Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


» • » Bajo El Mismo Techo « • «

12

La farsa imprevista


Sin despegar sus ojos de la pantalla, Elsa volvió a meter su mano en el tazón de palomitas que reposaba en medio del sofá de la sala de televisión. Habría visto El Resplandor* al menos unas cuatro o cinco veces antes, por su afición a las películas de miedo, pero aun así no podía negar que cada vez que se volvía a topar con dicha cinta, la historia no dejaba de llamar su atención.

A su lado, Eugene miraba con la misma fascinación silenciosa las escenas que transcurrían dentro del ficticio hotel Overlook.

—¡Oh, aquí viene mi parte favorita! Mira eso—murmuró él.

En la pantalla, la mujer que se encontraba encerrada en el baño comenzó a gritar sin control cuando un hacha proveniente del otro lado comenzó a romper la puerta a golpes.

—Adoro esa escena, ¿sabías que Kubrick maltrató a esa actriz psicológicamente para que hiciera bien su papel? Ese tipo sí que era un cabrón.

—Es una muy buena película.

—Sí que lo es.

Su sesión cinéfila se vio repentinamente interrumpida en cuanto un muchacho pelirrojo irrumpió en la estancia con cara de pocos amigos, lanzándoles una mirada reprobatoria y encendiendo la luz.

—¡A ver, idiotas! ¿Quién demonios tocó mi auto y se acabó la gasolina? Fuiste tú, ¿verdad vagabundo?—espetó Hans, apuntando con su índice al castaño acusadoramente.

—¡Quítate de en medio, inepto! No nos dejas ver—le dijo Elsa desagradablemente, por toda contestación.

—Demonios Hansy, ahora no, estamos en medio de algo importante—se quejó el moreno con un ademán de la mano.

—¡Me importa una mierda! ¡¿Por qué te llevaste mi auto, maldito vago del demonio?!

—Necesitábamos ir a comprar unas cosas, que diablos—explicó Eugene rodando los ojos—. Y como tú estabas dormido para variar aunque ya fueran las once, pues ni al caso despertarte. Fuimos por una nueva tarjeta de memoria para mi videocámara y palomitas. Y también compramos helado, ¡hasta te trajimos a ti! Un delicioso helado de limón. Elsa no quería traerte nada, dijo que deberías pudrirte, je je je, esta chica. Pero yo le dije: 'hey amiga, eso no está bien. Hans podrá ser un psicótico de mierda y todo lo que quieras, pero hasta él tiene que relajarse de vez en cuando'. Así que bueno, al final lo compramos…

—¡¿Y quién mierda te dijo que podías llevarte mi coche?!

—¿Y cómo se suponía entonces que fuera a llegar hasta el supermercado? ¿Caminando? ¿Tomando el autobús? Honestamente Hans, a veces eres tan absurdo—el colorado rechinó los dientes—. De por sí tuvimos que ir hasta el almacén que se encuentra casi al otro lado de la ciudad, porque ya me enteré que están vetados de la sucursal más cercana por su chistecito viral. Por cierto, me encantó su vídeo amigo, que manera de destrozar la propiedad ajena.

Esta vez, incluso Elsa volvió a mostrar un notorio rubor en sus mejillas.

—¡Óyeme imbécil, ¿pero tú qué te crees que…?!—el cobrizo se detuvo en medio de su exclamación al mirar al castaño con más detenimiento—Un momento, ¿esa es mi chaqueta?—preguntó con indignación.

—Se me ve mejor a mí, viejo—Eugene se encogió de hombros descaradamente, sin dejar de lucir la costosa prenda de cuero que tanto le gustaba.

—¡Maldita sea, idiota! ¿Por qué tienes que entrar a mi habitación a tomar mis cosas? ¡Es mi chaqueta! ¡Estúpido hippie!—se quejó Hans, en tanto el otro muchacho hacía un gesto abriendo y cerrando su mano, como si estuviera imitando su parloteo.

—¡Quítate de en medio!—volvió a demandar la rubia congelándolo con la mirada.

—¡No tienes porque tomar mis cosas! ¡No tienes porque llevarte mi auto! ¡Mi maldito auto! ¡No dejaste ni gota de gasolina! ¡Estoy harto de ti, ¿me oyes?! ¡Me rompes las bolas!

—¡Qué te quites de en medio!—chilló Elsa, perdiendo la paciencia y arrojándole uno de los cojines del sofá a la cabeza.

—¡¿Cuál es tu problema, sabandija?!

—¡Tú eres mi problema! ¡Desde que entraste no has parado de gritar ni de interrumpir! ¡Te dije que te quitaras!—la platinada se puso de pie y lo encaró con ferocidad.

—¡Una mierda que me voy a quitar! ¡Ya te enseñaré a arrojarme cosas, pequeña mocosa!

—¡No me amenaces, neurótico de porquería! ¡Bestia!

—¡Voy a encargarme de ti en cuanto acabe con este tarado! Prepara ese trasero niña, ¡porque vas a pasar un par de horas en el baúl!

—¡Ya me deshice de ese maldito baúl!

—¡Entonces voy a encerrarte en el armario!

—¡Parece que no sabes arreglar las cosas de otra forma que no sea intimidando a los demás! Eres un matón, ¡eso es lo que eres! ¡Y un abusivo y un pedante y un desubicado! ¡Y tus patillas son estúpidas!

—¡Y tú eres una chiquilla de mierda a la que voy a aplastar como un insecto si no cierras la boca!

—¡Eso me gustaría verlo! ¡Estúpido!

—¡Bruja!

—¡Imbécil!

—¡Tarada!

—¡Estoy harta de ti! ¡¿Por qué siempre tienes que arruinarlo todo?! ¿No podemos sentarnos a ver una tonta película sin que llegues a molestar? ¡Eres una basura, Hans!

—¡Tú eres una basura! ¡Desde que llegué no has hecho más que darme problemas! ¡Yo también estoy harto de ti!

Elsa se puso las manos en las caderas y se aproximó un par de pasos más, hasta estar a milímetros del pecho del colorado.

—Si tan harto estás de mí, ¿por qué no recoges tus cosas y te vas por dónde viniste? ¡Nunca debiste venir aquí en primer lugar!—espetó desafiantemente, alzando su blonda cabeza y obsequiándole una mirada repleta de desdén.

—Eso te gustaría, ¿verdad pequeña sabandija? Que me largara para dejarte el camino libre—Hans agachó la cabeza para mirarla a los ojos con el mismo odio; sus frentes casi se rozaban—, pues eso no va a pasar, ¡ni loco te voy a dar ese gusto! ¡Me voy a quedar aquí para seguir haciendo de tu vida un infierno!

—¡Ya veremos si no te largas después de que acabe de indagar en tus cosas! ¡Mentiroso de porquería!

—¡Óyeme, eres una maldita idiota!—Hans le dio un pequeño pero firme empujón.

—¡No me empujes, tarado!—su hermanastra lo empujó con más fuerza.

—¡No me empujes tú, cretina de…!—el pelirrojo se cortó en seco al voltear y quedarse repentinamente paralizado.

Elsa lo imitó y no tardó en quedarse igual al notar lo que sucedía. Frente a ellos, Eugene sostenía su cámara en alto y los grababa de lo más entretenido.

