Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


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13

Citas y secretos


¿Había algo peor que tener que soportar a Hans todos los días de la semana en casa? Sí, tener que soportarlo en medio de aquella absurda salida al cine, que Anna se había empeñado en catalogar como una cita en confidencias con ella, aunque fueran nueve personas yendo a ver una absurda película de acción en un ambiente que para nada era romántico, sino todo lo contrario.

Suspirando, Elsa observó como su pelirroja amiga parloteaba animadamente con Kristoff, quien se encontraba retirando un par de bandejas con palomitas y refrescos de la barra de la dulcería y la escuchaba con una media sonrisa.

La rubia pensó que tanta paciencia por parte del muchacho para oír la acelerada conversación de la colorada era algo admirable.

Por el rabillo del ojo, distinguió a su hermanastro en un rincón junto a Mérida y trató de ignorar la amarga sensación que sintió en la boca del estómago. Ni siquiera sabía bien porque le molestaba tanto verlos juntos. Vale que eran unos insoportables pero como bien le había dicho Hans, a ella tendría que importarle un comino con quien saliera o no.

¿Verdad?

—¿Estás emocionada por ver esta película, Elsa?—la familiar voz de Tadashi la sacó abruptamente de sus pensamientos, haciendo que volteara a mirarlo.

Tras haber comprado los boletos, todos se habían desperdigado en los silloncitos que se encontraban en el lobby del cine, entre la dulcería y las filas de personas que aguardaban para comprar sus propios tickets. Faltaban aún unos quince minutos para que pudieran ingresar a la función y mientras tanto, no les quedaba de otra que matar el tiempo.

La albina se obligó a si misma a sonreírle al muchacho, con menos ánimo del que realmente debería haber sentido.

—Bueno, sí… aunque las películas de acción nunca han sido lo mío—confesó, observando como el asiático le devolvía el gesto con calidez.

Tadashi se veía realmente guapo cuando sonreía. Pero en aquel momento, ni siquiera eso era suficiente como para distraerla de esa incipiente sensación que amenazaba con transformarse en mal humor gracias a cierto pelirrojo.

—Estoy seguro de que esta va a valer la pena—repuso él acercándosele un poco en la otomana en la que se habían sentado—y si quieres… después de esto te puedo invitar un helado. Conozco un sitio cerca de aquí donde sirven unos que son buenísimos… podríamos ir tú y yo.

La rubia volvió a levantar una de las comisuras de sus labios con nerviosismo, pensando en la de veces que habría esperado escuchar una propuesta así de Tadashi.

Como odiaba que el patán de su hermanastro tuviera que arruinarle el momento, permaneciendo a unos cuantos metros de allí con esa salvaje. De tanto en tanto era capaz de ver como sus ojos esmeraldas se clavaban en ellos algunas veces, para después volverse de nuevo a Mérida.

—¿Y por qué solo ustedes? ¿Qué no están disfrutando de esta agradable salida en grupo?—la voz de Eugene, quien se encontraba sentado justo enfrente de ambos, interfirió de repente.

—Es que Elsa es una pillina, si lo único que está aguardado es estar un momento a solas con Tadashi, ¿o no, Els?—inquirió Olaf alegremente, ubicado a un lado del castaño.

No cabía duda de que su mejor amigo a veces se las arreglaba para ponerla en vergüenza en ausencia de Anna. La aludida se sintió ruborizar.

—Solo vamos a ir por un helado, nadie dijo que no podían venir—se apresuró a reponer el asiático con el buen humor que lo caracterizaba, atreviéndose a poner un brazo alrededor de los hombros de la muchacha para acercarla más a él.

Las mejillas de Elsa ardieron aún más.

—Bueno, menos mal. ¿Y dónde se supone que está tu amiguita Punzie, eh? ¿No debería haber llegado ya?—volvió a hablar el trigueño—Si la invitaron, ¿no?

—Debe estar por llegar, se supone que Kristoff le avisó. En realidad no es tan amiga mía como de él—respondió Elsa, en un intento por desviar la atención de ella y su cita.

Como si la hubieran invocado, la mencionada atravesó en ese momento las puertas del cine a toda prisa y se acercó corriendo hasta ellos.

—¡Hola a todos! Lamento no haber llegado antes, tuve una tarde ocupada en mi trabajo—dijo nada más llegar, respirando con algo de agitación—, los chicos y yo tatuamos a una parejita de novios que querían ponerse cada uno el nombre del otro, ¡eran tan adorables! ¿Se imaginan si llegan a romper después? Jo jo jo jo.

—¿Cómo estás, preciosa? Por un momento pensamos que ya no vendrías—dijo Eugene enderezándose en su asiento y mirándola con galantería.

—¡Hola Ernest!

—Es Eugene.

—Ay sí, sí, claro—Rapunzel asintió con una sonrisita y luego miró a la platinada y a su acompañante con curiosidad—. ¿Ustedes vienen juntos?

—Hace tiempo que quería pedirle a Elsa salir—admitió Tadashi con cierta timidez, al tiempo que se arreglaba la gorra con una mano y sin dejar de abrazar a la chica.

—Awww, que tiernos, se nota que son muy buenos amigos—la castaña tomó asiento justo en el mismo sillón que ambos, obligándolos a recorrerse un poco y rompiendo con la relativa intimidad que mantenían al estar allí sentados—. ¿Saben qué es aún más tierno? ¡Eso!—señaló con su dedo índice al rubio y a la pelirroja que se habían sentado en una mesa cercana a comer palomitas y reían animados—Kristoff y Anna son tan lindos cuando están juntos, ¡como un gigante y un enano que se quieren!

—Oye preciosa, ¿qué te parece si después de esto vamos por un helado? Tadashi dice que conoce un buen lugar.

—¡Claro! ¡Vayamos todos juntos!—respondió la morena animada.

Elsa se contuvo de suspirar, resignándose a que definitivamente no pasaría ni un momento a solas con el muchacho de cabellos oscuros, a quien también se le notaba un poco incómodo por la afluencia de personas que estaba resultando tener su "cita".

Distraídamente miro hacia un lado y su mirada se topó con los mismos orbes verdes que la atormentaban, y que ahora la observaban de una manera muy seria.

Hans le dedicó una mirada asesina y luego se dejó tomar de la mano por la joven pelirroja a su lado. Aquel gesto atrajo de inmediato la atención de Elsa, quien entrecerró los ojos antes de dedicarle la misma expresión hostil.

El tipo no podía ser más idiota.

—Voy por un refresco, ¿te apetece algo?—le preguntó a Tadashi.

De pronto sentía que necesitaba un par de minutos a solas.

—No te molestes, te espero aquí—dijo él con esa sonrisa que tanto le gustaba.

Qué lástima que en ese instante no le levantara el ánimo como otras veces. La chica asintió y se levantó para ir en dirección a la dulcería atestada de gente. Más le valía darse un poco de prisa, pues la película estaba a punto de comenzar.

Pacientemente ocupó el último lugar de la fila, detrás de una mujer que discutía con su pequeño hijo.

—¿Te la estás pasando bien con ese bueno para nada, sabandija?—murmuró una voz a sus espaldas.

La rubia se tensó al escuchar el comentario y se dio la vuelta para enfrentarse con el semblante amenazante de su hermanastro.

—¿Qué quieres, Hans? ¿No piensas que este no es lugar como para que vengas a molestar?—espetó con desagrado, mirando como él sonreía arrogantemente.

