Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


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16

Una dosis de sinceridad


—¡Abran paso a Su Majestad!—aquella fue la exclamación divertida y llena de emoción que soltó una contenta pelirroja al entrar a The Lucky Cat, para beber su habitual malteada de chocolate en compañía de sus mejores amigos.

Detrás de ella, un chico de cabello negro con gafas que estaba igual de sonriente y una jovencita de cabellos rubios que tenía el semblante sombrío, la siguieron hasta la barra.

—¡Anna, ya deja de decir eso!—la acalló la blonda con los brazos cruzados e incómoda.

—Oh vamos Elsa, ¡sé que en el fondo tú también estás feliz! Ser nominada para reina del baile de fin de año es el sueño de cualquier chica—repuso la colorada dando una vuelta románticamente y haciendo que su falda escolar se balanceara de forma ligera.

Llevaba en la mano una rosa blanca que se agitaba con sus movimientos. Tres personas que se encontraban en la barra se la quedaron viendo de modo curioso.

—¿Qué pasa?—fue Tiana la que soltó la pregunta, mientras se terminaba de colocar una bandeja con panquecitos en el mostrador donde se exhibían varios deliciosos postres.

Un poco más allá, dos chicos que parecían estar estudiando también miraban con atención. Elsa evitó a toda costa la mirada de aquellos ojos castaños que ahora la molestaba más que nunca. Con el tiempo que había pasado desde su supuesta cita, le quedaba claro que Tadashi no se iba a dignar a hablarle como antes y menos con su amiguita allí.

—¡Elsa ha sido nominada para reina del baile escolar de fin de curso!—anunció Anna con alegría—¡Hoy anunciaron a todas las chicas que van a competir por el puesto! ¡Estoy segura de que va a ganar!

La albina se llevó una mano a la frente. Con lo mucho que odiaba ser el centro de atención.

—¡Muchas felicidades!—exclamó Honey sonriendo desde su lugar—Debes sentirte muy emocionada, ¿verdad?

La aludida frunció los labios ligeramente, evitando responderle. Lo cierto es que no se encontraba emocionada, sino todo lo contrario. Ella no quería ser parte de esa estúpida tradición del colegio de escoger a un rey y a una reina, demonios, ni siquiera se había postulado para tal cosa. Pero al parecer alguien más se había encargado de eso, quizá como una broma pesada.

El solo pensar en encontrarse en un escenario frente a toda la escuela le alteraba los nervios y hacía que quisiera devolver el estómago.

Simplemente no entendía como había sucedido. Ella casi no hablaba con nadie, fuera de Anna y Olaf, siempre evitaba a los demás y era fría con todo el mundo, algo que desde pequeña le había servido para ocultar su timidez. Una antisocial como ella ni siquiera debería ser tomada en cuenta para tal ocasión.

Por eso era que se había sorprendido cuando, como todos los años, un par de miembros del comité estudiantil habían ingresado al salón de su grupo para anunciarla como la nominada con más votos para representar a su clase, pues en la escuela se acostumbraba que cada una tuviera un chico y una chica que compitieran en la coronación del curso y las vacaciones de verano se hallaban prácticamente ya a la vuelta de la esquina.

Cuando se le había entregado la rosa blanca que era habitual con tal anuncio, todo el mundo había estallado en aplausos.

En serio, ¿quién le habría jugado aquella broma de tan mal gusto?

—Emoción es lo que a Elsa le sobra—dijo Olaf respondiendo por ella y mirándola socarronamente, sin sentirse amedrentado por la mirada helada que le lanzó.

—¡Hay tantas cosas que tenemos que planear! ¡Ayyy, el vestido, el peinado, el maquillaje! ¡Debes verte perfecta para el gran día, Els!—Anna volvió a revolotear a su alrededor con ansias contenidas.

Parecía más dispuesta a ocuparse de su apariencia para tal evento que la platinada misma.

—No entiendo como sucedió esto—masculló de mal talante—, debe tratarse de una broma.

—Pues a mí no me lo parece, ¡eres más popular de lo que piensas, amiga! ¡Todos aman tu estilo!

—No, no es verdad—dijo enfurruñada.

—Sí lo es—la pelirroja le pellizco las mejillas—, vamos, quita esa cara. ¡Este fin de semana iremos a buscar vestidos! ¡Te verás hermosa de gala y con tu corona!

—Prefiero tirarme a un puente.

—Parece ser algo importante—comentó Tiana con ligereza.

—¡Y lo es! El baile de fin de curso de cada año es lo más importante para todos, hay música, ponche, luces y luego el rey y la reina bailan una hermosa canción—afirmó Anna soñadoramente—, es algo tan especial.

—Pues no deberías estar tan contenta—le recriminó Elsa—, te recuerdo que Kristoff también ha sido nominado en su salón. ¿No te molesta que podamos ganar ambos? Tú eres quien debería estar nominada.

La chica todavía recordaba cuando habían visto el rubio en un receso y, con la misma expresión de hastío que portaba Elsa, les había informado de las buenas nuevas, pensando que igualmente se trataba de una broma de pésimo gusto.

—Oh Elsa, la verdad es que yo siempre imaginé que tú ocuparías este puesto—repuso la pecosa con tranquilidad—, y aunque me ha tomado por sorpresa lo de él, prefiero que gane contigo a que baile con alguna otra de esas zorras—su mirada verdosa adquirió un matiz fogoso—, ¡y es por eso que vas a ganar! ¿Entendiste?

La joven resopló una vez más. El baile le emocionaba tanto como tener una espinilla en el rostro.

—¿No les parece que Elsa tiene muchas posibilidades de ganar?—inquirió la pelirroja volviéndose a los demás, a pesar del evidente deseo de la mencionada para que dejara de mencionar el tema de una vez por todas—Apuesto a que se verá resplandeciente cuando llegue el gran día… ¿o tú que crees, Tadashi?—preguntó volviéndose al asiático cizañeramente.

Desde que se enterara de la situación entre él y su amiga, su simpatía por el muchacho había desaparecido y estaba más dispuesta que nunca a buscar tantas ocasiones para incordiarlo como fuera posible.

El azabache volvió a despegar sus ojos de su libro de física y miró a la rubia, incómodo.

—Pues, que tienes razón. Elsa siempre se ve bien con todo así que supongo que se verá linda para su baile—respondió él con la amabilidad que lo caracterizaba.

—Así es, ¡por eso todos creen que ella es la chica más guapa de nuestro salón!—exclamó Anna sonriendo frente a él y a Honey, quien no se daba ni por enterada del asunto—Realmente, el chico que vaya con ella al baile será el más afortunado del mundo. Pero ya sabes, ella no puede ir con cualquiera, no, no, no.

Elsa deseó que se la tragara la tierra ahí mismo.

—¡Qué emocionante! En nuestro instituto nunca hacen bailes así—dijo Honey.

—Je, sí, normalmente ahí tenemos cuestionas más importantes de las que ocuparnos—agregó Tadashi con un encogimiento de hombros.

Aquello fue como una bofetada para la albina, quien de nuevo se sintió como una chiquilla sin cerebro.

—Oww, pero sería lindo que de vez cuando se organizara algo así, no sé, yo siempre quise asistir a uno de esos bailes—insistió la rubia ceniza—, imagina lo que sería ser coronada reina y todo eso. Claro que en nuestra escuela habría mucha más competencia, je je. Aunque si fuera tan bonita como Elsa, ¡seguro tendría todas las de ganar! ¿No lo crees?

—No hables así, Honey. Tú ya eres bastante guapa.

La aludida le sonrió a su compañero y Elsa sintió ganas de vomitar.

—Pues sí, lástima que no hagan nada así en su escuela, no saben lo que se pierden—Anna se acercó a ella y acomodó la rosa blanca en su cabello—, cuando llegué el baile mi amiga se verá A-DO-RA-BLE—deletreó.

—Aww, que linda, ¡pareces una muñequita!—exclamó Honey con enternecimiento.

La blonda tuvo que contenerse para no fulminarla con los ojos.

