrados—¿Ya no trabajan en la juguetería? No los veo por allí desde ayer.
—No, ya no trabajamos allí—dijo la pelirroja con desdén—. Afortunadamente solo era un trabajo temporal.
—Qué mal, se veían tan lindos con sus disfraces de elfo, en especial tú Anna, ¡hasta te tomé varias fotos!—los orbes turquesas de la mencionada se abrieron con incredulidad al escucharla. Rapunzel sacó su móvil del bolsillo para mostrarle—Mira, aquí estás tú a la entrada de la juguetería, y tú con unos cuantos niños, y aquí estás rascándote porque el gorrito te daba comezón… ¡eres tan adorable!
Anna enrojeció y apretó los dientes.
—Ay por cierto, ¡me encantó tu vídeo, Elsa!—exclamó la trigueña de repente, volteando a ver a la aludida y sin darse cuenta de la forma amenazante en que era observada por la colorada—¡Jamás había imaginado que se pudiera tener tanta diversión en el supermercado!
—No, tú también—musitó la albina con desesperación.
—No sabía que tú y Hans hicieran vídeos de humor, ¡son súper graciosos! ¡Ya quiero ver el siguiente!
—No era un vídeo de humor—intervino Olaf, sin reparar demasiado en el gesto mortificado de la muchacha—, sucedió de verdad.
—¡Eso lo hace aún mejor!—afirmó Rapunzel con una gran sonrisa—Ustedes sí que tienen talento, deberían subir vídeos de todas sus peleas a la red, ¡serían famosos! Cuando regrese a casa, lo primero que voy a hacer será enviarle ese vídeo a Kristoff, ¡apuesto a que le encantará!
—No, por favor—murmuró Elsa.
—Ejem… y hablando de él, ¿no sabes si se va a pasar hoy por aquí? Ayer le comenté en un mensaje que tal vez vendríamos por si quería alcanzarnos, pero nunca contestó—dijo Anna, disimulando repentinamente su enojo y jugando con los cordones de sus orejeras de panda.
—¿Kristoff? No, él ni siquiera está en la ciudad. Salió desde ayer con sus padres y su abuelo. Debieron irse a pasar la Navidad a otro lado—dijo Rapunzel despreocupadamente—Uh, galletas—tomó un puñado de galletas de jengibre del platito del azabache y se las zampó golosamente.
Anna la miró con un tic en el ojo.
—Mi vida está arruinada—repitió Elsa acongojada, al ver como su flamante vídeo volvía a repetirse desde el móvil de su amigo.
—Para nada. Al menos no subieron fotos de ti desnuda—trató de razonar el chico—, eso sí habría sido terrible.
—¡Oigan! ¿Ya vieron a Pascal?—Rapunzel abrió su bolso con entusiasmo y metió la mano para sacar algo.
Pronto, estuvo colocando en la mesa un pequeño reptil que se puso a caminar por toda la superficie. Llevaba un diminuto suéter tejido con estambres de colores y encima un arnés al que se abrochaba la correa que llevaba en la mano.
—¡Ay, ¿qué es eso?!—Anna se pegó con espanto a su silla y miró al animal con ojos desorbitados.
—¡Es mi camaleón!—respondió la castaña con orgullo—Lo saqué a pasear hoy para que disfrutara un poco de la nieve, porque no le gusta estar encerrado. Claro que no podía salir sin abrigarse, es tan delicado—lo acarició con ternura—, yo misma le tejí su suéter. ¿Verdad qué es único?
—Creo que aquí no se permiten animales—fue todo lo que pudo decir Elsa, mientras observaba al reptil con cara de póquer.
Justo cuando pensaba que esa chica no podía ser más rara, hacía o decía algo que superaba sus expectativas.
—Bueno, ¿y por qué nadie vendrá a tomarme la orden? Como que les falta personal el día de hoy, está muy lleno aquí para ser Navidad—se quejó la morena, volviendo a tomar otra galleta del plato de Olaf y dándole un sorbo al chocolate de Elsa—, en serio. Oigan ¿y qué fue lo que les obsequiaron hoy? A mí me dieron pinturas nuevas, ¡voy a hacer un mural en mi habitación!
En ese momento, Pascal trepó por el brazo de Anna y esta soltó un chillido.
