Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


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10

Tregua rota


Tras aquel fin de semana en la reserva natural de Arendelle, el resto de las vacaciones de invierno transcurrió de forma rápida y tranquila, dentro de lo que cabía. A pesar de que la tregua parecía haber recuperado toda su fuerza en casa y de que las discusiones entre ella y su hermanastro habían disminuido considerablemente, Elsa se encontró a si misma enfrentándose con esos pequeños gestos de parte del muchacho que la sacaban de quicio. Las sonrisas arrogantes, los comentarios inocentes que encubrían una evidente intención de molestar de vez en cuando, las miradas desafiantes y ese gusto de Hans por ganarse un lugar cada vez más privilegiado entre las atenciones de su madre.

La rubia jovencita prácticamente se había resignado a vivir con tales molestias de ahí en adelante, o al menos hasta que tuviera la oportunidad de ausentarse de casa por sus estudios universitarios; un aspecto sobre el que aún no se había decidido.

Lo quisiera o no, el pelirrojo ya era parte de su familia.

Por suerte, (al menos para ella), las clases habían comenzado y eso significaba tener más cosas en las que distraerse y ocuparse antes que lidiar con él.

El colorado había ingresado también ya a la universidad, aunque Elsa se había decepcionado bastante al enterarse de que no ocuparía un dormitorio en la institución, sino que seguiría en casa, terminando con todas sus esperanzas de librarse de su presencia momentáneamente. Así lo había dispuesto su padrastro, quien al parecer quería tener a su hijo cerca por extrañas razones y una evidente desconfianza.

Eso le inspiraba una curiosidad tremenda.

Inclinada sobre su laptop, leyó los mensajes del chat de Facebook, al que últimamente se había vuelto más asidua que nunca.

Lars Westergaard:

Hey pequeña, ¿qué tal amaneciste? ¿Terminaste tu ensayo sobre la SGM a tiempo? :)

Elsa Sorensen:

Bien, gracias. Aunque habría terminado antes si no me hubieras estado distrayendo ayer.

Lars Westergaard:

Oye, tú fuiste quien se metió a Facebook y eso es porque te encanta hablar conmigo. Además no me eches la culpa, que bien que me ofrecí a ayudarte y no quisiste. :P

Elsa Sorensen:

No suelo aceptar ayuda para hacer mi tarea, a menos que me encuentre muy desesperada. Pero no es el caso con Historia, me las puedo arreglar muy bien.

Lars Westergaard:

Ah, alumna aplicada. Eso me gusta, hermanita. Que seas responsable con tus tareas. ;)

Elsa Sorensen:

Claro. Estás hablando con una de las chicas más inteligentes de la escuela, sin afán de presumir. :P

Lars Westergaard:

Inteligente y bonita. ;D

La blonda rió al leer la respuesta. El hermano de Hans era bastante opuesto en carácter a este último. Amable, gracioso y todo un caballero, aunque su extroversión le había chocado bastante al principio. ¿Cómo era que dos personas tan distintas podían ser hermanos?

Lars nunca dejaba de coquetearle en sus pláticas virtuales, pero también sabía como llevar una buena conversación. Lo malo era que ni así había logrado responder todas sus interrogantes sobre el menor de los Westergaard. Cada vez que había intentado preguntarle la razón por la que este se había marchado de casa, el mayor evadía la cuestión o cambiaba drásticamente el tema, por lo cual ella no tardó en comprender que de él no obtendría nada.

¿Por qué seguía hablándole entonces? Lo dicho, Lars era genial como amigo, siempre la hacía reír y era muy agradable al conversar. Aparte de que sus pesquisas no habían resultado del todo inútiles. Si bien no le había revelado nada comprometedor de su "querido hermanito", si había conseguido sacarle un par de anécdotas vergonzosas y algunas cosas interesantes.

Claro que no era como si enterarse de la ocasión en la que Hans se había soltado a llorar en medio de una obra escolar de primaria o su aversión hacia los payasos fuera algo importante, pero una nunca sabía.

Desde el piso de abajo, alcanzó a escuchar la voz de su madre llamándola para que bajara a desayunar.

Elsa Sorensen:

Tengo que irme, se me hace tarde para ir a la escuela. Y hablando de eso, ¿tú no tienes clases o algo? ¿Quién se conecta a esta hora de la mañana?

Lars Westergaard:

Hey, quería darte los buenos días. Además, mis clases comienzan hasta las 12, tengo tiempo de sobra. :)

Elsa Sorensen:

Dichoso tú, yo siempre ando con el tiempo encima. Hablamos más tarde, entonces.

Lars Westergaard:

Anda, ve a estudiar. Haz que me sienta orgulloso de ti.

Elsa Sorensen:

Lo haré y ya levántate, apuesto a que todavía estás metido en la cama. D:

Lars Westergaard:

Solo cinco minutos más, lo prometo. ;)

Elsa Sorensen:

Ok, chao. :)

Cerró el portátil y se apresuró a tomar su bolso con los libros de la escuela. Después de echarse un último vistazo en el espejo y acariciar la cabeza de Marshmallow, bajó hasta el comedor en donde ya todos se habían reunido. Su madre servía el desayuno y su padrastro leía el periódico en su tablet. Ambos le dieron los buenos días mientras se sentaba.

—Será mejor que te apresures si no quieres llegar tarde, hija. ¿Terminaste toda tu tarea?

—Sí mamá, te he dicho ya que no te preocupes por eso.

A veces Idun insistía en tratarla como si continuara siendo una niña pequeña. Con una sonrisa de lado, se limitó a escuchar una serie de advertencias maternales que día con día, la castaña se encargaba de repetirle antes de marcharse al colegio, para después ponerse a conversar con su marido. Frente a ella, Hans desayunaba y miraba su teléfono sin prestarle la más mínima atención.

Sus ojos azules rápidamente se desviaron hacia el apetitoso plato de crepés que había sido puesto en su lugar, para proceder a devorarlos con gusto. Parecía que esa mañana su madre le había puesto especial empeño al desayuno.

—Esta mañana te despertaste con hambre, cielo—notó la castaña, al tiempo que le servía más jugo de naranja en el vaso.

—Es que esto está delicioso. ¿Qué le pusiste hoy a los crepés? Están realmente exquisitos, mamá—le contestó a punto de servirse una segunda ración, cosa rara en ella.

—Oh, no fui yo quien los hizo. Hoy Hans se encargó de preparar el desayuno, ¿verdad que cocina realmente bien?

La expresión en el rostro de la blonda cambió por completo a uno perplejo, al tiempo que se atragantaba. Frente a ella, el pelirrojo sonrió con una mueca petulante y no pudo sino tomar un largo sorbo de su bebida para detener los espasmos que le habían dado.

—Me alegra que te hayan gustado, Elsa. Me halaga tu comentario—le dijo él, con un tono de voz bajo el cual se podían percibir cierta burla y presunción.

La chica sintió sus mejillas arder y rápidamente desistió de servirse de nuevo, terminando de beberse su jugo para disimular el bochorno. En su vida le habría dirigido un comentario amable a su hermanastro, de modo que acababa de quedar en ridículo. Por otra parte, ¿quién diría que a ese idiota se le diera tan bien el cocinar?

El mundo estaba lleno de sorpresas.

—¿No vas a querer más, hija?—le preguntó Idun al verla ponerse de pie apresuradamente.

—¡No! Gracias. Se me hace tarde para llegar al colegio—sus pupilas azules captaron una vez más la mirada astuta y burlona de esos ojos esmeraldas al otro lado de la mesa y bufó.

Ahora, seguro que Hans no perdería la menor oportunidad para restregarle sus palabras en la cara cada vez que pudiera. Eso fue lo que pensó mientras se retiraba para lavarse los dientes y enfrentarse de nuevo con una ocupada jornada escolar.


—¡Diez páginas acerca de los acontecimientos de la posguerra en Europa para el miércoles, maldición!—la ruidosa queja de Anna resonó en medio de la calle mientras caminaban a casa desde la escuela—¡Acaba de pedirnos ese ensayo horrible y ya quiere que le hagamos otro! ¡Odio a Weselton! ¡Él siempre es súper injusto!—hizo un puchero.

