Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


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9

Año Nuevo, viejas rencillas


La noche había caído sobre la reserva natural de Arendelle, oscureciéndolo todo por completo. El cielo era un manto inmenso e increíble, plagado completamente de estrellas, más visibles allí que desde la ciudad. Claro que cuando estabas arrebujado en el interior de una tienda de campaña, el espectáculo perdía todo su encanto. Hacía pocas horas que todos habían terminado de degustar frente al fuego el delicioso estofado que había preparado la señora Bjorgman, y tras unas cuantas historias y canciones frente a la fogata, los adultos se había retirado para dormir en el interior del camper mientras que los chicos hacían lo mismo en las tiendas que habían levantado.

Solo había tres. Kristoff había traído la suya por supuesto, lo bastante grande como para albergar en el interior a los hermanos Hamada y a Olaf. Rapunzel también había traído una propia, (con un infantil diseño de Hello Kitty); pero era más pequeña y en el interior apenas había tenido espacio disponible para compartir con sus pelirrojas compañeras, quienes no tenían casas de campaña.

Lo que dejaba la tienda restante con dos únicos ocupantes.

Desde su saco de dormir, Hans le dirigió una mirada a Elsa, que dormía profundamente en el suyo, a unos cuantos centímetros de él. El pelo rubio estaba esparcido como una cascada con reflejos plateados sobre la almohada y su pequeña nariz asomaba como un puntito ligeramente enrojecido sobre el borde del talego. Cerca de su mejilla, pudo distinguir en la penumbra una diminuta orejita de felpa. La muy ingenua había llevado a su osito de peluche con ella y seguro había pensado que no se había dado cuenta.

Todavía era una niña.

¿Por qué tenían que haberlos dejado solos ahí? No era que le agradara la perspectiva de dormir junto a los otros muchachos, pero en serio, ¿por qué ellos tenían que estar solos? Parecía una mala broma del azar.

No habrá problema en que compartan su tienda de campaña, son hermanos después de todo; es lo que había dicho la señora Bjorgman, después de comprobar que no había espacio en las otras. Desde luego, nadie había puesto objeción a ello; aunque su hijo le había dado una mirada seria antes de susurrarle algo a Elsa y retirarse a dormir con sus amigos.

Ese oxigenado le estaba rompiendo lentamente las bolas, por cierto.

Suspiró pesadamente y retiró la vista. No lograba concebir el sueño y todo era por estar pensando en ella, en lo que había sucedido a mediodía en el camper, cuando decidió hacerle el favor de llevarle sus cosas para variar.

¿Cómo iba a saber que se había quitado ya sus prendas mojadas? Demonios, no era como si hubiera buscado espiarla a propósito. Aunque ya puestos en la situación, la verdad era que la visión no le había desagradado precisamente. Y eso era tremendamente preocupante.

De solo recordarlo, sentía sus mejillas enrojecer levemente como si fuera un chiquillo y cierto cosquilleo en el vientre que definitivamente no significaba nada bueno. ¿Pero cómo iba a contenerse? ¿Cómo?

Un pequeño estornudo rompió el silencio e hizo que volviera a mirar a Elsa, maldiciendo internamente. Hasta sus jodidos estornudos eran adorables, como los de un gatito o alguna mierda así. La rubia, todavía dormida, se removió ligeramente en su saco de dormir y frotó su respingada nariz contra el borde antes de volver a sumirse en un sueño pacífico, acurrucándose más contra las sábanas.

Para colmo parecía que se iba a resfriar y eso también sería su culpa. A mala hora había aceptado acompañarla.

Cerraba los ojos y lo único que podía rememorar era ese instante en el camper… la piel de Elsa se veía tan suave… ¿cómo se sentiría tocarla? Todo en ella era tan delicado, la curva de su pequeña cintura, su vientre pálido, los senos pequeños pero perfectamente proporcionados que se ocultaban detrás del encaje del sostén bordado… ¿qué clase de chiquilla tenía una prenda así? Era tan… provocativa. No quería pensar precisamente en esa palabra, pero justamente no encontraba otra con la cual describirla.

Una prenda con un aire tan inocente y sensual al mismo tiempo, luciéndose contra la tez nívea del cuerpo delgado de la muchacha; un cuerpo que de pronto se le antojaba deliciosamente tierno y tentador…

Hans se llevó un antebrazo a los ojos y volvió a suspirar con pesadez, comprendiendo que estaba en graves problemas. Él no quería acercarse a la blonda de esa forma, ni siquiera la soportaba. Pero tal parecía que sus hormonas no captaban el mensaje. Y como si la situación no estuviera ya lo suficientemente jodida, las palabras de su hermano volvieron a hacer eco en su memoria.

"Es mucha tentación"

En su saco, Elsa volvió a moverse. Estaba a tan poca distancia que solo hacía falta estirar una mano para tocarla, pues la tienda tampoco era muy amplia. La observó de reojo, más insomne que nunca.

Tenía que dejarse de tonterías. Sí, la mocosa estaba buena, ¿y qué? Él no era ningún púber inexperto que perdiera la cabeza por esas cosas; había tenido sus acercamientos con un par de chicas antes y aunque era verdad que no habían llegado a nada serio, tampoco era para que se sorprendiera apenas mirara a otra en tales circunstancias.

Sobretodo si se trataba de Elsa. La odiosa hijita de mamá, la caprichosa reina del hielo, la cretina, la histérica y cuadrada muchachita que de seguro ni un beso había dado en su vida.

¿En serio se iba a dejar llevar por una persona así?

Le echó otro vistazo cuando se movió nuevamente, sin despertar. Al parecer tenía un poco de frío.

Muy serio, el pelirrojo se incorporó en su saco y tomó una de las gruesas mantas que se había colocado por encima para extenderla sobre la jovencita, que se volvió a quedar quieta y aferró su oso de peluche. Un gesto demasiado enternecedor para alguien de su edad.

Hans suspiró una vez más.


El enorme fiordo congelado era un espectáculo natural digno de ver, con la superficie cristalina del lago vuelta completamente de hielo y las vastas montañas que lo rodeaban, donde el verdor del bosque se mezclaba con virutas de nieve. Luego de una ducha rápida en el camper y un abundante desayuno, los chicos no habían perdido la oportunidad de divertirse entre la nieve con el trineo que habían traído Anna y Olaf, además de lanzarse bolas entre ellos. Más tarde habían andado desde el campamento hasta el punto en donde ahora se encontraban, con tal de explorar alrededor y patinar un poco.

Con desgano, el pelirrojo había seguido a los demás en medio de bostezos. Ni siquiera la excelente comida que la señora Bjorgman había preparado había sido suficiente como para hacer que recuperara las fuerzas, después del poco descanso que había obtenido la noche anterior. De hecho, había comido su ración de huevos y arenques ahumados con inapetencia en tanto los otros charlaban animadamente a su alrededor y devoraban sus propios alimentos.

