Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
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15
Un regalo especial
—Ahhh, ¡no hay nada como los viernes para sentirse completa! Y más después de ese horrible examen sorpresa con el vejestorio de Weselton, ¿qué se cree ese? ¡En serio debería jubilarse ya!—una alegre castaña hablaba animosamente mientras andaba por la acera—¡Hoy deberíamos ir al Patito Modosito a embriagarnos!
—Punzie, en primer lugar, hoy es jueves—el rubio alto y vestido con uniforme deportivo que iba a su lado la corrigió con seriedad—, en segundo, tú nunca te has embriagado, ni siquiera esos amigotes tuyos te dejarán hacerlo hasta que tengas una identificación de persona mayor. Hablo de una verdadera identificación, no esa que falsificaste tan pobremente la primera vez que quisiste meterte en ese lugar de mala muerte. Y en tercer lugar… sí, Weselton es un vejestorio que debería jubilarse. En eso estamos de acuerdo.
—Je je je je, ¡debe tener la misma edad que la tía Gothel! ¡Par de decrépitos!—exclamó la muchacha contenta—Aun así, quiero festejar que no me fue tan mal en su examen como esperaba.
—Punz, no contestaste la mitad del examen.
—Por eso lo digo, no he puesto atención a su clase en todo el año y temía dejar todas las preguntas sin responder. Pero la mitad es mejor que nada, ¿no?
Kristoff sonrió levemente y negó con la cabeza. Su amiga siempre tan optimista, por eso uno nunca se aburría a su lado.
—Muy bien, festejemos pues. Vamos por malteadas a The Lucky Cat—el blondo se volvió a la jovencita platinada que caminaba a su lado en completo silencio—, ¿tú quieres una, Elsa?
La aludida pareció sobresaltarse un poco al oír su nombre y se volvió para verlo. Tras salir de sus ensayos musicales con el coro estudiantil, la chica se había encontrado con los muchachos que la acompañaban y que también salían recién de su taller de pintura y su práctica de atletismo. Los dos se habían ofrecido a acompañarla en el camino a casa, en vista de que sus horarios no coincidían con los de sus amigos más cercanos.
En todo el camino desde el colegio no había parado de pensar y el escuchar vagamente nombrar el sitio que de repente ya no le parecía tan agradable como antes, solo había logrado que se sintiera más extraña de lo que venía sintiéndose hacía tiempo.
Habían pasado casi dos meses desde que regresara a clases y sus visitas al café de los Hamada se habían vuelto menos frecuentes. No solo por lo ocupada que estaba debido a sus tareas, sino por la escena que se había vuelto muy habitual allí y que ella no estaba segura de querer soportar.
Tadashi se estaba tomando muy en serio sus nuevas responsabilidades como tutor. Demasiado en serio.
Ahora, cada vez que ingresaba en el local y se lo encontraba no estaba solo, sino acompañado de cierta rubia ceniza que despertaba en ella una serie de sentimientos no tan positivos. Sí, la tal Honey era muy amable y siempre la saludaba con gentileza al verla, pero ¿por qué tenía que estar tan cerca del azabache? ¿Por qué siempre tenían que reír estúpidamente y hacerla sentir como una retrasada cuando captaba frases de sus conversaciones, y no entendía nada de lo que estaban hablando?
Ciertamente, su relación con el mayor de los Hamada se había enfriado y eso se debía a esa chica.
Elsa nunca había sido especialmente celosa; pero como le molestaba esa situación.
Y sin embargo… ¿qué iba a decir? ¿Con qué cara le iba a reclamar al asiático? Ellos no eran nada después de todo. No tenía ningún derecho sobre él.
La insistente mirada ambarina de Kristoff la obligó a responder a su pregunta.
—Sí… sí claro, vamos por malteadas—comentó desganada.
—¡Yo quiero pastel de avellanas!—Rapunzel redujo los pocos metros que los separaban del café, que ya se vislumbraba en la esquina, echando a correr como una niña hacia el establecimiento.
—¿Te sientes bien, Elsa? Hace días que te noto algo decaída—le dijo el joven—. No me digas que tu hermanastro te volvió a hacer algo.
—No, no es eso—respondió ella.
A esas alturas, lo suyo con Hans se había vuelto una costumbre adquirida. Peleaban todo el tiempo por supuesto, pero para bien o para mal, ya se había acostumbrado al pelirrojo y estaba segura de que él a ella también.
—¿Entonces? ¿Pasa algo? ¿Te puedo ayudar?—la platinada sonrió melancólicamente ante la amabilidad del chico.
No eran precisamente los mejores amigos, pero ahora que lo pensaba, estaba segura de que siempre podría confiar en Kristoff, que siempre se esforzaba por entenderlo a uno. Anna tenía mucha suerte de haberse fijado en él.
—No es nada importante, de veras—le dijo, tratando de parecer más animada—. Vamos por esas malteadas.
Entraron al local y casi al instante, la albina se arrepintió de haberlo hecho. En una mesa junto a la ventana, un muchacho de gorra le explicaba algo a una chica de lentes y largo cabello cenizo, quien lo escuchaba muy concentrada. Los dos estaban muy juntos y al ver semejante cuadro, Elsa sintió algo muy desagradable en la boca del estómago.
Cuando Tadashi escuchó el sonido de la puerta abriéndose, se volvió a verlos para saludar con un asentimiento de su cabeza. Su mirada se cruzó con la suya por breves segundos, antes de que esbozara una sonrisa incómoda y volviera a lo suyo.
La rubia arrugó la frente con cierta indignación y se obligó a alcanzar a sus acompañantes en la barra, donde cierto individuo con acento americano les atendía.
—Un día pesado, ¿amigos?—inquirió Naveen.
—Examen sorpresa con el vejestorio—contestó Rapunzel desvergonzadamente—, ¡necesito azúcar!
—Ya eres lo suficientemente dulce, castañita—comentó él, guiñándole un ojo.
Detrás de la aludida, Kristoff revoloteó los ojos.
—Je je je je je, tú y tus bromas—la chica le dio un empujoncito juguetón a Naveen—, anda, ya sabes lo que nos gusta, pillín.
—Déjame ver, una rebanada de pastel de avellanas y una malteada de fresa, otra malteada de chocolate y—Naveen miró al rubio y lo apuntó con el índice—… ¿jugo de zanahoria?
—Seh—respondió el rubio secamente.
—¡Agh! Kristoff, no sé como te puedes tomar eso—le dijo Rapunzel con una mueca de desagrado.
—¿Qué? A mí me gusta y es más sano que toda esa azúcar que tú te vas a tragar.
—Será más sano y lo que quieras, pero yo a mi pastel de avellanas no lo cambio por nada y menos el que hacen aquí, ¡Tiana cocina tan rico!
—Amén a eso chica, y hablando de la señorita camarera, debe estar sacando un poco más de ese pastel que te gusta del horno en este momento—el moreno se acercó hasta la ventana que conectaba la cocina con la barra y se puso a llamarla canturreando—, Tianaaa, Tianaaaa, ¡hey, camarera!
La mencionada apareció en el campo de visión de los recién llegados con un semblante serio.
—¿Qué quieres?—le preguntó a su compañero con fastidio.
—Una rebanada de pastel de avellanas para la simpática dama, dos malteadas de fresa y chocolate y un jugo de zanahoria… ¿crees que puedas con todo, cariño?
—No me llames así, idiota—bufó la muchacha—. ¿Sabes? Yo no sé porque la señora Cass te dejo a cargo de la barra y la registradora, ¡nunca haces nada! Siempre te pones a perder el tiempo con los clientes y ayer rompiste tres platos. ¡Yo he trabajado muy duro desde que estoy aquí y jamás me ha tenido tanta confianza! ¿Qué le pasa?
—Se llama carisma, queridita y eso es algo que a mí me sobra—objetó Naveen, sonriendo engreídamente cuando la morena lo fulminó con la mirada—, no me veas así, Tia. ¿Qué culpa tengo yo de que la dueña se haya dejado llevar por mis encantos? Sabes que es algo que escapa de mi control…
—¡Cuando yo tenga mi propio restaurante, las cosas van a ser muy diferentes!—afirmó la joven con decisión, cortándolo en seco—¡Todos tendrán que esforzarse mucho y trabajar tan duro como yo! ¡Será un lugar sin favoritismos!
—Aww, me encanta cuando hablas de nuestro restaurante. ¿Ya pensaste que puesto me vas a dar a mí?
—Sí, te pondré a trapear el piso—dijo Tiana ácidamente.
—¡Oh, y yo ayudaré con la decoración!—exclamó Rapunzel con emoción, metiéndose en la conversación entusiasmada—Dibujaré un mural lleno de luces y camaleones y cocodrilos y flores…
—¿Nos dan lo que pedimos?—inquirió Kristoff interrumpiendo sus divagaciones.
Aquello bastó para que la chica de rizados y oscuros cabellos se apresurara a volver a la cocina a preparar el pedido y su compañero se ocupara de nuevo a la registradora. Mientras el blondo conducía a su amiga a una de las mesas desocupadas, Elsa se ofreció a esperar el pastel y las bebidas para llevarlo todo a donde se sentaran. No tenía muchas ganas de platicar.
A sus espaldas, escuchó una risa masculina muy conocida y suspiró.
—Oye chica, ¿por qué esa cara larga? Anímate, es un lindo día—le dijo Naveen, al tiempo que se ponía a juguetear con los botones de la registradora.
La platinada volvió a suspirar y se limitó a esperar su orden. De repente, una alegre voz a su lado la hizo tensarse.
—¿Podrías llevarnos unos muffins a la mesa? Pero sin pasas por favor, a Dashi no le gustan.
Elsa frunció el ceño y se volvió a ver ligeramente a la otra rubia que se había acercado a la barra, toda ella sonrisas y amabilidad. ¿Qué mierda había sido eso de "Dashi"? ¿Ahora lo llamaba por diminutivos? La muy confianzuda.
—Oh, ¡hola Elsa! ¿Cómo estás?—Honey le sonrió al verla, igual que había hecho cada vez que se habían topado allí últimamente—¿Todo bien?
—Hola—saludó la adolescente fríamente.
—¿Viniste con tus amigos? A mí esto de las tutorías me está gustando y eso que pensaba que me a aburrir montones, pero tenías razón, Dashi es muy bueno explicando y muy paciente. La verdad es que me la paso muy bien aquí.
—Hum—musitó ella con recelo—, espero que sigas pensando lo mismo después de conocer a su hermanito.