—No te quejes, Anna. Son solo diez páginas—le dijo su mejor amiga, conforme ingresaban junto a Olaf a The Lucky Cat con la intención de tomar unas malteadas antes de llegar a sus hogares—y el tema no es tan complicado.

—¡Eso dices tú porque te encanta estudiar! No te entiendo Elsa, esa materia ni es interesante y Weselton es horrible. ¡Alguien debería decirle lo estúpido que es su peluquín!

—Sabes que igual vas a tener que hacer el ensayo—la atajó Olaf, divertido por su comentario.

La cobriza bufó mientras ocupaban un sitio junto a la ventana. Hacía bastante que no se pasaban por la cafetería de su amigo; de hecho desde que habían vuelto del campamento. Y no había nada como relajarse un rato allí después de salir de clases.

Al otro lado del establecimiento, Tiana los saludó con la mano y siguió limpiando una mesa que se acababa de desocupar. A esa hora, el lugar estaba casi vacío.

—¡Ya les digo! ¡Algún día voy a robarle ese peluquín tan idiota! ¡Y seré una heroína para la escuela!—Anna dejó caer su puño contra la mesa con decisión.

Un camarero se acercó hasta ellos.

—¿Qué van a ordenar, amigos?—preguntó con un claro acento americano.

—¡Naveen! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí!—Anna cambió su semblante malhumorado de inmediato y observó con emoción al alto muchacho de color que les sonreía—¡No sabía que trabajabas en este lugar!

—Eso es porque ya tenían muy abandonado este sitio. En especial ustedes, señoritas. El café echaba de menos la presencia de dos chicas tan guapas—contestó el aludido con coquetería y una graciosa pronunciación en ciertas palabras.

—¡Ay, tú! ¡Cómo eres!—Anna sonrió ampliamente y se ruborizo como colegiala, en tanto Elsa solo arqueaba ligeramente una ceja—Pero ya en serio, ¿qué te trae por aquí? ¡Creí que estabas ocupado con esas fabulosas fiestas de la residencia en la que vives! Y a las que por cierto, nunca nos has invitado ¿eh?

—Espera un par de años y ya tendrás tiempo de ir a tantas fiestas llenas de locura y depravación como te puedas imaginar, querida Anna. Por lo pronto, ¿qué te puedo decir?—el joven se encogió de hombros—La pobre Tia trabaja tanto, que decidí venir a echarle una mano. Ya sabes, si mi dama me necesita, ahí debo estar yo—la pecosa muchachita escuchó sus palabras con un gesto soñador.

—¡Oh, eso es tan caballeroso!

—¿Por qué no mejor les dices que tus padres te recortaron la asignación y necesitas dinero?—la voz de la morena intervino en la conversación desde donde estaba—De lo contrario seguirías en tu dormitorio haciendo lo que mejor sabes hacer: nada. Tú odias trabajar.

Elsa y Olaf rieron por lo bajo.

—Oh vamos, Tia, ¿por qué eres tan cruel conmigo? ¡Sabes que yo haría todo por ti!—el pelinegro se volvió hacia ella con gesto dramático.

—Tómales ya la orden y deja de perder el tiempo, la señora Cass no te paga por venir a conversar—respondió Tiana, marchándose hacia la cocina después de echarle una mirada de advertencia.

—Pfff, la señora Cass no te paga por venir a conversar—Naveen imitó a la chica agudizando el tono de su voz—. Pero yo sé que ella se muere por mí. En fin, ¿qué van a ordenar?

—Tráenos tres malteadas de chocolate medianas—dijo Elsa, tras lo cual él asintió y desapareció por el mismo camino que su compañera.

—¿No son adorables? ¡Muero porque se declaren el uno al otro! En su residencia para estudiantes debe existir mucha tensión romántica y emoción—chilló Anna removiéndose en su lugar.

—Ay Anna, tú y esa imaginación que tienes para inventar cosas. La vida no es como en esas series asiáticas que miras en vez de estudiar—le dijo la platinada, dándole un par de golpecitos con el índice en la sien.

—Se llaman doramas*, ¡y son increíbles!—la colorada suspiró y apoyó sus codos en la mesa para luego recargar la cabeza en sus palmas, suspirando—Les juro chicos, que desearía que la vida fuera tan interesante como en ellos. Hace días que no veo a Kristoff por culpa de toda la tarea que nos encargan.

—Aquí vamos de nuevo—dijo Olaf sonriendo de lado y poniendo los ojos en blanco.

—En serio Anna, si no te aplicas este semestre terminarás bajando tus notas. Acuérdate que antes de Navidad estuviste a punto de reprobar dos materias—le atajó su amiga.

—Sí, sí—la mencionada se incorporó—, oigan, ¿ustedes creen que alguna vez Weselton lave su peluquín? Porque usa el mismo todos los días…

—¿Eso de verdad importa?

—¡Sí! ¡No quiero contraer una infección si voy a robar esa cosa! Ese viejecito necesita una lección… —Anna miró por la ventana y de repente, sus ojos se abrieron como platos y adquirieron una expresión temerosa—¡Oh no! No, no, no, no, no, no, no, no, no…

Una muchacha de cabellos castaños entró con paso alegre a la cafetería, sonriendo como siempre y tarareando una canción en voz alta.

—¡¿Por qué?! ¡En serio, ¿por qué?! ¡Solo quiero relajarme un maldito segundo! ¡Vamos Dios, ¿por qué me odias?!—murmuraba Anna frenéticamente, haciendo gestos nerviosos con las manos.

—¡Hola personitas!—saludó Rapunzel al llegar junto a ellos, quien cargaba con su mochila al hombro y un enorme bloc de dibujo bajo el brazo—¡Ya los echaba de menos después de vernos tanto en las vacaciones! Qué lástima que no vayamos en el mismo grado, lamento no haberlos visto estos días. Quería preguntarles, ¿ya tomaron sus talleres optativos? ¡Adivinen en cual entré yo!

Se sentó al lado de Anna, a quien el ojo izquierdo comenzó a temblarle con un tic nervioso.

—¿Arte?—inquirió Olaf de inmediato.

—¡Así es! Alguien es muy intuitivo—la trigueña tocó la nariz del chico juguetonamente.

—En realidad no. Has estado en el mismo taller desde primer año, ¿recuerdas?

—¡Es cierto! En fin, quería enseñarles las cosas en las que he estado trabajando, últimamente estoy muy inspirada—colocó su bloc sobre la mesa y comenzó a pasar las páginas.

Las primeras páginas mostraban bocetos de paisajes, flores y cierto camaleón conocido, mientras que las últimas se derivaban a diseños más invernales. Se detuvo en un dibujo que mostraba la silueta de una joven de cabellos blanquecinos y cubierta con pieles en medio de lo que parecía ser un palacio de hielo. Una imagen que parecía sacada de un cuento de hadas.

—Oye, se parece a… —Olaf desvió sus pupilas oscuras del papel a su rubia amiga, quien también observaba el boceto con atención.

—¡Así es! ¡Tienes razón!—Rapunzel se volvió hacia Elsa con admiración—¿Sabes, Elsa? Desde que te vi patinando en los fiordos mi mente está repleta de ideas que necesitan expresarse por medio del arte, ¡tienes tanta elegancia!—impulsivamente, le tomó una de sus manos ante la mirada sorprendida de la albina—Nada me había inspirado tanto desde aquella ocasión en la que ese anuncio de tampones me convenció de cortarme el cabello, ¡eres mi nueva musa!

Anna la observaba como si de repente una presencia alienígena se hubiera apoderado de su cuerpo o algo parecido.

—Ah, pues… gracias, supongo—respondió la rubia, preguntándose internamente que tendría que ver un comercial de tampones con un corte de pelo.

—No, gracias a ti, ¡creo que jamás me había sentido tan creativa!—la castaña le dio un apretón a su palma e incrementó su expresión idealista—¡Eres una gran fuente de inspiración! Y esto no es lo único que hice…

La soltó para volver a pasar las páginas de su bloc, en las que había plasmado todo tipo de bosquejos que tenían como tema al invierno pero sobretodo, al mismo personaje basado visiblemente en la blonda, quien no sabía bien como debería sentirse ante tal gesto. Nunca le había gustado ser el centro de atención, aunque una parte de ella estaba halagada.