—No hay lugares para molestarte Elsa, sino ocasiones y esta me parece muy conveniente. ¿Decepcionada por qué la cita con ese meserito de quinta no te está saliendo como esperabas?

—Eres un imbécil, ¿por qué tienes que insultar a Tadashi? Él nunca te ha hecho nada.

—Diré de él cuanto me dé la gana y si eso te molesta mejor para mí. Sabes que se ven ridículos juntos, ¿no? Menuda pareja de perdedores conforman—soltó el pelirrojo con toda la ponzoña que le fue posible.

No podía evitarlo, no soportaba ver a esos dos de lo más felices. Cierto era que el muchacho de la gorra nada malo le había hecho sino todo lo contrario, desde el principio se había comportado amable con él. Pero a pesar de todo, Hans había descubierto que le caía condenadamente mal y no tenía remedio cuando se ensañaba con alguien.

Todo en el susodicho le molestaba, su sonrisa bonachona, sus aires de gentileza, su postura tranquila y la manera en la que miraba a Elsa. Era tan estúpido.

Cuando los había visto sentados y había vislumbrado al moreno abrazándola, una desagradable sensación se apoderó de su pecho; un sentimiento de rechazo innato que pronto lo puso de mal humor. Como si no fuera suficiente con soportar a la loca de Mérida como para tener que ver también semejante espectáculo.

Y es que ese par le rompía enormemente las bolas. La mosquita muerta y el nerd que no dejaba caer un plato. Como si por separado no fueran lo suficientemente patéticos ya, todavía tenían que insistir en salir y retar al mundo con semejante tontería.

No le gustaba verlos juntos. No le gustaba ver a Elsa sonreír a causa suya; probablemente porque la odiaba y no admitía que tuviera un solo segundo de tranquilidad.

Era por eso que lo único que le quedaba, era poner todo su empeño en amargarle el día. ¿Por qué? Porque se le daba la puta gana, carajo y si él no se la estaba pasando bien en esa disque cita de parejitas de mierda, entonces ella tampoco tenía derecho a hacerlo.

—¿Y qué me dices de ti con esa, eh?—Elsa lo encaró con un gesto helado en sus ojos—Mostrar lo suyo en público es simplemente el colmo del mal gusto. Par de silvestres desubicados.

—Oh Elsa, eres tan idiota—repuso el colorado con una risa despectiva—. Lo de ella tiene perfecto remedio, después de unos días conmigo podrías apostar lo que quieras a que la volvería una chica decente; digo, porque después de todo no está tan mal—la albina frunció los labios con repulsión al oírlo decir tal cosa—, pero él, es tan ordinario y tan poca cosa que lo suyo no tiene arreglo y menos a tu lado. Esa carita de muñeca no te sirve de mucho con una personalidad tan insignificante y pobre.

—¡Oye, imbécil…!—la exclamación de la joven se vio interrumpida cuando Mérida llegó al lado de su hermanastro y lo tomó del brazo.

—¡Hans, dijiste que no te ibas a demorar con nuestras bebidas! Mira, la fila ya hasta avanzó y tú te quedaste aquí parado—se quejó para luego darle una mirada a la rubia—. Muévete, Elsa. Tú sigues y ya va a empezar la película.

—Déjala. Ya conoces bien a mi hermanita, es bastante lenta—repuso el cobrizo, a lo que ambos rieron incrementando la furia de la blonda.

—Pero bueno, no vamos a alcanzar a comprar nada, ya todos están entrando. Oye Barbie, ¿y si compras tú todo y nos alcanzas? Al cabo que a ti ni te emocionaba tanto esta película.

—¿Por qué no mejor se hacen a un lado y compran ustedes sus malditos refrescos? Tadashi me está esperando—espetó Elsa dejando de lado su acostumbrada educación.

Al demonio con esos idiotas. Sentía ganas de rechinar los dientes solo de ver como la delgada mano de la pelirroja se cerraba en torno al antebrazo del joven, como una serpiente trepadora en torno a un árbol.

—Ay princesita, pero que modales. Se nota que no te levantaste de buenas hoy—Mérida se puso de puntitas y con todo el descaro del mundo, depositó un beso en la comisura de los labios del colorado, claramente divertida con la situación.

Por una breve fracción de segundo, algo parecido a la estupefacción cruzó por los ojos de Hans, pero su semblante enseguida se recompuso para mostrar el mismo engreimiento de siempre y no hizo nada por alejar a la muchacha. En especial cuando vio como aquello parecía encender más las mejillas de la rubia.

—Vamos adentro, Hans. Ya todos están por entrar—dijo la pecosa.

Él no tuvo tiempo de responder porque de inmediato, Elsa pasó por su lado empujándolo con el hombro y yendo como un bólido. En su interior la chica se sentía rabiosa y lo peor era saber cuanta importancia le estaba dando a algo que no debería interesarle.

"¡Estúpido!", pensó para sus adentros en dirección a su hermanastro.

El muy imbécil, se dejaba besar como si nada por esa salvaje pero tenía la cara para incordiarla a ella por salir con el asiático. Ojalá y se pudrieran los dos, se decía a si misma.

Entre el conjunto de personas que se encontraban ingresando a la sala del cine, reconoció a Anna, quien de inmediato camino hacia ella.

—¡Elsa! ¡Te estaba buscando! Ven, vamos a entrar—la tomó de la mano pero al reparar en su rostro enfadado, miró por detrás de su hombro y vio como la pareja de pelirrojos iba detrás de ella, muy agarrados del brazo. Bufó—. Dios, mira eso, que cuadro—murmuró con desaprobación—, ¿ya lo viste?

—¡Sí!—contestó molesta.

—¿Y? ¿No vas a hacer nada para separarlos? ¡Elsa, está bien que salgas con otra persona pero no puedes dejar que esa se acerque a Hans! ¡Él es como de tu familia! ¿Qué no harás nada?—chilló la cobriza con impotencia.

—¡No! ¡No me importa lo que haga él! ¡Que se pudra!—y dicho esto, se adentró en la oscura sala de cine, esperando sentarse lo más lejos posible de su hermanastro.


Lamentablemente el universo no estaba de su lado ese día, pues después de que casi todos se hubieran sentado en parejas, a ella le había tocado estar justo en el asiento al lado del de su tormento personal. Y tanto que quería distraerse para olvidar la desagradable escena que había presenciado. A esas alturas, decir que estaba malhumorada era poco.

Para colmo la cinta que proyectaban, (una historia de nazis llena de explosiones y malas palabras), ni siquiera estaba consiguiendo captar su atención.

Por el rabillo del ojo vigilaba sin quererlo cada uno de los movimientos del pelirrojo, quien tampoco perdía oportunidad para echarle una que otra mirada de pocos amigos a la escasa luz proveniente de la pantalla.

En un momento dado, Mérida aprovechó para colar su mano hasta el posabrazos y entrelazarla con la del colorado, quien no hizo nada por evitar ese gesto. Elsa apretó la mandíbula. Esa chica sí que era una incongruente; hace no poco que decía odiarlo tanto como ella y ahora se había reducido a andar de empalagosa con él.

Como los odiaba.

Del otro lado, Tadashi volvió a estirar un brazo para pasarlo sobre su respaldo y la acción hizo que por fin lo mirara. El moreno le sonrió levemente y Elsa lo imitó sin muchas ganas. Luego su brazo se deslizo hasta abarcar sus hombros de nuevo y se inclinó para susurrarle algo al oído.

—¿Te encuentras bien?—le preguntó y la jovencita se sintió estremecer cuando su cálido aliento le rozó la nuca.

