Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
» • » Bajo El Mismo Techo « • «
8
Viaje de improviso
Una animada canción de David Guetta resonaba a todo volumen desde sus audífonos mientras Hans corría por el parque, enfundado en su traje deportivo negro. Mejor era empezar a quemar todas las calorías que había consumido en Nochebuena y Navidad, antes de que las mismas le pasaran factura a su bien esculpido cuerpo. Jadeando, terminó de dar otra vuelta y le echo un vistazo al smartwatch que lucía en su muñeca; un regalo de su padre junto con el costoso iPad que también había recibido de parte suya por la mencionada fecha, más los jeans de marca y otras prendas que le había obsequiado su madrastra.
Aquella mañana hacía un frío de los mil demonios, como era de esperarse por la época, pero el pelirrojo jamás había dejado de lado su rutina deportiva, especialmente en la temporada decembrina. Odiaba engordar, así fuera un solo gramo.
Desde el otro extremo del parque y por el mismo sendero por el que estaba trotando, una muchacha se acercaba sosteniendo tres correas en su mano.
La mirada esmeralda del joven se agrandó conforme la chica se iba acercando. Y es que ahora que la veía con más detenimiento, estaba resultando no ser otra que esa bruja de cabello alborotado que los había amenazado a Elsa y a él en el supermercado. El mundo era un pañuelo.
La pelirroja llevaba puesto un atuendo para hacer deporte similar al de él, de color violeta y con pequeños detalles rojos, e iba montada encima de una patineta. Las correas que llevaba enroscadas en su muñeca derecha no atajaban a ninguna mascota, sino que iban a parar a unos arneses que se sujetaban a la espalda de tres niños pequeños, todos ellos iguales y con el cabello tan desordenado y de un color tan encendido como el de ella. Los chiquillos paseaban como si de unos cachorros se tratara y al parecer eran muy hiperactivos, cosa que la mayor aprovechaba para desplazarse.
Hans entrecerró sus ojos ante tan bizarra escena y Mérida hizo lo mismo al estar lo suficientemente cerca como para reconocerlo también, moviendo las correas para que los niños se detuvieran. Su cara infantil y llena de pecas se tornó amenazadora.
—Vaya, vaya, miren a quien tenemos aquí. Pero si no es otro que el principito de porquería en persona. Parece ser que este es mi día de suerte.
—Bueno, pero si es la inepta del supermercado. ¿Qué estás haciendo? ¿Te echaron de ese lugar y ahora te dedicas a pasear mocosos?—Hans levantó una comisura de sus labios con burla—Y yo que pensaba que no había nada más patético que ese empleo de mierda que tenías.
La expresión de la colorada se tornó furiosa por un par de segundos y luego regreso a ser amenazante.
—Para que lo sepas, estoy cuidando a mis hermanitos. Pero eso no significa que no pueda dedicar unos minutos de mi tiempo a borrarte esa estúpida sonrisa del rostro—Mérida se bajó de la patineta y luego se acercó a un poste en donde ató fuertemente las correas, algo pese a lo cual los niños continuaron saltando y correteando alrededor, como si tuvieran exceso de energía—, he estado deseando hacer esto desde que gracias a ti y a esa Barbie de segunda, ¡me despidieron de mi empleo! El cual aunque era una basura, al menos me servía para hacer que mamá se callara un rato. ¡Ahora ella no deja de presionarme de nuevo y todo es culpa de ustedes!
—Ajá, y eso debería importarme porque… —el cobrizo se cruzó de brazos y arqueó una de sus cejas con indiferencia.
—¡Porque es la razón por la cual voy a arruinarte a golpes tu cara de playboy! ¡Estúpido!
Hans se echó a reír. ¿Qué esa idiota iba a agarrarlo a golpes? ¿A él? Bueno, al menos le había alegrado la mañana con sus tonterías; con lo que le encantaba burlarse de la gente patética.
—Mira, mejor quítate de mi camino y deja de hablar mierda. Si bajas el tono de tu voz y ocultas tu cabello, tal vez te acepten para vender hamburguesas en McDonalds, o lo que sea. Piérdete, engendro.
Echo otro vistazo a su reloj y estaba por ponerse a trotar de nuevo, cuando un fuerte impacto en su hombro lo hizo soltar un alarido.
—¡¿Qué demonios?!—observó a Mérida frente a él, quien tenía un puño alzado—¡¿Acabas de golpearme, pequeña basura?!
—¡Apenas estoy empezando, imbécil!—Hans sintió otro golpe terrible en el pecho y apenas tuvo tiempo de reaccionar, levantando su palma para frenar el siguiente derechazo de esa demente.
—¡Hija de…!—esquivo otro puño—¡Basta! ¡Basta, maniática de mierda! ¡No me hagas repetírtelo!
—¡Cállate! ¡Sé un hombre y acepta la paliza que te has ganado!—bramó la joven, intentando soltar sus puños de su agarre—¡Te voy a romper la cara, inútil!
— ¡Maldita loca, apártate de mí!
Tras forcejear un par de segundos, Mérida consiguió soltarse y le devolvió una mirada furibunda a los ojos verdes que la estaban fulminando. El imbécil era mucho más alto estando los dos así de cerca. Y también tenía carácter.
—¿Sabes, idiota? Al menos tú no te pones a lloriquear como esa princesita de Sorensen; la muy cobarde. Pero ni así te vas a escapar de la paliza que te voy a dar, ¿entendiste?
—Vete a la mierda—le espetó Hans—, ¿a qué carajos te refieres con que Elsa estaba lloriqueando? ¿Qué le hiciste?
—Nada—los ojos azules de la chica lo miraron despectivamente—. Su amiguita trenzuda llegó para rescatarla, sino le habría pateado bien ese huesudo trasero suyo.
—En serio, vete al carajo—le dijo Hans—. Si te vuelves a acercar a mí, voy a hacer que te arrepientas, ¿me oíste?
—Ahora te pones a amenazar a una chica, solo eso te faltaba. Imbécil—Mérida crujió sus nudillos, entendiendo que no sería tan fácil golpear a ese mequetrefe. No solo le llevaba ventaja en peso y altura, sino que al parecer se sabía defender. Tendría que cambiar de táctica—. ¡Ni creas que esto se va a quedar así!
Antes de que el colorado pudiera marcharse, Mérida extendió una mano hasta el poste y desató las correas de los trillizos con un solo movimiento.
—¡Chicos, a él!—ordenó, cual si de sabuesos se tratara.
Los orbes de jade frente a ella se abrieron con espanto un segundo antes de que los pequeños se abalanzaran furiosamente, logrando derribar al orgulloso muchacho.
—¡Quítense de encima, mocosos!—gritó Hans tratando de apartarlos—¡Maldita sea!
Los niños se habían enzarzado en una enérgica batalla con él, arañando y golpeando con sus manitas todo lo que tenían a su alcance. Era como tener a un montón de gatos roñosos encima.
—¡Discúlpate por lo que hiciste! ¡Discúlpate o haré que sea peor!
—¡Nunca!—Hans la miró desde el suelo con furia—¡Nunca me disculparé! ¡Eres una maldita bruja y me alegro que te hayan despedido de ese patético sitio! ¡Engendro de cabello desastroso!
Mérida sintió como la sangre le hervía. ¿Cómo se atrevía ese infeliz a hablarle de esa forma? ¿Qué no sabía quién era ella? Lo observó, con los puños apretados. El semblante arrogante, la sudadera deportiva levemente húmeda por el sudor, el pelo desordenado… para ser un imbécil de mierda, el principito sí que estaba bueno. Eso ni ella lo podía negar.
—¡Aléjense de mí, malditos niños!
—¡Alto!—Mérida volvió a tomar las correas de sus hermanitos—Ya está bien, chicos.
Los trillizos se quitaron de encima del muchacho y volvieron a corretear entre sí, tanto como el agarre de su hermana se los permitía.
—Tienes agallas, idiota. Te lo reconozco—Mérida sonrió altaneramente cuando la mirada verdosa del cobrizo se posó en ella con odio—, cualquier otro se hubiera disculpado apenas lo tocara. ¿Sabes a cuántos de tu tamaño he derribado?
