Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


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17

Hermanos y rivales


Un creciente y alegre barullo era lo que se percibía a las afueras de cierta escuela preparatoria, ubicada en el centro de aquel concurrido barrio de Oslo. Y no era para menos, pues con las vacaciones de verano a la vuelta de la esquina y el baile que se llevaría a cabo en pocos días, no había otro tema que mantuviera ocupados a los alumnos. En especial a cierto grupo reducido que en esos momentos, hablaba cerca de las puertas de la institución.

—Jamás voy a ganar como rey en ese ridículo concurso, ya amenacé a mucha gente para que no vote por mí—dijo amargadamente un chico rubio que tenía un semblante amedrentador en esos momentos—, esa es la tradición más estúpida y absurda que se le pudo ocurrir a esta condenada escuela.

En silencio, Elsa no pudo estar más de acuerdo con la afirmación de Kristoff. Al muchacho le había hecho tan poco gracia como a ella estar nominado para rey del baile, pero al menos podía asegurarse de quedar fuera del asunto gracias a su imponente presencia, que seguro había logrado disuadir a algunos incautos.

De ella por el contrario, no se podía decir que pudiera ir por allí queriendo golpear a los demás. Ni siquiera Anna quería hacerle ese favor, pues era la más emocionada con toda esa parafernalia del baile.

—¡Ay sí, como no! Te encanta ser el centro de atención y lo sabes—dijo Rapunzel alegremente, estirando una mano y poniéndose de puntillas para desordenar la cabellera blonda de su amigo—. ¡Serás el rey más gruñón de todos!

Frente a ellos, Anna observó la escena con un tic en el ojo.

—Ni creas que te voy a perdonar por haberme nominado a esa tontería, ¡teníamos un trato, Punz!

—¡El trato se terminó! Además yo sé que te mueres por ir a ese baile y hablando de eso… —la castaña le dio una fuerte palmada en la espalda y lo miro significativamente, como si estuviera tratando de decirle algo.

Eso hizo reaccionar al joven, que repentinamente pasó de estar serio a azorado y se llevó una mano a la nuca volviéndose a la pelirroja.

—Bueno… ya que de todos tendremos que ir a ese estúpido baile y todo eso… en fin, yo… pues yo me preguntaba Anna… —carraspeó—, si tú quisieras, si tú y yo podemos… sí puedemos… ¿Puerdón? Q-quiero decir…

Rapunzel volvió a palmearle bruscamente la espalda.

—¡¿Quésiquieresiralbaileconmigo?!—soltó Kristoff atropelladamente, dejando sorprendidos a todos.

Anna parpadeó un par de veces, procesando la información que acababa de recibir. Sus pecosas mejillas se colorearon de rojo y una sonrisa boba se dibujó sus labios, al tiempo que liberaba una risa nerviosa y se ponía a juguetear con sus trenzas.

—Je je je je je je je je je je je je… —el blondo la miró confundido, ¿acaso se estaba burlando de él?

A un lado de la colorada, Elsa le propino un codazo para hacerla reaccionar y del otro, Olaf le dio un buen tirón a una de sus trenzas.

—¡Sí, me encantaría que fuéramos juntos!—respondió Anna con voz chillona, sobresaltando a varios estudiantes que pasaban por allí.

Kristoff se ruborizo tanto como ella y le devolvió el gesto, ya los dos mirándose nerviosamente. Elsa rodó los ojos con una sonrisa de medio lado; esos dos y su timidez.

—Pues bien, entonces parece que todos iremos al baile—afirmó Rapunzel animadamente y luego miró a su amigo—, ¿sabes lo que eso significa?—el chico la miro con una ceja arqueada—¡Alguien va a tener que ponerse un esmoquin!

La expresión de Kristoff se descompuso.

—¡Ah no! ¡Eso sí que no!—se negó rotundamente—¡De ninguna manera voy a ser uno de esos maricas con traje! ¿Qué te pasa, Punz? ¡Ni que fuera la boda de la reina de Inglaterra o que sé yo!

Se cruzó de brazos, enfurruñado. Odiaba vestirse formalmente.

—¡Pues ni creas que te voy a dejar ir al baile con las fachas de siempre!—la trigueña se paró una vez más en las puntas de sus pies y empuñó su mano para darle un buen coscorrón, causando la risa de Elsa y de Olaf—No puedes llevar jeans a un baile, tonto.

—Sí que puedo y lo haré—dijo Kristoff escuetamente, sabiendo para sus adentros que esa sería una batalla perdida en contra de su amiga.

A veces esa chica se comportaba peor que su madre.

—No, no lo harás. Te conseguiremos el esmoquin más elegante y resplandeciente de todos para que te veas como un príncipe, ¡vamos!—Rapunzel le dio un par de nalgadas desvergonzadamente—¡Al centro comercial! ¡Nos vemos, chicos!

Antes de que pudiera replicar, el rubio se vio tomado del brazo por ella y arrastrado lejos de ahí, solo atinando a despedirse con la mano ante los ojos incrédulos de Anna.

—¡Que zorra tan descarada!—exclamó furibunda, haciendo dos puños con sus manitas y volteándose hacia ellos—¿Vieron eso? ¡Apuesto a que no quiere que vayamos al baile juntos! ¡Pero que ni crea que se va a entrometer! ¡Kristoff me invitó a mí!

—Ay Anna, por favor—Elsa se palmeó la frente ante la necedad de su amiga.

Un día sus celos le iban a dar un verdadero disgusto.

—Tú definitivamente no tienes remedio, Anna—dijo Olaf con una sonrisa.

—Sí, ¿cuándo vas a entender que Rapunzel no quiere nada con Kristoff? Tú y tus absurdos celos—la riñó su amiga.

—¡Lo que es absurdo es que yo tenga que ver como se las gasta esa suripanta, mientras tú tienes a tres chicos buenísimos viviendo en tu casa!—berreó la pelirroja—¡Es injusto!

Olaf dejó escapar otra risa en tanto la blonda volvió a poner sus ojos en blanco. Para ese entonces ya todos sus amigos se habían enterado de la llegada de un hermanastro más a su casa y como era de esperarse, Anna no había dejado de emocionarse con el tema. Sobretodo después de que hubo conocido al susodicho en persona.

Y hablando del mencionado, la platinada se sorprendió al reconocerlo acercándose a ellos.

—Quita esa cara muñequita, hasta parece que estás asustada de verme—bromeo, llegando a su lado.

—Lars, ¿qué estás haciendo aquí? Creí que estarías en casa—dijo Elsa, sonrojándose a causa del apodo por el que se le había hecho costumbre llamarla.

—No me gusta estar encerrado, quise venir a recogerte para invitarte a tomar un helado. ¿No me piensas saludar?—inquirió animadamente, acercándose para darle un beso.

—A-ah, ho-hola—balbuceó la muchacha, girando rápidamente el rostro para que los labios del colorado dieran de lleno en su mejilla y no en su boca, como parecía ser su objetivo.

Lars era demasiado desinhibido.

—¡Eso sí es amor de familia!—exclamó Anna socarronamente, rápidamente repuesta de su enfado.

El joven le sonrió a la pelirroja.

—Por supuesto, la verdad es que quiero mucho a Elsa. Desde que empezamos a hablar por Internet, ha sido imposible no hacerlo—explicó, tomando cariñosamente la mejilla de la aludida entre el dorso de sus dedos índice y corazón, lo cual la hizo ruborizarse al máximo.

—E-eh, ¿n-nos vamos?—dijo apartando su rostro suavemente.

