Hoy por fin, el capítulo 1. Es cortito, lo sé, pero poco a poco se hacen más larguiruchos (crecen, como los niños). A partir de ahora subiré capítulos día sí, día no.
[CAPÍTULO 1: EL CLIENTE APLICADO]
Midorikawa Ryuuji volvía a casa por el camino más rápido. Sus ojos deseaban cerrarse por el cansancio y le dolían los gemelos, pues caminaba a paso rápido cargado con una pesada bandolera. Tenía que volver pronto a casa para comer, porque no sólo tenía clase por la tarde, sino que además tenía una cantidad ingente de deberes para esas clases y no había sido lo suficientemente previsor como para dejarse la comida hecha. Tenía el tiempo muy justo y su casa no estaba demasiado cerca de la Facultad de ADE, pero no tenían cafetería y por ahora la única solución era prepararse un bento y comer en el campus o volver a su casa y hacerse algo rápido. Como ese día no había previsto que el profesor les mandara un trabajo, ahora le tocaba jadear y apurar el paso (y menos mal que la ida era cuesta abajo).
Torció la esquina y se metió por una calle secundaria sabiendo que por esa ruta acortaba bastante el camino, pero a la vez que lo hizo se dio cuenta de una desagradable realidad que le cambió rápidamente la cara.
No le iba a dar tiempo a hacerse la comida y terminar el trabajo para por la tarde.
Se detuvo un segundo, confuso, tan repentinamente que el pelo recogido chocó con su nuca y se deslizó por el hombro. Alguien que iba tras él se asustó y lo rodeó refunfuñando un poco, pero a Midorikawa eso le dio igual porque se le había caído el alma al suelo. Le latía dolorosamente el corazón y le palpitaban los oídos por la carrera; los pulmones intentaban agarrar más aire del que podían contener y el sudor se estaba concentrando en su espalda, pero eran todos detalles nimios.
¿Qué estaba haciendo en mitad de la calle?
Debería estar haciendo Economía.
¡Debería estar haciendo Economía ya!
Se le metió el miedo en el estómago y giró sobre sus talones en busca de una solución rápida (¿correr de vuelta a la Facultad? ¿Irse directamente al parque más cercano y sentarse en un banco a trabajar?), pero estaba cansado y sus piernas pedían clemencia a gritos. Miró a su alrededor desesperado en busca de un lugar cualquiera en el que sentarse, pensando que incluso le valdría un portal, o el mismo suelo.
Sus ojos encontraron una mejor solución: El Dragón Venus.
Nunca jamás en su año y medio de estancia en la ciudad se había dado cuenta de que había un restaurante en esa callejuela. Midorikawa parpadeó temiendo en parte que fuera un espejismo, una alucinación de su mente que buscaba a toda mecha un lugar en el que trabajar. Pero no; las letras eran bien claras y grandes: era un restaurante familiar.
Tratando de ignorar el Himno de la Alegría que había comenzado a sonar en su cabeza, repasó mentalmente el contenido de su cartera y se alegró al recordar que esa mañana precisamente había añadido algo de dinero extra para comprarse un libro que, al final, le iban a prestar. Dios bendiga a Hiroto.
Al entrar, el suave olor a comida dulce le aturdió momentáneamente y se dio cuenta del hambre que tenía. Buscó un sitio vacío (fácil asunto, el local no estaba precisamente atestado de clientes) y se dejó caer en él como si le hubieran sentenciado. Durante tres preciosos segundos, disfrutó de la sensación de olvidarse de todo lo que no fuera el descanso de sus piernas, e incluso soltó un suspiro aliviado, con los ojos entrecerrados. La silla era muy cómoda y el sitio tenía aire acondicionado, cosa que su cara y su cuello agradecieron enormemente.
—Bienvenido, ¿qué va a tomar? —Una voz suave y de tono aburrido lo sacó de su pequeño instante paradisíaco.
Oh, cierto, había que consumir algo. Murmuró el nombre del primer refresco que se le vino a la cabeza y le dedicó una lastimera mirada al camarero (un chico bastante guapo al que le hacía falta un peine) al pedirlo con mucho hielo. Le hacía falta.