—Jódete, loca. ¡Más te vale que esos mocosos no me hayan estropeado el reloj!
—Sí, definitivamente tienes agallas—la muchacha borró su sonrisa y se puso seria de repente.
Nadie nunca se había atrevido a hablarle así. Demonios, incluso había roto a patadas un par de culos por menos que ese comportamiento. Sin embargo, de repente todo era distinto con ese cretino. Ella nunca se había sentido atraída por los chicos, pensaba que eso era algo estúpido para niñitas enamoradizas, (como esa tonta de la trenzuda, que estaba que perdía el suelo por ese chico de último año, Bjorgman); pero ahora que miraba más de cerca al muñequito de plástico, la verdad es que definitivamente no estaba de mal ver.
Cualquier imbécil que tuviera la suficiente osadía como para enfrentársele debía ser lo bastante interesante como para reconsiderar ciertas cosas.
—¡Hey!—Hans se quejó cuando ella volvió a agacharse para golpearle en el hombro.
—No eres tan debilucho como aparentas, eso me agrada—dijo Mérida—. ¿Sabes? Cambie de opinión, ya no quiero apalearte, de todos modos ese empleo sí que era una basura. Pero mejor no te vuelvas a meter conmigo, sino quieres que te deje peor que ahora—sonrió con petulancia y volvió a subirse a la patineta—. Nos vemos luego, principito. Salúdame a esa Barbie de quinta—movió las correas, igual que si fueran las riendas de un caballo—¡Vámonos!
Los trillizos se pusieron en marcha, arrastrando a su hermana tras ellos. Hans se quedó mirándolos con una expresión entre molesta y extrañada.
"Nos veremos luego una mierda, maldita loca", pensó él con resentimiento, en tanto se incorporaba del suelo. Le dolía todo. Esos niñitos de porquería sí que pegaban tan duro como su hermana. Más les valía no volver a cruzarse en su camino porque entonces lo iban a lamentar.
Bufó, sacudiéndose el polvo de sus prendas deportivas y decidió que ya había sido suficiente ejercicio.
Regresaría a casa a darse una buena ducha, desayunar algo y tal vez espiar un poco a Elsa. A veces la rubia se sentaba a leer frente a la chimenea de la sala de estar y no se daba cuenta de nada de lo que pasaba a su alrededor. Hacía unos gestos muy graciosos cuando leía, como si de verdad se metiera en una de esas aburridas novelas que tanto le gustaban. Y él no sabía porque, pero verla era divertido, además de que no tenía gran cosa que hacer en su hogar.
Cansado, emprendió el camino de vuelta.
Ese día, la clientela de The Lucky Cat era más reducida que de costumbre, por lo cual los tres amigos que habían decidido encontrarse allí de nuevo se disponían a almorzar con más comodidad que la vez anterior.
Había costado un poco convencer a Elsa de regresar al acogedor cafecito, a pesar de que casi había transcurrido una semana desde el incidente de la casi pelea entre su mejor amiga y la otra pelirroja de melena alborotada frente al lugar. Todavía se moría de la vergüenza al recordar el regaño que les había dado Tadashi.
—Anímate, Els. Tu vídeo ya no se encuentra entre los más vistos—la atajó Olaf al ver su semblante serio—, lo bueno de Internet es que siempre surgen nuevas estupideces para que la gente se entretenga.
—Gracias, eso definitivamente me hace sentir mejor—dijo ella con ironía.
No necesitaba que le recordaran que el condenado vídeo era una estupidez, ¡jamás superaría tal cosa!
Lo único bueno de ese traspiés en la web, (si es que algo bueno podía salir de tal humillación), había sido la cara que su molesto hermanastro había puesto al darse cuenta también de su inesperado debut en la red.
Aún le parecía ver frente a sí la expresión de Hans, primero incrédula cuando ella le había mostrado el vídeo desde su teléfono al llegar aquella tarde a casa, y después completamente furiosa, con sus ojos verdes chispeando de ira y sus mejillas enrojecidas por el enfado.
—¡¿Quién demonios ha subido esta maldita mierda?!—había gritado él antes de recibir un golpe de parte de ella en el hombro, reclamando que todo era culpa suya.
A eso le siguió una acalorada disputa entre ambos, gritándose y empujándose en medio del pasillo, al tiempo que discutían una serie de puntos de dudosa importancia, como quien había comenzado a pelear aquel día, quien de los dos era más estúpido, más patético, o cuantos insultos más alcanzaría a proferirle la rubia antes de que Hans volviera a meterla dentro de ese dichoso baúl de su habitación y arrastrara el mismo hasta el jardín, en medio de la nieve.
Luego habían recordado la dichosa tregua que tenían y como por arte de magia, sus gritos habían cesado para ser reemplazados por miradas amenazantes.
Había sido una suerte que sus padres no estuvieran en casa.
Además, más tarde, Elsa había comprobado con indignación como el colorado se tranquilizaba al ver los comentarios de su vídeo, con el ego inflado a más no poder al leer aquellos en los que se halagaba su atractivo, (y seguramente dejados por jovencitas con escasa inteligencia, a su parecer).
—Ahora eres famosa en Internet gracias a mí, sabandija. Deberías darme las gracias de rodillas—le había espetado su hermanastro con una sonrisa torcida.
Elsa deseó romperle en la cabeza el florero de la habitación en la que se encontraban en aquel instante.
Una voz conocida llegando para tomarles la orden la sacó de sus pensamientos.
—Hola, muchachos. ¿Qué les voy a traer?—quien hablaba era una guapa camarera de cabello rizado oscuro y piel morena, que pronunciaba las palabras con un claro acento americano.
—¡Hola Tiana!—Anna la saludó con entusiasmo—Que bueno es verte, ¿cómo pasaste la Navidad?
—Bueno, no me puedo quejar—le sonrió la aludida—, hicieron una fiesta en la residencia para estudiantes en la que me estoy quedando. Yo no soy mucho de fiestas pero, era Navidad.
—¿Por qué no? A mí me habría gustado más ir a una fiesta que quedarme en casa cantando villancicos con mis padres, ¡eso es aterrador!—exclamó la pelirroja, haciendo reír por lo bajo a sus amigos.
—Eché mucho de menos a mi madre, hace tiempo que solo somos ella y yo, y no puedo evitar extrañarla en estas fechas—Elsa comprendió a la perfección como se sentía, siendo que por años su mamá y ella también se habían tenido solamente la una a la otra. No se imaginaba separándose de Idun en una época tan importante—, en fin. Al menos podremos vernos este verano, cuando regrese a Nueva Orleans.
Para ellos, que ya llevaban mucho tiempo frecuentando el café, no era un secreto que la chica de ascendencia afroamericana había viajado hasta Noruega como parte de un intercambio en su primer año de Universidad. A la blonda le parecía admirable todo el esfuerzo que ponía la muchacha no solo en sus estudios, sino en sus conocimientos con un idioma distinto y hasta el empeño para haber conseguido un trabajo allí.
Ni ella se imaginaba arreglándoselas con tanto.
—¡Pero por lo menos no estás sola! ¿Dónde dejaste a tu simpático compañero de estudios, eh? Hace mucho que no se pasa por aquí para buscarte—inquirió la pecosa, apuntándola con un gesto pícaro e ignorando la manera en que la muchacha fruncía ligeramente sus delicadas cejas—, en serio, es extraño que Naveen ya no venga a buscarte para pedir su taza de café. ¿Acaso las vacaciones también lo mantienen lejos de este lugar?
Anna siempre con sus comentarios inoportunos.
—De hecho, él ha estado las dos últimas semanas estudiando para rendir los exámenes de las materias que reprobó, ya que se la pasó de fiesta en fiesta en lugar de aplicarse, como debería—Tiana mostró una sonrisa forzada—, ni todo el dinero de sus padres podría salvarlo de perder este semestre, si es que no aprueba de último momento. ¿Pero sabes qué? No hablemos de ese holgazán—agregó, con velado disgusto—, ya es bastante tener que vivir en el mismo sitio.