Era obvio que él había notado su repentino estado de ánimo. Sin embargo, antes de que pudiera responder sintió una repentina humedad que se extendía por su jersey. Hans le había derramado encima el contenido del vaso con Coca Cola que había salido a comprar minutos atrás y ahora la bebida trazaba una mancha fría y de forma irregular en su ropa.

—¡Oh, cuanto lo siento!—su susurro fue una disculpa carente de culpabilidad en medio de la sala de cine. Al lado de él, distinguió una risa ahogada por parte de Mérida.

—¡¿Qué te pasa, idiota?!—chilló alterada, consiguiendo que varias personas voltearan a verla y que un par de ellas le chistaran para que se callara.

—Elsa, ¿estás bien?—volvió a preguntarle Tadashi con preocupación.

Varios de sus amigos también se asomaban desde sus asientos para ver que había pasado.

—¡Eres un imbécil!—susurró alterada al cobrizo, quien solo se hizo el desentendido.

—¿Yo? Pero sí fue un accidente—debajo de su tono de voz desconcertado, Elsa podía adivinar muy bien la burla velada y la satisfacción que sentía por molestarla.

¿Es que ese estúpido no iba a madurar jamás?

Iracunda, se levantó intempestivamente de su asiento y salió a toda prisa de la sala. El pelinegro intentó ir tras ella pero Hans se lo impidió. Con un movimiento de la mano lo hizo volver a su asiento de nuevo y se levantó para ir en la misma dirección que la blonda, ignorando los susurros de su acompañante para que se quedara.

En el pasillo, Elsa se desprendía de su prenda superior para quedar en una sencilla blusa de tirantes que aún mostraba el indicio húmedo de la mancha de soda. Sus ojos cerúleos se posaron en él con odio en cuanto lo vio aparecer.

—¡Imbécil! ¡Lo hiciste a propósito!—exclamó—¡¿Cuál es tu maldito problema, Hans?! ¡¿Por qué no puedes dejarme en paz por un día?!

—¿Dejarte en paz? ¡No se me da la gana dejarte en paz!—gruño él, llegando frente a ella y observándola de manera amenazante—¡Vas a aguantar todo lo que te haga hasta que se termine este día! ¿Entendiste?

—¡¿Por qué siempre tienes que arruinarlo todo?! ¡Estoy harta de ti! ¡Te odio!—la adolescente empuño sus manos e hizo ademán de golpearlo en el pecho, antes de que él ágilmente le apresara las muñecas.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Intentarás golpearme de nuevo?—el colorado le sonrió con desdén—¿O te pondrás a llorar por qué se arruinó tu cita con ese patético meserito?

Elsa se soltó bruscamente de su agarre.

—¡También eso tenías que echarlo a perder! ¡No entiendo! ¡¿Por qué tienes que meterte con él?!

—Porque se me da la gana hacerlo, sabandija. Ya te dije, y te vas a aguantar—la muchachita apretó los dientes cuando él se agachó para que sus orbes esmeraldas estuvieran a la misma altura que los suyos—. Oh Elsa, ¿en serio crees que le gustas? No seas tan tontita, es obvio que solo te quiere como diversión, después de todo ¿quién podría aguantar a una niñita tan malcriada como tú?

—¡Él no es como tú, patán!

—Claro que no es como yo, mírame, ese idiota no me llega ni a la suela de los pies. Por eso es que se conforma contigo.

Una expresión dolida atravesó por las pupilas azules de la joven y por un instante, Hans se arrepintió de lo que acababa de decir. Ni siquiera había sido su intención hacerlo, solo se estaba dejando llevar por lo mucho que le enojaba ver a ese donnadie tan cerca de su hermanastra.

—En serio eres un idiota—le espetó Elsa en voz baja, agachando su mirada.

—Vamos sabandija, tampoco es para tanto. Déjate de tonterías y vamos adentro—la tomó del brazo con intenciones de arrastrarla de nuevo al interior de la sala, más ella lo empujó bruscamente.

—¡No me toques, imbécil!—chilló con expresión exasperada—¡¿Sabes qué, Hans?! ¡Vete al carajo! ¡Siempre tienes que echar todo a perder! ¡No quiero estar un solo minuto más cerca de ti!—se dio la vuelta para empezar a alejarse—¡Por mí que esta salida se vaya al demonio!

—¡Eh, ¿a dónde crees que vas?!

—¡A casa, estúpido! ¡Quédate con esa idiota y déjame tranquila de una maldita vez!

A Elsa no le importó llamar la atención de un par de empleados que, a poca distancia de allí, veían la escena sin saber si intervenir o no. Rápidamente salió del cine y se dirigió con pasos furiosos hasta la salida del centro comercial para emprender el camino de regreso, en tanto se amarraba a la cintura su jersey húmedo.

Estaba tan molesta, que ni siquiera valía la pena volver. No para seguir soportando las tonterías del cobrizo y su horrenda novia, o lo que fuera esa tonta de él.

No aguantaba verlos juntos. Las entrañas se le revolvían solo de acordarse del beso que la muy descarada le había plantado. Los dos se habían juntado en el peor momento para amargarle la vida como siempre.

Mientras caminaba se abrazó a si misma al sentir una corriente fría erizándole la piel. Menuda maldita hora para andar sin abrigo, recién se percataba de que había oscurecido. Con suerte llegaría a casa pronto si apuraba el paso y podría sentarse frente a la chimenea. Aquel día había sido un fiasco.

La vibración de su teléfono en el bolsillo indicó la llegada de un nuevo mensaje. Era de Tadashi. Su desazón incrementó al leerlo.

[ Tadashi Hamada: ¿A dónde fuiste? ¿Te encuentras bien? :/ Recibido 19:20 ]

La platinada suspiró hondamente. Estaba tan fastidiada, que en ese instante ni siquiera pensar en el asiático le levantaría el ánimo. Se abstuvo de responderle y guardó otra vez su móvil para apresurarse. Había andado por ese mismo rumbo de día varias veces, siempre acompañaba, pero sola y con poca luz era algo distinto.

Al llegar cerca de la avenida que se encontraba a pocas calles de su casa, se paró para esperar a que los autos le cedieran el paso, temblando un poco por la brisa. A su lado solo se veía un oscuro callejón y a un par de metros de ahí, el semáforo que se negaba a cambiar el verde. Elsa frunció el ceño, recordando lo mucho que podía tardar en ese cruce tan transitado. De pronto el camino hasta su vivienda le parecía más largo.

Una presencia a sus espaldas la saco de sus pensamientos y antes de que pudiera voltear, sintió una mano gruesa tapándole la boca y como un brazo se cerraba alrededor de su cintura para tirar de ella hacia el callejón.

La blonda forcejeó desesperada contra el abrazo de hierro que la mantenía presa, sintiendo su corazón palpitar acelerado de puro terror ante la perspectiva de ser asaltada o algo peor.

¿Por qué se le habría ocurrido irse sola?

En vano intentó pedir auxilio o soltarse, tratando de apartar la mano de su rostro con una de sus pequeñas palmas y revolviéndose cuando sus pies dejaron de tocar el suelo. Una risa masculina junto a su oído la dejó paralizada.

—Pobre mocosa, ¿no te han enseñado que las niñas no deben caminar solas por ahí de noche?

El miedo que sentía se desvaneció paulatinamente para dar paso a una profunda indignación. Las manos que la sujetaban la soltaron y la colocaron de vuelta en el suelo, donde se dio la vuelta para encarar a Hans. Aún con la escasa iluminación que entraba a la callejuela podía distinguir que era él, con su odiosa sonrisa adornando sus facciones.