—No, no, sigan—les dijo, animándolos a continuar con otro gesto de su mano—, esto es buenísimo. Hay tantos sentimientos encontrados aquí, tanta pasión—cerró su puño con emoción contenida—. Es muy intenso.

—¡Voy a darte cinco segundos para apagues esa cámara de mierda, antes de que te la haga meter por el culo!—lo amenazó Hans, adquiriendo un semblante furioso.

—Eso Hans, enójate, déjame sentir tu ira—lo motivo el joven, sin amedrentarse en absoluto por su actitud.

—¡Baja esa maldita cámara, idiota!—gritó el cobrizo.

—¡Sí, bájala! ¡Yo tampoco quiero que me grabes!—se quejó Elsa de mal humor.

—Oh vamos chicos, se ven geniales. Se parecen a esos actores que salen en la televisión—repuso Eugene cínicamente.

—¡Tú te parecerás a un cadáver si no dejas de grabar, estúpido de mierda! ¡Vas a levantar tu maldito trasero de ahí e irás a traerme gasolina!

—Uy Hans, que miedo—replico el trigueño con sarcasmo—. Mejor déjate de ordenar y regresa a donde le decías a Elsa que no te empujara. Esta pelea se quedó interesante…

—¡Hijo de…!—el pelirrojo no alcanzó a completar su insulto, sino que dio un gruñido de exasperación y fue detrás de Eugene, quien ágilmente se levantó del sofá y saltó detrás del mismo, siempre manteniendo su cámara en enfoque—¡Ven aquí, hippie de mierda! ¡Ven aquí para que pueda patearte el trasero!

La platinada suspiró hondamente, observando como su hermanastro correteaba a su huésped al tiempo que este lo esquivaba ágilmente, haciendo más comentarios irónicos. Una escena a la que ya se había acostumbrado bastante en los últimos tres días.

Eran como niños.

—¡Ya basta! ¡No tengo tiempo para esta estupidez!—Hans se detuvo y fulminó al castaño con sus ojos verdes—En quince minutos tengo que llegar a un lugar y tú dejaste mi auto sin gasolina, ¡¿qué se supone que voy a hacer, idiota?!

—¿Tomar el bus?—Eugene lo observó de arriba a abajo con más detenimiento—Por cierto Hansy, es verdad que hoy estás muy arregladito, ¿eh? ¿A dónde vas?—le preguntó socarronamente, reparando en su atuendo.

El mencionado llevaba jeans de mezclilla oscuros, en conjunto con una camisa y un saco de color marrón a juego con sus zapatos de piel. Incluso se había peinado un poco sus rojizos cabellos.

—Eso es algo que no te importa una mierda, ¡papá va a saber que tomaste mi coche y te gastaste toda la gasolina! ¡A ver qué opina acerca de eso!

—Pues sí, sí, podrías decirle a ver que le parece—coincidió Eugene, bajando por fin su cámara y mirando distraídamente la pantalla—. O, podrías no mencionarle nada y así yo no tendría que mostrarles a él y a Idun esta interesante grabación en la que tratas tan mal a su hija. Apuesto a que ella ni sospecha que eres todo un diablillo, ¿eh? Cielos Hans, sí que tienes engañado a todo el mundo, ¿no?—rió por lo bajo.

El pelirrojo entrecerró los ojos. Luego se escuchó a si mismo hablando desde la reproducción de la videocámara, comprobando que el trigueño sí que lo había atrapado con las manos en la masa.

¡ …eres una chiquilla de mierda a la que voy a aplastar como un insecto si no cierras la boca!

Hans exhaló pesadamente, calmando sus ánimos y adoptando un semblante calculador. La boca de su adversario se curvó en una sonrisa autosuficiente. Ahora él también había entrado en el juego.

—Con que sí—murmuró, observándolo previsoramente—… muy bien. Bien hecho idiota, ya veo que tu cabeza si sirve de algo después de todo—añadió arrogantemente, alzando su barbilla con desdén—, no me importa. De todos modos no tengo tiempo para seguir malgastándolo con ustedes.

Se retiró dignamente de la estancia, decidido a encontrar un taxi y a pensar en su próximo movimiento para con ese par y muy especialmente, para con ese nuevo intruso.

Elsa observó con una ceja arqueada como su hermanastro se marchaba y luego se volvió hacia Eugene, quien había tomado asiento de nuevo con la videocámara en su regazo y los brazos detrás de la cabeza, luciendo como quien sabe que se ha salido con la suya.

—Muy inteligente, usar la grabación para amenazarlo—dijo cruzándose de brazos y acercándosele—, de todas formas, no estoy cómoda con que me grabes a mi también.

—¿Por qué no? Eres muy fotogénica, Elsa. Te pareces a una de esas rubias que salen en las películas de Hitchcock—le dijo él con una media sonrisa.

—Porque no—se quejó ella—. En fin, ¡lo importante es que ahora tengo pruebas suficientes para desenmascarar a ese monstruo! ¡La cara que va a poner mamá cuando le enseñe esta grabación…!—su mano hizo ademán de tomar la cámara, no obstante el muchacho la apartó de su alcance casi como por acto reflejo.

—¡Woah, alto ahí chica! Lo siento, pero nadie toca mi videocámara más que yo—dijo Eugene poniéndose serio de repente—, es una regla sin excepción. Este aparato solo lo manejo yo, ¿comprendes?

—¿Qué? Pero si… bueno, no importa—dijo Elsa rodando los ojos—. ¡Tú podrás enseñárselo a mamá y a tu tío! ¡Ahora si le daremos una lección a ese idiota!

—No.

—¡Se le va a caer la cara de vergüenza cuando…! ¿Cómo? ¿Qué dijiste?—la blonda parpadeó confundida al procesar su respuesta.

—Dije que no. Yo no soy ningún chismoso, Elsa. Y no voy a empezar a serlo ahora.

—¡Qué demonios! ¿Sabes el infierno que me ha hecho pasar ese tarado desde hace meses? ¡Tienes en tus manos la prueba perfecta para acabar con su teatrito y ahora no quieres hacer nada!—dijo la adolescente enojada—¡¿En serio vas a dejar las cosas así?!

Eugene asintió con la cabeza.

—¡¿Pero por qué?! ¡¿No te das cuenta de que esta es una oportunidad de oro?! ¡¿Qué no quieres acabar con ese… ese…?!—Elsa hizo un puchero de desesperación mientras buscaba insultos para su petulante hermanastro.

—Tranquilízate amiguita, no tienes que tomarte las cosas tan a pecho—comentó el moreno—. Mira, esto nos puede servir para mantener a Hans controlado, hacer que no se pase de la raya. Pero si en serio crees que yo voy a ir a mostrarlo para delatarlo enfrente de todos, pues lamento decepcionarte, porque eso no pasará.

—Pero… pero…

—Además, descubrirlo ante tu madre sería algo que terminaría con toda la diversión. Los he estado observando estos días y su dinámica me ofrece una perspectiva muy interesante para explorar con mi instinto de cineasta—prosiguió Eugene—. No me sentía tan inspirado desde que comencé a mirar lo que tienen ustedes.

—¿Cómo qué lo que tenemos nosotros?—masculló Elsa indignada—¡Nosotros no tenemos nada! ¡Y en serio, si no me ayudas con esa grabación entonces eres una persona tan nefasta como él! ¿De qué te ríes?—inquirió molesta, al verlo reír desvergonzadamente.

