Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
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14
Misterios desvelados
—… y entonces, la tía Cass nos jaló de las orejas y nos dijo que nunca más tendríamos permiso de salir a ningún lado. Cosa que se le olvido una hora después, cuando nos mandó a comprar más rosquillas para ella—la risa cristalina de Elsa resonó en aquella mesa del café The Lucky Cat, donde se sentado a conversar muy animada con cierto muchacho pelinegro, mientras ambos tomaban sendos capuchinos.
Ciertamente, esta vez si habían tenido lo que podía considerarse una cita, a pesar de la sencillez de su plan. Tadashi la había llevado a conocer una exposición de fotografía que se llevaba a cabo en uno de los museos del centro y que le había encantado. La rubia era muy entusiasta del arte en todas sus formas.
Sin embargo, lo mejor de aquella tarde había sido sin duda el instante en el cual él la había sorprendido al decirle que se trasladarían en su motoneta; un vehículo que ya le había visto usar un par de ocasiones para ir del café a su instituto.
Si bien Elsa se había mostrado un poco insegura respecto a montar en la misma, todas sus dudas y temores se habían disipado en cuanto sus delgados brazos hubieron rodeado la cintura del muchacho, sintiendo como se tensaban los músculos de su espalda cada vez que maniobraba con la empuñadura de la motoneta y sus fosas nasales se inundaban con el aroma de una colonia con leve olor a madera.
Tadashi le gustaba muchísimo.
Después de caminar un poco por el centro, habían regresado a tomarse algo en su café y ahora charlaban animadamente.
—La verdad es que te sorprenderías de la cantidad de problemas en los que me he metido por ese enano. Hiro es muy listo, pero también puede causar muchos inconvenientes. Cada día junto a él es una aventura.
—Dímelo a mí, por lo menos tú pareces divertirte. Lo mío en casa es más parecido a una prueba de supervivencia—Elsa jugueteó con la cucharilla entre la crema batida de su bebida—, desde que mi hermanastro está allí tengo que andarme cuidando las espaldas por todo. La última vez que peleamos se le ocurrió encerrarme en el armario de los abrigos y todo porque mi gato le rompió un par de calcetines, que por cierto eran horrorosos. Es un desquiciado. Se cree que lo puede todo, el muy idiota.
—Ya—el moreno le dio otro largo sorbo a su café, ya no tan risueño como antes—. Por lo que veo has llegado a acercarte bastante a Hans, ¿no?
—¿Por qué lo dices?—la rubia parpadeo ante su afirmación.
—Bueno, esta debe ser como la décima vez que lo mencionas en todo el día—el muchacho sonrió de lado—, ya sabes, aunque sea para quejarte. Cada día parece que lo consideras más tu hermano, ¿eh?
Elsa se ruborizó abruptamente. Ni siquiera se había dado cuenta de eso pero ahora que lo comentaba, caía en la cuenta de que en efecto, había traído el tema del pelirrojo a colación varias veces. Y eso que no lo soportaba.
—¡No! ¿Qué dices?—frunció el ceño e infló sus mejillas de manera infantil antes de volver a sorber la pajilla de su frapuchino—Ese tipo nunca será mi hermano ni nada, es solo que, después de tener que verlo todos los días, pues supongo que recuerdo más a menudo lo idiota que es.
Tadashi rió levemente.
—Por la manera en que lo dices, solo me haces pensar que estoy más en lo cierto. Bien lo sabré yo; como si no me quejara de Hiro o viceversa.
El comentario solo ocasionó que la chica se sintiera más azorada. Hasta sin estar presente Hans tenía que arruinarlo todo.
—Entonces, ¿ya llevas mejor lo de vivir juntos?—inquirió el asiático—Ayer en el cine no parecían estar del todo cómodos, no me dirás que discuten en casa todo el tiempo.
—Por supuesto que lo hacemos, él ha sido lo peor que pudo pasarme. Tú realmente no tienes idea de como es conmigo.
—Vamos, a mi parece que él sí que se ha encariñado contigo, basta ver como te mira—Elsa levantó la mirada de su bebida con asombro—, digo, literalmente me sentía como esos chicos que tienen que lidiar con los hermanos mayores de sus… amigas—comentó Tadashi, pareciendo sentirse incómodo de repente y llevándose una mano a la nuca—. Se nota que te cuida bastante y eso está muy bien. Porque ahora él te ve como su hermana… ¿verdad?
La muchacha no supo que responder ante tal cuestión. De pronto su acompañante se sentía inseguro y ella… muy confundida. Segura estaba de que Hans no la veía como una hermana, así como él nunca sería un hermano para ella.
Pero más allá de la mutua animadversión que se tenían, no lograba explicarse el porque se ensañaba tanto con ella cuando estaba en compañía de Tadashi.
Ese pelirrojo era todo un misterio.
—Yo… supongo que es así, por más que detestemos la idea—respondió al final con extrañeza.
Eso parecía calmar la inquietud del asiático, quien volvió a sonreír y se animó a rozar sus dedos con los de ella, por encima de la mesa.
—Pues me parece muy bien por ustedes. Y espero que puedan llevarse mejor con el tiempo.
Al parecer iba a decir algo más pero en ese momento, una presencia al lado de su mesa los distrajo. Hiro estaba de pie allí y los miraba con una expresión muy seria en el rostro. Llevaba en las manos algunos libros de la escuela.
—Oh, hola Hiro—lo saludó la chica, sonriendo con cierta timidez—, ¿cómo estás?
—Bien—respondió el chiquillo de forma escueta, cosa que desconcertó a Elsa—. No sabía que ibas a venir hoy.
—Bueno, no debería extrañarte, paso por aquí prácticamente todo el tiempo—repuso ella sin dejar de sonreír.
—Sí, pero siempre vienes con tus amigos y ahora… pues, parece que no es el plan—dijo el niño mirando de reojo a su hermano.
—Enano, no la molestes, va a ayudar a la tía Cass a preparar la cena—le dijo el mayor, tratando de hacer que se marchara.
—De hecho tengo algo de tarea pendiente y me preguntaba si Elsa podría ayudarme. Es de literatura y ya sabes que no se me da—Hiro puso sus libros de golpe en la mesa.
—Oye, de ninguna manera la vas a atosigar con tus deberes, ella ahora no te está dando tutorías—lo regañó su hermano—, además aún no entras a la escuela. Déjala relajarse.
—Está bien, Tadashi—la albina volvió a sonreír conciliadoramente y se volvió hacia el púber—, no será ninguna molestia. ¿En qué te puedo ayudar, Hiro?
El aludido abrió el más grueso de sus libros de texto y comenzó a señalarle algunos temas. Tadashi suspiró, viendo que aquello iba para largo y se levantó de la mesa.
—Ya que están en eso, iré por algo de comer para que no se cansen de estudiar.
El azabache desapareció en dirección a la cocina, mientras los otros dos se ocupaban de repasar conceptos que recientemente, Elsa ya se había encargado de explicarle muy bien al niño. Lo recordaba perfectamente.
Aprovechando que se habían quedado solos, le echó un vistazo a su semblante grave y se aventuró a preguntar lo que ya se temía desde el campamento de Año Nuevo, donde lo había notado muy raro respecto a ella.
—Últimamente te he sentido algo serio conmigo, ¿hice algo que te molestara?
Hiro frunció los labios pero se volvió a mirarla con decisión.
—Tú y mi hermano están saliendo, ¿no?
Elsa se mordió el labio inferior, pensando que responder. Ni ella ni Tadashi le habían dado un nombre preciso a su relación, que la mayoría del tiempo seguía pareciendo más de amigos que de nada. Pero bien sabía que no era del todo así.
—S-sí… supongo que sí—contestó al final—, ¿eso no te gusta?
—No—respondió el chiquillo sin tapujos, dejándola helada—, tú no haces buena pareja con él.
—P-pero, ¿p-por qué dices eso?—inquirió turbada ante la franqueza del pequeño.