—¡Eres un maldito imbécil!—le gritó, solo para escuchar una carcajada en respuesta.

El muchacho no dudó en desternillarse de risa, como si no hubiera hecho ya lo suficiente para arruinarle la tarde.

—¡Estúpido! Yo creí… creí que… —los ojos de la adolescente se cristalizaron y se odio a si misma por eso.

Había estado tan asustada.

—Ah vamos, vamos Elsa, no empieces con esto otra vez. Admite que fue gracioso—el colorado se cruzó de brazos—, ¿o qué? ¿Hubieras preferido que fuera un violador de verdad o algo así? Tienes suerte de que te haya seguido, ¿sabes?

La aludida lo miró con rencor.

—¡¿Qué demonios haces aquí?! ¡Creí que te había dejado en claro que no quiero verte! ¡Y todavía te atreves a hacerme esto, maldito! ¡No tienes idea del miedo que pasé!

—¡Bueno, ¿qué demonios?! ¿Y cómo creías que te iba a dejar irte sola? ¿Sabes lo que me harían nuestros padres si se enteran?—replicó él ofuscado, para luego respirar y hablarle con la misma tranquila arrogancia de siempre—Además, ya oscureció. Algo puede pasarte si te ven yendo sola por ahí.

—¿Y eso a ti qué más te da? ¡Ya déjame sola! ¡Quiero estar lejos de ti!

—¡Woah sabandija, necesitas calmarte!—Hans la tomó por los hombros—¡Ya! Olvídalo, ¿sí? No fue nada. Ahora andando.

—¡No! ¡Suéltame!—la voz de la rubia sonó quebrada y entonces se percató del par de lágrimas silenciosas que rodaban por sus mejillas, haciéndolo sentir una mierda.

El precioso rostro de Elsa estaba contorsionado en una mueca en la que se mezclaban la tristeza y la exasperación, y recién se daba cuenta de que también temblaba de frío. Maldijo para sus adentros sabiendo que todo eso era su culpa. Siempre se las arreglaba para arruinar las cosas.

—Elsa, no seas tonta, vamos—le dijo seriamente y se quitó la chaqueta para rodear a la platinada con ella, pese a la resistencia que ella puso—, déjate de sandeces, ¿quieres?

—¡No me toques! ¡No quiero nada tuyo!—la chica intentó sacudirse de encima la prenda que él mantenía firmemente agarrada por las solapas, envolviéndola.

Claro, ahora era caballeroso, pensó con sarcasmo para sus adentros. Seguro no quería que su madre la viera llegar a casa en tan deplorable estado; el muy convenenciero.

—¡Basta ya! Cálmate y ven conmigo. O te cargo, tú elijes.

Elsa dejó de resistirse y le lanzó una mirada fiera y llena de rencor, con sus suaves mejillas arreboladas y el rastro pequeño de las lágrimas todavía brillando encima de su piel. Ni loca dejaba que la llevara por ahí colgando como un saco de papas o a saber qué; con lo bruto que era.

Furiosamente se secó la humedad de los pómulos con el dorso de las manos y levanto la barbilla.

—Vámonos, pero ni se te ocurra tocarme.

Hans levantó las manos en señal de paz y luego se hizo a un lado para dejarla pasar, poniéndose a avanzar junto a ella en cuando se puso en marcha, con el ceño y los labios fruncidos.

Los dos cruzaron la avenida sin decir una palabra y así se mantuvieron hasta vislumbrar el parque que se hallaba a un par de cuadras de su calle.

—Tampoco había necesidad de que te pusieras así. Seguro que ya tendrás oportunidad de salir de nuevo con el meserito—musitó el pelirrojo de manera desdeñosa.

Elsa le dirigió otra mirada llena de odio. ¿Es qué siempre tenía que volver a traer el tema a colación?

—¿Es qué no puedes dejarlo en paz un momento?

—Bueno, es la verdad. Ese idiota te va a seguir insistiendo hasta conseguir lo que quiere. Se ve que lo traes colgado de un ala, sabandija—dijo Hans con sarcasmo, intentando encubrir el desagrado que en verdad sentía ante dicha situación—. Si realmente fueras lista, sabrías bien como aprovecharte de eso.

—En serio eres un imbécil.

El joven dejo escapar una risa grave. Cada vez adoraba más hacerla enojar.

—¿Sabes qué te pondría mejor humor, mocosa?—inquirió él, al vislumbrar algo al otro lado del parque—Algo dulce, ¿qué tal un helado?

—No quiero helado—contestó Elsa secamente mientras se cruzaba de brazos—, quiero llegar a casa y quitarme esta ropa mojada. Eres un estúpido.

Sus quejas obtuvieron otra risa como respuesta y deseo enormemente poder estampar su puño en la nariz del tarado.

—¿Sabes? Estoy tan acostumbrado a que me digas de todo, que ya hasta tus insultos me hacen gracia—dijo Hans—. Anda, deja ya el berrinche.

—¡Que no quiero…!—sus protestas se vieron ahogadas cuando su hermanastro le rodeó la muñeca y la arrastro hasta la curiosa heladería que había detectado cruzando la acera, en donde un amable señor se dispuso a atenderlo.

La muchacha miró hacia otro lado enfurruñada, sin prestar atención cuando el cobrizo pidió dos barquillos de sabores diferentes. ¿En serio pensaba sobornarla con algo tan insulso? Ya sabía que quería contentarla para que al llegar a casa, no levantara sospechas ante su madre, el muy hipócrita.

Irónicamente se acordó de la invitación que Tadashi le había hecho antes en el cine y pensó que de no ser por lo que había sucedido, tal vez hubiera sido con él con quien se dispusiera a tomar un helado. ¿Sería ese el lugar del que hablaba?

Sus pensamientos la enfurecieron más.

—Aquí tienes, muchacho. Espero que a tu novia le guste, no se ve muy animada—escuchó decir bondadosamente al encargado del establecimiento.

—¡¿Cómo dice?!—exclamó Elsa volviéndose a verlo con indignación.

—Es un poco nerviosa—repuso Hans socarronamente, sacando su billetera y entregándole un billete al hombre—, quédese con el cambio.

La rubia infló las mejillas con enojo en tanto el empleado le agradecía a su acompañante y bruscamente, terminó por arrebatarle el cono de helado de chocolate que le tendía, todavía con esa sonrisa que quería borrarle a bofetadas.

Encrespada, salió del lugar y volvió al parque con él pisándole los talones. El lugar prácticamente se encontraba desierto, pues alrededor no se veía más que a dos o tres niños, jugando en compañía de sus padres. Elsa se sentó en un columpio con fuerza y sin intenciones de conversar o mirar a su hermanastro.

Su sola presencia sí que conseguía ponerla a rabiar.

—Si sigues arrugando tanto el ceño te vas a arrugar antes de tiempo, hermanita—lo oyó decir con sorna, antes de que se sentara en el columpio de al lado comiendo con gusto su sorbete de limón.

—Te dije que no me volvieras a llamar así—le dijo ella clavándole amenazantemente sus orbes azules.

—¿Y por qué no? Si es casi lo que somos a final de cuentas, ¿qué no?—discutió el colorado alzando la comisura de su boca y obviamente, disfrutando en grande con las circunstancias.

Solo él sabía la retorcida y enferma razón por la que le agradaba tanto hacerla enojar y discutir a cada rato.