—¿A Hiro! ¡Ay, es un amor! Y tan inteligente como su hermano. Al principio como que no quería que estuviera por aquí pero luego nos pusimos a hablar de ciencias y bueno—la ojiverde se sacó el celular del bolsillo y buscó algo en el mismo—, se puede decir que nos volvimos amigos. ¡Los tres nos tomamos ayer esta selfie!
Elsa abrió los ojos con incredulidad al mirar la fotografía que la chica le mostró en su teléfono, en la que se podía apreciar al chiquillo junto a su hermano y Honey en una pose de lo más sonriente. ¿Pero qué demonios…?
—¡Oh! ¿Y adivina qué? Ayer también me mostró el proyecto en el que está trabajando, incluso me dijo que quizá podría ayudarlo a hacerle unas cuantas mejoras. Algo que me sorprendió bastante, puesto que no soy tan buena en física como él…
—¿Proyecto?—la albina arrugó su ceño confundida.
—Oh sí, el que está desarrollando para postularse a la Universidad, realmente es muy interesante y podría ayudar a mucha gente… ¿nunca te ha comentado acerca de eso?
Elsa parpadeó y luego recuperó su habitual actitud gélida.
—No, jamás lo hizo.
Ahora que reparaba en ello, lo cierto es que sus conversaciones con el asiático nunca habían sido demasiado profundas, ni se habían llegado a tener tanta confianza como creía. Casi siempre hablaban de temas superficiales y aunque él la miraba como si estuviera deslumbrado… jamás le había confiado sus aspiraciones.
—Bueno, un día de estos deberías pasarte por la próxima exposición que hagamos en nuestro instituto, apuesto a que para entonces estará listo. Seguro Dashi querrá que vayas, sé que ustedes son muy buenos amigos—Honey le sonrió de nuevo—y de verdad quisiera que nos lleváramos bien, ¿sabes?
Por un segundo, Elsa no supo que responder. La joven obviamente no sabía nada respecto a su verdadera situación con el azabache y era tan gentil, que no podía simplemente molestarse con ella. Pero ¿llevarse bien? ¿En serio?
—Aquí tienes, Elsa—Tiana apareció detrás de la barra para dejar una bandeja con las bebidas y el pastel que su amigo había pedido antes, antes de irse de nuevo a la cocina.
—Me tengo que ir—repuso con frialdad, tomando todo entre sus manos y feliz por tener una excusa para apartarse.
—¡Oh, claro! Tus amigos te esperan, bueno, hablamos otro día, ¿sí?
Elsa no respondió. En lugar de ello, se dirigió mecánicamente a la mesa en donde estaban los otros.
—¡… y entonces, Mano de Garfio tomó el piercing y atravesó la lengua de ese tipo como si fuera una perforadora!—la blonda dejó la bandeja encima de la mesa mientras Rapunzel terminaba de relatar algo extravagante, como era su costumbre.
—Es por ese tipo de cosas que cuentas que nunca voy, ni iré a visitarte a tu trabajo—le dijo Kristoff, haciendo un gesto de desagrado antes de tomar un largo trago de su vaso de jugo.
—¡Deberías ir! Hasta Elsa lo conoció aquella vez que fue con su amigo Edgar—insistió la castaña—, ya sabes, el que nos acompañó al cine. ¡Podríamos hacernos tatuajes de mejores amigos por siempre!
—No, gracias. Y el nombre de ese tipo es Eugene, por cierto.
—¿Seguro?
—Me vi obligado a recordarlo desde que esa vez me preguntó si me inyectaba esteroides, ¿qué le pasa? No le preguntas eso a alguien que acabas de conocer.
—Ja ja ja, ¡es verdad! ¡Debiste ver tu cara al escucharlo!
—Como si yo necesitara de algo así.
—¡Estaba celoso de tus músculos, muchachote! Mira nada más—Rapunzel tomó su tenedor y comenzó a pinchar uno de los brazos de su amigo—, ¡esos sí son bíceps de calidad!
—A base de zanahorias y de romperme el trasero en esa condenada pista de hockey. Aún no puedo creer que me preguntara eso.
—A lo mejor le gustaste.
—Ni hablar, ese a quien anda rondando es a ti.
—¡Nah!
—Sí.
—¡Nah!
—En serio—Kristoff se volvió a ver a Elsa, quien miraba su malteada de chocolate muy callada y con aire ausente—, oye ¿no te vas a beber eso? ¿Segura que estás bien?
—¿Por qué no habría de estarlo?—la respuesta de la aludida fue cortante y al seguir la dirección de sus pupilas azules cuando miraron de reojo hacia una mesa, el muchacho pareció comprenderlo todo.
Cerca de ahí, Tadashi volvía a reír en compañía de una rubia ceniza.
—Oye, yo creía que tú y él… si estás incómoda podemos irnos—se apresuró a decir el blondo, solo para verla negar con la cabeza.
Rapunzel enfocó su mirada también en la mesa del asiático y luego se volvió hacia ella.
—¡Oh, no te pongas triste por eso Elsa! ¡Tú eres más bonita!—le aseguró con una enorme sonrisa y dándole palmaditas en la mano—Además, ni siquiera hacías tan buena pareja con él—agregó en tono de confidencia—, puedes conseguirte a alguien mucho más guapo.
—¡Punz, deja de decir tonterías!—la riñó su amigo.
—¡¿Qué?! Es la verdad. A mí me cae bien Tadashi pero seamos honestos, él y Elsa no se veían taaan lindos como deberían, él es demasiado nerd para ella—comentó la trigueña con descaro—, nunca me gustó la pareja que hacían. No, no, no. ¡Nuestra querida Elsie necesita a alguien con más estilo!
La albina la fulminó con la mirada.
—¿Y tú qué sabes sobre eso?—Kristoff arqueó una de sus cejas rubias.
—¡Mucho! La vieja Punzie nunca se equivoca con estas cosas. Toma mi consejo y sigue adelante, Els. Debes buscarte a alguien más, ¿qué tal un pelirrojo?
—Como te gusta decir idioteces—Kristoff alargó su enorme mano para darle un zape a la trigueña.
—¡Ay! Pues si mal no recuerdo tú no tienes nada en contra de los pelirrojos, sino no estarías tan embobado con Anna.
—¡Punz, basta!—se quejó el blondo, esta vez mostrando un notorio rubor en sus mejillas.
—¡Ay, ya Kristoff! Todos sabemos que te gusta—le dijo ella socarronamente—, pero te haces el despistado cada vez que la tienes enfrente. Ya te digo que si no te animas a decirle de una vez por todas, voy a ser yo quien tome cartas en el asunto. ¡Debería ir a preguntarle si quiere salir contigo!
—¡No te atrevas!
—Yo y Pascal iremos a preguntarle, pillín. Te haré ese favorcito.
—¡Ni se te ocurra! ¡Hablo en serio! Ya sabes lo nerviosa que se pone cada vez que ve a tu mascota… y tengo la impresión de que contigo también.
—Anna me ama y a Pascal también—dijo la muchacha con un movimiento despreocupado de su mano y Elsa, que por fin se había animado a tomar un sorbo de su malteada, tuvo que esforzarse para no atragantarse con él—, somos casi como hermanas, después de Elsa claro, que es su mejor amiga. Pero volviendo a lo que nos compete—miró a esta última, con un brillo travieso en los ojos—, creo que alguien necesita salir con nuevas personas.
—¿Quién dice que quiero salir con alguien?—espetó Elsa, sin despegar sus ojos de la espuma de su batido.
Una risa femenina atrajo la atención de los tres antes de que Rapunzel pudiera decir nada más y casi por inercia, miraron hacia la mesa que tanto mortificaba a la rubia. Tadashi se había inclinado para susurrar algo al oído de su compañera, quien ahora reía encantada y mostraba un notorio rubor en sus mejillas.
La sensación de malestar de Elsa aumentó.
—Vaya, yo nunca creí que Tadashi fuera así—musitó Kristoff, en tanto él y las chicas desviaban la mirada—, quiero decir… creí que iba en serio contigo—agregó apenado, viendo a la albina con timidez.
—¡Eso es cosa del pasado! Vamos a conseguirle un novio mejor a Elsa, alguien menos nerd—habló Rapunzel con autosuficiencia.
La mencionada se puso de pie, desanimada.
—Mejor me voy, tengo mucha tarea que hacer en casa—dijo apagadamente, sacando unas cuantas monedas de su bolsillo y dejándolas en la mesa.
—¡Espera! No te has terminado tu malteada… —comentó a protestar la castaña.
—Hey, ¿a dónde vas? ¿No quieres que te acompañemos? Elsa… ¡Elsa!—el rubio se quedó llamándola en vano, mientras ella solo negaba con la cabeza y se retiraba del lugar.
Él y su amiga se quedaron observándola a través del ventanal, hasta que su delgada silueta se perdió al doblar una esquina. Por un instante, ambos se quedaron en silencio, sintiéndose mal por ella.
Entonces Kristoff volvió a extender su mano para zapear la nuca de la trigueña.
—¡Ayyyyy!
—Por tu culpa, no vuelvas a hacer tales comentarios.
Rapunzel bufó y se cruzó de brazos. Como si hubiera dicho algo que no fuera cierto, siempre había tenido más claro que el agua que la platinada y el asiático no habrían encajado ni aunque a alguien se le ocurriera forzarlos.
Elsa entró en su habitación arrastrando los pies y se dejó caer en la cama, no sin antes encender el pequeño reproductor de música que estaba en su mesita de noche y colocar a todo volumen una canción deprimente. A juego con su estado de ánimo.
Se sentía tan patética. Ella, que siempre renegaba de los romances y regañaba a Anna por enamorarse a cada rato, ahora estaba sufriendo por un chico que en aquel instante, estaba riéndose con otra. Se sentía tan decepcionada y frustrada, el vacío en su pecho parecía hacerse cada vez más grande al recordar la escena.
¿Por qué Tadashi no podía compartir momentos así con ella? ¿Por qué no podía hablarle acerca de sus proyectos? ¿Acaso todo ese tiempo solo había estado jugando con ella? Y tanto que lo creía un buen chico, pero había resultado ser tan solo otro idiota.
Enfurruñada, dio una vuelta en su colchón y abrazó su almohada sintiendo una leve humedad en sus mejillas, que se apresuró a limpiar bruscamente.
No quería llorar por él, no será tan patética.
Marshmallow salió de debajo de la cama y subió al colchón, ronroneando y restregándose contra ella.