—Tus dibujos son excelentes, Rapunzel—le dijo sinceramente asombrada, pues al margen de todo, debía reconocer que la muchacha era realmente buena en lo que hacía.

Todo en ese sencillo bloc para dibujar derrochaba talento.

—Deberías estudiar algo relacionado con el arte después de graduarte de la escuela—añadió Olaf.

—¡Oh, de hecho ese es mi gran sueño! ¿Saben? ¡Siempre he querido estudiar Bellas Artes! La vida de los artistas es tan emocionante—dijo Rapunzel con ensueño—, ¡oh, miren! Este es mi favorito, lo hice justo anoche…

Les mostró un nuevo boceto, en el que había dibujado una escalinata de hielo en medio de una ventisca. Justo en el centro, una pareja se observaba apasionadamente. La joven, que seguía siendo la misma que en los diseños anteriores, se encontraba en brazos de un hombre alto y de rasgos apuestos, que a Elsa le resultaron amargamente familiares…

—Ese chico se parece mucho a Hans—hizo ver su amigo, aumentando esa sensación extraña que se había apoderado de ella.

—¿Ah sí? No lo había notado, ¿eh? Yo solo me deje llevar por mi imaginación—habló la trigueña, observando su creación con embeleso.

—Eso… eso es… —Anna miró hacia el dibujo con semblante hostil y sin dejar su tic de lado—es… lindo—suspiró, como si le costara admitir lo que iba a decir a continuación, su rostro por fin relajándose—. Es muy lindo. Es… precioso—afirmó con tono de derrota, pero viendo la imagen con admiradora aprobación.

—¡Oh, gracias Anna! Eres muy gentil—Rapunzel cerró sus manos en puñitos con emoción y soltó un chillido como los que la pelirroja solía dar cuando se entusiasmaba—. Para este usé un lápiz especial del número cinco, es un material que acentúa los trazos de un modo muy especial…

Mientras la morena se ponía a describir su obra tal y como si estuviera hablando de La Gioconda, Elsa se quedó con la vista clavada en la imagen, observando como los personajes parecían acariciarse con los ojos.

Esta vez el tic lo tuvo ella.


Abatida, Elsa suspiró por segunda vez después de releer el problema de su libro de Álgebra, abierto de par en par ante ella. Por más que intentaba, simplemente aquello no le entraba en la cabeza y aunque no era normal en ella dejar los deberes de lado, de repente le habían dado ganas de apartar aquel. No podía concentrarse y esa materia de pronto se había vuelto algo molesta.

Todo era culpa de la extraña imagen que no dejaba de rondarle la cabeza y que la empezaba a poner de mal humor. ¿Por qué Rapunzel tenía que haber dibujado algo así? ¿Cómo era posible que desperdiciara su habilidad en tales tonterías?

Frustrada, intentó leer el problema una vez más y volvió a suspirar al razonarlo sin éxito.

—No vas a acabar tu tarea si sigues suspirando como una tonta—dijo una voz a sus espaldas y ella bufó al reconocerla.

Al mirar sobre su hombro, divisó a Hans que la observaba desde el umbral de la cocina con una expresión burlona en su apuesto rostro y sosteniendo un vaso de limonada en una de sus manos. Ni cuenta se había dado cuenta cuando había bajado, ya que se había instalado en el comedor para ocuparse con aquellos infernales problemas.

—¿Y a ti eso qué? Déjame pensar en paz—replico la jovencita con frialdad, volviendo la cabeza hacia su libro y esperando a que se marchara.

Como si no estuviera ya lo suficientemente tensa, frunció la boca en cuanto notó como el pelirrojo en lugar de irse, se acercaba y se posicionaba justo detrás suyo, espiando por encima de su hombro para ver en lo que estaba enfrascada. La pálida mano que sostenía su lápiz endureció su agarre.

—¿Derivadas de tercer grado? Eso es cosa de niños, no puedo creer que no hayas resuelto una mierda—se burló él—, creí que eras más inteligente, Elsa.

—¿Quieres largarte? Contigo distrayéndome nunca voy a terminar—le espetó la rubia, dándole una mirada de resentimiento.

El muchacho colocó su limonada en la mesa y haló una silla para sentarse a su lado, para mayor mortificación de la chica. Sus ojos verdes seguían fijos en el problema algebraico y la presuntuosa sonrisa no se había desvanecido de sus labios.

—Te apuesto lo que quieras a que yo podría terminar esa basura en menos de cinco minutos—la retó con toda la intención de molestarla, alegrándose al verla apretar los dientes.

—¿Y tú qué sabes? ¡Muy apenas tienes la capacidad de sumar dos más dos!—discutió Elsa, ansiosa por hacer que se largara de ahí.

—Te lo puedo demostrar—repuso el colorado con arrogancia.

—¡No! Es mi tarea y yo la voy a hacer—la albina jaló el libro más hacia ella—, así que déjame en paz. Vete a perder el tiempo escuchando esa música horrible que siempre pones o lo que sea.

Por toda respuesta, Hans ensanchó esa sonrisa torcida que tanto la sacaba de quicio y permaneció en su lugar. La joven entrecerró sus ojos y luego los devolvió a su deber, dispuesta a ignorarlo para que se cansara y se fuera lo más pronto posible, así como a ignorar el nerviosismo que la hacía experimentar detrás de su fachada de reina del hielo.

Bufó y se puso a resolver el problema, siempre bajo la atenta mirada de su hermanastro. Podía sentir como esas pupilas de jade la taladraban con condescendencia. En serio, ¿es qué no tenía nada mejor que hacer? ¿Por qué tenía que mortificarla siempre?

Eran preguntas que no dejaban de repetirse en su cabeza mientras apuntaba el resultado de las ecuaciones en su libreta de matemáticas, con una escritura limpia y elegante.

—Está mal—la socarrona afirmación de Hans volvió a sacarla de su ensimismamiento, logrando que lo observara de manera asesina.

No dejaba de lucir esa estúpida sonrisa en los labios.

—Deja de molestarme, yo sé como hacer mi tarea.

—Está mal—insistió él con tranquilidad—, ese no puede ser el resultado. Para empezar, hiciste de manera incorrecta todo el procedimiento. Empezaste bien pero luego te desviaste bastante.

—¿A qué te refieres?

—Tienes que separar esa ecuación en grupos pequeños para derivarla—el pelirrojo le quitó el lápiz de la mano y se acercó un poco más para señalarle su error—, de lo contrario vas a seguir errando el resultado. Comienza por poner paréntesis—escribió unas operaciones en su cuaderno, al lado de las que Elsa había puesto—y así es más fácil que despejes la x. Tienes que aprender a hacerlo simple.

Rápidamente, comenzó a resolver la ecuación ante los ojos impresionados de la adolescente, quien escuchaba todas sus explicaciones con atención.

—¿Cómo es que sabes tanto acerca de las ecuaciones?—cuestionó con curiosidad, después de ver como resolvía el problema de la manera más sencilla.

—En la escuela me hicieron tomar tutorías, ya que solía distraerme mucho en las clases. Pero después de un par de lecciones extra, se puede decir que les tomé algo de gusto. En realidad nunca se me han dado tan mal las matemáticas.

—Nadie lo diría; lo que estudias no tiene nada que ver con ellas.

—Es que nunca me han interesado tanto como para dedicarme a algo que tenga que ver con eso. Antes tenía que cursarlas como materia, pero no me veo resolviendo ecuaciones en una pizarra en el futuro, en realidad a nadie le sirven de nada—Hans le devolvió al lápiz—. Intenta hacer las demás.

Sin discutir, la blonda se aprestó a seguir el mismo procedimiento que le había visto llevar a cabo para terminar con los siguientes problemas. De vez en cuando, el cobrizo le indicaba si estaba cometiendo algún error para darle indicaciones.

Hans podía ser un imbécil arrogante, pero tenía que admitir que explicaba mucho mejor que su profesor. Claro que eso nunca se lo diría.

