Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


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19

Enfrentando sentimientos


—¿Cuánto más te vas a comportar de esa manera, Elsa? ¡No puedes seguir ignorándolo por el resto de tu vida! Ustedes son familia.

La rubia volvió a rodar los ojos por centésima vez y le dio un sorbo a la pajilla de su malteada de chocolate. Llevaban más de media hora en el café y Anna seguía insistiendo con lo mismo. Últimamente no hacía más que hablar de aquello.

Había perdido la cuenta ya de las veces en que su amiga había tratado de convencerla de hacer las paces con Hans, algo que por supuesto no pensaba hacer. Estaba demasiado enfadada con él como para siquiera considerarlo. Ese endemoniado pelirrojo había llegado demasiado lejos con lo del baile y hasta la fecha, nadie le quitaba de la cabeza la vergonzosa escena que había protagonizado con su hermano.

Prácticamente toda la escuela se había enterado. Realmente agradecía que fueran vacaciones, para no tener que escuchar los cuchicheos de sus compañeros. Con un poco de suerte, todos se habrían olvidado para cuando regresaran a clases.

—Ya te dije lo que pienso al respecto, Anna—dijo tranquilamente—. No voy a hablar con él. No quiero mirarlo, no quiero soportarlo, no quiero estar cerca suyo. Voy a comportarme de esta manera para siempre si es necesario.

—¡Pero han pasado casi dos meses desde lo del baile!—exclamó la pecosa con desesperación.

Elsa hizo un mohín y tomó otro poco de su malteada.

Como su acompañante acababa de decir, las vacaciones de verano se habían pasado como agua y estaban a punto de tocar a su fin. En todo ese tiempo, la platinada se había encargado de aplicarle la ley del hielo a su hermanastro tanto como le era posible… cuando funcionaba.

Pareciera como si Hans se hubiera empeñado en ser más desagradable a raíz de aquello. Del chico caballeroso que había bailado con ella y la había ayudado en ocasiones anteriores, no quedaba ni rastro. En lugar de eso, el idiota se empeñaba en usar todas sus artimañas para fastidiarla, esta vez de manera aún más agresiva que antes, consiguiendo que lo mirara con auténtico odio y que terminaran peleando a gritos cuando la blonda perdía la paciencia.

Era horrible, como volver a aquellos días en los que recién se conocían y se odiaban con toda el alma. Ni siquiera Eugene había sido capaz de aligerar la tensión entre ellos.

Para Elsa estaba claro, ambos no tenían remedio. Iban a detestarse hasta el fin de los días.

—Solo digo que deberías darle una oportunidad, ya estaban empezando a llevarse mejor y es muy incómodo ir a tu casa y que estén peleando, o encontrarnos de repente por ahí y que pasé lo mismo—Anna tomó una enorme cucharada de su Banana Split—, ahora en serio parece como si se odiaran. Antes al menos solían tolerarse un poco.

—Bueno Anna, pues así es la cosa, ¿qué quieres que haga? Tú sabes de sobra que él siempre es el que comienza todo, ¿qué voy a hacer yo? ¿Dejarme hacer como si nada? ¡Ya estoy cansada de que ese patán siempre se meta conmigo!

—Oh Elsa, Hans solo hace esas cosas para que le prestes un poco de atención. Se nota a leguas que le duele tu indiferencia.

—Pues que le duela, ese no es mi problema.

La cobriza suspiró. No había caso, su amiga era una testaruda y no cambiaría de opinión a menos que ocurriera algo drástico.

Miró su reloj de muñeca, decorado con la infantil carátula de un patito. A esa hora, Kristoff y Olaf ya deberían estar por llegar para reunirse con ellas en el Lucky Cat, como habían quedado. Era una suerte que Tadashi últimamente ya no se quedara allí, pues de sobra sabía como le gustaba el lugar a Elsa y no quería que se sintiera incómoda.

Al parecer el asiático últimamente estaba muy entretenido con su amiguita nerd.

Nerviosa, volvió a dirigirse a la albina, que de repente se había puesto muy seria. Como sucedía cada vez que le hablaba del pelirrojo.

—Oye, Elsa—le dijo dubitativamente; ella la miró de reojo con sus pupilas de hielo—, ¿sabes? He estado pensando últimamente… me la pasé muy bien en el baile con Kristoff… bueno, hasta que sucedió lo que ya sabes y tuvimos que volver todos a casa pero, antes de eso… pues, tú sabes, la estábamos pasando genial y todo y pues yo… no sé…

—Al grano, Anna.

—Es que desde entonces no hemos avanzado mucho—se lamentó la chica de trenzas—, ¡y yo no entiendo por qué! ¡Ay, Elsa! Él me gusta tanto, tanto… pero a veces no sé si alguna vez se animara a pedirme salir en serio. Ya sabes, fuera de la escuela y esas cosas. ¿Tú crees que de verdad le guste?—sus ojos verdosos se clavaron en su amiga con desamparo.

—Anna, Kristoff es muy tímido con las chicas, eso hasta yo lo sé—dijo la rubia seriamente—, no creo que se anime a dar el primer paso tan fácilmente. Tú tendrás que hacerlo primero.

—¿Yo? Pero… pero, ¿cómo estar segura sí…?

—Anna, tienes que hacerlo si de verdad te gusta. Hay chicos que son demasiado desinhibidos con estas cosas—Elsa hizo un mohín al acordarse de Lars—, Kristoff no es uno de ellos.

Antes de que la pelirroja pudiera replicar cualquier cosa, un estrepito detrás de la barra a la cual estaban sentadas llamó su atención. Tiana regañaba por centésima vez a su compañero por haber descompuesto la caja registradora; una escena a la que ya se habían acostumbrado en los últimos días.

—¡No puede ser posible que esto ocurra todo el tiempo! Esto te pasa por estar jugando como un idiota, ¿cuántas veces te he dicho que esta cosa es delicada?

—¡Oh vamos, Tiana! No me regañes, sabes bien que no lo hago a propósito. Es culpa de esta maldita máquina, lo sabes.

—¡No entiendo porque la señora Cass insiste en dejar que tú cobres!

—Y yo no entiendo porque siempre tienes que molestarte conmigo. Una sonrisa, vamos camarera, una sonrisa—Naveen le pico una mejilla con su dedo índice.

—¡Uy! ¡A veces en serio quiero romperte esa cabeza dura que tienes!—la morena le dirigió una mirada exasperada y se dirigió echando humo a la cocina, desistiendo de seguir tratando con él.

—Bah, eres una amargada—dijo el muchacho viéndola desaparecer, para luego dirigirse a ellas con gesto urgente—. Chicas, ¿están ocupadas? Quiero mostrarles algo—sin esperar a que respondieran, metió la mano a su bolsillo y sacó un pequeño anillo cuyo diseño mostraba un nenúfar con un pequeño brillante en el centro—. Ayer lo compré para Tiana, convencí a mis padres de que me enviaran un poco de dinero, ya saben, he estado trabajando duro con mis notas y todo eso. En fin, ¿creen que le guste? Quiero dárselo hoy en la noche, cuando regresemos a la residencia de estudiantes—se llevó una mano a la nuca; de repente parecía nervioso, cosa extraña en él—, quiero pedirle que sea mi novia.

—¡¿En serio?!—Anna soltó un chillido que atrajo la atención de muchos clientes, en tanto Elsa adquiría una expresión estupefacta—¡Qué emoción! ¡Eso es tan romántico!

—Sí, sí, despacio amiga, tranquila—el joven intentó tranquilizarla volviendo a guardar el anillo y haciendo aspavientos con las manos—, trato de mantenerlo en secreto hasta que llegue el momento, ¿entiendes?

—¡Oh, sí!—Anna hizo un gesto de labios sellados, sin borrar la enorme sonrisa que decoraba su rostro—Yo ya sabía que ustedes dos se traían algo, ¡era solo cuestión de tiempo!

—Je je, sí, eso espero. La verdad es que no estoy seguro de sí le vaya a gustar así que, necesito una opinión femenina.

—¡Estoy segura de que le encantará!—dijo Anna con entusiasmo—Es un detalle muy lindo, ¿no crees que es un detalle muy lindo, Elsa?

—Sí—aceptó la rubia neutralmente—, espero que tengas suerte.

"La vas a necesitar", pensó para sus adentros. ¿Cómo era posible que el muchacho pensara en declararse a Tiana de esa forma? Si se la pasaban peleando y se veía a leguas que la joven no lo soportaba, ¿acaso estaba loco?

Pero se abstuvo de decir cualquier cosa al ver al moreno sonreír y marcharse muy confiado de regreso a su lugar junto a la registradora.

—¡El amor está en el aire!—exclamó Anna.

—¿De qué estás hablando? Es obvio que lo va a rechazar, a veces no sé que tiene ese chico en la cabeza…

—Ay Elsa, tú siempre tan negativa. Ya verás que para nada es así, de hecho, tengo el presentimiento de que muy pronto el amor también tocará a la puerta de ambas, ¿eh? ¿Ehhh?—comenzó a darle de codazos, haciendo que la albina rodara los ojos otra vez.

—¿Quién va a tocar a la puerta de quién?—la voz masculina que resonó detrás de la colorada le hizo sobresaltarse y voltear bruscamente a ver a Kristoff, quien acababa de llegar con su amigo.

—¡De nadie! Je je je je, ¡qué bueno que llegaron, chicos! No estábamos hablando de nada en especial, ¿verdad, Elsa? Je je je je je…

El rubio y Olaf tomaron asiento junto a ellas y ordenaron un par de frapuchinos, antes de que ellos se envolvieran en una animada conversación con la pecosa, a la cual su mejor amiga solo respondía con monosílabos.

De repente, la puerta de la cafetería se abrió estrepitosamente dejando entrar a una castaña, que ingresó muy acelerada y por lo visto, bastante emocionada también.

—¡Buenas noticias, amigos!—exclamó Rapunzel, acercándose hasta la barra en donde estaban sentados—¡La tía Gothel ha tenido un accidente y mis padres estarán fuera de la ciudad! Eso significa que tendremos una fiesta muy salvaje este fin de semana—canturreó, bailoteando de una forma muy extraña.