—A donde tú quieras, preciosa. Hasta luego, chicos.

El muchacho la tomó rápidamente de la mano y la guío hasta su auto, un Mercedes plateado que había aparcado a un par de calles del colegio y en el cual le abrió la puerta para que se sentara a su lado. De más estaba decir que la platinada se hallaba muy abrumada por todas sus atenciones.

Lars solamente llevaba un par de días en casa, pero prácticamente se le había pegado como lapa. Buscaba estar con ella el mayor tiempo que le fuera posible, era simpático y muy atento. Nada que ver con su hermano menor.

Habría sido completamente agradable hablar con él sino fuera por las constantes muestras de afecto que le mostraba sin vergüenza alguna, las cuales la cohibían.

Definitivamente no era lo mismo estar frente a frente que con una pantalla de por medio.

—¿Qué te pasa, muñeca? Has estado muy callada desde que dejamos tu escuela—ahora los dos estaban sentados en una de las mesas que se encontraban afuera de la heladería cercana a casa; la misma a la que había entrado con Hans en una ocasión—. No me digas que dije algo que te molestara.

—No, nada de eso—Elsa le sonrió nerviosamente, mientras picoteaba su trozo de tarta helada de chocolate—, simplemente estaba pensando…

Lars la miró atentamente y allí, con la luz del día iluminando su apuesto rostro, la jovencita comprobó una vez más lo parecido que era al más pequeño de los Westergaard. Ambos tenían unos rasgos fuertes y elegantes a la vez, la piel ligeramente dorada por el sol y una sonrisa encantadora. Aunque el mayor no tenía una nariz tan recta y grácil como la de Hans, sino que la suya estaba levemente torcida. Tampoco tenía los ojos de ese mismo verde arrebatador que poseía el último, ni ese porte arrogante y orgulloso que tanto lo caracterizaba y que en cierta manera, era de lo más atrayente…

—¿En qué pensabas?—la pregunta de Lars volvió a sacarla de su ensimismamiento.

—Oh, eh… —Elsa desvió sus ojos azules, sintiéndose apenada al reparar en lo entretenida que había estado comparando a ambos hermanos—, en nada importante, solo… me preguntaba si te la estabas pasando bien aquí. Después de todo, nuestros padres siempre se la pasan trabajando y en casa no hay muchas cosas que hacer. Tal vez esperabas que tus vacaciones fueran más… emocionantes.

Lars ensanchó su sonrisa y extendió una mano para acomodarle un mechón de cabello rubio detrás de la oreja.

—Yo me la paso excelente en cualquier sitio donde estés tú, pequeña.

Elsa sintió sus mejillas arder y se apresuró a desviar el tema de conversación.

—Y… ¿y qué me dijiste que estabas estudiando? Cuéntame más de eso.

—Ingeniería industrial—Lars tomó un poco más de su sorbete de cereza—, no es tan impresionante como patinar en el hielo o tocar el piano desde luego, pero a mí me encanta lo que hago, ¿sabes?

La plática se extendió por varios minutos más, de una manera normal para alivio de la adolescente, tras lo cual terminaron sus postres y se dirigieron de regreso a casa.

—Uno de estos días tienes que ir visitarme a Drammen, Elsa. Puedo darte un recorrido por el campus de mi universidad—le decía Lars mientras entraban a la residencia, él tomándola de la mano—, estoy seguro de que te gustaría mucho. No sé, tal vez puedas considerar estudiar allí cuando salgas de la escuela, la pasaríamos muy bien—la mencionada se mordió el labio al escuchar esto último—, ¿ya sabes a qué te quieres dedicar?

—Pues no, la verdad es que no…

—Hasta que llegan—masculló una voz grave y molesta que le hizo volverse de inmediato.

Hans salía de la cocina con el ceño fruncido y mirándolos de manera reprobatoria, sobretodo a su hermano.

—¿Se puede saber en dónde demonios andaban? Tú—apuntó a Elsa—, se suponía que me ayudaras hoy a preparar el almuerzo, tu madre todavía no está completamente recuperada. Y tú—miró a su hermano con evidente desdén, en tanto la rubia le lanzaba una mirada gélida—, ¿por qué mierda la andas paseando por ahí? No te la puedes llevar así como así, tarado. Su madre está convaleciente.

—Mierda Hans, como jodes, sabes que eso no es cierto—se quejó el mayor.

Su madrastra estaba mucho mejor después del accidente. Le habían quitado el collarín y aunque todavía tenía que usar las muletas, era casi la misma de siempre, con su buen humor y dulzura habituales. Estaba seguro de que no se molestaría si pasaba tiempo con su hija, de hecho todo lo contrario.

Como era de esperarse, a Lars lo había aceptado de manera inmediata, al igual que a los otros muchachos que habitaban en casa.

—No me rompas las bolas—prosiguió el menor con molestia, avanzando hasta ellos y poniéndose en medio de los dos para que se soltaran de la mano—, ya estás grandecito para andar jugando a las citas de preparatoria. ¿Por qué no te buscas una forma más productiva de pasar tu tiempo libre, en lugar de andar haciendo el ridículo?

—¿Hacer el ridículo? ¿Quién demonios está haciendo tal cosa?—replicó Lars esbozando una sonrisa arrogante y socarrona—Guárdate tus absurdas escenas de celos, hermanito. Elsa merece pasar el tiempo con alguien que la trate bien para variar. Después de todo, no se puede decir que tú hayas sido precisamente la mejor de las compañías, ¿no?

Hans observó de manera desafiante y mientras los dos se sostenían la mirada, la albina no pudo sino pensar que parecían dos animales dispuestos a saltar hacia la yugular del otro. De pronto, Lars pareció relajarse y sonrió una vez más, esta vez de modo más cálido.

—Vamos, vamos hermanito, no vamos a discutir ahora por esto. Ya estamos aquí—se encogió de hombros—, porque no dejas que te echemos una mano en la cocina, ¿eh? Lo que sea que estés preparando huele muy bien, déjame decirte.

Hans se le quedó viendo con recelo, sin terminar de tragarse su buena actitud. La verdad era que desde que su hermano había llegado a la casa, las cosas se habían vuelto insoportables. Parecía un maldito púber yendo detrás de las faldas de su hermanastra, a quien siempre que estaba acompañada de él se le veía nerviosa o más tímida que de costumbre. Era mucho peor que cuando salía con ese maldito nerd.

No soportaba verlos, Lars no le brindaba ni el más mínimo espacio y la muy tonta no hacía nada para ponerle distancia. Él siempre se las arreglaba para abrazarla, tomarla de la mano, tocarle el pelo o la mejilla; un par de veces ya hasta había visto como pretendía besarla en los labios sin más y eso le encendía la sangre de una manera peligrosa.

¿Qué demonios se creía ese idiota para llegar y tratarla de esa forma? Aquello estaba mal, muy mal…

—No me hables como si fuera un crío de cinco años, ya no somos unos mocosos—le espetó, haciendo ademán de quitar la mano que Lars había puesto en su hombro—, esos airecitos de hermano mayor y bueno no te van para nada. Y tú—se volvió una vez más hacia Elsa—, a ver si dejas de perder el tiempo y te pones a ayudar de una maldita vez.

—No me hables así—replico ella con enfado—, tú no eres nadie para darme órdenes.

—Mira sabandija, mejor cuida tu lengua antes de que te de una buena lección.

—Oye, déjala en paz—intervino Lars poniéndose serio nuevamente—, no tienes porque hablarle así. ¿Ves a lo que me refiero, tonto? Tú no haces más que molestar a Elsa, ella no se merece tal trato. No me extraña que se lleve tan mal contigo.