—Bueno, pues mucha suerte Elsa… creo—volvió a hablar Tiana arqueando una ceja oscura. En todo ese momento solo se había mantenido pendiente de escuchar la conversación y ya parecía haberse dado cuenta de su incomodidad.

Una conocida melodía interrumpió el momento, proveniente de su celular. La canción de La Marcha Imperial* empezó a sonar sobresaltando a todos y anunciando una llamada. Abochornada, Elsa se apresuró a buscar el aparato en su bolso. Solo había una persona a quien le había asignado ese tono (que le quedaba bien por su maligna personalidad) y cuya interrupción en ese instante, no sabía si padecer o agradecer.

Tomó la llamada y acercó el móvil a su oído.

—¿Qué quieres, Hans?

Sus amigos observaron como su expresión gélida se transformaba poco a poco en una consternada y luego, en una desesperada.

—¡¿Qué?! Pero… no… no, ¿qué le pasó? O-ok—musitó asustada, solo para colgar inmediatamente.

Ahora estaba más pálida que nunca.

—¿Elsa?—preguntó Anna, preocupada por su cambio repentino.

Ella no respondió, sino que se echó a correr hacia la salida dejando desconcertados a todos. Tenía que llegar a casa cuanto antes.


Adgar recargó uno de sus brazos contra la pared de aquel pasillo de hospital, dejando caer su frente en él con un hondo suspiro. No recordaba la última vez que había estado tan preocupado.

Cuando esa tarde le habían llamado desde la clínica para informarle que su esposa había sido trasladada allí tras un accidente desafortunado, había sentido como el corazón se le detenía por un segundo. Después de hacer una rápida llamada a casa, había salido corriendo de la oficina hasta el sanatorio, con una sensación opresiva en el pecho.

No podía concebir que algo malo le sucediera a la mujer que amaba. Y su hija… ¿qué le diría a Elsa cuando la tuviera enfrente? Para ella, su madre era lo más importante.

Como si de una invocación se tratara, la rubia muchachita apareció en ese momento con su hijo siguiéndola de cerca. Tenía sus delicadas facciones contraídas en una mueca de angustia y apenas lo vio, echó a correr hacia él.

—¡¿Dónde está mi mamá?! ¡¿Qué le ha ocurrido?!

Adgar trató de tranquilizarla.

—Trata de tener calma, Elsa. Tu madre ha sido trasladada a cuidados intensivos, afortunadamente la ambulancia la trajo a tiempo y yo ya he hablado con un médico. Tenemos que esperar a que todo salga bien.

—¡¿Qué sucedió?!

—Un accidente automovilístico—respondió el hombre con pesar—, otro conductor se estrelló contra su auto cuando se dirigía al trabajo. Al parecer venía distraído—suspiró—, las autoridades ya se están encargando de ello. Pero me temo que Idun resultó malherida por el impacto.

—Mamá—musitó la joven con un hilo de voz, sus ojos aguándose al escucharlo.

Detrás de ella, vio a Hans dirigirle una mirada incómodo. También se le notaba preocupado.

—¿Qué va a pasar con ella?—inquirió la blonda, por cuyas mejillas ya resbalaban las lágrimas—¿Está muy mal? Se va a poner bien, ¿verdad? ¡Quiero verla! ¡Quiero ir con ella!

—Tranquilízate, Elsa—su padrastro la sujetó por los hombros cuando hizo amago de ir a buscarla—, en este momento no puedo permitir que vayas a verla. Los médicos la están atendiendo; al parecer va a necesitar una transfusión de sangre y su tipo es muy raro.

La chica asintió, sollozando. El tipo sanguíneo de su madre no era el más sencillo de encontrar, pero por suerte ella también lo tenía. Y eso también debía saberlo su esposo, puesto que siguió hablándole con toda la serenidad que le era posible.

—Tienes que donarle la tuya para que pueda recuperarse, en estos instantes es lo que más necesita, ¿comprendes?

Elsa volvió a asentir.

—¿Qué va a pasar con ella?

—Primero que nada van a hacerle la transfusión y después la dejarán internada en cuidados intensivos. Me temo que lo único que podemos hacer es esperar, el doctor no me ha informado de nada más sobre su estado de salud.

Lo cierto es que el mismo era algo dudoso, debido a lo estrepitoso del accidente. Pero no quería mortificar a la muchacha.

—¡No quiero que le pase a nada a mamá! ¡Tienes que hacer que se recupere! ¡Tienes que hacerlo!—la vio romper a llorar y el corazón se le estrujó.

—Escúchame Elsa, tienes que mantener la calma—le repitió, alzando levemente su barbilla para que lo mirara—, los médicos están haciendo su trabajo para que tu madre esté a salvo y yo mismo voy a asegurarme de que le brinden la mejor atención. Te prometo que nada malo va a ocurrirle, ¿de acuerdo?—la aludida movió la cabeza afirmativamente—Ahora tienes que poner de tu parte para ayudarla. Esta noche yo me quedaré para ver que todo marcha bien.

—Yo también quiero quedarme.

—No, no es conveniente en este momento. Hazme caso.

Adgar llamó a una enfermera para que se ocupara de la donación de sangre, tras lo cual su hijastra fue conducida a una pequeña sala esterilizada en donde hicieron el proceso pertinente. Toda ella temblaba de pies a cabeza.

Elsa no podía creer lo que estaba sucediendo. Apenas el día anterior, su madre y ella preparaban galletas para la cena y la castaña reía como siempre. Y hoy ni siquiera sabía a ciencia cierta que tan grave se encontraba por aquel accidente. Pero algo en el semblante de su esposo le hacía tener un mal presentimiento.

¿Qué haría si a su mamá llegaba a pasarle algo? Sentía tanto miedo. Idun era lo único que tenía. Ninguna de las dos contaba siquiera con familiares cercanos.

Siempre se habían tenido solamente la una a la otra.

Cuando la enfermera terminó de recabar la sangre que necesitaba para la transfusión, limpió su brazo y la ayudo a ponerse de pie. Ahora se sentía ligeramente mareada por la extracción y el llanto.

Al salir de la estancia, distinguió a su padrastro hablando con Hans. A juzgar por su rostro se trataba de algo serio. El muchacho pareció recibir algunas indicaciones antes de que su padre se retirara para hablar con un doctor. Elsa se le acercó dudosa, preguntándose si habría algo que no le quisieran decir.

—¿Mi mamá va a estar bien?—preguntó, con la voz temblorosa.

Tal vez en su ausencia habían sido informados de alguna otra cosa.

Hans se volvió a verla con preocupación. El fino rostro níveo de su hermanastra estaba empapado por las lágrimas y tenía un aspecto desolador. Desde que se habían dirigido desde casa al hospital, luego de que él recibiera una llamada de su padre, una nerviosa agitación se había apoderado de ella y no era para menos. Se veía tan indefensa.

Él también estaba nervioso por lo ocurrido, para que negarlo. Le había tomado mucho cariño a Idun, que lo había tratado tan bien desde que había llegado a Oslo.

Observó las pupilas cerúleas que tenía frente a él y que eran idénticas a las de su madrastra, llenas de temor. Elsa todavía tenía entre sus cabellos la rosa blanca que le había visto antes de que partieran al sanatorio y ella ni siquiera parecía haberse percatado. Elevó una mano para tocarla y aplastó ligeramente un pétalo entre su índice y el pulgar. ¿Quién se la habría dado? ¿La habría recibido de algún chico del colegio? Una leve molestia lo invadió.

—Tu mamá se va a poner bien—le dijo intentando tranquilizarla—, papá está haciendo de todo para asegurarse de que así sea. Él no va a dejar que le pase nada.

La albina se estremeció y agachó la cabeza, mientras un nuevo lamento escapaba de sus labios.

—Quiero ver a mi mamá—dijo y por un instante, al pelirrojo le pareció una niña pequeña que necesitaba desesperadamente el cuidado de alguien mayor—, quiero saber que le pasa.