—Despacio, chica—la tranquilizó Naveen, entretenido en picotear de nuevo los botones de la caja registradora.

—Suéltalo ya, Punz—le dijo su blondo amigo, preguntándose para sus adentros que estaba tramando la trigueña esta vez y de que siniestras maneras se vería involucrado.

—Je je je, bueno, como sabrán todos y si no para que lo sepan, este fin de semana es una fecha muy especial—Rapunzel se puso ambas manos en la cintura con orgullo—, ¡es mi cumpleaños número dieciocho! Por fin seré legal amigos y estoy planeando algo muy, pero muy grande para conmemorar este fantabuloso acontecimiento. ¡Sí!—chocó su palma contra la de Naveen de manera entusiasta.

—Tengo un mal presentimiento acerca de esto—murmuró Kristoff.

—Al principio estaba planeando hacerlo en el jardín de mi casa, mis padres ya me habían dado permiso para invitar a toda la escuela. Pero luego la tía Gothel tuvo que hacerse otra operación estética y al parecer, ahora tiene una infección en los labios por culpa del botox, ¡que bruja tan obsesiva!—se quejó la chica, cruzándose de brazos—En fin, mis padres irán a verla este fin de semana y me dijeron que no puedo hacer nada en la casa sin que ellos estén presentes, al parecer temen que rompa algo como esa vez en la que destruí los muebles de jardín de mamá cuando trataba de hacer una épica obra de arte abstracto para subirla a Internet. Pfff, ¡desconfiados!—revoloteó sus ojos verdes—Y yo me enojé mucho, mucho cuando me dijeron que tenía que cancelar mi esplendorosa fiesta. ¡Aventé cosas! ¡Casi hago que Pascal se caiga de su jaulita…!

—Punz—la atajó Kristoff viendo que se iba por la tangente.

—Pero bueno, en lugar de eso, mis padres me han dado permiso para hacer una pequeña reunión en la cabañita que tenemos en las montañas y aunque tendré que invitar a mucha menos gente, ¡igual será algo muy especial!—la castaña dio un par de saltitos mientras Tiana volvía a salir de la cocina y se acercaba para escuchar mejor la conversación—Al parecer mis padres piensan que es una buena manera de probar mi responsabilidad como adulta, pero yo sé que lo hacen porque hay menos cosas que romper allí. ¡Y quiero que ustedes vayan!—señaló a la recién llegada camarera y a Naveen—¡Han sido incluidos en mi lista especial de invitados! ¿No están emocionados?

—¿No deberías estar preocupada por tu tía?—inquirió Tiana levantando una ceja.

—Oh sí, sí, sí, me preocupo por ella—Rapunzel asintió con la cabeza y adquirió un semblante serio por un segundo, para después encogerse de mi hombros—, pero no celebrar mi cumpleaños no la va a ayudar, ¿no? ¿Y adivina quién será el encargado de ayudarme con los preparativos?—añadió acercándose a Kristoff y rodeándolo con su delgado brazo, ante los ojos furiosos de una pelirroja.

—Supongo que tenemos una cita en las montañas para este sábado, entonces—dijo el aludido con una sonrisa sarcástica.

—¡Tú lo has dicho, grandote! ¡Nos la vamos a pasar sen-sa-cio-nal!

—¡Entonces yo también voy a ir!—exclamó Anna desafiantemente, ni siquiera parándose a preguntar si estaba invitada o no. Algo que no pareció ser un inconveniente para la chica de cabellos pardos.

—¡Sí, sí! ¡Vengan todos! ¡Será divertido!—Rapunzel se volvió hacia Elsa con una sonrisa—Y tú también puedes venir, Elsa. Avísale a ese guapo pelirrojín que tienes de hermano, ¿eh?

—Ese tipo no es mi hermano—espetó la joven con frialdad.

—¡Como sea! Avísale de todas formas y ya que estás en eso—Rapunzel comenzó a jugar distraídamente con un mechón de su pelo—, puedes decirle también a su amigo que vive con ustedes… ¿cuál era su nombre…?—fingió tratar de recordar.

—¿Eugene?

—¡Sí! ¡A él!—chilló la joven repentinamente emocionada, para inmediatamente volver a disimular—Cielos, es hace tanto que no lo veo, que se me olvida todo, ya sabes…

—Te fue a ver ayer a tu trabajo, como casi todos los días—apuntó Elsa con indiferencia—. Ese habría sido buen momento para invitar tú misma a Flynn, como sueles llamarle, ¿o eso también se te olvidó?

—Ayyy… ejem ejem… es que, hay tantas cosas que planear y eso—Rapunzel se puso roja y juntó nerviosamente sus manos—, pero, sí le vas a decir ¿no? Si es que puede asistir, claro, si no, pues da igual, osea… —intentó parecer desinteresada—, ¡miren la hora que es y yo aquí hablando! ¡Todavía tengo que invitar a varias personas!

—Yo no sé si pueda ir a tu fiesta, tengo mucho que estudiar—le dijo Tiana.

—¡Pues deja tus estudios para después! Son tus últimas semanas antes de volver a América ¿y te quieres perder mi fiesta? ¡Pffff!

—Pero…

—Yo me encargaré de que vaya—le aseguró Naveen guiñándole un ojo.

—Te lo encargo—dijo Rapunzel con una sonrisita—, ¡nos vemos este sábado, todos! ¡Les mando los detalles por Facebook! ¡Ah sí, y lleven sus trajes de baño! Que allí podemos bañarnos y tomar el sol.

La chica se dio la vuelta y salió de la cafetería dando saltitos, cual si fuera Caperucita Roja entrando al bosque.

—Un día de estos, esta chica me va a matar con sus sorpresas—dijo Kristoff negando con la cabeza.

—Hay que entenderla, se siente feliz, ¡por fin nuestra pequeña Punzie se ha enamorado!—afirmó Naveen con una sonrisa—Se nota bastante que quiere impresionar a su amigo amante del cine, ¿eh?

—¿Y de él no tienes ninguna sospecha, Kristoff?—preguntó Olaf mirándolo con algo de humor.

—No, dice muchas estupideces y a veces tiene un extraño olor a hierba, pero fuera de eso, parece sincero—respondió el rubio—. Me alegro por Punz. Aunque hacerse la despistada ya no le está dando resultado, había logrado disimular muy bien hasta ahora.

—¿Disimular?—Elsa lo observó arqueando una de sus finas cejas.

—Pues sí, a ella le encanta hacerse la desinteresada con estas cosas, pero realmente anda emocionada con ese amigo tuyo desde que estuvieron juntos en el baile escolar, antes de… bueno, ya me comprendes—Kristoff tomó un sorbo de su café helado—, se supone que no debería estar contándoles esto, así que ni una palabra, ya saben.

—Hum, con que sí ¿eh?—Anna murmuró por lo bajo y se llevo una mano a la barbilla, pensativa.

Solo su amiga pudo escucharla y le basto echarle un vistazo para saber que algo andaba tramando, y no era precisamente bueno. Un rato después, mientras caminaban rumbo a casa de la platinada, pudo confirmar sus sospechas.

—¡Es perfecto!—Anna cerró su mano en un puño y lo alzó en señal de triunfo—¡Si logro juntar a Eugene con esa mañosa suripanta, ella dejará de una vez por todas a Kristoff! ¡Aprenderá a no meterse con mi hombre!

—Anna, basta ya—Elsa se palmeó la frente—, ¿cuándo vas a entender que ella no quiere nada con él? Tu plan es absurdo e innecesario. Además—la miró inquisitivamente—, dudo mucho que nos dejen ir a pasar el fin de semana en una cabaña que está en quien sabe donde. Ni sé porque insististe en ir.

—¡Ay, Elsa! Como eres—se quejó la pelirroja—, si Hans va te dejarán ir a ti y si te dejan ir a ti, me dejarán ir a mí. ¡Ya está!

—¿Y quién te dijo que yo quiero ir? Ya sabes bien que es lo que opino de ese tipo de fiestas—la blonda hizo un mohín.

Odiaba los lugares atestados de gente y socializar, y apostaba a que esa reunión no sería "tan pequeña" como Rapunzel había dicho.

—¡Pero es una fiesta con chicos de último año! ¡Tenemos que estar ahí!—exclamó Anna—¡Deja de ser tan antisocial, Elsa!

La mencionada solo bufó mientras entraban en su casa. En el piso de arriba, Hans y Eugene miraban una película, para variar, sin discutir, simplemente absortos por las imágenes que se sucedían en la pantalla, donde una chica con el vestido cubierto de sangre comenzaba a usar sus poderes psíquicos para cerrar el gimnasio en donde se celebraba su baile escolar.*

—Viejo, esa mujer va a hacer mierda a todo el mundo—dijo el castaño al tiempo que se metía un puñado de palomitas a la boca, del enorme bol que sostenía en su regazo—. Hey muchachas, ¿qué hay?—saludó a las chicas apenas aparecieron en su campo de visión.

Anna cerró sus manos en puñitos y las alzó con emoción contenida, antes de soltar una enorme exclamación.

—¡Rapunzel nos ha invitado a todos a su fiesta de cumpleaños este sábado, será en la cabaña que tienen sus padres en las montañas y debemos estar ahí porque habrá diversión, trajes de baño y muchas cosas y será genial, y por eso debemos ir!—chilló diciéndolo todo sin apenas detenerse, lo que provocó que su amiga la mirara con sorpresa.

Vaya que la colorada sabía como soltar una bomba cuando se lo proponía. Eugene tiró a un lado el tazón con palomitas y se frotó las manos con entusiasmo adquirido.

—¡Amiga, esa fiesta me está llamando! Por nada del mundo me perdería el cumpleaños de mi florcita.

—Sip, quiere que vayamos todos—afirmó la cobriza con una sonrisa satisfecha—, ¡tendremos un fin de semana loco en las montañas, chicos!

—Obviamente que vamos a estar ahí, socia. ¿Oíste eso, viejo? ¡Una fiesta! Ya te hace falta salir a ti también—Eugene golpeó el hombro de Hans, que no parecía en absoluto interesado por la noticia.

Él lo miro con fastidio.

—¿Y quién dice que yo quiero ir?—inquirió agriamente, sin molestarse por disimular su mala actitud ante Anna.