—No, tú y yo nunca seremos nada. Ni hermanos, ni familia, ni amigos, ¡nada!—siseó Elsa.

—Realmente estás alterada, sabandija.

—Solo cállate, Hans—bufó la adolescente volviendo a fijar su mirada al frente, sobre un sube y baja que se encontraba solo—. Ya he tenido bastante de ti hoy.

—Si no te comes eso, se te va a derretir.

La jovencita miró de reojo el apetitoso barquillo que aun sostenía en su mano, sin querer probarlo realmente.

Ahora estaba más convencida que nunca de que Hans tenía algún grave problema mental o un caso de bipolaridad sin resolver. No hace mucho que le decía cosas horribles en el cine y ahora trataba de mostrarse amistoso, en un modo maligno, extraño y retorcido.

No había persona más enferma que él.

El familiar sonido del móvil del pelirrojo sonando en un bolsillo de su chaqueta los sobresaltó. Elsa atinó a meter su mano ahí para sacarlo y frunció aún más el entrecejo al ver el nombre que se mostraba en la pantalla.

—Bueno, pero si es tu noviecita—masculló, pasándole el aparato a Hans—. Anda, ¡contéstale! Seguro está muy desesperada por saber donde andas.

Él arqueó una de sus cejas y tomó el teléfono que Mérida había agarrado en un descuido para grabarle su número, sin que él por supuesto, pudiera intervenir. Contempló la pantalla un par de segundos antes de deslizar un dedo encima para rechazar la llamada, guardándoselo en un bolsillo del pantalón.

—¿Qué? ¿Ahora no quieres hablar con ella? ¿No tienes miedo de lo que te pueda hacer cuando sepa que le colgaste?—dijo Elsa bruscamente.

—Ella no es mi jefe ni nada como para que tenga que estarle dando santo y seña de donde estoy. Le hablaré cuando se me dé la gana—repuso Hans retadoramente—. Aunque a ti parece que no te tiene precisamente sin cuidado, ¿verdad?

—Como si me interesara lo que te traes con esa.

—Eres tan tierna cuando te pones celosa, hermanita.

—¡En serio, deja de llamarme así imbécil!

—¿O qué? ¿Qué vas a hacer al respecto, Elsa? ¿Vas a golpearme?—el tono burlón del muchacho estaba consiguiendo sacarla de quicio.

—¡Ni siquiera sé porque estoy aquí contigo! ¡Debería largarme ya a casa!

—Vamos, vamos sabandija, todavía es muy temprano como para volver. Dale a tu madre otro momento de paz lejos de ti—las pupilas cerúleas de la mencionada fulminaron a Hans—, esto no está tan mal de todos modos. Esa película que escogieron era patética, o no me dirás que te estaba gustando.

La chica se volteó con ímpetu, bufando por tener que darle la razón. Después de todo, la cinta que habían ido a ver si que había resultado no ser exactamente buena.

—En serio mocosa, sino empiezas a comerte eso de una buena vez tendré que hacerlo yo. Todavía que lo pago para ti.

Elsa volvió a echarle otro vistazo al helado, que ya comenzaba a amenazar con derretirse. El cobrizo extendió su mano para tomarle la muñeca con la que lo sostenía y empujarla hacia sus labios.

—¡Eh!

—Vamos, comételo. No seas tan melindrosa.

—¡No, basta!—la muchacha se volteó al ver que tenía intenciones de meterle el helado a la boca a la fuerza, con lo que acabo manchándose la mejilla y la punta de la nariz—¡Mira lo que hiciste, idiota!

La carcajada de Hans resonó por todo el parque, seguida de una pequeña e involuntaria risa de ella, que trató de contener al instante.

—Ay, en serio eres un tarado.

—Tú eres la tarada, te dije que te lo comieras ya.

Elsa se limpió con la palma de la mano y luego lamió los restos con delicadeza. Tenía que reconocer que el helado estaba bueno y le encantaba; pero si no fuera por ese torpe pelirrojo, seguro lo hubiera aceptado más animada antes.

—Hace años que no me sentaba en uno de estos—dijo Hans balanceándose ligeramente en el columpio—, creo que no me había acercado a un parque de juegos desde los diez.

—Yo sí, a veces Anna y yo pasamos por aquí—comentó la platinada de manera neutral, lamiendo su barquillo de una vez por todas.

—¿Y qué? ¿Usan el sube y baja o algo así?—inquirió su hermanastro burlonamente.

—No—Elsa arrugó la frente—, no me he subido a uno de esos desde cuarto grado. Un día cuando estábamos jugando, Anna me bajó con demasiada fuerza y terminé cayéndome. Me abrí la frente y mamá tuvo que llevarme al hospital. Ahora solo usamos los columpios.

—Esa enana es una bestia.

—Claro que no, solo que a veces no mide su fuerza—Elsa le lanzó una mirada de reproche y luego regreso a saborear su cono—. A veces me gustaría ser igual.

—¿Por qué? Eso no es la gran cosa.

—Me serviría para darle una lección de vez en cuando a ciertas personas que conozco—Hans vio como lo miraba de soslayo, con cierta reprensión, y rió.

—¿Tú dándole una lección a alguien? ¿Yendo por ahí y golpeando a la gente? Esa no serías tú, sabandija—dijo—, la señorita refinada y enojona que todos conocemos. Molestarte no sería tan divertido.

Por un instante se imaginó a la platinada comportándose amenazadoramente, como cierta pelirroja de cabello alborotado que conocía, y supo que dicha visión no le agradaba por completo. No cuando llevaba el suficiente tiempo como para conocer a Elsa y saber que en el fondo, su personalidad ocultaba cierto encanto. Así como era, delicada y elegante, aunque a veces rayara en lo susceptible.

Ella no necesitaba ser como nadie más.

—Es precisamente por comentarios como ese que desearía poder romperte la nariz a veces—el sonido de su voz lo trajo de vuelta a la realidad.

—Nunca serías capaz de hacer algo como eso.

—¿De verdad estás tan seguro?

—Por favor Elsa, no le pegarías ni a una mosca aunque te lo propusieras. Eres demasiado buena e inocente.

—Y tú eres un mentiroso patológico y manipulador de la peor calaña.

—Viniendo de ti, eso es casi un cumplido Copo de Nieve.

—¿Cómo me llamaste?—Elsa parpadeó con sorpresa y se volvió a verlo.

—¿Qué? ¿No te gusta?—Hans sonrió de lado, intentando encubrir su propia extrañeza ante el mote que sin quererlo, había brotado de sus labios como algo natural—Te pega bastante.

—Eso es lo más estúpido que me han dicho jamás, aunque supongo es algo que no debería sorprenderme de ti. ¿A quién más se le podría ocurrir tal idiotez?

—No te gusta. Bueno, eso es luz verde para mí, aunque sinceramente yo lo encuentro de lo más adorable, Copo de Nieve.

—Basta—lo cortó ella fríamente.

—¿Por qué? Es simpático.

—Te dije que te calles—la blonda se balanceo hacia él y le pego una patadita que lo hizo quejarse—. Honestamente Hans, a veces pareces tener la edad mental de un niño de cinco años. Eso cuando no te pones a tramar algo como si fueras un maldito sociópata. Eres espeluznante.

El aludido se limitó a sonreírle de esa manera torcida a la que lastimeramente, se había acostumbrado. Elsa sacó su propio teléfono del bolsillo para mirar la hora.

—Deberíamos enviarle un mensaje a los demás para avisarles que volvimos a casa, ya deben estar por salir.