—Awww, ¡pero él es muy divertido! Siempre me ha parecido que ustedes dos harían una bonita pareja—Anna ignoró el leve apretón que su amiga le dio en el brazo, para indicarle que se callara—. Después de todo, no todos los chicos están dispuestos a ir detrás de ti cuando haces un intercambio en un sitio tan lejano de América, ¡eso es tan romántico!—exclamó soñadoramente.
—No, no lo es, es escalofriante. Me siento acosada—Tiana forzó un poco más su sonrisa—. ¿Sabes lo que es tener que vivir en el mismo sitio que un parásito que no se preocupa de nada más que de si mismo? ¡Nunca hace nada! Es desesperante.
—Suena como mi hermanastro—masculló Elsa irónicamente—. Daría lo que fuera por hacer que ese idiota se marchara de casa. Es un inútil.
—Bueno, si encuentras una solución avísame y tal vez la ponga en práctica con mi compañero—Tiana suspiró—. En fin, ¿qué van a pedir, chicos?—sacó una pequeña libreta del bolsillo de su delantal.
—Yo voy a tomar un jugo de naranja y un sándwich de atún con papas—se apresuró a pedir Olaf, impidiendo que la impertinente pelirroja siguiera insistiendo.
—Yo quiero un té helado y una ensalada pequeña—dijo la platinada.
—¡Y yo quiero una hamburguesa grande con queso y tocino! Y también papas y una soda grande y un helado de chocolate… ¡ah, y una rebanada de tarta de cereza!—pidió Anna, obteniendo una mirada asombrada de la morena y otras menos impresionadas de sus amigos.
A Elsa le parecía que nunca podría entender como la jovencita podía comer tanto, siendo tan delgada y pequeñita.
—Enseguida les traigo todo.
Tiana se alejó en dirección a la cocina y Elsa espero a que estuviera fuera de su campo de visión para darle un leve zape a la pelirroja.
—¡Ay!
—Como te gusta incomodar a la gente, ¿eh? No deberías hablarle de esa manera sobre su compañero de intercambio, se nota que no lo soporta.
—Ay, di lo que quieras, pero yo estoy segura de que esos dos tienen algo y si no, lo van a tener—afirmó Anna con suficiencia—. Ya saben que yo nunca me equivoco con estas cosas muchachos, ¡tengo un sexto sentido para las cuestiones del amor!
—Lo que tienes es una capacidad increíble para decir un montón de tonterías—la albina volvió a zapearla ocasionando la risa de Olaf—y otra cosa, si sigues comiendo tanto te va a dar una indigestión. ¡Además pediste cosas llenas de colesterol!
—¡No me regañes, Elsa!—la cobriza hizo un puchero infantil—Suenas peor que mi mamá.
El azabache volvió a reír. Esas dos no tenían ningún remedio.
Un rato más tarde, habiendo terminado los tres con su almuerzo, un chico alto y rubio hizo acto de aparición en la cafetería. A Anna se le iluminaron los ojos.
—Hola chicos—Kristoff los saludó al llegar hasta su mesa y tomó asiento—, que bueno verlos por aquí. Espero que hayan pasado una buena Navidad.
—¡Yo también espero que hayas pasado una hermosa Navidad! Quiero decir, ¡todos!—Anna lo miró de forma inquieta—De hecho… ha-hay algo q-que quería darte…
De su bolso, extrajo una pequeña bolsa con galletas cuidadosamente empacada e igual a las que le había obsequiado a sus amigos días atrás. Un rubor intenso adornaba sus mejillas.
—Hace poco preparé galletas y quería darte algunas. Como no sabía cuando te iba a ver, he estado llevándolas en mi bolso, ¡pero no creas que por eso no están buenas, ¿eh?! De hecho están muy ricas, o eso fue lo que dijeron los chicos—se rascó la nuca en un ademán frenético—. Son de jengibre, ¿te gusta el jengibre? Je je je, ahora me doy cuenta de que nunca te lo había preguntado, o peor aún, no sé si eres alérgico, no eres alérgico ¿o sí? ¡Porque si eres alérgico al jengibre no tienes que comerlas! Ay Dios, ¡no sé en qué estaba pensando! Si quieres… si quieres…
Su alterado parloteo se cortó en cuanto el blondo abrió las galletas y se llevó una a la boca, saboreándola con gusto.
—Están muy buenas, Anna. Eres una excelente cocinera—le sonrió amablemente—. Gracias por el regalo, es muy lindo de tu parte.
—Je je je je je je je je je je je… —la aludida comenzó a reír nerviosamente, el color en sus pómulos volviéndose más intenso que nunca y sus manos retorciéndose con emoción contenida.
Elsa le dio un codazo que cortó abruptamente su risa.
—Cambiando de tema, que bueno que los encuentro muchachos. Quería comentarles algo—dijo Kristoff.
—Tú dirás—le habló Anna con una vocecita chillona por el nerviosismo.
—Mis padres están planeando hacer un viaje a Arendelle, para acampar cerca de los fiordos. Ellos conocen un lugar donde se puede acampar muy bien, sin tanta nieve—desde su sitio, el muchacho volteó brevemente hacia la barra y le hizo un gesto a Tadashi, quien salía de la cocina, para que le acercara un café—. Es por Año Nuevo, solamente el fin de semana. Me dijeron que podía invitar a algunos amigos. Yo les dije que probablemente todos querrían estar con sus familias, pero bueno, nada perdía con preguntar—dijo—. Punzie ya me dijo que ella sí va a venir. Sus padres no pusieron mucha objeción.
—¡Oh, entonces yo también los acompaño!—se apresuró a decir Anna.
Ni loca dejaba que la castaña aprovechara ese viaje para acercarse al blondo.
—¿Sabes si tus padres te van a dejar?—inquirió su amiga.
—¡Claro que sí! ¡Y sí no los convenzo! Tú también deberías pedirle permiso a tu madre, Elsa—dijo la cobriza—, ¡imagínate cuanto nos podremos divertir! ¡Entre toda esa nieve y los fiordos congelados! Debe verse hermoso en esta época del año.
—Sí, podríamos usar el trineo que compramos en Ebay—añadió Olaf.
—¡El trineo! Podemos llevar el trineo, ¿verdad?—Anna miró a Kristoff con emoción.
—Claro, mis padres llevarán el camper, así que habrá sitio para ponerlo. Yo llevaré mis patines, si quieres tú también podrías aprovechar para hacer lo mismo Elsa—le dijo él.
La albina se quedó pensándolo unos segundos, repentinamente interesada. Le encantaba la nieve y más ir a patinar. No todos los días se podría ir a hacerlo a un fiordo congelado, por lo que viéndolo desde esa perspectiva, la idea del viajecito no estaba mal.
—Pues sí, la verdad es que suena bien, hace mucho que no vamos a patinar—Anna soltó un chillido entusiasta al escucharla—, pero no sé si mamá vaya a darme permiso. Siempre hemos pasado estas fechas juntas… aunque ahora está su esposo.
—Bueno, si no puedes no hay problema. Supongo que podríamos ir en otra ocasión.
—¡Pero no hay mejor ocasión que esta! Piénsalo Elsa, ¿de veras no te gustaría ir allí? ¡Yo creo que entre las dos podemos convencer a tu madre si hace falta!—insistió su mejor amiga—. Vamos, ¿sí? ¡Por favor, por favor, por favor!
La mencionada suspiró, sabiendo perfectamente que no podría decir que no a la mirada de cachorro que habían puesto esas pupilas aguamarina. Cuando a Anna se le metía algo en la cabeza, no había quien la hiciera cambiar de opinión.
Además de que sí tenía ganas de ir a los fiordos.
—Está bien, voy a decirle. Solo no les prometo nada.
Anna volvió a chillar con agitación y ella sonrió. Tal vez no le vendría mal relajarse un par de días lejos de casa.
—¿Un fin de semana en los fiordos? No sé hija, eso no suena muy seguro—Idun frunció el ceño mientras se servía más vegetales en su plato—, además es Año Nuevo. Es una fecha que deberíamos pasar en familia.
—Pero mamá, todos mis amigos van a ir y además Año Nuevo no es tan importante—discutió la platinada sentada junto a ella.
