Aquí presento el capítulo 4 de la historia. Me parece que no termina de estar bien pero espero que os guste de todas maneras. El miércoles subo el capítulo 5 (el último) y el jueves subiré ya el epílogo.


[CAPÍTULO 4: BAILANDO SOBRE EL FILO DE UN CUCHILLO DE PESCADO]

—No estoy seguro de que me salga bien el examen de Márketing, Hiroto...

—Tonterías —la voz de su mejor amigo, tranquilizadora y calmante como una pomada sobre una hinchazón, destilaba más confianza en Midorikawa que la que el propio Midorikawa tendría en sí mismo jamás—. Hemos repasado juntos los temas miles de veces y te lo sabes mejor que yo. De hecho, es posible que termines dándome clases.

Al otro lado de la línea se podía oír la risa que, igual que una caricia, se hizo notar sutil pero agradable. Hiroto tenía esa habilidad innata para desinflar el estrés que Midorikawa acumulaba a lo largo del curso pero hacía falta que utilizara ese superpoder, por lo menos, una vez cada dos exámenes (y eso siendo optimistas).

—Por favor, no bromees.

—No es una broma. Sabes que acabarás sacando una nota muy buena, es lo que siempre haces. Midorikawa, todavía tienes tiempo para estudiar, ya sabes lo que dicen...

—La paciencia lleva a la perfección —repitió como un loro, maldiciendo el día en que le dijo a su amigo esa estúpida frase. Pero tenía razón, y siempre que lo oía salir de la boca de Hiroto, ese refrán le calmaba los nervios—. Vale. Tengo una semana para repasar, ¿me ayudarás? Por favor.

—Claro. —Casi podía ver a Hiroto, en su casa, poniendo los ojos en blanco— Al fin y al cabo el curso no sería lo mismo sin una matrícula de honor más en tu expediente.

Cuando colgó el teléfono tenía la oreja derecha roja. Había pasado más de media hora sin darse ni cuenta y la hora de cenar se le había echado encima sin haber preparado todavía nada; era una suerte que vivera solo y no tuviera que preocuparse tanto de los horarios, aunque le gustaba cumplir a rajatabla su rutina alimenticia. Cerró el libro de Márketing y se levantó del escritorio, rascándose distraídamente una nalga mientras discurría qué podía cenar esa noche: tenía hambre pero a la vez le apetecía algo ligero, y tal vez una ensalada era la mejor opción para no acostarse con el estómago pesado. Además, se hacía en un minuto.

Tenía ganas de esmerarse en la medida de lo posible y decidió inventarse un poco los ingredientes, hacer un pequeño popurrí en un alarde de creatividad. Cogió una zanahoria en un arrebato de inspiración, un tomate y un poco de todo lo que tenía en la nevera y lo puso sobre la tabla de madera. Oh, sí, él también era capaz de preparar comida deliciosa si se lo proponía, pensó con una sonrisa, acordándose de Nagumo. Si existía una ensalada con el nombre de un emperador romano, ¿qué impedía que en el futuro él inventara la suya propia con ingredientes totalmente innovadores?

No. Tal vez echar encima de la ensalada un flan... era un poco una guarrada.

—Hum, a ti mejor te dejo para el postre —le dijo, apartándolo de la zona de trabajo.

Nagumo se habría horrorizado si se le hubiera ocurrido echar el flan de pleno sobre la lechuga, y eso que el camarero era bastante atrevido con los platos: estos en sí no eran nada del otro mundo, pero los especiaba de una manera que a Midorikawa se le hacía la boca agua cada vez que le daba un mordisquito a lo que fuera. Tenía que admitirlo: le gustaba la comida un poco picante (¿qué tal una ensalada picante? No, tal vez no) y aquel curry tan delicioso le picaba suavemente en la lengua provocándole un increíble cosquilleo y bajaba por su garganta caliente como una travesura bien hecha.

Nagumo... sus manos seguramente olían de maravilla. ¿Qué secreto guardaban? Cocinaban cosas increíbles a partir de cosas para nada increíbles, y si se permitía imaginarlo, las veía moviéndose rápidamente de aquí para allá, añadiendo un poco de esto en este plato, cortando aquello para ese otro plato, removiendo y cocinando. Si él fuera el dueño, o el camarero, podría entrar en la cocina y verle trabajar en directo, íntimamente, todo un privilegio.

"Te estás obsesionando", se dijo. Lo repetía en su cabeza tan a menudo como se lo permitían los breves momentos en los que no estaba estudiando; era consciente de que no debería ir al Dragón Venus tan a menudo, no tenía una economía infinita. Y sin embargo no podía evitar ir, o acordarse del sitio cada dos por tres. Algo le hacía volver una y otra vez; el personal era agradable y siempre le dejaba campar a sus anchas con los trabajos de Economía, la comida era todavía mejor. Y luego estaban esos momentos, esos brevísimos momentos en los que Nagumo entraba a trabajar, Midorikawa levantaba la cabeza y sus miradas se encontraban como si no pudieran evitarlo.