—¿Para qué? No es como si interesara.

—Anna se va a preocupar—repuso la rubia terminando de comer los últimos restos de su cono de helado y disponiéndose a mensajear a la mencionada—, al menos quiero que sepa que estoy bien.

—Esa no se entera de nada cuando está con el grandulón oxigenado, que por cierto no puede ser más retrasado. ¿En serio no se entera de que la enana gusta de él? Casi se le ofrece en bandeja de plata.

—¿Siempre tienes que hablar mal de todo el mundo?—Elsa alzó su mirada hacia él después de haber enviado su texto, con una ceja arqueada.

—Soy honesto, no es mi problema si los demás no pueden lidiar con eso—replicó Hans—. Como sea, igual y les hicimos un favor al largarnos. Así, tu amiguito cuatro ojos no será el único solo en esa supuesta cita de mierda.

—En serio eres un maldito idiota—la albina suspiro y comenzó a columpiarse—. Mérida debe estar realmente mal de la cabeza para haber gustado de ti. Primero arranca la cabeza de un muñeco en Economía Doméstica y ahora esto.

—¿Qué ella hizo qué?—Hans la imitó en su propio columpio y la vio volviendo a levantar una ceja.

Ahora ambos trazaban leves arcos respecto al suelo, balanceándose en el aire.

—Fue una dinámica escolar que nos pusieron a principio de año. La maestra nos hizo formar parejas y nos dio un muñeco a cada una para que aprendiéramos sobre la responsabilidad de cuidar a un niño. Yo la hice con Anna—explico su hermanastra—, ella era el padre. Y de veras que fue muy responsable, demasiado para tratarse de ella. Pero Mérida, no—Elsa revoleó sus ojos—, muy convencional para la chica ruda del colegio. Terminó arrancándole la cabeza a su muñeca en la primera clase y luego quiso repararla tratando de unirla usando una barra de pegamento, antes de que llegara la maestra. Pero por supuesto, no pudo y del coraje la arrojó por la ventana abierta. Rompió el parabrisas de un auto.

—¡Jodida anormal!—Hans se rió fuertemente y sorpresivamente, la blonda se le unió de forma un tanto más discreta—¿Quién demonios hace eso?

—Estás hablando de tu novia.

—Ajá—el muchacho hizo una mueca, deseando comentar todo lo de la farsa. Al fin y al cabo, a medida que avanzaba el tiempo más se daba cuenta de que la pelirroja definitivamente no era su tipo de chica—. Ella no es mi novia, solo estamos saliendo. E igual eso fue jodidamente anormal. No me cuesta admitir que necesita un poco de refinamiento.

—¿Y tú se lo vas a dar?—el tono de Elsa volvía a ser frío.

—Podría ser, ¿no crees que pueda ser capaz, Copo de Nieve?

—Es tarde, será mejor que volvamos a casa—anunció ella frenando su columpio—, ya se puso más oscuro.

Hans no dijo nada más, sino que se limitó a incorporarse también para que ambos emprendieran el camino de vuelta, pensando en el extraño momento que acababan de compartir.


La tarde del viernes se presentó soleada y agradable, algo que su madrastra aprovechó para pedirle amablemente que saliera a regar los rosales del jardín trasero, que con tanta ansía ella solía cuidar. Hasta allí fue donde Hans se dirigió con paso perezoso, sosteniendo la regadera en mano y bañando con ella las delicadas flores que se alzaban orgullosas en la valla, mostrando pétalos rojos y blancos.

La vibración familiar de su teléfono lo distrajo momentáneamente de la tarea y enseguida sacó el dispositivo, frunciendo el ceño al volver a ver por quinta vez en el día el número que tanto intentaba ignorar.

No estaba para reclamos en ese momento, pero supuso que tarde o temprano tendría que contestar.

Con más pereza que antes, tomó la llamada y acercó el móvil a su oído.

—¿Diga?—contestó.

—¿Tú crees que soy estúpida?—la voz de Mérida se hizo escuchar al otro lado de la línea, sin saludo de antelación.

—¿Eh?—el pelirrojo continuó regando las plantas sin entender

—Eso, que si crees que soy estúpida—repitió la colorada con obvia exasperación.

—Eh… ¿no?—Hans pensó su respuesta al tiempo que dirigía la regadera a las flores más bajas sin mucho interés.

—Entonces estoy pintada, es eso. Porque de otra manera, no me explico porque me dejas sola a mitad de esa estúpida cita de parejas y luego ni me contestas el teléfono, ¡quedé como una tonta! ¡La maldita enana se estuvo burlando de mí todo el tiempo! Maldición principito, ¡se supone que deberías estar a mi lado! Y te fuiste ¿para qué? ¡Para ir detrás de esa muñequita de cuarta por nada! ¡Qué carajo!

Los reclamos de Mérida se sucedieron en un conjunto de exclamaciones desesperadas; casi podía verla frente a él con las manos vueltas puños y su redondo rostro crispado de furia, con las finas facciones endurecidas.

—¡Espero que tengas una buena explicación para esto, playboy de porquería!

—¡A ver! ¡Primero que nada no me hables así, pedazo de engendro!—la cortó Hans, ya harto de escuchar sus amenazas—Y segundo, sí me fui a ti te importa una mierda. Esta farsa es solo para aparentar enfrente de tus padres, las gracias deberías de darme por seguir accediendo a esto, ¡así que no estés rompiendo las bolas!

—¡No es justo, Hans! ¡Ayer antes de entrar a la película no decías lo mismo!

—¡Ayer quedó en el pasado y este teatrito también si me sigues reclamando cosas!—el joven le dio la espalda airado a los rosales, quedando de frente a las ventanas y el porche trasero de la casa—Entiende, ¡no somos nada! ¡Y no me vas a controlar como si de verdad fuera tu novio, melenuda! Ya bastante estoy haciendo por ti al fingir, pero si sigues jodiéndome se acabó, ¿entendiste?

Hubo silencio por parte de Mérida. En uno de los ventanales, un movimiento captó la atención del cobrizo, quien miró hacia allí como por instinto. Se trataba de la ventana de la habitación de Elsa, que tenía las cortinas levemente corridas.

—Eres un maldito imbécil.

El insulto que recibió apenas y fue procesado por su cerebro, al ver aparecer a la blonda en su campo de visión. Hans se quedó estático en su lugar. Sus ojos, ligeramente abiertos de impresión, se aferraron inmediatamente a la imagen que le ofrecía el ventanal.

—¿Crees que me encanta haber recurrido a ti para hacer todo esto? Eso no te daba derecho a plantarme como lo hiciste ayer…

La escena no era del todo visible debido a la parcial presencia de los cortinajes, pero si lo bastante como para quitarle el aliento y, por todos los cielos, vaya que lo hacía.

—… después de todo, he estado tratando de ser amable contigo. Pero a ti ni siquiera te importa eso, ¿no? Primero haces que me despidan de mi trabajo y ahora esto…

Elsa se encontraba de pie frente al espejo de cuerpo completo de su dormitorio. Vestía unos vaqueros ajustados y en la parte superior solo llevaba su corpiño, un modelo muy delicado de color blanco con ribetes azules, que le recordó enormemente al que le había visto aquella vez en el campamento. Tenía un aire de lo más inocente y al mismo tiempo, provocador.

—… mi madre ha estado presionándome mucho, ¡no necesito más de esta mierda en mi vida! ¡Creí que hasta tú me ibas a entender, hijo de…!