Era la hora de la cena y todos estaban sentados a la mesa. Por un instante, los ojos azules de la adolescente hicieron contacto con los de Hans, sentado en el lugar de enfrente, quien la miró de manera fría. Elsa le devolvió la expresión con fastidio antes de volverse nuevamente hacia su progenitora.
—¿Pero cómo dices que van a acampar? Si en esta época del año todo está absolutamente cubierto por la nieve.
—Kristoff dice que sus padres conocen un sitio especial para eso. Y además vamos a estar todos juntos y yo puedo aprovechar para patinar, sabes cuanto me gusta hacerlo. Anda mamá, por favor.
—Pues no estoy segura de que debas ir, no me sentiría tranquila sabiendo que estás tan lejos. ¿Qué tal si te pasa algo? Yo no conozco a los padres de ese chico.
—Mamá, no es tan lejos, Arendelle queda enseguida de aquí. Y ya te dije que vamos a ir muchas personas…
Idun hizo un gesto de dubitación.
—Tu madre tiene razón, Elsa. No es seguro que vayas a un sitio como ese sin supervisión—intervino su padrastro con un tono suave de voz.
—¿Y tú que te metes? Estoy hablando con mi madre—siseó la platinada con frialdad.
—¡Elsa!—la regañó la castaña.
Hubo un tenso silencio durante el cual la muchacha solo resopló al sentir los severos ojos de Idun sobre su persona. Frente a sí, unas pupilas verdes la observaron de manera indescifrable. Adgar por su parte, simplemente sonrío.
—Ya sé que piensas que esto no me concierne, pero si te lo digo es porque también me preocupo por ti—le dijo con la misma amabilidad con la que se había expresado antes—, ni a tu madre ni a mí nos gustaría que te pasara algo malo.
Elsa frunció los labios, incómoda. Como odiaba cuando su padrastro quería hacerse el comprensivo con ella, como si así fueran a ser amigos o algo.
—Además, ya te dije que no me gusta la idea de que vayas así sin más a un lugar que desconocemos—Idun retomó la conversación de manera un poco cortante—. Ir con tus amigos no es suficiente justificación para que me quede tranquila.
—Arendelle no es muy lejos de aquí, si acaso hay dos horas de camino—le dijo su esposo usando una inflexión razonable en su voz; la misma que utilizaba cada vez que quería convencer a la mujer de algo—. Tal vez sería bueno que hablaras con los padres de ese muchacho para asegurarte de que todo va a estar en orden.
—Sí, podría ser—la trigueña frunció su boca de una manera algo infantil—, aunque aún no me parece que eso pueda ser suficiente. Me sentiría mejor si supiera que está con alguien de confianza—casi por inercia, sus ojos azules fueron hasta su hijastro, que de pronto parecía encontrar muy interesante el puré de patatas. Sin embargo, sus orbes esmeraldas se alzaron sin remedio al sentir la mirada de su madrastra sobre él—, como tú Hans. ¿Crees que podrías acompañarla durante el fin de semana? Realmente me quedaría muy tranquila… a menos claro que no te apetezca, no quiero obligarte a nada…
Elsa abrió sus ojos con espanto, mirando alternativamente a su madre y al colorado, quien parecía tan sorprendido como ella por la propuesta. En un silencioso intento por evitar el desastre, clavo sus pupilas cerúleas en él advirtiéndole que no se atreviera a aceptar porque lo que más deseaba, aparte de patinar en los fiordos, era alejarse precisamente de él.
Pero como siempre, parecía que Hans solo tenía el propósito de complicarle la vida.
—Pues claro que iría, si tú me lo pides, je je.
La risa que soltó fue desganada, casi forzosa. Comenzaba a darse cuenta, con miedo e incredulidad a partes iguales, que literalmente no podía negarle nada a la esposa de su padre. No cuando lo miraba de esa manera y esbozaba esa dulce sonrisa que prácticamente lo obligaba a resignarse a lo que fuera que estuviera planeando.
¡No se le podía decir que no a esa mujer! Era como si tuviera alguna clase de poder maligno para influir en los demás sin levantar la voz u ordenar nada.
—Eso no suena tan mal. Quizá sea bueno que los chicos pasen un tiempo afuera distrayéndose y así podemos planear algo especial para nosotros dos. Podríamos ir a cenar en Año Nuevo—las palabras de Adgar terminaron de hacer que la albina se derrumbara para sus adentros.
¿En qué momento su esperado viaje se había transformado en una excusa para que los mayores se deshicieran de ellos?
Fulminó al hombre con la mirada.
—Oh, eso sí que sería adorable—Idun sonrió ilusionada—, viéndolo por ese lado supongo que es una idea muy buena. Aunque todavía tendré que hablar con los padres de ese chico… ¿cómo dijiste que se llamaba, cielo?
Elsa tuvo ganas de darse de topes contra la mesa.
—En ese caso, tendré que buscar la tienda de campaña para que se la lleven. Debe estar en alguna de las cajas del sótano.
—Siendo así no creo que haya mucho problema, cariño. Al fin y al cabo Hans estará ahí para cuidarte. Puedes llamarle a tu amigo para avisarle que te acompañará.
La chica tomó su tenedor y lo clavó encima de la servilleta.
Un rato más tarde, habiendo terminado con la cena, le pareció que su ánimo no podía estar más sombrío. Lo que prometía ser una escapada ideal acababa de irse a la mierda. ¿Por qué su hermanastro siempre tenía que arruinarlo todo?
Su pequeño puño tocó bruscamente a la puerta de su habitación, antes de que el joven apareciera tras la puerta con cara de pocos amigos.
—¡¿Por qué aceptaste ir conmigo a los fiordos?! ¡Ese viaje iba a servirme para escaparme de ti! ¡Ahora está arruinado! ¡Todo está arruinado!—exclamó histéricamente, antes de que siquiera pudiera preguntar porque estaba allí.
—¡No lo sé!—Hans le respondió alterado—¡¿En serio crees que quiero ir a congelarme el trasero a ese lugar de mierda?! ¡Ni siquiera me gusta la nieve, maldición!
—¡¿Entonces por qué aceptaste?!
—¡No lo sé!—el cobrizo se pasó una mano por el cabello exasperado—Es que no le puedo decir que no a tu madre, cada vez que me pide algo es como si me tuviera agarrado de las bolas…
—¡Ay sí, ahora resulta!—Elsa saltó para darle una palmada en la frente—¡Es mi madre de quien estás hablando, así que cuidado!
—¡Oye, oye!–Hans se inclinó hacia ella enojado—¡Ten cuidado tú con ese comportamiento de mierda! ¡Acuérdate de la tregua que tenemos!
—Sí, sí, la dichosa tregua. ¡Ve a decirle a nuestros padres que de ninguna manera irás conmigo este fin de semana!
—¡Tú no me vas a decir lo que tengo que hacer, pequeña sabandija!—Hans resopló—Además, ni creas que me muero por acompañarte en ese patético viaje. Pero ya estamos los dos en esto, así que te vas a callar la boca y dejarás que nuestros padres sigan pensando que nos llevamos bien, ¿entendiste?
—¡Agh, eres un idiota!—Elsa formó dos diminutos puños con sus manos y comenzó a golpearlo en el pecho, sin hacerle daño apenas—¡Te odio, te odio, te odio, te odio, te odio!
—¡Bueno, ya cálmate!—el muchacho la tomó por las muñecas, impidiendo que siguiera atacándolo—¡No arruinaré tu viajecito si tú no me colmas la paciencia! Así que te lo advierto, no me jodas Elsa.
—¡Suéltame!—la mencionada se zafó bruscamente de su agarre—Ugh, ¡en serio desearía aplastarte como a un insecto! ¡Tú, manipulador, patán…!
La puerta cerrándose en sus narices fue la única respuesta que obtuvo a sus reclamos. Enfadada, le pegó un fuerte puntapié.
—¡Auch!
Algo le decía que ahora su estadía en Arendelle no iba a ser precisamente placentera.