En un momento dado había alzado la vista al sentir la mirada intrigada y penetrante de dos enormes ojos azules sobre su persona, pero tan pronto como había pillado a Elsa observándolo, esta se había vuelto hacia Anna; quien no dejaba de parlotear como de costumbre, para seguir conversando.

No era tan fácil mantener las apariencias cuando seguía sintiéndose tan fuera de sitio entre todos ellos.

Mostrando un aire ausente, observo como algunos patinaban sobre el fiordo. Kristoff se movía con agilidad sobre sus patines, llevando a una risueña pelirroja de la mano y dando vueltas de vez en cuando. Cerca de ellos, Olaf hacía lo mismo, no con tanta soltura como el rubio, pero sin duda defendiéndose encima del hielo. Pero quien realmente llamaba la atención era Elsa, quien patinaba de una manera tan grácil y ligera, que hacía imposible no mirarla. Su madre había tenido razón al contarle cuan buena era patinando. Lo hacía como una profesional.

A las orillas del fiordo, los hermanos Hamada observaban con interés a los patinadores y el mayor no despegaba sus ojos oscuros de la silueta de la platinada. Mérida se había retirado a un punto entre los árboles, para practicar tiro al blanco con el arco que había llevado consigo. Al menos no había ido a importunarlo.

En el hielo, Elsa giró y dio una voltereta en el aire antes de caer limpiamente sobre sus patines, ganándose una ovación de todos. Anna aplaudía de forma emocionada y Tadashi tenía una enorme sonrisa adornándole el rostro, junto con una mirada repleta de admiración. Parecía como encandilado con la albina. Sin saber porque, el cobrizo tuvo ganas de quitarle esa estúpida expresión con una bola de nieve. Era tan patético.

Pero devolvió la vista a su hermanastra, quien volvía a deslizarse con elegancia. Su cabello trenzado flotaba en el aire con cada uno de sus movimientos y una tenue sonrisa le iluminaba las facciones. Como se notaba que amaba patinar.

—Es impresionante, ¿verdad?

Hans bufó al escuchar la vocecita a su lado y volteó. Junto a él, una sonriente castaña le devolvía la mirada, de un verde menos intenso que el suyo.

—Sí… ¿cuánto tiempo llevas ahí?—inquirió, tratando de mantener un tono neutral en su voz.

—El suficiente amiguito, el suficiente.

El colorado se forzó a esbozar una sonrisa. Ni cuenta se había dado cuando se había acercado hasta él. Desde que habían llegado al fiordo, Rapunzel solo se había limitado a sentarse en un lugar en silencio, (algo increíble tratándose de ella), para sacar un cuaderno de dibujo y comenzar a bocetar en el mismo.

—Elsa es muy buena patinando—dijo la morena con entusiasmo—, ya me habían dicho que lo hacía como una profesional, pero nunca la había visto. ¿No piensas qué es asombrosa?

—Sí… el rubiecito tampoco lo hace tan mal—dijo él para hacer más general la conversación.

No le gustaba el rumbo que estaba tomando esa plática.

—Ajá, Kristoff también sabe perfectamente lo que hace, digo, lo conozco desde preescolar y no hay nada que le guste más que el hielo, excepto tal vez cierta pelirroja, jojojojo—apuntó Rapunzel con picardía—. Claro que sí hablamos de patinar solamente, hay que aceptar que Elsa es excepcional, ¡es como un ángel en el hielo!

—Ahm… see—Hans decidió darle por su lado. ¿Qué no tenía más flores o cosas que dibujar para que se fuera por ahí?

La chica le dio la vuelta a su cuaderno para mostrarle lo que había estado haciendo. El dibujo, realizado con los trazos de un lápiz especial y de tonalidades azules, mostraba un enorme lago congelado con un precioso paisaje invernal alrededor y unos cuantos copos de nieve cayendo desde el cielo. En el centro, la figura etérea de una patinadora protagonizaba el primer plano.

Debía admitir que la hippie tenía talento. No solo había hecho una copia fiel del paisaje con algunas mejoras, sino que también había retratado a Elsa a la perfección. Excepto que en el bosquejo no utilizaba aquellas calzas térmicas ajustadas y la chaqueta de invierno, sino que iba ataviada con un precioso traje de fantasía para patinar y su cabello se mostraba recogido en un elegante moño. Sobre la cabeza había sido delineada además, una pequeña tiara. La trigueña sí que tenía imaginación.

—Es un bonito dibujo.

—¡Gracias! Este lugar sí que es una enorme fuente de inspiración, ¡y ver a Elsa patinando también! Solo mírala—Rapunzel miró soñadoramente hacia donde los otros patinaban—, es tan estupenda.

El muchacho se rasco la nuca.

—¿No vas a patinar tú también?—preguntó, queriendo agotar todas las posibilidades de librarse de esa conversación incómoda y esperando que alguna funcionara.

—¿Yo? No, eso no es para nada lo mío y eso que sé hacer muchas cosas: pintar, cocinar, coser, bordar, esculpir, hornear, hacer alfarería, tocar la guitarra, hacer rapel… —enumeraba cada cosa que mencionaba con sus dedos y el pelirrojo creyó que se marearía—. Pero patinar… pues no. Una vez, Kristoff quiso enseñarme, pero solo terminé con el trasero congelado cuando me caí de sentón. Así que luego ya ni quise intentar—se encogió de hombros—, aparte a este pequeñín no le gusta tanto el hielo, ¿no es así, Pascal?

Desde uno de los bolsillos de su parca, la cabeza verde de su camaleón se asomó ligeramente y Hans se reprimió para no fruncir el entrecejo. Esa chica no podía ser más rara.

—¿Y tú? ¿No vas a patinar?—su pregunta volvió a hacer que la mirara a la cara.

—No… no traje patines—le contestó.

—¡Oh, estoy segura de que alguno de los chicos podría prestarte los suyos!

—Sí… prefiero no molestarlos.

—Ah, entiendo, tú más bien quieres quedarte aquí disfrutando de la vista ¿no?—Rapunzel le guiñó un ojo—Hay muchas cosas bonitas que ver aquí, ¿eh?

—No entiendo de lo que hablas.

—¡Ay, vamos!—la castaña le dio un empujoncito en actitud cómplice y una vez más, tuvo que hacer un esfuerzo por torcer sus labios en una sonrisa… o algo parecido—No creas que no he notado como miras a Elsa, eres todo un pillín.

—¿Qué? Si yo no la estaba mirando… bueno sí, porque me gusta como patina. Ósea, ¿a quién más iba a ver? ¿A Anna? Solamente está siendo arrastrada por el grandote…

—¡Te has puesto nervioso!

—No estoy nervioso—Hans carraspeó incómodamente—. Oye, ¿por qué no te pones a dibujar ese árbol de por allá? Seguro que te quedaría muy bien…

—Yo creo que lo único que quieres es disimular que te gusta Elsa.