—Porque es la verdad, ustedes ni siquiera son compatibles—respondió Hiro sin vergüenza—. Desde que me di cuenta de que te gusta, le he estado dando muchas vueltas al asunto. Y la verdad es que, no creo que a mi hermano le convenga tener una novia como tú. Él se dedica a cosas de ciencia y todo eso, y tú solo eres una distracción. Creo que solo te hace caso porque eres bonita, pero cuando se dé cuenta de que no eres tan inteligente como él, se va a aburrir de ti.
Elsa se quedó paralizada ante la confesión, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Sospechaba que el niño estaba celoso por ver a Tadashi con ella, pero jamás se habría imaginado escuchar semejante conclusión de sus labios.
—No sabía que te molestara tanto tener que compartir la atención de tu hermano conmigo—musitó, algo dolida por sus palabras.
—Oye, yo solo digo la verdad. No es nada personal pero en serio, él y tú no hacen buena pareja. A Tadashi le gustas por tu apariencia pero si me lo preguntas, estoy seguro de que no durarían. Él no debería tener tantas expectativas contigo.
—Yo creo que eso es algo que le corresponde decidir a él, ¿no te parece?
Hiro se encogió de hombros.
—Tal vez, igual no quiero verlo decepcionado cuando sepa que se ha equivocado. Eso afectaría mucho su desempeño en el instituto y está en medio de un proyecto importante. Pero supongo que eso no te lo ha contado.
Elsa le devolvió la mirada, turbada.
—Eso creí—prosiguió el chiquillo—. Si yo fuera tú, no me acercaría demasiado a mi hermano. Al final del día, su trabajo en el instituto es lo más importante para él. Y tú solo lo distraes.
Antes de que ella pudiera replicarle nada, Tadashi apareció de vuelta, llevando un platito con galletas recién hechas en la mano.
—Aquí tienen, Tiana acaba de sacarlas del horno, están realmente buenas… ¿qué, ya te vas?—le preguntó, al ver que se ponía de pie.
—Sí, es tarde, le prometí a mamá que no me demoraría mucho—dijo Elsa sin mucho ánimo.
De repente sentía como que sobraba allí.
—Yo te acompaño—el pelinegro tomó su chaqueta del respaldo del asiento y se la puso—, dile a tía Cass que no tardo, Hiro. ¿De acuerdo?
El mencionado asintió con la cabeza y luego se volvió hacia Elsa como si nada le hubiera dicho.
—Hasta luego, Elsa. Gracias por ayudarme con mi tarea.
La joven solo se dio la vuelta para salir del café, seguida de cerca por Tadashi, quien no pareció darse cuenta de su nuevo estado de ánimo. Pero mientras caminaban rumbo a la residencia de la rubia y él hablaba animadamente, ella tuvo mucho en que pensar.
Apenas cruzó la puerta de entrada de su casa, Elsa se quedó asombrada por los gritos masculinos que provenían desde el segundo piso. Ni su madre ni su padrastro habían regresado aún de la oficina, lo que explicaba todo el alboroto que se estaba librando arriba. La muchacha frunció su ceño y colgó las llaves en un ganchillo cercano, para luego encaminarse escaleras arriba, lista para enfrentarse al barullo.
—¡Eres un maldito hippie de mierda!—la exclamación de su hermanastro la recibió apenas estuvo en la planta alta—¡Pero ni creas que esto se va a posponer más tiempo! ¡O le dices a mi padre o se lo digo yo!
—¡Vete al carajo! ¡Tú no le tienes porque andar diciendo nada, imbécil! ¡Si lo haces, te juro que te parto el culo a patadas!—replicó Eugene, quien por primera vez desde que lo conocía parecía muy enojado.
Eso era extraño (y algo aterrador), considerando que nunca nada parecía afectarle.
—¡Quien va a tener a recibir una buena paliza vas a ser tú si no te callas, vago estúpido!
—¡Ven e inténtalo, marica!
—¿Qué está pasando aquí?—la pregunta de la albina resonó clara y autoritaria en medio del hall en donde ahora se encontraban, más ninguno de los jóvenes dio muestras de haberlo escuchado.
—¡Ni siquiera sé porque me sorprende tanto lo que hiciste! ¡Tú siempre terminas causando problemas a donde quiera que vas! ¡Es así desde éramos niños!
—¡No empieces a proyectar tus traumas infantiles de porquería, estoy harto eso! ¡Ahora dame esa carta, cretino de mierda o te la voy a tener que quitar a golpes!
—¡¿Qué es lo que pasa?!—el grito de Elsa logró que ambos voltearan a mirarla de una buena vez, portando fieras expresiones.
—¿Qué pasa? ¡Pasa que este inepto no puede estar sin meter las narices en donde nadie lo llama!—exclamó el castaño—¡Eso es lo que pasa!
—¡Y las voy a seguir metiendo en tanto estés en mi casa haciendo tus mierdas, idiota!—replicó Hans.
—¡No hables como si fueras perfecto, estúpido! ¡Al menos yo no engaño a la gente!
—¡¿Y entonces por qué no nos comentaste cuál era la verdadera razón de que volaras hasta acá?!—el cobrizo dio dos pasos en dirección a su oponente y lo observó de manera peligrosa—¡Vamos, imbécil! ¿Por qué no le cuentas a esta sabandija por qué estás aquí? Mejor que ya se vayan enterando todos de una vez…
—¿Alguien quiere explicarme qué demonios está pasando?—demandó Elsa cruzándose de brazos.
—¡Esto es lo que está pasando!—antes de que el otro pudiera detenerlo, Hans se dirigió hasta ella y le tendió unos papeles, mostrándoselos mientras los sostenía con la mano en alto pero sin soltarlos—¡Esta es la razón de que este maldito hippie de mierda este aquí!
La rubia parpadeó un par de veces luego de enfocar su vista en los documentos.
—Ahm… no entiendo lo que dice—admitió con un poco de vergüenza, al ver un montón de palabras en alemán.
Hans retiró las hojas con ofuscación.
—Es una carta de expulsión, ¡al cretino lo echaron de su escuela por hacer una estupidez! ¡Y eso no es lo único que hizo el papanatas!
—¿Sabes leer alemán?—inquirió la adolescente con algo de sorpresa, sin percatarse de lo tonta que podía ser su pregunta en un momento como aquel.
—¡Estupendo, Hans! ¡¿Por qué no sales y lo gritas de una vez para que se entere todo el mundo?!—bramó Eugene.
—¡Eso es justo lo que voy a hacer cuando llegué mi padre, jodido idiota!
—¡Mira imbécil, ya me cansaste con toda esta mierda! ¡Dame esa maldita carta, desgraciado!
Los dos se pusieron en guardia y el moreno avanzó hasta el pelirrojo con intenciones de pelear.
—¡Basta ya! ¡Se calman los dos!—Elsa se interpuso en medio de ambos adoptando una postura autoritaria—Déjense de sandeces, ¿quieren? ¡Nadie va a golpear a nadie!
—¡¿Tú qué te metes, sabandija?! ¡Lárgate si no quieres que te toque a ti también! ¡No quiero que después andes lloriqueando!
—¡Sí, Elsa! Ve a cepillar a tu gato o lo que sea, ¡esto es cosa de hombres!
—¡Pues sí me meto porque esta también es mi casa!—la muchacha alzo su cabeza con ademán intimidante, algo que resultaba un poco risible, debido a que los jóvenes le llevaban por lo menos una cabeza de altura y junto a ellos se veía diminuta—¡Ni crean que voy a dejar que se peleen aquí, así que mejor se van calmando o le diré todo a tu padre, Hans! ¡No estoy bromeando!
Aquello pareció obrar efecto, pues los chicos relajaron un poco su postura pero no por ello cesaron de fulminarse con los ojos.
—Ahora explíquenme bien a que se debe todo esto, ¿a qué se refiere este idiota con eso de que te expulsaron?—le preguntó ella a Eugene.
—¡Idiota serás tú, mocosa de porquería!
—¡¿Quieres callarte?!—Elsa miró a su hermanastro por encima del hombro y los dos se asesinaron con los ojos—¿A qué se refiere?—cuestionó de nuevo, volviéndose al castaño.
