Capítulo tres, por fin. espero que os guste.


[CAPÍTULO 3: EL TOQUE DE ALBAHACA]

No había un motivo especial o por lo menos explicable para ello, pero Midorikawa no le había hablado a nadie del restaurante familiar, ni siquiera a su mejor amigo Hiroto. No se trataba de que lo matuviera en secreto porque no deseara compartirlo con nadie, ni mucho menos. Él no era tan egoísta. Era tan solo que aquel lugar, aquella comida, era algo suyo: una parte de él que no veía por qué tenía que explicar a nadie.

Habían pasado ya dos meses y medio de visitas semanales ininterrumpidas al Dragón Venus y, poco a poco, se le habían quedado en la memoria trocitos del lugar. Sabía por ejemplo que el camarero despeinado se apellidaba Suzuno, 'Suzu' y que en realidad estaba un poco aquí y allá según fuera necesario. Sabía que el dueño era el chico guapísimo de pelo largo, que se llamaba Afuro y que de vez en cuando salía de la cocina una voz que le llamaba 'Aphrodi' a gritos. Sabía a qué hora exacta vendría Suzuno, miraría su refresco casi terminado, y le ofrecería llenárselo mientras le preguntaba si pensaba quedarse a comer. Sabía el precio de la mayoría de platos más económicos de la carta, conocía su sabor, el sonido de las voces casi siempre familiares de los clientes que venían a ese sitio, siempre los mismos clientes. Se sabía de memoria el interior del baño masculino, el sonido de sus propios pasos sobre el suelo de madera, el chirriar leve de la silla al colocarse en su sitio y, por saber, sabía incluso cuál era el nombre del cocinero: Nagumo.

Lo único que no sabía era quién era el cocinero.

Nunca le había visto entrar a la cafetería porque se dedicaba en cuerpo y alma a hacer cuentas desde que llegaba hasta que era la hora de comer. El profesor de Economía había tomado la costumbre de mandarles trabajos por la mañana para tener hechos por la tarde y, aún sirviendo a Midorikawa de excusa para ir por lo menos una vez a la semana a comer allí, le impedía levantar la vista del cuaderno y del libro hasta que ya era tarde: el creador del curry se escondía en su estudio particular y lo único que salía de allí eran platos y bramidos.

Pero el que la sigue la consigue, se dijo. Sabía que su curiosidad se vería recompensada en algún momento, porque en un lugar tan pequeño como ese era difícil no conocer a la gente. Se imaginó a sí mismo felicitando al cocinero (de mediana edad pero seguramente con menos pelo del que le gustaría admitir) por su trabajo y estrechándole la mano entusiasmado y le hizo mucha gracia. Menuda tontería de escena.

El restaurante estaba bastante vacío a esa hora, igual que siempre. Su mesa estaba libre y fue a por ella con la misma rapidez automatizada que utilizaba para desplazarse por su casa. Había en el ambiente cierto olor dulce que provenía de una de las mesas más cercanas al ventanal, dos ancianas que siempre pedían un café y la recomendación del día, y que llenó de saliva la boca de Midorikawa. Suzuno apareció enseguida por un lado, con su libreta y su bolígrafo que ya no le hacían falta, al menos no con él.

—Buenos días, ¿qué va a tomar hoy? —preguntó con una leve sonrisa mucho más agradable que la de la primera vez. Midorikawa se la devolvió.

—Un té frío, por favor.

—Enseguida...

Pareció que iba a añadir algo más, pero se dio la vuelta y se fue rápidamente a la barra.

Ryuuji sacó su libreta de Economía, su dichosa costumbre, y se puso a hacer cuentas con aire distraído; ese día se encontraba demasiado cansado y espeso para pensar con claridad y pronto se encontró con la mirada vagando por aquí y por allá, el bolígrafo suspendido en el aire o dando vueltas entre sus dedos de la mano derecha. La izquierda se entretenía con un suave "tap tap" del índice contra la mesa de madera, siguiendo el ritmo del hilo musical. Los minutos empezaron a pasar in apenas darse cuenta...

A su espalda, la puerta de la entrada se abrió y se cerró dejando entrar una pequeña corriente, unos pasos desganados que se estaban acercando a él y una voz que reconoció enseguida y le hizo perder el ritmo.

