Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
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20
De fiestas y confesiones
Elsa sostuvo entre sus manos el cabello pelirrojo de su mejor amiga, en tanto ella se inclinaba por tercera vez para vomitar en el interior del váter. Hacía algunos minutos que ambas se habían encerrado dentro del baño de la habitación en donde habían dormido, con Anna sintiéndose terriblemente mal. A la chica definitivamente no le habían sentado bien los chupitos de tequila que había consumido en la fiesta.
—Aaaaargh, ¡me muero!—chilló, con una voz enronquecida a causa de todo lo que había gritado y cantado la noche anterior—¡Me muero, Elsa! ¡Qué horrible sensación!
La platinada puso los ojos en blanco. La noche anterior había sido una total locura, que solo se había detenido cuando Rapunzel, ya completamente ebria, había desaparecido unos minutos en la cocina y vuelto a salir con una sartén en la mano, amenazando con golpear a todo el mundo.
Cuando la festejada se había puesto a blandir el utensilio a diestra y siniestra, espantando a algunas personas y haciendo reír a tantas otras, eran ya bastante pasadas de la madrugada. Tanto Eugene como Kristoff habían tratado de tranquilizarla, no sin llevarse unos cuantos sartenazos de por medio. Luego, la muchacha había vomitado encima del castaño y roto a llorar alegando que nunca debía haberse cortado el cabello, poniéndole fin a la diversión.
Pero al menos su amiga no había acabado tan mal.
—Eso es lo que te ganas por ponerte a beber, ¿quién te dijo que tenías que tomar alcohol? ¡Ni siquiera eres mayor de edad y ya te pegaste tu primera borrachera! Tú no tienes remedio, Anna.
—No me regañes—la pecosa hizo un puchero y luego volvió a dar otra arcada en el inodoro—¡El mundo es tan cruel!—gritó.
La rubia negó con la cabeza en tanto los alaridos de su compañera seguían resonando contra las paredes del baño; una estancia muy bonita con paredes azules y muebles de mármol que parecían ser de lujo. La regadera estaba delimitada por un enorme panel de cristal y el lavabo se encontraba empotrado en un mueble lleno de objetos perfectamente organizados.
Era una lástima que la colorada se encontrara haciendo un papelón en un sitio tan bonito. Elsa palmeó suavemente su espalda para relajarla.
—¿Por qué los mexicanos beben esa cosa llamada tequila*? ¡¿Qué pasa con esa gente?!—Anna dio otra arcada—Nunca más voy a volver a beber, nunca, nunca, nunca…
—¿Terminaste?
—Creo que sí—Anna se puso de pie con ayuda de la albina y luego tiro de la cadena—, Dios mío, anoche sí que fue una locura. Pero al menos ahora tengo otra experiencia emocionante que contar, je je je je je je.
—Tú en serio que no aprendes, Anna.
—¡Me duele la cabeza!—la cobriza se llevó las manos a las sienes mientras salían del baño arrastrando los pies—¡Qué horrible sensación! Oh por Dios Elsa, creo que voy a desmayarme. Adiós, mundo cruel.
—No exageres—le dijo ella ayudándola a sentarse en la cama—. Tú solita te bebiste todos esos tragos ayer, ahora aguántate.
El estado en el que había encontrado a Anna anoche no había sido el mejor. La chica se había animado con los chupitos y estaba de lo más risueña junto a un rubio que trataba de calmarla sin mucho éxito.
La puerta de la habitación se abrió repentinamente, sobresaltándolas. Una sonriente castaña entró llevando un pequeño carrito de ruedas, en el que reposaban una cafetera, analgésicos y una jarra con jugo. Rapunzel traía el mismo vestido de la noche anterior y tenía su pelo corto revuelto, por no mencionar el maquillaje que se le había corrido alrededor de los ojos. Su pequeña mascota volvía a reposar una vez más en su hombro.
Habiendo bebido de la manera en que lo había hecho en su fiesta, lo más razonable habría sido que se encontrara en peor estado que Anna. Sin embargo ahí estaba, radiante como un rayo de sol.
—¡Hola hola, florecitas! ¿Cómo amanecieron el día de hoy?—saludó cantarinamente—¿No creen que es un día estupendo?—añadió abriendo las cortinas para que entrara un poco de luz.
Anna gruñó como un animal enojado.
—Buenos días—saludó Elsa en su lugar, sin mucho ánimo.
—Tardes querrás decir, ya es casi mediodía y todo el mundo sigue durmiendo o tirado por ahí, ¡sí que se puso buena la fiesta!—afirmó la morena.
—Sí, eso creo—Elsa la observó con algo de recelo—, ¿y tú cómo te sientes?
—¡Oh, estoy de maravilla! Dormí muy bien toda la noche, Flynn se quedó todo el tiempo a mi lado para cuidarme, ¡es tan tierno! Hasta me da pena haber vomitado sobre sus zapatos, pobrecito. Pero obvio le voy a comprar otros, je je je—aclaró ella sirviendo un vaso de jugo y yendo hacia Anna—Estoy repartiendo café para despertar a todos, pero primero quise venir a ver como se encontraban mis dos chicas favoritas, je je je. Vaya que nos divertimos anoche, ¿verdad?
Anna le arrebató el vaso de jugo que le ofrecía y se tomó el contenido en un par de sorbos descomunales, asombrando a sus acompañantes.
—¡Vaya, Anna! Sí que tenías sed—dijo su anfitriona sonriendo simpáticamente.
—Aspirinas… dame… —rezongó la aludida con una voz de ultratumba.
—Debiste verte ayer Anna, ¡eso sí que es beber como los grandes! Tú sí que sabes como divertirte, ¿eh? Lástima que Kristoff no piense lo mismo, es tan serio—Rapunzel le puso un par de pastillas en la mano y le sirvió un poco más de jugo, viendo como la pelirroja ingería todo rápidamente—, y hablando de mi amigo, ¡sí que eres una picarona! Los vi muy juntitos ayer a los dos, pobre, estaba tan preocupado por ti. Yo creo que después de este fin de semana, ya por fin se va a animar a decirte que le gustas, ¿eh? ¿Eh?—dijo, dándole un par de codazos.
Anna parpadeó sorprendida.
—¿Q-qué…? ¿Cómo dices?—balbuceó.
—¡Ay, se supone que no tendría que decirte nada de esto! ¡Pero es que ustedes son tan lindos cuando están juntos!—Rapunzel cerró sus manos en puñitos con emoción—¡Estoy segura de que muy pronto te pedirá que salgas con él oficialmente! Y más después de como se lo pasaron ayer, par de picarones, je je je je.
—Tú… ¿de verdad lo crees?—Anna enrojeció abruptamente.
—¡Claro! Después de todo tú le gustas mucho, pero mi amigo es tan, tan tímido—la trigueña volvió a darle con el codo—, ¡es todo tuyo, tigresa! Jo jo jo jo.
Anna enrojeció violentamente y luego se llevó una mano a la nuca, incómoda.
—Oh… yo siempre creí que tú… bueno que tú y él… que él y tú… —masculló, obviamente apenada.
—¿Qué yo y él nos gustábamos?—inquirió Rapunzel con curiosidad.
Anna se le quedó viendo con expectación y vergüenza a partes iguales.
—¡¿Pero cómo crees?! ¡Eso es tan absurdo! Kristoff es como mi hermano, jamás me fijaría en él de esa manera, ¡si nos conocemos desde preescolar!—Rapunzel dejó escapar una risa incrédula—Una no se fija en sus hermanos.
—N-no, ¿verdad?—Anna se ruborizó aún más.
—¡Claro que no! Nosotros nos queremos solamente como amigos. ¡Ja! Pensar que nos gustábamos. Eso es muy estúpido.
—Je je je je.
—¡Ja ja ja ja!
Elsa miró la escena con una sonrisa de lado y negó con su cabeza en silencio. Su amiga siempre se apresuraba a sacar conclusiones.
—¡Qué cosas! Además, ya te dije que a él quien le gusta eres tú—la castaña pico una mejilla de Anna con su dedo índice—, pero no le digas que te dije todo esto, ¿de acuerdo? ¡Me mataría con lo penoso que es! Aunque alguien tiene que ayudar a ese hombre de vez en cuando—suspiró—, ¡el amor flota en el aire!
Anna se puso a juguetear con sus trenzas medio deshechas, mostrando una sonrisa nerviosa.
—Y hablando de amor, parece que nos ha pegado fuerte a todas ¿eh? ¡No creas que no te vi ayer, Elsa!—la morena se volvió hacia la mencionada sobresaltándola con su comentario—¡Tú y Hans, ¿eh?! Eres más pilla de lo que imaginaba.
—¿Q-qué?—la platinada abrió sus ojos con espanto y los fijo en Rapunzel.
Anna por su parte, solo le dirigió una mirada llena de sorpresa.
—¡Ay, no te hagas! Bien que vi ayer que se estaban dando cariño. No los quise interrumpir porque se veían de lo más acarameladitos, ya sabía yo que ustedes dos se traían algo. Pero en fin—Rapunzel volvió a tomar el carrito de café—, nos espera un largo día por delante. Hay muchos borrachos que despertar, varias resacas que curar y también tengo que buscar mi bikini. ¡Hoy tenemos una Pool Party! Así que las veré en un rato, tomen todo lo que necesiten de la habitación—dijo, mientras se dirigía hacia salida—, ¡vámonos, Pascal!
La cumpleañera desapareció dando saltitos alegres y tarareando una canción con su camaleón bien posado en el hombro. Apenas hubo cerrado la puerta tras de sí, Elsa sintió como las pupilas turquesas de su amiga se detenían en ella con interrogación.
Un intenso color subió a sus mejillas.
—Elsa, ¿hay algo que quieras contarme?
—¿Yo? Que cosas dices, no irás a creerle nada, ¿verdad? Recuerda que ella estaba más borracha que tú.
—Elsa…
—Será mejor que tomemos un baño—prosiguió la rubia rebuscando en su maleta y negándose a mirar a su amiga a los ojos—, tú primero. Después de la juerga que te pusiste ayer aun parece que hueles a tequila…
—Elsa…
—¿Trajiste champú? Creo que yo me olvidé de traer el mío, aunque seguro debe haber en el baño…
—¡Elsa Sorensen! Deja de hablar y mírame de una buena vez—la rubia suspiró, sabiendo que de nada valdría resistirse. Se volvió hacia su amiga con expresión culpable—, muy bien. ¿Qué fue lo que pasó anoche?