—El como nos llevamos es asunto nuestro, tú no tienes porque meterte.

—Déjalo—Elsa llamó la atención del mayor en cuanto mostró intenciones de responder—, es así todo el tiempo, ya me acostumbré. Tu hermano tiene muchos problemas.

Un par de orbes verdes la fulminaron.

—Joder, tú ni siquiera te imaginas, de veras estoy avergonzado. No me creerías si te digo que él no se comportaba así cuando éramos niños—Lars negó con la cabeza pero luego, como recordando algo, elevó las comisuras de sus labios socarronamente—, de hecho, eso me recuerda una cosa… oye Elsie, ¿te gustaría ver una foto de nosotros cuando éramos pequeños?

En los ojos de Hans brilló una expresión de alarma.

—¿De cuándo eran pequeños?

—Lars, idiota de porquería, no te atrevas a…

—Oh sí, eran buenos tiempos ¿sabes? Hans era mucho más dócil antes de que le empezaran a salir pelos en el pecho—comentó el aludido ignorando la amenaza del otro pelirrojo, al tiempo que se sacaba su cartera del bolsillo trasero—, mucho más tímido, ya sabes. De hecho me recuerda mucho a ti, era muy tranquilo y esas cosas, déjame ver si… ¡ah sí! ¡Aquí está!—antes de que su hermano pudiera detenerlo, Lars sacó una fotografía pequeña y gastada de uno de los compartimentos de la billetera y se la extendió a la albina.

—¡Oye, pedazo de bestia, te dije que no…!—la exclamación de Hans quedó interrumpida al ver como la chica observaba la imagen, atónita.

Sus ojos azules se abrieron con asombro y en su boquita se dibujó una exclamación de sorpresa. La amarga sensación de la vergüenza se hizo presente en él.

—Hans es el pequeño, obviamente—explicó Lars divertido, señalando con su dedo índice un punto en la foto—, ¿a qué era adorable?

Elsa no sabía si adorable era exactamente la expresión que usaría al describir al niño que sonreía tímidamente, en medio de otros dos chicos más altos; uno de los cuales tenía el pelo rojo y el otro castaño. Aunque bien mirado de cerca, la verdad es que si tenía algo de tierno. Sin embargo no fue eso lo que la sorprendió, sino las notorias diferencias físicas que separaban a ese crío del Adonis que tenía en frente.

El pequeño del retrato era realmente bajito, tanto, que parecía imposible pensar que en la actualidad rebasara el metro ochenta de estatura. Sus bonitos ojos verdes se encontraban opacados por unas gafas de gruesos cristales y en su sonrisa se apreciaban unos inconfundibles frenillos. Todo ello, en conjunto con el grueso suéter de caballitos que llevaba lo diferenciaban mucho de quien era ahora.

No, aquel niño de apariencia insignificante no podía ser Hans, ¿o sí?

Sin pensarlo, una carcajada melodiosa abandonó sus labios, haciendo que Lars ensanchara su sonrisa y que su hermano se quedara lívido de furia, mientras su risa resonaba por toda la casa.

—Pero… pero… ¿cómo…?, ¿qué…?—las interrogantes de la platinada eran ahogadas por las risotadas que daba, aunque no hacía falta mucho para comprender a que se refería.

Fue Lars quien se apresuró a responder, jovialmente.

—La magia de la adolescencia, en algunas personas hace auténticos milagros. Hansy pegó el estirón, se arregló los dientes, empezó a vestirse mejor… incluso hasta hace un año todavía llevaba gafas, no tan horribles como esas, pero en fin. Le llevó meses convencer a mamá de hacerse una cirugía láser para corregirse la vista. De todos modos, no es como si los Westergaard no tuviéramos buenos genes, pero ya ves…

—Pe-pero… tú… —la adolescente señaló a Hans con su índice sin dejar de reír. Tampoco se amedrentó con la mirada de odio que recibió de sus pupilas de jade, aquello era demasiado bueno como para dejarlo pasar—, oh Dios mío—le devolvió la fotografía a Lars—, Anna no me creería esto si se lo contara.

En medio de otra risita, se dio la vuelta y subió por las escaleras a su habitación para cambiarse el uniforme, dejando a los dos hermanos solos.

El menor se aproximó hasta Lars y le dio un empujón.

—¡¿Por qué demonios tenías que enseñarle eso, imbécil?! ¡Sabes cuánto odio esas malditas fotos de mi infancia!

—Hey vamos, vamos Hansy, no es para tanto, eras adorable—dijo Lars bonachonamente—, no hagas un drama por esto, ¿sí? Recuerda que mientras estemos juntos tenemos que pasarla bien.

—¡Contigo es imposible pasárselo bien! ¡Hazme un favor y mantente alejado de mí!—bramó el mencionado golpeándolo con el hombro al hacerlo un lado para irse, furioso.

Lars se rascó la nuca, incómodo y preguntándose si habría sido muy impertinente con lo de la foto.


Dando un resoplido, Hans apiló otro de los platos que acababa de secar en un gabinete de la cocina. Se había ofrecido él mismo a lavarlos después de cenar, solo para tener un pretexto con el cual distraerse y olvidarse de las miraditas que su hermano y la sabandija se habían estado dando todo el rato en la mesa. Parecía que la mocosa todavía estaba pasándolo bien después lo de la tarde.

Odiaba verlos juntos, no soportaba que tuvieran tanta complicidad, incluso aunque Elsa parecía incomodarse a veces con el poco respeto hacia su espacio personal que su hermano insistía en tener.

Porque aun así su relación era tan distinta a la que tenía con él y eso le rompía tanto las bolas…

El golpe de la toalla contra su espalda lo sacó abruptamente de sus pensamientos.

—¡Oye idiota! ¿Qué te pasa?—le espetó al castaño que se ocupaba de lavar la vajilla en el fregadero, pero que al parecer había aprovechado su momento de distracción para molestar.

Ya le parecía raro que Eugene se hubiera apuntado para ayudarle después de la cena, así como si nada.

—¿Qué te pasa a ti? Estoy hablándote desde hace quince minutos y tú ni siquiera me escuchas—replicó él ofendido.

Hans puso los ojos en blanco, seguro de que lo que fuera que le estuviera diciendo ese condenado hippie era cualquier estupidez.

—¿Y ahora qué?—masculló de mala gana.

—Pues eso es lo que yo me pregunto desde hace días, ¿qué pasa? Llevo días tratando de conquistar a Punzie y ni siquiera se da cuenta de que le coqueteo, ¿qué ocurre con esa chica? ¿Es que acaso estoy perdiendo mi encanto?—inquirió con preocupación—¿De verdad no le gusto? ¿Hay algo malo en mí? ¿O es ese amigo suyo por el que no me hace caso? Ya sabes, el rubio, si lo conoces ¿no? Viejo, estoy seguro de que ese tipo consume esteroides o algo para estar así; de hecho, creo que una vez lo vi inyectándose algo. Podría jurártelo… ¿crees que debería meterme al gimnasio?

El pelirrojo revoleó sus pupilas ante tamaña tontería, ¿qué se podía esperar de Eugene después de todo?