Hans se quedó lívido ante la afirmación de la muchacha. Primero, su semblante adquirió una expresión perpleja, como si le hubieran dicho algo totalmente descabellado. Después, su rostro se volvió sobresaltado y luego cambio a uno enfadado para finalmente caer en la indignación.

¿Qué demonios era lo que estaba insinuando esa hippie zarrapastrosa? ¿Él gustar de Elsa? ¿De esa mosquita muerta con complejo de reina? ¡Antes prefería estar muerto y enterrado cien metros bajo tierra con la peor carroña, por el amor de Dios!

—¡¿Pero qué dices?! ¡Claro que no!—dijo, en un tono más brusco de lo que en verdad pretendía—¡Es mi hermanastra! ¡Vivimos en la misma casa, como hermanos!

—¡Eso lo hace aún más emocionante!—chilló la morena, juntando sus manos en un ademán emocionado—Vivir en el mismo sitio que la persona que te gusta debe ser muy lindo. Además, cualquiera puede ver la atracción que hay entre ustedes, por eso es que no la dejas de mirar ¿eh? ¿Eh?—le dio de codazos.

—Mira, yo creo que te estás imaginando cosas.

—Ay sí, hazte el desentendido. Para que lo sepas los he estado observando durante todo el viaje—Hans frunció el ceño—, oh sí, a la vieja Punzie no se le escapa nada. Y yo creo que es más que obvio lo que sucede aquí.

—¿Y qué es lo que sucede aquí?—inquirió él entre dientes, con esa sonrisa torcida que cada vez se le estaba haciendo más complicado fingir.

—Bueno… yo creo que eso tú también ya lo sabes—Rapunzel le guiñó un ojo—, pero descuida, no se lo comentaré a nadie si eso es lo que temes. Igual creo que estas cosas son cuestión de tiempo.

Maldita hippie del mal y sus conclusiones absurdas.

Antes de que pudiera decirle algo más o repetirle que no tenía ni idea de lo que estaba hablando, la joven arrancó cuidadosamente el dibujo que acababa de hacer y se lo tendió.

—Esto es para ti—le dijo con una sonrisita—, guárdalo en un buen lugar, ¿ok?

Acto seguido, se dio la vuelta y se retiró alegremente hasta el lugar en donde había estado dibujando, tarareando una canción por lo bajo. Hans aprovechó que le daba la espalda para fulminarla con los ojos apenas tuvo oportunidad.

Lo dicho: los amigos de Elsa eran unos estúpidos, pero esa loca se llevaba el premio.

Miró la hoja de papel en su mano severamente… hasta eso no se podía negar que era un dibujo de calidad, ni modo de dejarlo botado. De mala gana, lo doblo en cuatro partes iguales y se lo metió al bolsillo. Vaya que había gente que desperdiciaba sus habilidades en puras tonterías.

Unos gritos alegres desde el fiordo llamaron su atención. Elsa estaba tomando de las manos a Tadashi, quien por fin se había animado a entrar en el hielo, aunque sus pasos eran algo torpes e inseguros. Al parecer, su rubio amigo le había prestado sus patines, pues este ahora se hallaba sentado en la orilla junto con Anna y los dos animaban a la pareja, quien trataba de patinar en medio de risas.

Hans contempló la escena con desagrado. Se miraban tan patéticos patinando de esa forma, ¿quién les había dicho a esos dos que se veían bien juntos? Ni siquiera tenían gracia, por el amor de Dios.

Con gesto serio, se encaminó hacia un tronco que estaba cerca del fiordo y en el cual, hasta ese momento, el asiático se había encontrado sentado. Desde allí, el pequeño Hiro contemplaba a la pareja con una expresión muy parecida a la suya, sus ojos llenos de cierto recelo.

El pelirrojo se sentó en un extremo del tronco y el chiquillo lo miró de reojo. Permanecieron en silencio unos instantes.

—Parece que mi hermano se está divirtiendo mucho con Elsa—soltó el niño seriamente.

—Sí, eso veo—Hans observó como la rubia halaba de su compañero para intentar dar una vuelta, en tanto este último trataba de decirle entre risas que no fuera tan rápido. La escena le resultaba ridícula—, ¿por qué no te gusta que Elsa esté con tu hermano?

Soltó la pregunta sin más, pues era evidente que al chico no le agradaba nada ver a la platinada cerca de Tadashi, a juzgar por el modo en que los veía.

El niño se removió incómodamente en su sitio.

—No es nada en contra de ella—le aseguró—, Elsa me ha ayudado con mis tareas y todo eso. Simplemente… no creo que se vea bien junto a mi hermano. Ellos dos no encajan.

Celos de hermano menor. Bastaba con mirar detenidamente a Hiro para darse cuenta de ello. Aparte de que después de todo, tenía razón. No era como si a él le importara lo que la blonda dejara de hacer o no, o con quien salía, claro que no. Pero ciertamente, su detestable hermanastra no se veía bien con ese pusilánime nerd. Ambos lucían como un par de idiotas, se veían mal y punto.

—Bueno… si yo fuera tú haría algo al respecto—dijo calculadoramente, provocando que las pupilas oscuras de Hiro se posaran en él con curiosidad—. No querrás que tu hermano te deje de lado por Elsa, ¿no? Créeme niño, yo sé porque te lo digo, conozco de estas cosas.

—¿Y qué hago? Ya se me acabaron los globos de agua—dijo el chiquillo—, y ayer Tadashi me regañó por eso como cinco minutos. Es peor que mi tía.

—Usa tu imaginación, enano. Estoy seguro de que esa enorme cabeza no la tienes de adorno.

Hiro arrugó la frente y miró alrededor, como pensando. Lo vio ponerse de pie e ir hacia uno de los árboles, donde la nieve se acumulaba. El muchacho sonrió maquiavélicamente.

En el fiordo, Elsa reía mientras sentía las manos de Tadashi apretando las suyas fuertemente y ambos giraban sobre el hielo. No recordaba la última vez en que se había divertido tanto. Era maravilloso escuchar la risa del moreno, quien después de todo no era tan malo patinando.

—¡Oye, hermano!—apenas alcanzó a escuchar la exclamación de Hiro antes de que una bola de nieve saliera disparada a toda velocidad y se estrellara justo contra su cabeza.

El impacto le hizo soltarse del agarre de su compañero y caer bruscamente en el suelo congelado, resbalando un par de metros y golpeándose en la rodilla y la espinilla. Un fuerte dolor se extendió a lo largo de su pierna, haciéndola soltar un chillido. A lo lejos, escuchó a Anna gritando su nombre.

Con los dientes apretados, la rubia llevo ambas manos hacia el área afectada, tratando de mitigar su malestar. No había tenido una caída tan fea en el hielo desde los nueve años.

Pronto, Olaf llegó junto a ella y lo tomó por los hombros para arrastrarla hasta la orilla del fiordo, donde sus amigos no tardaron en congregarse a su lado; la pelirroja inclinándose sobre ella histéricamente.