Hacía tiempo que no se tomaba tantas molestias para fingir.

—¡Pero por supuesto que vamos a ir! En serio quiero algo con esa chica y estoy así de cerca de lograr que caiga—replicó el moreno—, ¡demonios Hans, no seas tan antisocial!

—Fue lo mismo que yo le dije a Elsa—dijo Anna tomando asiento en un sillón cercano—, ¡esta fiesta no nos la podemos perder por nada del mundo! Es tu oportunidad para acercarte a esa desvergonzada zorra, digo, a Rapunzel, y así no tendré que ver como se la pasa todo el tiempo pegada a Kristoff.

Elsa volvió a palmearse la frente.

—Estoy de acuerdo—dijo Eugene—, alguien tiene que separar a esos dos. Todo el tiempo pegada a ese rubio, el cual sigo sospechando que usa esteroides, por cierto. Pero no hablemos acerca de mis locas sospechas, sin importar que casi siempre tenga la razón—dijo vanidosamente—, sino de como haremos para evitar que ese par siga sin prestarnos la debida atención. Y con atención, me refiero a toda su atención.

—¡Hay que separarlos!—volvió a chillar Anna.

—Y conozco la manera perfecta para hacerlo, amiguita—prosiguió el moreno—, tú te encargas del señor músculos y yo de hacer que mi pequeña flor pase el mejor cumpleaños de su vida. No hay que perderlos de vista, no hay que dejar que se hablen, que se toquen, ¡nada! ¿Te hace sentido, socia?

—Es estúpido, como todo lo que haces y dices, hippie de mierda—le espetó Hans de mala manera.

Eugene le propinó un buen puñetazo en el hombro que el cobrizo no tardo en devolverle, ya ambos enfrascándose en una inmadura pelea a la que Anna no tardó en querer unirse, agitada como estaba.

Fue Elsa quien le puso fin a aquella tontería.

—¡Basta! ¡Basta ya!—tomó un cojín del sofá donde se había sentado y lo lanzó con fuerza a ambos chicos—¡Parecen unos malditos animales!

Un par de ojos verdes le lanzaron una mirada de odio, que fue correspondida con vehemencia.

—¡Me encanta cuando la gente se pone intensa!—exclamó la pecosa dando de saltitos—¡Este fin de semana será genial! ¡Vamos a pasarla muy bien!

—Puedes apostar a que así será, amiga. Y más con el truco bajo la manga que tenemos para separar a Punzie del grandote de una vez por todas. Eso le hará entender un par de cosas a ricitos de oro, jo jo jo jo jo.

—Je je je je je je.

—Jo jo jo jo.

Elsa miró con una ceja levantada como esos dos reían de lo que pretendía ser una forma malvada. ¿En serio creían que ese plan tan ridículo iba a funcionar? Su paranoia estaba alcanzado niveles demasiado absurdos.

—¡Hay tanto que debemos planear! Dijo que todos debemos llevar nuestros trajes de baño, lo que significa que también hay llevar con nosotros gafas de sol, sombreros, toallas, una muda de ropa—Anna comenzó a enumerar una lista de las cosas que necesitarían para el viaje, plenamente concentrada. La rubia pensó que sí así fuera en la escuela, otra historia sería con sus calificaciones—, ¡y un litro de bloqueador solar para Olaf y Elsa! ¡Porque sus pieles son tan blancas! Una vez, fuimos a una excursión en la escuela y terminaron como dos tomatitos con quemaduras de primer grado, ¡se veían tan chistosos! Todos reímos tanto, ja ja ja.

—Anna—murmuró la platinada abochornada y molesta.

—Podemos ir todos juntos en el jeep de mi tío. Le diré que me preste las llaves para conducir. No debe ser demasiado lejos, ¿no?

—¡Y también podemos preparar algunos sándwiches para el camino! Llevaré de atún, de jamón y queso, de mermelada…

—Voy a necesitar que me envíen la dirección exacta por Google Maps. Esa suena como otra buena excusa para hacerle una visita a Punzie en el centro comercial, ¿eh?

—… ¡y una manta por si nos da frío! Y papitas y latas de soda y galletas…

Mientras Anna y Eugene se ponían a planear todos los detalles del viaje del que por lo visto, no iba a poder librarse, Elsa suspiró por enésima vez y desvío la mirada. Sus pupilas se encontraron con la mirada hostil que le daba su hermanastro, sentado en frente de ella con cara de pocos amigos. La blonda frunció el ceño.

¿Es qué siempre tenía que arreglárselas para fastidiar aunque no dijera ni una palabra?

Hans levantó su mano y le enseñó el dedo medio con lujo de petulancia, cosa que hizo a sus mejillas enrojecer. Indignada, infló sus mejillas como niña pequeña y le hizo una seña aún más obscena con su mano, que en su vida habría creído utilizar. Al parecer aprender esas cosas de Anna si tenía un uso práctico.

Se cruzó de brazos y se volteó, dispuesta a no mirarlo más. Maldito cretino.

—Ya quiero ver que papá te deje llevarte su camioneta después de toda la mierda que ocasionaste en Alemania, vago inútil—le dijo el cobrizo a Eugene con hostilidad.

—¡Pero por supuesto que me va a dejar llevarla! Y no solo eso, si no que va a agradecer mi buena voluntad al llevar con nosotros a un soplapollas amargado como tú, marica.

—Marica serás tú, ¡imbécil amante de las flores!

—Vamos, vamos Hans, no empieces otra vez—los ojos castaños adoptaron una mirada severa—, hablo en serio Hansy. Esta ocasión es única para mí. Quiero estar con esa chica y ninguna persona me lo va a impedir. ¡No me arruines esto, viejo!

Hans refunfuñó por lo bajo y lo miró desafiantemente, prácticamente resignándose para sus adentros. Sabía que aunque no quisiera, terminaría siendo arrastrado a ese patético viaje, pues si para algo era bueno ese hippie holgazán, era precisamente para involucrarlo en sus ridículas aventuras.

Además… había una parte de él también, en el fondo, que después de todo sí quería ser arrastrado.

Por el rabillo del ojo observó a su hermanastra, que tampoco parecía muy contenta con la idea de ir a las montañas y sin embargo, estaba resignada. Hans se contuvo de suspirar.

Realmente lo estaba matando con su silencio.


Elsa miró por tercera vez su reloj de muñeca, parada como estaba al pie de las escaleras, con la cazadora de cuero café puesta y una maleta colgando de su hombro. El fin de semana había llegado más rápido de lo esperado y para bien o para mal, estaba lista ya para emprender el camino hacia las montañas, a una fiesta que solo esperaba que no se saliera de control.

Ya había tomado precauciones y empacado un buen libro y su iPod para distraerse, si contaba con la suerte poder aislarse del bullicio. Las celebraciones de verdad no eran lo suyo.

Aunque tal vez ni siquiera llegara si sus acompañantes seguían demorándose.

—¡¿Podemos irnos ya?!—gritó, con algo de impaciencia.

No es que se muriera de ganas por irse, pero quedarse allí esperando a que Hans y Eugene terminaran con lo suyo era desesperante. Por no mencionar que tenían que recoger a sus amigos para emprender la marcha.

Esos dos eran todo un caso; llevaban al menos un par de horas arreglándose desde que se habían levantado. Ni su madre ni ella juntas se demoraban tanto.

Ambos muchachos salieron de sus dormitorios cargando sendas maletas y bajaron.

—¡Bueno, vaya! ¡Ya era hora!—Elsa los miró con el ceño fruncido—¿Qué tanto hacían allá arriba? ¡Se tardaron siglos!

—Cierra la boca, sabandija—le espetó Hans de mala manera, llegando frente a ella—. ¡Habríamos salido antes si este idiota hubiera dejado el secador de cabello!

—Hansy, te lo dije viejo, no puedo simplemente salir de la ducha y ya, esta melena no tiene estilo por si sola. Mi cabello necesita cuidado muy especial.

—¡El mío también, hippie!

—Sí, bueno, al final te dejé el bendito secador ¿no? Además, tú acaparaste todo el acondicionador del baño, ¿qué demonios?

—¡Y tú me volviste a robar los pantalones, vago! Ni siquiera te quedan bien.

—Bla bla bla bla…

Elsa entornó los ojos con incredulidad. ¿Era en serio? ¿Podía ser esa conversación más gay?

—¿Quieren apurarse ya? Nos están esperando.

—Tus amiguitos no se van a ir a ningún lado sabandija, así que deja de ser tan insoportable—Hans pasó por su lado golpeándola con el hombro y haciendo que se tambaleara levemente, por el peso que cargaba—, ¡hazte a un lado, mocosa!

—¡Estúpido!—chilló Elsa.

Un par de horas encerrada en el mismo vehículo que él sonaba como un infierno.

—Hey amiguita, contén ese ánimo—dijo Eugene acercándosele conciliadoramente—, no querrás ponerte a pelear tan temprano, ¿no?

—Es culpa de él—se enfurruñó la rubia—, siempre está molestándome y lo sabes. No lo soporto, ¿crees que quiero pasarme todo el fin de semana en quien sabe donde aguantando las cosas que me hace? ¡Lo odio!

—Woah chica, cálmate, no te sulfures. Recuerda que este viaje es para relajarnos, no irás a dejar que Hans lo arruiné para ti, ¿o sí?

—¿Y cómo quieres que me relaje? Con ese monstruo—Elsa volteó a ver a su hermanastro, que ya esperaba afuera junto al jeep, con molestia—, ¡va a hacerme la vida imposible en estos días! ¡Como siempre!

—Eso es porque tú se lo permites, los dos sabemos que Hans puede ser un verdadero idiota, pero tienes que aceptar que tú eres especialmente susceptible a todo lo que él hace o dice.

—¿Qué quieres decir?—inquirió Elsa a la defensiva.

—Solo digo que no tienes que dejar que te afecte tanto, si de verdad quisieras, no permitirías que él te molestase—el castaño la quitó la maleta y se la echo al hombro—, ahora vamos, que hay mucho por hacer antes de llegar a esa cabaña.