—A eso es a lo que me refiero, tienen una forma muy peculiar de reaccionar el uno con el otro, ni siquiera hace falta que los dos estén presentes—le dijo, para su mayor indignación—. En serio chica, voy a entretenerme a lo grande documentando su complicada relación. Ustedes acaban de convertirse en mi nueva experiencia cinematográfica.

—¡Oye, esto no tiene ninguna gracia!

—La tiene para mí. Cuando se es un espíritu creativo, no puedes frenar a las historias que se presentan ante ti, pidiéndote que las cuentes, ¡el mundo entero es un gran escenario!—la platinada lo miró como si de repente le hubiera crecido una segunda cabeza—Vamos Elsa, no me veas así, te aseguro que en un futuro esto te hará tanto sentido como a mí. Debes relajarte amiga, tú estás tan estresada como nuestro querido Hans.

—¿Y cómo no voy a estar estresada? ¡Si ese idiota no hace más que fastidiarme y ahora tú has decidido hacer una película de eso, jugando a ser una versión barata de Scorsese o que sé yo!—le espetó Elsa con desagrado.

—¿Sabes qué es lo que te relajaría? Una copa enorme de helado de chocolate, ¿quieres helado de chocolate? Yo sé que sí. Vamos, una sonrisa—la animó el castaño. Ella lo miró severamente—. Ok, yo voy por el helado y tú mientras regresa la película. ¡No tardo!

La muchacha lo vio levantarse del sillón, siempre con su videocámara en mano e ir directo a la cocina. Entonces suspiró.

Parecía que la convivencia en esa casa iba a seguir siendo agitada después de todo.


"Estúpido Eugene, estúpida Elsa… estúpidos, ¡estúpidos!", pensaba Hans mientras desde su lugar, observaba la demostración de arquería que se llevaba a cabo ante los ojos impresionados de una no muy concurrida pero considerable audiencia. El deporte de hecho estaba resultando ser más interesante de lo que había supuesto, pero en aquel instante el recuerdo de su enfrentamiento anterior con su hermanastra y aquel idiota no lo dejaba concentrarse por completo.

Los últimos días de por sí habían sido realmente insoportables. Desde que Eugene había llegado le había alterado su rutina y ahora, ni siquiera tenía la satisfacción de molestar a la rubia como le gustaba porque él se entrometía para fastidiarlo todo.

Los dos se la habían pasado riendo y hablando a sus espaldas, mirando películas como si de pronto fueran expertos del Séptimo Arte, cuando no eran más que dos jodidos raros con un excesivo gusto por las películas de terror y por supuesto, amargándole la existencia. Había creído que nunca más habría de soportar las bromitas del castaño.

En el centro del pabellón, una muchacha de alborotado cabello pelirrojo disparó su arco, trazando una trayectoria perfecta con su flecha en el aire y dando justo en el centro de la diana dispuesta a unos cuantos metros.

El público estalló en aplausos y ovaciones.

Hans arqueó una ceja. Después de todo, ese engendro no le estaba mintiendo, si sabía usar esa cosa. Y era muy buena.

Mientras el presentador del evento anunciaba un receso por medio del micrófono, la chica se retiró del campo de arquería y miró a su alrededor, logrando divisarlo. Enseguida se le acercó.

—Pensé que no vendrías, no te vi al comienzo—dijo Mérida al aproximarse.

—Llegué hace veinte minutos, me retrasaron en casa—respondió él apáticamente.

—Pues menos mal que no faltaste, porque ya estaba pensando en la manera de molerte las pelotas a palos—dijo ella, con un tono entre amenazante y divertido—, ¿y bien?

—¿Y bien qué?

—¿Qué te parece? ¡Te dije que era una verdadera experta en el tiro con arco!

—Eres buena—admitió Hans con un asentimiento—, ya vi que no estabas alardeando después de todo.

—Claro que no principito, yo nunca alardeo—Mérida sonrió de lado, presuntuosamente—. Aunque está claro que soy la mejor por aquí.

—¿Y esto ya se terminó? ¿O todavía te vas a poner a disparar flechitas?

—Ya, solo quedan un par de sujetos de mi clase por pasar a hacer lo suyo y esto se habrá acabado.

—Entonces yo me retiro, ya te vi, ya me viste, creo que no queda nada más por…

—Ven, te presentaré a mi familia—la chica lo tomó fuertemente por el brazo y pronto se vio arrastrado hacia un sitio entre los asientos de la concurrencia.

Aunque hubiera podido, de nada le hubiera servido protestar.

Sentados a la sombra de uno de los palcos del lugar, un hombre y una mujer los miraron llegar con obvia inquisición. El primero era un sujeto grande y robusto, de espeso bigote y barba rojizos y un cabello tan salvaje como el de su primogénita, además de tener el mismo aire feroz y amedrentador. La segunda, en contraposición a su acompañante, era delgada y poseía una cabellera lisa y castaña, pulcramente recogida en una coleta baja. Su postura, tan elegante y serena como la de una reina, le recordó mucho a Elsa.

—Mamá, papá—Mérida los encaró con una pequeña sonrisa al llegar frente a ellos—, quiero presentarles a Hans.

Dos pares de ojos azules y castaños se posaron en él, examinándolo con recelo y curiosidad. El muchacho sintió que el codo de la colorada se le hundía en las costillas y no tuvo más remedio que hablar.

—Ah… es… es un placer—musitó, incómodo.

—De modo que tú eres el famoso Hans, Mérida nos había hablado mucho de ti—habló su madre de modo tranquilo, después de haber llevado a cabo un exhaustivo análisis de su apariencia con sus pupilas marrones. Parecía satisfecha—, es un gusto, joven—dijo, extendiendo su delgada mano para que la estrechara.

Hans la saludó sin dejar de experimentar cierta confusión. No acababa de entender que pintaba su presencia allí.

—Vaya, pero si es bastante flacucho—dijo su esposo sin dejar de mirarlo con cierta desconfianza—, dime muchacho, ¿tú practicas algún deporte?

—¿Eh?

—¡Papá, no empieces!—Mérida se cruzó de brazos y le dirigió una mirada amenazadora a su progenitor.

—¡Solo quiero saber si lo practica! Hoy en día, todos los chicos deben mantenerse en forma—se justificó el aludido.

—Pues… me gusta correr—respondió el cobrizo, cada vez más confundido por la situación.

¿Cómo por qué a esos señores podría interesarles conocerlo a él?

—¡Hablo de una verdadera actividad para hombres! Como el boxeo, por ejemplo. ¡A mí no había nadie que me venciera en mis mejores tiempos, cuando boxeaba en Edimburgo!—el padre de la pecosa volvió a observarlo de la punta de los pies a la cabeza—Mira muchacho, yo sé muy bien que mi Mérida no es ninguna chiquilla indefensa ni mucho menos, pero si van a estar juntos, al menos tienes que saber hacerte respetar para que no se propasen con ella, ¿entiendes?

—¿Cómo dice?—Hans arrugó un poco su frente.

—Fergus, deja en paz al joven, lo vas a incomodar—atajó su esposa en tono de regañina—. Además ya nos dimos cuenta de que se ve muy decente, y eso es lo más importante.