—¡Elsa! ¡Elsa, ¿estás bien?! ¡¿Qué te duele?! ¡¿Cómo te sientes?! ¡¿Te rompiste algo?!

—Déjala respirar, Anna—Kristoff la apartó gentilmente y luego se inclinó al lado de la albina para revisar su pierna.

—¡Lo siento mucho, Elsa! ¡No era mi intención, de verdad!—la voz preocupada de Hiro llegó hasta sus oídos en medio del bullicio que seguía armando la cobriza y las palabras del blondo para calmarla—¡Iba a darle a Tadashi! ¡No pensé que fuera lastimarte! ¡Perdóname!

Su hermano lo riñó duramente para mayor mortificación del chico. Elsa por su parte, ni siquiera podía prestar atención a lo que hablaban. Le dolía tanto la pierna. Aulló desprevenida, los dedos de Kristoff palparon esa parte en busca de alguna fractura.

—No tienes nada roto, ha sido solo el golpe. Creo que se desinflamará en un par de horas—le dijo—, no te preocupes. A mí me ha pasado jugando al hockey. Vamos con mis padres para tratarte ese moretón.

—A un lado—la voz autoritaria de Hans le hizo levantar la cabeza, justo antes de sentir como la tomaba en brazos y emprendía la marcha de regreso sin decir una palabra, ante los ojos asombrados de todos.

Kristoff fue detrás de ellos, sin otro remedio que seguirle el paso al colorado.

Elsa pensó que si no estuviera tan adolorida por el golpe, seguramente estaría exigiéndole a su hermanastro que la bajara, pero por el momento simplemente se dejó llevar, sintiéndose diminuta entre sus brazos y dudando de siquiera poder caminar. Aquello era tan vergonzoso, no simplemente por el hecho de que él la cargara, sino por su aparatosa caída. Siendo la patinadora que era, debió haber mantenido el equilibrio ante algo tan inofensivo como una bola de nieve.

Entraron en el camper, después de que el rubio les indicara que esperaran allí mientras iba a hablar con su padre para que le diera algún ungüento contra las inflamaciones.

Hans la depositó en una de las literas del vehículo.

—¿Te duele mucho?—preguntó con seriedad.

Ella negó con la cabeza, mintiendo. No quería verse como una llorica delante de él.

—No te hagas la dura, sabandija. Ese golpe fue demasiado fuerte.

El pelirrojo se llevó una mano hasta la nuca con frustración. Aquello había sido su culpa. Si la muchacha lo supiera, ya le estaría gritando como de costumbre y bien merecido se lo tendría.

¿Por qué las cosas tenían que joderse tanto?

—Déjame ver, quiero asegurarme de que solo haya sido un golpe.

—¡No! No veas nada, Kristoff ya dijo que solo fue eso.

—A la mierda con Kristoff, déjame ver—demandó, sentándose a su lado y tomando firme pero delicadamente la delgada pierna de la adolescente—, que si te rompiste algo, nuestros padres me van a reñir a mí.

Elsa lo miró con indignación. Ella se estaba muriendo de dolor y al muy idiota solo le preocupaba que lo regañaran. Hans nunca cambiaría.

—¡Ay, ten cuidado!—se quejó, cuando los dedos del cobrizo le desabrocharon el patín para el hielo y arremangaron su calza—Tienes las manos frías—dijo con un puchero.

Hans rodó los ojos. Ni porque se había accidentado la rubiecita dejaba de ser tan infantil.

Hizo una mueca al ver el enorme cardenal que se extendía sobre la piel blanca de Elsa. Eso definitivamente iba a tardar en quitarse. Internamente, se reprochó por estúpido y más al ver el semblante de espanto que ponía la chica.

La puerta del camper se abrió, dando paso a una pelirroja de cabello alborotado.

—Kristoff me dijo que te habías caído mientras patinabas, dijo que debías ponerte esto—Mérida le extendió un tubo de pomada desinflamante—, ahora está hablando con su padre. También traje unas compresas.

Hans tomó ambas cosas y procedió a abrir el ungüento, en tanto su hermanastra miraba a la recién llegada con dubitación. Tanta amabilidad para con ella era sospecha.

—¿Qué? No me mires así, Barbie. Cuando dije que te había disculpado era en serio; además vi toda la conmoción en el fiordo y quise venir a ayudar. Tu amiguita la enana está como una histérica—añadió con burla.

—Anna, su nombre es Anna—señaló la platinada fríamente—. Y yo también tengo nombre.

—Como sea, muñequita. Oye, asegúrate de ponerle bien esa compresa, principito. Yo también he tenido un par de caídas en el skate y no veas lo feas que se ponen.

—Esperemos que con esto sea suficiente—Hans extendió una generosa cantidad de pomada sobre el moretón con suma delicadeza para tratarse de él.

Elsa desvío la mirada, sintiéndose ruborizar al contacto con esas manos grandes y elegantes. Se sintió tremendamente estúpida por eso, ¿por qué esa reacción? Solo se trataba de su idiota hermanastro.

Él ajustó la compresa justo encima de la lesión y una vez que hubo verificado que estuviera bien puesta, colocó la pierna de la joven encima de un almohadoncito cercano.

Ahora sí el mundo se había puesto de cabeza, pensó la blonda. Esos dos pelirrojos comportándose como personas decentes era demasiado bueno como para ser verdad. ¿Estaría soñando?

—Bueno, hay que dejar a la princesita descansar. ¿Por qué no vamos afuera?—preguntó Mérida de repente.

—Ni loco me muevo de aquí, no hay nada que hacer afuera. Además, mi madrastra me encargó estar al pendiente de su hijita y con razón, es tan tonta, que es capaz de caerse de la cama o algo.

—¡Oye imbécil!—Elsa contuvo las ganas que tenía de lanzarle una de las almohadas. Respiró profundo—De hecho, sí preferiría que se marcharan de aquí. Creo que necesito descansar a solas.

—Lo que tú creas me importa una mierda—le espetó Hans—, vas a cerrar la boca y te vas a quedar ahí hasta que se te desinflame eso. Y yo me sentaré justo en este lugar sin importar lo que digas, pequeña sabandija.

La chica lo fulminó con la mirada, ¡como lo detestaba cuando se comportaba como un patán!

—Pues bueno, siendo así, también me quedo con ustedes—decidió Mérida, tomando asiento en un sitio muy próximo al del cobrizo—, ya me aburrí de estar afuera, así que… —metió una de sus finas manos en el bolsillo de su chaqueta para sacar una baraja—, ¿jugamos a las cartas?

Elsa y Hans intercambiaron miradas recelosas.


Un extraño silencio se había instaurado en el interior del camper, en donde los tres jóvenes se habían inmerso por completo en una inusual partida de cartas. Los dos pelirrojos se hallaban sentados en el borde de la litera donde Elsa descansaba; ya sintiendo como el dolor se desvanecía poco a poco de su pierna.

Momentos atrás, el señor Bjorgman se le había acercado para asegurarse de que todo estaba en orden y revisar su lesión, felicitando de paso a su hermanastro por el excelente trabajo que había hecho al ponerle la compresa.