—Ahora sí, parece que ya entendiste—ambos contemplaron los resultados finales escritos en la libreta de la platinada—, ¿ves? Cuando quieres usar esa cabecita tuya de vez en cuando logras cosas, sabandija—el dedo índice del joven tocó repetidas veces la sien de Elsa.

—¡Ay, déjame en paz!—ella lo apartó de un manotazo y arrugó la frente de manera infantil—Tampoco tienes que echarme esto en cara.

—Un simple gracias es suficiente—la atajó él, volviendo a elevar una de las comisuras de sus labios.

—Pfff, ni te pedí que me ayudaras. Tanta amabilidad en ti es sospechosa, por cierto. ¿Qué es lo que estás tramando, eh?

Hans rió por lo bajo ante la desconfianza de su hermanastra. Se veía muy linda cuando fruncía el ceño como si fuera una niña pequeña y sus mejillas se ruborizaban por el enfado. Ella no se daba cuenta de lo adorable que era.

Se encogió de hombros.

—No me habrás explicado mal a propósito para arruinarme la tarea, ¿no? ¿O es que quieres pedirme algo?

—¿En serio, Elsa?—inquirió con pachorra—No seas ridícula. Te has vuelto muy paranoica últimamente, ¿no te parece?

—Contigo, una siempre se tiene que cuidar las espaldas—le respondió ella sin vergüenza, atinando a imitar su sonrisa prepotente—. En fin… gracias.

—De nada—repuso el cobrizo con cierto brillo divertido en sus ojos.

—Pero si resultan estar mal, voy a agarrarte a patadas mañana, ¿entendiste?

El muchacho soltó una risa descarada mientras la platinada recogía sus cosas y se ponía de pie para marcharse a su habitación. Cuando subía las escaleras, el sonido entretenido de su hermanastro todavía persistía, confundiéndola aún más si cabía.

Aquel gesto tan amable, tan poco común en él la había desubicado por completo.

Era tan solo una de las cosas que no podía explicarse acerca del pelirrojo, quien a veces parecía tan gentil y otras, la mayoría del tiempo, un verdadero rufián, que le hacía cuestionarse quien era en realidad.

Parecía como si Hans Westergaard fuera a ser por siempre un enigma complicado de resolver y que mientras más era así, más tenía la necesidad de descubrir.

El diálogo familiar del chat en su Facebook la recibió, apenas encendió su computadora.

Lars Westergaard:

¡Hey, hermanita! ¿Qué tal te fue en la escuela hoy? ¿Mucha tarea? :)

Elsa Sorensen:

Bien, acabo de terminar con eso. Álgebra no es lo mío. :(

Lars Westergaard:

Recuerdo Álgebra, los profesores siempre me pateaban el trasero. En un par de años estarás tan aliviada como yo de no tener que lidiar más con eso. ;)

Elsa Sorensen:

Eso espero. A veces las ecuaciones me dan dolor de cabeza.

Lars Westergaard:

Pero si quieres, la próxima vez te puedo echar una mano.

Elsa Sorensen:

Acabas de decir que eras pésimo, si mal no entendí. ._.

Lars Westergaard:

No importa, al menos nos podemos quejar juntos de tu tarea. Cualquier excusa es buena para hablar contigo. ;D

Elsa rió. Definitivamente lidiar con el hermano de su tormento personal era mucho más sencillo.


Con algo de esfuerzo, la rubia continúo picando las cebollas que había dispuesto en el mesón de la cocina, tratando de ignorar el escozor que de repente se había apoderado de sus ojos. Había sido un día aburrido en el colegio y hacía rato que su madre le había llamado para decir que tanto ella como Adgar llegarían muy tarde del trabajo, por lo que la chica se había ofrecido rápidamente para hacer la cena.

Ella nunca había hecho nada en la cocina más allá de ayudar ocasionalmente a su madre, con cosas sencillas como pelar papas o preparar una ensalada, pero esa vez quería evitarle a la castaña el trabajo de llegar a preocuparse por lo que iban a cenar después de una jornada ocupada en la oficina.

Además, se había dicho a si misma que no podía ser tan difícil después de observar a Idun cocinar tantas veces.

Craso error. Aquello estaba resultando un poco más complicado de lo que se esperaba, pero no tenía más remedio que tratar de preparar algo decente. Elsa no era de las que se echaban atrás.

Su nívea mano se froto momentáneamente los ojos, apartando las lágrimas que ahora caían sin control por sus mejillas. ¿Cómo era que los cocineros soportaban eso?

De alguna manera se las arregló para terminar de picar dichos vegetales y los vertió dentro de la olla que ya había dispuesto en la estufa, cuyo interior miró no muy convencida. Así no se veía la sopa que solía preparar su mamá.

El sonido de la puerta abriéndose y unos pasos dirigiéndose pesadamente hasta allí la distrajeron momentáneamente. Con rapidez, colocó la tapa de la cacerola encima y observó recelosamente a su hermanastro, quien tenía expresión de pereza.

Recién llegaba de la universidad.

Hans le dirigió una mirada indiferente conforme se acercaba hasta la nevera.

—¿Qué haces aquí, sabandija? No me digas que te ha dado por cocinar.

La aludida decidió ignorar el tono burlón de sus palabras y se volvió hacia un gabinete para buscar un poco de sal.

—Mamá habló para avisar que ella y tu padre volverían muy tarde del trabajo. No quiero que se preocupe por la cena.

—¿Y sabes cocinar?—volvió a inquirir el joven, sin dejar de lado ese tonito sarcástico que tanto la exasperaba.

—¡Pues claro que sé!—exclamó ofendida.

Él no debía enterarse de que apenas y sabía lo básico respecto a las comidas. De reojo y con el ceño fruncido, lo miró encoger los hombros y sacar un cartón de naranjada de la nevera para beber directamente del envase, sin molestarse en servirse.

—¡Ay idiota, consíguete un vaso! ¡De allí bebemos todos!

—Me importa una mierda.

"Me importa una mierda", esa se había vuelto su contestación favorita para cada cosa que llegaba a reclamarle.

—Ush—Elsa se quejó por lo bajo y se hizo el apunte mental de no volver a tocar esa naranjada. No era posible que el colorado ni siquiera se molestara en algo tan sencillo como servirse al igual que la gente; era un maleducado y un nefasto.

—¿Qué tal te fue con las ecuaciones?—preguntó Hans, queriendo parecer desinteresado.

—Bien—el muchacho se quedó mirándola fijamente ante lo parco de la contestación, obviamente esperando algo más—. Me fue muy bien… el maestro me felicitó—añadió Elsa, sabiendo que no se libraría de esos ojos verdes sobre su persona sino hasta que dijera lo que él esperaba—, dice que he mejorado bastante con las ecuaciones de tercer grado.

—Ya lo sabía—su hermanastro volvió a esbozar una sonrisa odiosa—, era obvio que te iba a felicitar. Qué habrías hecho sin mí, después de todo.

La blonda rodó los ojos. No sabía ni para que le había dado cuerda. No era como si le hubiera salvado el pellejo o algo; a ella también se le solían dar bien las matemáticas, solo que ese tema la había tomado por sorpresa.

—Como sea—masculló—, tampoco es como si las ecuaciones fueran tan importantes. Tú mismo dijiste que no servían para nada.

Por fin logró localizar el botecito de la sal y destapó la olla para echarle un poco a la comida. Hans se acercó para mirar y ella se tensó como por acto reflejo.

—¿Es en serio?—inquirió él mirando el contenido de la cacerola y volviéndose hacia la jovencita, quien irremediablemente sintió que sus mejillas enrojecían de vergüenza. Y no era para menos; sabía que su sopa no estaba quedando precisamente apetitosa—Esto se ve asqueroso.

—¡Oye, eres un imbécil!—protestó Elsa poniendo las manos en las caderas y resistiendo el impulso de pegarle con el cucharón.

Quizá fuera un completo desastre cocinando, pero no tenía porque hablarle de aquella manera.