—Para ningún hombre nunca está de más el saber pelear, Elinor querida—repuso el barbudo individuo con un tono de voz más dócil.

Hans frunció un poco más su ceño, intuyendo que había algo que no marchaba bien allí.

—Y bueno, a los trillizos ya los conoces. Deben estar por allí haciendo de las suyas de nuevo—volvió a hablarle la chica.

—¿A qué te dedicas, Hans? ¿Estás estudiando algo?—preguntó Elinor.

—Pues sí… Administración de Empresas—volvió a contestar, esta vez siendo él el receloso.

—Que bien, es una carrera de bastante provecho—dijo la mujer con aprobación—. ¿Sabes? Cuando Mérida nos dijo que tenía novio empecé a tener ciertas inquietudes, pues como te habrás dado cuenta, mi hija es demasiado impulsiva y a veces no toma las mejores decisiones—la mencionada fulminó a su madre con la mirada—, pero a primera vista parece que en esta ocasión acertó. Pareces un muchacho muy agradable.

—¡¿Qué, cómo?!—farfulló él con incredulidad.

—Ya te dije, mamá. Yo sabía bien lo que estaba haciendo, espero que ahora te hayas quedado satisfecha—le dijo Mérida.

—¿Nos… nos disculpan un momento?—Hans esbozó su usual sonrisa torcida y tomó del brazo a la pelirroja, haciendo un poco de presión disimuladamente.

Menos mal que ella no tardó en imitar su gesto y excusarse ante sus padres para seguirlo a un rincón apartado, donde fue encarada por él con exasperación.

—¡¿Qué demonios acaba de pasar allí?! ¡¿Por qué tus padres piensan que estamos saliendo?!—le espetó indignado—¡¿Qué mentiras les contaste?!

—¡Te calmas, idiota!—Mérida le dio un pisotón y él tuvo que apretar los dientes para no quejarse de dolor.

Sabía que esa tarada había estado tramando algo desde el principio, ¿cómo se le había ocurrido aparecerse por ahí?

—¡Oye engendro! Yo no sé como le vas a hacer o porque tuviste que contarles una mentira tan enferma, ¡pero ahora mismo vas y les aclaras todo!—le exigió Hans—Yo sé que cualquier chica se moriría por salir conmigo, ¡pero eso no te da el derecho de hacer esto! ¿Me oyes?

—Ay no, no, no, ni te emociones playboy de quinta—le dijo ella devolviéndole una mirada hostil—, que esto no lo hice porque quiera salir contigo. ¡Es que no me quedaba otra opción!

—¿De qué estás hablando?

—Mis padres llevan meses fastidiándome con eso de tener novio, bueno, más específicamente mi madre—Mérida hizo una mueca de desagrado—, ella simplemente está obsesionada con volverme más femenina, como esa princesita que tienes por hermana.

—No somos hermanos.

—Como sea, el caso es que mamá quería que saliese con alguien y no se le ocurrió un candidato mejor que el hijo de uno de los socios de papá, el señor Macintosh—la vio fruncir la boca—, el cual es un completo imbécil. Bueno, hasta tú eres más soportable que él y con eso te lo digo todo.

Hans arqueó una ceja con escepticismo.

—De hecho—continuó Mérida enfocando sus ojos disimuladamente en el campo de tiro, donde la demostración se había reanudado—, lo tienes justo allí.

El colorado se dio la vuelta para mirar a quien resultó ser el siguiente participante. Un joven alto y de semblante arrogante, complexión delgada y espeso cabello negro, que llevaba su propio arco entre las manos.

—Agh, míralo, en serio lo odio. ¿Qué se cree? Se siente el rey del mundo—dijo Mérida con desdén, en tanto veía como su competidor lanzaba su flecha y lograba acertar cerca del centro de la diana, en un tiro no tan perfecto como el suyo—. ¡Ja! Inútil.

—Oye, no me importa si tu madre te quiere casar con ese perdedor o lo que sea—Hans atrajo su atención de nuevo—, a mí no tienes porque meterme, ¿estamos? ¡Así que ve y dile que no somos novios! ¡Ni siquiera amigos, demonios!

—¡No le pienso decir nada! ¡Ahora estamos juntos en esto, quieras o no!—lo amenazó Mérida—¡Me lo debes, idiota! ¡Me lo debes por meterme en problemas aquella vez en el supermercado!—añadió al ver que iba a reclamarle—Además solo vamos a fingir y no será para siempre, solo hasta que mamá se calme un poco. ¡Deberías agradecer que pensé en ti para esta farsa! Todos te van a respetar más solo por el hecho de estar conmigo.

—Escúchame inepta, ¡no necesito que nadie me respete más por estar contigo! ¡Y deja de decir que te debo cosas! Lo que pasó aquella vez, pasó y punto, ¡no voy a cargar con eso para siempre!

La colorada apretó los labios, dándose cuenta de que no podía simplemente obligarlo a cooperar con su teatro.

—¡Vamos idiota, ten un poco de consideración!—le dijo rechinando los dientes—Mira Hans, ¡te lo estoy pidiendo por favor! ¿Sí? Ya sé que ni siquiera te importa lo que ocurrió aquella vez, porque eres un verdadero imbécil. Pero en serio, si tienes un poco de honorabilidad al menos, no te importará ayudarme con algo tan torpe como esto… ¡por favor!

El pelirrojo se cruzó de brazos, aparentando completa impasibilidad pero sintiéndose cada vez más incómodo con las circunstancias. Se notaba que a la chica realmente le costaba pedirle aquello. Y aunque nunca lo admitiría en voz alta, si sabía que tenía mucha culpa por el incidente del supermercado.

Gruñó cuando esos ojos azules lo miraron entre suplicantes y orgullosos.

—Lo haré—musitó ásperamente—, pero solo por muy poco tiempo. Esto no tiene que llegar muy lejos.

Mérida lo miró esperanzada.

—Luego de esto no volverás a pedirme nada—la advirtió él—, no volverás a echarme en cara lo del supermercado, ni me pedirás ningún favor o volver a venir a ninguno de estos eventos. Tampoco me vas a golpear o amenazar. Ni siquiera me importunarás cuando me encuentres corriendo en el parque, ¿lo has entendido?

—¡Es un trato, principillo de cuarta!

—Y otra cosa, cuidado con esos sobrenombres. No te tomes tantas confianzas conmigo, melenuda.

—Vale—Mérida rodó los ojos—, Dios, que sensible eres. Ni que te estuviera pidiendo algo tan terrible. Solo necesito que me ayudes a fingir con mis padres para que me dejen en paz y por cierto—miró de reojo a sus progenitores, que se habían vuelto para observarlos—, se ve que ya nos quieren de vuelta.

Hans echó un vistazo por encima del hombro de la jovencita y se obligó a si mismo a intentar sonreír, al notar nuevamente el escrutinio de sus padres.

—Si vamos a hacer esto, necesitamos ciertos límites. Nada de mimos empalagosos en frente de nadie, ¡y no te voy a besar! ¿Entendiste?