Cuando quería, ese idiota podía hacer las cosas bien.

Concentrada, le echó un vistazo a las cartas con las que contaba. Hacía tan solo media hora que se había enterado de las reglas de ese juego, pero creía que se las estaba arreglando de manera bastante decente para ser su primera vez.

De repente, vio a Hans esbozar una sonrisa triunfal y bajar su propio mazo de cartas. Sus ojos azules se ensancharon con sorpresa.

—Fin del juego, niñitas. Yo gano esta partida—anunció con petulancia.

—¡Nada de fin del juego!—protestó Elsa—¡Eso ni siquiera es válido! ¡Mira las cartas que tienes!

—¡Mocosa, no entendiste ninguna regla! ¡Es obvio que sí se vale! ¡Yo gano, punto!

—¡No! ¡No ganas nada, animal! ¡Quien no entendió las reglas fuiste tú! ¿No ves que esa carta ni siquiera cuenta?

—¡Claro que cuenta! ¡Deja de romperme las bolas!

—¡No cuenta y lo sabes bien!

—Cálmense, muñequitos. Esto tiene fácil solución—Mérida intervino entre ambos, lanzándoles una mirada neutral.

—¡Qué perdedora de mierda eres! ¡Nunca se puede tratar contigo!

—¡Tramposo! ¡Eres un tramposo que no juega limpio! ¡No sé porque no me sorprende de ti!

—Oigan…

—¡Haces trampa tan mal como mientes! ¡Bestia traicionera y de patillas horribles!

—¡Tú eres la bestia, bruja del demonio! ¡Perdedora patética!

—¡Oigan!—la pelirroja intentó llamar su atención en vano; para ese entonces, sus acompañantes habían subido bastante la voz.

—¡Ni siquiera sé porque estoy jugando contigo! ¡Yo debería estar patinando y no aquí, viendo como haces trampa en algo tan estúpido! ¡Idiota!

—¡Muy bien! ¡Si no te parece, agarra cada una de estas cartas y métetelas por donde te quepa! ¡Perdedora!—Hans le arrojó bruscamente sus cartas en un ademán por demás infantil.

—¡Ugh, imbécil!—Elsa tomó la almohada contra la que estaba recostada y comenzó a darle de golpes al chico, quien no tardó en tratar de arrebatársela.

Una nueva retahíla de insultos no tardo en ir y venir entre ambos. Mérida sintió como una vena le palpitaba en la sien.

—¡Vas a pagármelas por eso, sabandija de mierda!

—¡Te odio! ¡Maldita serpiente traicionera del mal!

—¡CÁLLENSE!—el grito de la colorada resonó en las cuatro paredes del camper silenciando de inmediato a los hermanastros, quienes observaron sobresaltados a la pecosa.

Mérida tenía la mandíbula apretada de exasperación y sus manos vueltas puños.

—¡Maldita sea, idiotas! ¡Ustedes sí que tienen problemas, en serio!—se pasó sus palmas por el cabello—¿Cuántos años tienen? ¡Parecen dos malditos niños de preescolar! Ni siquiera mis hermanitos se comportan como ustedes, par de inadaptados.

—¡Eso es porque siempre es culpa de él!—Elsa apuntó con su dedo índice al pelirrojo—¡Todo el tiempo va por allí con su cara de niño bueno engañando a todo el mundo! ¡Pero tú ya viste como es! ¡Es un ser perverso, lleno de maldad y mentiras, con el alma podrida de… de… de perversidad y bajeza y cosas malas! ¡Así es como eres tú, Hans! ¡Una víbora trepadora de la más vil calaña! ¡Ay!—se quejó cuando el muchacho estiró la mano para darle un zape en la nuca, que hizo que su cabeza rubia se inclinara hacia adelante.

—Con esa imaginación de mierda que te cargas, podrías escribir un libro para retardados, mocosa.

—¡No me toques, idiota!

—¿Ustedes son así todos los días?—inquirió Mérida con fastidio y perplejidad—Porque, en serio, esta debe ser la conversación más imbécil que he visto jamás. Ahora comprendo tantas cosas…

—¡Imbécil es lo que es él!

—¡No, tú eres la imbécil!

—¡Tú eres el imbécil!

—¡Imbécil!

—¡Imbécil!

—Bueno, ¡ya se calman los dos!—la colorada les dio sendos zapes a cada uno, haciendo que se quejaran—¡Son unos tarados! ¡Terapia familiar! Eso es lo que no les vendría mal a ustedes—refunfuñó—, mierda, me siento como cuando estoy cuidando a mis hermanitos.

Mérida se puso a recoger las cartas que se habían desperdigado por el colchón.

—Y para que lo sepas, princesita—dijo volviéndose hacia Elsa—, el playboy ganó limpiamente la partida anterior. Es obvio que no entendiste las reglas del juego.

Hans esbozó una sonrisa presuntuosa.

—¡Pues no me importa! ¡Este es un juego estúpido y aburrido!—la platinada se cruzó de brazos y alzó su nariz con arrogancia, aunque sus mejillas se habían puesto rojas—¡Prefiero patinar! Eso sí necesita coordinación e inteligencia, no como este jueguecito de niños.

—En serio, eres tan patética—le espetó el pelirrojo.

La puerta del vehículo se abrió una vez más, dando paso a un muchacho de cabellos negros y gorra.

—Elsa, vine a ver como te encontrabas—Tadashi se acercó hasta la litera donde se encontraba, acaparando toda la atención de la aludida. Lucía bastante apenado—, ¿cómo te sientes? ¿Estás bien?

—Estoy mucho mejor, gracias—respondió ella, adoptando un semblante más dócil.

—Sí, no le pasa nada. Ya la atendimos muy bien—añadió el chico de cabellos cobrizos, mirando al asiático seriamente.

—Me alegro. En verdad siento mucho lo que te ocasionó mi hermano, no era su intención. Tú sabes que a veces es un poco impulsivo—Tadashi se rascó la nuca con nerviosismo—. Él se siente muy mal por lo ocurrido, quiere pedirte una disculpa.

—No te preocupes, sé que él no lo hizo a propósito—la blonda lo tranquilizó con una dulce sonrisa—. Dile que le disculpo.

—Tienes un corazón de oro, Elsa—Hans rodó los ojos ante esta afirmación—, yo… bueno… te traje algo, para que te sientas mejor.

El moreno mostró la mano que hasta entonces había ocultado tras su espalda y le tendió a la muchacha una pequeña flor azul, sobre la que todavía brillaban unos cuantos restos de escarcha. Elsa se ruborizó abruptamente.

—Que bonita es—musitó, tomando la planta tímidamente.

—Te la traje para que no extrañes tanto estar afuera. Me recordó al color de tus ojos.