—Pues a eso, me expulsaron de la Facultad de Cinematografía, gran cosa—contestó este de mala gana, cruzándose de brazos—, como si necesitara de esa institución de mierda. Son todos unos pretenciosos con aires de saberlo todo sobre filmar algo, cuando la mayoría ni siquiera sabe sostener una cámara, ni siquiera apreciaban mi grandeza…
—Cuéntale porque te expulsaron pedazo de marica, no te vayas por la tangente—lo cortó Hans.
—¡Chúpamela soplapollas!—le espetó Eugene, quien estaba enojado de veras. Era la primera ocasión en que lo veía defenderse de las agresiones del pelirrojo con tanto ahínco—¡Pues sí! ¡Me expulsaron por un tema un poco delicado, pero no fui el único implicado! ¡Todo es culpa de esos imbéciles de los hermanos Stabbington, ese par de delincuentes…!
—¿A qué te refieres con un tema un poco delicado?—indagó Elsa levantando una de sus delicadas cejas, intuyendo que dicha cuestión ocultaba algo evidentemente grave.
Eugene se llevó una mano a la nuca con incomodidad.
—El director de la facultad no tiene un buen sentido del humor… quizá me deje llevar por una inocente broma a la que me retaron en una fiesta, ya sabes, cosas de novatos. La cosa es que, quizá yo… robé el auto del director en plena noche… ¡pero hey, no sabía que era de él! Esos idiotas me aseguraron que era de un amigo y de todos modos lo íbamos a devolver, solo íbamos a dar un par de vueltas por el campus, tirar papel higiénico por allí, asustar a la gente… pero bueno, es que chocamos…
—¡¿Chocaste?!—los grandes ojos azules de la jovencita se abrieron de la impresión.
—¡Chocamos, chocamos! ¡Íbamos los tres en el auto y esos hijos de puta andaban haciendo mucho relajo! ¡Si no me hubieran distraído, no hubiera ido a dar contra el muro de ese edificio de la facultad! Que ni siquiera sufrió tantos daños, dicho sea de paso y ni era de los más importantes…
—Eres un jodido inepto—dijo Hans seriamente.
—No me extraña que te expulsasen, ¿sabes qué tienes que decírselo a tu tío, no?—agregó la blonda—Esas cosas no se pueden ocultar por mucho tiempo. Además ya casi se acaban las vacaciones, ¿qué pasará cuándo regreses a Alemania?
—Eh… esa es la cuestión… verás, no puedo volver.
—¿Qué? ¿Y por qué no?
—El director levantó una demanda en mi contra—confesó Eugene—, por daños a propiedad privada. Me van a arrestar si no pago lo que destruí, me tiene bien agarrado de las bolas, ¿comprendes? ¡Apenas pude escapar de que me arrestaran y esos maricas de los Stabbington me echaron toda la culpa! ¡Lo peor es que no los puedo mencionar o dirán que estaba fumando hierba! ¡Esos malditos hijos de perra!
—¡¿Qué demonios?!—Elsa adquirió una expresión turbada.
—¡¿Qué?! ¡Es legal en Berlín*! Bueno, no en la facultad, pero si en la calle, siempre que no lleves más de quince gramos… ¡No me juzguen! ¡No se atrevan a juzgarme! ¡Vamos, como si no lo hubieran hecho alguna vez!... ¿Qué? ¿No lo han hecho? ¡Demonios, son unos ñoños! ¡No me vean así! ¡Dejen de juzgarme, carajo!
—¿Por cuánto tiempo pretendías quedarte aquí sin que nadie se enterara, imbécil?—le preguntó Hans echando chispas por los ojos.
—¡Solo las vacaciones! Quería dar tiempo a que se apaciguaran un poco las cosas en Berlín y no sé… convencer a mi tío para que prestara la cantidad que necesito… con una historia convincente o algo… ¡no me mires así, idiota! ¡Yo nunca le he pedido nada a tu padre! ¡Ni que fuera para tanto!
—¡Pues si es para tanto, jodido inepto! ¡¿Pero qué mierda tienes en la cabeza?! ¡¿Crees que papá va a pagar para arreglar lo que rompes?!
—¡Bueno, ¿y qué me dices de ti, eh?! No es como si él no estuviera acostumbrado a eso; no creas que Lars no me comentó que tú también estás aquí por algo parecido…
Los ojos de Hans se abrieron con cierta alarma e indignación.
—¡Cállate, maldito imbécil! ¡No te atrevas a hablar de eso!—rugió con furia.
—Ah no lo voy a hacer, a mí no me importan las mierdas que hagas o porque de repente mi tío te tiene tan vigilado—Eugene sonrió con arrogancia, satisfecho de haber hecho explotar al otro—, él no me contó los detalles, ni los quise saber, porque al contrario que tú no soy un jodido metomentodo. Pero mejor no me busques principito, porque sabes que si quisiera lo averiguaría con menos esfuerzo del que hiciste tú para destapar este problema.
Ambos se observaron de manera fulminante; la tensión prácticamente podía cortarse con un cuchillo en el ambiente.
Por su parte, Elsa suspiró, tratando de asimilar todo aquello.
—Demonios, sí que estás metido en problemas. ¿Y en serio pretendías engañar a tu tío para que te diera el dinero? Yo creí que eras honesto—dijo con un semblante de decepción.
—¡Vamos, amiguita! ¡No es para tanto! Tienes que entender que la gente a veces se equivoca—Eugene la miró suplicante—, vamos Elsie, apóyame en esto ¿sí? No hice lo que hice con mala intención, quiero arreglarlo y lo sabes.
—Tienes que decirle la verdad a tu tío—dijo ella con firmeza—, no hay manera de que lo convenzas de otro modo. Él no es tonto y no va a creer ninguna historia que tú le cuentes.
—Oh vamos, sabes que eso es difícil para mí…
—La sabandija tiene razón, idiota. Estás jodido—espetó Hans—, cuando papá se enteré de lo que sucedió te echará de aquí a patadas y tendrás que volver a Alemania con la cola entre las patas. Tal vez pagué lo que debes, pero ni creas que te dejará estar aquí. Y si no le dices la verdad, yo me encargaré de contársela.
—Elsa, mírame, soy una buena persona, no merezco todo esto—Eugene la miró a los ojos, adoptando una expresión lastimera—, solo cometí un error. Si me ayudas con esto, te daré la grabación que tanto querías para delatar a este cretino con tu madre.
—¡¿Qué carajos…?!—masculló Hans enviándole otra mirada asesina.
—Así es, si vas a ponerte en ese plan yo también voy a jugar sucio, viejo—el muchacho levantó su videocámara y sacó la tarjeta de memoria, para sostenerla frente a la platinada—, piénsalo Els, puedes tener a este mierda en la palma de tu mano con lo que tengo guardado aquí. ¡Se acabaron las humillaciones, amiguita! ¡Tu ayuda por la mía! ¿Cerramos el trato o qué?
—¡Eres un hijo de puta, Fitzherbert!
Elsa observó la pequeña tarjeta con cierto anhelo, ¡eso era todo lo que necesitaba para poner al pelirrojo en su lugar! ¡Por fin! La oferta era para no pensársela.
Y sin embargo…
—No puedo—suspiró hondamente.
—¿Qué dices? Amiguita, te estoy ofreciendo una oportunidad de oro, ¡sólo toma la tarjeta!—Eugene la miró insistentemente—No voy a volver a hacer esta oferta, ¿me ayudas o no?
—No. Mira Eugene, por más que quiera hundir a este patán no está bien lo que hiciste y tienes que afrontarlo. No puedo engañar a tu tío y tampoco quiero meterme en este asunto, así que tendrás que decirle toda la verdad. Sabías que tendrías que hacerlo alguna vez.
—¡Oh, vamos!
—¡Ya escuchaste a esta sabandija, inútil! ¡Todos sabrán lo que hiciste!
El trigueño encerró en un puño la pequeña tarjeta de su cámara y se volvió para estamparlo contra la pared, mascullando lo que parecían ser varias malas palabras en alemán.