—¡Como eres quejoso! Para que lo sepas, a mí no me gusta nada de eso imbécil, ¡así que no! No nos besaremos, pero por lo menos tómame de la mano. Mamá no puede saber que le estoy mintiendo—Mérida tomó su mano y entrelazó sus dedos con los suyos—, así. Quita esa cara, que no te estoy torturando. Si no finges bien, ya me encargaré de darte una razón más tarde para que hagas muecas—tiró de él para que volvieran—, anda, es hora de ir.

Hans suspiró exasperadamente, preguntándose en que demonios se habría metido. No acababa de salir de un enredo en su propia casa cuando ya se había metido en otro.


Elsa bebió un sorbo de su malteada de chocolate sin mucho interés, observando por el rabillo del ojo a las personas que entraban y salían del café The Lucky Cat desde su asiento. Aquel día la clientela no era demasiada, pues como era de esperarse, la mayoría de la gente preferiría estar en los exteriores para aprovechar el buen tiempo que comenzaba a hacer.

—Me gusta este lugar, es muy cool. Como las casitas orientales que salen en las películas—dijo Eugene frente a ella, mientras saboreaba los últimos trozos de su tarta de café.

—Hum—murmuró ella sin demasiado interés.

Desde que habían salido de casa tras interrumpir su maratón de películas de terror para tomar un poco de aire fresco, la rubia seguía dándole vueltas a su última conversación, la cual no la tenía nada satisfecha.

—Eh, vamos amiga, ¿no sigues molesta por lo que te dije hace rato, no? ¡Sabes que no lo hice para fastidiarte!

—Aun no entiendo porque no me puedes ayudar a desenmascarar a ese idiota—dijo la adolescente, algo enfurruñada—, ¿de qué te sirve llevar esa cámara siempre encima sino quieres que nadie vea lo que grabas?

—Ya te lo explique, querida Elsie. Uno no puede solamente mostrar al mundo su trabajo así como así, hay que pasar por un proceso. Y si mi presentimiento es correcto, esa grabación es apenas el comienzo de toda una experiencia que podré capturar como futuro cineasta.

—No recuerdo haber estado de acuerdo con tal cosa—objetó la platinada arqueando una ceja.

—No me ofendas, amiguita. Jamás he pedido permiso para capturar mi visión del mundo. Estoy seguro de que te va a encantar al final.

La adolescente no refutó nada más, convencida de que no habría nada que lo hiciera cambiar de opinión. Al menos su presencia seguiría molestando a Hans y manteniéndolo a raya, lo cual seguía siendo excelente.

—Ahora, ¿por qué no le llamas a tu amigo Jackie Chan y le pides otro pedazo de esta tarta? Quien quiera que haya cocinado esto sí que sabe lo que hace, ¡es la mejor maldita tarta que he comido en mi vida!—exclamó Eugene alegremente.

—Su nombre es Tadashi—atajó Elsa poniendo los ojos en blanco.

—Sí eso, bueno háblale a Tadashi, mi estómago todavía no se ha cansado de comer esto.

La albina le hizo una seña al muchacho que desde la barra, no había dejado de lanzar una que otra mirada hacia su mesa. Lo vio salir detrás de allí y dirigirse hacia ellos con libreta en mano.

—¿Qué más se les ofrece?—inquirió, mirando a Elsa de soslayo y luego a su acompañante con cierto recelo.

—Quiero otro trozo de tarta, amigo. En serio, debe ser la más buena que he probado.

—La hizo Tiana, debe estar sacando un poco más del horno—respondió el pelinegro, bastante serio—. ¿Nada más? ¿Tú no quieres nada, Elsa?—añadió, volviendo a observar a la aludida de una forma extraña.

—No, no gracias—respondió ella tímidamente, sintiéndose ruborizar levemente ante su escrutinio.

—Muy bien, enseguida vuelvo—Tadashi volvió a marcharse, mucho menos animado que de costumbre.

A la muchacha se le hizo extraño. Desde que había entrado con el castaño, ni siquiera la había saludado como de costumbre.

—Jo, ¿viste la cara del sujeto? ¿Es mi imaginación o no le agrado?—Eugene lo observó mientras entraba en la cocina y luego se volvió hacia ella. Se dio cuenta del color en sus mejillas y sonrió de lado—¿Y qué? ¿A ti te gusta?

La platinada casi se atragantó al tomar otro sorbo de su bebida.

—¡N-no! ¡¿Qué dices?!—negó casi por acto reflejo.

—¿No?—preguntó él divertido—Que raro… yo creo que tú sí le gustas.

—¿Tú… tú crees?—inconscientemente, Elsa se puso a jugar con la punta de su trenza, nerviosa.

—Sí, amiguita. Verás, hay un par de cosas de los hombres que tienes que saber. En especial a tu edad.

La chica se concentró en dar otro largo sorbo de su malteada, no muy segura de querer escuchar lo que el trigueño quería decirle. Se sentía como en aquella ocasión en la que a los doce años, su madre le había hablado sobre "las flores y las abejas".

—¡Elsaaaaaaaa!—el chillido a sus espaldas la hizo sobresaltarse y lo siguiente que supo, fue que se encontraba entre los brazos de una jovencita menuda pero demasiado fuerte para su propio bien.

—Anna… cof, cof… estás apretándome—consiguió decir, una vez que logró identificar a su amiga como la extraña presencia que había aparecido a su lado.

—¡Lo siento! ¡Es que no tienes idea de cuando te he extrañado!—afirmó la pelirroja, soltándola—¡Hace siglos que no nos vemos!

—Anna, hablamos ayer por Skype.

—¡Pero no es lo mismo! Desde que empezaron estas vacaciones no hemos salido con Olaf. Ya sé que dijiste que querías relajarte unos días a solas, pero en serio, ¡necesitamos salir!

—Sí Anna, prometo que saldremos—dijo ella.

—¡Me parece bien!—exclamó la cobriza, quien de inmediato desvío sus ojos dándose cuenta de su compañía y sonrío.

—Aunque la próxima vez tampoco hace falta que me abraces tan fuerte—prosiguió Elsa, moviendo un poco los hombros para recuperarse del abrazo. Fue entonces cuando oyó el carraspeo de la pecosa, quien había colocado las manos tras la espalda y se balanceaba ligeramente sin borrar su sonrisa ni dejar de observar a su compañero, quien a su vez la veía con cierta diversión—. Oh, mira él es Eugene—lo presentó—, es sobrino de mi padrastro. Se está quedando con nosotros unos días.

—Hola—saludó el muchacho.

—¡Hola! ¡Soy Anna!—chilló la colorada con su habitual alegría, sentándose a la mesa y prestándole toda su atención al joven—Así que eres sobrino del señor Adgar, ¿y de dónde vienes? ¿Te vas a quedar mucho tiempo? ¿Por qué traes esa cámara? ¿Te gusta grabar cosas?

En menos de un minuto, Elsa escuchó como su invitado ya se encontraba respondiendo todas las preguntas de la recién llegada, encantado de ser el centro de atención. Supo que ambos se habían caído bien cuando su amiga apoyó los codos sobre la mesa y su barbilla en las manos, escuchando fascinada sobre las aficiones cineastas de Eugene.

La conversación fue interrumpida por Tadashi, quien volvió llevando un platito con el postre que este último había pedido.

—Aquí tienes. Oh, hola Anna, que sorpresa verte por aquí—le sonrió a la pecosa—, me temo que has llegado para interrumpir la cita de Elsa. ¿Quieres venir a la barra por una malteada o algo?

