¡Capítulo dos! Espero que os guste.
[CAPÍTULO 2: EL COCINERO HALAGADO]
—Ah, ha vuelto nuestro cliente favorito. —Aphrodi, apartando la cortina con una mano y la bandeja repleta de platos usados en la otra, entró en la cocina con una sonrisa divertida y un tanto sarcástica.
—¿Y se puede saber quién es nuestro cliente favorito? —preguntó Nagumo, frunciendo el ceño tras una ola de vapor que salió de la olla en cuanto le quitó la tapa.
—El chico del curry —intervino Suzuno, que había dejado de atender las mesas para lavar los platos ya usados. Ese día el pequeño restaurante se había llenado inusualmente con un grupo de chiquillos pertenecientes al equipo local de fútbol, el Raimon, y ahora estaban escasos de platos limpios—. Tu nuevo novio, ¿verdad, Afuro?
—¿Novio? ¡Eh, eh! ¿Se puede saber de qué estáis hablando?
—Qué lento eres, Nagumo —se rio Suzuno, secándose las manos con un trapo—. Me vuelvo a las mesas.
Aphrodi se hizo a un lado para dejarle pasar, sonriendo. Dejó la carga en un lugar que no molestara y colocó un papel con el nuevo pedido en la barra que suspendía encima de sus cabezas. Un filete de carne muy poco pasada, leyó Nagumo.
—Bueno, hoy no ha pedido curry —observó el jefe, señalando el pedido de la mesa dos, pizza vegetariana—. Pero sí, muchas veces lo pide, sobre todo los martes. Es un chico muy curioso aunque Suzuno no hable en serio: sólo está celoso porque normalmente ni siquiera le mira, siempre tiene la nariz puesta en un libro.
—¿Pero de quién hablas? —Nagumo, molesto, cogió una sartén limpia para preparar la carne. Le gustaba estar en la cocina a sus cosas, pero a veces parecía perderse demasiados chistes internos entre Suzuno y Aphrodi y eso lo irritaba.
—Hablo de un chico que empezó a venir hace unos meses. Normalmente se sienta en la mesa dos, así que si te asomas podrás verle la cara; es muy mono, a decir verdad. Le llamamos el chico del curry porque todos los martes viene, se sienta, hace sus deberes o lo que sea y se pone a engullir curry como si le fuera la vida en ello. Tendrías que verle comer, es todo un espectáculo. Y no es porque sea grotesco o desagradable, pero Suzu y yo nos preguntamos a menudo cómo puede tragar tanto tan rápidamente y seguir así de delgado; posiblemente sea un brujo.
Nagumo resopló haciendo caso omiso de las teorías mágicas de su jefe. No tenía tiempo para asomarse a ver engullir a nadie, la carne poco hecha necesitaba una buena vigilancia y el udon todavía más.
—No me interesa la gente que come por atiborrarse —dijo aburrido—. La comida hay que disfrutarla.
—Oh, yo diría que la disfruta mucho.
—¿En serio? —preguntó escéptico, sacando la pizza vegetariana del horno y poniéndosela a Aphrodi en la bandeja.
—Sí, yo diría que incluso le brillan más los ojos —dijo él, con una risita—. Tal vez os podríais hacer amigos, ya sabes. Tú cocinas, él come, él te lo agradece profundamente...
La discreta risotada, escondida tras la mano que tenía libre, se ganó una mirada furibunda de parte de Nagumo. Aphrodi salió de la cocina con el pedido de la mesa dos intentando mantener la compostura, pero le temblaban un poco los hombros y la bandeja parecía peligrar en sus manos (aún tras varios años de trabajo en la barra, no terminaba de cogerle el puntillo a eso del equilibrio).
—No hace falta que seas mi Celestina, Aphrodi —murmuró Nagumo para sí de mala leche, intentando concentrarse en los platos que requerían su atención inmediata.
No era más que un poco de curiosidad. No había ningún otro tipo de intención, pero Aphrodi además de cotilla tenía la misteriosa habilidad de captar su interés con facilidad, y Nagumo no pudo evitar apartarse de la sartén un segundo, dar una zancada hacia el marco y apartarse la pesada cortina granate de la cara asomando la cabeza por fuera de la cocina. La mesa dos estaba justo al lado de la barra y era, de hecho, la mesa más cercana a su zona de trabajo, así que la podía ver de pleno sin tener que nadar con la mirada entre clientes.
Ahí estaba la pizza ya empezada, ahí las manos que la cogían. Las siguió con una pereza que era ya marca de la casa, y sin haberle dado tiempo a prepararse, un impacto de verde brillante le golpeó en los ojos y le hizo parpadear un par de veces (durante un instante no vio otra cosa que color verde, aún bajo los párpados, una chispa saturada y bastante molesta).