—No, papá ya dijo que no sería prudente. Esta noche se va a quedar en observación, seguro que mañana podemos pasar a verla—replicó Hans—. Vamos, no llores, todo va a estar bien.

Se sentía como un idiota al decirle eso. Por supuesto que iba a llorar, era su madre después de todo. Él no quería imaginarse lo que sentiría si a su propia madre le sucediera algo parecido. Pero algo tenía que hacer para calmarla, ¿no?

Su padre le había pedido que la llevara de regreso a casa y cuidara de ella. Ciertamente iban a pasar varias horas antes de que supieran algo más de Idun.

—Vamos—tomó de la mano a la rubia y ella solamente se resistió un poco antes de dejarse llevar rumbo a la salida.


Elsa acarició con aire ausente la bola de nieve que había tomado de su repisa de trofeos. Aún le parecía recordar con claridad el momento mismo en que su madre se la había obsequiado, diciéndole lo orgullosa que estaba de ella. Acababa de ganar una competencia local de patinaje infantil.

Pensar que ahora podría irse de manera repentina solo le destrozaba el corazón. En el hospital habían dicho que el accidente había sido muy severo. Era una suerte que ya hubieran llevado el auto a reparación, pues no quería ni ver como había quedado.

Eso solo habría aumentado la ansiedad que sentía por su progenitora. ¿Cómo estaría en ese momento? ¿Le habrían hecho ya la transfusión? ¿Sería eso suficiente?

Sin quererlo, los ojos se le aguaron de nuevo. Idun era lo más valioso que tenía en su vida y si algo llegaba a pasarle, no tenía idea de lo que iba a hacer. Aunque no fuera muy demostrativa con su mamá, la amaba inmensamente. ¿Y si ella de pronto…?

Sacudió la cabeza con energía. No, no debía pensar en eso, su madre se iba a poner bien. Su padrastro se lo había prometido.

El sonido de pasos entrando a la biblioteca la alertó.

—Has estado toda la tarde aquí—le dijo Hans con voz neutral mientras se le acercaba—, ¿tienes hambre?

La adolescente negó con la cabeza. Se sentía como si no fuera capaz de tragar nada en ese momento. Lo escuchó respingar.

—Pues tienes que comer algo—la riñó—, no te la puedes pasar metida aquí todo el día, ¿me oyes?

La chica no se había movido de su sitio hacia horas, ni había dejado de lamentarse además de no haber probado bocado. Eso, en contra de sus intenciones, le preocupaba. No se podía descuidar así. Estaba muy delgada y después de haber donado sangre y de todo el estrés que estaba sufriendo, le parecía que podía desmayarse en cualquier momento. Tenía una gran responsabilidad con ella y no esta vez no quería dejarla de lado.

Ambos se encontraban solos en la casa. Después de haberse enterado de lo ocurrido, Eugene había ido inmediatamente al hospital a llevarle unas cuantas cosas a su tío para que pasara la noche y de paso, hacerle compañía.

Ahora se preguntaba si habría hecho bien al dejar que se fuera. Tal vez el castaño hubiera logrado animar a Elsa un poco con sus bromas. Aunque pensándolo mejor, quizá le habría llegado a decir alguna cosa imprudente, por lo que era mejor que estuvieran a solas. Pero eso no quitaba que se sintiera bastante incómodo al mirarla de esa forma.

No sabía ni que le podía decir.

—Voy a traerte algo de comer y más te vale que no vayas a renegar ¿eh?

Elsa no le respondió.

Unos minutos después, él volvió cargando una pequeña bandeja sobre la que podían vislumbrarse un plato de sopa y otro con un emparedado, además de un vaso con jugo. La blonda desvió la mirada, inapetente y apretó con más fuerza su bola de nieve entre las manos.

Su hermanastro se dio cuenta al instante de aquellos gestos y resopló.

—Mira Elsa, mejor no lo pongas difícil. Ya te dije que no puedes quedarte ahí todo el día, llorando. ¿Crees que vas a ayudar a tu madre de esta manera?

—¿Y tú qué sabes?—musitó ella mirándolo de reojo, con recelo—No es tu madre la que está en el hospital.

—No, pero también estoy preocupado por Idun—el pelirrojo dejó la bandeja en un lugar cercano y se sentó a su lado—y estoy seguro de que no querrá que te descuides de esta manera. Si ella estuviera aquí, te diría que tienes que comer algo. ¿No quieres que te vea bien cuando vayas a verla mañana?

La platinada pareció reaccionar con aquellas palabras.

—¿Tú crees que pueda verla mañana?

—Puede ser, pero no te voy a llevar si sigues siendo tan terca.

Ella se quedó en silencio por unos segundos, antes de enderezarse y acceder a comer sin muchas ganas. Dejó la bola de nieve a un lado y por un rato permanecieron en silencio, el colorado pendiente de cada delicado movimiento de la muchacha. Se rostro conservaba una triste expresión, pero al menos había logrado que ingiriera algo.

Sus orbes esmeraldas se dirigieron hacia el adorno que había dejado a su lado y lo tomó con suavidad. Elsa lo observó por el rabillo del ojo.

—En serio te gusta mucho, ¿no?—le comentó, señalando la bola.

La aludida asintió con la cabeza.

—Mamá me la obsequió justo después de una competencia importante, siempre nos han gustado las cosas de invierno… Ya sé que piensas que es tonto.

—No es tonto—Hans le devolvió el objeto. Ya ella había terminado de comer—. Comprendo porque te pusiste tan histérica aquella vez… ya sabes, el día que llegue aquí.

—Hum—un dedo pálido y delgado tocaba la pequeña grieta que se mostraba en la superficie de la esfera—, realmente fuiste un idiota. No te habría perdonado si la hubieras quebrado, esto es muy valioso para las dos.

—Puedo imaginármelo. ¿Por qué es tan importante para ti?

Elsa se quedó observando unos segundos el diminuto castillo de hielo que se mostraba en el interior del adorno, haciéndole pensar que no iba a responderle.

—Cuando tenía ocho años, me esforcé muchísimo para entrar en una competencia de patinaje; aunque a veces mi mamá ni siquiera podía acompañarme a los ensayos. Tenía que trabajar mucho. Sin embargo esa vez, ella pidió el día libre para poder asistir y apoyarme. Era algo muy bueno, puesto que no siempre podíamos pasar muchos momentos juntas por su trabajo… cuando gané mamá estaba tan contenta, que me obsequió esta esfera de nieve. Era la misma que había visto días antes, en una tienda de juguetes. No me la pudo comprar en su momento, así que me puse muy feliz cuando me la dio. Fue uno de los días más felices de mi vida—sus ojos azules se cristalizaron—, por eso es que me gusta tanto.

Y él casi la había roto. Hans se sintió como un verdadero imbécil.

—Yo… no lo sabía… —el sollozo contenido de la chica interrumpió su murmullo.

—Si mi mamá no se recupera no sé lo que voy a hacer—habló Elsa con la voz quebrada—, no quiero que le pase nada. ¿Por qué tuvo que sucederle esto a ella? Ella nunca le ha hecho daño a nadie…

Su diálogo desembocó en un llanto que le rompió al corazón al pelirrojo. Nunca la había visto llorar de esa manera, ni siquiera cuando ese meserito de Hamada había dejado de prestarle atención o cuando él mismo, estúpidamente, había roto aquel adorno navideño que tanto le gustaba.

Esta vez lloraba en serio, con una tristeza y un miedo que hasta Hans podía sentir. Y supo entonces que no le gustaba verla llorar.

—Estoy seguro de que nada le va a pasar—dijo, acercándosele dubitativamente y pensando en si debería tomarle la mano o algo—, vamos Elsa, no llores, no… no me gusta verte así.

Si la jovencita se quedó tan sorprendida por sus palabras como él mismo, no lo supo, porque solo la vio cubrirse el rostro con las manos para llorar con más sentimiento, dejando caer su bola de nieve sobre el sofá. Entonces, Hans se atrevió a hacer lo único sensato a lo que podía recurrir en una circunstancia como esa.