—No sé amigo, no sé, te juro que le he estado dando muchas vueltas al asunto. Esto nunca me había pasado con ninguna chica, digo, como te puedes explicar que esto—señaló su rostro con ademán vanidoso—, pasé desapercibido. El otro día fui a visitarla a su trabajo para invitarla a salir ¿y sabes con lo que me salió?—el muchacho agudizó su voz para imitar a la castaña—"Oh, claro Flynn, es buenísima idea ir a tomar algo. Voy a hablarle a Kristoff para que nos alcance, a esa hora él también sale de sus prácticas de hockey". ¡Qué demonios, viejo! Dime, ¿qué es lo que hice para merecer todo esto? Todo el tiempo se la pasa pegada a ricitos de oro y sus músculos—suspiró—, no puedo más amigo, estoy tocando fondo. Creo que me he estoy enamorando de esa chica, pero ella ni siquiera parece darse cuenta. Yo, que nunca me he dejado atrapar por ninguna mujer, ¡qué manera de echar a perder las cosas, ¿no?!

El cobrizo se limitó a hacer una mueca de desagrado al escuchar todo ese monologo. Le importaba una mierda lo que ocurriera con ese vago y su estúpido enamoramiento por la hippie. A leguas se veía que ella y el oxigenado no eran más que amigos, pero la chica era tan tonta que no distinguía cuando alguien le coqueteaba.

Aún así le estaba bien empleado a Eugene sufrir por esa torpe. Se lo merecía por idiota, aunque ya estaba empezando a desvariar peor que la enana cuando veía al par de amigos.

—Mira no sé, me importa un carajo—le respondió escuetamente—, apúrate con eso, que quiero irme a mi habitación.

—Oh claro, que insensible de mi parte. Pero como vas a darme consejo, si tú la estás pasando peor que yo—Hans enarcó una ceja—, se nota que no te ha caído nada bien que tu hermano decidiera pasar sus vacaciones aquí, ¿no?

—Que brillante eres en tus conclusiones—ironizó él.

—Todo esto le ha dado una gran vuelta de tuerca a la dinámica que tienen ustedes, ¿sabes? Los hermanos que se vuelven rivales al pelear por la misma chica, clásico. En serio que estar en esta casa es como vivir en una auténtica película, ¡todo es de lo más interesante!

Hans lo miró de manera peligrosa.

—¡Deja de hablar tanta mierda antes de que te tumbe los dientes! ¡Yo no me estoy peleando por nadie! Lo único que quiero es que ese idiota vuelva a casa, es tan insoportable como tú.

—Ay viejo, ¿cuándo aprenderás qué no puedes engañar a todo el mundo?—Eugene le pasó el último plato y el colorado lo seco con furia—En fin, si insistes en mantener esa actitud. Solo te aviso que Lars se está anotando bastantes puntos con la pequeña Els. Y tú sabes que yo a él lo aprecio mucho, pero vamos, hasta para mí es evidente que esos dos no tienen nada que ver el uno con el otro. Y ya sabemos como es tu hermano cuando se encapricha con algo—tomó su videocámara del mesón en donde lo había dejado—, yo que tú, pensaría en eso—fue lo que le dijo, antes de retirarse a su dormitorio con la cámara en mano.

Hans se le quedó observando de modo resentido hasta que desapareció. ¿Qué iba a saber ese hippie de porquería de lo que hablaba?

Termino de acomodar la vajilla en el gabinete y justo en ese momento, Idun entró sosteniendo sus muletas y le sonrió al acercarse.

—Que amable eres al ayudar tanto en casa—le dijo con una sonrisa—, deberías dejar que yo me encargué de esto más seguido. Ya me siento mucho mejor.

—No podría, esto no es ninguna molestia para mí—repuso fingiendo afabilidad, en tanto ella sacaba una caja repleta de sobres de té para prepararse la infusión que el médico le había recetado.

El joven se acercó para asistirla pero ella negó con la cabeza.

—Deja, yo puedo preparármelo, ya bastante has hecho el día de hoy—dijo—, siempre eres tan buen chico.

Él le dedicó una sonrisa desganada.

—Me alegra mucho que te encuentres mejor.

—A mí también, ansío recuperarme por completo para dejar de usar estas cosas. No te haces una idea de como me gustaría regresar al trabajo; la vida en casa no se ha hecho para mí—la mujer llenó una tetera con agua y la puso en la estufa para hervirla—, al menos así he podido pasar un poco más de tiempo con Elsa. La pobre se ha puesto a estudiar más que de costumbre estos últimos días, siempre le pasa así cuando se acercan los últimos exámenes, se exige demasiado. Me temo que otra vez se ha quedado dormida en la biblioteca, por cierto—añadió dibujando una sonrisa en sus labios y negando con la cabeza—, ¿podrías…?

—Enseguida la llevo a su habitación.

—Eres tan bueno, querido—su madrastra lo miró de modo maternal—, realmente no sé que haría sin ti.

Hans le hizo un gesto para restarle importancia y salió de la cocina. Al entrar en la biblioteca, la escena familiar de su hermanastra dormitando en el sofá y con un libro abierto y a punto de caerse de su regazo, fue lo primero que lo recibió. Aquello ya se había vuelto normal de vez en cuando, siendo a él a quien su madre recurría en esas ocasiones.

La chica era demasiado empollona para su propio bien y literalmente, estudiaba hasta el cansancio. No comprendía porque se esforzaba tanto, si era obvio que la escuela no se le dificultaba mucho.

El pelirrojo cerró el libro y lo puso sobre una mesita cercana, antes de cerrar sus brazos cuidadosamente en torno al cuerpo de Elsa y levantarla de donde estaba. Su rubia cabeza quedó recostada sobre su hombro y él experimentó la agradable sensación de su peso ligero, a la que secretamente ya se había acostumbrado.

Lentamente empezó a subir las escaleras. Lars salía de su dormitorio. Su boca se contorsionó en una odiosa sonrisa apenas vio que iban a cruzarse.

—Hey hermanito, ¿ya estás más tranquilo? ¿Qué llevas ahí?

—Hazte a un lado, Lars—dijo el menor con fastidio. Lo último que necesitaba en ese momento era ponerse a discutir otra vez con el cretino.

—Que genio, ten cuidado o la vas a despertar—se burló él, dejando que sus ojos fueran de él hacia la blonda y adoptando una expresión enternecida—. Mírala, parece un angelito mientras duerme—Hans tuvo ganas de rodar sus ojos con hastío, su hermano era tan cursi a veces—. Dámela, yo la puedo llevar a su habitación.

—No molestes, Lars—le espetó con brusquedad.

Ya había tenido que soportar mucho con la escenita de la fotografía, las miraditas durante la cena y prácticamente que todos los días se le pegara a la muchacha como si fuera su guardaespaldas o a saber que, pero aquello sí que no se lo iba a permitir. Él no tenía porque llevar a Elsa de esa forma.

Aunque su mente le dijera a gritos que estaba actuando de una manera muy irracional, no le importaba.

—No es molestia, en serio. A ti ni siquiera te gusta hacerle favores a nadie, así que, en fin—Lars bajó un par de escalones para terminar de aproximarse a él—, ¿por qué no te vas a hacer otra cosa, eh?

—¿Por qué no te vas tú a ocuparte en algo? Déjala en paz un momento, ¿quieres? Pareces un crío obsesionado con un juguete, no disimulas ni un poco, cretino.

—¿Y por qué tendría que hacerlo? No es mi culpa que a ella le gusta pasar más tiempo conmigo, yo sí la trato como se merece—murmuró el mayor—, la verdad no entiendo ni porque te enfadas… ¿vas a soltarla o no?—insistió, haciendo ademán de arrebatarle a la platinada que afortunadamente no daba muestras de despertar.

Hans realmente agradecía que tuviera el sueño tan profundo.