—¡Voy a darle esta carta a papá en cuanto regresé a casa, hippie!
—Un momento, no te comportes como un estúpido soplón Hans—le espetó su hermanastra—, ¡si alguien tiene que decir lo que pasó fue él!
—¡¿No lo escuchaste?! ¡Él nunca tuvo intención de decir nada!
—Pues ahora lo hará—dijo Elsa—, hay que dejar que hable con tu padre para aclarar las cosas. Merece esa oportunidad.
—¡Pero qué mierda!—el colorado refunfuñó enojado—¡Muy bien, maldición! ¡Tienes hasta el día de mañana para hablar con papá, estúpido! ¡O si no voy a entregarle estos papeles!
—¡Vete a la mierda, imbécil!
—Es mejor que lo hagas, Eugene. Él preferiría escucharlo de ti que de alguien más.
—Bah, son unos idiotas—el aludido se cruzó de brazos como niño encaprichado y les dedicó una expresión resentida—. Pues si no hay más remedio, ya me tienen agarrado de las pelotas ¿no? ¡Qué mierda injusta!
—Ya lo sabes infeliz, hasta mañana, ¡ni un día más!
—Sí, sí, que carajos. Para eso me gustaban, par de tontos.
Elsa volvió a suspirar y negó con la cabeza, sintiéndose como si hablara con un crío. Desde luego, aquello había resultado ser una verdadera bomba de información.
No le gustaría estar en los zapatos del castaño cuando tuviera que enfrentar a su padrastro.
—Y cuéntanos Hans, ¿a qué se dedica tu padre? Tendrás que disculparme la pregunta, pero la verdad es que tu apellido me parece conocido.
El mencionado le sonrió falsamente a la que se suponía que era su suegra. Esa misma tarde, Mérida había vuelto a marcarle con motivo de una "emergencia". Resultaba que su madre había tenido la brillante idea de invitarlo a almorzar con su familia, donde obviamente serían el centro de atención, ya que los padres de la pelirroja querían conocerlo mejor. Más bien dicho, su progenitora quería conocerlo mejor.
Había estado muy tentado de negarse o inventar cualquier excusa para no ir; especialmente después de su confrontamiento con Eugene la noche anterior. Ese era el día en que el hippie tendría que delatarse de una vez por todas y no quería perdérselo.
Por otra parte, ya sabía que no podría librarse de la insistencia de Mérida si trataba de zafarse. Así que ahí estaban, todos reunidos en una bien decorada mesa de la terraza del hogar de la chica, una construcción de ladrillos muy amplia y cuya decoración era de estilo escocés (ella le había comentado que su padre era de las Tierras Altas de Escocia), tomando el almuerzo.
—Es dueño de Isles Corp., seguro que por eso le suena el apellido. La compañía es muy famosa por sus medicamentos—respondió él con amabilidad.
—Ah claro, ahora lo entiendo. ¿De casualidad estudió algo relacionado con ese ámbito?
—¿Mi padre? No, él es más del área administrativa, se le dan los números, los datos y esas cosas, no entiende nada acerca de la química o farmacobiología—dijo el muchacho—, su esposa por el contrario, es muy brillante con esas cosas. Los dos se conocieron cuando ella trabajaba en los laboratorios de la empresa. Lo demás es historia.
—Así que tu padre se ha casado por segunda vez.
—Sí, hace varios meses. Ahora estoy viviendo con ellos y con la hija que tiene mi madrastra. Somos una gran familia—comentó Hans esbozando la sonrisa radiante e hipócrita que tan poco trabajo le costaba fingir.
—¿De veras? No sabía que tuvieras una hermanastra…
Un trozo de pan le dio en la frente al cobrizo y este se volvió bruscamente al frente, desde donde uno de los trillizos le sacaba la lengua, en tanto los otros dos reían. Esos jodidos mocosos lo habían estado fastidiando desde su llegada, ya sentía que los odiaba.
—¡Niños, niños cálmense!—les indicó Elinor tratando de apaciguarlos con un gesto de su mano—¿Y qué edad tiene tu hermanastra? ¿Se llevan bien?
—Mamá, ya basta, esto no es un interrogatorio—masculló Mérida de mal talante, al tiempo que masticaba sus coles de Bruselas con un poco de ruido.
—Oh, somos como hermanos de verdad—mintió Hans manteniendo su papel de chico encantador—, de hecho ella es compañera de su hija. Elsa Sorensen.
—¡Ah sí! Ahora recuerdo, una vez la vi en esa presentación de principio de año que la escuela dio para los padres, tocó el piano de una manera maravillosa—alabó Elinor con aprobación—, ¡que muchachita tan encantadora! Es toda una señorita, siempre le he dicho a Mérida que debería seguir su ejemplo.
—¡Mamá, ya basta!—Mérida la fulminó con sus pupilas celestes.
—Cariño, no me mires así. Sabes que te quiero, pero no te haría mal arreglarte un poco más de vez en cuando y ser más femenina, en lugar de pasar tanto tiempo jugando fútbol y disparando flechas. Esa jovencita sería una excelente influencia para ti, no sé porque no son amigas.
—¡Por qué no! ¡Yo no soy una princesita inútil y debilucha como ella!—se quejó la pecosa.
—Cuida esa boca, señorita. ¿Qué va a pensar Hans de escucharte hablar así de su hermanastra?
—¡No me importa! ¡No quiero que vuelvas a compararme con ella! ¡No la soporto!
—Pues yo no sé por qué, se nota que es muy educada y fina.
—Deja en paz a la niña Elinor, ella está bien como esta. ¡Yo no sé porque quieres meterle en la cabeza tantas cosas!—medió su esposo, quien en todo el rato no había intervenido más que para soltar comentarios jocosos en voz alta u opinar que los intereses de Hans no eran demasiado varoniles.
Aunque obviamente la voz cantante allí era la de su mujer.
—Lo hago por su bien, Fergus. Tú sabes cuanto quiero lo mejor para ella y no le haría ningún daño comportarse de una manera más recatada. Siempre lo he dicho: toda chica debe aspirar a ser per-fec-ta—dictaminó la castaña mujer, haciendo hincapié en la última palabra y recalcándola sílaba por sílaba.
—¡Argh!—Mérida se levantó violentamente de su lugar y se marchó a pasos agigantados, sin siquiera excusarse ante la mirada sorprendida de todos.
El pelirrojo esbozó otra sonrisa nerviosa.
—Creo que será mejor que vaya a ver si está bien—dijo, levantándose también y yendo detrás de la joven, sin tardar en escuchar como sus padres se ponían a argumentar apenas salió de su vista.
Empezaba a comprender porque aquella colorada era tan agresiva.
La encontró en una estancia contigua a la sala de estar y que se había adaptado como una especie de salón de juegos, clavando dardos con furia en una diana que se había dispuesto en un pilar cercano como parte de la decoración y entretenimiento. Lo dicho, todo en esa casa era muy escocés.
—Oye, ¿estás bien?—inquirió tratando de parecer desinteresado.
Mérida negó con la cabeza.
—Mi loca madre me tiene jodidamente harta—escupió, clavando un nuevo dardo con mayor fuerza que dio en el centro.
—Así son los padres, no hagas un drama por esto—Hans sonrió de lado con petulancia—, además algo de razón tiene. No te haría mal usar un vestido de vez en cuando y esas cosas—rió, socarronamente.
—¡Oh, cierra la boca idiota!—Mérida lo miró resentida—¡Eso te gustaría, ¿no?! ¡Que me convirtiera en una muñequita de aparador como esa estirada de tu hermanastra! ¡Usando falditas y esas cosas!
—¿Qué?—el muchacho frunció levemente el entrecejo, sin entender.
—¡Nada! ¡Olvídalo!—la chica se cruzó de brazos y se sentó con un taburete cercano.
—Oye, en serio no irás a molestarte por esa mierda ¿no? No seas patética, engendro.