Sus fornidos brazos rodearon el delgado cuerpo de la muchacha, apretándola suavemente contra su pecho. Elsa no opuso ninguna resistencia. Las lágrimas de su rostro le mojaron la camiseta cuando se dejó mecer levemente por él, manteniendo su cabeza oculta en su pecho. Toda ella temblaba levemente por los sollozos que emitía. Nunca le había parecido más frágil, más pequeña de lo que usualmente la veía.

—¡¿Qué voy a hacer si le pasa algo a mi mamá?!—la escuchó preguntar, su voz ahogada contra su cuerpo—¡¿Qué voy a hacer?!

—Shhh, no pienses en eso, tranquila—una de las manos masculinas se posó en la cabeza rubia—, estoy seguro de que va a estar bien. Tiene que estarlo.

—¡No quiero estar sin mi mamá!

—No lo estarás, Elsa… no lo estarás…

Ahora quería decirle tantas cosas. Quería pedirle que parara de llorar porque odiaba verla quebrarse así, quería decirle que no se preocupara, que él cuidaría de ella sin importar lo que pasara, porque algo había cambiado en su interior después de la convivencia en todos esos meses; no estaba seguro de que, pero era así.

Deseaba decirle todo esto y más, sin embargo las palabras morían en su garganta. Probablemente nunca estaría listo para aceptar que después de todo, ella había dejado de ser esa niñita desagradable a la que odiaba insistentemente por meterse con sus planes.

—¡Mamá! Mamá…

La escuchó llamarla lastimeramente, mientras se ocultaba más en medio de su abrazo, como una niña perdida a la que instintivamente necesitaba proteger. La mano que descansaba sobre su cabeza se movió delicadamente, acariciando la melena platinada e instándola a dejar salir toda la pena que sentía.

No supo cuanto tiempo permanecieron de esa manera, con él sosteniéndola como si fuera una muñeca diminuta y ella dejándose hacer, ya sin reclamarle su cercanía o siquiera tener intenciones de alejarse.

Finalmente, los lloros se apaciguaron hasta quedar reducidos a un murmullo cansado y luego, a nada.

La respiración de Elsa se había vuelto más profunda y sus párpados estaban cerrados por el agotamiento, ya ella completamente dormida. La separó lentamente de su pecho y observó sus mejillas todavía húmedas y la hinchazón que rodeaba sus ojos. Aquel había sido un día de emociones fuertes para la chica.

Cuidadosamente la tomó en brazos, dejando su cabeza recargada contra su hombro y emprendió el camino hasta su habitación, que seguramente solo estaría ocupada por Marshmallow.

El gato lo miró desde un rincón en la oscuridad pero no se movió de su sitio.

Hans depositó a su hermanastra cuidadosamente sobre la cama, metiéndola debajo de las sábanas y arropándola. Aún traía el uniforme desarreglado del colegio, pero nada podía hacer respecto a eso. Sus manos se movieron desde el edredón hasta su mejilla y su coronilla, retirando unos cuantos mechones que se habían escapado de su trenza y obstruían su rostro, que le pareció más pacífico y precioso que nunca.

Una joven como ella, pensó, tan pura y tan delicada, no tendría que pasar por momentos como aquel.

Pensó en retirarse para dejarla descansar, cuando Elsa se removió ligeramente, con una expresión tensa en sus facciones. Probablemente estuviera teniendo un mal sueño, con todo lo que había pasado.

Después de dudarlo un poco, el pelirrojo se sentó en la orilla de la cama y volvió a posar una mano sobre la cabeza de Elsa, tratando de reconfortarla. La escuchó gemir en sueños, incómoda y después relajarse ante su toque.

Algo saltando encima del lecho lo sobresaltó, pero enseguida se dio cuenta de que no era más que Marshmallow, quien a diferencia de otras veces no le siseó ni trató de arañarlo, sino que simplemente se deslizo entre las sábanas y se metió debajo del brazo de su dueña, tratando de tranquilizarla.

Los dedos del colorado se trasladaron de su cabello hasta uno de sus pómulos, acariciando con el pulgar la piel salpicada de pecas que sobresalía del edredón. Era suave y tierna.

¿Qué demonios estaba pasando con él? ¿Qué era lo que tenía Elsa que le afectaba tanto?

Había veces en las que le parecía que nunca conseguiría comprender a su hermanastra. Tan amable y obstinada a la vez, adorable y malcriada, hermosa e infantil.

Posiblemente nunca la entendería del todo.

—Duerme bien, Elsa—susurró, inclinándose hacia ella y rozando sus labios contra la sien de la adolescente, experimentando un cosquilleo al sentir las hebras plateadas ajando su piel y el leve olor floral que desprendían.

Todo en ella era encantador.

Cerciorándose de que dormía en paz, abandonó la habitación emparejando la puerta.


Horas más tarde, Hans se encontraba en la biblioteca, intentando distraer su mente con los trabajos que tenía pendientes para entregar en su clase de mañana. Había funcionado a medias. Lo cierto era que solo estaba pendiente de su teléfono, por si llegaba a recibir alguna llamada de su padre dándole alguna noticia.

Intranquilo, dejo su laptop a un lado y se decidió a ir a la cocina a prepararse algo de beber, ya dudando de poder conciliar el sueño esa noche.

Una serie de pasos lo distrajeron de inmediato y cuando volteó, pudo ver como Elsa entraba también en la estancia, todavía luciendo su uniforme más desalineado que nunca, con su trenza deshecha y una cara en la que se mezclaban el cansancio y la preocupación.

—Hey, ¿qué estás haciendo? Creí que estabas dormida.

La blonda negó con la cabeza.

—No puedo dormir, no dejo de pensar en mi mamá. Estaba soñando con ella—dijo, angustiadamente—, ¿te han llamado del hospital?

El joven hizo un gesto negativo y entonces ella se sentó en un taburete, cabizbaja.

—Deberías cambiarte y tratar de descansar un poco más. Has estado muy agitada todo el día.

—No creo que pueda descansar ya. ¿Qué hora es?

El cobrizo le echó un vistazo al reloj del horno de microondas, en un rincón cercano.

—Casi las once. Dormiste varias horas.

—Tuve un mal sueño—confesó la muchacha—, era sobre mamá. Yo… no creo que pueda volver a dormir…

De repente se había puesto más pálida de lo habitual.

—Elsa, ¿estás bien?—el pelirrojo se le acercó y le tocó la mejilla con el dorso de la mano, como si quisiera asegurarse de que no tenía fiebre. Se veía muy desmejorada, pero afortunadamente su temperatura seguía normal—No te preocupes por eso, solo fue un sueño ¿sí?

Lejos de parecer más relajada, la chica se encogió en su asiento, presa de un repentino estremecimiento. Hans retiró su mano y fue hasta un gabinete para sacar un par de tazas.

—Qué tal un poco de chocolate caliente, ¿eh? Eso siempre te anima.

La rubia no volvió a responder, pero se mantuvo pendiente de todos sus movimientos, mirando de reojo como calentaba la leche y agregaba el cacao. Hans podía ser un verdadero caballero cuando se lo proponía aunque también resultaba algo extraño.

Cuando finalmente colocó las tazas humeantes encima del mesón y le acercó la suya, le dio las gracias quedamente y se puso a soplar para dar un par de pequeños sorbos.

Él se sentó a su lado en silencio.

—¿Y eso? ¿Quién te lo dio?—la repentina pregunta la confundió al principio pero luego se dio cuenta de como su hermanastro señalaba con el índice la rosa blanca que aún tenía sobre sus cabellos, ya aplastada después de la larga siesta que había tomado.

Ni siquiera se acordaba de que la tenía allí. Frunció levemente el ceño, pensando en lo ridículo que se debía haber visto el día entero, con esa flor pegada a su cabeza.

—¿Fue algún chico?—el tono burlón de las palabras de Hans ocultaba el fastidio que sentía realmente—No me digas que has vuelto tan rápido a las andadas, Copo de Nieve.