—No, no voy a soltarla, así que muévete y déjame pasar de una jodida vez—replicó en voz baja, afianzando el agarre que mantenía sobre la adolescente.

Ambos se retaron con los ojos por breves segundos.

—Ya entiendo de que va todo esto—musitó Lars adquiriendo el rostro más serio que le había visto en lo que llevaban conviviendo esos días—, con que así van ser las cosas ¿no?

—¿De qué estás hablando, idiota?

—De esto, como de costumbre no tienes los pantalones para aceptar las cosas como son, siempre tienes que comportarte como un mocoso inmaduro, ¿no?—le dijo él—¿En serio crees que vas a arreglar algo siendo tan detestable? Por favor hermano, ella ni siquiera te soporta…

—No entiendo que…

—Joder Hans, sabes perfectamente de lo que estoy hablando—le espetó—. A mí no me importa el tiempo que lleven viviendo juntos o si te disgusta que haya venido aquí. ¡Yo me interesé primero por ella! Yo soy con quien ha hablado todos estos meses mientras que a ti solo te padecía. Ni creas que me la vas a quitar.

—¡Oye, ¿tú estás demente o qué carajo te ocurre?!

Su exclamación salió en voz más alta de lo que pretendía. Elsa se removió ligeramente entre sus brazos, haciendo que un tenso silencio se formara entre ellos. Ella no habría podido escuchar nada de lo que hablaban… ¿o sí?

La jovencita dejó escapar un pequeño suspiro de cansancio e inconscientemente, se acomodó mejor entre los brazos del cobrizo que la llevaba para seguir durmiendo.

Lars observó aquello y se tensó.

—Yo solo te digo que no me voy a alejar de ella solo porque a ti no te parece—volvió a hablar a modo de advertencia—, ya veremos quien de los dos puede más en este asunto.

Hans lo miró con dureza hasta que finalmente, su hermano lo dejó pasar. Por más que intentara no podría hacer a un lado esa molesta sensación de que una competencia silenciosa había empezado entre los dos, quizá mucho antes de que fuera consciente.

En silencio, acostó a Elsa y la cobijó como otras veces había hecho, sin dejar de pensar en las palabras de su reciente invitado.

"Veremos quien de los dos puede más en este asunto".

De modo que él iba en serio con Elsa, ¿y en serio se lo estaba tomando como una competencia? Aquello no podía ser, pensó al tiempo que retiraba unos cuantos mechones rubios de su frente.

Lars se estaba poniendo mucho más necio de lo que había pensado con ella. Algo le decía que tenía que encontrar la manera de ponerlo en su lugar antes de que fuera muy lejos.


Hastiada, Elsa volvió a suspirar ante el libro de matemáticas que tenía abierto de par en par frente a sí. No había manera; por más que lo intentaba, las ecuaciones no eran lo suyo y eso la frustraba bastante, porque siendo una de las chicas con las notas más altas de su clase no se podía permitir bajarlas por algo tan absurdo como aquello. Pero es que aquello definitivamente no parecía avanzar y era lo único que se le resistía de la materia.

Geometría bien, operaciones de matemática sin problema, raíces cuadradas, lo bastante bien como para no quedar en ridículo en los exámenes; pero no, tenían que ser las malditas derivadas las que lo echaran todo a perder.

No aguantaba más, se la había pasado estudiando como loca para los últimos exámenes de curso y como de costumbre, su estrés estaba subiendo a niveles insoportables.

—¿Qué pasa, muñequita? Has estado aquí toda la tarde—la inconfundible voz de Lars hizo que levantara la vista hacia él—, no me digas que sigues atorada con tu tarea de álgebra.

—Pues sí, no hay caso—Elsa resopló y se derrumbó en la silla hasta quedar mal sentada, de veras estaba cansándose de aquello—. Por más que intento no puedo entender estas malditas derivadas.

—Deberías dejarlo por la paz, si no hay manera pues no hay manera. No te va a pasar nada por un tema que saques mal, con las excelentes notas que tienes. Ni siquiera se va a notar.

—¡No! ¡No puedo dejarlo así! Siempre he sacado una nota perfecta en esta materia y esta vez no puede ser la excepción. De por sí el mes pasado mi promedio se redujo a nueve por culpa de estas ecuaciones, jamás me sentí tan insuficiente—declaró ella haciendo un mohín.

—Como te tomas en serio tus estudios, por eso me gustas—le dijo Lars guiñándole un ojo y sentándose a su lado en el desocupado comedor.

La chica se ruborizó y fingió ni haber escuchado su comentario.

—Bueno, es que los últimos exámenes son los más importantes. Pero con este tema no hay forma…

—¿Por qué no me dejas echar un vistazo? Puede que te ayude en algo—el pelirrojo tomó su libro de texto y analizo la página como si estuviera leyendo unos jeroglíficos—, je je je… vaya, yo no me acuerdo de haber visto nada de esto en la escuela…

—¿Y cómo te vas a acordar? Si hasta donde sabemos siempre fuiste un inútil en las matemáticas—irrumpió otra voz.

Hans hizo acto de presencia frente a ellos con una mueca desdeñosa.

—¿Otra vez teniendo problemas con álgebra, sabandija? Creí que ya te había explicado la otra vez.

—Déjate de joder Hans, solamente tú entiendes esta basura—Lars volvió a colocar el libro en la mesa y lo miró enarcando una ceja—, si sabes que esto en realidad no sirve para nada, ¿no? ¿Quién gastaría su tiempo en algo así?

—Mi profesor, él lo hace ver demasiado sencillo—Elsa soltó otro suspiro y mordió la punta de su lápiz con copos de nieve—, voy a morirme sino logro resolver esto.

—Tranquila pequeña, yo te ayudaré. ¿Qué tan difícil puede ser?

—¿Tú?—Hans miró a su hermano con desdén—¿Y en qué se supone que le vas a ayudar? ¿En perder el tiempo? Ni siquiera podrías acordarte de como sumar dos más dos.

—Bueno Hans, al menos yo tengo intención de ayudar y no me quedo ahí parado soltando comentarios de mierda, ¿sabes?

—Por favor, yo podría resolverle la tarea en menos de diez minutos a diferencia de ti, que solo sabes hablar de idioteces.

—Ah, ¿eso crees, idiota?

—Sí, cretino—espetó el menor desafiante.

Elsa pasó sus pupilas celestes de uno a otro con el ceño levemente fruncido. ¿Era su imaginación o esos dos estaban un poco competitivos esa tarde?

—No haces más que alardear como un tarado, eso es lo que haces.

—Pregúntale a la sabandija quien fue él que le explico la otra vez.

—Es cierto—admitió ella—, él me ayudo la otra vez a resolver mi tarea de esta asignatura.

Hans le sonrió con suficiencia a su hermano, quien solo le devolvió una mirada severa.

—Trae eso acá, mocosa. Es hora de que te explique de nuevo—el cobrizo se sentó al otro lado de Elsa—, o no vas a terminar nunca. Y menos con este idiota.

La muchacha soltó un bufido. Solamente porque de verdad necesitaba ayuda no reclamaba nada, pues sino ya le habría estampado el pesado libro en la nariz a ese presumido.

—Oye pequeña, ¿qué tal si te hago una malteada de chocolate mientras se ocupan de eso, eh? Necesitas energía para acabar con esta endemoniada tarea—le sugirió Lars guiñándole un ojo—, eso te gustaría, ¿no?

—Oh sí, eso me encantaría—dijo ella con el rostro iluminándoselo ante la mención del postre que tanto amaba.

