Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


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21

A hurtadillas


Elsa tomó la tetera caliente de la estufa y vertió el agua en una taza, llenando la cocina con el aroma agradable de la infusión a la que tanto se había acostumbrado su madre. Aunque había pasado ya un buen tiempo desde el accidente, a la castaña mujer todavía la aquejaban unos leves dolores corporales de vez en cuando y su médico había recomendado seguir preparándole ese té especial para que pudiera relajarse.

Cualquiera sabía que ella haría todo lo que fuera necesario para que su progenitora se recuperara de una vez por todas; incluso si se ponía a hacer pucheros como niña pequeña y le decía que estaba aburrida de tomar esa bebida.

—Cielo, ya te dije que no tienes porque molestarte.

—Sí tengo, si yo no te preparo tu té nadie más lo hará, así que sin excusas—Elsa sopló encima de la taza y la colocó en la encimera, donde Idun estaba concentrada en preparar un par de sándwiches.

Ella suspiró y sonrió ligeramente. No había nada que pudiera hacer para persuadir a su enfermera personal.

—Eres muy buena, mi vida—le dijo acariciándole el pelo momentáneamente, antes de volver de nuevo a su labor—, ¿cómo va la escuela? El regreso a clases nunca es fácil.

—Eso díselo a Anna, yo me siento bien de estar de vuelta nuevamente.

—Bueno, es el último año. Les dejarán relajarse un poco antes de comenzar con las solicitudes a la universidad. Por cierto, no hemos hablado aún de lo que harás cuando salgas.

—Estoy checando mis opciones—Elsa se recargó de espaldas contra la isla de granito—, aún tengo un poco de tiempo antes de pensar en aplicar para alguna.

—Sabes que en realidad no hay prisa; incluso si quieres tomarte un año sabático después de graduarte, Adgar y yo accederíamos con mucho gusto. Tal vez podamos pagarte un viaje—los ojos azules de la castaña brillaron con ilusión—, sería una gran experiencia para ti. O podrías volver un tiempo al patinaje, siempre te ha gustado.

—Estoy bien, mamá—Elsa le sonrió—, no creo que nada de eso sea necesario realmente.

—Tú siempre tan centrada—Idun terminó de preparar el último emparedado de jamón de pavo con queso y se volvió hacia ella para tocarle la punta de la nariz—, por suerte es algo que heredaste a pesar de mí.

—Tómate tu té, se te va a enfriar.

—Enseguida—la mujer colocó el plato de sándwiches en una bandeja junto a un vaso de jugo—, la verdad es que estoy harta de tomar esa cosa, pero si tú insistes no tengo más remedio… en fin, ¿podrías llevarle esto a Hans, cielo?

La rubia se puso ligeramente alerta ante la mención de su hermanastro. Su madre siguió hablando.

—El pobre, ha estado estudiando toda la tarde para su primer examen y tiene que comer algo. Es tan responsable… ¿me harías el favor de subirle lo que le preparé?

–Sí… claro.

—Que buena eres, hijita.

Elsa tomó la bandeja con cuidado y subió hasta la habitación de su hermanastro, aparentando una tranquilidad que no sentía en lo absoluto. Tocó a la puerta y una voz amortiguada le respondió desde el interior.

—¿Quién es?

—Soy yo—respondió, mordiéndose el labio inferior—, mamá me pidió que te subiera algo de merendar.

Hubo una pequeña pausa del otro lado.

—Pasa.

La rubia aferró la manija y abrió la puerta, accediendo al interior. Lo primero que hizo fue dejar la merienda encima de la mesita de noche, para luego mirar a su alrededor… no se veía al pelirrojo por ningún sitio. La puerta cerrándose detrás de ella respondió la pregunta que estaba a punto de formularse.

Tomada por sorpresa, se volteó justo a tiempo para ver como Hans avanzaba hasta ella con una mirada hambrienta, para encerrarla en sus brazos y presionar sus labios contra los suyos, provocando que el calor subiera a sus mejillas.

Una parte de ella sentía que nunca se acostumbraría a ese cosquilleo que la invadía cada vez que la besaba.

Suspirando, lo sintió mover violentamente su boca y entonces se hizo a la tarea de corresponderle, dejando que llevara el control del beso, marcándole el ritmo a seguir con sus labios. Elsa no era ninguna experta pero se adaptaba bastante bien.

El cobrizo se sentía estremecer cada vez que esos belfos rosados se movían bajo los suyos de un modo delicioso.

—Mmm… Hans… —la blonda se puso de puntillas y le rodeó el cuello con los brazos, manteniendo los ojos cerrados y sintiendo el roce de los labios de su acompañante contra su rostro—, nos van a escuchar…

—Tonterías—musitó él, besando la comisura de la boca femenina y bajando por su cuello al tiempo que la apretaba contra si—, hueles tan bien…

Los labios del cobrizo se posaron sobre su delicada garganta, sintiendo su delicado pulso y mordiendo la piel suavemente, creando una ligera succión y provocando la aparición de una pequeña marca violácea.

—¡Oye!—la muchacha lo empujó para que dejara de mordisquearla e hizo un puchero—Ya te dije que eso no…

—Vamos Elsa, no pasa nada—dijo el joven con la voz ronca de ganas, haciendo ademán de volver a acercarse a su pómulo para seguirla besando.

—Sí pasa… me vas a marcar—era difícil concentrarse cuando su hermanastro se ponía tan insistente, haciendo que no le fuera fácil pensar en nada más que no fuera su irresistible manera de besar.

Ese hombre iba a terminar matándola un día.

Hans sonrió contra la pálida mejilla de la platinada, volviendo a su anterior tarea de cubrir su boca con la suya. Si tiempo atrás, alguien le hubiera dicho que terminarían en esa situación, probablemente se habría echado a reír o habría golpeado a esa persona en la cara.

Pero allí estaban, dándose cariño el uno al otro en secreto y lejos de las miradas ajenas.

Después de la insólita charla que habían tenido aquel día, en esa parada de carretera hacia Oslo, no les había quedado de otra que aceptar la mutua atracción que sentían entre ellos. Estaba claro que nunca se soportarían. Ella era demasiado estirada e infantil y él, un idiota retorcido al que le encantaba complicarle la vida.

Sin embargo se gustaban el uno al otro y esa atracción física era demasiada como para actuar, en vano, como si nada sucediera.

Así que habían llegado a una especie de acuerdo, en el que podían disfrutarse sin ningún compromiso. Sin dramas y sin problemas. Al principio, Elsa no se había sentido segura de aceptar, pero habían bastado unos cuantos besos y la caricia de su mano sobre sus rodillas desnudas para convencerla de que sería divertido.

Después de todo, era mejor que pelear como perros y gatos. ¿Qué podía salir mal?

Así habían transcurrido un par de semanas, en las que el pelirrojo nunca lograba saciar del todo esa perversa necesidad que había desarrollado por los labios de la blonda. Las discusiones continuaban claro estaba, (al fin y al cabo, ellos nunca podrían estar del todo en paz), pero al menos ya contaban con otra manera de desahogarse que no fuera solo gritarse el uno al otro.

Y vaya que era mucho más agradable.

Elsa volvió a soltar un suspiro cuando se vio apretada entre el colchón de la cama y el cuerpo fornido del colorado. Ni siquiera se había dado cuenta del instante en que la había recostado allí. Sus manos la sostenían como si fuera una frágil muñeca de porcelana y por Dios que eso le encantaba.

Hans era tan fuerte y la besaba de un modo tan dulce.

El pelirrojo acarició su labio inferior con la punta de la lengua, exigiéndole acceso y ella separó sus belfos un poco más para dejarlo entrar, sintiendo al instante como algo cálido y húmedo recorría gentilmente su paladar y se frotaba de manera suave contra su propia lengua, que devolvió la caricia con timidez. La sangre se le agolpó en las mejillas.

—Aprendes rápido, copo de nieve—murmuró Hans, despegándose brevemente y hablando encima de su boca—, eres toda una caja de sorpresas, ¿eh?

—Tengo un buen maestro—respondió ella con coquetería.