—No—negó ella en voz baja, mientras se desenredaba rápidamente la rosa del pelo, consiguiendo deshacer aún más su trenza—. Me la dieron en la escuela… es algo estúpido en realidad…

—¿Ah sí?—Hans tomó un largo sorbo de chocolate, sin despegar sus pupilas esmeraldas de ella.

—En el colegio tienen una tradición en la que cada año se escoge a un rey y a una reina para el baile de fin de curso. A los nominados con más votos se les da una de estas rosas y bueno… parece que esta vez me tocó a mí—repuso ella con ironía—. Como dije, es algo estúpido.

—¿Lo es?

—Sí—replicó Elsa con seriedad—, yo ni siquiera quería ser parte de esto, no soy popular en la escuela… o al menos no creí que lo fuera. Este tipo de cosas son algo superficial e idiota. Como sea, de todos modos no creo que vaya a ganar—añadió, sosteniendo la estropeada rosa frente a sí y alisando algunos pétalos con el pulgar y el índice.

—¿No?

—No, esa torpe tradición solo está pensada para un tipo de personas… guapas, frívolas, vanas—lo observó de reojo—, yo no soy así, y nunca me ha interesado…

—Que poca esperanza te tienes, sabandija. Deberías sentirte halagada—Hans tomó un largo trago de chocolate antes de continuar hablando, como si tocara un tema sin importancia—, yo creo que igual y puedes ganar. Eres muy bonita.

Las mejillas níveas de la aludida se encendieron abruptamente.

—No lo dices en serio.

—Sí, lo digo en serio—admitió el pelirrojo—, ya sabes, en realidad tienes bastante suerte de que sea así, porque tú eres una niñita muy difícil de tratar.

Elsa bufó y se cruzó de brazos infantilmente.

—¿De veras lo crees así?—inquirió con un hilo de voz, pendiente de su reacción por el rabillo del ojo.

Los ojos de jade del muchacho no le quitaban la vista de encima y de repente eso la ponía muy nerviosa. Había algo distinto y muy extraño en esa mirada, de lo que no se había percatado antes y no sabía decir que era.

—¿Qué eres difícil de tratar? Sí—respondió él con su habitual arrogancia—y lo otro también.

Elsa sintió como se incrementaba el calor en su rostro y se apresuró a tomar un poco más de chocolate, con la esperanza de que al menos eso pudiera justificar su inesperado cambio de color.

—¿Estás segura de que te sientes bien? De pronto te has puesto muy colorada—dijo él volviendo a posar el dorso de su mano encima de su frente, aunque claramente distinguió un retintín burlesco en su voz.

La chica apartó su mano con un movimiento del brazo.

—Creo que es la primera vez que me dices algo amable tan directamente—repuso, intentando sonar neutral.

—Pues será mejor que no te acostumbres.

—¿Eso fue lo que pensaste de mí la primera vez que me viste?

La pregunta tomó a Hans desprevenido.

—Sí—respondió quedamente recordando ese día, cuando los dos se habían visto por primera vez y su padre los había presentado. Resultaba raro pensar que había pasado ya buen tiempo y que en cierta manera, se habían acostumbrado también el uno al otro—, cuando te vi llegar esa vez y te miré de cerca, pensé que eras como una muñequita.

—Ay, ¿es en serio?—esta vez en la voz de la adolescente se escuchó un ligero tono de diversión.

—Te pareces a una—dijo Hans—, sobretodo con tu pelo y tus ojos. Pero también pensé que eras demasiado engreída para tu edad y muy descortés con las visitas.

—Bueno, no te conocía, mamá no me había preparado para tu llegada y me chocó bastante enterarme esa misma mañana, no sabía que pensar de ti—dijo Elsa—. De todos modos, más tarde me arrepentí de haber sido tan grosera contigo y decidí que cambiaría y trataría de que nos lleváramos bien, parecías un chico muy amable y paciente… hasta que te vi con mi esfera de nieve y dejaste de fingir.

—No me dejaste otra opción, tenía muy claro que contigo las cosas no iban a ser tan fáciles—Hans tomó de su bebida una vez más y entonces ella apreció como la misma bajaba por su garganta, y su manzana de Adán moviéndose y las casi imperceptibles pecas que rodeaban la base de su cuello y se extendían por el inicio de su clavícula, en medio de la piel del color del durazno—, tenía que defenderme. Yo pienso… que si tu recibimiento hubiera sido otro, posiblemente hubiera mantenido mi faceta encantadora y a lo mejor las cosas serían muy distintas. No habríamos peleado tanto desde el principio.

—¿Te lo parece?

—Ese era mi plan al inicio, cuando papá me contó que su esposa tenía una hija supuse que no sería difícil ganarme su confianza con unas cuantas palabras bonitas… es obvio que me equivoqué.

—Te habría descubierto tarde o temprano, tú nunca me diste buena espina—admitió Elsa—, pero la verdad es que… tengo que aceptar que no eres tan mala persona como creía.

Hans levantó una ceja.

—Antes me parecías una persona nefasta y puede que lo seas conmigo, pero de vez en cuando haces cosas buenas. Creo que si fueras sincero más a menudo, serías mejor de lo que eres ahora.

—¿Se supone que debo tomar eso como un cumplido o qué demonios?

—Deberías tomarlo como un consejo. Estoy segura de que a veces te molesta mucho tener que fingir.

—Mira, yo soy como soy. Y si llego a mentir es porque tengo mis razones; no todos podemos ser unas blancas palomitas como tú, ¿entiendes?

—¿Tienes tus razones?

—Sí—el cobrizo se puso serio de repente—, no lo comprenderías. Y tampoco es algo de lo que vaya a hablar contigo.

Elsa se levantó de su taburete y se puso de pie frente a él, escudriñándolo con la mirada.

—¿Y por qué no? ¿Temes que descubra quién eres en realidad?—preguntó desafiante.

—Y según tú, ¿qué soy yo en realidad?—Hans le devolvió la mirada con el mismo reto implícito, inclinándose a su vez para mirarla a los ojos.

—No sé—dijo ella—, eso es lo que quiero averiguar, supongo…

Hans se sorprendió al escuchar su respuesta. ¿Acaso estaba sugiriendo que quería conocerlo mejor? ¿A él? ¿La persona que le había hecho imposible la vida en los últimos meses? Eso era algo que jamás se hubiera esperado de la misma reina del hielo y lo peor era que, inexplicablemente, la posibilidad no le molestaba.

Los ojos de Elsa eran muy atrayentes, grandes y azules, del mismo tono que el mar adonde siempre le gustó ir de niño. Acababa de darse cuenta de que ese era su color favorito.

Sus pupilas se desviaron desde ese par de pozos cerúleos hasta los labios de la jovencita, sonrosados y ligeramente carnosos. Le parecieron más tentadores que nunca. ¿Qué se sentiría tenerlos entre los suyos?

Muy despacio, como si estuviera tanteando su reacción, acercó su rostro al de ella quien no hizo ademán de moverse de donde estaba. Avanzó un poco más y los párpados de la muchacha se cerraron, exponiendo sus pestañas espesas y oscuras. El corazón del colorado dio un vuelco.

Su boca rozó suavemente la de Elsa…

El sonido de su teléfono, anunciándose dentro del bolsillo de su pantalón los sobresaltó a ambos, haciendo que se alejaran como si de repente hubiera surgido una barrera invisible que los hubiera expulsado a cada uno hacia lados opuestos.

Dando un respingo, Hans se apresuró a contestar.

—¿Sí?—hubo una pausa. Elsa se llevó una mano al pecho y lo miró nerviosa, sintiendo su corazón latir acelerado, ¿qué diablos habían estado a punto de hacer?—Papá—su hermanastro nombrando al responsable de la llamada provocó que se volviera hacia él, expectante. Desde su lugar. Hans le devolvió la mirada con la misma reacción—, sí, todo está bien, ella está aquí conmigo… sí… ¿en serio?... Eso es genial, me encargaré de decirle… está bien… yo también. Gracias.