Nunca le podía decir que no al chocolate.

—Ponme atención—la mano de Hans agarró firmemente su barbilla y la obligó a volverse hacia él—, esto es importante. A ver si dejas de distraerte con este.

Pronto, las explicaciones del joven y los murmullos concentrados de Elsa fueron lo único que se escuchó en la estancia, mientras Lars los observaba desde la cocina de manera vigilante, siempre pendiente de los movimientos de su hermano menor.

No lo podía creer, el tarado llevaba meses comportándose como un idiota y ahora hasta se sentía con el derecho de ofenderse porque él quería algo con Elsa.

Pero que ni creyera que se iba a salir con la suya. Hans a veces hacía demasiados berrinches por ser el menor y era un testarudo, pero en aquello sí que no iba a ganar. Esa muchachita le gustaba demasiado como para ceder en esta ocasión.

Sin más, vertió un poco de hielo con leche y cacao en la licuadora y la puso en marcha, apagando las pretenciosas explicaciones que el otro le daba a Elsa.

—¡Apaga esa maldita cosa!—le gritó Hans con enojo.

—¿Qué dices? ¡No puedo escucharte, hermanito!

El aludido se puso a refunfuñar. Su hermano siempre estropeando las cosas.

¿Qué creía? ¿Qué por comportarse como un marica lameculos con la sabandija ella iba a fijarse en él? Quizá le caía bien por su comportamiento de perro faldero sin dignidad, pero hasta ahí. Estaba seguro de que Elsa no quería nada con ese mequetrefe y vaya que se iba a asegurar de que así fuera. De ningún modo iba a permitir que saliera con nadie.

—Esto es demasiado difícil—la escuchó quejarse, al quedar atascada de nuevo en una ecuación—, no consigo que me salga el resultado…

—Escucha, no lo estás haciendo bien. Ya te dije que primero tienes que comenzar por el grupo más pequeño…

—¡Una malteada para una bella señorita!—la ridícula exclamación de Lars lo cortó en seco, quien volvió a la mesa para posar un vaso enorme frente a Elsa, buscando desviar su atención—Espero que te guste, le puse un ingrediente especial.

La platinada tomó la bebida entre sus manos y le dio un sorbo.

—¡Oh, que rica! De verdad está muy buena, ¿qué le pusiste?

—Sabía que te gustaría. Tiene azúcar y un poco de menta, no hay nada mejor para acompañar el chocolate.

—Está deliciosa, tienes que enseñarme a prepararla después.

—Te la prepararé todas las veces que quieras, muñequita. No tienes más que pedirlo.

—Hablas como un idiota lamesuelas—le espetó Hans.

—Idiota serás tú, cretino. ¿Terminaste ya de darle tus aburridas explicaciones? Creí que habías dicho que podías terminar con eso en diez minutos.

—Podría hacerlo si dejaras de interrumpir, tarado.

—Bueno, ¿y tú que te crees, zopenco? ¡Recuerda con quien estás hablando! Elsa, ¿terminaste ya con tus deberes?

—No ha terminado, idiota. Déjala un momento, ¿sí? A su cerebro le lleva más tiempo resolver esta basura.

—Mira Hans, mejor no me hagas discutir contigo otra vez. Déjate de joder si sabes lo que te conviene.

Hans se levantó de su asiento con las manos apoyadas en la mesa, mirando fijamente a su hermano. Ahora ambos se desafiaban con las pupilas. Para los dos estaba claro que aquello se había convertido en una competencia. Y la blonda era el premio.

—¿Y qué me vas a hacer si no, eh? ¿Vas a golpearme? Te estoy esperando, inepto.

—Mierda Hans, eres tan inmaduro. Simplemente acaba con esto de una vez y lárgate por ahí, ¿quieres? Elsa está cansada de lidiar contigo.

—Eso me lo tiene que decir la sabandija. La verdad es que no puede hacer nada sin mí, desde que estoy aquí me he hecho cargo de muchas cosas; desde darle lecciones hasta asegurarme de que no envenene a nadie cuando se pone a cocinar. Así que yo creo que lidiar conmigo, es casi como regalo para ella.

—Habrase visto semejante imbécil, en serio que no cambias hermanito. Siempre montando el número, te encanta que todo gire a tu alrededor, ¿no es cierto?

—No es mi culpa que así sea.

—¡Jódete, engreído!

—¡Jódete tú, pedazo de inútil!

El sonido de un libro cerrándose interrumpió su discusión. Elsa se estaba poniendo de pie y recogía sus cosas con una cara de pocos amigos.

—Oye, ¿a dónde vas?—Lars la miró sin entender.

—No puedo pensar con ustedes aquí discutiendo—la rubia los miró reprobatoriamente—, cuando dejen de comportarse como dos niños de preescolar, avísame, para salir de mi habitación. Mientras tanto no pienso quedarme aquí para escuchar sus estupideces.

Sujetó sus libros con un brazo y tomó su malteada con la mano restante para alejarse con la nariz erguida, con esa pose de reina que tanto solía emplear. Los hermanos la vieron irse con incredulidad y entonces, el mayor empujó al menor.

—¿Ya ves lo que provocas? ¡Mierda, Hans! ¿Por qué siempre la estás fastidiando?

—¿Y tú cuándo vas a entender que no le gustas?—el muchacho le devolvió el empujón—¡No seas estúpido! A ella no le interesa tener nada contigo.

—Eso está por verse, cretino de porquería. Al menos a mí no me odia.

—Vas a tragarte tus palabras cuando te mande a freír espárragos.

—Hablas como si lo dieras por hecho, hermanito—Lars le sonrió con engreimiento—. La verdad es que estoy seguro de que no será así. Todavía queda mucho verano por delante y Elsa me prefiere por mucho a mí. Aprende a perder.

Hans lo miró con verdadero resentimiento mientras se alejaba con una sonrisa de satisfacción. Ese imbécil, pensó para sus adentros.

Maldita fuera la hora en la que se le había ocurrido invadir sus territorios.


—¡Mi hermano es un imbécil!—Mérida observó como un furioso pelirrojo estrellaba una piedra contra el tronco del árbol más cercano.

Ambos habían salido a caminar al parque, en vista de que él necesitaba hablar con alguien. Le había sorprendido un poco recibir su mensaje pero al mismo tiempo, no hacía falta saber la razón que lo tenía tan molesto. Esta siempre era una chica rubia y de ojos azules a la que los dos conocían muy bien.

—Vaya principito, sí que te ha sentado mal la visita familiar—apuntó ella dibujando garabatos con una rama entre la tierra que estaba a sus pies.

—¡No entiendo porque ese idiota tuvo que venir a hacer el tonto! Sé que lo hace para molestarme, el muy infeliz. Si tan solo pudiera agarrarlo a golpes.

Mérida negó con la cabeza. El colorado parecía un niño enfadado por tener que compartir su juguete favorito. Estaba segura de que si no fuera por el papel que su hermanastra jugaba en todo aquel asunto, Hans no estaría tan enojado.

—¿Por qué no lo haces?

—¿Acaso te has vuelto loca? No tienes idea de lo que mi padre me haría si se enterara de que provoqué una pelea. Aunque ganas no me faltan. Ese tarado me está rompiendo las bolas, todo el tiempo detrás de la sabandija, como si fuera su mascota o que mierda sé yo…

—Si sabes que te oyes como una chica patética contándome todos sus problemas amorosos, ¿no? Porque eso es lo que pareces en este instante.

—¡Y tú si sabes que tu cabello es estúpido! ¿Verdad?