—Los hombres son unos idiotas—murmuró la rubia con enfado, arrugando la nariz y estornudando cuando la peluda cola del minino se frotó contra su rostro.
De repente, una serie de golpes en su puerta la sobresaltaron.
—¡Baja el maldito volumen, sabandija! ¡Estoy estudiando, maldita sea!—gritaron del otro lado.
Elsa volvió a bufar, rabiosa. Creía que tenía la casa para ella sola pero claro, el estúpido estaba ahí. Ese día él salía temprano de sus clases. Sus padres se encontrarían trabajando como de costumbre y Eugene estaría con ellos. Desde que su tío se había enterado de lo ocurrido en Alemania, le había impuesto un trabajo como mensajero en su empresa, hasta que pudiera inscribirse de nuevo en algún sitio para continuar estudiando. Cuestiones de responsabilidad, había dicho a regañadientes el castaño, al explicarle porque de ahora en adelante iba a pasarse repartiendo cosas en la compañía.
Osea que aquella tarde pintaba para ser una mierda, definitivamente.
Haciendo caso omiso de los gritos de Hans, se hizo un ovillo con su gato en el centro de su cuerpo y pensó en lo miserable que era. Que eso le sirviera de lección para no emocionarse tan rápido con ningún cretino.
—¡¿Estás sorda acaso?! ¡Te dije que bajaras el volumen, pequeña idiota!
Elsa extendió una mano y presionó un botón en el reproductor. Aquella triste canción de REM se escuchó con más fuerza.
—¡Mocosa de mierda!
Los pasos del pelirrojo se alejaron por el pasillo y ella pudo respirar tranquila.
¿Qué haría de ahora en adelante cuando sus amigos quisieran ir a tomar un café? No se sentía lo bastante fuerte para soportar pasar por ahí de nuevo, ahora que Honey también lo frecuentaba. No quería encontrarse con ella, ni tratarla, ni ser su amiga, ni observar esa odiosa sonrisa que le dedicaba cada vez que pretendía hablar con ella.
Al demonio con ella y con Tadashi, ¡que se pudrieran los dos!
Escuchó como unos pasos volvían hasta su puerta y el sonido de unas llaves insertándose en la cerradura violentamente. Antes de que pudiera incorporarse por completo, Hans ingresó en la habitación con un semblante de pocos amigos; al parecer había bajado por una copia de las llaves de la casa para entrar aunque hubiera puesto el seguro.
¡¿Es qué no se podía tener privacidad en ese sitio?!
—¡Te dije que bajaras el maldito volumen! ¡No puedo estudiar una mierda!
—¡Vete al demonio, estúpido!
Elsa le lanzó la almohada a la cara con toda la fuerza que le fue posible, solo para ver como la atrapaba en el aire y se la volvía a lanzar, casi dándole en la cara.
—Eres una idiota, ni creas que voy a descuidar mi examen de mañana por tu culpa—el colorado desconecto el reproductor de música, cortando la canción abruptamente—. ¿Qué te pasa?—inquirió severamente al observar su estado.
La muchacha tenía el pelo levemente revuelto y los ojos húmedos, además de un semblante deprimente. La blusa escolar de su uniforme estaba levemente arrugada al igual que la falda, que se le había torcido. Se obligó a si mismo a no mirar hacia sus piernas y enfrentó a esas pupilas cerúleas que lo fulminaban.
—¡Nada que te importe! ¡¿Por qué no te largas y me dejas en paz?! ¡No quiero soportarte hoy!
—¿Estás menstruando o algo así?—Hans levantó una ceja—No me digas, volviste a perder patéticamente en otro juego de quemados.
—¡Eres un imbécil! ¡Te odio!—Elsa se puso de pie en un salto y fue hasta el colorado, lanzando de puñetazos contra la dureza de su pecho.
Necesitaba desahogarse con alguien ¿y quién mejor que ese inepto para descargar toda la frustración que sentía? Sus pequeños puños se estrellaron contra él sin causarle demasiado daño dos o tres veces, antes de que él le sujetara hábilmente las manos.
—¡Óyeme sabandija, a mí no me vas a venir a golpear! ¡Demonios! ¿Y ahora qué mierda te pasa?
—¿Qué me pasa? ¡Me pasa que todos ustedes los hombres son unos imbéciles! ¡Todos!
Los ojos esmeraldas que la observaban adquirieron de repente un destello de comprensión. Una sonrisa socarrona se formó en los labios de su hermanastro y supo que había hablado de más.
—Así que se trata de ese meserito—Hans soltó una risa ahogada para mofarse, consiguiendo que ella apretara los dientes—, ¿y qué hizo esta vez que te tiene tan enojada? Creí que lo adorabas. Anda, cuenta, estoy ansioso por saber.
—¡Eso no te importa, tarado!
—Sí, sí que me importa. Últimamente no ha estado tan insistente como antes—Hans estaba regodeándose por dentro—, ¿es por eso? ¿Te molesta que ese nerd ya no se arrastre por ahí para besarte el culo?
La adolescente lo miró con odio.
—Aww, Elsa, te dije que él no se iba a interesar realmente en ti—le dijo él con cizaña, sintiéndose tremendamente satisfecho por alguna razón.
No tener que ver como ese mequetrefe la rondaba era genial.
—¡Pues no me importa! ¡Por mí puede irse al diablo junto con esa torpe! ¡Y tú también puedes irte al infierno, imbécil!
—¿Esa torpe? No me digas que el meserito tiene a alguien más—Hans hizo ademán de pensar, intentando recordar la última vez que había pasado por el café. No era que le encantara estar ahí para verle la cara al idiota, pero tenía que aceptar que el capuchino que vendían era bueno.
Hacía un par de días había ido por uno y había visto al azabache sentado con otra rubia, al parecer estudiando. De pronto entendió.
—Espera, no será esa chica… ¿la jirafa con lentes?
El gesto dolido y enojado de Elsa le hizo saber que había dado en el clavo y él no pudo sino echarse a reír.
—¿Es en serio?
La albina zafó bruscamente sus manos de entre las suyas, que todavía le tenía sujetadas y le dio la espalda para volver a derrumbarse sobre su cama.
—Da igual, solo lárgate. Déjame sola.
—Oh vamos, Elsa. No seas patética, ni que fuera para tanto.
—¡He dicho que te vayas!
—El meserito se buscó a otra rata de biblioteca como él, ¿y qué? Tenía que pasar alguna vez, ese tipo es incluso más patético que tú—la aludida se tapó la cabeza con la almohada y el cobrizo resopló, buscando palabras más adecuadas. Por algún motivo sentía que debía decir algo más que eso—. ¿Qué? ¿En serio creías que ibas a llegar a algo con ese? Puedes conseguirte a alguien mejor.
La muchacha se quedó inmóvil un instante más y luego volvió a sentarse sobre la cama lentamente, mirándolo enfurruñada.
—¿En serio lo crees?
Hans soltó otro resoplido y desvío la mirada, como si se hubiera puesto incómodo de repente.
—Bueno sí, digo, tienes un carácter de mierda y menos personalidad que tu gato, pero al menos eres guapita y todo eso—dijo y la muchacha parpadeo, sorprendida. ¿Acaso acababa de hacerle un cumplido?—, si no abres la boca, seguro te puedes conseguir a otro idiota que te soporte.
—¡Ay, eres un estúpido!—le reprochó Elsa inflando las mejillas.
Rapunzel le había dicho algo parecido en el café y ahora escucharlo de boca de ese tarado la irritaba. ¿Es que todos pensaban que solo era una muñequita de buen ver y sin cerebro para nada? ¿Por eso Tadashi ahora pasaba de ella?
Vale que no tenía un coeficiente tan desbordante como el de él y su amiguita, pero tampoco era ninguna tonta. Pensar en ello la hacía sentirse aún más molesta.
—Es la verdad, no me culpes por ser honesto.
—¡Pues tú eres horrible en todos los aspectos y te odio!—le espetó la chica más enfurruñada que antes—¡Estúpido patán!—hizo ademán de golpearlo de nuevo y una vez más, sus manos se vieron atrapadas entre las de su hermanastro.
—¡Bueno, ya estuvo bien idiota! ¡No quiero escucharte lloriqueando toda la tarde por ese meserillo de cuarta!—la regañó el pelirrojo—¡Así que vamos a acabar con esto de una buena vez!
—¡Suéltame, tarado! ¡¿Qué haces?!—chilló ella al ver como ahora cerraba una palma alrededor de su muñeca y la sacaba arrastrando de su habitación.
—¡Vamos a encontrar una manera de que te calmes de una jodida vez para que dejes de hacer tanto escándalo! Y yo sé como.
—¡No! ¡Suéltame! ¡He dicho que me sueltes, maldito idiota!
Pero Hans no la soltó, sino que hizo que bajara con él hasta el garaje de la casa en donde se puso a rebuscar en un pequeño armario empotrado en una de las paredes, dentro del cual su padre acostumbraba guardar las herramientas y otras cosas. Fue de allí de donde extrajo un saco bastante grande, como esos que se usaban para boxear. Elsa le lanzó una mirada interrogante.
—¿Qué…?
—Tú cállate y espera—gruñó el colorado, al tiempo que arrastraba el saco y lo colgaba en un rincón de la cochera, en torno a una de las vigas que sobresalían en el techo. Para hacerlo tuvo que subirse a un banco que también arrastró de entre las herramientas.
Verlo trabajando en esa posición le permitió a la chica apreciar como los músculos de su ancha espalda se estiraban al igual que los de sus fuertes brazos. El cuerpo de Hans no estaba marcado en exceso pero sí lo suficiente para resultar bastante atractivo. Se preguntó que se sentiría estar envuelta en esos brazos.
Sin querer, recordó aquella vez en que por accidente lo había visto saliendo de la ducha, el cuerpo húmedo y exponiendo un torso marcado y ligeramente bronceado por el sol, y en el que también resaltaban algunas pecas…
Inmediatamente agitó la cabeza para apartar tales pensamientos de su mente, sintiendo sus mejillas arder. ¿Por qué demonios se le ocurrían tales tonterías? Como se veía que lo ocurrido con Tadashi le había afectado.
—Listo—Hans bajó del banco y se volvió hacia ella, después de haberle dado unos cuantos golpes al saco—, ahora sí, ya puedes desahogarte.
—Pero…
—Querías algo que golpear, ¿no? Esto es mejor que yo. Incluso lo suavicé un poco, para que no te vayas a romper algo con tus débiles golpes de niñita—se burló.