Hans volvió a poner los ojos en blanco, hastiado. ¿En serio le regalaba una estúpida flor? ¿Qué clase de inepto hacía eso? Ese gesto era como de primaria, por Dios. Y la muy tonta todavía sonreía. Tuvo ganas de arrebatarle el dichoso brote para aplastarlo contra la cara de ese nerd.

—Ay sí, sí, que lindos. Casi me dan ganas de llorar y todo eso—apuntó Mérida con sarcasmo—, ¿vamos a volver a jugar o qué? Digo, a menos claro que quieran besarse y darse de abrazos o algo así.

El color en las mejillas de Elsa aumentó, si es que eso aún era posible.

—¿Están jugando cartas? Que bien, me encanta ese juego—dijo Tadashi.

—A mí me parece muy aburrido—replicó la albina, repentinamente enfurruñada.

—Para nada, de hecho es una opción muy interesante de probabilidad—le comentó el azabache—, si quieres, te puedo explicar en una partida, para que entiendas mejor. Es fácil una vez que le agarras el truco.

—Sí, eso me gustaría—aceptó ella, volviendo a sonreír de manera encantadora.

Hans entrecerró los ojos con disgusto.

—Bueno nerd, entonces siéntate, voy a empezar a repartir—Mérida acomodó las cartas en sus manos y comenzó a manipularlas con habilidad—. Veamos que tan bueno eres en contra del principito.

Durante toda la partida, el colorado no dejó de lanzarle miradas recelosas a Tadashi.


—Me alegra mucho que ya te sientas mejor, Elsa—su pelirroja amiga le dirigió una sonrisa al tiempo que ensartaba un bombón en la punta de una vara.

La aludida le sonrió. Ambas estaban sentadas frente a la calurosa fogata que habían armado todos juntos al caer la noche. Algunos comenzaban a asar malvaviscos en las brasas, mientras esperaban a que la carne y el pescado que estaban cocinando los señores Bjorgman en la parrilla cercana se encontraran listos.

Era la última noche del año y estaban decididos a pasarla como nunca.

—En serio me asusté mucho cuando te caíste en el fiordo—dijo Anna, acercando su bombón al fuego—, ya sabes, usualmente soy yo a la que le pasa eso.

—La verdad es que ya estoy mejor, la pierna ya no me duele mucho.

—Es una lástima que no pudieras seguir patinando. Te echamos de menos en el hielo.

—Ya sé, yo también. Aunque… la verdad es que no la pasé tan mal.

La colorada advirtió como un tenue rubor adornaba las mejillas de Elsa y le echó una mirada inquisitiva.

—¿Ah no? ¿Y cómo es eso? Si estuviste todo el tiempo con la señorita no-conozco-los-cepillos-para-el-cabello—Anna le echó un vistazo a Mérida, que esperaba junto a los otros por un trozo de carne—, de haber sabido que había vuelto con ustedes, habría ido a sacarla a patadas. No te hizo nada, ¿verdad?

—No, de hecho se comportó un poco más amable, aunque he de admitir que no tiene mucha paciencia—Elsa se encogió de hombros—, además… Tadashi también fue a hacerme compañía.

—Con que sí, ¿eh? Algo me decía que te gustaba—la blonda rió cuando Anna le dio un empujoncito juguetón con el codo. Ya no podía ocultar lo que le pasaba con el mencionado—. Pero… ¿qué pasa con Hans?

Elsa bufó.

—Hans es un idiota—dijo—y dudo que algún día nos veas llevándonos bien. No veo a que viene que lo menciones.

—Bueno, desde que lo conocí yo siempre imaginé que ustedes se atraían, aunque sean hermanastros y todo eso. No sé, a mí me parece que tú le gustas—dijo Anna encogiéndose de hombros—, y no me mires así. Harías bonita pareja con él—añadió soñadoramente.

Elsa hizo ademán de vomitar.

—¡Vamos, no es una idea tan mala!

—Tú lo has dicho, somos hermanastros. Nunca pasaríamos ese límite, ni siquiera nos soportamos—apuntó ella con seriedad—, ¿imaginas lo que nuestros padres dirían si alguna vez ocurriera algo como lo que dices? No es que vaya a pasar, solo digo.

—Bueno, supongo que tienes algo de razón—Anna le dio un mordisco a su malvavisco caliente—, aunque no sé, al menos podrían llevarse mejor. Admite que fue amable de su parte curarte la pierna.

—Lo hizo para evitar un regaño de nuestros padres, no por otra razón. Te lo aseguro Anna, él y yo nunca nos llevaremos bien. Somos como el agua y el aceite, como el fuego y el hielo… ni siquiera sé como lograremos seguir conviviendo al volver a casa. Se supone que tenemos una tregua y míranos.

"Sin mencionar ese bochornoso incidente de ayer en el camper", se recordó a si misma, sintiéndose enrojecer de vergüenza.

Ninguno de los dos había dicho nada sobre tan desafortunada escena, con ella a medio vestir, y habían actuado como si nada hubiera ocurrido, desde luego. Y mejor así, porque solo acordarse era un verdadero suplicio.

Inconscientemente miró al pelirrojo, quien se encontraba sentado más allá de la fogata con semblante serio. Mérida se le había acercado y estaba hablándole de algo, aunque él lucía como ausente. Elsa frunció el ceño. No era como si le importara desde luego, pero algo no estaba bien con semejante cuadro. Esos dos… no encajaban como compañía.

Las pupilas verdes de Hans se cruzaron con las suyas y desvió la mirada de inmediato. ¿Qué más le daba con quien estuviera él?

—En fin, ¡me alegro mucho de que por fin te guste alguien! ¡Esto hay que celebrarlo!—la voz de Anna la trajo de vuelta a la realidad.

—Tampoco es para tanto… no sé si él tenga la misma impresión de mí.

—A juzgar por lo que vi en el fiordo, puedes apostar a que sí Els. ¡Este será un gran año para el amor!

La albina volvió a sonreírle a Anna, siendo correspondida en su gesto. A pesar de su habitual frialdad para con esas cosas, empezaba a tener el mismo presentimiento.

—Tomen chicas—Kristoff llegó frente a ellas sosteniendo en una mano un par de platos con hamburguesas, uno de los cuales le entregó a la cobriza, y en la restante otro con un poco de pescado que le dio a Elsa, quien le agradeció.

—¡Muchas gracias! ¡Se ve delicioso!—Anna comenzó a comer con el apetito voraz que la caracterizaba en tanto el rubio se sentaba a su lado.

Ambos comenzaron a charlar animadamente y la platinada los dejó estar. No estaba segura respecto a ella, pero le quedaba claro que para la pecosa, lo del amor iba viento en popa y se alegraba por eso.

Al otro lado de la fogata, Tadashi le sonrió y fue a sentarse junto a él. Mejor era no interrumpir a la parejita.

Desde su sitio, Hans contempló con semblante serio como su hermanastra volvía a acercarse al nerd, los dos todo sonrisas y miraditas. Habían estado así desde la tarde, mientras el moreno le enseñaba a jugar a las cartas. Tanta complicidad entre ellos era simplemente insoportable.