—¿Cita?—la mencionada parpadeó con confusión.

—¡No estamos en una cita!—la exclamación de Elsa le salió casi sin pensarlo e hizo que el asiático la mirara sorprendido.

—No… ¿no lo están?—inquirió, pareciendo repentinamente avergonzado—Bueno… a mí me pareció que… ahm… —se llevó una mano a la nuca, sin saber que decir y ruborizándose inexplicablemente.

—¿Por qué no nos acompañas, viejo? Estaba diciéndole a Anna porque vine de vacaciones…

Tadashi aceptó la invitación, sentándose con gusto cerca de la albina y recuperando su semblante amistoso.

Pronto, los cuatro se vieron envueltos en una conversación liderada por el castaño, quien se ganó varias exclamaciones de admiración de Anna al sacar su teléfono y mostrar una vez más su canal de Youtube. A los cinco minutos la pelirroja ya se había declarado su fan, sin notar las miradas que su blonda amiga compartía de tanto en tanto con el azabache.

Dos personas entraron a la cafetería instantes después, haciendo que desviaran sus miradas con extrañeza.

—¡Hola Hans!—saludó Anna de forma entusiasta—¿Qué haces con esa, eh?

—"Esa", tiene nombre—replicó Mérida mirándola condescendientemente—, venimos del Club Campestre, tuve una demostración de tiro con arco. Íbamos rumbo a casa de Hans cuando pasamos por aquí y se nos ocurrió tomar algo, ¿no es cierto, principito?

—Ajá—contestó él desinteresado.

—Mírate nada más, Hansy. No sabía que estabas saliendo con alguien—le dijo Eugene socarronamente.

—¡Ay, por favor! ¡No están saliendo!—afirmó Anna burlonamente, como si la sola idea le pareciera absurda.

—Para tu información, enana, sí estamos saliendo—repuso la otra colorada retadoramente—. Hoy lo decidimos—dijo, haciendo que el pelirrojo frunciera un poco el ceño.

Elsa observó a la pareja con frialdad y sin saber porque, sintió un excesivo desagrado hacia ambos que superaba todos los sentimientos negativos que hasta entonces le habían inspirado, especialmente su hermanastro. Por alguna razón el hecho de que salieran le fastidiaba.

Y mucho.

—¡Ay sí, como no!—continúo burlándose Anna—¡Ya deja eso, melenuda! No se te da bien hacer bromas.

—Vuelve a llamarme así y te arranco esas trenzas que tienes—la amenazó Mérida—, no estamos bromeando pero no me importa si no me crees. Vinimos a tomar algo, no a discutir contigo. Así que—tomo asiento en su mesa, obligando a que todos se recorrieran un poco—, quiero uno de esos—señaló con su índice la taza de capuchino que tenía Eugene—, pero sin tanta espuma.

—Amiga, que loco es tu cabello, luce como si en cualquier momento fuera a atacar a alguien. Eso me recuerda a la película de La Cosa*, ¿la han visto?—habló este con buen humor.

—Tú debes ser el hippie zarrapastroso y enfadoso del que Hans hablaba hace unos momentos—dijo la aludida volviendo su atención a él, en tanto el colorado se sentaba también y jalaba hacia si el platito con pastas que la platinada tenía frente a ella, haciendo que esta lo fulminara con los ojos y devolviéndole la misma expresión asesina antes de meterse unas cuantas a la boca.

—Wow, como te encanta hablar de mí, ¿eh Hansy? Pues sí, ese soy yo. Aunque ya sabes chica, yo no llamaría zarrapastroso a nadie con esa melena. Está casi tan fuera de lugar como las patillas de Hans, supongo que por eso están juntos ¿no?

Mérida analizo por unos segundos a Eugene, con sus fanales entrecerrados.

—No me agradas—concluyó—. Mejor cuida esa boca sino quieres meterte en problemas conmigo. La princesita sabe bien de lo que estoy hablando, por cierto Barbie—se dirigió a Elsa—, ¿qué te parece que ahora vamos a ser cuñadas? Quien diría que tu hermanito y yo tendríamos algo, ¿no?

—¡Yo pienso que hacen una pésima pareja juntos!—intervino Anna sonriendo descaradamente—Osea, mírense, ¿un pelirrojo y una pelirroja saliendo? Parecen más hermanos que nada y además no tienen nada de química, ni se ven lindos, ni nada. ¡Yo digo que no van a durar ni una semana! Si es que estás diciendo la verdad.

—Si quieres podemos salir para que te convenza—dijo Mérida con frialdad, poniéndose a crujir sus nudillos.

—Pues yo si los felicito—dijo Tadashi, buscando de inmediato una excusa para evitar la confrontación—. Seré sincero, la verdad no me lo veía venir entre ustedes, pero si ya lo han decidido pienso que es genial. Enhorabuena por ti, Hans.

—Hum—musitó el aludido, más serio que nunca y haciendo amago de tomar las últimas pastas del plato de su hermanastra.

Elsa le dio un manotazo y ambos volvieron a fulminarse con las pupilas.

—Pues gracias, nerd. Al menos alguien se toma la noticia como debe ser—dijo Mérida enviándole una mirada asesina a la otra pelirroja, la cual no dejaba de mantener en alto las comisuras de sus labios con desvergüenza—. ¿Qué nadie va a venir a tomarnos la orden?

Tadashi le hizo una seña al alto muchacho de color que se encontraba limpiando una de las mesas, el cual de inmediato se acercó hasta ellos con libreta en mano, anotando con el ceño ligeramente fruncido, el pedido que el asiático se encargó de reiterarle.

—Hermano, tu tía no me paga lo suficiente para hacer esto, ¿cuándo me van a dar un aumento?—inquirió.

—Antes me sorprende que te haya contratado, Naveen. Tiana tenía toda la razón al decir que no tienes ni idea de lo que es trabajar. Ahora ve con ella y tráenos lo que te pedí, por favor—replicó el de la gorra con una ceja arqueada.

El moreno se alejó en dirección a la cocina refunfuñando un poco.

—Aprovechando que estamos aquí—volvió a hablar Tadashi, esta vez mirando a la rubia sentada a su lado y creyendo que no llamaba la atención de nadie, pues los demás ya habían retomado sus conversaciones, Anna volviendo a hacer temerarios comentarios en contra de Mérida y esta amenazándola, en tanto Eugene reía y Hans solo parecía estar ausente, con la mirada fija en un punto fuera de la ventana—, quería preguntarte si te gustaría ir mañana al cine conmigo. Hace tiempo que… bueno, que pensé que sería buena idea que saliéramos por ahí… —comentó, llevándose de nuevo una mano hacia la nuca en ademán nervioso.

—¡Que buena idea! ¡Deberíamos ir todos al cine!—exclamó Anna tras captar lo que el pelinegro decía, con mucho entusiasmo—¡Vamos Elsa! ¡Vamos!

—La idea del nerd no suena mal, deberíamos ir, ¿no, Hans?—Mérida se volvió hacia el pelirrojo, quien había despegado sus pupilas del vidrio y por alguna razón, ahora miraba muy seriamente a Tadashi—Podría ser algo así como nuestra primera cita, o lo que sea.

—¡Ja! Sabía que no estaban saliendo, ¡ni siquiera han tenido una cita!—le hizo notar Anna.