La muchachita al parecer estaba decidiendo que iba a usar ese día, puesto que sostenía un bonito vestido de tirantes azul sobre su cuerpo sin dejar de verse al espejo; pero cuando lo hizo a un lado para tomar otro más recatado de color rosa y mangas hasta los codos, pudo ver momentáneamente la perfecta curvatura de sus delicados pechos y el vientre plano. Aquello fue suficiente para que un repentino calor le encendiera las mejillas y un extraño cosquilleo se apoderara de su vientre.

—… porque claro, a ti qué te importa lo que a mí me pase, ¿no? Total, soy una inepta por confiar en ti. ¿Me estás escuchando, Hans? ¿Hans?

Él no podía despegar su mirada de la ventana por más que quisiera, por más a que se arriesgara a que en cualquier momento, la platinada lo descubriera para ahí y quedara como un vulgar fisgón o algo peor. Pero es que no quería perderse ni un solo detalle de la encantadora escena. Aquella era una visión angelical.

Con el eco distante de las palabras de su interlocutora, se las arregló para contestar vagamente ante su insistencia.

—Sí… sí…

Mérida suspiró desde su lado de la línea.

—Mira, ya vale, ¿sí? Perdón por haberme alterado, pero es que ayer fue una basura. Si querías irte me hubieras dicho para seguirte también, ya sé que no somos nada…

Mientras su hermanastra se ponía de lado y se observaba por encima del ojo en el espejo, aun sosteniendo el vestido rosa, Hans arrugó un poco el ceño, viéndola tan concentrada. ¿Por qué se estaría probando aquella ropa? ¿Acaso iba a salir con alguien? El pensamiento le provocó una punzada de irracional frustración.

—… y que no tengo derecho de reclamarte nada, pero maldita sea, no vuelvas a dejarme en ridículo como ayer, ¿quieres? Te lo estoy pidiendo por favor…

¿Con quién iría a salir Elsa? ¿A qué venía toda esa función en su habitación? El colorado casi gruñó de decepción e impaciencia cuando ella se retiró del espejo, saliendo completamente de su campo de visión. De repente se sentía muy acalorado.

—… ya sé que a veces puedo ser algo intensa, pero eso no significa que no me puedas tratar como una dama y toda esa mierda. Agh, ahora estoy empezando a sonar como mi madre…

"Una dama, sí como no", pensó el joven, muy atento cuando Elsa volvió a aparecer frente al espejo, para su decepción con la misma sudadera holgada que le había visto esa mañana. Ahora parecía estar decidiendo seriamente entre sus vestidos.

—Sí, sí, ya, disculpa—contestó descuidadamente ante el parloteo de la colorada.

—En fin, te veré después supongo. Te llamo si te necesito o algo. Nos vemos.

—Sí, sí, adiós—Hans colgó torpemente sin apartar sus orbes de la ventana, ya sin importarle que lo atraparan mirando ahí.

Menuda pérdida de tiempo la que había tenido con esa llamada; primero la melenuda le reclamaba y al final era ella quien acababa disculpándose. No había puesto atención ni a una cuarta parte de la conversación.

Su mente ahora estaba ocupada con cosas más urgentes, como tomar una ducha fría.


Un delicioso aroma a canela inundaba la cocina cuando Elsa bajó desde su dormitorio, enfundada en el bonito vestido azul que se había estando probado un rato antes. Cruzo el vestíbulo hasta la cocina, en donde encontró a su hermanastro afanado en sacar una bandeja del horno. Encima de la misma, pudo distinguir la esponjosa forma de unos cuantos roles de canela recién hechos y sintió que se le hacía agua la boca.

Aunque fuera un ser nefasto, el pelirrojo seguía cocinando de una excelente manera.

—Roles de canela, ¿y eso?—inquirió acercándose con algo de extrañeza, pues a pesar de todo, no era frecuente que Hans se pusiera a hornear en la casa.

No cuando podía haraganear en su habitación o molestarla a ella.

—Tu madre me dijo que sería buena idea que los hiciera para después de la cena. Al parecer le gustan mucho.

—A mí también, se ven ricos—admitió la jovencita mirándolos con algo de curiosidad.

—Pues tendrás que esperar hasta después de la cena, sabandija, porque estos no se mueven de aquí hasta entonces—Hans colocó la bandeja encima de la isla y recién entonces se volvió a verla, distinguiendo el suave aroma floral del perfume que se había puesto.

Sus ojos verdes hicieron un rápido escaneo de la delgada figura de la blonda, llegando a la rápida conclusión de que sí saldría esa tarde. Llevaba puesto el vestido azul, una prenda bastante femenina que se ceñía en la cintura y le llegaba hasta las rodillas pero exponía su pálida clavícula y sus hombros gracias a las tiras finas que lo sostenían ahí. Comparado con el otro vestido, resultaba considerablemente más revelador y eso, por alguna razón, le molestó.

El resto del arreglo de la muchacha consistía en un par de zapatos bajos y una cinta a juego con su vestimenta que adornaba sus rubios cabellos, los cuales caían en una cascada por su espalda. Era la primera vez que se dejaba el pelo así para salir y le favorecía bastante. Incluso se había aplicado un poco de máscara en las pestañas y de brillo labial.

Estaba preciosa.

Sin quererlo, la imagen de ella frente al espejo volvió a invadir su mente y tuvo que hacer un esfuerzo para desvanecerla, antes de que su expresión o su cuerpo mismo lo delataran.

—¿Y a dónde se supone que vas a ir, Copo de Nieve? ¿Tu meserito fiel te volvió a llamar?

Las mejillas de Elsa, ya de por sí arreboladas al notar el rápido y nada discreto análisis que le había hecho, aumentaron su color por el comentario, que provocó que lo mirara fieramente.

—Pues sí, voy a salir con él—respondió desafiantemente y el desagrado de Hans aumentó—, ¿hay algún problema con eso?

—¿Problema? Claro que no—repuso el colorado con una sonrisa arrogante aunque por dentro tuviera ganas de insultar al susodicho, que cada vez le caía peor—, te dije que iba a insistirte como un patético lame suelas. Aprovéchalo mientras puedas, sabandija; siempre conviene tener a la mano a alguien así.

—Me das asco—dijo Elsa mirándolo seriamente.

Ella nunca osaría aprovecharse de alguien tan bueno como Tadashi; suficiente le parecía que después de haberlo plantado en el cine, le pidiera encontrarse con él. Esta vez no iba a decepcionarlo.

Hans se encogió indolentemente de hombros y le dio la espalda para proseguir con su tarea de hornear.

Antes de retroceder a la puerta de la cocina, la platinada se detuvo y le echo una mirada dubitativa a la bandeja que aún humeaba encima del mesón. Lo único que lamentaba de salir era perderse esos roles que se veían tan exquisitos.

Miró, con algo de incertidumbre, al pelirrojo, que le devolvió la vista con un gesto que parecía decirle "¿no que ya te ibas?".

Aquel día había olvidado peinarse el cabello, que lucía desordenado como si recién se acabara de levantar y el delantal que traía puesto estaba manchado de harina. Se veía lindo de ese modo.

Al instante tuvo el impulso de abofetearse a si misma por semejante pensamiento.

—¿Ocurre algo?—la instó a hablar él.

—No, bueno—junto sus dedos índices frente a ella en un gesto tímido—… ¿me guardas uno? Ya que no voy a estar y eso…

—Oh—Hans pareció pensarlo por unos segundos y luego sonrió malévolamente—, no.