Colgó.

—¿Qué ha sucedido?—preguntó la rubia con ansiedad.

—Tu madre está bien, los médicos ya lograron estabilizarla—Hans la vio despedir un enorme suspiro de alivio. De pronto parecía como si el alma hubiera regresado al cuerpo de la chica—, la van a mantener en observación. Papá se quedará con ella el resto de la noche.

—Oh—Elsa entrelazó sus finas manos—, ¡me alegro tanto! Estaba tan asustada…

El joven asintió con la cabeza, también él se sentía aliviado. Ambos volvieron a mirarse y entonces se ruborizaron, recordando lo que iban a hacer antes de recibir esa llamada.

—Elsa, yo…

—Creo que será mejor que vayamos a dormir—dijo ella rápidamente—, mañana quiero ir temprano a ver a mamá.

Dicho esto, se dio la vuelta y echó a correr a su habitación.


Impaciente, Elsa caminó por el pasillo del hospital rumbo a la habitación que estaba ocupando su madre. Esa mañana su padrastro había vuelto a llamar informando que la mujer se encontraba estable para recibir visitas y que afortunadamente, no tendría secuelas graves del accidente, aunque sí algunas lesiones que requerirían bastante reposo.

Vio al hombre saliendo del dormitorio con aspecto cansado pero visiblemente más aliviado que antes. Eso tenía que significar que todo estaba bien.

Adgar le sonrió ligeramente al verla acercarse.

—¿Cómo está mi mamá?—preguntó ella inmediatamente.

—Ella se encuentra bien, está recuperándose. Tendrá que pasar un par de días más en observación antes de volver a casa, pero lo grave ha pasado ya. Ha estado preguntando por ti.

—¿Está despierta ahora?

Él asintió con la cabeza.

—Puedes pasar a verla, pero sé delicada con ella, ¿de acuerdo? Aún está un poco convaleciente.

La muchacha hizo ademán de entrar pero antes, repentinamente se volvió hacia Adgar, como si reparara en algo. Sus grandes ojos azules lo observaron con cierto reconocimiento.

—Tú te quedaste todo este tiempo a cuidarla, ¿verdad?

—Quiero mucho a tu madre, Elsa. Si por mí fuera, nada le pasaría jamás. Creo que la pasé tan mal como tú cuando recibí esa llamada del hospital.

La rubia desvió la mirada por un instante, con cierta timidez.

—Gracias—le dijo en voz baja—, has sido muy bueno con ella. Me alegra que hayas estado aquí para acompañarla.

Antes de que pudiera replicarle nada, la joven entró en la habitación cerrando la puerta tras de si y pensando que después de todo, su padrastro era un buen hombre. Ya no le molestaba tanto compartir la atención de Idun con él.

Su mirada se habituó rápidamente al color aséptico de las paredes de la estancia privada, que por lo demás estaba impecable. Un pequeño sofá para visitas se hallaba debajo de un ventanal con cortinas traslúcidas y al otro extremo, había una puerta que seguramente daba a un cuarto de baño. En la cama, debidamente vendada de sus heridas y con un suero conectado a su cuerpo, distinguió a la castaña mujer.

—¡Mamá!—Elsa se precipitó hacia ella, teniendo cuidado de no moverla ni incomodarla, y arrodillándose a un lado—¿Cómo te sientes? ¡Me tenías muy preocupada! ¡Mucho!

Idun sonrió con ternura, a causa de su estado. No se veía tan mal como había imaginado, a excepción del pequeño parche que tenía en la mejilla y el collarín que rodeaba su cuello. Extendió una de sus manos para acariciar su melena platinada.

—Lo sé, lamento haberte asustado tanto, cariño. No vi venir ese accidente. Creo que no volveré a coger el auto por un tiempo, ¿eh?

—¿Cómo estás?

—Oh, el dolor es cada vez menos. El médico dice que las lesiones de mi cuello y el costado tardarán en desaparecer, pero al menos no es nada de que preocuparse. Y gracias a ti, la pérdida de sangre tampoco fue un problema—le acunó la mejilla—, por un instante tuve mucho miedo. Pero ya estoy aquí, nada volverá a pasarme, ¿me oyes?

—¡Oh, mamá!—las pupilas cerúleas que la miraban, idénticas a las suyas, se cristalizaron—¡Qué bueno que estás bien! Creí… creí que…

Elsa no pudo contener el sollozo que brotó de su garganta y finalmente, abrazó a su madre, quien correspondió el gesto a pesar de su condición y la consoló con cariño maternal. Solo en esos instantes se volvía a dar cuenta de cuan frágil podía ser su hija.

—Shhh… no llores, mi cielo. Estoy bien, de verdad—le llevó varios minutos tranquilizar a la llorosa adolescente. Elsa no se dejaba llevar a menudo por las emociones, pero cuando lo hacía, resultaba ser muy en serio—. Hoy no fuiste al colegio.

—No, tenía que verte—repuso la albina secándose las lágrimas—. Antes no me dejaban pasar, pero hoy no me voy a mover de aquí. Además tu esposo necesita descansar, se ha quedado todo este tiempo cuidándote.

—Es verdad, no se separó ni un minuto de mi lado—la mirada de la castaña refulgió con afecto—. Adgar es un gran hombre, cariño.

Elsa asintió, descubriendo que esta vez no le molestaba darle la razón.

Cumpliendo con su amenaza, la chica no se despegó de ella en todo el día, ocupándose de atenderla y de ayudarle a comer, y conversando como si fuera un día normal en casa. Idun quería distraerse, de modo que la había interrogado acerca de como andaban las cosas en la escuela. Sus orbes zafiros se iluminaron cuando la muchacha le informó, sin mucho entusiasmo, su nominación como reina del baile, algo que todavía no se acababa de creer.

Pero que al parecer a su progenitora le causaba la ilusión que a ella no.

—Tendremos que conseguirte un lindo vestido—le dijo con fascinación—, serás la reina más bonita de todas.

La blonda le siguió la corriente. Más valía mantener a la mujer contenta, en lugar de renegar como normalmente lo habría hecho por las circunstancias.

Al llegar la noche, ambas cenaron tranquilamente en la habitación y después de esponjar un poco la almohada de Idun para que pusiera descansar mejor, la adolescente se acurrucó en el sofá para intentar dormir un poco. Después de lo ocurrido, no había dormido del todo bien la noche anterior, entre las pesadillas que había tenido y las dudas que la habían atosigado después, sin dejarla volver a pegar un ojo; todas ellas respecto a cierto joven de cabellos pelirrojos. No se había dado cuenta de lo cansada que estaba, sino hasta haber quedado satisfecha con su visita.

Desde su lugar en la cama, la castaña la observó amodorrada y se sintió afortunada de estar recuperándose. Ambas eran lo más importante la una para la otra y no quería ni imaginar lo que habría ocurrido si algo más le hubiera pasado en el accidente.

Claro que estaba segura de que en cualquier caso, su esposo no dejaría a su hija desamparada. Pero habría sido terrible no seguir allí para ella.

La puerta de la habitación se abrió sigilosamente, revelando la alta figura de un muchacho de cabellos rojos. En silencio, su hijastro ingreso a la estancia y miró hacia donde dormía Elsa. Llevaba un pequeño bolso bajo el brazo del cual sacó una cobija y la extendió encima de la platinada, procurando no despertarla.

Después volteó hasta donde estaba Idun y pareció sorprenderse al ver que continuaba despierta. Algo azorado, se acercó hasta su lado con una mano en la nuca.

—Hola, ¿cómo te sientes?—preguntó en voz baja.

La mujer le sonrió.

—Ya estoy mejor, muchas gracias. Tu padre ha cuidado muy bien de mí. Lo único que lamento es tener que pasarme tantos días en cama, quisiera volver cuanto antes a casa—desvió la mirada hasta su hija—, Elsa me necesita y estoy segura de que después de este susto, me echará en falta más que nunca por allá.