—¡¿Q-Q-Qué está haciendo?!—exclamó ella.
—Oh Anna, ¡le caes bien a mi mascota! ¡Mira cómo te ve!
El camaleón la observaba penetrantemente. Anna tragó saliva.
—Descuida, no hace nada. Solo quiere conocerte.
La pelirroja balbuceó asustada, sin estar segura de que ella quisiera conocerlo a él. El animal siguió reptando hasta su hombro en donde finalmente, se detuvo ante la vista de la paralizada chica. Por un instante, los dos se observaron fijamente.
Pascal sacó su lengua en un movimiento rápido y le tocó la mejilla. Anna gritó y empezó a sacudirse, llamando de nuevo la atención de quienes los rodeaban.
—¡Quítenmelo! ¡Quítenmelo! ¡Dios mío, ayúdenme por favor!
Elsa alargó su mano rápidamente para tomar al camaleón y devolvérselo a su dueña, quien lo recibió algo impresionada.
—Cielos Anna, no sabía que fueras tan interesante para los reptiles—dijo Rapunzel y después alzó a su mascota hasta su rostro para acariciarle con la mejilla—¡Ahora tienes una nueva amiga, pequeñín!
La pecosa jovencita se quedó temblando en su asiento, al borde de los nervios. Sus amigos sabían que a esas alturas, era un milagro que no se hubiera abalanzado sobre la castaña.
Los siguientes minutos transcurrieron con Rapunzel hablando animadamente, Olaf contestándole y Elsa picando una que otra galleta, sin dejar de pensar en su condenado debut en la web. Anna le lanzaba miradas muy serias a la primera y de vez en cuando veía a su mascota de manera temerosa.
—Eh… voy a la barra por otro chocolate—dijo la rubia, al ver que Rapunzel había acabado por completo con su bebida.
—¡Y pides que me traigan un café, por favor!—le dijo esta al ver que se levantaba.
Elsa caminó hasta la barra donde un muchacho con gorra se encontraba sirviendo varias tazas de café a los comensales que ahí se encontraban. Se sintió ruborizar cuando Tadashi le sonrió al verla.
—Te ves muy atareado—le dijo al llegar, rogando por contener sus nervios.
—Lo estoy, hoy solamente estamos yo y mi tía. Le dimos el día libre a los meseros y Hiro se ha resfriado—explicó el asiático—, no pensábamos que se fuera a llenar el café. Como es Navidad. Por cierto, Feliz Navidad.
—Feliz Navidad a ti también—Elsa le devolvió una pequeña sonrisa.
—¿Todo bien? ¿Te ofrezco algo?
—Otro chocolate caliente y un café, por favor.
—Enseguida te los doy.
La joven lo miró volverse para preparar las bebidas.
—Qué pena que tengas que trabajar el día de hoy—le dijo—, en plena Navidad.
—Es una lástima pero es necesario, estamos ahorrando dinero para renovar la cocina de la cafetería—él la miró por encima de su hombro con otra sonrisa—, por suerte el día de hoy me he topado con algo que me ha alegrado el día.
—¿Ah sí? ¿Y se puede saber qué es?
Tadashi volvió a la barra con las bebidas y se sacó el móvil del delantal.
—Esto—la platinada descompuso su expresión cuando lo vio poner en la pantalla el maldito vídeo que desde ese día, prometía no dejarla en paz.
—¡¿Es qué todos han visto esa maldita cosa?!
—A mí me parece gracioso—rió el chico, despegando sus ojos del teléfono para mirarla—. Te ves linda. Hasta con el cabello lleno de crema batida. Deberías considerar subir más vídeos a Internet—le acercó la bandeja con el café y el chocolate—, eres tan bonita que la cámara te adora.
Elsa sintió como el rubor de sus mejillas se incrementaba y una cálida sensación en el pecho. Antes de que pudiera pensar en algo que responderle, Tadashi se volteó de nuevo para servir en la taza de uno de los clientes cercanos que lo llamó.
Ella se quedó en parada donde estaba, con una sonrisa tonta en el rostro.