En efecto, era un chico delgado, y también como le habían dicho se estaba llevando la comida a la boca sin parecer que necesitara una pausa para respirar, o para masticar. ¿Estaba tragando o tenía una cinta deslizante en la lengua? A primera vista parecía ser algo mecánico, pero si se fijaba un poco más incluso Nagumo tenía que admitir que no parecía que estuviera engullendo sólo para llenarse el estómago. Lo veía cada vez que sus ojos querían volver a los papeles que le rodeaban (deberes, había dicho Aphrodi) pero inevitablemente se estancaban en la pizza. Los ojos del chico del curry eran castaños y profundos, y... curiosamente brillantes. El color verde respondía a su pelo, casi descarado y recogido en una coleta que intentaba ser discreta (era todo lo contrario a Aphrodi, que exhibía su largo pelo casi como si fuera una medalla).
No habían mentido al decir que era guapo.
Nagumo apretó la mandíbula y se volvió a meter en la cocina cuando vio a Suzuno acercarse al chico para ofrecerle rellenar su bebida. La cortina tapó la escena justo cuando el chico del curry se volvía hacia el camarero entre sorprendido y avergonzado, como si hubiera interrumpido un momento íntimo entre él y su comida.
Siempre hacía calor en la cocina, pero normalmente ese calor no subía hasta las mejillas de Nagumo. Se mordió el labio y pegó un salto repentinamente. ¡La carne!
Consiguió salvarla, a toda prisa, y la apartó inmediatamente en un plato sintiendo que el corazón le latía a todo trapo, sin saber muy bien si era por ese descuido que casi le había costado un filete, o por lo halagado que se sentía al haber visto al nuevo cliente favorito del restaurante.
—Es mono, ¿verdad? —exclamó Aphrodi al entrar, al cabo de un rato—. Oh, ya veo que te ha gustado, Nagumo —canturreó al ver que las mejillas de su cocinero no habían vuelto a ser las que eran antes. Es que en la cocina hacía mucho calor.
—Cállate ya —espetó él.
—Afuro, no es hora del descanso y te necesito en las mesas. Ah, ¿estás riéndote de Nagumo? Me apunto. —Suzuno se había asomado enfadado, pero enseguida se metió él también en la cocina con una sonrisa maquiavélica— Es por el chico, ¿verdad? Estás súper rojo, Nagumo.
—¿Podemos esperar un romance entre estas cuatro paredes? —preguntó Aphrodi, fingiendo que se secaba una lágrima de la mejilla. Suzuno le dio un codazo suave y se echaron a reír.
—Si tanto tiempo libre tenéis para decir gilipolleces —ladró Nagumo, poniéndose tan rojo que no se distinguía dónde terminaba su frente y comenzaba su pelo—, ¡¿por qué demonios no me ayudáis con la cocina?! ¡Aquí hay demasiado trabajo para una sola persona!
Suzuno se acercó a él y puso comprensivamente una mano sober su hombro.
—Lo siento, tío, no deberíamos meternos contigo, sabemos que no estás para esas cosas. De todos modos... ese chico es demasiado para ti. Tal vez debería intentar yo algo con él, ¿eh?
Se marcharon a toda prisa para evitar que Nagumo les diera un sartenazo.
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Haruya Nagumo nunca iba a ser un chef profesional de esos que salían en la tele y tenían sus propias cadenas de restaurante. Tampoco le interesaba. Lo que le gustaba era cocinar, y su meta diaria era hacerlo tan bien como podía e incluso mejor, impresionar a los comensales con platos sencillos pero fáciles de disfrutar. No era nadie especial en la materia, pero le gustaba jugar con las especias; eran su mejor habilidad y su campo de juego favorito era el curry. Cualquier plato con salsa, en realidad. Jugaba a ser ilusionista: con un par de trucos conseguía hacer creer a la gente que su magia era de verdad, pero tan sólo consistía en poner menos cantidad de esto y una poquita más de aquello. Canela por aquí, ajo por allá; un poco de pimentón por encima de esto; a esto otro le sentaba genial un pequeño toque de nuez moscada... Esos pequeños frascos de cristal eran casi una colección obsesiva, y su principal orgullo eran las especias puras que tenía en casa, en bolsas, esperando ser molidas y preparadas por él mismo, porque nada sabía tan bien como un plato preparado de principio a fin.