—Ni pienses que me voy a comer eso—le advirtió el cobrizo—, y nuestros padres tampoco. ¿Qué quieres? ¿Darles una indigestión? Ni tu gato se comería esta basura—la albina sintió que la sangre empezaba a hervirle—, a ver, hazte a un lado. Dios, ¿qué tanto le pusiste a esta cosa?—le dio un empujoncito y empezó a remover la sopa con desconfianza—En serio Elsa, no sabes cocinar una mierda.

—¡Y tú tienes unas patillas horrendas!—exclamó ella, diciendo la primer ofensa que le vino a la mente.

—¿Y eso a qué viene?—la increpó Hans—¿Sabes qué? Cállate. Pásame el ajo y la pimienta, y un poco de cúrcuma también.

—Pero…

—Pero nada, sabandija. Nadie se va a comer esto a menos que alguien haga algo para arreglarlo. Si es que tiene arreglo—espetó Hans con superioridad—, así que vas a cerrar tu boquita y vas a dejar que yo me encargue, porque ni creas que vamos a cenar esta cosa. Pásame todo lo que te dije.

Elsa se acercó a él, alzó la mano hasta su mejilla poniendo el índice detrás del pulgar y luego hizo un movimiento con el que su dedo salió disparado hacia el pómulo del muchacho, haciéndolo quejarse cuando sintió como su uña se le clavaba en la piel.

—¡¿Y eso por qué fue, mocosa?!

—¡Porque se me da la gana!—la chica le hizo una seña grosera con la mano antes de ir al otro extremo de la cocina.

Hans masculló una maldición en voz baja frotándose la mejilla y la observó de manera fulminante, viendo como tomaba un banquito para subirse a él y tener acceso a los gabinetes más altos. Sus orbes verdes pronto se desviaron al pequeño trasero de la rubia, perfectamente enmarcado por los ajustados jeans que traía puestos y lo suficientemente voluptuoso como para llamar su atención.

Desvío la mirada de inmediato. Malditas fueran sus hormonas, que no lo dejaban en paz desde aquella vez en el campamento. ¿Es que nunca lo superaría?

A regañadientes, Elsa volvió con los condimentos que le había pedido y lo miró con frialdad.

—¿Algo más?—preguntó de mala gana.

—Sí—él la retó con la mirada—, ya que estás en eso ponte a picar unas verduras para la ensalada. ¿Crees poder hacerlo o también tengo que ocuparme yo?

La adolescente entrecerró los ojos, lanzándole una mirada con el más puro odio.

Después fue hasta la nevera para sacar unos vegetales y volvió al mesón donde había dejado la tabla de picar para comenzar a cortarlos en silencio, en lo que el pelirrojo se encargaba de arreglar la sopa. Estuvieron en silencio un buen rato, solo volteando a verse con desagrado de tanto en tanto.

Elsa tomó una fuente de vidrio y vertió en ella todas las verduras que había picado, revolviéndolas para obtener una colorida ensalada, que puso con un golpe seco cerca del lugar en donde cocinaba su hermanastro, con una expresión concentrada en el rostro.

Un delicioso aroma brotaba ahora de la cacerola.

—Ahora sí, esto está mucho mejor.

—Ay, por favor.

—Ven a probar tú misma.

Bufando, Elsa se acercó y levantó el cucharón de la sopa para probar un poco. El caldo seguía teniendo un aspecto extraño pero no cabía duda de que olía muy bien. Y sabía aún mejor.

La chica frunció los labios, detestando admitir para sus adentros que a final de cuentas, su némesis cocinaba como un experto.

—¿Y bien?—lo escuchó decir, obviamente esperando a que le diera la razón.

—Sabe bien—dijo con indiferencia—, ¿cómo es que sabes tanto de cocinar? Yo siempre creí que tú no hacías nada—agregó, con la obvia intención de desviar la conversación hacia un punto que no le inflara tanto el ego.

—En casa pasaba mucho tiempo en la cocina, era casi un pasatiempo—respondió Hans, volviendo a tapar la olla y subiendo el fuego—, es que… prefería eso a pasar tiempo con mis hermanos.

No mencionó por supuesto, que la mayoría de las veces estaba metido ahí porque los mayores no querían jugar con él y tiempo después, para escaparse de sus bromas pesadas.

—Teníamos una cocinera en casa, ella me enseñó a preparar casi de todo—prosiguió con voz neutral—. Mamá adoraba que le hiciera pasteles cada vez que era su cumpleaños.

—Hum… —Elsa se devolvió hasta su sitio, sin saber bien que decir.

De pronto tenía el presentimiento de que detrás de aquellas palabras, se ocultaba algo que el joven no tenía la menor intención de compartir.

—Deberías agradecer que llegue a tiempo para arreglar tu desastre, o de lo contrario todos nos habríamos enfermado del estómago.

Ahí estaba de nuevo. El Hans arrogante que no dudaba en recalcarle sus equivocaciones.

—Tú nunca ayudas a nadie sinceramente, ¿no, Hans?—el mencionado ahogó una risita. Como le gustaba hacerla enfadar.

—Que sensible se pone, Su Majestad—Elsa dio un respingo y alzó su nariz con orgullo—. Si quieres puedo enseñarte a cocinar un poco, para que no indigestes a nadie volviendo a hacer una cosa como esta.

—¿Ah sí? ¿Y por qué harías eso?

—Porque soy una buena persona a la que le gusta ayudar a los necesitados, ¿por qué más?

—Lo que eres es un engreído.

—Si quieres te lo demuestro ahora mismo—Elsa se sobresaltó al sentir el cálido aliento del colorado rozando su nuca, en cuanto este se le acercó para hablarle al oído. Ni se había percatado del instante en que se había aproximado por detrás. Lo escuchó reír por lo bajo, seguramente dándose cuenta de su reacción—. Anda, sabandija. Deja que te dé una buena lección ahora mismo. Te va a servir más adelante, créeme.

Buscando escapar de su cercanía, la muchacha se movió de nuevo hacia la isla de la cocina, intentando no pensar en el repentino doble sentido que se le podía atribuir al comentario de su hermanastro y componiendo una mirada indiferente.

—Muy bien—dijo—, enséñame entonces. Quiero ver si no solamente estás alardeando como tanto te gusta hacer.

—Alardeando—Hans repitió la palabra con sorna y volvió a sonreír ladinamente—. Cuando termine de enseñarte no vas a parar de darme las gracias, rubita.

—Eso ya lo veremos. ¿Qué vamos a hacer?

—Vamos a empezar por algo sencillo, para que te acuerdes bien.

El plato sencillo que prepararían resultó ser pechuga de pollo en salsa blanca; algo que de cualquier manera le pareció complicado a la chica de buenas a primeras, con solo escuchar el nombre. No obstante, el cobrizo insistió en elaborarlo alegando que era algo que le encantaba a su padre y que de paso, hasta una novata como ella podría hacer.

Mientras colocaban los ingredientes encima del mesón de granito, Hans iba explicándole todo tipo de detalles, desde la manera en la que tenía que romper los huevos hasta porque era tan importante salpimentar el pollo.

Lo sorprendente no era que diera todas aquellas indicaciones hablándole de la forma más decente que había escuchado en días, sino encontrarse a si misma haciendo caso de todo sin rechistar. Estar juntos en el mismo espacio sin pelear, sin gritarse o darse de empujones era ya como un milagro.

—… ahora tienes que mezclarlo todo muy bien… así no—después de que hubo hecho ademán de mezclar la salsa con movimientos algo rápidos, el joven le tomó la mano con la que sostenía la cuchara con una de las suyas.

Contra su voluntad, Elsa se sintió ruborizar ligeramente al sentir la ligera presión de aquella palma gruesa que cubría casi por completo a la suya, la cual se veía pálida y diminuta entre los largos y fuertes dedos de su acompañante.

—Tienes que hacerlo así—Hans le hizo mover la cuchara de manera suave y circular—, de ese modo se conserva espeso, ¿entiendes?

La adolescente asintió con la cabeza con sus grandes ojos azules fijos en sus manos unidas.

—Bien. Ahora vamos a calentarla.

Elsa se mordió suavemente el labio inferior apenas dejo de sentir el calor que le proporcionaba la palma del colorado y como una autómata, vertió la salsa en otra pequeña olla sobre la estufa, para hacerla hervir como él le indicaba.