—Vaya que lo tienes—el colorado le mordisqueó el lóbulo de la oreja al tiempo que se apretaba más contra ella—, eres tan suave…

Las manos de Elsa subieron hasta su cabello, tomándolo entre sus dedos y revolviéndolo, lo que le ocasionó una descarga de placer que lo recorrió de las plantas de los pies hasta la cabeza. Esa chiquilla sabía muy bien como volverlo loco.

Ambos volvieron a unir sus labios de manera desesperada, casi compitiendo por ver quien podía darle más gusto al otro. Había sido un largo día sin estar juntos, con Idun en la casa y la carga respectiva de tarea que tenía cada uno. Era lo malo de tener que verse a escondidas para darse ese tipo de afecto.

—Dios, necesitaba tanto esto—musitó Hans tomando su fino rostro entre sus manos y besándola repetidamente en la boca, mientras sus pulgares se encargaban de acariciarle las mejillas—, como me encantas…

La rubia rió dulcemente y el sonido fue como música para sus oídos. Que bien se sentía provocar esa reacción en ella y no solamente una lágrima o un ceño fruncido.

—Eso se nota—dijo ella sonriendo de lado—, si no vas más despacio no me vas a dejar respirar…

El joven gruñó en respuesta, como un animal que no comía en días. Así era como se sentía cada vez que no estaba cerca de la platinada.

Se había acostumbrado con demasiada rapidez a besarla como y cuando quería.

Los hermanastros volvieron a besarse de manera apasionada, acariciando sus lenguas y profundizando el beso. A Elsa, los contactos de ese estilo siempre le habían parecido asquerosos cuando los miraba en la televisión, pero ahora que era él quien se los daba podía comprender porque a tanta gente le gustaban.

Se sentía tan segura y al mismo tan vulnerable entre los brazos de Hans.

El timbre estruendoso de una canción de pop los sobresaltó de manera repentina. Elsa buscó con su mano el móvil que traía guardado en el bolsillo de sus jeans, reconociendo que era su amiga quien la llamada por el sonido que le había asignado. Con algo de nervios y ante la mirada esmeralda que la miraba con algo de fastidio, se apresuró a contestar.

—¿Diga?—Hans pudo reconocer la chillona voz de Anna al otro lado de la línea y puso los ojos en blanco. ¿No podía la enana elegir otro momento para molestar?—Anna, no, todavía no he empezado a contestar esa página… ¿cómo qué no entiendes? Te dije que prestaras atención en clase… —Hans le hizo una seña para que colgara y ella negó con la cabeza, aferrando su teléfono—, ¿tiene que ser ahora? No sé… vale, vale, ¿me puedes esperar un poco?—el cobrizo trató de volverla a besar y Elsa volteó la cabeza, evadiéndolo y haciéndolo gruñir—Que sí, que ya voy… ¿eso? No fue nada, es solo mi gato—Hans la fulminó con los ojos y trató de arrebatarle el aparato, obteniendo a cambio un manotazo—, ¡sí! Se está portando muy mal. Fuera Marsh, fuera gato grosero, shu, shu—le espetó al muchacho, que solo la vio con indignación—. Je je je je, sí, le voy a dar unas buenas nalgadas a ese animalito—el aludido arqueó una ceja—, vale, ya voy, no te pongas intensa.

Colgó. Sus pupilas de zafiro se fijaron en él, quien todavía la tenía presa contra el colchón.

—Debo conectarme a Skype para ayudar a Anna con su tarea.

—Que se joda Anna—el bermejo volvió a inclinarse sobre ella para continuar con su sesión de cariño—, vamos a lo nuestro.

—Vamos Hans, muévete.

—No—dijo él demandante—. No nos hemos visto en todo el día, es hora de que me dediques un poco de tiempo a mí, así que quédate quieta…

La albina revoloteó los ojos. En instantes como ese, su hermanastro parecía un niño malcriado insistiendo en quedarse con su juguete favorito. Hasta fruncía el entrecejo de manera infantil y todo.

—Eh, no te pongas caprichoso—lo atajó levantando una de sus palmas y colocándola sobre sus labios cuando estaba a punto de besarla—, ya sabes que tengo que terminar mi tarea de todos modos. Esto puede esperar.

—¿Es en serio? ¡Qué se espere esa enana!—protestó el pelirrojo, pero igual tuvo que quitarse de encima de Elsa en cuanto ella lo empujó.

La vio ponerse de pie y acomodarse su camiseta que se le había subido un poco, además de la trenza aperlada que se cuidó de colocar en su hombro de tal manera que ocultara la marca que le había hecho antes en el cuello. Sonrió presuntuosamente ante tal detalle. El hecho de marcarla le causaba una especie de malsana satisfacción que no se podía explicar.

Ella pareció notar su reacción, pues se cruzó de brazos y lo miró con sus preciosos labios fruncidos.

—Te dije que me ibas a dejar marca, ahora espero que nadie lo note.

—A ver copito, ni que fuera para tanto—Hans se le volvió a acercar como si fuera un depredador—, además, te recuerdo que yo soy quien está molesto aquí. Mira que dejarme por esa enana ignorante…

—Anna no es ninguna enana ignorante—repuso la rubia, volviendo a empujarlo cuando extendió sus brazos para tomarla—, además… se supone que tú también estás estudiando—le echó un vistazo a los libros desperdigados sobre el escritorio—, así que no te interrumpo más.

—Tú nunca interrumpes, mi pequeña sabandija.

—Pervertido—Elsa lo observó ceñuda por un par de segundos, pero luego esbozo una sonrisa traviesa—, si quieres, después de la cena puedes ir a darme las buenas noches—le sugirió con picardía, antes de cerrar rápidamente la distancia entre ambos y pararse en las puntas de sus pies, tomándole el rostro entre las manos y depositando un ávido beso en sus labios.

Vaya que había aprendido bien.

—Hasta al rato—se despidió la jovencita agitando su cabello platinado y dándose la vuelta.

Antes de salir, lo miró por encima del hombro como una niña pequeña que había cometido una travesura y después cerró la puerta. Hans dibujó una sonrisa boba en su rostro y se recostó en la cama con el semblante de un chiquillo enamorado.

Por supuesto que iría a darle las buenas noches.


Elsa removió cuidadosamente el contenido de la olla frente a ella, antes de levantar el cucharón y probar, con algo de miedo, la sopa que hacía rato estaba intentando preparar. Esa noche les tocaba hacer la cena y como siempre, el pelirrojo había tenido que supervisarla para asegurarse de que nadie terminara con dolor de estómago después de comer.

Su rostro mutó de preocupado a sorprendido y luego a emocionado tras haber probado el sabor del caldo.

—¡Oh, está muy buena!—exclamó con alegría y luego se volvió a su hermanastro, quien se ocupaba de picar unas verduras detrás de ella, en la isla—Tenías razón, ahora sabe mucho mejor.

Era la primera vez que la sopa le salía bien.

—Genial, ahora no corremos peligro de que intoxiques a nadie, sabandija.

—¡Argh, idiota!—la blonda le dio una colleja y Hans comenzó a reír burlonamente, en tanto ella inflaba las mejillas y hacía pucheros—¡Yo puedo cocinar perfectamente!

—Si estoy yo cerca sí. Esas manos tuyas son un jodido peligro para la humanidad si de comida se trata—los ojos azules lo fulminaron—. ¿Qué? Es la verdad. Yo fui quien te dijo como preparar eso, aparte. No lo olvides.

—¿Y qué quieres? ¿Una medalla?—la muchacha cruzo los brazos enfurruñada.

—Se me ocurre algo mejor—antes de que pudiera hacer o decir nada, Hans la tomó por la cintura y la alzó para sentarla en el borde del mesón, ya habiendo hecho él a un lado la tabla de picar y sus ingredientes para concentrarse en la nueva tarea de sostener a su hermanastra y acercarla hasta él.

—¡Hans!—Elsa abrió los ojos con sorpresa y luego rió, aceptando el beso de los labios del colorado y rodeándole el cuello con los brazos.

Definitivamente le gustaba mucho más esa nueva faceta del joven, tan alejada del muchacho odioso que solo buscaba excusas para hacerla enfadar. Aunque no era como si no las siguiera teniendo.

Hans la beso profundamente, usando su lengua para acariciar la suya. La humedad del beso la hizo soltar un gemido, que quedó ahogado en la garganta masculina.