Elsa se quedó observando como salía y comenzaba a acomodar los equipajes en la parte trasera de la camioneta, en tanto pensaba en sus palabras. Tenía que admitir que pese a su habitual desapego por todo, ese muchacho de vez en cuando decía cosas muy ciertas.

¿Por qué iba a permitir que Hans le arruinara un viaje donde se suponía que tendría que pasarlo bien? Vale que las fiestas no eran lo suyo, pero por lo menos podría intentar divertirse o relajarse un rato.

Sí, eso era lo que haría. Ya estaba bueno de quedarse como la víctima. No pensaba aguantarle ni una más.

Decidida, salió de la casa y clavó sus pupilas de zafiro en el pelirrojo, que esperaba arrogantemente a un lado del vehículo, con la nariz en alto y esos lentes oscuros que le daban un aire sumamente apuesto.

Presumido.

La muchacha vislumbró una pequeña pelota que se hallaba en el suelo, muy cerca de la verja de la casa de al lado. Seguramente se le había vuelto a perder a los vecinos mientras jugaban al tenis. La recogió y se volvió hacia el colorado.

—¡Oye, Hans!

El aludido volteó a verla de mala gana. Elsa tomó vuelo con una mano y arrojó la bola hacia él, haciendo que rebotara en sus partes bajas.

El alarido que resonó por todo el jardín fue como música para sus oídos.

Hans se derrumbó bruscamente en el suelo, llevándose ambas manos hacia su entrepierna y apretando los dientes mientras chillaba por el dolor.

—¡Joder, viejo! ¡Qué buena puntería! Justo en las pelotas—en menos de un minuto, Eugene ya estaba a su lado con su videocámara en mano y grabando los gastos de dolor del joven.

Elsa entró al jeep tranquilamente y se sentó en el asiento trasero, mientras escuchaba como este último le gritaba de todo al moreno. Una serena sonrisa adornaba sus rosados labios.

Que bien se sentía la venganza.

—¡Más te vale que borres esa maldita grabación antes de que te rompa la cabeza con tu jodida cámara!—Hans ingresó al asiento del lado del conductor con el rostro rojo de rabia, bramando a todo pulmón—¡Eres un hippie de mierda! ¡Y tú!—se volvió hacia la platinada amenazadoramente—¡Me las vas a pagar, mocosa!

—Hansy, cálmate un poco viejo—lo atajó Eugene.

—¡Pequeña sabandija! ¡Vas a pagármelas por esto, ¿me oíste?!

—Hans…

—¡Sanguijuela de porquería! ¡Ya te enseñaré a romperme las pelotas!

—¡Te dije que te calmaras!—el castaño le dio una fuerte colleja en la nuca—¡Demonios, Hans! ¡Siempre comportándote como un maldito esquizofrénico! ¡Ya relájate, maldita sea!

—¡Voy a partirte la cara en cuanto salgamos de aquí, hippie!

—Sí, sí, sí—el aludido rodó los ojos y puso el motor en marcha—, siempre lo mismo contigo. En serio necesitas ayuda, viejo. Ahora ponte el cinturón y déjate de hablar mierda, ¿quieres? Tenemos que hacer un par de paradas antes de llegar con Punz y no pienso retrasarme aún más por tu culpa.

Hans le lanzó una última mirada de odio a la chica antes de acomodarse en su lugar, mascullando por lo bajo.

Desde su sitio, Elsa contuvo un profundo suspiro, volviéndose a sentir intranquila.

De repente tenía el presentimiento de que ese pequeño viaje no iba a ser precisamente de lo más relajante.


—¿Qué es lo que hacemos aquí?—la blonda miró con curiosidad los anaqueles del pequeño almacén en donde se habían detenido, antes de pasar a recoger a sus amigos.

—Ah, pues verás Elsie, no podemos llegar a esa fiesta con las manos vacías. Punzie me hizo un encargo muy especial para animar su fiestecita, ¿sabes?

—Y con encargo especial te refieres…

—Vamos a llevar un par de botellas.

Eugene observó como la jovencita parpadeaba un par de veces, confusa ante su respuesta. Ah, la inocencia que mostraba; todavía era demasiado ingenua.

Durante la semana, se había puesto de acuerdo con su castaña conquista para que le explicara como llegar hasta su cabaña y arreglar otros pormenores de la celebración. Uno no cumplía dieciocho años todos los días y Rapunzel quería celebrarlo a lo grande, por lo cual le había hecho el muy especial encargo de proveerla con algunas botellas de buen licor para, en palabras de la muchacha, tener una juerga como Dios mandaba y repartir felicidad entre sus invitados.

Y no es que tuviera intenciones de aprovecharse de ella pero, como buen enamorado que era, no le iba a fallar.

—Bueno, ¡¿tú estás tarado o qué?!—la exclamación de Hans le hizo ver que las cosas no serían tan fáciles.

A su lado, el cobrizo lo mirada ceñudo.

—¿Llevar alcohol a esa jodida fiestecita de cuarta llena de niñatos? ¿Con esta sabandija y sus mocosos amigos? Dime idiota, ¿qué crees que va a pasar si alguno de ellos sufre un coma etílico o alguna mierda por el estilo? ¿A quién crees que van a culpar? ¡A nosotros, marica de mierda! ¡Piensa un poco, idiota!

Eugene inspiró aire y lo dejó escapar profundamente, como armándose de paciencia.

—Un día Hans, me gustaría que pasara un solo día sin que tengas que comportarte como una maldita perra—le dijo, fastidiado—. En serio viejo, ¿por qué siempre tienes que quejarte de todo? No entiendo.

—Lo único que quieres es embriagar a esa hippie.

—¡No! Mierda, ¿pero en qué clase de concepto me tienes?—dijo el castaño sinceramente escandalizado—¡Para que te sepas esas botellas son para sus invitados! Yo jamás haría algo así, idiota.

—Sí, claro—habló el colorado sarcásticamente.

Podía ser que ese zoquete estuviera diciendo la verdad, después de todo, él nunca había sido de los que se aprovechaban de las chicas, por más que coqueteara con ellas. Pero Hans tenía bastante experiencia como para saber que el alcohol en una fiesta llena de personas que apenas y sabían tomar, no podía traer nada bueno. Ya podía ver las negras intenciones de esa novata al confiarle al hippie un encarguito como aquel, así como la forma en que terminaría el dicho festejo y bueno… aquello no se iba a parecer precisamente al Club de Mickey Mouse.

—No, no y no, no vas a llevar nada a ese lugar, ¿me escuchaste?—amenazó a Eugene.

—Bueno, ¿y de cuándo a acá tú eres tan remilgado, eh? Si mal no recuerdo por las cosas que vi en Facebook, a ti te sacaban arrastrando de las fiestas. Estás muy verde todavía como para adoptar esas mañas de viejo amargado, ¿no crees, Hans?

—Chúpamela, idiota. Te dije que no vas a comprar nada y se acabó.

—Bueno hombre, te digo que me extraña de veras, estás muy raro Hans—el trigueño lo observó inquisitivamente y se cruzó de brazos—. Hey, ¿no tendrá esto que ver con la misteriosa razón de tu mudanza? Mira que tu hermano no quiso contarme ni un poco, pero si es así…

—¡A ver, estúpido!—Hans lo empujó bruscamente—¡Te dije que no te metieras en mis asuntos! ¡No vas a llevar ni una gota de alcohol, ¿entendiste?!

—¡Ya veremos sino!—Eugene le devolvió el empujón y de un momento a otro los dos empezaron a pelear ridículamente.

Elsa frunció el ceño y se alejó discretamente, no fuera alguien a pensar que venía con ellos. El pasillo en el que estaban se encontraba desierto, pero no quería por ningún motivo figurar en la segunda parte de "Idiotas en el supermercado" o algo por el estilo.

Hans colocó un brazo alrededor del cuello de Eugene y trató de tumbarlo, mientras hacía lo mismo. Parecían un par de niños portándose mal.

Elsa se moría de la vergüenza.

—¡Bueno ya, ya!—el moreno se libró del agarre de su rival y le dio otro buen empujón, ya ambos desalineados por su infantil enfrentamiento—No vamos a discutir por esto, maldita sea. Elsie, ayúdame a buscar un poco de vodka, ¿quieres?

—No te atrevas a tomar nada, sabandija.

La blonda se mordió el labio inferior, insegura. La verdad era que a ella tampoco le parecía una idea tan buena el llevar licor y tomando en cuenta las pésimas decisiones que había tomado Eugene antes, aquello estaba que pintaba para ser un desastre más.

Sin embargo, no estaba en sus planes tener que darle la razón a Hans. Eso ni loca.

Sus ojos verdes se clavaron ella como retándola a mover un músculo, y entonces fue que salió de su indecisión.

—¿Esta marca está bien?—inquirió, acercándose para coger una botella al azar.

Hans la fulminó con sus pupilas esmeraldas.

—Oh sí, esa es excelente. También llevaremos esta de ron; botellas pequeñas, no queremos causar un escándalo—Eugene le quito la que ella había agarrado y tomó otra de la menor capacidad que encontró, antes de que se dirigieran hasta las cajas para cobrar.

La cajera que se encontraba de turno, una mujer de treinta y tantos con el semblante aburrido, endureció la mirada al pasar las botellas y reparar en Elsa, enviándoles una mirada acusadora que hizo que el pelirrojo se indignara.

Era lo único que le faltaba, que ya hasta los tacharan de andar pervirtiendo a una menor, todo por culpa de ese estúpido hippie.

Lo iba a matar con sus propias manos.

—¡Son para nosotros!—exclamó molesto, como si la mujer le hubiera pedido explicaciones.

Esta solo frunció el ceño y procedió a pedirle al otro joven su identificación.

Minutos después, los tres salían del establecimiento campantemente, el castaño con una sonrisa satisfecha y el cobrizo con un rostro de pocos amigos.

El oscuro presentimiento de Elsa se hizo más grande.

Desde el asiento delantero, su hermanastro la observó de manera hostil a través del espejo retrovisor. Ella le sacó la lengua y se enfurruñó.

El jeep gris en el que iban se detuvo frente a una casa pequeña de tejados rojos y jardín bien cuidado. Tras escuchar el claxon, Anna salió por la puerta delantera gritándole despedidas a su madre y arrastrando detrás de ella una enorme maleta, en la que parecía haber empacado para un año entero. Llevaba un simpático gorrito con orejas de ratón y una enorme sonrisa adornaba su pecosa cara.