Finalmente, una vez que estuvo lista pudo volverla a verter encima de la fuente donde habían colocado las apetitosas pechugas de pollo que el cobrizo estuvo cociendo con antelación y sobre las cuales terminó poniendo unas cuantas hojas de laurel. Aquello era lo más elaborado que había preparado nunca y la verdad era que se sentía muy satisfecha.

—Se ve bastante bien—dijo, esbozando una pequeña sonrisa.

—Te dije que yo sabía lo que hacía. Gracias a mí, no te morirás de hambre en el futuro.

La blonda arqueó una ceja y se volvió a ver a Hans con una expresión que era mitad ironía y mitad diversión.

—Insisto en que tanta decencia no es común en ti. ¿Quién eres y qué has hecho con mi hermanastro?

—En serio me tienes en un pésimo concepto, ¿no es así?

—¿Te sorprende?

Hans elevó una comisura de su boca, en esa mueca tan arrogante y característica de él.

—Supongo que no debería. Bueno, al menos evité que nos enfermaras a todos del estómago.

Ese comentario le valió un pequeño golpe de la platinada en el brazo.

—Y dale con lo mismo. Si buscas que te de las gracias o algo no lo voy a hacer. No necesito inflar más ese enorme ego que tienes. Después de todo, tú fuiste quien quiso hacer todo esto. Lo que estuvo bien, ya que al final me evitaste trabajo.

—Aguarda un momento, ni creas que lo hice por ti, pequeña sabandija. En serio, esa sopa tuya parecía un brebaje asqueroso. Si yo fuera tú de hecho sí estaría agradeciéndome a mí mismo.

—Parece que te mueres por obtener mis agradecimientos; primero con las ecuaciones y ahora con la cena. ¿Por qué? ¿Será que te importa tanto mi aprobación, acaso?

—¿Qué?

—Te importa lo que piense de ti.

—No, no me importa una mierda. Te ayudo porque eres una niñita inútil, ¿sí?

—¿Ah sí?

—Claro, ¿por qué más iba a hacerlo?

—No lo sé, tú dime—Elsa se cruzó de brazos y se encogió de hombros, devolviéndole la mirada a esas pupilas de jade que de pronto adquirían una expresión indescifrable.

Y así fue como se quedaron por varios segundos, verde contra azul, sosteniéndose la visión de una forma sumamente profunda.

A lo lejos, las voces de sus padres entrando a la casa y la llave girando en la cerradura de la puerta rompieron el momento. De pronto apartaron la vista el uno del otro, como si hace un minuto no hubieran estado hablando y retándose con los ojos.

—¡Qué delicioso aroma!—exclamó Idun conforme se acercaba a la cocina—No me digas que en serio preparaste la cena, hijita.

La jovencita desvió sus orbes celestes hacia su madre, algo sobresaltada.

—Sí… Hans me ayudó.

—¿En serio?—la mujer los observó un instante, con una suave sonrisa bailando en sus labios—Que gusto me da que hagan cosas juntos, ¡si ya hasta parecen hermanos de verdad! Se ve delicioso—añadió echándole un vistazo a lo que acababan de preparar.

En toda la cena, los hermanastros evitaron mirarse.


Una vez más, la pantalla de las videollamadas en Skype comenzó a titilar en su computadora, antes de que el bien conocido rostro de su hermano apareciera en ella. Lars le sonrió con picardía apenas sus ojos hubieron tenido contacto de manera virtual.

—¡Hermanito! Que gusto verte de nuevo—saludó, haciendo que Hans frunciera levemente el ceño por el mote.

—¿Vas a tardarte mucho? Tengo tarea que hacer.

—Tan frío como siempre, eso de calor de familia es un concepto desconocido para ti, ¿no, Hansy?

—¿Qué quieres, Lars?

—Jo, en serio no se puede charlar contigo. Voy al punto, ¿sabes qué día es hoy, pedazo de animal?—inquirió el pelirrojo mayor, señalándolo acusadoramente con el dedo.

—Sí—respondió Hans frugalmente.

Nunca podría olvidar el cumpleaños de su madre, después de tantos años horneando pasteles para ella y siendo el primero en felicitarla, aunque después tuviera que soportar las burlas de sus hermanos por según ellos, ser un adulón.

Y esa vez no había sido la excepción, de alguna manera.

—Ajá, ¿y cuándo piensas llamarle, bestia? La pobre no anda de muy buen ánimo hoy. Se hace la dura claro está, pero todos sabemos bien lo que está esperando. Un par de orgullosos, eso es lo que son ustedes dos.

—Le mandé una felicitación.

—¿Por medio de un mensaje de texto?—inquirió Lars con ironía.

—No, le escribí un e-mail… largo.

—Déjate de joder, Hans. Ya sabes bien que lo que tienes que hacer es coger el maldito teléfono y hablarle como una persona decente. A ella le va a dar mucho gusto escuchar tu voz después de tantos meses—vio como su hermano se reclinaba en la silla de su habitación con una mueca incómoda—. Mira, sé que las cosas entre ustedes no acabaron bien después de lo de… de lo que pasó, cuando decidiste irte de casa. Pero eso no significa que se vayan a dejar de hablar y todo eso, ósea, si me entiendes ¿no?

—No me des uno de tus sermones, yo veré si hablo con mamá o no. Eso no es problema tuyo—le espetó el menor amargamente.

—Ya, ya, como te gusta hacerte el digno—Lars rodó los ojos—. Pero en serio, háblale aunque sea tan solo por cinco minutos. Eres un mierda si no lo haces.

—Joder…

—Promete que le llamarás esta noche—insistió el otro, observándolo con seriedad—, vamos Hans, hasta tú tienes que darte cuenta de que no pueden seguir así. No regreses a casa si no quieres, pero al menos llámale de una buena vez. Ambos lo necesitan.

El aludido bufó pesadamente. Cierto era que desde que había dejado Drammen, la comunicación con su madre se había vuelto casi inexistente, limitándose a mensajes cortos y uno que otro e-mail. Ninguno daría a torcer el brazo, aunque estaba bien consciente de lo mucho que se preocupaba ella por él.

Después de todo, de niño se había sentido irremediablemente unido a ella, ante la pésima relación que guardaba con sus hermanos. Tal vez esa era otra de las razones por las que lo molestaban tanto.

—Lo pensaré—dijo finalmente y entonces Lars puso los ojos en blanco.

—Lo pensarás—repitió, usando un tono que denotaba que por supuesto, no le creía nada—, joder, pues que remedio Hansy. No se puede contigo, ¿no?

La mirada de Hans se oscureció con amargura. Justamente en aquel momento no quería acordarse de su madre.

—Bueno, ¿y cómo van las cosas por allá? Ya entraste a clases, ¿no?—comentó su hermano, cambiando de tema—¿Qué tal la universidad?

—Bien, bastante trabajo para ser inicio de semestre.

—¿Y qué tal las chicas? ¿Ya te has conseguido alguna cita? Mira que hace tiempo que te hace falta una novia, hermanito.

—No he tenido tiempo para eso—espetó el colorado.

Lars siempre con sus comentarios estúpidos.

—Tú muy mal, Hansy. No deberías darte por vencido, sé que es difícil, pero seguro por allí habrá alguna chica que te soporte—el joven rió socarronamente, ignorando la manera en que lo fulminaba con sus ojos verdes—. Digo, si nuestra querida hermanita lo hace, no veo porque alguna otra habría de quejarse. Ella es un verdadero ángel, por cierto—agregó, adquiriendo una expresión más soñadora.

—Un ángel, sí como no—masculló Hans con sarcasmo—. Si la conocieras de verdad no hablarías de esa forma tan imbécil.

—Oh, pero da la casualidad de que por eso lo digo, querido hermanito. Ella y yo llevamos algunas semanas hablando—Lars volvió a sonreír ladinamente—, y tal como sospechaba, no es en absoluto como tú decías. Como te gusta hablar mal de la gente, ¿eh?

—¿De qué demonios estás hablando?—Hans se enderezó en el asiento y entornó los ojos.