—¿Qué pasó? Pues tú te pusiste una borrachera tremenda al igual que casi todo el mundo y casi tuve que subirte arrastrando hasta aquí. No eres tan ligera como pareces, ¿sabes?
—Me refiero a que pasó entre tú y Hans—Elsa se sintió enrojecer aún más, permitiendo que ese simple gesto la delatara—, y ni intentes negarme que no sucedió nada, porque ya esa cara tuya me lo está confirmando todo. Vamos, suéltalo.
—¿Y tú que te crees que puede haber pasado? El idiota comenzó a tomar como todos los demás y solo trataba de convencerlo para que se calmara, eso es todo—respondió la blonda cruzándose de brazos—, pero tú ya sabes bien como es, es obvio que no me iba a hacer caso. Así que discutimos.
—¿Y?
—Y me dijo cosas horribles, como que era una manipuladora y que siempre lo estaba fastidiando… ¡hazme favor! ¡Yo fastidiarlo a él! ¡Es tan imbécil, tan vil, tan egocéntrico…!
—¿Y?—la mirada de Anna era una invitación que casi la obligaba a confesarse.
Un tenso silencio se produjo entre ambas.
—Y luego me besó—Elsa musitó la respuesta en voz tan baja, que por un momento dudó de ser escuchada, sin embargo el chillido que soltó la colorada le confirmó todo lo contrario.
—¡¿Qué?! ¿Te besó? ¿Pero cómo? ¿Él y tú…? ¿Él y tú acaso…?
—Anna, deja de armar tanto escándalo—le pidió la albina—, no es para tanto. Él estaba tomado, los dos estábamos muy exaltados… no sé…
Anna volvió a chillar y empezó a dar saltos sobre la cama, ya olvidándose de su resaca por completo.
—¡Lo sabía! ¡Siempre lo supe! ¡Oh, ustedes son definitivamente el uno para el otro!
—¿De qué estás hablando? ¡Él y yo nos odiamos, por si no lo recuerdas! Esto solo fue… ¡solo fue alguna equivocación o algo así!
—¡Nada, Elsa! Por favor, todos sabemos que ustedes se gustan, es demasiado obvio cuando pelean que lo único que quieren es disimular. Además, uno no va por ahí besando a las personas a las que odia, ¿sabes?
Elsa bufó y cruzó los brazos, más ruborizada que antes.
—¿Y qué? ¿Yo cómo voy a saber lo que le pasa por la cabeza a ese demente? Hans haría cualquier cosa con tal de fastidiarme, no sé porque lo deje… ¡agh, es que es tan absurdo! ¡¿Sabes lo incómodas que van a ser las cosas después de esto?! ¿Cómo se supone que vaya a verlo a los ojos después de… después de…?
Solo de recordar la manera en que el muchacho la había tomado entre sus brazos para besarla, hacía que experimentara un extraño cosquilleo en el estómago y que sintiera su rostro arder. Acordándose de la cálida sensación de sus labios sobre los de ella, sus manos grandes alzándola del suelo, la cercanía de su cuerpo, el aroma del vodka…
Aquello estaba mal. Tan mal estaba que como siempre, apenas se vio liberada en un momento de distracción del joven, hizo lo que mejor sabía hacer cuando se trataba de enfrentarse a sus propios sentimientos.
Huir.
Había corrido de nuevo al interior de la casa antes de que Hans pudiera recuperarse del mareo que le produjo el alcohol. ¿Qué más se suponía que hiciera?
—Creo que ese beso te afectó más de lo que tú misma quieres reconocer—le dijo Anna—, Elsa, dime la verdad. ¿Qué sentiste cuando él te besó? ¿Qué es lo que realmente sientes por Hans?
La pregunta la tomó por sorpresa. Confundida, Elsa se miró en los ojos de la cobriza, tratando de responderse a si misma esa cuestión.
¿Qué era lo que sentía por Hans?
En otra habitación al extremo opuesto del pasillo, un pelirrojo sentía que la cabeza estaba a punto de estallarle en cualquier momento. Con el estómago revuelto y las sienes palpitándole más que nunca, se incorporó sobre el váter en el que había estado vomitando durante los últimos cinco minutos. Hacía tanto que ya no se emborrachaba de aquella manera, que hasta se le había olvidado lo que era tener una resaca.
—Vamos, termina ya. ¿Cuánto se supone que bebiste anoche?—la voz del rubio que estaba detrás de él lo sacó de su ensimismamiento—Si no puedes controlarlo ¿para qué bebes? Es tan estúpido…
Hans gruñó esperando que se callara. ¿Era que ese jodido grandulón se creía un ejemplo de rectitud o qué demonios?
Aquella mañana se había despertado desorientado, en una habitación que no era la suya y sintiéndose terriblemente mal. No le había llevado mucho tiempo acordarse de que estaba en la cabaña de la hippie, ni tampoco reconocer a su amiguito que dormía a pierna suelta en la cama de al lado. Lo que si le extrañó fue precisamente encontrarse con él, ¿en dónde se habría metido el idiota de Eugene?
No desperdició demasiados minutos haciéndose más preguntas, con lo mal que estaba. Todas sus dudas podían esperar. Mareado, se había levantado de la cama tropezando con las sábanas y cayendo al suelo de una manera nada elegante para lo que era él.
Kristoff se había despertado por el ruido y lo había ayudado a caminar hasta el baño, o más bien, lo había jalado del cuello de su camisa para hacerlo incorporarse y colocarse su brazo sobre los hombros, a fin de que pudiera caminar sin chocar con nada. Y es que todo le daba vueltas.
Lo peor eran los recuerdos que lo bombardeaban como fragmentos del más maravilloso y a la vez terrible de los sueños. Había besado a Elsa… había cometido el enorme error de dejarse llevar por sus impulsos de nuevo.
¿Cómo se suponía que iba a mirarla a la cara?
—Mierda—masculló.
—¿Dijiste algo?
—Me siento mal.
—Después de beberte una botella entera de vodka, era obvio que no ibas a despertar como en un lecho de rosas—dijo Kristoff irónicamente—, te lo montaste tú solo en grande, ¿eh?
El colorado gruñó y se llevó las manos a la cabeza. Luego tiró de la cadena y salieron del baño, con él murmurando maldiciones por lo bajo. Kristoff negó con la cabeza.
Ese principito era bueno para tomar pero no aguantaba ni un trago. La noche anterior, se había sorprendido mucho cuando Elsa había aparecido delante de él, muy sonrojada y pidiéndole que ayudara a su hermanastro a subir a su dormitorio, cosa que había acatado sin rechistar en tanto la albina se llevaba a una Anna muy pasada de copas.
Se había sorprendido bastante de encontrar a Hans borracho en demasía en el garaje, con una botella casi vacía de vodka en el suelo y él pegando de puñetazos contra la pared. Parecía muy frustrado por algo.
En medio de protestas e intentos por golpearlo de parte del cobrizo, que pudo eludir muy fácilmente, Kristoff lo llevó sin mucho esfuerzo hasta el primer dormitorio que encontró disponible, dentro del cual se había quedado dormido casi al instante. El pobre diablo había pasado una mala noche.
—Necesito una aspirina.
—Tú necesitas más que una aspirina para reponerte, menuda borrachera. Todavía hueles a licor—el blondo se movió hacia su cama para sacar un bolso deportivo de debajo, del que extrajo un par de bermudas y una camiseta—, ¿por qué estabas tomando solo, eh?
Un par de pupilas verdes se clavaron en él con recelo.
—Bueno, igual no me interesa—Kristoff se encogió de hombros—, tú sabrás si tienes problemas. Lo que sí es que Elsa no se veía muy contenta—al decir esto su rostro se endureció y entonces se volvió hacia él seriamente—, y aquí entre nos, será mejor que no vuelvas a ponerte así delante de ella. Es una buena chica, no tiene que ir por ahí cuidando a ningún ebrio. Ya bastante tiene con soportar que… en fin—se contuvo—, solo déjala tranquila, ¿quieres? Y será mejor que no vuelvas a tomar como ayer.
—Oye, mastodonte—le espetó Hans, sentado en la orilla de su colchón con la espalda encorvada y los antebrazos recargados en sus muslos, abatido—, yo sabré que es lo que hago y lo que no. ¿Quién te crees para venir a decirme lo que tengo que hacer?
Los ojos ambarinos de Kristoff brillaron peligrosamente.
—¿Quién me creo?—replicó—Me creo un buen amigo de Elsa y te repito que no está bien lo que hiciste ayer. ¿Qué carajo te pasa? Se supone que tendrías que cuidarla, no comportarte como un jodido irresponsable. Solo espero que no le hayas hecho nada en tu estado, porque si me llego a enterar de que la molestaste, voy a partirte esa cara de niño bonito que tienes, ¿entendiste?
Vaya con el grandote, pudo notar por la expresión fiera en su rostro que hablaba en serio. Joder, era lo único que le faltaba. En serio, ¿quién mierda se creía? Él sabía bien como tratar con Elsa… la mayoría del tiempo.
A su mente acudieron los recuerdos de la noche anterior, con el pequeño cuerpo de la joven acorralado debajo del suyo y sus pálidas mejillas ruborizadas, los leves gemidos que había soltado al besarla y el sabor de sus labios, dulces y suaves, tan adictivos, tan perfectos…
Casi de inmediato se obligó a si mismo a dejar a un lado esos pensamientos. Levantó la cabeza dispuesto a replicarle a Kristoff, cuando fue interrumpido por una persona que entraba.
Mérida cerró la puerta tras de sí y avanzó hasta ellos, sosteniendo una taza de café en sus finas manos. Tenía su cabello rojo atado en una coleta desordenada y vestía una camiseta deportiva enorme y gastada, junto con unos shorts que seguramente había usado para dormir.
Sus ojos azules examinaron inquisitivamente las posturas retadoras de ambos.