Elsa arqueó una de sus cejas.
—¡Yo nunca he usado una de estas cosas!
—Pues ahora lo harás—lo vio esbozar una sonrisa sarcástica—, vamos sabandija, sabes que quieres hacerlo. Piensa en el meserito, pasándosela bien con esa cuatro ojos y tú aquí, lloriqueando por él por los rincones…
Sus ponzoñosas palabras dieron resultado. La adolescente sintió como la rabia bullía de nuevo dentro de sí y se volvió hacia el saco con las manos empuñadas para empezar a darle de golpes, imaginando que era el cuerpo del asiático y empleando todas sus fuerzas.
El saco apenas se movió por sus golpes, pero ella no tardó en sentir las manos entumecidas y adoloridas. No le importó. Se sentía tan enojada…
—Muy bien mocosa, espera, si sigues golpeando así te vas a romper algo—Hans se le acercó y tomó sus manos entre las suyas, apartándola del saco—. Para empezar, tienes que tomar un poco más de impulso, separa tus piernas y mueve el torso… así—le enseñó como—, adelanta una de tus piernas… pon tus brazos así… ¡y golpea!
Elsa volvió a golpear con todas sus fuerzas, sintiendo como poco a poco se desvanecía su enojo. Al menos la mayor parte. Era extraño estar allí, con su hermanastro, dejando que la viera desahogarse. Pero no le importaba.
Cuando por fin se cansó, pequeños jadeos salían de su boca y las manos se le habían acalambrado bastante, por lo que empezó a sacudirlas. Unos cuantos cabellos rubios se habían escapado de su trenza, dándole un aspecto más salvaje que de costumbre y su frente estaba perlada por una fina capa de sudor.
Realmente nunca se había ocupado en una actividad tan… violenta.
—Bien sabandija, ¿te has calmado ya?
La platinada asintió con la cabeza.
—Eso imaginé. Espero que con esto hayas tenido suficiente.
Elsa lo miró, todavía jadeante y fue correspondida con una mirada interrogativa.
—¿Qué ocurre?
—¿Por qué me ayudas? Es decir… creí que ni siquiera te importaría lo que me pasara.
La mirada del joven se endureció.
—Porque no soporto verte berrear por ahí por ese meserito de quinta. Es patético, incluso para ti—le espetó—. Además, lo que dije antes fue cierto, puedes conseguirte a alguien mejor… si mantienes la boca cerrada y te comportas menos como una niñita de mamá, claro está.
Contrario a lo que esperaba, la blonda esta vez no se ofendió por sus palabras. Debía entender que después de todo la estaba ayudando, a su manera. Hubo un incómodo silencio.
—¿Este saco es tuyo? No sabía que boxearas.
—No exactamente—Hans sonrió de lado, de la manera enigmática en que a menudo lo hacía.
Él nunca había practicado boxeo ni nada parecido, pero golpear ese saco era o solía ser una especie de terapia para él. Algo que hacía a menudo en casa cuando no podía desquitarse como quería con sus hermanos.
Claro que dadas las circunstancias, hace mucho tiempo que no lo empleaba. Pero en aquellos instantes lo había recordado, pensando que a la chica le podía venir bien.
Había sido gracioso ver como sus delicadas manitas golpeaban una y otra vez aquel duro fardo, que él tantas veces había abollado con la dureza de sus propios golpes pero que ante ella parecía impenetrable. En el fondo se alegraba de que le hubiera servido.
—Gracias… supongo.
El quedo agradecimiento de Elsa lo sacó de sus cavilaciones y le hizo ensanchar su presuntuosa sonrisa.
—Vamos a adentro a ponerte un poco de hielo. No quiero que después me eches la culpa de haberte arruinado tus manitas de princesa—dijo él por toda respuesta, volviendo a entrar con ella a la casa.
Aquello le dio mucho que pensar a Elsa horas después, cuando reposaba en su habitación más tranquila y con sus manos todavía palpitando por el esfuerzo. Hans nunca dejaría de ser un misterio para ella.
La mayoría del tiempo podía ser un verdadero imbécil pero había veces, como esa, en las que la sorprendía demostrando que tal vez si tenía un corazón después de todo.
Lamentablemente esas veces eran algo muy extraño. Parecía como si el pelirrojo tuviera que compensar sus momentos de consideración con otros donde reafirmara lo malvado que era en realidad. Si bien aquel episodio le había servido para dejar de sentirse tan mal por lo de Tadashi y le había vuelto a poner los pies en la tierra, su hermanastro también se había encargado de hacerle la vida imposible en los siguientes días, como de costumbre, distrayéndola de sus males de amores.
Lo malo es que era como si ahora se estuviera esforzando el doble por meterse con ella, ya ni siquiera buscando excusas para hacerlo.
Cuando sus padres no estaban, la casa se convertía en un verdadero campo de batalla, en el que imperaban los gritos y las discusiones. Y estando ellos, su guerra tomaba un matiz más subrepticio, en el que se mataban mutuamente con miradas y buscaban desesperadamente cualquier tipo de ocasión para hacer quedar mal al otro.
Aquello se convirtió en una situación especialmente complicada para Elsa, cuyo estilo no era precisamente el de fastidiar a los demás.
El pelirrojo estaba acabando con sus nervios.
Haciéndola enfadar con sus comentarios, escondiéndole las cosas, encerrándola en los armarios de casa, burlándose de ella e incluso haciendo cosas tan infantiles como tirarle del pelo o empujarla de tanto en tanto. Parecía un maldito demente con complejo de crío y el hecho de tener a cierto castaño encima de ellos, grabando todo lo que podía con su cámara en vez de ayudar, no mejoraba las cosas.
Cierto día Hans pasó el límite, al jugarle una broma de pésimo gusto al hacerle creer que había arrollado a su gato con el auto. El miedo que por un horrible instante se había apoderado de ella y luego la risa cruel del colorado no se le iban a olvidar nunca.
Por lo cual decidió que iba a cobrar venganza de una forma que debía haber hecho hace mucho tiempo.
Ese sábado, aprovechando que dormía hasta tarde como de costumbre, Elsa se deslizó sigilosamente en su habitación, vislumbrando una vez más esos afiches de bandas de rock que tanto le disgustaban y al muchacho roncando suavemente en su cama.
Su apuesto semblante se encontraba de lo más apacible y sus labios estaban ligeramente separados, en tanto él se hallaba despatarrado boca arriba.
La chica hizo una mueca de disgusto al verlo. El muy holgazán, ni porque ya era tardísimo se dignaba a levantarse de la cama. Su figura durmiente le recordó un poco a Anna, quien también acostumbraba levantarse muy tarde y roncaba aún más fuerte, (de eso se había dado cuenta en alguna pijamada).
Qué curioso, estando dormido, Hans se veía demasiado inofensivo para ser el desalmado cabrón que era realmente. Su expresión relajada se asemejaba mucho a la de un niño y se le seguía viendo bastante guapo en ese estado.
Con un chasquido alejó tal pensamiento y puso el pequeño recipiente con pegamento líquido que traía en las manos a un lado.
Le daría un escarmiento que no se le iba a olvidar.
"A ver si esto te gusta, inepto".
Cuidadosamente se colocó un par de guantes desechables que había tomado de entre las cosas de trabajo de su madre y con una pequeña brocha, empezó a revolver el pegamento. Sus ojos azules tenían una expresión peligrosa y calculadora.
Quince minutos después salía del dormitorio tan silenciosamente como cuando había entrado y bajaba a las escaleras.
—¿Y cómo te va en la escuela? ¿Siguen golpeándote en ese juego de quemados en Educación Física?—la pregunta de Eugene la hizo fruncir el ceño levemente.
Ambos se encontraban sentados en la barra de la cocina, almorzando un par de bocadillos con jugo de naranja. Ese día, el moreno había recibido el día libre por parte de su tío, por lo que no tendría que estar entregando nada en la empresa.
—Al profesor no se le ha ocurrido jugar a eso últimamente, pero igual odio su clase. Ayer me rompí una uña cuando nos puso a jugar voleibol.
—Aww Elsie, eres una florecilla tan delicada—se mofó él.
—Mira quien lo dice, no creas que no te vi robando mi crema para el cabello. ¿En serio, Eugene?
—Eh, vamos amiguita, yo la necesito más que tú. Quiero decir, mira este cabello, sería un desastre sino fuera por ese producto. Eso no es para nada gay—le aseguró el aludido categóricamente—. Y por cierto, ¿qué hacías en la habitación del principito? Te vi entrar muy calladita hace rato…
Elsa se atragantó con su vaso de jugo, maldiciendo para sus adentros. Creía que no la había visto.
—No me digas que fuiste a darle un poco de cariño matutino, no te creía tan atrevida, Els.
—¡No seas idiota!—la platinada le dio un golpe en el hombro mientras lo escuchaba reír.
¿A quién se le ocurría semejante tontería?
—¿Y entonces? ¿A qué fuiste?
—Ya te darás cuenta.
—Muero por descubrirlo.
Un grito proveniente del piso de arriba los sobresaltó, seguido de una exclamación iracunda.
—¡MALDITA SEA!
El sonido de una puerta abriéndose de golpe y unos pasos corriendo por las escaleras fueron lo que se escuchó a continuación, antes de que Hans apareciera ante ellos con una expresión rabiosa. Tenía las patillas echas un desastre y llenas de pegamento y algunos trozos de lo que parecía ser la funda de su almohada. Inclusive se le habían pegado varias plumas de la misma, dándole un aspecto muy extraño.
La fuerte carcajada de Eugene, quien se agarró el estómago en medio de su ataque de risa, resonó en toda la estancia.
—¡¿Quién fue, estúpidos?! ¡Díganme quien va a morir hoy!
—Por Dios—el trigueño se las arregló para hablar en medio de su acceso de risa—, chica, esto es hermoso. Benditas sean tus ideas.
—¡Ah, así que fuiste tú sabandija de mierda! ¡Ya me parecía!—Hans avanzó hasta Elsa amenazadoramente, sin que esta se intimidara en absoluto—¡Estás muerta, pulga del demonio!
La albina dibujó una sonrisa cínica en sus labios.
—Que malhumorado te levantaste hoy, hermanito. Y que pintas son esas. ¡Te ves como una maldita gallina!
—¡Eres una…!—Hans dejó caer su puño con fuerza encima del mesón.
Estaba tan enojado, tan enojado… ¡¿qué le había hecho esa chiquilla a sus preciosas patillas?!