No le gustaba nada hacia donde se había desviado esa conversación.

—¿Qué? ¿No te dijo?—su hermano parecía algo confundido—Siempre hablamos por Facebook. Una vez nos quedamos charlando hasta la medianoche, Elsa es tan adorable—su sonrisa se transformó en una bobalicona. Parecía un adolescente enamorado.

—¿Cómo que hasta la medianoche? ¡Te dije que no te le acercaras, idiota!—replicó el menor molesto.

¿Qué tenían que hacer esos dos hablando? Y él sin enterarse; hasta pareciese que se hubiesen puesto de acuerdo específicamente para ver la manera más efectiva de romperle las bolas.

—Ah no, discúlpame, pero ¿desde cuándo me dices tú lo que debo hacer, Hansy? ¿Quién es el mayor aquí?—se burló el muchacho y de pronto le entraron ganas de atravesar la pantalla para darle un buen golpe—En todo caso, yo no la agregué. Fue ella quien me buscó en Facebook.

—¿Cómo dices?—el semblante de Hans cambió peligrosamente.

Hasta donde sabía, esa sabandija ermitaña casi ni usaba la red social; con suerte tenía amigos. ¿Y ahora se dedicaba a enviar solicitudes de amistad a desconocidos? Aquello cada vez le gustaba menos.

—Pues sí, un buen día me llegó solicitud de ella y yo obviamente acepté, fue después de Año Nuevo si mal no recuerdo—dijo Lars—. Incluso me saludó primero por el chat, yo creo que le gusto, je je je.

Hans apretó los dientes, preguntándose que estaría tramando esa mocosa y desde cuando.

—Hablando de eso, definitivamente creo que ahora sí que me daré una vuelta por allá para conocerla en persona. Esto de mantener contacto solo por Facebook no es para mí. Tal vez me veas allí en Pascuas.

—Lars, si se te ocurre venir por aquí voy a molerte el culo a patadas, ¿quedó claro?

—Pfff, que aguafiestas de mierda eres.

Con una de sus manos vueltas puño, Hans se esforzó por no explotar allí mismo.

—¿De qué demonios han estado hablando? ¿Te ha preguntado cosas de mí?

—¿Y por qué hablaríamos de ti? Como te gusta darte importancia, ¿eh?—Lars pareció acordarse de algo—Aunque ahora que lo pienso, la verdad es que sí hemos hablado de ti. Cosas sin importancia… le conté de la vez en que tenías que salir disfrazado de leoncito en una obra escolar y lloraste en frente de todo el mundo, ¡que recuerdos!—se rió, estúpidamente.

Enfurecido, Hans sintió como una vena empezaba a palpitarle en la frente. ¿A dónde había ido a meter esa sabandija su entrometida nariz?

—¡Idiota! ¡Ella solo te agregó para sacarte información sobre mí! ¡¿Qué le dijiste, pedazo de mierda?! ¡¿Qué más le contaste de mí?!

—¡Eh, tranquilo mierdecilla!—Lars se puso serio—No le conté nada importante de ti, ¿contento? No te voy a negar que me preguntó porque te habías marchado de casa, pero yo no voy por ahí hablando de tus asuntos. Por favor Hans, tengo cosas más interesantes de las que charlar, así que tranquilízate de una buena vez. Y ultimadamente no la culpo por querer llegar al fondo del asunto, le has hecho la vida imposible, vergüenza debería de darte, meterte con una chiquilla—lo observó reprobatoriamente—; ni porque nuestros hermanos eran iguales contigo aprendes. Pero ya te dije, yo no soy ningún chismoso.

—¡Más te vale, inútil! ¡Por qué si llegas a decirle algo juro que te parto la cara!

Lars chasqueó la lengua.

—Lo único que le comenté fueron cosas sin importancia, nada que tuviera que ver con "ese asunto"—prosiguió—, lo cual es muy justo, después de la manera en que te has comportado con ella. Ya te dijo Hans, esa muchachita tiene más pantalones que todos nosotros juntos como para soportarte sin irle con el cuento a papá. Y tú solo te la pasas hostigándola, honestamente, eres un idiota.

—Maldita mocosa, hacer esto a mis espaldas—murmuró él, haciendo caso omiso del regaño de su hermano—. Esto no se va a quedar así…

—Oye Hans, tranquilo, ya déjala en paz ¿quieres?—trató de razonar Lars—Elsa no tiene porque aguantar tus berrinchitos. No le hagas nada... ¡eh, te estoy hablando!

—¡Cállate, se acabó esta videollamada! Voy a desconectarme.

—¡Eh, Hans! Tranquilo, ¿qué vas a hacer? ¿Hans? ¡Hans, maldita sea, no me…!

Lo que fuera que su hermano estuviera a punto de decir no alcanzó a escucharlo, porque ya había salido de Skype cortando la llamada instantáneamente y cerrado su laptop de manera brusca. Estaba tan enojado.

No le gustaba que se metieran en sus cosas y mucho menos esa chiquilla insoportable.

Y pensar que se había comportado amable con ella los días anteriores, pensando que podían convivir decentemente. Pero eso había acabado. Ya no habría más hermanastro bueno.

Airadamente salió de su habitación y sin molestarse en tocar la puerta de enfrente, entró como un tornado a la de Elsa.

—¡Eh, imbécil! ¡Toca antes de pasar!—le reclamó ella, quien estaba echada boca abajo en su cama y utilizando su portátil—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Largo!

Sin decir una palabra, el muchacho cerró su computadora con una mano mientras que cernía la otra en torno a la delgada muñeca de la rubia, haciéndola levantarse de donde estaba.

—¡Suéltame! ¡¿Qué quieres?!

—¡Ahora mismo me vas a explicar varias cosas!—haló de ella para ponerla de pie frente a si—Por ejemplo, ¿por qué maldita sea, tienes que estar investigando mis cosas? ¡Respóndeme!

—¡No sé de lo que estás hablando!

—¡No me jodas! ¿Qué te crees? ¿De pronto te dio por jugar a los detectives o qué mierda? ¡Agh!—la soltó al sentir el mordisco que la blonda le propinaba, haciendo que dejara de apresar su muñeca.

La sintió apartarlo de un empujón para salir de la habitación, pasando como un relámpago por su lado. Hans alcanzó a tomarla por el brazo nuevamente y la colocó firmemente de espaldas contra la pared.

—Has estado actuando a mis espaldas, sabandija. Y eso no me gusta—el pelirrojo la sujetó de los brazos al ver que intentaba deshacerse de su agarre—, no me gusta nada. ¿Qué pensabas ganar al hablar con mi hermano? ¿Pensabas que él te diría todo acerca de mí tan fácilmente? Eres tan ingenua Elsa, tan ingenua…

—Ah, de modo que ya te enteraste de eso—Elsa paró de forcejear por un momento para mirarlo a los ojos, despidiendo el mismo enojo que él—, ¡pues sí! ¡Algo tenía que hacer para ver que demonios estás escondiendo! ¿O qué creías? ¿Qué iba a quedarme de brazos cruzados mientras me fastidiabas la vida como si nada? Te dije que iba a averiguar porque estabas aquí.

—Pues de poco te ha servido, porque él nunca te dirá nada—Hans se inclinó sobre ella, hasta casi rozar su frente y sin dejar de observarla como un perro carnicero a punto de destrozar a una gatita—, parece ser que tu patético intento se acaba de ir por la borda, pequeña cretina.

—¿Tú crees?—de pronto, la adolescente sonreía de una manera presuntuosa—Puede que tu hermanito no me diga exactamente lo que quiero saber, pero eso no significa que no haya averiguado otras cositas sobre ti. ¡Y ni te imaginas lo divertido que ha sido!

Hans la asesinó con los ojos.

—¿En serio tuviste un ataque de nervios en frente de todos la primera vez que te subiste a un avión? Ay Hans, eso es tan patético—se burló ella—y pensar que ya tenías diez años, ni a un niño pequeño le pasa eso. ¿Y por qué no hablamos de ese flotador de caballito con el que todavía te metías a la alberca a los nueve? Debías verte tan ridículo, ósea, yo a esa edad ya nadaba hasta por debajo del agua, ¿si me entiendes?

