Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


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11

Una visita inesperada


Las cosas en casa tras el último enfrentamiento entre los hermanastros se volvieron tensas hasta un punto insoportable; tanto fue así, que incluso sus padres no tardaron en notar que sucedía algo, aunque enfrente de ellos los jóvenes siguieran tratándose de la manera más cordial. Sin embargo, a solas la situación cambiaba drásticamente y eso era algo en lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a dar el brazo a torcer.

Elsa continúo sosteniendo sus amenas conversaciones virtuales con el hermano del pelirrojo, tanto por gusto propio como para molestarlo y desafiarlo. No podía negar que le encantaba poder hacer enfurecer a Hans de vez en cuando, siendo que usualmente él era el único capaz de lograr tal cosa con ella.

No bien enterarse de la discusión que habían tenido, Lars se había disculpado con ella de inmediato por sus imprudentes comentarios, afirmándole que no tenía ni idea de que su hermanito no estuviera enterado de sus charlas. El muchacho incluso se había ofrecido a ponerle un alto, algo a lo que la rubia se negó categóricamente. Los problemas entre Hans y ella solo les concernían a ellos dos; aunque no pudo evitar regodearse por la perspectiva de que el mayor se ofreciera a ir hasta Oslo para ponerle al pelirrojo unos cuantos puntos sobre las ies.

Incluso se había atrevido a sugerir que apenas comenzaran las vacaciones de Pascua podría caerles de sorpresa, pues también hacía tiempo que no veía a su padre. Elsa no sabía bien como reaccionar ante dicha idea.

Le encantaba hablar con Lars, pero le confundía tener que vérselas de buenas a primeras con el carácter tan extrovertido que el mismo mostraba en persona.

Mientras tanto, cuando su madre y su padrastro estaban fuera de casa tenía que ingeniárselas muy bien para sobrevivir a los constantes ataques de su hermanastro. Ya se había visto encerrada de nuevo otras cuatro o cinco veces en el odioso baúl de su habitación, (una parte de ella ya hasta se había acostumbrado a estar allí dentro y la otra, buscaba la manera de convencer a su madre de deshacerse de él de una vez por todas), había tenido una docena de peleas por el control remoto de la salita de entretenimiento que acabaron con ellos aventándose cosas, además de una interminable ronda de discusiones por los motivos más absurdos.

Eso sin contar las maneras en que Hans se las arreglaba para fastidiarla; a veces ocultándole la tarea y otras asustando a su gato, avergonzándola frente a su madre o dejándola encerrada en el armario de los abrigos; su nuevo lugar favorito para atormentarla.

Elsa necesitaba vacaciones urgentemente. No solo tenía que lidiar con el estrés de pelear con el colorado cada dos por tres, sino que además la escuela la estaba matando. Aquel semestre estaba resultando ser particularmente difícil y se sentía a punto de estallar.

De modo que cuando el período vacacional de Pascua empezó, ella no pudo sino recibirlo con los brazos abiertos, pues serían dos semanas que le servirían mucho para relajarse… hasta donde pudiera.

Las primeras señales de la primavera llegaban también al vecindario y aunque le doliera ver desvanecerse la nieve, era muy agradable tener días más soleados.

El sábado, después del último día de clases antes de aquel período, la chica se levantó de muy buen humor y dispuesta a pasársela en casa tomando un merecido descanso, encerrándose en la biblioteca para leer con un platito de esponjosos brownies, la única compañía de Marshmallow y la música ambiental de su iPod.

Se desconectaría del mundo.

Con una media sonrisa en el rostro, termino de servirse el delicioso postre de chocolate que su madre le había preparado especialmente antes de acompañar a Adgar a la oficina. Había resultado ser uno de esos sábados en los que los asuntos del trabajo no podían esperar, pero a ella le venía bien.

En esos instantes agradecía que el holgazán de Hans tuviera la costumbre de despertarse tan tarde, pues así no se aparecería para molestar.

Iba a ser un día tranquilo y perfecto.

Estaba terminando de servirse un poco de limonada cuando el sonido del timbre la sorprendió. ¿Quién podría ser a mediodía? Que ella supiera, no esperaban visitas.

Extrañada se dirigió hasta la puerta y no bien la hubo abierto, se encontró con un muchacho alto, de cabello castaño y con algo de barba en el mentón, que apenas la vio aparecer en el umbral esbozo una sonrisa confiada.

—¡Hey! ¿Qué tal? Ya sé, tú debes ser Elsa—la apuntó ligeramente con su dedo índice y la aludida parpadeó completamente confundida—, el tío Adgar me habló mucho de ti. También me dijo que no te llevabas del todo bien con Hans—los orbes marrones del desconocido la miraron de arriba a abajo con curiosidad para luego ensanchar su sonrisa—, nos llevaremos bien—dictaminó antes de ingresar a la residencia, haciéndola a un lado ligeramente.

La blonda se quedó anonadada.

—¿Qué? ¡Espera! ¿Qué… quién…?—balbuceó al verlo caminar hasta la sala de estar, en donde dejó la pesada bolsa de viaje que cargaba en una mano y se descolgó también la enorme mochila que llevaba en los hombros.

Traía colgada al cuello una funda para cámara de vídeo, la cual no tardo en sacar para comenzar a revisarla tranquilamente.

Elsa se debatió unos segundos en llamar a la policía con excusa de allanamiento de morada. El joven se veía tan tranquilo. Y había mencionado también a su padrastro. Por lo que solo atinó a cerrar la puerta tras de sí y alcanzarlo sin entender nada.

—¿Quién demonios eres tú?—el recién llegado se volvió hacia ella con sorpresa.

—¿Cómo? ¿El tío Adgar no te habló de mí?—inquirió impresionado y luego adquirió un semblante ofendido—¡Pero qué falta de sutileza! Vale que no lo he visitado en mucho tiempo, pero esto… —negó con la cabeza.

La adolescente solo lo observaba con perplejidad, preguntándose si no habría dejado entrar a un loco en la casa.

Pero entonces, él avanzó hasta ella y le extendió su mano.

—Eugene Fitzherbert, viajero y futuro cineasta—se presentó, sin borrar su sonrisa.

—Ahm… ok—dubitativa, aceptó la mano del moreno y la estrechó con recelo. Aquella presentación no le decía nada.

—Soy ahijado de Adgar. ¡Vine a pasar las Pascuas con él! Es que hace tanto que no nos vemos en persona, se va a alegrar de tenerme aquí, ya lo creo.

"Genial, ¡más parientes!", pensó Elsa con desazón. ¿Aquello iba en serio? No acababa de acostumbrarse a su hermanastro cuando de pronto su desconsiderado padrastro mandaba a otro familiar a invadir la casa. A esas alturas, iba a empezar a pensar que el hombre lo hacía a propósito.

—Entonces… él te invito a venir aquí—dijo, tratando de ocultar su repentinamente sombrío estado de ánimo bajo un tono de voz neutral.

—En realidad esto es más como una visita sorpresa. Ayer decidí tomar un avión y bueno, hoy en la mañana le telefoneé para avisarle que había llegado, así que de inmediato me indicó su dirección. El pobre no se lo esperaba, je je je.

—¿Cómo? ¿Él no sabía que ibas a venir? ¿Pues de dónde eres?

—De Alemania, vivo en Berlín—respondió el castaño con naturalidad—. Aunque de niño viví unos años en Noruega, larga historia. Oye amiguita, ¿tienes algo de tomar? Muero de sed desde que salí del aeropuerto. Uff, el vuelo hasta acá fue nefasto, había un viejo que no se callaba la boca.

—Ahm… claro—Elsa se dirigió a la cocina y la escuchó seguirla de cerca.

Una vez allí, volvió a fijarse de inmediato en la jarra de limonada.

—¿Limonada está bien? Creo que también tenemos latas de soda.

—Limonada está genial, gracias. Hey, ¿es tuyo este amiguito?—inquirió Eugene cuando Marshmallow trepó a la isla en donde había tomado asiento de un salto y se le acercó con curiosidad.