Cerca de ahí, Eugene se apresuró a tomar su videocámara para grabarlos por centésima vez, fascinado con lo que ocurría. Esos dos se emocionaban tanto cuanto peleaban, ¡menuda inspiración y entretenimiento!
—¡Mira lo que hiciste, cretina de mierda! ¡¿Qué demonios me echaste encima?! ¡Me las vas a pagar, bruja!
Elsa le dirigió una mirada desdeñosa.
—¡Me las voy a cobrar por esto, cretina! ¡Te arrepentirás cuando me vengue de ti, te arrepentirás!
—Viejo, ese diálogo sonó como de película, repítelo de nuevo.
—¡Tú baja esa cámara, imbécil!—bramó Hans en dirección al castaño—¡¿Y bien?!—inquirió iracundo a su hermanastra—¡¿Qué es lo que tienes que decir sobre esto?! ¡Di algo, pequeña sanguijuela! ¡No te quedes ahí callada! ¡¿No tienes nada que decir?!
—Sí—Elsa tomó un sorbo de su jugo de naranja y luego, sin más, lo escupió en dirección a la desgastada camiseta para dormir del pelirrojo, que contempló aquello con incredulidad—, vete a cambiar, que esa pijama está mojada.
—¡Hija de…!—el cobrizo hizo ademán de agarrar a la rubia, sin lograrlo gracias al brazo masculino que se cerró en torno a su clavícula alejándolo de su objetivo—¡Suéltame! ¡Suéltame, voy a arrancarle la cabeza! ¡Pequeña sabandija del mal!
—¡Corre, amiguita! ¡Corre!—le advirtió Eugene, quien ahora malabareaba con su cámara en una mano y usaba el brazo libre para esforzarse por contener al colorado.
Satisfecha, Elsa se levantó de su asiento y marcho con la cabeza en alto, como una reina que dejaba su trono.
Eso le enseñaría a ese cretino a no meterse con ella.
—Maldita mocosa—Hans todavía refunfuñaba cuando horas después, caminaba por el centro comercial con las manos metidas en los bolsillos y una cara de pocos amigos.
—Ja ja ja ja ja, esa broma que te hizo sí que estuvo buena, viejo. Y lo mejor es que tengo todo grabado.
—¡Cállate, idiota! Esa bruja me las va a pagar. Maldita sea, ¡tuve que rasurarme por completo! ¡Esa sabandija hizo que me quitara mis patillas!
Después de intentar infructuosamente de acabar con los rastros de pegamento en su pelo, no le había quedado de otra que usar la patética rasuradora que la chica le había obsequiado por Navidad, con bastante esfuerzo e incomodidad. Le había gastado esa jugarreta con todo el propósito de enfurecerlo, eso estaba claro. Lo peor es que ni siquiera había podido darle un escarmiento aún, pues la muy cobarde había huido a casa de su amiguita la enana.
—¿Y qué? Eran bastante gay—le dijo Eugene—, deberías agradecerle por ello. Ahora ya nadie te confundirá con un retrato antiguo, je je je.
—¡Deja de burlarte, infeliz!—el otro muchacho le dio un buen golpe en el hombro, que lo hizo soltar un quejido—¡Esto no se va a quedar así!
—Déjala tranquila, viejo. Solo te jugo esa broma porque tú has sido un verdadero imbécil. Vamos, ya relájate hombre, te saqué a dar una vuelta para que dejaras de comportarte como un desquiciado. Dime, ¿no te encanta este lugar?
—Vete a la mierda, hippie.
—¿Sabes que sitio me encanta de aquí? La tienda de tatuajes y justamente se me ocurrió que a ti no te vendría mal uno—dijo Eugene mientras se detenía frente al mencionado local—, ¿te atreves o eres marica?
—No quiero entrar en ese sitio de mierda, parece de lo más sucio y vulgar.
—Je je je, Hansy, eres tan gracioso cuando dices tus estupideces—el moreno le dio un empujón para obligarlo a entrar en el establecimiento, donde fueron recibidos por el saludo de una alegre muchachita que previno al pelirrojo de retroceder.
—¡Hola muchachos! ¿Cómo están? ¿Qué los trae por aquí?
Desde un rincón, un trío de hombres con pinta de motociclistas que jugaban cartas voltearon a verlos, alertados por la voz de la jovencita. Dos de ellos les dirigieron miradas intimidantes.
—¡Hey, preciosa! Ya sabes, estábamos paseando cerca y de repente me entraron ganas de visitar a mi chica favorita.
—¡Oh! ¿Y dónde está ella?—inquirió Rapunzel ingenuamente.
A veces Hans se preguntaba si esa joven era o se hacía la estúpida.
—Je je je je, oye ¿no notas algo diferente en nuestro pelirrojo el día de hoy?—Eugene desvío el tema de conversación al ver que su lisonja hacia ella no había funcionado.
—¿Algo diferente? ¡Oh wow, tus patillas! ¡Te las quitaste! ¡Qué bien te ves, Hans!—le dijo la castaña—Déjame decirte que hiciste bien en renovarte, ¡como yo! Ya sabes, las patillas y el pelo largo son como del siglo pasado, ¿no? ¿Y a qué viene este cambio de look, eh?
—Pues, digamos que nuestro pequeño Hansy no estaba muy convencido de renovarse, pero cierta rubia que tú y yo conocemos le hizo cambiar de opinión, jo jo jo—habló Eugene burlonamente.
—Con que sí ¿eh? ¡Picarón!—Rapunzel le dio un golpecito juguetón al pelirrojo—A mí ya me parecía que ustedes se traían algo desde hace tiempo, ¡tú y Elsa se ven tan lindos juntos!
Hans apretó los dientes, demasiado enfadado para fingir como siempre lo hacía.
—¿Sabes que iría bien con este nuevo aspecto? Un tatuaje de los que tú haces, preciosa. Sería un buen toque para su renovada apariencia.
–¡Qué buena idea, Eric! ¡Eso sería genial!
—Eugene.
—¡Sí, sí! ¡Tengo un montón de diseños que se verían bien! ¿Te gustaría verlos, Hans?
—Realmente no.
—Joder viejo, ¿qué manera es esa de desairar a Punzie? Ella hace arte con sus manos y tú no lo quieres aprovechar, menuda oportunidad estás desperdiciando, ¿eh?
El aludido lo volteó a ver de manera hastiada, exasperado por su lambiscona actitud. Como si no supiera de sobra que la única razón de arrastrarlo ahí, era quedar bien con esa demente.
—Deberías animarte a hacer esto como un pre-obsequio para tu día especial, Hansy. No creas que se me ha olvidado que fecha es el próximo viernes.
El cobrizo se tensó al escucharlo. Tenía la esperanza de que aquello pasara desapercibido, pero ese tarado siempre se las arreglaba para intervenir con sus planes. Siempre.
—¿Y qué día es?—inquirió Rapunzel con curiosidad.
—Uno muy especial para nuestro pequeño rojito, nada más y nada menos que su cumpleaños—contestó Eugene dando un par de fuertes palmadas en la espalda del susodicho, que lo descolocaron un poco—, cumple diecinueve.
—¿En serio? ¡Muchas felicidades!—exclamó la castaña entusiasmada—¿Y vas a hacer algo para festejar?
—No, nada. No soy de celebrar mis cumpleaños.
—¿Y por qué no? Si es un día muy importante. ¡Yo cumplo años este verano y ya estoy planeando una gran fiesta!—anunció Rapunzel—Tú deberías hacer lo mismo, aunque sea algo pequeño. Lo bueno de los cumpleaños es que son cada año, pero ya sabes, uno tiene que aprovecharlos bien.
—Que sabias palabras, eso es lo que yo siempre he dicho. ¿Para qué desperdiciar un día tan importante si solo es una vez al año?—habló el trigueño mirándola galantemente.
"Estúpido hippie lambiscón", pensó Hans.
—Ahora que lo pienso, la verdad es que sí deberíamos hacer algo Hansy. Ya sabes que no siempre tenemos ocasión para celebrar. Todavía tenemos tiempo para organizar una fiestecita.
—¡Y yo conozco el lugar perfecto para hacerlo!—agregó Rapunzel aplaudiendo brevemente con sus manos y volviéndose hacia los hombres que jugaban en un rincón de la tienda—¡Chicos! ¡Oigan chicos!—los hombres voltearon—¿Creen que podrían prestarme su taberna este viernes para hacerle una fiesta escandalosa y de proporciones descomunales a mi amigo? ¡Es este de aquí, al que no conocen! ¿Podemos? ¡¿Podemos?!
Los tres motociclistas intercambiaron serias miradas entre ellos y entonces, el de la nariz grande le respondió a la castaña.
—Por ti florecita, lo que sea—dijo.
—Pero eso sí, nada de alcohol—habló Mano de Garfio, a su lado—. Recuerda que no puedes beber ni una cerveza hasta que cumplas dieciocho, así que nada de alocarse—le advirtió, como un padre que hablaba con su hija.
—¡Descuiden, muchachos! ¡Será todo muy sano!—les aseguró Rapunzel, dando un par de saltitos en su sitio con emoción contenida—¡Ya tenemos lugar! ¡Les va a encantar El Patito Modosito! ¡Es la mejor taberna del mundo!
—¡Eso sí que es eficiencia, preciosa!
Hans frunció el ceño, no pudiendo creer lo rápido que estaba pasando todo. ¿A qué hora le habían preguntado a él si quería una fiesta? Iba a protestar cuando la chica habló de nuevo.
—¡Ay, ya sé todo lo que podemos hacer para poner ambiente en el lugar! Le diré a Tiana que prepare bocadillos, y Kristoff puede llevar su guitarra eléctrica y Naveen tocar el bajo. ¡Y yo me encargo de la decoración!
—Pero…
—¿Y sabes qué? En casa tenemos un equipo de sonido muy potente, le diré a mi tío que nos lo presté para poner música. Tengo una muy buena selección.
—¡Ay sí! Porque la rockola de la taberna solo tiene canciones antiguas, je je je. ¡Además yo misma voy a hornear un pastel! O no, mejor panquecitos, ¡son más originales! ¿Eso te gustaría, Hans?
—No.
—¡Claro que le gustaría! Hazlos con glaseado de limón, es su sabor favorito—dijo Eugene, ignorándolo olímpicamente—. Estoy seguro de que bajo nuestro mando, esta fiesta será algo épico, preciosa.
—¡Puedes apostar a que así será, Edward!
—Eugene—la corrigió él con una sonrisa incómoda.