—Eres un idiota—le espetó la chica antes de mostrarle el dedo medio e irse de allí con paso orgulloso.

El joven rió de modo ruin hasta que escuchó la puerta cerrándose y entonces soltó un bufido.

¿Qué sería lo que Elsa le veía a ese ingenuo de Hamada?, se preguntó en silencio. No porque eso le importara. Definitivamente no. Después de todo, los perdedores como ellos se atraían entre si. Eso no debía ser de su menor interés.

Mientras se volvía de nuevo a seguir con lo suyo, inmerso en sus pensamientos y con el semblante muy serio, un muchacho castaño irrumpió en la cocina. Lo miro a él de espaldas, luego a la bandeja de roles de canela y sin mediar una palabra, tomó uno de ellos y lo devoró en dos mordiscos.

El colorado se dio la vuelta y adquirió una expresión crispada al darse cuenta de la presencia del otro. Una vena empezó a palpitarle en la sien.

—¡Oye, cretino! ¡Eso no era para ti! ¡Maldita sea, Eugene! ¡¿Por qué nunca puedes respetar nada?!

—Oh Hans, te ves tan tierno mientras estás cocinando amigo. Ese delantal sí que te va—el trigueño alzó una vez más su videocámara y lo apunto con ella—, todos tienen que conocer ese porte, viejo.

—¡Baja esa cámara, imbécil! ¡No me grabes! ¡O te parto la cara!

Estaba harto de ese hippie. Su jodida cámara lo traía de los nervios; no importaba donde se encontrara o que estaba haciendo, siempre la traía encima. Nunca se podía tener un momento de tranquilidad con él.

—Amigo, te ves muy alterado el día de hoy, más que de costumbre—Eugene se acercó un paso para enfocarlo mejor—, ¿por qué no le cuentas al viejo Gene lo que te pasa?

—¿Por qué no mejor me chupas las bolas?

—Menuda bocaza—el moreno por fin accedió a bajar su dispositivo—, adivinaré. Esto tiene que ver con cierta rubia, ¿no?

—¿Y tú qué sabes? Largo de aquí—le dijo el cobrizo con hostilidad.

—Je je je je, sí, tiene que ver con ella—el castaño se recargó con un codo encima de la isla, con el aire socarrón que lo caracterizaba—, ay Hansy, eres tan transparente.

—¿De qué mierda estás hablando?

—Oh, de nada, de nada—Eugene se incorporó sonriendo maliciosamente—, ¿sabes, viejo? Estoy pasándola de lujo aquí, es tan interesante lo que hay entre ustedes. Voy a tener mucho material nuevo para filmar todos los días, eso es seguro.

—Lo que vas a tener es una patada en el culo si sigues hablando mierda.

—Je je je je, no cambias Hansy. Tan a la defensiva como siempre.

—¿Esos son mis pantalones?

—¿Lo son?—Eugene le echó un vistazo a los jeans que portaba en ese momento, como si estuviera tratando de resolver un misterio—No sabría decírtelo, en este mundo hay tantas coincidencias. Voy afuera a grabar cosas—el joven se alejó tranquilamente, sin dejar de exhibir esa sonrisa de suficiencia que lo tenía exasperado.

"Estúpido idiota, te crees muy listo, ¿no?", pensó Hans con suspicacia, al tiempo que lo veía marcharse en la misma dirección que su hermanastra. Había llegado el momento de averiguar que había traído al rey de los imbéciles hasta Noruega y sabía muy bien por donde empezar.

Antes de salir de la cocina, le echó un vistazo a la bandeja que acababa de sacar (ahora con un notorio espacio vacío y lleno de migajas gracias a su indeseable invitado). Tomó dos roles y los apartó en un platito que dejó en un rincón donde solo cierta blonda podría encontrarlos.

Luego, decididamente, se dirigió hasta la habitación que ocupaba el castaño. La estancia estaba algo desordenada, lo que lo hizo fruncir el ceño. El desorden lo ponía de malas; le recordaba demasiado a las malas costumbres que tenían muchos de sus hermanos, quienes solían aprovecharse de él cuando era niño para ponerlo a limpiar todo.

Un hábito que de cierta manera se le había quedado conforme crecía.

—Vamos a ver qué es lo que estás escondiendo—murmuró, mientras se ponía a revisar entre los cajones de una cómoda cercana, sin encontrar nada interesante.

Rebuscó en la mesita de noche y debajo de la cama, hasta que el armario entreabierto llamó su atención. Allí, las maletas vacías con las que Eugene había llegado el primer día a su casa asomaban descuidadamente, encima de un bulto formado por zapatos y un par de chaquetas. Hasta ellas fue donde se dirigió, abriendo los cierres y hurgando en todos los bolsillos.

Astutamente hurgó con una mano en el forro del bolso de viaje, donde una costura desigual se hizo notar bajo sus dedos. Rápidamente metió su palma allí y sacó un par de papeles, que por la pinta que tenían, parecían provenir de una institución.

Sus ojos verdes se entrecerraron al leer el contenido y luego se abrieron por la sorpresa.

—¿Pero qué demonios…?—musitó—Oh Fitzherbert, pedazo de mierda, ¿en qué lío te metiste esta vez?


Nota de autor:

Hellooooooo galletitas! :D ¿Cómo andan? Estoy segura de que muy inquietas por el cierre de este nuevo capítulo, jijiji y no es para menos, pues nuestro bello Hans acaba de descubrir algo muy interesante sobre el buen Eugene que podría cambiar mucho las circunstancias. ¿De qué creen que se trate? ¿Se hacen una idea? ¿Tienen teorías locas? Oh, ¡qué divertido es cerrar los capítulos con tales intrigas! xD

Además de esto, estoy segura de que ahora sí muchas querrán matar a Mérida, ¿cómo ven a la colorada? Como que ya le tomó el gusto a eso de fingir ser novia de Hans, ¿no? LOL

Lo verdaderamente importante de este capítulo es, desde luego, que nuestros amados Helsa siguen con sus celos y aquí tuvieron un acercamiento muy especial. Aunque no lo quieran admitir, se la pueden pasar bien juntos y tienen más cosas en común de las que piensan. Y qué me dicen de esa escena subida de tono para Hans, ¿eh? Alguien está cayendo cada vez más profundamente en los encantos de su hermanastra. Con Elsa vamos a tardar un poco más, la rubia es muy despistada y aceptémoslo, el pelirrojo cuenta con cierto factor al sur de su anatomía que lo hace más vulnerable a ceder. x3

Anonymous time!

Ari: Uy ya sé, Mérida se pasa, la verdad es que no tiene ni idea de lo que hace al querer meterse con nuestro pelirrojo. :3 Pero por supuesto que el factor celos tenía que estar presente, ¿qué sería el Helsa sin ellos? Veremos si a Tadashi le sirven también sus movimientos con Elsa, porque aunque no juegue tan sucio como la pelirroja también es persistente. Que bueno que hayas leído "Honmei Choco", es un excelente OS. *w* Te recomiendo mucho que le eches un vistazo a los deAliniss, ¡nos leemos pronto, pilluela!

Guest: Jajaja, lo sé, a Eugene tendrán que darle un Óscar por reunir toda esa intrigante acción Helsa en una película, con tantas hermosas peleas. ¿Quién no amaría una cinta así?

No tengo mucho más que decir de este capítulo, excepto que en el siguiente espero definir algunas cosas y como no, resolver el misterio que ahora ha surgido en torno al travieso Eugene. ¡Deséenme inspiración! :D