—Bueno, ¿qué está pasando aquí, eh? No me digan que se están peleando—dijo arqueando una ceja.
—Tan solo le dejaba en claro un par de cosas a tu amiguito—dijo Kristoff relajando sus hombros y retirándose de nuevo hacia su cama—, ayer se puso realmente mal y no es justo que Elsa tenga que verlo así. Es conveniente que vaya aprendiendo como tratar a su familia o me veré en la necesidad de enseñarle—crujió sus nudillos.
—Wow, no sabía que Barbie había contratado un guardaespaldas—Mérida dejó la taza de café en una mesa—, pues te voy a decir una cosa, reyecito. Tú le tocas uno solo de sus cabellos a este inútil y seré yo quien tenga que acomodarte las ideas a puños, ¿comprendes?—imitó su gesto.
—¿Tú me vas a golpear a mí?—Kristoff se señaló a si mismo con el dedo índice y la miró incrédulo.
No era que dudara de la fuerza de la pelirroja a pesar de su delgada figura; esa ya la conocía bien de tanto verla en la escuela y los partidos de fútbol. Pero que defendiera tanto a ese psicópata… definitivamente el mundo estaba loco.
—Veo que comprendes bien el concepto, bíceps. Anda, mueve tu rubio trasero y vete a dar un baño o algo—le dijo Mérida con una sonrisa de autosuficiencia—, tengo que hablar con mi amiguito.
Kristoff levantó una de sus cejas y se la quedó mirando con aversión.
—¡Bah!—soltó bruscamente, antes de agarrar su toalla junto con las prendas que había tomado antes—Ni que me importara lo que tengan que conversar. Idiotas.
Se encerró en el cuarto de baño dejándolos solos.
—Vaya con el rubito, se despertó de un humor de perros—comentó la chica volviendo a tomar el café y tendiéndoselo a Hans—, toma, supuse que lo necesitarías. La hippie anda repartiendo bebidas por el pasillo. También te traje unas aspirinas—se sacó unas pastillas del bolsillo—, sí que vine en el mejor momento, ¿eh? Un minuto más y ese grandulón te habría aplastado aquí mismo.
—No sabes cuanto te lo agradezco—repuso el cobrizo con sarcasmo; como si necesitara que lo defendieran.
Cautelosamente tomó un par de sorbos del café y luego se metió las aspirinas a la boca.
—Deberías, tomando en cuenta la resaca que traes encima. Apestas a alcohol—dijo Mérida—, en serio principito, no sé que harías tú sin mí.
Hans gruñó.
—¿Y bien?—la muchacha cruzó los brazos y lo miró interrogadoramente—¿Vas a contarme lo que sucedió anoche? ¿O voy a tener que obligarte a hablar?
—¿Hablar sobre qué?—farfulló el muchacho, masticando las aspirinas—Lo único que hice fue ponerme la peor borrachera que te tenido en meses. Gran cosa.
—Tú me hablas como si no te conociera, Hans. Ningún idiota se pone a tomar solo nada más porque sí. Y después de verte el verano completo, creo que a ti sobraban razones—el aludido se sintió analizado por ese par de ojos azules que parecían tan sagaces y disimuló, tomando un poco más de café—. ¿Sabes? Ayer tuve una plática muy importante con la princesita. No habrán discutido por eso ¿o sí?
—¿Qué tú que?—Hans se volvió hacia ella bruscamente—¿Qué le dijiste?
—¿Y qué más le iba a decir? Vamos, se estaba comportando como una perra. Eso de la ley del hielo es infantil hasta si se trata de alguien como tú.
—Mierda—el muchacho agachó la cabeza y poso la frente sobre su palma abierta, más frustrado que antes.
Conociendo a Mérida, seguro que de esa plática no podía haber salido nada agradable. Ya ni llorar era bueno.
—Bueno principito, ¡ni que fuera para tanto! Como si ustedes no tuvieran motivos para pelear a diario de todos modos—la pelirroja resopló—, anda ya, dime ¿qué le hiciste? Porque esa cara me dice que volvieron a pelear. Mira que si ella te dijo alguna otra estupidez…
—La besé.
—… voy y le arrancó cada uno de sus oxigenados cabellos, ¡y a ti también por imbécil! Ustedes de veras que… ¡espera! ¿Qué?—Mérida detuvo su parloteo bruscamente al darse cuenta de lo que había hecho y lo vio anonadada.
—La besé. A la fuerza—él exhaló pesadamente—, ¡no sé que me pasó! Simplemente la vi ahí, reclamándome por beber, me enojé, la acorralé contra la pared y luego… ¡mierda! ¡Soy tan estúpido!
—Joder playboy, ¿cuándo te convertiste en un maldito acosador de menores? Ese hermano tuyo te contagió sus mañas.
—¡Esto es una maldita mierda!—Hans dejó su taza de golpe en la mesita de noche—¡Dime! ¿Qué demonios se supone que vaya a hacer o decir cuando la vea hoy? ¿Tengo que disculparme? ¡¿Por qué se me ocurrió hacer tal estupidez?!
Era tan estúpido, tan estúpido. Ni siquiera quería disculparse, no lo haría. No cuando todavía recordaba la suave y deliciosa sensación de la boca de Elsa y su perfume inundando sus fosas nasales. Toda ella era tan tentadora… y tan inalcanzable para él.
—Bueno, velo por el lado amable. Siempre puedes fingir que no recuerdas nada porque estabas borracho—apuntó su amiga con sarcasmo.
Hans sabía muy bien que nunca podría olvidarse de ese momento, por más que quisiera. ¿Sería patético fingir que nada había sucedido? ¿Hacer como si ese beso no hubiera sido el mejor instante que había tenido en mucho tiempo, quizá en toda su vida? ¿Qué no se moría de ganas por repetirlo?
—Qué remedio, no voy a disculparme con ella. ¿Qué se supone que le vaya a decir? ¿Te imaginas lo que debe estar pensando ahora? Esa pequeña sanguijuela, de por si me odia y ahora con esto—suspiró con molestia—, soy un imbécil.
—Lo eres—Mérida asintió levemente con la cabeza—, Hans, dime la verdad, los dos ya sabemos cual es tu situación respecto a la rubita, te dije una vez que no te servía de mucho negarlo…
Él la observó consternado.
—¿Qué fue lo que sentiste cuándo la besaste?
—Yo… no lo sé—Elsa arrugó su entrecejo con preocupación—, quiero decir, fue todo tan rápido, no tuve tiempo de pensar ni de hacer nada… además, es Hans, ¡vamos, yo lo detesto!
—Pero te gustó que te besara—afirmó Anna observando con atención el movimiento nervioso de sus manos y sus mejillas ruborizadas—, acéptalo Elsa. Te gustó y me doy cuenta por la manera en que te brillan los ojos cada vez que hablas de eso. Nunca antes te había visto así con nadie. Creo que ni siquiera cuando salías con Tadashi ponías esa mirada.
—¡Pero es que eso no puede ser!—exclamó la platinada con ahínco—Anna, tú sabes bien todo lo que he padecido desde que él llegó a casa. Hans me odia, no comprendo porque haría algo así. ¿Es que acaso está jugando conmigo? ¿Piensa que voy a caer tan fácilmente?
—Elsa, no creo que él quiera hacer nada de eso—la pecosa saltó de la cama y se acercó a ella para tomarla de las manos—. Ustedes son demasiado orgullosos para ver lo que pasa aquí. Tú le gustas a Hans, él te gusta a ti, ¡vamos, se nota a la legua!
—¡¿Qué?! ¡No!—negó la blonda soltándose de su agarre y poniéndose a caminar por todo el dormitorio—¡¿Cómo dices eso, Anna?! Es Hans, ¡Hans! ¿Cómo crees que él y yo…? ¿Cómo crees que yo…? ¡Argh!
—Te has ruborizado.
—¡No es cierto!
—Sí lo es, Elsa ¿a quién quieres engañar? Puedes hacerte la desentendida con alguien más, pero no conmigo. Amiga, para—Anna la tomó por los hombros para que se detuviera—, ¿por qué te cuesta tanto trabajo aceptar que él te gusta? Vamos Elsa, ni que fuera el fin del mundo. De hecho, yo creo que ya se estaban tardando en demostrar lo evidente, ¡no sabes la tensión que se sentía entre ambos desde el primer momento!
—No es tan sencillo—replicó la albina apartándose suavemente—, Anna… tú sabes bien que yo no tengo experiencia con esto, nunca he salido con nadie en serio, ni siquiera había besado a un chico… y menos a uno como Hans, tan arrogante y seguro de si mismo. ¿Qué tal si solo quiere jugar conmigo?
—No creo que esa sea su intención. Yo sé que puede ser un tonto contigo, pero estoy segura de que en verdad le interesas.
—¿Cómo puedes decir eso?
—¿Por qué lo dudas?
—Porque Anna, mírame—le dijo, repentinamente apesadumbrada—, ¿de veras crees que alguien como él se fijaría en mí? Somos totalmente opuestos… debe estar acostumbrado a salir con chicas mucho más guapas y divertidas. No con una niña como yo.
—Elsa, no digas esas cosas, eres lo suficientemente bonita como para llamar su atención y ya lo hiciste.
La mencionada negó con la cabeza, lejos de sentirse tranquila con las palabras de Anna. Sabía bien que quería ayudar, pero conocía lo suficiente a su hermanastro como para saber que no lo podía tomar en serio. ¿Cómo iba a bajar la guardia después de todo lo que le había hecho esos meses?
—Lo único que tengo claro es que no le pienso permitir que juegue conmigo. Ya bastante me ha molestado para que ahora quiera dárselas de conquistador, ¡eso sí que no! ¿Entiendes?
—Elsa, te estás alterando demasiado por nada—le advirtió la colorada—, las cosas no son así…
—¡Por supuesto que lo son! Anna, tú no entiendes. Yo no pienso darle la oportunidad de que se burle de mí, lo que sucedió ayer fue una equivocación. Él estaba borracho, posiblemente ni se acuerde de nada, ¿y crees que yo voy a quedar como una tonta dándole la importancia que Hans no? Pues no señor—la joven se cruzó de brazos obstinadamente.