—¡Sí, claro! Ay, ya quiero que llegue el viernes—habló Rapunzel formando dos puñitos con sus manos, emocionada—, ¡tendrás la mejor fiesta de todas, Hans! No nos des las gracias, ¡para eso están los amigos!
—Yo no…
—Realmente eres muy afortunado de que nos preocupemos por ti, Hansy. ¿Qué harías tú sin nosotros, viejo?—volvió a interrumpir el castaño.
El pelirrojo sintió que una vena le palpitaba en la sien, ¡esos malditos hippies de mierda! Ya estaban montando una ridícula fiesta y ni siquiera le habían preguntado nada. Los odiaba a los dos.
—Así que ya sabes. Invita a todos tus amigos de la Universidad, ¡nosotros nos encargamos de decirle a los demás!—dijo Rapunzel.
—Serás el rey de la noche, viejo.
El rey de la noche, como no. Y una mierda que iba a invitar a nadie, pensó para sus adentros. Mientras menos gente hubiera mejor, realmente odiaba celebrar sus cumpleaños. Y además, tampoco se podía decir que tuviera amigos en la Universidad. Llevaba tan solo unos meses allí y aunque mantenía una relación cordial con todo el mundo y las chicas se le acercaban con frecuencia, tampoco era como si le tuviera confianza a alguien.
No, definitivamente nadie se enteraría de esa torpe celebración de boca suya.
—Pues no se diga más, ¡este viernes tenemos fiesta en El Ganso Apestosito!—proclamó Eugene sin reparar en su semblante peligroso. O tal vez sí y decidió pasarlo por alto como de costumbre.
—¡El Patito Modosito!
—¡Eso!
Hans se preguntó que probabilidades habría de que en ese momento, un temblor sacudiera el local y terminara enterrando en escombros a ese par de vagos. Era oficial, ese día la suerte no estaba de su lado.
Cuando Hans decía que no le gustaba festejar sus cumpleaños lo decía muy en serio. Años de bromas pesadas y celebraciones echadas a perder por sus hermanos le habían hecho detestar aquel día de mayo como a ninguna otra fecha, por lo cual en los últimos años se había limitado a quedarse en casa y aceptar las únicas atenciones de su madre y de Lars. Realmente él no veía nada de especial en semejante día.
Ahora, estando de camino hacia esa desconocida taberna en donde los demás le esperaban para echar por la borda su objetivo de pasar desapercibido, no podía sino maldecir su suerte. El viernes había llegado demasiado pronto.
—Anímate, viejo. Este puede ser el mejor cumpleaños que hayas pasado en años, quita esa cara de estar pisando mierda o algo.
—Mira idiota, deja de fingir. La única razón por la que hiciste esto es para quedar bien con esa hippie.
Eugene hizo una exagerada mueca con su rostro, como si estuviera indignado.
—¿Por qué siempre me ofendes, Hansy? Lo único que quiero es limar asperezas contigo, que demonios.
—Me rompes las bolas.
—Estás enojado ahora porque te has vuelto muy amargadito, pero cuando veas la fiesta que te preparamos, hasta vas a querer besarme el culo por preocuparme por ti—dijo el otro, estacionándose en el aparcamiento de lo que parecía un pub de estilo rústico, con un letrero de madera en la puerta bastante llamativo, gracias al figurín de pato que ostentaba.
¿Qué clase de taberna que se respetara podría tener algo así?
Eugene prácticamente había tenido que obligarlo a vestirse y salir de casa para asistir. A él no le había quedado más remedio porque sabía que de lo contrario, no dejaría de joderlo hasta que saliera de su habitación.
Suspirando pesadamente, el pelirrojo salió de su auto y se encamino hasta el bar, abriendo la puerta sin ganas.
Bueno, tenía que admitir que aquello no estaba tan mal. El sitio no se veía tan sucio, ni tan zarrapastroso como había imaginado en un principio. Era tosco pero amplio, bien iluminado y acogedor, con muchos detalles en madera y un aire a lo medieval que en cierta forma resultaba atractivo. Una limpia barra con taburetes se encontraba en el otro extremo, flanqueada en su parte trasera por anaqueles con puertas de cristal en donde se exponían varias botellas y copas.
El pub había sido decorado adicionalmente con lo que parecían unas cuantas linternas de papel que colgaban del techo, todas ellas blancas y con luces de colores en el interior. También se habían colocado algunos adornos en las mesas, conformados por tarritos de cristal con cuentas brillantes en el interior y en la barra se habían expuesto algunas bandejas con bocadillos, así como una gran fuente con pastelitos de glaseado verde que se veían sumamente apetitosos. No, no estaba tan mal.
Tenía que admitir que esos hippies habían hecho un buen trabajo, (o mejor dicho, Rapunzel lo había hecho, porque estaba seguro que el holgazán con el que venía no había hecho gran cosa). Se esperaba algún lugar horrible lleno de globos y serpentinas, pero todo eso se veía decente.
Incluso se escuchaba una buena canción de fondo.
—¡¿Entonces qué?! ¿Te gusta?—la vocecita que tronó a su lado lo sobresaltó y cuando miró hacia allí, otro par de ojos verdes le devolvió la mirada con entusiasmo.
—Sí… sí, es… genial. Gracias, no tenías que molestarte.
—¡Oh, no es molestia tontín! Si no fue casi nada—Rapunzel hizo un ademán con la mano para restarle importancia—, yo solo hice las lámparas y los adornos de las mesas, horneé los pastelitos y vine a limpiar. ¡Cualquiera podría haberlo hecho!
El colorado parpadeó sorprendido. Quizá esa chica no era tan inútil después de todo.
—¡Hey! ¿Y yo qué? ¡Yo también ayudé!—reclamó el castaño a su lado.
—¡Cierto! Elliot colgó esa lámpara de la esquina y trajo la música… sí la trajiste ¿no?
—Pfff, sí, y ya te dije que mi nombre es Eu… ¿sabes qué? ¿Por qué no solo me llamas Flynn?
—Ja ja ja ja, ¡haberlo dicho antes! ¡Eso es más fácil de recordar, Ernest! Digo, Flynn—la morena sonrió inocentemente ante la cara enfurruñada que había puesto Eugene.
Era increíble que después de tantos días de conocerse a esa muchachita no se le grabara su nombre, ni siquiera se daba cuenta de sus coqueteos, ni lo notaba, ¡ni nada! ¿Estaría perdiendo su natural encanto?
—No podemos beber nada, los chicos cerraron con llave el armario de las bebidas antes de irse, pero si quieren podemos mandar a alguien con identificación a comprar cervezas—dijo Rapunzel—, yo no tomaré porque le prometí a mis amigos que no bebería hasta cumplir los dieciocho. Estoy armando algo muy grande para ese gran día, je je je je.
—Sin alcohol está bien, no hay necesidad de hacer nada—se apresuró a decir el cobrizo, obteniendo una ceja arqueada por parte de Eugene.
Antes de que ninguno pudiera decir nada, terminó de adentrarse en el bar, que dicho fuera de paso estaba lleno de gente; los chicos que frecuentaban el café y otro montón de personas a las que no conocía. Mejor así, se dijo a si mismo.
Detrás de la barra atisbo a la guapa camarera que atendía las mesas del The Lucky Cat terminando de acomodar una bandeja de canapés, mientras su compañero, de origen afroamericano también, se mantenía a su lado parloteando y al parecer incordiándola por el leve ceño fruncido que ella estaba mostrando. Los demás invitados estaban desperdigados en las mesas o de pie por todo el local.
En un rincón, el grandulón oxigenado que siempre lo miraba altaneramente afinaba una guitarra. Tenía al lado un amplificador y también a Anna, quien lo miraba con una enorme sonrisa y una mirada embobada que la hacía parecerse a esas chicas que se ponían enloquecidas frente a su cantante preferido.
La pareja sentada junto a una de las ventanas llamó su atención. Se trataba del nerd y la rubia cuatro ojos de la que últimamente no se separaba, los dos se veían de lo más contentos.
Inmediatamente buscó con la mirada a una persona. Realmente no era como si pudiera esperarse que Elsa estuviera allí.
No solo por la presencia de ese incómodo par, sino también porque, vamos, se trataba de él y en realidad no debería extrañarle que no quisiera presentarse en esa patética fiesta. Sin embargo, no había estado en casa en toda la tarde y dado que sus amigos estaban ahí, no entendía en donde podría estar… bueno, como si eso le importara.
Un golpe en la espalda lo hizo voltearse.
—¡Oye, principito! ¿Por qué no mencionaste que hoy era tu cumpleaños?—Mérida apareció ante él con los brazos cruzados y una ceja pelirroja alzada—No está bien que tu supuesta novia apenas se esté enterando el día anterior por parte de ese vago con el que vives, hasta parece que lo querías mantener el secreto.
—Esa era justamente la idea—Hans resopló mientras se frotaba el lugar donde lo había golpeado, desistiendo de reclamarle.
Ya esa manera de saludar se había vuelto una costumbre para la salvaje chica.
—¿Qué traes puesto?—inquirió extrañado al reparar en su aspecto.
La joven estaba ataviada con un vestido de color verde oscuro que le llegaba a las rodillas y hacía notar un cuerpo delgado que no solía verse con las camisetas holgadas y los pantalones cargo que utilizaba casi todo el tiempo. Se había arreglado su indomable melena en un semi-recogido e incluso se había puesto un par de pequeños pendientes.
—Oh por Dios… ¿traes maquillaje encima?—una risa socarrona abandonó los labios del muchacho.
—¡Más te vale que dejes de burlarte, engreído!—Mérida resopló—Mi madre insistió en que quería verme un poco más arreglada y bueno… pensé que no haría daño hacerle caso en esta ocasión—miró un poco incómoda su vestido y se volvió a él nuevamente—. ¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—¿Qué te parece? ¿Me veo bien?
Hans pensó su respuesta. Más allá del hecho de que esa colorada podía tirarle uno o dos dientes si se atrevía a hacer cualquier comentario burlón, lo cierto es que no se veía tan mal. Hasta se podía decir que lucía linda, si a uno le gustaban las pelirrojas.
—Sí. Deberías usar vestidos más a menudo—la mirada celeste de Mérida pareció iluminarse con su respuesta—, a lo mejor y así puedes conseguirte un novio de verdad. Está volviéndose riesgoso seguir mintiéndole a tu madre.
—Siempre tienes que aguarle la fiesta a uno, ¿no principito?—la vio rodar los ojos—En fin, voy por algo de beber.