—Bueno, joder playboy, no es mi culpa que te estés comportando igual que una tonta con síndrome pre-menstrual. Llevamos media hora aquí y solo has estado quejándote—la colorada le aventó la rama a la cabeza—. A leguas se nota que lo que tú tienes, es que estás celoso porque ese hermanito tuyo pase tanto tiempo con la Barbie, ¿a qué no? ¿Cuándo vas a aceptar qué te gusta?

—¡Nunca! ¡Yo no siento nada por esa pequeña pulga!—negó Hans con un brillo peligroso en los ojos.

—¿Quién habló de sentir algo? Yo solo dije que te gusta, lo cual es más que obvio para todo el mundo y mira que te lo digo yo. ¿Se han visto cuando pelean? Parecen dos bestias en celo.

—¿Sabes qué? ¡No sé ni porque te cuento nada!—Hans resopló y se dejó caer contra el tronco, mirando a la chica de frente—Estoy harto de hablar de mi estúpido hermano y de esa idiota, cambiemos de tema antes de que me ponga a golpear algo—se cruzó de brazos—, le has dicho a tus padres que "rompimos".

—Oh sí, mamá se llevó a una gran desilusión—Mérida sonrió de lado—, en serio le caías bien, dijo que era una lástima que dejara ir a "un muchacho tan encantador"—rió con sorna—, aunque a papá no le importó. Dijo que ahora sí podría conseguirme a un verdadero hombre.

—Vaya, muchas gracias por lo que me toca.

—Seh, lo malo es que ahora parece que se han empeñado de nuevo en hacerme salir con el hijo del señor Macintosh, ese imbécil en serio me tiene harta. Un día de estos voy a darle una auténtica paliza—crujió sus nudillos—, alguien tiene que bajarle los humos.

—Suena interesante. Habría que ver como lo manejas, ese tipo te lleva, no sé… ¿una cabeza de altura? Debe ser difícil de derribar.

—Para nada, el tipo es como una frágil florecilla. En serio principito, ya no quedan hombres de verdad por aquí. Lo más decente que he visto es a ese rubio amiguito de la princesita; ese chico sí que sabe romperse los cojones en la pista de hockey como un macho decente. Lástima que no sea muy brillante, por eso está detrás de la enana. Esos dos son tal para cual.

—Sí, ambos no brillan precisamente por su inteligencia.

Los pelirrojos rieron socarronamente. Se sentía bien poder burlarse en compañía de alguien que no lo mirara como si fuera la peor persona del mundo por eso.

Hans sintió su teléfono vibrar en el bolsillo. Leyó el mensaje que aparecía en la pantalla e hizo una mueca.

—Mi hermano pregunta adonde fui. Como si de verdad le importara.

—En el fondo debe ser así, después de todo, tú mismo dijiste que era el único que se mostraba amable contigo, ¿no?

El joven negó con la cabeza y endureció la mirada.

—Aun así no lo soporto, siempre ha sido un cretino de mierda. Seguro que ahora se lo está pasando en grande con esa sabandija—bufó—, es mejor que regrese.

—Una pelea de hermanos por la misma Barbie desabrida, eso sí que no me lo puedo perder.

—¡No digas estupideces!—Hans la fulminó con los ojos mientras ella echaba a reír.

Aunque pensándolo bien, no era una mala idea que lo acompañara. Tal vez de ese modo podía darle unos buenos picones a la rubia para que escarmentara.

—Anda, que no quiero que ese inútil comience a atosigarme mandándome mensajes todo el rato.

—Que genio, principito. Mejor que no te vean llegar así.

Los dos se levantaron de donde estaban y emprendieron el camino hacia casa del cobrizo, charlando tranquilamente. ¿Quién habría dicho que con el tiempo podrían llegar a entenderse tan bien? Ahora hasta podía decirse que eran algo así como amigos.

Apenas entraron, unas risas provenientes de la sala de estar llamaron su atención. Al parecer Lars y Elsa se habían puesto a jugar un partido de damas chinas, y ahora la rubia le reclamaba por dejarla ganar a posta, mientras su hermano se limitaba a reír y apretarle cariñosamente la nariz en tanto ella hacía un puchero.

El solo contemplar tal escena la dio náuseas a Hans.

—Bueno, vaya hermanito, hasta que regresas. No me gusto que discutiéramos antes, espero que ya estés más calmado—los ojos del joven se desviaron desde el aludido hasta su acompañante y entonces, esbozó una sonrisita picarona—, ¿y esto? Hansy, no me dijiste que tenías una noviecilla, ¿de dónde sacaste a esta muñequita, eh?

Elsa adquirió un semblante gélido.

—Para tu información idiota, tengo nombre y no soy ninguna muñequita—le dijo Mérida ásperamente—, que sea la última vez que te escucho decirme así, ¿entendiste?

Lars pareció atónito por un segundo, antes de volver a recuperar su habitual confianza.

—Vaya, la fierecilla tiene garras—sonrió—, no sabía que te gustaban con tanto carácter, hermanito. Bonita y con genio, bien por ti.

—¿De dónde salió este payaso? Tenías razón Hans, tu hermano es un cretino—dijo la pelirroja, enviándole una mirada furiosa al joven—y yo que pensé que estabas exagerando como siempre.

—¿Incluyéndome en tus conversaciones, Hansy? Eso es nuevo. ¿Por qué le hablaste tan mal de mí a tu novia, eh?

—Viéndote en persona, no es difícil adivinarlo. Con razón Hans nunca decía cosas buenas de ti—dijo Mérida temerariamente.

Elsa levantó una de sus cejas rubias al observar la fiereza con la que la chica hablaba y el gesto burlón en la cara de Lars. No llevaban ni cinco minutos de conocerse y ya echaban chispas, eso sí que era extraño. E interesante.

—Mira Lars, cierra la boca, que cada vez que la abres solo es para decir mierda—dijo Hans con cansancio—, ya me cansé de discutir contigo, ¿entiendes?

—Hermanito, tú y tu novia no vienen con la mejor actitud. De haber sabido antes que estabas saliendo con alguien, nos habríamos ahorrado tantos disgustos—Elsa miró al muchacho con confusión, en tanto su hermano menor solo le lanzaba una mirada fría—, pero oigan, no hay que pelear. ¿Por qué no se quedan a jugar con nosotros? Estábamos jugando damas chinas con el viejo tablero de papá, ¿verdad, hermosa?

—Yo paso de ese patético juego—dijo Hans.

—¿Tienes miedo de que te gane, hermanito?

—Hablas mucho, ¿no te parece? No me gusta la gente que alardea sin hacer nada—Mérida volvió a intervenir cruzándose de brazos y comportándose de manera altiva ante el muchacho.

—Oh—Lars elevó una de las comisuras de sus labios—, pues bien cuñadita, ¿por qué no dejas de que te lo demuestre en una partida amistosa? Tú y yo fierecilla, ¿qué te parece?

—No me llames así, idiota.

—Tomaré eso como un sí.

—Voy a borrarte esa estúpida sonrisa del rostro.

Lars rió por lo bajo ante la obstinación de la pelirroja; esa chiquilla sí que era divertida. Ella tomó asiento frente a él con un semblante decidido.

—Pues, voy por bebidas—dijo Elsa, quien ahora observaba a la pareja con cara de póquer.

—Y ya que estás en eso, ¿por qué no nos traes también algo de comer, Barbie? El poner a idiotas en su lugar me abre el apetito.

—A juzgar por tus maneras, puedo apostar a que sí, fierecilla.