Ni siquiera se había dado cuenta de cuando el felino había llegado. El muchacho lo acarició por detrás de una de sus orejas y él ronroneo de gusto. Buena señal. Elsa levantó una de las comisuras de sus labios, pensando que por lo menos no se veía tan arrogante como el pelirrojo.

—Entonces si mal no entendí, ¿Adgar vendría a ser tu padrino?—cuestionó depositando un vaso con limonada en frente suyo, que su invitado no tardó en beber con avidez.

—Yep. Me sorprende que apenas te estés enterando, ¿en serio nunca te ha hablado de mí?

—La verdad es que yo no converso mucho con él.

—Ah ya, entiendo—Eugene dejó el vaso vacío sobre el mesón y la observó comprensivamente por un segundo, antes de desviar nuevamente la atención hacia la cámara de vídeo que traía—. Igual hace años que no nos vemos.

—¿Por qué de pronto decidiste viajar hasta aquí? Alemania está muy lejos como para venir a pasar solo las Pascuas—comentó ella inquisitivamente.

—Así soy yo, me gusta ser impredecible—el moreno le guiñó un ojo—. Además que me vendrá bien un cambio de aires para inspirarme, estudio Cinematografía ¿sabes?—comentó—Pero en casa últimamente las cosas se han vuelto muy monótonas, no sé, estaba cansado de ver los mismos paisajes, la misma gente—hizo un gesto con la mano, como el que se hacía cuando alguien decía "más o menos"—, necesitaba cosas nuevas, si sabes a lo que me refiero. Y también quería conocer a la encantadora nueva familia del tío Adgar; vi en Facebook que estaba muy contentito.

—Mmm… ¿estudias Cinematografía, dices?—repuso Elsa, ignorando sus últimas palabras.

—Exacto, seguro has visto algo de mi trabajo en Youtube. No es por presumir, pero tengo muchos suscriptores—le contestó él con un tonito entre presuntuoso y divertido.

—La verdad que no.

—¡Vamos! Seguro que sí—Eugene se enderezó en su asiento y dejó la cámara para sacarse el móvil del bolsillo de la chaqueta de jean que traía puesta—, soy una celebridad en la web. ¿Conoces el canal de Flynn Rider? Ese es mi seudónimo, je je je. Todos los vídeos los hice yo, así es como han empezado muchos grandes cineastas, ¿lo sabías?

Le extendió su teléfono, después de buscar algo, para mostrarle la pantalla.

—¡Aquí está! Este es mi canal—Elsa fijó sus pupilas en el canal de Youtube que mostraba el dispositivo, especialmente personalizado y que exponía cortos caseros de distintas clases—, puro material de calidad. Hay de todo aquí amiga, stop-motion, mímica, algo de animación, cortometrajes de terror, ¡ese género es lo mío! Y bueno, este vídeo no es ningún cortometraje, soy yo mismo tomando el sol en la piscina pero es que soy tan sexy…

La chica observó con cara póquer aquello, sin saber bien que responder. El ahijado de su padrastro no tenía un carácter desagradable como el de Hans, pero al parecer si era muy vanidoso.

—¡Hey, mira esto! Este corto lo hice hace un par de semanas en el departamento de un amigo. Usamos sangre falsa, carne picada y a unos idiotas de la carrera de Arte Dramático que pensaron que íbamos a grabar una película de verdad, ¡que ilusos! Jo jo jo.

Los siguientes minutos transcurrieron con ambos mirando un corto tras otro en el móvil del castaño. Elsa estaba fascinada con aquello, pues le encantaba el cine de terror y tenía que admitir que el joven sí que tenía buenas ideas, con todo y sus comentarios jocosos o narcisistas.

—Yo siempre he pensado que sería buen actor, la cámara me adora—comentaba Eugene tras mirar un vídeo en el que él mismo actuaba.

Una serie de pasos bajando las escaleras los distrajeron de repente. Cierto colorado bajaba por allí con cara de pereza y todavía luciendo la camiseta desgastada y los enormes pantalones de jogging que usaba para dormir.

—Oye sabandija, ¿has visto mi…?—Hans se detuvo en seco al llegar hasta la cocina y ver que no estaba sola. Sus ojos verdes se posaron en su acompañante, primero con incredulidad y luego abriéndose con verdadero espanto—¡Tú!—apuntó al moreno sobresaltado—¡¿Q-q-qué carajos haces aquí?!

Su hermanastra paseó sus pupilas entre ambos chicos, sorprendida.

—¡Hansy! ¡Viejo, tanto tiempo sin verte!—exclamó Eugene levantándose del taburete en donde estaba sentado y hablándole con un tono amistoso. Una sonrisa socarrona bailaba en su boca—¿Cuánto ha pasado, eh? ¿Cinco, seis años? ¡Mírate, has dejado de ser un enclenque!

—¡¿Qué mierdas estás haciendo aquí?! ¡¿En mi casa?!—bramó el pelirrojo alterado—¡¿Por qué estás aquí?! ¡Tú estabas lejos! ¡Lejos!

—Oh vamos, Hans. Esa no es forma de recibir a tu amigo del alma, ¡sí somos casi como hermanos!

—¡Tú no eres nada mío!—chilló Hans.

La albina parpadeó, más desconcertada que antes. Le parecía que nunca había visto a su hermanastro tan alterado, ni siquiera cuando discutían. Sus mejillas se habían puesto rojas y su mirada mostraba una expresión que denotaba sorpresa mezclada con incredulidad, furia y algo de pánico.

—Vamos, vamos viejo, ¿no me digas que ya se te olvidó cuanto nos divertíamos de niños? ¡Qué tiempos aquellos! ¿Recuerdas? Tú, yo y Lars, ¡cuántas veces no te defendimos de tus hermanos mayores! Todavía nos debes varias, ¿eh?

—¡Cállate!—Hans avanzó hasta él y lo miró amenazadoramente—¡Ahora mismo me vas a decir que demonios estás haciendo aquí! ¡Tú… maldito vago del averno!

—¡Vengo a pasar todas las vacaciones de Pascua contigo, como la genial familia que somos!—anunció Eugene sin inquietarse por el modo en que le hablaba; más bien pareciera estársela pasando en grande con la situación y en especial cuando la desesperación volvió a reflejarse por una fracción de segundo en los orbes del cobrizo—A partir de hoy, tendrás el privilegio de disfrutar de mi increíble presencia durante cada uno de estos días, ahora tu vida vuelve a tener sentido. ¡Gózalo!

—¡No, no, no, no, no!—Hans descargó uno de sus puños en la isla de granito, asustando a Marshmallow y haciendo que saltara de inmediato de ahí—¡¿Quién sabe qué estás aquí?! ¡Márchate! ¡Márchate antes de que papá vuelva!

—¡Duh! Él fue quien me envío aquí, idiota—replicó el otro—. Dijo que me pusiera cómodo. Ya está todo arreglado Hansy, no te librarás tan fácil de mí. ¡Estas van a ser las mejores vacaciones de toda tu triste vida!

—¡Maldición, no!

—Ustedes se conocen—la sorprendida afirmación de Elsa intervino en su discusión.

—¡Claro que nos conocemos! Ya lo dije, el pequeño Hansy y yo somos como hermanos—dijo Eugene con obvio divertimento.

—¡No me llames así, imbécil!—espetó el aludido—Y tú—añadió dirigiéndose a la muchacha—, ¡¿por qué demonios lo dejaste entrar?! ¡Qué mierda, Elsa! ¡¿Esto es lo que haces?! ¡¿Dejas entrar a desconocidos a tu casa?! ¡¿Qué clase de persona hace eso?!

—Pero no es un desconocido, tu padre lo mando aquí.

—¡A ver, sabandija! ¡Este inútil es la peor persona a la que puedas encontrar!—Hans señaló a su sorpresivo huésped con la palma abierta y este último, volvió a esbozar una sonrisita llena de cinismo—¡No sabes como es! ¡Es un haragán nefasto del que nunca se puede esperar algo bueno! ¿Me has entendido?

—Hum… suenas como yo cuando me quejo de ti—observó la rubia con indiferencia.

—¡Esto es en serio, Elsa! ¡Maldita seas! ¡Malditos sean los dos!