Cuando pasó por su lado, Midorikawa apartó de su cabeza las cuentas en las que intentaba concentrarse y que no conseguía hacer y miró de reojo a esa persona. Abrió levemente la boca al encontrarse con un chico joven, no mucho mayor que él: quizás dos años o tres más pero que desde luego no llegaba a los veinticinco, no muy alto y sí delgado que (no respires) le estaba devolviendo la mirada de reojo.

Su pelo, increíblemente rojo, le recordó a Hiroto al instante, pero el del tal Nagumo era un rojo más puro, incontrolable como un incendio.

(No respires, que te está mirando, pensó)

No podía ser que alguien tan joven, alguien con esa mirada y esas manos (morenas, pero no muy grandes) fuera el cocinero por el que Midorikawa venía al Dragón Venus todas las semanas, sin faltar ni una.

.

.

—Siento llegar tarde, Aphrodi —exclamó Nagumo al abrirse paso por la cortina. Hacía veinte minutos que tenía que estar allí.

—¿Lo sientes? —Aphrodi estaba indignado, se le notaba. La cocina ya estaba en marcha y él llevaba puesto el delantal de Nagumo, tenía el pelo recogido en una coleta baja que le quedaba muy bien y el ceño fruncido, que le quedaba menos bien—. Ah, bueno, pues menos mal que lo sientes. ¡He tenido que ponerme a cocinar yo porque Suzuno no tiene ni idea! ¿Y piensas que yo sé mucho más que él? Porque no, no sé más y me siento súper degradado cortando el salmón.

Nagumo se frotó la nuca, aturullado, y le pilló de improviso el gurruño de delantal que le tiró su jefe a la cara tras quitárselo de un tirón. Lo recogió con un gruñido y se lo puso por encima del uniforme que ya llevaba puesto, y fue entonces cuando Aphrodi le dirigió una sonrisa que disfrazaba una mueca malvada.

—Bueno, no pasa nada, es la primera vez que llegas tarde en años —se encogió de hombros—. Tal vez tengas razón y necesitemos a alguien más en la cocina... Échale un ojo al sushi que estaba preparando porque no me gustaría que me metieran los palillos por el ojo cuando les llevara el plato. Me iba a poner justo ahora a preparar el plato de la mesa dos, pero mejor lo dejo todo en tus manos, ¿de acuerdo? —Aphrodi se deshizo la coleta en un gesto tan amplio y dramático que, por un momento, Nagumo sintió que estaba en medio de un anuncio de Herbal Essences; se permitió admirar la belleza de su jefe, algo que era inevitable reconocerle—. Ah, por cierto... olvidaba decírtelo: es Midorikawa-san.

—¿Qué? ¿De qué hablas? —No se había enterado de lo que había dicho después del despliegue capilar.

Aphrodi suspiró.

—El chico del curry —dijo en tono meloso—. Ayer vino un rato a media tarde y pagó su lo-que-fuera con tarjeta. Se llama Ryuuji Midorikawa, así que ahí lo tienes.

Un montón de emociones se retorcieron en ligeras burbujas en el pecho de Nagumo al pensar en el chico de la coleta, ojos brillantes y mente ocupada de la mesa dos. Intentó mantener la compostura pero su amigo no le quiso dar tregua.

—Cuanto más lo miro, más guapo me parece para ti, ese Midorikawa-san. O... tal vez deberíamos llamarle Midorikawa-kun.

—¡Pero bueno, métete en tus asuntos, Aphrodi! —espetó Haruya, sonrojándose de golpe.

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Habían pasado ya tres meses. Martes, otra vez.

Fuera caía una lluvia tan fina que su repiquetear en el suelo era como una canción de buenas noches y parecía no mojar hasta que uno acababa empapado. Así le había pasado a él, que no había llevado paraguas pero sí había sido lo suficientemente previsor como para llevar encima un abrigo. Era noviembre y hacía ya frío en las calles, así que los establecimientos se convertían en el lugar más socorrido de la gente en un día pasado por agua como ese. Ryuuji tenía hambre y miraba de reojo el reloj de pared del restaurante, razonando si sería un buen momento para pedir la comida.

No le hizo falta porque Afuro apareció por un lado como si le hubiera leído la mente, espléndido e impecable con su uniforme de camarero, como si hubiera nacido con él, y con una sonrisa perfecta tallada en sus facciones delicadas.

—Disculpa —comenzó, la voz era pura miel escapando de la cuchara en dulces hilos—, hoy tenemos un plato que entra en el menú del día, como sugerencia especial de nuestro cocinero.

Midorikawa, completamente perdido en ese tono tan suave, no supo responder nada.