Por supuesto que para llegar a su nivel había tenido que estudiar. No había cursado la Universidad pero había hecho estudios superiores en el campo, había participado en talleres y en cursos muchos años antes y había aprendido a preparar todo tipo de comidas caseras y comidas más profesionales. Había trabajado en un restaurante de ramen para pagarse los estudios y cuando Afuro (Aphrodi para los viejos amigos) le propuso abrir un restaurante familiar con él como cocinero principal, poco le faltó para gritar un sí, quiero en mitad de la calle comercial de Inazuma. Por supuesto, Suzuno también se apuntó.
Los tres se habían conocido en el instituto en los primeros años. Se habían hecho amigos gracias al equipo local de fútbol y después se habían vuelto inseparables a su peculiar manera. Nagumo, el pelirrojo de pronto fácil y con un interior relleno de chocolate; Fuusuke Suzuno, bastante cínico para ese tono de voz de miel que le había dado la genética; Aphrodi, el chico de fuera demasiado guapo para su propio bien, dulce y ácido a partes iguales. Algunos suponían que era imposible que su amistad durara, otros decían que precisamente por ser como eran se llevaban tan bien, insultos aparte. Lo único en lo que estaban todos de acuerdo era en que los tres, juntos en una misma habitación, eran insoportables.
Cuando llegó el momento de decidir su futuro cada uno fue por su propio camino: Nagumo se fue en busca de los fogones y las especias, Aphrodi quiso aprender a montar y dirigir un negocio y Suzuno hizo de todo un poco recorriendo gran parte de Japón con los pies delante del balón. Hubiera sido normal, no habría habido rencores si los tres se hubieran separado en aquel entonces, pero la amistad prevaleció y siguieron viéndose cada dos semanas, cada dos meses según la disponibilidad de Suzuno.
En algún punto de la adolescencia Aphrodi dejó de ser Aphrodi y se llamó Afuro, dejando atrás aquellos nombres con los que se llamaban de pequeños. Nagumo, que puerilmente tenía algo en contra de los cambios, nunca quiso dejar de usar el viejo mote, pero Suzuno fue el primero de todos los amigos que tenían en incorporar el nuevo registro (eso molestó mucho a Haruya porque para él significaba un cambio inexplicable en su amistad). Para celebrar su ingreso en la Universidad, Afuro se cortó el pelo e inmediatamente después se arrepintió. Tardó muchísimo en volver a tenerlo como antes, por la cintura, pero los tres se alegraron cuando ese momento llegó.
(Aphrodi porque le quedaba divino, Suzuno por motivos que no estaban del todo claros, Nagumo porque odiaba los cambios bruscos)
Los tres juntos eran una tormenta en plena cocción: muchas veces parecían estar tranquilos pero por dentro algo borboteaba preparando el terreno para una inminente explosión. Siempre, siempre la empezaba Nagumo o la empezaba Suzuno, y la labor de Aphrodi consistía entonces en tratar de imponer paz, sobre todo cuando eran pequeños.
Al crecer sus peleas crecieron también, maduraron con ellos. Las puyas se volvieron más sutiles a veces, más cínicas y cortantes otras, mucho más intensas y crueles. Afuro le cogió el gusto a meterse un poco con ambos dependiendo de la situación y Nagumo aprendió por las malas a dejar de quemar el arroz cada vez que se enfadaba con Suzuno. El tercero en discordia enfrió lentamente su carácter y un día, brusca e impredeciblemente pareció que comenzaba a distanciarse un poco de su mejor amigo. Eso hirió a Nagumo por dentro quemando igual que un baño de caramelo fundido sobre la piel desnuda, y aunque por fuera todo parecía casi igual se podía notar que algo había cambiado. Había brotado algo a lo que no quería poner nombre y llevaba escondido entre sus omóplatos durante bastante tiempo; después de eso le costó muchísimo olvidarse de ese... lo que fuera.
Pero el tiempo pasó y las heridas se curaron.
Nagumo se escondió en la cocina del Dragón Venus porque había perdido por completo cualquier resto de interés en los romances: sólo quería cocinar, preparar especias y seguir al lado de sus dos amigos de la infancia como si nada hubiera sucedido durante todo el tiempo que fuera posible. El contacto diario con Suzuno en el restaurante suavizó aquella tensión palpable para las manos que sabían lo que buscar y después de unos cuantos meses todo volvió a su cauce por fin.
Sorprendentemente, a Nagumo dejó de importarle todo aquello que antes le había disgustado y se pudo concentrar tranquilamente en su día a día, en sus platos y en las puyas crueles, en los cotilleos que Aphrodi les traía sobre los clientes y en todo lo que se podía disfrutar del pequeño negocio. Era más divertido estar enamorado de la canela que de Suzuno, a decir verdad. La canela no le daba disgustos.