—Viejo, había olvidado lo neurótico que te ponías a veces—dijo Eugene—, siempre fuiste un niñito muy estresado.

—¡Cierra la maldita boca!

—Oh Hans, ¿en serio no te alegras de verme? Ok, sé que te hice muchas bromas en el pasado, pero esperaba un recibimiento un poco más cálido de tu parte. Eres muy rencoroso y eso no te va a hacer ningún bien.

—¿Y cómo quieres que esté? ¡Verte es como recibir una patada directo en los testículos!

—Y verte a ti es como tener una maldita máquina del tiempo—Eugene arqueó una ceja—, ¿en serio sigues dejándote esas patillas? Cuando te vi en esa foto de Facebook hace un año no lo podía creer y ahora, déjame decirte que se ven fatales. No son nada genial, no son alternativas y sobretodo, no son actuales, ¡pareces salido de un libro de Historia, viejo! ¡Qué demonios!

—Esto no puede estar pasando—Hans se pasó una mano por el cabello con frustración y luego se volvió hacia Elsa—. ¡Esto no puede estar pasando!—gritó.

La blonda lo fulminó con sus ojos.

—No entiendo nada—replicó ella dirigiéndose al castaño.

—Déjalo, Hans se pone muy alterado a veces, así ha sido desde niño; todo un psicótico en miniatura—dijo este último sin darle importancia—, cuando éramos pequeños, Lars y yo lo encerrábamos en el armario con su manta de dinosaurios hasta que se calmaba. Era tan nerviosito—añadió con sorna.

—¡Vete a la mierda, Eugene! ¡Jodido mentiroso!

—¡Pero si te encantaba esa manta y lo sabes!—insistió el moreno—Siempre te ponías a llorar cuando no la tenías cerca. ¿Qué se hizo de ella, por cierto? No me acuerdo de haberla visto nunca más después de aquel campamento…

—¡Tú la destrozaste! ¡Tú con tus malditos juegos de ladrones!—bramó Hans con rabia.

—Ja ja ja ja, ¡cierto! Éramos unos pillos, ay, que recuerdos. Oye, de veras que creciste bastante, creo que hasta estás más alto que yo. Je, quien lo diría—Eugene le dio un golpe juguetón en el hombro.

—¡No me toques, maldito hippie!

—Oh vamos Hans, sigues siendo un principito. Ya madura.

—¡Madura tú, maldito vago del mal!

—En el fondo no cambias, Hansy. Eres el mismo desquiciado de siempre, ¿no? A ver, sonríe para la cámara—el joven alzó su cámara de vídeo, ya encendida—, quiero que todos mis suscriptores te conozcan. Este vídeo se va a llamar, "Reencuentro con esquizofrénico", o algo así.

—¡Apaga esa mierda! ¡Que la apagues te digo!

Hans comenzó a forcejear con el trigueño, que mantenía el aparato bien lejos de su alcance y sonreía a pesar de los insultos que el otro le profería. Una risa femenina les hizo parar de repente, volteando hacia un rincón. Allí, Elsa reía sin despegar los ojos del espectáculo que estaban dando, su pálido rostro sonrosado de gusto.

—¿Y tú de qué demonios te estás riendo?—le espetó Hans, separándose abruptamente del moreno y asesinándola con la mirada.

—De ti—respondió ella con descaro—, es que, mírate, creo que nunca antes te había visto perder el control así. Es tan divertido ver que alguien puede molestarte.

—Uh y eso no es nada, tendrías que ver como se ponía después de una o dos bromitas. Si yo te contara—dijo Eugene accediendo por fin a cerrar su cámara y cruzándose de brazos sin quitar su sonrisa satisfecha—. Sip, hay mucha mierda que contar acerca del pequeño Hansy.

Elsa lo miró con una sonrisa y después volvió rápidamente a la sala de estar, de donde salió llevando el bolso de viaje del castaño.

—Ven, voy a enseñarte en donde te puedes quedar—le dijo—, si quieres te ayudo a desempacar tus cosas.

El colorado le dio una mirada incrédula a su hermanastra. ¿Era en serio? Llevaba solo un instante de conocer a aquel idiota, ¿y ahora hasta le ayudaba a llevar su jodido equipaje? ¡Si cuando él había llegado lo había tratado como basura!

Eugene se volvió brevemente hacia él con una expresión petulante y fue detrás de la rubia, no sin antes recoger su mochila. Ambos desaparecieron en el piso superior riendo y hablando, mientras Hans se quedaba como una estatua en su lugar, inundado de molestia e indignación.

—¡Pero que mierda!—gritó volviendo a golpear el mesón con su puño, con tanta fuerza que le hizo soltar un alarido de dolor.

Desde el piso, unos ojos amarillos lo observaban con malevolencia.

—¡Pero que ni crea que me va a molestar de nuevo! ¡Esta vez ese hippie no va a poder conmigo! ¡No va a poder!—rugió, en dirección al gato.

Marshmallow le siseó amenazantemente.


—Entonces, ¿Hans y tú se conocen desde niños?—preguntó Elsa, quien estaba sentada en el borde de la cama y observaba como su huésped guardaba su ropa en una cómoda cercana.

Lo había llevado hasta una de las habitaciones de huéspedes que tenían en el piso superior y ahora, Eugene terminaba de desempacar después de haberle asegurado amablemente que no necesitaba ayuda.

—Sí, nuestros padres solían ser buenos amigos, desde la Universidad—explicó él—. Luego, mis padres murieron en un accidente cuando yo tenía cinco años.

—Lo siento—murmuró ella, preguntándose de repente si no habría cometido una indiscreción.

El muchacho le hizo un gesto para restarle importancia.

—Mi tío se hizo cargo de mí desde el principio. Él y su esposa fueron muy amables, me trataron como a uno más de sus hijos, y eso fue increíble considerando que contaban con varios—soltó una risita—, así que prácticamente nos criamos juntos. Yo soy un año mayor que él, como Lars. Los tres estábamos todo el tiempo acompañándonos, considerando que los mayores no nos prestaban demasiada atención.

—No comprendo porque entonces parece tan alterado de verte.

—Ah, eso. Bueno, digamos que nuestra relación fue un poco… especial—Eugene volvió a reír a la vez que cerraba un cajón de la cómoda—. Es que Lars y yo siempre le gastábamos muchas bromas, era inevitable. Quiero decir, él era el más pequeño y era sencillo engañarle un poco. Pero en general solíamos llevarnos todo lo bien que podíamos; nosotros dos lo defendíamos mucho de los mayores. Ellos nunca sabían cuando detenerse—por un instante, Elsa apreció como sus pupilas castañas parecían ensombrecerse, quizá a causa de un mal recuerdo. Pero aquello solo duro un segundo, pues de inmediato volvieron a tener una cálida expresión—. Por eso no es de extrañar que me tenga un poco de manía, pero no creas, también tenemos nuestros buenos recuerdos. Solo que no se quiere acordar porque es muy orgulloso.

—Ya lo creo que lo es.

—En serio no te llevas bien con él, ¿no?—Eugene se sentó a su lado—¿Tan mal llevas lo de vivir juntos?

—No te imaginas—la platinada puso sus ojos en blanco—, desde que él llegó no ha parado de hacerme la vida imposible. Nunca he conocido a alguien que sea tan egoísta, arrogante, nefasto y mentiroso como él, ¡es como un idiota insaciable que pretende que todo el universo gire a su alrededor! ¡Si supieras todas las cosas que me ha hecho…!

—Sip, así es Hans—el trigueño rió de buen humor—. ¡Pues vaya que llegue en el mejor momento! Algo me dice que mis vacaciones van a ser más interesantes de lo que esperaba, je je je.

—Eso si tienes paciencia para aguantarlo. Aunque después de lo que vi, creo que tú no vas a tener problemas.

—¿Bromeas? Ese pelirrojo no es ningún problema para mí. Confía en mí amiga, después de tenerme un tiempo con ustedes, tal vez hayas aprendido una o dos cosas a la hora de lidiar con él, ¿qué te parece?