—Lamento mucho que él esté aquí, de verdad—Elsa se disculpó por centésima vez con Kristoff mientras ambos veían como sus padres terminaban de subir algunas cosas al enorme camper que estaba estacionado en el jardín—, no tuve más remedio. Mamá se puso muy insistente…
—Elsa, ya van varias veces que me repites lo mismo. Ya te dije que no hay ningún problema—el rubio le sonrió con tranquilidad—, no voy a negar que tu hermanastro no me da buena espina, pero vamos a estar cerca para vigilarlo ¿no? Además, no te podías perder toda la diversión.
Hablaba sinceramente. Ya antes, su amiga no había perdido la oportunidad de pedirle disculpas de un modo tan insistente como en esa ocasión, cuando le había telefoneado para explicarle porque Hans los acompañaría y decirle que su mamá quería hablar con sus padres.
La platinada suspiró.
—¿Cuál diversión? Presiento que con él aquí las cosas se pondrán complicadas—con desazón, observó como el pelirrojo conversaba con Bulda Bjorgman, una amable y regordeta mujer que en ese momento lo observaba muy sonriente—, solo míralo. No sé como hace para echarse a todo el mundo en el bolsillo.
—Eso es lo de menos, no vamos a dejar que el viaje se arruine por esto ¿o sí?—la enorme mano del joven le dio un par de palmadas en el hombro—Anímate, nos la vamos a pasar en grande en el hielo.
Elsa levantó una de las comisuras de sus labios. Ese chico siempre sabía como levantarle el ánimo de las maneras más sencillas.
Y fuera de eso, lo más probable era que tuviera mucha razón, pues prácticamente todos se habían juntado para el campamento. Anna y Olaf se encontraban un par de metros más allá junto a su trineo, el cual se veía listo para ser subido al camper junto al resto de maletas y equipo de campamento que se habían acumulado en un rincón. Incluso Tadashi se encontraba allí y también había traído a su hermanito, a quien al parecer le estaba haciendo alguna advertencia a juzgar por la cara de fastidio del menor.
Únicamente faltaba una persona…
—¡Hey, muchachos! ¡¿Están listos para la aventura?!—la familiar voz de Rapunzel perforó sus oídos cuando esta llegó por detrás y los abrazó sorpresivamente, deslizando uno de sus delgados brazos alrededor del cuello de la albina y el otro por el torso del blondo.
—Hey, tú, creí que ya no vendrías—habló Kristoff—, ¿se te pegaron las sábanas o qué?
—Oh no, no, de hecho me levanté muy temprano. Es solo que me demoré preparando todas las cosas de Pascal, tenía que traer su comida, su jaula, su correa, un suéter para el frío… —la morena levantó la jaula de paredes transparentes que llevaba en una mano—, este pequeñín necesita un montón de cuidados.
—¿Vas a traer a tu camaleón? Punz, no sé si eso sea buena idea…
—¡No digas tonterías! Casi nunca nos separamos, no iba a dejarlo solo todo el fin de semana y dejar que se perdiera de la diversión—la muchacha dejó en el suelo la enorme mochila de acampar morada que se había colgado a su espalda—. ¡Ay, ahí están Anna y Olaf! ¡Hola chicos, hola! Hey, ¿Anna acaba de hacerme un gesto con la mano? ¿Qué fue? No alcancé a ver…
—Seguro que solo te estaba saludando—atajó Elsa, quien si había logrado distinguir la seña grosera de la pelirroja.
A saber en donde habría aprendido tales cosas.
—¡Oh, entonces yo también voy a saludarla! ¡Apuesto a que Pascal se muere por verla!
Rapunzel se alejó de ellos a saltitos en tanto su amigo aprovechaba para tomar su mochila y llevarla con el resto del equipaje.
La rubia volvió a mirar hacia un rincón del jardín. Tadashi había acabado de sermonear a su hermano por lo visto, pues ahora el niño se encontraba entretenido con una consola portátil que se había sacado del bolsillo. El joven la observó desde su sitio y le sonrió cálidamente. Elsa se sintió enrojecer.
Nerviosa, se acercó al sitio en donde Anna era atosigada por una entusiasmada castaña con su camaleón. Los ojos verdosos de la jovencita no dejaban de mirar hacia la jaula de Pascal con recelo, en tanto la otra parloteaba.
Olaf se había marchado para ayudar con el equipaje.
—… y es por eso que los camaleones tienen una lengua el doble de grande que su propio cuerpo, ¿no te parece fascinante?—decía Rapunzel.
—¡Qué asco!—chilló Anna pegándose a la pared, en cuanto hizo ademán de acercarle la jaula de su mascota—¡No me lo acerques!
—¿No están emocionadas, chicas? ¡Presiento que este viaje será muy bueno para todos! ¡No sentía tanta emoción desde que cambie el look de mi cabello!—la trigueña era un torrente de agitación contenida.
A veces costaba trabajo creer que fuera un año mayor que ellas, cuando se comportaba de una manera tan infantil.
—Qué casualidad, castañita. Yo tengo justamente el mismo presentimiento—dijo una voz familiar a sus espaldas, que provocó que voltearan con sorpresa.
Mérida iba hacia ellas, cargando una enorme mochila a sus espaldas y con su alborotado cabello moviéndose a cada paso que daba. Una arrogante sonrisa adornaba su rostro lleno de pecas.
—¡¿Qué haces tú aquí?!—Anna se adelantó un paso para quedar delante de su mejor amiga y miró a la otra pelirroja amenazantemente—¿No me digas que vienes por esa paliza que dejamos pendiente? ¡Te advierto que no voy a dejar que toques a Elsa!
—Ya tranquilízate, enana. No estoy aquí por eso. De hecho, he decidido que voy a perdonar a la muñequita, su carita de Barbie no vale que desgaste mis puños—Mérida se volvió hacia la blonda con condescendencia—, ya escuchaste princesita, acepto tus disculpas. No tienes que seguir preocupándote porque ajuste cuentas contigo. Pero mejor no vuelvas a meterme conmigo, ¿entiendes?
Elsa la miró con toda la frialdad que le fue posible. ¿Qué se creía que era para hablarle así? Vale que había metido la pata al ocasionar que la despidieran de su empleo, pero se había disculpado sinceramente, ¿o no?
—Ay sí, que amable de tu parte—espetó Anna con sarcasmo—, ¡aun no me has respondido que haces aquí!
—Vine para acampar con ustedes, ¿no es eso obvio, enanita?
—Vuelve a llamarme así y probarás mis puños—Anna alzó sus manos cerradas en posición defensiva, lista para la pelea.
—Uy, alguien se ha levantado de malas hoy—Mérida le habló con burla—, ya en serio, relájate. Hoy estoy de bastante buen humor como para no pelear, pero si me tientas, puede que cambie de opinión. Y tú no quieres que pase eso.
—Eso es lo que dices tú, ¿cómo sé que no has venido para molestar o golpear a Elsa mientras duerme? ¡Como si no supiera que es muy sencillo atacarla en la noche! Y vaya que lo es, cuando está durmiendo parece una roca, casi ni se mueve, una vez pensé que se había desmayado o algo. Podrías entrar en su tienda de campaña y asfixiarla con una almohada sin que nadie se diera cuenta, ¡ajá! ¡Descubrí tu plan!—Anna apuntó acusadoramente con su índice a la recién llegada, en tanto la platinada se llevaba una mano a la frente.
Su amiga siempre con sus conclusiones absurdas.
—¡Qué no! ¿Por qué demonios no entiendes que no vengo a hacer nada de eso?—Mérida puso los ojos en blanco y se quitó su pesada mochila para abrirla, extrayendo de ella una bolsa enorme de malvaviscos—Miren, hasta traje bombones para asar y todo eso. Ósea que dejen ya la mierda, ¿sí?
—¡Excelente! ¡Bombones!—Rapunzel le arrebató la bolsa con alegría—¡Todo está bien entonces! Vamos al camper, ¡que comience la aventura!
La morena se alejó a pequeños saltos de ahí, balanceando ligeramente la jaula de Pascal. Para ella todo siempre era tan sencillo.
Anna y Elsa se quedaron observando a la colorada de rizados cabellos con sospecha.
—Más te vale que no intentes hacer nada, voy a estar vigilándote—insistió Anna cruzándose de brazos.