—Oye, me preguntaba si tenías algún trabajo que pueda hacer aquí para que mi exigente madre cierre la boca de una vez por todas. Lavar los platos, barrer el suelo… cualquier cosa estará bien…
—Lo siento, Mérida. Creo que no quedan vacantes, pero podría preguntarle a mi tía…
Elsa se congeló al escuchar como el muchacho pronunciaba aquel nombre y salió de su mundo de ensueño. Lentamente volteó hacia la izquierda y se topó con una enorme mata de cabello rojo y desordenado a un metro de ella. Como si presintiera su presencia. Mérida imitó su gesto desde el extremo de la barra y sus ojos celestes se ensancharon, primero con sorpresa para después entrecerrarse amenazadoramente.
La joven tragó saliva.
—¡Tú!—temerosa, Elsa vio por el rabillo del ojo como el asiático desaparecía tras la puerta que llevaba a la cocina y se sintió desfallecer.
Mérida se acercó hasta ella sigilosamente y la albina apretó sus manos sobre la bandeja que aun sostenía.
—Nos volvemos a ver, princesita. ¿Dónde dejaste al muñequito de plástico, eh?
—Ah… ehm… y-yo… —Elsa se mordió el labio inferior.
La mano delgada de la pelirroja se cerró sobre su hombro como una tenaza, con más fuerza de la que sugerían sus delicados dedos.
—Acompáñame afuera, rubia. Vamos a hablar.
Antes de que pudiera hacer o decir nada, Elsa se vio arrastrada al exterior, quedando la bandeja sobre la barra. Un viento frío le acarició el rostro apenas se encontraron frente a la fachada de The Lucky Cat. Los ojos de su compañera estaban siniestramente ensombrecidos.
—Oye, Mérida—intentó hablarle en un tono razonable y tranquilo—, sobre lo del otro día, quería decirte en persona que realmente lo lamento. Estuvo mal, muy mal. No sé lo que pasó, perdí el control. De verdad, lo siento mucho. Comprendo si te sientes molesta…
—¿Molesta yo? ¿Y por qué habría de estar molesta?—la chica se le acercó sin quitar ese gesto intimidante de su rostro que la hizo sentirse pequeña—¿Solo por qué dos idiotas se metieron en mis territorios y causaron un desastre que yo tuve que limpiar? O quizá porque mi madre volvió a darme un sermón al enterarse de que me despidieron…
—No… no sabía que te habían despedido…
—Oh sí, el gerente del supermercado no es una persona muy paciente que digamos. Dime, ¿sabes lo que es que un viejo como ese te grite a la cara después de un largo día de trabajo? Aunque supongo que a ti nadie te ha obligado jamás a buscar ningún miserable empleo…
—Lo siento mucho, Mérida. De verdad, no sé que más decirte. Si pudiera hacer algo para remediar las cosas, créeme que lo haría. No quería causarte problemas…
—Ay Elsa—la colorada sonrió sarcásticamente y levantó una mano a la altura de su rostro, provocando que la aludida se tensara, pero lo único que hizo fue darle unas palmaditas en la mejilla—, Elsa, Elsa, Elsa. Siempre tan linda y correcta, por eso le encantas a todo el mundo. Crees que las cosas se arreglan mágicamente con tu carita de muñeca y una disculpa, ¿no?
La blonda parpadeó confundida.
—Déjame contarte algo, Elsa—la mano de Mérida volvió a posarse sobre su hombro, ejerciendo una incómoda presión—. Sé lo que seguramente estás pensando de mí. Que soy ruda, mala, una bruta a la que le gusta ir por allí golpeando a todo el mundo…
—¡No, no! Yo no pienso eso, de veras…
—… y a mí no me gusta en realidad—Mérida interrumpió sus nerviosas palabras—, ósea, ¿crees que me encanta ir por la vida desgastándome los puños con la gente que es estúpida y todo eso? No rubita, para nada. Es solo que a veces no me queda de otra—incrementó la fuerza de su agarre y Elsa se volvió a morder el labio para reprimir un quejido—, estoy bajo mucha presión, ¿sabes? Mucha presión. No solo tengo que arreglármelas con el equipo de fútbol y la escuela. Mi absorbente madre también quiere que tenga un empleo a como dé lugar. Como si no fuera bastante con cuidar a mis infernales hermanitos, ¿alguna vez has tenido que encargarte de tantas responsabilidades?