La chica se detuvo enfrente del vehículo y abrió la puerta al lado del asiento de la platinada, con particular entusiasmo.

—¡Hola chicos! ¡¿Ya están listos para fiestear?!—chilló.

Desde sus respectivos lugares, Hans y Elsa le enviaron miradas glaciales, ya ninguno de ellos sin humor para aguantar ese viajecito. Como se notaba que estaban hartos el uno del otro.

—Uy, parece que alguien no se levantó de humor esta mañana—habló la pelirroja, un poco intimidada.

—Déjalos, ya sabes como se pone este par—Eugene tomó la maleta de Anna y se apresuró a meterla en la parte trasera—. ¡Demonios, mujer! ¿Qué has empacado aquí? ¿Piedras?

—Solo lo necesario para este fin de semana, Rapunzel dijo que su cabaña era pequeña y probablemente estemos muy apretados e incómodos, ¡hasta me traje mi saco de dormir por si acaso!—la aludida se sentó al lado de Elsa, parloteando—¡Me muero por estar en las montañas! Un poco de aire fresco y sol no me harán mal, y no te preocupes Els, traje mucho bloqueador solar para ti, je je je. ¡Vamos a recoger a Olaf para irnos! ¡Mientras más pronto estemos allí mejor!

Elsa volvió a suspirar y los ojos verdes que tanto conocía se volvieron a posar en ella con malignidad.

Iba a ser un largo viaje.


El sonoro murmullo de los ronquidos de Anna era lo único que rompía la armonía de la animada estación de rock n' roll que sintonizaban desde la radio. Con el ceño fruncido, Hans se volteó por enésima vez en lo que llevaban del viaje y miro a la pelirroja. ¿Cómo era posible que una persona tan pequeña roncara tan espantosamente? Ni siquiera él hacia esos sonidos al dormir.

La enana se encontraba sentada justo entre Elsa y Olaf, y cómodamente recargada encima de este último, quien también dormitaba contra la ventanilla pero sin hacer ningún ruido. En cambio, la coloraba se encontraba con la cabeza torcida en un ángulo extraño y soltaba estertores mientras se movía de vez en cuando.

Era insoportable.

Hans tomó el palo para selfies que reposaba al lado de su asiento y que Eugene se había encargado de traer para tomarse esas estúpidas y narcisistas fotos que poblaban su Facebook, y picoteó con él a la pecosa de una manera nada amable.

De todos modos no fue suficiente para despertarla, pues lo único que hizo fue removerse perezosamente y seguir roncando en tono más bajo.

Al lado de su amiga, Elsa lo asesinó con la mirada y él la vio retadoramente.

La muy tonta, claro que a ella no le afectaban los ronquidos de su amiguita, pues se la había pasado todo el rato con los auriculares puestos y la música de mierda de su iPod a todo volumen. No obstante, a él se le habían olvidado los suyos y los ruidos de esa enana lo estaban desquiciando.

—¿Otra vez se están lanzando esas miraditas? Joder viejos, es que hasta cuando no hablan ustedes siempre encuentran la forma de fastidiar el otro, ¿no?—Eugene les llamó la atención mientras conducía por una zona boscosa—Ya vale chicos, relájense un poco ¿quieren? Me siento como si estuviera al cuidado de niños de preescolar—un estridente ronquido cortó su sermón, sobresaltándolo—, ¡Dios bendito! Viejo, ¡haz el favor de hacer algo con esa condenada chica! Demonios amigo, juro que jamás había escuchado a nadie roncar así. ¿Alguien habrá llevado a Anna a un médico? Debería revisarse…

Hans clavó el palo en las costillas de la pelirroja, quien hizo un sonido extraño entre sueños. Elsa lo volvió a mirar glacialmente.

Hacía más de dos horas que ese imbécil se volteaba a cada rato para mirarlas a ella y a Anna con desdén, seguramente pensando en la mejor manera de matar a esta última, a juzgar por su gesto sombrío y digno de un psicópata de Hitchcock. El muy tarado. En un momento dado, Elsa había comenzado a patear su asiento con toda la intención de molestarlo y el idiota le había lanzado una botella de plástico vacía.

Como lo odiaba.

—En serio viejos, ustedes tendrían que acudir a terapia de pareja o algo por el estilo, son como un pequeño matrimonio, je je je… ¡ouch!—Eugene se quejó cuando la blonda recogió la misma botella que el pelirrojo le había arrojado antes y se la lanzó a la cabeza—¡Demonios, Elsa! ¡Estoy conduciendo! Que delicada—rodó los ojos y fijo su castaño mirar hacia el frente—. Bueno, según el mapa que me dio Punzie ya deberíamos estar cerca, pero yo no veo ninguna cabaña. ¿Creen que nos hayamos perdido? Mierda, esas instrucciones no estaban bien…

—Mira—Hans le señaló lo que parecía un muro de piedra a la distancia y en cuanto se hubieron acercado un poco más, se dieron cuenta de que aquel tenía que ser el lugar donde la castaña los esperaba.

Aquello no se veía en absoluto como una cabaña.

En medio de la pared formada por piedras podía verse una verja bastante elegante forjada con hierro sólido y detrás de sus barrotes, lo que parecía ser un inmenso jardín y una amplia y hermosa casa construida con roca y madera, en la que sobresalían unos modernos ventanales y un precioso porche. A juzgar por el tamaño, aquel lugar debía tener por lo menos una docena de habitaciones.

Eugene emitió un silbido asombrado.

—Amigo, esto no era lo que me esperaba cuando mi florecita me habló acerca de "su pequeña cabaña" en las montañas—comentó.

El colorado tuvo que darle la razón. Esa casa se veía demasiado lujosa como para considerarse como tal, tanto así que por un instante se preguntó si no se habrían equivocado. No obstante, ¿cuántas viviendas podría haber por esos parajes como para que sucediera?

En el asiento trasero, Elsa se encargó de despertar a sus amigos, quienes se incorporaron algo sobresaltados; Anna frotándose los ojos y bostezando como si no se la hubiera pasado roncando la mayor parte del camino.

—¡¿Qué?! ¿Ya llegamos?—preguntó amodorrada, para luego asombrarse al ver lo que tenían frente a sí—¡Joder, que sitio! No puede ser aquí, ¿o sí?

—Fue la dirección que me dieron.

—¡Pero si esto es más grande que mi casa! ¡Y miren que jardín más elegante!—Anna se inclinó entre los asientos delanteros para ver mejor—¡¿A esto le llaman una cabaña cualquiera?!

—Bueno, no es para sorprenderse, después de todo los padres de Rapunzel son ricos—dijo Olaf, provocando que todos se volvieran a verlo—, ¿no lo sabían? Kristoff me lo contó hace tiempo, su familia tiene una posición económica muy alta y al parecer su madre es dueña de una de las galerías de arte más importantes de la ciudad. Creo que hasta tienen más dinero que tu padrastro, Elsa—añadió volviéndose a la albina.

—¿En serio? Pues la verdad es que eso es difícil de imaginar cuando uno la ve en la escuela—dijo ella con extrañeza.

—¡Sí! Todo el tiempo se viste como una vagabunda zarrapastrosa—soltó Anna.

—Que conveniente para ti, ¿no, hippie? Buscarte una chica con dinero—le dijo el colorado a Eugene mordazmente.

—Oh, vete a la mierda Hans—le contestó él—, ni que fuera tú.

Acto seguido, acercó un poco más el jeep hacia las rejas que resguardaban la propiedad y oprimió el botón del intercomunicador para preguntar por la castaña. Una vocecita muy conocida le respondió, confirmándoles que habían llegado al lugar indicado.

¡Pasen, pasen enseguida! Pueden estacionarse en el garaje—la comunicación se cortó y de inmediato, las puertas de hierro se abrieron para permitirles el acceso.

Su vehículo avanzó por el impecable camino de asfalto que rodeaba el hermoso jardín, hasta llegar al interior de un enorme garaje, en donde ya se hallaba estacionado un lujoso auto compacto de color amarillo.

—Bueno, parece que no necesitare mi saco de dormir después de todo—murmuró Anna a su amiga, en tanto todos bajaban de la camioneta dispuestos a estirar las piernas y coger sus equipajes.

La rubia cerró con suavidad la puerta de su lado y movió levemente las piernas para que la sangre volviera a circular. Estar sentada tanto tiempo le había entumecido un poco las extremidades. De repente, el empujón que recibió por atrás la hizo quejarse y voltear. Un par de ojos de jade la observaban con condescendencia.

—Muévete, pequeña sabandija. Como te gusta estorbar.

—¡Ya me tienes harta, idiota! Que sea la última vez que me tocas, ¿entendiste?

Hans sonrió de lado y volvió a empujarla con el hombro al pasar por su lado.

—¡Oye!

—Mejor no te metas en mi camino, mocosa. O me voy a encargar de que lo lamentes.

Elsa bufó por lo bajo. Aquello era como volver a sus primeros días de convivencia, ¿es que ese hombre nunca podía dejar de estar a la defensiva?

Enfadada, fue con el resto a tomar su maleta y entonces todos ingresaron a la casa.

El interior de la residencia de montaña de Rapunzel era tan lujoso como el exterior. Apenas estuvieron adentro, lo primero que vieron fue una acogedora sala de estar decorada en tonos marrón y en la que se destacaba una enorme chimenea de piedra. Más allá, podía vislumbrarse una escalera de caracol, un fino comedor y una inmensa cocina de concepto abierto, junto a otras puertas que seguramente ocultarían estancias igual de ostentosas.

En un extremo, una puerta corrediza y acristalada revelaba el ingreso a un jardín trasero y lo que parecía ser una piscina de buen tamaño.

Rapunzel apareció frente a ellos proveniente de la cocina y seguida por su rubio amigo. Tenía puesto un bonito vestido de color lila y seda fina, y en su hombro reposaba su pequeño camaleón.