—Sí, sí, sí, ya les dije que no vengo a pelear. ¿Qué quieren? Les firmo un acta, ¿o qué?—Mérida resopló y luego se dirigió a la albina con una sonrisita socarrona—Hey princesita, ¿dónde dejaste a tu hermanito? Por ahí me dijeron que ibas a traer niñero.
—Él no es mi niñero—dijo Elsa gélidamente—y sí vino, desgraciadamente. ¿Qué? ¿También le vas a decir que lo perdonas?—replicó con sarcasmo.
—Pues claro, después de todo, soy una buena persona y no puedo estar molesta con un par de muñequitos tan finos como ustedes. En fin, mejor voy a dejar esto—la pelirroja tomó su mochila y con una fuerza extraordinaria para su delgado cuerpo, hizo ademán de arrastrarla—, no queremos que se nos haga tarde, ¿verdad?
La vieron alejarse, no sin antes dedicarles otra misteriosa y burlona sonrisa. Elsa entrecerró los ojos, al tiempo que la veía llegar con Cliff Bjorgman, un hombre de complexión similar a la de su esposa y sonrisa bonachona, para saludarlo.
—Esto no me huele nada bien. Nada, nada bien.
—¡A mí tampoco! Estoy segura de que esa melenuda trama algo y yo voy a averiguar que es—Anna se alejó en dirección al rubio muchacho que no lejos de ahí, terminaba de subir los últimos equipajes al camper de sus padres.
Los ojos ambarinos le sonrieron al verla acercarse.
—Hey Anna, ¿lista para partir?
—Sí, je je je, eh… ¿sabes? No he podido dejar de notar una cosa—la muchacha se puso a jugar con una de sus trenzas—, no sabía que eras amigo de Mérida, je je, es algo raro verla aquí. No que eso tenga algo de malo, pero es raro ¿sabes?
—Creí que era amiga de ustedes—Anna adquirió una expresión perpleja—. Esta semana comenzó a trabajar en la tienda de mis padres y ellos la invitaron a venir con nosotros. Al principio no parecía muy interesada, pero luego preguntó quienes venían y cambio de opinión. No sé, creí que se llevaban entre ustedes. ¿Acaso tienen problemas?
—¿Problemas? ¿Nosotras? ¡Para nada!—la chica rió nerviosamente de nuevo y Kristoff la miró con curiosidad—Sí se ve que este va a ser un viaje inolvidable, je je je. ¡Estoy lista para tener aventuras!
El joven le sonrió y ella le devolvió el gesto, antes de que entraran al camper con el resto y se dirigieran hacia su destino.
Los fiordos de Arendelle, una reserva natural muy cercana a Oslo, eran un lugar que realmente impactaba por su belleza, lleno de paisajes nevados y lagos que se encontraban completamente congelados y rodeados de árboles decorados con carámbanos de hielo. El sitio hacia donde se dirigieron para armar el campamento sin embargo, se encontraba en un punto entre las montañas que era plenamente tocado por el sol.
Allí, la estación parecía haberse detenido de alguna manera, ya que si bien el viento era frío y había un poco de nieve en los alrededores, el césped se mostraba tan verde como en primavera y algunas plantas asomaban entre la vegetación por sus vivos colores.
Aquel valle encantador parecía casi sacado de un cuento de hadas.
Nada más llegar, los señores Bjorgman dejaron el camper estacionado en el sitio más soleado y permitieron que los chicos bajaran para que estiraran sus piernas, llevando todas sus cosas para armar el campamento.
—Ahhhh, me encanta estar descalza en medio de la naturaleza—Rapunzel se quitó sus graciosas botas con forro de lana apenas salió del vehículo, dejando que sus pies envueltos en medias de algodón hicieran contacto con el césped—, ¡no hay nada como respirar un poco de aire fresco!
—Punzie, ponte los zapatos—la riñó Kristoff—, aquí afuera todavía hace mucho frío. Te vas a resfriar.
—¡No!—la mencionada se alejó corriendo y el rubio soltó un pesado suspiro.
A veces sentía que en lugar de su compañera, la castaña era una niña de tres años a la que no se podía dejar sin supervisión. Tomó los zapatos que había dejado botados y fue tranquilamente tras ella en tanto los demás se ponían a pasear por los alrededores.
Hans observó en derredor con una expresión indiferente en el rostro. Cierto era que el lugar no estaba nada mal, aunque él comenzaba a sentirse fuera de lugar. Aunque todos eran amables con él, (a excepción de ese rubio que no dejaba de mirarlo de reojo como si fuera un sociópata peligroso y su tonta hermanastra), el pelirrojo se sentía como un agregado más dentro de una aventurilla de niños.
Un fuerte impacto le golpeó en el hombro, sacándolo de su ensimismamiento. Furioso, descubrió la manga de su gruesa chaqueta cubierta de nieve y se dio la vuelta para enfrentarse con quien estaba seguro, era la responsable de tal travesura.
Le había dicho a esa sabandija de Elsa que tenían una tregua, ¿por qué no podía respetarla?
Para su sorpresa, no era la platinada quien estaba a sus espaldas, sino esa loca de cabello desordenado que se había colado en el viaje, (eso había sido una desagradable sorpresa para él).
Mérida le sonreía socarronamente.
—¿Qué pasa, principito? ¿Interrumpo algo?
El colorado resopló. Durante todo el viaje, los impertinentes ojos de la muchacha no habían dejado de lanzarle miradas burlonas a indiscretas, (como si no hubiera sido suficiente con soportar las canciones que esa hippie de Rapunzel se había empeñado en entonar durante casi todo el viaje y la vocecita chillona de Anna quejándose por ello). No cabía duda de que estaba en compañía de un montón de locos.
Con dignidad, se sacudió toda la nevisca de encima y se acercó hasta la pelirroja para dejarle en claro un par de cosas. No sabía que demonios hacía allí, (no se veía que se llevara mucho con los otros), pero ni de chiste se iba a dejar joder por esa idiota.
—¿Y tú que estás haciendo aquí, engendro? ¿Qué? ¿Acaso me vienes siguiendo?
—¿Siguiéndote a ti? ¿Qué te hace pensar eso?—Mérida arqueó una ceja.
—Oh, no sé, quizá el hecho de que me estás jodiendo a mí en lugar de ir a hacer el tonto por ahí con tus amiguitos, si es que lo son. ¿A qué viniste, eh?
—Lo mismo podría preguntarte yo a ti, no te veo muy entusiasmado con la compañía de los demás—la chica entrecerró los ojos—, a mí no me engañas, tonto. Puede que seas todo sonrisas y buena actitud cuando alguien te habla, pero se nota que no quieres estar aquí, ¿o sí?
—Ese es mi problema—le espetó Hans—, vete a molestar a alguien más y déjame tranquilo, sino quieres que te haga tragar la próxima bola de nieve que me lances. Tengo cosas más interesantes que hacer que hablar contigo.
Sus ojos verdes volvieron a mirar alrededor, buscando ignorar a la joven. ¿En dónde se había metido esa pequeña cretina de Elsa?
—Buscas a la princesita, ¿eh? ¿Por qué no te relajas? Seguro que no le va a pasar nada, se fue a caminar con esa enana amiga suya.
—Oye, ¿por qué no te pierdes? En serio, estás empezando a romperme las bolas.
—Qué fácil es hacerte enojar, no eres para nada como aparentas en frente de todos estos chicos, ¿no?—la colorada ensanchó su sonrisa satisfecha y él tuvo ganas de borrársela con otro proyectil de nieve.
Lástima que tuviera que guardar las apariencias.
—No voy a repetírtelo, monstruo—Hans se inclinó hacia ella con una sonrisa forzada y que encubría las ganas que tenía de que se largara de allí—, no me jodas. Y ni se te ocurra decir nada delante de los demás, ¿entendiste?
Por toda respuesta solo obtuvo la visión de la muchacha siguiendo tan sonriente como si nada, en verdad divertida por la situación. De modo que fue él quien dio media vuelta y se echó a andar sobre el césped.
La brisa fría le removía los cabellos pero el clima era mucho más agradable que en Oslo. Vio a los padres de Bjorgman sacando otras cosas del camper y a Anna y Olaf colocando varias ramas de leña cerca; seguramente para hacer una fogata, pero ni rastro de la rubia. En serio, ¿dónde se habría metido?