Se alejó en dirección a la barra y él arrugó la frente con extrañeza, preguntándose que habría dicho para obtener esa reacción. Mujeres, ¿quién las entendía?
Un rato después de estar en la fiesta, decidió que tenía que salir al aparcamiento a tomar un poco de aire fresco. Si bien estaba resultando no ser tan terrible como imaginaba, tampoco se sentía del todo cómodo con desconocidos y personas que no eran tan íntimas. La última media hora había estado escuchando la cháchara de Anna, quien se le había acercado para "alabar su nuevo look".
—¡Qué bueno que te quitaste esas patillas, Hans! No me lo tomes a mal, pero te parecías a uno de esos tipos que salen en mi libro de Historia de la escuela, ya sabes, esos tipos antiguos con cabello extraño—la pelirroja había tomado sus trenzas y las había puesto a ambos lados de su rostro para imitar sus patillas—, ¡se veían como dos orugas gordas sobre tu rostro! Nunca te lo quise decir por miedo a herir tus sentimientos, pero creo que finalmente llegaste a la misma conclusión, ¿no? Ja ja ja ja.
Hans había resistido el impulso de lanzarle a la cara la soda que bebía en ese momento. Además, la enana no había mencionado nada acerca de la sabandija. En serio, ¿dónde se habría metido?
—¿Escapando de tu propia fiesta?—la voz que se escuchó al lado suyo lo tomó por sorpresa.
Elsa estaba de pie allí, con las manos ocultas tras su espalda, observándolo con su usual indiferencia y vestida para la ocasión. Llevaba puesto un vestido azul marino de mangas largas que dejaba sus hombros al descubierto y caía libremente hasta por encima de sus rodillas. Su trenza francesa caía impecable como siempre por uno de sus hombros y el ligero maquillaje que se había aplicado acentuaba sus suaves facciones, levemente iluminadas por la luz del farol que había en una esquina. Ya había anochecido.
El joven se la quedó mirando por unos segundos, encubriendo su expresión con su frialdad habitual. En ocasiones se preguntaba como haría la rubia para verse siempre tan perfecta, a esas alturas realmente empezaba a dudar que se pudiera ver mal con cualquier cosa. Presumida.
—Bueno, vaya, pero si es Copo de Nieve en persona. Y yo que creí que no ibas a venir—dijo sonriendo sarcásticamente.
—Eugene me amenazó con subir todos nuestros vídeos a Internet si no lo hacía, así que muchas opciones no tenía—Elsa se encogió de hombros—, como sea, no me voy a quedar mucho rato. Este ambiente no es lo mío.
—¿Por qué no me sorprende?—Hans ensanchó su sonrisa maliciosa—¿Y qué? ¿Eres de las que acostumbran llegar tarde a todas las fiestas? ¿Dónde te habías metido, sabandija?
—Tenía cosas que hacer.
—¿Cosas que hacer? ¿Tú?
La platinada frunció los labios ante la risita sardónica que se le escapó y lentamente, movió sus manos hacia enfrente para mostrar un pequeño paquete envuelto en forma de obsequio.
Hans borró su sonrisa. Aquello sí que no se lo esperaba.
—Esta tarde estuve buscando un regalo en el centro comercial. No sabía bien que podía traerte, digo, eres tan vano y tan egocéntrico que seguramente cualquier cosa te parecerá poco, pero en fin—Elsa le extendió el presente—, espero que sea suficiente.
El colorado lo aceptó con algo de recelo.
—No habrás puesto nada desagradable aquí dentro, ¿no?
—Oh, no lo sé—Elsa levantó una de las comisuras de sus labios con malicia—, supongo que tendrás que averiguarlo.
—Más te vale que no sanguijuela, porque si se trata de una bromita esta vez sí me las voy a cobrar con tu horrible gato—la amenazó Hans, antes de abrir cautelosamente el obsequio.
Adentro solo había una fina cadena de oro, masculina y no muy ostentosa que a juzgar por su apariencia, no debía ser precisamente barata. Sus ojos verdes la observaron impertérritos antes de volver a levantar la vista hacia si hermanastra.
—Pero, tú buscaste esto… ¿para mí?—preguntó asombrado.
—Bueno, mamá dijo que tenía que obsequiarte algo, así que… bueno—Elsa rodó los ojos con incomodidad, aunque un leve rubor se había apoderado de sus mejillas—, ella me ayudó a pagarlo, así que considéralo como un regalo de parte de las dos. Como sea, el otro día sí me pasé un poco con esa broma de las patillas… así que… pues, en fin…
—¿Mis oídos me engañan o acaso estás disculpándote?
—Tómalo como quieras, Hans. De todas formas no es como si no te lo hubieras merecido—la muchachita se cruzó de brazos—. Espero que no botes ese obsequio, al menos por mamá, realmente te ha tomado cariño. Además lo elegí pensando en la persona vacía y superficial que eres, seguramente te va a gustar lucirlo por ahí como todo un pedante.
—Tú siempre tan amable, Copo de Nieve—dijo el aludido irónicamente, sin evitar sentirse extraño ante ese gesto.
Intento ignorar a toda costa la agradable sensación que de pronto experimentaba internamente, o el hecho de que esa noche, la blonda estaba más encantadora que nunca. Últimamente se había descubierto pensando eso, cuando no se comportaba como una niñita malcriada.
—Supongo que ahora tendré que devolverte el favor en tu cumpleaños—le dijo adoptando su postura presuntuosa y arrogante—, ya sabes, no soy de la idea de quedar debiéndote algo. Deberías decírmelo para estar preparado.
—Mi cumpleaños ya pasó, fue el veintiuno de diciembre.
—¿Cómo dices?—Hans frunció el ceño, perplejo.
No la podía creer, ese día nadie había comentado nada en casa.
—A mí no me gusta festejar mis cumpleaños, ni hacer tanto escándalo por la fecha—dijo Elsa—, no desde que en mis trece, mamá armó un gran alboroto que no terminó del todo bien. A veces ella puede ser demasiado… festiva. Y considerando que es tan cerca de la Navidad, pues se pone como loca. Así que desde entonces tenemos un trato: ella entra con una pequeña tarta a mi habitación por las mañanas, me canta el feliz cumpleaños discretamente y estamos juntas un rato. Después de eso, nadie menciona nada. Mis amigos me hablan y todo, pero ellos ya saben que yo no soy mucho de celebraciones.
—Entonces… ¿tú…?—la expresión del cobrizo ahora era de consternación.
—Así es, ahora tengo diecisiete años. Me gusta pasar desapercibida.
—¡¿Quién demonios hace tal cosa?! Cada vez me convenzo más de que eres una niñita muy rara, ¿sabes?
Hans rezongó un poco, quizá por el hecho de que envidiaba que ella si pudiera ocultar la fecha como si nada. A lo mejor y hasta adoptaba el mismo sistema.
—¿No te la vas a poner?—la albina le señaló su cadena—Tan siquiera deberías dejar que mamá te la vea en casa, ¿o qué? ¿No te gustó?
Él esbozó otra de sus sonrisas petulantes. Dentro de todo, el regalito sí que le había gustado. La mocosa tenía buen gusto al menos.
—¿Me ayudas?—le pidió inclinándose hacia ella y extendiéndole la cadena.
Elsa pareció un poco turbada al principio pero luego, lentamente se acercó hasta él y se puso de puntitas para colocarle el adorno. Desde esa posición pudo captar la sutil colonia con aroma a madera que se había puesto su hermanastro y que combinado con su fragancia natural, resultaba muy tentadora.
Sus mejillas ardieron una vez más. Como odiaba su lado adolescente, que pese a lo mucho que odiaba a ese pelirrojo, insistía en sacar a flor de piel ese tipo de reacciones ante él. Eso sin mencionar lo atractivo que se veía con la camisa oscura y el pelo ligeramente revuelto. El cambio de las patillas le había favorecido bastante.
—L-listo—musitó, abrochando la cadena y separándose un poco para verlo a la cara.
Ahora estaban a solo un par de centímetros el uno del otro. Hans podía contar cada una de las pequeñas pecas en el puente de su nariz y Elsa observar las motitas doradas en el iris de sus ojos, que parecían brillar de una manera especial ante la luz proveniente del alumbrado de la calle.
—Gracias por el regalo—musitó él.
—No… no es nada—ella le respondió con un hilo de voz.
¡Click! El sonido del flash de una cámara los sacó de su ensimismamiento, haciéndolos volverse a la puerta. Desde el umbral, una chica castaña sostenía su teléfono en alto para fotografiarlos. Los hermanastros se quedaron paralizados.
—¡Una foto para el recuerdo! ¡Se ven tan lindos cuando están juntos!—chilló Rapunzel con emoción.
—¡No, no! ¡Espera! ¡No es lo que crees!
—¡Borra eso, hippie! ¡Bórralo!—gritaron al mismo tiempo.
—Aww, vamos, no sean tímidos. ¡Es hora de entrar para cantarle al cumpleañero!—la muchacha los arrastró al interior del pub a pesar de sus protestas.
Iba a ser una noche movida.
—Tengo que admitir que la fiestecita de ayer no estuvo mal—Hans lanzó un dardo que aterrizó en la diana dispuesta a poca distancia de él—, ese idiota de Eugene casi siempre la caga en todo, pero ahora… bueno, no la pasé tan mal.
Él y Mérida se encontraban en el salón de juegos de la residencia de esta última, que lo había llamado hacía un par de horas. La pelirroja había querido darle su obsequio: una cartera de cuero con un curioso diseño celta en uno de los costados. Se veía como un objeto costoso.
—Te divertiste, no mientas playboy.
—Bueno sí, supongo que esos hippies sí hacen las cosas bien cuando quieren.
—Supongo que sí—Mérida estaba muy seria desde que se había presentado en su casa.
—Tú tampoco lucías aburrida, monstruo. Ni siquiera quisiste irte temprano.
La chica esbozó una sonrisa enigmática y un poco resignada.
—Digamos que había muchas cosas interesantes que ver.
—¿Cómo qué?—Hans volvió a arrojar otro dardo hacia la diana.
—Cómo tú y Barbie por ejemplo, no le quitabas los ojos de encima.
Esta vez, el pelirrojo la miró como si de repente le hubiera dicho que el cielo había dejado de ser azul.
—¿Qué mierda has dicho?
—Eso, que no le quitabas los ojos de encima—Mérida se bajó de encima de la mesa de billar en la que estaba sentada—, ni siquiera aunque estuvieran en lados opuestos del bar. Te estuve observando ayer y todos estos días y bueno… ya he tenido bastante como para asimilar una cosa.