Las grandes manos del joven fueron desde su cintura hasta sus caderas, acariciando lentamente aquella parte de su cuerpo sobre la ropa. Elsa experimentó un cosquilleo recorrer su espina dorsal, muy distinto al que sentía en el estómago cada vez que estaba con él últimamente.

Hans sí que sabía como despertar su lado adolescente.

—La cena… tenemos que terminar… —se las arregló para decir entre besos, cuando él abandonó sus labios en busca de un poco de oxígeno.

—Hay tiempo—murmuró Hans atacando nuevamente su boca.

Como le encantaba besarla, sentirla, aspirar el aroma de su piel y su cabello. Le parecía increíble como podía haber vivido tantos meses en la misma casa sin probar ni uno solo de sus besos. Ahora que estaba consciente de como sabían, lo único que quería era quedarse con todo, recibir mucho más…

—¡Estoy en casa!—la exclamación de Eugene desde la puerta principal hizo que se sobresaltaran bruscamente.

Hans se vio empujado por ella como si de repente su contacto le quemara y la rubia por poco se cae de donde estaba, de no ser por sus reflejos. Inmediatamente volvieron a tomar sus respectivas tareas, de manera acelerada y nerviosa, tratando de reponer sus semblantes.

El colorado maldijo para sus adentros al castaño; tan bien que se la estaban pasando, ¿no se suponía que iba a llegar hasta la hora de la cena al igual que sus padres?

—Pero que buen día pasamos hoy, ¿no lo crees, preciosa?

—Je je je je je, ¡sí! Me encanta que estés estudiando en el mismo lugar que yo, Flynn.

Y venía acompañado además. ¿Es que se podía ser más inoportuno?

Lo vio aparecer con una sonrisa de oreja a oreja con Rapunzel tomada de su mano. La castaña traía a su pequeño camaleón en la otra, bien sujeto con la correíta que acostumbraba a ponerle.

Lo más probable era que vinieran de la Facultad de Artes a donde la muchacha había entrado a estudiar y en donde él estaba tomando un curso de Artes Visuales. Desde entonces habían estado pasando mucho tiempo juntos y por Dios que era patético, ¿es qué no se daban cuenta de lo ridículos que se veían?

—Mira nada más a mis animalitos, ¿no son adorables cuándo no están intentando matarse el uno al otro? Casi hasta parecen gente civilizada.

—Vuelve a llamarnos así y te haré meter este cuchillo por el culo, idiota.

—Aww, se ven tan lindos cocinando juntos, ¿hacen esto todos los días?

—Viejo, ¿estás dejando que Elsa cocine? ¿Es qué quieres matarnos a todos?

La mencionada le dirigió una mirada glacial al moreno por encima del hombro.

—Pues a ti no estaría mal que te diera una indigestión, a ver si así te dejas de joder tanto con esa cámara de mierda.

—Ay Hansy, tú y tus tonterías. Será mejor que te luzcas con la comida de hoy por cierto, porque Punzie y su rana se quedan a cenar.

—¡Es un camaleón, ya te dije!

—Sí, sí, lo que sea.

—¡Hoy nos divertimos tanto en la universidad! Realmente es una suerte que estés conmigo Flynn, porque estas primeras semanas me están matando—parloteo la castaña jugueteando con la correa de Pascal—y extraño mucho a Kristoff. Desde que entró a su aburrida carrera de ecología y esas cosas, no tiene mucho tiempo para salir.

Hans miró con disgusto como colocaba a su mascota sobre el mesón, la cual ni corta ni perezosa, se acercó a olisquear los vegetales que había estado cortando. El pelirrojo ahuyentó al animal con un movimiento de la mano.

—No te preocupes por ricitos de oro, florcita. Ya sabes que aquí me tienes.

—Sí, pero no es lo mismo estar sin tu mejor amigo. ¡Y más con toda la tarea que nos han estado encargando! En serio Elsa, no sabes la que te espera después de graduarte, ¡disfruta cuanto puedas, amiga!—canturreó Rapunzel en dirección a la blonda, que se ocupaba de añadir sal a la olla.

—¡Oye, sabandija! No le eches tanta sal a eso, ¡lo arruinarás!

—¡Cállate, idiota! Yo sé muy bien lo que hago.

—Dime una vez más así y te haré tragar eso, pequeña tonta.

—¡Awww, me encantan! Son tan lindos cuando pelean—Rapunzel formó dos puños en sus manos y los agitó emocionada, mirándolos como si de repente estuviera en frente de dos cachorritos—, es tan bonito verlos interactuar en su propia casa. Nunca los había visto así.

—Y eso que no vives aquí como yo, porque esto es tan solo la punta del iceberg. Cuando dejas a este par sin supervisión ocurren todo tipo de peleas. Una vez, Elsa casi le rompe las bolas a este idiota con una pelota de tenis.

—¡Ja ja ja! ¡Genial!—Hans tuvo ganas de arrojarle la patata que estaba cortando a esa insolente hippie—Deber ser muy entretenido vivir aquí, con las peleas, las risas y todo eso. En serio que no me entretenía tanto desde que Aurora me confesó que era bisexual, ¡esa picarona! Y por cierto, hablando de ella, ¿a qué no adivinan el número de quien me pidió?—Pascal se puso a mordisquear una lechuga y el bermejo lo barrió con la mano—¡El tuyo, Elsa! Creo que mi amiga está enamorada de ti, je je je.

Hans miró a la trigueña como si de repente le hubiera crecido una segunda cabeza, incrédulo ante la estupidez que acababa de decir. Detrás de él, la albina puso cara de shock y casi tira la olla con la sopa cuando se volteó para ver a Rapunzel con algo de temor.

—Pero tranquila, obvio le inventé que no me lo sabía, ya sé que no se lo puedo dar porque tú no le haces a eso… ¿o sí?

—¡Claro que no!—Hans fue el que respondió con una exclamación hostil.

—Ah bueno, yo solo decía, uno nunca sabe. Igual y un día le daba por experimentar, ¿no? ¡Hay de todo en esta vida!

Hans tuvo que contenerse para no gritarle a la muchacha que dejara de decir idioteces. Por supuesto que Elsa no iba a experimentar ni a estar con nadie más, ni nada de nada. A ella solo le gustaba él y punto. Ni que fuera a dejar todo lo que recién tenían por una zorra o por cualquier perdedor que se le atravesara en el camino. Eso sí que no lo iba a permitir.

—Mira preciosa, tu rana se metió a la ensaladera.

—¡Ay, qué lindo! Se nota que Pascal ya tiene hambre, ja ja.

—¡Alguien saque a esa lagartija de aquí!

—¡Viejo, cálmate un poco! Vas a asustar al animal.

—¡Me vale! ¡Elsa, trae a esa torpe bola de pelos tuya!

—¡No, su gato no!—chilló la castaña.

—¡Sí, su gato sí!

Elsa suspiró mientras escuchaba las quejas y comentarios de los tres. No cabía duda que estaba rodeada de locos.


Bajo los fuertes rayos del sol, Elsa camino de regreso a casa a paso ligero y con la cabeza en las nubes. Después de la práctica con el coro que había tenido ese jueves, la jornada escolar se le había hecho más larga que nunca. Lo único que quería era estar en su hogar, comer algo y ver de nuevo cierto par de ojos verdes en los que últimamente no dejaba de pensar.

No entendía bien que era lo que pasaba, jamás se la había pasado tanto tiempo divagando en un chico. Pero desde que sus encuentros ocultos con Hans habían comenzado, simplemente era incapaz de sacarlo de su cabeza.

Le gustaba tanto. Su mirada, sus manos, su voz, la forma en que la besaba… mentalmente se reprimió un poco.

Su hermanastro ciertamente era una bella e irresistible tentación, pero no tenía que olvidarse de que era peligroso dejarse llevar tan profundamente por lo que tenían. Después de todo habían acordado que no tendrían ningún compromiso y lo harían solo para divertirse. Para quitarse esas ganas que tenían el uno del otro.

La rubia se mordió el labio conforme se aproximaba hasta su residencia.

No tenía ni idea de a donde irían a parar con todo aquello, claramente estaban jugando con fuego y de una manera muy arriesgada. Si sus padres los descubrían, seguramente se meterían en un enorme problema. Por no mencionar lo mucho que se arriesgaba a salir herida. Estar con Hans era muy agradable, aunque eso no significaba que no supiera con quien estaba tratando y ese pelirrojo seguía siendo la persona más retorcida que conocía, a pesar de su apostura.