Elsa alzó una de las comisuras de su boca. Resultaba raro que precisamente ella, con lo fría que era, estuviera allí hablando de lo más bien con un sujeto a quien solo conocía hace rato y especialmente uno tan extrovertido. Sin embargo parecía una persona legal y a esas alturas, cualquier individuo que pudiera fastidiar a Hans podía considerarse de inmediato amigo de ella.

—Entonces, ¿qué vas a hacer hoy? ¿Crees que puedas darme un recorrido para conocer por aquí?—le preguntó el moreno—¿O llegué para interrumpir algo?

—Oh, sí, sí, digo no, no hay problema—contestó ella—, ósea, no pensaba salir hoy pero ya que lo mencionas… si quieres, podemos ir al centro comercial para que vayas conociendo. Suelo estar mucho por ahí con mis amigos. Y tal vez podríamos ir al cine—se le ocurrió de pronto—, acaban de poner una cinta de terror en cartelera.

—¡Excelente! ¡Vamos entonces!

—Tengo que hablarle a mamá para avisarle y pedirle algo de dinero—dijo la blonda poniéndose de pie.

Eugene negó con la cabeza.

—Hey amiguita, nada de eso, yo invito. No te preocupes por eso, ¿vale?

—Está bien—la miró asentir—, solo déjame avisarle que iré, vuelvo en un minuto.

Y dicho esto, salió rápidamente a su habitación.

Una vez a solas, el joven miró a su alrededor, apreciando con más cuidado la confortable habitación en que lo habían instalado. Su tío tenía realmente una bonita casa y su hijastra era una jovencita muy amable, a pesar de que el hombre le había comentado que era muy reservada. Aun así se notaba que la quería mucho y podía notar porque. Aunque Elsa no pareciera pensar de la misma forma.

Una presencia en el umbral de la puerta llamó su atención. Hans había subido y lo miraba desde ahí con expresión de pocos amigos.

—¡Eh, viejo! Quita esa cara, hombre. ¿Qué? ¿Vienes a gritarme de nuevo? Aguanta un poco Hansy, tuve un largo viaje.

El cobrizo entró en la habitación sin abandonar sus aires de seriedad.

—Ahora mismo me vas a decir porque demonios has venido—le exigió, con más calma que antes pero igual de molesto—. No te habías comunicado con papá en años, ¿y ahora esto? ¿Qué es lo que estás tramando, eh?

—Bueno, al parecer no estás muy enterado de como era el asunto, yo sí que me comunicaba con tu padre. Por algo existe Internet, Hansy—alegó el castaño—, en cuanto a lo que estoy tramando pues, lamento decirte que no sé de que hablas. Yo solo vine a pasar tiempo de calidad en vacaciones contigo y mi queridísimo tío. ¿Es eso tan difícil de creer?

—Sí, sí lo es—Hans dio un paso hacia él con los ojos entornados—, no olvides que yo sí te conozco. ¿Viajas desde tan lejos únicamente para estar de visita? ¿Después de tantos años? ¿En un período vacacional tan corto? ¡Por favor idiota, no nací ayer!

—Me ofendes con tu desconfianza—replico Eugene—, eso que estás haciendo es de lo peor, desconfiar de tu casi hermano. Me decepcionas mucho, que lo sepas.

—¡Deja de hacerte el imbécil!—el colorado le dio un empujón—¡Ya dime porque estás aquí! ¿Qué hiciste? ¿O qué piensas pedirle a papá?

—¿Hacer? ¿Pedir? Bueno, ¿pero en qué clase de concepto me tienes tú? So tonto—Eugene continúo haciéndose el desentendido—, y a todo esto, en realidad yo podría hacerte la misma pregunta. ¿Qué tú no vivías con tu madre? ¿Por qué te mudaste aquí?

—El porque me mudé aquí es algo que puedes ir metiéndote por el culo—le espetó Hans.

—Ah ya, con que esas tenemos—el moreno se cruzó de brazos y lo miró sospechosamente—, muy bien, ya entiendo de que va la cosa. Entonces hagamos algo, yo no te pregunto porque estás aquí y tú dejas de comportarte como un jodido paranoico, ¿estamos?

—¡No! ¡No estamos! ¡No quiero que estés aquí fastidiándome! ¡Ya es suficiente tener que compartir este espacio con la sabandija, como para tener que volver a lo de antes contigo! ¡Así que vas a agarrar tus cosas, vas a tomar el primer vuelo que encuentres de regreso a Alemania y nunca te aparecerás de nuevo por aquí! ¡¿Estamos?!

—¿No se te ofrece algo más, idiota? Carajo Hans, tú en serio no cambias. Ya relájate—el mencionado volvió a recibir un golpe en el hombro.

—¡No me toques!

—A estas alturas yo creí que ya habrías dejado de comportarte como un principito de mierda, ¡madura!

Hans exhaló aire pesadamente, conteniéndose para no golpear a su indeseable invitado, aunque ganas no le faltaban. Después de sus hermanos, ahí estaba su peor pesadilla. Por más que pensaba en una razón lógica, no lograba explicarse que demonios estaría haciendo allí ese estúpido.

Eugene tenía una capacidad casi tan grande como la suya para agradarle a todo el mundo, excepto claro, a él, que sabía bien la clase de inútil que era. Lo único que sabía hacer ese idiota era fumar hierba e ir con su puñetera camarita de vídeo a todos lados, sintiéndose alguna especie de Spielberg barato o alguna mierda por el estilo. No era más que un maldito hippie con un pésimo sentido del humor y a quien le encantaba joderle la vida.

De él no necesitaba saber más que los chismes que veía ocasionalmente en Facebook o que le comentaba Lars. No lo soportaba. Pero ahora estaba ahí, en su maldita casa.

¿Qué había hecho para merecer tal castigo?

—¿Quieres dinero de papá? ¿Es eso? Espera, más bien hiciste algo en Alemania, ¿de quién te estás escondiendo, inepto?

—¿En serio, Hans? ¿En serio? Con esa imaginación hasta podrías escribir un guion, ¿eh?

—¡Sé que algo escondes! Si no me dices en este instante, voy a tener que averiguarlo yo mismo. O te lo saco a golpes, tú decides.

—Muy bien, ya entiendo de que va la cosa—Eugene se puso serio de repente—. No se te escapa nada, ¿no? Siempre fuiste un egoísta, Hans. Si a esas llegamos, no me dejas más remedio—agachó la cabeza—, me estás obligando a hacer algo que no quiero hacer…

El aludido lo observó en guardia, listo para devolverle el golpe si es que planeaba agredirlo. Fue por eso que adquirió una expresión perpleja cuando en lugar de eso, el muchacho volvió a alzar la cara mostrando un gesto de lo más extraño.

—¿Q-q-qué demonios estás haciendo?—inquirió turbado.

—Pongo mi expresión especial de estrella de cine, nadie puede resistirse a ella—respondió Eugene, posando como galán para fotografía—, a todos mis suscriptores les gusta.

—¡Eso no funciona conmigo, animal!—Hans le volvió a dar un empujón, sintiendo una vez más como una vena comenzaba a palpitarle de exasperación—¿Por qué nunca puedes tomarte las cosas en serio? ¡Maldición!

—Bueno ya, ya, cálmate hombre. Ni con los años se te quita lo neurótico.

—¡Y tú sigues siendo el mismo payaso de siempre!—el pelirrojo suspiró pesadamente—Entiende, ¡no te quiero en mi casa! ¡Ni creas que voy a volver a aguantarte tus bromitas de mal gusto de nuevo! ¡Eres un maldito vago sin que hacer!

—Oh Hansy, extrañaba tus ataques de rabia. Eres tan divertido cuando te lo propones, viejo.

—Vete a la mierda—masculló él—. Ya averiguaré porque estás aquí y cuando lo descubra, hasta mi padre te va a echar a patadas, ¿me oyes?

—Viejo, haz lo que quieras. Yo me largo al cine—Eugene lo hizo a un lado y salió de la habitación de lo más campante—, y ya báñate o algo, ¿quién sigue en pijama a estas horas? Bueno, al menos no usas nada como ese ridículo pijamita de pandas que te ponías de niño…

—¡Quiero que te largues de mi casa!