—Háblame claro melenuda, ¿a qué carajos te refieres?—a Hans no le gustaba el rumbo que adoptaba esa conversación, pero también prefería que le dijeran las cosas directamente.
—Demonios, tú no te das cuenta de nada ¿no?—Mérida suspiró—Quiero decir, eres el último chico a quien imaginaba que le diría esto… bueno, para empezar nunca imaginé que le diría algo así a ningún chico, pero supongo que es otra de esas cosas en las que mamá tenía razón. A todas nos llega la hora alguna vez.
—¿De qué estás hablando?
—Me gustas Hans—le confesó ella abiertamente, parándose con la barbilla en alto y desafiante—. Me gustaste desde aquella vez que convivimos en el campamento… bueno, un poco antes. Supongo que me afectó eso de que fueras el único que se enfrentara a mí, sin contar a esa enana de mierda claro, pero ella es insignificante.
—¡¿Qué?! Yo… yo…
—Obviamente lo de pedirte ayuda fue solo un truco de mi parte para aprovecharme de ti, digo, ya sabes que yo no sé mucho acerca de esta basura romántica. Pero pensé que con el tiempo yo podría gustarte también, no sé, que te acostumbrarías a mi compañía… obviamente me equivoqué—la sonrisa de Mérida se volvió burlona—. Vaya suerte la mía, fijarme en un chico que ya gusta de otra. Me jodiste bien principito, me jodiste bien.
—¿Qué? Oye yo no entiendo de lo que estás hablando, esto… ¡esto es mucha información para mí, demonios!
—Vamos Hans, sabes perfectamente de lo que estoy hablando, no soy ciega—la pecosa lo miró como si estuviera insultando su inteligencia—, al principio me negaba a verlo solo porque sé lo mucho que odias a esa princesita. Y aunque no me gusta darme por vencida nunca, los Dunbroch también sabemos cuando dejarlo por las buenas. Además yo no voy a estar rogándote—le espetó—, supongo que lo tuyo son las rubias presuntuosas con aires de reina, que van por ahí con vestiditos ridículos y todo eso.
—¡¿Qué?! ¡Claro que no! Oye, ¿por qué me estás diciendo toda esta mierda? ¡Estás muy equivocada si crees que me gusta esa… esa…! ¿Sabes qué? ¡Vete al carajo!
Mérida soltó una risita melancólica.
—Ayer me puse ese vestido por ti, no es cierto que mamá me obligara. Quería arreglarme un poco para ver si así me prestabas más atención. Ya sé, patético, apenas me diste un vistazo—se metió las manos a los bolsillos de su pantalón ancho—, pero llega la señorita perfecta y entonces tú no puedes mirar a nadie más, ¿no?
—Oh, vamos—Hans la miró incómodo, ahora lo estaba haciendo sentir un poco mal.
—No, no te estoy reclamando, ¡quita esa cara de lástima o te la borro a golpes!—él se quejó cuando lo golpeó en el pecho—Por lo que a mí respecta Hans Westergaard, lo nuestro se acaba aquí. Desde hoy, tú y yo ya no salimos—declaró ella—, tengo demasiada dignidad como para seguir estropeándola con esta farsa. Tendré que seguir aguantando sola los sermones de mi madre.
—¿Qué dices? Pero, espera, ¿así de fácil? ¿Se acabó? ¿No vas a seguir chantajeándome?
—No—Mérida se puso las manos en las caderas—, ya te dije que no voy a andar arrastrándome por ti, ni que fueras para tanto. Además, esto estaba comenzando a ponerse aburrido.
—Le dirás a tus padres que fuiste tú la que me terminó, ¿cierto?
—Sí, claro—la pelirroja puso los ojos en blanco—, voy a estar cubriéndote el trasero. Además todos saben que yo soy la que lleva los pantalones en esta relación, así que… tiene sentido.
—Muy graciosa.
—Al fin de cuentas, alguien como esa Barbie es lo que te mereces. Los dos son unos cretinos insoportables y engreídos que creen que pueden arreglarlo todo con sus caritas de muñeco. Me dan nauseas.
—¿Insistes con esa mierda? ¡Ya te dije que yo no estoy interesado en esa sanguijuela de porquería! ¡Como te gusta joder!
—¿Ah no?
—¡No!
—Cuando conversamos de alguna manera u otra siempre terminas hablando de ella—Mérida frunció el ceño exageradamente y engrosó su voz para imitarlo—"¡Estoy harto de esa sabandija de mierda! ¡Siempre me quiere joder! ¡Odio a su gato, la odio a ella y odio todo lo que hace!... ¡Ya no aguanto a esa pequeña cretina! Esta noche voy a darle una lección que nunca se le va a olvidar… Ayer Elsa estaba regando las flores del jardín y se veía tan patética, ¡como la detesto!... Elsa esto, Elsa aquello…"
Hans la miró perplejo, ¿en serio se quejaba tanto de su hermanastra?
—Y por favor, en serio no me hagas describirte como la mirabas ayer. ¿Crees que no me daba cuenta aunque trataras de disimular? Si hasta esa demente de Rapunzel lo notó y para que ella note las cosas sí que hace falta talento. Sino ya hace tiempo que se habría dado cuenta de como le coquetea el tal Eugene, esos dos son otro par que me parece ridículo, por cierto. En fin—Mérida resopló pesadamente—, el punto es que puedes negar ante los demás todo lo que quieras, pero venir a negármelo a mí en mi cara, eso sí que no principito. Demonios, no me hagas golpearte una vez más por ofender mi inteligencia. A ti te gusta, Elsa. Punto. Admítelo y terminemos con esto, ¿quieres?
El colorado la fulminó con la mirada.
—¡Tú no vas a decirme lo que me sucede o no! ¡Esa sabandija ha sido como una piedra en mi zapato desde que llegué aquí! ¡Siempre lo echa a perder todo!
—Reaccionas de una manera muy exagerada cuando se trata de ella.
—Pues sí, ¡eso es porque la odio! ¡Nada me haría cambiar de opinión, ¿te queda claro?!
Porque aquello no podía ser cierto. Él no gustaba de la rubia, la encontraba bonita, nada más, es decir, tenía ojos en la cara después de todo. Pero como bien había dicho antes, su personalidad irritante opacaba todo eso. No era como si le gustara en serio, ¿verdad?
—Muy bien—Mérida volvió a sonreír calculadoramente—, debí esperarme esa respuesta. Eres un maldito terco.
—¿Y tú qué sabes?—le espetó él a la defensiva.
Mérida se le acercó y levantó una mano. Por un momento creyó que lo iba a golpear y tensó su hombro por instinto pero en lugar de eso, la delgada mano de la muchacha se posó en él como quien le brinda apoyo a un amigo. Los orbes verdes la observaron interrogativamente.
—Eres un chico lindo Hans, una mierda por dentro, pero lindo al fin y al cabo. Y creo que en el fondo también puedes ser buena persona, o algo así. De veras he llegado a verte como una especie de amigo, al margen de que me gustes y todo eso. Me gustaría darte un consejo, antes de que me arrepienta.
El joven arqueó una de sus cejas.
—Si llegas a tener una oportunidad, no la cagues como de costumbre ¿quieres?—soltó ella—Me dirás que estoy loca, pero creo que tú tampoco le eres indiferente a la princesita.
Hans se mordió la lengua para no responderle con algo desagradable. Lo cierto era, que esas simples palabras habían hecho saltar algo en su interior.
Y eso le preocupaba.
Nota de autor:
Tarde pero seguro, a este paso voy a terminar actualizando los lunes en lugar de los domingos. n.n
¡Hola a todos! Espero que lo largo de este capítulo compense la espera, en serio, creo que es el más extenso hasta ahora. Pero es que tenía muchas cosas que contar y me urgía dar por concluido el Tadelsa y el Hérida. Esos dos no fueron hechos para los amados Helsa, no, no, no. :3 Varios respirarán tranquilos después de haber leído todo esto. Muchas (la mayoría xD) odiaban a Mérida pero ya ven, la muchacha tiene dignidad y no está dispuesta a seguir siendo un obstáculo entre el pelirrojo y la rubia. Tadashi por otro lado... bueno, ya lo vieron. :P
Me alegro poder incluir un poco más de Eugene y Rapunzel, ¡no saben cuanto amo a esos dos! Tan lindos que le hicieron una fiesta a nuestro pelirrojo del amor.
Hablando de eso, no tengo idea de cuando es el cumpleaños de Hans, Internet no ofrece mucha información de él lo cual es un crimen. D: Así que en este universo, digamos que es un día de mayo. Algo curioso es que también estuve investigando el de Elsa, muchos creen que es en verano por su coronación en la película pero no, resulta que realmente es el 21 de diciembre, el solsticio de invierno (tiene sentido :3). Osea que no andaba tan desencaminada en Pasión de Invierno, jajaja. Eso supuso un problema, puesto que ya había escrito todo lo referente a ese mes y ya leyeron como lo resolví. ¡No me culpen por salir del paso! x3
Además, quería que en esta ocasión ella tuviera un gesto lindo con el colorado. Él ya la consoló a su manera por su decepción amorosa. Cada vez se acercan más aunque no quieran. :P
Por favor, no me odien por quitarle sus patillas a Hans, yo las amo pero tenía que hacer que la rubia se vengara de alguna manera por fastidiarla tanto, y él se ve guapo de todos modos. xD
Anonymous time!
Ari: ¡Casi se besan! Descuida, no falta demasiado para haya un beso de verdad y mientras tanto, las cosas se irán suavizando un poco entre estos pequeños. *-* Sin celos no hay Helsa, bien dicho, jajaja. Así es Ari, Hans ya está atrapado en las redes de la rubia y no quiere darse cuenta, y ahora ella también poco a poco cae en las de él. Hiro y Flynn son unos diablillos sin lugar a dudas. ¡Espero que disfrutes este nuevo avance!
Anónimo que ha estado dejando comentarios extraños: Ehm... ¿gracias? Por tus interesantes reviews. xD Para que conste, Hans no es un psicópata en este fic, no abusara ni asesinará a Elsa, ¡rayos! Este es un fic de romance decente. D: Pero me satisface ver que al menos te has entretenido con los capítulos... supongo.
Tengo planeado algo inesperado en el siguiente capítulo, que hará que nuestros pajaritos se acerquen aún más. ¿Adivinan de qué se trata? 7u7 Claro que no, jejeje, soy mala.