—Cállate, enana. O ya te dije, te arranco esas trenzas—replicó la otra pecosa de mal talante—, entonces, ¿qué dices, Hans?

—Sí, deberíamos ir—dijo este, pasando su mirada del azabache a su hermanastra con peligrosidad.

—¡Pero no vayamos a ver El Maleficio*! Es pésima, ya les digo—dijo Eugene mientras limpiaba con una manga el dorso de su cámara—, si quieren ver buen cine tienen que confiar en mí. ¿Saben a quién deberíamos invitar? A esa morena bonita de la tienda de tatuajes, ya sabes Els, al final no me dio su número…

—¡A esa!—exclamó Anna frunciendo levemente el ceño, para después suavizarlo—Bueno, así también podríamos decirle a Kristoff, ¡ay sí, sería tan genial!—cerró sus manos en puños con emoción—¡Hagámoslo! ¡Cita cuádruple más Olaf! Ay, ¿dije eso en voz alta? No, no quise decir eso, je je je je je je je je je je je…

De un instante a otro, casi todos se habían puesto a comentar de sus improvisados planes para hacer una excursión al cine al día siguiente, comentando cual sería la mejor opción a mirar y los horarios, sin que por supuesto faltaran las amenazas y burlas entre ambas pelirrojas.

Elsa contempló toda la escena con pasmo y luego se volvió hacia el muchacho a su lado, quien lucía tan atónito como ella. Al final, Tadashi se encogió de hombros y le sonrió.

—Supongo que el plan está hecho. Aun así, ¿irías conmigo?

La albina asintió con la cabeza, esforzándose por devolverle la sonrisa. No ayudaba que en aquel instante sintiera sobre si la mirada amenazante de un par de fanales esmeraldas.


—No entiendo porque les dijiste a todos que estábamos saliendo, ¡se supone que esa mierda solo es para engañar a tus padres!

Mérida escuchó los reclamos de su supuesta pareja sin mucho interés, mientras observaba con atención aquel estante en la biblioteca de su casa. Después de ponerse todos de acuerdo para salir la tarde de mañana, ella había acompañado a Hans hasta su casa, junto a la rubia hermanastra de este y ese impertinente castaño que no dejaba de hablar como si fuera algún erudito en materia de cine o algo por el estilo.

Debía admitir que compadecía un poco al colorado por tener que convivir tanto con esos dos; con razón siempre fingía y cuando no, parecía estar de mal humor.

—Oye principito, ya cálmate, no era mi intención hacerlo pero de alguna forma tenía que cerrarle la boca a esa enana. En serio me está colmando la paciencia. Además, ¿qué tiene?—inquirió encogiéndose de hombros—Así la farsa es mejor, ¿qué no?

—Que mierda, ¿a mí que me importa si es así o no? Más te vale que esto no dure demasiado—Hans se dejó caer en un sillón con fastidio—. En serio esta situación es muy incómoda para mí, yo no pienso seguirte el juego todo el tiempo.

—Creí que a ti te encantaba fingir, esto es lo mismo, ¿qué no? Además, se nota que a la Barbie no le cayó muy bien la noticia, ¿no viste como nos miró?

—¿En serio?—Hans levantó una ceja y la miró con interés.

—Claro y si es así, a ti te viene bien para molestarla un poco, ¿no?

El joven adoptó una postura reflexiva, pensando para sus adentros que eso no estaría nada mal. Por alguna razón, la perspectiva de que a Elsa le desagradara su ficticia relación le causaba gracia.

—Vaya, tienes una casa linda, a mamá le encantaría todo esto. Pero, ¿por qué hay tantos trofeos aquí?—Mérida extendió una mano hacia el anaquel donde se mostraban los premios de patinaje de su hermanastra y tomó una bola de nieve; la misma que él casi había roto el primer día en que había llegado a ese lugar, para analizarla minuciosamente.

—Deja eso—Hans le quitó el objeto de la mano y volvió a ponerlo en su lugar, sin explicarse porque de pronto no le gustaba que su invitada lo tomara sin permiso—. Mira, ya te advierto que mañana no vamos a dar un espectáculo con los demás. Nada de tomarnos de la mano ni esas porquerías, ¿entendiste?

—Como jodes, en serio. Eres un principito de mierda—la chica se sostuvo el puente de la nariz con el índice y el pulgar, exasperadamente.

El sonido de unos pasos acercándose hasta la habitación los alertaron. Elsa apareció en el umbral de la puerta sosteniendo un libro entre sus frágiles manos y les envío una mirada glacial conforme entraba.

—Como que ya es bastante tarde, ¿no les parece?—comentó fríamente al tiempo que colocaba el libro en su sitio y mirando de soslayo especialmente a Mérida, quien arqueó una ceja rojiza.

—¿Me estás corriendo, princesita?

—No, para nada—el tono de la platinada dejo entrever una sutil nota de sarcasmo—. Pero si tus padres se preocupan, no nos gustaría buscarnos problemas después. A menos que no les interese, claro.

—Que considerado de tu parte—replicó la colorada con ironía.

—De hecho, quizás ella tenga razón—dijo Hans con seriedad, haciendo que esta última se volteara a verlo con el ceño arrugado—. No quiero que tu padre me reclame por entretenerte aquí hasta tarde ni nada de eso.

—Ya, ya, entiendo. De cualquier manera quede con mi madre de que me recogería cerca de aquí en unos minutos. No me acompañes, conozco la salida—sorpresivamente, Mérida se acercó a él y le planto un beso en la mejilla, dejándolo paralizado.

Desde su rincón, Elsa contempló el gesto con disgusto, sintiendo un desagrado terrible hacia la muchacha. De pronto solo le daban ganas de sacarla a empujones de su casa.

—Nos vemos mañana—se despidió ella de él con una sonrisa ladina—. Adiós, Barbie—agregó al pasar al lado de la albina, quien en lugar de contestarle, solo se quedó viendo heladamente como se dirigía hasta la salida.

No fue sino hasta que escuchó el sonido de la puerta principal cerrándose, que soltó un bufido y se dirigió a su hermanastro.

—Vaya noviecita que te conseguiste, ¿es en serio lo de ustedes o es que estás planeando hacer algo de nuevo?—espetó.

—¿Qué? ¿Te molesta?—Hans curvó sus labios en una sonrisa desdeñosa.

—¿Y a mí cómo por qué habría de molestarme? O bueno, pensándolo bien, sí me molesta—respondió la jovencita desafiante—, si tú solo eres insoportable, ahora con esa salvaje tolerarte será mil veces peor. Espero que no tengas la ocurrencia de acostumbrarla a venir aquí a menudo.

—Vaya, vaya, ¿quién lo diría? Parece que la reina del hielo está celosa—el pelirrojo se acercó a Elsa con aquella mueca socarrona bailándole en el rostro—, no sabía que te dejabas llevar tanto por esas actitudes infantiles, hermanita—ronroneó, tomándola de la barbilla de manera condescendiente.

—¡No estoy celosa, idiota!—replicó la blonda soltándose bruscamente de su agarre—¡Me vale todo lo que hagas! Al fin y al cabo esa presumida es perfecta para ti. Grosera, silvestre, ruidosa y con un inmenso mal gusto por todo, lo cual explica perfectamente porque se fijó en ti—le soltó con su respingada nariz en alto—. ¡Son los dos un par de pedantes insoportables!