—Es una receta italiana: espaguetis con tomate frito salpicados de cebolla y albahaca picada, una de las recomendaciones personales del restaurante —prosiguió Afuro complaciente, sin inmutarse por el silencio de Midorikawa.

"Sugerencia especial de nuestro cocinero." Había visto a Nagumo entrar en la cocina. Ahora siempre le veía pasar por su lado (y siempre se cruzaban sus miradas) y eso era lo único en lo que estaba pensando en ese momento. Asintió, tan débilmente que no supo si lo había hecho de verdad o se lo había imaginado.

—Suena... bien —murmuró—. De acuerdo.

Afuro rasgó el papel suavemente tomando nota con una caligrafía muy floreada y se retiró hacia la cocina, que ese día estaba llena de vapores porque todo el mundo empezaba a pedir platos calientes. Cogió la nota y la colocó en la barra por encima de la cabeza de Nagumo, quien hacía un intento bastante desesperado por saber qué era lo que ponía.

—Va a probar tu plato —rio Afuro al ver a su amigo en un apuro tan bochornoso como encantador—. No hace falta que te pongas nervioso, Nagu.

—¿Quién se está poniendo nervioso? —dijo Nagumo, demasiado contento para molestarse en fingir que se había enfadado—. ¿Ha dicho algo más? ¿Estás seguro de que te ha dicho que sí? Porque hoy es martes y tal vez no le apetezca... De todos modos, si no lo quiere os lo podéis comer Suzuno y tú, tampoco es algo tan importante.

No era algo tan importante, pero llevaba un rato compaginando varias cosas con la preparación anticipada de la pasta.

—Me ha dado su total bendición —aseguró Afuro, asintiendo—. Espero que al menos hagas algo decente, porque he pasado bastante vergüenza inventándome una mentira. Le he dicho que era tu especialidad y que entraba en el menú, así que no me dejes en evidencia.

—Que no, que no. Vuelve a lo tuyo, tengo mucho que hacer. A veces pienso que soy el único que trabaja en este sitio.

Nagumo no se estaba haciendo ilusiones de ningún tipo, tan sólo quería ver, ver una vez más, ese brillo en los ojos de Midorikawa cuando comía. Imaginárselo, en su defecto, porque no se sentía capaz de asomarse siquiera a mirar. Desde la primera vez que le vio comer como un descosido pero sintiendo cada bocado, cada martes que entraba a trabajar y lo veía en la mesa se le disparaba el corazón. Y no era nada en realidad: sólo, se decía, le emocionaba que la gente apreciara su comida.

Por eso no podía evitar darle prioridad a la pasta de Midorikawa ante, por ejemplo, esos macarrones que le habían pedido hacía ya un rato.

Freír el tomate era pan comido, y con su Cuchillo Especial Para Picar (TM) tan sólo tenía que esmerarse un poquito más de lo acostumbrado para que la albahaca quedara reducida a pequeños puntitos verdes que repartió al final de todo lo demás, por encima de la pasta, el tomate y la cebolla. Como toque final, otro par de hojas de albahaca daban el punto artístico al plato (Nagumo no era ningún artista, pero había aprendido un poco de preparación y presentación y anoche se había dedicado a repasar apuntes).

Cuando entregó el plato de la mesa dos, casi le temblaba el pulso.

Y luego esperó

esperó

esperó.

Durante más de media hora se mantuvo ocupado pero con la mente fuera de esas cuatro paredes, en la mesa dos, en la coleta húmeda de Midorikawa Ryuuji, y el tiempo pareció expandirse como un globo rebosante de agua al caer al suelo, antes de romperse. El globo de agua se rompió cuando Aphrodi regresó a la cocina, con un plato vacío y casi tan limpio que parecía no haber sido usado.

"Y bien", iba a gruñir impacientemente Nagumo, pero se calló y se toqueteó el cuello de la camisa blanca. Aphrodi levantó el pulgar, triunfante.

—Ha sido un éxito, has logrado que tardara más en comer de lo normal —anunció—. Ni siquiera se daba cuenta de la cara tan ridícula que estaba poniendo, está claro que algo has hecho bien.

A Haruya le extrañó seguir viendo a Aphrodi desde la misma altura, porque se sentía tan ligero que no le hubiera sorprendido nada que le dijeran que estaba volando. Las mariposillas de su estómago, por lo menos, parecían muy insistentes en su empeño de hacerle tocar el techo.