—¡Qué bueno que están aquí! Ya me temía que se hubieran perdido; los demás también están por llegar. Kristtof y yo preparábamos unos bocadillos para esta noche, ¿no es así, Su Majestad?—preguntó, poniéndose de puntillas para desordenar el cabello del mencionado.

—Hola—saludo él con menos entusiasmo que su compañera y mosqueado por el sobrenombre.

Eugene emitió un ligero gruñido y Anna observó a la cumpleañera y al blondo con un tic en el ojo.

—Feliz cumpleaños, Rapunzel—fue Elsa quien se acercó a ella alzando un paquete que tenía en las manos, para romper la tensión—, te trajimos este obsequio. No sabíamos que te gustaba así que, bueno, escogimos una de las artesanías que venden en el centro comercial. Como te agrada el arte…

—¡Oh, muchas gracias! ¡No tenían porque molestarse!—la morena tomó el regalo con emoción—¡Verán que la vamos a pasar muy bien!

—¿Y tus zapatos?—preguntó Olaf, dándose cuenta de que la muchacha estaba descalza.

—¡No traje! Adoro sentir el suelo frío bajo mis pies descalzos—la chica movió los dedos de sus plantas simpáticamente—, ¿nunca han pensado que los zapatos son como una pequeña cárcel para ellos?

—Oye preciosa, mira lo que te traje—Eugene se adelantó hasta ella y le enseñó las dos botellas que había comprado horas atrás—, suficiente para poner en ambiente a tus invitados, ¿eh?

—¡Excelente, Flynn!—exclamó Rapunzel con alegría—¿Y adivina qué? Esta vez pude falsificar mejor mi identificación y Kristoff y yo también pasamos a hacer unas cuantas compras, aprovechando el regalito que mis padres me dieron esta mañana, seguro que ya lo vieron en el garaje, ¿no es divino? ¡Trajimos un montón de cerveza! ¿Y sabes qué más? Mérida dijo que logró sacar una botella de whisky de la reserva especial de su padre, ji ji ji ji ¡y Naveen va a conseguir un poco de tequila! ¡Eso es lo que usan en México para embriagarse! ¡Qué lugar tan mágico!

Hans adquirió un gesto de recelo al escuchar todo aquello, en tanto el castaño mostraba una sonrisa nerviosa.

—Ah, je je je, que bien… entonces, que bueno que traje botellas pequeñas, je je je.

—Pónganse cómodos, pueden dejar su equipaje en las habitaciones de arriba; vamos a tener que compartir con los demás así que espero que no les moleste. Les dije que este sitio era pequeño.

Elsa volvió a mirar a su alrededor con sorpresa. Si ese lugar le parecía pequeño, no quería imaginarse en el tipo de mansión en la que viviría. Ahora entendía un poco porque sus padres habían preferido que tuviera su celebración ahí.

—Tengo que terminar de decorar todo esto antes de que lleguen los demás—la trigueña tomó una caja con adornos que reposaba cerca de ahí—, Anna, ¿me ayudas a poner estos aquí abajo?—le preguntó a la colorada con una sonrisa amistosa.

—¿Eh?—la pecosa la volteó a ver con cierto recelo—¡Ah! Sí… claro.

Mientras su amiga tomaba algunas de las decoraciones que la festejada le ofrecía, la platinada se colgó su maleta al hombro y comenzó a arrastrar la de ella para subir a acomodarse con los demás, esperando poder apartar un dormitorio para ambas.

Hans por su parte, le echó una mirada fulminante a Eugene, quien había dejado las botellas encima de una cómoda y ahora se rascaba la nuca.

—¿Qué? ¿Ahora me vas a echar la culpa de esto? ¿Qué iba a saber yo de que le había pedido lo mismo a otras personas? ¿Ves por qué siempre te digo que exageras? Habría alcohol de todas formas aunque no me hubiera molestado, ¡ya deja de mirarme así, amargado!—el castaño le dio un empujón y luego fue detrás de Rapunzel—¡Hey, preciosa! Déjame ayudarte con eso…

El cobrizo refunfuñó y aferró su equipaje para ir por donde su hermanastra.

Estaba claro que el espacio no iba a ser un problema, pero por lo visto, la fiestecita aquella si tenía altas probabilidades de desbordarse.


Aturdida, Elsa volvió a tomar un sorbo del vaso con soda que tenía en la mano y que ya se había encargado de revisar que no llevara ni una gota de licor. La música estaba a todo volumen y a juzgar por la manera en la que vibraban las bocinas que se habían repartido por todo el piso bajo de la casa, daba la impresión de que las paredes podrían derrumbarse en cualquier momento a causa de lo intenso del sonido.

Un montón de amigos de Rapunzel habían llegado para unirse a la celebración y ahora, el lugar estaba lleno de jóvenes bailando, bebiendo y riendo por todas partes. Debía haber allí por lo menos una treintena de personas.

Sus ojos azules se posaron en una risueña Anna, muy colgada del brazo de Kristoff y escuchando lo que él le contaba contentísima de la vida. Sus pupilas verdosas se encontraban muy brillantes y sus mejillas, casi tan encendidas como el tono de su cabello. Seguro ella también había tomado un poco.

Negó con la cabeza. Hacía rato que por aquí y por allá habían empezado a correr los tragos y con ello a subir los ánimos. Y odiaba admitir que no se la estaba pasando bien.

Las fiestas no eran lo suyo, ¿en qué había estado pensando al dejarse convencer de ir?

Esa noche, poco antes de comenzar el festejo Anna y ella habían subido a la habitación en donde dormirían para cambiarse. La blonda se había enfundado en un par de jeans oscuros que se pegaban gloriosamente a sus esbeltas piernas y colocado una blusa gris sin mangas con algunas lentejuelas, que su amiga le había insistido en comprar días atrás.

La colorada también la había maquillado ligeramente, poniéndole un poco de delineador y máscara de pestañas, y acentuando sus labios con una capa de brillo labial, además de soltarle el pelo.

Elsa estaba muy distinta de su aspecto habitual y eso, lejos de satisfacerle, le estaba causando serios inconvenientes.

—Oye, bonita—un tipo de último año se le acercó, algo ebrio y esbozando una sonrisa boba—, ¿tú eres la reina del baile, no? ¿Quieres bailar conmigo?

Elsa le lanzó una mirada fría, esperando que se fuera como los otros dos que se habían aproximado hacía un rato. Detestaba a los borrachos.

—Que linda eres, eres muy, muy guapa… ¿quieres… quieres…?—el sujeto apenas y podía hablar.

La adolescente endureció su semblante, ¿es que no entendía? Una presencia conocida llegó a su lado.

—Largo, idiota. Antes de que te arranque tus diminutas bolas con mis propias manos—amenazó Mérida al muchacho, mirándolo con fiereza.

Este alzó las manos como en señal de rendición y balbuceó algo para alejarse torpemente.

—Gracias—musitó Elsa, mirando tímidamente a la recién llegada.

—Vaya Barbie, parece que no te la estás pasando nada bien, ¿no? Estás más fuera de lugar que yo en la sección de ropa femenina de las tiendas.

Elsa bufó.

—Lo mío no son las multitudes.

—No, eso ya lo vi. A quien sí parece que le gustan es a la castañita—señaló a Rapunzel, que bailaba enloquecida sosteniendo un vaso de contenido sospechoso—, le ha pegado duro la mayoría de edad. El whisky escocés no se ha hecho para ella.

"Ninguna bebida ha sido hecho hecha para ella", pensó Elsa para si misma, al echarle un vistazo.

Hacía un rato que la muchacha estaba fuera de control, ofreciendo un poco de la botella de whisky que llevaba en la mano a diestra y siniestra a cuanto invitado se cruzaba en su camino, conminando a todos a beber en su honor. A su lado, Eugene la observaba un poco preocupado y la seguía de cerca, probablemente preparándose para sostenerla por si se caía o algo.

El timbre de la casa sonó y la morena soltó un chillido.

—¡Ya voooooy!—canturreó a todo volumen para luego ir hasta la entrada dando alegres saltitos, con Eugene pisándole los talones.

La puerta se abrió revelando a dos jóvenes de tez morena que la miraron con sorpresa apenas apareció ante ellos.

—¡Chicos! ¡Vinieron! ¡Sabía que vendrían!—Rapunzel rodeó con los brazos a una confundida Tiana, la cual se le quedó viendo perturbada mientras sostenía con fuerza una pequeña caja de cartón en sus manos—Ustedes son los mejores, sí saben que los quiero mucho, ¿verdad?

—¿Estás ebria, acaso?—inquirió Tiana con incredulidad—¿Quién te dio de beber?

Sus ojos castaños se dirigieron acusadores a Eugene, quien solo se llevó una mano a la nuca azorado.

—Vamos Tia, déjala divertirse, ya es legal de todos modos—Naveen separó suavemente a la cumpleañera de ella, enderezándola mientras reía—, hey Punzie, así que disfrutando de tu mayoría de edad, ¿eh? ¡Coquetona! Mira lo que te traje, te dije que yo soy hombre de palabra, mujer—rodeó los hombros de su compañera con un brazo provocando que esta lo mirara ceñuda—, ¿y adivina quien trajo también su bajo para tocarte un "feliz cumpleaños" muy especial?

—¡Oh, eso me gustaría tanto! ¡Vamos, vamos todos a beber!—Rapunzel se tambaleó ligeramente y el castaño a su lado la sostuvo en un acto reflejo.

—Te hice tu pastel favorito—Tiana abrió la caja que llevaba en sus manos, mostrando un apetitoso postre en su interior—, ¿no quieres una rebanada ahora?—sugirió, pensando que tal vez comer algo le ayudaría a soportar mejor los efectos del alcohol.

—¡Pastel de avellanas! ¡Oh, pero que rico!—Rapunzel metió una mano en la caja y sacó un trozo de pastel para empezar a devorarlo con gusto, ante la vista anonadada de sus amigos—Mmm… mmm… pero que sabroso, oh Tia, tú cocinas mejor que nadie—habló con la boca llena y manchándose con la enorme porción que había empezado a degustar—, mmm… oh Dios mío, es como una fiesta en mi boca, es como si todas mis papilas gustativas tuvieran un orgasmo—Tiana y Naveen se miraron incómodos—, mmm… ¡Flynn, tienes que probar esto!—sin previo aviso sacó un poco más de pastel y le embarró la cara a Eugene, provocando que se atragantara.