—¿Entonces qué piensas hacer? ¿Actuar como si no hubiera sucedido nada?
—Eso es exactamente lo que voy a hacer. Demostrarle que no me afecta en lo absoluto, porque no lo hace.
Anna dejó escapar un suspiro, sabiendo que no serviría de mucho hacerla cambiar de opinión. Cuando Elsa tomaba una decisión, no había nada que la convenciera de lo contrario. Era una terca sin remedio.
—Creo que estás actuando muy mal con este asunto, amiga.
—Yo sé bien lo que hago ¿y sabes qué? Ya estuvo bueno de permitir que ese desconsiderado se meta conmigo. Así que no le voy a dar la más mínima importancia—declaró la blonda, alzando su nariz de manera orgullosa—, es más, ¡eso ya quedó en el pasado! Vamos a olvidarnos de eso y preparémonos para salir de una vez de aquí. Creo que a esta hora ya todos deben estar despiertos.
Anna rodó los ojos, dándole por su lado. Tarde o temprano esa necia muchacha tendría que darse cuenta de como eran las cosas, pero no sería ella quien la obligara a hacerlo.
—Debes tomar un baño, creo que todavía hueles a tequila.
La bermeja tomó un mechón de su cabello y lo acercó a su nariz.
—¡Uy! Es verdad, anoche fue tan intenso, je je je—tomó de su bolso su toalla de flores, un cepillo para el cabello y otro para los dientes, y un traje de baño de una sola pieza con escote halter de color fucsia—, ¡no me tardo nada!—anunció antes de encerrarse en el baño.
Elsa sonrió de lado y negó con la cabeza, optando por desenredar su propio cabello mientras la esperaba y forzándose a no pensar en los recuerdos de la noche anterior, tan vividos en memoria y que no la habían dejado dormir. ¿Por qué las cosas tenían que ser tan complicadas cuando se trataba de ese condenado pelirrojo?
Cuando su amiga salió de la ducha, ya luciendo su bañador y secándose el pelo con una toalla, percibió el aroma a jabón que la envolvía.
—¡El agua está deliciosa! Muy calientita y creo que esa regadera tiene un botón para masajes o algo así, ¡todo es tan increíble aquí!—Anna la miró mientras terminaba de peinar su melena—¿Qué te vas a poner?—inquirió con curiosidad.
—Algo ligero, hace mucho calor ahí afuera—la blonda sacó de su maleta un sencillo vestido blanco de tirantes finos y su ropa interior.
Ni loca pensaba ponerse un traje de baño. Odiaba los lugares calurosos y sobretodo, las piscinas, a las que desde niña les había tenido pavor por todas las infecciones y bacterias que se podían acumular en el agua. De milagro sabía nadar debido a la misma razón; cuando era pequeña, siempre terminaba llorando a causa de la suciedad que creía que había en la alberca de sus clases de natación.
Anna la miró extender su vestido sobre su respectiva cama, no muy convencida, y entonces echó un vistazo a la maleta que había cargado consigo. La otra adolescente no le puso mucha atención sino hasta que escuchó su exclamación de triunfo.
—¡Ajá!—Elsa se volvió para mirarla y entonces abrió los ojos como platos.
En sus manos, la pecosa sostenía las dos piezas de un pequeño bikini de color azul. Ese maldito bikini que se había jurado no usar jamás.
—¿P-pero cómo…?—tartamudeó atónita. Ella ni siquiera había empacado esa cosa… a menos que… —¡Mamá!—exclamó enfurruñada.
No había otra explicación. Idun de seguro había aprovechado para meterlo a escondidas entre sus cosas mientras estaba durmiendo, y todo porque le había insinuado un par de veces que tenía que ser agradecida y animarse a usar el precioso regalo que le había hecho su hijastro.
Esa mujer un día la iba a matar de un disgusto.
—¡Pero que sexy es esto!—Anna sacudió el diminuto bañador con emoción y fue hasta ella—¡Mira que hermoso! ¡Tienes que usarlo!
—¡Yo no voy a usar esa maldita cosa!
—¿Pero por qué no? ¡Es tan bonito!
—¡No!
Rápidamente, Anna tomó el vestido que había colocado encima del colchón y lo escondió detrás de su espalda.
—¡Anna!—protestó la platinada.
—De ninguna manera te lo voy a regresar hasta que te pruebes el bikini—le extendió la mencionada prenda—, ¡vamos Elsa, no seas aburrida! Te aseguro que te verás muy bien con él.
–Pero… pero… ¡es que es demasiado!
—¡Pues ahora te lo pones! Yo sé porque te lo digo—a empujones, se vio arrastrada hasta el baño en donde Anna terminó de colocar sus cosas y el mencionado bañador sobre el mueble del lavabo—, ¡y no te voy a dejar salir hasta que te lo pongas!—cerró la puerta.
—¡Anna!—la rubia cerró sus manos en puños.
¡Esa chica se comportaba como una mocosa de preescolar a veces!
Refunfuñando, miró el bikini y lo tiró al suelo. Que ni pensara que se lo iba a poner.
Bruscamente se metió en la regadera y dejó que el agua caliente la distrajera por un lado de su encrucijada, sin embargo cuando salió, descubrió que realmente no tenía opción. Con movimientos inseguros se puso el bikini y se miró en el espejo de cuerpo completo que había en una esquina.
Su sola imagen la hizo ruborizar. Aquel traje de baño se ajustaba perfectamente a su delgada silueta, exponiendo mucho más de lo que tenía intención de revelar. Y no obstante, jamás se había visto de aquella manera.
Se veía linda y sexy. El bikini le favorecía tremendamente, a pesar de no dejar mucho a la imaginación. Incluso parecía un poco mayor.
Un toquido a la puerta la sobresaltó.
—¡Elsa! ¡Sal ya! ¡Quiero ver como te ves!—exclamó su amiga.
—¡Esta cosa no me tapa nada!—se quejó—¡Me siento desnuda!
—¡Solo sal de una buena vez!
Tímidamente, Elsa abrió la puerta y se dejó ver ante unos sorprendidos ojos aguamarina.
—¡Oh, Elsa! ¡Estás tan preciosa!—chilló Anna con emoción—¡Mira que sexy te ves! Vas a dejar a todos con la boca abierta allá afuera, ¿eh?—añadió picaronamente.
—¡¿De qué estás hablando?! ¡No puedo dejar que nadie me vea así! Dame mi vestido—le pidió ella con las mejillas arreboladas.
—Ah ah, no—Anna negó con la cabeza—, ¡de ninguna manera podemos esconder ese cuerpo tuyo! Mírate, pareces una súper modelo.
—¡Anna!
—¡No te quejes, Elsa! Todos allá afuera van a estar en traje de baño, ¿sabes cuánto me gustaría a mí usar uno como ese? ¡Mis padres nunca me han dejado comprar uno de dos piezas! ¡No es justo!
La blonda respingó y se cubrió con los brazos.
—¡Pero es que me siento muy expuesta!
—Oh, vaya—Anna se volvió hacia una de las cómodas de la habitación y rebuscó entre los cajones—, a ver, vamos a ver… mmm, no… ¡perfecto!—alzó en su mano derecha un pequeño pareo de tela turquesa y transparente—¡Ponte esto!
La otra prácticamente se lo arrebató, atándolo con rapidez a su cintura. Al menos ya no se le veía el trasero.
—Pues esto tampoco me tapa mucho—dijo frunciendo los labios y clavando la vista en su ombligo.
—Como te gusta quejarte, ¡te ves genial, amiga! Ahora vamos a hacer algo con tu cabello—le dijo la colorada tomando su cepillo y empezando a cepillar las hebras platinadas y húmedas—, ¡tenemos que vernos perfectas para estar en esa piscina!
Elsa suspiró frustrada mientras se dejaba hacer. Sabía que no había sido buena idea aceptar ir en ese viaje.
La piscina de la cabaña era un lugar muy espacioso, rodeado por una amplia terraza que a su vez estaba circunvalada por varios árboles y arbustos, y en una de cuyas esquinas se había dispuesto una enorme parrilla en donde algunos chicos ya se encontraban colocando algunas hamburguesas y carne para asar.
De la borrachera de la noche anterior no quedaba ni rastro. La mayoría de los invitados ya se habían puesto su traje de baño y chapoteaban alegremente en la alberca, mientras otros tantos se hallaban tumbados para tomar el sol y otros más esperaban a que la comida estuviera lista. Ciertamente hacía un día muy bonito para pasarlo nadando afuera, con el sol y el aire fresco de la montaña.
Eugene metió la mano en una de las muchas heladeras que habían sacado, repletas de cerveza. Tomó una lata y le extendió otra al pelirrojo sentado a su lado, quien negó con la cabeza.
No quería volver a saber nada de alcohol en su vida.
—Viejo, luces terrible. Sí que armaste tu propia fiesta anoche, ¿eh?
Hans torció desdeñosamente la boca y le echó un vistazo al castaño. El desgraciado estaba fresco como una lechuga, demasiado para alguien que se había pasado toda la noche (o la madrugada más bien) en vela, cuidando a esa ebria e irresponsable hippie.
Ya ambos se habían colocado sus respectivas bermudas, él unas de color rojo y su compañero unas azules.
—Yo también la pasé muy bien, ya sabes, asegurándome de que mi florcita se recuperara. Esa chica sí que bebe como un cosaco, je je je, tiene el espíritu libre de una artista—el muchacho suspiró—, ¿sabes, amigo? Ayer, mientras Punzie vomitaba encima de mis zapatos al igual que en esa escena de "El Exorcista"*, supe que en serio me interesaba. ¡Nunca había conocido a alguien tan fascinante, tan entusiasta por vivir la vida! Estoy enamorado, Hans.
Claro que lo estaba, pensó el aludido con sarcasmo. Esa desquiciada estaba tan mal de la cabeza como él, estaban hechos el uno para el otro. Una estaba en camino de ser una consumada alcohólica y el otro era un adicto a la hierba.
Menuda pareja conformarían.
—Y también tienes un par de zapatos caros echados a perder. Felicidades.
—Eso no importa, viejo. Lo material viene y se va, ¡el amor es para siempre!
—Ahórrame tu charla de hippie come flores.