—A mí también me encanta verte Hansy, nunca cambies, ¿sí? ¡Nos vemos!—el recién llegado desapareció por la puerta, no sin antes enviarle otra miradita burlona.

Pudo escuchar como se encontraba en el pasillo con Elsa, quien muy animada empezaba a hablarle de la película que verían.

—¡Maldito idiota! ¡Ni creas que te vas a quedar! ¡Estúpido hippie del mal!

—¡Ya deja de gritar, imbécil!—la voz de su hermanastra desde la escalera fue la que respondió a sus exclamaciones, seguida de una carcajada de su huésped.

—¡Argh!—sin otro modo de desahogarse, Hans se puso a golpear una almohada.


—Pero que final de mierda para una película. En serio, que manera de estropearla, por eso hoy en día ya casi nadie se asusta con el cine de terror.

—Espero que tú no vayas a hacer nada como eso.

—Ni pensarlo, amiguita. Ese final es el peor que he visto para una cinta decente de miedo, aunque quitándole eso, la verdad es que el resto no estuvo mal.

Elsa y Eugene caminaban tranquilamente por el centro comercial a las afueras del cine, del cual acababan de salir; él llevando aún su inseparable cámara de vídeo colgada del cuello. En el camino hacia el lugar, a donde habían acudido a pie, ya la rubia se había encargado de mostrarle un par de lugares de paso para que se familiarizara con los alrededores.

Además de eso también se habían dedicado a charlar y ahora la jovencita se encontraba al tanto de todos los pormenores en la vida de su nuevo amigo. Se había enterado que a los doce años, el castaño había regresado a Alemania para estudiar en la misma escuela que su fallecido padre, tal y como había querido este. Su padrastro era quien solventaba todos sus gastos, pues allí no tenía como herencia más que la casa que le habían dejado sus progenitores.

Le resultó extraño que desde entonces no hubiera vuelto a Noruega a pesar de las constantes invitaciones de su padrino, pero el muchacho se había justificado diciendo que realmente sentía mucho apego por su país natal, a pesar de vivir la mayoría del tiempo en un internado hasta que alcanzó la mayoría de edad.

Eso, claro estaba, hasta que repentinamente le habían entrado ganas de cambiar de aires. De todos modos, Elsa estaba extrañamente agradecida con su llegada. Ver como se las arreglaba para molestar a quien se había convertido en su peor tormento sin ningún esfuerzo, era realmente entretenido y un alivio.

Porque tal y como le había dicho al moreno en cuanto la conversación se desvío nuevamente hacia él, su hermanastro era una presencia maligna que hasta ese momento se había encargado de atormentarla por todos los medios. Y lo detestaba con el alma.

—Jo, amiga, nunca había escuchado a nadie quejarse con tanta pasión de una persona—comentó Eugene, muy divertido por sus palabras de "afecto" hacia el pelirrojo.

—¡Eso es porque lo odio de verdad!—la platinada frunció la boca y luego tomó otro sorbo del refresco que llevaba en la mano; parte del combo con palomitas que habían comprado antes de entrar a la función—En serio no entiendo cual es su problema, nunca había conocido a alguien tan malo como él.

—Hans no es malo—dijo su acompañante con convencimiento, algo que provocó que lo mirara con sorpresa—. Es un jodido psicótico que tiende mucho a fingir y a controlar a la gente, pero no es malo—agregó y lo vio sonreír de lado ante su expresión interrogante—. Verás, tú no lo has llegado a conocer tan a fondo como yo.

—Pues de veras debes apreciarlo mucho como para decir eso, tomando en cuenta que no hace mucho te gritó para que te marcharas de la casa—dijo Elsa escépticamente.

—Eso no tiene importancia, la verdad es que solo está alterado y uno tiene que saber como lidiar con él cuando se pone de ese modo. Es como uno de esos perritos nerviosos que te ladran por todo y se ven muy bravos; tú solo tienes que pegarles un par de tortas con el periódico para que dejen de cagarse por los rincones y entonces te respetan, ¿comprendes?

Elsa tuvo ganas de responderle que en realidad no le hallaba ningún sentido a lo que acababa de decir, aunque le gustó la comparación.

—¡Hey, mira!—Eugene se detuvo abruptamente enfrente de un local cuyo escaparate estaba decorado con una serie de llamativas luces y calaveras.

El letrero rodeado con una luz de neón rojo ponía en letras mayúsculas Tattoo House: Tatuajes para todos los estilos y a través de la vitrina, se podía observar un sitio de lo más peculiar, en donde algunos anaqueles exponían accesorios para el cuerpo como piercings y las paredes estaban decoradas con un montón de diseños extravagantes.

—¡De lujo! Hace tiempo que tenía ganas de hacerme un tatuaje—exclamó el castaño y la muchacha no pudo sino mirarlo con dubitación—, ¿entramos?

—No sé… es que no me gustan mucho estas cosas…

—Vamos Elsa, no me dirás que nunca te han dado ganas de tatuarte algo.

—La verdad que no—la albina se mordió el labio inferior, temblando solo de pensar en una de las agujas que usaban en esos lugares haciendo contacto con su blanca y delicada piel.

—Pues yo sí y si esto no es una señal que me corten las bolas. Venga, acompáñame.

Antes de que pudiera decir nada más, el joven ingresó al local obligándole a ir tras él. Adentro, una sonriente chica de pelo castaño cuyas puntas iban hacia todas direcciones, los recibió alegremente tras el mostrador.

—¡Hola, bienvenidos!—exclamó con una enorme sonrisa—¿Cómo estás, Elsa? ¿Qué puedo hacer por ti y por tu amigo?

—Rapunzel, no me acordaba de que trabajabas aquí—dijo ella, observando con algo de sorpresa a la aludida.

—Sip, tengo que venir a trabajar aun en vacaciones, pero está bien, me gusta—la vio inclinarse un poco hacia delante para hablarle y sin dejar de sonreír—. Ahora que te veo, espero que nos encontremos en el café uno de estos días, ¡he estado trabajando en algunos dibujos que me encantaría mostrarte!

—Ah, que bien—murmuró la albina con recelo.

Todavía no se le olvidaba lo inapropiada que había sido su última obra de arte.

—¿Qué tal, preciosa?—Eugene apoyo un codo encima del mostrador y se inclinó hacia la morena con aire galante—¿Sabes? Estaba pensando en hacerme un tatuaje muy especial, ¿crees que puedes ayudarme con eso?

—¡Claro! Aquí hacemos tatuajes de todo tipo.

—Excelente, porque quiero hacerme uno justo aquí—el chico se arremangó la camisa para exponer uno de sus bíceps, con obvias intenciones de flirtear—y estaba pensando en un guepardo o un águila, porque son animales astutos y ágiles, justo como yo… no sé, ¿tú que piensas?—alzo su rostro portando la misma expresión que horas atrás, intentara utilizar con Hans para aplacar su ira.

Claro que él no era una chica. Pero el sexo opuesto no podría resistirse de ninguna manera a sus encantos.

—Oye, si dejas de hacer esa cara, te doy un cinco por ciento de descuento, ¿vale?

—Eh… o-ok—Eugene se incorporó rascándose la nuca, algo confundido.

—¿Tú también vas a hacerte un tatuaje, Elsa?—inquirió la castaña volviéndose hacia ella, que se había distraído observando unos aros en el mostrador.

—¿Yo? No, no, no vine a eso—respondió, negando con las manos.

—¿Pero por qué no? ¡Se te vería tan bonito! Puedo tatuarte una flor o un gato, porque te gustan los gatos ¿no? Creo que tú tenías uno.

—Sí, sí, pero no gracias—la rubia continúo negando con insistencia.

—¡O quizá quieras ponerte un piercing! Mi amigo Mano de Garfio puede encargarse de eso—anunció Rapunzel repentinamente emocionada, corriendo hasta donde estaba ella y sacando los aros que había estado mirando para mostrárselos—, yo estaba pensando en ponerme uno en el ombligo, mis padres todavía no han descubierto mi tatuaje, así que ¿por qué no? Je je je. ¡Ya sé! ¿Y si nos perforamos juntas las orejas?

—¡No, no, no gracias! Así estoy bien, ¡no quiero nada!—exclamó Elsa alarmada.