—Oye Punzie, ¡ya cálmate!—le gritó Kristoff desde un rincón.

—¡Este es el mejor pastel que he comido en mi vida! ¡Todos deberían probarlo!—exclamó ella—¡Oigan todos, vengan a comer de mi pastel! ¿Ustedes no quieren?—les preguntó a los recién llegados.

Naveen le echó un vistazo al contenido de la caja, donde el postre se había transformado en un montículo amorfo de betún, pan y avellanas, en el que ya no se distinguía ni rastro de la hermosa decoración en la que su acompañante se había esmerado tanto.

—No, gracias—dijo.

—Pues, de hecho, traía unas velitas para cantarte el feliz cumpleaños y todo eso—dijo Tiana sacando unas cuantas velas pequeñas de la caja, manchadas con crema—, pero ya que tú misma te despachaste… felicidades.

—¡Oh, gracias!—el semblante de la trigueña se descompuso y espontáneamente, hecho los brazos en torno al cuello de sus invitados, envolviéndolos en un brusco abrazo que los hizo perder el aliento—¡Los voy a extrañar mucho cuando se vayan a América! ¡Nunca los olvidaré! ¡Son como dos hermanos para mí!—sollozó—¡Por favor, prometan que seguiremos en contacto! ¡Los quiero mucho, mucho, mucho…!

—¿Estás llorando?—preguntó Tiana en shock.

Vaya que el alcohol sí que le afectaba a esa muchachita.

—Eh, vamos, vamos preciosa, no te pongas así—Eugene le frotó la espalda cariñosamente, aún con restos de pastel en la cara—. ¿Por qué no nos vamos a sentar un rato? Te calmas un poco, bebes un simple vaso de soda y te relajas…

—¡Suéltame!—Rapunzel se separó de la pareja y le dio un empujón, enojada—¡Eres aburrido! ¡Olaf! ¡Olaf!—llamó al chico de anteojos, demandante—¡Necesito un abrazo! ¡Dame un abrazo ahora!

El pelinegro acudió a ella obedientemente y la abrazó, en tanto los recién llegados huían sobándose en el cuello. La cumpleañera estrechó a Olaf hasta levantarlo unos centímetros del suelo, volviéndose a tambalear y provocando que ambos casi se derrumbaran en el piso de no ser por el agarre de Eugene, que ahora trataba de convencerla de que soltara al muchacho.

—Dios mío—Elsa observó la escena, preocupada por la seguridad de su amigo.

—Sí, vaya ridículo, primera cosa entretenida que pasa en este lugar y la única vez que ese vago no usa su cámara para grabarlo, ¿para qué la trajo entonces?—Mérida esbozó una sonrisa burlona al mirar como Rapunzel le gritaba al castaño, en tanto sus brazos se cerraban en torno al cuello de Olaf, amenazando con asfixiarlo—Ja ja ja ja, míralos, son como dementes. ¿Cuánto apuestas a que mañana le da resaca a esa hippie?

Elsa la miró dudosa. Como iban las cosas, no dudaba que de hecho todos allí amanecerían con dolor de cabeza.

—Y hablando de dementes, ¿no has visto a Hans? Hace un rato que andaba por ahí y ya se desapareció. Se veía un poco molesto.

Al escucharla, Elsa se tensó. Lo cierto es que llevaba ya un buen rato sin ver al pelirrojo, ¿dónde se habría metido?

—No. Yo no soy su niñera para tener que estar detrás de él—espetó con fingida indiferencia y cruzándose de brazos.

—En serio eres peor que él—la blonda enarcó una ceja y observó a Mérida—, ¿hasta cuándo van a comportarse como un par de mocosos de kindergarten? Era divertido verlos pelear y todo eso, no voy a negar que la pasé muy bien burlándome de ustedes pero ha dejado de ser entretenido. Y la verdad es que Hans es una mierda tratando de canalizar sus emociones, todo porque tú lo ignoras. Oh carajo, ahora estoy sonando como esa jodida consejera del colegio. Eres una perra insensible, ¿lo sabías?

—¿Disculpa?—la platinada la fulminó con sus pupilas de zafiro, indignada—¿De qué demonios estás hablándome? ¡Yo no tengo porque andar preocupándome por él después de todo lo que me ha hecho! ¡No me importa! ¿Quién te crees que eres tú para decirme lo que tengo que hacer o no? ¡Desde que saliste con ese monstruo solo has estado molestándome!

—Bueno, alguien tiene que ponerte en tu lugar, rubia. Siempre haciéndote la víctima; también te has comportado de una manera bastante desagradable con Hans, ¿sabes?

—No tengo porque escuchar esto—Elsa se dio la vuelta dispuesta a marcharse.

¿Quién diablos se creía esa pelirroja para hablarle de esa manera, como si fuera ella la mala del cuento? Ahora resultaba que al idiota le afectaba su indiferencia, sí como no.

—¡Pues me vas a escuchar quieras o no, pequeña imitación barata de Barbie!—Mérida la tomó por el brazo bruscamente, haciendo que se volviera de nuevo.

Su delgada mano era como una pinza de acero en torno al brazo de la blonda.

—¡Oye, me estás lastimando!

—¡Me importa una mierda! ¿Sabes? Cuando vi toda la atención que te ponía ese principito me dije a mi misma, tiene que ser una broma. Porque vamos, detrás de esa apariencia plástica y engreída Hans al menos tiene un poco de cerebro. En cambio tú, solo eres una frívola princesita que no se preocupa por nadie, ni ve más allá de sus narices. Él ha hecho tantas cosas por ti y tú solo te empeñas en recordar lo malo como una desubicada. Todo el verano lo he visto lo he visto de un humor de perros por culpa tuya y eso está comenzando a hartarme, maldita sea.

—¿De qué estás hablando?—Elsa trató de zafarse de su agarre, maldiciendo la enorme fuerza de la chica.

—¿Sabes cuanta suerte tienes de que un chico como él se preocupe tanto por ti? No, porque eres una cretina que solo mira lo que le conviene y se enfada por estupideces como esa tonta pelea de hermanos. ¡Él no hizo más que defenderte y tú ni siquiera le diste las gracias! Pero sí que pudiste disculpar a ese idiota de su hermanito, ¿no?

—¿Y eso por qué te interesa tanto?—Elsa la cuestionó con frialdad, fijando su mirada de hielo en la colorada que por alguna razón, parecía algo conmocionada.

—¡Porque tú lo tienes todo, maldita sea! ¡Y ni siquiera sabes aprovecharlo! ¡Tienes a un chico estupendo detrás de ti y no haces más que ignorarlo! ¡No te mereces nada! ¡Nada!

La albina parpadeó sorprendida al ver el estallido de Mérida. Esas palabras sí que no se las esperaba, ¿acaso seguiría sintiendo algo por el pelirrojo? Confundida, vio como la joven la miraba con profundo resentimiento.

—Como sea, ni siquiera esperaba que nada de esto te importara—Mérida la soltó—, la única razón por la que te lo dije fue porque vi a Hans bebiendo hace un rato y me pareció que estaba mal… pero como siempre, vas a pasar de largo y salir huyendo, ¿no?

Antes de que pudiera replicarle nada, la escocesa se fue dando grandes zancadas en dirección opuesta.

Elsa se quedó en su sitio, estática y anonadada. ¿Qué había sido todo eso? ¿Por qué de repente le había dicho semejantes cosas? Tal vez ella también había tomado un poco y se le había subido peor que al resto.

Miró de reojo el vaso que sostenía y lo dejó a un lado, dudando.

Luego sacudió la cabeza y se encaminó hacia la salida para escapar del bullicio, necesitaba respirar un poco de aire fresco.

Había muy pocas personas sentadas en el porche y distribuidas por el jardín delantero, algunas besándose y otras tanta riendo o conversando. El aire frío de la montaña le erizó la piel y se abrazó a si misma, buscando un sitio para estar a solas.

Silenciosamente se deslizó dentro del garaje escuchando el sonido distante de la música. Una silueta recargada en una esquina la sobresaltó al recorrer el lugar con la vista.

Distinguió una cabellera del color del fuego y se acercó cautelosa.

—¿Hans?

El aludido levantó la mirada y la posó en ella con arrogancia. Su camisa oscura estaba algo desarreglada y en la mano izquierda, sostenía la botella de vodka que tanto le había reclamado a Eugene por haber comprado.

—Bueno, vaya, pero si es copo de nieve en persona. ¿Qué carajos estás haciendo aquí, sabandija?

Elsa arrugó la frente al observarlo mejor. Estaba borracho.

—No me digas, te hartaste de la fiestecita—el cobrizo dejó escapar una risa desagradable—, eres una perdedora, ¿lo sabías? Es obvio que no ibas ni siquiera a esforzarte por encajar aquí, siendo tan anormal y antisocial. Ni siquiera debiste molestarte en venir.

—¿Y tú que sabes? ¡Estás aquí encerrado tomando solo como un imbécil!—exclamó ella a la defensiva.

—Sí, soy un imbécil—Hans volvió a reír irónica y amargadamente, antes de llevarse la botella a los labios.

¿Era en serio? Tanto drama que había hecho respecto al alcohol y era el primero en estarse embriagando. Menudo cabrón.

—Eres un idiota, ¿sabes lo que te diría tu padre si te viera así?

—Como si me importara. Él siempre tiene motivos para estar en mi contra.

—Eso no es verdad—Elsa se le acercó hasta estar a un palmo de distancia, con los brazos cruzados y observándolo desaprobatoriamente. No le quedaba para nada adoptar esa pose de muchacho incomprendido, ¿qué tenía? ¿Quince años?—, vamos adentro. Necesitas recostarte un rato para que te calmes. De seguro mañana tendrás un horrible dolor de cabeza.

—Vete a la mierda—le espetó Hans.

Esa sanguijuela no iba a venir a decirle lo que tenía que hacer. No después de haberlo ignorado durante todo el verano. Cuando tres de sus hermanos habían fingido en su infancia que él era invisible por todo un año, se había sentido como una basura pero esto… esto había sido cien veces peor.