—¡Cállate, playboy de cuarta!

La blonda arqueó ambas cejas y sin más, se dirigió a la cocina, seguida de cerca por Hans. Algo les decía que esa partida de damas chinas se iba a extender bastante.

—¿Qué acaba de pasar ahí afuera?—murmuró la chica, en tanto sacaba una jarra de vidrio de uno de los gabinetes y algunas cosas para preparar limonada.

—No tengo ni la menor idea—dijo el colorado, en tanto hurgaba en el refrigerador los ingredientes necesarios para preparar unos cuantos emparedados.

—¿Y tú? ¿En serio vas a dejar que tu hermano le hablé así a tu novia?—Hans detectó un tono amargo en las palabras de su hermanastra y no pudo evitar sonreír arrogantemente.

—A mí me parece que ella se puede defender bastante bien sola, ¿no crees?

—Claro, después de todo es ella la que lleva los pantalones en su relación—espetó Elsa.

Y tanto que pensaba que esos dos ya no salían. Hacía tanto tiempo que el pelirrojo no mencionaba nada, ni se les veía juntos, que había pensado que lo habían dejado de una vez por todas. Al parecer no era así.

Pero, ¿por qué estaba pensando en eso?

—Llevaba.

—¿Qué?—Elsa levantó la mirada y descubrió que él la miraba de manera burlona.

—Mérida y yo no estamos saliendo, hace tiempo que lo dejamos. Nunca funcionaría—dijo Hans—, ¿aliviada, copo de nieve?

—¡Claro que no!—la albina se ruborizo abruptamente—¡Me da lo mismo lo que hagas!

—Sí, como no.

—¡Es la verdad, inútil! Ya me extrañaba que salieran juntos—Elsa hizo una mueca desdeñosa, que en su cara resultaba infantilmente adorable—, eres demasiado insoportable para que una chica quiera estar contigo. Incluso tratándose de ella.

—Trata de convencerte de eso, sabandija.

—Hum—Elsa le dio la espalda y se puso a exprimir limones dentro de la jarra que había sacado.

Desde la sala de estar, llegaban los gritos y las risas de sus acompañantes.

—¡No, idiota! ¡No puedes mover así! ¡Esas fichas eran mías!

—Creo que alguien tiene que explicarte las reglas de este juego de nuevo, fierecilla. O será que no sabes jugar…

—¡Sé jugar mucho mejor que tú, remedo de principillo!

—¿Así le hablas a mi hermano cuando se están dando cariño? Porque no sabía que le iba tanto el masoquismo.

—¡Cierra la boca, inepto! ¡Ya veo porque él se queja tanto de ti!

La risa cínica de Lars volvió a hacer eco por el pasillo. Elsa frunció levemente el ceño.

—Esos dos—musitó negando con la cabeza; era increíble que estuvieran peleando como dos chiquillos sin conocerse—. Nosotros no nos vemos así cuando discutimos, ¿o sí?

—Por supuesto que no—replicó Hans secamente, negándose a creer que dieran un espectáculo similar.

Realmente, tanto su hermano como Mérida estaban haciendo el ridículo.

Una vez que tuvieron todo listo, se desplazaron de nuevo hasta donde los recién declarados rivales jugaban, llevando un par de bandejas con vasos de limonada y emparedados fríos.

—¡Ya era hora! Mi estómago se está devorando a si mismo—Mérida tomó un sándwich y comenzó a engullirlo de manera poco refinada—, tu hermano realmente es una princesa al jugar—le dijo a Hans.

—¡Hey, eso no es cierto! Tu noviecita es la que empeña en hacer trampa.

—Mentira—Mérida lo fulminó con sus ojos azules antes de reparar en Elsa—, bueno princesita y cuéntame, ¿qué tal llevas lo de estar nominada para reina del baile? ¿Ya fuiste a buscar tu vestido y todas esas cosas?—inquirió burlonamente.

—No, la verdad es que no creo ni quiero ganar—contestó la blonda tranquilamente, mientras le daba un delicado sorbo a su vaso de limonada.

—¿Y eso por qué no?—preguntó Lars, rodeándola con uno de sus brazos—Alguien tan bonita como tú, sí que merece ser reina.

Mérida puso los ojos en blanco mientras que Hans observaba a su congénere de modo amenazador.

—¿Ya sabes con quién vas a ir a ese baile? No me habías comentado nada—siguió diciendo el mayor de los hermanos.

—No, la verdad es que no he prestado mucha atención a eso. La idea del baile no me emociona mucho.

—Eso está muy mal, muñequita. Eres joven, mereces divertirte y más adelante no podrás asistir a un baile como ese. Tienes que ir y ganar esa corona. Y también tienes que estar bien acompañada, ¿no te parece?—Lars trazó círculos en su hombro con el pulgar, haciéndola ruborizarse.

—¿Q-Qué?—Elsa lo miró, nerviosa.

—Lo que dije, ¿me darías el honor de acompañarte a tu baile?

La albina parpadeó atónita ante la propuesta. Incluso Mérida lo miró con sorpresa.

—Yo… yo, no sé—balbuceó Elsa—, bu-bueno… —aceptó, con la guardia baja.

—No te arrepentirás, pequeña. Seré tu caballero de brillante armadura.

Lars le tomó la mano con galantería y se la llevó hasta los labios, provocando que el rostro de la muchacha se encendiera aun más.

Ninguno de ellos reparó en la manera en la que Hans apretaba los dientes, sin poder creer la ridícula y devastadora escena que tenía delante. Ese imbécil y sus malditas artimañas para salirse con la suya.

Todo estaba mal.


Nota de autor:

Helloooooo panquecitos!

Ya sé, es tardísimo, mil perdones por la demora pero tuve que hacerle cambios muy importantes a este capítulo, ya que sentía que estaba yendo demasiado rápido e hice modificaciones de última hora. D: Espero que les haya gustado.

¿Qué podemos decir de la entrega de hoy, chiquillos? Muchas sorpresas como siempre, empezando por Lars, que viene con todo por cierta rubia pero todo puede pasar, así que yo que él no daba las cosas por sentado. Mientras tanto, él y Hans han tenido que pasar por lo suyo para ganarse la atención de Elsa, cada uno a su manera claro está. Por lo pronto el hermano mayor se ha anotado un punto invitándola al baile, pero puede que las cosas no le salgan como a él quiere, (¡no me odien, por favor! xD).

Por cierto, ¿alguien se esperaba esa interacción con Mérida? Ni yo lo hacía, créanme, ni yo lo hacía. :O

Se suponía que hoy ibamos a ver lo del baile escolar, pero ya ven, los planes cambian. Espero que aún así hayan disfrutado mucho de esta actualización ;)

Ari: ¡Hola, mi pequeña! Lo sé, Hans cuidando de Elsa es la cosa más linda y dulce y hay. *w* Casi se besan de nuevo, ya falta menos para el momento definitivo. Te aseguro que esos dos hermanos van a competir con todo por la rubia y bueno, queda pendiente ver si ella gana la coronación en el baile. ;D ¡Nos estamos leyendo, chiquilla!

KeiichixNozumi: Jajaja, lo sé, soy muy mala con Hans. Pues no soy muy buena con eso de los OC's, pero no te preocupes, de alguna manera me las arreglaré para que Elsa también sienta celos. ;)

Ana briefs: ¡Arriba el Helsa! Muchas gracias por comentar. n.n

Preparen sus mejores galas para el siguiente capítulo, porque tenemos pendiente un baile escolar. ¿Qué pasará? ¡No se lo pueden perder! :D