—Awww, bueno, en otra ocasión será—la muchacha parecía algo decepcionada.

—Que casualidad, yo también estaba pensando en hacerme una perforación—intervino Eugene atrayendo una vez más la atención de la morena—, todavía no sé si hacérmela en la ceja o en el labio, ¿tú donde crees que quedaría mejor?—se acarició el mentón mirándola con insistencia y adoptando una nueva pose seductora.

—Je je je, oye Elsa, tu amigo es raro—Rapunzel les dio la espalda un momento y sacó unos papeles que no tardó en colocar encima del mostrador tendiéndoselos al joven—. A ver, llena estas formas, las necesito antes de empezar a tatuarte. ¿Traes tu identificación?

Aún más confundido que antes, él le entregó la mencionada credencial antes de ponerse a firmar los documentos necesarios, con un leve ceño fruncido. Era evidente que sus coqueteos no estaban resultando como esperaba. La blonda contuvo una risa discreta.

—¿Y de dónde vienen? ¿Acaban de tener una cita o algo así? Eh, picarona, que guardadito te lo tenías—la trigueña pico juguetonamente a Elsa con su índice—, y yo que pensaba que tú y Hans… pues… —alzó sus cejas sugestivamente.

—¡No! ¡Qué cosas dices!—la albina se ruborizó con indignación—¡Él es mi hermanastro! Y Eugene acaba de llegar hoy de visita, así que vine a mostrarle el centro comercial. Viene de Alemania.

—Y estoy completamente disponible—comentó el mencionado guiñando un ojo en dirección a Rapunzel, sin cejar en sus intentos de flirteo.

—¡Qué interesante! ¡Yo siempre he querido ir a Alemania para conocer ese festival en el que beben mucha cerveza! Aunque yo creí que ustedes eran un poco más altos—dijo ella con ingenuidad, volviendo a mirar al castaño y consiguiendo que el semblante coqueto de este se desvaneciera una vez más.

Esta vez, Elsa no hizo nada por ocultar la risita ahogada que se le escapó.

—Ya… ya terminé con esto—Eugene le dio los papeles firmados a la jovencita sin dejar de parecer algo confuso.

—¡Estupendo! Síganme, atrás tenemos todo el equipo.

Ambos siguieron a Rapunzel detrás de una cortina de cuentas que tapaba la entrada de acceso a la parte trasera del local. Allí, había un salón que a diferencia del recibidor del establecimiento, tenía las paredes blancas y se veía bastante limpio. El mobiliario consistía en un par de sillas reclinables parecidas a los de los consultorios de dentistas y algunas mesas que exponían un instrumental que a la rubia le puso los pelos de punta.

En un rincón de la habitación, tres hombres con pinta de motociclistas jugaban a las cartas. Todos se volvieron hacia ellos en cuanto entraron; dos de ellos clavando sus ojos de manera amenazadora en Eugene.

—¡Hey chicos! ¿Qué tal va la partida?—preguntó la trigueña con su habitual buen humor—Estos son mis amigos, Mano de Garfio, Narizotas y Cupido. Los conocí en El Patito Modosito—explicó, volviéndose a sus acompañantes—, ¡la mejor taberna de motociclistas del mundo! Ellos me ayudaron a obtener este empleo.

Los mencionados le dirigieron saludos corteses a Elsa, quien respondió algo cohibida. Los de aspecto más rudo; uno con lo que parecía ser un garfio de verdad asomando por la manga de su chaqueta de cuero y el otro con una prominente nariz, rasgos toscos y un pañuelo atado a su cabeza, no dejaban de observar al muchacho de forma inquisitiva.

—Oye Punzie, ¿acaso este rufián te está dando problemas?—preguntó el primero—Porque nos pareció oír algo de barullo allá enfrente…

—Oh, no se preocupen, esto no es nada que no pueda manejar yo sola—les aseguró ella poniéndose una mano en las caderas y apuntándose a si misma con el pulgar—, ¡ustedes siempre se inquietan mucho por mí!

—Eso es porque uno nunca puede estar seguro—dijo el segundo enviándole otra mirada penetrante al joven.

Eugene tragó saliva.

—¡Pero si él solo quiere un tatuaje! No se preocupen.

—Muy bien, de cualquier manera, ya sabes que si trata de propasarse solo tienes que llamarnos—dijo el tipo del garfio a manera de advertencia—y estaremos allí enseguida.

—Vamos, vamos chicos, no sean tan duros con el muchacho. Nuestra Punzie también tiene derecho a divertirse de vez en cuando—intervino el tercer sujeto con voz más amigable. Tenía una larga barba y mostraba un tatuaje con alas de cupido en uno de sus brazos—, ¿quiénes somos nosotros para negarle un poco de amor?

—¡Tú siempre metes el amor en todo, condenado idiota!—lo acalló el de la gran nariz, propinándole un buen golpe en el hombro.

—¡Ay amigos, pero cosas dicen!—dijo Rapunzel muy risueña—¡Por eso me caen tan bien!

—De todas formas florcita, ya sabes, si el chico se porta mal contigo o con la señorita… —Mano de Garfio hizo crujir sus nudillos ante los ojos espantados de Elsa y de Eugene.

—¡Descuiden! Todo estará genial—repitió la morena haciendo pasar a los recién llegados a otra estancia que estaba enseguida de aquella—. Ustedes disculpen a mis amigos, a veces exageran un poco—añadió, cerrando la puerta tras ella al tiempo que mostraba otra de sus amplias sonrisas a los turbados jóvenes.

El sitio en el que ahora se encontraban era más pequeño y mostraba una única silla y el equipo respectivo para tatuar.

—Siéntate aquí—empujó a Eugene para que cayera sentado en la silla—, entonces ¿ya decidiste que tatuaje vas a querer? Te puedo mostrar el catálogo que tenemos o dibujarlo yo misma, ¡soy muy buena! ¿Verdad, Elsa?

—Ehm… sí, claro—respondió ella, mirando de manera distraída y un poco temerosa las agujas dispuestas en una mesa.

—Bueno, sorpréndeme—dijo el muchacho y eso basto para que la morena tomara rápidamente una libreta dispuesta por ahí y comenzara a esbozar el dichoso tatuaje.

—Oye, ¿estás seguro de que quieres hacer esto? Se ve doloroso—murmuró la albina yendo una vez más al lado de su invitado, quien le restó importancia al asunto con un gesto despreocupado de la mano—, y tú Rapunzel, ¿segura que sabes hacer esto?

—¡Claro! No se te olvide que yo misma me tatué algo—le recordó la aludida con felicidad, sin dejar de dibujar en el cuaderno.

—¿De veras? Eso sí que es tener habilidad—comentó el castaño.

—¡Aprendí hace unos meses! Cupido me enseñó, una vez tatué la espalda de una persona.

—Nunca había conocido a una chica que hiciera tatuajes. Eso es muy… lindo.

—Je je je je je, ¡lo sé!

Elsa arqueó una de sus delicadas cejas contemplando la conversación con interés. Si no se equivocaba, allí estaba comenzado a suceder algo.

—¡Listo! ¿Qué te parece?—Rapunzel le dio la vuelta a la libreta para mostrarle su diseño al joven.

Allí, había sido dibujada pulcramente una flecha con la punta hacia arriba, en cuyo centro se formaba un complicado patrón geométrico que iba a dar hasta el otro extremo, formado por plumas. El sombreado que había añadido al esbozo le daba la impresión de ser un objeto con dimensión.

—Ah, pero… esto no es en lo que quedamos—dijo Eugene observando el dibujo con confusión.

—Lo sé, pero la verdad es que en cuanto te vi pensé que un diseño como este te podría quedar muy bien. ¡Pareces alguien libre y muy impredecible!—objetó la trigueña con su habitual pose soñadora—Entonces… ¿te gusta?

—Me encanta—contestó él devolviéndole una sincera sonrisa.

—¡Genial! Voy a desinfectar tu brazo y en un momento comenzamos.