Odiaba sentirse ignorado y que los demás se aprovecharan de eso. Especialmente ella.

—¡Suelta eso!—Elsa trató de quitarle la botella y forcejearon—¡Suéltalo, Hans! ¡Dios, no te comportes como un maldito mocoso!

—¡¿Yo me comporto como un maldito mocoso?!

—¡Sí! ¡Todo el tiempo te comportas como uno! ¡Nunca vas a madurar, idiota prepotente, neurótico y egoísta!

—¡¿Yo soy egoísta?! ¡¿Yo soy egoísta?!—Hans se cernió en toda su altura amenazadoramente, acortando la distancia entre ambos e intimidándola con su altura—¡Todo este tiempo no he hecho más que tratar de cuidar tu inútil trasero! ¿Pero sabes qué? ¡Ya me tienes harto! ¡No has hecho más que joderme la vida desde que te conocí!

—¡¿Yo?!—Elsa lo miró dolida—¡Tú eres quien desde el principio se ha metido conmigo! ¡No te soporto!—gritó.

—Aquí vamos de nuevo, de verdad eres una experta en hacerme quedar como el malo, ¿no?—el colorado sonrió de lado, en una mueca que nada tenía de agradable—Solo eres una manipuladora, Elsa.

—No voy a discutir contigo—repuso ella desafiantemente—, vamos a tu habitación. Mañana, cuando estés sobrio, podrás insultarme todo lo que quieras, ¡como siempre!

—Oh Elsa—la sonrisa desagradable en el rostro de su hermanastro se ensanchó—, si tanto deseas estar a solas conmigo no hace falta que nos busquemos una habitación. Podemos hacerlo aquí mismo si quieres.

¡Plaf!

El estruendo de la bofetada que la muchacha descargó contra su mejilla hizo eco en toda la estancia, seguido de un tenso silencio entre los dos. Hans sintió un ardor recorrerle todo el pómulo y lentamente, se llevó una mano hasta la zona afectada.

—Eres un imbécil—murmuró la chica, temblando de rabia—, por mi puedes irte a la mierda ya mismo. No me importa lo que te pase.

Se dio la vuelta para irse cuando su brazo fue capturado por las manos del joven y de un momento a otro, se vio atrapada entre la pared y su cuerpo. Hans se inclinó hacia ella y su nariz rozó la suya. Sentía el agarre de sus dedos en torno a sus antebrazos y el aroma del vodka brotando de entre sus labios. Se estremeció.

—Te crees muy lista intentando provocarme, ¿no, mocosa?

—Suéltame—espetó Elsa, intentando que no le temblara la voz—, me estás lastimando.

—Esto se acabó—el pelirrojo la acorraló más y ella sintió su corazón acelerarse, al sentir como la apretaba entre sus brazos—. No vas a seguir jugando conmigo.

¿Jugar? ¿Qué quería decir con aquello? Elsa no tuvo tiempo de preguntarse mucho más porque el muchacho descendió sobre su rostro y oprimió su boca contra la suya, besándola sin darle más opción.

La jovencita se quedó paralizada, sintiendo como los labios ajenos abrían los suyos sin ninguna vacilación.

La boca de Hans era cálida y posesiva, dominante sobre la suya.

Los latidos del corazón de la blonda se volvían cada vez más fuertes y una extraña calidez se apoderaba de ella. Aquel era su primer beso. Hans se lo estaba robando sin ninguna consideración.

Reaccionando, Elsa se revolvió contra él, colocando las manos en su pecho y tratando de empujarlo sin éxito, solo consiguiendo verse aún más restringida cuando él apretó su abrazo. Su beso se volvió más agresivo, entrando en ella a la fuerza.

Una descarga eléctrica recorrió la espina dorsal del colorado estremeciéndolo de pies a cabeza, haciendo bullir la adrenalina de él. Los labios de Elsa eran suaves y tiernos, con un leve sabor a menta que le encantaba y lo hacía querer más. Toda ella era tan deliciosa, tan adictiva, tan dulce.

Cuantas veces había imaginado poder besarla de esa forma; cuantos pensamientos reprimidos.

No le importó cuando la sintió moverse desesperada debajo de él. Fácilmente la encerró entre sus brazos, haciendo cualquier escape imposible y colocando una mano en su nuca para profundizar el contacto. La falta de oxígeno se volvió inminente en cuestión de minutos y sin más alternativa, se separó apenas unos milímetros de los labios rosas e hinchados de su presa, quien se había dado por vencida.

Elsa mantenía sus ojos cerrados, tenía la respiración entrecortada y las mejillas arreboladas. Estaba más preciosa que nunca.

Volvió a agacharse para capturar su boca, obteniendo a cambio un suspiro. La besó de una manera más lenta que antes, atreviéndose a morder su labio interior y sintiéndola gemir por lo bajo. Sus delicadas manos ahora descansaban sobre su pecho.

—Elsa—musitó su nombre en medio de los pequeños besos que ahora dejaba sobre sus labios—, me gustas tanto… tanto…

La mencionada dejó de pensar en cuanto Hans hubo pronunciado esas palabras, sintiendo una euforia desconocida aflorar dentro de sí. Él había dicho que le gustaba.

Le gustaba.

Hans movió sus labios encima de sus pómulos, su pequeña nariz, su frente, sus párpados y su barbilla, besando con ansia contenida cada parte del níveo rostro, tratando de grabarse a fuego el sabor de su piel y el aroma de su cabello, como un amante dispuesto a demostrarle todo.

Mientras Elsa lo sentía bajar por su cuello, haciéndole experimentar un delicioso cosquilleo, no tuvo capacidad de resistirse ni de pensar en nada más.

Hans había abierto la caja de Pandora y por Dios que no quería que se detuviera.

Su hermanastro succionó un punto sobre su cuello y entonces ella volvió a suspirar, dejándolo hacer cuanto quisiera. De modo que así se sentía que la besaran a una, que la degustaran como él estaba haciendo con ella. Era tan placentero.

La única conclusión a la que tuvo oportunidad de llegar, en tanto las manos masculinas la alzaban ligeramente del suelo para poder besarla con más comodidad y la estampaban contra la pared, fue que estaba metida en un enorme problema. Porque con aquello no solo se daba cuenta de todo lo que provocaba en su némesis.

También confirmaba cuanto le gustaba Hans.


* Habló de la película de terror Carrie, de Brian de Palma. La nueva versión no es tan buena. :(


Nota de autor:

La espera terminó, gente. Por fin, después de 18 (casi 19) largos capítulos y múltiples peleas e interrupciones, nuestra amada parejita se ha besado, ¡y de que manera! ¿alguien se esperaba esto ya? Les dije que iba a ser épico. ;)

Cuantas sorpresas hemos tenido el día de hoy, mis queridos copos de nieve. *La tía Frozen se acomoda en su sillón frente a la chimenea, mientras sus lectores, sentados en su regazo, la observan atentamente esperando a que les cuente historias Helsa antes de dormir*. Y es que no hay nada como una fiesta loca llena de sexo, drogas y rock n' roll (bueno, las dos primeras cosas no xD) para poner a todos nuestros personajes en una interesante situación, concretamente a una rubia y a un pelirrojo que no tienen ni la menor maldita idea de como expresar sus sentimientos, y por eso necesitan ayuda de todo aquel que se apiade de su situación, (Merida, Eugene, Rapunzel, Lars, un largo etcétera).

En fin, ¡por eso ellos son la mejor jodida pareja del mundo Disney, carajo! e.e

-Jejeje, pero oye tía Frozen, ellos en realidad no son una pareja oficial, jejeje.

-¡Lo son en este guión que le robé a Jennifer Lee para hacerle unas cuantas correcciones! :D *Levanta un guión todo rayado y lleno de anotaciones locas*.

En fin, no mucho que comentar sobre la locura que fue este episodio, ustedes ya lo leyeron por si mismos. Lo que sí es que esto traerá consecuencias y de ahora en adelante, las cosas no van a ser lo mismo entre nuestros pajaritos de fuego y hielo; bueno, creo que eso es obvio.

Reviews anónimos:

Ari: Pues el beso llegó y ahora sin interrupciones. Por favor, ¡dime que valió la pena! Y sí, la pelea del capítulo anterior realmente fue épica, lo bueno es que Hans cuenta con un barrio entero que lo respalda, jajaja. Ya sabes, momentos de debilidad, por cierto, ¿hubo bastante de eso aquí? Espero que sí. ;D Awww, que bonito que te metas a leer capítulos anteriores de este fic o de Pasión de Invierno, realmente son historias muy importantes para mí. ;)

Ana briefs: No esperes más, el gran momento entre nuestros pajaritos acaba de suceder. Tan coquetos ellos dos, tan pillos. :3

SamanTha: ¡Hola! ¡Bienvenida! Yisus, gracias por tan hermosas palabras, son muy alentadoras para mí. :3 Me da gusto que hayas disfrutado tanto con el Helsa, ciertamente es una adicción difícil de ignorar y para la que probablemente no exista cura, ¿pero qué importa si son tan hermosos? Y pues muy contenta de que te esté gustando tanto este fic, la mescolanza de personajes Disney ha sido maravillosa, todos ellos son muy especiales y me encanta que estén juntos. *w* Espero que esta actualización te haya hecho fangirlear al 1000%, jajaja.

pam8o: Muchas gracias. La canción del capítulo anterior es del grupo The Cranberries, una banda irlandesa que te recomiendo mucho, mucho. n.n

Nina: Gracias por comentar y por no matarme, jajaja, sí, el drama y las historias Helsa son lo mío. ¡Viva el Helsa!

¿Qué creen que sucederá en el próximo capítulo? ¿Cómo se comportarán Hans y Elsa el uno con el otro, ahora que por fin ha habido un contacto más íntimo? 7u7 ¿Creen que por fin se animen a ser más sinceros? ¿Le dará resaca a Rapunzel? ¿Quién está listo para una épica Pool Party en las montañas? Ya saben, trajes de baño, sol, los deliciosos músculos de Hans bronceándose *suspiro*, oh sí, apuesto a que eso les encantaría mis pervertidas galletitas. :) No se pierdan todo esto y más dentro de siete días.

Ya pueden enloquecer. ;)