Esos dos o tres segundos a la semana, esos...

—¡AY!

Apartó la mano del cuchillo en un acto reflejo y se inspeccionó el índice. Una línea vertical se tiñó de rojo oscuro en la yema del dedo y, mojada por el jugo del tomate, comenzó a escocer. Midorikawa se llevó el dedo cortado a la boca y chupó la herida, sintiéndose estúpido por no estar a lo que tenía que estar. Seguro que a él no le pasaba, pensó tristemente, Nagumo nunca se cortaba.

Sus manos, cocinando...

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Aphrodi entró, apartándose la cortina con la elegancia que se reservaba casi siempre para su melena, y dejó no sin cierta impaciencia unos platos sucios en el fregadero.

—Necesito cuanto antes el plato de la mesa cuatro. ¿Cuánto le falta?

Nagumo comprobó el pescado del horno.

—Todavía un rato —informó. Tenía en la mano una bolsa con un polvo fino que sujetaba con firmeza: era su curry casero, su orgullo, el niño de sus ojos, y ese día lo había traído con la intención de ofrecerle a Midorikawa un plato para morirse del gusto. Por supuesto, el único propósito tras aquel gesto era el de eliminar toda competencia posible y conseguir que hablase de su cocina a todos sus amigos, ganar más clientela. Por supuesto.

—De acuerdo.

Aphrodi volvió sobre sus pasos y él creyó que se marchaba de nuevo, pero lo único que hizo fue asomar la cabeza hacia fuera y soltar el lazo que sostenía a medias la cortina para cerrar el espacio del todo. Eso sólo lo hacía cada vez que tenía un secreto importante que contar, así que Nagumo se quedó descolocado con la bolsa de curry a medio abrir.

—¿Qué pasa, Aphrodi? —preguntó, extrañado.

Su jefe tardó un poco en responder, como si estuviera masticando las palabras antes de soltarlas para no atragantrase con ellas. Cuando lo hizo, estas fueron lentas y cautelosas.

—Dime una cosa, a ti te... ¿te molestaría que Suzuno y yo estuviéramos saliendo?

Irracionalmente, el cuerpo de Nagumo actuó como si se hubiera abierto una trampilla bajo sus pies y el corazón le subió a la garganta deteniendo, a la vez, toda actividad cardíaca. Un sabor amargo le subió hasta la lengua y se instaló allí porque no fue ni siquiera capaz de tragar saliva ante semejante pregunta; horrorizado, se dio cuenta de que estaba mirando a Aphrodi como si le hubiera revelado que venía de otro planeta y giró la cabeza (tenía el cuello rígido, de pronto) hacia otro lado.

—¿Saliendo? ¿Qué dices? ¿Por qué me iba a importar? —Parecía que había vomitado las palabras, se aclaró la garganta y empezó a sentir calor, mucho calor en las mejillas y en las axilas. Le dirigió a la bolsa del curry una sonrisa tensa y nerviosa.

—No sé... Burn, te conozco desde hace años y sé cómo reaccionas a estas cosas. —El hecho de que utilizara su sobrenombre de la infancia hizo a Nagumo sentir tan incómodo como probablemente se estaba sintiendo Aphrodi.

Aunque no era un chico avispado, de algún modo algo hizo clic en su cabeza y varias piezas sueltas empezaron a encajar. La distancia que había puesto Suzuno entre él y Nagumo, hacía ya bastante tiempo, de pronto adquirió un nuevo sentido (no podía ser). Esa estúpida insistencia por parte de ambos en saber si Midorikawa le gustaba de verdad cuando antes su vida sentimental les había interesado poco o nada (no podía ser). En un arrebato de inspiración, se dio cuenta de que esto no era para nada algo nuevo, sino que antes, aún cuando ni siquiera habían alcanzado la mayoría de edad, ellos dos parecían tener entre sí una especie de conexión de la que él había sido excluido; era algo que había achacado a que sus personalidades se parecían más entre sí. Se preguntó si Suzuno había olvidado tan fácilmente el mote de Aphrodi porque había madurado o porque se lo había pedido Aphrodi. ¿Y el negocio? ¿Realmente le interesaba? ¿Lo había hecho por él? ¿Acaso Aphrodi lo había sugerido para estar cerca de sus amigos o sus intenciones habían sido otras?