Elsa observó como la chica procedía a limpiar el área donde realizaría el tatuaje y a continuación, comenzaba también a esterilizar su equipo ante la atenta mirada del moreno, que no le quitaba los ojos de encima. Luego pasó el dibujo que había hecho a una hoja de calcar para poder traspasar la tinta de allí hasta la piel.

—Te advierto que esto puede doler un poco, pero solo un poquito, no te vayas a asustar—dijo Rapunzel—, ¿estás listo?

—Nací listo, preciosa. Venga la tinta.

La chica acercó la aguja hasta el brazo del castaño y lo último que se escuchó, fue el inesperado grito de dolor que resonó contra las paredes de la habitación.


La cristalina risa de Idun volvió a escucharse por una tercera vez en el comedor.

Sentada junto a su esposo, quien ocupaba la cabecera en la elegante mesa de caoba en donde había sido dispuesta la cena, la castaña escuchaba otra de las divertidas anécdotas de su nuevo invitado. De más estaba decir que la mujer estaba encantada de conocer al simpático sobrino de su cónyuge, como no podía ser de otra manera.

Hans fulminó con la mirada al castaño, quien portaba una odiosa sonrisa y no paraba de hablar acerca de las absurdas aventuras que le habían ocurrido una vez en el centro de Berlín. Si es que habían ocurrido.

Eugene podía ser la mar de mentiroso a veces y él sabía bastante de mentiras.

Por supuesto y contrario a lo que habría deseado, a su padre le había dado mucho gusto recibir a su ahijado en casa.

—Me alegra bastante que hayas decidido venir a visitarnos, hijo. Hace tanto tiempo que no te veía que ya estaba pensando en ir yo—comentó Adgar—, a Idun le gustaría mucho conocer Berlín y sus alrededores, ¿no es así, cariño?

—Ay sí, Alemania es un sitio tan bonito—dijo la mujer con gesto soñador—. Ya Adgar me había hablado mucho de ti, hasta siento que somos viejos amigos—añadió, con el carácter amistoso y amable que la caracterizaba.

—Mi tío también me había hablado mucho de ti y de Elsa, la pasamos muy bien hoy, ¿no, amiguita?—dijo Eugene.

Para sorpresa de todos, la platinada sonrió ligeramente y asintió con la cabeza.

Hans apretó los dientes con furia, escuchando como la adolescente comenzaba a hablarle a su madre acerca de la película que habían ido a ver con un entusiasmo que no era habitual en ella. Eso le pareció pura mierda.

¿Desde cuándo esa sabandija era amigable con las visitas repentinas? ¿Por qué se empeñaba tanto en querer que él se fuera, pero aceptaba a ese hippie de porquería como si nada? ¿Por qué salía con él tan alegre de la vida? ¿Por qué tenían que llevarse tan bien? Aquello era una maldita basura.

—Bueno, a mí también me da mucho gusto que hayas decidido venir a quedarte con nosotros estas vacaciones—la voz de su madrastra volvió a llamar su atención y a avivar la ya de por sí, incipiente rabia que sentía dentro—, siéntete como en tu casa, ¿sí?

—Ya estoy empezando a hacerlo y si me permite decirlo—el moreno adoptó de nuevo una expresión seductora—, puedo darme cuenta de porque mi tío hablaba tanto de su encantadora esposa. A él siempre le han gustado las mujeres guapas.

El pelirrojo puso los ojos en blanco mientras escuchaba la risita que liberaba Idun. Se preguntó si alguna vez Eugene se cansaría de imitar esas poses baratas de pseudo galán, que tan ridículas le quedaban.

—Tutéame, por favor. Puedes llamarme por mi nombre, Hans lo hace así—la castaña se volvió hacia el mencionado—, ¿no es verdad, cielo?

El colorado se obligó a si mismo a sonreír con falsedad cuando los preciosos ojos de la mujer se posaron en él, aunque internamente sintiera repentinas ganas de mandarlos a todos a la mierda.

—Seguro—respondió, consiguiendo darle a su voz lo suficientemente animada.

—Entonces ustedes solían estar juntos de niños—prosiguió ella con interés—, deben sentirse muy felices de verse otra vez.

—Por supuesto, Hans es algo así como mi hermanito pequeño—dijo Eugene observándolo con gesto burlón—, ¡ni se imaginan el recibimiento que me dio! Me hizo sentir tan… en familia.

El cobrizo lo fulminó con la mirada por una fracción de segundo antes de volver a dibujar una sonrisa torcida. Ya lo haría sentir en familia al mierda ese, se dijo a si mismo, crujiendo sus nudillos por debajo de la mesa. Le daría una bienvenida de lo más cálida, con la cual no tendría tiempo de extrañar sus puños.

—Eugene me estuvo contando muchas cosas divertidas acerca de él y Hans, mamá—dijo Elsa de repente, atrayendo la atención de su madre—. Deberías escucharlas tú también, ¡ni te imaginas todo lo que hacían!—miró de reojo a su hermanastro con la burla inscrita en sus pupilas celestes.

Hans le dirigió una mirada furiosa a la rubia, quien le sonrió con socarronería.

—Ay, eso suena muy bien hija. Me gustaría mucho saber más de su infancia. Se nota que son muy unidos.

Disimuladamente, el muchacho fingió estirar una de sus manos para alcanzar el salero pero en vez de eso, desvió sus dedos hasta la delicada manita de Elsa y le propino un buen pellizco. Como respuesta, la blonda lo pateó en la espinilla sin que nadie se diera cuenta. Hans soltó un alarido y agachó la cabeza por el dolor.

—¿Qué te pasa, hijo?—preguntó Adgar mirándolo con extrañeza.

—Un… un calambre—musitó él entrecortadamente, su pierna todavía palpitando por el patadón.

Ya sabía a quien más le iba a hacer una visita después de la cena, para enseñarle buenos modales.

—¿Cómo el que te dio aquella vez en la piscina del colegio? ¿Recuerdas, Hansy? En el 2008, tenías diez años y te acalambraste en plena competencia—soltó Eugene con toda la intención de incomodarlo—, el entrenador tuvo que sacarte y entonces tu maestra te abrazó. ¡Viejo, llorabas tanto! ¡Qué memorias!

Decidido, iba a matar a ese maldito imbécil.

—¿Si les he contado de la vez en la que Lars y yo le gastamos una pequeña broma a Hans? Me acuerdo muy bien, todos habíamos ido a acampar y él llevaba su manta de dinosaurios, ¡era un chico tan tierno!...

Respirando profundamente, el pelirrojo logró acallar la orden de su cerebro que le impulsaba a levantarse de su asiento y apretar el cuello de aquel impertinente hippie. Su mano derecha estrujó la servilleta con furia, en tanto lo escuchaba narrar aquella desafortunada anécdota, una de las peores de su infancia.

—… y entonces Hans se paró en medio de los dos y nos gritó con su vocecita infantil: ¡los voy a acusar con mi mamá, tontos!—un par de risas femeninas se escucharon ante la imitación de Eugene—Y bueno, no era para menos, le habíamos roto su mantita. La verdad es que sí me sentí mal, así que después de eso le llevé un helado y un caballito de peluche. ¿Todavía tienes ese caballito, Hans?

—No—contestó él secamente, absteniéndose de decir que en efecto, conservaba ese juguete en un rincón de su armario junto con algunas cosas preciadas.

Ahora que recordaba de donde venía decidió que lo iba a quemar.

—Y bueno, esa es tan solo una de las muchas historias que tenemos pero la verdad es que podría seguir todo el día. Creo que estas dos semanas las comidas serán muy entretenidas gracias a mí, ¡hay mucho de nosotros que me gustaría contarles!—Eugene comenzó a reír simpáticamente y enseguida se le unieron Idun y Elsa, la primera con total inocencia y la segunda con malignidad, manteniendo sus orbes cerúleas fijas en su hermanastro con satisfacción.

Dulce, dulce venganza.

Hans clavó su cuchillo en el mantel, deseando que se lo tragara la tierra o que la costosa araña de cristal que pendía del techo fuera a parar directo en la cabeza de ese castaño desgraciado. Lo primero que ocurriera.