—¡¿Qué demonios…?!

—Pero mi anécdota favorita es aquella en la que a los siete años, dejaste que dos de tus hermanos te pasearon como perrito por todo el jardín y hasta te hicieron beber agua de un plato. Y tú ladrabas y ladrabas—Elsa rió cínicamente—, ahora entiendo porque te gustan tanto. ¿Tanto querías que jugaran contigo o qué?

Su risa se cortó en seco en cuanto sintió como el joven la tomaba por debajo de los brazos y la levantaba varios centímetros del suelo, manteniéndola pegada al muro y a su altura. Sus orbes esmeraldas estaban oscurecidas de la rabia. Nunca lo había visto así.

—¡Jamás menciones a mis hermanos! ¡No hables una mierda de ellos, ¿entendiste?!

—¡Bájame idiota, bájame!—la chica quiso patalear para que la soltara pero previendo sus intenciones, el cobrizo se pegó a ella hasta que sus piernas fueron algo inservible y sus rostros estuvieron a escasos centímetros uno del otro.

—¡Escúchame bien! ¡Desde este mismo instante vas a dejar de preguntarle a mi hermano cualquier mierda sobre mí! ¡No quiero que hables con él!

—¡Voy a hablar con él todo lo que quiera y si me da la gana le preguntaré lo que se me ocurra!—exclamó ella desafiantemente—¡Haré que me diga más joyitas acerca del triste y patético niño que eras! ¿Quién sabe? Igual y un día de estos logro convencerlo de que me cuente algo más—sonrió de la misma forma cínica y maliciosa en que solía hacerlo Hans—, porque yo pienso que le agrado muchísimo, ¿no piensas lo mismo, Hansy?

—¡Él no te va a contar nada más, maldición!

—¿Ah no? Yo no estaría tan segura, cualquier día de estos puedo darte una sorpresita. Como ya te dije, le caigo muy bien y creo que ya sé una forma de persuadirlo—Elsa pestañeó con fingida coquetería—, algo me dice que puede funcionar de lo más bien.

Hans sintió como la sangre le hervía al contemplar como las largas y oscuras pestañas de la muchachita acariciaban sus pómulos. Tenía las pálidas mejillas ligeramente encendidas y sus pupilas celestes brillaban más que nunca por el enfado. Estaban tan cerca… de pronto, se dio cuenta de que la sola idea de imaginarla charlando y riendo con su hermano le molestaba mucho más de lo que pensaba.

Mucho más.

—Ya veo lo que estás tramando, pequeña zorrita. ¿De modo que ahora va a ser así? ¿Vamos a llegar a este extremo? ¡Maldita sea, Elsa! ¡Teníamos una tregua!

—¿Y qué? Yo nunca te prometí nada más que fingir llevarme bien contigo, algo que por cierto, ha sido casi imposible—espetó la albina—. Por otra parte, no se puede decir que tú hayas hecho de esa tregua algo fácil, ¿no? Siempre ingeniándotelas para molestar, pues ya me cansé de ti. Estoy harta, ¿me oyes?

—Escúchame bien, Elsa. Más te vale que dejes esto por las buenas, te lo advierto—siseó.

Realmente estaban demasiado cerca, tanto que podían sentir claramente como subía y bajaba el pecho del otro a causa de su respiración, y verse con profundidad a los ojos. Por un instante, la platinada observó los irises de su hermanastro y notó que no eran simplemente de un vivo esmeralda, sino que tenían pequeñas motitas doradas y de tonos jade alrededor de la pupila.

—Bájame—murmuró con frialdad.

—¿Vas a dejar de hablar con mi hermano?

—No.

—¿Segura?—Hans se pegó un poco más a ella, seguramente buscando intimidarla con su presión y esa mirada dominante que le estaba dirigiendo, aunque lo único que consiguió fue hacerle experimentar una extraña sensación en la boca del estómago.

Seguramente por lo desagradable que era tenerlo invadiendo su espacio personal.

No respondió nada a su última interrogante, sino que permaneció allí, tensa y devolviéndole la vista con fiera intensidad, decidida a no perder esta batalla.

—Muy bien—Hans se apartó repentinamente, soltándola y provocando que se deslizara de golpe hasta el suelo, por lo que apenas y se las arregló para mantenerse de pie—. No me habías conocido hasta ahora, pero si sigues con esto, lo vas a hacer de verdad.

—Como si eso me sorprendiera, tú jamás juegas limpio—le dijo Elsa—. No sé como voy a hacer, pero voy a averiguar de una vez por todas que es lo que estás escondiendo, ¡no me importa lo que hagas!

—¡Considera nuestra tregua terminada, idiota!

—¡Esa ya se había terminado desde hace tiempo! ¡Te juro que voy a hacer que te marches de esta casa!

—¡Eso es algo que está por verse! ¡Esta vez sí voy a hacer de tu vida un infierno!

—¡Como si fuera a dejarte! ¡Tú también me vas a conocer!

—¡Bien!

—¡Bien!

Los dos se fulminaron con los ojos llenos de furia, antes de que Hans saliera de la habitación dando un portazo. Apenas se hubo ido, la platinada volvió a recargarse contra la pared y soltó pesadamente el aire.

Algo le decía que había abierto la caja de Pandora.


*Doramas. Series asiáticas que son como telenovelas según yo. A una de mis amigas le encantan.


Nota de autor:

¡Hey! ¿Qué ondas? :D ¡Ahora las actualizaciones de Bajo el Mismo Techo son semanales!

Estaré subiendo capítulos cada domingo, ya que Silvers me hizo notar que los últimos los he venido a dejar ese día. Les diré que ni cuenta me había dado pero ahora voy a hacer mancuerna con ella para alegrarles el inicio de semana... a menos que me quede sin inspiración o pase algo que me impida actualizar. x3

Bueno, vamos con mis adorables comentarios sobre el capítulo de hoy que sé que les encanta leer. Nuestros amiguitos Helsa dan un paso y retroceden dos, ¿vieron como me gusta enredar las cosas con ellos? Vamos, que se estuvieran llevando decentemene era demasiado bueno para ser verdad y ustedes lo saben. :D Pero oigan, algo es algo. Yo adoro verlos pelear así que no me arrepiento de nada, jojojojo.

Por otra parte ¡apareció un personaje nuevo! Me encanta Naveen, ¿saben? En cierta manera es como Hans pero menos hardcore, jajajaja, y con lo bien que se me dan las relaciones de amor odio. Ani, espero que hayas leído esto o que si no, te pongas al corriente después de tus vacaciones. xD

Y ¡ay!, Elsa sí que sacó las garras esta vez y no solo eso, sino que ya ha hecho buenas migas con el pillín de Lars, a quien parece que hasta le pagan por dejar en ridículo a su hermano menor. Pero ya ven que ella también salió muy mortificada por las locuras de Punzie, quien está más que lista para fundar su propio club de amantes del Helsa con todo y fan arts incluidos. ¿Cómo ven?

Davi: Me vas a hacer sonrojar con tus halagadores reviews. ;) Yo muy contenta estoy de que te guste tanto el fic y de que te alegre la semana. Y sí, esa Elsa es toda una pilla. Si el perfil de Hans existiera de verdad en Facebook, conozco a varias personitas que también se la pasarían stalkeandolo *le echa un vistazo a sus lectoras*, conmigo incluida. xD

Ari: Ay sí, la verdad que tanto Hans como Elsa tienen lo suyo, son dos personitas muy tentadoras el uno para el otro y también para tener esos momentos de debilidad. *w* Sí hasta Punzie se da cuenta, eso significa que el amor ya los está rondando. Y uy, tan solo espera a que la situación con Lars vaya avanzando y te llevarás una sorpresa. ;3

Guest: Habrá Tadelsa y habrá más celos de Hans, para que se ponga abusado el chico tal y como comentas, jajaja. :D

Nos vemos la próxima semana con el siguiente capítulo y la llegada de un personaje muy especial, que irá de visita a casa de nuestros muy amados pajaritos. ¿Quién podrá ser? ¿Se imaginan? :D