—Solo serán unos días, saldrás pronto—le dijo él—. Lamento no haber venido a verte antes, apenas tuve tiempo para traer a Elsa antes de ir a clase y creí que querrían estar a solas—se desprendió del bolso y lo dejo en una silla—, le traje unas cosas para que pasara la noche aquí, pero creo que me demoré bastante.

—Eres muy buen chico, Hans—la morena lo miró cariñosamente—, en especial con mi hija. Gracias por ser tan bueno con ella.

—No, no es así—negó él sacudiendo con la cabeza.

Su madrastra siempre le había tenido en mucha estima pero recién en ese momento, empezaba a sentirse como si no la mereciera. La escuchó reír levemente.

—Yo sé que aún tienen problemas aunque traten de disimular, mi hija puede ser muy testaruda. Pero en todo este tiempo me he dado cuenta de que has llegado a tomarle cariño y estoy segura de que ella también a ti. Además, tengo que agradecerte por estar a su lado mientras estuve aquí. Estoy segura de que cuidaste muy bien de ella.

Sin quererlo, a la mente de Hans acudieron los momentos de la noche anterior, él abrazándola, llevándola a su habitación, mirándola y teniendo pensamientos poco inocentes, tratando de besarla después… si su madre tan solo supiera…

No, ni siquiera lo imaginaba, ni lo haría a juzgar por su rostro sonriente y lleno de dulzura.

—¿Sabes? Una parte de mí a veces se preguntaba si Elsa no se sentiría demasiado sola, conmigo trabajando tanto y ella siendo tan reservada. Me habría gustado poder darle un hermano… pero creo que ahora tú estás haciendo un gran trabajo al cumplir con ese papel—Idun bostezó—. Perdona, estoy hablando demasiado. Los medicamentos me han afectado un poco.

—Descansa—le dijo él palmeándole suavemente la mano—, estaré afuera con mi padre por si necesitan algo.

La trigueña le hizo caso y no tardó en cerrar los ojos para sumirse en un profundo sueño. Lo último que hizo el joven, fue echarle un vistazo a la figura durmiente en el sofá antes de salir con el mismo sigilo con el que había entrado.


Días después del incidente, podía decirse que las cosas en casa habían vuelto relativamente a la normalidad. Elsa se hizo a la tarea de atender a su madre lo mejor posible, quien fue capaz de salir del hospital con las correspondientes precauciones. Tendría que llevar el collarín por algún tiempo más y también usar un par de muletas, pues uno de sus pies había sido lesionado en el accidente. Por lo demás, la muchacha no podía estar más aliviada de que su recuperación transcurriera normal y constante.

Tenía que admitir que todos en casa habían puesto mucho de su parte para ayudar a la castaña; incluso su hermanastro se esforzaba por ello y lo extraño era que ahora sus acciones le parecían sinceras.

Parecía que nunca iba a terminar de comprender a Hans del todo.

El muchacho que hacía unos meses había aparecido para desordenar su vida cada vez la confundía más. Podía ser patán y amable, embustero y considerado, hipócrita y encantador… desde aquel día terrible en que se había acercado para consolarla, ninguno de los dos había hablado de lo ocurrido pero a ella no se le podía olvidar.

Aún le parecía sentir a veces sus brazos en torno a ella y esa hermosa sensación de sentirse protegida en ellos, la calidez de sus labios a punto de presionarse contra los suyos…

Nunca lo admitiría del todo, ni siquiera para si misma.

Y por lo que se veía, el colorado también estaba decidido a olvidar ese lapsus de gentileza, pues ahora había regresado a tratarla con la misma hostilidad de siempre, cuando sus padres no miraban.

—Pásame la pimienta—pidió la rubia neutralmente, al tiempo que removía el contenido de una olla.

—¿Qué dijiste? ¿Qué te pase que?—el tonito burlón en las palabras del cobrizo la hizo entrecerrar los ojos.

—Que me pases la pimienta, dije—repitió escuetamente, mirándolo por el rabillo del ojo mientras cortaba unas verduras.

Esa tarde a ambos les tocaba hacer la cena, en vista de que querían evitarle a Idun el menor número de tareas posible.

—Está bien, aquí la tienes—Hans hizo ademán de extenderle el condimento y cuando iba a agarrarlo, lo agitó fuertemente hasta conseguir que unos granos del mismo fueran a parar a su rostro.

—¡Ay, eres un idiota!—se quejó la blonda, tallándose irritada los ojos con las manos mientras el chico reía impunemente.

—Ni siquiera sé porque te esfuerzas tanto, eso te va a quedar horrible como siempre y al final voy a tener que ser yo quien lo arregle. No cocinas una mierda.

—Vete al demonio, tarado.

Sí, todo había regresado a la normalidad.

—Ahí están mis animalitos—los dos voltearon bruscamente hacia Eugene, que acababa de entrar a la estancia con su cámara en la mano, como de costumbre—, se ven tan tiernos cocinando juntos.

—¿Cómo nos llamaste?—inquirió Elsa con un tic en el ojo.

—Hey, ¿qué les parece si se dan un poco de amor rudo para el tío Gene? Hace días que no capto nada interesante con esta preciosura. Venga, a pelear.

—¿Por qué no metes tu cabeza en el inodoro y tiras de la cadena, vago?—espetó Hans.

—Cielos Hans, en serio que tú nunca dejas de estar a la defensiva. Por eso Elsa dijo la otra vez que no eres más que un psicópata lleno de problemas y que tendrían que internarte por ahí.

—Así que dijiste eso de mí, sabandija. ¡¿Cuál es tu jodido problema?!—Hans aventó un trozo de patata a la cabeza de la platinada quien se volvió a mirarlo con furia.

—¡Pues sí, sí lo dije! ¡Porque eso es lo que eres! Un maldito psicópata con la cabeza llena de porquerías. ¡Bestia sociópata!

—¡Cuida esa boca cuando hables de mí, pequeña bruja!

—Hey, que demonios amiguita, ¿vas a dejar que te hable así?—interfirió Eugene con toda la cizaña que le fue posible.

—¡No! ¡No voy a dejar que me hable así!—Elsa extrajo el cucharón con el que revolvía la olla y golpeó con él a su hermanastro—¡Ya es tiempo de que me respetes, idiota!

—¡Augh! ¡Eso está caliente, jodida mocosa!—en menos de un segundo, ambos se estaban dando de empujones y Hans trataba de arrebatarle el cucharón con el que ella seguía arremetiéndolo—¡Dame eso, maldita sea! ¡Dame eso!

—¡Te odio!

—Eh, eh, nada de utensilios, peleen limpio—Eugene tomó una espátula de un estante cerca para poder picarlos a distancia, mientras grababa con su mano libre.

Vivir con esos dos era como tener un circo en casa y hacía falta muy poco para ponerlos a pelear, ¡como se divertía con ambos!

El timbre de la casa sonó, interrumpiendo su espectáculo.

—Oh, me pregunto quien podrá ser—dijo el castaño mirando hacia atrás. Sabía que no podía ser su tío, pues él nunca se dejaba las llaves en casa. Supuso que se trataría de alguna visita—. Será mejor que vaya a abrir, ¡mantengan esa violencia moderada! No tardo.

Ninguno de los dos se dio por enterado de sus palabras, ocupados como estaban en insultarse y tratar de quitarse el cucharón.

Eugene se dirigió a la entrada pausando su cámara. Más valía que aquella interrupción fuera importante, pues esa pelea era lo más emocionante de ese par que había podido captar en días. Sin más, abrió la puerta para toparse con una cara muy conocida.

—¡Viejo!

—¡Viejo! ¡Cuánto tiempo! ¡Mírate nada más!

—¡Mírate tú! ¡Oslo te ha sentado muy bien, desgraciado!

Los gritos de júbilo y saludos entusiasmados llamaron la atención de Elsa y Hans, quienes pronto desistieron de su pelea y aparecieron detrás del moreno, con rostros intrigados. La muchacha parpadeó confundida al darse cuenta de quien era el visitante.