—Vuelve a llamarme así y te quiebro esta botella en la cabeza—Mérida alzó una botella vacía de cerveza que reposaba junto a otras en un estante, a manera decorativa. Aquello fue suficiente para que Hans desistiera de burlarse, sabiendo perfectamente que era capaz de hacerlo—. Tú no entiendes como es mi madre, todo el tiempo está presionándome. Nada de lo que hago es suficiente para ella. Si tan solo me dejara en paz un momento…
Bufó y bajo la cabeza, haciendo que los rizos de su tupida cabellera le taparan el rostro. Hans tomó asiento frente a ella.
—Vamos melenuda, deja de lloriquear. No eres la única que tiene problemas; al menos nunca has tenido que lidiar con mis hermanos—de pronto sentía la necesidad de decir alguna cosa que la hiciera sentir mejor, le daba algo de lástima.
Él también sabía lo que era sentirse presionado por la familia, aunque su caso no parecía tan malo como el suyo. A pesar de sus comentarios, se veía que por lo menos a su madre le importaba.
En cambio, Hans no daba ni medio centavo por sus hermanos. Si acaso, Lars era el único que le había mostrado algo de amabilidad, aunque también gustara de hacerle bromas.
—¿Tan malos son?—la colorada levantó la cabeza para mirarlo con curiosidad.
—No te imaginas, en serio, tienes mucha suerte de ser la mayor aquí. Pareces controlar bastante bien a esos tres mocosos—él sonrió con petulancia—, yo siempre tuve que arreglármelas como podía por ser el menor. Y eso no es fácil teniendo doce hermanos mayores.
—¡¿Doce hermanos?! Estás de broma, ¿no?
—Eso quisiera greñuda, eso quisiera.
Mérida frunció la boca y se enderezó un poco.
—Que mierda hombre, entonces estás tan jodido como yo—arrugó la frente—. Aunque aun así, sigo molesta con mamá.
—No haría bien su trabajo sino fuera así. Eso es lo que hacen los padres, meten el pie bien profundo en la mierda y luego se encargan de embarrarte lo más posible.
Una pequeña sonrisa sarcástica afloró en los labios de la muchacha.
—Eso es lo más inteligente que has dicho hasta ahora, principito—se levantó de su sitio y le dio un golpe en el hombro, haciéndolo quejarse—. ¡Te apuesto a que no puedes dar en el centro de la diana con ninguno de esos dardos!
—Vas a tragarte tus palabras, melenuda.
Cuando uno se acostumbraba un poco a Mérida, no era tan desagradable estar con ella después de todo.
Hans regresó a casa temprano, después de entretenerse un rato jugando a los dardos con la chica pecosa y conversar un poco más con su progenitora, a quien cada vez parecía caerle mejor. Eso le preocupaba un poco, puesto que la mujer parecía muy ilusionada con esa relación ficticia. No quería tener que lidiar más adelante con una madre enojada (o peor aún, con el padre, que se notaba más violento) cuando "rompieran".
Pero supuso que ya tendría tiempo de preocuparse por eso más adelante. Si bien Mérida no pareció muy satisfecha de verlo marcharse, no quería demorarse más en hacerlo. Justo ese día le convenía estar en su hogar más que nunca.
Caminó desde el recibidor al interior de la residencia y lo primero que llamó su atención, fue notar la puerta del estudio de su padre completamente cerrada y un par de voces que provenían del interior, al parecer sosteniendo una tensa conversación. Distinguió las dubitativas explicaciones de Eugene y alzó ambas cejas.
El hippie había cumplido su palabra después de todo, le estaba contando. Se acercó un poco más para pegar su oído a la madera, ese asunto no se lo perdía por nada del mundo…
—¿Ahora espías detrás de las puertas?—la voz seria que resonó a sus espaldas lo hizo voltearse.
Elsa se encontraba allí, sosteniendo a su gato en brazos y los dos lo miraban con una expresión de hielo.
—¿Y a ti quién te habló? Llévate a esa bola de pelos a otro lado y no molestes.
—Tú eres quien no debe de molestar, ya bastante trabajo le ha costado a Eugene decidirse a hablar como para que vengas a entrometerte de nuevo.
—Uy sí, tanto trabajo que hasta tuve que chantajearlo—Hans sonrió de lado con malignidad—. Ya no importa, apuesto a que después de esto papá lo enviara de vuelta a Alemania y no tendremos que volver a verle la cara por aquí, ¡al fin habrá paz y tranquilidad en esta casa!
—De verdad que eres un idiota—Elsa entrecerró los ojos y luego miró de reojo hacia la puerta del estudio—. ¿En serio crees que lo eche? ¿No dejaría que se quede ni lo que resta de vacaciones?
—Ni de chiste, papá puede ser flexible la mayor parte del tiempo pero cuando se trata de mierdas como estas, se convierte en un dictador—contestó él—, bien lo sabré yo—murmuró por lo bajo, haciendo que la rubia lo mirara levantando una ceja.
De repente, una exclamación en voz más alta de lo normal se escuchó desde adentro, llamándoles la atención. Al parecer provenía de Adgar; su sobrino debía haber soltado ya la bomba. Las voces ahora eran atropelladas y más audibles.
Los hermanastros se miraron entre ellos con duda y sorpresa. Luego, sin mediar una palabra, se pegaron a la puerta aguzando el oído, ella agachándose un poco y él posicionando su cabeza justo encima de la suya. Hasta Marshmallow parecía estar atento a lo que pasaba.
—¡Allí están ustedes dos!—la exclamación que se hizo escuchar impidió que empezaran a oír la discusión.
Idun se había parado enfrente de ellos con las manos en las caderas y una sonrisa que no anunciaba nada bueno.
—Qué bueno que me los encuentro juntos, porque da la casualidad de que justo hoy revisaba el ático ¿y a qué no adivinan?
Elsa tragó saliva, conociendo a su madre lo suficientemente bien como para saber que detrás de aquello, sus intenciones no podían ser inocentes.
—¿Q-Qué pasa?—cuestionó Hans a su lado, con una sonrisita nerviosa e intuyendo también el peligro.
—¡Pues que es el momento ideal para hacer una limpieza de primavera! ¡Hay muchas cosas que sacar y ordenar en ese lugar!—anunció Idun alegremente—¡Y qué mejor que lo hagan entre los dos para aminorar el trabajo! Así aprovechan el día, ¿eh?
—¡Mamá, nadie sube nunca al ático! ¡No tiene caso limpiarlo!—se quejó Elsa—¡Además todavía ni es primavera!
Ya sabía que esa era solo una excusa para mantenerlos alejados del estudio de su padrastro, a fin de que no oyeran nada de lo que hablaba con Eugene. Esa mujer se las sabía todas.
—Pues de todas maneras es un buen momento para ordenarlo—insistió ella, sin dejar de sonreír de esa manera que parecía decirles "harán lo que yo quiera les guste o no, no intenten escapar"—, así que ¿por qué no se mueven de ahí y suben para limpiar mientras preparo la cena?
No tenían alternativa y lo sabían. Derrotados, la siguieron hasta el ático no sin antes tomar un par de plumeros que la castaña les entregó en el piso de arriba. Elsa se ató un pañuelo alrededor de sus cabellos rubios y se puso un delantal a regañadientes, al igual que Hans. Los dos debían tener un aspecto ridículo en aquel momento.
Para acceder al ático había que hacerlo a través de la última puerta del segundo piso, la cual se ubicaba en el interior de un espacioso armario común y conducía a unas escaleras que chirriaban un poco.
Era un lugar bastante grande y un poco oscuro, pues solo ingresaba luz a través de una ventana circular que daba hasta el jardín delantero. Estaba repleto de cajas.
—¡Mamá, nunca vamos a terminar de limpiar aquí!—Elsa hizo un puchero al ver todo aquello.
—No te quejes mi cielo, verás que si lo hacen entre los dos acaban muy rápido. Mira, hasta tu gatito te quiere ayudar—apuntó Idun con humor, señalando al minino que los había seguido hasta allí—. Anda, comiencen a limpiar un poco y en un rato les subo algo de beber. Pueden comenzar revisando esas cajas de allá para ver qué cosas hay que tirar a la basura.