—¿Qué quieres decir, cómo reacciono a qué cosas? —Se forzó a tragar saliva y apartar de su boca esa bilis asquerosa, pero seguía ahí, probablemente fruto de su imaginación—. Claro que me conoces desde hace años, ¿y qué? No veo por qué me tiene que importar.

¿Insistían con Midorikawa porque querían... apartarle del grupo?

—Burn... —Aphrodi hizo un amago de acercarse a él, pero se mordió el labio y se quedó en su sitio.

"Pero ahora no", había dicho Suzuno.

Otro clic.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos en realidad? —preguntó Nagumo bruscamente, sonriendo un poco más porque tenía que hacerlo. Si esta pregunta estaba únicamente basada en suposiciones, se confirmaron al ver el gesto de culpabilidad en la bonita cara de su amigo—. No, vaya pregunta estúpida, tampoco es algo que importe. Haced lo que queráis, Afuro, de verdad. Que son muchos años aguantándoos ya.

Por supuesto que a él no le tenía que importar que sus dos mejores amigos estuvieran juntos. Ya había superado, y además hacía mucho tiempo, lo suyo con Suzuno.

(De todas maneras, aunque a él le pudiera importar, sería de idiotas dejar que eso afectara a su amistad)

Aphrodi no sabía qué decir. Se metió las manos en los bolsillos del uniforme, tal vez esperando que un rayo lo partiera en dos o el cielo le trajera la inspiración, lo que antes llegara. Nagumo, intentando ahuyentar de su cabeza una repentina y poco inocente imagen que le daba escalofríos, cogió las especias para preparar la salsa de curry.

—No sé, tío, si lo que quieres es mi bendición por supuesto la tienes. Somos colegas, que mis dos mejores amigos estén saliendo es lo mejor que puedo pedir.

Lo cierto era que ese día se le quemó un poco el arroz, y por dentro él se sentía frío, poco hecho.

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Ya era la hora más oscura de la noche y en vez de dormir Nagumo intentaba sin gran éxito buscar algo que le interesara en la televisión. Estaba tumbado en el suelo, calentándose los pies bajo el kotatsu con el mando en el vientre. En la mesa todavía quedaba medio kebab que no se había terminado porque no tenía hambre y en su garganta se había hecho un nudo que no le dejaba tragar con normalidad. Incapaz de concentrarse, miraba la televisión sin verla, luego cambiaba de canal y repetía el paso anterior una y otra vez.

El curry le había salido malo; el arroz, quemado.

Se sentía un completo desastre y tenía la cabeza hecha un bombo por culpa de la pelota de pensamientos negativos que, agobiante, crecía sin parar.

Una y otra vez, revoloteando en torno a dos hechos.

Uno, que si Midorikawa llegaba a odiar su comida por culpa del desastre del día, no se lo perdonaría jamás.

Dos, que no debería importarle que Afuro y Suzuno fueran pareja.

Pero le daba vueltas constantemente; se estaba castigando a sí mismo con todos los recuerdos del pasado, con la época en la que Suzuno y él más se peleaban y él trataba de decidirse entre pegarle puñetazos o plantarle besos (o las dos cosas), con ese sí sin palabras que él le había dicho hacía unos días, y sobre todo con el pensamiento paranoico de que tal vez ahora querrían alejarse más de Nagumo para tener citas y hacer esas cosas de pareja. Ellos siempre habían sido tres y tenía miedo de que se convirtieran en dos más uno, que lo apartaran para tener intimidad. Sin ellos, estaba solo. No tenía a nadie más importante en su vida que Afuro y Suzuno, y lo único que le quedaba aparte de sus amigos eran los fogones y las especias: la canela, el pimentón.

Midorikawa...

Acordarse de su coleta verde y su mirada curiosa suponía una puñalada especialmente dolorosa esa noche. Por culpa de la catástrofe de su cocina seguramente dejaría de venir al Dragón Venus y Nagumo sabía que debería importarle lo justo porque era un buen cliente, pero tenía que admitir que pensaba en él demasiado a menudo y no sólo cuando veía en la barra de la cocina, sobre su cabeza, el papel con el pedido de la mesa dos. Era casi una broma en su vida a esas alturas alternar los recuerdos del pasado con los del chico del curry. Fuusuke y Midorikawa, y la respiración pesada y el estómago revuelto, el nudo en la garganta y el miedo vibrando bajo su piel. Atormentado, Nagumo miró hacia la televisión sin ver, pensó en Midorikawa, y supo que lo que estaba pensando no iba a pasar.