Todavía no se recuperaba por completo de la resaca, tenía calor y se moría de hambre. Maldita la hora en que había aceptado ir a esa estúpida fiesta.
—¿Sigues molesto por qué te deje con ricitos de oro? Viejo, ya te dije que no me di cuenta cuando te subió a la habitación—se excusó el trigueño abriendo su videocámara y enfocando los alrededores—. Ese tal esteroides es más silencioso que el gato de Elsa.
Hans volvió a bufar ante la mención de la rubia, a la que por cierto, no veía entre los invitados que estaban en la piscina.
No sabía si sentirse aliviado o frustrado respecto a eso.
Como si su solo pensamiento la invocara, en ese momento fue cuando vio salir de la cabaña a dos muchachas vistiendo trajes de baño, la primera, de trenzas coloradas, halando de la segunda que la seguía con algo de reticencia.
Elsa se había puesto unas gafas de sol y un sombrero ancho, con el que más que querer cubrirse del sol, parecía tener intenciones de esconderse. Su melena aperlada descansaba prolijamente en su hombro izquierdo trenzado como de costumbre y su pálida piel se encontraba más expuesta que nunca, debido al diminuto bikini azul que le había regalado en Navidad.
Sus ojos verdes se abrieron de la impresión y sintió que se le hacía un nudo en la garganta, acompañado de un cosquilleo en su vientre que no podía anticipar nada bueno.
Por más que quisiera, no podía apartar la mirada de la visión que era la jovencita en ese instante. Cuando meses atrás, había elegido ese bañador de dos piezas en el centro comercial, lo había hecho con la intención de burlarse, de avergonzarla, porque sabía de sobra que nunca se atrevería a usar nada tan revelador. Y en ese entonces aunque así fuera, dudaba que hubiera algo que realmente valiera la pena ver; con lo delgada que estaba la chica.
Pero maldita sea, cuanto se había equivocado. El bikini se ajustaba perfectamente a su figura, marcando delicadamente cada parte de su pequeño y sensual cuerpo. La esbelta clavícula, el busto, que no era muy grande pero estaba divinamente proporcionado, la estrecha cintura y las caderas ligeramente redondeadas, y las largas y blancas piernas…
De pronto sentía mucho calor.
—¡Eh, fisgón! Ya te he pillado—la socarrona voz de Eugene lo trajo de vuelta a la realidad, haciendo que se ruborizara intensamente—, ¿con qué mirando a tu hermanita, eh? La verdad es que le queda muy bien el traje de baño…
—¡No digas idioteces!
Frunció el ceño y vio como Anna arrastraba a su amiga junto a Kristoff, que les sonrió a ambas y las saludó no sin antes echarle una mirada discreta a la pelirroja, que reía como una retrasada al igual que siempre que se encontraba con ese grandote.
—Ya decía yo que las hormonas te habían pegado fuerte, principito.
—Jódete—le espetó Hans antes de levantarse de la tumbona donde se había sentado, para caminar discretamente hacia un sitio donde pudiera escuchar la conversación de esos tres sin que nadie se diera cuenta.
Haciéndose el desinteresado, fingió tomar un vaso de soda de una mesa cercana mientras por el rabillo del ojo, vigilaba la espalda de porcelana de Elsa.
—Dime la verdad Kristoff, ¿no es cierto que mi amiga se ve preciosa? ¡Casi la tuve que obligar a ponerse su bikini—parloteaba Anna con su chillona voz.
—Sí, las dos se ven muy bien—convino el rubio.
—Hace mucho calor aquí—se quejó la blonda y por el tono que usó, pudo intuir que estaba haciendo otro de sus pucheros infantiles—, me voy a quemar toda.
—¡Pues claro! Es verano y no te haría mal agarrar un poquito más de color, te pusiste el protector solar ¿verdad?—preguntó Anna.
Elsa volvió a llevar las manos hasta su pareo, incómoda y ajustando más el nudo para taparse en vano.
—Quien quiera que te haya regalado ese bikini hizo muy bien amiga, se nota que tiene un excelente gusto—Hans sonrió presuntuosamente—, ¡ya era hora de que te pusieras algo más atrevido!
—Anna, basta ya—pidió la albina.
—Je je je, como es de tímida esta mujer—comentó Anna—, ¡estás atrayendo muchas miradas con ese modelito puesto!
Hans frunció el ceño y miró alrededor, dándose cuenta de que en efecto, varios muchachos que se encontraban cerca (¡y algunas muchachas, válgame Dios!), miraban con atención a su hermanastra, algunos sin el menor disimulo y otros más decentes, lanzándole vistazos recatados.
Una ola de enfado se hizo presente en él, ¿qué se creían que estaban mirando todos esos buitres?
—Me alegra ver que te sientas mucho mejor, Anna—dijo Kristoff llamando su atención y haciendo que ella le devolviera una dulce sonrisa.
—¡Oh, no fue para tanto! Digo, después de todo ya sabes como son estas fiestas, una tiene que ir aprendiendo a soportar unos cuantos tragos, je je.
—Anna, vomitaste en el baño esta mañana—la atajó su amiga.
—Je je je je je je je, ¡qué cosas! Lo bueno es que Rapunzel me llevo unos analgésicos, esa chica es simpática después de todo.
—Y parece que también se ha recuperado por completo—habló su amigo, mirando hacia el otro extremo de la piscina en donde la castaña correteaba alegremente usando un bikini de color púrpura muy parecido al de Elsa. Llevaba en la mano la misma sartén de la noche anterior—, ¡oh, vamos!—suspiró Kristoff al ver como la festejada llegaba hasta Naveen y fingía darle de sartenazos en el trasero, los dos riendo estúpidamente.
Su amiga no tenía remedio.
—¿Quieren nadar un poco? ¡Se ve que el agua está muy buena!—exclamó Anna observando con entusiasmo la piscina.
—Vayan ustedes, yo me voy a quedar por aquí tomando el sol—dijo Elsa.
Ni loca se metía a ese cultivo de bacterias, ¿qué tal si alguien se orinaba dentro o tenía una infección?
Anna se encogió de hombros y se acercó al borde de la pileta para entrar de un salto, seguida de Kristoff, que se desprendió de la camiseta para sumergirse y nadar a su lado. En menos de un minuto ya estaban salpicándose como niños pequeños.
La platinada sonrió divertida. Al menos ellos se lo pasaban bien, pero ella sentía que debía retirarse a un lugar más discreto, donde no pudiera recibir tantas miradas.
Lentamente y sin ser consciente de las pupilas verdes que la observaban a poca distancia, se sentó en una tumbona que estaba más alejada del resto y convenientemente puesta a la sombra. Que mal que no había sacado su iPod.
—Hola—una voz femenina a su lado la sobresaltó.
De pie junto a ella, una chica con un trikini blanco le sonreía amigablemente. Tenía los ojos azules y el cabello de un rubio más oscuro que el de ella, y le estaba extendiendo una lata de soda fría.
—Hola—le devolvió el saludo y aceptó la bebida con algo de recelo—, ¿nos conocemos?
—No personalmente, soy compañera de clases de Punz. A lo mejor me has visto en el club de teatro—respondió la otra—, me llamó Aurora. Y tú eres Elsa, ¿verdad?
—Ah sí—la albina pareció recordar algo—, tú estuviste en esa obra de teatro con tu novio.
Ahora recordaba haberla visto vagamente en los ensayos de "La Bella Durmiente", llevando un bonito vestido azul de utilería.
—Sí. Aunque en realidad terminé con él, es que después de la graduación irá a estudiar lejos de la ciudad y eso.
—Ah, ehm… lo siento—dijo Elsa dubitativamente.
Nunca se le había dado bien conversar con personas que no conocía.
—De hecho terminamos bien, quedamos en ser amigos—la recién llegada le dirigió una mirada de la cabeza a los pies de la que ella no se dio cuenta—, ¿me puedo sentar?
—Sí, claro. Gracias por la bebida.
—No hay de qué, parecías estar acalorada. Qué bonito bikini.
—Gracias.
—Sí, tenía que decirlo. ¿Y qué? ¿Vienes con tu novio o alguien así?
Elsa frunció el ceño ligeramente ante la pregunta.
—No, no tengo.
—¿Cómo? Una chica tan linda como tú; bueno, disculpa que te lo diga, es que te vi en el baile con el amigo de Punz y yo pensé…
—Kristoff es solo mi amigo. A él le gusta mi mejor amiga.
—¿La pelirroja? Ah bueno, ya me parecía. Eso tiene sentido, digo, en la escuela no te he visto nunca con nadie. No es que eso tenga algo de malo.
—La verdad es que no me gusta demasiado salir con chicos.
—Te entiendo completamente, es muy agobiante—Elsa se relajó. Al menos parecía que después de todo tendría a alguien con quien hablar en esa fiestecita, sin sentirse como un bicho raro—, bueno Elsa, disculparás que sea tan directa pero a mí no me gusta irme con rodeos. No es mi estilo, ¿sabes?
—Ahm… ok—la albina arqueó una ceja, sin comprender del todo ese cambio tan abrupto en la conversación.
—Sí, bueno, pues la verdad es que te estuve viendo desde el baile y ayer en la fiesta, y me pareces una muchacha muy guapa—Aurora le mostró una sonrisa que seguramente, habría hecho derretir al más difícil de los chicos—, ¿te gustaría salir conmigo?
Elsa se atragantó con el sorbo que había tomado de la lata de soda, tosiendo violentamente e incorporándose en la tumbona.
—¡Eh! Tranquila, tranquila—Aurora se desplazó hasta donde estaba ella y se sentó a su lado con algo de preocupación, para ayudarla—, ¿te sorprendió lo que dije? No es para tanto… después de todo, tú no sales con chicos ¿no?
—¿C-cómo?—musitó la platinada en un hilo de voz.
—Bueno, ayer te vi rechazando a todos esos muchachos. Si yo por eso terminé con mi novio. Y al verte pensé… venga, respira—la ceniza le dio unas palmaditas en la espalda para intentar reconfortarla, pero eso solo la hizo tensarse más—, tienes la piel muy suave, ¿te echas algo?—los ojos azules de su interlocutora se pasearon por todo su cuerpo de un modo mucho más descarado que antes.