A veces se preguntaba si hacían lo correcto.

Pero luego él la acorralaba en el rincón más inesperado y la besaba haciendo que se olvidara de todos sus problemas.

Sin quererlo, suspiró, encontrándose ansiosa por verlo. Lástima que ese día el muchacho también tuviera clases hasta muy tarde, por lo que tendría que esperar un poco. Atravesó el jardín de casa y su ceño se frunció confundido.

El garaje estaba abierto de par en par y su padrastro estaba adentro, agachado frente al capote de un pequeño auto clásico que nunca antes había visto.

Resultaba extraño que no estuviera en la oficina.

En silencio, ingresó a la cochera y se paró junto a Adgar, quien volteó al escuchar sus pasos y esbozo una ligera sonrisa.

—Hola, ¿te ha ido bien hoy en la escuela?—le preguntó con amabilidad.

La joven asintió con la cabeza y luego fijó sus ojos en el nuevo vehículo, de manera interrogante.

—¿Te gusta?—la sonrisa del hombre se ensanchó—Es para tu madre. Ya sabes que, desde el accidente, no pudimos hacer mucho para reparar el suyo así que pensé en darle una sorpresa. Aunque bueno, todavía no se anima a conducir otra vez, pero ya le llegará la hora de hacerlo, ¿no crees?

Elsa volvió a asentir, mirando más detenidamente el auto. Era pequeño, elegante y de color plata. Seguramente a su madre le iba a encantar. Hasta a ella le gustaba.

—Es bonito—dijo inclinándose junto a una ventana y mirando el interior—. Espero que pronto se anime a manejar otra vez.

—¿Te gustaría verlo por dentro?

Adgar no aguardó una respuesta para abrir el carro y permitir que se sentara en el interior, con una expresión de asombro en sus finas facciones. Ese auto sí que era sofisticado; no llamaba tanto la atención como el convertible de Hans, pero a leguas se notaba que era igual de costoso.

Si Idun se atrevía a dejarlo en el garaje para siempre por su recién adquirido miedo a conducir, definitivamente estaría cometiendo un crimen.

Y lo pensaba ella, que jamás había sentido fascinación por los vehículos.

—¿Qué te parece? ¿Crees que le guste?

—Sí, vaya, es muy lindo—admitió la platinada con admiración, sentada en el asiento del copiloto y colocando sus manos con suavidad en el volante—. Mamá tiene mucha suerte.

—Qué alivio que pienses eso.

Elsa levantó una de las comisuras de sus labios. Ciertamente desde lo del accidente, había empezado a apreciar lo bueno que era su esposo. Se notaba que la quería mucho.

—¿Te gustaría sacarlo a dar una vuelta?

—¿Cómo?—la chica parpadeó y quito sus manos del volante, confusa—No… yo… yo ni siquiera sé manejar…

—Eso tiene fácil arreglo. ¿Sabes? A tu edad, yo aprendí a conducir y la mayoría de mis hijos también. No me molestaría enseñarte un poco… solo si quieres, claro está.

Elsa miró los ojos sinceros de su padrastro y luego volvió a ver el volante, sintiendo una especie de emoción surgir desde lo más profundo de ella. ¿Cómo se sentiría manejar un carro como ese?

—¿Ahora?—inquirió, dubitativa.

—Sí, tenemos tiempo antes de que vaya a recoger a tu madre. ¿Te gustaría?

—Muy bien—aceptó, enderezándose en su asiento y colocando su mochila detrás.

Aquello sería interesante, ¡nunca antes había hecho algo como aquello!

—Solo serán un par de vueltas, haremos que aprendas lo básico. ¿Estás nerviosa?

—Mmm… no—contestó, disimulando los nervios que acompañaban a la expectativa.

Tampoco quería estrellarse con nada ni atropellar a nadie.

—Me alegro, porque eso no sería de ayuda. Comienza por encender el coche.

La blonda hizo lo que le indicaba y puso el motor en marcha con cierta timidez.

—Tranquila, no es tan difícil al comienzo. Relájate y todo estará bien…

Cuando la adolescente logró sacar, a trompicones, el auto del garaje y avanzar sumamente despacio a lo largo de la prácticamente desierta calle, la euforia la invadió por completo. Era la primera vez que conducía y vaya que se sentía bien. Ahora entendía porque Hans se jactaba tanto cuando iba por ahí con su convertible.

Realmente agradecía que su padrastro fuera quien le diera indicaciones de una manera tan calmada, pues seguramente su madre se habría puesto aún más nerviosa que ella y aquello se habría convertido en un potencial desastre.

Cuando aumentó un poco la velocidad y fue capaz de darle la vuelta completa a la cuadra, una suave sonrisa se había posado en sus labios. Vaya que le encantaba aquello.

—Eso ha estado muy bien, Elsa. Muy bien—la felicitó Adgar mientras volvían a entrar el carro a la cochera—, tienes muy buena mano al volante. Creo que ni mis hijos aprendieron tan rápido la primera vez como tú.

—¿De verdad?

—Por supuesto. Vas a estar conduciendo por allí en menos de lo que piensas.

—Eso me gustaría.

—Si quieres podemos hacerlo de nuevo este fin de semana. Te enseñaré todo lo que necesitas saber para manejar, ¿qué dices?

La chica se volvió a él sin borrar la sonrisa de su rostro, por primera vez mirándolo de manera agradable.

—Me gustaría mucho—respondió animada.

El hombre le devolvió la sonrisa.

—Entonces, el fin de semana será—dijo Adgar mientras descendían del coche—. Le avisaré a tu madre.

—Creo que a ella no le hará mucha gracia después de lo que le pasó.

—Creo que no, Idun se preocupa mucho por ti. Pero no te preocupes, la convenceré. Nada malo nos va a pasar.

—¡Sí!

Elsa se colgó su mochila al hombro para ingresar a la casa, todavía emocionada por su primer intento al volante.

—Espero que tu madre de verdad se tome bien la sorpresa.

—Lo hará. A ella siempre le ha gustado darlas—dijo en tanto se dirigían a la cocina y ella sacaba una jarra de té helado del frigorífico.

—Es una de las cosas que más me gustan de ella.

El comentario de su padrastro despertó su curiosidad.

—Nunca le he preguntado como se conocieron—confesó ella al tiempo que servía dos vasos con la refrescante y le pasaba uno a Adgar, que se había sentado en la barra—, digo, antes ella hablaba mucho sobre ti, cuando recién empezaban a salir. Pero la verdad… es que nunca quise saber todos los detalles.

Era increíble como ahora le daba un poco de vergüenza admitirlo, cuando antes ni siquiera soportaba saber que su madre había encontrado pareja. Aún se acordaba del miedo que la había embargado y lo mucho que le chocaba escuchar a Idun hablar como una colegiala enamorada cuando recién volvía de la oficina y ellas aún vivían solas, en un pequeño departamento.

Realmente había juzgado muy mal a Adgar.

—Cuando vi a tu madre por primera vez, había ido a hacer una inspección a los laboratorios a los que rara vez bajaba. Pero apenas la vi, llamó poderosamente mi atención. Ella es una mujer muy hermosa.

Elsa sonrió con dulzura.

—Me dejó tan impactado, que tuve que inventarme un montón de excusas para regresar a menudo y conversar con ella. Se sonrojaba igual que una niña cuando le hacía un cumplido. Tuve que armarme de mucho valor para invitarla a salir, ¿sabes? Tu madre es una mujer maravillosa.

—Lo sé—dijo ella.

Ahora más que nunca se alegraba de que tuviera a un hombre tan bueno a su lado. Que egoísta había sido antes.

—Nuestra primera cita fue un instante muy especial, aunque no todo fue perfecto. Tiré sin querer una copa de vino, de tanto que nos reímos.

—Ahora comprendo porque esa noche regresó con una enorme mancha en su vestido. Creí que había sido ella quien se lo había derramado encima.

—Tu madre puede ser muy distraída, pero yo también soy bastante torpe a veces. Sobretodo cuando estoy a su lado.