Más allá, Rapunzel se había tirado al suelo en una especie de berrinche infantil y su fornido amigo la sujetaba de uno de sus pies, tratando de ponerle sus botas a la fuerza.
—¡No Kristoff, no quiero ponerme mis zapatos! ¡No quiero! ¡Tú no eres uno con la naturaleza!
Hans rodó los ojos. Los amigos de Elsa eran tan estúpidos.
—¡Oye, tú!—la brusca exclamación le hizo girarse de nuevo.
Quien le hablaba era el hermano pequeño de Hamada, ese chiquillo de pelo negro que durante todo el viaje no había despegado los ojos de su consola de videojuegos, ajeno al mundo que lo rodeaba. Llevaba en la mano lo que parecía un globo lleno de agua, que sabría Dios de donde había sacado.
—¿Has visto a mi hermano? Tengo algo para él—alzó el globo con malicia—, la última vez que lo vi estaba con Elsa, pero ahora no los veo por ninguna parte. ¿No sabes donde se metieron?
El cobrizo frunció el ceño. Seguro ese par de desadaptados se habían ido por allí a hablar de libros, recetas para preparar café y otras cosas idiotas que solo podían concernirle a dos perdedores como ellos. Más le valía a esa sabandija no meterse en problemas, porque su algo le pasaba, sus padres le iban a echar la bronca a él.
Todavía ceñudo, reparó con más atención en el globo que seguía sosteniendo el niño y de pronto enarcó una ceja. A lo mejor y había encontrado una manera de quitarse el aburrimiento.
Mientras tanto, cerca de allí, dos jóvenes contemplaban el precioso fiordo congelado que se divisaba a lo lejos. Se habían alejado unos cuantos pasos del campamento para conversar y conocer alrededor. Era la primera vez que viajaban hasta ese lugar y estaban encantados con lo que veían.
Elsa miró de reojo a su alto acompañante y se sintió ruborizar levemente. Tadashi se ajustó la gorra sobre su cabeza y se volvió para sonreírle.
—Que viajecito, ¿no? Con las canciones de Punzie, uno no puede decir que haya motivos para aburrirse.
—Je, je, sí—Elsa jugueteó un poco con su trenza, acordándose del trayecto hasta el fiordo.
Rapunzel había cantado durante casi todo el camino, guitarra en mano y acompañada ocasionalmente por Olaf, quien parecía el único conforme con aquella manera de pasar el rato. El resto se había limitado a darle miradas incómodas, como lo era el caso de ella, el asiático y Kristoff, o profundamente sombrías, como había sucedido con los pelirrojos que les acompañaban. Hans le había contemplado de vez en cuando de manera muy seria; seguramente planeando en su mente la manera de hacer que se callara y lamentándose por tener que seguir aparentando, en tanto que Anna y Mérida solo la habían visto con enorme exasperación, la segunda crujiendo sus nudillos ansiosamente una que otra vez. La platinada le había echado de tanto en tanto un vistazo al pequeño Hiro con envidia, quien se había sentado en un rincón del camper con sus audífonos y sus videojuegos, sin prestar atención a nadie más.
—Nunca te pedí disculpas por los problemas que ocasionamos el otro día, en tu café—dijo Elsa tímidamente—. Ya sabes, lo de la pelea y la basura… te juro que no quería armar un alboroto—enrojeció.
—Yo ya sabía que no era tu culpa, no te preocupes. Te conozco bien como para saber que jamás ocasionarías algo así—la tranquilizó Tadashi—. Anna por el contrario… bueno, tiene suerte de que tú siempre estés cerca para contenerla.
Los dos rieron y luego, se hizo un breve silencio en el que aprovecharon para observar lo que los rodeaba.
—Maravilloso, ¿verdad? Nunca había venido por aquí. De lo que me estaba perdiendo—comentó Tadashi.
—Sí, todo es muy bonito—coincidió ella regresándole el gesto—. En la ciudad no se pueden disfrutar de estas cosas.
—Lo sé, tenía mis dudas de venir pero creo que al final no me arrepiento—el moreno se recargó contra un árbol—. No quería dejar sola a mi tía, pero cuando volvamos creo que le voy a dar las gracias por habernos convencido de venir. Este sitio no está nada mal.
—Me extraño un poco que hubieras venido con tu hermanito, no porque eso me parezca mal, todo lo contrario—la blonda volvió a mirar hacia el lago con timidez—, pero ya sabes… siempre te he visto tan apegado a tu tía, que imaginé que no querrías dejarla sola.
—Y no quería, pero esa mujer es más testaruda que Hiro y yo juntos. Nos insistió en que viniéramos a divertirnos; nos pone a trabajar tanto en la cafetería que creo que siente culpa. Aunque ya sabes, a mí no me molesta ayudarla en absoluto.
—Lo sé—Elsa volvió a mirarlo con un deje de admiración. Desde que lo conocía, le encantaban su entrega a los estudios y al trabajo duro—. Aunque es una lástima que vaya a pasar sola Año Nuevo.
—Oh, no te preocupes, de hecho le vino bien la excusa para hacer su propio viaje—el asiático le guiñó un ojo y la muchacha experimentó un cosquilleo en el estómago—, quería ir a visitar a otro de nuestros parientes. Solo por eso me deje convencer de venir, además—se acercó un poco a ella—, la compañía es la mejor parte.
Elsa fue consciente de como sus mejillas se encendían aún más con la cercanía del azabache, pero no hizo nada por detenerlo. Tadashi era tan guapo y tan amable. Tan distinto a otros chicos que conocía.
—Yo también me alegro de haber venido—murmuró—, además de la compañía, me encantan la nieve y el hielo. Hacía años que no tenía la oportunidad de venir a patinar a un lugar como este.
—Es cierto, tú patinas. Nunca te he visto hacerlo, parece que hoy va a ser mi día de suerte—Tadashi se llevó una mano a la nuca—, aunque ¿sabes? La verdad es que yo no soy muy bueno en eso… de hecho, no soy nada bueno—rió—, nunca he patinado en hielo. Pero quien sabe, a lo mejor tú puedes enseñarme.
—Me encantaría enseñarte—Elsa se puso frente a él con una tímida sonrisa, habían pasado a estar demasiado cerca el uno del otro—, y no tengas miedo por no saber nada. Yo te ayudaré en todo lo que pueda.
—No traje patines, pero supongo que Kristoff me puede prestar los suyos—ambos se miraron como dos personas íntimas que compartían un secreto—. Siempre quise aprender a patinar. Y con una maestra como tú, seguro que vale la pena soportar hasta las caídas.
La albina dejó escapar una risa cristalina. Nada podía estropear un momento como ese.
Algo blando pasó surcando el aire y dio de lleno contra ambos, rompiendo el agradable silencio que los rodeaba. El sonido de los globos de agua rompiéndose tronó en sus oídos de un modo violento y al instante siguiente, lo único que supieron fue que estaban completamente empapados.
Elsa abrió la boca con incredulidad, viendo como su acompañante adquiría la misma expresión de desconcierto.
—¡Ja! Ahora no solo eres un nerd, ¡eres un nerd empapado!—Hiro había aparecido entre los árboles y señalaba a su hermano mayor con un gesto burlón de su índice—¡Deberías verte en este momento, idiota!—el niño rompió a reír con estrépito.
A su lado, un pelirrojo alto mostraba una sonrisa petulante en su rostro. Hans la observó con la burla implícita en sus ojos.
—¡Cabeza de chorlito, te mataré!—Tadashi echó a correr detrás de su hermanito, quien no tardó en emprender la huida, todavía riendo a mandíbula batiente.
Elsa fulminó a su hermanastro con la mirada.
—¡Tú!—furiosa, avanzó hasta él con los puños apretados y el cabello y la ropa derramando gotitas de agua. Hans no hizo ademán de irse, sino que permaneció en donde estaba con la misma expresión socarrona en el rostro—¡Ya te habías tardado en hacer alguna estupidez! ¡¿Qué demonios fue eso, infeliz?!
—Oh vamos, Elsa—dijo el joven sin sentir vergüenza alguna—, no me salgas ahora con que no puedes soportar una broma inofensiva. No tienes que tomártelo tan a pecho.