—D-discúlpame—dijo poniéndose de pie—, tengo que ir a… a tomar aire.
Se retiró a toda prisa con las mejillas coloradas, dejando a una rubia muy confundida detrás de si.
Aquello tenía que ser una maldita broma. No era que tuviera problemas con otras preferencias sexuales, pero ¿en serio? Era lo único que le faltaba, que confundieran su timidez con algo completamente distinto. Y justamente a ella, a quien le costaba socializar y aceptar el contacto físico de otras personas…
¡Maldición, necesitaba quitarse ese maldito bikini ya mismo! Maldito fuera ese pelirrojo del mal, malditos fueran sus obsequios y maldita fuera su odiosa capacidad de molestarla.
De repente algo nubló su visión. Una enorme toalla le había caído encima.
—¡Hey! ¡¿Pero qué…?!—se quitó el objeto de encima para encontrarse frente a frente con el responsable de su situación, quien la miraba de una manera desaprobatoria.
Y que por cierto, estaba condenadamente sexy con esas bermudas rojas que dejaban al descubierto su trabajado torso lleno de pecas. Elsa se sintió ruborizar aún más mientras todos los sucesos de la noche anterior se repetían sin querer en su cabeza.
—Tápate tonta, estás llamando mucho la atención con ese bikini de mierda—le espetó Hans.
Ya bastante tenía que soportar con todos esos imbéciles mirándola, pero el colmo había sido escuchar como esa estúpida zorra se le insinuaba del modo más desfachatado. ¿Quién demonios se creía esa bruja? Una vulgar acosadora es lo que era, seguramente se dedicaba a cazar a muchachitas incautas por ahí o algo peor. Ni siquiera Lars era tan escalofriante.
Y como ella había unas pocas arpías que también estaban al acecho, como si no fuera suficiente con los pelmazos de siempre. Todos eran unos jodidos buitres de mierda.
Antes de que Elsa pudiera reclamarle, se retiró dignamente, dejándola con la boca abierta.
—¡Estúpido!—le gritó mientras se alejaba.
Todo eso era su culpa.
Enfurruñada, tiró la toalla al suelo y la pateó en un infantil berrinche.
—¿Qué te hizo la toalla para que te desquites con ella de esa manera?—preguntó una voz divertida.
Tiana la miraba con una media sonrisa de lado. Llevaba puesto un bañador de una pieza y escote horizontal, que mostraba un precioso y colorido diseño de flores sobre un fondo negro.
—¡Estoy harta de mi hermanastro!
—Lo he notado. Vamos a sentarnos allá—la morena señaló un rinconcito de la terraza en donde había una banca ajena al bullicio de la alberca—allí no molesta nadie.
Elsa recogió la toalla y fue con ella a sentarse, en tanto observaban como los demás nadaban.
—¿Tampoco te piensas meter tú?
—No, las piscinas me dan cosa. Hasta los pantanos de Nueva Orleans me parecen más higiénicos—Tiana rió de buen humor—, bueno, lo son cuando los recorres en balsa. En realidad no me encanta nadar.
Un destello en su mano atrajo la atención de la blonda. Allí, reposando en el dedo anular de su mano izquierda, brillaba el bonito anillo con diseño de nenúfar que su compañero les había mostrado a ella y a Anna hacía un par de días en el café. Vérselo puesto le sorprendió.
—Qué bonito—dijo señalando la joya.
—Oh, sí—Tiana miró con una sonrisa su obsequio—, es muy lindo ¿verdad? Naveen me lo regaló. ¿Quién diría que él pudiera tener estos detalles de vez en cuando, eh?—rió suavemente.
—Entonces, ¿de veras te pidió estar con él?—un par de ojos castaños se posaron en ella, sorprendidos—Oh, bueno, el viernes nos lo mostró a Anna y a mí para preguntar que opinábamos, porque pensaba pedirte… bueno, creo que no es asunto mío—repuso desviando sus ojos, azorada.
Tiana volvió a ensanchar su sonrisa.
—Sí, somos novios desde el viernes—confesó—, esa noche se me declaró en la residencia para estudiantes y bueno… tuve que decirle que sí.
—¿Tuviste?—Elsa arqueó una de sus cejas—Creí que no lo soportabas.
—Naveen me saca mucho de quicio. Es irresponsable, inmaduro, presumido y casi nunca se toma nada en serio—dijo la chica—, pero también tiene muy buen corazón y yo lo quiero así. Además, ya me ha demostrado que cuando algo le importa realmente es capaz de esforzarse y eso me terminó de convencer. No podría imaginarme con nadie más que con él.
—Oh—Elsa se quedó en silencio y observó como su acompañante miraba a su novio con una ligera sonrisa, su mirada brillando más que nunca.
Y ella que había pensado que nunca lo iba a aceptar. El amor era tan complicado a veces.
—Pero, no entiendo—dijo—, ¿no tienes miedo de que no funcione? Ustedes son muy diferentes. Tú eres muy diferente y él… bueno, a él solo le interesa divertirse. Desde que los conozco solo se la pasan discutiendo, ¿cómo es que dos personas así pueden llegarse a enamorar?—inquirió, más para si misma que para Tiana.
—Bueno, uno no decide con quien quiere estar y con quien no. Estas cosas solo pasan y además—Tiana tocó su anillo con evidente afecto—, se trata de poder aceptar al otro aún con todos sus defectos. Estoy segura de que yo también debo ser terriblemente mandona y aburrida para él—volvió a reír—, pero ¿qué quieres que te diga? Hasta cuando discutimos, en el fondo vale la pena.
Elsa adoptó una pose pensativa mientras reflexionaba en su último diálogo. Poder aceptar al otro aún con todos sus defectos… parecía tan imposible.
Inevitablemente, su mirada vagó hasta un pelirrojo que caminaba sigilosamente por el borde de la piscina, hasta llegar a un castaño que platicaba con Rapunzel exhibiendo su sonrisa de galán. El colorado lo empujó al agua bruscamente, haciendo que Eugene volviera a la superficie sobresaltado y le gritara de cosas ("¡Oye tú! ¡Hijo de tu tal por cuál…!"), únicamente obteniendo en respuesta su dedo medio mientras la cumpleañera se doblaba a carcajadas.
La blonda suspiró.
Esa misma tarde, después de relajarse por horas junto a la piscina y almorzar como debían, todos en la cabaña empezaron a retirarse, convirtiéndose la casa en una serie casi interminable de despedidas y felicitaciones para la anfitriona, y en una constante caravana de autos que se alejaban rumbo a la ciudad.
Estaba claro que a esas alturas, la fiesta había sido un éxito.
Elsa tenía que aceptar que no había estado tan mal, aunque lo cierto era que se moría por estar en casa y echarse a dormir una larga siesta en su propia cama.
Por fin había logrado desprenderse de ese bikini tan revelador, después de traerlo por tantas horas puesto (y atraer miradas que no quería), consiguiendo que su amiga le devolviera el vestido que había escondido en la funda de una de las almohadas del dormitorio que ocupaban.
—¡Vamos, maleta estúpida! ¡Ciérrate!—Anna luchó contra el cierre de su equipaje, donde descuidadamente había vuelto a meter todas sus cosas.
—Te dije que doblaras tu ropa, así nunca la vas a cerrar.
—¡Nah! Todo cabe perfectamente—la pelirroja se sentó de un saltó sobre la maleta y siguió intentando.
—Bien, cuando acabes con eso baja para que podamos volver. Muero por llegar a casa—la rubia se colgó su bolso de viaje al hombro y después de volverse a colocar su sombrero, salió dejándola sola.
—¡Vamos, maleta de mierda!—Anna aferro el zipper que se había atorado.
Una sonriente castaña entró dando saltitos en la habitación.
—¡Hola Anna! ¿Lista para regresar?—preguntó Rapunzel con su habitual alegría. Había cambiado su bikini púrpura por una camiseta de la misma tonalidad y unos shorts.
—¡En cuanto esta maleta de porquería se cierre!
—¡Estupendo! ¡Fue una fiesta sensacional!—la morena se le acercó con picardía—Y parece que tú y Kristoff por fin han avanzado bastante, ¿eh?
—Je je je je je, sí.
—¡Eso es tan lindo! Y hablando de cosas adorables, ¿viste hoy a Hans y Elsa? ¿No te parece que estaban más pendientes el uno del otro que de costumbre?
—Oh sí, no se quitaban la vista de encima—por fin, Anna pudo cerrar su maleta con un bufido de cansancio—, pero ya sabes como son. Esos dos no pueden estar juntos por pura necedad—se volvió hacia ella con una mano en la cadera—. ¿Quién los entiende?
—¡Lo sé! Eso es tan triste—Rapunzel hizo un puchero—, ¿no te parece que necesitan un poco de ayuda?
—¿Qué quieres decir?
—¡Quiero decir que hay que obligarlos a pasar un poco de tiempo juntos! Hoy casi ni se hablaron y eso no está nada bien—dijo la trigueña—, después de lo que sucedió anoche, es obvio que tienen muchas cosas de que conversar. ¿Qué dices si les damos un pequeño empujón para que dejen de ser tan tímidos?
—¡Esa me parece una maravillosa idea!—ambas muchachas se tomaron de las manos y comenzaron a saltar y a reír estúpidamente—Pero, ¿cómo vamos a hacerlo?—inquirió Anna cuando se detuvieron.
—¡Ah, bueno! Eso no es problema, solo fíjate en lo que pensé…
Rapunzel comenzó a contarle detalladamente su plan, haciendo que los ojos de la cobriza se abrieran con asombro y que en su rostro aflorara una sonrisa traviesa.
¡Esos dos iban a hablar aunque no lo quisieran!
En el piso de abajo, Elsa aguardaba a que su amiga saliera desde el jardín, mirando por el rabillo del ojo como su hermanastro terminaba de meter el equipaje al jeep en el que habían llegado. Al parecer, ellos dos eran los únicos que estaban allí. Los demás ni siquiera habían salido de la cabaña.
Suspiró y miró su reloj. Si no se apuraban se iba a oscurecer antes de que llegaran a Oslo.
Anna salió sonriente arrastrando su maleta y llegando junto a ella.