La rubia rió levemente, parándose en seco cuando sus ojos azules se toparon con unos esmeraldas al otro lado de la habitación. Hans había llegado ya y observaba la escena delante de él con una ceja arqueada.

—¡Hans!—su hermanastra reaccionó con sorpresa—Ya llegaste…

—Eso parece—dijo él, todavía analizando con extrañeza lo que estaba sucediendo. ¿Desde cuando Elsa se llevaba tan bien con su padre? Aquello definitivamente no tenía sentido.

—Bueno, yo los dejo—dijo Adgar levantándose de donde estaba y apurando su vaso de té, tras saludar brevemente al joven—, debo ir a recoger a tu madre al trabajo. Voy a comentarle lo del fin de semana. Nos vemos en un rato.

Ambos se quedaron mirándolo hasta que desapareció tras la puerta de entrada y entonces Hans observó a la albina.

—¿Qué fue todo eso, eh?

—¿De qué hablas?—Elsa tomó otro sorbo de su vaso de té con tranquilidad.

—Tú y papá, hablando… como si fueran amigos o algo así.

La adolescente se encogió de hombros.

—Solo me contaba de la vez en que conoció a mamá y todo eso. No sé… me dio por preguntar.

—¿En serio?—Hans frunció levemente el ceño—Creí que no querías estar cerca de papá.

—Quizá he sido muy dura con él, me cuesta adaptarme a los cambios—Elsa salió de la cocina sosteniendo todavía su bebida y sintiendo como el pelirrojo la seguía—, últimamente me he dado cuenta de que no es un mal tipo. Realmente se preocupa por mamá. ¿Sabes que va a darle una sorpresa?

—No—Hans entró detrás de ella en la biblioteca y la miró sentarse en el confortable sofá.

—Pues sí, le ha conseguido un auto nuevo. Y es precioso. Ahora solo falta que ella quiera estar cerca de un volante de nuevo.

—Lo veo difícil—el colorado cerró las puertas—, ¿y qué se supone que va a pasar este fin de semana?

—Oh, eso—Elsa sonrió—. Tu papá me enseñó a conducir hace un rato, ¡di la vuelta a toda la cuadra en el nuevo coche de mamá! Es tan increíble. Me ha dicho que me puede enseñar igual que a ti.

Hans volvió a enarcar una ceja.

—Vaya—musitó y luego se sentó junto a ella, subiendo un codo al respaldo del sofá y apoyando la cabeza en su mano para mirarla—, eso está bien… supongo…

—¡Sí! Será tan emocionante, nunca antes había conducido.

—Mmm… —el bermejo desvío la mirada hacia las blancas piernas de la muchacha, que se mostraban bajo su falda escolar—, ¿sabes? Yo también podría enseñarte. Sé manejar tan bien como él… y sería más cómodo, digo, no querrás estar con un adulto.

—Te lo agradezco, Hans. Pero creo que prefiero aprender con él—el aludido frunció el ceño—, ya sabes, es más paciente. Y creo que ya estaré lo bastante nerviosa como para provocar que me grites o algo parecido.

—¿Qué? Yo no te voy a gritar—replicó el cobrizo.

—Sí, sí lo harás. Recuerda que no tienes mucha paciencia y creo que tampoco querrás pasarte horas aburriéndote si me das clases de manejo.

—Pero que tonterías dices—Hans acortó la distancia entre ellos, hasta quedar a milímetros de su rostro y se inclinó para rozar su cuello, cubriendo el cuerpo femenino con el suyo—, contigo no me aburriría en absoluto…

—Hans—la chica suspiró cuando el mencionado enroscó uno de sus brazos en torno a su cintura y comenzó a besar suavemente la línea de su clavícula.

Por Dios que ese pelirrojo sí que sabía como hacerla desfallecer con apenas tocarla.

—Hasta podría ayudarte a aprender más rápido. Ya sabes, con algo de… motivación extra—murmuró, mordisqueando el lóbulo de su oreja y haciéndola estremecerse.

—Uhmm… —gimió, cerrando los ojos.

Le encantaba cuando hacía eso. Hans se movió para besar su pómulo y la comisura de sus labios, antes de depositar algunos besos de mariposa en su boca. Elsa lo aceptó gustosa cuando profundizó el beso, en el que comenzaron a mover sus belfos con urgente necesidad.

Aguantar todo un día sin ver al otro había sido demasiado difícil de soportar para ambos.

—¿Dejarás que te enseñe?—la pregunta del bermejo la desorientó apenas se separaron para recuperar el aliento.

—¿Qué?—Elsa todavía estaba perdida en la deliciosa sensación de los cálidos labios de su hermanastro sobre los suyos.

—A manejar. Vamos, será divertido. Solo tú y yo, en mi auto…

—¿Por qué te interesa tanto?—se las arregló ella para preguntar, suspirando.

—Es mejor que estar con papá, vamos, él solo te va a aburrir. Creí que ni siquiera lo soportabas.

—Igual que contigo.

—Sí, bueno—Hans acarició su barbilla y volvió a besarla lenta y profundamente—, ahora es distinto, ¿no? ¿No me digas que quieres pasarte horas con él?—rió irónicamente—¿Quién mejor que yo para enseñarte, copo de nieve?

—Hans—Elsa lo empujó a un lado para mirarlo a los ojos—, ¿estás celoso de tu padre?

Un ligero rubor apareció en las mejillas del cobrizo, que frunció el entrecejo.

—¡Pero qué cosas dices! ¿Celoso de él? Si yo no… —ahora fue la chica quien lo miró arqueando una ceja—, oye, no estoy celoso ¿de acuerdo? Solo quería que pasáramos más tiempo juntos.

No podía decirle lo mucho que le molestaba tener que compartirla, aunque fuera con su propio padre. Simplemente, cada vez que la veía un absurdo sentimiento de pertenencia lo invadía. Quería estar con Elsa a cada hora del día, en cada lugar. Quería que ella le prestara únicamente toda su atención a él, sin interrupciones.

Pero eso ella no lo podía saber.

—Si quieres que papá sea el que te enseñe, está bien. Será muy aburrido, pero allá tú.

—Ahora suenas como un niñito emberrinchado—los ojos verdes del joven la miraron con seriedad—, no hay porque ponerse así. Esto es algo que hacemos solo por diversión, ¿recuerdas?

—No tienes porque recordármelo.

—Muy bien, no quería hacerlo—Elsa sonrió de modo pícaro y esta vez, fue ella la que se acercó para inclinarse sobre él—, ¿y si volvemos a dónde estábamos?

El mayor esbozó la misma sonrisa ladina y por toda respuesta, la aferró del talle para levantarla y colocarla sobre su regazo. La platinada volvió a abrazarle el cuello y junto suavemente sus labios con los de él, iniciando otro beso largo y demandante y atreviéndose a morder el labio inferior masculino.

Hans emitió un sonido gutural y cargado de deseo. Esa chiquilla lo iba a matar un buen día, como le tenía ganas.

Su gruesa mano se movió hasta una de sus pequeñas rodillas, acariciando la tersa piel con movimientos circulares de sus dedos. Elsa sintió un cosquilleo intenso en su vientre que se incrementó cuando la palma ajena se atrevió a recorrer parte de su muslo, provocándola de manera peligrosa.

Eran esas pequeñas señales de alerta, tan llenas de placer, las que le recordaban que no podían ir demasiado lejos. Por más que una parte de ella se muriera de la curiosidad.

—Hans, espera—musitó despegándose de su boca—, vamos muy rápido…

—No sabes como me tienes, copo de nieve.

La joven se ruborizo. Aún le parecía increíble el efecto que podía tener en ese muchacho tan apuesto y experimentado.

Volvieron a besarse, esta vez con más cautela y un delicioso escalofrío viajó por la espina dorsal de la rubia cuando aquella mano traviesa volvió a acariciarle la pierna, jugando con el borde de la falda.

—Oye, ¿quieres dar un paseo?—Elsa se apartó de él de nuevo, sintiendo mucho calor repentinamente.

Sus mejillas estaban completamente coloradas y tenía el pelo algo desarreglado.

—¿Ahora? Si estamos tan bien aquí…

—No seas intenso, salgamos. ¿Me invitas un helado?—preguntó aproximando su cara a la de él y moviendo ligeramente las pestañas.