Malhumorado, Hans corría por el parque aquella mañana de domingo, enfundado una vez más en sus mejores ropas deportivas y con la música a todo lo que daba desde sus audífonos. Sin embargo, en esa ocasión ni el ejercicio ni las animadas canciones electrónicas que usaba para amenizar sus entrenamientos parecían ser suficiente para distraerlo.

Decir que estaba que se lo llevaba el diablo era poco.

Nada más levantarse había escuchado unas risas provenientes del jardín. Al asomarse había vislumbrado a su pequeña hermanastra en compañía de Eugene, los dos estaban de pie cerca del porche trasero y el moreno sostenía en sus manos un balón de basquetbol. Al parecer le estaba contando algo muy gracioso a la platinada, quien todavía tenía una amplia sonrisa adornando sus finas facciones.

Eso le hizo rechinar los dientes. ¿Cómo demonios lo hacía? ¿Cómo carajos podía generar eso en la reina del hielo, la frígida niñita de mamá, la fría mocosa que todos los días le dirigía miradas de odio? No que eso le importara, claro, pero que mierda, la situación era simplemente indignante.

Lo menos que esperaba era que Elsa quisiera que ese idiota se marchara tanto como él, pero no. Ahí estaban, charlando como dos viejos amigos. La escena le daba náuseas.

—Oye viejo, ¿qué haces allí? ¿Por qué no bajas para que pueda patearte el trasero en una partida de basquetbol?—había inquirido Eugene al notar que los observaba.

—¿Por qué no se lo pateas a esa torpe sabandija? Tengo cosas más importantes que hacer que perder el tiempo contigo—había respondido él con desdén, obteniendo una mirada glacial de Elsa.

—Bah, lo que pasa es que temes que te gane como antes, eso es lo que te sucede.

Por toda contestación, el colorado simplemente le había alzado el dedo medio antes de apartarse de la ventana. Todavía no se le olvidaba como lo había puesto en ridículo la noche anterior.

Y ahora allí estaba, tratando de desquitarse contra el asfalto. Un impacto en su hombro casi lo hace tropezar.

—¡¿Qué demonios…?!—farfulló enfurecido, deteniéndose y arrancándose los auriculares con la respiración agitada.

Había en el suelo una rama seca y enorme. Miró hacia atrás para localizar a quien había arrojado eso y se encontró con una chica de alborotada cabellera que venía caminando hacia él.

"Oh maldición, ¡ahora no, por favor!", pensó fastidiado. Ya era suficiente lo que estaba ocurriendo en su propia casa como para lidiar con esa personita.

—¿Qué tal, principito?—Mérida se paró frente a él con una sonrisa prepotente y las manos en las caderas—Sabía que tarde o temprano te iba a encontrar por aquí. Que carita la que traes, ¿alguien te hizo enfadar o qué?

—Mira, no estoy de humor para esto. Márchate y déjame correr en paz, ¿quieres?—repuso Hans bruscamente.

—Lo haré, en cuanto trate un asunto pendiente contigo—dijo ella sin inmutarse por la forma en la que le hablaba—, ¿recuerdas lo que hablamos en el campamento que hicimos por Año Nuevo?

—No—contestó él ácidamente, haciendo que la pelirroja rodara los ojos.

—Claro que sí, torpe. Ya sabes, lo del tiro con arco. Te dije que te podía demostrar cuan buena soy y tú solo te burlaste de mí.

—Ajá, ¿y qué con eso?

—Bueno, pues que ha llegado la hora de que te cierre esa boca de una vez por todas. Este miércoles tengo una demostración de tiro con arco—anunció Mérida—y he reservado un lugar especial para ti. Te voy a enseñar lo que soy capaz de hacer.

—¿Es en serio? Oye, no me interesa—le espetó Hans—, solo… piérdete. Yo no sé de esas cosas, ni quiero saber.

La muchacha adquirió un semblante peligroso y se adelantó para golpearlo en el hombro.

—¡Ouch! ¡¿Qué carajos…?!

—¡A ver, idiota! ¡No te lo estoy preguntando!—exclamó amenazantemente—¡Vas a ir! ¡Me lo debes después de lo que me hiciste pasar por lo del supermercado! ¡Así que no te queda de otra que presentarte, ¿entendiste?!

—¡Jódete, engendro! ¡A mí nadie me da órdenes!

Hans soltó otro quejido cuando la joven lo volvió a golpear en el brazo.

—¡Bueno, ya basta! ¡¿Cuál es tu problema, bruja de cabello horrible?!

—¡Mi problema es que eres un imbécil! ¡¿Vas a ir o no?!

—¡Bien! ¡De acuerdo! ¡Maldita sea, si así me vas a dejar en paz!

El cobrizo la fulminó con sus ojos, obteniendo a cambio tan solo otra sonrisa de suficiencia. De todas formas, se dijo a si mismo, daba igual. En aquellos instantes lo que más necesitaba eran excusas para estar fuera de casa con su molesto invitado acechando ahí, y sí ese estúpido evento era lo mejor que podía conseguir, pues que remedio.

—Cinco de la tarde en punto, en el Club Campestre, pabellón de arqueros—le indicó Mérida escuetamente—. Ponte un saco bonito o algo así, es una demostración importante—sacó de su bolsillo una tarjeta y se la entregó—, entrega esto en la entrada para que te dejen pasar. Si se te ocurre faltar, te juro que voy a encontrarte y me encargaré de romperte las pelotas de la manera más dolorosa que te puedas imaginar. ¿Quedó claro?

—Sí, sí, que mierda, allí estaré—dijo Hans con hastío.

Esa inepta necesitaba terapia urgente o algo para remediar su actitud.

—¡Nos vemos este miércoles, playboy! Recuerda, ¡sé puntual o te meteré una flecha por el culo!—se despidió Mérida alejándose sin dejar de sonreír irónicamente y agitando la mano conforme se alejaba.

Hans la observó marcharse con una de sus cejas rojizas arqueadas y luego observó la tarjeta que le había dado, en donde se especificaban todos los datos del compromiso.

Entonces se preguntó si habría hecho bien en aceptar y en que se había metido.


Nota de autor:

¿En qué te has metido ahora, Hans? D:

¡Pero qué capítulo lleno de sorpresas! De él acabamos de recibir una importante lección. El karma existe criaturitas, tiene belleza sobrehumana, cabello castaño y una capacidad enorme de molestar a nuestro pelirrojo favorito. xD

Así es, por fin ha aparecido Eugene, ¡ya se le echaba en falta! Y como ya habían varias que preguntaban por él, pues no podía retrasar su aparición en esta historia. Déjenme decirles que después de Hans y Elsa, él es mi personaje favorito de Disney, así que tenerlos a los tres juntos y en la misma casa, es como un hermoso regalo para mí. *o*

Y bueno, no hubo mucho Helsa, lo sé. D: Algo que espero remediar en el capítulo que viene pero mientras tanto, espero que hayan disfrutado esa probadita de Eugenzel, es extraño, nunca había escrito nada de esta pareja, espero haberlo hecho bien. :)

¿Qué creen que le depare el destino ahora a nuestros personajes? ¿Sobrevivirán todos en casa de nuestros amados Helsa? ¿Podrá Hans soportar lo que se viene? Mentado coloradito, eso le pasa por ser tan mala onda con Elsa. LOL Para las que me decían que era demasiada crueldad en contra de ella, disfruten, ahora es cuando la balanza comienza a nivelarse gracias a cierto castaño, muajajajaja.

Anonymous time!

nina: La tensión y los celos Helsa siguen en el aire. Al igual que tú, deseo en el fondo de mi corazón que haya al menos un mínimo de este ship en la secuela. D:

Ari: Sip, habrá Helsa semanal espero, si es que las musas no me abandonan. Hans enojado es tan sexy y así, menos hay quien lo separe de su pequeño copo de nieve. Por supuesto que puedes apostar que Lars trama algo, jojojo. Aunque creo que si te habrás llevado una sorpresa con esta actualización. Y sí, no cabe duda que nuestra querida Elsa no podrá seguir soportando la cercanía de su guapo hermanastro por mucho tiempo más. ;D

Me largo a ver los Óscares, pero no olviden dejarme sus sensuales comentarios para seguirme inspirando. :D