—… y entonces, disparé una flecha y terminó dando justo en el centro, ¡y papá gritó como nunca!—Mérida se detuvo en medio de su relato y le dio un golpe en el hombro—¿Me estás escuchando, idiota?

—Sí, sí—él le contestó distraídamente, en tanto se frotaba la zona donde le había pegado.

Esa pelirroja había resultado ser más insistente de lo que se imaginaba. No había prestado atención a casi ninguna de sus palabras en todo el rato.

—¿Ah sí? Pues yo veo que estás muy ocupado mirando a esa Barbie. ¿Qué tanto le ves? Creí que no la soportabas.

—No digas tonterías…

De reojo, observó como Hiro llegaba y se sentaba en medio de la pareja con la obvia intención de interrumpir. Eso le agradó.

A pesar de que el niño se había disculpado sinceramente con Elsa un par de horas atrás y de que esta por supuesto, lo había perdonado, se notaba que no iba a dejarle las cosas fáciles con su hermano. Y eso lo llenaba a él de una retorcida y malsana satisfacción.

Sacudió levemente la cabeza. ¿A él que le importaba lo que hiciera esa chiquilla o no?

—¿Sabes qué? No creo que seas capaz de acertar una mierda con ese arco que dices que tienes—dijo volviéndose hacia Mérida y recordando el único detalle que había logrado captar de su conversación—, seguro lo estás inventando todo.

Recibió un nuevo golpe en el otro hombro.

—¡Me estás retando, principillo! ¡Te voy a demostrar que sí puedo hacerlo! Solo aguarda a que regresemos a la ciudad, idiota.

Había cierto matiz de diversión en su voz que indicaba que aquel reto no debía atemorizarle. Al parecer había logrado flechar a la chica y no sabía si eso era motivo de preocupación o no. Pero en fin, ¿quién la culpaba?

El rato transcurrió en medio de risas y conversaciones dispersas, mientras todos saboreaban sus platos de carne o de pescado frente a la fogata.

Sobre sus cabezas, el cielo de Arendelle mostraba un espectáculo inolvidable.

—¡Oigan todos, ya casi es medianoche!—anunció Rapunzel, levantándose de su asiento y gritando con el entusiasmo de siempre—¡Es el momento de darle la bienvenida al nuevo año! ¡Levántense todos!

—¿Otra vez estás descalza? ¡Tú nunca entiendes, Punz!—exclamó la voz del rubio, justo después de que ella se pusiera a corretear por el lugar.

En menos de un par de segundos, ya todos se levantaban con la intención de hacer la tradicional cuenta regresiva. La mención de propósitos al azar y los abrazos preliminares no tardaron en surgir.

Hans se acercó hasta cierta platinada que observaba las estrellas, ajena a todo el barullo que se había armado a su alrededor.

—¿Disfrutando de los últimos minutos del año, sabandija? Al parecer te la estabas pasando de lo lindo con ese nerd, ¿en dónde lo dejaste?

Elsa bufó al sentir su presencia.

—De hecho, sí estaba disfrutando estos últimos minutos hasta que tú llegaste—lo miró gélidamente—. ¿Por qué no vas a charlar con tu amiguita la salvaje? Se nota que se llevan muy bien.

—¿Es en serio?—el joven dejó escapar una risa ahogada. Era curiosa la conclusión de la rubita, considerando que de repente era Mérida quien parecía haberle tomado interés—¿Acaso detecto celos en tu voz, hermanita?—preguntó para molestarla.

—Me tiene muy sin cuidado lo que hagas o dejes de hacer—le aclaró Elsa—y no vuelvas a llamarme así, ¿entendiste?

Unos cuantos fuegos artificiales, provenientes de distintas partes del bosque, se elevaron en el cielo llenando su superficie con explosiones de colores. A su alrededor, todos comenzaban a abrazarse y felicitarse.

—Este fue un año muy movido para ti, ¿no, Elsa?

—Sí, definitivamente lo fue.

Un año lleno de cambios, coincidió en su interior. Cambios que no estaba segura de poder aceptar, por más que ya se hubieran apoderado de su vida. No tenía idea de como iba a sobrevivir a los meses que venían. Se cruzó de brazos y suspiró.

Bastó con echarle una mirada al semblante del pelirrojo para saber que él pensaba lo mismo. Y entonces, inesperadamente lo escuchó hablar.

—Feliz año, sabandija.

La chica relajó su postura. Al menos por esos instantes, podían olvidarse un poco de la rivalidad que tenían, antes de volver a casa.

Esa noche quería disfrutar.

—Feliz año, Hans.


Regresar a la civilización después de un idílico fin de semana rodeados de tanta naturaleza, era algo que le pesaba a cualquiera, sin embargo Oslo los esperaba. Y aunque le pesaba dejar atrás los fiordos, apenas vislumbró la fachada familiar de su hogar al regresar a su vecindario, Elsa se sintió sumamente reconfortada.

—¡Me alegra tanto que estén en casa!—su madre, como era de esperarse, los recibió efusivamente apenas pusieron un pie dentro de la casa.

Idun se acercó tanto a ella como a su hermanastro con una enorme sonrisa en el rostro y los estrechó con sus delgados brazos, separándose luego para besarla en la mejilla.

—Te eché mucho de menos, cariño. Es la primera vez que pasamos esta fecha separadas—comentó con algo de añoranza.

—Yo también te eché de menos, mamá. Pero si la pasaste bien, ¿no?

—Oh sí, Adgar me llevó a cenar a un lugar muy lindo. Va a estar muy contento de verlos de vuelta en cuanto regrese de la oficina. ¿Y ustedes qué tal? ¿Se divirtieron en la nieve?

La platinada dejó que su madre la guiara hasta la sala de estar, en tanto que Hans se dirigía a la cocina.

—Sí… bueno, tuve un pequeño accidente. Me caí sobre el hielo y me golpeé en la pierna.

—¡Oh, por Dios! ¿Y te lastimaste? Déjame ver…

Como era de esperarse, Idun se mostró muy alarmada, a pesar de que para entonces el cardenal de su espinilla se había atenuado bastante y de que la había visto caminar con normalidad. Una madre nunca cambiaría su modo de preocuparse.

—Debió dolerte mucho, debes tener más cuidado cuando vayas a patinar hija. ¿Quién te atendió?

—Bueno… fue Hans. Él… me curó el golpe—aceptó con esfuerzo. Le costaba admitir que dentro de todo, su hermanastro la había cuidado bien después del incidente.

El aludido apareció ante la puerta, llevando una taza de café en las manos.

—Ya sabía que era buena idea que te acompañara. Hizo muy bien al estar pendiente de ti—Idun le sonrió—, no sabes cuanto te agradezco tu ayuda, cariño. Eres muy bueno.

—Ni lo menciones. No podía dejar que nada le pasara a Elsa—de nuevo, esbozó esa sonrisa falsa que tan bien le conocía—. De veras nos hemos tomado mucho cariño.