—Eres una pequeña manipuladora, ¿lo sabías?

Hans besó su pequeña nariz de botón y ella rió por lo bajo. Cuanto habían cambiado las cosas entre ellos.


—¡La la la la laaaaa!—Anna canturreó ruidosamente mientras se encaminaban a pasos agigantados desde la escuela, la pelirroja llena de alegría porque fuera viernes.

Ambas pasaron, como de costumbre, frente al pequeño parque que estaba de camino al hogar de la rubia y los ojos aguamarina de la pelirroja se fijaron en los juegos en donde unos cuantos niños correteaban.

—Elsa, ¿quieres que nos columpiemos un rato?—inquirió con renovada emoción.

A veces realmente parecía una pequeña niña.

—Siempre y cuando no vuelvas a empujarme con tanta fuerza como la otra vez, casi me caigo ¿sabes? Hay un exceso de fuerza en ese cuerpecito tuyo.

—Je je je, ¡eso es muy cierto! ¡Me encanta ser tan poderosa!—exclamó la pecosa formando un par de puños con sus manos.

Elsa sonrió de lado y luego se fijó en la heladería que se encontraba al otro lado del parque, notando que habían hecho algunas reparaciones. Un par de trabajadores se encontraban acomodando las mesas afuera, las cuales eran completamente nuevas y el interior se hallaba completamente renovado.

—¡Mira eso! No sabía que la heladería había cambiado de dueño—comentó Anna deteniéndose y entrecerrando sus ojos para leer desde lejos el brillante letrero que habían colocado sobre el local.

La marquesina mostraba unas llamativas letras doradas sobre un fondo negro, con la inscripción de "La cabaña de Oaken".

—Y al parecer están buscando empleadas—agregó la platinada leyendo el cartel más pequeño que habían colocado en la ventana y en el que ponía que contrataban a personas para atender la barra.

—¿En serio? ¡Esta es una gran oportunidad! ¡Siempre he querido trabajar en un lugar repleto de deliciosos helados!

Elsa levantó una ceja y se volvió a la pelirroja.

—¿Qué?—preguntó esta última.

—¿Disculpa? ¿Dijiste trabajar? ¿Acaso no recuerdas como la pasaste en el último empleo que te consiguió Kristoff?

—Oh, eso era diferente. El disfraz de esa juguetería era ridículo y me daba comezón. Además mis padres ya no quieren darme dinero como antes, dicen que gasto mucho. Y todo porque volví a meterme a Ebay para conseguir esa edición asombrosa del escudo de Capitán América, pfff—se cruzó de brazos como niña enfurruñada.

—Creo que entiendo perfectamente a tus padres.

—¡Como sea! Es una gran oportunidad para conseguir algo de dinero extra, ¡y tú podrías trabajar conmigo!

—¿Yo?

—¿No te gustaría, Els?—Anna se paró frente a ella emocionada—¡Las dos trabajando juntas en el mismo sitio lleno de suculento helado! ¡Sería como la escuela pero divertido!

—No lo sé, ¿qué hay de las clases?

—Podemos preguntar si aceptan empleadas de medio turno, ¿no te gustaría no tener que pedirle dinero a tu mamá? Tú siempre eres la que está hablando sobre responsabilidad y esas cosas.

La blonda lo pensó seriamente, aceptando que en el fondo tenía razón. No era como si ella tuviera muchos gastos, pero ciertamente no estaría mal comenzar a ahorrar un poco de dinero; especialmente considerando que estaba a un paso de entrar a la universidad.

Nunca le había gustado darle demasiadas molestias a su madre.

—¡Vamos Elsa! Di que sí, di que sí, ¿por favoooooor?—Anna la miró suplicante.

—De acuerdo, vayamos a preguntar. Pero recuerda que no podemos descuidar la escuela.

Anna entrelazó su brazo con el de ella y ambas muchachas caminaron animadamente hacia la heladería. Al entrar quedaron muy asombradas con los cambios que había tenido el local. La decoración había mejorado bastante respecto a su aspecto anterior, siendo adaptada a la de una cafetería con toques rústicos y acogedores, muy al estilo noruego.

Detrás de la barra, en donde además de exponer helados también se encontraban dispuestos algunos ricos postres; un muchacho con camisa de leñador y de cabello rizado anaranjado, muy alto y algo regordete se encontraba revisando unos cuantos papeles.

—¡Hola!—la entusiasmada y chillona voz de Anna lo sobresaltó, haciendo que se volteara a verlas—Vimos el letrero que estaba fuera la heladería, ¡venimos a preguntar por el empleo! ¿Tú eres Oaken?

El mencionado las miró detenidamente con sus ojos claros antes de responder, con una voz un poco graciosa para su imponente tamaño.

—Sí, soy yo—dijo de manera recelosa—, ¿ustedes no son muy jóvenes para trabajar?

—Vamos en último año de preparatoria—contestó la cobriza con orgullo—¡y estamos llenas de motivación!

—Eso ya lo veo, rojita. Díganme, ¿han tenido algún empleo de este tipo antes?

—No.

—¿Pueden trabajar turnos completos?

—No.

—¿Por lo menos saben usar una caja registradora?

—No.

Elsa se mordió el labio conteniendo las ganas de palmearse la frente, ante la obvia incapacidad de su amiga para causar una primera buena impresión. Anna todavía mantenía una sonrisa de oreja a oreja que le iluminaba todo el rostro.

—Je je, son muy simpáticas, ¿lo saben? Tú tienes mucho entusiasmo y tú no hablas nada—añadió señalando a Elsa—. Les diré algo, las pondré a prueba una semana si consiguen el permiso de sus padres, ¿ya?

La platinada parpadeó incrédula ante el inesperado golpe de suerte. Eso no sucedía todos los días.

—¡Genial! Muchísimas gracias, ¡no te decepcionaremos!—chilló Anna dando un par de saltitos.

—Espero que no rojita, tú y tu amiguita rubia se verán lindas con los uniformes que he preparado, ¿ya? Síganme para mostrarles.

Oaken se dirigió a la trastienda después de hacer un ademán un poco amanerado con sus enormes manos y fueron detrás de él; la albina no muy convencida después de escuchar la palabra "uniformes".

Esperaba que solo fueran delantales o algo así.

—¡Oh, que bonitos!—a Anna le brillaron los ojos al ver el par de pequeños shorts y camisetas rojas de diseño nórdico, a juego con el delantal que llevaban encima y las diademas que simulaban pequeñas astas de reno y que se ponían en la cabeza—Mira Elsa, mira que lindos, ¡vamos a parecernos a esos renos que salen en televisión!

A la blonda le dio un tic en el ojo.


—¡No puedo creer que hayamos conseguido el empleo! Por fin mis padres dejarán de regañarme—Anna dio vueltas conforme se acercaban a casa de su mejor amiga, toda ella llena de felicidad.

—Yo no estoy tan segura de querer usar estas cosas—dijo Elsa mirando ceñuda las astas que traía en la mano.

Después de hacer el papeleo correspondiente y acordar presentarse al día siguiente con un permiso firmado por sus padres, Oaken les había dado sus uniformes para que pudieran lavarlos en casa e irse familiarizando con los mismos, en un increíble acto de confianza. Como se notaba que le habían caído bien; especialmente la pelirroja, quien sin ninguna vergüenza ya se había puesto su diadema.

—¡Anímate, Els! ¡Nos vamos a ver geniales!

—No entiendo como puedes usar eso y haber renegado de aquel disfraz de duendecillo.

—¡Ya te dije que ese era viejo y daba comezón! En cambio mira que sexys son los shorts que vamos a usar y perfectos para este horroroso calor, ¡ya quiero que sea nuestro primer día!

Elsa abrió la puerta principal y entraron. Por el rabillo del ojo, distinguió una cabellera rojiza en la cocina que de inmediato le hizo cosquillear el estómago. Su hermanastro ya estaba en casa.

—¡¿Adivinen qué fue lo que pasó hoy?!—chilló Anna con alegría, alertando al castaño y al colorado que se encontraban bebiendo sodas.

Hans hizo un gesto chirriante al escucharla y luego se volvió a ella con una sonrisa sarcástica.

—Cuéntanos Anna, ¿qué pasó hoy en "La Comarca"? Debe ser algo importante para que entres gritando así.