El chico, que probablemente no le sacaba muchos años, le dedicó una sonrisa vaga, de esas que se les dedicaba automáticamente a los clientes pero que no llegaba a los ojos, y se marchó con un breve asentimiento de cabeza, indicando que había recogido bien el mensaje. Sabiendo que era hora de volver a sus asuntos, Midorikawa se incorporó un poco en la silla, comprobó la hora (casi era hora de comer, su estómago lo sabía) y decidió que tocaba abrir la bandolera y dedicarse a las horribles cuentas.
.
.
Suma esto, multiplica aquello, dime el resultado final. Hazlo perfecto.
El té frío sudaba dejando un cerco de agua en torno al vaso, pero él no se daba cuenta. Apenas le había dado un trago desde que, una hora antes, se lo habían traído; después dejó de prestarle atención por completo. De hecho no prestaba atención a nada más que a las operaciones que tenía que realizar, esas malditas matemáticas que normalmente no le quebraban tanto la cabeza, raya a raya. Como se solía decir: sin prisa pero sin pausa.
Pero estaba frustrado. Al cabo de un rato se revolvió un poco el flequillo, que era lo único que se podía revolver, y dejó caer el bolígrafo porque estaba más perdido que un pulpo en un garaje. Normalmente no le costaba tanto y sabía que era porque se estaba estresando. Soltó una maldición entre dientes y cogió el libro de Economía tratando de encontrar las respuestas al sentido de la vida entre sus páginas pero, por supuesto, no encontró casi nada útil. Entre las cosas que sí, al menos, estaba la solución a sus dudas. Menos mal, porque el camarero no tenía tampoco pinta de ayudar mucho en la materia.
Sonrió un poco por la estúpida ocurrencia.
—Disculpe.
Hablando del rey de Roma, el chico despeinado se había acercado a su mesa, cruzándose de brazos. La camisa blanca de su uniforme, que era de manga corta, estaba remangada hasta los hombros y eso chocó a Midorikawa, que no se había dado cuenta antes de ese extraño detalle.
—Es ya la hora de comer, ¿va a querer algo más?
—¡Ah! —exclamó Midorikawa, dando un bote. Por supuesto, aunque el tipo era bastante seco, entendía el protocolo: llevaba mucho tiempo ahí con una consumición totalmente cutre y se dio cuenta de que debería haber pedido algo antes—. Sí, cogeré... eh... —cogió el menú que había apartado con indignación para dejar sitio a todos sus papeles y le echó un vistazo rápido, encontrando enseguida algo que le gustaba—. Este de aquí, sí. Arroz con curry, por favor.
El chico pareció menos irritado.
—Muy bien, estará listo enseguida —anunció en un tono pegajoso de buen camarero. A Midorikawa se le puso la piel de gallina al verle marchar y meterse por la puerta que había tras la barra (posiblemente la cocina). Miró a su alrededor y se dio cuenta de que el restaurante se había llenado sin que él lo advirtiera. Otro camarero, un chico de largo pelo liso y sonrisa mucho más agradable, bailaba entre las mesas yendo a servir unos espaguetis que olían de maravilla incluso a esa distancia. A decir verdad, un montón de olores llenaban ahora el aire y eso era un doloroso recordatorio del hambre que tenía. Tal vez debería haber pedido dos raciones.
Terminó como pudo el último ejercicio antes de que llegara su curry y le hizo un hueco a su plato, avergonzado por haber desperdigado todos los papeles a lo largo de una mesa tan grande (Ryuuji, que no estás en tu casa). El chico seco no pareció inmutarse ante ello. Normal por otra parte, porque seguramente le había visto trabajar y rezongar durante toda aquella hora.
Al fin a solas con el curry, Midorikawa cogió aire y se le llenó la boca de saliva. Olía... ¡qué bien olía!
Cogió la cuchara y probó un bocado.
Se le anegaron los ojos en lágrimas.
¡Gracias por leer!