—¿Lars?—preguntó con sorpresa, al ver de cerca al joven de cabellos pelirrojos que yacía parado en el umbral de la residencia.

Lo recordaba muy bien de sus fotos en Facebook. El recién llegado usaba el pelo un poco largo, tenía un piercing en la ceja izquierda y guardaba un enorme parecido con Hans, con su nariz recta, sus pómulos cubiertos de pecas y la misma sonrisa socarrona que compartían. La mirada del mencionado se iluminó al verla.

—¡Mi querida hermanita!—exclamó él, entrando en la casa y dejando sus maletas en el suelo, para enseguida aproximarse a ella—¿Cómo estás? Eres mucho más bella en persona que en tus fotos—le guiñó con coquetería y la chica se ruborizo—, me moría de ganas por conocerte cara a cara.

—¿Qué es lo que estás haciendo aquí?—la pregunta que resonó a su lado hizo que se volviera hacia Hans, que lo miraba seriamente.

—¿Qué más, hermanito? ¡Vine a pasar las vacaciones de verano con ustedes! Adelanté mis exámenes en la Universidad y pude salir antes—Lars volteó de nuevo a ver a la muchacha, con los labios alzados en una galante sonrisa—, hace tiempo que quería hacerles una visita. Aunque creo que Hansy no está tan contento de verme, ¿eh?

—Jo, ni lo menciones, hubieras visto como me recibió a mí el día en que llegué—comentó Eugene socarronamente—, nuestro rojito sigue estando tan tenso como siempre.

—Que mal, siempre fue un chico tan nervioso—los mayores rieron sin hacer caso de la mirada envenenada que les daba Hans—, espero que no te haya dado muchos problemas, hermanita. Ya sabes, creí que podías necesitar un poco de ayuda así que ni me lo pensé dos veces al venir…

—¿Papá sabe que estás aquí?—lo cortó el menor bruscamente, fastidiado de ver como le hablaba a Elsa.

Actuaba como un maldito imbécil que tuviera que rescatar a una damisela en apuros, o alguna mierda por el estilo.

—No, y la verdad no creo que le moleste que haya decidido venir a pasar una temporada. Creo que hay espacio de sobra, ¿qué no? Además el verano es mucho mejor cuando se está en familia, ¿no lo crees hermanito?

—No me llames así, idiota.

—Ciertamente es mucho mejor estar en familia y creo que a partir de hoy vamos a pasar unas vacaciones muy interesantes—apuntó Eugene—, como en los viejos tiempos, ¿te acuerdas, amigo? Tú, yo y el pequeño Hans.

—Oh sí, que tiempos aquellos—se mofó Lars—, éramos como los tres mosqueteros, ¿a qué sí, hermanito?

—Háganme un favor y váyanse a la mierda—masculló el aludido de mal humor.

—Ya veo que hay cosas que nunca cambian, pero descuida hermano, no vine especialmente a molestarte para que lo sepas—Lars miró con atención una vez más a la albina, quien no había hecho más que presenciar con curiosidad el diálogo entre los chicos—, esta vez mis intereses son otros.

A Hans no le pasó desapercibida la manera en que Lars observaba a la adolescente, algo que irremediablemente le molestó de sobremanera. Las pupilas de su hermano no dejaban de mirarla con una mezcla de embeleso y galantería barata, que a él no hacía sino romperle las bolas.

¿Qué se creía ese inútil para aparecerse por ahí como si nada e intentar flirtear con ella? ¿No le había advertido que se quedara en casa?

—¿Sabes, Elsa? Tú y yo nos vamos a divertir bastante.

—¿Ah sí?—la chica miró a Lars con cierta timidez, cohibida por su insistente observación.

—Claro que sí, vine para conocerte mejor y darte la bienvenida a la familia Westergaard como corresponde, así que ni creas que te vas a librar de mí ¿eh?—la rodeó con un brazo y le tocó la punta de la nariz con el índice—Voy a hacer que pases el mejor verano de tu vida, pequeña.

Elsa solo atinó a sonreír levemente, algo nerviosa. No estaba acostumbrada a que un chico tuviera tanta cercanía y confianza con ella, pero llevaban tanto tiempo hablando virtualmente, que no sabía como mantener su distancia.

Hans por el otro lado no se encontraba mucho mejor. Estaba lejos de estar bien. Aquello era como volver a la infancia, con todas las bromas inmaduras de ese par de idiotas y para colmo, ahora también tendría que soportar como su hermano coqueteaba con la sabandija. Por dentro estaba rabioso, alarmado, desesperado.

—¡Vamos a pasarla muy bien, chiquillos!

—Je je je, ¡así se habla viejo!

Hans apretó los dientes y empuñó sus manos. Algo le decía que sus vacaciones de verano iban a ser una mierda.


* La Marcha Imperial. Pues sí, la cancioncita esa que ponen en Star Wars cada vez que aparece Darth Vader y todo eso, ¿a poco no le queda bien a nuestro pelirrojo? Elsa piensa que sí. xD


Nota de autor:

La tía Frozen esta aquí, esta vez más temprano que las veces anteriores. :3 Y con un capítulo que en serio, me costó todos mis ovarios escribir pero que era muy, muy necesario. ¿Alguien se esperaba lo del accidente de Idun? e.e

Quisiera darle las gracias a Anielha por darme esta idea en un MP, mencionando que definitivamente hacía falta algo para que Elsa se diera cuenta de que el pelirrojo no es tan mala persona, porque con todo lo que le ha hecho como que está difícil que caiga en sus redes y recordemos que ella no es tan hormonal (como nosotras 7u7). Definitivamente tenía que darles un poco de tiempo de calidad juntos y a un nivel diferente. En serio Ani, eres fabulosa chiquilla.

Como se dieron cuenta, este capítulo estuvo lleno de fluff y Helsa a montones, poco a poco este par comienza a verse con ojos distintos, pero no se animan a dar ese paso definitivo del todo. Son muy tímidos los dos.

Sé que estarán odiando a Adgar (y a mí x3) por interrumpir de nuevo ese casi beso. ¿Qué puedo decir? Me encanta torturarlos. LOL Pronto, ya pronto criaturas, se dará ese gran momento, les prometo que falta muy poquito. Estoy preparando algo muy especial para cuando suceda ese beso especial y va a ser tan wow, que cuando lo lean les juro que estarán de acuerdo conmigo en que valió la pena esperar, muajajajajajaja...

¡Se viene un baile escolar! *Suena de fondo Dancing Queen de ABBA* Y nuestro bello copo de nieve ha sido nominada para reina, ¿creen que gane? :D

Por otra parte, ahora sí la casa está llena con un nuevo e inesperado visitante y eso que apenas acababamos de librarnos del Tadelsa. Lars le dice a Tadashi "quítate que ahí te voy" y va con todo con su guapa hermanastra. Lo sé, soy mala. :D

¡Anónimos del amor!

Ari: Creo que todas nos aliviamos cuando Mérida se sinceró con Hans y entendió como son las cosas. ;) Lo malo es que él es más testarudo que una mula. ¡Casi se besan! Dos veces. xD Ya pronto, ya pronto, lo prometo, no queda mucho para ese gran momento. :D Y sí, la verdad que nuestro Hansy es un amor, prestándole a Elsa su saco de boxeo para que saque todas sus frustraciones en vez de usar su delicioso cuerpo. :P Estos dos poco a poco se van enamorando el uno del otro. ¡Nos leemos pronto, chiquilla!

Victoria Snow: Hans con o sin patillas, es simplemente suculento. Sí, en la película en efecto tienes 23 años (y parece de 20 xD), pero en este AU tiene 19, es sencillo. A ver que se me ocurre más adelante para hacerlo mierda como tú quieres, probablemente le pase algo a causa de Elsa, muajajaja.

El capítulo que viene será de lo más intenso, ¿quién quiere ver una pelea entre hermanos por la misma chica? Vamos, yo sé que todo el mundo está levantando su mano. :D