Prácticamente, el jefe tuvo que arrancar de sus manos el plato de la mesa uno, que ya estaba tardando en atender. Nagumo se quedó un rato mirando a la nada, pensativo y feliz, su interior convertido en un festival ininterrumpido de fuegos artificiales que iban ganando más y más intensidad a medida que asimilaba la noticia.

En ese estado se encontraba cuando vino Suzuno a cobrarse su tercera visita diaria de aburrimiento máximo.

—Me he enterado por Afuro —saludó, apoyándose en la pared con los brazos cruzados sobre el pecho—. Le has hecho un plato especial fuera del menú al chico del curry.

—¿Sí? Sí, tienes razón —Nagumo se despertó de su embobamiento y se puso inmediatamente a la defensiva.

—¿Por qué has hecho eso, Nagumo?

Él tenía ya pensada una excusa preciosa que servía de ampliación a la mentira de Aphrodi: no era un plato caro, de todas formas, y no pasaba nada si ningún cliente enteraba. Él tan sólo quería saber si tenía potencial para gustar, para introducirlo en el menú corriente. Midori... ese chico le parecía una buena opción para darlo a probar y nada más.

Podía haberle soltado toda esa verdad a medias, pero no le había gustado nada el tono con el que Suzuno le había preguntado, así que frunció el ceño y se encogió de hombros, reacio a dar una respuesta.

Pero Fuusuke Suzuno no era conocido por dejarlas pasar fácilmente.

—¿Te gusta de verdad ese chico, Nagumo? —insistió—. ¿Vas en serio?

—No digas tonterías —respondió él, empezando a enfadarse—. No es más que un cliente.

Tenía que volver al trabajo. Repasó la barra de los pedidos y se encontró tan solo con un par de postres: la hora del almuerzo ya casi había terminado y no había ni siquiera un rezagado que le sirviera de excusa. Maldijo por lo bajo y se puso a preparar tortitas tratando de ignorar pacientemente que Suzuno seguía ahí dentro, acribillándolo con la mirada.

El problema era que Nagumo no era un chico paciente.

—Mira, si tienes algún jodido problema, me lo dices a la cara —espetó, volviéndose hacia él con enfado. Suzuno sólo le sonrió, se encogió de hombros en el mismo gesto que había hecho Nagumo antes, pero de una manera más fría y burlona.

—¿Por qué iba a tener algún problema? —preguntó.

—No lo sé —Nagumo se frotó el lado de la nariz y apretó los labios, de vuelta a la sartén—. Entonces déjame trabajar.

Pero al parecer su amigo se había tomado ese momento de descanso, porque cuando terminó de hacer las tortitas él seguía allí, contra la pared y sin moverse. Había bajado la cabeza y cerrado los ojos, casi casi como si estuviera dormido, y Nagumo lo contempló acordándose de las veces que se había quedado a dormir en su casa cuando eran pequeños (cuando, a veces, se chupaba el dedo en medio de un sueño). Suzuno era desde luego más alto que antes, pero apenas había cambiado tanto desde entonces: los mismos gestos de fastidio de siempre, el pelo imposible de peinar, la mirada glacial y afilada, su pequeño acto de rebeldía consistente en remangarse la camiseta del uniforme hasta los hombros... Y él, él no quería pensar en el pasado, pero ahí estaba, como una sombra que acechaba en algún rincón de su mente esperando que su presa se debilitara.

Se acordó de aquella época y las palabras salieron solas.

—Suzuno... —mururó, con un vacío en el estómago—. ¿Crees que podría haber pasado algo entre tú y yo en el pasado?

Se miraron a los ojos durante unos largos, tensos segundos. Al rato, sin sonreír y sin rastro alguno de burla, Suzuno asintió con lentitud.

—Pero ahora no —dijo—. Lo siento.

Era mentira eso de que lo sentía. Ni siquiera hacía falta ser muy listo para darse cuenta.

—Suzu, se acabó el descanso —la voz cantarina de Aphrodi llenó la cocina al entrar rápidamente—. Vuelve a las mesas. Dame esas tortitas, Nagumo. ¿Te pasa algo?

—Qué va, no me pasa nada.

En un abrir y cerrar de ojos se quedó solo en la cocina sin nada que hacer aparte de fregar y pensar, pensar, pensar.

Sorprendido, se dio cuenta de que le daba igual el rechazo de Suzuno.


¡Gracias por leer! El siguiente, el lunes.