—Ja ja ja, "La Comarca"*—Eugene rió de buen humor mirando a la pecosa—, es gracioso porque eres del tamaño de un hobbit.

Anna frunció los labios.

—Je je je je, te despertaste muy graciosito hoy, ¿no Hans?—su sonrisa se volvió forzada al responderle al pelirrojo.

—No tanto como tú al usar esas cosas en la cabeza, se ven… graciosas.

Elsa hizo un puchero involuntariamente al escucharlo, sabiendo de sobra que ese último adjetivo no era lo que pensaba exactamente. ¿Qué diría cuando la viera a ella usando ese tonto uniforme? Las cosas en las que la metía su amiga.

—¡¿No son adorables?! Elsa y yo conseguimos empleo en la heladería frente al parque y nos dieron uniformes y todo, ¡ahora se llama "La cabaña de Oaken"! ¡Y es tan simpático! Nos contrató de inmediato y esto es lo que vamos a usar—sacó las prendas del bolsito que cargaba con ella y las sacudió con entusiasmo.

Hans fijó su mirada en la rubia después de ver aquello, con su típica expresión arrogante.

—Wow amiguita, con eso sí que van a atraer clientes, ¿eh?—dijo Eugene.

—Si tienes piernas, ¡hay que enseñarlas!—afirmó Anna con alegría.

—Desearía que Punzie pensara lo mismo más a menudo.

Hans se dirigió a su hermanastra, inusualmente serio.

—¿Tú también vas a trabajar allí?—preguntó.

Elsa asintió con la cabeza.

—Estaremos yendo después de clases, bueno, si mamá firma el permiso.

—¡Yo estoy segura de que mis padres lo harán! Dicen que están hartos de verme haraganear en casa.

Lo siguiente fue el constante parloteo de Anna, principalmente a Eugene, que era el único que parecía dispuesto a escucharla y bromear de vez en cuando. Elsa subió a su habitación para dejar su bolso del colegio y revisar mejor el uniforme; era una suerte que se los hubieran dejado para lavar, considerando la manía que tenía ella con la limpieza y los gérmenes.

En silencio, extendió la camiseta y el pequeño short sobre su cama. Si no fuera por las ridículas astas de reno, casi ni dudaría en usar aquello pero ya no se podía echar atrás.

Alguien entrando tras ella la sorprendió. Hans cerraba la puerta; no se había dado cuenta de que la había seguido.

—¿En serio vas a trabajar en ese lugar?—preguntó y a la muchacha le chocó el retintín burlón que fue capaz de escuchar en su voz.

—¿Y por qué no? Nunca antes he tenido un empleo.

—No lo necesitas, nuestros padres te compran todo.

—Exacto, me gustaría poder gastar de vez en cuando sin tener que pedirle nada a ellos. Tú deberías intentarlo de vez en cuando.

—Muy graciosa, copo de nieve—Hans sonrió con ironía y luego miró hacia el uniforme con recelo—. Al menos puedo ver porque ese tal Oaken te contrató tan rápido. Parece que tu jefe es un pervertido—añadió con desdén.

—No, créeme, estoy segura de que ese no es el caso—negó la chica, recordando el leve amaneramiento del sujeto en contraste a su varonil apariencia—. Lo que pasa es que es un tanto excéntrico.

—Sí, claro—masculló Hans bruscamente—, pues tendré que hacerle una visita para asegurarme de dejarle en claro un par de cosas.

—No, no harás nada—Elsa se cruzó de brazos y lo observó retadoramente—, esto no es asunto tuyo y no quiero que me arruines este empleo. Así que hazme caso cuando te digo que no te metas.

¿Quién se creía que era él para tomarse tales atribuciones? Ahora ya ni siquiera le importaba tener que ponerse esas tontas astas, ¡iría a trabajar si quería!

—¿Qué? ¡No seas tonta, Elsa! Hago esto porque me preocupo por ti, no quiero que un montón de idiotas te falten al respeto cuando estés sirviendo helados… con eso—los ojos de jade del joven se posaron despectivamente en las prendas sobre la cama.

—¿Y eso a ti que te importa? ¡Yo misma puedo darme a respetar! En serio Hans, te pones insoportable desde cambiaron las cosas. Que nos tengamos más confianza no significa que tengas derechos sobre mí, ¿me entiendes?

—Óyete hablar, ahora pareces una novia renegona o algo por el estilo. No me creo con derechos sobre nadie pequeña desagradecida, solamente estoy viendo lo que te conviene. Y trabajar en ese lugar de mierda no es una buena idea.

—¿Tú qué sabes sobre lo que una buena idea o no? ¡Haré lo que me plazca!

—Eso ya lo veremos. Falta que tu madre se entere de que fuiste a conseguirte un trabajo en ese sitio de segunda.

—Bueno, eso es algo que yo voy a arreglar con ella y que no voy a discutir contigo—dijo Elsa alzando su nariz de manera arrogante.

Ni siquiera podía creer que estuvieran discutiendo por eso. Vaya que Hans sabía como hacer de cada insignificante situación algo insufrible.

—Ay Elsa, eres tan adorable cuando te comportas como una mocosa malcriada—el pelirrojo llevo una mano hasta su mejilla y se la pellizco suavemente—. Tal vez Idun quiera escuchar la opinión de ambos al respecto, ¿no te parece?

—¡Oh, déjame en paz!—Elsa lo apartó de un empujón y salió de su habitación molesta, tomando las prendas del uniforme para ir a meterlas en la lavadora.

Tal vez su hermanastro hubiera mejorado en su actitud respecto a muchas cosas, pero básicamente seguía siendo un imbécil que se creía que podía hacer lo que le diera la gana. No era nadie para meterse en su vida ni con sus decisiones, por más atractivo que fuera y a pesar del hecho de que podía hacerla temblar con solo un roce de sus manos.

Suspiró. Ese hombre la estaba conduciendo lentamente a la locura.

Metió la ropa en la lavadora y puso esta en marcha para salir, escuchando el murmullo de la conversación que su amiga y Eugene todavía mantenían en la cocina. Cuando Anna comenzaba a hablar no había quien la parara. Tal vez iría a leer un poco a la biblioteca para relajarse.

La puerta de un armario se abrió en el pasillo y la rubia se vio empujada dentro, cuando una mano surgió para atraparla.

En la oscuridad, Hans le dirigió una mirada hambrienta y peligrosa, al tiempo que la acorralaba contra una esquina.

—No hemos terminado de hablar, copito. ¿Cómo te atreves a dejarme así?

—Bueno, tú no entiendes ¿verdad?—espetó ella—Déjame salir. Ya te dije que no voy a discutir esto contigo.

—Oh, pero claro que lo discutiremos, pequeña y absurda sabandija. No se te olvide que yo también puedo hablar con tu madre y si quiero, la convenzo de no dejarte ir a exhibir a ese lugar de quinta.

—¡Hablas como si fuera algo escandaloso!

—Lo es si usas ese jodido uniforme. La jodida diadema de reno es una cosa, pero esos malditos shorts son otra.

—¿De qué demonios estás hablando? ¡Anna va a estar allí también!

—¡Me importa una mierda Anna! Esto se trata de ti, sanguijuela.

—¡Argh! ¡Eres un entrometido, Hans!

—¡Y tú eres una idiota!

—¿Qué dijimos de este tipo de cosas? Nada de dramas, ni de celos, ni de "esas mierdas" como tú mismo mencionaste, ¿recuerdas? ¿Lo recuerdas, torpe?—le dio un coscorrón.

—Sí, sí, ya sé lo que dijimos—la cortó Hans.

¿Qué demonios? ¿Cómo podía explicarle que le hervía la sangre solo de imaginar a alguien más yendo a esa heladería y mirándola usar esos diminutos shorts? Hans no era bueno compartiendo sus cosas, nunca lo había sido. Haber crecido con doce hermanos mayores como los suyos, inevitablemente le había creado esa necesidad de delimitar su territorio y por consiguiente, defender todo lo que creía suyo.

Como ahora le sucedía con esa rubia testaruda que tenía en frente y que era más bella de lo que tenía consciencia.

—Maldición Elsa, solo trato de cuidarte, podrías agradecérmelo ¿no te parece?

—¿Por qué te importa tanto?