—N-no… creo que no…
—No, por supuesto que no. Ya me lo imaginaba, digo mírate, eres toda una princesilla ¿eh?—los ojos claros de Mérida la miraron de arriba a abajo con gesto despectivo—Entonces, ponte en mi lugar por un segundo Alteza. Estoy un día como cualquiera cumpliendo con mi deber, ayudando a la gente y tratando de darle gusto a mi madre, como se supone que haga una buena hija. Y de pronto, llegan dos papanatas al maldito sitio donde trabajo y se comportan como dos malditos infantes de preescolar, destrozando un maldito pasillo entero en menos de cinco minutos. Pasillo que había limpiado esa misma mañana.
Elsa suspiró. Ni como negarle la razón.
—Y como si eso no fuera suficiente, el gerente decide que yo tengo la culpa y me despide. Me la armaste en grande con el principito, ¿comprendes?
—Y de nuevo te digo que lo siento. Mira Mérida, no sé que más esperas que haga…
—Y luego de todo eso, viene la cereza del pastel. ¡Ese estúpido vídeo gracias al cual, ahora todos me ven como si fuera una jodida bruja que no hace otra cosa que gritar!
Los orbes de Elsa se abrieron como platos.
—¡Eso no es mi culpa! Yo no fui quien lo subió—trató de excusarse—, también me siento muy avergonzada por él. De hecho, creo que yo he quedado más en ridículo que tú con ese vídeo en realidad. Así que…
—¡Así que nada!—espetó Mérida—Creo que ya te quedó muy claro que después de todo, no solo es justo que te haga pagar por todo lo que tú y ese principillo de segunda me hicieron pasar, sino necesario. ¡No pueden ir por ahí haciendo sus estupideces sin tener su merecido!—la muchacha la soltó haciendo crujir sus nudillos.
—¿Necesario? ¡No, no, no, espera! ¡Podemos hablarlo!
—No te pongas a lloriquear, prometo que será rápido. Ni siquiera te voy a tocar tu carita de Barbie, pero sí te va a doler. Así que no grites, no te muevas, no trates de correr…
—¡Mérida, por favor!
La puerta de la cafetería se abrió de golpe.
—¡Hey, ¿qué está pasando aquí?!—exclamó Anna estridentemente—¡Tú! ¿Qué le haces a mi amiga?
—Esto no es contigo, enana. No te entrometas—le soltó Mérida.
—¡Pues sí me entrometo!—Anna se acercó a ella con las manos en las caderas. A sus espaldas, Olaf y Rapunzel miraban la escena con sorpresa—¡Es mi amiga a la que estás amenazando y si no la dejas en paz, tú y yo tendremos un serio problema!
—¡Eso me gustaría verlo, trenzuda!
—¡Estoy lista para ti! ¡Solo ponme a prueba, melenuda!
—¿Melenuda? ¡Al menos yo no estoy usando esas estúpidas trenzas!
—¡Uy, ahora sí!—Anna arrojó sus orejeras al piso con violencia—¡Ven aquí! ¡Tú y yo tendremos un enfrentamiento de mujer a mujer!
—¡Sí, sí! ¡Pelea de pelirrojas!—Rapunzel pateó un par de botes de basura cercano, tirando su contenido al piso y luego se puso a dar saltitos con las manos vueltas en puños—¡Vamos! ¡Es hora de que se pateen el trasero!—apuntó hacia ellas con su dedo índice y cual presentadora de un ring, se puso a vociferar—¡La que gane decidirá el destino de Elsa! ¡Y la que pierda cargará con el estigma de la humillación hasta el final de los tiempos!
Elsa la miró horrorizada. Lo que menos quería era que se desatara una pelea justo frente al café de Tadashi y la castaña no hacía más que avivar el fuego. Ahora sí se había metido en un buen lío.
—¡Voy a dejarte tan adolorida, que cuando acabé contigo vas a desear colgarte con tus ridículas trenzas!
—¡Mejor deja de hablar y ven para que acabe de patearte el culo de una vez por todas!
—¡Sin compasioooooooón!—chilló Rapunzel exaltada, ignorando al azabache que trataba de contenerla para que no siguiera incentivando a esas dos.
Justo cuando las coloradas estaban por abalanzarse la una sobre la otra, la puerta se volvió a abrir mostrando a Tadashi con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa aquí? ¿Por qué se están peleando?—demandó con un tono autoritario de voz.