La albina entornó sus ojos. Con cada día que pasaba, su hermanastro se volvía un misterio cada vez más incomprensible para ella. ¿Quién era él en realidad? ¿Y qué ganaba exactamente con representar aquel papel? ¿Qué era lo que estaba ocultando?

—Disculpa mamá, necesito ir a recostarme.

—Por supuesto cariño, ve. Sé de cierto amiguito que estará contento de verte—la castaña le colocó un mechón rubio detrás de la oreja—, Marshmallow te ha extrañado bastante.

Elsa subió a su habitación, ignorando la mirada de los ojos verdes que la siguieron hasta que hubo desaparecido en la planta alta. De repente, un sentimiento enorme de curiosidad la había embargado y tenía en mente la manera exacta de comenzar a saciarla.

Lo único que podía preguntarse era como no lo había pensado antes.

Al entrar en su dormitorio, su gato la recibió con un sonoro maullido de bienvenida y acudió a refregarse contra sus tobillos. Ella lo acarició brevemente para luego tumbarse en la cama y acercar su laptop. Lo primero que hizo al entrar en Internet fue acceder a Facebook.

A diferencia de sus amigos, no era en absoluto fanática de las redes sociales y de hecho, si tenía un perfil en dicha página era porque Anna lo había abierto para ella hacía años. Su biografía estaba escasa de actualizaciones y la mayoría de las fotos que se mostraban, más que ser suyas, provenían de etiquetaciones en los perfiles de sus amistades.

Lo dicho, Elsa nunca había sido una persona sociable. Pero en esa ocasión aquel sitio le venía de perlas para lo que pretendía hacer.

Rápidamente usó el buscador para dar con la biografía de su hermanastro, el cual no se demoró en encontrar. Le sorprendió sin embargo, hallar una página cuya visibilidad había sido limitada por estrictas medidas de privacidad y que a simple vista, tampoco se veía muy actualizada, aunque si parecía tener una buena cantidad de fotografías. Algo que no era de extrañar, considerando la personalidad ególatra de Hans.

Y hablando de narcisismo, se dijo con sarcasmo, mientras veía con detenimiento su foto de perfil. En ella, el joven se mostraba al lado de su lujoso convertible, con un par de lentes oscuros y una pose de lo más superficial.

"Engreído", pensó rodando los ojos.

Como pudo, hurgó en la poca información que encontró disponible, comenzando por sus amistades. Entre las mismas, hubo un nombre que de inmediato saltó a su vista y sobre el cual hizo clic, terminando en un perfil mucho más público y completo. El resultado se veía prometedor.

Después de ojear la página del desconocido, Elsa lo pensó unos cuantos segundos y terminó por enviar una solicitud de amistad; algo realmente extraño en ella. Normalmente era más el tipo de persona que las rechazaba pero en ese instante, todo fuera por la investigación. Se sorprendió gratamente cuando menos de un minuto después, la misma fue aceptada. Aquel debía ser su día de suerte.

Con cierta dubitación, abrió el chat que se mostraba en la parte derecha de Facebook para contactar con él.

Elsa Sorensen:

Hola

Lars Westergaard:

Hola :D


Nota de autor:

¡Feliz día del amor y la amistad para todos! *Lanza un montón de confetis en forma de corazoncitos*

Espero que la hayan pasado muy bien en compañía de sus amigos o parejas, o ya de perdido, con sus muñecos inflables de Hans. xD Se suponía que hoy iba a tratar de subir una nueva historia en Nieve, Chocolate y Margaritas, pero que les digo, la inspiración por ahora no está de mi parte en ese proyecto. Así que aproveché que tenía este capítulo listo mejor, ¡se lo merecen después de tantos reviews bonitos que recibí! Ese es el espíritu Helsa. *w*

Déjenme informarles también, que parece que mis musas están al 100% en lo que a esta historia se refiere. ;D Pero vamos a comentar esta entrega, ¡me encanta hacerlo!

Por un lado, tenemos a un Hans muy confundido y que poco a poco empieza a caer en los encantos de nuestra adorable rubia, pero es bien testarudo como siempre. ¿Cuándo aprenderás Hansy? D: Por el otro, la pequeña Elsa también se hace del rogar y como que quiere ponerle más atención a cierto asiático. ¿Ustedes creen que ese romance prospere? e.e No nos olvidemos tampoco del factor Mérida, porque en serio, ¿quién la culpa por fijarse en lo sensual del pelirrojo?

El campamento de nuestros amigos estuvo lleno de sorpresas, que espero que hayan disfrutado. :D Apuesto a que los volví a dejar picados con ese final; así es, ¡Elsa acaba de hacer un nuevo amigo! ¿Qué piensan que resultará de eso?

Ari: Es que la querida de Elsa también tiene lo suyo y su hermanastro no es de piedra. ;D Sí, ya sé que a este punto, tanto Tadashi como Mérida son una pequeña piedra en el camino, pero bueno, así es el Helsa, complicado como nos gusta. x3 Y sí, ¡ya comenzó la debilidad entre estos dos! Esperemos que haya más momentos así en los capítulos que vienen. ;) Gracias por tus comentarios que son siempre tan bonitos.

Famen23: Sí, han sido unos capítulos muy movidos y llenos de locuras, que me encanta que te gusten. ¡Te agradezco estar aquí!

Davi: Muchas gracias por tus palabras, no sabes cuanto me animan (y me inflan un poco el ego, jajaja), es que me encanta este hobby. :D Para que no sufras más, espero que te haya gustado este capítulo. Este va a ser un long-fic pero no sé si tan largo como Pasión de Invierno. Habrá que ir viendo como se dan las cosas aunque ya tengo toda la historia estructurada a grandes rasgos, porque una nunca sabe como salen al final. El acercamiento entre nuestros tórtolos se irá dando gradualmente pero por lo pronto, te prometo un par de escenas más con ellos dos en plan "te puedo tolerar y/o ser decente contigo", para la actualización que se viene. ;D

nina: ¡El Helsa manda! :3 Gracias por comentar.

Helsa fan: Ay sí, yo también creo que Hans ya quedó flechado de Elsa, solo que aún no sabe. *o* Gracias por tus palabras, siempre me animas un buen. Jajaja, tomaré en cuenta tus sugerencias, a ver si se puede dar algo. ;) Un saludo.

Pasando a otras cosas, no pude evitar sentir curiosidad por cierto comentario que me dejo Belen Katherine sobre Zootopia, preguntándome si no creía que los personajes eran como un Helsa versión animal. Yo la verdad no sabía de lo que hablaba, así que me fui derechito a Google Images y bueno, ¿qué les puedo decir? Creo que una sabe que ya está muy afectada por esta parejita cuando empieza a verla por todos lados, incluida otra película infantil. Ósea, no solo eres tú Belen, ahora también soy yo y probablemente quienes lean esto y sean curiosos también. LOL

Bueno criaturas, ya me despido. ¡Tengan una semana fabulosa!