—¡Por que sí, maldita sea!

—Bien, pues no necesito que me cuides así que déjame en paz.

—¿Esa es tu última palabra?

—¡Sí!

—De acuerdo—Elsa se sorprendió de la tranquilidad con la que había mencionado dichas palabras pero casi inmediatamente, sintió como las manos del pelirrojo tomaban sus muñecas y las colocaban a ambos lados de su rostro, pegándola completamente contra la pared del armario—. Iré a recogerte todos los días. Y más te vale que no protestes, pequeña sabandija o tendré que ir a sostener una conversación con ese desubicado que te dio el empleo.

—¡Ay, eres un idiota!

—¡Y tú eres una mocosa testaruda e insoportable!

—¡Estúpido!

—¡Bruja!

Hans cubrió su boca con la suya antes de que pudiera replicarle, besándola de manera dominante, como si quisiera dejarle en claro quien era el que mandaba allí. La blonda sintió una ola de indignación recorrerla de pies a cabeza y se aprestó a corresponderle con furia, intentando tomar el control del beso.

Como odiaba cuando ese patán intentaba darle órdenes, pero más que tuviera esa maldita capacidad de hacer que sus rodillas temblaran con un simple roce de sus labios. Lo detestaba.

—Cuanto te gusta hacerlo difícil, copo de nieve—Hans aferró su barbilla con una mano, hablando sobre sus belfos y dejando que su cálido aliento los acariciara—. Sabes cuanto odio esa maldita costumbre que tienes de llevarme la contraria, lo sabes ¿no?

—¡Y tú sabes cuanto odio que me quieras manipular!

Volvieron a besarse de forma ansiosa; Elsa enredó sus manos en la cabellera de fuego de su hermanastro y él la aprisionó aún más entre la pared y su cuerpo, como si quisiera eliminar el más mínimo espacio entre sus cuerpos. Aquella silenciosa discusión se convirtió en un combate de lenguas, agresivo y ávido. Esa se había convertido en la forma más usual para terminar sus discusiones.

—¡Elsaaaaaa!—el grito de Anna en el pasillo los hizo alterarse.

Hans, que se encontraba medio agachado contra ella, se enderezo y golpeó en la cabeza fuertemente, ahogando una palabrota de dolor. El corazón de la platinada latió violentamente. ¿Y ahora cómo hacía para salir de allí?

—¡Elsa, ya me voy! ¿Estás en tu habitación?

A empujones, los hermanastros forcejearon dentro del armario y Elsa alcanzó la perilla de la puerta, luchando por salir y precipitándose hasta caer con medio cuerpo fuera, ante los ojos asombrados de la colorada.

—¿Qué hacías allí adentro, amiga?

—¿Yo? E-eh… solo buscaba… buscaba mi abrigo—Elsa se puso de pie rápidamente y cerró la puerta, evitando que Anna husmeara dentro.

—¿Tu abrigo? ¿Con este calor?

—Eh… ¿sí?—Anna la miró inquisitivamente, analizando el rostro nervioso de la albina.

—Estás toda roja y despeinada.

—Mmm… sí.

Hubo un tenso silencio entre ambos, en el que las pupilas verdosas de la pecosa solo la observaron sospechosamente.

—¡Ok!—dijo Anna finalmente, esbozando una sonrisa—Pues, nos vemos mañana para iniciar con nuestro primer día de trabajo. Recuerda, ¡es a las once!

—Recuérdalo tú, tú eres a la que le cuesta levantarse temprano.

—Je je je je, ¡cierto! Hasta mañana entonces.

Elsa se despidió de su amiga y le abrió la puerta para verla desaparecer cantando por la calle. Luego se dejó caer pesadamente contra el armario que acababa de cerrar.

Esos encuentros a escondidas con Hans la iban a terminar matando de los nervios. Si no fuera porque el desgraciado besaba tan bien…

—¡Hey, sácame de aquí sabandija!


*La Comarca. Todo mundo sabe que de aquí es donde vienen los hobbits, esas criaturas que son tan bajitas como Anna. Próximamente, más chistes crueles de Hans sobre su estatura. :D


Nota de autor:

¡Buenas noches, criaturos! No, no me había olvidado que hoy es día de actualización, lo que pasa es que estuvo lloviendo y en mi casa se fue la luz. :P

Pero aquí me tienen, con montones de Helsa love para repartir. Y vaya que nuestros pajaritos están teniendo una dinámica muy interesante, con unos acercamientos más que suculentos y algunas dudas por parte de Elsa pero bueno, ella también es una simple mortal con debilidad por los pelirrojos como nosotras. 7u7 Como bien suponían muchas personitas, lo suyo será clandestino principalmente por sus padres pero no hay negar que eso le da más emoción al asunto, ¿qué no?

Y Hans como siempre, celando a copo de nieve hasta de su padre, ¿no es adorable? :3 Bueno, tarde o temprano ella también iba a ceder con Adgar, es un buen hombre después de todo. ;)

Ah y por fin apareció Oaken, les aseguró que ese empleo de nuestras dos chicas favoritas va a traer un poco de más de comedia a este fic, con ese adorable gay en escena y sus todavía más lindos uniformes. ¿Qué les parece? :D

Próximamente, también tendremos más amor Helsa, más discusiones y acercamientos candentes. Yo sé lo que quieren y eso es lo que les doy. e.e

Ari: Por supuesto que costo que este par cediera, son unos tercos de lo peor aunque saben bien que se aman. :D Aww, ¿le lees este fic a tu hermana? Espero que le guste. :3 Y sí, los momentos de debilidad son exquisitos, ver a Elsa tan vulnerable ante ese pelirrojo sexy es irresistible. Ahora como ves, los dos apenas se controlan y es que se necesitan demasiado, sobretodo Hans, que sigue estando celoso de todo aquel que interactúa con su pequeño copo de nieve, ¡ese chico tiene problemas! Ja ja ja. Como siempre, tus palabras son la mejor motivación para seguir escribiendo. *w*

Ana briefs: Concedido señorita, hubo y habrá más besos. :D Sip, todo bien entre Anna y Punzie pero lo que es más importante, es que nuestros pajaritos por fin se están animando a vivir su amor, todavía con ciertas reservas pero ahí la llevan. Muchas gracias, es verdad que hay poquitos Modern AU Helsa, así que en serio me gusta entreternlos con este. n.n

SamanTha: ¡Es que el Helsa es hermoso! :D Ya sé, lo de Aurora me lo saqué de la manga pero fue divertido. El Tianaveen también es de mis parejas favoritas de Disney, esos dos son como un Helsa pero más leve. xD Y creo que si no hubiera sido por el consejo de Tia, nuestra Elsie no se habría animado a darle una oportunidad a nuestro bello pelirrojo. Y pues en fin, muchas cosas pasaron en esa Pool Party y a partir de ahora, el Helsa se viene con todo. Espero que este capítulo te haya respondido todas tus interrogantes. ;D ¡Gracias por tan bellos comentarios que haces!

Guest: Bueno, no tengo nada contra parejas del mismo sexo, pero personalmente no puedo imaginarme a Elsa con otra persona que no sea Hans, (de hecho, al principio él iba a ser su príncipe según un par de concept arts de Disney pero no, ¡ese maldito Mickey Mouse destrozó nuestros sueños! ¡Qué ratón egoísta! D:). Ya en serio, de verdad me parece algo apresurado asumir que Elsa tendría que ser gay solo porque la dejaron sin príncipe y es fuerte, digo, no se va por allí pensando que todas las chicas solteras a fuerzas son lesbianas ¿o sí? Y ojo, no es ataque contra otros ships ni preferencias, solo que vamos, eso en realidad no significa nada, he visto que hacen lo mismo con Mérida a menudo pero nunca se sabe si en una secuela finalmente encuentren a un buen hombre ¿no? (Especialmente con Disney, que es tan tradicionalista). Pero en fin, todos podemos shippear como mejor nos parezca. :P

En otras noticias, recientemente acudí a Walt Disney Studios para conversar con los altos mandos sobre la posibilidad de incluir Helsa en la secuela de Frozen, y algo muy parecido a esto fue lo que sucedió: youtube watch ? v = TF4_4g1B2Ug ¡Maldito ratón corporativo! D:

Tengan una feliz semana. :3