Así se marchó, dejándolos allí con los rostros desalentados y ni una pizca de ganas para hacer aquella tarea. ¿Quién se ponía a limpiar en vacaciones?
Elsa suspiró pesadamente y pulsó el interruptor de luz de la pared. La precaria bombilla del centro de la habitación parpadeó un par de veces, antes de fundirse por completo.
—Genial—masculló ella con amargura.
Una tarde entera, en un lugar en el que apenas entraba luz, lleno de polvo y suciedad y con la flamante compañía de Hans. ¿De dónde sacaría su madre ideas tan brillantes?
—Oye mocosa—la voz de este último le interrumpió el pensamiento—, ven a ver lo que hay en estas cajas. Todo esto son cosas tuyas y de tu mamá, así que no tengo idea de si es basura o no.
La albina soltó un bufido y se aproximó hasta él, que se había inclinado sobre las mencionadas cajas; preguntándose si alguna vez se le ocurriría pedir algo por favor. Lo dudaba seriamente.
De modo que se sentó sobre sus rodillas y comenzó a esculcar, en tanto el colorado se sentaba en posición india a su lado. Habían dejado los plumeros en el suelo.
—Vaya que a tu mamá le gusta guardar mierda, ¿eh?
—Cállate, idiota. Todas estas cosas son importantes.
—Sí, como no. ¿Qué me dices de esto? No es como si lo fueras a volver a usar—Hans extrajo un par de diminutos patines para el hielo de una caja—, ¿o qué? ¿Se los vas a poner a tu gato?
—¡Oye! Estos fueron mis primeros patines—Elsa se los arrebató entre molesta y agradablemente sorprendida por el descubrimiento—, todavía me acuerdo de cuando mamá me llevo a comprarlos.
Sonrió al verlos. Estaban bastante desgastados y algo grises por efecto del tiempo, pero lucían bastante bien para tener años de no usarse.
—Joder, sí que son pequeños.
—Claro, los usaba cuanto tenía cinco años. Fueron los que me puse en mi primer recital.
Sin poder evitarlo, el joven levantó un borde de sus labios imitando su sonrisa y tratando de imaginarse a una pequeña blonda deslizándose en la pista de patinaje. Tenía que haber sido algo adorable, sin dudas.
Miró a Elsa de reojo, quien todavía examinaba con curiosidad cada detalle de los patines. Aún con aquel pañuelo en la cabeza, los jeans desteñidos y la sudadera holgada para estar en casa se veía más guapa que nunca. Pero ella bien podría ponerse cualquier trapo viejo encima y seguiría luciendo preciosa.
—No tenía idea de que mamá guardara tantas cosas—murmuró la adolescente sin darse cuenta de su escrutinio y dejando los patines en el suelo para seguir rebuscando en la caja, a la que Marshmallow se había acercado también husmeando con su cabecita y agitando sus bigotes, y de la cual fue sacando varias cosas más: un par de libros viejos, un joyero vacío y cubierto de polvo, álbumes de fotos, una tetera de porcelana china… —, esto es bonito, quizá pueda usarlo para tomar el té. Y los libros habrá que bajarlos a la biblioteca… mmm, lo demás sí parece basura—comentó hablando para ella misma—. Bueno, mejor vamos a sacudir antes de seguir revisando esto o sino no terminaremos nunca—dijo autoritariamente, poniéndose de pie—, tú hazlo de ese lado y yo lo haré de aquel.
Hans salió de su ensimismamiento y se incorporó adoptando una postura arrogante.
—Como diga, Su Majestad.
—Idiota—la muchacha rodó los ojos antes de ponerse a usar su plumero, seguida de cerca por su gato.
Sacudieron en silencio, distraídos únicamente por los ruidos que hacía Marshmallow al explorar el ático completo. Aquel era un lugar interesante y lleno de sorpresas para el felino. Una serie de estornudos hizo el pelirrojo mirara a su hermanastra, quien se encontraba en el otro extremo de la habitación con una nube de polvo flotando a su alrededor y su cabeza agitándose cada vez que estornudaba, al tiempo que intentaba dispersar las partículas con el plumero.
—¡Eh, sabandija! Hazlo más despacio o no dejarás de estornudar.
—No… puedo… —otro estornudo—… a-alergia… —un estornudo más.
Hans se acercó hasta ella y la tomó del brazo para acercarla a la ventana, la cual se dispuso a abrir para dejar que todo el polvo saliera.
—¿Por qué tu madre te pone a hacer estas cosas si te vas a poner así? No entiendo.
—Ha-hace muchos años que no me daban alergias… —estornudo de nuevo—… p-pero aquí hay mucho polvo.
—Ya, bueno, yo sacudo y tú termina de revisar las cajas. Pero quédate cerca de la ventana—el colorado le quitó el plumero y se dispuso a terminar con la limpieza.
Elsa solo pudo mirarlo un tanto extrañada por su repentina consideración, para luego acatar lo que le decía. Su tarea no iba a ser nada sencilla; tenía que aceptar que su madre sí se había empeñado en guardar un montón de basura.
—Pero que tenemos aquí—el súbito murmullo del pelirrojo le hizo volverse a verlo otra vez, quedándose paralizada.
Hans observaba con satisfacción un enorme baúl de color blanco que había sido colocado en un rincón, una malvada sonrisa adornaba ahora sus facciones. La chica sintió como un tic nervioso le afloraba en el ojo derecho.
¡Ese maldito baúl! Esperaba no volver a verlo nunca y le había dicho a su madre que se deshiciera de él, argumentando que necesitaba más espacio en su habitación. Pero Idun seguramente solo se había limitado a pedirle a su esposo que lo subiera al ático. Y ahora ese mierda que tenía por hijo lo sabía.
—Jo jo jo, nos volvemos a ver viejo amigo. Sé de alguien que te extraña—dijo él de manera rara y espeluznante, palmeando la tapa del arca.
—Hans, deja de hacer eso, suenas como un enfermo mental.
—Oh vamos, Copo de Nieve, no me negarás que nos hemos divertido mucho con esta cosa.
—¡No, imbécil! ¡Si vuelves a meterme ahí te juro que voy a patearte en donde más te duele!—lo amenazó Elsa al borde de los nervios. De veras había llegado a odiar ese objeto—¡Déjalo donde está!
Él, lejos de intimidarse, soltó una carcajada. Como le encantaba cuando la muchachita se ponía tan histérica.
—Vamos, vamos Elsa, no es para tanto. Debe ser muy cómodo allí adentro, ¿qué no?
—¡¿Por qué no lo averiguas y te metes tú, idiota?!
—Que groserita estás hoy, ¿qué diría tu madre si te escuchara hablar así? Esto se merece un pequeño castigo.
—¡No, Hans! ¡No estoy para juegos! ¡No te me acerques!
—Eh, no seas miedosa sabandija, será divertido—la platinada soltó la caja que estaba esculcando e hizo ademán de correr cuando su hermanastro se le acerco riendo, ¡al demonio con la limpieza anticipada de primavera!
Sintió unos brazos aferrarla en torno a sus hombros y su cintura y por instinto llevo su codo hacia atrás, sintiendo como se hundía en algo duro.
—¡Ough!—escuchó al cobrizo quejarse detrás de ella, antes de forcejear desesperada y que los dos cayeran al suelo.
El fornido cuerpo del joven amortiguó su caída pero un segundo después, él se había dado la vuelta para estar encima de ella y mirarla con el ceño fruncido.
—¡¿Qué demonios, Elsa?! ¡Eso me dolió!
—¡Te dije que no te acercaras! ¡Bestia!
—¿Qué mierda? ¡Ni siquiera te iba a hacer nada, llorica! ¡Solo estaba jugando!
—¡Pues yo no juego así contigo!—forcejeó un poco más, en un intento de hacer que la soltara inútilmente.
—¡Eres una quejosa! ¡Madura de una vez!
—¡Ya! ¡Suéltame!
—¡No!—a Hans no le costó nada encerrar el par de pequeños puños que se alzaron con intención de pegarle, en cada una de sus manos. Miro atentamente a la chiquilla que tenía debajo de sí.