—¡Eres un imbécil!—la platinada se abrazó a si misma, sintiendo que se ponía a tiritar—¡¿Por qué siempre tienes que arruinarlo todo?! ¡Madura de una maldita vez!
Hans empezó a reír.
—¡¿Te parece gracioso esto, estúpido?! ¡Va a darme una neumonía por tu culpa! ¡No sabes cuanto te odio! ¡Inepto, infeliz, serpiente de la más vil calaña!
—Serpiente de la más vil calaña, es la primera vez que me insultan con algo así—Hans se cruzó de brazos con satisfacción—. Cuando quieres eres original, ¿eh, rubita?
—¡Vete a la mierda, idiota!
—Wow, esto se puso serio. La reina del hielo ha empezado a descuidar su vocabulario—sus dedos índice y pulgar tomaron la barbilla de Elsa de manera indulgente—, eso no está nada bien, mi querida sabandija. ¿Qué diría tu madre si te escuchara hablar de ese modo?
Elsa le dio un empujón.
—¡Eres un maldito imbécil!—le espetó tiritando—¡Me tienes harta!
Iracunda, volvió hacia donde estaban los demás dando fuertes y enfadados pasos. El colorado puso los ojos en blanco y la siguió. Vaya que la reinita se ponía delicada por nada.
Al llegar al sitio en el que estaban acampando, la señora Bjorgman poso sus ojos en ella con gesto alarmado.
—¡Oh, querida! ¿Pero qué te sucedió? Mira como estas de mojada—sus rollizas manos fueron hasta los hombros de la adolescente—. ¿Por qué no subes al camper a buscar una manta y te cambias de ropa? Hay toallas en el gabinete del baño. En un momento iré a prepararte un té caliente, antes de que te pegues un resfriado.
La muchacha le dio las gracias y entró en el vehículo temblando de frío.
Hans se puso a refunfuñar al ver la escena. Ni que la hubiera mojado tanto. A la niña le encantaba hacer un drama de todo.
Su mirada esmeralda diviso enseguida la mochila de su hermanastra en el suelo, de un vivo color turquesa, en el medio del montoncito que formaban otras cuantas. De seguro Anna la había bajado junto con la suya cuando habían llegado. La idiota no podría cambiarse si seguía allí. La tomó con una sola mano y fue hasta el camper.
En el interior, Elsa ya había entrado dentro del reducido baño que ocupaba la parte trasera. El vehículo tenía una pequeña cocineta en el interior, un reducido espacio que funcionaba como desayunador y sala de estar y un par de literas, mientras que el frente lo ocupaban dos confortables asientos para el conductor y el acompañante. El sueño de todo buen campista o trotamundos.
Después de secar el exceso de agua de su ropa y sus cabellos, se desprendió de la chaqueta de invierno, el suéter y la blusa de manga larga que llevaba por encima, dándose cuenta con frustración de que la humedad había conseguido penetrar en todas las prendas.
Hans era un verdadero estúpido.
Se abrazó una vez más y salió del baño en busca de su mochila para extraer una muda de ropa seca. Luego le pediría permiso a la madre de Kristoff para meter sus prendas mojadas en la secadora que estaba junto a la diminuta cocina.
Y más tarde, armaría la bola de nieve más grande que pudiera con sus manos y vería la forma de meterla en los pantalones de su hermanastro, porque aquello no se iba a quedar así. No, señor.
Arrugó el entrecejo, ¿dónde estaba su mochila? Estaba segura de que la había dejado en uno de los sillones.
La puerta del camper se abrió.
—Oye cretina, olvidaste esto allá afuera. Cámbiate de una maldita vez, antes de que te resfríes y quieras culparme por es… —las palabras de Hans se cortaron en seco.
Las pupilas de jade se habían quedado irremediablemente atrapadas en el cuadro que tenía frente a sí. Elsa todavía temblaba de frío y sus delgados brazos se mantenían pegados a su cuerpo, por debajo de su pecho. Un delicado sostén de encaje blanco dejaba entrever las pequeñas y curvilíneas formas de sus senos, que asomaban tímidamente detrás de una coqueta puntilla. Hacia abajo, el vientre plano y blanquecino de la jovencita delataba un ombligo diminuto y una cintura estrecha. Y él no podía quitarles la vista de encima.
Se sintió enrojecer un poco, pero su sonrojo no fue nada comparado con el de la platinada, quien al verlo se ruborizo de manera intensa y violenta, haciendo que sus pálidas mejillas se asemejaran al color de su cabello. Sus ojos azules se abrieron con espanto y sus manos se movieron automáticamente para cubrir el área de su prenda interior.
—¡¿Qué haces aquí?! ¡Deja de verme!—chilló la chica—¡Largo!
—Yo… —la mirada de Hans se mantenía en la esbelta silueta de la blonda.
—¡Largo!
Como saliendo de un trance, el muchacho bufó y dejo la mochila en el suelo de manera brusca, antes de salir a toda prisa del camper.
Azorada, Elsa le vio azotar la puerta y se apresuró a buscar algo que ponerse entre sus cosas. La bromita de los globos de agua había pasado a segundo plano. Lo peor era saber que no podría olvidarse de aquella bochornosa escena en días, quizá nunca.
Quizá hacer ese pequeño viaje no había sido tan buena idea.
Nota de autor:
¡Buenas y frías tardes! (Lo son al menos en donde yo vivo D:).
Las musas están de mi lado y de nuevo les he traído una buena dosis de Helsa, porque nunca se tiene suficiente de estos dos, ¡nunca! *o* Y las sorpresitas en Bajo el Mismo Techo no se acaban, criaturas.
Primero, porque los personajes continúan apareciendo. Sé de una personita en especial, (Anielha, jijijiji) a quien le encantará la inclusión de Tiana por estos lares. Déjenme decirles que La princesa y el sapo es, junto con Frozen y La Bella y la Bestia, una de mis películas favoritas de Disney, en lo que a princesas se refiere. ;) Así que tenía que invitarla a jugar con los demás personajes; planeo darle un poquito más de participación junto con su galán en capítulos posteriores, jejeje.
Mientras tanto, nuestra adorada parejita y amigos han emprendido una nueva aventura para pasar Año Nuevo. En este fic, Arendelle vendría a ser una reserva natural ficticia que incluí porque se me dio la gana, porque quería que todos celebraran esa fecha con algo muy especial. Por ahí ya ocurrieron varias cosas, incluyendo cierta pelirroja ruda que al parecer ha comenzado a gustar de Hans, (¿quién la culpa?), un poco de Tadelsa (porque los celos nunca están de más) y esa escenita incómoda y pícarona del final. Porque si nuestra reina del hielo ya se había deleitado al ver a su hermanastro saliendo de la ducha, ¿por qué él no iba a hacer lo mismo? Ay ya, sí yo sé que les encanta, ¡bola de pillines! ¡Todos ustedes que me están leyendo son una bola de pillines! :D
En fin, prometo uno o dos enredos en el capítulo siguiente. Quienes estén odiando a Mérida y a Tadashi, pueden guardarse sus jitomatazos/abucheos/amenazas de muerte para la siguiente actualización. xD
nina: Todos esperamos que haya Helsa en Frozen 2, porque si no es así, juro que yo misma iré a buscar a ese ratón corporativo para arrancarle la cola y hacerle tragar sus pantaloncitos rojos. D:
Helsa fan: ¡Qué gusto verte por aquí! Me alegra tenerte de vuelta y que te guste tanto esta nueva historia. :3 Ya verás cuantas sorpresas tengo bajo la manga, ¡un abrazo!
Ari: Pues como siempre, gracias por tus hermosos reviews, me vas a hacer ruborizar :D *se sonroja*. Esos regalos del capítulo anterior fueron la sensación y vamos, todos sabemos que en el fondo, Hans sí que le tiene morbo a nuestra querida rubia y algo más. ;)
Mis musas se están portando muy bien pero ya saben, mejor no tentar a la suerte. Así que déjenme un bonito y caluroso review para motivar a mis neuronas. ;3
¡Feliz semana! ¡Pórtense mal!