—No nos estamos peleando, solo íbamos a charlar—se apresuró a mentir Anna, mostrando una sonrisita de inocencia.
—Sí Hamada, la enana y yo solo estábamos hablando—Mérida le siguió la corriente, ocultando sus puños tras la espalda y volviendo a crujir sus nudillos.
—Pues no es lo que parece, no quiero problemas aquí—les dijo el muchacho a manera de advertencia—. Márchense todos a sus casas. En especial ustedes dos—se dirigió a las pelirrojas.
—Oh, vamos—se quejó Anna.
El joven tomó un par de tapas de los botes que previamente había pateado Rapunzel y los chocó entre sí, como si tratara de ahuyentar a unos gatos rabiosos.
—¡A sus casas! ¡Ahora! ¡Y dejen de pelear!
Mérida entornó sus ojos y volvió a mirar amenazantemente a la cobriza y luego a la rubia.
—Da igual, de todos modos ni quería trabajar aquí. Ya terminaremos con esto después—se marchó arrogantemente, colocándose la capucha verde de su parca sobre su voluminoso cabello.
Tadashi dejó las tapas en el suelo.
—Quien quiera que haya hecho este desastre, mejor póngase a recogerlo—ordenó, antes de volver a entrar en su cafetería tras darles otra mirada reprobatoria.
Rapunzel se apresuró a poner en orden la basura.
—Vaya chicas, parece que ahora sí que están en problemas—murmuró Olaf rascándose la nuca—, esa muchacha es de armas tomar.
Elsa suspiró pesadamente. Se sentía terriblemente avergonzada por la escenita que habían armado allí, ¿qué pensaría Tadashi de ella? Los problemas no se le terminaban.
—¡No te preocupes, Elsa! Sea cual sea la razón por la que te estaba amenazando esa bravucona, yo te protegeré. ¡Ahora esto es personal!—exclamó su mejor amiga mientras formaba un puño con su mano derecha y golpeaba su palma izquierda.
—¿Vieron su cabello? Era un desastre—canturreó la morena, terminando de acomodar los basureros de manera torpe.
—Sí, se veía como el tuyo cuando lo usabas tan largo como una indigente.
—Ja ja ja ja, ¡qué cosas tan graciosas dices, Anna!
La platinada simplemente volvió a suspirar. Algo le decía que tendría que cuidarse las espaldas más que nunca de ahí en adelante.
Nota de autor:
Hola, hola, ¿cómo andamos? ¿Listos para empezar la semana?
Yo les traje su dosis de Helsa, para que puedan comenzar con toda la actitud. Porque nunca se tiene suficiente de estos dos, ¡nunca! e.e Y además, el capítulo de hoy vino con varias sorpresas como lo dice el título.
Habrán notado la inclusión de un nuevo personaje aquí. Según la novela A Frozen Heart (la cual yo no he leído), Lars es uno de los hermanos de Hans y el único que se comporta decentemente con nuestro pelirrojo. Como la información que tengo acerca de él es nula y en Internet no encontré demasiado, la caracterización que hice se toma muchas licencias y tan solo coincide con mi imaginación. Sin embargo me pareció interesante incluirlo y verán que más adelante jugará un pequeño papel en esta historia, o al menos es lo que tengo planeado hasta ahora. Así que díganme, ¿qué piensan? :3
Por otra parte, la entrega de hoy también vino cargada de cierto ambiente navideño. ¿Qué les parecieron los regalos de Hans y Elsa? xD ¿Y esa pequeña escena en la cocina? Como que no se llevan tan mal como piensan, nada más que se hacen los difíciles estos niños. Aparte su debut en la web fue todo un éxito. Y como ven también hay cierta pelirroja que no olvida. D:
Tengo algo muy especial preparado para el capítulo que viene, así que les prometo muchas risas y más tensión entre los queridos Helsa. ;D
Ari: Como siempre, gracias por tus comentarios, eres uno de mis más valiosos apoyos. ¡Sigo buscando esos momentos de debilidad para ti! Mientras tanto, espero que de verdad disfrutes la historia. ;)
Tengan una semana genial, pórtense mal y déjenme amor con sus reviews. x3