El pañuelo de la cabeza se le había torcido, dejando que unos cuantos mechones rubios le cayeran en la frente y en torno a las mejillas. Un incipiente rubor arrebolaba sus pómulos, haciendo más notorias las pecas que se encontraban allí y en el puente de su nariz, dándole un aspecto aniñado. Sin mencionar lo enojada que se veía. Adoraba cuando estaba molesta, siempre trataba de parecer fría y amenazadora pero tenía un aire tan tierno.
Sin darse cuenta, sus ojos se desviaron desde los orbes cerúleos y encendidos de la blonda hasta sus labios, torcidos en una mueca infantil de desagrado. Elsa tenía una boca preciosa, de belfos finos y rosados, ligeramente carnosos; el labio inferior era un poco más pronunciado que el superior, algo que no se notaba a simple vista, pero ahora que estaba lo suficientemente cerca…
—Hans…
El suave murmullo que brotó de entre ellos le obligó a levantar la vista de nuevo hacia aquellas pupilas azules, que en ese momento lucían consternadas. El rubor se había incrementado en el rostro delicado de su hermanastra.
—Yo… —abrumado, se dio cuenta de que se había quedado sin palabras. Estaban tan cerca el uno del otro. El suave aroma a vainilla de Elsa lo tenía como atontado.
Ella había dejado de forcejar y solo lo mirada con sus grandes ojos de zafiro, expectante. Mientras su mente trataba inútilmente de encontrar una excusa para su comportamiento, los blancos dientes de la rubia atraparon su labio inferior haciendo que volviera la atención a su boca y supo que estaba perdido.
Ver como ese labio era mordido tan delicadamente por la chica, era demasiado para soportar.
Hans se inclinó de forma inconsciente, esperando rozar su boca con la de ella. Algo saltando sobre su espalda y clavándole las uñas antes de aterrizar en el suelo, lo hizo gritar y desistir de sus intenciones.
—¡Jodido gato!—bramó, incorporándose sobre sus rodillas y llevándose una mano a su espalda.
Marshmallow le contestó con un amenazante maullido.
Elsa no perdió el tiempo. Al verse libre del agarre del pelirrojo, se deslizo de entre sus rodillas y corrió hacia la puerta, bajando a toda prisa las escaleras.
—¡Eh, Elsa! ¡Espera!—no se detuvo al escucharlo llamándola. El corazón le latía demasiado fuerte y no era por aquella carrera para escapar del ático. La cercanía de Hans había sido más de lo que podía aguantar.
¿Por qué corría? ¿Por qué sentía la necesidad de escapar? Se detuvo en el pasillo a ordenar sus pensamientos.
¿Qué demonios acababa de ocurrir allá arriba? Él había estado a punto de besarla… ¿o se lo había imaginado? No, como tampoco había imaginado esa mirada cargada de necesidad en sus ojos verdes, que la hacía temblar y no precisamente porque le desagradara. Eso le preocupó.
¿Por qué no había insistido en soltarse antes? ¿Por qué no lo había empujado al darse cuenta de sus intenciones? Ella no quería enredarse con él, jamás haría algo así, no señor.
Seguramente ese era otro de los jueguecitos del idiota, que nunca iba a madurar. Era la única la explicación plausible. Y Elsa era una tonta por no haber reaccionado como debía, a tal grado que fuera su gato quien la sacara del aprieto.
¿Se podía ser más patética?
—¡Eh, oye Elsa! ¡Espera!—su hermanastro apareció bajando a toda prisa la escalerilla del altillo. Parecía muy alarmado—¡Lo que pasó allá arriba… oye no me vayas a malinterpretar… yo no… no…!
—¡Oye, si le cuentas a alguien…!
—¡Claro que no! ¡¿Cómo se te ocurre?!
—¡Bien! ¡Porque no quiero que te vuelvas a acercar a mí!
—¡Eh, deja de gritarme, jodida sanguijuela!
—¡Eres un maldito estúpido! ¡Te odio!
—¡Tú eres la estúpida!
—¡No, tú!
—¡Tú!—comenzaban a darse de empujones cuando cierto castaño apareció proveniente de la planta baja, con un semblante desanimado.
Inmediatamente se olvidaron de su pelea y lo observaron expectantes.
—Eugene, ¿cómo te fue con tu tío? ¿Qué te dijo?—la platinada fue la primera en cuestionarlo.
—Meh—el mencionado se tocó la nuca con una mano, incómodo—… digamos que no lo tomó tan bien como esperaba. Mierda, hace años que nadie me gritaba. Me siento como de cinco años.
—Así es papá, seguro que te dijo de todo—apuntó el colorado con cierta y malévola satisfacción. Se sentía bien que alguien pusiera en su lugar a ese hippie de vez en cuando.
—¿Va a ayudarte con tus problemas… legales?—inquirió Elsa.
—Seh, va a pagar para que el director quite la demanda y eso, supongo que debo agradecerle después de todo—el moreno suspiró pesadamente.
—Muy bien, ¿y cuánto te vas?—quiso saber Hans—Porque después de esto, es obvio que te dijo que regresaras, ¿no?
Al fin se iba a librar de ese idiota y su afición por grabarlo.
—No exactamente—dijo Eugene—, después de saber los detalles, me echó un sermón completo acerca de la madurez y me dijo que después de todo, parecía que no estaba listo para vivir solo responsablemente, que mierda. Así que creyó que lo más conveniente sería mantenerme vigilado y bueno—volvió a suspirar—, va a arreglar mis papeles para que me quede aquí por un tiempo… indefinido.
—No… —Hans se puso pálido y sus ojos se abrieron ligeramente por el terror.
¿Tiempo indefinido? ¿Con ese vago? ¿Qué clase de broma de mal gusto del Universo era aquella?
El trigueño asintió con la cabeza algo abatido, pero luego esbozó una sonrisa leve.
—¿Saben qué es lo bueno de esto? Que así voy a tener más tiempo para conocer mejor e invitar a salir a su amiguita Punzie. Se hace la despistada, pero yo sé que quiere conmigo. Y digo, ¿por qué no sería así? Después de todo soy un bombón, je je je je.
—No… no… —murmuró el colorado con desesperación.
—En fin, parece que somos una familia de nuevo. Y de todas maneras, ya estaba muy aburrido en Alemania—Eugene retomó su habitual actitud optimista—, tenían razón con eso de la honestidad. No esperen que se los repita de nuevo. Ahora, ¿quién quiere celebrar con otra maratón de películas de miedo?
—¡No! ¡Nooo!—chilló Hans—¡No es justo! ¡Noooo!
Mientras berreaba como un niño al que le han quitado su juguete, los otros dos lo vieron desvanecerse hasta el suelo y comenzar a dar golpes con su puño cerrado, en un claro berrinche. Había estado tan cerca de recuperar su vida apacible en casa…
—¡Cállate, idiota!—Elsa se puso a darle de empujones con el pie, dejando que su zapatilla deportiva se clavara una y otra vez contra el duro costado del muchacho.
Eugene abrió su videocámara para grabar de cerca.
—Dale en las costillas… je je je je, sí.
Definitivamente las cosas en esa casa nunca serían normales, pero así era su familia y de alguna manera estaban empezando a acostumbrarse.
Reiniciar las clases jamás era algo sencillo, incluso para alguien como Elsa, que siempre daba lo mejor de si en los estudios. La secundaria podía ser agotadora y muy complicada. Llevaba ya una semana de haber vuelto al colegio después de las vacaciones de Pascua y ciertamente se encontraba un poco agotada. Fue por ello que ese viernes, después de salir del colegio, se encaminó decididamente a The Lucky Cat para tomar un sabroso batido de chocolate.
Esta vez iba sola. Anna se había quedado a ensayar con el equipo de baloncesto; la actividad opcional a la que había ingresado poco después de las vacaciones de invierno, mientras que Olaf hacía lo mismo en el taller de ajedrez.
Ella por su parte, había entrado al coro estudiantil que tenía sus ensayos los martes y los jueves, de manera que tenía libre ese día.