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La mesa era la número dos pero la silla, ahora, era la que miraba directamente a la puerta. Era la hora de entrar y, como si tuviera una alarma desbocada programada entre los pulmones, levantó el bolígrafo de los apuntes y lo apoyó en los labios. La mirada bailó nerviosa de un lado para otro cuando escuchó que se abría la puerta de la calle porque no deseaba ponerse en evidencia de un modo tan lamentable. Pero, como siempre, se fue directa a Nagumo en cuanto pasó por su lado.

Se miraron de reojo y "Háblame, háblame", suplicó Midorikawa en silencio. Pero el cocinero no le habló, y él tampoco lo hizo porque (hecho demostrable) era tonto de remate.

Habían pasado siete meses de silencio.

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El chico no venía los miércoles, eso lo sabía bien, pero su presencia estaba a su lado, en la cocina mientras preparaba los platos del día. Nagumo tenía miedo de sonreír sin querer y que se le escaparan de la boca una o dos de las mariposas que revoloteaban en su estómago sin cansarse desde que se había levantado. Durante esos tres meses había aguantado mucho mejor de lo que se esperaba la relación ya formalizada de Suzuno y Afuro: tal vez por su propio bien ellos habían intentado no actuar de un modo distinto a como habían sido hasta ahora; quizás, por otra parte, era que no necesitaban serlo. Seguían siendo tres y eso le bastaba y le aliviaba el alma, y aunque estaba solo románticamente hablando, se consolaba pensando en los ojos almendrados de Midorikawa, brillantes cuando tenía delante un plato de los que Nagumo cocinaba. Pensaba en el cuello alto de su jersey de los días más fríos, en la tapa completamente mordisqueada del bolígrafo con el que hacía cuentas, en su pelo mojado los días que llovía y no se acordaba de coger un paraguas y ese breve instante cada vez que entraba a la cocina y Midorikawa levantaba la cabeza, ese instante por culpa del cual normalmente se le pasaba el tiempo de las pizzas en el horno y tenía que correr para no quemarlas.

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Habían pasado siete meses y medio y Midorikawa tenía los ojos entrecerrados pero era incapaz de dormir. Siendo justos se había pasado la tarde entera incapaz de hacer nada de provecho, ni siquiera había podido estudiar y para cenar se había preparado fideos instantáneos (una gran vergüenza) porque no se había atrevido a usar la cocina para nada, de tan distraído que estaba.

Todo porque ese día, martes, el camarero Suzuno no había ido a trabajar.

Le venía la escena a la mente una y otra vez, como un disco rayado: la voz de Nagumo, detrás de la cortina medio pasada, llamando a Afuro, su jefe. Pero Afuro estaba muy ocupado atendiendo una mesa de adolescentes bastante ruidosos y no le había oído, y al cabo de menos de un minuto Nagumo salió de la cocina y

y

y vino a su mesa, con su pedido en la mano y la cara del color de haber comido algo especialmente picante, y esa... esa diadema blanca recogiéndole el pelo (nunca se la había visto). También tenía un delantal negro salpicado por manchas coloridas de salsa en una esquina, y también manchado estaba el cuello de su camisa blanca. Desbordado, cuando Nagumo dejó la comida en la mesa Midorikawa se sintió incapaz de articular, ni siquiera por lo bajini, un "gracias" como el que regalaba tan alegremente a Suzuno o a Afuro cada vez que se daba el caso. Y tampoco una palabra salió de la boca del azorado cocinero, que se retiró muy rápidamente a su trabajo dejándole junto con el plato de curry la agridulce sensación de haber podido por una vez dirigirse a él y no haberse atrevido a hacerlo.

Podía haber cogido la mano que se retiraba al poner el plato en la mesa, limpia de esa misteriosa salsa y no mucho más grande que la suya, tal vez (¿imaginaciones suyas?) temblorosa y hábil. Podía haberse negado a apartar sus ojos de los ojos duros y desafiantes de Nagumo, tan defensivos que le hicieron pensar inmediatamente que, en el fondo, servían de máscara para alguien menos duro y desafiante. Podía haber mordido por fuera la misma mejilla que Nagumo se estaba mordiendo de forma visible por dentro. Podía haber hecho caso a su cuerpo, que se moría por saltar de la silla y sujetar a Nagumo, y decirle lo mucho que le gustaba su comida y lo mucho que (le gustaba) le admiraba a él.

Todos esos podía se quedaron flotando en el aire, a su lado durante todo el día, y le habían acompañado a la cama para castigarlo sin dormir, regalándole escenas imaginarias en las que preparaban juntos la comida en la cocina de Midorikawa, las manos de los dos blancas de la harina, el olor de las especias impregnado en el aire como un perfumo y los brazos tan cerca, tan cerca que su piel casi se estaba besando.

Los dedos insomnes de Midorikawa vibraban culpables en su bajo vientre, y se hundían, se hundían...


¡Muchas gracias por leer!