—¿Ah sí? ¡Pues tú no te quedas atrás con ese nerd!—Hans le dio un empujón—¡Par de patéticos donnadies! ¿En serio vas a salir con él? Ya desde el campamento me di cuenta de que te trae muchas ganas, sería lo único que te faltaba, ¡hacerte novia de ese perdedor para ser doblemente insignificante! ¡Idiota!

—¡Sí salgo con él o no es mi problema!—Elsa le devolvió el empujón—Al menos Tadashi nunca se mete con nadie, ni intimida a los demás. Él si es un verdadero caballero.

—Caballero, mis bolas. Ese lo que es, es un blandengue que usa la misma gorra todos los días, ¡patético y ridículo!—otro empujón.

—¡Ridícula esa salvaje que va por ahí queriendo resolverlo todo a golpes! Pero no me extraña que ahora te estés liando con ella, ¡es igual de bruta que tú!—un empujón más.

—¡Repite eso de nuevo, sabandija!

—¡Brutos! ¡Eso es lo que son ambos!

—¡Al menos ella no es tan quejumbrosa ni consentida como tú! Inútil niñita de mamá.

—Mira quien lo dice, idiota. Tú no podrías hacer nada sin el dinero de tu papá, ¡intento barato de playboy!

—¡Prefiero ser eso que un meserito de poca monta como tu nerd! La única razón por la que lo buscas tanto es porque es insignificante, ¡cómo tú!

—¡Es mejor persona de lo que jamás serás tú, infeliz! ¡Solo sales con esa salvaje porque es igual de ordinaria que tú!

—¡Me importa una mierda lo que opines! De hecho, estoy muy a gusto con ella—mintió él—, ¡me encanta estar con alguien que no diga cosas estúpidas para variar!

—Curioso, soy yo quien debería decir eso, una conversación con Tadashi siempre es más inteligente que cruzar dos palabras contigo—Elsa frunció sus labios rosados en una mueca de condescendencia—, aunque pensándolo bien, la verdad es que cualquier persona te supera en inteligencia. Pero como sea, ¡que te aproveche salir con esa! ¡Espero que un día de estos te de una paliza! ¡Porque es obvio que ella va a llevar los pantalones en su enfermiza relación!

—¡Ni que fuera un mequetrefe como ese mediocre nerd! A él sí que lo vas a traer como un mandilón listo para besarte el culo. Lástima que seas tan patética como para aprovecharlo—Hans torció su boca en una sonrisa condescendiente.

—¡Yo no soy una bestia manipuladora como tú para aprovecharme de nadie! Por otra parte, que te tenga sin cuidado lo que hago con él o no. No es de tu incumbencia, ¿entendiste, tarado?

—¡A ti tampoco te incumbe con quien salgo o no para que te pongas a hablar tanta mierda! ¿Has entendido, sabandija miserable?

—¡Bien!

—¡Bien!

Las miradas de ambos se fulminaron por centésima vez en lo que iba del día, un gesto al que irremediablemente se habían habituado con demasía. Verde contra azul enfrentándose con todo el odio y la frustración que solo dos jóvenes podían inspirarse entre sí. La tensión acumulada parecía a punto de estallar en cualquier momento mientras se quedaban frente a frente, como si intentaran hacerse desaparecer mutuamente con las pupilas.

Hans advirtió que las mejillas de la rubia estaban levemente coloreadas por la discusión, algo que en conjunto a su fiera expresión le daba una apariencia entre peligrosa y adorable. Quizá sí se había pasado un poco con sus comentarios…

La presencia que distinguió por el rabillo del ojo interrumpió su línea de pensamiento. En el umbral de la puerta, Eugene se encontraba de pie una vez más con su cámara de vídeo apuntando en dirección a ellos. Sus rostros amenazantes se transformaron en semblantes turbados.

—Viejos, en serio que esto es oro puro, me encanta la pasión que ponen al pelear—comentó.

—¡Baja esa maldita cámara!—fue lo único que atinaron a gritar al unísono.


*El Resplandor. Película de Stanley Kubrick basada en un libro de Stephen King y que les recomiendo mucho si no han leído.

*La cosa. Otra película de terror.

*"El Maleficio". Hice una referencia a "El Conjuro", que me pareció decente pero el final no me convenció. Hoy ando cinematográfica. :3


Nota de autor:

¡Hola calabacitas! Espero que la estén pasando a todo dar y más después de leer este capítulo. Aquí es donde los enredos comienzan porque como bien habrán notado, nuestra parejita anda que hierve de celos el uno por el otro, aunque lo quieran disimular pero nomás no pueden. Estoy segura de que después de esto habrá muchas que odien a Tadashi y quieran matar a Mérida. Pelirroja astuta, ya engatuso a nuestro principito y tiene malvados planes para él. D:

Por otra parte, me encantó meter a la familia de Brave; ya les tocaba el turno después de la aparición estelar de los personajes de Tangled en el capítulo anterior, ¡como adoro los crossovers!

Y mientras Mérida y Tadashi hacen de las suyas cada uno a su manera para obstaculizar el Helsa, nuestro querido Eugene se ha decidido a hacer la película de su vida grabando todas las peleas de esos dos; un material que yo sé que a todas nos gustaría tener para mirar una y otra vez, porque también él ya se dio cuenta de que ambos tienen algo muy especial. xD Este ya está peor que Rapunzel, ¿o ustedes que piensan? ¿Creen que "The Hippie Team" pueda facilitar las cosas entre copo de nieve y el pelirrojo en el futuro? ¿O al contrario?

Y sí, ya sé que de nuevo no hubo demasiado Helsa, como me gusta hacerlos sufrir. D: Les prometo que en el capítulo que viene habrá un nuevo acercamiento entre ambos, aparte de mucha diversión, porque nuestros personajes tienen una cita en el cine, ese mágico lugar en el que todo puede pasar y más cuando vas entre amigos. :3

Ari: Que sorpresota nos llevamos con el buen Flynn, ¿no? Él siempre le pone emoción a las cosas. De Lars ya sabremos en un par de capítulos, creo yo, y mientras tanto seguiremos disfrutando las peleas Helsa y otros momentitos. ;) Como siempre, gracias por tu entusiasmo y tus bellos reviews, chiquilla.

nina: Es que Helsa is the best. Me encanta que disfruten con cada capítulo, espero que este te haya gustado también. :3

Antes de pasarme a retirar, quisiera tomarme el tiempo para recomendarles algunas historias Helsa que me han encantado en estos días y que merecen más comentarios sensuales de parte de todos los amantes de este ship: Honmei Choco de Lollipop87 con motivo de San Valentín, y Cuestión de Secretos y Beautiful, Powerful, Dangerous, Cold de Aliniss, quien en serio es genial haciendo Modern AU's, así bien bellos como ustedes. x3 Vayan criaturas mías, vayan y comenten para animar a mis niñas, ellas se lo han ganado. Háganlo por nuestra hermosa pareja. :)

Ya saben que por aquí nos vemos en siete días, mientras tanto, pórtense mal y déjenme mucho amor en los comentarios para mantener a las musas en marcha. ;D ¡Sueñan con el Helsa!