Mientras se dirigía hacia el café estilo oriental pensó en Tadashi, incómoda. No habían hablado mucho desde la cita que habían tenido juntos, la cual no había resultado precisamente muy romántica, pese a lo bien que se la habían pasado. Todavía tenía presentes las palabras de su hermanito, que le habían dolido pero también le habían hecho pensar en muchas cosas.
Había sido por eso que se había alejado momentáneamente, limitando el contacto a las llamadas y mensajes que compartía con el pelinegro. Pero a pesar de todo, le seguía gustando y pensó que ese era buen instante para verse de nuevo.
En algún momento tendrían que definir su situación, ¿gustaría él de ella también? La duda la atormentaba.
Justo cuando llegaba a la esquina donde se encontraba el establecimiento, sintió un golpe en el hombro que hizo resbalar su bolso del colegio, además de desparramar por el suelo los libros que llevaba entre los brazos.
—¡Oh Dios! ¡Cuánto lo siento!—exclamó una voz femenina a su lado—¡Déjame ayudarte!
Antes de que pudiera siquiera quejarse, la albina vio como una muchacha que acababa de pasar corriendo a su lado se volvía para disculparse. Era muy alta y tenía el pelo largo y de un rubio más oscuro que el de ella. Sus ojos verdes eran opacados por unas gafas de gran tamaño, además de portar un colorido vestuario y un bolsito muy extravagante.
—¡Discúlpame, por favor! No quería tirar tus cosas—dijo la desconocida, arrodillándose al igual que ella para recoger el bolso y los libros—, sucede que tengo prisa.
—No te preocupes—Elsa le echó un vistazo con curiosidad, mientras volvía a deslizar su morral sobre su hombro y la otra le entregaba sus textos—, gracias.
—No hay de que, debo tener más cuidado a la próxima—la chica rió con nerviosismo y se froto la nuca, en tanto ambas se incorporaban de nuevo—. Es que, quede de estar en este café para recibir tutorías a las dos en punto y bueno… ya son casi las tres, je je je.
—Oh—Elsa se sorprendió—, ¿tutorías?
—Sip. Estudio en el Instituto Tecnológico y mi profesor me envió para recibir asesoramiento con uno de sus estudiantes en física. He descuidado un poco esa materia—admitió la chica con algo de vergüenza.
—Ah… te refieres a Tadashi Hamada, supongo.
—¡Sí, es él! ¿Cómo lo sabes?
—Lo conozco, es mi… amigo—dijo la platinada dubitativamente—, y bueno, además es el único en este lugar que podría hacer tal cosa.
—¿De veras? Oye, ¿y cómo es él? Digo, ¿se desespera mucho al enseñar? Porque no me gustaría ser una molestia…
—¿Él? No, no, es muy amable. Seguro que te ayuda bastante.
—¡Qué bueno! Porque no me gustaría parecer un estúpida delante suyo, el profesor Callaghan siempre habla maravillas de él, dice que es uno de sus estudiantes más inteligentes. Y bueno, la verdad es que en la escuela también tiene cierta fama, ¡todos saben que su coeficiente intelectual es monstruoso!
Elsa alzó una comisura de sus labios, no dudando de sus palabras. Si algo caracterizaba al azabache era su notable intelecto.
—Pero no vayas a pensar que yo soy una tonta o algo así, no, yo también tengo lo mío—prosiguió la rubia ceniza con orgullo; se notaba que era muy extrovertida—. Solo que la física no me emociona mucho, lo mío son más bien las ciencias químicas. De hecho, ¡estoy trabajando en un nuevo proyecto sobre la fragilización química del metal! ¡Es muy emocionante! Tanto que hoy me quedé de más en el laboratorio sin darme cuenta, je je.
—Suena interesante—dijo Elsa sin saber bien que comentar.
No entendía nada de lo que estaba hablando y tampoco estaba acostumbrada a sostener charlas así con extraños.
—Me llamo Aiko—se presentó la chica con una sonrisa, extendiéndole una mano delgada—, pero me gusta que me digan Honey, Honey Lemon. Así hacen todos en el instituto. De hecho esa es una historia curiosa, ja ja ja.
—Soy Elsa—respondió ella, estrechando su palma con suavidad.
—Encantada de conocerte, Elsa—Honey ensanchó su sonrisa—. ¡Pero bueno, yo estoy aquí hablando y sigo retrasadísima! ¡Disculpa!
—No… no hay problema—se soltaron la mano.
—Me dio gusto hablar contigo Elsa, espero verte después—se despidió la muchacha, ingresando al café y agitando la mano, mientras la otra se quedaba pensando.
Eso había sido extraño, se dijo a si misma, aunque tampoco podía decir que la joven fuera mala. Parecía una persona gentil. Sin embargo…
A través de las puertas acristaladas de café, vio como ella llegaba hasta la barra apresuradamente, pronunciando lo que parecían disculpas atropelladas ante la mirada oscura de un confundido azabache, quien enseguida negó con las manos para tratar de tranquilizarla.
Honey le sonrió y según lo que pudo apreciar, se presentó con entusiasmo, siendo correspondida por él.
A la albina se le formó un hueco desagradable en el pecho.
Un segundo después retomó el camino a casa. Parecía que ese día, Tadashi iba a estar ocupado.
*Al parecer en la ciudad de Berlín son muy tolerantes con el tema de la marihuana y según mis pesquisas en Google, las personas pueden portar no más de 15 gramos de hierba. Otra razón después del Oktoberfest para visitar ese mágico lugar, ¡gracias Alemania! (Ja ja ja ja, no, no se crean xD).
Nota de autor:
¡Buenas noches, gente! Tarde pero aquí estoy con la actualización del domingo, por si andaban con el pendiente. :P
Pero que cosas las que pasan, ¿no? Primero, Hiro se comporta como un pequeño bastardo con Elsa (¿a quién engaño? ¡Amamos a ese pequeño conspirador! Una piedra en el zapato para el Tadelsa :P) y después Mérida revela sus traumas de familia. Oigan que si es una matona es por culpa de la presión de su madre, en el fondo ella también siente. xD Y para quienes estén asustadas por esa escena en particular, les repito: esto es Helsa. No hay nada que temer. Hans está empezando a verla como una simple amiga (o debería decir, amigo LOL).
Sin embargo, lo verdaderamente importante aquí es la situación de Eugene, ese adorable vándalo. :3 ¿Quién lo viera tan desmadrosito, verdad? Pueden apostar a que hizo de las suyas en casa y ahora como castigo, tendrá que quedarse por lo que resta de todo el fic, que lástima, ¿verdad? xD
A pesar de todo esto, yo sé que todas ustedes calabacitas, estarán eufóricas por ese acercamiento Helsa, ¡nuestros chiquillos casi se besan! Pero soy tan mala que no los deje. D: No, no me vean así, con ganas de matarme. 7n7 Ustedes ya saben como es esto, pero confíen en mí, les prometo que no falta mucho para un beso entre ambos. Hans obviamente ya cayó por copo de nieve, por más que no lo quiera aceptar y Elsa... pues Elsa está muy confundida como habrán podido apreciar también. Antes de hacer nada tiene que olvidarse de cierto pelinegro.
Y hablando de él, Honey Lemon ha hecho su aparición en el instante preciso. Ustedes saben que eso no fue casualidad, sí lo saben. ;)
Bueno, es hora de reviews, preciosos reviews.
nina: Claro que Hans y Elsa pueden llevarse bien, solo se hacen los duros, jajaja. xD
Ari: Tú lo has dicho mi Ari, sin celos no hay Helsa, adoramos verlos celándose el uno al otro. Después de este capítulo, queda claro que Hans ya cayó en los encantos de la rubia, ¿cuánto más tardará ella en hacer lo mismo? Y como siempre, la especialidad de Flynn es meterse en problemas, ¡que diablillo!
No se pierdan el próximo capítulo de este cómico fic, porque va a estar lleno de sorpresas que les van a encantar. ¡Manténganse geniales! ¡Nos leemos pronto! :D