—Poco más y entraba a buscarte, tenemos que partir o se nos va a hacer tarde. ¿Dónde están los demás?
—¡Oh! Bueno, los chicos todavía no están listos. Rapunzel quiere mostrarle a Eugene algunas pinturas que tiene por ahí. Y bueno, yo tengo muchas cosas que hablar con Olaf, ¿sabes? Como es de platicador ese muchacho. Yo creo que vamos a tardar.
—¡¿Qué?! Pero si ya es tarde…
—No te preocupes, ¡váyanse adelantando! Nosotros nos regresamos con ella, hay espacio de sobra en su auto.
—Eso a mí no me lo parece—murmuró la albina con una ceja arqueada.
Considerando el tamaño de ese vehículo, iban a ir todos apretados como sardinas.
—¡Claro que sí! Pero sé que tú te mueres por estar de vuelta en casa, así que por nosotros no se detengan.
—Pero…
—Paso en la noche a recoger mi maleta a tu casa, ¿vale?—Anna extendió una mano para sacudirle su flequillo rubio—¡Te quiero, amiga!
Regreso campante a la cabaña, dejando a la rubia con cara de no entender. No sabía porque todo eso le sonaban a puras excusas.
Bufando, tomó el asa de la enorme maleta de la pelirroja y la arrastró hacia el jeep.
Hans la miró con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Y los demás?—preguntó.
—No van a venir—respondió ella escuetamente.
—¿Qué?
—Dicen que nos alcanzaran más tarde, se regresan con Rapunzel—soltó la maleta—, así que, ya vámonos, quiero llegar temprano a casa—agregó, subiéndose al asiento del acompañante.
Hans respingó incómodo y cargó la pesada maleta de Anna para acomodarla en la parte trasera. Ahora tenía por delante varias tortuosas horas de viaje a solas con su hermanastra, los dos en el mismo espacio y sin querer ni mirarse. ¿Por qué tenían que pasarle esas cosas a él? Estaba seguro de que todo había sido ideado a propósito por esos idiotas.
Mientras balanceaba las llaves en su mano, todavía pensaba en que harían durante todo ese tiempo. ¿Se atrevería a pedirle a Elsa que hablaran? ¿Se disculparía tal vez? ¿O volvería a lo de siempre para hacer que dejara de ignorarlo de nuevo?
Tenían que hablar, eso estaba claro. Simplemente tenían que hablar. Necesitaba decirle tantas cosas, explicarle tanto…
Cuando se sentó frente al volante y la miró, pudo ver que ella observaba por la ventana. Ya se había puesto el cinturón de seguridad y los auriculares de su iPod, que resonaban a todo volumen.
El colorado suspiró. El camino de regreso a Oslo iba a ser muy largo.
Hans tamborileó con los dedos sobre el volante, no pudiendo evitar mirar de soslayo a la rubia sentada a su lado. Hacía más de una hora que habían emprendido el camino y ni una sola vez lo había mirado. Nada. En lugar de eso, la muchacha se limitaba a contemplar por la ventana con sus preciosos ojos azules perdidos y la música de su MP3 aislándola de todo.
Apretó los dientes. Odiaba que lo ignorara. Estaban juntos en el mismo maldito auto y así iba a ser por un par de horas más. Lo menos que podía hacer era tan siquiera voltear a verlo, ¿no?
Pero Elsa era una experta en desentenderse del mundo. Pequeña sabandija.
Algo tenía que hacer para tomarse un respiro del tenso ambiente que se había instaurado en el interior del vehículo, y que ni la animada estación de música que había sintonizado lograba romper.
Sus ojos verdes se mantuvieron fijos en el camino, pensativos, en tanto vigilaba por el rabillo del ojo a su hermanastra.
Unos minutos después, aminoraba la velocidad del jeep y se detenía en una estación de gasolina. Elsa se dio cuenta de esto y fugazmente, lo miró de reojo, para inmediatamente volverse de nuevo a la ventana.
No señor, no lo iba a tener tan fácil. Tarde o temprano tenían que hablar y joder, ese momento había llegado.
Bruscamente, extendió su mano y tiró del cable de los auriculares para quitárselos.
—¡Oye!—se quejó la blonda mirándolo con el ceño fruncido.
—Vamos a bajar—le dijo.
—¿Por qué? El tanque de gasolina ni siquiera está vacío—protestó ella desviando su mirada hacia el tablero que marcaba el depósito lleno.
—Tengo hambre—respondió él simplemente—. Apúrate sabandija y no me montes una escena esta vez, ¿quieres?—azotó levemente la puerta.
La chica bufó y se desabrochó el cinturón de seguridad para salir y seguirlo.
"Genial", pensó sarcásticamente, en tanto entraban en el pequeño restaurante que había adjunto a la estación. Era lo único que le faltaba, justo cuando su plan de ignorarlo parecía ser tan efectivo tenían que parar allí. Aquello iba a ser muy incómodo, con ellos dos sin saber que decirse y actuando como si nada pasara.
¿Sería muy grosero si volvía a ponerse los auriculares en ese instante?
Ocuparon una mesa al lado de la ventana y casi enseguida una camarera llegó para tomarles la orden. Elsa se retiró al baño, donde se demoró más de la cuenta a propósito. Para cuando volvió los platos estaban servidos y fue entonces que se dedicaron a comer en medio de un incómodo silencio.
La adolescente actuó como si el par de ojos esmeraldas frente a ella no estuvieran pendientes de cada uno de sus movimientos, clavándose en su persona con una extraña expresión.
En lugar de eso se dedicó a picotear la pequeña empanada con verduras que había pedido, sin mucha hambre.
El joven por su parte, hizo lo mismo con su comida mientras un montón de dudas y maneras de iniciar una conversación pasaban a toda velocidad por su cabeza, sin que se animara a pronunciar una palabra. Maldita sea, ¿por qué demonios se sentía tan nervioso frente a esa chiquilla? Solo era Elsa.
¿Qué podía decirle en un momento cómo aquel? ¿Tenemos que hablar? ¿Discúlpame por lo de anoche?
Su mano se extendió para tomar el salero y rozó accidentalmente la de la rubia, que la retiró instantáneamente como si su solo contacto le quemara. Sus mejillas níveas se habían ruborizado por completo.
El colorado bufó y volvió a mirar su plato, en donde reposaba un sándwich de pollo con papas fritas que por más bueno que se viera, no le abría en lo más mínimo el apetito.
De alguna manera se las arreglaron para seguir comiendo sin apenas mirarse.
Fue solamente después de otro insoportable rato de tensión, que él se animó a decir lo que los dos estaban esperando.
—Bueno, ¿vamos a hablar o qué?—preguntó, de una forma más brusca de la que hubiera querido.
La muchacha se puso en alerta.
—¿Hablar de qué?—musitó, jugando con la pajilla de su vaso de limonada.
Así que iba a hacerse la tonta, ¿por qué demonios habría pensado que sería tan sencillo?
—Tú sabes bien de qué—le dijo Hans seriamente—, anoche…
—Anoche todos estaban muy borrachos—lo cortó Elsa con aparente tranquilidad—, no vale la pena hablar de eso. Fue una fiesta muy extraña pero ya pasó.
Su hermanastro levantó una ceja, sintiéndose repentinamente molesto sin saber por qué. Se quería explicar, carajo. Él era el que tendría que tratar de decir que no pasaba nada, que se olvidara de eso y que no se lo tomara tan en serio.
El punto es que no quería olvidarlo. Y demonios, le indignaba mucho que ella sí.
—Mira Elsa, yo no hablo de los demás; mierda, estaba demasiado mal como para saber lo que pasaba a mi alrededor. Yo lo único que trato de hacer es explicarte, lo que pasó entre tú y yo… bueno, nosotros…
—No tienes que explicar nada—lo interrumpió la chica, evitando verlo a los ojos—, estabas borracho, te confundiste… Está bien, en serio. Solo olvídalo, no es para tanto. Si tú no lo mencionas yo no lo haré.
—No estaba confundido. El que hubiera tomado no significa que no fuera consciente de mis acciones—replicó el colorado—y me acuerdo muy bien. El punto es—respingo—, mierda, es tan difícil… —masculló.
—¿Quieres disculparte?—los ojos de Elsa tenían una expresión muy extraña, tensos y cristalinos, casi como si se fuera a echar a llorar. Pero no, porque inmediatamente adquirieron el mismo semblante frío que tenían reservado solo para él—Está bien, Hans. Sé que no querías hacerlo. No se lo diré a nuestros padres, ¿sí? Solo olvidémoslo.
—¿Quieres dejar de interrumpirme? No me estás entendiendo…
—Tú eres el que no entiende, ya te dije que no tienes nada de que preocuparte. Tu padre no sabrá que te comportaste como un vergonzoso ebrio. Y en cuanto a mí, no te quieras hacer el caballero ahora, porque sé que no lo eres—la adolescente lo miró por fin con severidad—. No me importa lo del beso, fue una equivocación tuya. Ni que fuera para tanto.
Una expresión dolida cruzó por la cara del muchacho.
—¿No te importa?
—No—Elsa tomó un sorbo de su bebida—, así que deja ya de hacer tanto drama. Ya te dije que si tú no lo mencionas, yo no lo haré. Haremos como que nunca pasó esto.
—¡Pero es que pasó, maldita sea!—dijo él levantando la voz, estampando su puño en la mesa y llamando la atención de los comensales cercanos—¡No me vengas con esa actitud de mierda ahora! Sabes que tenemos que hablar…
—¡¿Y qué?! ¿Ahora piensas reclamarme a mí por algo que tú empezaste? ¿O es que en serio te pesa la conciencia e insistes en disculparte para no sentirte como un mierda? ¡¿Es eso?!—la blonda le dirigió una mirada llena de resentimiento—¡¿Te preocupa que vaya a reclamarte después?! ¡Pues no, idiota! ¡Ya te dije que no me importa! ¡Lo olvidé! ¡Deja de hacer las cosas tan difíciles como siempre, ¿quieres?!
—¡Tú eres quien lo hace difícil! ¡Estoy tratando de explicarme contigo, maldita sea, pero insistes en comportarte como una jodida mocosa! ¡Madura ya!
—¡Eres un idiota!—Elsa se levantó enfurecida de su ligar y salió a toda prisa del lugar, ignorando sus llamados.
—¡Elsa! ¡Elsa! ¡Maldición!—el pelirrojo dejó rápidamente unos cuantos billetes sobre la mesa para ir a toda prisa detrás de ella.
La platinada prácticamente corría por el estacionamiento pero no en dirección a su transporte, sino lejos de él. Hans la alcanzó y la tomó por el brazo, pegándola dominantemente contra la pared.
—¡¿Estás loca?! ¡¿Cómo se te ocurre irte así?!
—¡Déjame en paz!—ella trató de empujarlo—¡Solo quiero que me dejes sola! ¡Estoy harta de ti!
—¡Tú también me tienes harto, chiquilla insoportable, tonta y melodramática!
—¡¿Qué demonios esperas conseguir con todo esto, Hans?!—sus pupilas cerúleas eran un mar de emociones—¡¿Decidiste jugar conmigo para ver si caía en la trampa?! ¿Ahora vas a fingir que te interesas en mí? ¡¿Es eso lo que esperas?!
—¡No! ¡Maldita sea, no!
—¡Entonces déjame en paz! ¡No vuelvas a tocarme! ¡No quiero ser tu juguete, no quiero ser nada!
—¡Maldición, Elsa!—su hermanastro la apretó más contra el muro, cercándola con su cuerpo.
Se encontraban por suerte en uno de los laterales del restaurant, lejos de la vista de consumidores curiosos. El pequeño pecho de la rubia bajaba y subía aceleradamente, producto de la carrera y la discusión.
—Suéltame—le espetó, tratando de liberase sin ningún éxito.
—Eres una terca—Hans acercó su rostro hasta rozar su nariz con la respingada de la jovencita—, si tan solo supieras escuchar antes de formarte historias en esa cabecita tuya, no tendríamos que llegar a esto.
—Te conozco lo suficiente como para saber que no puedo confiar en ti—le dijo ella apretando los dientes.
—¡¿Y crees que es fácil para mí?!—repuso el exasperado—¡Yo nunca me habría fijado conscientemente en alguien como tú!
—Muy bien Hans, quítate la careta y di lo que ambos sabemos—los ojos de la rubia volvieron a cristalizarse, aunque su voz era desafiante—, dilo de una vez para terminar con esta farsa. Me detestas. La única razón por la que me besaste fue porque estabas estúpidamente alcoholizado, ¡que desagradable debió ser para ti! ¡Imbécil!
Una sonrisa irónica creció en los labios del aludido.
—En momentos como este no sabes cuanto desearía hacerte callar—le dijo—, dime, ¿quién demonios te crees que eres para decidir lo que yo siento o no?
—¿Qué no es obvio?—apuntó ella con sarcasmo.
—¡No! ¡Mierda!—Elsa miró atentamente a esos ojos verdes que tanto la confundían y se sorprendió de ver que también parecían dolidos—Demonios Elsa, hace meses que me tienes como un jodido imbécil, esperando a que me dirijas siquiera la palabra y lo único que haces es tratarme con la punta del pie. ¡¿Qué no ves como me siento?!
La muchacha contuvo la respiración.
—¡Me gustas, Elsa!—le confesó violentamente—¡Me gustas demasiado! ¡Y lo odio, maldita sea! ¡Porque eres una chiquilla de mierda a la que nada de lo que haga le parece suficiente! ¡¿Qué tan tonta eres que no lo has notado?!
La mencionada estaba en shock, demasiado sorprendida como para responderle.
—¡¿Sabes cuánto me moría por hacer lo que hice ayer?! ¡¿Cuántas veces estuve a punto de hacerlo?! ¡Hace meses que no dejo de pensar en ti y no debería estarlo haciendo! Porque tú, eres todo eso que me hace explotar en una persona ¡y te odio! ¡Te odio por confundirme de esta manera!
Aquello pareció hacer reaccionar a la adolescente.
—¡Pues yo también te odio, cretino desconsiderado! ¿Crees que yo no tengo miedo de que juegues conmigo? ¡Ni siquiera sé si puedo confiar en ti! Eres un imbécil, Hans.
—¡Claro que lo soy! ¿Pero sabes qué? No pienso aguantar ni un segundo más esta situación de mierda, ¡ya dije lo que tenía que decir! Me importa un carajo si te parece o no, o si le dices a alguien. Me vale si se lo cuentas a nuestros padres—la sujetó de la barbilla firmemente—, no me voy a quedar con las ganas de nuevo.
Bruscamente volvió a estampar su boca contra la de su hermanastra, como lo hiciera la noche anterior, disfrutando de nuevo del tacto de sus labios tiernos e inexpertos a los que de nada les valió el intento de cerrarse.
Su boca se adentró en la de ella con decisión. Si iba a recibir un castigo por eso, si Elsa iba a dejar de hablarle de nuevo o algo mucho peor, al menos haría que valiera la pena.
La chica se sintió más indignada que nunca y al mismo tiempo, experimentó ese cosquilleo en el estómago que últimamente solo se hacía presente con Hans. Su corazón latía acelerado. Cuando oponer resistencia no le sirvió de nada, se aprestó a devolverle el beso con todo el enojo que le fue posible, siguiendo de manera inexperta el ritmo que le marcaban los labios masculinos, cálidos y posesivos.
Hans se sintió eufórico cuando la sintió responderle y profundizó el beso, obligándola a pegarse más contra el muro. Aquello se sentía tan correcto, tan maravilloso a pesar de las circunstancias.
Suavemente, se despegó unos milímetros de la boca de la platinada para hablarle en un murmullo.
—Eres la peor maldita cosa que me ha sucedido en la vida—gruñó—, provocarme de esta manera, sabandija descarada.
—El sentimiento es correspondido.
Sus labios volvieron a unirse, en un claro intento por desafiar al otro. Las manos de Elsa subieron hasta el cabello pelirrojo, cerrando sus puños alrededor de él y apretándolo con enfado.
Maldito fuera ese idiota por provocarla, por hacerla sentir cosas que nunca había sentido por nadie más y sensaciones que no se había imaginado.
Hans era un jodido inepto que definitivamente había llegado para trastocarle la vida, primero con su mala actitud y ahora con esa deliciosa manera de besar, que hacía que no quisiera que se detuviera y con su persona que le gustaba tanto.
Sí, ahora estaba segura de que su hermanastro le gustaba tanto como ella a él.
Pero de eso… de eso podrían preocuparse mañana o tal vez nunca. Porque ahora solo quería disfrutar del momento.
* Tequila. Una fuerte bebida que nunca puede faltar aquí en México. Recuerdo que una vez también tuve una juerga al beber unos caballitos y... pues no se los recomiendo, la verdad. D:
* El Exorcista. Todos conocemos esta película, ¿no?
Nota de autor:
Feliz domingo, criaturitas del amor. :D Espero que hayan fangirleado a más no poder con este capítulo que está recién sacadito del horno, calientito y listo para llevar, con Helsa extra por supuesto.
Ay estos muchachos, ¿cómo los ven? Son un par de intensos, negando lo que es evidente, queriéndose y gritándose de todo al mismo tiempo. Apuesto a que esperaba que se hicieran los locos un tiempo más pero no, la verdad es que hay muchas cosas que tienen que sacar y bueno... miren que ambos tienen miedo. Sobretodo Elsa, que aunque parece la más fría de los dos, es quien más teme que le rompan el corazón y más conociendo a ese condenado pelirrojo, ¡ainssssss! ¡El amor Helsa!
Pues no, Punzie no tuvo resaca, ella está lista para seguir y seguir, lleva la fiesta en su sangre. No así Anna, quien se embriagó al más puro mexican style y le pasó factura a la niña.
¿Qué les pareció la Pool Party? :3 Mucha sensualidad con nuestros queridos Helsa y agregados luciendo sus trajes de baño, mucho buitre rondando por ahí y sobretodo, una muestra de que en los fics también puede haber diversidad sexual, o más bien de que la tía Frozen no tiene límites a la hora de hacerle experimentar a Hans los más tórridos, absurdos y suculentos celos. LOL
-Señora Frozen, usted es diabólica. D:
-Lo sé. e.e
Ana briefs: Servido señorita, hoy me apuré y actualicé temprano. n.n Copo de nieve sabe que Hans le gusta tanto como ella a él y desde hace bastante tiempo, solo que es necia como ella sola, lo bueno es que Mérida la hizo entrar en razón (a su manera xD). Y sí, Punzie y Flynn también tuvieron su oportunidad, ¡par de diablillos!
Ari: ¡Me encanta que te haya gustado tanto el beso! Ya era hora de que empezaran a ceder, ese par de tercos. Jajajaja sí, Eugene asustándose con los ronquidos de Anna es demasiado gracioso. Y pues como vos, los tortolitos se sinceraron un poco y hubo otro de esos momentos de debilidad que tanto nos gustan. ;) Se lo merecían después de tanta fiesta, resacas y demás, ¿no? ¡Gracias por tus bellos reviews! Siempre me inspiran un montón, chiquilla. :D
SamanTha: ¡Sí que fue beso! Como se nota que estos dos pajaritos se traen todas las ganas del mundo. Muy cierto, Punzie está loca pero así la amamos (en especial Flynn 7u7), yo también quisiera conocer "su humilde cabaña", es una chica con suerte. :D Mérida ahí va, olvidándose de Hans poco a poco, por lo menos se ve que es sincera y no va a interferir con el Helsa, como la digna persona que es. Y sí, Elsa es otra que ya ha dejado de hacerse tonta (bueno, casi xD) y aceptó que le gusta su hermanastro, ¡aleluya! El Helsa es una hermosa y saludable adicción. 7u7
Como de costumbre les pregunto, ¿qué se esperan que pase en el capítulo que viene? :3 ¿Evolucionará la relación Helsa de una vez por todas? ¿Cómo serán las cosas entre Hans y Elsa de aquí en adelante? ¿Rapunzel tendrá que ingresar a alcohólicos anónimos en el futuro?
Recuerden, sacar conclusiones no es seguro conmigo. ¡Manténganse geniales! Nos leemos en siete días. ;)
